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Original de:

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- ¿Qué vuelos imaginas, qué horizontes encierras,
- hacia dónde has partido, que en ti misma no estás?
- Soy quien soy, y no entiendo si de mí te destierras,
- o si a un yo imaginario sin moverte te vas.
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-
- La
lluvia
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- La lluvia me pone triste,
- pero me gusta la lluvia...
- Con la frente en los cristales
- la miro, múltiple y una,
- cantando sobre la tierra,
- resbalando mansa y muda.
- Es caricia sobre el alma,
- es sentimiento, ternura,
- nostalgia de viejas cosas
- que ya no volverán nunca.
- La lluvia me pone triste,
- pero me gusta la lluvia.
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- Montreal, Agosto 1967
Indice

- Tren
de la vida
-
- Tren de la vida, interminable y duro,
- ¿no sufre alteraciones tu viaje?
- Mientras a unos los llevas en litera,
- nosotros vamos en tercera clase.
- Tal privilegio, tan injusta suerte,
- ¿reside acaso en diferente sangre?
- ¿Por qué nos llevas por un mundo absurdo
- carentes de equipaje,
- junto al lujo, y la luz, y la sonrisa,
- como sombras de ayer, hijos de nadie?
- Eres cruel. Tu paso fugitivo
- nos lleva lejos, no sé dónde. El aire
- es el único amigo, acariciando
- las frentes sudorosas. El paisaje
- cruza veloz ante la vista ansiosa,
- pero escapa al instante.
- Nuestros placeres son de lejanía,
- y raudos como el vuelo de las aves.
- No dan otro derecho los billetes
- que al partir adquirimos...Jadeante
- la máquina se arrastra...como todos,
- todos lo hacemos, el menor y el grande.
- Todos sin excepción somos esclavos;
- tan sólo cambian las divinidades.
- El tren sigue veloz su rumbo incierto,
- y los afortunados pura sangre,
- en cómoda cabina, y las persianas
- formando muro entre ellos y la tarde,
- comentan la leyenda inverosímil
- de un hombre hambriento...¿Pero existe el hambre?
- Tren de la vida, interminable y duro,
- ¿no sufre alteraciones tu viaje?
-
- Madrid, Agosto 1963
- Indice

- Ramera
-
- Soy una vieja huella sobre tu carne tibia,
- bella mujer sedienta, callejera incesante,
- lujuria en flor ardiente de noche en cada esquina.
- Soy un turbio deseo, entre tantos que nacen
- a tu paso, midiendo la perfecta estructura
- de los senos redondos, la cadera oscilante.
- Mis ojos han surcado mil veces la marisma
- de los tuyos nublados. Has encendido el hambre
- vital, adormecida, de placeres ocultos,
- que flotan en la noche, viciándonos el aire.
- Alguien me dijo que eres una mujer cansada;
- que la tristeza roe sin cesar e implacable,
- bajo la amplia sonrisa mecánica en tus labios,
- tu corazón incierto, de todos y de nadie.
- Eres la fresca sombra del chopo junto al río;
- y los hombres te buscan sólo por un instante,
- cuando te necesitan; y se van de tu lado,
- olvidándote al punto, al caer de la tarde.
- ¿Dónde va tu recuerdo, silencioso y confuso,
- al par de las caricias que hábilmente repartes?
- El sabor de los besos, ¿es dulce o es amargo?
- Las manos que te aprietan, ¿son violentas o suaves?
- ¿No hay un amor lejano que ilumine tu vida?
- ¿Un niño, ojos azules, para llamarte madre?
- ¡Qué sola estás, qué triste, mujer de las esquinas,
- vendiendo los jirones de tu vida en la calle!
-
- Madrid, Agosto 1963
- Indice

- Los Libros
-
-
"Retirado
en la paz de estos desiertos,
-
con pocos, pero
doctos libros juntos,
-
vivo en
conversación con los difuntos
-
y escucho con mis ojos a los muertos".
-
(Quevedo)
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-
"¡Entre
los muertos vivo!"
-
(Menéndez y Pelayo)
-
- Los caballeros del saber me esperan,
- austeros y serenos, alineados
- tran los cristales en los anaqueles.
- Oasis solitario,
- en la aridez de nuestros días grises,
- son el frescor umbroso de los álamos
- y la joven canción pura del agua,
- dulce al correr y suave en el remanso.
- Bajo la ruda y desigual coraza,
- unos albergan el pensar del sabio,
- -noches de insomnio, entrega concentrada
- al lento, espiritual, difícil parto-.
- En otros arde soterrado el fuego,
- prometedor o amargo,
- que caldeó los miembros ateridos,
- o supo fiel iluminar el paso.
- Saben de mí; soy buen amigo suyo;
- me llaman con sus gritos apagados.
- Piden conversación sincera y muda,
- como apretón de manos.
- En la sorda pelea de las horas,
- duro quehacer diario,
- jamás puedo sentir lejos el mundo,
- porque el mundo está, en ellos, a mi lado.
- Aguardais mi saludo, camaradas;
- y el tiempo consumido en el trabajo
- es común enemigo, al impedirme
- volver a saludaros.
- Pero vosotros, como viejos robles,
- firmes, inalterables, solitarios,
- aguardais a la vera del sendero,
- no teneis prisa, no fijais horario.
- ¡Gracias, amigos, yo también os dejo
- en las puertas del alma el paso franco!
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- Madrid, Agosto 1963
- Indice

- Palabras
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- ¡Las palabras! ¿Qué son las palabras?
- Humo en espirales, nubes que pasan.
- Pasan como sombras sin rastro ni huella;
- se van como un soplo de viento: Son nada.
- Lo que importa es la idea,
- la idea es el alma.
- Y el alma, la idea, sale por los ojos,
- bulle entre las manos, baila en la sonrisa;
- la palabra es, en cambio, su mortaja.
- ¿Y el amor? El amor debe ser silencioso.
- Se evapora el amor si se habla.
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- Montreal, Octubre 1967
- Indice

- Ausencia en
la presencia
-
- Tan cerca te llegaste,
- tan dentro de mí estás, tan arraigada,
- que no puedo alejarte.
-
- Tu presencia es veneno
- latente en mis entrañas como brasa.
- ¡Qué dolor sin remedio!
-
- Tu ausencia es como un río
- eternamente largo, sobre el alma
- que se muere de frío.
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- Estás conmigo ausente;
- quizá cuando estés lejos de mi lado
- te sentiré presente.
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Se fue
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- Y ella se fue, y me dejó la noche,
- noche en el alma, fría noche oscura.
- Se marchó sin dolor, sin amargura,
- y al partir murmuró cierto reproche.
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- Se fue con prisas: Alguien la esperaba.
- Será feliz durante algunos días.
- Luego perecerán sus alegrías,
- y estará otra vez sola, como estaba.
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Resurrección
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- La primera sonrisa de la nieve
- vino a mi encuentro, acarició mi cara.
- No parecía una sonrisa triste;
- era un amplio saludo, sin palabras.
- Su presencia ahuyentó las pesadillas
- de una noche infinitamente larga...
- Los erables del parque, desvestidos,
- temblorosos, decían su nostalgia
- de un esplendor que fue; pero esperando
- la primavera sonriente y cálida.
- ¿Y por qué no? La vida continúa.
- Hay un recuerdo más a nuestra espalda.
- Pero, enfrente, el futuro nos da voces.
- Vayamos, pues. Aún queda la esperanza.
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Recuerdo
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- Parque de Mont Royal, mi viejo amigo,
- testigo silencioso
- de amores hondos y promesas largas.
- Heme de nuevo aquí, contigo a solas.
- Ella no viene, ¿sabes?. Se ha marchado
- en busca del cobijo de otra sombra.
- La mía era pequeña...
- Tú, gigantesco, a todos acogías
- en las calmosas noches de verano.
- Nos viste caminar lentos y unidos,
- oíste nuestras risas, supiste nuestro amor sobresaltado.
- ¿Recuerdas, viejo Parque? ¿La recuerdas?
- Todo su cuerpo era
- como un cantar violento, apasionado.
- Tú conoces sus más tenues palabras,
- sus gestos más ligeros.
- Era bello, ¿verdad?, pero tan frágil...
- También de tí se van, con el otoño,
- los últimos amigos.
- Se van quizá con la mirada hiriente,
- el gesto amargo, y la pisada dura.
- Te dejan solo, pero tú sonríes.
- Sonríes porque sabes
- que, si el invierno ha de matar la vida,
- la nueva vida matará al invierno.
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Sin retorno
-
- Mis brazos quieren salir
- en busca de tu cintura;
- pero estará en otras manos,
- y en otra cara las tuyas.
- Se fue aquel tiempo, y con él
- el amor, la fe, las dudas...
- Lo que se vive una vez
- ya no se repite nunca.
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Nostalgia
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- Mi cuerpo me ha preguntado:
- “¿Dónde está? ¿Volverá un día?”
- Yo le he dicho: “Se ha ido lejos;
- quizá no nos necesita.
- Junto a su carne otra carne
- dirá suavemente: “Olvida”.
- “¿Y olvidará?” “Calla, amigo,
- y deja correr la vida”.
- Mi cuerpo y yo, entrelazados
- por una tristeza misma
- hemos salido a la calle.
- Era de noche. Llovía...
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- Montreal, Noviembre 1967
- Indice

- Nuevo Año
-
- El año ha muerto, fue enterrado anoche,
- y el olvido devora ya sus restos.
- Nos dió rayos de sol, nos trajo nubes,
- nos hizo escuchar risas y lamentos.
- Yo le he visto marcharse, y no he llorado;
- y me he encontrado con el Año Nuevo,
- este año joven,
- luminoso, optimista, bullanguero,
- que en su primer abrazo me ha dejado
- la amargura y el frío de un mal sueño.
- Ahuyentando a la gente,
- camina por las calles el invierno;
- yo estoy en casa, hay música a mi lado,
- pero resbala sobre mí el silencio.
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- Montreal, Enero 1968
- Indice

- Viento invernal
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- Algo se agita dentro, en el bosque del alma.
- Un viento del pasado se ha despertado ahora.
- Un viento que me trajo simiente de esperanza,
- frescor de juventudes, exóticos aromas.
- El que deshizo luego, con mano invisible y dura,
- mi jardín de ilusiones, mi puñado de rosas;
- el que ahogó mi palabra sincera, apasionada.
- Aquel viento de entonces nuevamente me azota...
- ¿Me esconderé en mí mismo para que no me hiera,
- o le abriré mi pecho, le ofreceré mi boca?
- Me has dicho tu dolor, tu soledad, tu llanto.
- Fue todo inevitable, huyó como una sombra.
- Sólo queda un pasado, bello y triste a la vez,
- una herida en el alma y un hueco en la memoria.
- Busquemos otras flores por distintos senderos,
- ya que un viento de invierno deshojó nuestra rosa.
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- Montreal, Enero 1968
- Indice

- Vacío
-
- Hiciste descender sobre mi cuerpo
- tu exhuberante lluvia de caricias,
- igual que sobre el bosque silencioso
- cae la primera lluvia lenta y fina.
- Como los viejos troncos de los árboles,
- yo me sentí cubierto por tí misma.
- Un único deseo brotó entonces,
- cantó en los dos idéntica alegría.
- Luego todo se fue, sin dejar rastro,
- como se va la nieve, sin sentirla.
- Mi paisaje interior quedó desnudo,
- desnudo y solo en la mañana fría.
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- Montreal, Febrero 1968
- Indice

- Granadina
-
- A través de otras tierras y otros hombres
- has llegado hasta mí; yo te esperaba.
- Desde mi Santander verde y lluvioso,
- desde el alegre sol de tu Granada,
- partieron los caminos, y arribaron
- a esta ciudad universal y extraña.
- Danza la nieve aquí en brazos del viento,
- y las gentes prefieren la distancia.
- Pero al venir tú a mí, yo ví en tus ojos
- la luz y los colores de la Alhambra.
- Y hay en tu risa el juvenil murmullo
- que en el Generalife lleva el agua.
- Cuando bailas, es todo el Sacromonte
- quien se mueve en tus pies, mora y gitana.
- Veinte generaciones han luchado
- con el amor, los celos y las armas,
- para crear tu cuerpo bronceado,
- para sembrar pasiones en tu alma.
- Desnuda eres más bella. Te recuerdo
- como una rosa abierta. ¡Qué algazara
- de besos y caricias; qué temblores
- de dos carnes en una entrelazadas!
- Mi soledad no vino aquella tarde.
- Estabas tú, mujer, sólo tú estabas.
- Y me decías: “¡Qué el amor no llegue,
- no le dejes nacer!”... Y tus palabras
- caían sobre mí como algo triste,
- como una noche inevitable y larga.
- No te querré, mujer; pondré vigías
- y clavaré las puertas de mi alcázar
- para impedir la entrada del amor;
- pero a la vez, para evitar que salga
- y se me pierda este recuerdo tuyo
- -color, luz y calor- que me acompaña.
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- Montreal, Febrero 1968
- Indice

- Temores
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- ¿A dónde vas, qué esperas, qué persigues,
- pobre sentimental desorientado?
- Cazador de ilusiones, en la noche
- cualquier sendero llevará al fracaso.
- Y es de noche en el mundo, y huele a muerto...
- No des tu corazón, ni abras los brazos,
- porque hallarás desprecio en las miradas
- y tus mejores sueños destrozados.
- Otra mujer ha entrado en tus desvelos.
- Ella también se irá, dejando un rastro,
- como un surco sangriento, sobre el alma,
- y un temblor en los ojos, y en las manos.
- Pretendes moldearlas, pero no eres
- ni un alfarero tú, ni ellas de barro.
- Olvida al escultor que llevas dentro,
- y tómalas cual son, que ni los años
- borrarán la frontera que os separa.
- Nunca os conoceréis: Seréis extraños.
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- Montreal, Febrero 1968
- Indice

- Sus ojos
-
- En la penumbra del salón estaban,
- y eran oscuros...-misteriosa noche-;
- pero los ví surgir, quedos, brillantes,
- y acercarse a los míos. Cien colores
- estallaron al punto, jubilosos,
- poblando el aire de otras mil canciones.
- Nadie a mi lado vió ni escuchó nada.
- ¿Y tú, Nora? No sé, pero fue entonces
- que, al despertar mi oculta primavera,
- nació una flor que llevará tu nombre.
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- Montreal, Deciembre 1968
- Indice

- Nora
-
- Acudí. Tú no estabas.
- Esperé, y no llegaste.
- Tus ojos empezaron
- en mi alma a esfumarse.
- Han de pasar los días,
- y al filo de la tarde
- melancólica y triste
- te encontraré en la calle.
- Me veré en tu mirada
- de oscuridad brillante.
- Quizá haya una sonrisa,
- pero breve y afable.
- Los clavos de tus ojos
- ya no herirán mi carne.
- No habrá un instante, Nora,
- como el primer instante.
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- Montreal, Diciembre 1968
- Indice

- Mujeres
-
- Cuando pasais, un juvenil bullicio
- colma los aires. Risas y canciones
- van de la mano, y de sus tibias huellas
- nacen los besos, como rojas flores.
- Yo, en el recodo del sendero, extiendo
- la mano vacilante. ¡Soy tan pobre!
- Y os alejais. Y un círculo de olvido
- me arrebata la luz, y ahoga mis voces.
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- Montreal, Diciembre 1968
- Indice

- Vuelve
-
- Mi casa no bella, ni es grande, ni es casa.
- Es un rinconcito
- desde donde veo pasar el invierno,
- largo como un río.
- Mapas y recuerdos de lejanas tierras
- me tienen unido
- a un mundo añorado de sorpresas múltiples
- y de mil caminos.
- Pero aquella noche que tú no viniste
- mis cuatro paredes se hicieron extrañas,
- y dentro el vacío.
- En mi propia casa, ni grande ni casa,
- me sentí perdido.
- Y aprendí que tu sola presencia
- de amante exaltada, o de cuerpo dormido,
- colmaba el ambiente de un aroma suave,
- de un hálito tibio.
- Ven otra vez, no tardes;
- vuelve a poner tu cuerpo junto al mío,
- mujer, porque en tu ausencia,
- ha entrado en mí el invierno, y tengo frío.
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- Montreal, Marzo 1969
- Indice

- Lejanías
-
- Una canción de amor, triste y amarga,
- te volvió hacia el pasado.
- Renacieron en tu alma los recuerdos,
- las risas se apagaron.
- Me dijiste: “No es nada. Soy la misma”,
- y dándome tus labios
- me dibujaste una sonrisa en ellos,
- una sonrisa breve, encubriendo tu llanto.
- Luego la orquesta desgranó las notas
- de una música dulce, derramando
- nostalgia y soledad; y abriste el alma,
- y sufriste en silencio, entre mis brazos.
- Yo sentí que la noche penetraba
- dentro de tí, profunda, como un dardo.
- Y entró también en mí, cruel y ardiente,
- al percibir el eco de tu paso
- perdiéndose a lo lejos,
- aunque tu cuerpo estaba aún a mi lado.
- Luego el regreso a casa.
- Y el silencio otra vez, duro y pesado.
- Y la distancia, abriéndose infinita,
- y mi mano vacía sin tu mano.
- “Hasta mañana”. “Buenas noches”. Luego
- ví en tus ojos las lágrimas flotando.
- Y con tu imagen dolorida a cuestas
- bajé a la calle, y me sentí un extraño
- que pretendiera entrar en tu alma rota,
- y fuera rechazado.
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- Montreal, Abril 1969
- Indice

- Sueño
-
- Y el viento sacudía su capa en las esquinas,
- y la lluvia arañaba a las gentes en la calle.
- Era joven la noche,
- pero madre de trasgos trashumantes.
- Bajo mi pesadilla,
- su mirada siniestra, insobornable.
- Quise hacerme pequeño,
- entrar en mis tinieblas, y ocultarme.
- Todo en mí era temor...
- Pero tu rostro apareció al instante,
- y una sonrisa suave, y un susurro:
- “Sweetie”, escuché; y tu imagen
- se hizo vaga, y se fue, pero dejando
- limpio el ambiente y perfumado el aire.
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- Montreal, Abril 1969
- Indice

- Partida
-
- Tu partida me hurtó la primavera.
- Ya no hay flores en mí; se me está helando
- la sangre que encendiste, y en la
noche,
- larga noche sin tí, un viento
amargo
- silba por las ventanas.
- Todo es igual que antaño.
- Yo, en silencio, pregunto a mis
recuerdos
- si de verdad viniste, o te he soñado.
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- Montreal,
Mayo 1968
- Indice
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