Soy
el señor de un mundo confidencial y extraño,
poblado
de misterios, sensaciones y ensueños;
de
nereidas y ninfas que surgen de las aguas
con
los senos desnudos, la cabellera al viento.
Sátiros
agresivos y trasgos trashumantes
rondan
en las afueras, perfilando el momento
de
escalar las murallas, y arruinar la belleza,
la
paz y la armonía que sólo reina dentro.
Sus
alaridos turban la quietud de los campos,
y
el hedor de sus cuerpos flota en el aire denso.
Tiende
el temor sus alas negras, inevitables,
sobre
el breve recinto, como un presentimiento
de
trágicas auroras, heladas y sangrientas,
de
fúnebres canciones, soledad de desierto.
Mil
veces asaltaron mi fortaleza ingente,
arrasando
las flores y profanando el templo,
y
mil veces furioso rechacé sus ataques,
doblegué
su violencia y frustré sus intentos.
Pero
me estoy cansando del batallar constante,
de
la vigilia asidua, del temor y el recelo;
cansado
estoy, cansado, de curar las heridas,
de
reparar las ruinas, de enterrar a los muertos.
Tanta
belleza, amigos, tanto ideal glorioso,
tanto
amor y esperanza, inquietud y desvelos...
Mas
las fuerzas se agotan en fútiles combates,
y
tan sólo nos resta un porvenir incierto.
Llevamos
como Sísifo la roca a nuestra espalda,
y
al llegar a la cumbre la perdemos de nuevo.
Este
ciclo salvaje de luchas incesantes
destruyó
mi energía. No puedo más, no puedo.