Original de 

 



Recogeré en otoño tus sonrisas
bajo los olmos desnudando el llanto
de las hojas, que flotan indecisas,
y al fin descansan en crujiente manto.
 
Sobre esta alfombra te hallaré tendida,
bajo diáfana cúpula de ramas,
sólo de tus deseos revestida,
y ofreciendo lo mismo que reclamas.


Septiembre 1998 

 

Tríptico flúido:

 

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254
Es el amor a veces frío como la nieve,
con ásperas aristas, duras y lacerantes;
y aunque el sol brille fuera, dentro del alma llueve,
porque hay en cuerpos juntos espíritus distantes.
 
 
255
Contemplo el horizonte y espero tu llegada,
mas no surge a lo lejos tu vela, marinero.
Y mis noches son frías, y es triste mi alborada,
mientras cruzas los mares sin saber que te quiero.
 
 
256
Este hombre que te observa atentamente
quiere un día poseerte y penetrarte
con el cuerpo, con el alma y con la mente...
porque dice, cree, piensa y sabe amarte.
 
 
257
Cuántos años pasados, cuántos años perdidos,
viendo la misma estrella desde ángulos lejanos;
ignorando el instinto clavado en los sentidos,
y extendiendo los brazos sin tocarse las manos.
 
Qué par de vagabundos por caminos distantes
inmersos en dos sueños que no se fusionaron
por no encontrarse un día llegando a ser amantes,
y en ajenos abrazos sus almas se agostaron.
 
 
258
La mesa en la penumbra silenciosa
del rinconcito en la cafetería;
y mi mano en la tuya, temblorosa,
sin percibir la extraña algarabía;
al verme en tu mirada luminosa,
fue el momento mejor del mejor día.
Y fueron horas, o quizás instantes,
pero al salir, salimos como amantes.
 

259
Me llevaste de la mano
bajo la lluvia ligera…
Qué frescor de primavera
bajaba del monte al llano.
Qué horizonte tan cercano
nubes y mar parecían.
Por tu rostro descendían
gotas brillantes rodando;
pero no estabas llorando,
tus labios me sonreían.
 
 
260
¿Cuándo se ha de acercar la nube clara
que tanto he desde lejos contemplado?
¿Cuándo podré trocar en algazara
esta nostalgia de sentir tu cara
junto a la mía y toda tú a mi lado?
 
 
261
Hay tiempo de victoria, y hay tiempo de perder,
mas yo no estoy dispuesto a ceder o a abandonar.
Te he de arrancar el alma con mis manos, mujer;
la encerraré en la mía y no se podrá marchar.
 
 
262
Sé mi bandera, en curvas ondulante,
danzando al viento del deseo intenso,
abraza el asta eréctil y vibrante,
y una ofrenda te haré de lo que pienso.
 
 
263
El calor sofocante del estío
vence la tiranía del ropaje;
pero el invierno con su aliento frío
encajará tu cuerpo junto al mío
en íntimo y dinámico engranaje.
 
 
264
Tocaron mis rodillas tus rodillas
bajo la mesa del Café dormido,
y afloró el color rojo a tus mejillas;
y al momento acercamos más las sillas
para poder ampliar el recorrido.
 

265
Quiero besarte en la calle,
para que el mundo lo vea,
y enlazarte por el talle,
y exteriorizar la idea
de este amor que permanece
oculto y te pertenece.
 
 
266
Cuando vaya o cuando vengas,
y estés junto a mí tendida,
ni quiero que me detengas,
ni te quiero retraída.
Porque espero mantener
tal diálogo contigo
que dirás lo que has de hacer
y yo haré lo que te digo.
 
 
267
Apartarán mis manos los sarmientos
para acoger, al borde de la aurora,
tus racimos, gentil vendimiadora,
y haré míos tus estremecimientos
al exprimir la esencia embriagadora
 
 
268
Tus manos se durmieron suspendidas,
y sólo el aire acarició mi piel;
el aire, siempre amigo, nunca infiel,
que no me olvida como tú me olvidas.
 
 
269
No me dejes dormir, porque dormido
no podré ver tu desnudez vibrante,
y la noche se irá como un instante,
y en el amancecer te habré perdido.
 
 
270
El muro de Berlín que te rodea
debe ser abatido pieza a pieza;
yo colaboraré en esa tarea,
pero el desmantelar tu fortaleza
debe empezar por rechazar la idea
de que es debilidad la gentileza.
Eres frágil…y ¿qué?  Así es la rosa,
y entre las flores es la más hermosa.
 

271
Qué raudales de luz exhuberante
se desbordaron sobre tu ventana,
al desadormecerse la mañana,
flotando el sol en el azul distante.
 
Mas no fue el sol entrando en tu aposento,
la luz salió al abrirse las cortinas,
estallando en color en las colinas,
al asomar tu rostro soñoliento.
 
 
272
Armagedón, funesta nube oscura
en descenso fatal, inexorable,
que en los tentáculos de su espesura
estrangula las almas, implacable,
enterrándolas en la sepultura
de un trágico abandono interminable.
Mas sobre mí reposará tu carga
en esa noche eternamente larga.
 
 
273
Cuando la muerte venga, no será como un sueño
al fin de una jornada de esfuerzos excesivos;
mas con el alborozo de amanecer risueño, 
que hace sentirse al muerto más vivo que los vivos.
 
 
274
Me sorprendo a mí mismo mirando a su ventana,
y mis ojos se encuentran con su mirada intensa.
Cuán cerca la percibo, y a la vez qué lejana.
¿De quién es su sonrisa al clarear la mañana?
Y en sus sueños despiertos, ¿a quién ve,  y en quién piensa?
 
 
275
Se ha dormido el invierno, y ha despertado mayo
engalanado en amplios pliegues multicolores,
y repentinamente pueden surgir amores,
explotando imprevistos con la furia del rayo.
 
Y como en la tormenta, nunca podrá decirse
ni qué árbol será herido, ni cuándo ha de caer;
mas yo estaré esperando cuando pases, mujer,
y así podrá mi rosa entre tus manos abrirse.
 

(Indice)

 

 

 

 

 
¿Cómo puedo volver a estar contigo
si nunca me tuviste junto a tí?
Quizá estuve a tu lado como amigo,
pero aspiro a algo más que a estar así.
 
No es sólo compañía que deseo,
aunque la compañía es esencial;
quiero que si me miras y te veo,
ruja en ambos idéntico animal.
 
Dulces palabras y caricias suaves
reanimarán el alma fatigada;
yo iré más lejos: Quemaré mis naves
y al invadirte no habrá retirada.
 
Nuestra amistad ha sido una muralla
ocultando las flores a ambos lados,
y amordazando la verdad, que calla,
por temor a recelos infundados..
 
Pero hoy me he dicho: Basta ya, que es hora
de llamar a las cosas por su nombre.
La amiga es más que amiga si enamora:
Tú has de ser mi mujer y yo tu hombre.
 
Y el beso en la mejilla o en la frente,
depositado con temor furtivo,
perderá su carácter inocente
y en los labios caerá provocativo.
 
Y la mano en el hombro o en la espalda,
desatará sus ímpetus sin frenos,
y jugará traviesa con tu falda,
y avanzará resuelta entre los senos.
 
La amistad seguirá, mas revestida
de una sinceridad apasionada,
recogiendo esos frutos de la vida
de los que la amistad no sabe nada.
 
Los Angeles, 22 de agosto de 1998
 
Mujer que has alcanzado mis umbrales
por senda nebulosa y clandestina,
no sabes cuánto tiempo en esta esquina
esperé tu llegada o tus señales.
 
Nostálgicas vivencias otoñales
que debieron rasgarme la rutina,
se derrumbaron en callada ruina,
signo quizá de ser superficiales.
 
Pero al sentir tu paso subrepticio
y ofrecerte en mi altar en sacrificio,
con alma abierta y sin vacilación,
 
comprendí que no hay dádiva tardía,
que el amor es quehacer de día a día,
sin calendarios y sin estación.
 
Los Angeles, 23 de Agosto de 1998
 
“Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir…” (Jorge Manrique)
 
Fue alejándose lenta, como se aleja el río
rodando silencioso y sereno en la llanura,
y la envolvió la noche en su abrazo sombrío.
 
Los últimos destellos de su mirada oscura
débiles reflejaron su actitud fatigada,
con toques de tristeza, pero sin amargura.
 
Cuando llegó la muerte, franqueando la entrada
con paso irreversible y sin llamar a la puerta,
conoció que se hallaba al final de la jornada.
 
Supo su desenlace de una manera cierta,
mas no detuvo el curso de sus actividades,
para no percibirse a sí misma medio muerta.
 
Y en los momentos negros, y en las adversidades,
hubo manos gentiles, palabras cariñosas,
suavizando las penas y las dificultades.
 
Y en las noches serenas, las tardes luminosas,
al ver en torno suyo los rostros familiares,
cobraban sus mejillas el brillo de las rosas. 
 
Pálidas rosas mustias hundidas en pesares,
revestidas de un gozo transitorio y ligero,
suave como la brisa que peina los pinares.
 
Consciente de sus pasos terminando el sendero,
escudriñaba en vano posibles horizontes,
aún con el pie en el borde de su despeñadero.
 
Mas sus ojos cansados contemplaban los montes
con las cumbres perdidas en  la bruma  lejana,
y en las nubes siniestras figuras de Carontes.
 
Su vida era un paisaje fuera de la ventana,
y al mirarlo, temblaba por temor de encontrarse
el descenso inminente y fatal de la persiana.
 
Quizá a veces su mente pretendiera aferrarse
al hilo de la vida desesperadamente,
para que entre sus dedos no fuera a deslizarse.
 
O quizá en ocasiones no fuera suficiente
su interés o su fuerza para forjar un sueño,
y abandonara el campo a la oscuridad doliente.
 
Es fácil encerrarse en un círculo pequeño
de estériles ideas, sentires infecundos,
disfrazando el sollozo bajo un gesto risueño.
 
Nuestra sierra de cumbres y de valles profundos
que zarandea el alma como montaña rusa,
nos sitúa en la línea que limita dos mundos.
 
Y el alma nunca sabe cuando acepta o rehusa
la opción que se presenta si es la opción preferible,