Escultura de Augusto Rodin

 

Tan leve el tacto..., entre las manos yace
apenas perceptible el aleteo
de diez ojos en ciego parpadeo,
como un suspiro que en los dedos nace.


      Número 74c  

Tercera entrega

4 octubre 02

                     

Breverías (948-951)

 

Sólo dos manos
Mirada
Tu mejor retrato
Pregunta
Celos I
Celos II
Celos III
Este amor ancestral




948
Dame, mujer, la mano, caminando conmigo
por la senda del tiempo, que es nuestra única senda;
nada es eterno, nada; sólo hay en nuestra agenda
fechas de días, meses, tal vez años; abrigo
 
tanta esperanza, tanta, tan pujante deseo
de abrir amplias mis puertas, dinamitar mis diques,
implicarme en tu vida, que en la mía te impliques,
que ya sólo en tu instante y en tu espacio me veo.
 
 
949
¿Qué vuelos imaginas, qué horizontes encierras,
hacia dónde has partido, que en ti misma no estás?
Soy quien soy, y no entiendo si de mí te destierras,
o si a un yo imaginario, sin movimiento vas.
 
 
950
Tan leve el tacto..., entre las manos yace
apenas perceptible el aleteo
de diez ojos en ciego parpadeo,
como un suspiro que en los dedos nace.
 
 
 951
Las paredes recuerdan lo que vieron
con más exactitud que los amantes;
ven relojes que no se detuvieron,
ceño, sombra, temor en los semblantes,
lágrimas que en la almohada se perdieron,
palabras tímidas o vacilantes.
Los amantes recuerdan entusiasmo
bajo la borrachera del orgasmo.
(Indice)



 
676 - Sólo dos manos
 
Tan inmensa tu piel, y accidentada,
y dos manos tan sólo para ella:
para la Vía Láctea, una estrella,
para el mar, una lágrima salada.
 
Qué insuficiente soy, qué limitada
mi maniobra en ti; cómo atropella
mi forma a mi energía, y corta y sella
la actividad que nace arrebatada.
 
Sólo dos manos a escalar tus montes,
en pérdida de cauces y horizontes,
en descuido de grutas y mesetas.
 
Manos que a espacio y tiempo desafían.
Si fueran diez tampoco lograrían
permanecer en tu presencia quietas.
 
Los Angeles, 15 de septiembre de 2002
(Indice)



 
677 - Mirada
 
Tal vez mis ojos puedan serte infieles,
tantas estrellas brillan, tantas rosas
florecen cada día tan hermosas,
tan seductores se abren los claveles…
 
¿Cómo apartar la vista? ¿A qué niveles
de fragantes bellezas luminosas
bajarán sus telones, pudorosas,       
las pupilas, a fin de serte fieles?
 
La mirada no entrega ni retiene,
sólo va, goza y vuelve, y se mantiene
hipnótica en tu imagen enfocada.
 
Aunque envuelva, y abrace, y acaricie,
no es más que ráfaga de superficie,
incapaz de apagar la llamarada.
 
Los Angeles, 18 de septiembre de 2002
(Indice)



Tu mejor retrato
 
                “The nakedness of woman is the work of God”.
                “La desnudez de la mujer es obra de Dios”.
                (William Blake)
 
En desnudez naciste, como nacen las flores,
como nacen las aves, como nacen las fieras,
que se recubren sólo de sus propios colores,
y como son se ostentan, espontáneas, sinceras.
 
La verdad es desnuda, y auténtica, y patente,
el vestido es embozo, como lo es la mentira,
es una forma torpe de hacerse diferente,
el vestido se queja, la desnudez suspira.
 
Vuélvete espejo claro que refleja lo que eres,
que en libertad se expresa, que no se ruboriza;
la realidad desnuda tiene tantos poderes...
es la llama ondulante; vestida, es la ceniza.
 
Tal como apareciste sobre este mundo un día,
sin lanas, ni botones, ni sedas, ni recato,
así te necesito, con toda la osadía
de la verdad desnuda, que es tu mejor retrato.
 
Los Angeles, 21 de septiembre de 2002
(Indice)




Preguntas
 
La niña tiene preguntas,
la niña quiere respuestas,
y el padre no sabe cuándo
ni cómo ha de responderlas.
¿De dónde vienen las nubes?
¿Por qué el viento juguetea
con las ramas del naranjo?
¿A quién guiñan las estrellas?
¿Cómo fabrican los padres
al hermanito que llega?
Ay niña, por cuyos ojos
tantos misterios navegan,
unos sin brújula, henchidas
de interrogantes las velas,
otros con la certidumbre
de quien ya avistó la tierra.
Niña que vas lentamente
deshaciendo la madeja
de la vida, que entre luces
y penumbras se revela.
Unas cosas serán claras,
otras tal vez no lo sean;
hay razones para todo,
y para todo hay respuestas;
las hay rotundas, y hay otras
que engendran nuevos problemas;
y otras hay que paralizan
la mente, ciega o perpleja.
Pregunta siempre, pregunta,
mi pequeña viajera
por este mundo que se abre
ante ti, y al que despiertas.
Pero recuerda que nadie
sabe todas las respuestas;
que la mente poco a poco
las descubre, y si tropieza,
sabrá enderezar el paso,
o recomenzar la senda.
Sigue preguntando, niña,
mi niña de mente inquieta.
 
Los Angeles, 21 de septiembre de 2002
(Indice)



Celos I
 
En el silencio hueco de esta alongada ausencia,
ay, cómo te echo en falta, mujer de mi destino,
con la vida en suspenso y el pensamiento inmóvil,
sin saber si en el centro de tus ideas vivo,
si te poseen nubes que entorpecen la vista,
o si ajenos rumores penetran en tu oído.
Qué intrincada en su andanza se me ha vuelto la mente,
forzándome jornadas de anónimos caminos,
donde puños extraños se alzan de las cunetas
en amago de asaltos, entre insultos a gritos.
He intentado ignorarlos, y he cerrado los ojos,
pero tanta luz brilla recóndita en mí mismo,
que sigo viendo absurdas siluetas de tu imagen,
volviéndome la espalda, filtrando escalofríos,
y hay temblor en las manos, flaqueza en las rodillas,
y en el yunque del pecho impactos de martillo.
Si no te amara tanto, yacería en mi hamaca
en placidez inerte, tibio, semidormido,
con la apatía propia de a quien nada le afecta,
con el frívolo canto de un sentimiento ambiguo.
Pero me has saturado de extrañas sensaciones
que han teñido mi sangre del color de tus mimos,
y, como yo he logrado gozoso asimilarte,
quisiera que tú misma me hubieras absorbido.
Y tal vez lo hayas hecho, tal vez hoy te desangras
como si te rasgara las venas un cuchillo,
tal vez el llanto envuelve tu soledad nocturna,
tal vez me estés amando como nunca lo he sido.
Qué frágil es el alma, fluctuando perpleja
de certezas de mármol, a temores de vidrio.
Ayer, en tu presencia, fui sólida columna,
hoy, en tu ausencia, dudo, y entre fragmentos vivo.
 
Los Angeles, 22 de septiembre de 2002
(Indice)




678 - Celos II
 
Caricia fue mientras llamado brisa,
pero se ha hecho mayor, su nombre es viento,
y quien ayer rozaba con su aliento,
hoy muerde, abofetea, empuja, pisa.
 
Aprendemos a amar, y la sonrisa
toma en los labios invariable asiento,
luego la duda clava el desaliento,
y cabalga el dolor a toda prisa.
 
Y, una vez al galope y desbocado,
¿cómo frenar su impulso, qué candado
reforzará las puertas del olvido?
 
De ese olvido magnánimo, que ignora
sombras de ayer al madrugar la aurora,
como si nunca hubiera anochecido.
 
Los Angeles, 25 de septiembre de 2002
(Indice) 



Celos III
 
Sólo recuerdo las noches
que he deshojado despierto;
de aquéllas otras dormidas
nunca recuerdo los sueños.
Noches de la margarita,
sí, no, sí, no, titubeos
que un pétalo no dirime;
largas noches en desvelo.
No sé si a la luz me inclino,
o en las sombras te prefiero,
si te siento más en éstas,
o si al sol te pienso menos.
Ay, cómo quisiera a veces
dejar de ser prisionero
de mí mismo, de ti misma,
de este contrapunto interno,
en que la razón dirige,
y tropieza el sentimiento.
O tal vez cerrar los ojos
y dormir, con o sin sueños,
con la única certidumbre
de que conmigo te llevo.
 
Los Angeles, 25 de septiembre de 2002
(Indice)
 



Este amor ancestral
 
Hay en nosotros cien generaciones
de silencios, palabras y rugidos;
nada nos es ajeno, y avanzamos
en solidaridad con otros siglos.
Aún el hogar que nos alberga tiene
impronta de cabaña y de castillo,
como en el temple, en rasgos indelebles,
al gran señor llevamos, y al mendigo.
 
Al amarte, no sólo yo te amo,
te están amando en mí, por mí, conmigo,
cuantos amaron antes: Abelardo,
Romeo, Eneas, Paris, o Cupido,
y tú eres Eloísa, eres Julieta,
y eres Helena, y Psique, y eres Dido.
 
Te amo como se amaron, con la misma
ingenuidad, pasión, trágico instinto,
con la ciega ansiedad desesperada
que humedece de sangre los cuchillos;
con la desilusión agonizante
del que otea y no alcanza el objetivo.        
Densos amores malaventurados,
abocados a estragos, a suicidios,
a abandonos tal vez involuntarios,
o bajo los pretextos del destino.
 
Pero amores indómitos, voraces,
con tanto de clamor que de suspiro,
ardientes y bucólicos, serenos
o electrizantes, pero nunca tibios.
 
Ese amor ancestral, resucitado,
que antes de ti era sueño indefinido,
vive hoy en mí, te absorbe y se te ofrece,
y en ti ha de celebrar todos sus ritos.
 
Los Angeles, 28 de septiembre de 2002
(Indice)

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