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Escultura
de Augusto Rodin
- Tan
leve el tacto..., entre las manos yace
- apenas
perceptible el aleteo
- de
diez ojos en ciego parpadeo,
- como
un suspiro que en los dedos nace.
-
- 948
- Dame,
mujer, la mano, caminando conmigo
- por
la senda del tiempo, que es nuestra única senda;
- nada
es eterno, nada; sólo hay en nuestra agenda
- fechas
de días, meses, tal vez años; abrigo
-
- tanta
esperanza, tanta, tan pujante deseo
- de
abrir amplias mis puertas, dinamitar mis diques,
- implicarme
en tu vida, que en la mía te impliques,
- que
ya sólo en tu instante y en tu espacio me veo.
-
-
- 949
- ¿Qué
vuelos imaginas, qué horizontes encierras,
- hacia
dónde has partido, que en ti misma no estás?
- Soy
quien soy, y no entiendo si de mí te destierras,
- o
si a un yo imaginario, sin movimiento vas.
-
-
- 950
- Tan
leve el tacto..., entre las manos yace
- apenas
perceptible el aleteo
- de
diez ojos en ciego parpadeo,
- como
un suspiro que en los dedos nace.
-
-
- 951
- Las
paredes recuerdan lo que vieron
- con
más exactitud que los amantes;
- ven
relojes que no se detuvieron,
- ceño,
sombra, temor en los semblantes,
- lágrimas
que en la almohada se perdieron,
- palabras
tímidas o vacilantes.
- Los
amantes recuerdan entusiasmo
- bajo
la borrachera del orgasmo.
-
(Indice)
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- 676
- Sólo
dos manos
-
- Tan
inmensa tu piel, y accidentada,
- y
dos manos tan sólo para ella:
- para
la Vía Láctea, una estrella,
- para
el mar, una lágrima salada.
-
- Qué
insuficiente soy, qué limitada
- mi
maniobra en ti; cómo atropella
- mi
forma a mi energía, y corta y sella
- la
actividad que nace arrebatada.
-
- Sólo
dos manos a escalar tus montes,
- en
pérdida de cauces y horizontes,
- en
descuido de grutas y mesetas.
-
- Manos
que a espacio y tiempo desafían.
- Si
fueran diez tampoco lograrían
- permanecer
en tu presencia quietas.
-
- Los Angeles, 15 de septiembre de 2002
- (Indice)
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- 677
- Mirada
-
- Tal
vez mis ojos puedan serte
infieles,
- tantas
estrellas brillan, tantas
rosas
- florecen
cada día tan hermosas,
- tan
seductores se abren los
claveles…
-
- ¿Cómo
apartar la vista? ¿A qué
niveles
- de
fragantes bellezas luminosas
- bajarán
sus telones, pudorosas,
- las
pupilas, a fin de serte fieles?
-
- La
mirada no entrega ni retiene,
- sólo
va, goza y vuelve, y se
mantiene
- hipnótica
en tu imagen enfocada.
-
- Aunque
envuelva, y abrace, y acaricie,
- no
es más que ráfaga de
superficie,
- incapaz
de apagar la llamarada.
-
- Los Angeles, 18 de septiembre de 2002
-
(Indice)
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-
- Tu
mejor retrato
-
-
“The
nakedness of woman is the
work of God”.
-
“La desnudez de la
mujer es obra de Dios”.
-
(William Blake)
-
- En
desnudez naciste, como nacen
las flores,
- como
nacen las aves, como nacen
las fieras,
- que
se recubren sólo de sus
propios colores,
- y
como son se ostentan, espontáneas,
sinceras.
-
- La
verdad es desnuda, y auténtica,
y patente,
- el
vestido es embozo, como lo
es la mentira,
- es
una forma torpe de hacerse
diferente,
- el
vestido se queja, la
desnudez suspira.
-
- Vuélvete
espejo claro que refleja lo
que eres,
- que
en libertad se expresa, que
no se ruboriza;
- la
realidad desnuda tiene
tantos poderes...
- es
la llama ondulante; vestida,
es la ceniza.
-
- Tal
como apareciste sobre este
mundo un día,
- sin
lanas, ni botones, ni sedas,
ni recato,
- así
te necesito, con toda la
osadía
- de
la verdad desnuda, que es tu
mejor retrato.
-
- Los Angeles, 21 de septiembre de 2002
- (Indice)
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- Preguntas
-
- La niña
tiene preguntas,
- la niña
quiere respuestas,
- y el padre
no sabe cuándo
- ni cómo ha
de responderlas.
- ¿De dónde
vienen las nubes?
- ¿Por qué
el viento juguetea
- con las
ramas del naranjo?
- ¿A quién
guiñan las estrellas?
- ¿Cómo
fabrican los padres
- al hermanito
que llega?
- Ay niña,
por cuyos ojos
- tantos
misterios navegan,
- unos sin brújula,
henchidas
- de
interrogantes las velas,
- otros con la
certidumbre
- de quien ya
avistó la tierra.
- Niña que
vas lentamente
- deshaciendo
la madeja
- de la vida,
que entre luces
- y penumbras
se revela.
- Unas cosas
serán claras,
- otras tal
vez no lo sean;
- hay razones
para todo,
- y para todo
hay respuestas;
- las hay
rotundas, y hay otras
- que
engendran nuevos problemas;
- y otras hay
que paralizan
- la mente,
ciega o perpleja.
- Pregunta
siempre, pregunta,
- mi pequeña
viajera
- por este
mundo que se abre
- ante ti, y
al que despiertas.
- Pero
recuerda que nadie
- sabe todas
las respuestas;
- que la mente
poco a poco
- las descubre,
y si tropieza,
- sabrá
enderezar el paso,
- o recomenzar
la senda.
- Sigue
preguntando, niña,
- mi niña de
mente inquieta.
-
- Los Angeles, 21 de septiembre de 2002
- (Indice)
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- Celos I
-
- En el silencio
hueco de esta alongada ausencia,
- ay, cómo te
echo en falta, mujer de mi destino,
- con la vida en
suspenso y el pensamiento inmóvil,
- sin saber si
en el centro de tus ideas vivo,
- si te poseen
nubes que entorpecen la vista,
- o si ajenos
rumores penetran en tu oído.
- Qué
intrincada en su andanza se me ha vuelto la mente,
- forzándome
jornadas de anónimos caminos,
- donde puños
extraños se alzan de las cunetas
- en amago de
asaltos, entre insultos a gritos.
- He intentado
ignorarlos, y he cerrado los ojos,
- pero tanta luz
brilla recóndita en mí mismo,
- que sigo
viendo absurdas siluetas de tu imagen,
- volviéndome
la espalda, filtrando escalofríos,
- y hay temblor
en las manos, flaqueza en las rodillas,
- y en el yunque
del pecho impactos de martillo.
- Si no te amara
tanto, yacería en mi hamaca
- en placidez
inerte, tibio, semidormido,
- con la apatía
propia de a quien nada le afecta,
- con el frívolo
canto de un sentimiento ambiguo.
- Pero me has
saturado de extrañas sensaciones
- que han teñido
mi sangre del color de tus mimos,
- y, como yo he
logrado gozoso asimilarte,
- quisiera que tú
misma me hubieras absorbido.
- Y tal vez lo
hayas hecho, tal vez hoy te desangras
- como si te
rasgara las venas un cuchillo,
- tal vez el
llanto envuelve tu soledad nocturna,
- tal vez me estés
amando como nunca lo he sido.
- Qué frágil
es el alma, fluctuando perpleja
- de certezas de
mármol, a temores de vidrio.
- Ayer, en tu
presencia, fui sólida columna,
- hoy, en tu
ausencia, dudo, y entre fragmentos vivo.
-
- Los Angeles, 22 de septiembre de 2002
- (Indice)
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-
678 - Celos
II
-
- Caricia
fue mientras llamado brisa,
- pero se ha
hecho mayor, su nombre es viento,
- y quien
ayer rozaba con su aliento,
- hoy muerde,
abofetea, empuja, pisa.
-
- Aprendemos
a amar, y la sonrisa
- toma en
los labios invariable asiento,
- luego la
duda clava el desaliento,
- y cabalga
el dolor a toda prisa.
-
- Y, una vez
al galope y desbocado,
- ¿cómo
frenar su impulso, qué candado
- reforzará
las puertas del olvido?
-
- De ese
olvido magnánimo, que ignora
- sombras de
ayer al madrugar la aurora,
- como si
nunca hubiera anochecido.
-
- Los
Angeles, 25 de septiembre de 2002
- (Indice)
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-
- Celos
III
-
- Sólo
recuerdo las noches
- que
he deshojado despierto;
- de
aquéllas otras dormidas
- nunca
recuerdo los sueños.
- Noches
de la margarita,
- sí,
no, sí, no, titubeos
- que
un pétalo no dirime;
- largas
noches en desvelo.
- No sé
si a la luz me inclino,
- o en
las sombras te prefiero,
- si
te siento más en éstas,
- o si
al sol te pienso menos.
- Ay,
cómo quisiera a veces
- dejar
de ser prisionero
- de mí
mismo, de ti misma,
- de
este contrapunto interno,
- en
que la razón dirige,
- y
tropieza el sentimiento.
- O
tal vez cerrar los ojos
- y
dormir, con o sin sueños,
- con
la única certidumbre
- de
que conmigo te llevo.
-
- Los Angeles, 25 de septiembre de 2002
- (Indice)
|
- Este amor
ancestral
-
- Hay
en nosotros cien generaciones
- de
silencios, palabras y rugidos;
- nada
nos es ajeno, y avanzamos
- en
solidaridad con otros siglos.
- Aún
el hogar que nos alberga tiene
- impronta
de cabaña y de castillo,
- como
en el temple, en rasgos indelebles,
- al
gran señor llevamos, y al mendigo.
-
- Al
amarte, no sólo yo te amo,
- te
están amando en mí, por mí,
conmigo,
- cuantos
amaron antes: Abelardo,
- Romeo,
Eneas, Paris, o Cupido,
- y
tú eres Eloísa, eres Julieta,
- y
eres Helena, y Psique, y eres
Dido.
-
- Te
amo como se amaron, con la misma
- ingenuidad,
pasión, trágico instinto,
- con
la ciega ansiedad desesperada
- que
humedece de sangre los cuchillos;
- con
la desilusión agonizante
- del
que otea y no alcanza el objetivo.
- Densos
amores malaventurados,
- abocados
a estragos, a suicidios,
- a
abandonos tal vez involuntarios,
- o
bajo los pretextos del destino.
-
- Pero
amores indómitos, voraces,
- con
tanto de clamor que de suspiro,
- ardientes
y bucólicos, serenos
- o
electrizantes, pero nunca tibios.
-
- Ese
amor ancestral, resucitado,
- que
antes de ti era sueño indefinido,
- vive
hoy en mí, te absorbe y se te
ofrece,
- y
en ti ha de celebrar todos sus
ritos.
-
- Los
Angeles, 28 de septiembre de 2002
- (Indice)
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