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Tomo
el pulso al amor, está muriendo,
cansado, desangrándose, marchito,
ha perseguido tanto lo infinito,
lo inaccesible, lo que vive huyendo...
Es
el ocaso ya, va oscureciendo,
se adormece la luz, se apaga el grito,
y en esta quieta zona que transito
mi propia sensatez se va evadiendo.
Tan
altas enmarcamos nuestras miras,
que al sopesar verdades y mentiras,
la fe abjura de su resurrección.
Llega
la noche, y es su helado aliento
señal de muerte. Gime el sentimiento
en la cripta de la desilusión.
Los
Angeles, 12 de diciembre de 2003
Soneto
Nº 975 de
Francisco Alvarez Hidalgo
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