Al
despertarse un día la alborada,
tal vez se niegue al rutinario juego
de envejecer, ocaso, noche, y luego
alba otra vez. En tan azul jornada,
caeré
sobre tu plaza amurallada
como tropel de arcángeles de fuego,
y quedarás, bajo tu propio ruego,
tomada por asalto y saqueada.
En
libre abdicación de resistencia,
sucumbirás, sin miedo, sin violencia,
a pesar del asalto y del saqueo.
Un
día sólo, denso, interminable,
muerto el tiempo, y en lazo irrevocable,
dueña de mí a la vez que te poseo.
Los
Angeles, 19 de diciembre de 2003
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- Soneto
Nº 991 de
- Francisco Alvarez Hidalgo
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