Era
una voz distante, pero intensa,
con un trasfondo de aves tropicales;
al oírla, temblaron los cristales
que en mi alma forman la única defensa.
El
intelecto, atónito, la piensa
blanca nube envolvente en espirales,
el corazón le instala pedestales,
el instinto le ofrece recompensa.
Ayer
sonó de nuevo, como un viento
leve, aromático, que soñoliento
acaricia las copas de los pinos.
Tan
lejos y a la vez tan adyacente,
sugirió, y acepté resueltamente,
próxima confluencia de caminos.
Los
Angeles, 20 de diciembre de 2003
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- Soneto
Nº 992 de
- Francisco Alvarez Hidalgo
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