| Poesía
del momento, Nº 101c |
Tercera
de diciembre 2004 |


Original
de

Francisco
Alvarez Hidalgo




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Tanto te ocultas, tanto te defiendes,
¿quién tu enemigo, a qué le tienes miedo?
Sólo traigo un retozo en cada dedo,
y una lengua de fuego. ¿No lo entiendes?
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Breverías
1280
Ay, aspirante a soñador, que temes
ciertos sueños de hueca oscuridad;
por más que gimas, huyas o blasfemes,
se te han de convertir en realidad.
1281
Poblado estoy de ti, soy el terreno
que tu mente adoptó, tu pie ha pisado,
cuyo paisaje, ya de rosa o trueno,
como tú lo adoptaste, te ha adoptado.

1282
Detén, si quieres, la palabra amable
albergada en tus labios elocuentes;
no detengas la mano, que ella me hable
su lenguaje de muslos divergentes.
1283
Oh, la paz del espíritu tranquilo,
campos en flor, serenidad dorada,
silencio, inercia, suavidad, sigilo…
¡Dadme la madurez alborotada!

1284
Tanto te ocultas, tanto te defiendes,
¿quién tu enemigo, a qué le tienes miedo?
Sólo traigo un retozo en cada dedo,
y una lengua de fuego. ¿No lo entiendes?
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Poemas
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1195 - Anoche
Viniste anoche abanderada en sueño
que no deja dormir; visión, quimera,
fraguadas cada día, que uno espera
ver alzarse del molde del diseño.
Llegaste a mí, que sólo he sido dueño
de espejismos, sellado en la ceguera
de quien contempla el mundo a su manera,
tan frío, tan lejano, tan pequeño.
Tan real te acercaste que fluía
de tu piel encendida hacia la mía
frenética espiral conspiradora.
Y me dejé abrazar con el descuido
que absorbe, y a la vez pierde el sentido…,
hasta que al fin te arrebató la aurora.
Los Angeles, 28 de diciembre de 2004
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1196 - Tiempo
Quisiera encadenarlo. Sus latidos
taconean el círculo andariego
de los sesenta espacios, y en tal juego
resultan mis propósitos vencidos.
Si a deshojar la flor de tus sentidos
se me apresta la mano, cuando llego,
tú en capitulación, y yo hombre ciego
con ojos en los dedos extendidos,
rastreo el engranaje de sus ruedas
para inmovilizarlo, y que así puedas
permanecer sin prisas a mi lado.
Pero es enjaular agua en un cedazo;
tan ágil corre el tiempo del abrazo,
que casi al empezar se ha terminado.
Los Angeles, 28 de diciembre de 2004

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1197 - Dualidad
Me ha visitado el ángel de la idea,
y el ángel del sentido me ha tocado;
en la balanza estoy equilibrado,
pero el mundo a mis pies se tambalea.
A veces pienso, y al pensar, flamea
etérea luz desnuda de nublado;
a veces siento, abriéndome el costado,
espada que en la herida se recrea.
Cerebral y sensual, encrucijada
del libro abierto y de la tibia almohada,
del hombre erguido y de su horizontal.
No escogeré; prefiero la amalgama
de furia y de razón sobre la cama,
del intelecto y de la bacanal.
Los Angeles, 28 de diciembre de 2004

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1199 - Voces
Eran antes las voces familiares
en vuelo a mí, tropel de golondrinas,
onduladas cadencias, mandolinas
arañando el silencio en los pinares.
Son hoy los buitres en los muladares,
las ratas pululando entre las ruinas,
invectivas de lenguas clandestinas
nutridas en sombríos lupanares.
Ayer la voz era caricia, abrazo,
hoy la voz es estrépito y portazo
despertando en la noche escalofríos.
Pasan las horas lúgubres y tensas,
parezco haber perdido las defensas
quedándose mis ámbitos vacíos.
Los Angeles, 29 de diciembre de 2004

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1200 - De regreso
Cumplida mi odisea creativa,
planto mi pie de nuevo en tus umbrales,
andante constructor de catedrales,
dueño de la columna y de la ojiva.
Transité tanto tiempo a la deriva,
tantas piedras anónimas, triviales,
tantas vidrieras, tantos pedestales,
que perdí claridad y perspectiva.
Hoy torres, cúpulas y frontispicios
por mí labrados, sólo son indicios,
más de lo dado que de lo obtenido.
Desecharé buriles y martillos,
y a tu alma llamaré con los nudillos
de estos dedos que casi te han perdido.
Los Angeles, 30 de diciembre de 2004 
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1201 - Bar
Se estremece la lámpara en la mesa
por la conjugación de dos alientos;
se han apagado los resentimientos,
y se enciende la luz de la promesa.
La atmósfera, cargada de humo, espesa,
arropa a bebedores soñolientos
que no tienen reloj; sus movimientos
única plática en el aire impresa.
Los dos amantes, al silencio uncidos,
son lírica explosión, dos alaridos
que sus ojos, y nadie más, perciben.
Tiembla la llama que ambos llevan dentro,
cuatro manos avanzan al encuentro,
y en mutuo cautiverio se reciben.
Los Angeles, 30 de diciembre de 2004

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