Hay
rostros inequívocos que vimos
años atrás, y surgen de repente,
recreando el pasado en el presente,
como la vid renace en los racimos.
Rostros
vistos al paso, que eludimos,
dejándolos perderse entre la gente,
mas siempre vivos en el subconsciente,
tenues rayos de luz que no extinguimos.
Hoy
uno de ellos ha resucitado
con el frontal encanto del pecado
que bate alas en vuelo de lujuria.
Reconocí
sus rasgos; a pie firme
le contemplé, esta vez sin evadirme,
y me besó con delicada furia.