El viento se hace un nudo en torno mío,
y me invita a bailar bajo las ramas;
el día es un altar envuelto en llamas,
canta bajo la piel la voz de un río.
Cada nube es la quilla de un navío
en otro terso mar; todas las camas,
inmóviles, suspenden sus programas,
como a la expectativa. Yo sonrío
con antojo sutil, casi perverso,
como si el eje azul del universo
cruzara por mis hombros; y al instante,
nueva Venus surgiendo de las olas,
no es el viento, eres tú, piel de amapolas,
en desnudez angélica, mi amante.
Los Angeles, 18 de marzo de 2004
Soneto Nº 1057 de
Francisco Alvares Hidalgo