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Ofelia en Hamlet
Es una estrella fugaz en el
cielo de la tragedia. Apenas aparece, desaparece;
brilla para desvanecerse. Son sus formas tan
vagas, que nos parecen impalpables; es su
influencia tan rápida, que nos parece nula. Y,
sin embargo, no hay expresión de su rostro,
palabra de sus labios, ademán de sus manos,
quejido de su corazón, lamento de su alma, que no
quede grabado en nuestro espíritu, que no guarde
con cuidado el corazón, que no se complazca en
representar la fantasía. Ha caído la estrella
fugitiva, y aún divisan los ojos su estela
luminosa.
Quien haya visto a la angelical
criatura oyendo los consejos de su hermano,
sometiendo su amor al mandato de su padre,
narrando la aparición inesperada de su amado,
fomentando su amor por su piedad, su piedad por su
amor, desgarrando su delicado corazón al oír las
amorosas brutalidades de su amante, lanzando su
espíritu de luz en las tinieblas del caótico
amor que la enajena, cayendo de la cumbre de todas
las esperanzas al abismo de la locura inesperada,
cantando canciones disonantes y esparciendo flores
expresivas, precipitándose en el agua, como en la
vida, sin conciencia del riesgo que corría;
abandonándose a la corriente, como se abandonó a
su amor, sin saber que se abandonaba a la vorágine;
quien la haya visto vivir un momento, sufrir
tanto, morir tan pronto, alejándose agua abajo
con la luz de su sonrisa en los labios, como se
aleja cielo abajo la luz de las estrellas
fugitivas, árido será de corazón y de
conciencia, sino se queja como ella en el único
momento en que se queja: "To have seen
what I have seen, see what I see!"
("Haber visto lo que he visto, ver lo que
veo!"). Árido será de corazón y de
conciencia, porque hay un Hamlet en el fondo de
todo corazón humano; y en la oscuridad de la
conciencia de ese Hamlet, hay siempre el centelleo
de una luz que no supo recoger. La luz murió o
pasó; pero su estela queda, y jamás, aun cuando
la luz de la justicia ilumine la oscuridad de esa
conciencia, volverá aquella sonrisa del cielo a
inundar con sus delicias la existencia.
El primer amor, el amor único,
es la forma primera de la felicidad, quizá la única:
forma vaga, impalpable, fugitiva, como Ofelia.
Como Ofelia, momentánea en la vida, eterna en la
memoria de la fantasía y del corazón. Como
Ofelia, una súplica en vida, un remordimiento en
muerte. Como Ofelia, espuma que se desvanece en el
torrente. Como Ofelia, un cielo que se ofrece y se
desdeña. Nunca ha producido el arte una creación
más pura, ni divinizado una realidad más humana,
ni concebido una verdad más esplendente.
El arte no demuestra, pero el
arte presiente. Y es lícito pensar que
Shakespeare, al dar vida mental a la divina
hechura de su alma, presintió que en ella fundía
para siempre las eternas aspiraciones del
sentimiento en todos los climas, en todas las
edades, en todos los caracteres de los hombres.
¿A qué aspira el sentimiento,
a qué aspiran todos los seres racionales en el
período del sentimiento? A realizar el sueño
dorado de la vida.
Y ¿qué le piden? Cuanto tiene
Ofelia: dulzura, sencillez, candor, sinceridad,
delicadeza en los sentimientos y en los actos,
inocencia en todos sus deseos y pensamientos,
capacidad para todos los afectos, desde el
razonador con el hermano hasta el sumiso y humilde
con el padre; desde el que tiembla en presencia
del amante hasta el que hace temblar en su
delirio.
Y cuando se ha realizado lo
exigido y el ímpetu de esa enajenación de la
ventura traspone la realidad, y se establece una
lucha entre lo ideal y lo real, que está al lado
y está lejos, y triunfa lo real, como es bueno
que triunfe y necesario, entonces se exige al
ideal que se evapore, se lucha contra él por
importuno, se le mancha con el fango de la duda,
se le escarnece con el escarnio de las realidades
impuras, se reniega de él tres veces; y si pos
acaso llega el momento de razón excelsa en que se
ve que no había incompatibilidad entre lo real y
lo ideal, ya no queda de éste más que el
recuerdo placentero y congojoso a un mismo
tiempo, el aguijón de infinito que ha dejado
clavado en el cerebro el ansia insaciable que
devora para siempre el sentimiento.
Eso es Ofelia para Hamlet: el
ideal del sentimiento.
Los que la han visto vivir como
ha vivido, en la perfecta sinceridad de su
inocencia; enloquecer como ha enloquecido,
"embelleciendo la aflicción, el dolor y el
mismo infierno", según dice su hermano;
morir como ha muerto, pasando "de su
melodioso canto a su turbia muerte"
("from her melodious lay to Muddy
death"), según dice Gertrudis.
En vez de dudar, admirarán,
cuando recuerden que la locura es una enfermedad
del cerebelo, que es el núcleo del sistema
neuroespinal; que las sensaciones producidas por
la demencia en esos órganos se transmiten a los más
simpáticos con ellos; que esa transmisión y esa
simpatía puramente orgánicas no pueden ocultarse
o dominarse cuando ha muerto el dominador de las
sensaciones, la razón; y que si coincide en la
demencia la sensación con el recuerdo, no es el
recuerdo el que determina la sensación, no es ésta
un recuerdo de la realidad.
Y así, restituida a la absoluta
integridad de su belleza moral y corporal, Ofelia
es más bella y más pura que fue antes, porque ya
no es un sueño creado por la fantasía, sino una
realidad viviente, un ser de carne y hueso, con
funciones y órganos que para nada obstan a la
sublime realidad de su pureza, a la sublime
idealidad de su belleza.
Era un florero quebradizo:
plantaron una encina en vez de plantar una
violeta, y se quebró.
Era un corazón de cristal: en
vez de someterlo a la dulce temperatura del amor,
lo sometieron a la presión de las pasiones, y
estalló.
(Eugenio
María de Hostos)
-
- Ofelia:
- http://remi.uninet.edu/2004/09/ofelia.htm
-
- Ser o no ser: La duda de
Hamlet:
- http://www.monografias.com/trabajos16/hamlet/hamlet.shtml
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