| Poesía
del momento, Nº 113 c6 |
Tercera
de diciembre de 2005 |

(Los Amantes de Teruel)




No le mató la vengativa mora.
Donde estuviera yo, ¿quién le tocara?
Mi desgraciado amor, que fué su vida ...
su desgraciado amor es quien le mata.
Delirante le dije: «Te aborrezco»:
él creyó la sacrílega palabra,
y expiró de dolor.
- (Hartzenbusch, "Los
Amantes de Teruel".
- Versos 461-467)
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-
Isabel de Segura
"Mi bien, perdona
mi despecho fatal. Yo te adoraba.
Tuya fuí, tuya soy: en pos del tuyo
mi enamorado espíritu se lanza.
(Hartzenbusch, "Los Amantes de Teruel")
Ay, Isabel; el beso que se niega
puede hacerse puñal irrevocable;
matar por omisión es tan culpable
como hacerlo al calor de la refriega.
Tanta fidelidad…Si en esa entrega
no va tu corazón, si el indudable
objeto de tu amor no es negociable,
si es tu enlace designio de estratega….
Diego cerró sus párpados, sin vida,
por esa honestidad malentendida
que a cada puerta impone cerradura.
Y ¿a qué fin, Isabel, si al otro día
tu propia vida se desvanecía
al borde de su abierta sepultura?
Los Angeles, 26 de diciembre de 2005

- Soneto Nº 1394, de
Francisco Álvarez Hidalgo

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LOS
AMANTES DE TERUEL
En la ciudad de Teruel, vivían
Diego Marcilla e Isabel de Segura. Desde muy niños habían jugado juntos,
también al alimon habían correteado por las calles alborotando en los días
de fiesta mayor. Él, era de pobre ascendencia y ella en cambio pertenecía a
una de las familias mas importantes de la ciudad.. Cuando la pareja fue
creciendo en años, la afición y recreo que tenían estando juntos fue
convirtiéndose poco a poco en amor.
Isabel era ya una bella damita y Diego, un mancebo robusto que soñaba con
andanzas guerreras.
-Verás, Isabel- le dijo un día que habían ido a pasar la tarde en una
huerta de los alrededores- , yo partiré a la guerra cuando llegue el momento
.Me alistaré como soldado en uno de los Tercios del emperador .Marcharé
alegremente , me darán un arcabuz o bien , viendo lo fuerte de mi brazo , me
harán piquero. Marcharé alegre en mi escuadra y tú me veras partir despidiéndome
con el pañizuelo que te regalé.
La muchacha le oía decir entre alegre e inquieta. Así pasaban las tardes en
su dulce afición. Mas ya el destino tejía una telaraña de desdichas.
Tenía Isabel una prima con la que había hecho vida familiar. Un día cuando
ya eran crecidos Isabel y Diego, la prima - llamada Elena- vio al mancebo y al
instante quedó prendada de él. Sabía los lazos que ligaban a su prima con
Diego y , llena de pesadumbre , urdió en medio para que el muchacho quedase
libre y pudiera ser suyo . Había en la ciudad un noble caballero , don
Fernando de Camboa, que, si bien amaba a Isabel, no se sentía muy seguro de
ser correspondido . Un día Elena, contrahizo la escritura de Isabel, en una
misiva , y llamando a una vieja criada , la envió con dicho papel a casa de
don Fernando. Este sorprendido , vio como aquellas palabras se alentaba una
esperanza y en vez de partir de la ciudad , como había determinado , pensó
quedarse y correr la ventura que tan cierta se le prometía .
Durante varios días rondó la casa de Isabel, mas sin encontrar acogida
claramente favorable. Lo atribuyó a juego de mujer ; mas aun cuando la pérfida
Elena, le envió nuevo recado en nombre de Isabel, que permanecía ajena e
inocente a los turbios manejos de su prima. Al fin fue pasando el tiempo y los
padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija .
sabían del cariño que existían entre la joven y Diego, al que tenían gran
afecto: mas consideraban lo humilde de su procedencia y lo pobre de su vida ,
y vacilaban. Don Fernando de Camboa había manifestado al padre el amor que
sentía por su hija . Y asi, en cierta ocasión, se presentaron en casa de
Isabel, a un tiempo , Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella.
Fueron honorablemente recibidos. Don Fernando habló de esta manera:
-Noble Segura, desde hace mucho tiempo amo a vuestra hija. Conocéis de sobra
lo noble de mi apellido y lo rico de mi hacienda. No he querido aceptar ningún
de Teruel, esperando que Isabel, pasase de niña a muchacha y de muchacha a
doncella. El tiempo ha venido en que puede honrar mi casa y mi estirpe.
Y a continuación habló de sus caudales, añadiendo que no sólo por poderoso
pretendía a Isabel, sino por creer que su esperanza no sería defraudada.
Isabel, tras una celosía , escuchaba sorprendida las palabras de don
Fernando, pues nunca había hecho ninguna manifestación que él pudiese haber
interpretado como favorable. Después de hablar don Fernando se adelantó
Diego y dijo a su vez:
- No tengo riquezas ni nobleza; mas desde n¡niño me habéis tenido en
vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde.
Pero el viejo Segura interrumpió al doncel diciendo :
- Bien te conozco y se que eres bueno. Mas esa afición que dices existir, mas
bien la creo cosa de muchachos que juegan juntos que de mujer y hombre que han
de vivir como tales y fundar una familia. No puedo concederte la mano de
Isabel, pues sería cambiar lo dudoso por lo cierto , la buena casa y la
estirpe
de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna.
Así fueron decididas las bodas de Isabel y don Fernando. Pero aún Diego,
insistió , diciendo:
- No es justo, noble Segura, que neguéis a quien os ama como hijo una
oportunidad para ganar con su brazo lo que la fortuna le negó por su
nacimiento. De muchos nobles señores se cuentan que ganaron
fama y riqueza en las guerras y yo quiero probar. Dadme un plazo , aunque sea
corto , y yo os demostraré lo que valgo.
De nuevo vaciló el padre de Isabel. Pero , decidiéndose, le respondió a
Diego.:
- Bien, de acuerdo. Te concedo el plazo que me pides. Esperaré para dar a
Isabel a don Fernando un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo
vuelves con nombres y riquezas, o con nombre solo,
Isabel será tuya. Pero ni una hora esperaré mas allá del plazo.
Diego aceptó lleno de alegría y salió de la casa. Aquella tarde volvió a
encontrarse la pareja de enamorados en el huerto donde tantas veces habían
jugado primero y se habían amado después.
-Ya ves , Isabel, - anunció el muchacho- , cómo mis ilusiones de niño se
hacen ahora realidades inmediatas . Partiré esta noche hacia Barcelona, para
alistarme en la empresa que el César intenta acometer contra Túnez. Sé que
antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de volver. Y entonces serás
mi esposa y nada habremos de temer. Y entre seguridades de él y miedos de
ella, pasó la tarde, se hizo de noche y Diego partió.
El doncel llegó a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó
en unos de los Tercios y pronto partió embarcado para Cartagena. Allí salió
con su compañía para las tierras de África , pudiendo demostrar prontamente
el valor que le animaba. Era querido por sus camaradas y admirado por sus
superiores. día tras día su fama iban siendo concedidos nuevos honores y
grados, así como gratificaciones y preseas. Unas veces eran expediciones con
pocos hombre para forzar la entrada de algún portachuelo moro o para hundir
las barcas . Otras eran batallas con grandes fuerzas. Y , al fin , en la de Túnez,
logró que el mismo César le otorgase la anhelada banda de alférez, concediéndole
tambien una Orden de que de esta forma ennoblecía su nombre.
Entre tanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar
a Isabel de Diego. Una mañana se presentó afectando tener el semblante
demudado , en casa de Isabel; pidió ser recibida por el padre de ésta y le
comunicó que le habían llegado noticias fidedignas de que Diego había
muerto encampaña valiente y heroicamente. Mucho dolor sintió el buen viejo,
y tomando las naturales precauciones , le comunicó la terrible nueva a
Isabel. Esta, dentro de su gran pesar , no se sentía cierta de esa muerte.
Algo en su interior le cantaba una intima esperanza. Recordaba las palabras de
Diego:
<<... Se que antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de
volver .>>
Y le pidió entonces a su padre que aplazara la boda hasta el último momento,
lo que se hizo.
Llegó por fin, el dia en que expiraba el plazo y se celebraron las bodas.
Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando.
Dos horas después de haber vencido el plazo entraba en Teruel , a todo
galope, Diego Marcilla. Había vuelto a toda prisa reventando caballos; mas
había llegado tarde. Aún esperaba que el viejo y noble
Segura no hubiera sido rígido en el cumplimiento del pacto establecido, pero
cuando llegó a casa de Isabel y vio las paredes alhajadas con ricas
colgaduras
y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha esta sonsumada.
Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel ya
preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que
llegara el matrimonio. Al fin los nuevos cónyuges penetraron la alcoba y
después de ser despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse.
Una vez que lo habían hecho, Diego para impedir que se consumase la unión
tomó una mano de Isabel, la cual sintió gran sobresalto dando un grito. El
marido preguntó si le sucedía algo y ella, turbadísima y reconociendo que
aquella mano que asía la suya era la de Diego, pido a don Fernando que bajase
a buscar un pomo de sales que había dejado en el piso inferior. El marido lo
hizo de buena gana y , cuando Isabel, estuvo solo, salió Diego, el cual
cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor que seguía tan intenso
como cuando partió, reprochándole al mismo tiempo su poca constancia, ya que
debía haber esperado hasta su vuelta. Mas ella, aun sintiendo gran alegría
de verle , le dijo:
- Ha sido la voluntad de Dios, y no la fortuna la que ha hecho que te
retrasaras en tu llegada. Te he esperado hasta el último momento. Ahora,
desgraciadamente , ya nada puedes obtener de mí. Casada estoy ante el Señor,
y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo.
El insistió, y sentía tan lastimado de dolor su pecho, que al fin,
derramando abundantes lágrimas al levantarse para marchar ,se desplomó como
herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su
antigua amado y más fuerte todavía la sorpresa de don Fernando al
encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y
pronta a desvanecer, Ella le explicó lo sucedido , jurándole por lo más
sagrado su inocencia. Entonces él creyéndola, determinó sacar de allí el
cuerpo del infeliz Diego y , aprovechando las horas de la noche , dejarlo en
la puerta de su casa. Así lo
hizo, siendo ayudado por la propia Isabel.
Al dia siguiente , horrible fue la sorpresa de los infortunados padres. Por la
ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora, siendo los comentarios
numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de
personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó
Isabel y rumor acogió su llegada. Venía pálida , vestida con sus mas
lujosos trajes y adornos . durante la misa permaneció arrodillada con el
rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al
catafalco, y ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de
Diego, depositó un apasionado en sus exangües labios. Cuando don Fernando y
sus criados acudieron, vieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el
difunto, y queriéndola levantar, advirtieron con espanto que tambien
había muerto de repente.
Todos los circunstantes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando
transido de dolor dijo: - fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se
uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos
en el otro mundo. Que se entierre juntos a los esposos que fueron en la
intención hasta que yo me atravesé en su camino.
Y asi, juntos , se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel
Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces los amantes de Teruel.
- (Tomado de la web "Poemas y
relatos":
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- Los amantes de Teruel:
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