| Poesía
del momento, Nº 113 c7 |
Tercera
de diciembre de 2005 |





Así que Sancho, por lo que yo
quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale
como
la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban a
sus damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que
las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvas, las Dianas,
las Galateas, y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los
barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueran verdaderamente damas
de carne y hueso, y de aquellos que las celebraron? No, por cierto, sino que las
más se las fingen por dar sujeto a sus versos y porque los tengan por
enamorados y hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar
y creer que la buena Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta: y en lo
del
linaje importa poco, que no han de ir a hacer la información de él, para
darle algún hábito, y yo me hago cuenta, que es la más alta princesa
del
mundo.
- (Cervantes, capítulo XXV
de la Primer parte de "Don Quijote")
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-
Dulcinea
"Una moza labradora de muy buen parecer,
de quien él un tiempo anduvo enamorado,
aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello".
(Cervantes, "Don Quijote").
El pincel de la mente es la retina,
pero el lienzo pintado es conjetura,
impresionismo, dando a la figura
lo que el cerebro forja y determina.
Don Quijote no ve, sólo imagina;
bajo la rigidez de la armadura,
su blanda fantasía transfigura
la adusta ortiga en roja clavellina.
Aldonza, campesina arrabalera,
será bella princesa, y a la espera
quedará del hidalgo y sus hazañas.
Ay, Alonso Quijano, la belleza
comienza a retoñar en la cabeza,
pero sólo madura en las entrañas.
Los Angeles, 28 de diciembre de 2005

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Soneto Nº 1395, de Francisco Alvarez Hidalgo

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Aldonza Lorenzo - Dulcinea del
Toboso - La moza aldeana
Dulcinea del Toboso, la amada del Quijote,
lejana y fantástica, encierra en ella otros tipos femeninos: el de Aldonza
Lorenzo, y el de la moza aldeana, en la cual fuera convertida por un
encantamiento. Para entenderla, pues, debemos recorrer con Cervantes, los
trazos de estas tres personas que resaltan con un único fondo.
Aldonza Lorenzo.
«Y fue a lo que se cree [dice Cervantes en el capítulo I del libro I] que en
un lugar cerca del suyo, auía una moza labradora de muy buen parecer, de
quien en un tiempo anduvo enamorado (aunque según se entiende ella jamás lo
supo ni se dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a éste le pareció
bien darle el título de señora de sus pensamiento».
Elemento indispensable para su vida de andante
caballero fue la dama: es decir, amó primero el ideal de una vida y ornolo
con las condiciones a él inherentes. Así, aparentemente, no el amor le llevó
a la aventura, sino la aventura le llevo al amor. El hallazgo de la señora de
sus pensamientos fue bien sencillo: recordó a «una moza labradora de quien
en un tiempo anduvo enamorado». No le era pues desconocida Y, aún más, no
había fenecido del todo en él aquel amor de antaño, pues que eligió a
Aldonza para servirla y hacerla señora de los vencidos por su loca fantasía
y de los librados —también en su imaginación— del atropello y de la
insidia por la fuerza de su brazo.
Pero es solamente en el capítulo XXV del
libro I cuando, tras haber realizado muchas hazañas don Alonso, venimos a
percatarnos de la personalidad real de esta labradora:
Bien la conozco dixo Sancho, y se dezir que tira tan bien una barra como
el más forzudo zagal de todo el pueblo. Vive el Dador, que es moza de
chapa, hecha y derecha, y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del
lodo cualquier caballero andante o por andar que le tuuiere por señora ...
que rejo tiene y que voz: se dezir que se puso un día encima del campanario
del aldea, a llamar unos zagales suyos, que andauan en un barbecho de su
padre, y aunque estauan de allí más de media legua, así la oyeron como si
estuuieran al pie de la torre y lo mejor que tiene es que no es nada
melindrosa porque tiene mucho de cortesana, con todos se burla y de todo
hace mueca y donayre. Aora digo, señor cauallero de la Triste Figura, que
no solamente puede y deue vuesa merced hazer locuras por ella sino que con
justo título puede desesperarse, y ahorcarse, que nadie aurá que lo sepa
que no diga que hizo demasiado bien: y querría ya verme en camino sólo por
verla, que ha muchos días que no la veo, y deue de estar ya trocada porque
gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al ayre.
Y confieso a vuestra merced vna verdad, señor don Quixote, que hasta aquí
he estado en una grande ignorancia que pensaba bien y fielmente que la Señora
Dulcinea deuia de ser alguna princesa, de quien vuestra merced estaua
enamorado, o alguna persona tal, que mereciesse los ricos presentes que
vuestra merced le ha enuiado: assi el del Vizcaíno como el de los galeotes,
y otros muchos que deuen de ser muchas las victorias que, vuestra merced ha
ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero bien
considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo a la
señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante
della, los vencidos de vuestra merced enuia y ha de enuiar? Porque podría
ser que al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando lino, o
trillando en las eras y ellos se corriesen, de verla y ella se riesse y
enfadasse del presente.
La plástica descripción de Sancho nos revela
a la moza de «pelo en pecho», varonil, tostada por el sol, fornida y morena
con el contacto de la naturaleza y el trabajo del campo, de potente voz: el
tipo de mujer admirado por el escudero, más cercano a Teresa Panza que a la
princesa Oriana. Y Sancho quería entregarle la carta por volver verla: hay un
hilo de simpatía y atracción entre los dos, que en el fondo, está dispuesto
que Aldonzas y Sanchos se hermanen para rodear a los caballeros andantes del
mundo. ¿Y qué de raro tiene que con don Quijote marchen éstos, si todo
hombre busca en el mundo los seres que le complementan y si ha de apoyarse por
un fatal destino en quienes no sólo no le comprenden sino tantas veces le
desprecian, pero que le proporcionan paz y reposo al indicarle sendas
distintas de las propias al realizar lo que él ni puede ni sabe? ¿Y no es ésta
la tragedia de la soledad humana?
Evocamos a Aldonza Lorenzo sudorosa y
sonrosada, inclinada sobre el surco y tirando bien la barra, consagrada a su
trabajo como moza de «chapa» que es, responsable y ya formada o «hecha y
derecha», ora respondiendo con vivacidad a las burlas puesto que es «de rejo»
o de correa, como diríamos nosotros, de toscas maneras, como nos lo indica el
«no es melindrosa» de Sancho, y haciendo gracejos picantes de todo y de
todos. Es la campesina franca y alegre que se da totalmente en su ignorancia,
de pie grande y mano ruda, desenfadada en su ingenio primitivo y ajena a la
flexibilidad refinada de las mentes palaciegas. Es la anti-cortesanía, la
anti-caballería andante: desembarazada y decidora, capaz de defender sus
derechos más por la fuerza de las obras que por la lógica del pensamiento.
Por ella puede sacar la barba del lodo «cualquier caballero» andante, esto
es, que por servirla bien podría salir un hombre de la humillación de la
vergüenza y la pobreza. Pero en cambio, piensa Sancho, no merece los
presentes que se le han enviado, que no pueden ni los galeotes ni el vizcaíno
ir a presentar sus homenajes a una trabajadora del lino y de las eras, porque
ellos habrían de correrse al verla y ella se reiría de sus ofrendas.
Hasta aquí Aldonza Lorenzo, y de ella ni una
palabra más en la historia. Pero tras este retrato bien comprendemos cómo
don Alonso de Quijada, antes de tomar las armas, pudo amar en ella la gracia y
la vida y la naturaleza que nunca entreviera en la mediocre ociosidad de su
retiro.
El trazo de Sancho nos deja, como siempre sus
palabras, la sensación de lo real y, más aún, de la prosa común de la
vida.
Dulcinea
De este peregrino material, surge para don Quijote de la Mancha la alada
imagen de Dulcinea del Toboso.
Comprendió el caballero la importancia del
nombre en la humana personalidad: trocó el suyo al emprender la jornada de
sus sueños Y trocó el de su dama.
¡El nombre! Parece algo tan insignificante,
y, sin embargo, en él está latente todo el yo; es en la vida de cada cual la
síntesis de su historia; lo diferencia de los demás, le da carácter propio,
lo limita y circunscribe: en el nombre está cada uno materialmente y
espiritualmente, en él parecen reunirse sentimientos, pasiones, pensamientos,
ideales.
Un nombre despierta en nosotros la imagen
sucinta de un ser con su peculiar modalidad, única y propia. Por un nombre, símbolo
de ideales, la humanidad lucha y se desencadena la guerra, la humanidad ama y
se desenlazan heroicas acciones.
El nombre nos trae recuerdos ya extinguidos o
nos revela los seres amados, o nos abre caminos de desprecio, rutas de odio o
sendas de altruismo. El hombre se conoce por sus obras las cuales están en su
nombre. «Dejar un nombre ilustre», o un «nombre sin mancha», se nos dice,
porque en éste quedaremos y en él habrá de reconocérsenos como buenos o
malos, en él estaremos presentes aunque queramos evitarlo. Hay artistas que
buscan un pseudónimo como si quisieran reflejar en un nombre distinto del
propio, una diferente personalidad de la habitual en el comercio humano; y hay
criminales que lo cambian porque saben que en él reside la infamia y la
deshonra. El nombre es parte integrante del individuo, y cuando obramos bien
nos satisfacemos por haber dado a ese nombre algo de mejor, y cuando obramos
mal, quisiéramos borrarlo para no humillarlo. Lo embellecen nuestras acciones
o lo afean; nuestra belleza externa, también; y cuántas veces se da el que
un nombre fonéticamente feo nos parece bello porque en él residen las
cualidades de su poseedor.
Don Quijote cambió el nombre a Aldonza
Lorenzo y al variarlo, varió con él la personalidad de la moza. Como por la
vara mágica de genios y encantadores, desapareció de Aldonza la rudeza.
Dulcinea del Toboso, princesa lejana, compañera eterna del caballero, fue
quintaesencia de belleza, de idealidad y de bondad. El cambio del nombre obró
el milagro.
Cuenta Cervantes (libro I, capítulo XIII) cómo
don Quijote describió a Dulcinea, a insistencia de Vivaldo, mientras se dirigían
al entierro de Crisóstomo el pastor enamorado de Marcela:
Aquí dio un gran suspiro don Quixote; y dixo: yo no podré afirmar si la
dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé
dezir (respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide) que su
nombre es Dulcinea, su patria el Toboso, un lugar de la Mancha: su calidad
por lo menos ha de ser de princesa, pues es Reyna y Señora mía. Su
hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los
imposibles y quiméricos, atributos de belleza que los poetas dan a sus
damas. Que sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas
sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su
blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad,
son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración
puede encarecerlas y no compararlas. El linaje, prosapia y alcurnia querríamos
saber, replicó Vivaldo. A lo cual respondió don Quixote: no es de los
antiguos Curcios, Gayos y Escipiones Romanos, ni de los modernos Colonas
Vrsinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña; ni menos de los
Rebellas y Villanouas de Valencia; Palafoxes, Nucas, Rocabertis, Corellas,
Lunas, Alágones, Urreas, Fozes y Curreas de Aragón; Cerdas, Manriques,
Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Palias, y Meneses de Portugal:
pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque moderno, tal que puede
dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos.
Y no se me replique en esto, sino fuere con las condiciones que puso
Cerbirio al pie del trofeo de las armas de Orlando que dezía: «Nadie las
mueva que estar no pueda con Roldán a prueba».
- Dice el Hidalgo que sólo sabe que su
nombre es Dulcinea y su patria el Toboso: he ahí la magia del nombre que
con sólo ser pronunciado basta para una total descripción; he ahí la
magia de la creación del personaje cuyo solo nombre evoca las
cualidades excelsas. Su calidad ha de ser de princesa; no afirma categóricamente
el que lo sea, pero debe tener tal rango, puesto que es su señora. En la
hermosura de la dama se hacen realidad los imposibles atributos de la
belleza: como en nuestros sueños son verdad nuestros
anhelos y se nos entregan los más lejanos ideales. Viene luego aquella
afectadísima descripción de las partes de la dama en la cual, a
fuerza de comparar su belleza con la naturaleza, queda en blanco el diseño
de su real presencia. Pero ahí entrevemos el ideal de belleza femenina
del Siglo de Oro: rubio el cabello, arqueadas las cejas, amplia la frente,
grandes los ojos, rosado el color, rojos los labios, blancos y pequeños
los dientes y blanquísima la piel como el alabastro o el mármol. ¿Blanquísima
la piel de Aldonza?, ¿grandes y soñadores sus ojos?, ¿amplia su
frente?, ¿arqueadas sus cejas como los arcos del cielo? Aunque la lógica
responda que no puede ser, así lo afirman las supremas razones del señor
don Quijote, ya que su mirada supo embellecer la realidad y encontrar en
ella sólo cuanto quiso hallar.
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- (Cecilia Hernández de Mendoza)
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