Poesía del momento, Nº 124 c

Tercera de noviembre de 2006

 


Me preguntan por ti quienes presienten
que ya no estás. ¿Tan claro es el mensaje
que de mis ojos en dos líneas brota?

Diré a mis párpados que las ausenten;
y aplicaré sobre ellos un vendaje
que me instale la amnesia gota a gota.

Brevería Nº 1062

 

 

Breverías

   
1586
El nombre que te encuadra me golpea las sienes
como el vital latido de un corazón hambriento;
como el ritmo creciente que despierta en los trenes
al iniciar las ruedas de nuevo el movimiento.

Y es que ese nombre estalla, repercute en la mente,
en el flujo continuo de la sangre me eleva,
hacia ti me propulsa, inexorablemente,
y al andén de destino de tu estación me lleva.

1587
Quisiera no llorar, pero te lloro
al no tenerte, y al tenerte al lado;
fluyen mis lágrimas cuando te añoro,
fluyen también de gozo a ti abrazado.

1588
Arde mi espíritu y mi carne canta,
canta mi espíritu, y mi carne arde;
mi espíritu en tu espíritu se guarde,
y se albergue mi carne en tu garganta.

1589
Voy subiendo hacia el borde de tu boca
desde tu fondo, desde tu llanura,
como agua clara que, al cubrirte, toca
con dedos de violín tu arquitectura.

Desnuda estás, y quiero arrebozarte
en la tibieza de mi abrazo. Deja
que te envuelva gentil, y al englobarte
surja el blando temblor, la dulce queja.

1590
He entrado en ti y perdido la salida,
nunca mejor prisión, cripta o destierro;
no tengo noche ya, ni amanecida,
no importa el río, la ciudad ni el cerro,
ni quien de mí se acuerda, o quien me olvida,
ni si es mi copa de cristal o hierro.
Me reclino en tu fondo, me adormezco,
te desbordas en mí, te pertenezco.

(Indice)

 

Poemas

   
 
Nombres

Tengo la vida en blanco, porque nadie
ha escrito en ella su apellido y fecha;
hay muchos nombres, de colores neutros,
perdido el ritmo, en tibia somnolencia,
desposeídos de fervor, de acento,
donde un olvido sepulcral se acuesta;
demasiado genéricos, carecen
de magia, de embriaguez, de sutileza.
Me falta ese específico, genuino,
vestido de preguntas y respuestas,
que lleva el mundo a rastras,
sin volver la mirada hacia sus huellas,
que ha hecho brotar dos alas a la vida,
y no la lleva a cuestas.
Los nombres son etéreos, como nubes,
como vuelo de alondras, como estelas,
que vemos, y se van, y no perduran,
y sólo vagamente se recuerdan.
Nos encogemos de hombros
al escucharlos, son como luciérnagas
en la noche, puntitos luminosos
que no alumbran el paso en la tiniebla.
El nombre que yo busco no es un nombre
escueto, recortado, ni silueta
sin rasgos ni expresiones,
ni siquiera el candil o la linterna,
que apenas iluminan,
y, más que luz, generan
sombras en las paredes
de una estancia que más parece muerta.
Yo quiero un roble, firme, junto al río,
que aunque lo ve pasar, siempre se queda;
de ramas en abrazo permanente,
con raíces hincándose en la tierra,
y audaz aspiración hacia la altura,
como una torre de Babel completa.
Cuando escribas tal nombre y apellido,
puntualizados con lugar y fecha,
un estallido de color y acentos
colmará el fondo blanco, será fiesta
sobre los cuerpos mustios de los nombres,
y mi vida vacía estará llena.



Los Angeles, 21 de noviembre de 2006
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Menudencias

Te observo en la cocina,
absorta en tus tareas, nimiedades
exigiendo atención desmesurada,
mientras la mente oscila por el aire;
la cebolla, los huevos, las patatas,
prosaicos homenajes
a la zona inferior del individuo,
nutriendo, lubricando su engranaje.
Te mueves con la gracia
del Lago de los Cisnes, como el ángel
que ha perdido las alas
sin perder el donaire,
y hay ritmo de ballet en tus quehaceres
más simples y triviales.
No sabes que te miro,
pero sonríes como si un mensaje
de mis dedos lograra
en tu mata de pelo enmarañarse.
Fuera, la lluvia, el viento,
retozan y atormentan a los árboles.
La luz declina, es un ocaso triste
de hojas secas flotando en el estanque.
Ladra un perro a lo lejos,
y hay paraguas trotando por la calle.
Otoño, quizá invierno,
trepando lentamente en el paisaje,
y contra el cielo gris un rezagado
grupo de golondrinas emigrantes.
Fuera está la nostalgia,
y dentro está el contraste
de una serena soledad que vierte
luz matinal sobre la oscura tarde.
Roces en la mejilla
casi, casi palpables;
como plumas de seda o terciopelo,
sobre el oído, cálidas y suaves,
palabras mudas que tú sola escuchas,
y hacen temblar tu espíritu y tu carne.
A veces se detiene
el movimiento de tus manos; lamen
la oquedad de tu mente los recuerdos,
como espiral de sangre;
y los ojos no ven sino hacia dentro,
lo que tú sola ves, no lo ve nadie.
Pero es como si un sol de mediodía
reventara su luz por un instante
en ese alma que no te pertenece,
aunque grita y añora, tiembla y late.
Las cosas cotidianas
no pueden ser banales,
ni mediocres, neutrales o cansinas,
si cumplidas a ritmos entrañables.
Te observo en la cocina,
absorta en tantas cosas…, ay, mi amante.



Los Angeles, 22 de noviembre de 2006

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Él, ella

Cuando él entraba en el salón, fluía
glacial corriente entre sofá y armario,
cual si la casa, al borde de la nieve,
abriera las ventanas, o los párpados
incrédulos se alzaran descubriendo
sobre la mesa panteón macabro,
y un rancio olor a muerte, penetrante,
flotara como el eco de un disparo.
Sobre la piel el frío era cuchillo
desgarrador, calando
lentamente hasta el alma
sensible, cercenándola en pedazos.
Sólo en su ausencia era la luz templada,
como caricia de invisible mano.
Atracador de sueños,
fuera cuervo de haber nacido pájaro.
Ella, la danza, la ilusión, la hoguera,
pero también la decepción y el llanto;
se le apagaba el fuego,
entre sus pies se congelaba el paso,
tornábase el ensueño en utopía,
y en escayola su visión de mármol.

La multitud, superficial, miope,
los miraba con ojos de palacio,
ajenos a infortunio,
júbilo de jardín bajo los astros.

Y el frío humedecía las paredes,
y el sentimiento era un infante escuálido,
y era oscuro silencio,
o incompatibles voces el diálogo.

Él llegaba, la escarcha sobre el rostro,
roja llama pintada sobre el manto,
y bajo el mismo, rígido bagaje
crujiente de carámbanos.

Su entrada se anunciaba calcinante,
como las altas horas del verano,
pero era portador de crudo invierno,
y ella, aterida, en su rincón, llorando.


Los Angeles, 23 de noviembre de 2006
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La guerra

El hombre se aburría,
y un día, imbécil, inventó la guerra
su hueco narcisismo, indiferente
a que mujer y niño la sufrieran.
El hombre era el león, autoritario,
y la mujer y el niño la gacela.
No fue la repulsión de injusto ataque,
ni fue el hambre el motor de su estrategia;
fue la arrogancia absurda,
y la rapacidad por nuevas tierras.
En un principio no sintió el apremio
de alegar argumento en su defensa;
era el jefe tribal, amo, cacique,
su ley el puño más que la cabeza.
Pero siguió a la espada la escritura,
se pronunciaron mentes descontentas,
y se inventaron dioses partidistas
para justificar cada violencia.
Zeus, Odín, Alá, Yahvé, blandiendo
el rayo de la muerte, o la promesa
de huríes o walkirias
de senos duros, vírgenes que esperan
a los guerreros muertos sobre el campo
para otra vida sensorial eterna.
'En el nombre de Dios', falaz consigna,
paraíso a quien venza,
infierno a quien no sabe
desarrollar, luego imponer, la fuerza.
Se degüella al carnero,
se levanta el altar de doce piedras,
y el humo en espiral dirige al cielo
el olor de la carne. Se congrega
la muchedumbre bélica y decide
que la nariz de Dios huele y aprueba.
Josué, por Dios, incendia y extermina,
y por sus dioses lo hace Julio César;
'cree o muere', el califa coacciona,
'Dios lo quiere', el cruzado vocifera.
Con sus divinidades por escudo,
exculpa el hombre sangres y cadenas.

El hombre no es otro hombre para el hombre,
es lobo que recorre las estepas
con hambre a veces, y en cruel deporte
con mucha más frecuencia.
Primero fue la lanza primitiva
con su punta de piedra
para abatir al búfalo, tornándola
contra su propio hermano en la pradera.
En su progreso fue perfeccionando
tácticas de matar con arco y flecha.
Llega el alfanje con su fanatismo
de aniquilar infieles, en las venas
sólo un deseo airado, y en la mente
la intolerancia de una sola idea.
Omar detiene su caballo, encara
la augusta biblioteca
de Alejandría, y bárbaro proclama
vergonzosa sentencia:
'Si esos libros están en armonía
con el Corán, duplican y reiteran;
si están en contra, son perjudiciales;
en ambos casos destruídos sean'.
Y se alzaron las llamas,
y la cultura se perdió en pavesas.
Llegó la pólvora, y el cuerpo a cuerpo,
el llamado valor, y la destreza,
cedieron a la extraña cobardía
del disparo lejano. Ya las puertas,
en vez de sucumbir a golpe de hacha,
a golpe de cañón quedan deshechas.
Y se va haciendo el hombre más cobarde,
perfeccionando máquinas de guerra,
y el tanque, el avión, siempre lejanos,
sin ver a su oponente en la contienda,
destruyen indiscriminadamente
bajo presión de interruptores, teclas.
Soldados, instrumentos de la muerte,
que únicamente a masacrar se adiestran,
el mismo espíritu, menor disculpa,
que el vecino ancestral de las cavernas.
Y el rey o el presidente, ya no acude
a la primera línea, sólo ordena
la asolacion, oculto entre las faldas
de su palacio; inventa
pretextos, subterfugios, los reviste
de altruísmo y nobleza,
pero envía los hijos de los otros,
nunca los suyos propios; las monedas
de Judas estos días
compran la impunidad que ellos tuvieran
en conflictos de antaño;
siempre el poder mueve las mismas cuerdas,
siempre los mismos sucios intereses,
y el mismo escalafón de marionetas.
La sangre propia corre en cauces de oro,
en cauces de hormigón la sangre ajena.
A hierro, a tala, a fuego,
a radioactividad… ¡Qué primavera
de muerte floreciendo entre las ruinas!
Ay, Hiroshima, 'Little Boy' no juega,
sólo destroza vidas inocentes;
Oh, Nagasaki, 'Fat Man' desintegra
la ciudad de Madama Butterfly;
otro cobarde Pinkerton te deja
en soledad, sin hijos, destrozada,
como antaño dejó a la joven geisha.

El poderío tiene pies de acero,
su razón es la fuerza;
bárbaros neardentales
blasonan de hidalguía, sus cabezas
emiten humo negro,
son hombres chimeneas
de pensamiento oscuro,
de hipócritas agendas,
que pretenden llevarnos de la mano,
o arrastrados quizá, a la edad de piedra.
Antes de que lo logren,
antes de que nos maten, que se mueran.


Los Angeles, 25 de noviembre de 2006


   

1592 - Mellizos

Mellizo de ti misma me he sentido,
como si un mismo vientre nos hubiera
guardado muchos años, a la espera
de que se desmembrara el apellido.

Persistió tu embrión adormecido
al germinar el mío en primavera;
y al fin llegó tu otoño a la carrera,
pero con más retraso del debido.

Ahora es mi invierno, nieve en el tejado;
el fuego en el hogar no se ha apagado,
pero la mano ya no está tan firme.

Y en tu verano, cálido, brioso,
estoy, amigo, amante, casi esposo,
feliz de haberte amado antes de irme.


Los Angeles, 26 de noviembre de 2006
(Indice)

   
1593 - Dios

¡Qué difícil es Dios! ¿Quién lo comprende?
No ya la infinitud de su existencia
sin principio ni fin, su omnipresencia,
o ese control que al universo extiende.

La gran cuestión que resolver pretende
el hombre en este mundo, es la demencia
congénita a su especie, y la violencia
de esta Tierra feroz que de El depende.

¿Perdió ya los dominios iniciales
que regulan las fuerzas naturales,
y éstas, anárquicas, se le desbordan?

¿No ve que multitudes inocentes
mueren hambrientas, mientras otras gentes
en el escándalo del lujo engordan?


Los Angeles, 26 de noviembre de 2006
(Indice)

   

1594 - Adiós

Debo decirte adiós, pero te llevo
como a la luz que anida en la retina;
si otros adioses cierran la cortina
del ayer, yo de golpe la remuevo.

Es adiós sin ruptura; me sublevo
ante la opacidad de la neblina
que bloquea la forma, o difumina
semblantes y perfiles. No me atrevo

a formular partidas vitalicias;
tienen mis manos aún muchas caricias,
y he de volver para anegarte en ellas.

Se extiende entre tú y yo largo camino,
que, no obstante su signo clandestino,
marcado está de permanentes huellas.


Los Angeles, 26 de noviembre de 2006
(Indice)

   
1595 - Cirujano

Cansado estoy. Cansado de esta vida.
Del fracaso que escurre por mi mano
su negro zumo, que procuro en vano
detener al brocal de cada herida.

De tanta savia juvenil perdida
en roquedales donde muere el grano;
de mi incapacidad de cirujano
de ganar a la muerte su partida.

Tanto desequilibrio en la balanza,
pesando el dolor más que la esperanza,
exiguo el triunfo, la derrota extensa.

Pisoteadas tantas amapolas
antes de haberse abierto sus corolas,
tanta inocente víctima indefensa.


Los Angeles, 28 de noviembre de 2006
(Indice)

 

Último poemario de Francisco Alvarez Hidalgo, 

disponible en España desde mayo 2006, 

y en América a partir de primeros de junio 2006.

Más información en el siguiente enlace:

http://poesiadelmomento.com/voces/vocesalviento.html

 

 

El correo frankalva@earthlink.net

está cerrado. Por favor dirigirse a:

franciscoalvarezhidalgo@gmail.com

La familia de Francisco te responderá agradecida.

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