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Foro
sobre la Guerra Civil Española

BARCO
PRISIÓN
ALFONSO
PÉREZ
Vuelven
a darse en
Santander
, cuando ya se cierra 1936, numerosas coincidencias con lo
acaecido en otras ciudades costeras, fuesen éstas mediterráneas
o cantábricas. El puerto y sus buques anclados brindaban fácilmente
un alojamiento a buen resguardo para, los detenidos políticos que
había que retirar de la circulación.
De
prisión flotante hizo esta vez el “Alfonso Pérez” (La mayor
parte de los detenidos en
Santander
fueron encarcelados en el penal del Dueso. A él fueron a parar
numerosas expediciones de presos procedentes del Alfonso Pérez,
que figuraba allí como prisión auxiliar), buque de 7.000
toneladas, anclado en un principio en el fondeadero de los Mártires,
en la bahía antigua, y posteriormente en la dársena de Maliaño
o “El Cuadro”, en la parte del muelle de la Junta de Obras del
Puerto.
La
vida en sus bodegas ofrecía durante el último trimestre de 1936
una imagen menos tétrica que la recogida en otras embarcaciones
habitadas por presos políticos en las ciudades costeras de la
España roja. Esta impresión podía recogerse sobre todo durante
los meses que el “Alfonso Pérez” estuvo anclado en “El
Cuadro”. Aunque para que no todo fuese bien, aquí empezó su
zozobra por la vecindad de los barrios urbanos, donde los
sindicatos de la C. N. T. actuaban sin cortapisas, como absolutos
dueños y señores.
Las
cifras espeluznantes de fusilados que obraban ya en la hoja de
servicios del Frente Popular santanderino a finales de 1936 no
restaron alientos a los milicianos más bizarros para matar en un
rato a 160 presos, pasados dos días de la fiesta de Navidad de
1936.
Abundaron
los contrasentidos en aquella semana memorable, que vio alternarse
sucesivamente la alegría de las visitas familiares y los regalos
navideños a bordo
del
-Alfonso Pérez. con la sangre, inesperada y violenta, derramada
brutalmente cuarenta y ocho horas después. La ocasión volvió a
ofrecerla un bombardeo nacional a cargo de 18 trimotores, que
sembraron el terror y la indignación en las ya crispadas masas
rojas de Santander. Eran poco más de las doce
del
día 27 de diciembre.
El
drama tuvo dos actos, entre un prolongado cierre de telón. La
primera parte estuvo protagonizada por las turbas sin control; que
cayeron sobre Maliaño a los veinte minutos escasos de desaparecer
los bombarderos. Su actuación, y la más organizada de los
milicianos, que iban a consumar la gesta como actores del segundo
acto, está recogida para la historia por testigos presénciales
o, mejor dicho, por personajes de la gesta, sustraídos
providencial- mente a la lista del exterminio. Sirve aquí de guía
Ramón Bustamante y Quijano, que dedicó todo un libro (A bordo
del
“Alfonso Pérez”. Escenas del cautiverio rojo en
Santander
–
Madrid
1940) a su odisea de prisionero.
La
masa de asalto pudo reclutarse con facilidad al grito proferido
por barrios y plazas de “¡Al barco! ¡Al barco! ¡A por los
presos!” Cada cual a su modo, todos iban armados: fusiles,
pistolas, escopetas, cuchillos de cocina e instrumentos agresivos
de toda índole. Algún profesional de la guerra debía figurar en
la anárquica expedición, puesto que entre las municiones
prestaron buen servicio las bombas
de mano. Situados los más audaces sobre cubierta, se asomaron a
las escotillas y ordenaron airadamente a los presos que se
colocaran en filas compactas sobre
el centro
de la bodega.
“Naturalmente,
el engaño era demasiado burdo. La voz de mando de la bodega fué
rebelde:
¡Nadie
salga al centro; todo el mundo a los ángulos muertos! Nos quieren
asesinar cómodamente. ¡Preparemos los colchones!
La
palabra colchones corrió de boca en boca y todos comenzamos a
parapetamos en ellos...
-¡Salir
al centro de la bodega, que nada os pasará! ¡Salir, canallas,
perros! -repetían ya descaradamente las voces de los asaltantes-.
Si no lo hacéis, será peor, porque bajaremos y no quedará uno
vivo.
Nadie
hacía caso y comenzaron a hablar las armas asesinas... Hablan
empezado también las bombas de mano. El efecto de las explosiones
sobre la chapa era
extraordinariamente mortífero. Empezaban los primeros ayes
lastimeros y las ametralladoras de nuestros verdugos seguían
segando vidas...
Poco
a poco se fueron distanciando las detonaciones; indudablemente había
pasado la agresión principal. De vez en cuando un
tiro o una bomba de mano nos hacía pensar de alguien que
había llegado tarde a la fiesta. Por fin, el silencio. Se
contentaban con lo hecho y no bajaban a la bodega".
Un
compás de espera de más de dos horas separó las incidencias
descritas de las más organizadas que montaron conscientemente los
milicianos profesionales. El paréntesis sirvió a varios presos,
médicos algunos de ellos, para practicar una cura de urgencia a
sus compañeros malheridos. Estos y los muertos habían sido
subidos a cubierta.
¿Esperaban
los supervivientes la reacción
del
asalto? Los responsables, si así podían llamarse, de la
vigilancia
del
“Alfonso Pérez” les aseguraban con toda seriedad que ningún
otro desmán ocurriría, puesto que se había reforzado la
guardia. Ello no obstante, y seguramente sin la anuencia de los
que así perjuraban, cayó inopinadamente sobre el barco la
segunda tromba: el consejero de Justicia, Quijano; el comisario de
Policía, Neila; el gobernador civil, miembro de las Juventudes
Socialistas, Ruiz Olazarán, y el anarquista Hermenegildo Torres.
Con ellos,
como
escolta de la muerte, varios piquetes de milicianos dispuestos a
lo peor, Se habían trazado el programa en una reunión celebrada
poco antes en un conventículo de la calle de Pereda. Llevaban
listas preparadas y hasta montaron un tribunal de urgencia, que
redujo su actuación a preguntar a los presos nombre y procedencia
para dictar seguidamente sentencia fulminante, basada, cuando más,
en el apellido ilustre, la filiación derechista o el carácter
eclesiástico.
Luego
de varios titubeos decidieron jueces y fusileros diezmar
ordenadamente las bodegas desde la primera a la cuarta. Bajaban
primero lista en mano el recinto de los presos y obligaban a los
designados a subir a cubierta. Ya aquí, y a veces en la misma
escalera de la escotilla. disparaban a quemarropa sobre ellos y
volvían por otra tanda. Si estas primeras ejecuciones
respondieron a un plan selectivo, ciñéndose a los marcados en la
lista, lo que luego se siguió fué una auténtica embriaguez de
sangre a costa de los indefensos reclusos de las bodegas, señalados
a bulto y sin cuidar apariencias. «A ver -decían, señalando con
el índice de la mano-. ese que tiene cara de cura...» Por el
hecho de vérsele a un preso un trozo de escapulario que llevaba
en el pecho fué ordenada su muerte.
Está
comprobado que la menor apariencia religiosa motivó aquel día la
condena inmediata de quien la presentaba. ya fuese seglar o
clérigo.
Si con estos últimos se hizo una tanda especial, no es fácil de
probar, aunque así lo exprese claramente otro testigo:
“Aparte
de los que fueron ejecutados de esta manera, luego la tropa de
pistoleros se dirigió a las otras bodegas y ordenaron que los
sacerdotes dieran un paso al frente. Sin más preguntas, sin ni
siquiera un simulacro de justicia, se asesinó de esta forma a
todos los sacerdotes que había en el barco”.
La
incansable labor apostólica desarrollada con los presos por estos
sacerdotes de ambos cleros tocó cimas de heroísmo en la angustia
indescriptible
del
asalto. Entre las explosiones de las bodegas o bajo el rumor
espeluznante de las descargas de cubierta; administraron. con alta
presencia de ánimo, el
sacramento
de la penitencia a los que estaban muriendo o esperaban la muerte
inmediata. Del P. Ambrosio, capuchino (“Un silencio profundo
siguió a cada explosión, y únicamente, según dice don José
María de Udías, se oyó luego la voz del P. Ambrosio, que
invitaba al arrepentimiento, e incorporándose un tanto sobre su
colchoneta, trazaba la señal de la cruz sobre aquellos cuerpos en
agonía, mientras pronunciaba las palabras sacramentales: Yo os
absuelvo...), y de los dos sacerdotes, don Eloy Martínez y
don Manuel Navarro, se sabe testificalmente que ejercieron este
ministerio momentos antes de ser ellos mismos sacrificados.
A
eso de las cinco de la tarde cesaron los tiros; los milicianos que
estaban en la bodega subieron a la cubierta y comenzó a alejarse
el espantoso rumor
del
populacho. La noche se echaba encima. Las bodegas, lóbregas,
tristes, silenciosas, no se podían iluminar, porque las bombas
habían roto todas las luces. En cubierta estaban hacinados y
calientes aún los cadáveres
del
padre
del
hijo,
del
hermano,
del
amigo...
Ya
muy entrada la noche, los cuerpos fueron arrojados por una rampa a
una lancha, después que les despojaron de cuanto llevaban de algún
valor, y luego cargados en camionetas, operación que llevaron a
cabo unos veinte presos, quienes asimismo, por voluntad de los
milician06, les acompañaron en las camionetas y abrieron la fosa,
una fosa grande en el cementerio de Ciriego, donde fueron
depositados los 160 hermanos de un mismo ideal.(Mazorras Septién).
®
Datos recogidos del Libro: Historia de la persecución religiosa
en España (1936-1939).
Autor:
Antonio Montero Moreno. Ed. B.A.C.


Víctimas de la guerra civil:
Todas las guerras
civiles suelen arrastrar durante muchos años enconadas
opiniones de uno y otro bando. Y la Guerra Civil Española de
1936-1939 más que otras.
Se han barajado
muchas cifras por uno y otro bando, con frecuencia exageradas.
Hugh Thomas, quizá
el historiador que ha analizado el conflicto con más serenidad
y sentido histórico, ofrece las siguientes cifras, en el
Apéndice II de su obra "The Spanish Civil War":
Muertos en el campo
de batalla:
Soldados
republicanos: 175.000
Soldados
nacionalistas: 110.000
Asesinados en zona
republicana: 86.000
Asesinados/ejecutados en zona nacional:
40.000
Muertes por
enfermedad, malnutrición, etc. como consecuencia directa de la
guerra: 200.000
Es decir, unos
600.000 muertos durante los tres años de guerra y la inmediata
postguerra.
Esto dicho, es hora
de mirar hacia delante, como fue el consenso de la transición
en 1978, en lugar de resucitar las enemistades de antaño, que
parece ser la tendencia de nuestros días.


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