| Los primeros romances conservados se remontan al siglo XIV,
pero el género, en sustancia, ha de ser tan antiguo como el mismo castellano, porque es difícil concebir una lengua en que no existan baladas o breves canciones narrativas, ya sean fabulosas, ya noticieras. Tal como desde el siglo XIV los conocemos, sin embargo , los romances están en deuda fundamental con los cantares de gesta. Ciertos fragmentos de las gestas especialmente apreciados se grabaron en la memoria de los aficionados y se entonaban también aislados en los espectáculos juglarescos. El gusto por todo fragmento hubo de ser tan intenso, que a imagen y semejanza de ellos acabo modelándose la gran mayoría de las baladas narrativas. Los romances, pues, mantienen buena parte de los rasgos de estilo de
las epopeyas de que derivan o en la que se inspiran;
Pero el romance refuerza ciertas secuencias con patetismo e impresionismo singulares, potencia lo fragmentario y las escenas aisladas, da un tinte lírico a determinadas situaciones; particulariza expresivamente, en fin, aspectos que podrían pasar inadvertidos en las tiradas épicas. Suelen considerarse viejos los romances conocidos por fuentes anteriores
a 1550, pero también ocurre que muestras mucho más antiguas
– por ejemplo, de finales del siglo XV- se nos han conservado únicamente
en la tradición moderna. Esa extraordinaria permanencia en el tiempo
se acompaña de una menor capacidad expansiva en el espacio (trasmitida
de boca en boca, los romances perviven dondequiera que existen comunidades
de lengua española, de California a Israel, de la Patagonia a Filipinas)
y por una permanente vitalidad creadora, de suerte que entran en el teatro,
los cultivan los escritores más cultos y llegan a los poetas de
hoy. De hecho tal vez, sólo el romancero nos permite recorrer todos
los caminos de la literatura y aun de la vida españolas.
|
![]()
![]()
![]()
ya que te apuntan las barbas, quien te las vido nacer no te las verá logradas! Don Fernando apenas muerto, Sancho a Zamora cercaba, de un cabo la cerca el rey, del otro el Cid la apremiaba. Del cabo que el rey la cerca Zamora no se da nada; del cabo que el Cid la aqueja Zamora ya se tomaba; corren las aguas del Duero tintas en sangre cristiana. Habló el viejo Arias Gonzalo, el ayo de doña Urraca: —Vámonos, hija, a los moros dejad a Zamora salva, pues vuestro hermano y el Cid tan mal os desheredaban. Doña Urraca en tanta cuita se asomaba a la muralla, y desde una torre mocha |
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
ROMANCE DEL JURAMENTO
QUE TOMÓ EL CID AL REY DON ALONSO
do juran los hijosdalgo, allí le toma la jura el Cid al rey castellano. Las juras eran tan fuertes que al buen rey ponen espanto; sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo: —Villanos mátente, Alonso, villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean Castellanos; mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas, no de contray ni frisado; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras, que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel, que no cueros fogueados. Mátente por las aradas, que no en villas ni en poblado; sáquente el corazón por el siniestro costado; si no dijeres la verdad de lo que te es preguntado, si fuiste ni consentiste en la muerte de tu hermano. — Jurado tiene el buen rey que en tal caso no se ha hallado, pero allí hablara el rey malamente y enojado: —Muy mal me conjuras, Cid, Cid, muy mal me has conjurado; mas hoy me tomas la jura, después besarme has la mano. —Por besar mano de rey no me tengo por honrado, porque la besó mi padre me tengo por afrentado. —Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no vengas más a ellas dende este día en un año. —Pláceme, dijo el buen Cid, pláceme, dijo, de grado, tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro. — Ya se despide el buen Cid, sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros, todos eran hijosdalgo, todos son hombres mancebos, ninguno hay viejo ni cano; todos llevan lanza en puño con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas, con borlas de colorado; mas no le faltó al buen Cid adonde asentar su campo. |
![]()
![]() |
![]() |
![]()