Nº 1188

Su voz ya no era voz, sólo era el eco
de palabras perdidas en la tarde,
tibio rumor de espíritu cobarde
arrastrándose en búsqueda de un hueco.

No supo articular la despedida,
ni expresarla le fuera necesario;
era tan sólo un pobre mercenario,
que no supo de amor nunca en su vida.



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