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 La forma en la poesía

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Francisco Álvarez Hidalgo nació en Cantabria, España; estudió Filosofía en Salamanca, y tras un breve periodo de profesorado, dio un giro a su vida ingresando en el mundo financiero, ejerciendo sus actividades profesionales en Madrid (España), Montreal (Canadá) y Los Ángeles (USA), donde en la actualidad reside.

Su actividad literaria, aparte de sus poemas de juventud, se ha desarrollado exclusivamente en los últimos cuatro años, en que ha escrito profusamente. De esta época datan sus obras "Versos de hoy", "Intima desnudez", "Encuentros", "Es de noche sin ti", "Por las comarcas del sentir", etc.
Su obra encaja en el subtítulo general de "Diario sentimental", un peregrinaje íntimo por el mundo de las relaciones personales.

Su forma se adhiere casi de una forma radical a los cánones clásicos de ritmo y rima. Son poemas para ser leídos en voz alta. Su estilo es espontáneo, diáfano, directo.

 

 
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Por: Francisco Álvarez Hidalgo

     La comparación del cuerpo y el alma con la forma y el fondo de la poesía ha sido demasiado manoseada, pero no deja de tener su acierto. El alma no puede sobrevivir fuera del cuerpo sin convertir a éste en un cadáver. Ambos elementos constituyen la persona, y su separación representa la muerte del uno y la invisibilidad del otro. Y así sucede con la poesía. La idea, por muy bella que sea en sí misma, debe asociarse con la forma para ser percibida. Y no con cualquier forma. Un cuerpo contrahecho o deformado también puede encerrar un alma encantadora, pero no será fácil percibirla, y a veces su aspecto un tanto repelente nos alejaría de la misma. 

Con frecuencia me he referido a la poesía libre como prosa en líneas cortas. Hay quien se refiere a ella con el vocablo despectivo de panfletos. Y no me cabe duda de que si la mayoría de los llamados poemas de libre estilo hubieran sido publicados a renglón seguido, pocos lectores se hubieran atrevido a catalogarlos como poesía. 

Una idea puede ser magistralmente expuesta, y algunos filósofos lo han hecho con gran belleza, pero eso no les califica de poetas. Les falta la forma, la forma clásica, la musicalidad del ritmo, la cadencia, la rima, el acento estratégicamente situado. 

Estoy totalmente de acuerdo en que muchos poemas que se adhieren a una forma más o menos correcta pueden considerarse versos pero no poesía, por lo prosaico de su estilo.

Hay grandes poetas que han practicado el verso libre, y no voy a negarles el mérito a sus composiciones, pero sí diré que sólo cumplen una parte de su cometido. Quien despoja a la poesía de su ropaje musical está tratando de ejecutar una pieza de Chopin sin piano, quizá tamborileando con los dedos sobre la mesa. La música, es decir, la idea, reside en la partitura, y es posible recrearla mentalmente mediante su lectura, pero distará mucho de la pasión y el arrebato que suscitará interpretada al piano.

Mucho se ha hablado en este siglo de la poesía desnuda. León Felipe lo expresó como pocos:

"Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía"


Pero si el poeta hubiera analizado cuidadosamente sus palabras, hubiera percibido que el resultado final no era la poesía sino el vacío o la nada. Y es ironía que él mismo en estos versos no se deshizo de la rima, ni del ritmo, ni de la cadencia. 

Se dirá que se trata de una hipérbole para acentuar la necesidad de desprenderse de la hojarasca trivial e innecesaria. Puede ser cierto. Pero nada impide encajar la idea engalanada de toda su belleza en el marco musical de un soneto o de cualquier otra forma tradicional. 

La forma puede ser una camisa de fuerza, pero no tiene por qué serlo necesariamente. Lo es sin duda para aquellos que carecen de la habilidad de tallar su escultura, de pintar su lienzo, de plasmar sus tonos dentro de la estructura en que los genios lo hicieron. Aunque no es necesario ser un genio para encajar una idea brillante en esos moldes.

A veces me pregunto si las diatribas contra las formas tradicionales no se originarán en la inhabilidad o en la incompetencia de algunos poetas para arropar sus ideas y sus sentimientos con la vestimenta de las formas clásicas. O puede ser pereza.

El prurito iconoclasta ha alcanzado ciertos límites que rayan en lo ridículo. Esto es bastante obvio en algunos 'sonetos' de autores modernos, que tienen muy poco de sonetos, excepto quizá las catorce líneas reglamentarias. El soneto ha permanecido invariable durante siete siglos, y no ha tenido otra libertad que la forma de rimar los dos tercetos. Pero hoy vemos sonetos que no se ajustan a los cánones establecidos desde su origen, durante tanto tiempo inalterables. 

Cuando Neruda publicó sus 'Cien sonetos de amor' reconoció sus limitaciones, llamándolos sonetos de madera, en contraposición a los sonetos clásicos, ya que uno solo de los cien posee una cierta similitud a ellos. No intento rebajar el talento de Neruda, sobre todo en cuanto al fondo de esos sonetos, pero la forma deja mucho que desear. 

Supongo que si yo presentara un cuarteto de cinco versos, o una octava real de nueve, o una décima de siete se me juzgaría ilógico, contradictorio y ridículo. Sin embargo a quienes asesinan las formas del soneto se les considera ¿qué? ¿Innovadores? No lo pienso así. 

Existe una cierta poesía que más que romper abruptamente con los cánones clásicos, los ha hecho evolucionar, pero siempre dentro de unos límites racionales, conservando el ritmo, la rima, y la cadencia, aunque no siempre el número de sílabas de cada verso. Por ejemplo, en Antonio Machado, un autor moderno, pero en realidad ya clásico, que nunca aceptó las desviaciones exageradas de los movimientos modernos. Recordemos su confesión poética:

"Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética, 
ni soy un ave de esas del nuevo gay trinar."


Machado utiliza con frecuencia en el mismo poema versos de diferente longitud, pero sin perder el ritmo, y la rima, ya asonante, ya consonante:

"En la desnuda tierra del camino
la hora florida brota,
espino solitario,
del valle humilde en la revuelta umbrosa".

Nunca se sintió constreñido por la forma para expresarse a una altura y profundidad que pocos han alcanzado y siempre con una claridad diáfana. Y éste es otro punto que con frecuencia falla en mucha de la poesía libre de hoy. 

Para quienes consideran la forma como un corsé que estrangula la idea, sólo puedo decir que depende de la facilidad de expresión, o de la naturalidad con que el poeta pueda ajustarse a esas formas. No se trata de forzar la sintaxis, retorcer el verso, violentar la frase. Todo esto puede evitarse perfectamente dando al lector la impresión de que se escribe con la misma espontaneidad con que se habla.

La poesía debe hacer pensar, y aquella que no consigue despertar nuestras emociones, sean sentimentales o intelectuales, no merece llamarse poesía. Pero la poesía no debe ser un tratado filosófico ni un enigma, en que tengamos que violentar nuestra mente para intentar adivinar el sentido críptico del poema. Tampoco debe ser demasiado fácil. El justo medio en esto, como en todo, es preferible. Machado definió la poesía en una frase breve que siempre me ha fascinado, y que he escogido como lema desde hace mucho tiempo:

"Pensar alto, sentir hondo y hablar claro". 

Es en la tercera parte donde muchos poetas modernos fallan. No basta expresar lo que uno piensa y lo que uno siente de una forma atractiva y elegante; es necesario hacerlo de forma que el lector lo comprenda con una cierta facilidad.

Pero volvamos por un momento a la poesía libre y su forma.
Dámaso Alonso escribió el siguiente fragmento:

"Así diré. Me oirá en silencio el Padre, y ciertamente que se ha de sonreír. Sí, se ha de sonreír, en cuanto a su bondad, pero no en cuanto a su justicia. Sobre mi corazón, como cuando quema los brotes demasiado atrevidos el Enero, caerán estas palabras heladas: Más. ¿Qué hiciste?"

No cabe duda de que es un bello fragmento. ¿Prosa? ¿Poesía? ¿Cómo establecer los versos?

Experimentemos:

"Así diré. Me oirá en silencio el Padre,
y ciertamente que se ha de sonreír.
Sí, se ha de sonreír, 
en cuanto a su bondad, 
pero no en cuanto a su justicia.
Sobre mi corazón, 
como cuando quema los brotes 
demasiado atrevidos el Enero,
caerán estas palabras heladas:
Más. ¿Qué hiciste?"


Otra versión:

"Así diré. 
Me oirá en silencio el Padre, 
y ciertamente 
que se ha de sonreír. 
Sí, se ha de sonreír, en cuanto a su bondad, pero no en cuanto 
a su justicia. 
Sobre mi corazón, 
como 
cuando quema los brotes demasiado atrevidos el Enero, 
caerán estas palabras heladas: 
Más. ¿Qué hiciste?"


Otra:

"Así diré. Me oirá en silencio 
el Padre, 
y ciertamente que se ha de sonreír. 
Sí, se ha de sonreír, en cuanto a su bondad, 
pero no en cuanto a su justicia. Sobre mi corazón, 
como cuando quema los brotes demasiado atrevidos 
el Enero, 
caerán estas palabras 
heladas: Más. ¿Qué hiciste?"

Y así indefinidamente, ya que la estructura se presta a divisiones caprichosas y arbitrarias que no tienen significado alguno. Una de estas versiones es la original de Dámaso Alonso, en realidad la segunda, que no resulta muy convincente.

Naturalmente esto no puede hacerse con un poema de corte clásico, con sus versos y su rima claramente definidos. Aunque debo reconocer que en ninguna de esas versiones el sentido expresado sufre cambio alguno.

En conclusión: Digamos que en el poema, la idea constituye el diseño o dibujo del cuadro, y la forma el colorido añadido por el pincel. Tener sobre el lienzo los trazos de las figuras que componen la escena puede ser suficiente para unos. Por mi parte prefiero la obra terminada, completa, en su estallido de colores, y en su armonía de tonalidades.


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