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general de Hispánica

Todos los países tienen sus momentos altos
y sus momentos bajos, su apogeo y su decadencia, en la Historia,
pero pocos países han desempeñado con brillantez una actividad de
carácter universal.
Tres veces en la Historia Universal ha sido
España el centro y eje de los acontecimientos mundiales.
"La
primera vez fué cuando Roma, la gran civilizadora de pueblos,
transcendió los límites de la península itálica y puso las
plantas en la ibérica. Entonces España no existía. Existía tan sólo
como una realidad geográfica. Pero los habitantes de las altas
tierras que se extienden desde el Pirineo hasta los confines del
Africa poseían ya, sin duda, algunas de las grandes virtudes que a
lo largo de los siglos habían de desenvolver magníficamente;
porque los hispánicos opusieron al ingreso y establecimiento de
Roma en sus territorios tan tenaz y decidida resistencia, que por
inesperada sorprendió y conmovió profundamente a los romanos.
Fueron dos siglos de laboriosos esfuerzos -durante los cuales Roma
tuvo que enviar a España sus mejores legiones y sus más
esclarecidos generales- los que duró la conquista de España por
los romanos. Y en realidad cabría decir que no hubo en la contienda
vencedores ni vencidos; porque, como de Grecia más tarde, podría
afirmarse también de España: que el conquistado conquistó al
conquistador. No por la fuerza, sino por la superioridad de una
cultura, de una civilización expansiva, fueron domeñados los hispánicos,
que consintieron al fin en entrar a formar parte de ese consenso de
pueblos que fué el Imperio Romano. Pero entonces los españoles,
recibiendo de Roma un cañamazo de cultura y de vida civilizada,
devolvieron a Roma, en energías creadoras y en típicas cualidades
espirituales, crecidos réditos como pago de los beneficios
obtenidos. Los españoles imprimieron su sello peculiar en la
orientación histórica y cultural de la vida romana, que se fué
hispanizando, por decirlo así, al tiempo que España se latinizaba.
De España fueron a Roma hombres, ideas, pensamientos, cualidades
vitales y espirituales, que dejaron indelebles huellas en la
historia romana -entonces historia del mundo-. No hace falta
insistir en detalles. La serie de los emperadores, de los filósofos,
de los poetas, de los oradores españoles que marcaron rumbos en la
política y en la cultura del Imperio está en la mente de todos.
España, en su primer encuentro con un elemento extraño, supo, pues,
maravillosamente asimilar lo necesario, conservando, empero, y
afirmando la peculiaridad de sus propias esencias populares.
El
segundo momento en que España ocupa el centro del escenario de la
historia universal fué cuando el mundo árabe, desencadenado en uno
de los vendavales más extraordinarios que registra la historia,
invade por Occidente Europa, inunda España y amenaza volcarse como
catarata sobre todo el resto del continente europeo y aniquilar la
cristiandad. Entonces un puñado de españoles conscientes de su
alto misión histórica, un puñado de españoles en quienes las
virtudes futuras de la raza habíanse ya depurado, fortalecido y
acrisolado, oponen a la ola musulmana una resistencia verdaderamente
milagrosa. En las montañas de Asturias salvóse la cristiandad y
con ella la esencia de la cultura europea. Mas he aquí, entonces, a
España, constreñida durante ocho siglos a montar la guardia en el
baluarte de Europa, para permitir que el resto de los países
europeos vague en paz y tranquilidad a sus menesteres interiores.
España, a quien la Providencia confirió la misión de salvar la
cultura cristiana europea, asume su destino con plenitud de valor y
de humildad; y durante ocho siglos lleva a cabo, a la vez, dos
empresas ingentes: la de oponer su cuerpo y su sangre al empujón de
los árabes, asegurando así la tranquilidad de Europa, y la de
hacerse a sí misma, crearse a sí misma como nación consciente de
su unidad y de su destino. La compenetración de esas dos tareas
históricas explica muchos de los caracteres más típicos de la
hispanidad; porque en la península, durante esos siglos de
germinación nacional, la vida ha debido manifestarse y
desenvolverse siempre en dos frentes, por decirlo así, en negación
de lo ajeno y en simultánea afirmación de lo propio, como repulsa
de las formas mentales y espirituales oriundas del mundo árabe y
como tenaz mantenimiento de las primordiales condiciones y
aspiraciones de la naciente nacionalidad. Por eso el espíritu
religioso, cristiano, católico, llega a constituir un elemento
esencial de la nacionalidad española. Durante ocho siglos no hay
diferencia entre el no ser árabe y el ser cristiano; la negación
implica la afirmación, Ia afirmación lleva en si la negación. La
nación española, teniendo que forjar su ser, su más propia e
intima esencia, en la continua lucha contra una convicción
religiosa ajena, contraria, exótica e imposible, hubo de acentuar
cada día más amorosamente, en el seno de su profunda intimidad, el
sentimiento cristiano de la vida. El cristianismo desde entonces es
algo consubstancial con la idea misma de la hispanidad.
Pero
además de la sensibilidad católica, esa lucha de ocho siglos
contra el peligro musulmán desenvuelve en el alma hispánica un
modo de ser peculiar, una acentuación de las virtudes guerreras en
la persona individual, unas cualidades típicas que, depuradas en años
y siglos de ejercicio real o imaginado, vienen a condensarse en el
tipo humano del caballero -tipo que, al finalizar este período,
domina en el mundo y da la pauta a las preferencias sociales.
Mas
con esto llegamos al tercer gran momento de la historia española:
los siglos XVI y XVII. Ya está terminada la secular tarea.
Los
últimos mahometanos trasponen las fronteras de la península; y al
mismo tiempo el diseño psicológico del alma española acaba de
redondear su traza inmortal. las energías que durante los ocho
siglos de la Reconquista habían ido destilándose han constituido
ya la nación española, han forjado ya el ideal hispánico de vida,
han pergeñado decisivamente el tipo de hombre español. Ahora la
hispanidad, terminada su labor interna, se expande hacia fuera, sale
de sus fronteras, toma en sus manos la dirección del curso histórico
y durante dos siglos lleva -por decirlo así- la batuta en el
concierto de la historia universal. España enseña al mundo, en
este período de su hegemonía, las tres ideas básicas en que se
funda la vida política moderna. En primer lugar, la idea del Estado
nacional, que los Reyes Católicos llevan a realización plena,
antes que ninguna otra monarquía de Europa. Justamente la gran
tarea de la Reconquista había preparado a España para ser en el
mundo moderno la primera nación en donde el Estado, la monarquía y
el pueblo se fundieran como unidad política actuante, eliminando la
monarquía las fuerzas de todo poder disidente y los últimos
vestigios del feudalismo medieval. Cuando en Europa todavía los señores
son poderosos contra el rey, ya en España, en la España de los
Reyes Católicos, el poder real identificado con el pueblo y
constituyendo unidad sólida de Estado, reduce toda oposición y
allana toda asperidad de rebeldía. En segundo lugar, España bajo
los Reyes Católicos constituye, por vez primera en la historia
moderna, el modelo de un ejército nacional, órgano indispensable
del nuevo Estado; el cual, en efecto, no sería capaz de realizar su
propia esencia política si no dispusiera de una fuerza armada a las
órdenes, no del rey como señor, sino del rey como jefe indiscutido
del Estado nacional. En tercer lugar los españoles, la nación española,
enseñan al mundo de entonces los principios teóricos y la
realización práctica de la moderna política «imperialista».
Desde los Reyes Católicos hasta Felipe IV, España expande por el
orbe su imperio universal, establece su predominio en las partes de
Europa, dilata sus posesiones por los nuevos mundos, que sus
navegantes descubren, circunda la tierra llevando la cruz y su
bandera por las comarcas más remotas conquista y coloniza
continentes y construye el imperio más vasto que la historia ha
conocido. Y en estas tres esenciales enseñanzas: concepto del
Estado nacional monárquico, idea del ejército nacional, expansión
imperialista de la política exterior, España, anticipándose a
todos los demás pueblos, señala el programa que las demás
naciones se propondrán realizar después de ella y en contra de allá.
Lo que Inglaterra y Francia, seguidas luego por Alemania e Italia,
hanse esforzado por ser y hacer en la tierra es -no se olvide- una
idea que España pensó y realizó la primera en la historia del
mundo moderno."
Manuel García Morente
Castillo de Manzanares el Real
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