Índice general de Hispánica

Osio de Córdoba

 

(Siglos I-V)

 

    Indice

 

Osio de Córdoba (256-357)
San Dámaso, Papa
Prisciliano (s. IV)
Latroniano (s. IV)
Egeria (s.IV)
Juvenco (s. V)
Prudencio (S. V)
Orosio, Pablo (s. V)

 

Osio de Córdoba (256-357)
Fue el varón más insigne que España produjo en los seis siglos que van de Séneca a San Isidoro. Nació en Córdoba, y murió a la edad de 101 años. Fue elegido obispo de su ciudad natal en el año 294. Padeció tormento por la fe durante la persecución de Diocleciano, y fue enviado al destierro. Asistió al Concilio de Iliberis en España, entre cuyas firmas aparece en undécimo lugar. Acompañó al Emperador Constantino a Milán en el año 313. El Emperador estimaba mucho sus consejos, y parece que a Osio se debe su conversión al cristianismo. La herejía de Arrio, negando la divinidad del Hijo y su consubstancialidad con el Padre, comenzó a florecer en Alejandría. Osio fue enviado para calmar las disensiones entre Arrio y San Atanasio. Ante la imposibilidad de reducir al primero, convocó un Concilio, que se reunió en Nicea el año 323, con la participación de 318 obispos, presididos por el mismo Osio, que firma el primero, tras los delegados del Papa: “Hosius episcopus civitatis Cordubensis, provinciae Hispaniae, dixit: Ita credo” (Osio, obispo de la ciudad de Córdoba en la provincia de España, dijo: Así lo creo) Este fue el Concilio más importante de los primeros siglos. Osio mismo redactó el Símbolo de la Fe, el Credo Niceno: “Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles,” etc. Así lo reconoce San Atanasio: “Hic formulam fidei in Nicoena Synodo concepit”(El redactó el formulario de la fe en el Concilio Niceno) El año 347 se convocó el Concilio de Sardis, al que acudieron 300 obispos griegos y 76 latinos. Presidió Osio, que firma en primer lugar, y propone y redacta la mayoría de los cánones, encabezados por la frase: “Osius episcopus dixit” (El obispo Osio dijo) De vuelta a España, reunió en Córdoba un Concilio provincial, en el cual hizo admitir las decisiones de Sardis. El año 355 el Emperador Constancio y sus partidarios, puestos del lado de los arrianos, determinaron quebrantar la firmeza de Osio, de quien decían: “Su autoridad sola puede levantar el mundo contra nosotros; es el príncipe de los concilios; cuanto él dice, se oye y se acata en todas partes; él redactó la profesión de fe en el Sínodo de Nicea: El llama herejes a los arrianos”. Ante las súplicas y las amenazas del Emperador, Osio le respondió en una carta admirable: “Yo fui confesor de la fe cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, despuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas, y en amenazarme...Confiote Dios el Imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia...Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, Emperador, la tienes en lo sagrado...” Osio tenía 100 años cuando escribió esta carta, que irritó sobremanera al Emperador. Este le hizo comparecer ante un concilio arriano, donde se le presionó, azotó y atormentó, negándose rotundamente a firmar la condenación de San Atanasio. Tras la muerte de Osio al año siguiente, San Atanasio escribió de él: “Murió Osio protestando de la violencia, condenando la herejía arriana, y prohibiendo que nadie la siguiese ni amparase. ¿Para qué he de alabar a este santo viejo, confesor insigne de Jesucristo? No hay en el mundo quien ignore que Osio fue desterrado y perseguido por la fe. ¿Qué Concilio hubo que él no presidiese?¿Cuándo habló delante de los obispos sin que todos asintiesen a su parecer?¿Qué iglesia no fue defendida y amparada por él?¿Qué pecador se le acercó que no recobrase aliento y salud?¿A qué enfermo o menesteroso no favoreció y ayudó en todo?” La Iglesia griega venera a Osio como santo el día 27 de Agosto.
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Prisciliano (siglo IV)
Teólogo y predicador herético natural de Galicia. Poseía esa elocuencia, facilidad de ingenio y variedad de doctrina que atrae discípulos. El retórico de las Galias, Sulpicio Severo, le describe así: "De familia noble, de grandes riquezas, atrevido, facundo, erudito, muy ejercitado en la declamación y en la disputa; feliz, ciertamente, si no hubiese echado a perder con malas opiniones sus grandes dotes de alma y cuerpo. Velaba mucho; era sufridor del hambre y de la sed, nada codicioso, sumamente parco. Pero con estas cualidades mezclaba gran vanidad, hinchado con su falsa y profana ciencia, puesto que había ejercido las artes mágicas en su juventud" Atrajo a su partido numerosos nobles y plebeyos, y numerosas mujeres, y hasta algunos obispos. El priscilianismo se extendió rápidamente de Galicia a Lusitania, y a la Bética. Para combatir sus doctrinas se convocó un Concilio en Zaragoza en el año 380, al que acudieron dos obispos de Aquitania y diez españoles. El Emperador Graciano decretó el destierro para los herejes españoles. Algunos se sometieron, pero no Prisciliano, que con algunos de sus colaboradores se puso en camino hacia Roma, con un escuadrón de mujeres admiradoras, extendiendo sus doctrinas por el sur de Francia e Italia. El Papa, el español San Dámaso, se negó a recibirle. El grupo se encaminó a Milán donde encontraron la misma oposición en San Ambrosio. Sin embargo, fueron capaces, mediante soborno de los oficiales del Emperador, de ser recibidos por éste, quien canceló el edicto de destierro y restituyó los herejes a sus iglesias. Esto duró poco. Las legiones de Britania nombraron Emperador al español Clemente Máximo, quien pasó a las Galias al frente de 130.000 soldados, haciendo huir a Graciano, que fue muerto en una emboscada. El nuevo Emperador, muy celoso de la ortodoxia religiosa, sometió la decisión al Sínodo de Burdeos, que condenó a Prisciliano. Este apeló al Emperador, y tras un nuevo juicio, Prisciliano y sus colaboradores, entre ellos Latroniano, fueron condenados a muerte en el año 385. Sus ideas no murieron con él, sino que perduraron durante dos siglos.
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Latroniano (siglo IV)
Compañero de Prisciliano. San Jerónimo, en su obra "De viris illustribus", le describe así: "Latroniano, de la Provincia de España, varón muy erudito y comparable en la poesía con los clásicos antiguos, fue decapitado en Tréveris con Prisciliano, Felicísimo, Juliano, Eucrocia y otros del mismo partido. Tenemos obras de su ingenio, escritas en variedad de metros". Sus poesías desgraciadamente se han perdido.
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San Dámaso (siglo IV)

Fue Papa del 1 oct. 366 al 11 dic. 384. El Liber Pontificalis lo llama «natione hispanus», y quizá la familia era efectivamente de origen español, pero parece más probable que naciera en Roma el a. 305. Es el primer Papa del que se conocen con certeza el nombre de sus padres, Antonio y Lorenza. Hombre de gran virtud, de inteligencia cultivada y bien visto en la aristocracia. Fue clérigo y participó en la administración central de la Iglesia. Era diácono cuando Liberio fue desterrado por Constancio (355). No contento con hacer juramento, junto con el resto del clero, de no reconocer otro Papa que a él, le acompañó durante algún tiempo en el destierro. Sin embargo, no tardó en volver y se unió al diácono Félix, que había sido nombrado Papa por orden de Constancio. De nuevo junto a Liberio, cuando vuelve de Berea de Tracia. Esta doble actitud fue para D. fuente de contratiempos, no sólo en el momento de su elección como Palpa. Era la personalidad más destacada y al morir Liberio fue elegido para sucederle. Pero una facción hostil a su designación le opuso resistencia. En efecto, con motivo de su elección se formaron dos partidos. Los unos, enemigos intransigentes de todos los que habían sido partidarios de Félix, guiados por siete sacerdotes y tres diáconos, eligieron como Papa en la basílica de Julia al diácono Urcino, que inmediatamente fue ordenado por el obispo de Tívoli. La otra facción, compuesta por la gran mayoría de fieles y clero, reunidos en la basílica de S. Lorenzo in Lucina, aclamaron a D. como sucesor de Liberio. Se hace consagrar ocho días más tarde (según las reglas) por el obispo de Ostia. Pero desde el primer día, Urcino no cesa de perseguirle hasta su muerte, bien personalmente, bien a través de los suyos. Hubo, pues, de moderar primero el cisma de Roma, después otros muchos casos de dogma y herejía que se manifestaron entonces en Oriente y Occidente a raíz de los concilios de Rímini y Seleucia. Tuvo frecuentes ocásiones de intervenir felizmente contra los últimos intentos de errores anteriores. Las desgracias de Oriente le valieron para ser llamado como árbitro y juez de este país. El acontecimiento de los primeros Príncipes cristianos: Valentín, Graciano, Teodosio (v.); la afluencia de los grandes doctores: Atanasio (v.), Ambrosio (v.), jerónimo (v.), etc., marcan bajo su pontificado un apogeo del Papado y una encrucijada en la Historia de la Iglesia.
     
      El cisma Urciniano llevó a los dos bandos hasta la lucha personal. Juvencio, prefecto de la ciudad, después de tres días de matanzas entre urcinianos y damasianos, intervino, reconociendo la legitimidad de D. y desterrando a Urcino. Los siete presbíteros que le seguían continuaron sus reuniones cismáticas, fortificándose en la basílica liberiana. Al cabo de un año, bajo el pretexto de neutralidad, permitió el emperador la vuelta a la ciudad a Urcino, desterrándole a los pocos días Pretexto, nuevo prefecto de la ciudad, por los desórdenes que promovía. Hizo también desalojar la basílica liberiana que fue entregada al verdadero Papa. Siguieron alborotando los urcinianos en los arrabales de Roma, y se reunían en S. Inés. Por todo ello, el emperador desterró definitivamente a Urcino a Francia. Pero siguió luchando contra D. No pudiendo derribarlo por las armas, los urcinianos tomaron el camino de la difamación. El efecto deseado tampoco fue conseguido. El mismo emperador Graciano depuró la verdad absolviendo a D. El Papa, no contento con eso, reunió un sínodo en Roma el a. 378 para que le juzgara. De él salió una nueva condenación a sus difamadores. D. tenía otros cismas que resolver. A él se debe la expulsión de los donatistas establecidos en Roma. Habían formado una iglesia en Roma gobernada por un obispo africano. El mismo concilio del 378 pide a Graciano su expulsión. Tuvo que enfrentarse también con los luciferianos, que habían protestado antes contra las disposiciones de Rímini. Consideraban como una prevaricación la benevolencia que se había usado con los representantes de Liberio. Habían nombrado un obispo -Aurelio- y un sacerdote, asceta famoso, llamado Macario. Se reunían privadamente en casas particulares. Para refutar sus errores mandó a S. Jerónimo que escribiera los diálogos contra los luciferianos. La historia de estos acontecimientos ha sido largamente contada por sacerdotes luciferianos en su Libelo de preces al Emperador, donde exponen sus teorías (cfr. PL 13,81-107).
     
      Al mismo tiempo que a los cismáticos, D. persiguió las últimas tentativas del Arrianismo en Occidente y en Oriente. Es quizá su obra más importante para la Historia de la Iglesia. Fue mérito suyo el que se restableciera la pura fe nicena. Hizo condenar en dos sínodos a los arrianos occidentales Ursacio y Valente y deponer a Áuxencio (PG 26,1229 ss.). Fue difícil condenar a Auxencio, pues el emperador Valentiniano, engañado por una fórmula equívoca de fe, lo creía ortodoxo. Dos obispos danubianos (Paladio de Raciara y Secundiano), amenazados con la deposición, obtuvieron de Graciano el ser juzgados por un concilio celebrado en Aquilea presidido por S. Ambrosio. El concilio los depuso y rogó al emperador que hiciese ejecutar la sentencia.
     
      Escarmentado por lo que había sucedido en el pontificado anterior, no quiso oír a Prisciliano (v.), que, condenado por el concilio provincial de Zaragoza, apelaba al Papá. Entre los escritos de Prisciliano se ve uno que remite a D. Después de varios sínodos romanos fue convocado un gran Concilio en Constantinopla el a. 381, concilio que después fue reconocido como ecuménico, segundo con este nombre (V. CONSTANTINOPLA, CONCILIOS DE). La atención de D. fue atraída hacia Oriente por los mismos obispos que estaban bajo el reinado tiránico del emperador Valente. Algunos obispos gozaban de la protección imperial y ocupaban las principales sedes. Les ayudó, pero no con la prisa que ellos pedían. Quizá en esto no tuvo el mismo tacto que mostró en ocasiones. Afianzó el Primado universal de la Iglesia Romana, con sus documentos y actos, fundándose en el Primado de S. Pedro sobre los demás Apóstoles (v. PRIMADO DE SAN PEDRO Y DEL ROMANO PONTÍFICE).
     
      Dio sabias disposiciones disciplinares, velando por la buena edificación del clero. Con ocasión del viaje que hizo a Roma S. Jerónimo acompañando a S. Epifanio y a Paulino de Antioquía, retuvo consigo al primero y se sirvió de él como secretario para los negocios orientales. Le dio, además, el encargo de revisar los libros sagrados. Nacía así aquella redacción de la Biblia que por su celebridad se llamó Vulgata.
     
      Dotado de una profunda cultura, D. escribió varias obras en prosa y verso. Entre ellas tienen especial importancia las inscripciones métricas compuestas para las tumbas de los mártires, llamadas «tituli». Escritas sobre lastras marmóreas por su calígrafo Furio Dionisio Filócalo, se han conservado en caracteres bellísimos, denominados después «damasianos» y «filocalianos». La mayor parte son sólo copias. Cierto que contienen muchas incorrecciones prosaicas, pero son de gran valor para la historia del Dogma. A estos epigramas siguen otras poesías del mismo pontífice muy breves y del mismo corte en alabanza de los mártires y santos que no estaban destinadas a grabarse en piedra. La más larga de ellas es la que canta la conversión del Apóstol de las gentes. Nos quedan algunas cartas de dicho Papa que se hallan en las obras de S. Jerónimo (cfr. PL 13).
     
      Hizo construir junto al teatro de Pompeo la basílica de S. Lorenzo, llamada después in Damaso. Desecó las cercanías del Vaticano, pues las aguas iban dañando los sepulcros de los mártires. Las condujo hacia el nuevo baptisterio de S. Pedro, edificado por él mismo. Hermoseó las sepulturas de los mártires de las catacumbas y tomó precauciones pira que no sufriesen menoscabo. Murió a los 80 años, después de 17 de pontificado, y poco después fue honrado como santo.

P. TINEO TINEO.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Egeria (Siglo IV):

Es el nombre con el cual generalmente es conocida una piadosa dama que en los alrededores del a. 400 peregrinó a los Santos Lugares, dejando un minucioso relato de su viaje, el Itinerarium. En 1884 el erudito J. F. Gamurrini descubrió en la biblioteca de Santa María de Arezzo un manuscrito proveniente de la abadía de Montecasino, el único conocido que haya conservado el texto del Itinerarium; su estudio suscita una serie de problemas a los que en su mayor parte no se ha dado aún una solución plenamente satisfactoria. El texto conservado se presenta mutilado. Faltan el comienzo y la última parte; además dentro del mismo texto se notan dos lal7unas. El defecto de los primeros folios puede ser subsanado en parte por algunas indicaciones del Liber de locis sanctis de Pedro Diácono. El manuscrito es del s. xl.
     
      Contenido del «Itinerarium». El texto se divide en dos partes. La primera es el diario de viaje propiamente dicho. Perdidas las primeras páginas del manuscrito, el relato conservado empieza en el momento en que la intrépida viajera, después de haber visitado ya Jerusalén, Belén, Hebrón y Galilea, se dispone a subir a la cumbre de la montaña del Sinaí. Visita luego el monte Horeb, y regresa a Jerusalén por la tierra de Gesén. Pasado un tiempo va al monte Nebo, en Arabia, y peregrina asimismo por las tierras de Samaria. De nuevo en Jerusalén, transcurridos ya tres años desde el día que emprendió su viaje, se decide a regresar a su patria. Siguiendo la costa mediterránea se dirige hacia Tarso, con la intención de cruzar el Asia Menor en dirección de Constantinopla. En Antioquía, sin embargo, sintiendo deseos de visitar Edesa demora su regreso adentrándose por tierras de Siria y de Mesopotamia. Finalmente vuelve a Tarso, y por Galacia y Bitinia llega a Constantinopla. Viajera infatigable concibe entonces el deseo de visitar Éfeso. En Constantinopla concluye el diario de viaje.
     
      En la segunda parte se da una descripción de la liturgia tal como se celebraba en Jerusalén: el oficio diario, los oficios propios del domingo, las celebraciones en el curso del año litúrgico, aportando una serie de detalles relativos a la semana santa y fiestas de Pascua.
     
      Personalidad del autor del «Itinerarium». Se trata con toda evidencia de una mujer, probablemente una monja, que escribe su diario de viaje con la intención de informar de todo lo que ve a sus «hermanas señoras venerables», a sus «amigas de mi alma» que viven en comunidad en una parte de Occidente. Se ha discutido mucho en torno de su personalidad. Dejando aparte la primitiva identificación errónea de ella con una Silvia de Aquitania (la primera edición del texto a cargo de Gamurrini llevaba por título Sanctae Silviae Aquitanae peregrinatio ad loca sancta) su mismo nombre ha sido objeto de controversia. Dando por justificada su identificación con «la virgen consagrada a Dios en un monasterio» de que habla con elogio el monje gallego Valerio, a mediados del s. vi[, en una carta Ad fratres Bergidensis, a los monjes del Bierzo (cfr. Flórez, XVI, 391-416; PL 87,439-456), la autora se llama Eteria, Egeria o Echeria; existen aún otras variantes. A. Lambert ha avanzado una hipótesis según la cual se trataría de la hermana de Gala, de quien habla S. Jerónimo (Epístola, 133,4,3) y se inclina a adoptar la forma de Egeria.
     
      Por lo que se refiere a la patria de la peregrina ha habido también diversidad de pareceres. La opinión más común es la que hace proceder a E. de un monasterio del noroeste de la península Ibérica. Algunas expresiones del Itinerarium y de la carta de Valerio que apuntan a la región de donde E. es oriunda, y algunos indicios que ofrece el latín usado por la peregrina llevan a creerlo.
     
      Perteneció a un rango social elevado, por más que provinciano. Disponía indudablemente de bienes económicos considerables, los que le permitirían realizar el viaje en las condiciones en que lo hizo. Obispos, monjes y militares la acogen con honor y 1e dispensan fácilmente protección. Su cultura era superior a la vulgar. El latín con el que se expresa no es el de la sociedad culta, pero no por ello carece de una cierta simplicidad y de cierto encanto.
     
      El rasgo religioso es, en la personalidad de E., sobresaliente. Es verdad que su curiosidad, como ella misma confiesa, no tiene límites. El deseo manifiesto que le impele a emprender su peregrinación es, sin embargo, de carácter religioso: es el de conocer y venerar los lugares santificados por Cristo, por los santos del A. T. y por los apóstoles y los mártires. En los diversos santuarios que visita siente la necesidad de hacer una plegaria seguida luego por la lectura de un fragmento de la S. E., recita asimismo un salmo y termina dándose de nuevo a la oración. Considera que la realización de sus anhelos de peregrinar a los Santos Lugares constituye un don que Dios le ha otorgado inmerecidamente, y siente por ello la necesidad ae la acción de gracias: «Nuestro Dios Jesús, escribe, que no abandona a aquellos que esperan en Él, se ha dignado permitirme la realización de este deseo». La gracia de Dios le ha procurado «no solamente la voluntad de ir sino también la posibilidad de realizar lo que deseaba».
     
      A través de todo el relato se pone de manifiesto el carácter ingenuo, el candor y la credulidad de la viajera. Las narraciones de las Sagradas Escrituras así como las leyendas que le cuentan las personas que encuentra por el camino y que le colman de bendiciones y de eulogias, y los más mínimos detalles la maravillan y la llenan de entusiasmo. Todo es para ella objeto de edificación. Por más que no falten en sus memorias algunas observaciones críticas, acepta con gran facilidad que fue precisamente allí o fue allá, bajo este árbol o junto a este pozo donde tuvieron lugar determinados episodios narrados por los libros santos. Se deja asimismo seducir sin dificultad por tradiciones extrabíblicas, tal como la de la tumba de S. Tomás y la de la correspondencia habida entre Cristo y el rey Abgar de Edesa.
     
      La autora del «Itinerarium» y la historia. Se han insinuado ya algunas hipótesis propuestas para la identificación de la autora del Itinerarium con algún personaje conocido. Ninguna de ellas deja de ser discutible.
     
      Acerca de la época precisa en que E. realizó el viaje a Oriente, los eruditos aportan una serie de argumentos para fijarla en los alrededores del 400. Para unos habría tenido lugar entre el 393 y 396, mientras que para otros lo fue más probablemente hacia el 415 6 417.
     
      El Itinerarium de E., para concluir, constituye un documento de gran interés. Es una fuente importantísima para el conocimiento de la liturgia tal como se desarrollaba en una época bastante oscura; los pocos escritores de aquel momento dan indicaciones muy vagas y muy incompletas, E., en cambio, las da profusamente. Tiene interés, asimismo, por el hecho de constituir una prueba de la antigüedad de la tradición relativa a muchos lugares bíblicos. La filología encuentra también en la obra locuciones de la latinidad popular tardía. El relato de E. tiene finalmente el valor de testimonio de primera mano de un sinnúmero de costumbres populares de la época, y de aspectos de su espiritualidad.

R. CIVIL DESVEUS.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Juvenco (siglo V)

Sacerdote de una familia aristocrática, oriundo de Hispania, y creador, con Sedulio (mitad del s. v), de la poesía narrativa cristiana, que floreció en tiempos de Constantino. Ocupa cronológicamente uno de los primeros puestos en el grupo de escritores cristianos que, entre los s. iv y v, intentaron escribir una poesía que pudiera rivalizar con la de los paganos y sustituirla en muchas de sus funciones. Este movimiento respondía a las nuevas condiciones políticas y religiosas introducidas por Constantino, primero con el edicto de tolerancia (Milán, 313) y luego con el reconocimiento oficial del cristianismo (Concilio de Nicea, 325). J. se hace el heraldo de esta nueva situación, poco después del Concilio de Nicea, entre el 325 y el 330: Haec mihi pax Christi tribuit, pax haec mihi saecli (IV,806). Se convierte así en el primer poeta que se propone utilizar las ideas cristianas fundiéndolas con los procedimientos derivados de la técnica clásica tradicional. Nos hallamos ante una faceta de la nueva cultura cristiana, que se trazó el objetivo de conciliar la ciudad de Dios con la ciudad de los hombres.
      Frente a la epopeya nacional de Virgilio (v.), intenta crear J. una nueva epopeya, cuyo héroe, en lugar de Eneas, será Cristo: mihi carmen erit Christi uitalia gesta (I,19). La ritual invocación a las Musas se convierte en una invocación al Espíritu Santo. Con este propósito aplica el mismo formulario y los mismos cánones de la Eneida al contenido del Evangelio en una serie de cuatro libros, integrados por 3,190 hexámetros, bastante correctos, a veces provistos de rimas. La base estructural de su poema o Euangeliorum libri IV es el relato de Mateo, según el texto de la Itala, con algunas inserciones de Lucas y Juan, raramente de Marcos. Pero el texto sagrado se muestra manipulado con un criterio incoherente y confuso; el poeta no consigue evitar, a veces, una seca y demasiado respetuosa literalidad; otras, sin razones que lo justifiquen, acude a una libertad desenfrenada y a recursos de gusto discutible.
      No son, en el fondo, más claras las ideas de J. sobre la poesía misma: considera sustancialmente que la inmortalidad de su poema está garantizada por la misma materia que canta. Rehúsa, en efecto, los mendacia (embustes) de los poetas profanos: su poema cantará sólo la verdad; se mantendrá fiel a la palabra divina; temerá ofender a Dios si altera el contenido de los libros santos. Al aplicar con rigor tal principio, parece que toda proyección poética se hace imposible. El poeta pretende superar el obstáculo sirviéndose ampliamente, al mismo tiempo, en su exposición de los ornamenta... terrestria linguae (IV,805). No se trata propiamente de una contradicción interna, sino de un gusto específico de su época, viciado, desde el punto de vista cristiano y pagano, por el resurgimiento de las escuelas de los gramáticos y rétores. Por ello las palabras, la verdad, del Evangelio
      La epopeya cristiana se enfrenta así desde sus comienzos con una seria desventaja. Se advierte al punto el áspero contraste entre la limpia esencia de las acciones y palabras divinas y el inútil alarde de las galas retóricas tomadas en préstamo de la tradición épica. No es posible dejar de preferir hoy la desnuda y poética sencillez del evangelista inculto al énfasis solemne y a menudo vacío de un presunto poeta como J. y de cuantos, en aquellos tiempos, continuaron su línea en un apostólico afán de versificar, para el lector culto, el Nuevo o el Antiguo Testamento. Pese a todo, J. es el fundador de una tradición; su iniciativa fue suficiente para asegurarle el respeto de sus sucesores cristianos, que imitaron a menudo sus adaptaciones. Su gloria se mantuvo a lo largo de la Edad Media, pero no logró apenas rebasarla.

MIGUEL DOLO.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

Juvenco y la Exégesis:

http://www.anmal.uma.es/anmal/numero6/Otero.htm

 

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Prudencio (siglo V)
"Poeta lírico el más inspirado que vió el mundo latino después de Horacio y antes de Dante".(Villemain)."A veces emula a Lucrecio" (Ozanam). "Tenía cosas iguales a los antiguos y algunas también en que los vencía" (Vives). Llamado el "Horacio cristiano" por los sabios del Renacimiento. Escribió maravillosos himnos en que celebró los triunfos de confesores y de mártires a la manera que Píndaro había ensalzado a los triunfadores en el estadio y en la cuadriga. Entre sus poemas están la Psychomaquia, que aparte de su interés filosófico, coloca a Prudencio entre los padres del arte alegórico; la Apoteosis y la Hamartigenia que son formales refutaciones de sistemas heréticos.
Su figura entra en la escena histórica como la de un kulturkampfer: un campeón de la civilización, que lucha con todas las armas que la vieja cultura le ha transmitido, tratando de renovarla con el espíritu del cristianismo. (Gustav Schmürer) Plinio en su Historia Natural había juntado Italia y España como las dos porciones más ricas del mundo en cosas y hombres. Prudencio en su Historia martirial, que son los himnos de su Peristéfanon, junta también como únicos estos nuevos hombres, los mártires romanos y los hispanos. Pero el poeta, cuando ora ante el sepulcro de Santa Inés en Roma, se siente allí adventicio, se llama extranjero en la urbe, mientras por el contrario, espresa su provincialismo hispano al agrupar en un canto triunfal tantos soldados de Cristo sepultados en Córdoba, Compluto, o Emérita, exclamando con particular afecto, 'nuestros son', nuestros los de la Hispania del rio Ibero, los de Calahorra o Tarraco, y aún concentra su mayor entusiasmo en los de Cesaraugusta, cuna del poeta, 'honra suya (decus nostrum)', la ciudad que en multitud de mártires ofrendados a Cristo, no admite comparación sino con la misma Roma, o con Cartago la populosa. Ya en este antiquísimo brote de características constantes que encontramos a cada paso, la ciudad regada por el Ebro Vascón, la de los innumerables mártires, es la obstinada en su sacrificio, la 'ciudad sangrienta' de los sitios napoleónicos. La era de los mártires por la que acababa de pasar el mundo cristiano necesitó de España para hallar un poeta de audacia innovadora que no dudase abrir las clásicas formas de la poética no sólo a la nueva mente cristiana, que esto ya lo habían hecho Juvenco y Ambrosio, sino a todas las estridencias del combate entre dos concepciones del mundo, entre dos violencias: El furor truculento del prefecto imperial frente a la arrebatada exaltación del acusado; poesía que acierta a no excluir las complejas discordancias vitales, acogidas también siglos después por nuestro teatro: El humorismo atroz de Lorenzo en el suplicio, junto a la plegaria de histórica sublimidad; el infantil descomedimiento de Eulalia, mezclado al fuerte y magnífico heroísmo, como la restallante llama concurre con la lenta nieve para velar los miembros de la atormentada virgen emeritense; en todo muestra Prudencio una fantasía vigorosa, pero sobria, que no quiere dejar demasiado atrás la realidad de las cosas: muy respetuosa idealizadora de la verdad histórica, como después será el arte del juglar del Cid, el del cantor de San Millán, y el de sus continuadores. Así colocó Prudencio en los cimientos de la nueva poesía cristiana, como piedra fundamental, características muy peculiares hispanas, disonantes a veces para la psicología de otros pueblos y a veces embarazo de timoratos comentadores; ellas, al servicio del esmerado arte de Prudencio, rodean la figura de tantos mártires hispanos y romanos con el nimbo de celestial hermosura que les consagró a la admiración de naciones y de siglos; la Galia, la Bretaña, la Germania antiguas hicieron en sus escuelas un puesto al poeta ibero, al lado de Horacio y de Virgilio, y en época moderna se reitera la comparación con Horacio, pese a la enorme diferencia entre el siglo de Augusto y el de Teodosio. Teodosio el emperador y Prudencio el poeta son las figuras representativas de las generaciones que a fines del siglo IV elaboran en el imperio recién cristianizado las nuevas formas de política, de fe y de arte que se necesitaban en lo futuro. España aprendió de Roma ideas de universalidad, las hizo suyas, y afirmándolas en este momento último de plenitud que, por obra del mismo Teodosio disfrutó el orbe romano, toma en la historia imperial una posición análoga a la que en otro momento de exaltación de la vida propia adopta en la historia europea del siglo XVI
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Orosio, Pablo (Siglo V)
Historiador eclesiástico, nacido probablemente en Braga, Hispanaia. Visitó a San Agustín en 415 y fue a estudiar con San Jerónimo en Jerusalén. Fue el autor de la primera Historia Cristiana del Mundo "Historiarum adversus Paganos", que va desde la creación del mundo hasta el año 417. Esta obra fue muy apreciada durante la Edad Media. Fue traducida al Anglosajón por el rey Alfredo.
Orosio declara que no puede considerar la urbe sino el orbe, y entonces las victorias de Roma representan más daños que provechos para el mundo, por lo cual el historiador tiene que execrar la felicidad de una ciudad lograda mediante la desdicha del orbe entero. Con esto la simpatía del autor se va hacia Cartago abrasada, hacia España ensangrentada durante doscientos años, hacia tantos reyes desposeídos y encadenados. "A nuestros abuelos, dice, no fueron menos tolerables los enemigos romanos que a nosotros los godos", palabras en que las naciones conquistadas por Roma empiezan a cobrar su antigua y suprimida individualidad. Y por más que Orosio proclama que toda tierra es patria para él, pues su verdadera patria no está en este mundo, siente una particular afección a su tierra natal en oposición a Roma, y relata con satisfacción las victorias de los hispanos contra tantos pretors, legados, cónsules y legiones; destaca el terror inspirado por la guerra peninsular, cuando el soldado romano se creía vencido a la sola vista del hispano; realza otra vez aquel 'ingente miedo a los celtíberos' que se había apoderado de todos los romanos; delata la perfidia del pretor Galba con los lusitanos, causa de escándalo y alboroto en toda España, y el heroísmo y dolor de la guerra de Numancia agitan su ánimo en un conmovido apóstrofe a los romanos, que a pesar de arrogarse tantas virtudes, tienen que aprender de los numantinos fortaleza increíble en el combatir y el vencer: fidelidad en contentarse, vencedores, con un pacto, creyendo tan nobles como ellos a los vencidos; justicia magnánima en observar los tratados; misericordia en dejar con vida un ejército que podrían acuchillar, y el no vengar sobre el maniatado cónsul Mancino la fe violada por el Senado. La obra de Orosio, guía histórica por muchos siglos en todos los pueblos, traducida al anglosajón por Alfredo el Grande, como obra capital para la cultura de su país; enviada por el emperador de Constantinopla a Abderramán III de Córdoba para ser traducida al árabe; considerada por Dante como altísima prosa junto a la de Livio; una obra tan universal en su influjo, es, a la vez que Historia Universal, un germen de Historia de España, cuando España iba a dejar de ser provincia romana. Es el único libro donde podemos ver cómo pensaban los hombres de la generación de Honorio que iban más adelante en la creación de las naciones futuras. (Men. Pidal) Su patria gallega está confirmada por una carta de San Braulio a San Fructuoso de Braga...De Africa pasó Orosio a Tierra Santa para consultar a San Jerónimo sobre el origen del alma racional. Devorábale el anhelo de saber y no le arredraban largos y trabajosos viajes para satisfacerle. Allí habitó en la gruta de Belén, a los pies de San Jerónimo, como él mismo dice. Y aunque ignorado, extranjero y pobre, tuvo parte en el concilio reunido en Santa Hierosolyma contra los errores de Pelagio. (Men. y Pelayo)
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I Concilio de Toledo condena el Priscilianismo

 

 

 

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