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Índice
general de Hispánica

Osio de Córdoba


(Siglos I-V)
- Osio
de Córdoba (256-357)
San
Dámaso, Papa
Prisciliano (s. IV)
Latroniano (s. IV)
Egeria (s.IV)
- Juvenco
(s. V)
- Prudencio
(S. V)
Orosio,
Pablo (s. V)
Osio
de Córdoba (256-357)
Fue el varón más insigne
que España produjo en los seis siglos que van de Séneca a San
Isidoro. Nació en Córdoba, y murió a la edad de 101 años. Fue
elegido obispo de su ciudad natal en el año 294. Padeció tormento
por la fe durante la persecución de Diocleciano, y fue enviado al
destierro. Asistió al Concilio de Iliberis en España, entre cuyas
firmas aparece en undécimo lugar. Acompañó al Emperador
Constantino a Milán en el año 313. El Emperador estimaba mucho sus
consejos, y parece que a Osio se debe su conversión al cristianismo.
La herejía de Arrio, negando la divinidad del Hijo y su
consubstancialidad con el Padre, comenzó a florecer en Alejandría.
Osio fue enviado para calmar las disensiones entre Arrio y San
Atanasio. Ante la imposibilidad de reducir al primero, convocó un
Concilio, que se reunió en Nicea el año 323, con la participación
de 318 obispos, presididos por el mismo Osio, que firma el primero,
tras los delegados del Papa: “Hosius episcopus civitatis
Cordubensis, provinciae Hispaniae, dixit: Ita credo” (Osio,
obispo de la ciudad de Córdoba en la provincia de España, dijo: Así
lo creo) Este fue el Concilio más importante de los primeros siglos.
Osio mismo redactó el Símbolo de la Fe, el Credo Niceno: “Creemos
en un solo Dios, Padre omnipotente, hacedor de todas las cosas
visibles e invisibles,” etc. Así lo reconoce San Atanasio: “Hic
formulam fidei in Nicoena Synodo concepit”(El redactó el
formulario de la fe en el Concilio Niceno) El año 347 se convocó
el Concilio de Sardis, al que acudieron 300 obispos griegos y 76
latinos. Presidió Osio, que firma en primer lugar, y propone y
redacta la mayoría de los cánones, encabezados por la frase: “Osius
episcopus dixit” (El obispo Osio dijo) De vuelta a España,
reunió en Córdoba un Concilio provincial, en el cual hizo admitir
las decisiones de Sardis. El año 355 el Emperador Constancio y sus
partidarios, puestos del lado de los arrianos, determinaron
quebrantar la firmeza de Osio, de quien decían: “Su autoridad
sola puede levantar el mundo contra nosotros; es el príncipe de los
concilios; cuanto él dice, se oye y se acata en todas partes; él
redactó la profesión de fe en el Sínodo de Nicea: El llama
herejes a los arrianos”. Ante las súplicas y las amenazas del
Emperador, Osio le respondió en una carta admirable: “Yo fui
confesor de la fe cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si
tú la reiteras, despuesto estoy a padecerlo todo, antes que a
derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en
escribir tales cosas, y en amenazarme...Confiote Dios el Imperio, a
nosotros las cosas de la Iglesia...Ni a nosotros es lícito tener
potestad en la tierra, ni tú, Emperador, la tienes en lo sagrado...”
Osio tenía 100 años cuando escribió esta carta, que irritó
sobremanera al Emperador. Este le hizo comparecer ante un concilio
arriano, donde se le presionó, azotó y atormentó, negándose
rotundamente a firmar la condenación de San Atanasio. Tras la
muerte de Osio al año siguiente, San Atanasio escribió de él: “Murió
Osio protestando de la violencia, condenando la herejía arriana, y
prohibiendo que nadie la siguiese ni amparase. ¿Para qué he de
alabar a este santo viejo, confesor insigne de Jesucristo? No hay en
el mundo quien ignore que Osio fue desterrado y perseguido por la fe.
¿Qué Concilio hubo que él no presidiese?¿Cuándo habló delante
de los obispos sin que todos asintiesen a su parecer?¿Qué iglesia
no fue defendida y amparada por él?¿Qué pecador se le acercó que
no recobrase aliento y salud?¿A qué enfermo o menesteroso no
favoreció y ayudó en todo?” La Iglesia griega venera a Osio
como santo el día 27 de Agosto.
(Indice)
Prisciliano
(siglo
IV)
Teólogo y predicador herético
natural de Galicia. Poseía esa elocuencia, facilidad de ingenio y
variedad de doctrina que atrae discípulos. El retórico de las
Galias, Sulpicio Severo, le describe así: "De familia
noble, de grandes riquezas, atrevido, facundo, erudito, muy
ejercitado en la declamación y en la disputa; feliz, ciertamente,
si no hubiese echado a perder con malas opiniones sus grandes dotes
de alma y cuerpo. Velaba mucho; era sufridor del hambre y de la sed,
nada codicioso, sumamente parco. Pero con estas cualidades mezclaba
gran vanidad, hinchado con su falsa y profana ciencia, puesto que
había ejercido las artes mágicas en su juventud" Atrajo a
su partido numerosos nobles y plebeyos, y numerosas mujeres, y hasta
algunos obispos. El priscilianismo se extendió rápidamente de
Galicia a Lusitania, y a la Bética. Para combatir sus doctrinas se
convocó un Concilio en Zaragoza en el año 380, al que acudieron
dos obispos de Aquitania y diez españoles. El Emperador Graciano
decretó el destierro para los herejes españoles. Algunos se
sometieron, pero no Prisciliano, que con algunos de sus
colaboradores se puso en camino hacia Roma, con un escuadrón de
mujeres admiradoras, extendiendo sus doctrinas por el sur de Francia
e Italia. El Papa, el español San Dámaso, se negó a recibirle. El
grupo se encaminó a Milán donde encontraron la misma oposición en
San Ambrosio. Sin embargo, fueron capaces, mediante soborno de los
oficiales del Emperador, de ser recibidos por éste, quien canceló
el edicto de destierro y restituyó los herejes a sus iglesias. Esto
duró poco. Las legiones de Britania nombraron Emperador al español
Clemente Máximo, quien pasó a las Galias al frente de 130.000
soldados, haciendo huir a Graciano, que fue muerto en una emboscada.
El nuevo Emperador, muy celoso de la ortodoxia religiosa, sometió
la decisión al Sínodo de Burdeos, que condenó a Prisciliano. Este
apeló al Emperador, y tras un nuevo juicio, Prisciliano y sus
colaboradores, entre ellos Latroniano, fueron condenados a muerte en
el año 385. Sus ideas no murieron con él, sino que perduraron
durante dos siglos.
(Indice)
Latroniano
(siglo IV)
Compañero de Prisciliano.
San Jerónimo, en su obra "De viris illustribus", le
describe así: "Latroniano, de la Provincia de España, varón
muy erudito y comparable en la poesía con los clásicos antiguos,
fue decapitado en Tréveris con Prisciliano, Felicísimo, Juliano,
Eucrocia y otros del mismo partido. Tenemos obras de su ingenio,
escritas en variedad de metros". Sus poesías
desgraciadamente se han perdido.
(Indice)
San
Dámaso
(siglo IV)
Fue Papa del 1
oct. 366 al 11 dic. 384. El Liber Pontificalis lo llama «natione
hispanus», y quizá la familia era efectivamente de origen español,
pero parece más probable que naciera en Roma el a. 305. Es el
primer Papa del que se conocen con certeza el nombre de sus padres,
Antonio y Lorenza. Hombre de gran virtud, de inteligencia cultivada
y bien visto en la aristocracia. Fue clérigo y participó en la
administración central de la Iglesia. Era diácono cuando Liberio
fue desterrado por Constancio (355). No contento con hacer juramento,
junto con el resto del clero, de no reconocer otro Papa que a él,
le acompañó durante algún tiempo en el destierro. Sin embargo, no
tardó en volver y se unió al diácono Félix, que había sido
nombrado Papa por orden de Constancio. De nuevo junto a Liberio,
cuando vuelve de Berea de Tracia. Esta doble actitud fue para D.
fuente de contratiempos, no sólo en el momento de su elección como
Palpa. Era la personalidad más destacada y al morir Liberio fue
elegido para sucederle. Pero una facción hostil a su designación
le opuso resistencia. En efecto, con motivo de su elección se
formaron dos partidos. Los unos, enemigos intransigentes de todos
los que habían sido partidarios de Félix, guiados por siete
sacerdotes y tres diáconos, eligieron como Papa en la basílica de
Julia al diácono Urcino, que inmediatamente fue ordenado por el
obispo de Tívoli. La otra facción, compuesta por la gran mayoría
de fieles y clero, reunidos en la basílica de S. Lorenzo in Lucina,
aclamaron a D. como sucesor de Liberio. Se hace consagrar ocho días
más tarde (según las reglas) por el obispo de Ostia. Pero desde el
primer día, Urcino no cesa de perseguirle hasta su muerte, bien
personalmente, bien a través de los suyos. Hubo, pues, de moderar
primero el cisma de Roma, después otros muchos casos de dogma y
herejía que se manifestaron entonces en Oriente y Occidente a raíz
de los concilios de Rímini y Seleucia. Tuvo frecuentes ocásiones
de intervenir felizmente contra los últimos intentos de errores
anteriores. Las desgracias de Oriente le valieron para ser llamado
como árbitro y juez de este país. El acontecimiento de los
primeros Príncipes cristianos: Valentín, Graciano, Teodosio (v.);
la afluencia de los grandes doctores: Atanasio (v.), Ambrosio (v.),
jerónimo (v.), etc., marcan bajo su pontificado un apogeo del
Papado y una encrucijada en la Historia de la Iglesia.
El cisma Urciniano llevó a los dos
bandos hasta la lucha personal. Juvencio, prefecto de la ciudad,
después de tres días de matanzas entre urcinianos y damasianos,
intervino, reconociendo la legitimidad de D. y desterrando a Urcino.
Los siete presbíteros que le seguían continuaron sus reuniones
cismáticas, fortificándose en la basílica liberiana. Al cabo de
un año, bajo el pretexto de neutralidad, permitió el emperador la
vuelta a la ciudad a Urcino, desterrándole a los pocos días
Pretexto, nuevo prefecto de la ciudad, por los desórdenes que
promovía. Hizo también desalojar la basílica liberiana que fue
entregada al verdadero Papa. Siguieron alborotando los urcinianos en
los arrabales de Roma, y se reunían en S. Inés. Por todo ello, el
emperador desterró definitivamente a Urcino a Francia. Pero siguió
luchando contra D. No pudiendo derribarlo por las armas, los
urcinianos tomaron el camino de la difamación. El efecto deseado
tampoco fue conseguido. El mismo emperador Graciano depuró la
verdad absolviendo a D. El Papa, no contento con eso, reunió un sínodo
en Roma el a. 378 para que le juzgara. De él salió una nueva
condenación a sus difamadores. D. tenía otros cismas que resolver.
A él se debe la expulsión de los donatistas establecidos en Roma.
Habían formado una iglesia en Roma gobernada por un obispo africano.
El mismo concilio del 378 pide a Graciano su expulsión. Tuvo que
enfrentarse también con los luciferianos, que habían protestado
antes contra las disposiciones de Rímini. Consideraban como una
prevaricación la benevolencia que se había usado con los
representantes de Liberio. Habían nombrado un obispo -Aurelio- y un
sacerdote, asceta famoso, llamado Macario. Se reunían privadamente
en casas particulares. Para refutar sus errores mandó a S. Jerónimo
que escribiera los diálogos contra los luciferianos. La historia de
estos acontecimientos ha sido largamente contada por sacerdotes
luciferianos en su Libelo de preces al Emperador, donde exponen sus
teorías (cfr. PL 13,81-107).
Al mismo tiempo que a los cismáticos,
D. persiguió las últimas tentativas del Arrianismo en Occidente y
en Oriente. Es quizá su obra más importante para la Historia de la
Iglesia. Fue mérito suyo el que se restableciera la pura fe nicena.
Hizo condenar en dos sínodos a los arrianos occidentales Ursacio y
Valente y deponer a Áuxencio (PG 26,1229 ss.). Fue difícil
condenar a Auxencio, pues el emperador Valentiniano, engañado por
una fórmula equívoca de fe, lo creía ortodoxo. Dos obispos
danubianos (Paladio de Raciara y Secundiano), amenazados con la
deposición, obtuvieron de Graciano el ser juzgados por un concilio
celebrado en Aquilea presidido por S. Ambrosio. El concilio los
depuso y rogó al emperador que hiciese ejecutar la sentencia.
Escarmentado por lo que había
sucedido en el pontificado anterior, no quiso oír a Prisciliano
(v.), que, condenado por el concilio provincial de Zaragoza, apelaba
al Papá. Entre los escritos de Prisciliano se ve uno que remite a
D. Después de varios sínodos romanos fue convocado un gran
Concilio en Constantinopla el a. 381, concilio que después fue
reconocido como ecuménico, segundo con este nombre (V.
CONSTANTINOPLA, CONCILIOS DE). La atención de D. fue atraída hacia
Oriente por los mismos obispos que estaban bajo el reinado tiránico
del emperador Valente. Algunos obispos gozaban de la protección
imperial y ocupaban las principales sedes. Les ayudó, pero no con
la prisa que ellos pedían. Quizá en esto no tuvo el mismo tacto
que mostró en ocasiones. Afianzó el Primado universal de la
Iglesia Romana, con sus documentos y actos, fundándose en el
Primado de S. Pedro sobre los demás Apóstoles (v. PRIMADO DE SAN
PEDRO Y DEL ROMANO PONTÍFICE).
Dio sabias disposiciones
disciplinares, velando por la buena edificación del clero. Con
ocasión del viaje que hizo a Roma S. Jerónimo acompañando a S.
Epifanio y a Paulino de Antioquía, retuvo consigo al primero y se
sirvió de él como secretario para los negocios orientales. Le dio,
además, el encargo de revisar los libros sagrados. Nacía así
aquella redacción de la Biblia que por su celebridad se llamó
Vulgata.
Dotado de una profunda cultura, D.
escribió varias obras en prosa y verso. Entre ellas tienen especial
importancia las inscripciones métricas compuestas para las tumbas
de los mártires, llamadas «tituli». Escritas sobre lastras marmóreas
por su calígrafo Furio Dionisio Filócalo, se han conservado en
caracteres bellísimos, denominados después «damasianos» y «filocalianos».
La mayor parte son sólo copias. Cierto que contienen muchas
incorrecciones prosaicas, pero son de gran valor para la historia
del Dogma. A estos epigramas siguen otras poesías del mismo pontífice
muy breves y del mismo corte en alabanza de los mártires y santos
que no estaban destinadas a grabarse en piedra. La más larga de
ellas es la que canta la conversión del Apóstol de las gentes. Nos
quedan algunas cartas de dicho Papa que se hallan en las obras de S.
Jerónimo (cfr. PL 13).
Hizo construir junto al teatro de
Pompeo la basílica de S. Lorenzo, llamada después in Damaso. Desecó
las cercanías del Vaticano, pues las aguas iban dañando los
sepulcros de los mártires. Las condujo hacia el nuevo baptisterio
de S. Pedro, edificado por él mismo. Hermoseó las sepulturas de
los mártires de las catacumbas y tomó precauciones pira que no
sufriesen menoscabo. Murió a los 80 años, después de 17 de
pontificado, y poco después fue honrado como santo.
P.
TINEO TINEO.
Cortesía
de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Egeria
(Siglo IV):
Es el nombre
con el cual generalmente es conocida una piadosa dama que en los
alrededores del a. 400 peregrinó a los Santos Lugares, dejando un
minucioso relato de su viaje, el Itinerarium. En 1884 el erudito J.
F. Gamurrini descubrió en la biblioteca de Santa María de Arezzo
un manuscrito proveniente de la abadía de Montecasino, el único
conocido que haya conservado el texto del Itinerarium; su estudio
suscita una serie de problemas a los que en su mayor parte no se ha
dado aún una solución plenamente satisfactoria. El texto
conservado se presenta mutilado. Faltan el comienzo y la última
parte; además dentro del mismo texto se notan dos lal7unas. El
defecto de los primeros folios puede ser subsanado en parte por
algunas indicaciones del Liber de locis sanctis de Pedro Diácono.
El manuscrito es del s. xl.
Contenido del «Itinerarium». El
texto se divide en dos partes. La primera es el diario de viaje
propiamente dicho. Perdidas las primeras páginas del manuscrito, el
relato conservado empieza en el momento en que la intrépida viajera,
después de haber visitado ya Jerusalén, Belén, Hebrón y Galilea,
se dispone a subir a la cumbre de la montaña del Sinaí. Visita
luego el monte Horeb, y regresa a Jerusalén por la tierra de Gesén.
Pasado un tiempo va al monte Nebo, en Arabia, y peregrina asimismo
por las tierras de Samaria. De nuevo en Jerusalén, transcurridos ya
tres años desde el día que emprendió su viaje, se decide a
regresar a su patria. Siguiendo la costa mediterránea se dirige
hacia Tarso, con la intención de cruzar el Asia Menor en dirección
de Constantinopla. En Antioquía, sin embargo, sintiendo deseos de
visitar Edesa demora su regreso adentrándose por tierras de Siria y
de Mesopotamia. Finalmente vuelve a Tarso, y por Galacia y Bitinia
llega a Constantinopla. Viajera infatigable concibe entonces el
deseo de visitar Éfeso. En Constantinopla concluye el diario de
viaje.
En la segunda parte se da una
descripción de la liturgia tal como se celebraba en Jerusalén: el
oficio diario, los oficios propios del domingo, las celebraciones en
el curso del año litúrgico, aportando una serie de detalles
relativos a la semana santa y fiestas de Pascua.
Personalidad del autor del «Itinerarium».
Se trata con toda evidencia de una mujer, probablemente una monja,
que escribe su diario de viaje con la intención de informar de todo
lo que ve a sus «hermanas señoras venerables», a sus «amigas de
mi alma» que viven en comunidad en una parte de Occidente. Se ha
discutido mucho en torno de su personalidad. Dejando aparte la
primitiva identificación errónea de ella con una Silvia de
Aquitania (la primera edición del texto a cargo de Gamurrini
llevaba por título Sanctae Silviae Aquitanae peregrinatio ad loca
sancta) su mismo nombre ha sido objeto de controversia. Dando por
justificada su identificación con «la virgen consagrada a Dios en
un monasterio» de que habla con elogio el monje gallego Valerio, a
mediados del s. vi[, en una carta Ad fratres Bergidensis, a los
monjes del Bierzo (cfr. Flórez, XVI, 391-416; PL 87,439-456), la
autora se llama Eteria, Egeria o Echeria; existen aún otras
variantes. A. Lambert ha avanzado una hipótesis según la cual se
trataría de la hermana de Gala, de quien habla S. Jerónimo (Epístola,
133,4,3) y se inclina a adoptar la forma de Egeria.
Por lo que se refiere a la patria de
la peregrina ha habido también diversidad de pareceres. La opinión
más común es la que hace proceder a E. de un monasterio del
noroeste de la península Ibérica. Algunas expresiones del
Itinerarium y de la carta de Valerio que apuntan a la región de
donde E. es oriunda, y algunos indicios que ofrece el latín usado
por la peregrina llevan a creerlo.
Perteneció a un rango social elevado,
por más que provinciano. Disponía indudablemente de bienes económicos
considerables, los que le permitirían realizar el viaje en las
condiciones en que lo hizo. Obispos, monjes y militares la acogen
con honor y 1e dispensan fácilmente protección. Su cultura era
superior a la vulgar. El latín con el que se expresa no es el de la
sociedad culta, pero no por ello carece de una cierta simplicidad y
de cierto encanto.
El rasgo religioso es, en la
personalidad de E., sobresaliente. Es verdad que su curiosidad, como
ella misma confiesa, no tiene límites. El deseo manifiesto que le
impele a emprender su peregrinación es, sin embargo, de carácter
religioso: es el de conocer y venerar los lugares santificados por
Cristo, por los santos del A. T. y por los apóstoles y los mártires.
En los diversos santuarios que visita siente la necesidad de hacer
una plegaria seguida luego por la lectura de un fragmento de la S.
E., recita asimismo un salmo y termina dándose de nuevo a la oración.
Considera que la realización de sus anhelos de peregrinar a los
Santos Lugares constituye un don que Dios le ha otorgado
inmerecidamente, y siente por ello la necesidad ae la acción de
gracias: «Nuestro Dios Jesús, escribe, que no abandona a aquellos
que esperan en Él, se ha dignado permitirme la realización de este
deseo». La gracia de Dios le ha procurado «no solamente la
voluntad de ir sino también la posibilidad de realizar lo que
deseaba».
A través de todo el relato se pone
de manifiesto el carácter ingenuo, el candor y la credulidad de la
viajera. Las narraciones de las Sagradas Escrituras así como las
leyendas que le cuentan las personas que encuentra por el camino y
que le colman de bendiciones y de eulogias, y los más mínimos
detalles la maravillan y la llenan de entusiasmo. Todo es para ella
objeto de edificación. Por más que no falten en sus memorias
algunas observaciones críticas, acepta con gran facilidad que fue
precisamente allí o fue allá, bajo este árbol o junto a este pozo
donde tuvieron lugar determinados episodios narrados por los libros
santos. Se deja asimismo seducir sin dificultad por tradiciones
extrabíblicas, tal como la de la tumba de S. Tomás y la de la
correspondencia habida entre Cristo y el rey Abgar de Edesa.
La autora del «Itinerarium» y la
historia. Se han insinuado ya algunas hipótesis propuestas para la
identificación de la autora del Itinerarium con algún personaje
conocido. Ninguna de ellas deja de ser discutible.
Acerca de la época precisa en que E.
realizó el viaje a Oriente, los eruditos aportan una serie de
argumentos para fijarla en los alrededores del 400. Para unos habría
tenido lugar entre el 393 y 396, mientras que para otros lo fue más
probablemente hacia el 415 6 417.
El Itinerarium de E., para concluir,
constituye un documento de gran interés. Es una fuente importantísima
para el conocimiento de la liturgia tal como se desarrollaba en una
época bastante oscura; los pocos escritores de aquel momento dan
indicaciones muy vagas y muy incompletas, E., en cambio, las da
profusamente. Tiene interés, asimismo, por el hecho de constituir
una prueba de la antigüedad de la tradición relativa a muchos
lugares bíblicos. La filología encuentra también en la obra
locuciones de la latinidad popular tardía. El relato de E. tiene
finalmente el valor de testimonio de primera mano de un sinnúmero
de costumbres populares de la época, y de aspectos de su
espiritualidad.
R.
CIVIL DESVEUS.
Editorial
Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Juvenco
(siglo V)
Sacerdote de
una familia aristocrática, oriundo de Hispania, y creador, con
Sedulio (mitad del s. v), de la poesía narrativa cristiana, que
floreció en tiempos de Constantino. Ocupa cronológicamente uno de
los primeros puestos en el grupo de escritores cristianos que, entre
los s. iv y v, intentaron escribir una poesía que pudiera rivalizar
con la de los paganos y sustituirla en muchas de sus funciones. Este
movimiento respondía a las nuevas condiciones políticas y
religiosas introducidas por Constantino, primero con el edicto de
tolerancia (Milán, 313) y luego con el reconocimiento oficial del
cristianismo (Concilio de Nicea, 325). J. se hace el heraldo de esta
nueva situación, poco después del Concilio de Nicea, entre el 325
y el 330: Haec mihi pax Christi tribuit, pax haec mihi saecli
(IV,806). Se convierte así en el primer poeta que se propone
utilizar las ideas cristianas fundiéndolas con los procedimientos
derivados de la técnica clásica tradicional. Nos hallamos ante una
faceta de la nueva cultura cristiana, que se trazó el objetivo de
conciliar la ciudad de Dios con la ciudad de los hombres.
Frente a la epopeya nacional de
Virgilio (v.), intenta crear J. una nueva epopeya, cuyo héroe, en
lugar de Eneas, será Cristo: mihi carmen erit Christi uitalia gesta
(I,19). La ritual invocación a las Musas se convierte en una
invocación al Espíritu Santo. Con este propósito aplica el mismo
formulario y los mismos cánones de la Eneida al contenido del
Evangelio en una serie de cuatro libros, integrados por 3,190 hexámetros,
bastante correctos, a veces provistos de rimas. La base estructural
de su poema o Euangeliorum libri IV es el relato de Mateo, según el
texto de la Itala, con algunas inserciones de Lucas y Juan,
raramente de Marcos. Pero el texto sagrado se muestra manipulado con
un criterio incoherente y confuso; el poeta no consigue evitar, a
veces, una seca y demasiado respetuosa literalidad; otras, sin
razones que lo justifiquen, acude a una libertad desenfrenada y a
recursos de gusto discutible.
No son, en el fondo, más claras las
ideas de J. sobre la poesía misma: considera sustancialmente que la
inmortalidad de su poema está garantizada por la misma materia que
canta. Rehúsa, en efecto, los mendacia (embustes) de los poetas
profanos: su poema cantará sólo la verdad; se mantendrá fiel a la
palabra divina; temerá ofender a Dios si altera el contenido de los
libros santos. Al aplicar con rigor tal principio, parece que toda
proyección poética se hace imposible. El poeta pretende superar el
obstáculo sirviéndose ampliamente, al mismo tiempo, en su exposición
de los ornamenta... terrestria linguae (IV,805). No se trata
propiamente de una contradicción interna, sino de un gusto específico
de su época, viciado, desde el punto de vista cristiano y pagano,
por el resurgimiento de las escuelas de los gramáticos y rétores.
Por ello las palabras, la verdad, del Evangelio
La epopeya cristiana se enfrenta así
desde sus comienzos con una seria desventaja. Se advierte al punto
el áspero contraste entre la limpia esencia de las acciones y
palabras divinas y el inútil alarde de las galas retóricas tomadas
en préstamo de la tradición épica. No es posible dejar de
preferir hoy la desnuda y poética sencillez del evangelista inculto
al énfasis solemne y a menudo vacío de un presunto poeta como J. y
de cuantos, en aquellos tiempos, continuaron su línea en un apostólico
afán de versificar, para el lector culto, el Nuevo o el Antiguo
Testamento. Pese a todo, J. es el fundador de una tradición; su
iniciativa fue suficiente para asegurarle el respeto de sus
sucesores cristianos, que imitaron a menudo sus adaptaciones. Su
gloria se mantuvo a lo largo de la Edad Media, pero no logró apenas
rebasarla.
MIGUEL
DOLO.
Editorial
Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
Juvenco y la Exégesis:
http://www.anmal.uma.es/anmal/numero6/Otero.htm
(Indice)
Prudencio
(siglo V)
"Poeta lírico el más
inspirado que vió el mundo latino después de Horacio y antes de
Dante".(Villemain)."A
veces emula a Lucrecio" (Ozanam). "Tenía cosas
iguales a los antiguos y algunas también en que los vencía" (Vives).
Llamado el "Horacio cristiano" por los sabios del
Renacimiento. Escribió maravillosos himnos en que celebró los
triunfos de confesores y de mártires a la manera que Píndaro había
ensalzado a los triunfadores en el estadio y en la cuadriga. Entre
sus poemas están la Psychomaquia, que aparte de su interés
filosófico, coloca a Prudencio entre los padres del arte alegórico;
la Apoteosis y la Hamartigenia que son formales
refutaciones de sistemas heréticos.
Su figura entra en la escena histórica como la de un kulturkampfer:
un campeón de la civilización, que lucha con todas las armas que
la vieja cultura le ha transmitido, tratando de renovarla con el espíritu
del cristianismo. (Gustav Schmürer) Plinio en su Historia Natural
había juntado Italia y España como las dos porciones más ricas
del mundo en cosas y hombres. Prudencio en su Historia martirial,
que son los himnos de su Peristéfanon, junta también como únicos
estos nuevos hombres, los mártires romanos y los hispanos. Pero el
poeta, cuando ora ante el sepulcro de Santa Inés en Roma, se siente
allí adventicio, se llama extranjero en la urbe, mientras por el
contrario, espresa su provincialismo hispano al agrupar en un canto
triunfal tantos soldados de Cristo sepultados en Córdoba, Compluto,
o Emérita, exclamando con particular afecto, 'nuestros son',
nuestros los de la Hispania del rio Ibero, los de Calahorra o
Tarraco, y aún concentra su mayor entusiasmo en los de Cesaraugusta,
cuna del poeta, 'honra suya (decus nostrum)', la ciudad que en
multitud de mártires ofrendados a Cristo, no admite comparación
sino con la misma Roma, o con Cartago la populosa. Ya en este antiquísimo
brote de características constantes que encontramos a cada paso, la
ciudad regada por el Ebro Vascón, la de los innumerables mártires,
es la obstinada en su sacrificio, la 'ciudad sangrienta' de los
sitios napoleónicos. La era de los mártires por la que acababa de
pasar el mundo cristiano necesitó de España para hallar un poeta
de audacia innovadora que no dudase abrir las clásicas formas de la
poética no sólo a la nueva mente cristiana, que esto ya lo habían
hecho Juvenco y Ambrosio, sino a todas las estridencias del combate
entre dos concepciones del mundo, entre dos violencias: El furor
truculento del prefecto imperial frente a la arrebatada exaltación
del acusado; poesía que acierta a no excluir las complejas
discordancias vitales, acogidas también siglos después por nuestro
teatro: El humorismo atroz de Lorenzo en el suplicio, junto a la
plegaria de histórica sublimidad; el infantil descomedimiento de
Eulalia, mezclado al fuerte y magnífico heroísmo, como la
restallante llama concurre con la lenta nieve para velar los
miembros de la atormentada virgen emeritense; en todo muestra
Prudencio una fantasía vigorosa, pero sobria, que no quiere dejar
demasiado atrás la realidad de las cosas: muy respetuosa
idealizadora de la verdad histórica, como después será el arte
del juglar del Cid, el del cantor de San Millán, y el de sus
continuadores. Así colocó Prudencio en los cimientos de la nueva
poesía cristiana, como piedra fundamental, características muy
peculiares hispanas, disonantes a veces para la psicología de otros
pueblos y a veces embarazo de timoratos comentadores; ellas, al
servicio del esmerado arte de Prudencio, rodean la figura de tantos
mártires hispanos y romanos con el nimbo de celestial hermosura que
les consagró a la admiración de naciones y de siglos; la Galia, la
Bretaña, la Germania antiguas hicieron en sus escuelas un puesto al
poeta ibero, al lado de Horacio y de Virgilio, y en época moderna
se reitera la comparación con Horacio, pese a la enorme diferencia
entre el siglo de Augusto y el de Teodosio. Teodosio el emperador y
Prudencio el poeta son las figuras representativas de las
generaciones que a fines del siglo IV elaboran en el imperio recién
cristianizado las nuevas formas de política, de fe y de arte que se
necesitaban en lo futuro. España aprendió de Roma ideas de
universalidad, las hizo suyas, y afirmándolas en este momento último
de plenitud que, por obra del mismo Teodosio disfrutó el orbe
romano, toma en la historia imperial una posición análoga a la que
en otro momento de exaltación de la vida propia adopta en la
historia europea del siglo XVI
(Indice)
Orosio,
Pablo (Siglo V)
Historiador eclesiástico, nacido probablemente en
Braga, Hispanaia. Visitó a San Agustín en 415 y fue a estudiar con
San Jerónimo en Jerusalén. Fue el autor de la primera Historia
Cristiana del Mundo "Historiarum adversus Paganos", que va
desde la creación del mundo hasta el año 417. Esta obra fue muy
apreciada durante la Edad Media. Fue traducida al Anglosajón por el
rey Alfredo.
Orosio declara que no puede considerar la urbe sino el orbe, y
entonces las victorias de Roma representan más daños que provechos
para el mundo, por lo cual el historiador tiene que execrar la
felicidad de una ciudad lograda mediante la desdicha del orbe entero.
Con esto la simpatía del autor se va hacia Cartago abrasada, hacia
España ensangrentada durante doscientos años, hacia tantos reyes
desposeídos y encadenados. "A nuestros abuelos, dice, no
fueron menos tolerables los enemigos romanos que a nosotros los
godos", palabras en que las naciones conquistadas por Roma
empiezan a cobrar su antigua y suprimida individualidad. Y por más
que Orosio proclama que toda tierra es patria para él, pues su
verdadera patria no está en este mundo, siente una particular
afección a su tierra natal en oposición a Roma, y relata con
satisfacción las victorias de los hispanos contra tantos pretors,
legados, cónsules y legiones; destaca el terror inspirado por la
guerra peninsular, cuando el soldado romano se creía vencido a la
sola vista del hispano; realza otra vez aquel 'ingente miedo a los
celtíberos' que se había apoderado de todos los romanos; delata la
perfidia del pretor Galba con los lusitanos, causa de escándalo y
alboroto en toda España, y el heroísmo y dolor de la guerra de
Numancia agitan su ánimo en un conmovido apóstrofe a los romanos,
que a pesar de arrogarse tantas virtudes, tienen que aprender de los
numantinos fortaleza increíble en el combatir y el vencer:
fidelidad en contentarse, vencedores, con un pacto, creyendo tan
nobles como ellos a los vencidos; justicia magnánima en observar
los tratados; misericordia en dejar con vida un ejército que podrían
acuchillar, y el no vengar sobre el maniatado cónsul Mancino la fe
violada por el Senado. La obra de Orosio, guía histórica por
muchos siglos en todos los pueblos, traducida al anglosajón por
Alfredo el Grande, como obra capital para la cultura de su país;
enviada por el emperador de Constantinopla a Abderramán III de Córdoba
para ser traducida al árabe; considerada por Dante como altísima
prosa junto a la de Livio; una obra tan universal en su influjo, es,
a la vez que Historia Universal, un germen de Historia de España,
cuando España iba a dejar de ser provincia romana. Es el único
libro donde podemos ver cómo pensaban los hombres de la generación
de Honorio que iban más adelante en la creación de las naciones
futuras. (Men. Pidal) Su patria gallega está confirmada por una
carta de San Braulio a San Fructuoso de Braga...De Africa pasó
Orosio a Tierra Santa para consultar a San Jerónimo sobre el origen
del alma racional. Devorábale el anhelo de saber y no le arredraban
largos y trabajosos viajes para satisfacerle. Allí habitó en la
gruta de Belén, a los pies de San Jerónimo, como él mismo dice. Y
aunque ignorado, extranjero y pobre, tuvo parte en el concilio
reunido en Santa Hierosolyma contra los errores de Pelagio. (Men. y
Pelayo)
(Indice)
I Concilio de Toledo condena el Priscilianismo

- Actas del I Concilio de Toledo:
- Priscilianismo:
- El Concilio de Nicea:
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