Índice general de Hispánica

Conde-Duque de Olivares, por Velázquez

 

La herencia que le vino a España a través de Carlos V fue causa de muchas glorias militares, pero también de un desgaste físico y económico gigantescos. La defensa de los territorios así heredados, tanto en Flandes como en Alemania, hubiera carecido de sentido en otra época o en otro lugar. No en la Europa del siglo XVI y no en la mentalidad religiosa del Gobierno y del pueblo español. En el ambiente de la Reforma y la Contrareforma, los intereses públicos dejaron de ser exclusivamente políticos y se revistieron del manto de la Religión. Las guerras, unas civiles, otras internacionales, eran motivadas en gran parte por las ideas religiosas. Muchos, naturalmente, se aprovecharon de esas ideas para conseguir sus fines. Francisco I y otros Reyes de Francia, por ejemplo, no vacilaron en aliarse con el turco en detrimento de la Cristiandad. En Inglaterra, Enrique VIII, bajo el pretexto de sentimientos religiosos, origiba el cisma que aún hoy perdura. Esos sentimientos religiosos no le impidieron ejecutar a tres de sus seis esposas, además de otras notables personalidades, como Tomás Moro. Los príncipes alemanes vieron en la rebeldía de Lutero no un ideal de reforma, sino una oportunidad para enriquecerse a costa de las propiedades de las iglesias, que con frecuencia fueron destruídas. Por ejemplo, en 1566 en los Países Bajos en un ambiente de anarquía general, más de 400 iglesias y monasterios fueron saqueados o destruídos en un plazo de cuatro días. Frailes y monjas fueron maltratados o asesinados. Sólo se salvó una pequeña parte de los tesoros y bibliotecas medievales. La gran catedral de Amberes, con sus inmensas riquezas artísticas, quedó sólo con las paredes desnudas, el tejado y las columnas. Hasta los mismos muertos fueron desenterrados y robados. Acontecimientos semejantes tuvieron lugar a través de Europa una y otra vez. Frente a la anarquía general, el Emperador Carlos V y sus ejércitos españoles, y más tarde su hijo Felipe II, lucharon en todos los campos de Europa con la idea y el fin de proteger la Religión. Esto no quiere decir que estuvieran enteramente libres de ambiciones políticas; pero éstas eran subordinadas a la misión que profundamente creían la Divina Providencia les había encomendado. Lo mismo se puede decir de la empresa americana. Naturalmente que el oro, el afán de enriquecerse y el hambre de aventuras, fueron impulsos importantes. Pero la idea motora no cabe duda que fue la evangelización de las tierras descubiertas.

 

Edad de Oro (Siglos XVI-XVII)

La Edad de Oro duró desde la muerte de Jorge Manrique en 1479 hasta la de Calderón en 1681.

“El matrimonio de Fernando con Isabel, completando así la unidad nacional, puso a su disposición uno de los más importantes Estados de Europa. Su victoria sobre los moros, y la conquista del reino de Granada, los matrimonios políticos de sus hijos, los éxitos de sus ejércitos en Italia, sus afortunadas maniobras diplomáticas, y finalmente el descubrimiento de América y la intoxicación de la ulterior conquista, y el enriquecimiento repentino de la nación española, todos estos triunfos dieron a España un prestigio tal como no se había conocido en Europa desde los mejores días del Imperio Romano.” (Louis Bertrand)

“El siglo de Oro de las artes españolas, con ser tan admirable, es sólo un asomo o un anuncio de lo que hubiera podiiido ser si, terminada la Reconquista, hubiéramos concentrado nuestras fuerzas y las hubiéramos aplicado a dar cuerpo a nuestros propios ideales. La energía acumulada en nuestra lucha contra los árabes no era sólo energía guerrera, como muchos creen; era energía espiritual. Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso, lo mismo que la fuerza nacional se transformó en acción, hubiera podido mantenerse encerrada en nuestro territorio, en una vida más íntima, más intensa, y hacer de nuestra nación una Grecia cristiana.” (Angel Ganivet)

“Tal vez el período más español, más castellano de la cultura de España es el último tercio del siglo XVI, en plena Contrareforma, cuando Santa Teresa escribió su Camino de Perfección, el músico Victoria, también de Avila, compusoo su motete Ascendens Christus in altum y Fray Luis de León su breve Oda a la Ascensión; cuando el castellano Juan de la Cruz escribía sus ardientes poesías, y el Greco, nacido en Creta, pero toledano for espacio de cuarenta años, llenaba sus telas con el llamear del espíritu. El genio castellano voló hacia el cielo en un éxtasis místico, expresándose en inmortales obras maestras del arte y la literatura, en las que se vertieron grandes tesoros de vida y energía, de pensamiento y de dolor, de pasión y de fe. En un país de energías menos abundantes, la luz y la llama, tras esfuerzon tan duraderos y tenaces, hubieran podido apagarse definitivamente, expirando con la vida de Felipe II, a finales del siglo XVI. Pero España avanzó hacia nuevos triunfos. Fueron posibles gracias a la unidad que ofrecía la Religión, expresada en la literatura mística del siglo XVI y en los autos sacramentales del XVII, y gracias a un último intento de incorporar el pueblo al Renacimiento expresado en el arte de Ribera y Velázquez, en el teatro de Lope de Vega y Tirso de Molina, y en las novelas de Cervantes.” (Audrey Bell)

En aquel tiempo “el cuádruple furor de la Musas, de Dionisio, de Apolo y de Venus se había apoderado de toda España y había formado un pueblo de espíritus exaltados y románticos” (Karl Vossler)

“Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la Historia humana: El de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el Cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceylán, y las perlas que adornaban la cuna del Sol y el tálamo de la Aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco. Dichosa edad aquella de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía. España, evengelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; es es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra...” (Menéndez y Pelayo)

“La España del Siglo de Oro es aún más grande que sus soberanos. Con todo, son estos muy grandes. La prudencia política de Fernanco, la nobleza de Isabel, la grandeza de alma de Carlos, la abnegación de Felipe para su ideal, la labor enorme y constante de los cuatro al servicio del Estadoo merecen respeto y admiración. Poseen la gloria de haber sido antimaquiavélicos en un tiempo en que imperaba el maquiavelismo. Ellos han sido los primeros soberanos modernos: Gracias a ellos, España, en general tan poco organizada, pudo dar el modelo de la organización del Estado, algo olvidado desde Roma, y desecado entre conceptos de legistas sin escrúpulos, y cuya restauración, aunque con insuficientes medios, habían de comprender aquellos príncipes. Los recursos que el Imperio les procuraba hiciéronles concebir con grandeza: Tuvieron una hacienda, un ejército, una administración, que los demás imitaron poco o mucho, aprovechándose de su experiencia aunque sin dejar de denigrarlos”. (Maurice Legendre)

“El español de la Edad de Oro observa el principio simple y medieval, pero amplísimo, de devoción a Dios, al Rey y a la Patria. La ambición de todos era propagar la fe, engrandecer el Imperio, enriquecerse a sí mismos y enriquecer al Rey”. (Audrey Bell)

Los Reyes Católicos ponen fin a la Edad Media e inauguran la Edad Moderna y el Renacimiento español. Mientras en el resto de Europa reinaba todavía en el siglo XV un sistema político feudal, España es el primer país de Europa que realiza su unidad territorial, inventa la nueva institución del Estado moderno y establece el primer imperio colonial. La historia de España en el siglo XVI es la historia de Europa. Los Reyes Católicos lucharon por la unidad religiosa de España, Carlos V luchó for la unidad religiosa de Europa. Fue una empresa quijotesca, guiada por un idealismo religioso que desangró y empobreció al país. Muchos intelectuales de la época estaban conscientes de la situación, pero no la hubieran cambiado si hubiera dependido de ellos mismos. El español del tiempo se consideraba como un instrumento de Dios, y su lucha era una lucha sagrada por el mantenimiento de una religión amenazada por dentro y por fuera. La economía tomaba segundo lugar. El deber y la gloria prevalecían. Los intereses materiales se entremezclaban con los fines religiosos, pero éstos determinaban el curso de los acontecimientos. Don Quijote, en la búsqueda de un ideal imposible, viviendo en un mundo ya fenecido, refleja la situacíon de la España del siglo XVI.

A pesar del declive del poder español durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, ambos reyes fueron entusiastas protectores de la literatura y de las artes, en las que España definitivamente continuaba siendo la primera potencia del mundo. El teatro español marcó la pauta al resto de Europa, que imitó o copió a Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, y aún a otros de menos talla.

 

 

 

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