Índice general de Hispánica

La Campana de Huesca, de Casado del Alisal.

 

 

 

           



Alfonso III el Magno (838-910)


El reinado de Alfonso III el Magno coincide con el momento de mayor expansión territorial alcanzado por el reino asturiano. Los límites de sus territorios serán el Cantábrico por el norte, el río Duero por el sur, el Atlántico por el oeste y Navarra por el este. Alfonso sucede a su padre Ordoño I cuando contaba con 18 años por lo que pronto aparecerán los levantiscos nobles. El gallego Fruela Vermúdez encabeza una rebelión que será sofocada gracias a los apoyos castellanos con los que contaba Alfonso. También la zona vascona vivirá una revuelta que acabará siendo derrotada. La debilidad de al-Andalus será aprovechada por el rey astur expandiéndose por el norte de Portugal. Oporto será tomada (868) y la zona comprendida entre el Miño y el Duero vivirá un importante proceso repoblador, alcanzando la plaza de Coimbra (878). De esta manera Alfonso podía contener las ansias guerreras de la nobleza gallega. La respuesta del emir cordobés no se hizo esperar y en el año 879 Muhammad I enviaba un potente ejército contra las plazas de León y Astorga. Alfonso saldrá victorioso del encuentro en la batalla de Polvoraria, lo que redundará en sus deseos de expansión. En 881 penetraba en el sur del Tajo y avanzaba en dirección oriental, contando con el apoyo de los Banu Qasi de Tudela y la monarquía navarra, casándose con la princesa Jimena. Un año después el conde Diego Rodríguez fundaba la plaza de Burgos. En 883 las tropas musulmanas eran derrotadas en Pancorbo y Castrojeriz. El emir cordobés firmará un tratado de paz con Alfonso lo que significa que el asturiano ha alcanzado la culminación de su poder. La Meseta Norte se convertirá en su próximo objetivo, llegando hasta el Duero. Zamora, Simancas y Toro serán tomadas entre los años 893 y 900 mientras que por la zona oriental llegará a Osma y San Esteban de Gormaz (Soria). La repoblación de estos territorios se hará con colonos procedentes del norte -cántabros, vascones o gallegos- y mozárabes llegados de al-Andalus. La expansión del reino de Alfonso, el control sobre la nobleza y su posición dominante ante los reyes de Navarra motivarán que en algunos textos aparezca el título de "Imperator" para referirse a Alfonso, aprovechando la idea de continuidad y herencia visigoda que existía en el reino astur. Se redactarán un buen número de crónicas que exaltan la supremacía asturiana. Curiosamente los últimos años de Alfonso III están teñidos de cierta oscuridad ya que en el año 910 parece que el rey es apresado debido al triunfo de una rebelión nobiliaria encabezada por su propio hijo García y el conde castellano Munio Núñez. La inminente división del reino en cuatro espacios -Galicia, Asturias León y Castilla- será la consecuencia de la revuelta y de la muerte de Alfonso III. Podemos afirmar que la supremacía del reino de Asturias sobre los demás reinos cristianos de la península ha finalizado. En adelante, sus sucesores se titularán reyes de León.

(http://www.artehistoria.com/historia/personajes/4866.htm)


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Fernán González (murió en 970)


Primer conde independiente de Castilla (930-970). Personaje teñido de tintes legendarios, poco se sabe de su origen, salvo que era miembro de la influyente familia de los Lara. Con el tiempo, Fernán González se convirtió en uno de los nobles más poderosos del reino leonés, y reunió en sus manos importantes territorios en la parte oriental del reino de Ramiro II.

Fernán González tuvo un papel destacado en la batalla de Simancas (939), y a continuación conquistó Sepúlveda y la repobló. Viendo su poder acrecentado, empezó a actuar de manera cada vez más independiente de su señor, y, siguiendo esta política, se casó con Sancha, hermana del rey de Navarra García Sánchez I.

Ante esto, Ramiro II le hizo encarcelar en el 944, y lo mantuvo retenido durante tres años, hasta que Fernán González se avino a renovarle su juramento de fidelidad.

Muerto Ramiro II en el 951, el reino de León quedó sumido en una crisis dinástica que Fernán González supo aprovechar en su favor. Inicialmente apoyó las reclamaciones de Sancho contra su hermano Ordoño III, pero al no prosperar su causa se vio obligado a reconocer a Ordoño como rey.

La temprana muerte de éste permitió al castellano recuperar su capacidad de maniobra, aunque en esta ocasión no apoyó las pretensiones de su antiguo aliado, el rey Sancho, si no que se alineó con el hijo de Ordoño III, Ordoño IV. Derrotado por la intervención navarra, en el 960, fue capturado por García Sánchez, pero recuperó la libertad tras hacer diversas concesiones territoriales.

Con el reino de León debilitado y en una situación de desorden, Fernan Gonzalez fue asegurando lentamente su posición como señor hereditario del condado independiente de Castilla. Al morir dejó el trono a su hijo García Fernández.

(http://www.terra.es/personal8/biografia/fernan.htm)

Ver también:

Raíces medievales del nacional catolicismo:
Poema de Fernán González:

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El Cid (circa 1040-99)


Militar español (castellano). Nacido en el seno de una pequeña familia de la nobleza castellana, es uno de los mitos más sobresalientes de la cultura hispana. El término 'Cid' deriva de la transcripción del árabe sayyid, que significa amo o señor. Al servicio de Sancho II (1065-1072) desempeñó un papel fundamental. El Cid, conocido también con el sobrenombre de Campeador, contribuyó a resolver el litigio fronterizo con Navarra al vencer en un duelo judicial a Jimeno Garcés. Contra Alfonso VI de León participó en diversas batallas y en el asedio de Zamora, donde murió asesinado su señor. Tras la muerte de Sancho II, la Corona de Castilla pasó al monarca leonés Alfonso VI, sobre quien recaía la sospecha de haber participado en el asesinato del rey Sancho. Por ello, Alfonso VI fue obligado a prestar un juramento expurgatorio en Santa Gadea de Burgos delante del Cid.

En 1074 se casó Díaz de Vivar con Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo. Al servicio del nuevo rey Alfonso, el Cid fue comisionado para cobrar las parias de Sevilla, labor que ejerció enfrentándose incluso al conde de Nájera, García Ordóñez. Agradecido por ello, al-Mut'amid de Sevilla pagó las parias debidas y añadió una cantidad para entregar a Rodrigo como premio personal a su actuación. Este hecho, unido al prestigio militar del Cid, causó la primera ruptura entre éste y su rey.

Convertido en un desterrado, Rodrigo entró al servicio de Yusuf al-Mu'tamin de Zaragoza y derrotó al aragonés Sancho Ramírez. La invasión almorávide y la derrota de Alfonso VI en Sagrajas (1086) propiciaron un nuevo acercamiento entre rey y vasallo, a quien se le encargó la defensa de la zona levantina. Sin embargo, en el sitio de Aledo (1089-1092) el Cid acudió con demora a ayudar a las tropas reales, lo que provocó su segundo extrañamiento del monarca. Asentado en el Levante peninsular, Rodrigo intervino en Valencia en nombre propio, esforzándose por construir un señorío personal. El Cid fue derrotando a sus competidores en esta zona, e incluso apresó al conde de Barcelona, Berenguer Ramón II (1090). Una nueva presión de los almorávides propició otro acercamiento del rey Alfonso VI, cuyos ejércitos fueron derrotados en la batalla de Consuegra (1097), donde murió el único hijo varón del Cid, Diego Díaz.

En Valencia, la presión norteafricana favoreció una revuelta dentro de la ciudad. Los sublevados entregaron el poder al cadí ibn Yahhaf, que se avino a un compromiso con los almorávides a cambio de la ayuda de éstos para luchar contra Rodrigo. Las huestes del Cid, sin embargo, derrotaron a sucesivas expediciones almorávides. Dentro de la ciudad una nueva revuelta dio el poder a ibn Wayib, quien dirigió la última resistencia de Valencia, que finalmente capituló en 1094. Poco después de la entrada del Cid en la ciudad, el cadí ibn Yahhaf fue quemado vivo en la plaza pública y la mezquita fue convertida en catedral. Establecido ya firmemente en Valencia, Rodrigo se alió con Pedro I de Aragón y con Ramón Berenguer III de Barcelona con el propósito de frenar conjuntamente el empuje almorávide. Las alianzas militares se reforzaron además con vínculos matrimoniales. La hija del Cid, María (doña Sol en el poema), se casó con el conde de Barcelona y su otra hija Cristina (Elvira) con el infante Ramiro de Navarra. Tras la muerte del Cid, sin un heredero masculino que hiciera posible su legado, Alfonso VI tuvo que evacuar en 1102 la ciudad de Valencia.

La figura del Cid y sus hazañas merecieron el honor de protagonizar el primer cantar de gesta de la literatura castellana, el Cantar de mío Cid. Que dios vendiga a nuestro gran heroe.

(http://www.edadantigua.com/espana/El_Cid.htm)

Ver también:

Mío Cid:
Un héroe de carne y hueso:
El Cid:
¿Héroe o mercenario?
Cantar de Mío Cid:

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Alfonso VI de Castilla y León (1040-1109)


Nieto de Sancho de Navarra, heredó de su padre Fernando I el trono leonés en 1065 y de su hermano Sancho el castellano en 1072. En un principio, de afrontar luchas intestinas por el mantenimiento del trono, pues le es disputado por su hermano mayor Sancho II de Castilla, quien logra derrotarle en las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072). Como consecuencia de ello, Alfonso es encarcelado en Burgos y posteriormente desterrado a la ciudad musulmana de Toledo. El asesinato de Sancho, posiblemente por encargo de Alfonso, en la ciudad de Zamora le convierte de nuevo en rey de León y le permite reclamar el trono castellano como heredero, con el apodo incondicional de su hermana Urraca. La relación entre ambos hermanos nunca ha sido debidamente aclarada, promoviéndose los rumores ya en la época de un posible incesto. Resuelta la posible competencia de García, su hermano pequeño, mediante el su puesta en prisión, durante su mandato Alfonso VI se dedicó a consolidar los territorios heredados y a extender las fronteras a costa de los musulmanes. Así, el primer objetivo fue la conquista del reino de Toledo, lo que se consiguió en 1085. De esta manera lograba controlar los pasos serranos principales del sistema montañoso Central y las guarniciones que los custodiaban, extendiendo su dominio y área de influencia sobre los reinos taifas limítrofes. El hostigamiento sobre el reino de Murcia organizado por García Jiménez desde el castillo de Aledo y el excesivo tributo, exigido con dureza a los señores musulmanes, obliga a estos a solicitar ayuda de los imperios africanos, lo que significa el principio de la intervención almorávide en la Península. El desembarco de tropas culmina con la derrota de los ejércitos de Alfonso en la batalla de Sagrajas (1086) a manos de los almorávides de Yusuf, lo que significa un fuerte retroceso en las aspiraciones cristianas. La derrota orienta un cambio de política de Alfonso hacia los reyes taifas, mostrándose más conciliador y tolerante hacia el Islam y retomando el título con que se autoproclamó antes de la caída de Toledo de "Emperador de las dos religiones". Sin embargo, los almorávides han descubierto la debilidad del poder cristiano y la posibilidad de establecerse definitivamente en territorio peninsular. Así, desembarcan otra vez en 1088 y asedian Aledo, siendo ahora derrotados. Un tercer intento en 1091 culmina con la ocupación de los reinos taifas y con el asentamiento definitivo del poder almorávide. Se inicia así una etapa expansiva que pasa por las batallas de Consuegra (1097) y Uclés (1108), que significan grandes pérdidas para Alfonso VI, tanto territoriales (Uclés, Ocaña, Cuenca, Huete), como humanas (el infante Sancho, heredero al trono, el conde García Ordóñez). Las únicas victorias cristianas no logran parar el empuje musulmán, a pesar de la defensa de Toledo en 1090 y las expediciones del Cid (Valencia, 1094). Durante su mandato, además, se produjo una profunda reestructuración interna del reino, que se plasmó en el terreno político en los fueros de Burgos (1073), Sepúlveda (1076) o Logroño (1095) y, en el ámbito religioso-administrativo, en la reasignación de sedes episcopales a Ávila (1087), Salamanca (1102) y Burgos (1075). Además, debido a la influencia de sus esposa francesas, continuó la política de asimilación de las ideas europeas emprendida por Sancho III, promoviendo la integración de los monasterios en la reforma cluniacense, nombrando obispos franceses para las sedes eclesiásticas principales y fomentando la peregrinación a Santiago de Compostela, en cuyos principales puntos del camino surgieron barrios franceses. Además, se produjeron profundos cambios en el terreno de la liturgia, al sustituirse el rito mozárabe o visigodo local por el romano, imperante en el resto de Europa, a pesar de la oposición popular. Sustituyó también la escritura visigótica por la carolina. El 30 de junio de 1109 muere Alfonso VI y se plantea entonces un fuerte problema sucesorio, tras la muerte de su hijo Sancho en la batalla de Uclés. A los graves problemas fronterizos se suma ahora una guerra civil, que se resolverá en favor de su yerno Alfonso I de Aragón.

(http://www.artehistoria.com/historia/personajes/5076.htm)

 

El monarca de la mano horadada:
Del sitio de Aledo a la batalla de Consuegra:
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Diego Gelmírez (1059-1139)


La larga vida del primer arzobispo compostelano (n. posiblemente en Santiago de Compostela ca. 1059 y m. ca. 1139) estuvo dedicada (con tesón ambicioso, inteligente y falto de escrúpulos) al servicio apasionado de una causa: la exaltación de la sede de Santiago.
     
      Alfonso VI (v.) exoneró de su sede, en 1087 ó 1088, a Diego Peláez, obispo compostelano, y el Concilio de León (1090) confirmó su decisión, aunque conservándole en su dignidad episcopal. También en 1090 murió Don García, ex rey de Galicia, prisionero hasta entonces de su hermano, quien nombró condes de Galicia a la infanta Urraca (v.) y a su esposo Raimundo de Borgoña (v. GALICIA, REINO DE). Con ellos entra en el país la nueva política leonesa, europeísta y abierta a la influencia religiosa de Cluny (v.); a la sombra del borgoñón crece la buena fortuna del joven clérigo G. hijo del conde Gelmírez y educado en el palacio de Alfonso VI, al lado de Doña Urraca. El conde lo pone en 1092 al frente de su escribanía y le nombra administrador de la sede compostelana hasta la llegada del nuevo obispo, el cluniacense Dalmacio, quien varió mucho la actitud de Compostela hacia Roma, hasta entonces bastante recelosa, y logró en el Conc. de Clermont-Ferrand de 1095 que Compostela sucediera en todos sus derechos a la antigua sede de Iria y fuese directamente sufragánea de Roma, con lo que se libraba de depender de la restaurada diócesis de Braga (v.). La muerte de Dalmacio llevó de nuevo a G. al cargo de adruinistrador de la sede, en el que demostró eficacia excepcional. Cuando Pascual 11 (v.) inicia su pontificado en 1099 y decide nombrar nuevo obispo, G. sabe llegada su hora. Desconfiando de terceros, viaja a Roma, logra el apoyo del papa (que le ordena de subdiácono) y, a su regreso, es elegido obispo por el clero de la diócesis (21 abr. 1100) y consagrado en su misma iglesia en abr. 1101.
     
      G. dio gigantesco impulso a su diócesis mediante una política de aproximación a Roma y a los cluniacenses, tachada anacrónicamente de «galicanismo», cuando era medida hábil de supervivencia y desarrollo. La masa creciente de peregrinos y el influjo del conde Raimundo le favorecían; siempre cuidó, además, de apoyar sus peticiones a la Santa Sede en un previo contentamiento que mostrara su reverencia (regalos copiosos que llamaba benedictiones; nombramientos honorarios, aunque con efecto económico, de cardenales influyentes como canónigos). Sus objetivos eran dos: romper toda dependencia respecto al arzobispo de Braga y atacar la primacía de Toledo, cuya sede ocupaba el cluniacense Don Bernardo. Dos bulas de Pascual lI (31 die. 1101 y 1 mayo 1102) confirmaron la dependencia directa de Santiago respecto a Roma y su carácter de sucesora de la antigua sede de Iria, la capacidad para exigir el tributo llamado «voto de Santiago» desde el Pisuerga al océano y la plena jurisdicción civil y eclesiástica de G. respecto a las iglesias «propias» situadas fuera de su diócesis. Su inmediato viaje a las que poseía en la de Braga para ejercer este derecho tuvo caracteres hirientes; a su regreso trasladó fraudulentamente las reliquias de S. Fructuoso (v.) a su catedral. La disputa que tuvo lugar con la sede de Mondoñedo sobre ciertos arciprestazgos se debió también a la activa expansión compostelana.
     
      Por entonces inició G. profundas reformas eclesiásticas: estimuló la construcción de la nueva basílica románica, ya ideada por Peláez, amplió la escuela catedralicia y reedificó muchas iglesias, aumentó el nivel cultural y social de su clero. Los canónigos llegaron a ser 72, de los que siete eran presbíteros o «cardenales» llamados así al menos desde 1101 por concesión muy especial de Roma, ya lograda por algunas sedes (Magdeburgo, Tréveris, Aquisgrán, Besancon, Colonia). G. trabajó con ardor por su elevación al rango de arzobispo: en 1104 viajó a Roma y obtuvo el privilegio personal de usar palio, pero fue años después, en 1120, cuando Calixto II (v.), hermano del ya fallecido conde Raimundo y gran animador de la peregrinación, concede a Compostela la dignidad arzobispal de la antigua sede de Mérida (bula 27 feb. 1120). Más aún: nombra a G. legado pontificio sobre las «provincias» eclesiásticas de Mérida y Braga. Llegaba la hora de combatir la primacía toledana, pero la muerte de Calixto II en 1124 truncó este proyecto. El excesivo crecimiento de Santiago despertaba suspicacias y Honorio II se resiste en 1128 a conceder de nuevo la legación solicitada; pero G. había conseguido ya mejoras que situaban a Santiago entre las primeras sedes de la península. Aquel año, Alfonso VII (v.) hizo renuncia de toda intervención regia en futuras designaciones de prelados compostelanos. Este auge prodigioso tuvo bases temporales que la época reclamaba; en aquellas décadas el reino estaba invadido por usos feudales, adoptados por G. con criterios y modos de gran señor. Fomentó la afluencia de peregrinos, fuente de prestigio y de riqueza, al construir hospedajes y facilitar el tránsito por el «camino francés». Bajo su mando las «temporalidades» de la sede aumentaron gracias a numerosas mercedes hasta transformarse en gran señorío cuyo dueño actuaba como precursor de la marina peninsular e instalaba nuestra primera cancillería; en 1128, cuando Alfonso VII creó la suya, nombró a G. canciller, vinculando el cargo a los prelados compostelanos.
     
      Las mercedes eran, unas, de orden jurisdiccional, como las concedidas por el conde Raimundo en 1094 y 1105, al regular la situación de los burgueses de Santiago, pero otras llevaban consigo nuevos lugares o rentas. Así las dadas por el mismo conde en 1107, poco antes de morir, las logradas en 1128 de D. Pedro Froilaz, conde de Traba, también en su última hora y tras largos años de disputas causadas por la vecindad de sus intereses señoriales o, sobre todo, el codiciado permiso para acuñar moneda, arrancado a Alfonso VI en 1109, poco después de la derrota de Uclés, tras años de insistencia; la merced redondeó los poderes del obispo, uno de los pocos magnates en quien los monarcas renunciaron aquella regalía.
     
      El señorío, «honor» o «tierra» de Santiago gozó fama de inmensa riqueza entre sus contemporáneos. La población rural era «ingenua» pero, sometida al «patrociniutn» del obispo, continuaba tan adscrita a la tierra como si fuese sierva. El caso del naciente y próspero «burgo» compostelado era diferente y G. reconoció su carácter especial eximiéndolo de las ordenanzas jurídicas que dio en 1113 y 1125, pues lo componía una población de mercaderes y artesanos llegada en busca de mejores provechos y en contacto inmediato con influencias traspirenaicas. Los «burgueses» eran gobernados, muy a su pesar, por un villicus civitatis nombrado por el obispo. La rebelión de 1116 y 1117 se encuadra, así, dentro de un hecho medieval europeo: el esfuerzo violento de las burguesías ciudadanas para alcanzar su autonomía político-administrativa, aprovechando, aquí, una fase del agitado reinado de Urraca I (1110-1124) durante la cual G., temeroso de ser privado de su señorío por la reina, reconoció a su hijo Alfonso (luego Alfonso VII), alzado rey de Galicia en 1110 por su ayo el conde de Traba. Los burgueses se unieron a parte del clero formando una «hermandad» juramentada cuyo triunfo fue completo, aunque pasajero. Cuando G. reconcilió a madre e hijo en 1117, se deshizo de los sediciosos y alcanzó la cúspide de su influencia política basado en aquel papel de mediador y en el nombramiento arzobispal de 1120. El afianzamiento de Alfonso VII desde 1124 termina con esta faceta de su actividad. La última década de su vida, anciano y con mala salud, transcurre en el marco de su sede, a la que había engrandecido como nadie aprovechando con fuerza todas las coyunturas. La rebelión comunal de 1136 le recordaría dolorosamente, en el ocaso de su vida, otras fechas más duras, pero también más brillantes, en su carrera de eclesiástico, señor y político. M. en Santiago en 1139.

M. A. LADERO QUESADA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


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Alfonso VII el Emperador (1105-1157)


Rey de Castilla y León. En 1133 aseguró la frontera de Aragón tras sofocar las sublevaciones de la nobleza, y emprendió una campaña contra los musulmanes llegando hasta Jerez y saqueando las campiñas de Córdoba y Sevilla. Conquistó Zaragoza, y consiguió que los reyes de Aragón, Navarra y los condes de Cataluña, Gascuña y Provenza se reconocieran vasallos, lo que culminó en su coronación como Emperador en la catedral de León en 1135. A partir de este momento se dedicó a mantener la superioridad de León sobre los demás reinos cristianos y a la continuación de la Reconquista. Inició varias campañas, una en 1133 y otra en 1138 tomando las guarniciones almorávides de la ribera del Tajo. En 1146 sus tropas entraron en Córdoba, pero la llegada de los Almohades le obligó a cambiar de táctica. Los últimos diez años de su vida los dedicó a preparar la conquista de Sevilla y Almería. Conquistó Baeza, Calatrava, y Almería en 1147. Vélez en 1149. En 1150 atacó Córdoba . En 1151 puso sitio a Jaén y Guadix. En 1155 tomó Andújar y Pedroche. En 1157 los Almohades sitiaron Almería. Alfonso acudió en su ayuda, pero no llegó a tiempo. Murió al regreso de esta campaña. (Biografías Universales)
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Alfonso I el Batallador (1073-1134)


Rey de Aragón (1104-1134) Fue el personaje más importante de la Reconquista aragonesa, consciente del carácter de cruzada que esta lucha tenía. Su matrimonio con la reina Urraca fue una fuente constante de problemas, llevando incluso a los obispos reunidos en Sahagún a amenazarles con la excomunión si no se separaban, debido al parentesco entre los cónyuges. Durante su reinado tuvo lugar una revolución social que se extendió desde Navarra hasta Santiago de Compostela. Los burgueses rústicos y el bajo clero le consideraron su defensor, mientras la nobleza y el alto clero se vieron apoyados por la reina Urraca. Finalmente, y con la autorización del Papa, el matrimonio fue anulado en 1110. Libre de los problemas de su matrimonio, pudo dedicarse por completo a la guerra. El concilio de Toulouse en 1118 concedió beneficios de cruzada a quienes participaran en la conquista de Zaragoza. Los defensores de la ciudad prometieron rendirse si no obtenían refuerzos en una plazo razonable. Los Almorávides finalmente se retiraron, y Alfonso entró en Zaragoza. Conquisto asimismo Tudela y Tarazona. Durante el sitio de Calatayud le llegaron noticias de que un ejército Almorávide se dirigía a Zaragoza desde Levante. Les salió al encuentro y les derrotó contundamente en Cutanda. Su labor repobladora fue intensa y la practió en todos sus territorios. Entre 1104 y 1134 repobló la región soriana llevando gentes de toda la Península. Se apoderó de Molina de Aragón en 1128 , y en 1129 puso sitio a Valencia y Tortosa, que le facilitarían sus intenciones de llegar a Tierra Santa. Fue el fundador de la primera Orden Militar en Monreal del Campo. En 1134 su labor reconquistadora fue detenida con la derrota infligida por los Almorávides en Fraga. A su muerte, sin hijos, dejó el reino a las Ordenes Militares del Santo Sepulcro, los Templarios y los Hospitalarios. El pánico cundió por el país, con la incertidumbre de la sucesión y la amenaza Almorávide. Finalmente, las dos partes del reino se separaron, con los aragones eligiendo al hermano del rey que era monje benedictino, y que reinó con el nombre de Ramiro II el Monje, y los navarros eligieron a García Ramírez el Restaurador. (Biografías Universales)
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Jiménez de Rada, Rodrigo (1170-1247)


Personalidad múltiple y representativa del apogeo medieval, como prelado, hombre público e historiador. Se conocen mal el lugar (¿castillo de Rada?, ¿Puente la Reina?) y la fecha (1170/1180) de su n. en Navarra. De claro linaje, estudia Derecho en Bolonia, Teología y Artes en París, familiarizándose con las lenguas vivas y clásicas. Mediador (1206) entre los reyes de León, Castilla y Navarra, consejero de Alfonso VIII, es nombrado obispo electo de Osma (1208) y confirmado ese mismo año arzobispo de Toledo, cuya catedral erige. Ante el peligro almohade, exhorta a una acción europea contra el Islam de al-Andalus, sin éxito en la corte de Felipe Augusto, pero con cierta fortuna en el Mediodía de Francia. Contribuye decisivamente a la Cruzada de las Navas de Tolosa (1212), equipando con armas y caballos a los ultramontanos, poniendo en sus feudales huestes y elevando la moral. Dice la Primera Crónica General que el dinámico arzobispo «era y en todos estos fechos», solícito con los príncipes, «auiuandolos et esfor~andoles a la batalla». Más tarde relataría la victoriosa jornada, que sol¡ hispani afrontaron.
      En el IV Conc. de Letrán (1215) rechaza las pretensiones hegemónicas de la Sede compostelana frente a la de Toledo; vuelve a Roma (1217) y, como legado pontificio en España, trata de impulsar la Cruzada; asesora a Fernando III y organiza el Adelantamiento de Cazorla. Por su litigio con el episcopado catalán en torno a los derechos sobre Valencia, es excomulgado (sínodo de Tarragona, 1241); pero Gregorio IX anula tal pena. Durante esos años, el celo cultural de D. Rodrigo se manifiesta diversamente y promueve la creación de los Estudios Generales de Palencia. Posiblemente asiste al Conc. de Lyon (1245) y muere en circunstancias desconocidas en o a orillas del Ródano el 10 jun. 1247. Sus restos fueron trasladados al monasterio cisterciense de Santa María de Huerta (Soria), donde un lacónico epitafio reza: Mater Navarra, nutrix Castella, Toletum / Sedes, Parisium studium, mors Rhodanus, Horta / Mausoleum, coelum requies, nomen Rodericus.
      Su magna obra, compuesta por encargo de Fernando III, De rebus Hispaniae o Historia Gothica (conocida también por Crónica del Toledano), abarca en nueve libros la trayectoria peninsular desde los orígenes jaféticos hasta 1243. Complementada por otras exposiciones (historia romana, de los ostrogodos, hunos, vándalos, suevos, alanos, etc.) y, en especial, por una interesante Historia Arabum, contiene significativas novedades en orden a la visión del pasado nacional y utiliza extensamente los materiales arábigos que, junto con los hebreos y latinos, le depara el científico medio toledano. Este singular monumento historiográfico se caracteriza, ideológicamente, por su goticismo, en la línea de Jordanes y S. Isidoro (v.), ligado a los altos destinos de León-Castilla, pero con lúcida proyección hacia la España una. Establece las genealogías dinásticas de Navarra, Aragón y Portugal, lo que da a la crónica perspectivas más amplias que las de textos anteriores. Tal rasgo positivo supieron valorarlo Alfonso X el Sabio y su círculo; por ello, según R. Menéndez Pidal, «el Toledano es seguido con más respeto, creído ciegamente mejor, y preferido su testimonio al del Tudense, tantas veces más fiel, sobre todo en la cronología» (v. o. c. en bibl., XXXVII). De ahí también las numerosas versiones en romance (al portugués y catalán) que de la Historia Gothica corrieron. El embrionario sentimiento nacional del s. xiIi tiene, sin duda, en J. de R. su expresión auroral.
      Posee, además, calidades formales, un estilo depurado, clasicista, por la superior educación literaria del autor, muy versado en poetas latinos y franceses. Sin embargo, a pesar de su actitud mesurada, exalta cortesanamente a Alfonso VIII, incurre en credulidad y exageraciones, sobreestima el elemento maravilloso y oscurece algunos capítulos. Aun así, J. de R. conserva sus legítimos títulos como precursor de radicales mutaciones históricas, espejo de una época fecunda y maestro del género narrativo.
     
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Pedro II de Aragón (1177-1213)

Coronado rey en 1196, heredó de su padre Alfonso II derechos sobre los territorios al sur de Francia, anexionando en 1204 el señorío de Montpellier gracias a su matrimonio con María de Montpellier. La propagación de la herejía albigense en el Languedoc fue aprovechada por la monarquía francesa para intervenir y anular la influencia catalano-aragonesa. En 1210 Pedro II intervino también, declarando bajo su protección a los condes y territorios de Tolosa, Foix y Cominges. La derrota posterior en la batalla de Muret frente a los ejércitos de Simón de Montfort, en la que murió el propio monarca, significó el final de la influencia catalano-aragonesa en el sur de Francia. Fue coronado en Roma por Inocencio III, declarándose así vasallo de la Santa Sede. Durante su mandato, se alió con la corona castellana, colaborando en las luchas de ésta con las monarquías de León y Navarra y participando en la batalla de las Navas de Tolosa. Su política intervencionista en cuestiones externas fue muy gravosa para las arcas del reino, por lo que la hacienda pública hubo de verse incrementada con nuevos impuestos como el del monedaje, muy contestado por la nobleza y los representantes de las ciudades.

(www.artehistoria.com)

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Berenguela de Castilla (1180-1246)


Reina de Castilla y León (1197-1246). Hija de Alfonnso VIII de Castilla. Casó con Alfonso IX de León en 1197, pero este matrimonio fue anulado por la Iglesia por razones de parentesco, y se disolvió en 1204. Regresó a Castilla, y durante el corto reinado de su hermano Enrique I tuvo que enfrentarse a una parte de la nobleza, que le disputaba la regencia. Al morir su hermano (1214) y quedar heredera de la corona castellana, abdicó en su hijo Fernando. Continuó interviniendo en la vida política del reino y logró con gran habilidad que a la muerte de Alfonso IX de León las hijas de éste, a pesar del testamento, cedieran el reino leonés a Fernando III, con lo que se consiguió la unión definitiva de León y Castilla.
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Blanca de Castilla (1188-1252)


Al frente de Francia tras la muerte de su marido y durante el cautiverio de su hijo, Blanca de Castilla convirtió su reino de adopción en una gran potencia europea.

La infanta Blanca -la novena de los doce hijo de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra- nació en Palencia a principios de 1188. Por su madre, Blanca era nieta de Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra, y de Leonor de Aquitania -una de las mujeres más deslumbrantes de la Edad Media- esposa que había sido de Luis VII de Francia y de Enrique II de Inglaterra, y progenitora de dos reyes ingleses -Ricardo I Corazón de León y Juan I Sin Tierra-, de una reina de Castilla, Leonor, y de Matilde, duquesa de Sajonia y Baviera, y madre, a su vez, del emperador Otón IV.

Por un tratado entre Felipe II Augusto de Francia y Juan I de Inglaterra, mediante el cual ambos monarcas intentaban reconciliarse, se dispuso que el príncipe heredero de la Corona de Francia, Luis, se casara con una infanta de Castilla. Para mejor cumplir esa misión, en el invierno de 1200, sorprendentemente, Leonor de Aquitania -entonces una anciana de 80 años- llegó a Palencia con el fin de conocer a sus nietas y elegir la que ella considerara más adecuada. La escogida fue Blanca, una niña de 12 años, quien, tras despedirse para siempre de sus padres, los reyes de Castilla, hermanas y hermanos, marchó con su abuela a Francia.

Blanca, que había heredado de sus antepasados un carácter enérgico y autoritario y una gran vocación por la política, fue siempre eficaz consejera de su marido, Cuándo éste murió, el 8 de noviembre de 1226, a los 38 años, Blanca se convirtió en regente del trono de Francia, desde donde hubo de hacer frente a los numerosos problemas del país: la herejía de los albigenses, el acecho de Inglaterra y las presiones de una nobleza fuerte y ambiciosa, que no aceptaba ser gobernada por una mujer y, menos, extranjera.

Setecientos cincuenta años después de la muerte de Blanca de Castilla, Mariano González-Arnao Conde-Luque, historiador especializado en las relaciones hispano-británicas, recuerda en este número la vida de una mujer que acabaría convirtiendo su reino de adopción en una gran potencia europea.

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Fernando III el Santo


Heredó el gobierno de León de manos de su padre, Alfonso IX (1230), y consiguió el mandato sobre Castilla por cesión de su madre, doña Berenguela (1217), gracias a la muerte de su tío Enrique I. Residente en León tras la anulación del matrimonio de sus padres, a la muerte de Enrique I de Castilla su madre Berenguela le hace llamar a Castilla y le entrega el mando sobre el reino. Durante los primeros años de su gobierno hubo de combatir la revuelta nobiliaria encabezada por la casa de los Lara y la invasión leonesa encabezada por su padre Alfonso IX, rechazada frente a Burgos. La herencia recibida supone la unión definitiva de ambos reinos, aunque durante los primeros años será un foco de problemas. La cuestión está en la cuestionada legitimidad de Fernando para recibir la herencia de sus padres, pues su madre, Berenguela, es la heredera directa del trono castellano, mientras que, por otra parte, su padre Alfonso IX lega su reino a sus hijas Sancha y Dulce, hijas de su primer matrimonio con Teresa Sánchez de Portugal. La diplomacia desempeñada por su madre, el carácter conciliador de Fernando y el clima de optimismo generado por la victoria sobre los musulmanes en las Navas de Tolosa (1212) suavizan las iniciales reservas que la entronización de Fernando III había suscitado entre los castellanos. Por parte leonesa, Fernando y su madre Berenguela logran en 1230 la renuncia de las herederas al trono a cambio del pago anual de 30.000 maravedíes. Resueltas las divisiones internas castellanas, el 30 de noviembre de 1219 contrajo matrimonio en Burgos con Beatriz de Suabia, nieta del emperador alemán Federico I Barbarroja, uniendo de este modo la casa de Castilla con los principales representantes del partido gibelino. Tres días más tarde es ordenado caballero en el monasterio de las Huelgas. El camino está expedito para relanzar las labores de conquista de los territorios musulmanes, aprovechando el clima de euforia desatado por la victoria de las Navas y la debilidad del poder árabe peninsular. En 1224, la Curia de Carrión decide adjudicar todos los recursos necesarios para la lucha contra los musulmanes, iniciándose un período de numerosas e importantes conquistas militares. Así, en 1236 se toma Córdoba, una conquista que va más allá de lo puramente militar por el carácter simbólico de la antigua capital del califato. La situación de prosperidad económica que vive el reino posibilita el lanzamiento de constantes campañas militares, con lo que las conquistas se suceden. Caen sucesivamente Chillón, Almodóvar, Lucena, Aguilar, Écija, Osuna y Estepa. En 1243 es tomado Murcia; en 1245 conquista Jaén. Tras un asedio de dos años, el 23 de noviembre de 1248 es tomada la ciudad de Sevilla, lo que supone el punto álgido del poderío militar y económico del monarca castellano-leonés. La conquista de Sevilla, autentica joya del poder musulmán, requerirá por vez primera de un ataque marítimo y un auténtico despliegue de medios técnicos y materiales. Así, se prepara una flota en el Cantábrico que asolará la ciudad a las órdenes del almirante Ramón Bonifaz, evitando además la llegada de auxilio desde el exterior. Conquistada buena parte del sur peninsular, la preocupación de Fernando III será ahora asegurar el control sobre los territorios conquistados y organizar y estructurar bajo el patrón de asentamiento castellano tanto los recursos como el espacio anexionados. Para lograr cumplimentar este doble objetivo, se dispone a organizar un ataque contra el norte de África y establece un sistema de reparto de las tierras y bienes tomados a los musulmanes entre caballeros y peones cristianos, con el fin de asegurar la subsistencia de los nuevos pobladores mediante los recursos necesarios. Casado en segundas nupcias con doña Juana, hija del conde de Ponthieu, de sus dos matrimonios nacieron trece hijos. Mandó traducir al castellano el "Liber Iudiciorum", conocido como "Fuero Juzgo", y durante su reinado se erigieron las catedrales de Burgos en 1221 y Toledo en 1226. Ya en sus tiempos su mandato fue considerado modélico, pues logró restringir de manera notable el dominio musulmán en la península Ibérica y establecer medidas políticas y económicas que mejoraron las condiciones de vida de sus súbditos. La muerte le sorprendió 30 de mayo de 1252, mientras preparaba una expedición contra el norte de África. Primo de Luis IX de Francia, fue como él considerado un hombre piadoso y de profunda fe católica, por lo que será canonizado en 1671 por el papa Clemente X.

(http://www.artehistoria.com/historia/personajes/5234.htm)
 
Ver también:
San Fernando III de Castilla y León:
 
 
 

Jaime I el Conquistador (1208-1276)

N. en Montpellier el 2 feb. 1208, y m. en Valencia el 27 jul. 1276. Rey de Aragón (1213-76), hijo de Pedro el Católico y de María de Montpellier. Su reinado representa el fin de una etapa de expansión pirenaica y peninsular y el comienzo de la tendencia mediterránea de la corona de Aragón (v.).
      Al morir Pedro II el Católico (13 sept. 1213), J. se hallaba en manos de Simón de Montfort, al que había sido entregado (1211) por su padre, como garantía de una paz que no había de llegar, pues Pedro II falleció precisamente en la batalla de Muret (1213), último drama de la guerra desencadenada a raíz de la herejía albigense. A instancias del pontífice Inocencio III, J. fue puesto en libertad y quedó, por disposición del testamento materno, bajo la tutela de la Orden del Temple. El conde Sancho, hijo de Ramón Berenguer IV, asumió la regencia en calidad de procurador, por disposición del legado pontificio, encargado de gestionar la libertad del príncipe y de organizar el país. Sancho, en oposición a una minoría nobiliaria contraria a ella, llevó una política tendente a contrarrestar el fracaso político sellado en Muret. Apoyó, para ello, las aspiraciones de Ramón VI dé Tolosa, que deseaba recuperar su condado de manos de Simón de Montfort. Esta política atrajo las amenazas del nuevo Pontífice, Honorio 111, lo cual mermó el ya débil prestigio del regente, obligado a retirarse de la escena política (julio 1218). El mismo año moría, ante los muros de Tolosa, Simón de Montfort, con lo que se iniciaba un periodo de paz en la lucha de la corona de Aragón por el predominio en Occitania.
      Sublevaciones internas y Reconquista. A partir de este momento, J. gobernó sus Estados personalmente, aunque un Consejo -integrado por el arzobispo de Tarragona Espáreg de la Barca, Eiximén Cornell, Guillem de Cervera y Pero Ahonés- interviniese poderosamente en la política del joven monarca. Su menor edad se vio agitada por las sublevaciones de algunos nobles -Rodrigo de Lizana, Pero Ferrandes, Guillem de Montcada, Pero Ahonés-, que hicieron que esta primera etapa de su reinado se cerrase con un balance negativo: fracaso del sitio de Albarracín (1220) y de Montcada (1223), el último, durante la lucha con este poderoso linaje catalán; matrimonio con Eleonor de Castilla, hija de Alfonso VIII (6 feb. 1221); encarcelamiento del propio monarca en Zaragoza. Superados estos contratiempos, J. se lanzó a la empresa en que había de obtener mayores éxitos: la lucha contra los musulmanes. Aunque fracasó ante Peñíscola (1225), consiguió que Abú Zeid de Teruel se declarase tributario suyo. El intento de Pero Ahonés de seguir la lucha en contra, del sentir del monarca, que quería ser fiel al pacto firmado con el musulmán, provocó un alzamiento en Aragón, encabezado por el infante Fernando, tío del rey. La sentencia arbitral de Alcalá del Obispo (22 mar. 1227) puso fin a estas disensiones feudales entre la monarquía y la nobleza de Aragón.
      A la muerte de Ermengol VIII de Urgel, su cuñado, Guerau de Cabrera, se apoderó del condado, en detrimento de los derechos de la hija de Ermengol, Aurembiaix. En julio de 1228, Aurembiaix acudió al rey catalanoaragonés, rogándole que defendiese sus derechos. J., en lucha con los Cabrera, recuperó el condado y formó, con él y con la Cerdaña, el Conflent, Berga y el Bergadán, un lote para los futuros hijos que tuviese con Aurembiaix, a la que tomó como amante (28 oct. 1228).
      La necesidad de acabar con la piratería mallorquina y la de establecer una primera base mercantil en el Mediterráneo, fueron las causas más importantes que impulsaron a J. a emprender la conquista de las Baleares. Esta empresa se vio apoyada, sobre todo, por los catalanes, cuyos intereses económicos en lo que se refiere al comercio marítimo eran superiores a los que poseían los aragoneses. También los marselleses, genoveses y pisanos colaboraron en mayor o menor grado en la empresa, pues sus intereses mercantiles en el Mediterráneo no eran ciertamente menores que los de los catalanes. Obtenidos los subsidios necesarios en las Cortes de Barcelona (1228), la escuadra, formada por unas 150 embarcaciones y más de 1.500 hombres, salió del puerto de Salou (Tarragona) el 5 sept. 1229. La conquista de Mallorca fue rápida (la toma de la ciudad se produjo el 31 dic. 1229), aunque en ella murieron Guillem y Ramón de Montcada, dos de los más importantes nobles que iban en el ejército catalán. Ibiza no sería conquistada hasta 1235, y Menorca, que se declaró tributaria de J. (1231), hasta 1287. Mallorca fue repoblada sobre todo por ampurdaneses, aunque se establecieron también en la isla colonias extranjeras, que obtuvieron importantes concesiones territoriales en pago a su intervención en la empresa reconquistadora.
      La política tendente a alcanzar el predominio peninsular por parte de J. sufrió un duro golpe con la muerte de Alfonso IX de León (v.), si es que verdaderamente estaba convencido de que era viable, en virtud de un posible matrimonio con una hija del leonés, hacerse con la herencia de Alfonso IX. Lo creemos difícil: en realidad, la política de J. se orientó entonces hacia Levante. También fracasó, a causa de su inexperiencia juvenil, como pretende su Crónica en un relato poco convincente, en el intento de anexionarse el reino de Navarra a la muerte de Sancho VII; este monarca, sin sucesión directa, había propuesto a J. un pacto de mutuo ahijamiento en virtud del cual el que sobreviviese al otro heredaría sus Estados (Sancho VII tenía entonces, 1231, 78 años).
      A raíz de la conquista de Mallorca, los leridanos y aragoneses habían manifestado su deseo de que la acción reconquistadora se orientase hacia Levante, en tierra firme, en lugar de tomar una dirección marítima. La conquista de Valencia era, pues, no sólo un objetivo del propio monarca, sino una tendencia natural de las regiones más peninsulares de la corona; un noble aragonés, Blasco de Alagón, había emprendido por su cuenta la conquista de Morella (1232). Después de la toma de Burriana y Peñíscola (1233), el monarca atraído por otros problemas -soberanía sobre Carcasona, cuestión que se resolvió a favor del monarca francés, y celebración de su nuevo matrimonio con Violante de Hungría (1235)- paralizó durante unos años la reconquista valenciana, que volvió a iniciarse en 1236. Con la caída de la capital (28 sept. 1238), quedaba cumplido un nuevo objetivo de la política de J. y se abría una zona de fricción con Castilla. Para evitar las rivalidades entre los catalanes y aragoneses, que pretendían establecer en Valencia su propio derecho, dotó J. a esta región de una legislación propia: el Fur de Valencia. La parte sur del reino se convirtió, como hemos dicho, en una zona de roce entre Castilla y Aragón. Aunque los tratados de Tudillén y Cazorla habían delimitado el área de expansión de ambos reinos, surgieron nuevas disensiones al tomar el infante castellano Alfonso (futuro Alfonso el Sabio) la plaza de Enguera, que pertenecía a la zona de reconquista aragonesa. El tratado de Almizra (26 mar. 1244) delimitó de nuevo las futuras conquistas de ambos reinos. La reconquista valenciana se completó con la toma de Játiva (1244) y Biar (1245).
      Los problemas occitanos. El tratado de Corbeil. El deseo de que Provenza, Tolosa y el Bearn no pasasen a la corona de Francia, fue el eje de la política de J. hasta 1258. Por el matrimonio de las herederas de Provenza y Tolosa (Beatriz, hija de Ramón Berenguer V, con Carlos de Anjou, hermano de S. Luis; y Juana, hija de Ramón VII, con Alfonso de Poitiers, hermano también del monarca francés) estos condados quedaron de hecho incorporados a Francia a la muerte de Ramón Berenguer V (1245) y de Ramón VII de Tolosa (1249). La dura lucha diplomática que habían sostenido ambos, en vida, y J., resultó del todo infructuosa y condujo al tratado de Corbeil (11 mayo 1258) por el que J., a cambio de la renuncia de los posibles teóricos derechos que el monarca francés tuviese sobre los condados catalanes, cedía sus derechos, bastante más reales y efectivos, sobre todo el mediodía de la Francia actual. La renuncia a Provenza fue hecha por J. no a favor de S. Luis sino de su esposa, Margarita de Provenza (16 jul. 1258). El tratado de Corbeil representa el fin de la etapa de predominio ultrapirenaico de la confederación catalanoaragonesa y el inicio de otra de política peninsular y mediterránea.
      Toma de Murcia. Fracaso de la Cruzada. Murcia había quedado en el tratado de Almizra como una zona de reconquista castellana. La presión de los moros andaluces contra Castilla y los alzamientos de los musulmanes de Murcia, hicieron que Alfonso X, sintiéndose incapaz de sofocar estas revueltas que amenazaban la seguridad de sus Estados, acudiese a su suegro J. para que le ayudase. Éste, en contra del sentir de los aragoneses, conquistó y repobló con catalanes el reino de Murcia (1266) y, fiel al tratado de Almizra, entregó sus conquistas a Alfonso X sin compensación alguna. En los últimos años de su largo reinado se sucedieron dificultades y fracasos, entre los que destacan su fallido intento de emprender una Cruzada a Tierra Santa (1269); la rebelión de cierto sector de la nobleza -vizconde de Cardona, condes de Ampurias y Pallars-; el fracaso de anexión de Navarra, y sublevaciones de los moros valencianos.
      El reparto de sus reinos. J. hizo durante su vida seis repartos distintos de sus Estados. En el último, que fue el que prevaleció, dejó al primogénito Pedro, Cataluña, Aragón y Valencia, y al segundo hijo, Jaime (el que será II de Mallorca), las islas Baleares (21 ag. 1262). Esta división, que ha sido atacada duramente por muchos historiadores, porque debilitó la unidad imperial de la corona de Aragón, pudo ser llevada a cabo porque J. consideraba como patrimonio propio las tierras que había incorporado a la confederación. Lo cierto es, sin embargo, que las consecuencias de este reparto crearon grandes dificultades a sus sucesores.
      Instituciones. Economía y vida espiritual. Durante el reinado de J., las instituciones se consolidaron vigorosamente, y el país adquirió plena madurez en cuanto a su organización política y social. Las Cortes, que alcanzaron su mayoría de edad, se convirtieron en un órgano de gobierno de singular importancia al lado de la monarquía, cuyo prestigio se consolidó también. Tal vez una de las facetas más interesantes de la actuación de J. fuera el gran impulso dado a la vida municipal. Durante su reinado, se organizaron los municipios de Barcelona (1249, 1258, 1260, 1265 y 1274), Lérida (1264), Perpiñán (1273), Valencia y Mallorca (1256-57). El Derecho romano adquirió mayor prestigio e informó la redacción del Fuero de Valencia y de las Consuetudines Ilerdenses. El auge del comercio con ultramar, en competencia con las grandes potencias marítimas mediterráneas, fue extraordinario. Reflejo de esta actividad es el libro del Consolat de Mar, código de Derecho marítimo catalán. Las personalidades más relevantes de esta época fueron el gran jurista. S. Raimundo de Peñafort, el extraordinario prosista Raimundo Lulio y numerosos juglares, como Guillem de Cerverí. En el aspecto artístico, el país experimentó el paso del arte románico al gótico. Durante el reinado de J., en fecha imprecisa, tuvo lugar la fundación de la Orden de la Merced, dedicada a la redención de cautivos; a este respecto, hay que destacar la actuación de S. Pedro Nolasco, S. Raimundo de Peñafort y el propio monarca. En conclusión, el reinado de J. representa la consolidación definitiva del país en todos los órdenes, y el comienzo de un nuevo periodo de plenitud y dominio tanto peninsular como internacional.
     
(J. SOBREQUÉS CALLICó)
 
Ver también:

Tratado de Almizra:

http://www.joseferrandiz.com/salt0407.htm

Jaime I de Aragón:

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Alfonso X, el Sabio (1226?-1284)

I. Historia. II. Literatura.
     
     
l. HISTORIA. N. en Toledo el 23 nov. 1221, hijo de Fernando III de Castilla y León, el Santo y de su primera mujer, Beatriz de Suabia, nieta de Federico II de Alemania. Sucede a su padre, como rey de Castilla León, a los 31 años (Sevilla, 1 jun. 1252). En 1249 casa con Violante de Aragón, hija de Jaime I, de la que tiene 10 hijos (el primogénito Fernando de la Cerda, casado con una hija de S. Luis IX de Francia, v., muere antes que su padre, por lo que sucede a éste el segundogénito Sancho IV). M. en Sevilla el 4 abr. 1284, después de casi 32 años de reinado.
      En vida de su padre interviene en varios acontecimientos. Es notable la sumisión del reino musulmán de Murcia (1243), mediante pacto con su rey moro Abenhud, por el que los castellanos ocupan varias fortalezas y perciben la mitad de las rentas públicas, quedando el resto del territorio en la misma situación anterior; la verdadera reconquista la lleva a cabo Jaime I en 1266, tras la gran sublevación de los mudéjares.
      Contemporáneos suyos son: en la corona de Aragón, Jaime I y Pedro III el Grande; en el reino de Portugal, Alfonso III y D. Dionís; en el reino de Navarra, Teobaldo I y II, Enrique I y Juana I; en el reino moro de Granada, Muhammad ben al-Ahmar y Muhammad II; en el reino de Francia, Luis IX el Santo y Felipe III el Atrevido; y en el Pontificado, 10 papas desde Inocencio IV a Martín IV.
      El sueño imperial. Representante de los derechos de la casa de Suabia, a la muerte de Conrado IV (1254) una embajada de Pisa ofrece a A. el título de Rey de Romanos (1256). Con ello se mete de lleno en el avispero italoalemán y en las luchas de güelfos y gibelinos; derrocha los caudales castellanos en la compra de votos y en ganarse la voluntad de los personajes, personajillos y oportunistas que infestan entonces el Sacro Imperio Romano Germánico. El fecho del Imperio es impopular en Castilla y contribuye a aumentar la ya poderosa inflación y al estallido de las sublevaciones interiores.
      Los hechos parten de la doble elección, efectuada en Francfort (1257), en favor de A. y Ricardo de Cornualles, hermano de Enrique III de Inglaterra. El Pontificado pasa de una inicial actitud neutral a otra de franca hostilidad hacia la causa alfonsina, que por el contrario recibe el apoyo de las ciudades gibelinas italianas. Carlos de Anjou (hermano de S. Luis), apoyado por los papas, liquida en las batallas de Benevento y Tagliacozzo (1266 y 1268) a los restos de la familia de Federico II. Ni aun la muerte de Ricardo de Cornualles consigue inclinar la balanza en favor del pretendiente castellano. Su entrevista de Beaucaire (1275) con el papa Gregorio X sólo conduce a la definitiva renuncia de A. al Sacro Imperio Romano Germánico, cuando ya ha sido elegido y reconocido Rodolfo de Habsburgo.
      La Reconquista. No está claro si conquistó o sólo recuperó las poblaciones de Niebla (1262), Ecija, Carmona, Motón, jerez, Cádiz (1262), Medina Sidonia y Arcos, alguna de las cuales se habían perdido con las sublevaciones mudéjares. Una escuadra castellana tomó y saqueó la plaza norteafricana de Salé (1260), que se abandonó a los pocos días. El infante D. Sancho sitió infructuosamente Algeciras (1278).
      La política interior. En 1264 tiene lugar el levantamiento general de los mudéjares andaluces y de los reinos tributarios y vasallos de Murcia y Granada, que pone en peligro las conquistas de S. Fernando. No se ha estudiado a fondo esta revolución, cuyas raíces creemos están en el trato injusto que se dio a la población mora sometida. Entre 1271 y 1273 se rebelan los nobles, capitaneados por el infante D. Felipe, hermano del monarca, que se refugian en Granada y se desnaturalizan de Castilla. Sus causas son muy complejas: económicas, políticas y jurídicas.
      El problema sucesorio es sintomático para el conocimiento de este periodo. Mientras A. fracasa en Beaucaire, los benimerines invaden Castilla, formando pirámides con las cabezas de los cristianos. Dan muerte al adelantado del_ reino y al arzobispo de Toledo y fallece el primogénito Fernando. Su hermano Sancho, de 17 años de edad, toma las riendas del Gobierno y hace retroceder a los invasores, mientras el monarca parece tener miedo al regreso y lo hace con calma. ¿Intenta aplicar el derecho de representación de Las Partidas en favor de sus nietos, los infantes de la Cerda, y en perjuicio del príncipe D. Sancho? No vemos tan clara la respuesta afirmativa de los historiadores. Lo cierto es que los infantes se convierten en motivo de banderías, divisiones y discordias; toman partido por ellos Felipe III de Francia, en apoyo de su hermana Blanca, madre de los infantes, y Pedro III de Aragón, en ayuda de su hermana, la reina Violante, que huye con sus nietos al vecino reino. A. recrudece la justicia oculta y ejecuta, sin juicio, a su hermano D. Fadrique, al yerno de éste, Simón Ruiz de los Cameros, y al recaudador judío Zaz de la Maleha.
      En 1282 estalla el malestar del reino, capitaneado por el príncipe D. Sancho, al que sigue casi todo el país, menos Sevilla y Murcia. En las cortes de Valladolid (1282) se priva a A. de la administración de justicia, de la percepción de rentas y de la potestad militar, que se otorgan a D. Sancho. Contra la opinión de los historiadores, excesivamente influenciados por Antonio Ballesteros, hay que afirmar que A. no fue depuesto, ni Sancho tomó el título de rey; los documentos le designan «fijo mayor heredero del muy noble e alto rey don Alfonso».
      Juicio crítico de Alfonso X: su labor cultural y jurídica. Como todas las figuras históricas, el Rey Sabio tiene facetas negativas y positivas. Idealista, con poca habilidad política y militar, contrasta con su padre S. Fernando y con sus contemporáneos Jaime I y Pedro III. Indeciso y derrochador, acelera el proceso inflacionista castellano, pero aplica -quizá por primera vez- un verdadero plan de estabilización, por lo que puede considerársele como el iniciador de la economía dirigida. Sus defectos se aceleran al final de su vida; introduce como aliados a las hordas marroquíes, deshereda y maldice al infante D. Sancho («desheredado sea de Dios e Santa María...; que sea maldito de Dios et de Santa María et de toda la corte celestial, et de nos») y otorga el reino a su nieto el infante de la Cerda, nada menos que bajo la tutela del rey de Francia, al que reconoce el derecho de sucesión.
      Contrasta su actuación política con su labor legislativa y cultural, en la que se adelanta a su tiempo y eleva el castellano a la categoría de lengua de la cultura. Renueva la escuela de traductores de Toledo, impulsa y cultiva las ciencias astronómicas y cosmogónicas, sistematiza y unifica el Derecho y crea la prosa histórica castellana. Su obra representa la fusión cultural de Oriente con Occidente y de las tres comunidades religiosas de la Reconquista: cristianos, moros y judíos.
     
      BIBL.: Abruma la historiografía y bibliografía alfonsinas, que reducimos a lo más fundamental. ALFONSO X EL SABIO, Crónica General de España, ed. C. ROSELL, Madrid 1875; Indices de la crónica general de España, ed. M. DEL RIVERO, «Hispania», 1942; Los documentos de su reinado figuran en los vol. 1 y 2 del Memorial Histórico Español, a los que hay que agregar los publicados por J. Torres FONTES, Murcia 1963, autor que ha editado también el Repartimiento de Murcia, Madrid 1960. Las principales ediciones de las obras alfonsinas se deben, entre otros, a MENÉNDEZ PIDAL, SOLALINDE, STEIGER, VANDERFORD, HILTY y la R. A. DE LA HISTORIA.
      Falta un trabajo moderno y crítico, al que no llega la reciente biografía sobre A. BALLESTEROS de Alfonso X el Sabio, Barcelona 1963, por lo que aún deben consultarse las clásicas Memorias históricas del rey don Alfonso el Sabio, del MARQUÉS DE MONDÉJAR, Madrid 1777. La opción al imperio alemán ha sido estudiada por A. y P. BALLESTEROS, Alfonso X de Castilla y la Corona de Alemania, «Revista de Archivos», 1916-19; A. Ballesteros, Alfonso X Emperador (electo) de Alemania, Madrid 1918; E. MONTES, Federico II de Sicilia y Alfonso X de Castilla, Madrid 1943; F. VON SCHOEN, Alfonso X de Castilla. [Un rey alemán sin corona], Madrid 1966.
      Otros aspectos de su reinado: E. S. PROCTER, The Castilian Chancellery during the reign of Alfonso X, Oxford 1934; F. VALLS TABERNER, Relacions familiars i polítiques entre laume el Conqueridor i Anfós el Savi, «Bulletin Hispanique», 1919; A. BALLESTEROS, Itinerario de Alfonso X, «Bol. de la R. A. de la Historia», 1934-36;J. GUERRERO LOBILLO, Las Cantigas. Estudio arqueológico de sus miniaturas, Madrid 1949; A. GARCÍA GALLO, El Libro de las Leyes de Alfonso el Sabio. Del Espéculo a Las Partidas, «Anuario de Historia del Derecho Español», 1951-52, 345-528.
     
      M. GUAL CAMARENA.
     
     
     
      II. LITERATURA. El mérito excepcional de A. no hemos de buscarlo en su vida política, plagada de altibajos, sino en su vida literaria. Su obra representa una de las más elevadas cimas culturales de la Edad Media europea. Su figura no puede separarse del grupo de traductores de Toledo, que se convierte, con su impulso, en la que luego se llamará escuela alfonsí, primer centro de investigaciones científico-literarias de Europa. Con criterio de jerarquía y universalidad se rodea de sabios de diferentes razas y lenguas, fundiendo las tradiciones culturales hebraica, árabe, clásica y cristiana como base de una nueva cultura castellana, a la que dota de expresión literaria en la prosa. De esta forma, A. es el cimentador de la prosa castellana. El cultivo anterior de la poesía había tenido un carácter popular de orden lírico y épico, pero la prosa, cuyo uso literario se inicia en el s. XIII, aparece con un matiz más erudito, ejercitándose en obras científicas o didácticas, y trae nuevos asuntos con los que la literatura medieval puede ensanchar los campos por dominios hasta entonces limitados al latín y al árabe: la ciencia, la historia y el pensamiento. El camino del gran impulso de la prosa castellana que representa la obra del Rey Sabio se había señalado antes, en el reinado de Fernando III, con algunas obras que, sin embargo, carecen de importancia literaria. El mismo A., siendo infante, había mandado traducir del árabe al castellano el Libro de Calila e Dimna, colección de fábulas indias, procedentes casi todas del Panchatantra, que ocupa un gran lugar como obra narrativa en prosa.
      Cuando sube al trono A. corren por Europa aires que favorecen la secularización de la cultura. En Espafía se hablaban varios romances, pero se escribía en latín, y por ello la cultura quedaba reducida a los ámbitos menacales. El gran acierto del monarca es impulsar el empleo de la lengua vulgar como lengua de cultura. La ingente obra del rey tiene un carácter de sistematización en las líneas trazadas por la tradición isidoriana, y, a pesar de la diversidad de temas que abarca, se descubre en toda ella tendencia a la unidad y armonía sustanciales. Su labor no es la de un autor, pero tiene en las obras una intervención personal y directa. Como ha notado Solalinde, el gran estudioso de la obra alfonsí, el Rey Sabio ejercía un señorío espiritual superior que coordinaba los esfuerzos de muchos colaboradores, cuyos nombres no oculta. Su quehacer específico consiste en la dirección, iniciativa y coordinación de los trabajos, y sus esfuerzos se dirigen especialmente a la corrección y pulimento de la prosa, que adquiere con ello unidad estilística. En el Libro de la esfera deja bien claro esta actividad real: «Tolló las razones que entendió eran sovejadas et dobladas et que non eran en castellano drecho, et puso las otras que entendió que complían; et quanto al lenguaje endregolo él por sise». En otro aspecto, su participación representa el primer esfuerzo de sistematización de la ortografía castellana. El sistema ráfico de la corte alfonsí se caracteriza por la precisión y sencillez. Su obra de orden enciclopédico responde al espíritu medieval, en cuanto que aspira a resumir todo el saber humano en grandes síntesis. Se puede dividir en cuatro grandes grupos.
      Obras jurídicas. Las Partidas o Libro de las Leyes es el código más importante de la Edad Media y la más amplia recopilación legislativa desde el Derecho romano. Con él se propone llevar a cabo la reforma jurídica deseada por S. Fernando, dirigir a los juristas posteriores y difundir entre los súbditos el conocimiento del Derecho y la razón. Las Partidas se dividen en siete apartados que corresponden a otras tantas materias jurídicas. De esta forma facilita un vastísimo conjunto de normas que regulan las más diversas actividades del hombre y las relaciones mutuas de los individuos y clases sociales. El propósito supremo de justicia y rectitud del Rey Sabio está enmarcado por un espíritu de moderación y tolerancia. Por otro lado, Las Partidas representan un amplio cuadro de costumbres de los españoles del s. XIII, en las que caben referencias a sus oficios y profesiones, y hasta a sus entretenimientos y diversiones. Por esto se convierten en una panorámica informativa sobre los más variados aspectos del vivir medieval. Sus fuentes más importantes son el Derecho romano y las obras de Justiniano, Aristóteles, Séneca y S. Isidoro.
      Tratados científicos y obras de recreo. Representan una serie de obras que le dieron gran fama en su época. Los Libros de Saber de Astronomía tratan de sistematizar según las doctrinas de Ptolomeo, los movimientos de los astros y de las constelaciones. Del mismo carácter son las Tablas alfonsíes, que recopilan las observaciones realizadas en el observatorio que manda construir el rey en el castillo de San Servando, en Toledo. Con tal motivo inventa nuevos aparatos de investigación y complicados relojes para la medida del tiempo. Las fuentes principales de estos tratados son textos traducidos del árabe y del hebreo. El Lapidario se ocupa de las propiedades de las piedras preciosas, relacionadas con las influencias de las estrellas, en una mezcla de ciencia y superstición medievales. Igualmente sus fuentes son árabes.
      Del mismo modo, los libros recreativos, Libros de Ajedrez, Dados y Tablas, son traducciones y arreglos de textos árabes. El Libro de Ajedrez es, sin duda, «la obra más importante que de la Edad Media se nos ha conservado sobre tales juegos. Representa en su materia un avance sobre algunos libros orientales y un paso para llegar al moderno ajedrez de problemas» (Solalinde). Las miniaturas del códice muestran las jugadas que explica el texto.
      Obras históricas. La Primera Crónica General, el mayor intento hasta entonces de escribir la historia española, comienza a redactarse en 1270. Consta de dos partes, de las cuales sólo la primera, según M. Pidal, que ha hecho su edición y estudio definitivos, pertenece a la época de A. Abarca desde los primeros pobladores de España hasta la derrota de D. Rodrigo y la entrada de los árabes en la Península. La segunda parte, que continúa hasta S. Fernando, se redacta en el reinado de Sancho IV, quizá a partir de 1289. Aunque esta segunda parte ofrece mayor interés por la utilización de las fuentes épicas (cantares de gesta prosificados), las líneas básicas las proporciona el Rey Sabio. Las fuentes de esta Crónica son muy diversas. Como núcleo central combina las crónicas anteriores del Toledano y del Tudense, y para la época romana, que merece una especial atención al historiador, utiliza las obras de Suetonio, Pompeyo, Trogo, Paulo Orosio, S. Isidoro y otros. Esta Primera Crónica General es el punto de partida de la historiografía española hasta los Siglos de Oro. En 1541 la publica, con numerosos errores, Florián de Campo, historiador de Carlos V. Las ediciones definitivas (1906 y 1955) se deben a Menéndez Pidal.
      La Grande e General Estoria es un intento de historia universal de amplios vuelos -la primera obra de esta índole escrita en una lengua vulgar- que abarca desde la creación del mundo hasta su tiempo, pero sólo alcanza hasta el N. T. Su fuente principal es la Biblia.
      Obras poéticas. Las 420 Cantigas de Santa María, consideradas como obras enteramente personales del rey, se conservan en cuatro códices (Toledo, Florencia y dos en El Escorial), ricos en miniaturas, inapreciables para el estudio de las costumbres de la época, en especial juglarescas, y con las anotaciones musicales. Para algunos autores, las Cantigas son obras juveniles del monarca; para otros abarcan espaciados años de su vida. Escritas en galaico-portugués, lengua poética de la lírica, representan la obra más notable de A. como creador literario. Se dividen en dos grupos: las líricas, «cantigas de loor», que son unas 40; y las narrativas, mucho más numerosas, que relatan leyendas piadosas marianas. Las Cantigas están dentro de la larga tradición poética mariana de la Edad Media y, como en los Milagros de Berce, pretenden demostrar la eficacia de la devoción a la Virgen, que nunca desampara a sus devotos. Sus fuentes principales son el Speculum historiase, de Vicente de Beauvais, y los Miracles de Sainte Vierge, de Gautier de Coincy. Se le atribuyen también alrededor de 30 Cantigas profanas, conservadas en los Cancioneros de la Vaticana y ColocciBrancuti, escritas en galaico-portugués y de carácter ingenioso, picante e incluso obsceno, muy de aquella época.
     
      BIBL.: ALFONSO X EL SABIO, Primera Crónica General, Madrid 1955; Antología de Alfonso X el Sabio, ed. y est. A. CARCÍA SOLALINDE, 5 ed. Madrid 1965; A. GARCÍA SOLALINDE, Intervención de Alfonso X en la redacción de sus obras, «Rev. de Filología Española», Il, 1915; R. MENÉNDEZ PIDAL, La Crónica General de España que mandó componer Alfonso el Sabio, Madrid 1916.
     
      P. M. PIÑERO RAMÍREZ.
 
Ver también:
Alfonso X el Sabio:
Escuela de traductores (inglés):
Cantigas de Santa María:

Pedro III de Aragón (1240-1285)

Elegido rey en 1240, lo fue también de Sicilia a partir de 1282. Hijo de Jaime I, heredó de su padre el trono de Aragón, Valencia y el principado de Cataluña. Su matrimonio con Constanza de Suabia y la continuación de la política de expansión en el Mediterráneo que emprendió su padre le llevaron a reclamar derechos sobre Sicilia, aprovechando además el descontento de la población local con la política de la casa de Anjou. Así, en 1282 se apoderó de Sicilia pretextando preparar un ataque a Túnez, lo que provocó que el papa Martín IV le excomulgara y concediera derechos sobre la corona catalano-aragonesa a Carlos de Anjou. En 1283, el rey francés Felipe el Atrevido invadió el Ampurdán y tomó Gerona, si bien la victoria de la flota catalano-aragonesa al mando de Roger de Lauria en el golfo de Rosas logró equilibrar la disputa. La difícil situación de Pedro III, enfrentado a Francia y al Papado, fue aprovechada por la nobleza aragonesa para emprender un movimiento de presión que obligó al rey a jurar el Privilegio Real, un conjunto de fueros favorable a sus intereses estamentales. La nobleza catalana, por su parte, obligó al rey a conceder una constitución en 1283, "Una vegada a l´any", que acabó de conformar las cortes catalanas.

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Roger de Lauria (1250-1305)

Nacido en Lauria (sur de Italia), entró al servicio de la corona de Aragón al ser su madre dama de Constanza de Sicilia, quien casó con el infante don Pedro, futuro Pedro III de Aragón. Educado en la corte, fue armado caballero y recibió posesiones en Valencia. En 1283 se le encarga dirigir la flota aragonesa con el grado de almirante, encomendándosele la defensa del reino de Sicilia. Así, venció al almirante francés Guillermo Corner, tomó Gozo, Malta y Lípari y asoló la costa napolitana. Desde Messina, armó una flota que derrotó en Nápoles a los angevinos (1284) y capturó a Carlos II el Cojo. Inmediatamente después, se dirigió contra las costas africanas, saqueando la isla de Djerba. La invasión de Cataluña por los franceses en 1285 le hace ser llamado por el rey Pedro III, aniquilando la flota francesa en Las Formigas y, por tierra, en la Massana. Por sus victorias, recibirá el señorío de Djerba. La muerte de Pedro III y la herencia de sus hijos Alfonso III y Jaime de las coronas de Aragón y Sicilia, respectivamente, le hace pasar a las órdenes de éste y derrotar a los angevinos en Provenza y Nápoles (1287). En 1297 fue nombrado por el Papa conde de Djerba, mientras acompañaba a Jaime a Roma para establecer un convenio. Tomó parte en la guerra que disputaron Jaime II de Aragón y su hermano Fadrique, autoproclamado rey de Sicilia en 1296, primero al servicio de éste y más tarde al de aquél. Enfrentado a los sicilianos, fue vencido en Esquilache, pero más tarde ganó en Cabo Orlando (1299) y la isla de Ponza (1300). La paz de Caltabellota (1302) le retiró de la vida militar. Retirado a sus posesiones de Valencia, murió hacia 1305. Ha pasado a la Historia como una figura de relevancia en los terrenos político y militar, si bien sus actuaciones no estuvieran exentas de crueldad.

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Sta Isabel de Portugal


Nacida en Aragón, España, Santa Isabel es la hija del rey Pedro III de ese reino y nieta del rey Jaime el Conquistador, biznieta del emperador Federico II de Alemania. Le pusieron Isabel en honor a su tía abuela, Santa Isabel de Hungría.

Su formación fue formidable y ya desde muy pequeña tenía una notable piedad.   Le enseñaron que, para ser verdaderamente buena debía unir a su oración, la mortificación de sus gustos y caprichos. Conocía desde pequeña la frase: "Tanta mayor libertad de espíritu tendrás cuando menos deseos de cosas inútiles o dañosas tengas".   Se esmeró por ordenar su vida en el amor a Dios y al prójimo, disciplinando sus hábitos de vida. No comía nada entre horas .

La casaron cuando tenía 12 años con el rey Dionisio de Portugal. Esta fue la gran cruz de Santa Isabel ya que era un hombre de poca moral, siendo violento e infiel. Pero ella supo llevar heroicamente esta prueba. Oraba y hacía sacrificios por el. Lo trataba siempre con bondad.  Tuvo dos hijos: Alfonso, futuro rey de Portugal y Constancia, futura reina de Castilla.  Santa Isabel llegó hasta educar los hijos naturales de su esposo con otras mujeres.

El rey por su parte la admiraba y le permitía hasta cierto punto su vida de cristiana auténtica. Ella se levantaba muy temprano y leía 6 salmos, asistía a la Santa Misa y se dedicaba a regir las labores del palacio.  En su tiempo libre se reunía con otras damas para confeccionar ropas para los pobres. Las tardes las dedicaba a visitar ancianos y enfermos.

Hizo construir albergues, un hospital para los pobres, una escuela gratuita, una casa para mujeres arrepentidas de la mala vida y un hospicio para niños abandonados. También construyó conventos y otras obras para el bien del pueblo. Prestaba sus bellos vestidos y hasta una corona para la boda de jóvenes pobres.

Santa Isabel frecuentemente distribuía Monedas del Tesoro Real a los pobres para que pudieran comprar el pan de cada día. En una ocasión, el Rey Dionisio, sospechando de sus actos, comenzó a espiarla. Cuando la Reina comenzó a distribuir monedas entre los pobre, el rey lo observó y enfurecido fue a reclamarle. Pero el Señor intervino, de manera que, cuando el rey le ordenó que le enseñara lo que estaba dando a los pobres, las monedas de oro se convirtieron en rosas.

Forjadora de la paz

El hijo de Isabel, Alfonso, tenía como su padre un carácter violento. Se llenaba de ira por la preferencia que su padre demostraba por sus hijos naturales. En dos ocasiones promovió la guerra civil contra su padre. Isabel hizo todo lo posible por la reconciliación. En una ocasión se fue en peregrinación hasta Santarém lugar del Milagro Eucarístico, y vestida de penitente imploró al Señor por la paz.

Llegó hasta presentarse en el campo de batalla y, cuando los ejércitos de su esposo y su hijo se disponían a la guerra, la reina se arrodillaba entre ellos y de rodillas ante su esposo e hijo, les pedía que se reconciliasen.

Se conservan algunas de sus cartas las cuales reflejan el calibre evangélico y la audacia de nuestra santa.

A su esposo: "Como una loba enfurecida a la cual le van a matar a su hijito, lucharé por no dejar que las armas del rey se lancen contra nuestro propio hijo. Pero al mismo tiempo haré que primero me destrocen a mí las armas de los ejércitos de mi hijo, antes de que ellos disparen contra los seguidores de su padre".

A su hijo: "Por Santa María Virgen, te pido que hagas las paces con tu padre. Mira que los guerreros queman casas, destruyen cultivos y destrozan todo. No con las armas, hijo, no con las armas, arreglaremos los problemas, sino dialogando, consiguiendo arbitrajes para arreglar los conflictos. Yo haré que las tropas del rey se alejen y que los reclamos del hijo sean atendidos, pero por favor recuerda que tienes deberes gravísimos con tu padre como hijo, y como súbito con el rey".

Consiguió la paz en mas de una ocasión y su esposo murió arrepentido, sin duda por las oraciones de su santa esposa.

Entra en el convento al enviudar

Por el amor tan grande que Santa Isabel le tenía a la Eucaristía, se dedicó a estudiar la vida de los santos mas notables por su amor a la Eucaristía, en especial Santa Clara. Después de enviudar, Santa Isabel se despojó de todas sus riquezas. Emprendió un peregrinaje a Santiago de Compostela, donde le entregó la corona al Arzobispo para recibir el hábito de las Clarisas como terciaria. El Arzobispo fue tan movido por este acto de la santa, que el le entregó su callado pastoral para que la ayudara en su regreso a Portugal.

Vivió los últimos años en el convento, dedicada a la adoración Eucarística.

Cuando estalló la guerra entre su hijo y su nieto, el rey de Castilla, Santa Isabel, a pesar de su ancianidad, emprendió un largísimo viaje por caminos muy peligrosos y logró la paz. Sin embargo el viaje le costó la vida. Al sentir próxima la muerte pidió que la llevasen al convento de las Clarisas que ella misma había fundado. Allí murió invocando a la Virgen Santísima el 4 de julio de 1336.

Dios bendijo su sepulcro con milagros. Su cuerpo se puede venerar en el convento de las Clarisas en Coimbra.

Fue canonizada en 1625

(http://www.corazones.org/santos/isabel_portugal.htm)

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Pedro IV de Aragón (1319-1387)

Hijo de Alfonso IV, a quien sucedió, alcanzó el trono en 1336. Los primeros años de su reinado se coligó con el rey castellano Alfonso XI para enfrentarse a los benimerines. Como sus predecesores, estuvo interesado en expandir el dominio del reino sobre el Mediterráneo. Así, en la batalla de Llucmajor, en 1349, incorporó los territorios de Mallorca, el Rosellón y la Cerdaña. En pugna con Génova por el control del Mediterráneo, con seguridad el espacio económico más importante de la época, ruta hacia el rico y exótico Oriente, se alió con Venecia y consiguió firmar en 1356 firmar una paz en Cerdeña. Su matrimonio con Constanza, hija de Federico IV de Sicilia, incorporó ésta al reino y aseguró el control sobre los ducados de Atenas y Neopatria. La antigua política de colaboración con Castilla se tornó en enfrentamiento abierto, al ayudar a la rebelión de los nobles castellanos encabezada por Enrique de Trastámara contra Pedro I de Castilla. Las guerras externas tanto peninsulares como en el Mediterráneo, las revueltas de nobles aragoneses y valencianos (sofocadas en Épila y Mislata, 1348) y la gran peste negra de 1348, provocaron cuantiosas pérdidas económicas, por lo que el rey hubo de solicitar numerosos subsidios a las Cortes. Para controlar la recaudación de impuestos y el sufragio a los gastos del monarca surgió en 1359 la Diputació General de Catalunya, organismo que pronto se convertirá en un parlamento político.

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Papa Luna, Benedicto XIII (1328-1424)

Aragonés nacido en Illueca, de familia ilustre y de nombre Pedro Martínez de Luna, comenzó la carrera militar y estudió derecho canónico en Montpellier, alcanzando el grado académico de doctor. En 1375 es nombrado cardenal diácono, y viaja con el papa Gregorio XI desde Avignon a Roma. En 1378, a la muerte del papa, se reúne el cónclave cardenalicio para designar sucesor. La composición del colegio, con 16 miembros divididos en tres facciones (partido limosín, partido francés y partido italiano), y la reciente vuelta de la Santa Sede a suelo romano, hacían prever una elección difícil y complicada. Además, la presión del exaltado pueblo romano, temeroso de que la elección de un papa francés se llevase de nuevo la Santa Sede, rodeó de problemas el cónclave, temiendo los cardenales por su integridad. La elección de Urbano VI (Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari) fue apresurada y en modo alguno unánime (faltaban seis cardenales, que permanecían en Avignon, y otro más que ejercía de representante en el Congreso de Sarzana), planteándose como una solución de urgencia ante los tumultos del exterior. Los acontecimientos que se sucedieron no provocaron sino confusión, invadiendo el pueblo romano la sala antes de haber finalizado el cónclave. En el alboroto, algunos participantes creyeron que el nuevo papa era el cardenal Tibaldeschi, al que ya se le empezaron a preparar honores mientras algunos cardenales huían. El equívoco se deshizo poco después al darse a conocer el nombre del italiano Urbano VI, quien será coronado el 18 de abril con el beneplácito del pueblo. Sus modos dictatoriales, sin embargo, comienzan pronto a levantar recelo entre algunos de sus cardenales, especialmente entre los franceses. Además, en clara oposición a estos, amenaza con ordenar cardenales a mayor número de italianos para que su facción obtenga la mayoría en el colegio cardenalicio. El enfrentamiento se materializa el 9 de agosto de 1378 con la retirada a Anagni de trece cardenales y la redacción de una declaración en la que se hace constar que la elección de Urbano VI es nula de derecho porque ha sido elegido bajo amenazas. Pedro de Luna intenta mediar en el conflicto pero más tarde se convence de sus postulados y se une a los cardenales franceses. Urbano VI envía como mediadores a los cardenales Orsini, Brossano y Corsini, quienes ofrecen el perdón del Papa a los cardenales díscolos a cambio de desistir en su actitud. Sin embargo, los tres mediadores se pasan también al bando contestatario. Así las cosas, el 20 de septiembre de 1378 los cardenales sublevados designan al cardenal Roberto de Ginebra, familiar del rey francés, como nuevo papa en oposición a Urbano VI y con el nombre de Clemente VIII. La intervención diplomática de Pedro de Luna consigue atraer hacia el nuevo papa las simpatías de importantes reinos cristianos, siendo Castilla la primera monarquía en reconocer al nuevo papa, a la que seguirán Juan I de Aragón y Carlos III de Navarra. Como representante de Clemente VIII, viaja también a Francia, Flandes, Lieja, Escocia, Irlanda e Inglaterra, logrando el favor de sólo de Escocia y Francia. El reino de Nápoles y el sur de Alemania se declararán también partidarios suyos, mientras Portugal alternará su favor entre ambos papas en función de su situación política. Por parte de Urbano VI, le apoyarán Inglaterra, norte de Alemania, Hungría, Polonia, Dinamarca, Suecia, Noruega e Italia, excepto el reino de Nápoles. Planteado el cisma en toda su crudeza, Clemente VIII se dispone a acabar con su oponente mediante la fuerza, si bien el intento de invadir Roma se salda con la derrota de sus ejércitos en Carpineto. Decide entonces instalar su residencia en Avignon acompañado de tres cardenales. Para acabar con la división, que alcanzaba no sólo a las naciones, sino también al interior de los conventos, se plantearon diversas soluciones, propuestas por los teólogos Gerson y D´Ailli de la Universidad de París de acuerdo con la tesis de que la autoridad real y efectiva de la Iglesia recae sobre el Concilio General de los cardenales y obispos, y no sobre el papa. La primera solución postulaba la vía cessionis, esto es, la renuncia de ambos papas. La segunda solución al problema, la vía Compromissi, establecía que una reunión entre ambos papas y sus partidarios podría aclarar cuál de los papas tenía razón y legítimamente ocuparía el trono pontificio. La tercera, vía Concilii, postulaba la convocatoria de un Concilio universal que depusiera a ambos papas. Pedro de Luna se muestra partidario en principio de la primera solución, la via cessioni, pero la muerte de Clemente VII y su elección por los cardenales de Avignon como nuevo papa bajo el nombre de Benedicto XIII le hacen cambiar de opinión, pese a las presiones de Francia. Así, en 1398, Francia le retira su apoyo y el Consejo Real obliga a los cardenales de Avignon a salir de la ciudad, quedando tan sólo cinco junto a Benedicto XIII. Se produce entonces el asalto a la ciudad por parte de las tropas de Godofredo de Boucicaut, favorecidos por la rebelión popular promovida por el cardenal Juan de Neuchatel, y el asedio a la fortaleza en la que Benedicto XIII ha de refugiarse, hasta que es liberado por las tropas que envía Aragón al mando de Jaime de Prades, en 1403. La diplomacia y astucia de Benedicto XIII consiguen el perdón de Francia y su apoyo de nuevo a su causa. Se ensaya entonces la vía compromissi para acabar con el cisma, comprometiéndose Benedicto XIII y Gregorio XII (sucesor de Inocencio VII, quien a su vez había sucedido a Urbano VI) a encontrarse en la ciudad de Savona en 1407. El papa de Avignon estaba seguro de poder convencer a su oponente, asentado a su sólida formación jurídica y sus dotes dialécticas; sin embargo, el encuentro nunca llegó a producirse por la ausencia del pontífice romano. A partir de 1408, la presión de las monarquías cristianas sobre Benedicto XIII se hace mayor, forzándole a convocar un concilio en Perpignan para recabar apoyos. La oposición francesa conseguirá aislar al papa Luna, quien contará sólo con el favor de Navarra y Aragón. En 1409 prospera la propuesta de la Universidad de París de solucionar el conflicto mediante la vía concilii. Así, seis cardenales de cada bando se reunieron en Livorno y formaron un colegio cardenalicio autónomo. Escribieron a todos los reyes y obispos y convocaron un Concilio ecuménico a celebrar en Pisa el 25 de marzo de 1409. Benedicto XIII tiene previsto presentar su renuncia durante el Concilio, para lo que envía legados plenipotenciarios. Sin embargo, el rey francés opta por intervenir de manera directa en el conflicto para lograr la deposición de ambos papas, retrasando la emisión de salvoconductos que impiden la llegada a tiempo de ambas legaciones. Así, durante la sesión XV y en ausencia de los representantes de Gregorio XII y Bendecito XIII, se derroca a ambos papas por "herejes y por fautores del cisma", se declara la Sede vacante y se elige a Alejandro V, un franciscano de origen griego, como nuevo papa. La decisión no fue acatada por los papas depuestos, quienes convocaron sus respectivos concilios en Aquileya y Perpignan en busca de apoyos a sus pretensiones. La cuestión se complica aun más al fallecer en 1410 el papa Alejandro V y ser elegido Juan XXIII. El Concilio de Constanza (1414), auspiciado por el emperador Segismundo, pretende acabar con la tricefalia de la Iglesia mediante la renuncia de los tres papas y la elección consensuada de un nuevo pontífice. El modo de elección, por naciones y no individualmente, y a cargo tanto de laicos como de eclesiásticos, perjudica notablemente a Juan XXIII, quien se ve obligado a dimitir. Gregorio XII, por su parte, presentó su renuncia durante la reunión XIV. Benedicto XIII pretende quedar como único papa alegando haber sido elegido antes del Cisma, en vista de lo cual hubo de ser depuesto por el Concilio. En 1417 fue elegido papa el cardenal Otón Colonna, con el nombre de Martín V, dando así por concluido el Cisma de Occidente. Los últimos apoyos que le quedaban dejan solo a Benedicto XIII, al acatar sus cardenales las determinaciones del Concilio y al retirarle su reconocimiento los reinos de Castilla, Navarra, Aragón y Escocia. Retirado en el castillo de Peñíscola, Pedro de Luna muere en 1424.

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Fernando I de Aragón (1379-1416)

Nacido en Medina del Campo, es hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón, hija de Pedro IV. En 1395 casó con Leonor de Alburquerque. Por herencia, poseía extensas posesiones en Castilla y una gran influencia sobre los asuntos del reino. Por esto, al morir su hermano el rey Enrique III (1406), desempeñó el cargo de regente durante la minoría de edad del hijo de éste, Juan II, junto con su madre, Catalina de Láncaster. La regencia de ambos fue un período convulso, en el que se decidió repartir administrativamente el reino en dos mitades. A Fernando le correspondió el territorio del sur, aprovechando el potencial castellano para renovar las hostilidades contra los musulmanes. Así, tomó Antequera en 1410. La muerte sin sucesión de Martín I el Humano (1410) hizo que optara al trono junto con Jaime de Urgel. Fernando se vio apoyado por Benedicto XIII, gracias a la mediación de San Vicente Ferrer, y logró acceder al trono tras la sentencia del compromiso de Caspe, el 28 de junio de 1412. Un año más tarde aun hubo de vencer una revuelta fomentada por Jaime de Urgel. La oligarquía catalana le obligó en varias ocasiones a firmar acuerdos que limitaban el poder de la monarquía, como en los años 1412-13, ante las Cortes de Barcelona, y 1413, ante la Diputación General de Cataluña. Como les ocurrió a sus predecesores, los asuntos mediterráneos ocuparon gran parte de la preocupaciones de su mandato. Logró pacificar Cerdeña mediante tratados con el vizconde de Narbona y con Génova. Intervino en Sicilia en apoyo de la reina viuda Blanca y en contra de Fadrique de Luna, hijo ilegítimo de Martín el Joven. También nombró a su segundo hijo Juan virrey de Sicilia, Cerdeña y Mallorca. En 1414, estableció acuerdos con el sultán de Egipto y el rey de Fez. Apoyó a Benedicto XIII durante el Cisma, si bien le retiró su ayuda tras ser depuesto en el Concilio de Constanza (1416).

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González de Clavijo, Ruy (m. 1412)


Camarero de Enrique II, Juan I y Enrique III de Castilla. Este último le envió junto con Alonso Pérez de Santamaría Y Gómez Salazar, a entrevistarse con el Gran Tamerlán en Samarkanda para detener el avance turco sobre el Mediterráneo. Relató este viaje en una fantástica 'Historia del Gran Tamerlán' (1402-1404)

 
Ver también:

 

Viajero legendario:
 

Alfonso V el Magnánimo (1396-1458)

Nacido en Medina del Campo en 1396, Alfonso V, hijo primogénito de Fernando I de Antequera y de Leonor Urraca de Castilla, condesa de Alburquerque, heredó de su padre, en 1416, el trono de Aragón y los condados catalanes. Así, fue rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Sicilia, Cerdeña y Nápoles.

     El 12 de junio de 1415, un año antes de ser proclamado rey, se casó en Valencia con la infanta María, hija de Enrique III de Castilla y de Catalina de Láncaster. De este matrimonio no tuvo descendencia, tal vez porque pasó la mayor parte de su vida en Italia, alejado de su cónyuge. Con quien sí tuvo hijos fue con Lucrecia de Alagno con la que no pudo casarse ya que Calixto III no accedió a que repudiara a su esposa María para contraer un nuevo matrimonio.

      Ya como rey, Alfonso se instaló en Barcelona, inaugurando un mandato de desavenencias con los catalanes. A pesar de la prudencia que practicaba, ya a los tres años de su reinado tuvo que enfrentar las primeras discrepancias con las cortes catalanas, que no solo exigían la destitución de los consejeros castellanos, sino que también se oponían a la expansión de Cataluña por el Mediterráneo.

    El Magnánimo ligó la prosperidad de su reino a la expansión por el Mediterráneo, a la que dedicó todos sus esfuerzos. Así, anexionó Sicilia, cuyos derechos le habían sido concedidos a su padre por Benedicto XII.

      A pesar de todo, el monarca aragonés, logró consolidar el dominio catalán sobre Cerdeña en 1420. Allí recibió una embajada de la reina Juana de Nápoles, quien le ofreció adoptarlo como hijo y heredero, y él, deseoso de continuar la expansión aragonesa en el Mediterráneo, aceptó el ofrecimiento. Pero, ante la volubilidad de la soberana que se arrepintió de su propósito, tuvo que regresar a Aragón en 1423. Juana volvió a nombrarlo heredero, pero nuevamente lo desheredó. Alfonso, irritado, se apoderó de Nápoles y durante nueve años permaneció en sus reinos peninsulares. Tuvo que enzarzarse en una estéril guerra con el monarca castellano Juan II, ante quien defendió los intereses políticos y económicos en Castilla de sus hermanos, los infantes de Aragón. En 1432 regresa a Sicilia, dejando en su lugar a la reina María. Recelosas de este nuevo intento, se unen en su contra Venecia, Milán, Florencia y el Papa, si bien no pueden evitar que sea proclamado rey en 1435 a la muerte de Juana II. De vuelta a Aragón, es apresado en Ponza por el duque de Milán y señor de Génova, Felipe María Visconti, acordando con él repartir la península italiana en tres partes: el norte, con dominio milanés; el centro, con los Estados Pontificios y el sur, con dominio napolitano. Así, en 1443 consiguió, después de años de lucha con Venecia, Florencia, el Papado y los angevinos, la conquista total de Nápoles.

      A partir de este momento estableció allí su corte, convirtió la ciudad en un gran centro humanístico y se dedicó por completo a la política italiana. Fue un humanista que impulsó el desarrollo cultural y dejó grata memoria entre los sabios de que se rodeó en la corte. Suya es la frase "Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer".

      Las largas estancias fuera del reino le hicieron desatender los asuntos internos a pesar de que confió el gobierno de sus reinos hispánicos a la reina María y al hermano de ésta, Juan de Navarra.

      Con todo, desde la distancia favoreció las aspiraciones de los campesinos catalanes en 1448, aunque no dudó en sofocar violentamente la revuelta del campesinado mallorquín. La toma de Constantinopla por los turcos en 1453 le hizo unirse a la liga de los Estados cristianos. Incluso tuvo tiempo de proyectar un ataque contra Génova, principal rival en el Mediterráneo, pero la muerte le sorprendió antes de llevarlo a cabo.

    Alfonso V fallecío el mes de junio de 1458 en Nápoles, en el castillo del Ovo, dejándole la corona napolitana a su hijo bastardo Ferrante, y legando los reinos catalanoaragoneses a su hermano Juan II de Trastámara.

(http://cervantesvirtual.com/historia/monarquia/alfonsov.shtml)
 



González de Mendoza, Pedro (1428-1495)
Cardenal español, hijo del Marqués de Santillana. Nombrado Obispo de Calahorra en 1454, se significó pronto por su actuacion política como canciller de Enrique IV, al que aconsejó la elección de la Beltraneja como sucesora de la corona castellana. No obstante, apoyó a Isabel en la guerra sucesoria y fue consejero de los Reyes Católicos, a quienes ayudó en la lucha contra la nobleza. Intervino también en el campo diplomático (negociaciones con Luis XI de Francia), económico (aprobación del aumento de la renta real),y militar (organización de la guerra de Granada), y aprobó el acercamiento a Roma, si bien defendió los privilegios de la corona en el nombramiento de obispos. El ascendiente que adquirió sobre los Reyes le sirvió para obtener gran número de cargos y dignidades (canciiller mayor, cardenal de España, arzobispo de Toledo) que le convirtieron en el personaje más poderoso después de los monarcas, llamado por sus contemporáneos 'el tercer rey de España'. Su espíritu abierto y comprensivo le llevó a favorecer la introducción de la cultura renacentista desde su sede de Toledo. Fundó en 1484 el Colegio de la Santa Cruz de Valladolid.
(Indice)
 

 Tizona, de El Cid

 

 

Reyes de Castilla y León:
http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Monarcas_de_Castilla
Reyes de Aragon:
http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Monarcas_de_Arag%C3%B3n
http://es.wikipedia.org/wiki/Corona_de_Arag%C3%B3n
La Reconquista:
http://www.diomedes.com/historiaespain2.htm

 

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