Índice general de Hispánica

Catedral Nueva, Salamanca

'Las artes de la guerra son enemigas de las artes de la paz. Apenas hay monumento español que no conserve la huella salvaje de las hordas napoleónicas. No les bastaba destruir los templos; llevábanse a guisa de botín hasta los vasos sagrados...La historia se repite: Ayer, en San Isidoro de León, aventó la guerra las sacras cenizas de nuestros Reyes; hoy (1914-1918) los nietos de aquellos profanadores de sepulcros hallan el suyo bajo las ruinas de la famosa catedral santuario de los Reyes de Francia. De ayer a hoy no existe más diferencia que el calibre y el alcance de la moderna artillería. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre'. 

(Ricardo León, La Escuela de los Sofistas)

 

 


Diego de Siloé
Nació a mediados del siglo XV. Se formó en el taller de su padre y en Italia, donde trabajó con Bartolomé Ordóñez y se dejó influir por los renacentistas italianos, en especial Miguel Angel. Junto con Machuca, Berruguete y Ordóñez compone la galería de grandes artistas del Renacimiento español. Fue clásico en sus obras de Nápoles y Granada y plateresco en Burgos, pero siempre con características muy personales de grandiosidad y sentimentalismo. Trabajó con Ordóñez en la sillería del coro de la catedral de Barcelona. En 1519 realizó en Burgos el sepulcro de alabastro para la capilla del obispo Acuña, en la catedral. Entre las figuras que adornan el sepulcro esta La Caridad abrazando a un niño. Su obra maestra en Burgos fue la llamada escalera dorada del crucero de la catedral. En la capilla del Condestable de la catedral de Burgos terminó la imaginería de los retablos comenzados por su padre. En 1528 se trasladó a Granada para continuar la capilla de San Jerónimo, en la que hizo la sillería del coro. Como arquitecto sus obras maestras son las catedrales de Granada, Málaga y Guadix. En las portadas utilizó la decoración plateresca, muy imitada entonces en Andalucía y en América. En Sevilla trabajó en la sacristía mayor de la catedral. En cuanto a edificios civiles, hay que destacar su labor como autor de patios y fachadas. En 1560 trazó la fachada de la casa de los Miradores. También se deben a él la portada y el patio del Colegio de Irlandeses en Salamanca.  (Indice)

Simón de Colonia (1450-1511)
Arquitecto y escultor español. El más importante del grupo burgalés de la segunda mitad del siglo XV, y uno de los más representativos del estilo hispano-flamenco. A la muerte de su padre quedó al cargo de las obras que éste llevaba a cabo en la catedral y en la Cartuja de Miraflores. En 1482 comenzó la construcción de la Capilla del Condestable, inspirada en la capilla de Don Alvaro de Luna de la Catedral de Toledo. Trabajó en la iglesia de San Pablo de Valladolid, y quizá en San Gregorio. También trabajó en San Juan de los Reyes de Toledo y en la Catedral de Sevilla. Como escultor se le atribuyen los sepulcros de Gonzalo Fernández de Aguilar (1482), Juan Sánchez de Sepúlveda (1486), Gonzalo Díez de la Fuente (1492), Pedro Fernández de Villegas (1509) y otros en la Catedral de Burgos. También intervino en el retablo de San Nicolás de Burgos. Su importancia es paralela a la de Juan de Guas en la comarca toledana. (Indice)

Vandelvira, Andrés de (1509-1575)
Arquitecto. Trabajó en sus comienzos con artífices toledanos, y más tarde con Diego de Siloé. Su obra se desarrolló en las ciudades de Ubeda, Baeza y Jaén, que en aquella época tenían una gran actividad. En Granada llevó a cabo las trazas que realizara Siloé para la Capilla del Salvador. Este el ejemplo más típico de su estilo, sobre todo en el aspecto decorativo con el uso de la figura humana como cariátides o atlantes. En 1554 comienza las obras para la catedral de Jaén, en donde destaca la sacristía como una de las ejecuciones más originales del maestro. Otra de sus grandes obras es el Hospital de Santiago, en Ubeda. En cuanto a la arquitectura civil, el Palacio Vázquez de Molina (hoy Ayuntamiento de Ubeda), y el de Vela de los Cobos. La huella de Vandelvira fue muy profunda en la arquitectura de Andalucía oriental, perdurando hasta el siglo XVIII.  

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Rodrigo Gil de Hontañón (1500-1577) y familia.
Arquitectos españoles que desarrollaron su actividad en Castilla durante el s. Xvi.
      Juan. N. en Rasines (Santander) hacia 1480; m. en Salamanca el 11 de mayo de 1526. Tuvo varios hijos, entre ellos Rodrigo y Juan, ambos arquitectos. Su actividad se inicia en torno a Segovia, estando avecindado en Rascafría, relacionándose con la escuela hispanoflamenca toledana de Juan Guas (v.). Interviene a fines del s. xv en las obras de los monasterios del Parral y del Paular. En 1500 está en Sigüenza con Cristóbal de Adonza, dando su parecer sobre la portada de la catedral. Más tarde, en 1509, contrata la obra de la capilla de S. Frutos y la librería de la catedral de Segovia. En relación con esta obra se le atribuyen trabajos en el castillo de Turégano. Asimismo, por estos años está documentada su intervención en las obras de la catedral de Palencia, fundamental para el arte castellano, pues en ella funde las formas de las escuelas hispanoflamencas de Toledo y Burgos y de aquí surge el grupo de artistas que ha de trabajar en Salamanca. También consta su participación en S. Clara de Briviesca. Su obra fundamental es la intervención en la construcción de la catedral nueva de Salamanca, asistiendo a la junta de 1512 y siendo nombrado maestro mayor en este mismo año. Inicia las obras el de 12 mayo de 1513 y en ellas participa también su hijo Juan Gil el Mozo. Salamanca se convierte en el centro de su actividad artística, mostrando en todo momento su apego a las formas hipanoflamencas, con muy escasos detalles renacentistas. Su prestigio como arquitecto experto en edificios de estructura gótica se evidencia en 1513 cuando da unas trazas para la prosecución de la obras del crucero de la catedral de Sevilla, de la que fue nombrado maestro mayor, cargo que mantuvo hasta 1515, aunque según otros datos todavía lo era en 1516, cuando envía unas trazas desde Salamanca para cerrar la bóveda del crucero. En 1523 contrata la construcción de la capilla del deán Cepeda en la catedral de Zamora, en la que luego intervino su hijo Rodrigo. Su última obra es la traza e iniciación de los trabajos de la catedral de Segovia, en la que sigue el modelo de la catedral nueva de Salamanca. También consta, por último, que en varias ocasiones visitó las obras de la Capilla Real de Granada.
     
      Juan, el Mozo. La identidad de nombre con su padre ha confundido la personalidad de este maestro. Existen datos, entre 1521 y 1531, en relación con la catedral de Salamanca, de la que fue nombrado maestro mayor en mayo de 1526. Asimismo constan algunas visitas a Santiago, reconociendo edificios. Se le atribuye el convento de Sancti Spiritus, de Salamanca.
     
      Rodrigo. N. en Rasines (Santander) ca. 1500; m. en Segovia el 31 mayo 1577. Es el arquitecto más importante del plateresco (v.) purista en la escuela salmantina. Hijo natural de Juan, se formó con su padre en torno a las obras de la catedral nueva de Salamanca, y le sucedió en la dirección de las obras de la catedral de Segovia, de la que fue nombrado maestro mayor en 1560, y asimismo lo fue de la catedral de Salamanca a partir de 1538.
     
      Como arquitecto religioso intervino en múltiples obras, manteniendo las formas y estructuras de la arquitectura gótica, e incluso se le atribuyen los capítulos que tratan de este estilo en la obra de Simón García, Compendio de Arquitectura y simetría de los templos. Este estilo lo sigue en las numerosas obras religiosas en las que intervino, entre las que sobresalen: la parroquia de Villacastín (1529); la traza de la antigua y desaparecida Colegiata de Valladolid, de la que fue maestro mayor en 1536; la iglesia de Santiago de Medina de Rioseco (1533); la iglesia de Santiago de Cáceres (1550); la capilla mayor de la iglesia del Salvador en Medina del Campo (1569); la iglesia de S. Esteban de Castromocho (ca. 1545); su intervención, entre 1549-59 en la catedral de Astorga; la iglesia de Nava del Rey (1564); la iglesia de S. Julián de Toro (1560); el pórtico de entrada de la iglesia de S. Benito de Valladolid (1569-72); aparte de sus intervenciones en las obras de la catedral de Plasencia, de la que fue nombrado maestro mayor en 1544; y en la catedral de Santiago.
     
      Sin embargo, su principal importancia desde el punto de vista de la arquitectura renacentista la tiene como arquitecto civil, ya que es uno de los principales representantes del plateresco purista castellano, rivalizando con Alonso de Covarrubias (v.). Su obra más importante y una de las más bellas de nuestro Renacimiento, es la fachada de la Univ. de Alcalá de Henares, en la que interviene entre 1541 y 1553. Compite en belleza con esta obra la fachada de las Platerías de la catedral de Santiago de Compostela, en la que da un modelo que luego ha de repetir en la fachada del Palacio de Monterrey de Salamanca, en la que la participación de fray Martín de Santiago plantea el problema de su atribución. En relación con esta obra salmantina, se le atribuye el Palacio de los Guzmanes de León. Aparte de estas obras, consta su intervención en la Univ. de Salamanca, entre 1538 y 1553; en diversas obras de Santiago de Compostela, claustro de la catedral y obras del Hospital; y en 1565 en las trazas y dirección del Colegio Mayor del Rey de Salamanca.

JOSÉ MARÍA DE AZCARATE.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Francisco Becerra (1545-1605)
La extraodinaria ambición y número de los programas constructivos, llevados a cabo en Indias durante el s. XVI, fue uno de los motivos que decidieron a muchos arquitectos españoles a cruzar el Atlántico. F. B. fue uno de estos arquitectos, y quizá el más importante, de los que trabajaron en América durante este siglo. Ceán lo califica como el «mejor arquitecto que pasó a América en el buen tiempo de la arquitectura española». B. n. en Trujillo ca. 1545 y m. en Lima en 1601. Inició su formación con su padre, Alonso Becerra. Antes de su marcha sabemos que hace algunas obras en la Península como la iglesia de Herguijuela y otras obras en su ciudad natal.
      En 1573 lo hallamos en México al frente de las obras de la iglesia del convento de Santo Domingo. Dos años después lo encontramos trabajando en la catedral de puebla como maestro mayor. Un informe hecho por el arquitecto en 1584, al referirse a su labor en la catedral de Puebla nos dice que «la sacó de cimientos y fabricó y traçó de obra de muy buen edificio». Lo cual nos hace creer como suya la obra de la catedral. Por su semejanza con la de México y por esta afirmación rotunda se plantea el problema de la posible intervención de B. en la de México. Sin embargo, lo más lógico es suponer que en Puebla hizo una copia o réplica de la catedral de la capital. La labor de nuestro arquitecto se extiende a otros monumentos mexicanos antes de su traslado a América del Sur, en donde le hallamos trabajando en Quito y Perú.
      El virrey del Perú D. Martín Enríquez de Almansa llama a B., que aparece en Lima en 1582, con el fin de llevar a cabo la construcción de las catedrales de Lima y del Cuzco. Las trazas de la primera se deben, por datos documentales, a nuestro arquitecto, que introduce pilares cruciformes en la separación de las naves; en cuanto a la del Cuzco, si documentalmente no podemos atribuirla a B., su estructura es idéntica a la de Lima. De manera que o la trazó B., o se imitó la de Lima prácticamente al pie de la letra. De la labor de B. en España antes de su partida para América se conocen algunas obras en Trujillo.

V. NIETO ALCAIDE.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

 

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Juan de Badajoz el Mozo (murió en 1560)
Arquitecto y escultor español. Sucedió a su padre en los trabajos de la catedral de León en 1525, renovando los pináculos, y rehaciendo el claustro con nuevas nervaduras y bellos medallones. Construyó la Librería de San Isidoro, y en 1549 fue encargado de las obras del convento de San Marcos, en el que edifió el claustruo y doble sacristía.  (Indice)

Claudio de Arciniega (siglo XVI)
La personalidad de la mayoría de los arquitectos españoles que pasan a Nueva España en el s. XVI nos resulta insuficientemente conocida, es más lo que sabemos acerca de las obras mismas que de sus propios autores. De la vida de A. se sabe muy poco: que n. ca. 1527, probablemente en Burgos, que en España trabajó también en Madrid y Guadalajara, encontrándose en México poco después de mediar el siglo y que disfrutó de una gran estimación entre sus contemporáneos. Cervantes de Salazar le llama «arquitecto excelente». Y, en efecto, a su cargo debieron estar importantes obras, pues en 1578 se le otorga el nombramiento de «obrero mayor de la Nueva España».
      La catalogación de las obras que realiza en México es problemática y pues conocemos documentalmente obras hechas por él que se han perdido y sabemos de otras en las que interviene, pero que experimentaron cambios después de su muerte, acaecida en 1593. A. es el autor de la traza de la catedral de México, aunque el edificio se terminó años después de su muerte. En 1570 era maestro mayor de la catedral; este nombramiento sería reciente, pues aunque la primera piedra se puso en 1563 las obras se interrumpieron hasta volverse a reanudar por estos años. De esta actividad en Nueva España poseemos algunos datos que nos muestran con toda evidencia que A. fue uno de los arquitectos de su tiempo más solicitados en México. Parece ser que intervino en el Hospital de la Concepción y, en los desaparecidos Hospital Real de Indios y de Convalecientes y que siguiendo sus trazas se hicieron los conventos de S. Domingo y S. Agustín, así como otras noticias nos informan acerca de su labor en la catedral de Puebla.
V. NIETO ALCAIDE.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Alonso de Covarrubias (1488-1570)
Arquitecto español, n. en 1488 en Torrijos (Toledo); m. el 11 mayo 1570 en Toledo, y recibió sepultura en la parroquia de S. Andrés. Es el principal arquitecto de la escuela toledana del Renacimiento. Debió formarse en torno a los talleres de arquitectura hispanoflamenca de Egas (v.), con quienes estaba emparentado, renovando su estilo al contacto de la obra de Lorenzo Vázquez (v.) y de los maestros renacentistas que trabajaban en la zona de Guadalajara, como los Adonza.
      Primeros tiempos. En 1510 casa con María Gutiérrez de Egas, y este mismo año ya consta su intervención como maestro al dar su parecer sobre la obra de la catedral de Salamanca. Dos años después se le cita en la junta de arquitectos que se reúne en Salamanca para tratar de la construcción de la nueva catedral. En 1513 contrata el sepulcro de D. Francisco de Rojas para la capilla de la Epifanía en la iglesia toledana de S. Andrés, mostrando un estilo que entronca con el de los Egas, con atisbos renacentistas, como igualmente se advierte en los sepulcros del obispo D. Tello de Buendía y del arcediano de Calatrava, en la nave de la Epístola de la catedral de Toledo, que hace seguidamente.
      A partir de ahora sigue una evolución que, si bien lentamente, camina sin desmayo por la senda de la incorporación de las formas renacentistas, en lo que radica la importancia de su arte, ya que sin romper con la tradición artística toledana tiende a fundir las formas góticas con las nuevas formas renacentistas. Se inicia claramente esta evolución con su participación, entre 1515 y 1517, en la catedral de Sigüenza, donde interviene en el retablo de S. Librada y en el sepulcro de D. Fadrique de Portugal. Por estos años debió iniciar su intervención en la obra más importante de la primera fase del plateresco toledano, el Hospital de Santa Cruz, fundación del card. Mendoza, en el que está documentada dicha intervención en 1524. En esta obra muestra su íntima relación con el arte de Lorenzo Vázquez, con formas que se repetían en la desaparecida escalera y patio del Palacio arzobispal de Alcalá de Henares. Simultáneamente, se reconoce su actividad en Guadalajara, donde consta su participación, en 1526, en la iglesia del convento de laPiedad, completando la labor hecha por Lorenzo Vázquez en este antiguo palacio de la Casa de Mendoza. Primera etapa plateresca. Por estos años se afianza su prestigio como arquitecto, pues consta su intervención dando pareceres, en 1527, en la catedral de Toledo, en 1529 en la catedral y en la Univ. de Salamanca, y en la catedral de Segovia en la misma fecha. En 1530 traza con Siloé la capilla de Reyes Nuevos de la catedral de Toledo, en cuya ejecución interviene activamente, simultaneando esta obra con la construcción del Sagrario nuevo de la catedral de Sigüenza, del que se encarga en 1532, estando al frente de la obra hasta 1535. Esta etapa se caracteriza por el empleo de un estilo plateresco (v.), minucioso, detallista, de buena labra, en el que la extrema delicadeza y exquisito gusto en los detalles van acompañados de una técnica cuidada merced a la cual se valoriza el sentido plástico de las labores escultóricas. En 1534 es nombrado maestro mayor de la catedral de Toledo, cargo que desempeñará hasta que se le jubile en 1566; poco después, en 1537, es designado, con Luis de Vega, maestro de los Alcázares Reales de Sevilla, Toledo y Madrid, coincidiendo con una perceptible evolución en su estilo.
      Como obras finales de la primera etapa plateresca del maestro pueden citarse, como más características, la reedificación, en 1534, del Monasterio de S. Clemente de las Bernardas Calzadas de Toledo, en cuya portada se halla una de las más bellas muestras del plateresco toledano. También corresponden a este momento el bello claustro del Monasterio de Lupiana (Guadalajara), la traza de la portada de la capilla de S. Juan, bajo la torre de la catedral de Toledo, y otras pequeñas obras en Navacerrada, Novés y Escalona.
      La reacción purista. Como queda dicho, hacia 1537 se advierte una clara evolución hacia un purismo renacentista que define la segunda fase del plateresco en Castilla. A partir de ahora, C. se preocupa más por la búsqueda de efectos grandiosos, monumentales, en que la decoración menuda queda relegada a un segundo término. En este año, en efecto, se encarga de la iniciación de la profunda reforma del Alcázar de Toledo, después interviene, a partir de 1541, en el Hospital de Afuera, del que es nombrado maestro mayor, siguiendo las trazas de Bartolomé Bustamante (v.). En ambas obras dominan las notas características del plateresco purista, reduciéndose la decoración al mínimo. Por otra parte, su actividad como maestro experimentado se registra en numerosas obras. En 1537 participa en las trazas para la prosecución de las obras de la catedral de Plasencia. Asimismo consta que da pareceres y visita obras en Salamanca (1538), Valladolid (1538), Sevilla (1542), en Huecas, donde estipula las condiciones para la obra de la capilla mayor de la iglesia (1545), y en Valencia, interviniendo en las trazas de la iglesia de S. Miguel de los Reyes (1546); del mismo modo está documentada su continua asistencia a las dos obras más importantes que dirige por estos años, el Alcázar y el Hospital de Afuera, en Toledo.
      En 1549 da las trazas de la parroquia de la Magdalena, de Getafe, en la que es evidente el triunfo del nuevo estilo; no obstante, la afición a lo decorativo aún se mantiene en las cabeceras de las iglesias toledanas de S. Román y S. María la Blanca, ambas realizadas en 1550 aprox. También, por estas fechas, intervino en Cuenca, donde debió dar las trazas para el llamado Arco de Jamete, en la catedral. En 1554 dirige las obras de ensanchamiento de la plaza del Ayuntamiento de Toledo y en 1559 da las condiciones y trazas para una de sus obras más características, la Puerta Nueva de Bisagra, en Toledo, una de las creaciones más bellas del Renacimiento español.
      Pero, propiamente, a partir de 1555, su actividad se va reduciendo a emitir informes y tasaciones. A pesar de la documentación, no es verosímil que labrase él mismo el sepulcro del clavero de Calatrava, fray Fernando deCórdoba, en Almagro, de 1555. Su nombre figura dando condiciones para la capilla de la Epifanía en S. Andrés de Toledo (1556) así como para la torre de Olías del Rey (1559), en la tasación de un puente sobre el río Guadajaroz (1560) y en las obras de la iglesia de Mocejón (1562). Ya casi octogenario, se le jubila como maestro mayor en las obras de la diócesis toledana y, seguidamente, de las de los Reales Alcázares, cuando ya las obras de El Escorial (v.) señalaban la última fase en la evolución de la arquitectura renacentista castellana.

JOSÉ MAREA DE AZCÁRATE.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

 

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Juan de Herrera (1530-1597)
Los primeros años. En Mobellán, aldea del concejo de Roiz y valle de Valdáliga, en las entonces Asturias de Santillana (Santander), n. Juan de Herrera, en 1530. Su abuelo fue Ruy Gutiérrez de Maliaño y Herrera, señor de la Casa solariega de Maliaño, cuyo segundo hijo Pedro Gutiérrez de Maliaño, casó con María Gutiérrez de la Vega y de su matrimonio vinieron al mundo J. de H. y María de Herrera. Los primeros años de Juan transcurrieron en el hogar paterno, sobrio como correspondía a unos modestos hidalgos montañeses, donde aprendió las primeras letras.
     
      Todavía mozo (1547) bajó a Castilla, entró al servicio del príncipe Felipe y acompañándole sale de Valladolid en 1548, atraviesa Italia y Alemania y alcanza por último, abr. de 1549, la corte imperial de Bruselas. Aquí permaneció hasta 1551 en que regresó al punto de partida, figurando siempre en el cortejo del futuro Rey. En 1553 sentó plaza de soldado y marchó a Italia formando en la Compañía del capitán Medinilla; poco después era nombrado arcabucero de a caballo en la guardia del general Fernando de Gonzaga, a quien sirvió en este puesto durante las campañas del Piamonte y más tarde en tierras de Flandes, participando en la jornada de Rentín, la última acción guerrera de Carlos V. Cuando Fernando de Gonzaga retornó a Italia, H. quedó incorporado a la guarda del César y en su compañía siguió los últimos pasos del Emperador hasta su abdicación, para volver al servicio de Felipe 11, con quien regresó a España el año 1559. Fueron cinco años de asistencia en la corte de Bruselas, cuyo elevado nivel cultural hubo de influir en H. permitiéndole adquirir durante esta etapa formativa sólidos conocimientos científicos y humanísticos.
     
      Ya en España, se unió al grupo que, bajo la dirección de Honorato Juan, se ocupó de la enseñanza del príncipe Carlos, y en el ejercicio de estas funciones copia las figuras astronómicas del Libro de las Armellas, tarea que concluye en 1562. Asimismo, por orden de Felipe 11, recibió los «papeles» de Esquivel, que tenía Guevara, con las mediciones geodésicas para la confección del mapa general o «Carta de España», considerándole, sin duda, la persona más capacitada para continuar aquella empresa.
     
      La época de El Escorial. Por entonces había comenzado la fábrica de S. Lorenzo el Real de El Escorial, bajo la dirección y conforme a las trazas de Juan Bautista de Toledo, a cuyas órdenes comenzó a trabajar H. el 18 feb. 1563, junto con Juan de Valencia, para acudir a tomar la horden de las obras y cossas que conuiniere hazerse. H. cuenta treinta y tres años y aunque en la cédula de su nombramiento se alude a la habilidad que tiene en cossas de architetura; es la primera vez que tal actividad está documentada. Se le había fijado un salario de cien ducados anuales, y a poco de incorporarse a sus funciones asistió a la colocación de la primera piedra, en la que figuraba una inscripción latina con la fecha (23 abr. 1563) y los nombres del monarca y su arquitecto, redactada y dibujada precisamente por H. Inició antes de estas fechas el trato con Juana Martínez, en la que hubo una hija natural: Luisa de Herrera.
     
      Con el transcurso de los años se hace cada vez más patente su intervención en las trazas para El Escorial y en las obras de otras posesiones reales. A partir de 1565 comenzó a andar continuamente con S. M. a donde quiera que iba, y vio aumentado su salario anual -14 mar. 1567- a 250 ducados, mejora que demuestra la creciente importancia que adquiere su figura y la singular competencia que desarrolla en sus funciones.
     
      A la muerte de Juan Bautista de Toledo -19 mayo 1567- recae sobre él la responsabilidad de llevar adelante la fábrica escurialense, y pronto pone de manifiesto, así en la dirección de las obras como en las trazas que ha de realizar, su talento y una preparación artística nada comunes. La satisfacción del monarca, que siempre y en todo hizo sentir su opinión, se refleja en el oficio de ayuda de la f urriera con que premió (1569) aquellos trabajos, pues los gajes de este empleo suponían un aumento anual de 150 ducados. Más adelante, la envergadura que adquieren las obras del monasterio suponen tanto trabajo y responsabilidad para el arquitecto, que Felipe 11 dispone se le construya en la villa un aposento, donde tenga albergue y se custodien las trazas y demás papeles tocantes a las obras.
     
      Su vida privada toma nuevo rumbo en 1572, al contraer matrimonio con María de Álvaro, viuda reciente, de situación acomodada, que le proporcionaría un mejor nivel de vida pero no así descendencia. Por entonces, o algo antes, hizo los diseños para la casa que alzó en Madrid su antiguo amigo Jacobo de Trezo. De otra parte, y como el incremento de las obras en el monasterio de S. Lorenzo hacía cada vez más complejo su gobierno, hubo que renovar las disposiciones iniciales; H. redactó una Instrucción que fue meticulosamente examinada por Felipe II, rectificada en ocasiones y aprobada, por último, el 22 oct. 1572, al tiempo que se introducían, para facilitar los trabajos, ciertos ingenios inventados por H., a fin de trasladar y elevar los materiales más pesados y de difícil manejo con menor esfuerzo y mayor economía. También corresponden a este año las trazas, designios y otros memoriales confeccionados para la Lonja de Sevilla, la primera obra de una envergadura considerable que le estuvo encomendada de manera exclusiva. Todavía tuvo tiempo en los últimos meses de este año para ocuparse de las trazas a que se ajustaría la fábrica del monasterio franciscano de S. Domingo de la Calzada, que le había encargado Fray Bernardo de Fresneda.
     
      A principios de 1573 estudiaba, junto con Gaspar de Vega y Juan de Salamanca, las obras que habían de transformar en Archivo la antigua fortaleza de Simancas y disponía el plan general de los trabajos que supervisó en lo sucesivo, conforme se fueron realizando. Ocupóse asimismo, por encargo del monarca, de las trazas para la escalera principal y la capilla del Alcázar de Toledo, así como de las correspondientes al cuarto nuevo del palacio de Aranjuez. Su indudable afición a la cosmografía, corroborada por los libros y aparatos varios que poseyó, le llevó a inventar ciertos instrumentos astronómicos para los que obtuvo de Felipe 11 (13 dic. 1573) el privilegio de fabricación y empleo.
     
      El 3 feb. 1575 casaba Luisa de Herrera, su hija natural, con el alguacil de corte Pedro de Baños y María de Álvaro la dotaba con 3.000 ducados. Años atrás había muerto el padre del arquitecto y estaban retenidos todos sus bienes en el lugar de Mobellán por deudas insatisfechas; pleitearon Juan y su hermana María de Herrera por la hacienda patrimonial y al cabo pudieron cobrarla el 12 sept. 1575. Vivía H. en su casa, propiedad de su mujer, en la calle de los Bodegones Viejos y aprovechando acaso el desahogo económico que su matrimonio le proporcionaba, proyectó levantar su propia casa, para lo que solicitó, y obtuvo de Felipe 11, un pedazo de tierra y solar encima de la Fuente de la Priora, del que tomó posesión en junio de 1576. Pero dos meses después fallecía, sin dejar hijos, María de Álvaro y aunque le instituyó su heredero universal, parece que desistió de aquel propósito y nada hizo en el solar que, por cierto, quiso recobrar inútilmente Felipe II.
     
      A pesar de que las funciones de H. rebasaban con mucho el cargo oficial que se le reconocía, ni siquiera tenía título de arquitecto real; la injusticia o la falta de proporción se acusaban más todavía en el sueldo que cobraba, por lo que el monarca, teniendo en consideración a lo bien y al cuidado con que le había servido y sirve continuamente, en lo tocante a las reales obras y arquitectura, fijó su salario en 800 ducados anuales, la mitad con cargo a la fábrica de El Escorial y la otra mitad, a las obras del Alcázar madrileño y Casa Real del Pardo (14 sept. 1577). De paso, y a suplicación de Herrera, le quitaba el oficio de ayuda de la furriera y sus gajes, precisando a cambio el cargo y obligación que le corresponderían en lo sucesivo. Su prestigio profesional va en aumento y así lo prueba la medalla que le consagró Jacobo de Trezo en 1578, donde labró el único retrato auténtico que del arquitecto conocemos, y que corresponde a las fechas en que se ocupaba diseñando la fachada mediodía del Alcázar toledano y el retablo para S. Lorenzo el Real.
     
      A principios del año siguiente redacta su primer testamento, notable por la moderación con que dispone sus honras fúnebres y la generosidad con que establece mandas y limosnas, así como la fundación de una memoria para enseñar el catecismo y la doctrina de Raimundo Lulio (v.) a los naturales del valle de Valdáliga, solar de sus abuelos. Designado en 1579 aposentador mayor de palacio, puede señalarse el hecho como la primera distinción honorífica que recibe de su Rey; el oficio es importante, pero, sobre todo, incluye dos prerrogativas muy estimadas en la corte de los Austrias: recibir las órdenes de boca de S. M. y el libre acceso a la cámara real.
     
      Desempeñando estas funciones hubo de acompañar a Felipe 11 en la jornada de Portugal iniciada en marzo de 1580, y dirigir las obras en las casas reales que debía ocupar el monarca en Lisboa, preparar el recibimiento que la ciudad había de dispensarle, y aún tuvo tiempo para emplearse en las trazas del monasterio de San Vicente da Fora, que debía levantarse en Lisboa, y para colaborar con los cosmógrafos lusitanos en la confección de la carta general que delimitaría las posesiones de ambos países en ultramar.
     
      Regresó a Madrid en otoño de 1581 y a este periodo corresponden las trazas para la huerta real de Picotajo (Aranjuez) y las del puente sobre el río Guadarrama. El 6 feb. 1582 obtiene de S. M. una curiosa merced: la de beneficiar los mineros y veneros de cobre e plomo del prencipado de Asturias de Oviedo, para cuya empresa se asoció con el arquero. Gerald de Gosse. Inspeccionó la marcha de las obras reales que se llevaban a cabo en Aranjuez, Segovia, Valsaín, La Fuenfría y S. Lorenzo el Real; aquí se hallaba el mes de junio, pues el día 23 asistió a la colocación de la cruz en la aguja del cimborrio de la Iglesia. Por estas fechas contrajo nuevo matrimonio, para entroncar directamente con la Casa y Mayorazgo de los Herrera, en Maliaño, porque lo hizo con su sobrina en tercer grado: Inés de Herrera, hija única de Marcos de Herrera, señor de la Casa solariega. Poco después se reintegraba a la corte, en Lisboa, donde por orden de Felipe 11 diseñó la torre que debía levantarse junto al palacio real, a orillas del Tajo. A esta etapa igualmente pertenecen las trazas para el palacio del Castel Rodrigo y las instrucciones que dio para que se construyera una tribuna en la iglesia de las Descalzas Reales de Madrid, para la emperatriz María.
     
      Carecían por entonces los españoles de cualquier centro en que pudieran adquirir una preparación científica adecuada, situación humillante y perjudicial a la que quiso poner término Felipe II instituyendo, a instancia y suplicación de su arquitecto, en Madrid, la Academia de Matemáticas para formar hombres expertos y que entiendan bien las matemáticas y el arte de la arquitectura y otrasciencias y facultades a ellas anejas. Por cédulas despachadas en Lisboa el 25 dic. 1582 fueron designados para desempeñar las enseñanzas de astronomía, geografía y matemáticas, Juan Bautista Labaña, Luis Georgio y Pedro Ambrosio de Onderiz, confiándose a H. la enseñanza de la arquitectura y la tarea de coordinar y vigilar todos los estudios.
     
      Regresó H. a España con la corte (marzo de 1583) y asistió a la colocación de la imagen de S. Lorenzo en el pórtico principal del monasterio escurialense. Buen número de las trazas y diseños que había dibujado para la construcción de esta inmensa fábrica habían desaparecido, con los años, por el constante uso en los tajos y obras; algunas las conservaba Felipe 11, y no pocas debió de retenerlas el propio arquitecto, quien a principios de 1583 estimó que era justo se diese muestra por todo el mundo de una tan insigne fábrica mediante una colección de láminas que representasen la magnificencia del monasterio. En este sentido mandó un memorial a la Cámara de Castilla suplicando el oportuno privilegio, que confirmó de su mano el monarca (septiembre de 1583) por tiempo de quince años. El propio H. con la ayuda de Francisco de Mora y de Jusepe Flecha, se ocupó de hacer los necesarios dibujos, encargando al flamenco Pietro Perrete la tarea de abrir las planchas de cobre, a cuyo fin lo hizo venir de Roma e instaló en su propia casa.
     
      Este mismo año terminó los diseños para la Lonja sevillana, dieron comienzo las obras y obtuvo el abono de mil ducados por las trazas y dibujos que tenía enviados a lo largo de once años. Para la proyectada Academia de Matemáticas se había alquilado una casa, en la calle del Tesoro, se redactaron unos estatutos y en octubre de 1583 iniciaba sus actividades la institución con gran cantidad de oyentes. Por estas fechas debió trazar el ingenio hidráulico que debía emplearse en la Casa de la Moneda de Segovia, a orillas del Eresma. El éxito inicial de la Academia de Matemáticas era tan prometedor que Felipe 11 dispuso que los estudios de arquitectura, que formaban parte del plan general, se dieran por separado para la mejor capacitación de alarifes y demás profesionales; la nueva aula debía establecerse precisamente en Madrid, por lo que el Concejo de la villa ordenó (1584) la creación de tal estudio, cuya suerte se desconoce.
     
      En mayo de 1584 remitió al secretario Mateo Vázquez un largo memorial en que da razón de su vida, méritos y servicios, por los que se consideraba acreedor de nuevas mercedes, si bien omitía aquellos otros trabajos que juzgaba retribuidos. Curiosamente, acababa su escrito pidiendo al Rey su grata licencia para retirarse a la tierra natal después de acabado el retablo de San Lorenzo. Acaso redactara el memorial en instantes de cansancio o decaimiento pero, en el orden económico la petición de nuevas mercedes no responde a una situación difícil o penosa, sino a mera costumbre de todos los servidores reales, puesto que en junio de 1584 H. estaba en condiciones de entregar a la villa de Torrenueva 4.000 ducados a censo, además de tener invertidas otras cantidades en diversos préstamos e hipotecas.
     
      Entre tanto, tocaban a su fin las obras del conjunto palacial de Aranjuez, con los jardines, la capilla y el cuarto nuevo de la Casa Real, al tiempo que se comenzaban las de la Casa de Oficios, trazada también por H. Poco después (13 sept. 1584) se puso la última y postrera piedra del monasterio escurialense, que remataba la obra de cantería y coronaba una empresa de muchos años, si bien todavía quedaban pendientes nuevas trazas y consultas para completar y embellecer la magna fábrica. El dibujo de las estampas estaba casi terminado, pero el corte de las láminas era un trabajo lento en el que Perrete avanzaba despacio, por lo que H. decidió reducir a 12 las 23 estampas previstas y estableció ante escribano, con el grabador, las condiciones y ritmo del trabajo restante.
     
      Los años finales. Mediado noviembre de 1584 nació su hija Lorenza, primer fruto del matrimonio con Inés de Herrera, y el 6 de diciembre inmediato otorgaba nuevo testamento declarándola su heredera universal. Sentíase deprimido y enfermo, pero debió de sobreponerse, pues continuó sus trabajos, resolviendo el trazado para la conducción de aguas a Valladolid y diseñando las casas del Consistorio y Panadería (1585) de esta misma ciudad. No se sabe cuándo inició las trazas para la catedral vallisoletana, pero es presumible que se hiciera cargo de ellas en el curso de las obras antes referidas. El incendio de unas casas en la entonces plazuela de Zocodover, Toledo, fue motivo para que Felipe II dispusiera que se reedificase toda ella, con la traza y orden que se dio firmada por H.
     
      El 6 ag. 1586 era bendecida la iglesia del monasterio de El Escorial y en esa villa fallecía poco después (10 de septiembre) Marcos de Herrera, recayendo sobre el arquitecto el oficio de regidor de Santander que poseyera su suegro. Nueva muestra de la estimación que Felipe II sentía por su arquitecto fue la sustitución del salario que Herrera venía percibiendo por una renta anual de mil ducados (7 jul. 1587).
     
      Un mes más tarde concertaba la estampación de 52.000 láminas con Jerónimo Gaeta y Francisco Testa, cuando ya Pietro Perrete iba terminando el corte de las planchas. El 1 de noviembre bautizaban a Orsula, su segunda hija, y en diciembre las Cortes reunidas en Madrid le llamaban, junto con Juan Bautista Labaña, para que informase sobre la conveniencia de leer matemáticas en algunas ciudades del reino. A principios de 1589 se imprime el Sumario y breve declaración que acompaña a la colección de estampas del monasterio de S. Lorenzo y poco después acabaría la tirada de las láminas, haciéndose una impresión en raso v tafetán para Felipe II.
     
      Las trazas para el aposento de Felipe II en Torrelodones son de 1590. El 13 de junio de ese año bautizábase a Luisa, su tercera hija, y a finales del mismo recibe el homenaje de una alegoría que le dedica Otto van Veen y graba Pietro Perrete. En 1591 nace su cuarta hija, Petronila, seguida de Catalina (11 jun. 1592) y, por fin, en 1594, Juan, el hijo varón que costaría la vida de la madre y que falleció asimismo en septiembre del año siguiente. Estas últimas desgracias afectaron seriamente la salud de J. de H., que contaba ya 67 años, conduciéndole a la muerte, acaecida en Madrid el 17 en. 1597.  

L. CERVERA VERA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

 

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Toledo, Juan Bautista de (1509-1567)
Arquitecto español. Se desconoce la fecha y lugar de su nacimiento, así como su actividad en sus años mozos. Parece ser que trabajó en la fábrica de S. Pedro de Roma, en tiempos de Miguel Ángel. Fue luego arquitecto de las obras reales en Nápoles, donde el virrey le concedió un oficio con 200 ducados anuales de renta, dirigiendo la construcción de unos baluartes en la fortaleza de Castelnuovo. Allí casó con úrsula Jubaria, de la que tuvo dos hijas. Sus trabajos para el virrey de Nápoles pueden fecharse entre 1548 y 1559. Por cédula de 15 jul. 1559, Felipe II le tomó a su servicio y le ordenó que pasase a Madrid; tendría una asignación de 220 ducados anuales y el cargo de trazar y dirigir las obras reales, con excepción de las encomendadas a Gaspar de Vega en Segovia..Uno de sus primeros encargos pudo ser la fachada de las Descalzas Reales de Madrid. En 1561 trazó las casas de oficios y las caballerizas de Aceca y dispuso algunas obras en el palacio de Aranjuez. Establecido por entonces en Madrid, quiso que su mujer y sus hijas se reunieran con él, pero naufragaron en la nave que las trasladaba desde Nápoles.
     
      Felipe II había determinado levantar un monasterio donde se intercediera por las ánimas de sus padres, y el 12 ag. 1561 nombró a T. arquitecto del edificio que se alzaría en San Lorenzo de El Escorial (v.). Una vez elegido el emplazamiento y examinadas las trazas de otras fundaciones semejantes, inició T. sus diseños en estrecho contacto con los frailes, sin abandonar por ello sus tareas en las demás obras reales. En julio de 1562 terminó la «planta de los principales miembros del edificio». Contó con la ayuda de Juan de Herrera (v.), designado a tal efecto por cédula real de 18 feb. 1563. La primera piedra del monasterio escurialense fue colocada el 23 abr. 1563; dos meses más tarde, T. terminaba en Madrid el modelo general en madera del monasterio, y transcurrido un mes llevaba al Pardo todas las trazas de la fundación para mostrárselas al rey y recibir sus instrucciones.
     
      Además de ocuparse de la fábrica de El Escorial, T., junto con los demás arquitectos y artífices de su tiempo, trabajó en las obras que se efectuaron en el alcázar madrileño, Aranjuez, El Pardo y Valsaín. Sus planos de El Escorial fueron modificados a causa de los cambios que los jerónimos introducían y por las observaciones de Felipe II, que examinaba todos los detalles y decidía en último extremo. Tantas alteraciones, dudas y consultas entorpecieron la tarea del arquitecto que, por otra parte, había de luchar contra la desobediencia frecuente de los maestros y del personal subalterno. A excepción de la planta general, puede afirmarse que su labor en el monasterio no representa sino una pequeña parte de la obra.
     
      Fue hombre instruido, a juzgar por los libros que poseyó. Otorgó testamento el 12 mayo 1567 y falleció en Madrid siete días después, siendo enterrado en la parroquia de Santa Cruz.

SALVADOR MENSUA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Alonso Cano (1601-1677)
Vida. Artista español, de plurales técnicas (pintor, escultor y arquitecto) del s. XVII. Hijo del ensamblador Miguel Cano y de María de Almansa, n. en Granada, siendo bautizado en la parroquia de S. Ildefonso el 19 mar. 1601. La familia (matrimonio, cuatro hijos y dos hijas) se trasladó en 1614 a Sevilla, donde Alonso trabó amistad con Diego Velázquez, sobre todo a partir del 17 ag. 1616 en que ingresó como aprendiz en el taller de Francisco Pacheco. Su primera pintura fechada (1624), un S. Francisco de Borja, ahora en el Mus. de Sevilla, presenta bondad suficiente como para justificar dos años después su ingreso en el gremio de pintores. El 26 en. 1625 casó con la viuda María de Figueroa, pero ésta m. en 1627. Abundancia de documentos acreditan la actividad profesional de C. (sobre todo, colaboración en la factura de retablos) hasta 1638, pero de todas esas noticias hay que destacar dos, importantes: la fechada el 29 mayo 1630, en que C. solicitó que Zurbarán sufra su correspondiente examen de aptitud para ejercer la pintura en Sevilla, y la de 31 jul. 1631, en que nuestro artista contrajo nuevo matrimonio con María Magdalena de Uceda Pinto de León, muchacha de 12 años de edad, sobrina del pintor Juan de Uceda Castroverde. Por lo demás, es constante la relación de C. con no pocos de sus colegas, con motivos tan varios como (en 1636) la venta de un esclavo negro al pintor Pablo Legote. Paula de Sevilla. Arguyen en el gran escultor una nueva riqueza de dicción y de movimientos que pronto darán lugar a la corta y preciosa producción de la etapa madrileña, la visible en el encantador Niño Jesús con la Cruz a cuestas (S. Fermín de los Navarros, Madrid); en el tan clásico Crucifijo de Lecaroz (Navarra) y la paternidad probable del s. Juan Bautista Niño, del palacio arzobispal de Granada.
      A lo hecho en esta ciudad pasamos seguidamente. Y es, con toda seguridad. Lo más valioso de la obra escultórica de C. Se trata de la maravillosa lnmaculadita tallada (1652-56) para remate del facistol del coro de la catedral; pero, lograda tan extremadamente bonita y grácil, no se puso allí, sino en la sacristía, para mejor deleite visual. En su lugar, hizo C. una tierna y sentidísima Virgen de Belén, también pieza de antología. De 1656, las cuatro grandes tallas del convento del Angel Custodio (S. José, S. Antonio de Padua, s. Pedro de Alcántara y S. Diego de Alcalá), desbastadas por Mena, y que impresionan por su tamaño colosal. Más canesca y deliciosa, la estatua en mármol, para el mismo templo, del Angel Custodio, admirable de ritmo y de sentimiento.
      Por fin, en la última etapa de su labor escultórica, destacan de entre las abundantes cabezas, la de s. Juan de Dios, en el Mus. de Granada y, de entre los bustos, los de Ecce Horno, y los de s. Pablo y Adán y Eva, éstos colosales, en la catedral. Puede asegurarse que tal pareja de prototipos humanos es lo más perfecto de lo tallado por C., que en sus postrimerías vitales quiso dejar constancia del canon de selección masculina y femenina. La Eva, particularmente, asombra por su inverosímil belleza, aplicable a la moda de no importa qué tiempo o siglo. Quedan sin citar, forzosamente, otras muchas esculturas el artista granadino.
      Faceta pictórica. Será normal que hallemos una evolución semejante a la acabada de apuntar en cuanto a escultura, si procedemos a una revisión, parecidamente breve, de la trayectoria pictórica de C. También el sevillalismo será patente al principio, con piezas como el S. Juan Evangelista de ca. 1625 (Barcelona, Col. Castell), que tiene un no se sabe qué del Velázquez joven. Ya se mencionó el S. Francisco de Borja, de la misma fecha, y ha de suponerse que ésta corresponda asimisino al sobrio retrato de eclesiástico, en la Hispanic Society, de Nueva York. Se han perdido las escenas de la vida de S. Teresa, de 1628, pintadas para las carmelitas de S. Alberto, de Sevilla, pero, aparte obras como Jesús atado a la columna, del tabernáculo de la iglesia de La Campana (1631-32), se conservan las Animas del Purgatorio, de 1636 (Mus. de Sevilla), antes en la capilla de Montesión, y la superiorísima Visión de Jerusalén por S. Juan Evangelista, un tiempo en el retablo del titular en S. Paula, ahora en la Col. Wallace, de Londres, y una de las más inolvidables obras de C., riquísima de color. De parecida fecha son los dos lunetos alusivos a S. Rafael, en colección particular de Jaén, y verosímilmente, esto es, ca. 1635-37, aquella gallarda y bien plantada S. Inés, aniquilada por el fuego en Berlín en 1945. Todavía son de la etapa sevillana: Camino del Calvario, excelentísima pintura hoy en el Mus. de Worcester, seguramente procedente de S. Alberto, de Sevilla; Ecce Horno, que se conserva, en regular condición, en la iglesia de S. Ginés, de Madrid; y la Virgen y Niño, de la catedral de Sevilla. Hasta aquí lo hispalense.
      Lo madrileño comienza con obras un tanto desconcertantes, como el S. Antonio de Padua y el Niño (S. Francisco el Grande, Madrid) o los hinchados y casi caricaturescos retratos de reyes medievales, hoy en el Mus. del Prado. Pero no tardan en llegar encargos más afines al artista, p. ej., en 1645, los retablos para la iglesia de la Magdalena, de Getafe, con un total de 12 lienzos grandes, de los que merecen especial mención los que refieren La Anunciación y La Circuncisión, de un barroco muy atemperado. Por desgracia desaparecida la ejemplar Inmaculada de la iglesia de s. Isidro, se suceden otras obras maestras: El milagro del pozo, con alguno de los más adorables y sencillos rostros femeninos que tanto prodigara el artista (Mus. del Prado); S. Domingo en Soriano (Madrid, Col. Gómez Moreno), obra de perfecta composición; dos suaves versiones, ambas en el Mus. del Prado, de Cristo sostenido por un ángel; el Noli me tangere del Mus. de Budapest, presenta un esquema triangular, muy afín al del mismo tema por Correggio (en el Prado), que C. debió conocer. Siguen las piezas magistrales, ya la cabeza de ellas el Descenso al limbo (Mus. de Los Angeles), cuadro de infinita originalidad sorprendente por el maravilloso desnudo, a la vez carnal y recatado, de la madre Eva, en ningún caso inferior al de la Venus del espejo de Velázquez. No era posible repetir este alarde, y no lo repitió en Los primeros trabajos de Adán y Eva (Glasgow, Col. Stirling-Maxwell). Pero el afán de fijar hermosuras femeninas de primera calidad se observa, mediante modelos diferentes, en la sorprendente lnmaculada del Mus. de Vitoria y en la Virgen de S. Antonio de Padua, en la Pinacoteca de Munich. Son de citar, todavía del periodo madrileño,. Cristo y la Samaritana (Madrid, Acad. de San Fernando) y varias versiones de Cristo en la Cruz, una de ellas en dicha academia.
      De nuevo, como en la revisión de las esculturas canescas, llegamos a Granada, donde el genio de C. parece sedimentarse, acaso con menos alardes de inquietud. De momento, las primeras obras de esta etapa, como la Virgen y Niño, de la Col. Plandiura, Barcelona, nos traen un prototipo femenino menos selecto. Pero estos niños son los que ven decorarse, por su mano, la imponente capilla mayor de la catedral granadina con una asombrosa serie de pinturas alusivas a la Vida de la Virgen, riquísimas de color, y entendemos que más renacentistas (del buen Renacimiento italiano) que barrocas, entre las cuales, con todo y hacerse difícil seleccionar una, el inútil premio pudiera recaer en La Visitación. Pero no sólo en su catedral se empleó C.; también en el Angel Custodio, para donde pintó una Sagrada Familia, que entendemos ser lo más barroco que salió de su mano; para el convento franciscano pintó mucho, y de lo subsistente es notable la doble efigie de S. Bernardino y S. Juan de Capistrano (Mus. de Granada). Solamente hay suposición, mas no certeza, de que La muerte de S. Francisco (Madrid, Acad. de San Fernando), con su sabio y extraño fondo de figuras a contraluz, fuera pintado en Granada. Sí lo serían las últimas obras fechables del maestro, a la cabeza de todas la espléndida Visión de S. Bernardo, una de las últimas y más felices adquisi- ciones del Mus. del Prado. Obras también tardías, las versiones de Virgen y Niño de la Diputación de Guadala- jara y de la curia eclesiástica de Granada, y la airosa lnmaculada de la catedral.
      Obras arquitectónicas. En fin, alguna referencia a la tercera dedicación plástica de C., la de arquitecto, dedicación de la que persisten menos testimonios documentales que estilísticos tocantes a la intervención de nuestro hombre en las trazas de las iglesias de la Magdalena y del convento del Angel. Por el contrario, es sabida la gestión de C., desde 1667, en la modelación de la fachada de la catedral, con que se completaba otra genialidad, la de Diego de Siloé. C. estatuye su poderío de tracista experimentado al ordenar la composición pétrea en tres profundos nichos verticales, casi diríamos funcionales, con el propósito de obtener la mayor grandiosidad y jerarquización de masas de la fachada. Con esta su prácticamente postrera obra maestra, C. acababa una vida de fabulosa potencia creadora, no ya tan sólo perceptible en lo que, a modo de antología, queda apuntado, sino en cantidad de preciosísimos dibujos previos de arquitectura, retablos, lámparas, esculturas, pinturas, etc., en los que siempre luce su primor conceptivo y realizador, dejado hasta en el más menudo de estos rasguños su ansia, total y perfectamente lograda, de crear belleza. y mucha belleza creó A. C.

J. A. GAYA NUÑO.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Pedro de Arrieta (murió 1738)
Arquitecto residente en México, una de las figuras máximas de la aquitectura colonial mexicana. Colaboró en el alzamiento del plano de la ciudad de México. Construyó varias de las más importantes iglesias del país, como la Basílica de Guadalupe, el Templo de la Profesa, convento y templo de Corpus Chisti, y valiosos edificios y monumentos civiles.  (Indice)

Ribera, Pedro de (1681-1742)
Arquitecto. En 1626 sucedió a Ardemans en el cargo de arquitecto municipal de Madrid y se dedicó al embellecimiento de la ciudad. Bajo las órdenes del Marqués de Vadillo realizó sus dos primeras obras: El puente de Toledo, que representa una obra maestra no sólo de arquitectura e ingeniería, sino también urbanística, y el Paseo de la Virgen del Puerto, conjunto urbano que estaba formado por la Puerta de San Vicente, Jardines de la Tecla, y fuentes de La Salud y Las Damas. Todo el conjunto formaba una perfecta unidad ambiental dominada por la cúpula de la ermita. Realizó varias fuentes más, entre ellas la de Antón Martín, única que se conserva. En 1722 comenzó el Hospicio de San Fernando, donde contrasta violentamente el decorativismo de la fachada con la austeridad de los muros. Se le atribuyen las portadas de los palacios de Perales, Miraflores, Torrecilla, Oñate y la fachada del Claustro del Monasterio de Uclés. Pedro de Ribera fue muy criticado por los teóricos del neoclásico. Actualmente ha recobrado importancia, ya que es el único arquitecto que se mantuvo en auge durante el Barroco y no fue eclipsado por los artistas que llegaron de Italia y Francia.   (Indice)

Churriguera, José Benito (1665-1725)
Arquitecto y escultor español. Pertenece a una familia de escultores y arquitectos que dió su nombre al barroco español. De 1692 a 1699 trabaja en la catedral de Salamanca. A él se debe el retablo del Convento de San Esteban (1692-1703) de un minucioso decorativismo, en el que utilizó más de 4000 pinos. Las características de este retablos se repiten en otros de Madrid, como el de San Salvador de Leganés, la Capilla del Sagrario de la catedral de Segovia. En 1709 pone fin a su etapa de barroco castizo, y evoluciona hacia unas líneas más paralelas al rococó francés e italiano.  (Indice)

Casas y Novoa, Fernando (1685-1766)
Arquitecto, nacido en Santiago de Compostela. No se tienen noticias anteriores a 1711, cuando comenzó la edificación del claustro de la catedral de Lugo. Para la misma catedral trazó en 1726 la capilla de Nuestra Señora de los Ojos Grandes, de planta circular cubierta con cúpula. En Santiago terminó la Capilla de la Virgen del Pilar, sustituyendo al aquitecto Domingo Andrade en 1712. También llevó a cabo la fachada del tesoro de la catedral que da a la plaza de Platerías. En 1724 se le encargó el patio y el campanario del colegio de Doncellas Huérfanas en Santiago, y al año siguiente la Iglesia de las Capuchinas en La Coruña. La obra que le consagró como arquitecto fue la realización de la Fachada del Obradoiro, de la catedral de Santiago. Antepuso una gran fachada al Pórtico de la Gloria para preservarlo de las inclemencias del tiempo, abriendo grandes ventanales para iluminar las naves.   (Indice)

Rodríguez, Ventura (1717-1785)
Arquitecto, natural de Madrid. Su padre era albañil en el palacio de Aranjuez, donde le llevó para que aprendiera el oficio. Pero por sus dotes de dibujante pronto trabajó como delineante, y más tarde con Juvara y Sachetti delineó el Palacio Real de Madrid. En 1741 fue nombrado aparejador segundo del Palacio Real y en la Academia de San Fernando fue director de Arquitectura desde su fundación en 1752. Construyó por entonces la Iglesia de San Marcos en Madrid, y fue nombrado por el rey para construir la capilla del Pilar y remodelar la basílica zaragozana. En 1764 fue nombrado maestro mayor de obras y fuentes de la villa de Madrid. Murió después de sufrir crueles operaciones de cirugía sin ver realizados sus proyectos más importantes, como la basílica de San Francisco en Madrid, la de Covadonga, la Biblioteca del Colegio Imperial y la Casa de Correos. A él se deben las fuentes del Paseo del Prado, el Convento de los Agustinos de Valladolid, y el Colegio Mayor de San Ildefonso, en Alcalá. De sus últimos años son el Palacio de Liria en Madrid (1773), el de Altamira (1774) y la fachada de la catedral de Pamplona (1783).  (Indice)

Villanueva, Juan de (1739-1811)
Arquitecto, de familia de artistas. El es la figura principal del estilo neoclásico. A los quince años obtuvo el primer premio de la clase de aquitectura de la Academia y fue pensionado en Roma donde se dedicó a estudiar los monumentos antiguos. De vuelta en Madrid recibió el encargo en 1768 de dirigir las nuevas obras de El Escorial, donde construyó la Casita del Príncipe, considerada como una de las mejores obras del siglo XVIII. En Madrid construyó la Casa del Rezo, hoy Academia de la Historia, el Jardín Botánico, el Observatoio Astronómico, el Museo de Ciencias Naturales (hoy Museo del Prado). Como arquitecto de la villa de Madrid, su mayor obra fue la reforma de la Plaza Mayor.  (Indice)

Domenech y Montaner, Lluis (1850-1923)
Arquitecto, una de las figuras máximas del modernismo. Desde su cátedra de la Escuela de Arquitectura de Barcelona ejerció gran influencia en el desarrollo de este movimiento. Sus obras se caracterizan por una mezcla de racionalismo constructivo y de decoración fabulosa inspirada en la arquitectura hispano-árabe y en la pasión por el dibujo curvilíneo. Alguna de ellas, como el Restaurante del Parque, de Barcelona (1888), hoy Museo de Zoología, ofrece soluciones que se anticipan a su tiempo (estructuras de hierro y ladrillos visibles), que más tarde desarrolló en el Palacio de la Música Catalana (1908), el más extremista de los edificios del modernismo. Parecidas características se dan en sus grandes conjuntos arquitectónicos del Hospital de San Pablo (Barcelona) y el Instituto Pedro Mata (Reus). Autro entre otros libros, de una notable 'Historia y Arquitectura del Monasterio de Poblet' (1925).   (Indice)

Gaudí, Antoni (1852-1926)

Vida. Arquitecto español n. en Reus en 25 jun. 1852 y m. en Barcélona el 10 jun. 1926. Era hijo de una familia artesana, de caldereros y latoneros; su padre, Francisco Gaudi, practicaba este oficio y su madre, Antonia Cornet, era hija también de caldereros. Andando el tiempo diría el famoso arquitecto que esta ascendencia influyó en su visión del espacio y en su acusado sentido plástico.
     
      Antonio, el menor de cinco hermanos, tuvo una infancia delicada. Su padre quiso ponerle, como al hermano mayor, en condiciones de seguir estudios superiores. Mientras estudiaba el bachillerato apenas despertó su vocación, que fue surgiendo lentamente a través de correrías por el campo y contemplación de ruinas, algunas tan impresionantes como las de Poblet. El a. 1869 empezó sus estudios en la Facultad de Ciencias de Barcelona, preparatorios de la carrera de arquitecto, que ya había decidido seguir. El a. 1873 ingresó en la Escuela Provincial de Arquitectura de Barcelona. Obtuvo su título de arquitecto en 1877, después de unos estudios muy desiguales. Cuando aprobó su examen final de reválida, el director de la Escuela, D. Elías Rogent, dijo que había aprobado a un loco o a un genio.
     
      Sus comienzos profesionales no fueron fáciles. Pasa por épocas de intensa inquietud espiritual. En tertulias intelectuales y literarias adopta la actitud de un furibundo anticlerical. Pero siempre que puede ser refugia en su vocación artesanal. Proyecta y construye unas farolas para la Plaza Real de Barcelona y entra en relación con los talleres de Carpintería de E. Punti, donde conoce al escultor Matamala, compañero inseparable de toda su vida, y al prócer Eusebio Güell, que será el gran mecenas que le hará entrar por la puerta grande en la vida barcelonesa. Por su amigo Salvador Pagés, gerente de la cooperativa Mataronense, entra en contacto con los problemas obreristas y se inflama de ideas regeneracionistas, filantrópicas y de revisión social. Su situación en la vida es un tanto oscilante, entre la alta sociedad burguesa que empieza a favorecerle con sus encargos, y su obrerismo laico y progresista al que le llevan su espíritu generoso y la humildad de sus orígenes.
     
      En esto le llega, casi por azar, el encargo de seguir el templo de la Sagrada Familia el a. 1883, cuando contaba 31 años. Este templo expiatorio ideado por el piadoso y acaudalado editor barcelonés D. José María Bocabella había sido proyectado e iniciado por el arquitecto Francisco del Villar en un tímido e insípido estilo neogótico. Por desavenencias entre el fundador y el arquitecto, este último renunció a la obra para no plegarse a las exigencias del primero. De aquí vino el encargo al joven G. De no haber sido por esto, el sencillo y anodino templo de Villar se hubiera acabado hace mucho sin pena ni gloria. Pero G., con el ardor de su genio, se impuso a Bocabella transformando la modesta idea inicial en un ambicioso poema plástico-litúrgico que consumió su vida sin alcanzar a realizar más que una tercera parte de la grandiosa idea. El destino del arquitecto estaba sellado y su trayectoria de artista correría paralela a una transformación profunda de su vida y su espíritu.
     
      Su fraterna amistad con D. Eusebio Güell, que luego será el primer conde de Güell, le proporciona interesantes encargos de esta poderosa familia: la Villa El Capricho en Comillas (1883-85), la Finca Güell en las Corts (1887) y sobre todo el Palacio Güell en la calle del Conde de Asalto (1885-90) de Barcelona, su obra más personal y madura del primer periodo.
     
      Un paisano suyo, el Dr. Juan Bautista de Grau, obispo de Astorga, ejerció considerable influjo en su vida que empezaba a acusar una profunda y ascética religiosidad. El Dr. Grau le encomendó la construcción del Palacio Episcopal de Astorga que llevó a cabo entre 1887 y 1893, pero que no pudo ver acabado por muerte del prelado. Uno de los problemas que más preocuparon a Grau fue la restauración de la liturgia, preocupación que tuvo enorme influencia en su vida y en su arte. G. fue, religiosamente, un liturgista y entendía la arquitectura como liturgia. Otra construcción religiosa, el Colegio de Santa Teresa en la calle Gauduxer de Barcelona, le pone también en contacto con otra personalidad destacada de la vida religiosa, el P. Enrique de Ossó, que le mueve con el ejemplo de sus virtudes. El biógrafo de G., César Martinell, opina que con la construcción del Colegioconvento de las Teresas en 1880-90 coincide la plena conversión de G. a la más estricta ortodoxia católica. La religiosidad de G. crece sin cesar, a la par con el simbolismo místico de su obra. Hombre soltero y misógino, que desde hacía tiempo había huido del trato femenino, cada vez va separándose más de los halagos de la vida y del tráfico mundano. Son pocos ya los amigos que le frecuentan, vive en una villa apartada del Parque Güell, en la colonia de residencias suburbanas, especie de ciudad-jardín, iniciada por su amigo y protector. Le acompaña su sobrina Ejea, hija de una hermana fallecida en plena juventud.
     
      Barcelona entera le admiraba pero respetaba su voluntario aislamiento, que casi nunca se atrevía a romper. Uno de sus grandes amigos es el poeta Juan Maragall. A pesar de su carácter retraído no puede evitar que el grandioso templo de la Sagrada Familia, que se va levantando lentamente, despierte la curiosidad de muchos personajes de marca que desean visitarlo y oír las explicaciones de su arquitecto. Por allí desfilaron Alfonso XIII, Pi y Margall, Unamuno, Prat de la Riba, el cardenal Ragonnesi y muchos prelados españoles y extranjeros.
     
      La historia de los últimos tiempos de la vida de G. es biográficamente monótona, pues su vida se cifra en su obra arquitectónica a la que se ha entregado totalmente y en la práctica de sus devociones, que cumple con un ritual monocorde. Su historia es la historia de un engagement pocas veces tan absoluto y exclusivo.
     
      Su día final es un día como otros. Había casi abandonado su villa del Parque Güell y cenaba y dormía en el pabellón de la Sagrada Familia, al mismo pie de la obra. Terminado su trabajo en el taller solía salir a sus devociones vespertinas, generalmente al Oratorio de S. Felipe Neri. El 7 junio 1926, viendo que no llegaba a la hora prevista a su retiro y tras no pocas indagaciones, se supo que un anciano había sido arrollado por un tranvía en la calle de las Corts y había sido trasladado al Hospital de Santa Cruz. Desde la tarde del día 7 hasta las 5 de la tarde del día 10 se mantuvo entre altibajos de lucidez y postración su precaria vida, ya señalada por la muerte. Tomó fervorosamente los Sacramentos y no salieron de su boca más que suspiros e invocaciones religiosas. Su entierro fue de las más grandes y espontáneas manifestaciones de sentimiento público.
     
      Obra. La obra de G. no es extraordinariamente dilatada en número, porque nunca buscó el éxito y la fortuna en la cantidad, sino que prefirió siempre la calidad de una labor eminentemente personal. Sin embargo, en cualquier obra de G. encontramos tal suma de esfuerzo acumulado que podría decirse que con la imaginación, invención y esfuerzo artesanal que atesoran podrían vivir otros arquitectos toda una vida. Desde el proyecto hasta el último detalle de cerrajería, cerámica o mobiliario, todo ha pasado por su mano, hasta provocar el asombro por tan inagotables facultades creadoras.
     
      Desde sus obras iniciales, más bien eclécticas, como la Cooperativa Obrera Mataronense y las farolas de la Plaza Real, pasamos a aquellas otras de clara influencia mudéjar como la Casa de Vicens en Barcelona (187880), la Villa Quijano de Comillas (1883-85), la Finca Güell en las Corts (1885-90) y hasta el Palacio Güell en la calle Conde de Asalto y el Colegio de S. Teresa (1888-90) en Barcelona. El impacto que produjo el arte hispano-musulmán en G. es uno de los fenómenos más curiosos en la evolución de este arquitecto, que siempre se ha considerado vinculado al arte gótico, del que poco a poco se fue separando hasta lograr un estilo cada vez más personal dentro del modernismo y del expresionismo. Sin embargo, ahí está como un hecho incontestable su vertiente mudéjar, que además, fue previa al goticismo. El ladrillo en sus distintos aparejos, las celosías de este material, el uso desenfadado de la cerámica, los artesonados de madera, los techos estalactíticos, la cerrajería con sus cerradas retículas, son signos indudables de mudejarismo (v. MUDÉJAR, ARTE) que perduran en el Palacio Güell, aunque la piedra haya sustituido al ladrillo y que se refuerzan hasta un grado extremo en el Colegio de Santa Teresa.
     
      En el Palacio Güell, obra desconcertante, encrucijada de caminos diversos, encontramos el mudejarismo quintaesenciado en la organización espacial, en la tendencia constante al espacio compartimentado y separado por filtros arquitectónicos, en múltiples detalles de arquerías, artesonados, celosías, etc. Nos parece algo así como la interpretación fastuosa y a la vez modernista del palacio de un sátrapa oriental. Acaso en esto residía el concepto, un poco ingenuo -porque G. era un ingenuo-, de lo que debía ser un aristócrata para G. En este Palacio está el germen de muchas de sus obras posteriores, entre otras cosas los remates de chimeneas con aplicaciones de cerámica que hacen pensar en el Parque Güell y la Pedrera y la flecha cónica que remata la cúpula de la escalera, precedente claro de las flechas de la Sagrada Familia.
     
      El maravilloso Colegio-Convento de Santa Teresa es una de las obras máximas del genio de G., que casi ningún crítico ha valorado como se merece. Es cierto que tuvo que atenerse a un programa muy simple y a unos materiales muy humildes para obedecer a las directrices del fundador (Rev. P. Ossó). Pero tales limitaciones, en lugar de perturbar a la creación arquitectónica, la depuran y esencializan en grado máximo, sin perder el nervio genial que la anima. Sus resonancias mudéjares son tanto de fondo como de forma. Parece un edificio surgido en algún sediento desierto de Persia o de Arabia o en alguna llanura de las estribaciones del Atlas como un ribat defensivo. Le va bien a S. Teresa este aspecto de castillo místico. G., que generalmente tiende a los volúmenes movidos y pintorescos, aquí se ciñe a un bloque unitario y esencial. En la textura de los muros y en los ritmos de los huecos no se puede llegar a una mayor sensibilidad y exquisitez. Todo en este edificio es admirable y día llegará en que producirá sorpresa que un edificio de 1888 resulte precursor de una modernidad que cronológicamente corresponde a 30 años más tarde.
     
      Mientras tanto, el Palacio Episcopal de Astorga (188793) y la Casa Fernández y Andrés de León (1891-93) se adscriben a un franco goticismo, más en consonancia con la interpretación tópica de G. El Palacio de Astorga, demasiado pintoresco, parece un castillo imaginado por Viollet-le-Duc. La casa de León es más sólida. Se empieza a alterar la correspondencia vertical de huecos, cosa que sucederá con libertad máxima en la Pedrera.
     
      En Bellesguard, finca situada en la falda del Tibidabo, resuelve el tema del castillo medieval, pero a diferencia de lo que sucede en Astorga, en este nuevo castillo de 1900-02 el acento personal es mucho más bravío y en lugar del gótico internacional aquí encontramos una interpretación personalísima del gótico catalán (GóTtco, ARTE).
     
      De todas maneras, cada vez abandona más toda referencia historicista. Se construye por estos años la famosa fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia (18911900) y las torres (1900-26) en una forma cónica que ya vimos aparecer en el Palacio Güell y luego en un interesantísimo proyecto para las Misiones Católicas en Tánger, en el que el tema se precisa completamente. Tienen estos conos un precedente en la arquitectura popular africana del Atlas y quién sabe si pudieron inspirarse en las formas naturales de la montaña de Montserrat.
     
      En 1898 inicia la construcción del templo de la Colonia Güell, en Santa Coloma de Cervelló, del que sólo se llegó a hacer la cripta y el pórtico, quedando interrumpidas las obras en 1916. Es acaso la obra más ilustrativa del genio de G. en su plena libertad expresionista. No podemos extendernos en el análisis de una obra que resume, por decirlo así, todas las audacias de la teoría estático-arquitectónica de G. y todos los ensayos formales y texturales de su estética más personal. Sirvió para crear este organismo una especie de maqueta activa o polifunícula corpórea hecha de cuerdas (arcos) y pesos (cargas) que venían a ser el negativo de la estructura buscada. De aquí surgieron los soportes inclinados, los paraboloides hiperbólicos de las bóvedas y tantas novedades verdaderamente sorprendentes para la época y que luego han fructificado en obras modernas de hormigón armado. En el fondo, con todo esto lo que hacía era ensayar soluciones para la Sagrada Familia y sus problemas de abovedamiento.
     
      Contemporáneo de la iglesia de Santa Coloma de Cervelló es el Parque Güell de Barcelona, otro encargo de su infatigable protector. En los pórticos del Parque utilizó toda suerte de pilares inclinados siguiendo sus teorías estáticas y en el tratamiento de las mismas buscó aspectos naturalistas y rústicos. Es notable el Parque Güell por el empleo de la cerámica utilizando trozos rotos de azulejos formando mosaicos. Muchos de los elementos arquitectónicos del Parque revelan un sentido-jocoso y humorístico, como si se tratara de un divertimento infantil.
     
      Las dos obras de arquitectura urbana más interesantes que nos dejó G. en Barcelona son la casa Batlló (1904-06) y la casa Milá, llamada La Pedrera (190610). La primera es en realidad una reforma, pero tan sustancial, que la casa salió nueva de sus manos. Es una obra imaginativa, brillante y caprichosa y acaso entre las suyas la que mejor obedece al denominado Moderm Style o Art Nouveau. En cambio La Pedrera, aun dentro del modernismo, es una obra más contundente, más profunda, con una extraña gravedad geológica que fascina. Es una de sus obras más serias, originales e impresionantes.
     
      No podemos detenernos en otras obras como la casa Calvet muy circunspecta para obra suya, el Monumento al Dr. Robert, realizado con el escultor Llimona, la restauración y adornos de la catedral de Palma de Mallorca, las modestas escuelas de la Sagrada Familia y varios proyectos, bocetos e ideas no realizadas. Se puede decir que desde 1915 hasta su muerte ya no le ocupa más obra que la Sagrada Familia, a la que dedica todos sus desvelos y todos sus afanes de arquitecto y su vida entera como hombre. Planea, estudia, diseña, modela, pero apenas puede ver otra cosa que la fachada del Nacimiento con sus cuatro torres que parecen los dedos de una mano abierta que bendice la ciudad. La dramática fachada de la Pasión queda en boceto.
     
      G., que fue durante mucho tiempo una gloria local, ha alcanzado recientemente rango de artista universal, sobre todo después de la Exposición de sus obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y después de los trabajos de los críticos de renombre mundial como Rusell Hitchkoch, J. J. Sweeney y G. R. Collins. Hoy podemos decir, sin caer en exageración, que es el artista español más importante entre Goya y Picasso. Su obra encaja cronológica y estilísticamente en el modernismo, pero por su enorme fuerza y personalidad trasciende de tan limitada etiqueta. Dejó fervorosos discípulos que realizaron obras muy interesantes dentro del modernismo catalán, como F. Berenguer, Juan Rubio, J. M. Jujol, Juan Bergós, César Martinell, etc., pero como hombre que se adelantó tanto a su época sus hallazgos siguen operando y ejerciendo inexhausta influencia en el arte más avanzado de nuestros días.

F. CHUECA GOITIA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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