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Índice
general de Hispánica

Virgen de los Dolores, de Salzillo

Joan, Jordí
(m.1418)
Simón de Colonia (1450-1511)
Siloé, Gil y Diego de (siglo
XV-XVI)
Damián Forment (1480-1540)
Vasco de la Zarza (1470-1524)
Enrique de Arfe (nació 1475)
Alonso de Berruguete
(1490-1516)
Jordán, Esteban (1530-1598)
Juan de Anchieta (1540-1588)
Cristóbal de Andino (siglo
XVI)
Juan de Arfe (1535-1603)
Martínez Montañés,
Juan (1568-1649)
Hernandez, Gregorio (1576-1636)
Mena, Alonso de (1587-1646)
Alonso Cano (1601-1677)
Roldán, Pedro (1624-1699)
Mena, Pedro de (1628-1688)
Mora, José de (1642-1724)
Roldán, María Luisa (La
Roldana) (1654-1704)
Salzillo y Alcázar,
Francisco (1707-1783)

Joan, Jordí (m.1418)
Escultor catalán de origen griego. Vendido como esclavo en
la ciudad de Barcelona, fue comprado por el escultor Jaume Cascalls,
de quien fue discípulo y ayudante. A su muerte se emancipó y cambió
su nombre Jordí de Deu por el de Jordí Joan. En 1363 aparece
trabajando en Poblet, con su maestro; en 1377 trabajaba en Cervera
en el sepulcro de Ramón Serra el Mayor. En 1385 fue nombrado
escultor de Tarragona. En 1400 cobró la decoración de la Casa de
la Ciudad de Barcelona.
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Simón de Colonia
(1450-1511)
Arquitecto y escultor español. El más importante del grupo
burgalés de la segunda mitad del siglo XV, y uno de los más
representativos del estilo hispano-flamenco. A la muerte de su padre
quedó al cargo de las obras que éste llevaba a cabo en la catedral
y en la Cartuja de Miraflores. En 1482 comenzó la construcción de
la Capilla del Condestable, inspirada en la capilla de Don Alvaro de
Luna de la Catedral de Toledo. Trabajó en la iglesia de San Pablo
de Valladolid, y quizá en San Gregorio. También trabajó en San
Juan de los Reyes de Toledo y en la Catedral de Sevilla. Como
escultor se le atribuyen los sepulcros de Gonzalo Fernández de
Aguilar (1482), Juan Sánchez de Sepúlveda (1486), Gonzalo Díez de
la Fuente (1492), Pedro Fernández de Villegas (1509) y otros en la
Catedral de Burgos. También intervino en el retablo de San Nicolás
de Burgos. Su importancia es paralela a la de Juan de Guas en la
comarca toledana.
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Damián Forment
(1480-1540)
Escultor renacentista español. Trabajó en Cataluña y Castilla.
Aunque conocía el arte y estilo italiano, se vió obligado a
conservar el gótico debido a las imposiciones de sus clientes y a
la calidad de sus discípulos, pero siempre que pudo se libró de
ello. El Retablo de Poblet, el más renacentista, causó escándalo.
Los Retablos del Pilar y San Pablo y el de la Catedral de Huesca
conservan las formas del gran tríptico gótico. El Retablo de Gandía
tenía elementos italianizantes. El gran Retablo Mayor de la Iglesia
del Pilar en Zaragoza combina los elementos góticos y renacentistas.
Es sencillo y grandioso. Se debió concluir hacia 1518. Realizó
sepulcros y retablos para muchas iglesias de Zaragoza. En 1520
realizó el Retablo Mayor de la Catedral de Huesca. Murió cuando
estaba ocupado en la talla del Retablo de Santo Domingo de la
Calzada.
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Vasco de la Zarza
(1470-1524)
Escultor, uno de los introductores del Renacimiento en España.
Trabajó sobre todo en Avila y en Toledo. Colaboró con Berruguete
en el Retablo de la Mejorada y en la Capilla de Santa Catalina, de
la Catedral de Avila. Su formación escultórica se revela en los
ornamentos, que reptan frondosos por todos los miembros arquitectónicos.
Realiza varios sepulcros como el de Gutierre de la Cueva, el de Don
Alonso Carrillo de Albronoz, en la catedral de Toledo, y de Don Iñigo
López Carrillo de Mendoza, muerto en 1491 en la guerra de Granada.
Su obra más avanzada es el Trasaltar mayor de la catedral de Avila,
terminado en 1518. El altar, con el Sepulcro del Tostado, es su obra
más primorosa. Lo representa sentado, escribiendo, entregado a su
labor con ensimismamiento contenido. Está concebido con gran
monumentalidad.
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Siloé,
Gil y Diego de
Gil Siloé
probablemente nació en Amberes, pero realizó su obra artística en
Burgos. Fue padre de Diego de Siloé y autor de dos grandes obras de
escultura gótica española: Los sepulcros de Juan II de Castilla y
de su hijo el Príncipe Alfonso, para la Cartuja de Miraflores. Se
le atribuye la portada del colegio de San Gregorio de Valladolid así
como la arquería del claustro alto de este mismo edificio. Diego de
Siloé nació a mediados del siglo XV. Se formó en el taller de su
padre y en Italia, donde trabajó con Bartolomé Ordóñez y se dejó
influir por los renacentistas italianos, en especial Miguel Angel.
Junto con Machuca, Berruguete y Ordóñez compone la galería de
grandes artistas del Renacimiento español. Fue clásico en sus
obras de Nápoles y Granada y plateresco en Burgos, pero siempre con
características muy personales de grandiosidad y sentimentalismo.
Trabajó con Ordóñez en la sillería del coro de la catedral de
Barcelona. En 1519 realizó en Burgos el sepulcro de alabastro para
la capilla del obispo Acuña, en la catedral. Entre las figuras que
adornan el sepulcro esta La Caridad abrazando a un niño. Su obra
maestra en Burgos fue la llamada escalera dorada del crucero de la
catedral. En la capilla del Condestable de la catedral de Burgos
terminó la imaginería de los retablos comenzados por su padre. En
1528 se trasladó a Granada para continuar la capilla de San Jerónimo,
en la que hizo la sillería del coro. Como arquitecto sus obras
maestras son las catedrales de Granada, Málaga y Guadix. En las
portadas utilizó la decoración plateresca, muy imitada entonces en
Andalucía y en América. En Sevilla trabajó en la sacristía mayor
de la catedral. En cuanto a edificios civiles, hay que destacar su
labor como autor de patios y fachadas. En 1560 trazó la fachada de
la casa de los Miradores. También se deben a él la portada y el
patio del Colegio de Irlandeses en Salamanca.
(Indice)
Alonso de
Berruguete (1490-1516)
Es el escultor más importante del Renacimiento en España.
N. en Paredes de Nava (Palencia) ca. 1490. M. en Toledo entre el 13
y el 26 sept. 1561. Hijo del pintor Pedro Berruguete, con él debió
iniciar su formación como pintor, oficio que practicó junto al de
escultor. La primera noticia documentada es del 6 en. 1504, cuando
es nombrada su madre, Elvira González, curadora de sus bienes. Este
mismo año consta que es enviado a Toledo para cobrar y averiguar lo
que se adeudaba a su padre. Se supone que sea el mismo que aparece
citado en 1509, en Guaza de Campos (Palencia), con motivo del dorado
y estofado de un retablo. Este periodo confuso de su formación en
Castilla se cierra con su marcha a Italia.
1. Italia: formación. Según las
referencias del Vasari consta que estuvo en Florencia y Roma. Allí
se le cita con ocasión de haber terminado un cuadro de Filippino
Lippi y con motivo de participar en un concurso para obtener una
copia, en cera, del Laoconte. También consta que estudió la obra
del Masaccio en la Capilla Brancacci, del Carmine de Florencia, así
como la Batalla de Cascina de Miguel Angel en el Palazzo Vecchio
florentino. Se le ha identificado con el joven español citado en
unas cartas de Miguel Angel, pero es dudoso. Las noticias del Vasari
hacen sospechar la protección d Bramante, quizá por la relación
de Pedro Berruguete con Urbino, como también el prestigio de hombre
genial de que gozaba en los ambientes artísticos florentinos. Esta
circunstancia, junto con el peculiar manierismo de las obras pictóricas
que se le atribuyen, le convierten en un de los creadores de dicho
movimiento florentino. Por su obra es evidente su relación con los
talleres de Leonardo y su escuela, así como su estrecha vinculación
al estilo de Miguel Angel, pero manteniendo, en todo momento su
personal independencia, de tal forma que no puede ser adscrito a
ningún artista o tendencia artística determinados. En todo caso,
en Italia, aprende, de los grandes maestros sin renunciar a lo
aprendido en Castilla, antes de marchar.
2. Vuelta a España: primeras obras.
Se desconoce la fecha exacta de su regreso a Castilla, que se puede
situar en 1517 o principios de 1518. A este año corresponden
probablemente, los contratos para pintar 15 historias en la Capilla
Real de Granada y el sepulcro del canciller Joan Calvaje o Selvagio,
para el que acuerda a su vez la colaboración de Felipe Vigarny. En
estos documentos se le cita como «pintor del rey nuestro señor»,
pero desconocemos la fecha de su entrada al servicio de Carlos I. A
partir de este año y con el tratamiento de «magnífico señor» y
como «pintor del rey», figura en el séquito real, constando su
nombre en la nómina de la Casa Imperial.
En 1519, se encarga de la pintura de
las velas, estandartes, banderas y de la nave real en la que había
de embarcar el Emperador en La Coruña para Flandes. Consta que
queda en aquella ciudad enfermo, por lo que no sigue al séquito
imperial cuando se hace a la mar el 20 mayo 1520. Al año siguiente
contrata las pinturas de la sacristía de la Capilla Real de Granada
y en julio de 1522 la pintura del retablo de la catedral de Oviedo,
apareciendo por diversas citas, en varias ocasiones, en torno a la
corte en Vitoria. Esta etapa de «pintor andante en la corte» se
cierra el 1 oct. 1523, cuando obtiene la cédula por la que se le
nombra escribano del crimen de la Audiencia de Valladolid, motivo
que debió ser la causa determinante para fijar su residencia en
Valladolid, donde establece su casa y taller. No obstante, el cargo
lo desempeña con acusada y manifiesta irregularidad, por lo que
después de muchas quejas se ve obligado a renunciar al mismo el 31
oct. 1542, pasando luego el oficio a su hijo, que también se ve
precisado a renunciar definitivamente en 1553.
En 1526 contrae matrimonio con Juana
de Pereda, vecina de Medina de Rioseco, de la que ha de tener cuatro
hijos, Alonso, Luisa, Petronila y Pedro. Su situación privilegiada
se confirma con la facultad para instituir mayorazgo que se le
otorga en 1527, al mismo tiempo que por numerosas referencias
tenemos constancia de su desahogada posición económica.
3. Valladolid: 1523-34. En 1523 se
inicia su etapa vallisoletana con el contrato para la ejecución del
retablo de La Mejorada de Olmedo (Mus. Nacional de Escultura), para
el que recaba la colaboración de Vasco de la Zarza, m. en 1524.
Después de unos intentos para trabajar en Granada, sin resultado, y
una vez terminado el retablo de La Mejorada, contrata en 8 nov. 1526
el magnífico retablo de S. Benito de Valladolid (Museo Nac. de
Escultura), obra en la que se asienta buena parte de su fama.
Terminado el retablo en 1532 y aunque no contenta a los frailes, ni
a muchos de los que lo examinan, el prestigio de B. como el
principal escultor de la escuela castellana queda fuertemente
consolidado. Por estos mismos años contrata unos retablos de
alabastro para la misma iglesia de S. Benito, que labran sus discípulos
Cornielis de Holanda y Juan de Cambray (1530); el retablo del
Colegio de Irlandeses de Salamanca (1529); da una traza para un
retablo en la Capilla de Reyes Nuevos de Toledo (1531) hace un
retablo de pintura para el enterramiento de Juan Paulo Oliveiro en
S. Benito de Valladolid (1534?); y, por último, en 1537, contrata
el magistral retablo de la Adoración de los Reyes para la capilla
de D. Diego de la Haya, en la parroquia de Santiago de Valladolid.
Con esta última obra se puede dar por finalizada la etapa
estrictamente vallisoletana del artista, pues designado el card.
Tavera como arzobispo de Toledo, en 1534, B. se traslada a esta
ciudad para trabajar sobre algunos proyectos del cardenal.
4. Toledo: 1535-61. En efecto, ya en
1535 vemos a B. en Toledo para tratar de la sillería de coro y las
gestiones culminan el 1 en. 1539 cuando se obliga a hacer 35 sillas
del coro, encargándose las restantes, es decir, la otra mitad del
coro (las del lado del Evangelio), a su rival y amigo Felipe Vigarny,
propuesto por el cabildo toledano. Esta labor le ha de ocupar hasta
1548, cuando da por terminada la silla arzobispal, con su remate,
que, encargada primeramente a Vigarny se adjudica, por muerte de éste,
a B. La muerte del card. Tavera, en 1545, evidentemente su
protector, trunca la posible labor de B. en Toledo, y así no llega
a hacer las dos magníficas tribunas de mármol que contrató el 22
feb. 1545.
Por estos años su posición social y
económica se consolida. Adquiere el señorío de Villatoquite,
cerca de Paredes de Nava, y allí instala su casa y taller. No
obstante, en 1557 se ve obligado a renunciar a este señorío,
adquiriendo el más importante de Ventosa de la Cuesta (Valladolid),
en cuya iglesia habría de recibir sepultura, al pie de las gradas
del altar mayor, como señor de la villa. A partir de 1545, aparte
de numerosas noticias referentes a adquisición de censos y de casas,
son escasas las referentes a su actividad como artista. Consta que
en 1546 la marquesa del Zenete, Da María de Mendoza, trata de que
B. obtenga una copia del retrato de D. Juan de Zúñiga; también
que en este mismo año hizo un retrato del card. Tavera; en 1551 se
le menciona con motivo de un modelo en yeso para la capilla del
Hospital de Tavera en Toledo y seguidamente, en 1552, se inicia la
serie de noticias referentes a la ejecución del magnífico sepulcro
del card. Tavera, que le ha de ocupar buena parte de su actividad
hasta su muerte en 1561. La última obra en que intervino y que dejó
sin acabar fue el retablo de la iglesia de Santiago de Cáceres,
encargado en 1557; constando también que en 1559 acepta la ejecución
de cuatro bultos para el condestable D. Pedro Fernández de Velasco,
que no llegó a ejecutar.
Considerado como una de las águilas
del Renacimiento en España por Francisco de Holanda y citado
siempre con encomio por sus coetáneos, B. ocupa una posición
central en la interpretación del Renacimiento castellano. En su
obra sabe fundir las enseñanzas del arte italiano principalmente de
Leonardo y de Miguel Ángel con la tradición del arte hispano
flamenco aún latente en el peculiar estilo pictórico de su padre,
y crear de este modo los fundamentos de un estilo en el que la
valoración del contenido expresivo alcanza la primacía frente al
concepto de la belleza formal de los maestros italianos.
5. Obra pictórica. Como pintor su
obra documentada y atribuida es escasa, a pesar de que aquélla fue
su verdadera profesión. Aparte de la terminación de la Coronación
de la Virgen, de F. Lippi (Louvre), en la que le corresponde la
parte superior, de su estancia en Italia no queda ninguna obra
documentada. No obstante, las menciones del Vasari y el análisis de
las obras realizadas en Castilla, han permitido considerarle como
uno de los creadores del manierismo florentino, fuertemente influido
por los círculos leonardescos y en íntima relación con las obras
del Sodoma, el Rosso florentino y el Beccafumi, principalmente. Se
le atribuyen, como correspondientes a esta etapa italiana, un grupo
de la Virgen y S. Isabel con los santos niños (Galería Borghese),
antes atribuida al Pontormo, una Salomé (Uffizi), un retrato (Museo
de Viena) y una Virgen (Munich).
En Castilla su obra fundamental, por
su calidad, son las tablas del retablo de S. Benito de Valladolid (Museo
de Valladolid), así como las desiguales pinturas del retablo de los
Irlandeses de Salamanca y del de S. Úrsula de Toledo (Museo de S.
Cruz de Toledo); un gran Calvario en el Museo de Valladolid y un
magnífico S. Entierro en la parroquia de S. Pedro de Fuentes de
Nava. En su conjunto se acusa un estilo desenfadado, puesto al
servicio de una finalidad expresiva, dramática, con desprecio de la
forma correcta, reposada, en el que el movimiento violento de las
figuras, los gestos y las gesticulaciones se ven realzados por los
intensos efectos del claroscuro. Su estilo tuvo nunerosos
continuadores en las zonas de Valladolid y Palencia principalmente,
distinguiéndose Juan de Villoldo.
6. Berruguete, escultor: análisis de
su obra. B. inicia su actividad como escultor, ya en España, quizá
como consecuencia del escaso aprecio que tuvo su estilo pictórico.
La influencia italiana, florentina, se advierte en los restos del
sepulcro del canciller Selvagio (Museo de Zaragoza) y en el relieve
de la Resurrección de la catedral de Valencia, que se le atribuye.
Asimismo, entre sus primeras obras e intervenciones, puede anotarse
la verosímil participación, dando trazas o dibujos, para el
retablo de la Capilla Real de Granada. Su primera obra importante es
el retablo de La Mejorada, de Olmedo (Museo de Valladolid),
contratado en 1525, en el que debe corresponderle todo, excepto el
relieve de la Adoración de los Reyes, atribuible a Vasco de la
Zarza. Aquí ya advertimos el estilo dramático, expresivo, que ha
de mantener a lo largo de su vida. Son particularmente destacables
en este retablo, la magnífica interpretación de la Anunciación, y
el impresionante crucifijo del Calvario, que remata la calle central
del retablo. En relación con esta obra, se le atribuye el Ecce Romo,
de la iglesia de S. Juan (Museo de Valladolid), de canon alargado y
actitud inestable, una de las más bellas creaciones del maestro. A
este momento corresponde también la Virgen con el Niño, de la
iglesia de S. Eulalia de Paredes de Nava. El retablo de S. Benito (Museo
de Valladolid), contratado en 1526 y acabado en 1532 es su obra más
importante de este periodo vallisoletano. De un conjunto constituido
por numerosas esculturas de bulto redondo, relieves, bustos,
pinturas y abundantes detalles decorativos, sobresalen algunas imágenes
que se sitúan entre las más características del maestro. Entre
todas, la de S. Sebastián, a las que siguen en importancia la
genial interpretación de S. Jeronimo, Abraham e Isaac y la
maravillosa serie de profetas y apóstoles. Entre los relieves, su
estilo se nos ofrece de una manera diáfana en el de la Adoración
de los Reyes, como en el de la Misa de S. Gregorio o en el impetuoso
del encuentro de S. Benito y el enviado del rey Totila, así como en
el Cristo del remate, una de las interpretaciones más grandiosas de
este tema del Calvario. En el retablo de los Irlandeses de
Salamanca, que ejecuta por estos mismos años, sobresale
especialmente el magnífico grupo de la Piedad. La culminación de
esta etapa vallisoletana se halla representada por el retablo de la
Adoración de los Reyes, contratado en 1537, para D. Diego de la
Haya (iglesia de Santiago, de Valladolid). En este retablo se
unifica audazmente el cuerpo central, organizando un gran relieve
con el tema de la Adoración de los Reyes, formado por tres grupos,
contraponiendo la serena belleza del formado por la Sagrada Familia
al ímpetu desbordado de los reyes y su séquito y en cuya
interpretación y formas es evidente el recuerdo de la Adoración de
los Reyes de Leonardo.
La sillería de coro de Toledo,
iniciada en 1539, es de fundamental importancia para la evolución
del arte castellano. En ella compiten la serenidad clásica de
Vigarny y el estilo impetuoso, expresivo, del maestro
vallisoletanano y es, al mismo tiempo, ocasión para que el estilo
de B. se extienda hacia Castilla la Nueva, y de aquí a Andalucía.
En efecto, su taller, formado fundamentalmente por Francisco Giralte,
Isidro Villoldo, Manuel Alvarez e Inocencio Berruguete, ha de
constituir un factor decisivo en la evolución artística castellana.
Corresponde a B. y su taller, el lado de la epístola de esta sillería,
tanto los tableros de nogal como la parte superior de alabastro y en
ella despliega el artista un riquísimo repertorio de formas, jamás
igualada por ningún otro maestro castellano. Junto a la serena
belleza de la Eva, que evoca el modelo de la Leda leonardesca, a las
agitadas figuras de los profetas y personajes del Antiguo Testamento
de la parte superior, la mirada va de sorpresa en sorpresa,
descubriendo la mano genial del artista castellano, preocupado en
todo caso más del carácter expresivo en la representación que de
la corrección formal. Aún supera en algún aspecto a esta serie de
figuras, el conjunto de la silla arzobispal, con la representación
de la Transfiguración en el remate, y unas desconcertantes
representaciones del Juicio Final y del Paso del mar Rojo y la
Serpiente de bronce, en los tímpanos de los arcos que forman la
bovedilla que cobija el asiento. En este conjunto de la silla
arzobispal, sobresale el grupo de la Transfiguración, de lo más
bello y expresivo salido de manos del maestro. Con esta representación
se relacionaba el gran conjunto de la iglesia del Salvador, en Übeda,
del que sólo subsiste la figura de Jesús. Por estos mismos años
hizo el retablo de S. úrsula de Toledo (Museo de S. Cruz), en la
que la fogosidad del grupo central de la Visitación, atrae y
cautiva pese a las desproporciones y a las evidentes incorrecciones.
Como queda dicho, su última obra es el sepulcro del card. Tavera,
en el que la colaboración de discípulos en la ejecución de los
relieves parece evidente. En él destaca la impresionante cabeza del
cardenal, inspirada en la mascarilla del difunto, en la que se
acusan la hinchazón que deforma los rasgos del rostro, mientras las
manos nerviosamente sostienen el S, báculo. De la última obra
documentada, el retablo de la iglesia de Santiago de Cáceres, únicamente
se puede considerar como suya la escena de la Estigmatización de S.
Francisco y parte del relieve de la Adoración de los Reyes.
A pesar de la aparentemente escasa
labor, que queda de reseñada, la importancia de su obra es
fundamental para nuestra escultura renacentista. Aparte de su
calidad de hombre «de doctrina», y como tal considerado como «la
persona más hábil, sabia y experta en el dicho arte de escultura y
dibujo que hay en España y aun fuera de ella su influencia está
latente y fue decisiva. Su huella se percibe en fecha temprana ya en
Aragón, y así lo vemos en Damián Forment y en.Gabriel Yoly. En
Castilla esta influencia es evidentemente un factor determinante en
la evolución de Juan de Valmaseda, en fecha tan temprana como antes
de 1520. Más tarde, vemos cómo su estilo se va extendiendo por las
zonas de Valladolid y Palencia, hasta culminar en la obra de su más
directo continuador, Francisco Giralte, y a través de éste, hasta
enlazar con el último tercio del s. XVI. Lo mismo en las obras de
Juan de Cambray y Cornielis de Holanda, como en las de su sobrino
Inocencio Berruguete y en las de Gaspar de Tordesillas, a través
del cual su estilo se introduce en las provincias vascongadas, como
vemos en las obras de Andrés de Araoz. La obra toledana de B., como
queda dicho, es fundamental y decisiva. A través de Isidro Villoldo,
Bautista Vázquez, Diego Velasco y Diego Pesquera, fundamentalmente,
su estilo no solamente se extiende por Castilla la Nueva, sino que
realmente es el fundamento de la gran escuela andaluza premontañesina.
Y aún pudiera rastrearse la influencia que el maestro castellano,
con la imposición del canon alargado y el expresivismo anticlásico,
debió ejercer en la evolución de la obra del Greco, ya que el
conjunto de la sillería del coro de la catedral toledana es un
testimonio fehaciente de este precedente de las formas del pintor
cretense.
JOSÉ MARÍA AZCÁRATE.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
Indice
Jordán, Esteban
(1530-1598)
Escultor de la escuela de Valladolid., influido por Juan de Juní,
Berruguete y Becerra. Su momento principal fue entre 1570 y 1580,
durante el cual realiza el retablo del Calvario y el sepulcro de Don
Pedro de la Gasca en la Magdalena de Medina del Campo, y su obra
maestra , el retablo mayor de la iglesia de la Magdalena en
Valladolid. Se caracteriza por la frialdad de la ejecución y por la
grandiosidad. Sigue un período de menor perfección entre 1580 y
1590.
(Indice)
Juan de Anchieta
(1540-1588)
Escultor renacentista español. De estilo monumentalista, sus
figuras son de fuerte dramatismo (a semejanza de Becerra). La gran
influencia de Miguel Angel hace suponer en él una formación
italiana. Creó una importante escuela en Navarra y Aragón. Es
autor del retablo de Santa Clara de Briviesca (1565), del retablo
del Capítulo del Monasterio de las Huelgas de Burgos (1576), y de
los de la Seo de Jaca (1578), de la Seo de Zaragoza (1580), y Aoíz
(1580). Inició el retablo de Tafalla, que terminó en 1591 su discípulo
Pedro González de San Pedro.
(Indice)
Cristóbal de
Andino (siglo XVI)
Rejero español, nació y trabajó en Burgos, donde fue uno
de los introductores del Renacimiento. Autor de la reja de la
Capilla Mayor (1520), y de la puerta lateral de esta capilla (1530),
en la iglesia de Palencia; reja de la iglesia de San Francisco de
Medina de Ríoseco; reja de la Capilla del Condestable, en la
Catedral de Burgos.
(Indice)
Enrique de Arfe (nació
1475)
Orfebre español, renovó la orfebrería de su tiempo. En
1506 se halla establecido en León. Autor de las custodias de las
catedrales de León, Toledo y Córdoba.
(Indice)
Juan de Arfe
(1535-1603)
Orfebre, hijo de Antonio, destacó también como escultor y escritor.
Sus obra de orfebrería más destacadas son las custodias de las
catedrales de Avila (1564-71), Sevilla (1580-87) y Valladolid
(1587-90). Como escultor en bronce merece mención por sus estatuas
orantes de los duques de Lerma. Fue un hombre de vasta cultura, y
escribió una serie de tratados muy importantes en su tiempo sobre
orfebrería y escultura, entre los que destacan Quilatador de la
plata, oro y piedras (1572) y Varia Conmensuración para la
Escultura y Arquitectura (1585).
(Indice)
Martínez
Montañés, Juan (1568-1649)
Vida. Arquitecto de retablos. Escultor. Imaginero. N. en Alcalá la
Real (Jaén), en 1568; m. en Sevilla el 18 jun. 1649. En esta ciudad
residió, casi ininterrumpidamente, 67 años de los 81 que vivió.
Contrajo nupcias en dos ocasiones, engendrando 12 hijos, de los
cuales cuatro abrazaron el estado eclesiástico. En 1591 padeció el
mayor percance de su vida social, pues cometió un homicidio en el
compás de un monasterio, quedando absuelto por la viuda del extinto,
previo abono de la satisfacción subsidiaria correspondiente Su
formación se inició en un ambiente de artesanía por ser hijo de
un broslador; en Granada trabajó bajo el magisterio artístico del
escultor Pablo de Rojas (v.). En 1582 de modo dudoso, siete años
después ciertamente, se avecindó en Sevilla, donde le
impresionaron las obras de los manieristas que allí laboraban,
iniciando la escuela escultórica hispalense; especialmente jerónimo
Hernández, Gaspar Núñez Delgado y Andrés de Ocampo, entre otros
grandes escultores, que pueden considerarse también como sus
maestros. En 1588 era facultado para abrir tienda pública
ejerciendo tareas de escultor, entallador de romano y arquitecto de
retablos, previo examen ante los alcaldes veedores gremiales, los
insignes imagineros Gaspar del Águila y Miguel Adán. No debemos
olvidar su formación humanística con su amigo y colaborador
Francisco Pacheco (v.), pintor y tratadista de Arte
Conocemos un retrato fidedigno de M.
M., original del pintor Francisco Varela, efigiado a los 47 años,
que se conserva en el Ayuntamiento sevillano. En el Museo del Prado
se admira un muy probable retrato suyo, pintado por Velázquez, y en
el Libro de descripción de verdaderos retratos compuestos por
Pacheco, figura uno sin identificar ni biografiar, pese a la norma
del códice, que verosímilmente representa al maestro imaginero que
nos ocupa. Sus obras le dieron fama y renombre desde las mismas
calendas de su creación y factura. Se le llamó en cenáculos artísticos
y medios populades el «Lisipo andaluz», y el «Dios de la madera»,
amén de otros epítetos, demostrativos de que caló hondo en la
mentalidad religiosa hispánica Obras. Su producción fue casi únicamente
de carácter religioso, pues sólo se conocen de él tres obras
profanas en la extensa nómina de su quehacer artístico; compuso
relieves y esculturas con sentido decorativo, es decir, integrando
retablos, o creando imágenes de carácter procesional. Unas y otras
están plasmadas en madera y policromadas, corriendo las tareas de
estofarlas y encarnarlas a cuenta de hábiles pintores
especializados, colaborando con él en no pocas de ellas Francisco
Pacheco, que se envanecía de ello
Retablos. Numerosos son los retablos
ejecutados por M. M. para España y América, unos trazados por él
y otros por su colaborador Juan de Oviedo el Mozo, también
arquitecto y escultor. La estética de todos ellos es clasicista y,
en ocasiones, pueden comprobarse fórmulas y recursos expresivos de
sentido manierista. El conocimiento de los preceptistas italianos,
Viñola (v.), Palladio (v.) y Serlio es evidente y podrían
identificarse no pocos elementos que lo comprueban. El barroquismo
en ellos es muy liviano y hay que descartar definitivamente de su
haber el de la capilla real de Puebla de los Ángeles (México),
concebido con soportes entorchados. Dichos retablos se destinaban a
capillas mayores de templos, o a lugares laterales; algunos tenían
carácter de tabernáculos para enmarcar una imagen. Los primeros se
distribuían en un plano o en tres, según la planta del lugar donde
se sitúan. El orden que utiliza es casi únicamente el corintio por
su riqueza, dinamismo y gracia, pese a que era costumbre bastante
generalizada utilizar varios órdenes
Entre sus grandes retablos mayores
destaca el del monasterio jerónimo de Santiponce (Sevilla), uno de
los más importantes del s. xvn español, iniciado en 1609, y obra
muy personal no sólo en su traza sino en sus maravillosos relieves
y esculturas; el del convento sevillano de S. Clara, comenzado en
1621, proyectado también por él, que contiene estupendos relieves
y figuras; el grandioso de la parroquia de S. Miguel en Jerez de la
Frontera (Cádiz), de larga historia a partir de 1617, en el que
participaron ejecutando imágenes y relieves M. M. y José de Arce
(v.); el del templo parroquial hispalense de S. Lorenzo, arquitectónicamente
montañesino, mas la escultura fue ejecutada por otros maestros
De sus retablos laterales citaremos
cuatro de amplia composición: los dedicados a S. Juan Bautista (convento
de la Concepción en Lima, 1607, y para el cenobio sevillano de S.
María del Socorro, 1610) y los construidos en honor de los S.
Juanes Bautista y Evangelista (convento hispalense de S. Leandro,
1621), de conceptos renacentistas aquéllos y manieristas éstos en
sus trazas y soluciones. Como retablos-tabernáculos pueden citarse
los del convento de clarisas (Inmaculada, S. Francisco de Asís y S.
Juanes, ¿1625?) y el concepcionista de la catedral hispalense
(1628), todos recogidos de formas, sobria arquitectura y graciosa
composición
Imaginería sacra retablística.
Citando únicamente lo que no es procesional, referiremos los
maravillosos relieves de la Natividad y Epifanía, de Santiponce,
que marcan ya su lograda madurez, así como las dos interpretaciones
del Bautista y Evangelista del mismo lugar, de perfección pocas
veces superada; los pequeños relieves que biografían al Precursor
en el convento del Socorro; los S. Ignacio de Loyola y Francisco de
Borja de la Universidad sevillana, que lucían vestiduras; la S.
Ana, maestra de la Virgen en el convento de carmelitas de dicha
advocación; los logradísimos S. Juanes del convento de jerónimos
de S. Paula, sedentes y de aguda expresión (1637); y cuatro años más
tarde, la original y espectacular Batalla de los Ángeles (presentando
a Luzbel con sentido apolíneo en bellísimo desnudo) y los
imponentes S. Pedro y Pablo del retablo jerezano, entre otros muchos.
Mención especial merece el Crucificado de la Clemencia, encargado
para su oratorio por el arcediano de Sevilla Mateo Vázquez de Leca,
que se venera en la sacristía de los Cálices de la catedral
hispalense -quizá la fidedigna versión del Cristo según la mente
tridentina-, perfecto de formas, modelado y composición y con
profunda unción sagrada (1603-06)
Imaginería procesional. Si la
imaginería retablística tiene carácter decorativo según se ha
dicho, pues ha de componer en el marco arquitectónico para el que
ha sido creada, y, por tanto, con limitados puntos de vista y escasa
iluminación, las esculturas procesionales, destinadas al culto
permanente en el templo y circunstancialmente en la calle, están
estudiadas para contemplarse a la luz del día y exigen cuidar todos
y cada uno de sus planos, perfiles y ángulos de visión. Desde el
punto de vista ascético, la pastoral de este periodo acentúa y
prolifera la liturgia procesional, a la que se confía primordial
carácter docente. La época montañesina, a tono con lo tridentino,
ve surgir cofradías penitenciales en número importante y
transformarse las hermandades de luz en confraternidades de sangre,
lo que determina la sustitución de las figuras titulares a tenor
con la nueva mentalidad religiosa. Éstas son ordinariamente de
talla completa, bien dibujadas, modeladas, talladas y policromadas,
y en sus proporciones sigue las de la preceptiva de Alberto Durero
(v.), según declaración expresa del «dios de la madera»
Desconocemos las más antiguas obras
de M. M.; sabemos que hizo varias Vírgenes de vestir para las
Indias, que no han sido identificadas. Todavía en el marco del s.
XVI realizó una portentosa imagen de S. Cristóbal con Jesús en
los hombros, que se venera en la parroquia sevillana del Divino
Salvador (1597), y acusa ya evidente maestría y el influjo de los
maestros manieristas citados, que laboraban en la ciudad del Betis.
Diez años después hizo el Niño Jesús de la Sacramental
catedralicia hispalense, dotado de ese difícil equilibrio entre
realismo e idealización que caracteriza a su autor
Hacia 1611 cabe fechar la inefable
figura de S. Jerónimo, que aunque destinada a presidir el retablo
principal del monasterio de Santiponce, se impuso al maestro la
obligación de realizarla de forma que pudiera salir en andas
procesionales; y bien que acertó M. M., ya que es un auténtico
tratado de dibujo, modelado, encarnado y sobre todo de unción
sagrada. Es una de las versiones más logradas en la Iglesia católica
de lo que representó el santo dálmata
En fecha inmediata a 1619 produjo el
maravilloso Jesús con la Cruz al hombro, advocado de la Pasión,
titular de una cofradía sevillana, acierto indudable de la imaginería
pasionista, en el que M. M. da forma plástica a textos de exegetas
cual fray Luis de Granada; el hecho de lucir túnica bordada o lisa
otorga evidente verismo a su caminar por la vía del dolor. En la
agudapolémica concepcionista de la etapa seiscentista, M. M. se
persona con varias figuraciones de la Inmaculada (El Pedroso, S.
Clara y Universidad) culminando con la maravillosa imagen
catedralicia llamada popularmente «La Cieguecita» por tener los
ojos casi cerrados en gesto ancilar de profunda humildad, destacando
con elocuente claridad el sentido de la Teotocos, de quien es Madre
de Dios (1631). En el mismo retablo se admira un S. Juan Bautista,
niño, de indudable carácter procesional, en el que el «dios de la
madera» hunde su inspiración en conceptos iconográficos de aires
donatellianos
Bello y bien compuesto es el grupo de
S. Ana itinerante, llevando de la mano a su Hija, que veneran los
carmelitas del Buen Suceso (1632), y profundamente ascético es el
S. Bruno del museo sevillano, recio, aplomado y cargado de expresión
Esculturas profanas. En el segundo
decenio del s. XVII, M. M. produjo las figuras orantes de Alonso Pérez
de Guzmán y su esposa, María Alonso Coronel, en madera policromada,
que podemos considerar retratos, no de los representados, que
vivieron en siglo muy anterior, sino de contemporáneos del autor y
aun ataviados con la indumentaria de este tiempo. Componen con el
retablo principal de Santiponce por hallarse situadas en su capilla
mayor. En 1635 M. M. se trasladó a la Corte para retratar al rey
Felipe IV, como en efecto lo hizo y recibió mercedes por ello. La
cabeza ejecutada por M. M., modelada del natural, vaciada
convenientemente y acompañada verosímilmente de dibujos suyos y
quizá de Velázquez, sirvió para que Pietro Tacca ejecutara la
broncínea figura ecuestre del monarca que aún se admira en la
madrileña plaza de Oriente
Valoración artística. Su formación
artística fue claramente clásica, basada en el ambiente típico de
la romanizada Bética, en la obra de los maestros y obras italianas
que encontraría por doquier y en la producción de los artistas
citados, con los cuales aprendió mucho y maduró su estética y su
arte. La mentalidad manierista deja en él algunas huellas de interés;
el pensamiento tridentino y de la Contrarreforma le ambientan
fundamentalmente, aunque paso a paso y con evidente claridad, va
recibiendo matices, a través de sus discípulos Juan de Mesa (v.),
Alonso Cano (v.) y otros, sin que desvirtúen su personal estilo. Su
estética se basa en la ideología ncoaristotélica, como se puede
apreciar en sus figuraciones. En el aspecto religioso, su
pensamiento es ascético, apoyado en los textos de exegetas y
expositores sagrados y cimentado en los dogmas católicos. En sus
obras sirvió con ejemplar fidelidad a la pedagogía católica en
general y de modo directo a las orientaciones emanadas del Conc. de
Trento. La Iglesia vio complacida que algunas representaciones
sacras creadas por él (S. Cristóbal, S. Jerónimo, Niño Jesús,
Crucificado de la Clemencia, Nazareno de Pasión, Inmaculada «Cieguecita»,
etc.) constituían versiones plásticas dignas en lo humano de las
ideas que simbolizan y encarnan la propia Teología que debe
presidir el arte sagrado. Por otra parte, sus versiones poseen carácter
universal; sirvieron a las directrices pastorales de su tiempo y aún
tienen vigencia en el nuestro, pese al cambio de mentalidad
religiosa y social. La obra de M. M. gozó de merecido prestigio en
su tiempo, contribuyendo de modo destacado junto a las de Velázquez,
Zurbarán, Cano, Murillo, Valdés Leal, Mesa, Roldán, La Roldana,
Ruiz Gijón y otros muchos a la gloria que aureola la inmortal
escuela artística sevillana del Siglo de Oro
J. HERNÁNDEZ DÍAZ
(Indice)
Hernandez,
Gregorio (1576-1636)
Escultor español. N. hacia 1576, probablemente en Galicia, aunque
en lugar impreciso. M. en Valladolid el 22 en. 1636. Debió de venir
pronto a Valladolid, donde permaneció habitualmente. Tuvo por
esposa a María Pérez. De natural bondadoso, fue un artista
identificado con el ambiente de la época, por lo que su arte resultó
profundamente popular. Gozó de buena situación económica. Poseyó
casas y dispuso de amplio taller, con muchos colaboradores.
Su técnica artística es de probada
laboriosidad y delicado virtuosismo. Gozaba con la talla de barbas y
cabellos, y dio a las carnes mórbida blandura. Propendió a la
caracterización humana, de suerte que sus tipos encarnan caracteres
bien definidos. Tal ocurre con los sayones. Manos y rostros
adquieren gran fuerza expresiva. Pero junto a esta naturalidad,
sorprende el convencionalismo de sus pliegues, que forman masas
duras, quebradas como papel, en lo que habrá de verse la tendencia
a trabajar con maniquíes de tela encolada y el influjo de la técnica
tenebrista de la pintura. En la pintura de sus imágenes prefirió
los tonos mates para las carnaciones y las tintas planas para las
telas.
Su fama alcanzó límites
insospechados. No tuvo rival. La dispersión de su arte alcanzó a
lugares muy apartados. Obras suyas se hallan en el País Vasco,
Extremadura, Madrid, Galicia y Portugal. Pero de esta situación de
excepcionalidad se desprendieron efectos nocivos, ya que el cliente
no quería sino copias de obras de F., que infestan el país a lo
largo de todo el s. xvti. Fue esencialmente un realista, en época
ya desengañada que buscaba ansiosamente la verdad. Pero si logró
tipos de admirable verismo, también supo remontarse por la difícil
senda del misticismo, mereciendo ser considerado como el Zurbarán
de la escultura castellana.
Uno de los méritos más apreciables
suyos fue el de haber acuñado una serie de tipos, que luego dieron
origen a innumerables copias. El Cristo a la columna lo representa
con las manos descansando sobre la columna baja, ya normal en esta
época. Magnífico es el del convento de S. Teresa de Valladolid, de
pequeño tamaño. En versión de tamaño natural hizo el de la
iglesia de la Cruz de Valladolid y el de las Madres Carmelitas de Ávila,
de apurado virtuosismo. El Cristo en la cruz aparece representado
con corona de espino natural y paño de pureza muy volandero. Son de
citar el de la Luz de la capilla de la Universidad, en Valladolid;
el del Carmen Extramuros de la misma ciudad; el de S. Pedro de las
Dueñas (León), y el de S. Marcelo, de León, contratado en 1631.
Serie muy interesante es-la de sus Cristos yacentes. La cabeza
reposa sobre doble almohada y los cabellos se disponen ordenadamente
a un lado y a otro. Primero de la serie es el del Convento de
Capuchinos del Pardo, hecho hacia 1614 y documentado. Se conservan
ejemplares en el Museo de Valladolid, catedral de Segovia, convento
de S. Plácido, en Madrid, conventos de S. Ana y Sancti Spiritus de
Valladolid, y en el convento de Franciscanas Descalzas de Monforte
de Lemos, con la particularidad de que éste es exento, es decir, el
cuerpo no está adherido al sepulcro.
Representa a la Dolorosa al pie de la
cruz en actitud sedente y con los brazos abiertos para recibir el
cuerpo del hijo. Así aparece en la de la Vera Cruz, de Valladolid.
En el tema de la Piedad mantiene los brazos abiertos. Dan testimonio
la de S. Martín en Valladolid, y la del convento del Carmen, de
Burgos, que es obra de taller. La más emotiva es la que guarda el
Museo de Valladolid; mientras retiene la Virgen a Cristo con una
mano, con la otra hace un gesto de clemencia. La Inmaculada aparece
con un rígido manto, que forma dos grandes dobladuras a los
costados. A los pies está el demonio en forma de dragón o un grupo
de ángeles. Ejemplares existen en el convento de Franciscanas
Descalzas de Monforte de Lemos (Lugo), Carmen Extramuros de
Valladolid, Vera Cruz de Salamanca, S. Marcelo de León, etcétera.
En la imaginería de santos prodiga
asimismo los tipos. Así los de S. Ignacio y S. Francisco Javier, de
los que hay buenas muestras en la iglesia de S. Miguel de
Valladolid. A S. Teresa la representó en éxtasis, a punto de
escribir sus revelaciones, como acreditan las del Museo de
Valladolid y la catedral de León. El tipo de María Magdalena
penitente, contemplando el Crucifijo y con la mano sobre el pecho,
en señal de dolor y arrepentimiento, sin duda lo ha creado F.
Aunque no es suya la Magdalena de la iglesia de S. Miguel de
Valladolid, parecen de su taller la de la iglesia de S. María, de
Braganza (Portugal), y la de las Descalzas Reales, de Madrid.
Tuvo dos maestros: Francisco de Rincón
y Pompeyo Leoni. Debió de ser oficial de Rincón, razón por la
cual es lícito rastrear su gubia en las obras de aquél,
singularmente en el paso de la Exaltación de la Cruz (Museo de
Escultura, Valladolid). El influjo de Leoni más parece haberse
logrado trabajando F. al servicio de Milán Vilmercati, oficial de
aquél. Del estilo de Leoni provienen las delicadas líneas
onduladas de perfiles y cabellos.
Durante su primera época, privan en
F. los influjos de Rincón y Leoni. Sirve de arranque en la producción
el grupo de S. Martín y el mendigo, en la iglesia del mismo nombre,
en Valladolid (1606). A este mismo año corresponden las esculturas
del retablo de S. Miguel de Valladolid, a excepción de los
relieves, que son obra de Adrián Álvarez. Los pliegues describen
pronunciadas curvas, de formas suaves. Por los a. de 1612 colabora
en la ejecución de las estatuas del retablo mayor de Portaceli, de
Valladolid, y tal vez en las estatuas funerarias de la familia
Calderón, en la misma iglesia. Pero parece que la técnica del mármol
y del alabastro no le era muy propicia, pues permaneció fiel a la
madera policromada. De 1612 es el retablo de Villaverde de Medina
(Valladolid), del que es suya la escultura. F. fue puramente
escultor, de modo que la arquitectura y pintura de los retablos
fueron realizadas por otros maestros. El retablo mayor de la iglesia
de las Huelgas, de Valladolid (1613), posee excelentes piezas, como
la Asunción, y sobre todo el altorrelieve del Cristo desclavándose
para abrazar a S. Bernardo. Se trata de un tema místico, logrado
con un delicado naturalismo. El mayor despliegue escultórico se
observa en el retablo mayor de la iglesia de los Santos Juanes, de
Nava del Rey (Valladolid), compuesto de banco, dos cuerpos y ático,
todo cubierto con estatuas y relieves. Aquí se inicia la transición
al estilo de la madurez, apareciendo los primeros pliegues quebrados,
característicos del maestro. Por estas fechas debió labrar los
relieves de la Sagrada Familia y la Virgen dando la leche a S.
Bernardo, del monasterio de Valbuena (Valladolid). En 1614 se terminó
de instalar en la catedral de Miranda de Douro (Portugal) el retablo
mayor. Consta haber sido hecho en Valladolid, a partir de 1610,
correspondiendo la arquitectura a Juan de Muniátegui y Cristóbal
Velázquez. La escultura debe de ser de F., pues corresponde al
estilo del maestro en esta época. La influencia de F. en Portugal
se advierte en varios lugares, especialmente en Coimbra. En rigor
hubo una relación artística continua del norte de Portugal con
Valladolid. En 1614 recibió el encargo del paso de La Cruz a
cuestas, que se conserva incompleto. De gran calidad son la
Magdalena y el Cirineo. Éste recibe con toda dignidad el madero en
sus manos.
A partir de 1616 empieza el estilo de
la madurez. El naturalismo se acentúa y los pliegues se quiebran
duramente, al paso que se atenúan las delicadas curvas. En 1616
ejecuta el paso de la Piedad (Museo de Escultura), destinado a la
Penitencial de las Angustias. El naturalismo se advierte en la
disposición diagonal del grupo. La obra representa adecuadamente el
estilo personal de F., con su recio sentimiento. El paso se completa
por las figuras de la Magdalena y S. Juan, que estarían en otro
plano, y los dos Ladrones, todavía en sus cruces. F. ha sabido
diferenciar psicológicamente la situación moral de éstos; pero
aparte de ello son dos soberbios estudios de desnudo, con esa
calidad carnosa, blanda, del maestro. De 1620 es el grupo de la
Sagrada Familia, de la iglesia vallisoletana de S. Lorenzo. Al año
siguiente ejecutaba el grupo de S. Isabel dando limosna a un mendigo
inválido.
Ya se han citado anteriormente
algunos pasos procesionales de F. En rigor él ha sido el creador de
estas complicadas máquinas, de varias figuras en tamaño natural o
mayor aún. Consta que hizo un paso del Azotamiento para la cofradía
de la Vera Cruz. Los sayones se han perdido, pero la imagen
principal debió de ser el Cristo a la columna que se guarda en la
misma iglesia. También efectuó un paso de la Coronación, del que
subsiste en la misma iglesia la imagen de Cristo. De 1623 data el
contrato para ejecutar el paso del Descendimiento para dicha cofradía.
Está compuesto por siete figuras, pero la de la Virgen fue colocada
en el retablo mayor en el s. xvttt, haciéndose una copia para el
paso. El programa no puede ser más barroco. De un antiguo concepto
plano del tema, fraguado y vigente en el s. xvt, F. ha pasado y
obtenido un efecto tridimensional, para ser visto en toda su
amplitud de giro en la calle. La puesta en escena es admirable. La
parte más complicada del grupo la ofrecen las figuras de Cristo,
José de Arimatea y Nicodemo, ya que se sitúan en el aire.
Ejecutó varias obras para el
convento del Carmen Calzado de Valladolid. Así el monumental
retablo de S. Simón Stock recibiendo el escapulario, de carácter
barroco por su énfasis; una María Magdalena de Pazzis y S. Teresa,
todas ellas en el Museo de Escultura, de Valladolid. La última está
finamente pintada, disponiéndose en la orla del manto pedrería
fingida. Hacia 1625 ejecutó la estatua de S. Domingo, que se
conserva en la iglesia de S. Pablo de Valladolid. En ella los
pliegues se han hecho más quebrados y el movimiento de la figura se
ha acentuado. Con esta pieza se inaugura el tercer periodo de F.,
que es el propiamente barroco. En 1628 labró la imagen de S
.`.,Marcelo, que se halla en la iglesia titular, en León. Y de,
estos años debe de ser la escultura de S. Isidro Labrador, en la
iglesia parroquial de Dueñas (Palencia). Con ella logró F. un
prototipo que tendrá infinidad de copias en Castilla, por ser el
patrón del trabajo agrícola.
En 1630 se dio por pagado de un
retablo para el convento del Carmen`, Calzado (Valladolid), del cual
subsiste el relieve del Bautismo de Cristo (Museo de Escultura). En
armonía con los cuadros de Zurbarán, la escena se compone con
sencillez, propendiendo a la monumentalidad. Pero esta sencillez
permite acentuar los valores internos, ya que Cristo aquí
es',admirable por la generosa obediencia a la voluntad del Padre,
que la imagen representa. Para el convento de Carmelitas Descalzos
de Ávila ejecutó un excelente Cristo a la columna y diseñó el
retablo mayor, ejecutado por discípulos, y donde de forma
monumental ha efigiado a S. Teresa recibiendo el collar. De su última
época es el retablo mayor de la iglesia de S. Miguel, de Vitoria El
estilo es de grandes quiebros. En el primer cuerpo hay dos grandes
relieves de la Circuncisión y de la Adoración de los Pastores.
Preside una solemnísima estatua de S. Miguel. En gran parte la
talla fue hecha por colaboradores. F. cierra su producción con el
colosal retablo mayor de la catedral de Plasencia. Aunque la muerte
le impidió dar término a la obra y no todo es de su mano, hay
piezas verdaderamente excepcionales, como el gran altorrelieve de la
Asunción. Son de destacar asimismo los relieves del banco, en los
que se desarrollan temas que el maestro había traducido a la
escultura procesional, como la Flagelación. En 1634 firmó el
contrato para ejecutar el retablo mayor de la cartuja de Aniago
(Valladolid). Para el banco fue previsto un Cristo yacente, según
anteriormente se había dispuesto en la capilla de El Pardo. Se
conserva el Cristo con que se remataba y la figura del santo
titular, S. Bruno (Museo de Escultura de Valladolid). En esta última
F. ha plasmado un soberbio modelo de misticismo sin afeites.
Hay una copiosa serie de obras sin
documentar. Algunas parecen imágenes auténticas, como la Dolorosa,
de busto, de la catedral de Orense. Pero hay que precaverse contra
las imitaciones. En efecto, fue F. copiado desde el principio de su
producción, no sólo por sus discípulos, sino por artistas de una
amplia zona. Hasta 1700 se extiende la oleada de imitaciones. Sólo
en el s. xvi i i logró superarse esta afición a la copia, que
esterilizó la capacidad inventiva de la escultura castellana.
Aparte de los escultores de su taller, cuya obra no ha podido ser
deslindada, numerosos maestros contemporáneos acreditan su influjo.
Así ocurre con Pedro de la Cuadra, que tras poseer un estilo
manierista, adquirió las notas naturalistas de F. El escultor Diego
de Anicque fue discípulo de F. e hizo obras que se confunden con
las del maestro. Recordemos asimismo entre los discípulos a
Francisco Alonso y a Juan Rodríguez.
J. J. MARTÍN GONZÁLEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Mena, Alonso de
(1587-1646)
Es el primer representante de una familia de escultores. Aprendió
el oficio en el taller de Andrés de Ocampo. Su característica más
especial es un expresivo naturalismo, tanto en los poses como en los
rostros y ropajes de los personajes representados. Sus esculturas
son de gran belleza, y están impregnadas de un claro clasicismo y
de una enorme simplicidad. Entre sus obras están 'El Cristo del
desamparo' (1635), la 'Virgen de Belén' (1615), la 'Inmaculada'
(1618). Su obra maestra es el 'Santiago Matamoros' (1640), en la
catedral de Granada.
(Indice)
Alonso Cano (1601-1677)
Vida. Artista español, de plurales técnicas (pintor,
escultor y arquitecto) del s. XVII. Hijo del ensamblador Miguel Cano
y de María de Almansa, n. en Granada, siendo bautizado en la
parroquia de S. Ildefonso el 19 mar. 1601. La familia (matrimonio,
cuatro hijos y dos hijas) se trasladó en 1614 a Sevilla, donde
Alonso trabó amistad con Diego Velázquez, sobre todo a partir del
17 ag. 1616 en que ingresó como aprendiz en el taller de Francisco
Pacheco. Su primera pintura fechada (1624), un S. Francisco de Borja,
ahora en el Mus. de Sevilla, presenta bondad suficiente como para
justificar dos años después su ingreso en el gremio de pintores.
El 26 en. 1625 casó con la viuda María de Figueroa, pero ésta m.
en 1627. Abundancia de documentos acreditan la actividad profesional
de C. (sobre todo, colaboración en la factura de retablos) hasta
1638, pero de todas esas noticias hay que destacar dos, importantes:
la fechada el 29 mayo 1630, en que C. solicitó que Zurbarán sufra
su correspondiente examen de aptitud para ejercer la pintura en
Sevilla, y la de 31 jul. 1631, en que nuestro artista contrajo nuevo
matrimonio con María Magdalena de Uceda Pinto de León, muchacha de
12 años de edad, sobrina del pintor Juan de Uceda Castroverde. Por
lo demás, es constante la relación de C. con no pocos de sus
colegas, con motivos tan varios como (en 1636) la venta de un
esclavo negro al pintor Pablo Legote. Paula de Sevilla. Arguyen en
el gran escultor una nueva riqueza de dicción y de movimientos que
pronto darán lugar a la corta y preciosa producción de la etapa
madrileña, la visible en el encantador Niño Jesús con la Cruz a
cuestas (S. Fermín de los Navarros, Madrid); en el tan clásico
Crucifijo de Lecaroz (Navarra) y la paternidad probable del s. Juan
Bautista Niño, del palacio arzobispal de Granada.
A lo hecho en esta ciudad pasamos
seguidamente. Y es, con toda seguridad. Lo más valioso de la obra
escultórica de C. Se trata de la maravillosa lnmaculadita tallada
(1652-56) para remate del facistol del coro de la catedral; pero,
lograda tan extremadamente bonita y grácil, no se puso allí, sino
en la sacristía, para mejor deleite visual. En su lugar, hizo C.
una tierna y sentidísima Virgen de Belén, también pieza de
antología. De 1656, las cuatro grandes tallas del convento del
Angel Custodio (S. José, S. Antonio de Padua, s. Pedro de Alcántara
y S. Diego de Alcalá), desbastadas por Mena, y que impresionan por
su tamaño colosal. Más canesca y deliciosa, la estatua en mármol,
para el mismo templo, del Angel Custodio, admirable de ritmo y de
sentimiento.
Por fin, en la última etapa de su
labor escultórica, destacan de entre las abundantes cabezas, la de
s. Juan de Dios, en el Mus. de Granada y, de entre los bustos, los
de Ecce Horno, y los de s. Pablo y Adán y Eva, éstos colosales, en
la catedral. Puede asegurarse que tal pareja de prototipos humanos
es lo más perfecto de lo tallado por C., que en sus postrimerías
vitales quiso dejar constancia del canon de selección masculina y
femenina. La Eva, particularmente, asombra por su inverosímil
belleza, aplicable a la moda de no importa qué tiempo o siglo.
Quedan sin citar, forzosamente, otras muchas esculturas el artista
granadino.
Faceta pictórica. Será normal que
hallemos una evolución semejante a la acabada de apuntar en cuanto
a escultura, si procedemos a una revisión, parecidamente breve, de
la trayectoria pictórica de C. También el sevillalismo será
patente al principio, con piezas como el S. Juan Evangelista de ca.
1625 (Barcelona, Col. Castell), que tiene un no se sabe qué del Velázquez
joven. Ya se mencionó el S. Francisco de Borja, de la misma fecha,
y ha de suponerse que ésta corresponda asimisino al sobrio retrato
de eclesiástico, en la Hispanic Society, de Nueva York. Se han
perdido las escenas de la vida de S. Teresa, de 1628, pintadas para
las carmelitas de S. Alberto, de Sevilla, pero, aparte obras como
Jesús atado a la columna, del tabernáculo de la iglesia de La
Campana (1631-32), se conservan las Animas del Purgatorio, de 1636 (Mus.
de Sevilla), antes en la capilla de Montesión, y la superiorísima
Visión de Jerusalén por S. Juan Evangelista, un tiempo en el
retablo del titular en S. Paula, ahora en la Col. Wallace, de
Londres, y una de las más inolvidables obras de C., riquísima de
color. De parecida fecha son los dos lunetos alusivos a S. Rafael,
en colección particular de Jaén, y verosímilmente, esto es, ca.
1635-37, aquella gallarda y bien plantada S. Inés, aniquilada por
el fuego en Berlín en 1945. Todavía son de la etapa sevillana:
Camino del Calvario, excelentísima pintura hoy en el Mus. de
Worcester, seguramente procedente de S. Alberto, de Sevilla; Ecce
Horno, que se conserva, en regular condición, en la iglesia de S.
Ginés, de Madrid; y la Virgen y Niño, de la catedral de Sevilla.
Hasta aquí lo hispalense.
Lo madrileño comienza con obras un
tanto desconcertantes, como el S. Antonio de Padua y el Niño (S.
Francisco el Grande, Madrid) o los hinchados y casi caricaturescos
retratos de reyes medievales, hoy en el Mus. del Prado. Pero no
tardan en llegar encargos más afines al artista, p. ej., en 1645,
los retablos para la iglesia de la Magdalena, de Getafe, con un
total de 12 lienzos grandes, de los que merecen especial mención
los que refieren La Anunciación y La Circuncisión, de un barroco
muy atemperado. Por desgracia desaparecida la ejemplar Inmaculada de
la iglesia de s. Isidro, se suceden otras obras maestras: El milagro
del pozo, con alguno de los más adorables y sencillos rostros
femeninos que tanto prodigara el artista (Mus. del Prado); S.
Domingo en Soriano (Madrid, Col. Gómez Moreno), obra de perfecta
composición; dos suaves versiones, ambas en el Mus. del Prado, de
Cristo sostenido por un ángel; el Noli me tangere del Mus. de
Budapest, presenta un esquema triangular, muy afín al del mismo
tema por Correggio (en el Prado), que C. debió conocer. Siguen las
piezas magistrales, ya la cabeza de ellas el Descenso al limbo (Mus.
de Los Angeles), cuadro de infinita originalidad sorprendente por el
maravilloso desnudo, a la vez carnal y recatado, de la madre Eva, en
ningún caso inferior al de la Venus del espejo de Velázquez. No
era posible repetir este alarde, y no lo repitió en Los primeros
trabajos de Adán y Eva (Glasgow, Col. Stirling-Maxwell). Pero el afán
de fijar hermosuras femeninas de primera calidad se observa,
mediante modelos diferentes, en la sorprendente lnmaculada del Mus.
de Vitoria y en la Virgen de S. Antonio de Padua, en la Pinacoteca
de Munich. Son de citar, todavía del periodo madrileño,. Cristo y
la Samaritana (Madrid, Acad. de San Fernando) y varias versiones de
Cristo en la Cruz, una de ellas en dicha academia.
De nuevo, como en la revisión de las
esculturas canescas, llegamos a Granada, donde el genio de C. parece
sedimentarse, acaso con menos alardes de inquietud. De momento, las
primeras obras de esta etapa, como la Virgen y Niño, de la Col.
Plandiura, Barcelona, nos traen un prototipo femenino menos selecto.
Pero estos niños son los que ven decorarse, por su mano, la
imponente capilla mayor de la catedral granadina con una asombrosa
serie de pinturas alusivas a la Vida de la Virgen, riquísimas de
color, y entendemos que más renacentistas (del buen Renacimiento
italiano) que barrocas, entre las cuales, con todo y hacerse difícil
seleccionar una, el inútil premio pudiera recaer en La Visitación.
Pero no sólo en su catedral se empleó C.; también en el Angel
Custodio, para donde pintó una Sagrada Familia, que entendemos ser
lo más barroco que salió de su mano; para el convento franciscano
pintó mucho, y de lo subsistente es notable la doble efigie de S.
Bernardino y S. Juan de Capistrano (Mus. de Granada). Solamente hay
suposición, mas no certeza, de que La muerte de S. Francisco
(Madrid, Acad. de San Fernando), con su sabio y extraño fondo de
figuras a contraluz, fuera pintado en Granada. Sí lo serían las últimas
obras fechables del maestro, a la cabeza de todas la espléndida
Visión de S. Bernardo, una de las últimas y más felices adquisi-
ciones del Mus. del Prado. Obras también tardías, las versiones de
Virgen y Niño de la Diputación de Guadala- jara y de la curia
eclesiástica de Granada, y la airosa lnmaculada de la catedral.
Obras arquitectónicas. En fin,
alguna referencia a la tercera dedicación plástica de C., la de
arquitecto, dedicación de la que persisten menos testimonios
documentales que estilísticos tocantes a la intervención de
nuestro hombre en las trazas de las iglesias de la Magdalena y del
convento del Angel. Por el contrario, es sabida la gestión de C.,
desde 1667, en la modelación de la fachada de la catedral, con que
se completaba otra genialidad, la de Diego de Siloé. C. estatuye su
poderío de tracista experimentado al ordenar la composición pétrea
en tres profundos nichos verticales, casi diríamos funcionales, con
el propósito de obtener la mayor grandiosidad y jerarquización de
masas de la fachada. Con esta su prácticamente postrera obra
maestra, C. acababa una vida de fabulosa potencia creadora, no ya
tan sólo perceptible en lo que, a modo de antología, queda
apuntado, sino en cantidad de preciosísimos dibujos previos de
arquitectura, retablos, lámparas, esculturas, pinturas, etc., en
los que siempre luce su primor conceptivo y realizador, dejado hasta
en el más menudo de estos rasguños su ansia, total y perfectamente
lograda, de crear belleza. y mucha belleza creó A. C.
J. A. GAYA NUÑO.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Roldán, Pedro
(1624-1699)
Imaginero y pintor. Trabajó en el taller del escultor Alonso de
Mena. Permaneció la mayor parte de su vida en Sevilla. Fue el
creador de un gran equipo artístico en cuyo taller se formaron sus
hijos Pedro y Marcelino, y sus hijas María Luisa y María Josefa,
sus sobrinos y nietos. Pedro también colaboró con otros artistas
sevillanos de la época. El mismo pintor Valdés Leal policromó
algunas de sus obras. Fue la figura más destacada de la escultura
sevillana de la segunda mitad del siglo XVII. Fue también profesor
de dibujo de la academia fundada en Sevilla por Murillo. Una de sus
obras más importantes y de todo el arte sevillano, en el gran
retablo de la Capilla Mayor del Hospital de la Caridad, Sevilla,
trazado por Simón de Pineda y policromado por Valdés Leal. La obra
de Roldán consiste en el grupo central del Entierro de Cristo, las
esculturas de San Jorge y San Roque y Las Virtudes y Los Angeles. En
esta obra se resume todo el saber de la escultura española del
siglo XVII. Trabajó para la catedral de Jaén, realizando las
esculturas de los Cuatro Evangelistas, los Cuatro Doctores de la
Iglesia y San Fernando, todo ello en la fachada principal. Fue su
obra de una gran fecundidad, y todos los artistas contemporáneos le
son deudores.
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Roldán, María
Luisa (La Roldana) (1654-1704)
Imaginera española. Hija y discípula de Pedro Roldán. Fue
nombrada escultor del rey en 1695. Su obra es expresión del
barroquismo sevillano. Sus imágenes, en madera policromada o en
barro cocido y policromado, sen famosa por la perfección del dibujo,
delicadeza poética y unción sagrada. Destacan San Miguel (El
Escorial), la Inmaculada (Trinitarias de Madrid) y el Jesús
Nazareno de Sisante, Cuenca. Son famosas sus terracotas policromadas,
como la Virgen con el Niño, de la catedral de Santiago de
Compostela.
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Mena, Pedro de
(1628-1688)
Escultor, hijo de Alonso de Mena. Tiende a repetir los mismos
modelos, aunque con variantes, aumentando la expresividad y
dramatismo. Gozó durante su vida de gran fama. Su primera obra
importante es la 'Purísima Concepción'. Para el convento de San
Antón realiza un 'San Diego' creando el tipo de imágenes de santos
franciscanos, de sencillos hábitos y rostros expresivos y realistas.
Para este mismo convento hace 'San Francisco' y 'Santa Clara'. En
1656 se traslada a Málaga para realizar 40 relieves para la sillería
del coro, representando a San Marcos y a los discípulos, junto con
mártires fundadores, Padres de la Iglesia y santos españoles. En
conjunto la obra es magnífica. Crea un taller y se convierte en el
escultor más solicitado de España. Continúa produciendo series de
esculturas con algunas variaciones, como las Inmaculadas, San José
con el Niño, la Virgen y el Niño. También toca el tema infantil,
abundando los angelillos, Niños Jesús, San Juanitos, etc. Pero la
figura que ha dado más popularidad a Mena es 'San Francisco
abrazado al crucifijo' y 'Magdalena penitente'. Pedro de Mena fue el
último de los grandes escultores andaluces que no dejó un solo
discípula de talento. A su muerte los dos escultores que mantienen
la tradición de la escuela andaluza son José de Mora y José Risueño.
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Mora, José de
(1642-1724)
Perteneciente a una familia de escultores granadinos con los que el
estilo de Alonso Cano se prolonga hasta el siglo XVIII. Pronto se
dirigió a la corte, donde fue nombrado escultor del rey. En 1671
regresó a Granada donde realiza su obra maestra, la 'Soledad',
ejemplo del lirismo andaluz. En 1685 casa con Luisa de Mena que
parece haber sido su único modelo. Sus 'Dolorosas' ofrecen unos
mismos rasgos que se van acentuando con el tiempo en una progresiva
madurez. A partir de la muerte de su esposa en 1704, el escultor cayó
en una progresiva locura. Mora heredó de Alonso Cano un idealismo
que buscaba la corrección del natural a través de un elegante tipo
de belleza. Entre sus obras más destacadas, la 'Virgen de las
Angustias' (1665), en piedra; 'Nazareno de la caída', 'Ecce Homo' y
'La Dolorosa', estas dos en el convento de Maravillas de Madrid.
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Salzillo
y Alcázar, Francisco (1707-1783) Escultor e imaginero,
nacido en Murcia. Estudió Filosofía y Matemáticas con los
jesuitas, y más tarde ingresó en la Orden de los Dominicos, pero
tuvo que abandonar ante la muerte de su padre que dejó a su madre
con seis hijos. Una de sus primeras imágenes, San Vicente Ferrer,
le valió numerosos encargos. Su primera obra maestra fue el San Jerónimo
Penitente. Tan satisfecho quedó de su obra que la firmó con nombre
y apellidos, lo que no era costumbre en él. De entonces son El Beso
de Judas, La Purísima y el grupo de Las Angustias. En 1765 murió
su esposa, y perdió la ilusión por el trabajo. Sin embargo, los
encargos continuaban llegando, y se fue industrializando poco a poco,
haciendo terminar sus obras a sus discípulos; sólo las de más
envergadura salían rematadas de sus manos. Aún así dejó obras
eminentes, como Belén de Riquelme, o el San Pedro.
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Cristo, de Gregorio Hernández

Museo Nacional de Escultura:
http://pymes.tsai.es/museoescultura/
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