Índice general de Hispánica

Los fusilamientos del 2 de mayo, de Goya

 

 

Lluis Borrassa (1350-1424)
Huguet, Jaume (1415-1495)
Dalmau, Lluis (siglo XV)
Gallegos, Fernando de (1440-1507)
Berruguete, Pedro de (1450-1504)
Juan de Borgoña (1468-1536)
Alejo Fernández (1470-1545)
Llanos, Fernando (1480-1520)
Masip, Vicente Juan (1480-1550)
Yáñez de la Almedina, Fernando (1480-1531)
Berruguete, Alonso de (1490-1516)
Machuca, Pedro de (1490-1550)
Bartolomé Bermejo (siglo XVI)
Gaspar Becerra (1520-1570)
Sánchez Coello, Alonso (1531-1588)
Sánchez Cotán (1560-1627)
Francisco Herrera el Viejo (1576-1656)                    
Juan de Juanes (1523-1579)
Morales, Luis de (1520-1587)
Navarrete el Mudo, Juan Fernández (1530-1579)
El Greco (1541-1614) Domenikos Theotokopoulos.  
Ribalta, Francisco (1550-1628)
Pantoja de la Cruz, Juan (1553-1608)
Mayno, Juan Bautista (1578-1649)
Tristán, Luis (1580-1624)
Orrente, Pedro (1580-1645)
Ribera, José (1591-1652)                                          
Rizzi de Guevara, Fray Juan Andrés (1600-1681)
Cano, Alonso (1601-1677)
Carreño de Miranda, Juan(1614-1685)
Mazo, Juan Bautista Martínez del (1615-1667)
Murillo, Bartolomé Esteban (1617-1682)                   
Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y (1599-1660)    
Zurbarán, Francisco de (1598-1664)                           
Pereda, Antonio de (1608-1678)
Cerezo, Mateo (1626-1666)
José Antolínez (1635-1675)
Francisco Herrera el Mozo (1622-1685)
Claudio Coello (1642-1693)
Palomino de Castro, Antonio (1655-1726)
Valdés Leal, Juan de (1662-1690)
López, Vicente (1772-1850)
Goya y Lucientes, Francisco José de (1746-1828)        
Pérez Villamil, Jenaro (1807-1854)
Madrazo, Federico (1815-1894)
Rosales, Eduardo (1836-1873)
Mariano Fortuny (1838-1874)
Pradilla, Francisco (1840-1921)
Regoyos, Darío de (1857-1913)
Rusiñol, Santiago (1861-1931)
Sorolla, Joaquín (1864-1923)
Zuloaga y Zabaleta, Ignacio (1870-1945)
Sert y Badía, Josep María (1876-1945)
Romero de Torres, Julio (1880-1930)
Vázquez Díaz, Daniel (1882-1969)
Zubiaurre, Valentín de (1879-1963)
Solana y Gutiérrez Solana, José Gutiérrez (1886-1945)
Picasso, Pablo Ruiz (1881-1973)                                   
Gris, Juan (1887.1927)                                                  
Miró, Joan (1893-1983)                                                
Dalí, Salvador (1904-)



Lluis Borrassa (1350-1424)
Pintor catalán, representante del llamado estilo internacional. Formado en el taller paterno, su primera obra documentada, la reparación de los vitrales de la Seo gerundense, data de 1380. Trasladado a Barcelona, el poder hegemónico del taller de los Serra no le impidió gozar de gran crédito, reflejado en la profusión de contratos y documentos relativos a sus pactos profesionales. A comienzos del siglo XV su arte se impuso de modo absoluto. Pintor de colorido brillante y bien armonizado, desarrolló todos los tonos en la narración pictórica: trágico, tierno, dramático, etc. Entre sus más importantes retablos figuran el de Santa Clara y el de San Miguel de Cruilles, y el de San Pedro de Tarrassa.
(Indice)

Huguet, Jaume (1415-1495)
Pintor catalán, el más brillante de los artistas catalanes de la época. Su obra se caracteriza por su magnífica ejecución, la elegancia de sus figuras y la nostálgica melancolía que imprega sus rostros. Su gran éxito le perjudicó en la última etapa, al recibir más encargos de los que personalmente podía atender. Entre sus obras, 'San Jorge y la Princesa' (Museo de Barcelona), retablo de Vallmoll y retablo del Condestable.
(Indice)

Dalmau, Lluis (siglo XV)
Pintor valenciano. Alfonso V de Aragón le envió en 1431 a Flandes, en donde se supone que entró en contacto con J. Van Eyck. En 1436 residía de nuevo en Valencia y en 1443 recibió el encargo de pintar en Barcelona la gran tabla de la Vigen adorada por los concellers de la ciudad, primera tabla que muestra fuera de Flandes influjos directos de los Van Eyck en la técnica al óleo y en los coros angélicos que en ella figuran, imitados de los que aparecen en el políptico de la Adoración del Cordero, de Gante. Esta obra, que hoy se halla en el Museo de Barcelona, influyó a su vez en la tabla central del altar de Vallmoll, de J. Huguet, y en la que representa a la Virgen y San Francisco, del llamado Maestro de la Porciúncula, pintor valenciano, ambas también en el Museo de Barcelona. En 1447-48 se hallaba todavía en Cataluña y pintó el altar de San Baudilio de Llobregat, con la figura de este santo. Se le han atrubuído asimismo una 'Anunciación' (Museo de Valencia) y un 'San Ildefonso' (Museo catedralicio de Valencia).
(Indice)

Gallegos, Fernando de (1440-1507) Pintor castellano, introductor en Castilla del estilo flamenco, pero adaptándolo a la sensibilidad castellana. Fue influido por Nicolás Florentino, y por su maestro Petrus Christus. En su obra de juventud se distingue por una pintura sentimental y humana que tiende hacia un realismo cargado de expresividad: Retablo de 'San Ildefonso' de la catedral de Zamora, su primera obra importante, y los retablos de la 'Virgen, San Andrés y San Cristóbal, realizados hacia 1470 para la catedral vieja de Salamanca. Entre 1480 y 1490 realiza la obra con la que llega a su plenitud, las tablas de la colección Weibel (Madrid).
(Indice)

Pedro de Berruguete (1450-1504)
Pintor renacentista español. Influenciado por la pintura flamenca en un principio. Sin embargo, fue más influenciado por la pintura italiana, ya que en 1475 se hallaba trabajando en uno de los centros más brillantes del Renacimiento italiano, el palacio de Urbino. A él se deben la mayor y mejor parte de las alegorías y retratos de hombres ilustres que decoraban la biblioteca y el escritorio del duque. Hacia 1480 se halla de vuelta en Castilla, donde despliega una actividad incesante de Toledo a Avila, de Palencia a Burgos. Su Auto de Fe se ha hecho célebre, a pesar de la interpretación errónea de la historia. El Santo Domingo en oración, del Museo del Prado es una de sus obras más características. (Biografías Universales)

Juan de Borgoña (1468-1536) Pintor, tal vez de origen francés; trabajó en España de 1494 a 1533. Se supone que viajó a Italia, dado su estilo de influencia del cuatrocento florentino. Su primera gran obra en el 'Retablo del altar mayor' de la catedral de Avila. En 1495 trabajaba en el claustro de la catedral de Toledo. El 1508 se compromete a terminar las pinturas empezadas por Berruguete y Santa Cruz. Se le atribuyen cinco tablas: Anunciación, Natividad, Purificación, Transfiguración, Descenso al Limbo. en 1509 el Cabildo le encarga los murales de la Sala Capitular. Realiza 15 frescos, divididos en varios temas: Vida de la Virgen, Calvario, Juicio Final. Los frescos más bellos son los de tema mariano: Nacimiento, Purificación y Tránsito de la Virgen. El sentido de claridad y de luz bien organizada preside la composición, así como el exquisito sentido lineal florentino. En la misma sala los retratos de los arzobispos toledanos completan este trabajo. Entre ellos está el del Cardenal Cisneros, que en 1514 le encarga las pinturas de la Capilla Mozárabe. Participa también en el retablo de la catedral de Avila, que había comenzado Berruguete. Otras obras importantes son Retablo de la Epifanía y La Concepción, de la catedral de Toledo, y la Piedad, de Illescas.
(Indice)

Alejo Fernández (1470-1545)
Pintor español del Renacimiento, el más ilustre de los primitivos andaluces. Realizó su formación en Córdoba, donde residió hasta 1508, fecha en que el Capítulo de Sevilla le llamó para realizar un gran retablo. En esta obra pintó la Adoración de los Reyes, la Purificación, y el Abrazo ante la puerta dorada, que terminó en 1516. Otra obra maestra es la Virgen del Buen Aire, que pintó para la Casa de Contratación de Sevilla. Se conoce muy poco de su vida, pero tiene influencias flamencas e italianizantes. Además de la pintura cultivó la miniatura y la policromía en la escultura.
(Indice)

Llanos, Fernando (1480-1520)
Pintor español. Viajó a Italia y trabajó con Leonardo da Vinci en la Sala del Gran Consejo del Palacio Viejo de Florencia. En 1506 aparece en Valencia pintando con Yáñez el 'Retablo de los santos Cosme y Damián' para la catedral. Este retablo fue quemado en 1936, como tantas otras obras de arte. Entre sus obras destacan 'La quinta angustia', 'La Natividad de la Virgen', 'Adoración de los Magos', etc. Sus tipos y ademanes leonardescos parecen haber atraído a los valencianos. Forma amplia estela de seguidores que prolongan su estilo hasta mediados del siglo XVI.
(Indice)

Masip, Vicente Juan (1480-1550)
Pintor español. Se formó con el Maestro de Cabanyes. Entre 1522 y 1525 trabajó en la catedral de Valencia. Después viajó a Italia. Realizó el 'Retablo Mayor de Segorbe'. En 1535 pintó el 'Bautismo de Cristo' para la catedral y al año siguiente el retablo de San Eloy. Gracias a él se introduce en España la técnica de contraste de luces. Tranmitió su estilo e iconografía a su hijo Juan de Juanes. Sus obras más destacadas son 'San Antonio Abad', 'Bautismo de Cristo', 'Consagración de San Eloy'. De la última época, 'La Santa Cena', 'San Bruno', 'San Vicente Ferrer'.
(Indice)

Yáñez de la Almedina, Fernando (1480-1531)
Pintor de Valencia. Marchó a Italia, donde adquirió un estilo leonardesco y florentino. En 1506 pinta el retablo de 'San Cosme y San Damián' para la catedral de Valencia. Sus composiciones se caracterizan por la amplitud de escenarios, la profundidad y serenidad de las figuras y la conjugación de arquitectura y personajes. En Valencia realizó gran cantidad de obras, como 'El abrazo ante la Puerta Dorada', 'La Adoración de los pastores', y 'La Dormición de la Virgen', todas en las puertas del retablo mayor de la catedral. También destacan 'Santa Catalina y San Damián' (Prado), "Santa Ana con la Virgen y el Niño' (Prado), 'Los Santos Ermitaños' (Milán).
(Indice)

Alonso de Berruguete (1490-1516)
Escultor y pintor español. Permaneció por algún tiempo en Florencia y Roma, donde parece ser que fue protegido de Bramante. Regresó a Castilla en 1517 y recibió el encargo de pintar 15 historias para la Capilla Real de Granada. En 1521 se le encargan las pinturas de la sacristía de la Capilla Real de Granada, y al año siguiente las del retablo de la catedral de Oviedo. En 1523 fija su residencia en Valladolid. En 1537 ejecutó el soberbio Retablo de la Adoración de los Reyes en la parroquia de Santiago de Valladolid. Se traslada a Toledo, donde se le encargan 35 sillas del coro de la catedral, mientras Felipe Vigarny ejecuta otras 35. En 1548 completa el grupo de la Transfiguración de Cristo, que remata la silla arzobispal. Con indudables influencias de Leonardo y Miguel Angel, Berruguete posee, sin embargo, una fuerte personalidad típicamente castellana y es, sin duda, una de las figuras cumbres del Renacimiento español. (Biografías Universales)

Machuca, Pedro de (1490-1550)
Arquitecto y pintor español. Viajó a Italia donde fue discípulo de Miguel Angel. De esta época es la 'Virgen del Sufragio'. En 1520 llegó a España con Jacobo Florentino. Por entonces realizó el 'Retablo de Nuestra Señora de la Consolación'. Algo después concertó con Jacobo Florentino el retablo de Santa Cruz, donde realizó 'Cristo triunfante en el Limbo', 'Oración del Huerto', 'Prendimiento de Cristo'. En 1526 pintó los retablos de Motril, Iznalloz, y San Juan de los Reyes en Granada. En 1546 concertó el retablo de la Sala Capitular de la Catedral de Jaén. También se considera suyo el 'Descendimiento de la Cruz', del Prado. Como arquitecto realizó las trazas del Palacio de Carlos V en Granada y dirigió las obras hasta su muerte, tras la que siguieron con fidelidad sus proyectos. Machuca intervino en otras obras arquitectónicas. Realizó proyectos para la ampliación de la Casa Real Vieja en Granada, el Pilar de Carlos V y la Puerta de las Granadas.
(Indice)

Bartolomé Bermejo (siglo XVI)
Pintor español. Su estilo revela profundo conocimiento de la técnica de las transparencias y los contrastes cromáticos. Entre sus cuadros destacan San Miguel, Santa Engracia (Museo Gardner, Boston), Santo Domingo de Silos (Prado), la Piedad (1490, Museo de la catedral de Barcelona).
(Indice)

Gaspar Becerra (1520-1570)
Pintor, escultor y arquitecto español. Se educó en Italia en torno a Miguel Angel y a los artistas romanos seguidores de Rafael, fundamentalmente con Vasari y Daniel Volterra. Como escultor introdujo en Castilla en reposado manierismo romano miguelangelesco, que hereda del maestro la tendencia a la grandiosidad. Es autor de la parte escultórica del retablo mayor de la catedral de Astorga y de los frescos que decoran el techo de una de las torres del palacio de El Pardo y representan las historias de Perseo.
(Indice)

Sánchez Coello, Alonso (1531-1588)
Pintor, de Valencia. Pasó algún tiempo en Flandes completando su formación con Antonio Moro. De vuelta en España, es nombrado pintor de cámara por Felipe II, que sentía gran admiración por el artista. Fue considerado como uno de los grandes retratistas del momento. Además de la influencia de Moro, su técnica es tizianesca. La mayor parte de sus retratos son de la familia real y de su propia familia. Retrató varias veces a las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. También pintó varias veces a las esposas de Felipe II, Isabel de Valois y Ana de Austria. Además del retrato cultivó el género religioso, entre ellos el 'San Sebastián' del Prado, en 1587.
(Indice)

Sánchez Cotán (1560-1627)
Pintor, nacido en Orgaz. Sus bodegones no fueron superados por nadie en la pintura europea. De su etapa toledana, las obras más importantes son 'Bautismo de Cristo', 'Imposición de la casulla a San Ildefonso', y 'Niño de Pasión'. Profesó como lego en la cartuja de Granada (1603), donde pinta los cuadros que forman el retablo de la Sala Capitular. En sus últimos años pinta 'La Virgen del anillo' y la 'Virgen de la Candela'. 'La Virgen del Rosario y los cartujos' en una obra grandiosa no sólo por su tamaño.
(Indice)

Francisco Herrera el Viejo (1576-1656)
Pintor, discípulo probablemente de Pacheco. Entre sus discípulos están Velázquez, su propio hijo Herrera el Mozo, Sebastián de Llanos y Valdés, e influyó en otros muchos como Murillo. Su estilo es muy singular. Su obra refleja un profundo y especiall manierismo en algunas obras. En 1617 realiza 'San Lorenzo', en 1624 'San Hermenegildo'. Trabaja con Zurbarán en la serie de cuadros para el colegio de San Buenaventura, hoy dispersos en diversos museos. Entre sus obras destacan 'El Juicio Final', 'El Bebedor', 'Job', 'Parentela de Jesús', 'San Basilio', 'Ciego tocando la zanfonía'. La gran personalidad de Herrera y su carácter irascible, que se hizo famoso entre sus contemporáneos, hizo que sus discípulos permanecieran con él poco tiempo. Su obra es de un naturalismo profundo y exuberante, sin preocupaciones tenebristas, con gran monumentalidad.
(Indice)

Juan de Juanes (1523-1579)
Pintor renacentista, hijo del pintor Vicente Macip, cuya calidad va en alza recientemente. Juan de Juanes pintó en Valencia. Su obra tiene influencia de Rafael y Leonardo y las características del renacimiento español. Su obra se divide en cuatro etapas. La primera de 1530 a 1550. En ésta el elemento religioso queda supeditado a su fórmula estética. De este período es la Sagrada Familia (1535) y los tableros sueltos de la catedral de Palma de Mallorca. La segunda etapa de 1550 a 1560, en que la pureza de color cobra delicados matices: Custodio del Reino, San Miguel, Santa Bárbara. La tercera etapa de 1560 a 1570, en que se acerca más a Rafael: San Esteban acusado de blasfemia, La Santa Cena. El último perído de 1570 a 1578 se caracteriza por una mayor libertad, y una mayor acentuación de los conceptos de realidad y vida: San Vicente Ferrer, Virgen de la leche, Sagrada Familia.
(Indice)

Morales, Luis de (1520-1587)
Pintor español, apodado el Divino. Tuvo un taller en Badajoz, y con él trabajaron sus hijos y colaboradores, recordando en la forma de trabajar lo que eran los talleres medievales. Sus obras en general son de carácter religioso, y en ellos salta a la vista la emoción y la delicadeza. Uno de sus temas favoritos fue 'La Virgen con el Niño', del que hizo numerosas versiones. 'Virgen del pajarito', 'Virgen de la leche', 'La Virgen enseñando a leer al Niño', etc. Otros temas muy repetidos son 'La Piedad' y 'El Ecce Homo'. Tiene influencias italianas y flamencas, y reaccionó contra el rafaelismo dominante en España siguiendo a El Greco en el alargamiento y espiritualidad de las figuras.
(Indice)

Navarrete el Mudo, Juan Fernández (1530-1579)
Pintor español, mudo desde los tres años, su vida fue una lucha contra las adversidades físicas y las críticas adversas, paliado todo por su potencia creativa y la protección real. Viajó por Italia, visitando Roma, Florencia, Milán y Nápoles. En esta ciudad conoció probablemente a Juan Bautista de Toledo, quien le recomendaría para trabajar en el Monasterio de El Escorial. De vuelta en España, Felipe II le encarga la restauración del 'Descendimiento' de Van der Weyden, recorta el 'Noli me tangere' de Tiziano, y otra serie de encargos similares. En 1569 por motivos de salud se retira al Monasterio de la Estrella, en Logroño, para el que pintaría 'San Jerónimo', de un gran colosalismo, y 'San Miguel venciendo al demonio'. Vuelve a la corte y pinta un nuevo 'San Jerónimo', donde descubre una mayor violencia en el uso de luces y sombras. 'El martirio de Santiago' (1571) es su obra más conocida y la más veneciana. Esta obra inspiraría el realismo de Ribalta. Desde Madrid donde reside continúa enviando obras al Escorial. En 1576 entrega 'Abraham y los tres ángeles', considerada por el padre Sigüenza como su mejor obra. Fue también un prestigioso retratista. En cuanto al estilo, es el primer pintor que abandona las formas acabadas en busca de nuevas sensaciones estéticas. No acepta totalmente el colorido deslumbrante, y adaptándose a la sobriedad de El Escorial, en su cromatismo abundan las tierras y los ocres. Le influye la pintura de Tiziano, y sobre todo la de los Bassano.
(Indice)

El Greco (1541-1614)
Origen bizantino y formación italiana. Su nombre auténtico fue menos afortunado que el apodo de Greco -corrupción popular de Griego- que se adjudicó en España, y que ha perseverado por antonomasia, a uno de los genios estelares en la historia de la pintura. N. en algún lugar de Creta, en 1541, pudiera ser que el 1 de octubre, festividad de un San Domenikos en el santoral griego; lugar que, por algún tiempo, se creyó ser el pueblo de Fódele, pero que hoy se supone que fuera Candía, la capital de la isla, donde en 1566 firma como testigo. Habría empezado a pintar en Creta, donde al estilo bizantino ya se iba superponiendo otro, de carácter veneciano más realista, con artistas como Miguel Damasceno. De esta primera fase del G. se conservan, por lo menos, dos pinturas ciertas: El monte Sinaí, en la Col. Hatvany, de Budapest, y el tríptico de Módena, aparte de muchas piezas atribuidas, generalmente con escaso fundamento. Hacia 155960 marcha a Venecia, engrosando la nutrida colonia griega allí residente. Como era de prever, se siente fascinado por el arte de Tiziano (v.) y se convierte en su discípulo. La expulsión de los mercaderes del templo (Washington, National Gallery) y La curación del ciego (Museo de Dresde) serán los principales testimonios del estilo de este «pregreco» en el que sólo están latentes los fermentos de su futuro y personalísimo genio. Pudo regresar en 1566 a Candía, como parece probar la signatura del documento antes mencionado. En todo caso, estaba de vuelta en Italia en la primavera o verano de 1570, cuando se dirige a Roma a buscar fortuna.
     
      Pronto conoció al miniaturista Giulio Clovio, que el 16 de noviembre del mismo año le recomienda a su protector, el card. Alejandro Farnesio, mediante una carta que se ha hecho famosa («E capitato in Roma un giovane Candiotto, discepolo di Titiano, che a mío giuditio parmi raro nella pittura...»). El G. se presentó con la carta al cardenal, en Viterbo, y hay datos suficientes para entender que fue atendido y que Farnesio le compró pinturas, una de ellas el retrato de Giulio Clovio. De la actividad romana del artista proceden no pocas pinturas, como las nuevas versiones de La expulsión del templo (versión de Minneapolis) y La curación del ciego (versión de Parma), al tiempo que no recataba sus censuras contra el arte de Miguel Ángel, coincidiendo, bien que por motivos puramente pictóricos, con la actitud de Pío V, contraria al juicio Final de la Sixtina. El G., que perseveraría en este criterio toda su vida, sorprende en este momento italiano por lo disperso de su arte, que comprende tanto el desangelado retrato de Vincenzo Anastagi (Nueva York, Col. Frick) como temas tan raros cual el del Soplón, en el Museo de Nápoles.
     
      Llegada a España: primeras obras en Toledo. Es de suponer que ya en 1575 estuviera pensando en España, y es legítima la presunción de amistad con españoles como Pedro Chacón, canónigo de la catedral de Toledo, y Luis de Castilla, hermano de Diego, deán de la misma iglesia, ambos a la sazón en Roma. La noticia del gran mecenazgo de Felipe 11 y del monasterio escurialense que requería tanta colaboración de artistas no podía ser mejor incentivo para hombre tan dado a viajar como el G. El hecho cierto es que, pasando por Madrid, en la primavera de 1577 ya se encuentra en Toledo, elección de destino que tanto puede comprenderse por la recomendación de las personas citadas y halladas en Roma como por la seguridad de que allí residía una más que regular colonia de griegos. Será ésta el mejor valimiento para un recién llegado, que no comprende una palabra de castellano. De momento, sus recomendaciones no le fallan, y el deán D. Diego de Castilla le encarga los retablos de S. Domingo el Antiguo, contratados el 8 ag. 1577 por el precio de 1.000 ducados. Y ya entonces explotó -no sería aconsejable verbo menos violento- el genio contenido del G., hasta entonces artista poco brillante, pero que ha experimentado una ruda crisis en el primer contacto con España. De este primer trabajo basta con exaltar La Asunción de la Virgen (Chicago, Art Institute), luminosa, maravillosa composición en rosa, ocre, azul y verde, para comprender que acaba de nacer un pintor nuevo, que toda su obra anterior no ha pasado de la categoría de prólogo. Aquí están la madurez, el estilo inicial del genio, su anhelo de verticalidad, su claro concepto -personalísimo- de la belleza. Esta gran pieza está firmada en 1577. No lo están los otros lienzos, entre los que destaca la pasmosa Trinidad que, en el descuartizamiento, hubo la fortuna de que pasase al Museo del Prado, siendo otra de las maravillas de esta época temprana. Los trabajos de S. Domingo el Antiguo duraron hasta 1579, simultaneándolos el G. con otro encargo muy importante, recibido de la catedral. El 2 jul. 1577 había recibido el primer plazo del total de los 3.500 reales en que se ajustaba un cuadro para sacristía, jesús despojado de sus vestiduras o, según el título que ha prevalecido, El expolio. Obra ingeniosísimamente compuesta, de modo que la túnica roja de Jesús domine el tercio central y vertical, culminando en una sentidísima cabeza. Pero también de muy extraño orden iconográfico, tanto por la injustificada presencia de las Marías como por la intromisión del carpintero que perfora el madero de la cruz. Conclusa esta maravilla, el Cabildo no gustó demasiado de ella, o hizo como que no gustaba, poniendo reparos iconográficos, uno de ellos el primeramente aducido, con lo que el artista no percibió el total de sus honorarios hasta 1581. Hoy, a la vista de. tan preclara y preciosa pintura, todas estas menudencias han de parecernos increíblemente infantiles.
     
      Obra de los mismos años ha de ser el S. Sebastiáan, de la catedral de Palencia, la obra más italianizante de toda esta etapa. Antes de acabar con estos años primeros, hay que recordar que desde su inicio, el G. había anclado en Toledo de modo definitivo, puesto que constituyó una familia. Desde 1577 estaba unido -por enlace no legalizado- con D. Jerónima de las Cuevas, ya que en 1578 nace el hijo de ambos, Jorge Manuel Theotocopuli. Los precios que cobraba por sus pinturas el G. no eran demasiado lucidos, pero los aceptaba porque tenía que vivir; y, sobre todo, tenía que cimentar en producción sólida sus viejos propósitos de aproximarse a Felipe II y al Monasterio de El Escorial. Mientras tanto pintaba sin descanso, y obras tan bellas como La Piedad (Col. Niarchos), en que todavía se descubre algún eco tizianesco.
     
      Encargos de Felipe II. El paso hacia el anhelado conocimiento del rey parece haber sido el cuadro El sueño de Felipe II, que quizá conviniera titular mejor Alegoría de la Liga santa, se entiende que contra el turco, en El Escorial. Sin documentación alguna, se juzga obra de por 1579 y, muy verosímilmente, regalo del artista. Por otra parte, pintura extraña en su simbolismo, y con injerencias teratológicas más propias de un artista pasado por lo flamenco que del que se había enterado tan bien de lo italiano. Fuere o no por mediación de esta especie de exvoto, la que se diría su verdadera filiación, el G. logra, por fin, el apetecido encargo escurialense. El 25 de abril de 1580, el rey encarga al prior que entregue al artista dinero para adquirir los colores con los que pintar un cuadro con el tema de Martirio de S. Mauricio, santo del que se guardaba una reliquia en el monasterio y que debía ser objeto de un retablo con veneración especial. Es de suponer el fervor con que el artista se dedicaría a procurar lucirse en esta pintura que podía abrirle para el futuro el anhelado favor real. Parece que la entregó el 16 nov. 1582, y, desde luego, el pago de 800 ducados fue regularmente saldado entre este año y el siguiente. En este lienzo de 4,48 X 3,01 m. llegaba el G. al ápice de su grandeza. Con su originalidad habitual, no eligió para tema principal de la composición el hecho del martirio, sino la escena en que dos legados del Emperador procuran convencer a S. Mauricio de que abjuren él y sus compañeros del cristianismo. Así, esta escena es la de un coloquio más bien sereno y amistoso, contrapesado por la representación del fondo, a la izquierda, donde ya han comenzando las ejecuciones, y por la gloria celeste de la parte superior, donde los ángeles traen coronas de martirio. Lo no descriptible es la coloración, en una gama fría de azul ultramar, amarillo intenso, rosa y verde, feliz conjunción que deja al espectador tan absorto como maravillado. En el ángulo inferior derecho, flores, un tronco quebrado, una culebra que muestra el tarjetón con la firma en griego. Es imposible acumular tanta delicia. Pero Felipe II no gustó del cuadro, y en sustitución del mismo encargó otro del mismo tema a Romulo Cincinnato, lienzo que no puede mirarse sin enfado por la injusticia cometida.
     
      Su asiento en Toledo. El entierro del señor de Orgaz. El G. había fracasado en su intento de ser pintor real, y es de presumir la congoja con que retornaría a su fiel Toledo, la ciudad que sí estimaba su obra. Por el mismo tiempo del S. Mauricio había pintado el Cristo en la Cruz con dos donantes (París, Louvre), quizá su mejor interpretación del tema, y La despedida entre Cristo y su madre (Groton, Mass., Col. Danielson), otro tema original y realizado con suma delicadeza. Pero todo parecerá menor, menor en la calidad grequense, que siempre es grandeza, ante el hecho de que tan sólo poquísimos años separen dos piezas estelares y máximas en la historia de la pintura.. De una de ellas, del S. Mauricio, acaba de proporcionarse noticia. La otra es El entierro del señor de Orgaz, en la iglesia de S. Tomé, de Toledo. El tema no era universal, sino del mayor localismo, y modesto localismo, posible. Un tal D. Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz y notario mayor de Castilla, había favorecido al citado templo, dejándole en su testamento ciertas rentas. Y parece que, al fallecer en 1323 y ser enterrado en S. Tomé, bajaron del cielo S. Agustín y S. Esteban para ayudar al sepelio. Tan viejo, pero desusado acontecimiento fue el que motivó el encargo de una pintura que lo reprodujese, encargándose la obra al G., en 18 mar. 1586, quien acordó que la pintaría en el plazo de nueve meses. La tasación, que no se celebró hasta 1588, dio lugar a los acostumbrados regateos, y aunque dos tasadores justipreciaron el cuadro en 1.600 ducados, él se contentó con 1.200, barato precio para tal maravilla, que incluso sobresale por sus dimensiones -4,80 por 3,60-, las mayores de un cuadro español del siglo. A su aire van todas las demás excelencias. La composición es la que luego prevalecerá como sustantivamente barroca, esto es, la de una mitad inferior de tema terreno y sobre ésta, bien delimitada, otra superior, culminada en curva que no llega a ser medio punto, de ambiente celestial. Pero ambas partes, aunque separadas, formando un todo que nadie osaría disolver. Abajo, descentrado hacia la izquierda, el grupo fundamental, en el que los dos santos dichos acogen con todo amor el cuerpo del difunto para enterrarlo; el caballero, con arnés negro, refulgente, S. Agustín, mitrado, con capa pluvial, y S. Esteban con dalmática, en la que un bordado reproduciendo su martirio viene a ser cuadrito autónomo. También, un pajecillo de cuya faltriquera asoma un papel con la fecha, inverosímil y absurda, de 1579. A la derecha, eclesiásticos, y, al fondo, cortejo de caballeros, a no dudar amigos del artista, y entre los que se reconoce a Antonio y Diego de Covarrubias, así como los sacerdotes serán Andrés Núñez y Pedro Ruiz Durón. Arriba, la Gloria, con Cristo, María y S. Juan Bautista con innumerables bienaventurados, está concebida como un destello celeste, cual para equilibrar la escena del entierro, y, pese a su nerviosidad compositiva y dibujística, se reconoce como un indudable recuerdo de parecidos, pero más reposados, fulgores bizantinos de la tierra natal del G. Y es posiblemente en esta visión de gloria donde lucen las mejores calidades coloristas de todo el gran lienzo, con blancos, grises y azulados de suprema elegancia.
     
      Nuevos aspectos de su arte y evolución de su estilo. Pero con El Entierro termina la fase de máximo impulso, la de la creación de obras maestras, sustituida por la que media entre 1589 y 1596, llamada por Gómez Moreno «ciclo devoto». En él no flaquea la calidad del G., pero sí se diluye por la coyuntura de atender a muchos encargos menores, quizá por necesidad de procurarse dinero contante. Desde 1585 residía, es de suponer que costosamente, en parte de los palacios de Villena, entre el Tránsito y el río, y la manutención de esta vivienda le resultaría cara, con lo que tiene que recurrir a enviar cuadros a las Indias, un recurso con que siempre contaron los pintores españoles de los s. xvc y xvii en días difíciles. De esta etapa datan obras tan hermosas como La Sagrada Familia, una de sus versiones más bellas la de la Hispanic Society, de Nueva York; el retablo contratado en 1591 para Talavera la Vieja, del que proceden La Coronación de la Virgen y S. Andrés y S. Francisco, en el Prado, más otros cuadros antológicos. Téngase por tal La Oración del Huerto (National Gallery, de Londres). O el emotivo Julián Romero con su santo patrono, del Prado, como no podía ser menos, de una desconcertante originalidad en la representación del caballero. También muy original el S. Luis rey, del Louvre. En el capítulo de retratos individuales, continúa la maestría. Si una de las grandes piezas decanas era el popular Caballero con la mano al pecho (Museo del Prado) -individualización del hidalgo toledano, como cabía hacer otro tanto con los varios circunstantes del Entierro- la soberana de este periodo será el Retrato del card. Niño de Guevara (Nueva York, Metropolitan Museum), posiblemente ya de 1600. Este retrato, con una delectación en el granate de las galas cardenalicias, viene a ser el mejor antecedente de otra maravilla en rojos, el Inocencio X, de Velázquez (v.). Y, además de todo esto, cantidad de cuadros religiosos, mostrando cómo las clientelas toledanas, urbanas y rurales, sin distinción, reconocían al G. como mejor, único intérprete de sus cálidas preocupaciones religiosas.
     
      Es posible que el disfavor de Felipe II fuera, a la larga, beneficioso para el arte grequense. El artista no tenía que someterse a un criterio determinado y, antes bien, era él quien sometía al suyo a las diversas clientelas, es verdad que no sin litigios, a los que siempre le condujo su integridad profesional y su honrado empeño en no ser explotado. Continuó su obra, de nuevo con grandísimas categoría y ambición. En diciembre de 1596 contrata el retablo para el Colegio de Da María de Aragón, en Madrid, lo que significa que ya la capital de España se rendía ante el valor del artista toledano. Retablo que terminaría en 1600, y que es precioso indicio de hasta qué extremo se van agudizando el verticalismo, el alargamiento de miembros, la proyección hacia lo alto de cuerpos y formas. A esta retablo pertenecieron la extraordinaria Anunciación (Museo Balaguer, de Villanueva y Geltrú), el Nacimiento (Museo Nacional de Bucarest) y parece que el Bautismo de Cristo, Calvario, Resurrección y Pentecostés (Prado), obras todas programáticas del creciente periodo de exacerbación personal del artista, cada día más llamado a sus exaltados fulgores. Otro importante conjunto de los mismos años fue el encargo de la Capilla de S. José, de Toledo, realizado de 1597 a 1599, que se integraba con cuatro obras maestras y deliciosas: S. José y el Niño, Coronación de la Virgen, Virgen y Niño con S. Inés y S. Marina, y S. Martín y el pobre, las dos últimas en la National Gallery de Washington. Pinturas eminentemente grequenses, características del maestro, pero más normales, menos descoyuntadas y frenéticas que las madrileñas del Colegio de Da María de Aragón. Es posible que de ellas merezca mayor atención la última, por mostrar el curioso modo de reproducir, cara ya al s. xvii, un tema acentuadamente medieval y gótico.
     
      Otro gran conjunto es el del Hospital de la Caridad, de Illescas (Toledo), 1603 a 1605. Se trataba, aparte de la arquitectura del retablo mayor, de dos lienzos circulares, Anunciación y Nacimiento; de otro ovalado, Coronación de la Virgen, y de dos lienzos rectangulares, principales en el conjunto. Uno, S. Ildefonso, en actitud de escribir bajo una inspiración; otro, La Virgen de la Caridad. No dejó de haber el consabido pleito, mal fundado en que los caballeros adorantes mostraban en su atuendo «unas lechuguillas o (gorgueras de encaje) muy indecentes», pero más bien exageradas y ostentosas, lo que motivó que fueran repintadas, no reapareciendo hasta nuestros días. Este conjunto se da como del G. y de su hijo, pero la verdad es que no se encuentra en él flaqueza que pudiera atribuirse a una colaboración inferior. Era difícil que el G. se dejara influir por manos meramente inferiores, por muy filiales que fuesen, y el S. Ildefonso ha de tenerse por uno de los típicos aciertos del maestro.
     
      De los años siguientes, retratos tan poderosos como el que se supone representa a su amigo -también griego avecindado en Toledo- Manusso, y el que nos trae la presencia del fidelísimo Fray Hortensio Félix Paravicino (Boston). En fin, de parecida época, tres interesantísimos lienzos que demuestran el entrañable afecto del G. para con su Toledo adoptivo: es uno la Vista de Toledo, ennubarrada e impresionista, del Metropolitan Museum de Nueva York, maravilla que de encontrarse de nuevo se reputaría cosa de 1900, pues tal es su modernidad. Otro, la Vista y plano de Toledo (Museo del Greco), donde el artista tuvo la amorosa paciencia de diseñar el mapa urbano de la urbe sobre el Tajo, añadiendo una vista un poco trastocada con idea de mejorarla, lo que no deja de hacer constar. Y, en fin, una pintura sorprendentísima, la única clásica que salió de sus manos, Laocoonte y sus hijos (National Gallery, de Washington). No hay duda de que el tema fuera familiar al artista para acometer semejante obra maestra de retorcidos miembros desnudos, pero no podía realizarlo sin hacer intervenir, del modo más arbitrario posible, a su amado Toledo, con lo que el caballo de madera se dirige a una mentida Troya en la que se abre la Puerta de Bisagra. Ejemplo sin precedentes del amor del G. para con la ciudad que eternamente irá unida a su nombre. Los últimos años del G. marcaron una ascendente exacerbación de estilo, por días más rebelde a normas, incluso las que él se hubiera dictado, gozándose en turbar a los clientes y espectadores con escenas de premeditado desdibujo, con exagerados -y hoy gustosísimos- anticipos de la mayor vanguardia. Ello nos dio la Asunción de la Virgen, de S. Vicente, en Toledo, y Los Desposorios, de Bucarest, y la desconcertantemente moderna Visitación (Washington, Dumarton Oaks), y la frenética Visión del Apocalipsis, que de la Col. Zuloaga, en Zumaya, pasó, no hace muchos años, al Metropolitan Museum de Nueva York. Fue seguramente de lo último que pintara. El inmenso artista falleció el 7 abr. 1614, y fue sepultado en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, su primera gloria toledana, trasladándose luego sus restos a la de S. Torcaz, desaparecida. Hay amplia noticia de los funerales, de las misas y sermones que siguieron a su muerte, así como se conserva el testamento, por el que legaba todos los bienes a su hijo. Para saber de su ser físico, se considera autorretrato el de un joven secundario que aparece en La curación del ciego, de Parma, y también el retrato de hombre cercano a la ancianidad del Metropolitan, de Nueva York, noble pieza que perteneció a la Col. Beruete, de Madrid.
     
      Con todo ello, se ha trazado la biografía del G. mezclándola con el nacimiento de sus pinturas más preclaras, pero por supuesto que prescindiendo de otras que siempre deben estar presentes junto a su memoria. Esto es, los Apostolados completos, de la catedral de Toledo, del Museo del Greco, en la misma ciudad, y el de Almadrones (Guadalajara), repartido entre el Museo del Prado y tres institucionse norteamericanas; las versiones de La Verónica, cuyo mejor ejemplar juzgamos sea el de la Col. Caturla, de Madrid; las no pocas representaciones de S. Francisco, insignes, p. ej., las del Museo Lázaro Galdiano y de la Col. Blanco Soler, de Madrid. Y no corta figuración de otros temas, tanto sagrados como retratos, de los que sería imposible formular aquí lista ni siquiera aproximada. Por otra parte, ha de saberse que las atribuciones de obras ciertas han variado mucho con los años y los criterios personales de los catalogadores. De pinturas, porque ya veremos que el artista fue también escultor, el primer catalogador, Cossío, anotaba 456; Camón Aznar (2 ed.), 776, y Wethey, tan sólo 285. Así, no es fácil atenerse a un módulo totalmente comprensivo de la obra del G., pues el problema se complica mediante muchas réplicas del autor, del taller, de artistas inmediatos y de copias de muy varia posterioridad. El artista firmó siempre en griego, y por lo común con la fórmula Domenicos Theotocopoulos e poiei, nombre, apellido y, la última palabra, equivalente al faciebat latino. Otras veces, se añade la referencia de su origen, tres (cretense), y aun otra variante es la de queir Domenicos (de mano de Domenico). Pero, naturalmente, no todas sus obras ciertas han sido signadas, lo que complica el problema de las atribuciones. Ahora bien, algo hay de seguro en tal cuestión, y es que la limpidez de la pintura de un original grequense suele desafiar por su propia brillantez a todo cuanto no pase de obra de taller, de copia posterior y aun de falsificación moderna.
     
      Había en el G. un fulgor propio, nunca trasmisible, que se debe tener en todo caso por más valedero que una firma. Ese fulgor procedía de sus arrebatos de color y de sus violentos contrastes de luz, las más de las veces inverosímiles e ilógicos, mas siempre admirables en su constante calidad de hallazgo. Mucho se ha discutido, y se continuará discutiendo, acerca de sus conceptos pictóricos, y los ingredientes más comúnmente manejados han sido los referidos a su bizantinismo y a su renacentismo, ambos de difícil evaluación. Sobre los influjos que las pinturas vistas en su niñez y mocedad hubieran determinado en su obra posterior, nada se sabe en concreto, pero son patentes determinadas pruebas, como la parte celestial del Entierro. Su concepto de adhesión a la pintura militante del s. XVI es cosa mejor sabida, tanto más conociéndose su posición adversa al dibujismo rotundo y apretado de Miguel Ángel, natural en cierto modo en un hombre afecto a la pintura veneciana, tan dada al colorismo. Pero la circunstancia de que el G. no se haya encontrado a sí propio sino en Toledo, donde todos los modales de pintura renacentista eran tímidos, deberá significar que este choque le permitió prescindir de las anteriores adhesiones y posiciones contrarias para conocer el inmenso lujo de realizar su propia pintura, aisladísima, la que de modo alguno hubiera podido llevar adelante ni en Venecia, ni en Roma ni en cualquier otro lugar. Y es que se adelantaba a su tiempo en cuanto a convicciones estéticas, y sólo podría desarrollarlas a su aire en sitio donde no existiera otra escuela que la suya.
     
      De esto parece singularmente interesante la inscripción de la Vista y plano de Toledo, donde justifica las licencias iconográficas que se ha tomado: «También en la historia de Nra. Señora que trahe la casulla a San Ildefonso para su ornato y hazer las figuras grandes me he valido en cierta manera de ser cuerpos celestiales como vemos en las luces que vistas de lexos por pequeñas que sean parecen grandes». Esta declaración, formulada con tanto candor, pero también con desusada perspicacia, comporta en sí misma nada menos que un principio general y previo del impresionismo (v.) y sirve para establecer buena parte de los conceptos coloristas del G., y con más razón según él avanzaba en su carrera y se comprendía en libertad de dirigir su arte según sus libérrimos impulsos personales. Otro tanto puede asegurarse de sus distorsiones de la figura humana, progresivamente exageradas, y que se compenetran con esa mayor cada día apetencia de fulgores dispersos y violentos. Era la cumbre de un estilo, a la que se ha llegado por medio de paulatinas convicciones, y no por ninguna especie de aberraciones fisiológicas. Lo cual se recalca aquí como definitiva protesta contra todas las incalificables teorías prodigadas sobre el estilo grequense, atribuyéndolo a defectos de visión, a estados más o menos demenciales y hasta al uso de drogas, teorías a cual más torpes y que pretendían explicar lo inexplicable, es decir, el genio. Por el contrario, habría que destacar el hecho de que esta pintura fuera de serie fue la admitida y celebrada en cantidad de localidades aldeanas de tierras de Toledo, que veían en el artista el mejor intérprete de misticismos populares, a la par que espíritus tan cultos como el del Padre Paravicino celebraban esa misma pintura.
     
      El Greco, tracista y escultor. Por otra parte, el G. había traído de Italia la formación completa de artista del Renacimiento, de artífice ducho en las tres artes. Como tracista de arquitectura, él ha delineado, primeramente, los retablos de S. Domingo el Antiguo, no diversos de los del Panteón de Roma, y esa traza continuaría luego en los de Illescas y del Hospital de Afuera, de Toledo. Como escultor es más importante, adoptando los mismos criterios que mantenía para la pintura, y de los documentos consta cómo determinadas obras contratadas debían llevar lienzos pintados y tallas escultóricas, las más de éstas hoy desaparecidas. Son, pues, pocas las obras de esta técnica que han llegado hasta nosotros. La principal es el grupo de La imposición de la casulla a S. Ildefonso, en madera estofada y policromada, de la misma data de El Expolio, y formando antaño parte del retablo correspondiente. Es obra primorosa y del todo grequense. Y otras tallas ciertas, el Cristo resucitado, del Hospital de la Caridad, y las gentiles figuras de Pandora y Epimeteo, en el Museo del Prado, todo ello concordante con los modelos característicos de sus pinturas.
     
      Seguidores. Y hasta aquí el G., que al morir no dejó una escuela propiamente dicha, continuadora de su arte, ni podía dejarla, ya que en él todo era personalidad. Se sabe de su auxiliar Francisco Preboste, del que ninguna pieza puede ser recordada, y de su hijo Jorge Manuel Theotocopuli (1578-1631), conocido como arquitecto del Ayuntamiento de Toledo y autor del retablo de Titulcia, con cinco pinturas hoy muy dispersas y que, dentro del servilismo general mostrado para con la obra paterna, no quedan exentas de belleza. Con mucha mayor originalidad, buena parte de la pintura del G. contribuiría a informar la plenamente sexcentista merced a su prácticamente único discípulo, Luis Tristán (v.), al P. Juan Bautista Mayno (v.), y, más remotamente, la gestión de Diego Velázquez. Luego, se olvidó al griego, no reivindicado hasta 1908, mediante el libro de Cossío, y comenzó el baratillo de su obra, más la valoración, la admiración y la falsificación, porque todos estos bienes y males suelen juntarse en parecidos casos.

J. A. GAYA NUÑO.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


(Indice)

Ribalta, Francisco (1550-1628)
Pintor, natural de Lérida. Se trasladó joven a Madrid, donde estuvo en contacto con Navarrete, El Greco, y Sánchez Cotán, y fue perfilando su técnica de la luminosidad y el claroscuro. A los 17 años pintó un Cristo de una gran factura. Hacia fines de siglo se trasladó a Valencia, y allí trabajó el resto de su vida bajo el mecenazgo del patriarca Juan de Ribera. De esta época son la Aparición de Cristo a San Vicente Ferrer y La Cena. En 1620 pintó el famoso San Francisco reconfortado por un ángel. Ribalta realizó un arte equilibrado, serio y profundamente religioso. Otras obras importantes son San Bernardo abrazando al Crucifijo, San Pedro, la serie de los Evangelistas, etc. Fue un pintor realmente genial y grandioso. La obra del taller de los Ribalta es numerosísima y siempre de muy alta calidad. Francisco tuvo fama de ser un buen retratista, muchos de esos retratos figuran en sus cuadros religiosos. Se dice que en su taller se formó Ribera, y su influencia se extiende en Valencia hasta muy avanzado el siglo.
(Indice)

Pantoja de la Cruz, Juan (1553-1608)
Pintor español, discípulo de Sánchez Coello, y uno de los mejores representantes de la escuela cortesana de retratistas. A la muerte de Sánchez Coello, fue nombrado pintor del Rey. Creó conjuntos de joyas y encajes sobre los que destacan los rostros y manos tratados con una técnica más blanda. A esta época pertenecen 'Fray Hernando de Rojas', 'Isabel Clara Eugenia', 'Duquesa de Braganza', 'Dama desconocida'. Más tarde comenzó su interés por la luz, llegando a anticipar recursos del posterior tenebrismo. Esto se puede apreciar en su producción religiosa, 'San Agustín', 'San Nicolás de Tolentino', 'Nacimiento', 'Resurrección'.
(Indice)

Mayno, Juan Bautista (1578-1649)
Fue considerado como un gran pintor italiano del siglo XVII debido a su estilo, aunque nació en España. En 1613 ingresó en la Orden de Santo Domingo en Toledo, y en 1627 hace de jurado en el concurso para pintar 'La expulsión de los Moriscos'. Algunos le consideran como el primer pintor español que utilizó el tenebrismo, mediante una luz pálida que resalta los diferentes planos. Pero lo que más destaca sin lugar a dudas es su italianismo. Entre sus obras principales están: 'La Adoración de los Reyes', en que se puede apreciar el tenebrismo; 'La Adoración de los pastores', 'La Resurrección'. Entre sus retratos más importantes están 'El caballero y el fraile'.
(Indice)

Tristán, Luis (1580-1624)
Pintor, de Toledo. Discípulo de El Greco entre 1603 y 1607. La temática de sus cuadros suele ser religiosa, y en ella se ve la influencia de su maestro y del arte romano y veneciano. Entre sus obras, 'El retablo de Yepes' (1616), 'La Trinidad' (catedral de Sevilla), 'San Luis repartiendo limosna' (Louvre), 'La ronda del pan y el huevo', el 'Retrato del Arzobispo Sandoval' (1624) y la 'Resurrección' Por mediación de Tristán como difusor de El Greco la influencia de éste se dejó sentir en la pintura española del Siglo de Oro en artistas tales como Velázquez.
(Indice)

Orrente, Pedro (1580-1645)
Pintor español, una de las figuras más destacadas en la transición al naturalismo dentro de la escuela de Toledo. Entró en contacto con la obra del Greco, de cuyo hijo, Jorge Manuel fue íntimo amigo. Se le considera discípulo de Bassano, pero lo que hizo fue copiar sus obras. La influencia veneciana se observa en sus temas de paisajes y pastoriles. En los retablos que realiza, su naturalismo es más acentuado en las figuras de los pastores. Su obra maestra es 'Aparición de Santa Leocadia' (1617, en la sacristía de la catedral de Toledo. En esta obra se sintetiza todo su estilo. La obra de Orrene es uno de los jalones más importantes para el desarrollo de la pintura española. A pesar de su contacto con lo veneciano, lleva a cabo una composición original y consigue una gran perfección técnica y fuerza expresiva en sus figuras.
(Indice)

Ribera, José (1591-1652)
Pintor, llamado el Españoleto, por haber residido muchos años en Nápoles. Natural de Valencia. Pasó algunos años en el taller de Ribalta. En Parma fue expuesto a la obra de Correggio, y después marchó a Roma, donde despertó admiración. Admiró la pintura de Caravaggio, adoptando el tenebrismo, y llegando a un realismo más acusado. De Roma se fue a Nápoles. Entre 1633 y 1635 pintó entre otras 'El Calvario', 'San Jerónimo' (Museo del Ermitage), 'Arquímedes' (El Prado), etc En Nápoles adquirió gran fama y forma un taller con numeros discípulos. A partir de 1635 se manifiesta como gran colorista, y sus obras adquieren mayor luminosidad. A este período pertenece 'La Inmaculada Concepción', encargada por el conde de Monterrey para el convento de agustinas de Salamanca. De esta época son el 'Tránsito de la Magdalena' (Academia de San Fernando, Madrid), y el 'Combate de Mujeres' (Prado). Otra de sus obras más famosas es el 'San Bartolomé' (Prado) Ribera representa en la escuela española del Siglo de Oro el punto de madurez y el verdadero orientador de la pintura hispánica. Durante la época romántica fue considerado un pintor maldito, por las escenas de torturas que describe en sus cuadros. Interpretó la realidad como los autores de novelas picarescas, sin deformarla.
(Indice)

Rizzi de Guevara, Fray Juan Andrés (1600-1681) Pintor, natural de Madrid. En 1626 ingresó en los benedictinos, estudiando Teología en Salamanca. Escribió 'Pintura Sabia', un tratado sobre el cuerpo humano, con explicaciones sobre arquitectura y pintura. Su obra en general se circuscribe a los monasterios en que vivió: Para Silos, la 'Muerte de San Benito', para San Millán, un gran cuadro de la 'Asunción'. 'La Misa de San Benito' se conserva en la Academia de San Fernando de Madrid. También se dedicó al retrato, en que sobresale 'Tiburcio de Redín' (Prado). Su estilo se aproxima al de Ribera.
(Indice)

Alonso Cano (1601-1677)
Escultor, pintor y arquitecto barroco español. En 1616 entró en el taller de Francisco Pacheco, en Sevilla, donde conoció y entabló una amistad profunda con Velázquez. También trabajó con Montañés. Su carácter difícil le expuso a muchos problemas y altercados, de los que con frecuencia salió malparado. En Madrid fue nombrado pintor del Rey. Un sin fin de peripecias le llevaron por Valencia, Salamanca, Granada. En esta ciudad realizó obras excelentes en la Capilla Mayor de la Catedral. Como arquitecto en 1667 presenta el proyecto de la fachada de la Catedral de Granada, considerada una de las obras más personales y originales de la arquitectura hispana. Entre sus esculturas destacan Adán y Eva, y San Pablo. Entre las pinturas de la época madrileña, el Milagro del pozo, Cristo y la Samaritana, La circuncisión, etc
(Indice)

Juan Carreño de Miranda (1614-1685)
Pintor español, discípulo de Velázquez. En 1669 fue nombrado pintor real, y en 1671 pintor de cámara. Fue por entonces que realizó 17 retratos y una copia del Pasmo de Sicilia. La influencia de Velázquez, así como la de Rubens y Van Dyck fue profunda. Realizó varios frescos de asuntos mitológicos, como el Mandato de Júpiter a los dioses, y la Bodas de Pandora y Epimeteo. Entre sus pinturas, destacan los retratos reales, como el de Carlos II, Doña Mariana de Austria, el Duque de Pastrana, y también obras religiosas, como la Inmaculada, San Sebastián, etc. (Biografías úniversales)
(Indice)

Mazo, Juan Bautista Martínez del (1615-1667)
Pintor español, casó con una hija de Velázquez, a quien sucedió como pintor de cámara a la muerte de éste en 1661. Sus retratos muestran una gran influencia de Velázquez, la misma composición y técnica, pero también el mismo talento, como en el retrato de la 'Emperatriz Margarita de Austria', y el del príncipe 'Baltasar Carlos', y sobre todo 'La familia del pintor'. Su obra como paisajista afirma su talento artístico: 'La calle de la Reina de Aranjuez', 'La fuente de los Tritones', 'La visita a Zaragoza', etc. Mazo también destacó en sus trabajos como copista, reproduciendo pinturas del Veronés, Tiziano, Tintoretto y sobre todo de Rubens.
(Indice)

Murillo, Bartolomé Esteban (1617-1682)
Bartolomé Esteban Murillo es quizá el pintor que mejor define el Barroco español. Nació en Sevilla, donde pasó la mayor parte de su vida, en 1617. La fecha exacta de su nacimiento nos es desconocida pero debió ser en los últimos días del año ya que fue bautizado el 1 de enero de 1618 en la iglesia de la Magdalena. La costumbre en la Edad Moderna era bautizar al neonato a los pocos días del nacimiento por lo que los especialistas se inclinan a pensar en esta posibilidad. Su padre era un cirujano barbero llamado Gaspar Esteban y su madre se llamaba María Pérez Murillo, siendo este último apellido materno el elegido por el artista para darse a conocer en el mundo artístico sevillano. Constituían una familia numerosa y el pequeño Bartolomé era el hijo número catorce. La situación económica de la familia era bastante aceptable y el futuro pintor se criaría sin estrecheces. Pero en cuestión de un año fallece el padre (1627) y la madre (1628) por lo que el joven Bartolomé pasará al cuidado de su hermana Ana, casada con un barbero cirujano de nombre Juan Agustín de Lagares. Las relaciones entre los cuñados serían muy buenas, tal y como atestigua que Murillo fuera designado albacea testamentario por su cuñado. No disponemos de más datos hasta que en 1633 firma un documento en el que declara su intención de emigrar al Nuevo Mundo. El viaje lo realizaría con su hermana María, su cuñado el doctor Gerónimo Díaz de Pavía y su primo Bartolomé Pérez. Pero el dicho viaje nunca se produciría y Murillo inicia su aprendizaje artístico con Juan del Castillo, en cuyo taller permanecerá cinco años. Palomino dice que Del Castillo era tío de Murillo aunque no podemos asegurarlo categóricamente; posiblemente existiera entre ambos algún parentesco y esto pesó a la hora de hacer la elección. Del Castillo no era un artista de primera fila pero sus trabajos eran respetados en el ambiente artístico sevillano y tenía un buen número de encargos, colaborando Alonso Cano en el taller. Los primeros cuadros de Murillo están muy influidos por el estilo del maestro como se puede apreciar en la Virgen del Rosario con santo Domingo. El estilo de Cano apenas se puede apreciar en estas obras, posiblemente porque el granadino dedicaba más tiempo a la escultura. En 1645 Murillo recibe su primer encargo de importancia. Se trata de la serie de trece lienzos para el Claustro Chico del convento de San Francisco en Sevilla. En estas obras muestra una notable influencia de Van Dyck, Tiziano y Rubens, lo que hace pensar a algunos en un posible viaje a Madrid, apoyándose en los datos aportados por Palomino y Ceán Bermúdez. No existe base documental para apoyar esta teoría por lo que si realizó el viaje a la Corte quedó en el más absoluto anonimato. Este año de 1645 será de gran importancia para el artista porque se casa el 26 de febrero. La elegida se llamaba Beatriz Cabrera y Villalobos, joven sevillana de 22 años, vecina de la parroquia de la Magdalena donde se celebró el enlace. En los 18 años que duró el matrimonio tuvieron una amplia descendencia: un total de nueve hijos. El éxito alcanzado con la serie del Claustro Chico -al aportar un estilo más novedoso que los veteranos Herrera el Viejo o Zurbarán- motivará el aumento del número de encargos. Por ello en 1646 ingresa en su taller un joven aprendiz llamado Manuel Campos al tiempo que debe buscar una casa más amplia para organizar un taller. Se traslada a la calle Corral del Rey donde sufrió la terrible epidemia de peste que asoló la zona de Andalucía -y en especial Sevilla- en 1649. La mitad de la población de la capital perdió la vida y entre los muertos debemos contar a los cuatro pequeños hijos del matrimonio Murillo. La crisis económica que vive la ciudad no impide que los encargos continúen a buen ritmo, siendo uno de los más importantes el enorme lienzo de la Inmaculada Concepción para la iglesia de los Franciscanos, llamada "La Grande" por su tamaño. En 1658 se traslada a Madrid donde es muy probable que conociese a Velázquez, quien le pondría en contacto con las colecciones reales donde tomaría contacto con la pintura flamenca y veneciana. Alonso Cano, Zurbarán y los artistas madrileños de esta generación también pudieron ser visitados por el sevillano pero no existen documentos que nos lo aseguren. A finales de 1658 Murillo está de nuevo en Sevilla, apareciendo como vecino de la parroquia de Santa Cruz donde permaneció hasta 1663 que se trasladaría a la de San Bartolomé. Los numerosos encargos que recibía le permitían disfrutar de una saneada economía, complementando estos ingresos con las rentas de sus propiedades urbanas en Sevilla y las de su mujer en el pueblo de Pilas. Tenía tres aprendices en el taller y una esclava que colaboraba en las tareas del hogar. El 11 de enero de 1660 funda una Academia de Dibujo en Sevilla, en colaboración con Francisco de Herrera el Mozo. Los dos artistas compartieron la presidencia durante el primer año de funcionamiento de esta escuela en la que los aprendices y los artistas se reunían para estudiar y dibujar del natural, por lo que se contrataron modelos. La presidencia de la Academia será abandonada por Murillo en 1663, siendo sustituido por Juan de Valdés Leal. Precisamente será en 1663 cuando Murillo quede viudo al fallecer su esposa como consecuencia del último parto. De los nueve hijos sólo sobrevivían en aquel momento cuatro: Francisca María, José, Gabriel y Gaspar. Gabriel partió para América en 1677 y los tres restantes siguieron la carrera religiosa, llegando Gaspar a ser canónigo de la catedral sevillana. El periodo más fecundo de Murillo se inicia en 1665 con el encargo de los lienzos para Santa María la Blanca -el Sueño del Patricio y el Patricio relatando su sueño al papa Liberio- con lo que consiguió aumentar su fama y recibir un amplio número de encargos: las pinturas del retablo mayor y las capillas laterales de la iglesia de los capuchinos de Sevilla y las pinturas de la Sala Capitular de la catedral sevillana. Ese mismo año de 1665 Murillo ingresa en la Cofradía de la Santa Caridad lo que le permitió realizar uno de sus trabajos más interesantes: la decoración del templo del Hospital de la Caridad de Sevilla, encargo realizado por don Miguel de Mañara, un gran amigo del artista. La fama alcanzada por Murillo se extenderá por todo el país, llegando a la corte madrileña donde, según cuenta Palomino, el propio rey Carlos II invitó a Murillo a asentarse en Madrid. El artista rechazó el ofrecimiento alegando razones de edad. En 1681 Murillo aparece documentado en su nueva residencia de la parroquia de Santa Cruz. Allí recibió el último encargo: las pinturas para el retablo de la iglesia del convento capuchino de Santa Catalina de Cádiz. Cuando trabajaba en esta encargo sufrió una caída al estar pintando las partes superiores del cuadro principal. A consecuencia de la caída, algunos meses más tarde, falleció el 3 de abril de 1682, de manera repentina ya que no llegó a acabar de dictar su testamento. En él pide que se le entierre en la parroquia de Santa Cruz y que se digan unas misas por su alma, nombrando como albaceas a su hijo Gaspar Esteban, don Justino de Neve y Pedro Núñez de Villavicencio. Los herederos de la pequeña fortuna acumulada serían sus hijos Gaspar y Gabriel. Según su primer biógrafo, Sandrart, en el entierro de Murillo hubo una gran concurrencia de público y el féretro fue portado por dos marqueses y cuatro caballeros. Siguiendo el testamento, fue enterrado en una capilla de la iglesia de Santa Cruz, templo que fue destruido por las tropas francesas en 1811. Una placa colocada en la plaza de Santa Cruz en 1858 señala el lugar aproximado donde reposan los restos del gran artista sevillano. Dos elementos clave en la obra de Murillo serán la luz y el color. En sus primeros trabajos emplea una luz uniforme, sin apenas recurrir a los contrastes. Este estilo cambia en la década de 1640 cuando trabaja en el claustro de San Francisco donde se aprecia un marcado acento tenebrista, muy influenciado por Zurbarán y Ribera. Esta estilo se mantendrá hasta 1655, momento en el que Murillo asimila la manera de trabajar de Herrera el Mozo, con sus transparencias y juegos de contraluces, tomados de Van Dyck, Rubens y la escuela veneciana. Otra de las características de este nuevo estilo será el empleo de sutiles gradaciones lumínicas con las que consigue crear una sensacional perspectiva aérea, acompañada del empleo de tonalidades transparentes y efectos luminosos resplandecientes. El empleo de una pincelada suelta y ligera define claramente esta etapa. Las obras de Murillo alcanzaron gran popularidad y durante el Romanticismo se hicieron numerosas copias, que fueron vendidas como auténticos "Murillos" a los extranjeros que visitaban España.
(www.artehistoria.com)

(Indice)

Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y (1599-1660)
El más importante artista español del s. XVII, y el primer pintor que, dejando a un lado el eclecticismo de origen boloñés y el tenebrismo caravaggiesco, se adentra en las formas del realismo luminoso, ya introducidas por Rubens, aunque no llega al barroquismo gesticulante del pintor flamenco, ya que ni le interesa el movimiento en acción, ni la pasión le mueve a la ejecución de sus obras. Como ya hizo destacar Berenson, su estilo está en la línea de «la no elocuencia». Ahora bien, V. es eminentemente un pintor barroco, sobre todo desde que se afinca en Madrid; desde entonces, su principal preocupación formalista es la búsqueda de la profundidad espacial, logrando la captación de la inaprehensible. Para ello usa medios óptico-espaciales, haciendo imprecisos los perfiles de sus figuras y esfumando las líneas. Mas, al buscar el contraste, sus personajes se mantienen estáticos y, aunque a primera vista parecen impávidos, en cada uno de ellos la singularidad y la personalidad propia destacan con fuerza psicológica expresada por las miradas, lo cual se logra técnicamente con puntos luminosos sobre las opacas y profundas escleróticas. Pero estas figuras, que a primera vista parecen realizadas con espontaneidad, han sido ejecutadas fríamente y con meticulosidad técnica, como ha indicado Pita Andrade, gracias a su modo de ser ya la calma que le da el no tener que pintar para vivir.
      Para la ejecución de sus composiciones primero busca «la idea», después comienza los estudios de composición, casi siempre basándose en grabados, aunque toma directamente apuntes del natural. Luego, por lo general, sin boceto previo, ataca directamente la ejecución del cuadro, consiguiendo así la impresión de espontaneidad que producen sus pinturas. Claro está que la búsqueda de la obra bien hecha, a través de este procedimiento anticlásico, le lleva a frecuentes arrepentimiéntos; en ocasiones, pinta casi de nuevo el cuadro, inmediatamente después de seco, o de haber pasado algunos años, en el caso de que la obra permanezca a su lado. Así sabemos que en Los borrachos son retocados -al retornar de su primer viaje a Italia- algunos de los personajes; y en Las Lanzas hace correcciones, entre las cuales destaca el cambio de la postura del caballo; en el retrato ecuestre de Felipe IV, también al animal, como castizamente ha expresado Gaya Nuño, lo transforma en un hipogrifo, al repintar varias veces las patas traseras.
      1. Primeros años. V. nace en Sevilla; el 6 jun. 1599 es bautizado en la iglesia de S. Pedro, con el nombre de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Es posible que hubiera nacido el día anterior. Los padres se habían casado en la capital andaluza, el 28 dic. 1597; por el acta matrimonial sabemos que se llamaban Joeío y Jerónima; por lo menos el padre era de origen portugués, perteneciente a una familia de Oporto. Oficialmente, en actas públicas, V. acostumbra a firmar con el apellido paterno en primer lugar, según la costumbre española; mas artísticamente usa como único apellido el de su madre, al modo portugués.
      V. forma parte de la generación de 1600, a la que pertenecen, entre otros artistas, Bernini y van Dyck. Es contemporáneo de Calderón, con cuyas obras tienen ciertas concomitancias algunas de sus composiciones. Existen grandes posibilidades de que comenzara su aprendizaje artístico, aunque por breve tiempo, con el temible Herrera el Viejo, pues de él existen algunos recuerdos en las primeras obras de Velázquez. El 1 dic. 1610 ingresa como aprendiz en el taller de Pacheco, aunque no tramita el contrato hasta el 27 de septiembre del siguiente año. Este pintor le adentra no sólo en los conocimientos del dibujo y de las técnicas pictóricas, sino que le inicia también en los secretos de la iconografía -Pérez de Moya publica en 1585 el más importante tratado de iconografía mitológica realizado en España con el título de Filosofía secreta-. Pronto V. se compromete matrimonialmente con la hija de Pacheco, siguiendo viejas tradiciones gremiales; no sabemos si el amor también intervino; al año siguiente de haber sido admitido en la corporación de pintores sevillanos, el 23 abr. 1620, celebra sus nupcias con Juana, compañera inseparable de su vida.
      En 1617, por primera vez, firma una obra, La vieja friendo huevos (Edimburgo), admirable creación juvenil, Idonde ya nos muestra V. su preocupación por los objetos y ciertas inquietudes compositivas, aunque. todavía exista algún desorden y confusión semántica en la ordenación de los múltiples elementos existentes en la naturaleza inerte. Anteriormente había realizado otras pinturas menos logradas, como los Tres músicos (Berlín), Los dos jóvenes comiendo (Museo Wellington, Londres) y la Mulata (Col. Beit, ca. Dublín). Entre otros cuadros considerados de ese momento podemos citar: La vieja cocinera, aunque de dudosa atribución; lo mismo ocurre con la Coronación de espinas (Museo de Sevilla), posterior a la etapa sevillana de Velázquez. En cambio, obra importante y ya posterior es el S. Juan Evangelista en Patmos (Londres), dubitativo autorretrato; sin embargo, en cuanto a la Inmaculada del mismo museo, es difícil negar la hipótesis -dada por Allende-Salazar- de que sus rasgos faciales no sean los de su esposa.
      Lo mismo sucede con los de la Virgen en La Adoración de los Reyes Magos (Prado), firmada en 1619, fecha confirmada por análisis técnicos; en ésta, el ambiente familiar se logra plenamente, pues además de Juana aparecen retratados posiblemente Pacheco y el propio pintor, éste en la figura del rey mago del primer término. Aunque aquí existan elementos caravaggiescos, también se perciben influencias estilísticas de Tristán, confirmadas por textos literarios y por las obras que de este artista llegan entonces a Sevilla. Los paños de los personajes de esta pintura, y de todas las del momento, forman amplios y gruesos pliegues que recuerdan los de las esculturas de Martínez Montañés, al cual habría de considerársele uno de los maestros de V .; el contacto de este escultor con el taller de Pacheco es muy fuerte, puesto que el suegro de V. era el encargado de prolicromar sus esculturas; por ello no }}uede descartarse la intervención del discípulo en algunas de estas labores. En esta Adoración se emplean diagonales de marcado precedente manierista, más usadas en el barroco.
      En la época en que pinta la Adoración hace un Apostolado, hoy perdido casi en su totalidad; quedan el S. Pablo (Barcelona) y el S. Tomás (Orleáns). Hacia 1620 realiza una obra maestra, Cristo en casa de Marta (Londres), donde aparecen ordenadas las formas inanimadas del bodegón del primer término; últimamente, el investigador mallorquín Mestre ha dado unas sugestivas hipótesis sobre su iluminación y composición. Pero donde llega V. a una perfección técnica sorprendente es en El aguador de Sevilla (Museo Wellington en Londres) que, robado por José Bonaparte, fue «adquirido» para Inglaterra gracias .a la aprehensión del famoso equipaje por el general inglés. En él las calidades cobran originales formas dentro de la historia de la pintura; así, las naturalistas gotas de agua que rezuman del barro del cántaro. Próxima en el tiempo a esta pintura está la Cena de Emaús (Metropolitan Museum, Nueva York). En] 620, fecha los enérgicos retratos de Sor Jerónima de la Fuente, en sus dos versiones (Prado y Col. Araoz de Madrid), y Cristóbal Fernández de Figueroa (Museo de Sevilla). Por la relación con éstos, ha de considerarse de la misma época La Virgen imponiendo la casulla a S. Ildejonso (Museo de Sevilla), obra en la que también existen reflejos tristanescos.
      2. Traslado a Madrid. En la primavera de 1622, acompañado por su discípulo Diego de Melgar, V. se traslada a Madrid, donde intenta, por medio de las recomendaciones de su suegro, pintar a Felipe IV, lo que no logra; pero ejecuta el retrato del poeta cordobés Luis de Góngora (aunque se considera el ejemplar del Museo de Boston como el original, pudiera ser, según las razones expuestas por Camón Aznar, tal original el conservado en el Museo Lázaro Galdiano). En el verano del año siguiente efectúa un nuevo viaje a la Corte, esta vez acompañado de su influyente suegro, quien le introduce definitivamente en los círculos madrileños; con la protección del conde-duque de Olivares realiza el retrato del monarca. Ello le da fama; mas este retrato había desaparecido como por ensalmo, hasta que investigaciones radiográficas le han redescubierto debajo del Felipe IV vestido de negro y de cuerpo entero, conservado en el Prado; las primitivas piernas en forma de compás, el manto y el rostro ancho y el sombrero en la mano, en lugar de en la mesa donde está actualmente, se perciben perfectamente en la radio- grafía. Una vez más, V. ha transformado totalmente una de sus obras, buscando la perfección ideal. Como es lógico, no puede dejar de pintar al conde-duque en estos primeros tiempos madrileños; así se conocen varios retratos de su poderoso protector. Todo ello le lleva a conseguir el nombramiento de pintor del rey, el 6 de octubre del mismo año, lo que produce la envidia de gran parte de los pintores cortesanos, llegándosele a tachar de que «sólo cabezas sabía hacer», a lo que al parecer contestó satíricamente: «pues conozco muy pocos que las hagan bien». Más tarde, Carducho le acusa de pintar temas vulgares. España siempre ha sido y es país de grandes envidiosos.
      En estos primeros tiempos madrileños existen paréntesis en los que no conocemos obra alguna. Es imposible que un pintor todavía sin cargos palaciegos -entre 1623 y 1625- realizara una producción tan corta. Por eso creemos que es de esta época la Cabeza de gallega (Museo Lázaro Galdiano, Madrid); hoy día, una fotografía al infrarrojo ha dado a conocer el traje que desapareció bajo los repintes, lo que parece confírmar nuestra hipótesis ( «Goya» 23, 1958, 281) de que sea la obra citada en los inventarios del marqués del Carpio. También pudiera ser obra suya y de ese momento el retrato de Pacheco (Col. Comyn, Madrid). Además, algunas de las pinturas de estos 'años han sido adulteradas por el propio V. al pasar el tiempo; así en El geógrafo (Museo de Rouen), aunque de hacia 1624, fue rehecha la gorguera y el rostro 20 años más tarde.
      En 1627 ve la luz su primera composición histórica, La expulsión de los moriscos, hoy desgraciadamente desaparecida. Un año después, cuando Rubens llega por segunda vez a España, v. le acompaña. y posiblemente sería aconsejado por el pintor flamenco en la ejecución de Los borrachos. En este cuadro, el realismo hace que casi desaparezca el tema mitológico. Así, lo que debía ser El triunfo de Baco se convierte en una apoteosis del vino, como ya Angulo ha observado. Para Ortega, el pintor ha intentado adaptar la mitología clásica al gusto del s. XVII; intuición precisa; basta leer a Pérez de Moya para comprender esta sugerencia; pues, como indicó Soehner, en V. lo lírico y lo mitológico son inmanentes a lo real. La falta de armol1'la entre la composición y el ambiente se debe a que el tema está concebido para ser desarrollado en un interior, posiblemente en una bodega; por ello, la iluminación es un tanto tenebrista; después de su vuelta de Italia hace un cambio semántico, colocando a los personajes dentro de un ambiente paisajístico.
      3. Estancia en Italia y regreso. Con toda seguridad animado por Rubens, en agosto del año siguiente V. embarca para Italia a costa del erario real. Recorre la principales ciudades, con fama de espía en algunas; la mayor parte de este tiempo reside en Roma, en la villa Medici, hasta que las tercianas le hacen trasladars a la ciudad. Es posible que en dicha villa realizara lo dos paisajes famosos (Prado), aunque la técnica fluida y el estudio de la luz han hecho pensar a una gran parte de la critica que pudieran ser de su segunda estancia romana. Entre los cuadros seguros ejecutados en Italia en
      ese momento destacan La fragua de Vulcano (Prado) y La túnica de José (Escorial). En ambos logra ya el perfecto equilibrio entre figuras y ambiente, a través de diagonales imaginarias, que desde entonces serán características de su estilo compositivo. En La fragua, al modo calderoniano, nos presenta la escena del marido burlado con gran sutileza, ya que los personajes expresan en sus miradas y gestos reacciones distintas. La captación del instante, fórmula descubierta también por Rubens, es aquí plasmada con una laxitud lejana a la simple yuxtaposición de sus personajes juveniles, en que las actitudes eran forzadas.
      También, en ambos cuadros, el desnudo adquiere un sentido nuevo en la pintura española, aunque dentro de la puditia (de espaldas y con las partes vergonzosas arropadas, además de ser -por ahora- todos masculinos), y cobra un sentido nuevo en el arte hispánico, pues están tomados directamente del natural y no de estampas, como se venía haciendo; posiblemente, para asombrar a los escépticos italianos, que criticaban la falta de este género en la península Ibérica. Además, en los dos, el tema tratado es el de la envidia, leit motiv de su pintura; en el primero, la envidia de Apolo a Vulcano por poseer una mujer hermosa; y en el segundo, la de los hermanos de José, por ser éste el preferido del padre. En Nápoles, en 1630, y en el estudio de Ribera con toda posibilidad, esfigia a la Infanta María de Hungría (Prado), con sobriedad palatina.
      A su regreso, el contacto con el maestro valenciano y la pintura veneciana hacen que su estilo cobre mayor fluidez, pues, rechazando el eclesticismo boloñés, en boga por entonces en Roma, busca los efectos espaciales y cromáticos, ya iniciados en las dos grandes obras maestras citadas. Uno de los primeros encargos ejecutados es el retrato del joven príncipe Baltasar Carlos con un enano (Museo de Boston); por aquellos tiempos hace el modelo de Felipe IV para una de las más bellas esculturas ecuestres del mundo, fundida en bronce por Pietro Tacca, con un equipo en el que colabora técnicamente Galileo, y que hoy centra la plaza de Oriente, en Madrid. La obra maestra de entonces es el Cristo de S. Plácido, obra expiatoria, de gran simplicidad ejecutiva, a la que una limpieza le ha hecho recobrar el sentido volumétrico ; en él sigue la iconografía de los cuatro clavos propugnada por Pacheco, siguiendo la visión de S. Brígida. Los retratos de Diego del Corral y Arellano y de su esposa, Antonia de Ipiñarrieta, ambos en el Prado, con obras en parte de esta época, pero creemos que el de la esposa podría ser anterior, de 1624, cuando estaba casada con Pérez de Araciel, ya que en esta época paga a V. tres retratos: Felipe IV, el conde-duque y el de su primer marido; ello y la factura un tanto dura del cuerpo nos llevan a creer que sólo retoca el rostro, las manos y algunas partes del traje.
      Mas donde su venecianismo llega a las últimas consecuencias es en el s. Tomás de Aquino confortado por los ángeles (Orihuela), puesto que la aparición de la ramera en el fondo tiene un fuerte sabor tintoretesco, a la vez que -como ha indicado Chueca- anticipa el arte de Goya; su iconografía solamente había sido tratada dignamente en la pintura española por Pedro de Berruguete; la marcada diagonal que divide la composición, el sentido perspectívico y la matización de los grises convierten esta creación en indiscutible y señera de Velázquez. Vemos ciertas relaciones del s. Tomás con otra de las pinturas místicas de V .: Cristo y el alm'a cristiana (Londres). Hacia 1632 comienza una labor agotadora, con una serie de retratos entre los que destaca Felipe IV y su esposa, Isabel de Borbón (Museo de Viena); mas donde el humanismo de V. sobresale es en el del actor Pablo de Valladolid (Prado), cuya figura, gracias a las sombras, es posada sobre un suelo inexistente; más tarde Manet, bajo la influencia del Pablillos, haría su famoso Niño del pirfano.
      El 5 jun. 1625 Ambrosio Spínola había recibido las llaves de la ciudad de Breda de manos de su defensor Mauricio de Nassau -la rendición se había efectuado tres días antes-; casi diez años después, V. recibe el encargo de conmemorar esta victoria, una de las últimas importantes de los tercios de Flandes. Como colofón de otros hechos de guerra a1)álogos que habían realizado para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro Zurbarán, Maino, Jusepe Leonardo, Carducho y otros pintores, este cuadro fue elaborado meticulosamente por V .; como han demostrado Angulo, Soria y otros historiadores, busca distintas fuentes para la composición del tema. El grupo central se basa al parecer en la «Concordia», representada en la Emblemata de Alciato, ya que la razón i del cuadro es una concordia, puesto que cuando Spínola apoya la mano sobre el hombro del vencido, que intenta con gesto humilde arrodillarse, expresa el eterno símbolo de perdón y paz. El tema central había sido tratado del mismo modo en otras ocasiones; así, en las estampas con el encuentro de Esaú y Jacob o Abraham y Melquisedec, que aparecen en distintas ediciones de la Biblia, a partir de una de Lyon de 1553, y que seguía usándose en los comienzos del s. XVII. No existen dudas de que para el grupo holandés se inspira formalmente en el Jesús y el centuri6n del Veronés; y para el de los españoles, en el Expolio del Greco.
      El paisaje es uno de los más bellos de la pintura de todos los tiempos, donde, sin haberlo visto, capta el paisaje holandés, a la manera de sus pintores: proyección de la planicie hacia un altísimo horizonte. A Spínola le había conocido en el trayecto hacia Italia, en tanto que de Nassau tan sólo tenía idea a través de un grabado. En este cuadro existen gran número de arrepentimientos; así, el caballo que estaba casi en el centro de la composición fue desplazándolo paulatinamente \hacia la derecha, ha. ciendo girar su grupa hacia el espectador; además se perciben figuras que podrían haber pertenecido a otra composición, la cual se ha sospechado que fuera la Expulsión de los moriscos.
      Los testeros del Salón estaban decorados por dos parejas de retratos ecuestres reales (Prado), mas sólo el de Feli. pe IV se puede considerar totalmente de su mano. Es ésta una obra maestra en la que destacan la figura del rey y el caballo, en el paisaje serrano; su cabeza es un espléndido ejemplo de realismo animalístico, así su jadeo hace recordar el verso de Góngora: «Tasca el freno de oro cano, del caballo andaluz la ociosa espuma». Las cuatro obras estaban ya colocadas en 1637. También es enteramente suyo el retrato ecuestre del Príncipe Baltasar Carlos, con rostro melancólico y piadosamente desenfocado, para 'esconder la anemia que le llevará a una temprana muerte; al fondo destaca la nevada cumbre de La Maliciosa; por estar colocado como sobrepuerta, la panza del caballo resulta desprQPorcionada, aunque ha de tenerse en cuenta este, fue terminado de pintar después de muerto, ya disecado.
      Por entonces comenzaría la ejecución de los retratos reales que iban a decorar la Torre de la Parada (Felipe IV, Baltasar Carlos y Cardenal Infante Don Fernando); vestidos de caza, tienen como fondo los montes del Pardo, donde estaba situada dicha torre. Hacia 1639, es posible que iniciara la serie de los cuatro bufones, que forman lo que acertadamente ha llamado Lafuente Ferrari «el políptico de IGS monstruos» , que sería terminada después de su vuelta de la guerra de Cataluña; Moreno Villa afirma que servían estos bufones o truhanes de válvula de escape a las rigideces palatinas, mas V. da a estos I monstruos un matiz humanitario. De tamaño mayor y de pie esfigia a Barbarroja, cuya túnica es una admirable mancha rojiza que anticipa a la de algunos cuadros de Manet; está vestido a la morisca como recordatorio del famoso pirata; su inacabado es debido a su deportación en 1634, por hacer burlas del conde-duque. Aunque son personajes de distinta índole, bajo un punto de vista técnico y humano, Esopo y Menipo se relacionan con los bufones, lo mismo que el admirable Marte; en ellos, con fina ironía, se parodia el clasismo con potente realismo.
      Con motivo de la guerra de Cataluña, en 1644, V. i acompaña a Felipe IV en esta campaña, cuyo fruto artístico es el retrato del soberano llamado de Fraga, puesto que allí se pintó (Col. Frick, Nueva York); en él aparece el rey vestido de militar, o sea, abandonando el negro cortesano y cubriéndose de rosas y oros relampagueantes. A su regreso pinta retratos llenos de vida como los del \ Conde de Benavente y la Dama del abanico (Col. Wallace). En 1646, el nombramiento de Ayuda de Cámara le introduce en las ceremonias palaciegas.
      4. Segundo viaje a Italia y regreso. Tres años más tarde, V. retorna a Italia, esta vez comó artista ya famoso, casi como un príncipe, y es recibido por los grandes personajes itálicos. Realiza el retrato del papa Doria, lnocencio X, sorprendente por su realismo. Barba rala, rostro sudoroso y mirada desconfiada, convierten a este retrato en una de las cúspides de su género, a lo que coadyuvan sus admirables tonalidades rojas y doradas. Como ejercicio preparatorio para la realización de esta magistral figuración, días antes se adiestra con la captación en el lienzo de la esfigie de su discípulo y criado, el mulato Pareja (Metropolitan Museum, Nueva York), que causa la sensación de los romanos cuando es expuesto en el Panteón; aquí, además de los tonos rojizos, predominan los verdes oliváceos. Mas no sólo en este viaje se dedica a pintar, sino que efectúa misiones diplomáticas y logra la adquisición de estatuas y pinturas para el Palacio de Madrid.
      (Una orden expresa de regreso, dada por el monarca, liace que en 1651 retorne a Madrid. La copia directa de obras maestras del Tintoretto en la Scuola di S. Rocco (La Cena, en versión reducida, se conserva en la Acad. de S. Fernando, Madrid) hace que la pintura de v. se haga aún más vaporosa y logre prodigiosas sutilezas, esfumando las formas. Al ser problemático que La Venus del espejo (Londres) esté realizada en esta etapa italiana -puesto que al parecer la modelo es una actriz española- lógicamente estaría ejecutada inmediatamente después de su regreso, y bajo la influencia de una obra de Tiziano conservada en España: La Danae; sus prodigiosos rosas, sobre una preparación blanca, para que destaque el cuerpo de espaldas, junto con toques bermejos, azules y verdes, le convierten en uno de los más delicados y púdicos desnudos. Algo así sucede en el Mercurio y Argos (Prado), iotra vez la envidia!, esta vez la de Mercurio a Argos por la posesión de la bella lo, quien a pesar de haber sido convertida en vaca por Júpiter, sigue siendo deseada por Mercurio, quien, escondiéndose en las sombras de la noche, asesina a Argos; por su formato y tema mitológico formaría pareja con la Venus; las pinceladas pastosas y abocetadas, y su colorismo, también la ponen a su altura. Por sus tonos rosados y nacarados debe de ser de esa época el retrato del «loco» v. Juan de Austria, en cuyo fondo posiblemente se representa la batalla de Lepanto como ironía histórica.
      Las obras cumbres de estos últimos momentos de v. son Las Meninas y Las hilanderas. La primera es llamada "en los inventarios palaciegos el cuadro de La familia, puesto que representaba a la real. Nadie había osado sustituir tal denominación hasta que Pedro de Madrazo (1843) le da el nombre con que generalmente se le designa. Es de notar que el término portugués menina -muchachita- se aplicaba en el Palacio de Madrid a las doncellas de honor. Desde su realización, la fama de este cuadro fue en aumento. Lucas Jordán le llama «Teología de la pintura». En el s. XIX, el romántico T. Gautier, asombrado por su espacialidad, inquirió: «¿Dónde está el cuadro?»; con esta pregunta se abre el problema de su volumetría. Sin embargo, ésta es tan sólo una de tantas interrogantes que suscita Las Meninas. Así, Camón considera que no se trata de un «espacio pasivo» , como en la pintura anterior, sino que su profundidad la determinan las «interdistancias», por la luz y por las «recíprocas relaciones entre las cosas» y las actitudes de los personajes, lo cual crea «una complejidad espacial densa y palpable».
      La ambientación tiene lugar en el «cuarto bajo del Príncipe Baltasar Carlos», en esa época convertido en obrador de Yelázquez. La atmósfera es tratada poéticamente; ello lo intensifican las sobrias paredes, en las que aparecen copias de Rubens efectuadas por Mazo, su yerno. La falta de enlosado, que neutraliza el suelo, obliga a sustituir la perspectiva óptica por una nueva basada en el espacio. Aunque la ambientación es real, la idealización atmosférica y la sistematización perspectívica conseguida por medio de un sistema colorista iniciado por los venecianos, el fundido, logran una simplicidad casi monocroma, semejante a la de alguna de las obras maestras de Rembrandt. Para su consecución, se ha sincopado el espacio con escalonadas manchas luminosas, intercaladas con sombras que resbalan sobre el pavimiento y las paredes.
      La distribución de las figuras perspectívicamente está compuesta siguiendo las leyes de la «divina proporción» . Así, desde una puerta invisible para el espectador, correspondiente con la del fondo, un primer chorro luminoso enfoca a las figuras del primer término, mientras que, desde los balcones, alternativamente otros focos van iluminando o desenfocando con contraluces a los personajes. De esta manera, por la puerta del fondo penetra un gran torrente de luz, acentuando el relieve perspectíyico e hiriendo la retina del espectador. Con ello, se logra el más perfecto ejemplo de perspectiva aérea de toda la pintura. Mas así se ha dado al cuadro un sentido de movimiento balanceante de dentro afuera y de afuera hacia el interior, ayudado por otros elementos como el bastidor y la puerta del fondo, que son usados por Y. como reposoires pata dispersar y reflejar la luz, consiguiéndose, como ha dicho Birkmeyer, una cuarta dimensión. Los principales personajes, al fijar su mirada sobre el espectador, acentúan esta tensión; y los mismos reyes reflejados en el espejo hacen que la proyección del cuadro hacia el exterior se intensifique, pues estos personajes estarían situados en el exterior del cuadro, casi en el borde, más o menos en el lugar donde Y. pintó el cuadro, como ha demostrado entre otros Moya y Mestre.
      A pesar de tan complicada escenografía, Las Meninas da tal sensación de sencillez que ha hecho decir a Ortega: «de puro sencilla, es fabulosamente sublime». Los personajes, comenzando por la izquierda y formando una línea ondulatoria, son: Y., Isabel de Yelasco, la infanta Margarita, María Agustina Sarmiento, y los enanos Maribárbola y Nicolás Pertusato; en segundo término, la dueña Marcela de Ulloa y el guardadamas Diego de Azcona (?); al fondo, en la escalinata, el aposentador de palacio José Nieto Yelázquez; y, como hemos dicho, en el espejo, los reyes. Sin embargo, existe otro personaje importante e invisible: el espectador. Agudamente, Orozco Díaz ha indicado: «somos como otro personaje que hemos entreabierto otra puerta, y, "con instintiva curiosidad, nos quedámos mirando lo que pasa en el recinto en que pinta Velazquez».
      Posiblemente, la última gran composición póstuma de V. es Las hilanderas. Angulo redescubrió la antigua denominación del cuadro: La fábula de Aracne. El asunto lo tomó Y. de Las Metamorfosis de Ovidio; Minerva, la diosa de las armas y de las letras, se considera como la más importante tejedora del universo; mas en Lidia, la joven Aracne realiza tejidos que causan la admiración de 1a comarca; Minerva le reta a un concurso. En esta pintura, en primer término, aparece la disputa, basadas las
      dos figuras principales en sendos ignudi de Miguel Angel, en la Capilla Sixtina. Mientras, en el fondo se muestra el instante de la venganza. La diosa (defensqra del poder) convierte en araña a la joven lidia (la rebeldía), sirviéndole de fondo el tapiz con El rapto de Europa ( denigración de Júpiter, al sacar a luz sus devaneos), tomado del cuadro de Tiziano, entonces en el Alcázar madrileño. En el primer término del fondo, al lado de unas damas que contemplan la escena, hay un violonchelo, como ha demostrado Azcárate, basándose en la Iconología de Ripa, y que representa una visión simbológica de la obediencia a la Monarquía y el castigo de los rebeldes; alusión política a la España de entonces, que confirma la teoría de Tolnay del neoplatonismo de este cuadro. Ahora bien, Pérez de Moya (ed. 1585, p. 262) considera que el mito de Aracne simboliza «la ira que ocupa, a los que ven despreciar, y abatir las obras que ellos han hecho con mucha industria, y largo trabajo», lo que otra vez significaría la envidia.
      V. basándose siempre en un mundo tangible, toma como fuente de inspiración la fábrica de restauración de tapices de S. Isabel, en Madrid. Justi, ignorando los precedentes franceses y holandeses, proclamó que era la primera vez que se representaba un taller pictóricamente, «la beatería socialista de primeros de siglo -indica Ortega- acogió con fervor esta fórmula» ; mas el ilustre pensador reconoce que «ninguna de las figuras está individualizada, ...sin duda para impedir que la atención se fije en ningún componente particular del cuadro y sea éste en su totalidad quien actúe sobre el contemplador» ; razón tiene, pues en este cuadro, como indicó Azcárate, sólo hay un protagonista esencial: el símbolo al servicio del Estado. Al acompasar la armonía compositiva junto con la iluminación, como hizo en Las Meninas, y al lograr una técnica más fluida que en este cuadro, casi de fresquista, le convierte en una de las cimas del arte.
      Los últimos retratos de V ., realizados después de Las hilanderas, son: el del Príncipe Felipe Próspero, que lo pinta junto a un perrito recostado sobre un sillón; es ésta una de las más deliciosas pinturas animalistas de V .; y el de la Infanta Margarita, de ocho años de edad; ambos son de 1659, y se encuentran en el Museo de Viena. Un año más tarde comienza la ejecución de otro retrato de la infanta, mas el óbito de V. el 6 ag. 1660 hace que lo termine su yerno Mazo. Posiblemente, la enfermedad que le produce la muerte la contrae en la primavera del mismo año, cuando como aposentador de palacio decora el lugar donde, en la isla de los Faisanes, en el río Bidasoa, van a contraer matrimonio la infanta María Teresa y Luis XIV; cuando regresa el 26 de junio está agotado.
      V ., después de su retorno de I talia en 1652 había sido nombrado aposentador mayor de Palacio, lo que le obligaba a la administración. de ciertas obras de arquitectura, a la ornamentación de salones palaciegos ya la instalación de residencias reales. Así, organiza la decoración de algunas salas en El Escorial; aunque posiblemente las obras máximas en este sentido sean la dirección de las decoraciones del Salón de los Espejos en el Alcázar y la del Salón de Reinos en el Palacio del Buen Retiro, dentro del barroco decorativo, pues según Bonet Correa «      

(Indice)

Zurbarán, Francisco de (1598-1664)
Zurbarán fue un genial pintor de la época barroca española. Vivió durante el siglo XVII, es decir, en el primer Barroco. Fue coetáneo de los grandes pintores del Siglo de Oro, como Velázquez, Murillo, Ribalta y Ribera. Su estilo se mantuvo prácticamente invariable, mientras que el de los anteriores iba evolucionando. Esta inmovilidad fue durante varias décadas el secreto de su éxito, pero terminó por condenar su carrera artística. Hijo de un comerciante o tendero, nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598. De sus primeros años nada se sabe, aunque podría suponerse que el padre deseara transmitirle el negocio y, por tanto, lo educara en el mismo. Sin embargo, en 1614 Pedro Díaz de Villanueva, pintor de Sevilla, lo toma como aprendiz con 16 años, durante 3 años. Desconocemos los motivos que llevaron a su padre a inscribirle en este taller, pues lo normal era que existiera una vinculación familiar con el gremio en el que se desarrollaba la formación profesional de los jóvenes. Tal vez unas excepcionales dotes para el dibujo inclinaron a sus progenitores por esta profesión. Cuando Zurbarán comienza de aprendiz, el panorama artístico de esos años era muy fértil. Sevilla era una ciudad próspera y la producción de pintura y escultura marchaba a un ritmo espectacular, apoyado por los encargos de la clientela religiosa y las ventas de pintura a América (todos los barcos rumbo al nuevo continente partían de esta populosa urbe). Las principales personalidades artísticas del momento eran Francisco Pacheco, Juan de Roelas y Francisco de Herrera, el Viejo. De estos tres, el más importante sin duda era el taller de Pacheco, quien quería dotarlo de rasgos de Academia, a la manera italiana. Siendo el taller de mayor éxito, encontramos en sus jóvenes aprendices a personalidades de la talla de Velázquez, quien figura en el taller de Pacheco en el año 1610, con 11 años; esto nos indica que cuando Zurbarán se inicia como aprendiz con 16 años, Velázquez, de 15 años, ya lleva estudiando cuatro años. Otro insigne alumno era Alonso Cano, que consta en el taller Pacheco en 1616, con 15 años. De la nueva generación a la que corresponde Zurbarán tan sólo nos queda citar en Sevilla a Francisco de Herrera el Mozo, hijo de Herrera el Viejo. Es algo más joven que los pintores mencionados, pero su estilo se desenvolvería por caminos similares, siguiendo las enseñanzas de su padre. Al terminar el aprendizaje, Zurbarán no regresa a su pueblo, sino al vecino: Llerena. Se establece con 18 años como pintor y al año siguiente contrae matrimonio por primera vez: ella es una mujer viuda, diez años mayor, María Páez. Este rasgo se mantuvo en las tres esposas de Zurbarán, que solían ser mayores que él y de familias acomodadas de comerciantes. Se casan en 1618 y ella muere en 1623. En 1625 se casará con Beatriz de Morales, también viuda y mayor que él. La rapidez en el nuevo matrimonio puede explicarse por la presencia de hijos pequeños de la primera esposa, que había que criar y educar adecuadamente. Zurbarán mantiene a su ya abundante familia con los clientes que consigue en su tierra. Sus primeros encargos para Llerena consisten en pequeñas obras secundarias y en algunos diseños urbanísticos: una fuente, por ejemplo, para la plaza. Sin embargo su talento comienza a ser conocido: en 1626 recibe un encargo para el convento de San Pablo el Real de Sevilla, de nada menos que 21 lienzos. El gran número de lienzos indica que Zurbarán ya había formado un taller para satisfacer todos los encargos, y que bajo su dirección trabajaban varios oficiales y aprendices. De otro modo, al pintor le hubiera resultado imposible terminar el trabajo a tiempo. Si pensamos que Zurbarán era un pintor todavía joven y relativamente poco conocido, puede sorprender la importancia del encargo. Una explicación podría encontrarse en el competitivo mercado sevillano: la producción de pintura se encontraba monopolizada en los talleres de los grandes maestros reconocidos (Pacheco, Roelas, V