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general de Hispánica

Luis Vives






"En
España se ha prestado rara vez trascendencia al juego combinatorio
de conceptos puros, que tanto entusiasma y obsesiona a los
plasmadores de ciudades ideales ficticias, y ello ha contribuido a
que se la juzgue desposeída de historia y hasta de espíritu
especuladores. Pueblo al que importa, y con razón, mucho más la
norma que la idea o el vivir que el abstraer, ha preferido siempre,
a las divagaciones nebulosas sobre lo trascendente e impalpable, los
análisis prácticos y las cristalizaciones ideológicas y
sentimentales que la mente fragua en su roce con la vida. De ahí
que sus pensadores sean teólogos, moralistas, juristas, novelistas,
místicos y dramaturgos, antes que metafísicos, y que se
caractericen todos, desde la antigüedad hasta hoy, por una
ponderación armónica de criterio, que no es sino intuición analítico-práctica
del mundo y de las cosas. Pero si la filosofía no ha de reducirse a
entender de entitáculos y mónadas, sino que ha de investigar lo
fundamental que hay en los fenómenos, cualquiera que sea su
naturaleza y orden, no sé con qué derecho ha de negarse el título
de filósofos a quienes los ahonden y examinen al margen, en los
confines o fuera del campo de la metafísica pura. Poned frente a
las cosas un hombre de talento, que se esfuerce por explicarse, de
manera algo más que vulgar, las [434] relaciones en que se muestran
armonizadas y el ser íntimo que las constituye, y, prescindiendo
del método con que lo haga o del camino que al hacerlo elija y aun
del sistema que haciéndolo forje, será un filósofo verdadero y
dará origen, con el despliegue de su actividad reflexiva, a
estudios de filósofo.
Desconocer
que la historia ideológica de España cuenta con pensadores nada
escasos de esa índole, es dar de espaldas a la evidencia o sentar
plaza de tonto queriendo hacer de supersabio. Sin traer a cuento el
nombre de los Dii minores del pensamiento español en la época
romana: Quintiliano, Anneo Sereno y Moderato de Cádiz, que apenas sí
son conocidos más que por referencias, bien que autorizadas, nadie
que conozca, siquier sea de oídas, el movimiento histórico de las
ideas, se atreverá a poner en tela de juicio la sobresaliente
personalidad filosófica del españolísimo Séneca, quien, si no
hubo de legarnos disquisiciones profundas de carácter metafísico,
acorde con su adoctrinante y española máxima: facere docet
philosophia, non dicere, nos transmitió un caudal de riqueza
moral tan copioso y selecto, que no sólo ha servido de latente
savia a cuantas doctrinas estoicas o estoizantes han aparecido
dentro o fuera de las corrientes cristianas, desde el tiempo en que
vivió hasta el en que Kant y Krause resucitaron su teoría de la bona
voluntas y del deber estricto, sino que aun hoy, existiendo
tantas obras confortadoras y alentantes, ejerce de estímulo eficaz
en la entonación de las vidas decadentes o destrozadas. Ni antes,
ni después de Séneca, ha existido un filósofo capaz de superarle
como moralista. Por la magnificencia y serenidad de su pensamiento y
el enorme y prolongado influjo que en la cultura universal ha
llegado a adquirir, sólo es comparable con los dos colosos de la
especulación griega.
No son tan
conspicuos y excelsos, sin duda, los representantes españoles que
el cultivo de la filosofía puede ofrecer en las épocas posteriores
e inmediatas a la dicha; pero, si se comparan con los coetáneos de
otras naciones, se advierte que en nada desmerecen de ellos, si no
es que en mucho les superan. Poco, en efecto, tienen que envidiar a
Mamerto Claudiano, Luciniano de Cartagena y el Dumiense, y tanto,
por lo menos, como Beda, Casiodoro, Boecio, Rábano Mauro y Alcuino
valen San Isidoro, San Julián, el más hondo pensador, acaso, de la
escuela de Toledo, y Tajón. Sabido es que las Sentencias de
éste y las del mitrado de Sevilla sirvieron de modelo a las famosas
de Pedro Lombardo, y que las Etimologías hubieron de
constituir en la Edad Media una enciclopedia indispensable. Aun la
figura algo borrosa de Prisciliano se destaca con bastante relieve
en la historia de las ideas, desde que el [435] descubrimiento de
once de sus opúsculos en Würzburg le ha hecho considerar como
introductor del agnosticismo y del panteísmo en la especulación
medioévica.
Con el
reinado de Alfonso VII, el movimiento ideológico anterior se
intensifica y ensancha. Fue entonces cuando Toledo se convirtió en
motor y centro de la cultura europea con su célebre colegio de
traductores, al que Europa debe su iniciación en el conocimiento de
las fuentes filosóficas griegas y árabes, así como el usufructo
de las obras más importantes de Física, Alquimia, Astronomía,
Medicina, Matemáticas y Ciencias naturales, que a la sazón existían.
Aunque no hubiese prestado España otro servicio a la cultura
universal que el representado por este esfuerzo ideológico
asimilador y difundente, él bastaría para atraerla el respeto y la
gratitud indeclinables de la Humanidad y para reducir a silencio a
los numerosos y atrevidos Zoilos que a cada paso le salen, negándola,
más quizá por ignorancia o pedantería que por mala fe, toda
intervención en las conquistas generales y gloriosas de la
inteligencia.
Miembro
esclarecido del inmortal Colegio del Arzobispo D. Raimundo fue, sin
hablar de Juan Hispalense, Domingo Gundisalvo. En pocas obras
medievales raya la especulación unicista y armónica a tanta altura
como en su Liber de unitate, que, acaso, sirvió de inspiración
a David de Dinand y Enrique de Gante en el fraguado de sus teorías
panteísticas, y se topan el penetrante buen sentido y la bien
digerida erudición, que se encuentran en sus jugosos estudios De
divisiones philosophiae y de Inmortalitate animae,
usufructuados a la larga por hombres como San Buenaventura y Alberto
Magno. Con razón dice Wulf que el influjo de las obras de nuestro
filósofo «domina los numerosos tratados similares del siglo XIII».
Gundisalvo no es sólo el «primer apóstol del armonismo platónico-aristotélico»,
como le ha llamado G. Bülow, sino uno de los más grandes
pensadores medievales y, desde luego, el panteísta más lógico y
radical de esa época.
Por ese
mismo tiempo, y en otros a él inmediatamente anteriores o sucesivos,
floreció en nuestro país, importada del Oriente arábigo y
nestoriano la filosofía muslímico-judaica, con sello español tan
definido o propio como el que constituyen su armonismo ontológico,
su psicologismo analizador e introspicente y su misticismo fogoso,
contagiado de racionalismo extremo. Citar a sus más conspicuos
mantenedores y farautes: Avicebrón, Avempace, Abentofail, Maimónides
y Averroes es ya decir, como en siglas y por entero, lo que en la
especulación ella es y significa. Raros serán los nombres que tal
[435] resonancia hayan lograrlo al fluir de varias centurias en las
escuelas filosóficas del más diverso carácter. Desde los
comienzos de la Edad Media hasta bien entrado el Renacimiento, las
doctrinas metafísico-psicológicas del autor del Fons vitae
y las del famoso Comentator se infiltran en la sangre
arterial de todos los sistemas vigentes, así teúrgicos, místicos
y panteísticos, como escolásticos. De éstos, el escotista, sobre
todo, debe a nuestros especuladores árabes y judíos muy buena y
especial parte de sus soluciones y atisbos.
Combatiéndolos
a sangre y fuego compuso y dio a luz Raimundo Martí su excelente y
maciza Pugio fidei, aprovechada por Santo Tomás en su Summa
contra gentiles y por Pascal en sus áureos Pensamientos,
y el gran Lulio su sistema sintético-realista, una de las
estructuraciones ideológicas más valiosas e ingentes de que puede
ufanarse el pensamiento, porque en ella se une la gracia de
remontarse a las más altas cumbres del abstraer, visible en la
tendencia que anima el Ars magna de fundir lo individual y lo
genérico en la gnosis científica y lo fenoménico y lo formal en
la realidad, con la noble y encendida pasión, que se manifiesta en
las Contemplaciones, de «franciscanizar» el mundo y la
ciencia envolviendo una y otro en una atmósfera de condensado y
ardiente misticismo. No en vano ha sido Lulio objeto de comentarios
y de ataques numerosos y vivos por parte de escolásticos y
antiescolásticos y ha llegado a merecer que se incluyan en la lista
de sus discípulos, o por lo menos deudores doctrinales a hombres
como Leibniz, Jordán Bruno y Gassendi. Su personalidad es de
pujanza, más que vigorosa, genial, y los genios no inspiran sino
adhesiones o enemigas.
Aunque con
pena, hay que dejar al margen a nuestros filósofos
prerrenacentistas, entre los que se cuentan hombres de tanta
notoriedad y valía como Raimundo Sabunde, Pedro Ciruelo e Hispano,
el Tostado, Alonso de Cartagena, Francisco Eximenis y Fernando de Córdoba,
para dar cabida en este desfile cinematográfico de pensadores españoles
a los que, en la aurora y en el cénit de nuestro siglo de oro,
representaron con tanta gallardía la mentalidad de la raza.
Sigue
siendo lugar común de rezagados y diletantes la creencia de que,
según textualmente dicen Frischeisen-Köhler y Willy Moog: «Spanien
hat keine eigentliche Renaissance erlebt.» No basta aducir en
contra el hecho significativo de que, constituyendo la esencia del
Renacimiento la explotación docta de las fuentes grecolatinas de la
cultura, nosotros poseyésemos, a la sazón, helenistas y latinistas
de la talla gigantesca de Arias Montano, el Brocense, Nebrija, García
Barbosa, el Comendador y Páez de Castro, verdadero
padre de la filología moderna. No basta hacer notar que de los tres
grandes cerebros que en Europa se pusieron al frente del movimiento
humanista: Guillermo Budé, Erasmo y Luis Vives, el más vigoroso,
abarcador y macizo era el del último; la rutina y la ignorancia de
los extraños y el mimetismo mental de los propios continúa
sosteniendo y dando aire a la burda e infundadísima especie.
Contra los
hechos no valen, sin embargo, argucias ni prejuicios, por seculares
que éstos sean. La simple comparación de los pensadores de la época
pone de relieve cuan por encima de las otras naciones, sin exceptuar
acaso Italia, se había en cultura la España décimoseis y décimosietecentista.
Y no es que aquéllos, por su número y actividad, produjesen en
ella una efervescencia ideológica más subida de tensión que la
existente en otros países; es que eran de valer más positivo. Sin
duda que el juicio no cuenta a su favor el refrendado de historiógrafos
específicos de nota que, como Wulf, verbigracia, dedican una página
corrida a Pedro Ramos, mientras dejan en silencio o citan de pasada
a Sepúlveda, Juan Núñez y Gouvea, que valían infinitamente más
que aquel mediocrísimo dialéctico, o como el Ueberweg ni siquiera
nombran, entre otros muchos dignos de ese honor, a Fox Morcillo, Gélida
y Huarte, cuando hasta el más pedestre filosofastro de aldea tiene
cabida en su Autorenverzeichnis; pero no siempre son criterio
seguro de apreciación valoratoria las clasificaciones oficiales de
objetos y personas. Quien, prescindiendo de las que al caso atañen,
discurra por sí mismo y, previo análisis de obras y autores,
confronte méritos con méritos, llegará a convencerse de que no es
tan fácil dar a la sazón en ningún pueblo de Europa con peripatéticos,
rígidos o templados, de tanto relieve como Vergara, Victoria,
Cardillo de Villalpando, Soto, Cano, Martínez de Brea y, sobre todo,
Suárez; ni con platónicos que sobrepujen a Judas Abarbanel,
Morcillo, Miguel Servet y Fray Luis de León; ni con naturalistas o
psicólogos que anulen o ensombrezcan a Vallés, Sabuco de Nantes, Gómez
Pereira y al originalísimo Huarte, que es quien de verdad merece la
gloria de que disfruta el canciller Bacon; ni con eclécticos o críticos
que se consideren rebajados por figurar a la vera de Francisco Sánchez,
Pedro de Valencia y Luis Vives. Cualquiera de ellos, y otros que se
podría añadir, son de bastante más estatura mental que Cornelio
Agripa y Paracelso y algunos más fantoches, enaltecidos y
considerados como figuras de primer orden en muchas historias
corrientes de las ideas. Había de contar la filosofía española
del tiempo con sólo Vives, a [436] quien Lange ha llamado «el
mayor reformador de la filosofía de su época, el precursor de
Bacon y Descartes y una de las inteligencias más luminosas del
siglo XVI», y con Suárez, de quien dijo Grocio que «es el más
penetrante de los filósofos y teólogos» y constituiría ya entre
sus homólogas y existentes, anteriores o sucedáneas, una de las más
acreedoras a consideración y estima. El propio Wulf afirma, refiriéndose
a los que de ella formaban en el sector escolástico, que «eran de
talla suficiente para medirse sin mengua con los antiescolásticos
coetáneos».
Con todo,
la lista de los representantes esclarecidos del pensamiento español
en los siglos de referencia no puede juzgarse cerrada con los
nombres acabados de aducir. A ellos hay que agregar los muy ilustres
y numerosos de nuestros místicos. Para quienes a la mera cita de lo
trascendental sienten dislocado el espíritu y demudada la color del
rostro, Santa Teresa de Jesús o Fray Luis de León no pasan de la
categoría de puros merodeadores de los campos imaginativos. Ellos y
los que en su compañía forman la gloriosa escuela mística de
nuestro país, la más ponderada y valiosa que en el mundo haya,
son, sin embargo, pensadores de alto y sostenido vuelo. Lo serían
ya en grado muy subido por las maravillosas intuiciones estéticas
de que hacen gala en sus transportes afectuosos al mundo de la
Belleza absoluta y por las atrevidas y luminosas excursiones
investigadoras que realizan al través de la ontología trascendente
o en torno de la «idea ultima»; pero lo son de manera más
estricta y profunda por los minuciosos y atinados análisis que
llevan a término en el propio yo, así cuando se circunscribe a sus
fronteras naturales como cuando se interna en las zonas arcánicas
de la realidad suprasensible. Sin evidente injusticia no se les
puede negar el mérito extraordinario de haber contribuido como
nadie, con esa introspección equilibrada y aguda de la conciencia,
a promover en el estudio del hombre la observación psicológica de
que hoy nos envanecemos.
Con el
siglo XVIII, el espíritu español entra en período de innegable
postración desde el punto de vista especulativo. Generalizada la
tendencia positiva que el mecanismo cartesiano y el empirismo
sensualista hicieron prevalecer en el movimiento de las ideas, la
investigación filosófica, que tiene el escarceo metafísico por
base, tenía necesariamente que venir muy a menos. No obstante,
nombres como los de Martín Martínez, Caramuel, Eximeno, Piquer, Pérez
y López, Juan Pablo Forner y Hervás y Panduro, el más glorioso de
la filología de la época, bien pueden figurar, sin recomendación
alguna, en cualquier catálogo de investigadores filosóficos.
Hasta el
siglo XIX, menos rico en ellos que su predecesor, los tiene de
significación nada despreciable. Díganlo si no el singularísimo
Mata y el casi estrafalario, pero vigoroso y ocurrente, marqués de
Seoane, como los beneméritos Mestres, Comellas y Codina y Vilá, amén
de Donoso Cortés y del insigne y aun no bien conocido ni apreciado
Balmes, que vale por una legión nutrida; aunque el ilustrado
traductor y adicionante de la Historia de la Filosofía de
Vorländer, Sr. Viqueira, le posponga a Sanz del Río, fundándose,
sin duda, más en simpatías doctrinales que en motivaciones
objetivas de apreciación.
Como puede
inferirse por estas ligerísimas apuntaciones de crítica filosófica,
no hay razón alguna, si no es la que ya aducía con el mismo objeto
Simón Abril: «no leer lo que los varones antiguos escribieron»,
para decir que España no tiene ni ha tenido nunca movimiento filosófico
verdadero. Una excursión rápida y comparativa al través de las
obras escritas por los doctos que aquí se han citado y que podrían
multiplicarse aun por número no dígito, bastaría para que los más
prevenidos en contra de España concluyesen, con Renán, que «es,
en el fondo, una nación tan filosófica como cualquiera otra».
(Bruno
Ibeas, O. S. A)
"Antoniana Margarita", de Gómez Pereira

-
Renacentistas españoles:
- Historia crítica del Pensamiento español, siglos
XVII-XVIII:
- Historia de la Filosofía en España:
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