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general de Hispánica

Benito Jerónimo Feijón



Nebrija,
Elio Antonio de (1444-1522)
Entre los humanistas
más importantes de España destaca la figura de Antonio de Nebrija,
nombre por el que conocemos a Antonio Martínez de Cala y Xarana,
originario de la sevillana localidad de Lebrija. La identificación
del topónimo Lebrija con el antiguo Nebrissa provocaría la
denominación Nebrija. Don Antonio inició sus estudios en
Salamanca, la universidad más prestigiosa de España, para
trasladarse a continuación a Italia donde recorrió sus más
importantes centros de estudios como las universidades de Bolonia,
Roma, Florencia, Pisa y Padua. Tras esta estancia italiana regresó
a Sevilla donde permaneció un periodo de tres años al servicio del
arzobispo de Sevilla. Pasada esta etapa, Nebrija decidió iniciar la
docencia y se trasladó para ello a Salamanca donde se hizo cargo de
las cátedras de gramática y retórica. Su fama llegó a los oídos
del cardenal
Cisneros, quien solicitó la colaboración de don Antonio para
la revisión de los textos griegos y latinos de la "Biblia Políglota
Complutense", una de las mayores empresas de la recién fundada
Universidad sita en Alcalá de Henares. Tras una estancia de cinco años
en Salamanca, donde continuó con su labor docente, regresó a la
universidad madrileña para hacerse cargo de la cátedra de Retórica.
Discípulo del italiano Lorenzo Valla, Nebrija considera su ciencia
como piedra fundamental para la compresión del orden universal.
Dominador de las lenguas latina y griega, la teología, el derecho,
la historia y la cosmografía, don Antonio lucha por el nacimiento
de un hombre nuevo que domine su propio universo. En sus obras
podemos encontrar el camino para alcanzar el objetivo final de la filosofía
renacentista. Entre ellas destacan las dedicadas a la filología
y la gramática: Introduciones latinae (1481), Vocabulario
latino-español (1492), Reglas de ortografía castellana (1517) y
Gramática castellana (1492), siendo esta última la primera que se
escribió de una lengua romance.
(www.artehistoria.com)
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Pulgar,
Hernando del (1436-1493)
Humanista e historiador. Es el historiador más
importante del Reino de los Reyes Católicos, el verdadero cronista
oficial de estos años. Participó también en la vida política,
siendo secretario y embajador. En su 'Crónica' se reflejan los
hechos históricos que se produjeron en su tiempo y de muchos de los
cuales fue testigo ocular. Su obra más celebrada, sin embargo, es 'Claros
varones de Castilla', impresa en Toledo en 1486, y que reúne 24
semblanzas de personajes influyentes de las Cortes de Juan II y
Enrique IV, entre los que destacan los mismos reyes, el marqués de
Santillana, Rodrigo Manrique, el duque de Alba, el arzobispo
Carrillo, el almirante don Fadrique, el duque del Infantado, etc. No
todos los retratos tienen el mismo valor literario y psicológico,
pero sí posee un sentido muy moderno del análisis de las
personalidades, a las que procura describir su mundo interno de
creencias, sentimientos y pasiones. Otros escritos interesantes son
sus 'Letras', dirigidas a altos personajes de la corte, en las que
descuellan el humor, la agudeza de ingenio, la perspicacia, y la
severidad y serenidad que tenían ciertos grandes hombres de aquella
corte y época.
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León
Hebreo (1460-1532)
Judá o Yéhúdah Abrabanel, conocido mejor por León
Hebreo, n. en Lisboa ca. 1460-65. Filósofo, médico y poeta, es uno
de los más significativos representantes del judaísmo dentro del
movimiento renacentista de su tiempo. Hijo de Isaac Abrabanel,
ministro de Hacienda del rey de Portugal, sabemos que ya en 1483
ejercía la medicina; siguió a su padre, huido de Portugal a
Castilla, al sospecharse que había tomado parte en la conjuración
tramada por el duque de Braganza. H. tuvo su primer hijo en España
en 1491; al año siguiente, con motivo de la expulsión de los judíos,
abandonó Castilla y acompañó a su padre al destierro. Su vida es
un continuo peregrinar. Instalado primero en Nápoles, allí aprendió
las doctrinas neoplatónicas de labios de su amigo Pico della
Mirandola (v.). Amatus Lusitanus afirma que, a petición de éste,
H. escribió un interesante estudio acerca de la armonía de los
cielos; este escrito, hoy desaparecido, se guardó algún tiempo en
casa del nieto de Judá Abrabanel, en Salónica. Ocupada Nápoles
por los franceses, huye y se refugia en Génova. .
Durante su corta estancia en esta
ciudad comenzó a escribir su no acabada obra Dialoghi d'amore
(1501-02). La muerte de su segundo hijo, Samuel, nacido en Italia,
le apenó tanto que quiso dejar Génova; así se vio interrumpida su
obra, que no podrá continuar más tarde a causa de sus numerosas
ocupaciones como médico. De Génova sale para Barletta, en Apulia,
donde reside por poco tiempo. Conquistada Nápoles por los españoles,
vuelve a ella y allí compone su Elegia sul mutarsi dei tempi (Elegía
del destino), en la que llora la desgracia de su hijo Isaac, a quien
los cristianos españoles obligaron a recibir el bautismo. Siente en
el alma el destino fatal de su hijo, que ha renegado de la fe de sus
mayores. En esta segunda estancia napolitana recibió una serie de
atenciones por parte de las autoridades españolas. El Gran Capitán
le tomó como médico privado y el emperador Carlos le eximió del
pago de tributo de 115 ducados, impuesto a toda la comunidad hebrea
en Nápoles. Posteriormente vivió en Roma y Venecia. La fecha de su
muerte debe situarse ca. 1530-32, pues en la edición de los diálogos,
hecha por Mariano Lenzi en 1535, se hace mención de la muerte de su
autor, el judío Judá Abrabanel, conocido por L. H. Esta referencia
deshace en buena parte la creencia de su conversión al cristianismo.
La literatura hebrea posterior le ha considerado siempre como una de
sus figuras más importantes, rechazando de plano la pretendida
conversión a la religión cristiana.
Además de los Diálogos de amor y la
Elegía, anteriormente citados, escribió numerosas poesías. Es
autor de la introducción al comentario a los últimos profetas,
escrito por su padre. Se trata de un poema en hebreo de 52 versos,
publicado en 1520. La obra de H. es en esencia un tratado de
divulgación de las doctrinas platónicas. Los diálogos entre Filón,
el amante, y Sofía (la sabiduría), la amada, versan sobre el amor.
La naturaleza del amor (I), su universalidad (II) y su origen (III),
son el tema central de la obra.
Su pensamiento abarca toda la
realidad, y el amor es eJ principio gnoseológico, lógico, ontológico
y ético. Es un platonismo mezclado con ideas neoplatónicas,
aristotélicas, judaicas y cristianas. Un voluntarismo filosófico
en el que el amor es el principio del mundo y el proceso cósmico es
fruto del amoroso. Dentro del pensamiento judío su posición es
conciliadora. Está situado en medio de dos extremismos
representados por Chasdai de Crescas (primacía del amor divino) y
Maimónides (primacía del conocimiento). Algunos creen ver
antecedentes de su obra en Marsilio Ficino. No obstante, es original
y profundo. Ha sido fuente de inspiración en hombres tan preclaros
como fray Luis de León, Malon de Chaide, el padre Nieremberg y
otros más. Incluso Spinoza se nutrió en sus doctrinas.
En torno al problema de la crítica
literaria, está sin resolver si escribió originalmente en español
o en hebreo. Menéndez Pelayo sostuvo en 1884 que lo hizo en español.
Defienden la tesis contraria Sabino Lorenzo y Giuseppe Saitta.
Carlos Montesa hace la primera versión de sus obras al español en
1584 y, poco más tarde (1590), el inca Garcilaso de la Vega hacía
la suya, que dedicaba a la Sacra Católica Real Majestad en prueba
de filial homenaje.
P. GARCíA FIDALGO.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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Galindo, Beatriz
(1475-1534)
Humanista española conocida con el sobrenombre de La Latina. N. en
Salamanca en 1475 y m. en Madrid el 23 nov. 1534; dice su epitafio:
«Aquí yace Beatriz Galindo, la cual, después de la muerte de la
reina católica, se retrujo en este monasterio y en el de la
Concepción Francisca, de esta villa, y vivió haciendo buenas obras
hasta el año 1534, en que falleció.» Consejera y camarista de la
reina Isabel, contribuyó con sus enseñanzas a la difusión de la
lengua latina entre las personas reales. Su recuerdo está hoy mucho
más unido a su condición de preceptora que a cualquiera de los
tratados que se le atribuyen, Comentarios a Aristóteles y Notas
sabias sobre los antiguos, o bien a las Poesías latinas, puestas
bajo su nombre y que, en realidad, ninguna gloria le añaden. Poco
sabemos de su formación, extensión de su cultura y razones que le
impulsaron a imponerse en estudios clásicos. Al parecer estuvo
destinada al claustro, pero se decidió por el estudio. Casó con
Francisco Ramírez de Madrid, el Artillero, secretario de Fernando
V, con quien participó activamente en las guerras de Granada. M. en
1501, y su viuda se recogió al amparo del convento de la Concepción
Jerónima, dedicada por entero a la caridad. Como su figura no es
aislada, hemos de suponer un cierto gusto por la cultura humanista
en determinadas casas y familias detentadoras de una buena formación.
Recordemos los nombres de Juana Contreras, la condesa de Monteagudo,
María Pacheco, Mencía de Mendoza, Isabel de Vergara, la marquesa
de Zenete, la famosa Lucía Medrano y tantas otras que contribuyeron
al gusto por los estudios clásicos, bien en la corte, bien en sus
palacios y casas. La éultura de estas mujeres eruditas no debió
ser desdeñable, pues sus nombres figuran junto a los de hombres
famosos no sólo españoles, sino también italianos; Lucio Marineo
Sículo recordará en sus cartas algunos de estos nombres, entre los
que no falta el de B. G., citada también, y elogiosamente, por
Nicolás Antonio en su Gynecaeum Hispaniae Minervae.
La labor educativa de B. G. fue
decisiva y admirada sin reservas por sus contemporáneos. El rey Católico
sabía latín desde su juventud; el traductor Francisco Vidal de
Nova había sido su maestro. Ante la creciente importancia del
humanismo (v.) y los humanistas, la reina Isabel sintió deseos de
aprender latín en su edad madura, tal vez empujada por las
circunstancias, y contó con el apoyo de su camarera, y tanto debió
aprender o tanto gustó de él, que lo hizo aprender a todos sus
hijos. Juan de Lucena, en su Epístola exhortatoria a las letras,
dice: «La muy clara ninfa Carmenta letras latinas nos dio: perdidas
en nuestra Castilla, esta diva serena las anda buscando... ¿Non
vedes quantos comienzan aprehender mirando su realeza? Lo que los
reyes facen bueno o malo, todos ensayamos de lo facer. Jugaba el rey,
eramos todos tahures; estudia la reina, somos agora estudiantes»
(A. Paz y Meliá, Opúsculos literarios de los siglos XIV a XVI,
Madrid 1892, 216). El humanista Luis Vives recoge muy bien el espíritu
culto de la corte castellana: «La edad nuestra vio aquellas cuatro
hijas de la reina doña Isabel que arriba nombré tener muy buenas
letras. De todas partes me cuentan en esta tierra, y esto con
grandes loores y admiración, la reina doña Juana... haber
respondido de presto en latín... Lo mismo dicen los ingleses de su
reina Doña Catalina de España... y también de las otras dos que
murieron reinas de Portugal» (Instrucción de la mujer cristiana,
Buenos Aires 1940, 26-27).
Hay que aclarar que la cultura latina
aprendida por los infantes debió mucho a las enseñanzas de los
humanistas italianos Alejandro y Antonio Geraldino. Pero la fama de
la preceptora española fue tal que mereció figurar junto a Antonio
de Nebrija (v.) y otros ingenios en algún poema. Tras haber sido
consejera de la reina Isabel y aprovechado también su experiencia
Cisneros y Carlos V, B. G. se retiró de la corte a raíz de la
muerte de su marido, fundó el hospital de la Concepción, llamado
después de La Latina, y dos conventos a los que entregó su
hacienda y su vida.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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Valdés,
Alfonso de (1490-1532)
Escritor español, nacido en Cuenca hacia 1490 y muerto en Viena el
3 de octubre de 1532. Figura fundamental del humanismo erasmista
español, representa el momento de mayor plenitud del césar Carlos,
a cuyo servicio puso su pluma y sus dotes diplomáticas.
Vida y obra: En el s. XVI Cuenca fue
una de las ciudades más afectadas por el protestantismo; en la
provincia hubo fuertes y persistentes núcleos no sólo de
erasmistas sino de alumbrados. Nada tiene de extraño que la familia
V. simpatizara con las nuevas ideas. La vida y las circunstancias de
ambos hermanos se encargaron del resto. Por conjeturas se cree fue
discípulo del humanista Pedro Mártir y que estudió en las
Universidad de Alcalá y Bolonia. Es muy probable que al igual que
otros ingenios se formara en la lectura y observación. Debió
seguir la carrera de leyes según se deduce de posteriores hechos de
su vida. A partir de 1520 le encontraremos metido de lleno en la
vida política. Partidario del Emperador desde los primeros tiempos,
éste premió sus servicios con distintos cargos, desde redactor
oficial de cartas latinas hasta secretario y diplomático encargado
de la enmarañada política española seguida con Roma y otras repúblicas
italianas. Tuvo oportunidad de viajar a menudo por Italia y el
Imperio y es casi seguro que su amistad epistolar con Erasmo se
hiciera más íntima por estas fechas. Su correspondencia con el
humanista holandés data de 1525. Como representante de Carlos V en
la Dieta de Augsburgo, entabló relaciones con algunos reformadores,
como con Melanchton, pero la influencia de éstos fue en él muy
superficial. Su verdadero mentor espiritual fue Erasmo ya través de
la doctrina erasmiana juzga la vida de la Iglesia católica y modela
su propia espiritualidad. No sólo por sus obras sino por su misma
vida política que le puso en gran relación con los reformadores,
hubo de enfrentarse con la Inquisición y si salió libre de culpa
fue debido a que los integrantes más conspicuos del Tribunal
estaban tocados de erasmismo.
V. no llegó a conocer la violenta
reacción de las órdenes religiosas ni el sesgo inesperado de la
política imperial. En su tiempo aún se creía en un arreglo pacífico.
Tan es así que el mismo papa Clemente VII le absolvió de la
acusación de herejía y no tuvo problemas mayores para la publicación
en Nápoles de sus dos únicas obras. Murió en Viena víctima de la
peste y nos consta su confesión de fe católica. En buena ley no
podemos considerar al escritor como un auténtico heterodoxo. Fué
un típico representante de un momento de confusión espiritual que
sintió como pocos el deseo de una verdadera reforma. Su actitud
doctrinal está expuesta en dos obras dialogadas al estilo de las sátiras
lucianescas, el Diálogo de Lactancio y un arcediano o De las cosas
ocurridas en Roma, y el Diálogo de Mercurio y Carón. El primero
tiene un marcado matiz político, la defensa del Emperador ante el
asalto de sus tropas a Roma y el consiguiente saqueo de la ciudad, y
el segundo se ambienta en un campo más doctrinal, aunque en él
haga gala de abierta franco fobia.
El erasmismo de Valdés. El erasmismo
como una corriente del pensamiento cristiano ejerció una influencia
decisiva durante 20 años en la formación intelectual y religiosa
de múltiples españoles de muy variada condición. V. fue uno de
los teóricos de dicho movimiento. Al igual que Erasmo, deseaba con
todo ardor la vigorización del espíritu cristiano, pero en el
interior de la persona, de un modo casi íntimo que sustituyera el
aparato y artificio de algunos ambientes eclesiásticos
renacentistas. Lo cierto es que el punto de partida de toda la crítica
valdesiana arranca de una verdad incuestionable: la visible
paganización de ciertos sectores clericales, que provocaban más
escándalos y desviaciones que cualquiera otra cuestión. Erasmo
procuró con sus escritos renovar la espiritualidad ahogada por una
práctica demasiado externa del culto. Sus escritos coincidieron con
la eclosión violenta del luteranismo y hasta cierto punto la
atizaron; de ahí la prevención que las Órdenes religiosas
sintieron por todo lo erasmista. La posición oficial, al menos
hasta 1536, está definida por el pensamiento de Valdés expuesto en
sus dos obras, que si bien en su tiempo fueron piedra de escándalo,
hoy nos hacen sonreír levemente.
El Diálogo de Lactancio y un
arcediano interesa más como documento de época que por la valía
de su estilo. Su prosa es llana, directa, a ratos elegante, en
muchos momentos atropellada, pero siempre chispeante por el tono de
fina diatriba o de grueso humor, con toque de fina observación a lo
Maquiavelo. La parcialidad es evidente. v. sólo ve una cara de la
realidad. En la Roma renacentista sorprende el pecado, el vicio y el
lujo, pero no tiene un elogio para la protección del arte por esos
mismos a los que critica. Lactancio expone el pensamiento del autor
y sus argumentos son harto débiles en muchas ocasiones, cuando no
tendenciosos en otras. Tampoco se puede afirmar que sean «vulgarísimas
acusaciones de sacristía»: hay momentos en que la razón está de
parte del autor, aunque una innata tendencia a la hipérbole
negativa reste objetividad al diálogo.
Resuelta definitivamente la
paternidad de Diálogo de Mercurio y Carón a favor de V ., ésta es
la obra madura y perfecta que define la actividad espiritual de un
hombre y compendia, al mismo tiempo, toda una corriente literaria
satírica nacida en la Grecia posclásica y que, latente en forma de
Danzas a lo largo de la Edad Media, encontró su verdadera expresión
en esta época. El diálogo lucianesco sirvió a v. para exponer sus
anhelos de sed e infinito, para desnudar su alma llena de paz
interior en violento y desgarrado contraste con una serie de figuras
encarnadoras de un cristianismo huero y retórico. El obispo y el
predicador, el rey y el duque, el hipócrita, etc., forman una galería
de almas rutinarias, sin deseo de renovación y que con su egoísmo
causan más daño que provecho a la Iglesia. Frente a ellas están
las almas buenas con su doctrina intimista rayana en el iluminismo y
paliada por el chispeante diálogo político de Mercurio y Carón.
Su ideología está muy lejos de nuestra mentalidad, pero no
olvidemos que Valdés vivió uno de los momentos más
trascendentales de la historia y fue uno de sus intérpretes y, más
aún, uno de los hombres que con más pasión los vivió.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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Fray Antonio de Guevara (1480-1545)
Escritor español n. probablemente en Treceño hacia
1480 y m. en Mondoñedo (Lugo) en 1545.
Biografía. El mismo G. habló de su
familia oriunda de las Asturias de Santillana, pero nada precisó
respecto a su pueblo natal. Deducimos la fecha de nacimiento, porque
siendo niño pasó a la corte como paje del príncipe Juan y es
probable que recibiera lecciones del humanista Pedro Mártir de
Anglería (v.). Desde entonces, Antonio de Guevara y de Noroña
comienza su carrera de cortesano y hombre de mundo no abandonada
hasta los últimos años de su vida. Una crisis de conciencia,
agudizada después de la muerte del Príncipe, le indujo a ingresar
en la Orden franciscana. Hombre dotado de una gran facilidad de
palabra, se impuso por sus condiciones naturales de orador; la fama
de sus sermones le llevó de nuevo a la corte, donde consiguió el
honroso cargo de predicador oficial y algo más tarde el de cronista
del reino. Durante los primeros años de vida religiosa también
vivió con intensidad la política y los negocios públicos, desde
su cargo de consejero privado de Gonzalo de Córdoba. EJ momento más
decisivo de la política española, la guerra de las Comunidades, lo
salvó con decoro y habilidad. Triunfante eJ partido imperial, atacó
sin piedad a los comuneros. Carlos V recompensó con creces eJ
decidido apoyo prestado por G. a su causa y le nombró inquisidor de
Toledo; en distintos momentos le propuso, también, como obispo de
Guadix y Mondoñedo. Hombre emprendedor y belicoso, no se conformó
con la vida brillante de la corte, sino que siguió al Emperador en
varias de sus salidas por las tierras del Imperio. Participó en la
expedición militar de castigo a Túnez y en la entrevista Carlos
I-Francisco I. Cuando se cansó del ajetreo de la vida diplomática
y política, se retiró a su sede de Mondoñedo, tal vez para
justificar la doctrina expuesta en Menosprecio de corte y alabanza
de aldea.
Creación literaria. Pero lo que le
dio más gloria fueron sus obras, tan variadas en temática y tan
ricas en recursos expresivos. Los trabajos literarios de G. corrían
manuscritos entre los cortesanos y eran admirados por su estilo
pulido y retórico, por la variedad y ciencia que encerraban; hasta
tal punto se aficionaron a ellos que el escritor no tuvo más
remedio que imprimirlos, con objeto de fijar el texto, bastante
alterado en las copias. La primera obra impresa fue el Libro llamado
Relox de príncipes o Libro áureo del Emperador Marco Aurelio
(1529). Es una novela miscelánea, fruto de su tiempo. Hay en ella
abundante erudición, reflejada en incontables citas sacadas de
autores clásicos, sabrosas disquisiciones, artificios de todas
clases, anécdotas picantes, sentencias al estilo tradicional y
renacentista, una novela pseudohistórica y una teoría educacional
y del estado. En principio G. sólo quiso hacer una obra pedagógica
donde se expondrían todas las enseñanzas necesarias a un príncipe
para ser buen cristiano, mejor gobernante y excelente padre de
familia. Más tarde quiso demostrar la viabilidad de su teoría e
insertó una historia sacada de los antiguos, aderezada con las
excelencias de su estilo y en la que proponía a Marco Aurelio como
modelo doctrinario. El episodio más logrado es el de El villano del
Danubio, canto exaltado a las excelencias de la vida natural, en
contraste violento con el decadentismo vital y ético de la sociedad
romana. La dinámica descripción de la actitud del salvaje es digna
de figurar en las páginas de cualquier escritor barroco de valía.
Tanto interés despertó la fuerza plástica de este tipo que inspiró
a La Fontaine (v.) una de sus más conseguidas composiciones, y a
Hoz y Mota (1622-1714) una comedia barroca (El villano del Danubio).
De 1539 datan tres obras y el comienzo de una cuarta. Menosprecio de
corte y alabanza de aldea es un libro lleno de tópicos y lugares
comunes, y de contrastes intelectuales entre la vida cortesana, tan
amada por G., y la vida natural que hubiera, si es posible creerle,
deseado llevar. La obrita se desarrolla en un tono discreto, monótono
a ratos, pero reflejo fiel de su estilo y arte. Avisos de privados y
doctrina de cortesanos es una obrita pedante sobre esa etiqueta
cortesana tan bien conocida por el autor, llena de observaciones
minuciosas, empedrada de citas y que encaja a la perfección con su
vida. De los inventores del marear y de muchos trabajos que se pasan
en las galeras es uno más de los innumerables tratados de navegación
escritos en aquel tiempo y que revela la afición de los españoles
por el arte de marear. No aporta novedad de ninguna clase como no
sea la plasticidad con que describe la terminología marinera.
Comienza por aquel entonces otra obra de gran éxito, las Epístolas
familiares, que durante siete años deleitó a los cortesanos, y que
apreció el público culto de toda Europa. Son un documento
inapreciable para conocer a su autor y, más aún, para adentrarnos
en los secretos de la vida cortesana de su tiempo. Están llenas de
anécdotas interesantes, de cuentos tradicionales como la historia
de las tres enamoradas, y como el de Androcles y el león, extraído
de un relato de Aulio Gelio y adaptado y comentado con eJ título de
Andrónico; de rasgos autobiográficos interesantes, de la
chismografía cortesana, y todo ello con un estilo bastante lineal
dentro de la exuberancia que le caracterizaba. Para hacer honor a su
condición de religioso ha dejado dos muestras de prosa ascética,
El monte Calvario y el Oratorio de religiosos y Exercicio de
virtuosos.
La obra de Guevara inserta en su época.
G. fue el escritor cortesano por excelencia, el hombre más loado
por sus obras y tal vez el español más leído en Europa. Aún hoy
no acertamos a explicarnos el porqué. Quizá la clave de su éxito
se encuentre en su estilo. Frente al clasicismo sencillo y casi
horizontal de la prosa renacentista (pensemos en los Valdés y en el
Lazarillo), hay un marcado regusto por lo desorbitado, ampuloso y
dinámico. G. no se propuso formar escuela y no tuvo conciencia de
su barroquismo: era en él una condición innata, fomentada por la
oratoria, en la que fue un maestro. Es curioso constatar que G. no
fue un caso aislado; también Feliciano de Silva y en menor medida
Luis Milán y Pedro Mexía abusaron de los retorcimientos expresivos
de la lengua. Fue, pues, un gusto de época afortunadamente
desaparecido. Aparte estos recursos, G. tuvo el gran acierto de ser
un escritor variado y ameno. Sus obras abarcaron una amplia gama de
temas, y dentro de una misma obra, la variación afloraba también.
Tuvo el don de la oportunidad.
También se le admiró por su vasta
cultura. Como buen cortesano y alto dignatario eclesiástico fue
hombre de muchas lecturas, profanas y ascéticas, y dentro de ellas,
políticas, retóricas, literarias, históricas, científicas,
piadosas y clásicas. Leyó mucho, pero demasiado de prisa. Muestra
más erudición que ciencia. Él solía quejarse de la falta de
tiempo; verdaderamente, vivió acuciado por cuantiosos quehaceres y
si no los tenía, se los inventaba. Tal vez ésa sea la causa por la
que numerosas citas suelen estar equivocadas. Ahora bien, esas
referencias demuestran que por lo menos echó una ojeada a los
libros, y que éstos fueron bastantes. La acumulación de notas hace
prolija y monótona, fatigosa, la lectura de sus obras, pero era
gusto de la época y él fue hombre de su tiempo. Su prisa de
cortesano y hombre de mundo le llevó a improvisar demasiado, no
corregía sus escritos una vez impresos y se vanagloriaba de que
corrieran copias manuscritas de ellos. He aquí una perfecta
autodefinición: «a la corte me truxeron, aflojo en los ayunos,
quebranto las fiestas, olvido las disciplinas, no hago limosnas,
rezo poco, predico raro, hablo mucho, sufro poco, rezo con tibieza,
presumo mucho, celebro con pereza y como demasiado». Presumir mucho
es un rasgo que encaja a la perfección con su estilo literario.
Facilidad y dominio del léxico,
amplio conocimiento de la retórica clásica, aguda observación de
la realidad circundante, contraste entre lo culto y lo popular,
asonancias y consonancia verbales, acumulación de sinónimos,
paralelismos sin cuento, juegos conceptuales en muchas ocasiones
pueriles, pensamientos opuestos, desmesurada fantasía y humor
socarrón. Todo esto es símbolo de una época. Hay cierta afinidad
entre esta prosa abundante y la vital alegría desenfrenada de la
España imperial. Con el Imperio pudo viajar por Europa y fue
admirado en Francia, Italia, Flandes e Inglaterra, donde parece
haber influido en el primer barroco. Fue casi tan admirado como
Cervantes.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Valdés, Juan de
(1490-1545)
Escritor español, n. en Cuenca hacia 1498 y m. en Nápoles en el
verano de 1541. Representante del iluminismo heterodoxo, interesa
hoy más su perfil de hombre que su doctrina. Confesor de almas,
llevó su propia inquietud espiritual a los selectos ambientes
napolitanos y contribuyó con su enseñanza a una desviada renovación
de la vida religiosa interior .
Vida y obra. Su iluminismo. La
juventud de V. se mueve un poco entre las sombras de la Corte, donde
no llega a jugar el papel preponderante de su hermano En 1524 entró
al servicio del marqués de Villena y en su casa sintió los
primeros anhelos de reforma. Comienzan sus frecuentes contactos con
los alumbrados y tiene como mentor espiritual a Pedro Ruiz de
Alcaraz. Es probable que su estancia en la universidad de Alcalá,
foco de erasmistas y simpatizantes con las nuevas experiencias místicas,
contribuyera a exacerbar su ánimo ya predispuesto a la meditación
y a la práctica intensa de la oración mental. En Alcalá estudió
griego y se aficionó a la lectura de libros bíblicos, que tanto
influyeron en él. En 1529 publica Diálogo de doctrina cristiana,
piedra de escándalo para los auténticos católicos que denunciaron
su obra a la Inquisición. Examinado el libro por un consejo de teólogos
no se le consideró tan grave, aunque su prestigio quedó dañado y
su ortodoxia puesta en entredicho. Parece ser que su marcha a Italia
fue debida a motivos políticos, no religiosos ni de inseguridad
personal. Establecido en Nápoles, llevó a cabo misiones diplomáticas
para las cancillerías imperial y vaticana. Fue camarero de Clemente
VII hasta que en 1535 centra su vida en Nápoles y se dedica, hasta
su muerte, a la enseñanza de su doctrina y a escribir en castellano
o italiano tratados místicos, exégesis de libros bíblicos y una
obra filológica. .
Hombre dotado de una gran
sensibilidad y poseedor de un riquísimo mundo interior, V, supo
rodearse de discípulos cultos e inteligentes. Ese fue su mayor
pecado; porque a través de figuras como Carnesechi, Vermigli y
Julia Gonzaga, la mística heterodoxa del maestro corrió como la pólvora
y llenó de inquietud las almas de muchos cientos de italianos no
tan bien pertrechados como los citados. La Inquisición, establecida
en Nápoles pocos años después de su muerte, hubo de actuar enérgicamente,
pues muchos de los alumbrados valdesianos olvidaron la pureza y
buena fe del maestro y cayeron en groseras desviaciones o bien
mezclaron intimismo con política con un resultado harto explosivo.
Como escritor nos interesa el Diálogo de la lengua; como pensador y
místico, el Alfabeto cristiano, Las ciento diez consideraciones
divinas, el Comentario a la Epístola de San Pablo a los romanos y
la Interpretaci6n de los Salmos. Desde un punto de vista literario,
estas últimas obras no son un dechado de prosa; su forma contrasta
negativamente con el conocimiento profundo que de los secretos de la
lengua poseyó su autor.
A diferencia de su hermano, J. de V.
es el auténtico y logrado místico heterodoxo del iluminismo
intimista. Sus relaciones con los alumbrados fueron frecuentes y se
vio envuelto en procesos ruidosos, él, que según deducimos de sus
obras fue un espíritu pacífico y predicador de una doctrina de
total renunciamiento a las vanaglorias de la vida, la obra religiosa
de V., su misma actitud ante la vida, no han despejado la incógnita
de su entraña doctrinal: ¿fue V. un simple iluminado o un
reformista?; ¿se le puede llamar protestante? Juzgando con
ponderación su obra religiosa, no podemos hacer una afirmación
tajante. V en su actitud ante la vida, en el gusto por los
comentarios bíblicos, en los temas tocantes a problemas de fe, se
acercó a los luteranos, aunque nunca se considerara un reformado.
Debió ser hombre de gran inquietud, obsesionado por el
enriquecimiento de su mundo interior y que acertó a comunicar ese
desasosiego a otras almas como la suya sedientas de Dios. Podemos
creer en su sinceridad y considerarle como un director de
conciencias.
El «Diálogo de la lengua». Si las
obras religiosas de V, adolecen de graves defectos formales, son
prosaicas y balbucientes, tienen un castellano maltratado por
frecuentes italianismos y salvo el interés de época y el
testimonio personal no servirán de modelo a nadie, en cambio todo
lo contrario es el Diálogo de la lengua, escrito al margen de toda
preocupación religiosa y nacido con el bello propósito de hacer
asequible nuestra lengua al grupo de discípulos más allegados,
Aunque la única razón fuera ésta, la obra, por su rara perfección,
abarca unas inmensas posibilidades, La apología de la lengua, los
secretos del casticismo, el habla jugosa y viva, la evocación en
vivaz panorámica de las letras del momento, constituyen un
documento fabuloso y único que pone al descubierto la grandeza de
un idioma que estaba a punto de ser lengua universal, El Diálogo de
la lengua es mucho más que una seca gramática: hay en él intentos
filológicos, atisbos de ciencia del lenguaje, crítica literaria,
todo ello sazonado por la visión certera del autor que corrige y
precisa, Viene a ser una especie de manual del perfecto conversador
escrito con mesura, gracia y conocimiento de causa, Por la elegancia
de su estilo se puso en entredicho la paternidad de la obra, pero
hoy la crítica más seria considera prudente atribuirla a Juan y no
a Alfonso, porque la efusividad de éste contrasta con la absoluta
imparcialidad que muestra el autor al conversar con sus oyentes
italianos. J?sta es la obra lograda de v. y únicamente por ella
merece un puesto en la historia literaria.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Vives,
Juan Luis (1492-1540)
Filósofo, sociólogo, pedagogo y humanista, nacido en Valencia. A
través de su variada obra se puede encontrar la base de lo que será
el pensamiento europeo de los siglos XVI y XVII. Estudió en la
Universidad de Valencia y más tarde en la de París. Viajó mucho y
residió en Brujas, Lovaina y Oxford, donde trabajó como profesor
de Humanidades. Fue gran amigo de Catalina de Aragón y de Enrique
VIII. Cuando el rey de Inglaterra repudió a la reina exigiendo la
anulación del matrimonio, defendió a la reina, perdiendo en el
conflicto la amistad del monarca. Conoció a Erasmo de Rotterdam y
fue discípulo suyo. En su obra se palpa una profunda relación
entre ambos humanistas. Vives escribió siempre en latín, por
considerar éste el único idioma culto. Los Diálogos, una de sus
obras más importantes, está destinado al aprendizaje de esta
lengua. Mediante ellos podemos conocer las costumbres de la época
en que vivió. Entre sus mejores obras destacan De disciplinis, De
anima et vita, De veritate fidei christianae, etc. A pesar de ser un
gran humanista, en Vives se inicia un alejamiento de los
presupuestos clásicos, concediendo a la experienciaaa una
importancia poco común en su tiempo. No reaccionó violentamente
contra el movimiento reformista, pero mantuvo siempre una profunda fé
en la religión católica. Vives fue un gran pensador, lo
suficientemente importante como para estar entre los primeros de
Europa, pero sobresale principalmente por su gran aportación al
terreno de la Pedagogía. Se muestra partidario de una enseñanza
gratuita, universalista y subvencionada por el Estado, en contra del
monopolio de la educación por las autoridades eclesiásticas.
Utiliza un método sistemático para la enseñanza, dividiendo el
nivel de aprendizaje en varios cursos con sus correspondientes
materias. Considera al niño como un ser que evoluciona, cuyas
etapas de desarrollo deben ser respetadas.
De Vives procede toda la filosofía moderna anterior a Kant, lo
mismo en lo bueno que en lo malo, sin que, esto no obstante, se le
puedan achacar las erradas consecuencias que infieles alumnos
derivaron de principios suyos mal entendidos o trastocados del único
lugar en que tenían solidez y fuerza dentro del conjunto de sus
especulaciones. La Europa entera es discípula, aunque ingrata, de
Vives, y no sin razón le reputaba Forner por igual a los mayores
sabios de todos los siglos. (Men. y Pelayo) Mucho antes que Bacon se
rebeló contra los métodos científicos puramente deductivos.
(Audrey Bell) Luis Vives, el más prodigioso de los artífices del
Renacimiento, pensador crítico de primera fuerza, renovador del método
antes que Bacon y Descartes, iniciador del psicologismo escocés,
conciliador caso siempre, prudente y mesurado aún en la obra de
construcción que había emprendido, dechado de claridad, elegancia
y rigor lógico, filósofo en quien predominaron siempre el juicio y
el sentido práctico, nunca reñidos en él con la alteza del
pensamiento que, para todos accesible, jamás se abate, sin embargo,
con aparente y menguada facilidad al vulgar crítico. ..De Vives
arranca un movimiento tan poderoso como el que arranca de
Descartes...¿El nombre de Vives debe colocarse al lado de los de
Descartes, Kant y Hegel? Sí, por cierto; y si no suena tan alto
como debiera, es por una grande injusticia histórica,
incomprensible para los fanáticos adoradores del éxito. Así como
el hemisferio de Colón lleva aún el nombre de Américo Vespucio,
así se han bautizado con los pomposos nombres de baconismo,
castesianismo y escuela escocesa diversos jirones del manto de Vives,
para quien espero llegue pronto el día de la solemne reparación,
hoy retardada sólo por el clamoreo de los sofistas. (Men. y Pelayo)
Vives fue un gran educador y por consiguiente un gran moralista.
Como filósofo guardose mucho de elucubrar uno de esos sistemas en
los que había de triunfar el pensamiento germánico, siempre
ocupado en la reconstrucción del mundo. Mucho antes que Kant,
percibió lo que hay de justo en la filosofía de Kant, a saber, que
el conocimiento lleva la huella del espíritu que conoce; pero en su
alma de católico tan conclusión no podía poner en peligro la
certidumbre metafísica de que este espíritu es capaz. La distinción
kantiana entre el fenómeno y el noumeno, como la de razón pura y
razón práctica, sólo es irremediable y definitiva para aquel que
no cree prácticamente ni en la revelación ni en la vida futura.
Las ideas de Luis Vives llegaron a Kant por intermedio del escocés
Hamilton, y Kant las sistematizó al mismo tiempo que las mutilaba.
Balmes las recogió en el siglo XIX como filósofo católico.
Importa mucho hacer notar en este punto que los filósofos católicos
españoles tan despreciados por los fabricadores de sistemas,
suministraron a éstos la materia prima que tan mal aprovecharon. Lo
cual puede aplicarse, no al gran Descartes mismo, sino a esos discípulos
de quienes el genial y muy católico filósofo desconfiaba mucho y
muy justamente. Bacon y Descartes deben mucho al mismo Vives a quien
Erasmo tenía en gran aprecio. Y el médico filósofo Gómez
Pereira, en su 'De inmortalitate animorum Antonianae Margaritae' ha
expresdo formalmente entre otros profundos pensamientos, esta
pensamiento esencial de la filosofía cartesiana, el 'Cogito, ergo
sum': 'Nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit est, ergo sum'.
(Maurice Legendre)
(Indice)
Gómez
Pereira, Antonio (1500-1558)
Filósofo y médico español, n. en Medina del Campo (1500) y m.
después de 1558. Llamado por algunos el «Descartes español», uno
de los más notables del grupo de médicos-filósofos del Siglo de
Oro (A. de Vilanova, R. de Sabunde, M. Sabuco, Huarte de San Juan;
v.), estudió ambas ciencias en Salamanca, donde, según Zubiri,
parece muy verosímil que influyera sobre él Durando, es decir, el
coletazo europeo del nominalismo (v.). Católico independiente,
filosóficamente ecléctico y poco sujeto a autoridades a priori,
sino a la experiencia y a la razón. Algo superficial, concede
prioridad al conocimiento sensible sobre el intelectual y trata de
radicalizar y universalizar el principio de que la teoría se
contrasta por la experiencia. Sus teorías serían combatidas desde
la diatriba epistolar de un Miguel de Palacios (1555) a la ironía
burlona de un Francisco de Sosa (1556). Aunque escribió un tratado
de medicina (Novae veraeque medicinae, experimentis et evidentibus
rationibus comprobatae, Medina 1558), la obra que le dio fama es la
curiosamente titulada Antoniana Margarita, opus nempe physicis,
medicis ac thologis non minus utile quam necessarium, Medina 1554.
Su Antoniana Margarita, llamada así
en memoria de sus padres, es una mezcla abigarrada de psicología y
metafísica, reiterativa y desordenada. Pero su importancia radica
en que trata, por primera vez en la Historia de la Filosofía, de
una serie de cuestiones de psicología experimental y, sobre todo,
porque en su desprecio sistemático de las «autoridades» para
recalar en la «sola razón», constituye un claro precursor del método
y el dualismo cartesiano. En su estudio comparado del mundo animal,
adopta una postura pendular: frente a quienes defienden (polémica
muy de la época) que los animales tienen inteligencia, llega a
afirmar que ni siquiera sienten; al menos, no sienten emociones o
pasiones, aunque de algún modo reciben información; y parece mejor
así, ya que las sensaciones son ventanas del conocer y del pensar...
Pero ¿cómo se explican los movimientos de los animales, que no
pueden ser meros automatismos? G. P. explica esos movimientos por
automatismos físicos (como el imán), por recuerdos sensoriales
archivados en el cerebro, por «amaestramiento» y por instintos
provocados por el hombre.
En cuanto al hombre adopta la postura
platónica y prefiere distinguir en él cuatro elementos, es decir,
alma y cuerpo cada una con su materia y forma; no hay, pues, relación
profunda alma-cuerpo. Como resume Menéndez Pelayo, G. P. «identificó
el hecho del conocimiento con la facultad de conocer, y ésta con la
sustancia del alma; afirmó que las cualidades sensibles no son
accidentes entitativos de los cuerpos; refutó la antigua teoría de
las especies inteligibles, defendiendo la del conocimiento directo;
echó por tierra las formas sustanciales, propugnando el atomismo».
También como médico es
experimentalista y niega las autoridades, no sólo árabes sino
incluso a Galeno. Pero, donde destaca más espectacularmente en esa
época renacentista, es en psicología, donde niega la posibilidad
del conocimiento intuitivo («el conocimiento principia por la
sensación»), a pesar de lo cual M. Pelayo le niega la calificación
de sensualista resaltando su insistencia en la «experiencia interna»
que le hace precursor de los escoceses (v. SENSISMO ESCOCÉS). Su «poderosa
y violenta libertad de criterio» ha podido calificarse, en
contraste al realismo de Vives, de subjetivismo (R. Aranda).
¿Hay antinomias insolubles en G. P.?
Así parece, pues aunque comienza haciendo profesión de fe (al
menos, dice que no se rendirá sino a la razón, exceptuando lo
tocante a religión, lo que ya es una salvedad), luego llega a dudar
que sea posible demostrar la inmortalidad del alma. Al fin parece
hallar pruebas y se basa en el dualismo humano, en la función de
forma que el alma asume frente al cuerpo aun considerándolas
sustancias autónomas, y en la identidad del alma a lo largo de la
vida.
El planteamiento filosófico de G. P.
intenta superar el de la escolástica para reconstruir lo mismo en
forma nueva, pero cae en equívocos. El paralelo con Descartes (v.)
es inevitable, y aunque no se sabe si éste conoció la obra de G.
P. su influencia es evidente. Especialmente cuando G. P., para quien
el alma es autoconsciente al reflexionar sobre sus actos, concluye:
«Nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit est, ergo ego sum».
E. FERNÁNDEZ CLEMENTE.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Hurtado
de Mendoza, Diego (1503-1575) Humanista y
poeta. Estudió en Granada, Salamanca e Italia. Escritor, diplomático
y militar. N. en Granada, en 1503, hijo del Marqués de Mondéjar y
de Francisca Pacheco, que habían de ver encumbrados a todos sus
hijos: «cinco hermanos en un mismo tiempo gobernando la República
con universal alabanza» (Ginés de Sepúlveda). Su educación fue
esmerada y universal. En Italia escuchó lecciones de los doctos teólogos
y juristas Montesdoca, sevillano, y Nifo, calabrés, probablemente
en Padua (1523-25) y en Pisa (1519-21), que despertarían en H. de
M. el gusto por la filosofía aristotélica.
Característica familiar de los
Mendoza, fue la acción, que para este autor iba a concretarse en
los campos diplomático y militar, donde sirvió al Emperador con
gran fidelidad y energía. No es verosímil que estuviese en Pavía,
pero sí en la empresa de Túnez. En 1538 forma parte de una
embajada a Inglaterra. En 1539 obtiene su cargo más importante: la
embajada en Venecia. Vivió en San Bernabé, cerca del Canal Grande,
muy de acuerdo con el espíritu veneciano, entonces cifra y emporio
del Renacimiento en Italia; allí desarrolló una extraordinaria
actividad política y cultural. Tuvo contactos con Pietro Aretino
(v.). Inició su amistad con el secretario imperial Francisco de los
Cobos y asimismo con poetas y humanistas italianos (D'Avalos,
Sadoleto, Bembo, Accolti, Giovio, Varchi). En la espléndida ciudad
fue retratado por Tiziano y frecuentó artistas, cortesanas y damas
ilustres (Leonor Gonzaga, Marina de Aragón, inspiradora de sus
versos, etc.). También incrementó su biblioteca, célebre desde
1543. En 1545 es nombrado embajador en el Conc. de Trento y en 1546
en Roma. Fracasado en una misión diplomático-militar en Siena
(1552) vio truncada su brillante carrera. Vuelto a España, sus
relaciones con la corte no fueron buenas, agravándose bajo Felipe
Il por un incidente en palacio con Diego de Leyva, que le ocasionó
el destierro a Granada. Perdonado al fin, m. en Madrid en 1575.
Antes, por su testamento, había legado al rey su biblioteca, muy
rica (hoy, parte de la del Escorial). «Hombre verdaderamente grande»,
en palabras de Menéndez Pelayo, supo aunar, como otros
renacentistas, el ideal de las armas y las letras.
Ocupa, cronológicamente, el primer
puesto entre los introductores de la nueva poesía, después de Boscán
y Garcilaso. Sus Sonetos no siguen el modelo común petrarquista,
sino que se parecen más a los antiguos, ensayados en el s. xv por
Santillana (v.). Las Canciones tienen gran libertad esquemática,
mientras que sus Odas imitan las formas de Bernardo Tasso
(1493-1569), como Garcilaso hacía. No dejó de cultivar los metros
tradicionales, aunque con savia nueva (ovidiana). Su poesía amorosa,
dedicada especialmente a Marina de Aragón (Marfira), sigue esquemas
petrarquistas, mas su tono dominante, melancólico y lleno de imágenes
de muerte, recuerda a Ausiás March (v.), al que pudo conocer por
medio de Boscán. Pero la poesía característica de H. de M. se
halla en sus Elegías y Epístolas, que, a veces, son verdaderos
capitoli. Su espíritu se expansiona, como buen humanista,
estimulado por el recuerdo y la imitación clásica. Menéndez ya señaló
«el plácido epicureísmo y el familiar abandono (horaciano) de
estas composiciones, a las que daba, además, la expresión franca y
desembarazada de hombre de mundo».
La Fábula de Adonis, Hipomenes y
Atalanta (Venecia 1533), publicada en la ed. veneciana de las obras
de Boscán y Garcilaso, está fuertemente influida por Ovidio (v.).
Tibulo (v.), Virgilio (v.), Lucrecio (v.), Claudiano (v.), Homero
(v.) y Píndaro (v.), han sido señalados como sus inspiradores, sin
que falten tampoco ecos de los versos de la Antología griega ni de
los modernos poetas neolatinos M. Marullo (m. 1500) y Celio
Calcagnini (1479-1541). H. de M. se muestra en sus poesías, ya
sigan la pauta amorosa o satírica o bien sean comentarios al margen
de las variadas y diversas experiencias de su vivir, como un
perfecto poeta renacentista (v. RENACIMIENTO). La imitación de los
antiguos es siempre guía de las emociones y los recuerdos. Lo mismo
cuando parafrasea algún pensamiento de Horacio (Elegía II dedicada
a Boscán), que cuando habla de la fundación de Venecia (Elegía
VI), tiene presente, como verdadero humanista (v. HUMANISMO), el círculo
de los amigos, con los que comparte la visión del mundo, intensa y
serena, en la que no falta la nota mordaz, aunque muchas poesías de
este tipo (A la pulga, A la zanahoria) posiblemente no son suyas. En
las Sátiras y poesías auténticas de tipo burlesco, sin perder
nunca de vista los clásicos, se muestra buen discípulo de los
italianos como Berni (1498-1535) y Don¡ (1513-74), siendo su
motejar incisivo un claro recuerdo de su vida italiana.
Como prosista ha sido ya
convincentemente despojado de obras que se le atribuyeron durante
mucho tiempo. No se puede olvidar su traducción de la Mecánica de
Aristóteles (ya traducida por Leónico Tomeo, aristotélico paduano),
muy importante para situar a H. de M. dentro del último
aristotelismo humanista y obra realizada, probablemente, durante su
estancia veneciana. También de estos ambientes es la versión del
Syrus, comedia elegiaca de Ramnusio, que Foulché-Delbosc le
atribuye.
Pero su obra fundamental, la que le
coloca en lugar inamovible en la historia de la prosa clásica es la
Guerra de Granada (Lisboa 1627). Debió componerse entre 1568 y
1574, pues L. Mármol (1520?-1600), que publica su Historia de la
rebelión de los moriscos en 1600, ya la conocía, así como otros
historiadores granadinos. H. de M., si no testigo ocular, sí muy próximo
a los hechos y, sobre todo, conocedor apasionado de los móviles
internos de la rebelión (que sus cartas al cardenal Espinosa
aclaran y completan), escribe ya en su vejez y en el destierro. No
es obra escrita para una minoría de íntimos, como pensaba Foulché-Delbosc,
sino para sus posibles lectores extranjeros y, sobre todo, para la
posteridad. Con ella, según Menéndez Pidal, termina la crónica
medieval y comienza la historia moderna. H. de M. no olvida, sin
embargo, al calor de la lucha de moriscos, la visión retrospectiva
de la guerra de la Reconquista, donde su familia.tanto sobresalió.
El estilo de la Guerra de Granada es
sabroso y lleno de encanto, pese a que ya Capmany en el s. xvitl, y
después Morel-Fatio, con más detenimiento, destacaron sus defectos
(pobreza de vocabulario, afectación demasiado pretenciosa, desorden,
laconismo, los cuales delataban la obsesión de los modelos clásicos,
en especial Salustio (v.) y Tácito (v.), al que imita en el prólogo.
Su fama comenzó en el s. xvii y en la época de la gran
historiografía (s. xx) continúa inmarcesible.
ANDRÉS SORIA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Enzinas,
Francisco (1520-1570) Humanista y reformador
religioso español. Estudió el Lovaina y Wittemberg. Por encargo de
Melanchthon tradujo el Nuevo Testamento del griego al español
(1543), por lo que fue encarcelado. Pudo escapar y se consagró por
entero a la causa de la Reforma Luterana. Fue profesor de griego en
Cambridge y murió en Estrasburgo. Tradujo al español obras de
Plutarco y Luciano y escribió un importante libro, con notaciones
autobiográficas: 'Histoire de l'etat des Pais Bas et de la religion
d'Espagne'. (1558)
(Indice)
Luis de
León, Fray (1527-1591)
l. Biografía. Ilustre poeta y escritor español del s. XVl, n. el
15 ag. (?) de 1527 en Belmonte (Cuenca), en la Mancha aragonesa.
Hijo de Lope de León y de Inés Varela. Su sangre judía, por línea
principalmente materna, influirá en su personalidad y en su obra (criticismo,
tendencias exegéticas, amor por el detalle, capacidad de abstracción,
predilección por la música...).
En 1543, ingresa en la Orden de los
agustinos. Más tarde obtiene en Salamanca su licenciatura en Teología,
que enseña como lector en Soria, de donde luego es desterrado. Son
los primeros choques con su Orden, que se repetirán en 1556, en
Alcalá, donde estudia hebreo. En 1558, es Maestro en Teología,
pero no consigue la cátedra de Biblia a que aspiraba. Hacia 1560
empieza a trabajar sobre el Cantar de los Cantares, poniendo de
manifiesto sus teorías acerca del estudio de textos bíblicos,
preludio de su enfrentamiento futuro con la Inquisición.
También en esta época interviene en
las discordias que agitaban la Universidad salmantina: fray Luis, de
espíritu libre y sincero, resulta a veces intrigante y hasta egoísta,
cayendo en los mismos defectos que condena. En su curso De Fide,
insiste en sus ideas sobre la exégesis bíblica recurriendo a los
textos hebreos y eliminando las versiones intermedias de los Santos
Padres. Por ello, en la polémica de la Biblia de Vatablo, fray Luis
y los
profesores hebraístas se enfrentan a
los escolásticos (dominicos y jerónimos) que les acusan de herejía
ante la Inquisición. En 1572, fray Luis es encarcelado, más por
las intrigas de aquéllos que porque el tribunal tuviese la convicción
de su herejía. En 1576, sale absuelto, volviendo a la Universidad
entre un entusiasmo apoteósico. Renuncia a su cátedra de Durando;
pero consigue otra de Teología y su carrera universitaria será rápida
y segura: gana las cátedras de Filosofía y Biblia (1578 y 1579),
es nombrado Maestro de las Artes, y salva un nuevo expediente que
sus detractores levantan a la Inquisición (1582).
En 1586, después de un viaje a París,
se establece en Madrid. El Consejo Real le encarga la recensión de
las obras de S. Teresa. Defiende la reforma de la Santa y trabaja en
la de su propia Orden. Por ello no acude a las repetidas llamadas de
la Universidad, hasta que resuelve renunciar a su cátedra. Es
nombrado vicario general de Castilla y luego provincial. Muere el 25
ag. 1591 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).
2. El aspecto renacentista de fray
Luis de León. Desde Italia, las características renacentistas (independencia
de la razón frente a toda autoridad tradicional, individualismo,
criticismo, sentido antropocéntrico, veneración de lo clásico,
estudio de la naturaleza, ruptura con la tradición) se extendieron
por los restantes países europeos. En unos se aceptó el
renacimiento «integral», es decir, la imitación del arte, vida y
costumbres de los antiguos. Otros modificaron el renacimiento en un
sentido «moderado», vivificándolo con un espíritu de tradición
cristiana, al que no se muestran dispuestos a renunciar. El
renacimiento (v. RENACIMIENTO IV) español, tiene este carácter ecléctico
del cual es figura representativa fray Luis de León.
Producción en latín. Consta
principalmente de traducciones de poetas clásicos, comentarios bíblicos,
tratados teológicos (v. 5) y la versión (realizada por orden de
sus superiores) de sus comentarios al Cantar de los Cantares, de
1580.
3. Creación literaria en prosa
castellana. Entre sus obras en castellano, la primera es el Cantar
de los Cantares, traducción literal del libro de Salomón con los
comentarios correspondientes a cada capítulo. «Pretendí que
respondiese esa interpretación con el original no sólo en las
sentencias y palabras, sino aun en el concierto y aire dellas». Con
arreglo a sus ideas sobre la Biblia, no busca en el libro ninguna
clase de alegoría, huye del tópico y habla puramente de amor
humano: «el amor sólo el amor le habla y le entiende y le merece»;
tratando este amor como símbolo del Amor entre el Alma y el Esposo.
Al Cantar de los Cantares le sigue
cronológicamente La perfecta casada, comentario del último capítulo
del libro de Los Proverbios. Trata de «cuanto las Escrituras
exponen del sacramento del matrimonio». Tiene como influjo más
directo El jardín de las nobles doncellas, de Martín de Córdoba
(s. XV), y De Institutione f eminae christianae de Vives (v.). Obra
que no se limita a dar sus ideas sobre la armonía matrimonial, sino
que expresa un pensamiento acerca del carácter de cada oficio del
hombre en la sociedad. El orden vigente entre el cielo y la
naturaleza es base de la moral y la convivencia: «el casado agrada
a Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso el fraile, y el
mercader en hacer debidamente su oficio...». Aunque desarrolla el
concepto de «mujer fuerte» del libro de Los Proverbios, no tiene
reparos en recurrir a escritores paganos para corroborar sus
afirmaciones.
Con De los nombres de Cristo se llega
a su obra más compacta e importante. Es la versión cristiana de
las doctrinas de Platón (v.), centrada armónica y directamente en
la figura de Cristo. Los personajes (Sabino, Marcelo y Juliano)
discuten sobre los nombres que se dan a Cristo en las Escrituras, en
escenarios que denotan el sentimiento de la naturaleza que palpita
en el autor. La obra consta de tres libros. En el primero,
encontramos los nombres de «Pimpollo, Faces de Dios, Camino, Monte,
Padre del siglo futuro, Pastor». En el segundo, «Brazo de Dios,
Rey de Dios, Príncipe de la Paz y Esposo», y el libro tercero
contiene los de «Hijo de Dios, Amado, Jesús y Cordero». Las
disquisiciones teológicas alternan con toda clase de citas clásicas
y opiniones personales.
En cuanto al estilo, viene definido
por el mismo fray Luis en la dedicatoria del libro tercero «...y
destos son los que dizen que no hablo en romance, porque piensan que
hablar en romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conoscen
que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juyzio,
ansí en lo que se dize como en la manera como se dize; y negocio
que de las palabras... elige las que convienen... y las pesa y las
mide... Quise escrivir en diálogo, siguiendo en ello el exemplo de
los escriptores antiguos, ansí sagrados como profanos, que más
grave y elocuentemente escrivieron». En esta dedicatoria, expone
fray Luis de León las cualidades del estilo retórico clásico que
debe seguir un escritor renacentista: orden (presente en toda su
obra), claridad, belleza (la prosa artística en De los Nombres de
Cristo aparece engalanada con toda clase de figuras literarias
usadas por los antiguos, lo que él llama f igurae verborum,
paralelismo, antítesis, quiasmo, hipérbaton...).
Siguiendo su tendencia al clasicismo,
usa de los tres estilos que había diferenciado Quintiliano (v.):
llano, templado y sublime. El estilo llano, para exponer las
Escrituras, de manera clara y concisa, es sencillo y sin adornos. El
templado es elegante y moderado, con suaves ornatos que gustan y
deleitan; es el estilo que predomina en la obra. El sublime se
utiliza en los momentos de gran emoción; «el estilo sublime
difiere del templado sobre todo en que no aparece tan engalanado de
figuras de palabras cuanto violento por las emociones del alma.
Puede recibir ciertamente todas estas figuras, pero, si no le vienen
naturalmente no las busca» (De Doctrina Christiana, libro cuarto).
También a la manera clásica, vuelve
a la estructura periódica de la frase, olvidada en favor de la
ecclesiastica consuetudo, «y si acaso dixeren que es novedad, yo
confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriven en esta
lengua poner en ella número, levantándola del decaimiento
ordinario». Hallamos cuatro tipos de movimiento de la frase: el
ritmo llano, de dos o tres cola; el ritmo lírico, de hasta cinco
cola; el ritmo argumentario, cuando desarrolla ideas por medio de
razonamientos y comparaciones aristotélicos, y el movimiento áspero
de la frase, en que se abandona la estructura periódica para acudir
a la ecclesiastica consuetudo de su época. De los Nombres de Cristo
es una gran obra en la que se revela tanto como humanista cuanto
como teólogo, mezclando los estilos: oratorio clásico, por una
parte, y estilo de predicación cristiana, por otra.
Entre sus escritos en prosa, El libro
de lob recorre la mayor parte de su vida, con varias interrupciones
y recaudaciones en su elaboración. Traduce directamente del hebreo,
comenta en lentas paráfrasis el sentido del texto y, al final de
cada capítulo, añade como glosas composiciones en tercetos. El
autor se siente identificado con Job (es muy significativo que la
primera parte se escribiera en la cárcel). El tema de Job le sirve
para expresar su tremenda lucha interior, en la que se hacen
presentes todos los interrogantes de la vida del hombre. El libro
está cargado de melancolía, la cual no es otra cosa que un estado
de absoluto abandono donde no hay ni esperanza, «tiniebla más
tiniebla», de una melancolía rayana en el existencialismo, del que
sólo se salvará con la confianza en el perdón de Dios: «¿No
veis cuál de la muerte me ha librado,/y cómo ha reducido el alma mía/al
viso dulce deste sol dorado?» (XXXIII).
4. Producción poética. Para tratar
de fray Luis como poeta, hay que tener en cuenta su personalidad ascéticomística.
Fray Luis es un asceta de hecho, un asceta que actúa; pero su obra
no va dirigida a dar nuevas teorías sobre el ascetismo; él lleva
una vida según las normas cristianas e intenta enseñarla. Lo que
no se puede negar es el misticismo que se refleja en su poesía,
aunque no consiga las esferas más elevadas, como S. Juan de la
Cruz. En él la unión es un deseo, no un hecho, no importa que le
muevan razones intelectuales, ni que sea más platónico que
teresiano: «¿Cuándo será que pueda/libre de esta prisión volar
al cielo,/Felipe, y en la rueda/que huye más del suelo/contemplar
la verdad pura, sin velo?» (Oda A Felipe Ruiz).
Fray Luis dejará de dar la
tradicional importancia a la palabra del español (que parece crear
de nuevo el objeto al nombrarlo), en favor de otra pasión superior,
que intenta sublimar todas las experiencias humanas, la nostalgia de
lo eterno. Las palabras sólo serán un medio de evasión hacia el
sosiego, la paz, la divinidad (cuyos símbolos son la música, el
campo, el sueño, la muerte, etc.).
De todo esto surge un poeta solitario,
de lírica sosegada, a pesar de lo que significa el que en él se
den cita todos los motivos que, de algún modo, conmueven la vida
espiritual de la España de su tiempo. A su soledad íntima se añade
el sentimiento solitario en el aspecto exterior de su obra, ya que
nunca pensó en publicarla. De esta última característica se
deriva el aparente desaliño y descuido de sus composiciones. Fray
Luis se pasa toda su vida luchando por un ideal; aunque pertenezca
«a una clase de espíritus heroicos, dice Cernuda, divididos entre
un ideal inasequible y una urgente realidad» y en los que lo
verdaderamente importante es la lucha.
División cronológica de sus «Odas».
El primero, antes de la cárcel, incluye temas objetivos,
descriptivos y morales. Utiliza ejemplos clásicos y citas
reelaboradas sólo como instrumento para cristianizar o afirmar sus
tesis. A veces los nacionaliza, como en La profecía del Tajo. En
otras trata de la pasión amorosa (Las sirenas, en donde recomienda
seguir el camino de Ulises con respecto al sexo femenino: «huye,
que sólo aquel que huye escapa»). En De la Magdalena no esquiva
nada material, porque el cuerpo es también herido por el Amor, y
transforma la pasión mundana de aquélla en amor a Dios: «...las
llamas apagó del fuego ardiente/las llamas del malvado/amor con
otro amor más encendido...».
Al segundo periodo, en la cárcel,
corresponde la oda Noche serena: «Cuando contemplo el cielo,/de
innumerables luces adornado/y miro hacia el suelo/de noche rodeado...»
Si fray Luis se vale del mundo es para elevarse a la Divinidad, es
decir: del abandono de lo corporal en que está su alma encarcelada,
como en «Cuándo será que pueda...»; en esta oda el medio de la
contemplación divina es el cielo estrellado. Su canto de dolor se
basa en la antítesis tierra-cielo y en la descripción del cielo
como morada de la Divinidad. En las odas
A todos los santos y A Santiago se
encuentra también una clara potenciación a lo divino; pero no como
destrucción o mitificación de lo real, sino con una sustitución
miembro a miembro de todas las potencias y divinidades clásicas por
otras de la teología cristiana (Orfeo por David, Júpiter por
Cristo, etc.). En «A una esperanza que salió vana» y en «¿Y
dejas, Pastor Santo...» vuelve a embargarle la soledad, tanto que
ninguna clase de alegría puede morar en él: «Huid, contentos de
mi triste pecho/¿Qué engaño os vuelve a do nunca pudisteis/tener
reposo ni hacer provecho?...». La sensación de soledad abrumadora
recuerda sus errores y sufre, se mezcla el daño causado con el
recibido, y esto produce la violencia de su impulso hacia la fuga
definitiva, eliminando toda clase de detalles idílicos, como los
que aparecen en su primera oda «Qué descansada vida... ». En la
oda A Juan de Grial expresa la desolada tristeza del prisionero con
descripciones de base horaciana al principio, para volver luego a su
oscuridad y desolación.
Escribe en esta segunda época odas místicas
(A la ascensión, A todos los santos y Noche serena) y fuera de la cárcel
la oda A Salinas (Francisco Salinas, v., era profesor de música de
la Univ. de Salamanca), A Felipe Ruiz y Altna, región luciente...
Las odas místicas surgen en él uniendo a su técnica clásica, la
angustia existencial y la voluntad de salvación. La oda A la Virgen
está escrita en los momentos más amargos de su vida; la justicia,
le ha fallado, el amor y la amistad se han quedado a la otra parte
de las rejas. Sólo le queda la esperanza en la Virgen: «Atiende a
mi bajeza/mira mi abatimiento, de mi pena/contempla la graveza/con
mano de amor llena/rompe de mis pecados la cadena». La misma relación
entre el hombre abandonado que implora, y el ser trascendente se
encuentra en la oda A la Ascensión del Señor. El poeta representa
como real el recuerdo evangélico de la Ascensión, y teme que con
la marcha de Cristo la tierra se quede sumisa en un caos inarmónico
y terrible.
La tercera etapa, después de la cárcel,
muestra su evolución a la oda moral. Ya en la primera etapa, en su
«En vano el mar fatiga...» (A Felipe Ruiz), trata de la avaricia.
De ésta, enteramente horaciana, pasa, en la época de cárcel, a «Aunque
en ricos montones...» contra un juez avaro, donde los materiales
horacianos se unen al grito solitario del poeta encarcelado. Cuando
se ve en libertad, el poeta, en «Qué vale cuanto ve...?», a pesar
de que empieza con la avaricia, aísla la figura del tirano. De aquí
se desencadenan las antítesis de tiranía y libertad, prisión y
cielo. También en esta época vuelve al tema de la soledad: «Oh,
ya seguro puerto...», que debe ser muy poco posterior a la liberación.
El tema heroicomoral aparece en la oda A Portocarrero («No siempre
es poderosa...») en la que el inocente resulta vencedor.
En resumen: Fray Luis de León es,
además de político, orador, moralista, teólogo y filósofo, un
gran poeta. En él se funden armoniosamente las corrientes cristiana,
judaica, y pagana que predominan en su tiempo. Es tanto su amor por
la cultura hebraica que en las versiones bíblicas, sus laudes
parecen obra de un poeta judío. Su espíritu rebelde y a la vez
conservador y restaurador de la tradición, da nueva vida a la
lengua castellana, y a partir de él se multiplican las variaciones
de la lírica española.
JENARO TALÉNS.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Furió y
Ceriol, Fadrique (1527-1592)
Humanista y político español. Estudió en París y Lovaina.
Influido por las ideas renacentistas propugnó la necesidad de
traducir la Biblia a las lenguas vulgares en 'De libris sacris in
vernaculam linguam convertendis', obra prohibida en el concilio de
Trento. En 1559 publicó en Amberes 'El consejo y consejeros del príncipe',
obra en que defiende las doctrinas políticas tradicionales de la
corona aragonesa, según las cuales el príncipe debe respetar la
autonomía de cada Estado. Felipe II le nombró consejero del nuevo
gobernador de los Países Bajos, Requesens, y ambos intentaron la
pacificación de este territorio mediante una política transigente.
(Indice)
Huarte de San Juan (1529-1589)
Médico, humanista y filósofo español; n. en San Juan del Pie
del Puerto (actual Navarra francesa) en 1529 y avecindado en Baeza
un año más tarde, donde transcurrió su infancia y realizó
estudios humanísticos. Se licenció en Medicina en Alcalá, en
1559, y los pocos datos biográficos que nos han llegado de él
hablan de su afincamiento definitivo en Linares y de su muerte allí,
a fines de 1588 o principios de 1589. No se descarta su permanencia
en Baeza durante algún tiempo, ejerciendo su profesión.
Hijo de su época, H. pertenece a ese
grupo de médicos españoles del Renacimiento -Gómez Pereira,
Francisco Sánchez, Laguna, Vallés- que no limitan su actividad a
la práctica médica. Dotado de un espíritu abierto a todo
conocimiento, acuden a las fuentes originales del saber médico y
dedican parte de su tarea a la especulación filosófica. Frente a
lo que sucederá en siglos posteriores, su obra va a tener
influencia importante -y a veces será precursora- sobre el
pensamiento científico europeo de ulteriores décadas.
Obra principal. La aportación de H.
a tal empeño radica en un libro, Examen de ingenios para las
Ciencias, que vio la luz en primera edición, en Baeza, en 1575 y
que tras su muerte sería meditado (también en Baeza, 1594),
corregido en parte, ampliado en algunos capítulos y suprimidos
otros. Es cierto que la Inquisición jugó su parte en tales
modificaciones, llamando la atención al autor sobre determinadas
doctrinas, pero a pesar de ello, H. se mantuvo siempre dentro de la
ortodoxia y sus posibles errores fueron fruto, no de la herejía,
sino de su posición precursora, que él mismo reconoce al confesar
que su libro «no puede escapar de algunos errores, por ser la
materia tan delicada y donde no había camino abierto para poderla
tractar».
El Examen de ingenios alcanzó pronto
gran resonancia, sus 24 ediciones en diferentes idiomas prueban el
interés logrado por su doctrina. ¿En qué consiste ésta? Trata H.
de ofrecer con su libro al rey Felipe 11, la posibilidad de
discernir, mediante el conocimiento del temperamento nativo de los
hombres, su disposición para el ejercicio de las distintas
actividades intelectuales o técnicas. Piensa así nuestro médico,
en una época de crisis que vive como genuino renacentista, alcanzar
un mundo de perfección, en el que puedan darse «los mayores artífices»
por el mero hecho de aunar el arte en la naturaleza.
En la obra se pueden distinguir tres
partes: una primera, de contenido psicológico y carácter teorético,
en la que se estudian los distintos ingenios, sus variedades y
diferencias, su relación con la constitución temperamental -entendido
el temperamento, por supuesto, al modo galénico-, las teorías
humorales y el cerebro, todo ello como fundamento de las aptitudes
profesionales y de la actividad intelectual humana. La segunda parte
del Examen de ingenios, también de contenido psicológico, es de
carácter pragmático; en ella trata H. de la correspondencia
existente entre las distintas profesiones académicas y las
diferentes variedades de ingenio. Analiza, en fin, caracterológicamente,
dichas profesiones y los individuos que a ellas se dedican. El último
apartado del libro, de contenido biológico y también de carácter
práctico, va orientado al logro de los buenos ingenios.
Doctrina del autor. Como hemos podido
ver, la doctrina de H. afirma que para el conocimiento científico y
el ejercicio profesional, la aplicación del sujeto o los métodos
pedagógicos utilizados para ello no tiene tanta importancia como
algo nativo en el hombre, algo cuyo origen no radica en su alma y
que es preciso atribuir a las diferencias temperamentales. Por ello
es imprescindible un estudio práctico que, abarcando la investigación
tipológica -en lo que se refiere al temperamento-, su
correspondencia con la mentalidad de cada individuo, la relación
entre tipos mentales y los diferentes modos de enseñanza y
profesiones, permita en fin una aplicación eugenésica, pedagógica
y sociológica, con vistas a la selección de superdotados y, más
modestamente, a la orientación profesional en general.
Señala H. tres facultades:
entendimiento, imaginación y memoria, cuya forma de ser en el
individuo dará lugar a otros tantos modos de ingenio. Ahora bien;
puesto que el ingenio está en función del temperamento, relaciona
nuestro autor las cualidades humorales constitutivas de los
temperamentos con las referidas potencias psíquicas, distinguiendo
así tres tipos de ingenio: el memorioso -por temperamento húmedo-;
el imaginativo -por temperamento cálido-; y, finalmente, el
intelectivo, por temperamento seco. Como quiera que de la combinación
de las diferentes cualidades surgen nuevas diferencias, se sigue en
la clasificación de los ingenios, según H., una subdivisión en teóricos
y prácticos.
Sólo resta ya el médico
renacentista, para lograr su examen de ingenios para las ciencias,
establecer la correspondencia existente entre los diversos ingenios
y las distintas artes y ciencias. Lo consigue -anteponiéndose a
Bacon (v.)- mediante su célebre clasificación de las profesiones
según la facultad psíquica más necesaria para su ejercicio. En lo
que se refiere al entendimiento, predominará para el estudio de la
Teología, teoría de la Medicina, Dialéctica, Filosofía y práctica
de la jurisprudencia. Para el dominio de la poesía, elocuencia, música,
práctica de la Medicina, Matemáticas, Política, Astrología, será
precisa la preponderancia de la imaginativa. La memoria, en fin, es
facultad imprescindible para sobresalir en el estudio de la Gramática,
las lenguas, la teoría de la Jurispericia, la Teología positiva,
la Cosmografía y la Aritmética.
Uno de los puntos de fricción del
Examen de ingenios con la Inquisición radica en la afirmación de
H. -al abordar el problema de las relaciones funcionales entre alma
y cuerpo- de que el alma racional, mientras informa al cuerpo, no
puede ejercitar acción alguna sin órgano efector adecuado. Ello le
lleva a la conclusión de que en el cerebro tiene que existir un órgano
para cada facultad. En la edición de 1594 rectificará expresando
la existencia de dos potencias intelectivas: una inorgánica, función
específica del alma racional, y otra orgánica y cerebral, condición
inexcusable para el funcionamiento de la primera.
Para la redacción del Examen, H. de
S. J., fiel humanista, hubo de conocer las Sagradas Escrituras, los
textos filosóficos clásicos -Platón y Aristóteles-, el Corpus
Hippocraticum y las obras de sus contemporáneos. Pero por encima de
todos ellos, el escrito que le sirvió de punto de partida fue el
Quod animi mores corporis temperamenta sequantur de Galeno (v.),
aunque el médico de Linares sobrepasa al de Pérgamo, no ya por su
tesis, cristiana la del español, de la igualdad nativa de todas las
almas, sino por admitir una correlación estrecha y específica
entre el temperamento y el talento intelectual y, sobre todo, por
negar rotundamente la influencia de aprendizaje, hábito y vocación
sobre la aptitud y el rendimiento de la inteligencia.
La publicación del Examen de
ingenios marca el nacimiento de una nueva disciplina: la Psicología
diferencial. Sin embargo, la grandeza de la obra se vio menguada por
el desconocimiento, casi general en su época, del sentido pedagógico
que encerraba. La literatura del Siglo de Oro español, por el
contrario, fue fiel notario de la presencia y la existencia de la
obra de H.
A. ALBARRACIN TEULóN.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Mariana,
Juan de (1536-1623)
Historiador español del s. XVI, autor de una Historia general de
España, obra de gran estilo y fama relevante entre todas las de su
género; como tratadista de temas teológicos y políticos es una de
las glorias intelectuales de la Compañía de Jesús y una de las
mentes más lúcidas del pensamiento español de la época. N. en
Talavera en 1536 y estudió en Alcalá de Henares, dedicándose con
especial vocación a las humanidades. En sus años universitarios
conoció al P. Jerónimo de Nadal, colaborador de S. Ignacio. De esa
amistad nació su decisión de ingresar en la recién creada Compañía
de Jesús, cuando tenía 17 años. Pasó por importantes centros de
formación y tuvo grandes maestros, como Francisco de Borja y el P.
Laínez, general de la Compañía, quien le escogió como profesor
para el colegio de Roma (1561). Desde allí, y tras dos años de
magisterio en Sicilia, pasó a París, donde se doctoró en Teología.
Vuelto a España, residió en Toledo
desde 1574, en la casa profesa de los jesuitas. Desempeñó varios
cargos, como examinador sinodal, consejero del Santo Oficio y censor
de obras teológicas y escriturísticas, revisando, entre otras, la
famosa Biblia Políglota de Amberes, que había dirigido el gran
hebraísta Arias Montano.
La obra del P. M. es muy extensa y
abarca una amplia temática. En 1581 colaboró en la redacción del
Manual para la administración de sacramentos del Dr. García de
Loaysa, que se publicó en Toledo. Un año más tarde redactaba las
Actas del concilio diocesano de Toledo, y en 1584 dirigía la
composición del índice de libros prohibidos. Su obra más extensa,
Historia general de España, fue compuesta y publicada en 1592 y
1601. En ese mismo periodo publicaba en Toledo (1598) su tratado De
rege et regis institutione, obra muy ciceroniana en su estilo y cuya
tesis estriba en definir la potestad real, que M. limita, en cuanto
hace residir el poder en la comunidad, que lo trasmite al príncipe,
quien, por su parte, está supeditado a la ley natural y a la
positiva, tesis original e incluso revolucionaria dentro de la
concepción monárquica de la época.
Su teoría del tiranicidio,
justificable como último extremo cuando el príncipe no sirve al
fin ético del Estado, el bien común, ha sido frecuentemente
desenfocada e incluso tratadistas políticos del xix han visto en M.
un precedente del liberalismo (v. TIRANRÍA). Para M. existe una
perfecta distinción entre el rey y el tirano, cuya muerte nunca
puede ser obra de justicia individual, sino última decisión de
toda la comunidad. Los Siete tratados, publicados en Colonia en
1609, son también obra polémica. El cuarto de ellos, De mutatione
monetae, en que ataca la devaluación monetaria ordenada por Felipe
III, sin previo asentimiento del pueblo, le valió un proceso
inquisitorial instigado por el duque de Lerma y año y medio de
prisión en el convento de S. Francisco de Madrid.
Gran latinista, buscó para su obra
maestra, Historia general de España, una base historiográfica
romana, producto de sus lecturas de Salustio y Tácito. Elaborada
sobre crónicas e historias anteriores, carece ésta de una labor crítica
depuradora de las fuentes que manejó, tal como lo había hecho, p.
ej., su coetáneo Zurita (v.); de ahí que adolezca de falta de
criterio científico. Tampoco fue éste, por cierto, el objetivo de
P. M., «sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido».
Se desentiende de la procedencia de los datos y noticias que maneja
y se dirige a crear, con estilo a veces muy oratorio, una gran panorámica
histórica. En realidad, es una obra de valoración de España,
escrita hacia las otras naciones, donde se puede resaltar el factor
patriótico, claro indicio de una motivación política. Comienza la
obra con las consabidas alabanzas de España, iniciadas por S.
Isidoro, cuyas obras había editado M. por deseo del rey (1595-99).
El relato sigue un plan cronológico, aun en periodos tan confusos
como la Reconquista, y llega hasta 1516. Compuesta primero en latín,
su éxito le llevó a redactarla y publicarla también en castellano
en 1601. El P. M. m. el 16 feb. 1623, en la casa profesa de Toledo.
M. ESPADAS BURGOS
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Suárez,
Francisco (1548-1617)
Teólogo y filósofo, nacido en Granada.
Estudió en Salamanca, e ingresó en la Compañía de Jesús en
1564. En un principio, fue rechazado por considerársele poco
inteligente.
Enseñó Filosofía de 1572 a 1574 en los Colegios de Salamanca y
Segovia. Hasta 1597 fue profesor de los Colegios de Avila,
Valladolid, Colegio Romano en Roma, Alcalá y Salamanca. Desde 1597
hasta 1615 ocupó la cátedra de Prima en la Universidad de Coimbra.
Entre sus obras de Filosofía y Teología destacan los dos grandes
volúmenes de Disputationes metaphysicae, impresos en 1597; la gran
obra jurídica De legibus ac Deo Legislatore, De Deo uno et Trino.
Contra el rey Jacobo I de Inglaterra escribió Defensio fidei
adversus Anglicanae sectae errores. También el tratado De Anima.
Suárez es el más destacado representante de la escolástica en el
siglo XVI, el único gran filósofo escolástico después de Ockam.
Su labor más importante es la sistematización de la metafísica y
su filosofía jurídica y política.
Aunque se mantuvo en general dentro del tomismo, sin embargo no se
vió limitado por este sistema, sino que adoptó posturas
independientes y aun en contra cuando su investigación y penamiento
así lo requerían. Profundizó con una claridad y un rigor
extraordinarios. No fue sólo un comentarista, sino un filósofo y
un teólogo auténtico, original, que influyó activamente en el
desarrollo de importantes aspectos de la Filosofía y Teología.
Durante los siglos XVI y XVII sus obras eran estudiadas y analizadas
en las más importantes universidades europeas. No cabe duda que
Descartes y Grocio fueron influidos por Suárez, como lo fue la
metafísica de Leibniz. Lo mismo puede afirmarse de los idealistas
alemanes.
En el ambiente del pensamiento político, Suárez analizó, entre
otros, el tema importantísimo del origen del poder. En este sentido
es contrario a la teoría del origen divino de los reyes que con
tanto ardor se defendió en los países protestantes. El poder real
no viene inmediatamente de Dios, sino, como afirmaron muchos otros
juristas españoles de la época, el poder real tiene que
fundamentarse en el consentimiento del pueblo. Es el pueblo quien
tiene el poder, la soberanía, derivada directamente de Dios. Por
eso el pueblo puede retirar legítimamente su consentimiento a los
soberanos indignos de ejercer el poder que él ha depositado en sus
manos. Es esta teoría un claro desarrollo de la soberanía popular
que más tarde se desarrollaría y adquiriría nuevas
fundamentaciones religiosas y laicas.
Las obras completas de Suárez alcanzan 26 volúmenes, y con toda
justicia se le conoce como el Doctor Eximio.
(Indice)
Domingo Báñez (1528-?)
"Dominico español, una de las figuras más precIaras de la
Teología del s. XVI, también cultivó la Filosofía y el Derecho.
1. Datos biográficos. Aunque se le
creyó nacido en Mondragón (él mismo se intitula Mondragonensis en
algunas portadas de sus obras) o en Medina del Campo (así decía el
acta de profesión religiosa y la del doctorado por la Univ. de Sigüenza),
documentos fehacientes prueban que n. en Valladolid, el 29 feb.
1528. Estudió Artes en Salamanca, en cuyo convento dominicano
profesó el 3 mayo 1547. Allí conoció a los grandes teólogos
Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, teniendo por Maestros a
Diego de Chaves, Melchor Cano, Pedro de Sotomayor, Domingo Cuevas,
Barrón, etc., y por condiscípulo a B. de Medina. A petición de
Domingo de Soto comenzó a enseñar Artes y Teología en el Convento
de S. Esteban, en 1552, profesorado que duró nueve años. En el
curso 1561-62 figura como catedrático de Teología en la Univ. de
Avila, donde enseñó hasta terminar el curso 1566-67. Pasó a Alcalá,
mas no parece que fuese catedrático de la Univ. Complutense, sino
del Colegio dominicano, y quizá sustituyese alguna vez en la
Universidad a Pedro Portocarrero, O. P. En mayo 1569 figura como
regente de Sto. Tomás de Avila. Vuelve a Salamanca en 1570, y en
1573 va a regentar S. Gregorio de Valladolid, hasta 1577. Regresa a
Salamanca para opositar a la cátedra de Durando, que obtiene en
abril de 1577. Cuatro años desempeñó esa cátedra, pues en 1581
oposita a la de Prima, vacante por muerte de Medina, ganándosela al
agustino Juan de Guevara. En 1601 obtuvo la jubilación, aunque no
llevaba al frente de su cátedra los veinte años requeridos para
ello, mas su precaria salud no le permitía seguir enseñando. Se
retiró a Medina del Campo, muriendo santamente en el Convento de S.
Andrés de dicha villa el 22 oct. 1604.
Además de su dedicación a la enseñanza,
por encargo de la Universidad trabajó en la reforma gregoriana del
Calendario; fue vicerrector; intervino en la revisión del índice
de libros prohibidos. También fue hombre de confianza de Felipe II,
ante quien solventó graves problemas de la Universidad y que le
encomendó serios negocios.
2. Obras de Báñez: Scholastica
commentaria in Primam Partem Angelici doctoris D. Thomae (qq. 1-64),
Salamanca 1584, última ed. de L. Urbano, Valencia 1934; Scholastica
commentaria super caeteras primae partis quaestiones, Salamanca
1588, cuatro ed. más en Venecia 1588, 1591, 1602 (Zenario) y 1602 (Bertano),
y Duaci 1614; Scholastica commentaria in IIam. IIae. quibus quae ad
fidem, spem et charitatem spectant, clarissime explicantur usque ad
XLVI quaestionem, Salamanca 1584 y 1586, Roma 1586, Venecia 1586 y
1602, Lyon 1588, Douai 1615; Scholastica commentaria in Ilam. IIae.
a quaestione LVII ad LXVIII de jure et justitia decisiones,
Salamanca 1584, Venecia 1595, Douai 1615, Colonia 1615; Relectio de
merito et augmento charitatis, Salamanca 1590 y 1627; Instituciones
minoris Dialecticae, Salamanca 1599, Colonia 1618, Bolonia 1631;
Commentaria in libros de generatione et corruptione, Salamanca 1585,
Venecia 1587 y 1596, Colonia 1616; Apologia fratrum praedicatorum in
provincia Bispaniae sacrae theologiae professorum, adversus novas
quasdam assertiones cujusdam doctoris Ludovici Molina nuncupati,
Madrid 1595, ed. V. Beltrán de Heredia, O. P., en Domingo Báñez y
las controversias sobre la gracia (Textos y Documentos), Madrid
1968, p. 115-380 (recoge el libro otros muchos documentos bañecianos);
Libellus supplex Clementi VIII oblatus, quo totius apologiae summa
paucis exponitur, 28 OCt. 1955, ed. Teodoro Eleuterio, en Bistoria
controversiarum de divinae gratiae auxiliis, 1715, t. I; Responsio
ad quinque quaestiones de efficacia divinae gratiae, a. 1599, en V.
B. de Heredia, o. c., p. 638- 642; Respuesta contra una relación
compuesta por los Padres de la Compañía de Jesús de Valladolid,
Medina del Campo 1602 (Biblioteca Angélica, Ms. R. 1.9, fol. 272);
De efficacia praevenientis auxilii gratiae, an sit intrinsece et a
se vel a libero hominis arbitrio (Disputatio inter Patres Societatis
Jesus et magistrum Báñez, ca. 1599-1600), ed. B. de Heredia, o.
c., p. 613-638; Comentarios inéditos a la Prima Secundae de Santo
Tomás, ed. V. B. de Heredia, t. l, De fine ultimo, de actibus
humanis, Madrid 1942, Salamanca 1944; t. 11, De vitiis et peccatis,
Salamanca 1944; t. III. De gratia Dei et de vera et legitima
concordia liberi arbitrii cum auxiliis gratiae, Madrid 1948;
Comentarios inéditos a la tercera parte de Santo Tomás, ed. V. B.
de Heredia, 2 vol., Salamanca 1951 y 1953.
3. Las disputas sobre la gracia. En
las disputas que se suscitaron en el s. XVI en torno a la gracia tomó
parte muy activa B. El problema estriba en concordar la acción de
la gracia con la libertad humana. S. Agustín y Sto. Tomás
afirmaban que toda acción buena tiene como causa eficiente a Dios,
quien mueve al hombre a realizarla, y éste, secundando esa moción,
coopera a la acción con causalidad subordinada a la de Dios. El
hombre es libre, porque libremente acepta secundar a Dios, y si la
moción divina es eficaz, puede rechazarla, aunque de hecho no lo
hará. Esto es, en síntesis, lo mantenido por la teología
tradicional de las escuelas. Por reacción contra la doctrina
luterano-calvinista que negaba toda acción libre del hombre, los
nuevos teólogos del XVI intentan salir por los fueros de la
libertad en el acto de fe y en la justificación, y afirman que
tanto Dios como el hombre concurren, como causas eficientes
coordenadas; dependiendo de la libertad humana el que la moción
divina consiga o no el efecto intentado. La predestinación, según
esta explicación, se realiza en previsión de los méritos. Fueron
precursores de estas nuevas doctrinas J. Sadoleto (1534), A. Pighio
y A. Catarino (1541, v.). En España las defendió el P. Deza S. J.
en Alcalá y M. Marcos S. J. en Salamanca.
En 1582 chocaron violentamente las
dos tendencias. El 20 de enero de ese año tuvo lugar un acto académico
en la Univ. salmantina, presidido por el mercedario F. Zumel. El
jesuita Prudencio de Montemayor defendió la tesis: si Cristo recibió
del Padre el precepto de morir no murió libremente y, por tanto, no
hubo mérito en ello. Zumel le arguyó diciendo que esa doctrina no
podía defenderse, «porque, aunque sea en el sentido compuesto, e
instante el precepto que tenía del Padre de morir por los hombres,
era libre y libremente moría» (F. Blanco García, Segundo proceso
instruido por la Inquisición de Valladolid contra Fr. Luis de León,
«La Ciudad de Dios» 41, 1896, 187-188). Ante la objeción,
Montemayor hizo concesiones de sabor pelagiano. En la disputa
intervinieron fr. Luis de León en favor de Montemayor, y B.
secundando a Zumel. Luis de León tildó de luterana la doctrina de
B. Los ánimos se volvieron a excitar el 27 de enero, agravándose
la división de pareceres, «pues comenzando a tocarse en un
argumento si conferente Veo aequalia auxilia sufficientia duobus
hominibus, absque novo superaddito, poterit alter illorum converti,
alter renuere (si dando Dios iguales auxilios suficientes a dos
hombres, sin añadir más, podría el uno convertirse, y el otro
rechazarlos), respondió el sustentante que sí» (ib.).B. se opuso
tenazmente a esta afirmación aduciendo la autoridad de S. Agustín
y de Sto. Tomás, la del conc. II de Orange, pasajes de la Escritura
y razones teológicas. El asunto pasó al Santo Oficio por denuncia
del jerónimo Juan de Santa Cruz, que extractó en 16 proposiciones
las doctrinas de Montemayor y de Luis de León, a quienes se les
prohibió enseñarlas.
Contra la doctrina tradicional sobre
la eficacia de la gracia ab intrinseco, el jesuita Molina en su
famosa obra Concordia defiende la eficacia de la gracia ab
extrinseco, pues de la libertad del hombre depende el que la gracia
suficiente llegue o no a ser eficaz de hecho. La acción de Dios
queda, por eso, determinada, subordinada y como en suspenso, por el
libre albedrío. Se salva éste, pero se atenta contra los atributos
divinos. «Según esa doctrina, decía B., la providencia del hombre
y su elección va un paso adelante de la divina cooperación». Para
atenuar esos inconvenientes Suárez y S. Roberto Belarmino propondrán
el congruismo.
Mientras los consultores del Santo
Oficio se ocupaban en dictaminar sobre el contenido de la Concordia,
los jesuitas de Valladolid, por iniciativa de A. de Padilla,
organizaron un acto público del 5 mar. 1594, defendiendo las tesis
molinistas. Arguyeron eficazmente los dominicos Muño, Yanguas y
Alvarez. Además pasaron a la ofensiva organizando un acto en el que
defendieron las tesis tomistas el 17 de mayo. Los jesuitas
denunciaron al Santo Oficio a los PP. Zumel y B., como luteranos,
mas obtuvieron sentencia absolutoria. Los dominicos pensaron en la
redacción de un memorándum, en el que se refutasen cumplidamente
las nuevas doctrinas y se defendiese lo tradicional. Se encomendó a
B. la realización del proyecto; es lo que constituye la Apología (cfr.
supra, Obras). En 1597 B. compuso el Libellus supplex en el que se
pedía a Clemente VIII desligase a los dominicos de la ley del
silencio impuesta por el Nuncio a las partes litigantes; el Papa
accedió a ello. B. no interviene directamente en las Congregaciones
de auxiliis habidas en Roma de 1598 a 1607.
4. Teología de Báñez. No se puede
afirmar que B. tenga una teología propia; él no innova nada, sino
que expone de manera personal la doctrina comúnmente aceptada hasta
entonces. Lo que se ha dado en llamar bañecianismo no es más, como
decía N. del Prado, que pura comedia bañeciana (De gratiae et
libero arbitrio, Friburgo 1907, p. 497 ss.). Es verdad que, para
aclarar y precisar la doctrina emplea términos nuevos: «premoción
física», «concurso físico», «gracia eficaz físicamente
determinante», etcétera. Mas al decir «premoción», «predeterminación»
indica simplemente la prioridad de la acción de Dios y de la gracia,
y la independencia de la ciencia y providencia divinas. El adjetivo
y adverbio «físico», «físicamente» los contrapone a «moral»,
«moralmente». Premoción física significa, en B., anterioridad de
la causalidad divina, a la que concurre subordinadamente la libertad
creada, contra el concurso simultáneo de causalidades coordenadas
del molinismo. Así lo entendía el card. Madruzzi, presidente de
las Congregaciones de auxiliis. (Serry, Historia Congreg. de
Auxiliis, Venecia 1740, App. col. 89). Notemos que, posteriormente a
B., otros autores tomistas, guardando los principios básicos, han
dado otras explicaciones sobre esas cuestiones.
Al lector libre de prejuicios, B. se
le presenta como uno de los genios más preclaros que ha conocido la
historia de la Teología. Brillan en él la claridad y la
profundidad, el decir sencillo y la metafísica más honda, el
discurrir lógico, la fuerza persuasiva del silogismo y la erudición
nada común. Su genio metafísico y teológico supera ciertamente el
de sus maestros. Diego de Chaves al censurar los Comentarios de B.
escribía: «D. Thomas Angelicus Doctor, mihi videtur dignum se
nactus interpretem. Maximus Doctor Maximum quoque commentatorem est
nactus» (Me parece que al Angélico doctor Tomás de Aquino le ha
nacido un intérprete digno de él. Un doctor máximo ha conseguido
también un máximo comentador).
5. Báñez y S. Teresa de Jesús.Uno
de los capítulos más interesantes de la vida de B. es el de sus
relaciones con la reformadora del Carmelo. Llegó B. a Avila cuan-
do se discutía la obra de S. Teresa (1561-62), tomando
inmediatamente la defensa de la Santa y de su reforma. A él se debe,
en parte, el que fuese adelante. Desde entonces fue su confesor y
director espiritual, personalmente o por carta. La influencia de B.,
como afirma la Santa en sus escritos, fue extraordinaria;
frecuentemente recuerda a su Maestro en sus obras. La
correspondencia fue abundante, aunque, por desgracia, sólo se
conservan cuatro cartas de la Santa a B. y una de éste a aquélla.
El director correspondió a esas muestras de afecto y confianza,
defendiendo siempre la reforma y dirigiendo su alma con la sabiduría
y tino que sólo un teólogo de su talla podía hacer.
C. GARCÍA EXTREMEÑO.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Fox Morcillo, Sebastián (1528-1560)
Filósofo humanista español, conciliador de las doctrinas de
Platón (v.) y Aristóteles (v.). N. en Sevilla en 1528, de una
familia oriunda de Francia; m. en 1559 ó 1560 cuando, desde los Países
Bajos, se dirigía a España para ocupar el cargo de preceptor del
príncipe D. Carlos por encargo de Felipe 11. El barco que le conducía
naufragó y pereció ahogado, malográndose una de las figuras más
prometedoras de la Filosofía española.
Discípulo de Cornelio Valerio, había
estudiado Humanidades, Latín y Griego en España cuando se dirige a
Lovaina para ampliar sus conocimientos. Quedará trabajando allí,
lo cual hace su vida en cierto modo paralela a la de L. Vives (v.),
aunque F. M. es menos ecléctico y más crítico. Cuando, poco antes
de ser llamado a España, muere en Yuste Carlos V, F. M. destaca en
Lovaina junto a un notable grupo intelectual español en el que cabe
citar a Pedro Jiménez y F. Furió Ceriol. De estilo correcto y
claro, gran conocedor de Platón (aunque en parte a través de S.
Agustín con el que confunde a veces cosas) y de Aristóteles, su síntesis
viene a ser un Aristóteles muy platonizado y entendido en cristiano.
Menéndez Pelayo (v.) reivindica la olvidada memoria de F. M. a
quien pone como modelo («la mejor dirección de la Filosofía española»)
por su armonismo, ya que como no hay verdad total en filosofía, hay
que caminar tomando de cada uno lo que más convenga.
A pesar de todo, F. M. representa,
junto a León Hebreo (v.) y Miguel Servet (v.), la cumbre del
neoplatonismo español del XVI, si bien se trata de un platonismo
sereno, realista, que «no dejó penetrar por ningún resquicio en
su ontología la doctrina del éxtasis, volvió los ojos a la
naturaleza y al método experimental». M. Pelayo resume la doctrina
de conciliación Platón-Aristóteles con cierto simplismo, convirtiéndola
casi en un problema terminológico: Aristóteles viene a decir lo
mismo que Platón, puesto que si esa forma primera y divina existe,
tiene que ser algo universal separado de la cosa misma. De modo que
si el físico debe remontarse a los principios elementales, hay que
buscar algo superior a la materia y a la forma, algo que precede a
toda composición y sea por sí mismo realidad simplicísima. Y esta
realidad sólo puede encontrarse en las ideas (v.) divinas.
De esta metafísica armonista se
infiere todo su sistema ideológico, en el cual, al admitir la
existencia en el entendimiento de ideas innatas no adquiridas por
los sentidos sino participantes del mundo de las ideas reflejadas de
Dios, no lo hace subjetiva y dudosamente (como su maestro, L. Vives),
sino dando fuerza y actividad a las mismas. Sigue ahí con fidelidad
el De Magistro agustiniano y basa en las ideas innatas toda
posibilidad de ciencia y demostración: «Innatos son para F. M. los
axiomas matemáticos; innatas las ideas morales; innatos, sobre todo,
los generalísimos conceptos del ser, de la esencia y del accidente,
de la cualidad y de la modalidad...» (M. Pelayo). En su «plan de
estudios» preconiza la necesidad del trivium como base del estudio
de la Filosofía que, para él, sigue siendo el estudio de todo lo
racionalmente abarcable, dividida en natural (Física, Matemática y
Teología) y moral (Monástica, Económica y Política) según un
enfoque tradicional.
Obras. A pesar de su corta vida
publicó bastantes obras (todas de 1554 a 1557, en Amberes, París o
Basilea). La más importante es Des naturae philosophia, seu de
Platonis et Aristóteles consensione (1554), destacando también De
demonstratione, eiusque necessitate ac vi (en que pueden notarse
ciertas anticipaciones a Descartes), De philosophici studii ratione
(con clara influencia de L. Vives, según R. Blanco), la curiosa
obra de filosofía política De Regni, Regisque institutione, varios
tratados prácticos' (De usu et exercitatione Dialecticae, Ethices
philosophie compendium..., De Historiae institutione dialogus),
comentarios a las obras de Platón Timeo, Fedón y La República, así
como diálogos de corte platónico originales suyos: De iuventute,
De honore.
E. FERNÁNDEZ CLEMENTE.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Bartolomé
de Medina (1528-1580)
"Tiene sin duda derecho evidente a
ocupar un lugar preeminentísimo en la Historia de la Filosofía
Española del siglo XVI como fundador genial de un sistema que ha
iluminado innumerables entendimientos y ha llevado la tranquilidad y
la paz a millones y millones de conciencias". (Marcial Solana)
Teólogo dominico español, uno de los grandes maestros de la
escuela tomista de Salamanca del s. XVI (v. ESCOLÁSTICA II, 4).
Vida. N. en Medina de Rioseco
(Valladolid) en 1528; ingresa en el Convento de los dominicos (v.)
de Salamanca, donde recibe su formación religiosa e intelectual en
el momento más álgido de la escuela teológica salmantina, que
procuraba, bajo el impulso de F. de Vitoria (v.), dar nueva
fecundidad al pensamiento medieval, en su encuentro con el humanismo
renacentista. En este ambiente enseñó M. hasta que m. en Salamanca
el 30 dic. 1580.
En continuidad con Vitoria y con la
pléyade de teólogos dominicos que ilustran la llamada «Segunda
Escolástica», M. comenta la Summa de S. Tomás de manera profunda
y personal, manifestando rara sensibilidad ante los problemas de su
tiempo, especialmente en el dominio moral. Su reflexión se situará
precisamente en el punto de inserción de los datos tradicionales
con las aspiraciones y necesidades de una sociedad globalmente
cristiana, pero en acentuada crisis intelectual.
A instancias del Maestro General de
su Orden publica los Comentarios a la Suma Teológica, fruto de una
larga labor universitaria. En 1577 edita en Salamanca el Comentario
a Sum. Th. 1-2, donde aborda los problemas de Moral fundamental. Su
Tratado de la Conciencia le valdrá una justa celebridad. El
Comentario a la 3a parte, editado en 1578, explica las qql-60,
concernientes a la Cristología y a la Soteriología. Redactado en
castellano, su Breve instrucción de cómo se ha de administrar el
sacramento de la penitencia (Salamanca 1580) fue muchas veces
reeditado y traducido al latín y al italiano. Es precisamente por
esta obra y por el amplio comentario a la q19 de Sum. Th. 1-2, por
lo que M. interesa especialmente a la historia de la Teología
moral.
Medina y el probabilismo. Después de
su muerte, M. será objeto de ásperas controversias, especialmente
entre dominicos y jesuitas. Éstos lo califican como «el padre del
probabilismo», el sistema moral que muchos de ellos defienden (v.
MORAL III, .4), mientras que los dominicos se esfuerzan por rechazar
tal afirmación. La realidad es que el teólogo salmantino, en plena
armonía con los moralistas de su tiempo, expuso ampliamente la
doctrina de las «opiniones» más o menos «probables»,
explicandoasí el texto de S. Tomás en una perspectiva bien
diferente de las seguidas por las Summas medievales. Los doctores y
maestros de la Edad Media, al abordar el problema de la conciencia
dudosa (v. CONCIENCIA III), afirman simplemente que nadie puede
obrar en duda, sino que debe procurar mediante reflexión y consulta
llegar a una seguridad práctica; en caso contrario, prescriben que
el sujeto se abstenga de obrar o que se escoja la opinión más
segura, es decir: que excluya el peligro de infracción (aun
material) de la ley. Esa doctrina es calificada a veces por
tuciorismo, aunque semejante designación es ambigua, pues la
doctrina medieval está mejor matizada que el sistema así
denominado.
El s. XVI conoce otra problemática.
La conciencia se encuentra como en conflicto con la obligación
moral. En un contexto histórico de multiplicidad y complejidad jurídicas,
se destaca el principio de que solamente la ley cierta es
obligatoria (v. LEY Li y VII, 5). En los casos dudosos, se propone
un análisis cuidadoso de las «opiniones» en conflicto, unas a
favor de la ley, otras en favor de la libertad. En esta perspectiva
se coloca M. En su exposición se encuentra esta declaración
formal: «soy del parecer que si una opinión es probable, es lícito
seguirla, aunque la opinión contraria sea más probable» (Expos.
in 1-2 Sum. Th. 19,5-6). Esta enseñanza es claramente continuada en
la Breve Instrucción (1. 1, cap. 8), destinada a los confesores, de
modo que los teólogos contemporáneos de M., así como los de las
generaciones inmediatas, lo consideran como probabilista. Y cuando
este sistema fue duramente atacado por los jansenistas -ayudados por
la pluma de Pascal (v.)- y criticado por gran número de teólogos,
sus defensores indicaron al maestro de Salamanca como iniciador del
probabilismo. Desde el s. XVII hasta nuestros días, ha sido
frecuente, sin embargo, entre los autores dominicos interpretar el
texto de M. de tal modo que se pudiera alinear fácilmente en la
perspectiva del propio S. Tomás y no entre los casuistas.
Hoy, serenados los ánimos y después
de estudios objetivos sobre el probabilismo, como los de T. Deman
(v.), no es difícil llegar a una apreciación más equilibrada
acerca de la significación histórica de los diferentes sistemas
morales y de la contribución positiva, aunque limitada, que
llevaron al desarrollo de la Teología moral. Con esta luz se
comprende mejor la postura tomada por M. De un lado, por la claridad
con que define y defiende la opinión «probable», M. merece el título
de iniciador del probabilismo. Hay que resaltar, sin embargo, que
para él la «opinión se dice probable no por el hecho de estar
apoyada por razones aparentes o contar con algunos defensores, de lo
contrario -añade irónicamente-, todos los errores serían
opiniones probables, sino cuando está sustentada por varios sabios
y confirmada por óptimos argumentos» (íb.). Pero tal criterio no
identifica la «opinión probable» con una opinión «moralmente
cierta» y aleja a M. del llamado tuciorismo medieval.
Es indudable que M. establece el
principio de validez de la opinión probable, en el sentido de los
moralistas contemporáneos suyos. Al discutir estos hechos, los
dominicos partidarios de los sistemas probabiliorista,
equiprobabilista o compensacionista, se alejan de una lectura
estrictamente histórica de los textos de M. Tienen razón, sin
embargo, al desvincular al maestro castellano de la evolución
posterior del probabilismo. Sin hablar de las adaptaciones y de los
desvíos seguidos por autores menos cualificados, este sistema, con
sus semejantes, fue frecuentemente defendido gracias al recurso a
probabilidades puramente externas, es decir, sufragadas sólo por la
autoridad de algunos teólogos o aun de uno solo. De esta degradación
histórica M. no es, en forma alguna, responsable. Su doctrina sería
susceptible de otros desarrollos. A semejanza de Melchor Cano (v.),
que buscaba una metodología teológica capaz de integrar y unificar
los datos positivos desconocidos por la reflexión medieval, M.
intenta unir de manera coherente los nuevos problemas morales con la
tradición teológica representada por la síntesis de S. Tomás.
Pero, en uno y otro caso, se trata más de intuiciones que de teorías
acabadas. Menos aún se podrá identificar la indicación inicial
con sistemas construidos según perspectivas diferentes, tales como
el probabilismo, el probabiliorismo, el equiprobabilismo, etc.
La actual renovación de la Teología
moral (v.), que sitúa el estudio de la conciencia en el cuadro de
la virtud de la prudencia (v.) y en la inspiración sobrenatural del
don de consejo, supera los esquemas de los sistemas de moral, pero
igualmente se beneficia del amplio material de experiencia acumulado
por tantos moralistas. Entre ellos M., sean cuales fueren las
vicisitudes inmediatas de la evolución histórica de sus doctrinas,
se proyecta como el representante de una teología humanista, fiel a
la Tradición y abierta a los desafíos y necesidades de los nuevos
tiempos.
C. J. PINTO DE OLIVEIRA
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Covarrubias
y Orozco, Sebastián de (1539-1613)
Escritor y leXIcógrafo español, n. en Toledo el 7 en. 1539, en
el seno de una familia culta. Su padre, Sebastián de Horozco, u
Orozco, recopiló refranes, poetizó, etc. Los hermanos de la madre,
María Valero de Covarrubias, o Cobarrubias también fueron
ilustrados conocedores en el Derecho, la Iglesia y la Política.
Estudió en Salamanca.
En 1567 ya era sacerdote; en 1579 se
asentó en Cuenca como canónigo. En 1596 fue comisionado, en razón
de sus «letras, inteligencia y entereza», para instruir a los
moriscos de Valencia. En 1610 gestiona en Madrid la impresión de
sus dos libros: Emblemas morales (1610) y Tesoro de la lengua
castellana o española (1611). Hace testamento el 14 jul. 1613 y m.
en Cuenca el 8 oct. del mismo año.
En el Tesoro se propone averiguar las
etimologías de las palabras, pero lo que hace es, en realidad, una
enciclopedia (en el sentido moderno). Es la obra de un gran erudito:
a las etimologías (absurdas, muchas veces) añade noticias de
sucesos, citas de autores, opiniones, etc. Es una mina inestimable
para la comprensión de nuestros clásicos y para el conocimiento de
la lengua castellana por la gran riqueza idiomática que contiene.
Con reparos, admite la inclusión de neologismos; también recoge
arcaísmos y palabras en desuso; términos poéticos y rústicos,
incluso extranjerismos. Por lo general, aduce las citas que
autorizan las voces o las que justifican las etimologías que
propone. Considera autoridades de la lengua a: Juan Manuel (v.),
Juan de Mena (v.), las Coplas de Mingo Revulgo, Garcilaso de la Vega
(v.), los romances viejos (v. ROMANCERO) y los cantares
tradicionales (V. CANCIONERO).
Esquemáticamente, los artículos
constan de definición breve, etimología, derivados del vocablo
definido o palabras o locuciones emparentadas con él. Pero este
criterio es muy variable y, muchas veces, faltan algunos elementos
del esquema.
Cuando, en 1616, Oudin publicó la
segunda ed. de su diccionario, reconoció la importancia del Tesoro
y tomó de él unas 1.000 voces. En el advertissement reconoce a C.
como fuente de muchas definiciones de su léXIco.
En los Emblemas morales (en 1589, su
hermano Juan de Horozco y Covarrubias había publicado con el mismo
título un libro semejante), imita a Andrea Alciano (14921550).
Algunos emblemas inspiraron a Saavedra Fajardo (v.). Hay que
considerar perdidas otras obras de C.: «un tratado de cifras» y la
traducción de las Sátiras de Horacio.
J. CAÑEDD FERNÁNDEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Francisco Sánchez, el
Escéptico (1551-?)
Francisco Sánchez
"el Escéptico" nació en 1551 en la localidad gallega de
Tuy y murió en 1623 tras una larga vida dedicada al estudio, el
ejercicio de la medicina y su enseñanza, pues desde 1585 fue
profesor de la Facultad de Medicina de Toulouse, donde había
estudiado derecho y medicina Miguel Servet entre 1528 y 1530 y había
sentado cátedra Giordano Bruno desde 1579 a 1581. Fue un genial
converso hispano o lusitano (fue bautizado en Braga y seguramente su
madre era portuguesa), adversario del aristotelismo y del argumento
de autoridad. Propugnó un examen directo de las cosas que sometiera
los datos de la experiencia al análisis y crítica del juicio. Pero
el conocimiento, de todos modos, para Sánchez, sólo alcanza los
accidentes, no las pretendidas esencias de las cosas. La única
realidad cognoscible es el mundo externo.
La filosofía de Sánchez se detiene, como luego hará la de Hume,
cuya crítica anticipa, en el probabilismo fenomenológico. Nuestro
conocimiento, meramente probable, sólo lo es de apariencias, de fenómenos.
Su exigencia de método también es precursora del cartesianismo.
Especialmente clara parece la influencia en Descartes de su obra
principal: Quod nihil scitur (Lyon, 1581), "Que nada se sabe".
Sanchez escribió el prólogo de esta obra en 1576. El francés
Pierre Daniel Huet acusó al mismísimo Descartes de haber plagiado
a Sánchez en lo concerniente a la "duda metódica", por
cuanto las primeras páginas del Discurso del método recuerdan
bastante el prólogo del Que nada se sabe. Las primeras
palabras de saludo de don Francisco al lector arrancan del optimismo
de Aristóteles, pero siguen lacónicas y corrosivas, muy sombrías...
"Es innato al hombre querer saber; a pocos les fue concedido
saber querer; a menos, saber. Y a mí no me cupo suerte distinta a
la de los demás".
Cuenta en seguida Sánchez cómo su curiosidad se indigestó, no
hallando nada que colmara su deseo, y cómo en los dichos de los
antiguos no encontró más que "sombras de verdad". Así
que retornó a sí mismo, como si nada se hubiera dicho jamás,
empezando a examinar las cosas mismas. Acaba confesando la dramática
situación en que se puso de esta forma y en la que es fácil ver un
trasunto particular de una condición más general, propiamente
humana: "Desespero «de encontrar la verdad», pero persisto".
Es un lema que podrían haber adoptado otros muchos filósofos al
percatarse de la infinitud de la obra de la inteligencia, una "búsqueda
sin término".
Francisco Sánchez se dirige a quienes no están obligados a jurar
por la palabra de ningún maestro y examinan las cosas con su propio
criterio, "guiados por los sentidos y la razón". No
promete la Verdad, pues la ignora. Anima al lector: "Tú mismo
la perseguirás, una vez que sea de alguna manera descubierta y
sacada de su escondrijo, mas no esperes atraparla nunca ni poseerla
a sabiendas; bástete lo mismo que a mí: acosarla".
Estos "Adanes" de la Filosofía, Sánchez y Descartes, que
dicen empezar de cero, tienen su mérito. Nadie se lo discute. Pero
también una cierta ingenuidad pretenciosa. Lo de empezar de cero y
solo, sin las andaderas de la tradición y la autoridad, que manda
creer pero no demuestra, es una añagaza metodológica útil, aunque
un imposible lógico e histórico. Todos somos enanos subidos a las
espaldas de los gigantes, tal vez descubramos a veces tierras incógnitas,
pero sólo porque los viejos nos soportan a pimpirinetes. Son
incontables quienes nos enseñaron a hablar y a decir el ser de las
cosas, y han fallecido; pero los citamos sin querer cada vez que
articulamos palabras. La misma obra de Sánchez depende muy
directamente de una tradición muy concreta: la pirrónica. En
efecto, en 1562 aparecían en latín los Esbozos Pirrónicos de
Sexto Empírico, traducidos del griego por el francés Henri
Estienne y, en 1569, la traducción al latín del Adversus
Mathematicos ("Contra profesores dogmáticos") del mismo
autor.
A pesar de la consideración en que le tuvo Leibniz, Ludwig Gerkrath,
o W. Wildeband (que le pone al mismo nivel que a Kant), y a pesar
del discurso de ingreso en la Academia de Menéndez Pelayo, titulado
"De los orígenes del criticismo y especialmente de los
antecedentes españoles de Kant" (1891), en el cual rehabilita
la figura de Sánchez como relativista y agnóstico... Sánchez
parece del todo olvidado por los españoles, que no dejamos de
cantar loas a los logógrafos y profetas extranjeros de moda.
Tiene su explicación que nos olvidemos tan fácilmente de un gran
escéptico. Aquí todos nos creemos favoritos de la Verdad. A todos
nos gusta gritar que la poseemos. Tanta modestia y precaución como
la de Sánchez, no podía echar raíces en tierra hispana...
Y es que, con independencia del nombre, cada cual es como Dios le
hizo, y aun peor muchas veces, según decía entonces Cervantes.
(http://www.cibernous.com/autores/biedma/teoria/filrenac/fsesceptico.html)
(Indice)
Oliva Sabuco (1562-?)
Más
allá de las crestas azuladas de las sierras de Cazorla y Segura, en
Alcaraz (Albacete), el 2 de diciembre de 1562, nació Oliva, hija de
Francisca Cózar y de Miguel Sabuco, boticario y letrado. Tomó
apellidos literarios de dos madrinas, así que su obra, la Nueva
Filosofía de la Naturaleza del hombre, salió en Madrid en
1587, "escrita y sacada a la luz" por doña Oliva Sabuco
de Nantes y Barrera, y dedicada al Rey Felipe II, con una deliciosa
carta en que doña Oliva, desposada en 1580 con Acacio Buedo, se
presenta como humilde sierva de su Católica Majestad, rogándole
que, como caballero de alta prosapia, favorezca a las mujeres en sus
aventuras.
En tiempos más recientes se ha pretendido sustraer a doña Oliva la
maternidad de la Nueva Filosofía, para dársela a su padre,
el bachiller Sabuco, en algún caso con el peregrino argumento de
que tanto talento resulta inconcebible en una mujer. Ni Menéndez
Pelayo ni Feijoo dudaron de la autenticidad de la firma de este raro
monumento de la prosa didáctica castellana del Renacimiento. Doña
Oliva pudo adquirir su sólida formación humanística de su maestro
Pedro Simón Abril (al que debemos una espléndida traducción de la
Ética a Nicómaco), y de otros doctores y licenciados a los que
sabemos trató, de los libros y de su buen sentido.
La Nueva filosofía de doña Oliva quiere ayudar a los
hombres a conocerse a sí mismos, indagando y reflexionando sobre
las causas naturales que hacen al hombre crecer y conservar la salud,
o decrecer, enfermar y morir prematuramente. Para ello echa mano de
Plinio, de Platón y de otros autores clásicos, a los que ensaya
armonizar coherentemente con la patrística y la sabiduría bíblica.
La tesis central de esta obra, desarrollada, a la manera socrática,
en diálogos, sostenidos por pastores filósofos, es que el orden o
el desorden afectivo de la mente produce efectos físicos
beneficiosos o enfermedades. Afirma así una estrecha dependencia
entre la mente y el cuerpo, entre el cerebro o raíz del organismo,
y sus miembros, a los que compara con las "ramas" de una
especie de árbol del revés. El hombre es un microcosmos y un
espejo de la complejidad del universo; no un Dios, razón por la
cual debe evitar la soberbia; ni un animal, motivo por que debe
aprender a controlar sus afectos.
Oliva adopta un criterio "moderno", esto es, empírico y
racional, de acuerdo al cual prescribe una terapia práctica para
remediar los males que causan en el hombre los malos sentimientos.
Los yerros que traen perdido al mundo y sus repúblicas son
consecuencia de estar desconocida la naturaleza del hombre, tan
errados están los médicos, pues no han entendido que la causa
principal de las enfermedades es el descontento, como equivocada la
filosofía que les ha servido de principio en "las escuelas".
El hombre es el único ser que tiene "dolor entendido",
espiritual, de lo presente, congoja de lo pasado y cuidado de lo
porvenir. El enojo, o pesar, es el principal enemigo de la
naturaleza humana. Por eso doña Oliva nos da sensatos consejos para
atenuar la discordia entre el cuerpo y la mente de la que nace el
descontento, y granjearnos la armonía, madre de la dicha:
a) Primero, no menospreciar al enemigo (el enojo), conociendo su
poder; no descuidarse, estando prevenido, pues hiere con más
dificultad el dardo que se ve venir.
b) Segundo: "palabras de buen entendimiento y razones del
alma", lo que actualmente llamaríamos con tecnológica
pedantería: "racionalización psicoterapéutica de los
problemas afectivos".
c) Tercero, aceptar las adversidades de la vida con buen ánimo y
saber sacar bien del mal. En cuarto lugar: "palabras de un
buen amigo"... La mejor medicina de todas -escribe- está
olvidada: comunicarse con palabras. A la buena conversación (eutrapelia)
da doña Oliva una considerable importancia para buscar la
felicidad. Igual que al ejercicio al aire libre, donde se oiga el
movimiento de los árboles y el murmullo del agua, pues "vemos
a los ejercitados en el campo vivir más tiempo, y más sanos que
los encharcados en las plazas".
d) Para recuperar la alegría, nada tan indicado como la música
(la cosa más amable y que más excita el amor al hombre, fuera
del hombre), más la imaginación de contentos posibles y el
disfrute de placeres razonables; mejor el dormir bien en cama dura,
que mal en blanda, y el poco regalo, que el mucho, y el trabajar,
que el holgar.
Como ejemplos de cuanto afirma y aconseja, doña Oliva echa mano de
antiguas fábulas, dignas de un bestiario de Borges...
En fin, tres son las columnas que sostienen la vida del hombre: la
esperanza y la alegría, que son afectos sensibles del cerebro y
"el calor concertado de la armonía", que Oliva parece
entender como una propiedad física del estómago. Tanto como la
melancolía, hacen daño al hombre los falsos temores, la ira, la
tristeza que seca el cerebro poco a poco, como la envidia, o los
deseos desordenados; porque gozar lo amado da salud, pero también
mata el perder lo que se ama o la ambición de cosas imposibles.
Doña Oliva nos previene que nos guardemos sobre todo de los
desesperados; es preferible ponerles esperanza de bien, aunque sea
fingida, porque son un peligro para sí mismos y para los demás.
Otros afectos que conviene limitar son la congoja y el cuidado
excesivo que apresura la vejez...
Aquella ilustre hija de boticario pareció comprender muy bien que
no hay panacea que haga digerible el vicio; si queremos salud, alegría
y la esperanza de una larga vida, vale más la sapiencia que las
drogas y los fármacos: orden en la mente, prudencia en las
costumbres y sentimientos de ser humano.
Toda la obra está escrita bajo este lema: De la ciega Fortuna, únicamente
la virtud puede librarnos.
La Nueva Filosofía es un buen exponente de las tres ideas
humanistas que nos resultan hoy más interesantes, memorables y
reconstruibles:
a) la idea de que la dignidad del hombre reside en su libertad, en
su capacidad de maniobra, en el poder que tiene para construir su
destino y regular su acción. Un poder que, desde luego, no es
absoluto, sino relativo. La libertad es consecuencia de la
autoformación moral y del propio trabajo.
b) el armonicismo y el pacifismo (irenismo): la búsqueda del
acuerdo racional como base para dirimir los conflictos mediante el
diálogo, y la búsqueda de un factor común que permita la
comunicación y entendimiento entre religiones o escuelas filosóficas,
como la de Platón y Aristóteles, o entre los grandes maestros
paganos y los cristianos.
c) la consideración de la educación como formación integral de
la persona, una formación que abarca incluso el ámbito
escurridizo de los sentimientos, de la sensibilidad.
(http://www.cibernous.com/autores/biedma/teoria/filrenac/sabuco.html)
(Indice)
Correas, Gonzalo
(1571-1631)
Humanista y preceptista español, n. en Jaraiz de la Vera (Cáceres),
probablemente en 1571. Nombre completo: Gonzalo Correas Iñigo.
Recibe la ordenación sacerdotal (1601?). Las etapas de su formación
culminan con la graduación de bachiller en la Facultad de Artes
(1592), y como maestro en Teología en 1610. Su principal oficio,
que desempeña junto con otros, como el de corrector de estilo, es
la enseñanza; en 1610 obtiene la cátedra de hebreo de la Univ. de
Salamanca y en 1615 la de griego. Tras haber solicitado la jubilación
en 1630, m. en Salamanca el 17 ag. 1631. Lega su biblioteca, por
cuyo inventario se conocen sus aficiones (libros bíblicos y de
Padres de la Iglesia, gramáticas, diccionarios, obras clásicas
grecolatinas y castellanas), al Colegio Trilingüe de la Univ. de
Salamanca, donde había estudiado latín, griego y hebreo.
Publica estudios sobre filología:
Trilingüe de tres artes de las tres lenguas, Castellana, Latina i
Griega, todas en Romanze (1627), donde investiga el mecanismo
funcionalde estas lenguas y pretende un mismo plan para su estudio;
Ortografiá kastellana, nueva i perfeta... (1630), ampliación de su
Nueva i cierta ortografía kastellana (1624), en donde señala los
defectos de la época y expone su criterio fonético (a cada sonido
ha de corresponder un signo y a la inversa), y no etimológico,
criterio que aplica incluso a los vocablos cultos, que recomienda
escribir al modo español y no latino, radicalizando, pues, la tesis
ortográficofonética de Nebrija (v.). Además de obras en latín y
ediciones grecolatinas con anotaciones, deja dos importantes
manuscritos: Arte de la lengua Española Castellana, escrito en 1625
y publicado en 1903 por el conde de la Viñaza, que es una descripción
de un estado de lengua y un Vocabulario de refranes y frases
proverbiales.
El propósito de su producción
literaria es ante todo pedagógico: facilitar el estudio de las
lenguas clásicas y hacer que se hable correctamente el castellano.
En cuanto a éste, considera que la fuente ha de ser la propia
lengua, tal como la hablan las gentes medias, y la establece como
norma lingüística (así, prefiere el uso del artículo en `la mi
capa', p. ej.), por lo cual estudia todas las peculiaridades y
matices de la pronunciación (regional, etcétera), y observa las
variaciones de los fonemas según su colocación. Entre sus ideas
lingüísticas y literarias cabe destacar las siguientes: acepta sólo
el acento tónico; funda la versificación en el acento,
distinguiendo entre el natural, propio de cada dicción, y el versal
o rítmico; valora la poesía tradicional, de la que las «Artes poéticas
se han olvidado».
Apasionado por la lengua española,
la juzga la más noble entre las modernas; sólo antepone a ella el
griego clásico, pero no el latín, del cual además cree que no
deriva, puesto que es una de las 72 resultantes de la confusión
babilónica (teoría justificada en aquella época).
J. BUTINÁ JIMÉNEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Baltasar Gracián
(1601-1658)
Escritor español. Hijo del licenciado Francisco Gracián y de Ángela
Morales, n. en belmonte (Zaragoza) el 8 en. 1601 y m. en Tarazona el
6 dic. 1658. Representante del más depurado conceptismo barroco (v.
BARROCO III), creador de la novela simbólica, y último y genial
destello de la prosa clásica española.
Biografía. Poco se sabe de la
juventud de G. Al parecer, su padre fue jurista de condición
modesta, hombre honesto y dotado de buen sentido. Varios de los
hermanos del escritor fueron religiosos. Antes de su ingreso en la
Compañía de Jesús estuvo algún tiempo en Toledo al cuidado de su
tío Antonio Gracián. Es probable que conociera a El Greco, aunque
sospechosamente no lo mencione, y fue en dicha ciudad donde trabó
amistad con el famoso Hortensio F. Paravicino (1580-1633), por cuyo
conceptismo sintió gran admiración. En 1619 ingresó en la Compañía
y 18 años después profesó los cuatro votos. Durante este lapso de
tiempo fue profesor del colegio de Calatayud y del de Huesca. Es muy
posible que en esta época trabara amistad con el erudito V. P. de
Lastanosa (1607-84), mecenas de los escritores aragoneses e
intelectual aficionado a la historia y a la bibliofilia. Con él
cruzó una variáda correspondencia, y a él recurrió cuando tuvo
dificultades para imprimir alguna de sus obras. Las tertulias de la
Academia de los Anhelantes y las temporadas pasadas en Huesca en
compañía de Ustarroz, Parada y Lastanosa, abrieron al escritor un
mundo de saber. Brilló en esas reuniones con su ingenio y supo
aprovechar las enseñanzas de estos eruditos, gustadores de la
historia y de las letras clásicas. Evocó con entrañable cariño
esas fructíferas reuniones en el Museo del Discreto de su Criticón.
En 1640 pasó por Madrid, y allí,
gracias a su cordura e ingenio, hizo muchas amistades. Tras una
breve estancia en Zaragoza, volvió de nuevo a la corte, donde la
fama de sus sermones y algún que otro librito, como El Héroe
(1637) y El Político (1640), le abrieron las puertas de la sociedad
más culta y exigente. En 1642 publicó el Arte de ingenio, obra de
éxito fabuloso hasta el punto de que fue considerada como clave de
todos sus escritos. Encendida la guerra civil en Cataluña, pidió
ser trasladado al frente de Lérida como capellán castrense; allí
asistió a las tropas y se comportó como un auténtico patriota.
Rector del colegio que la Compañía tenía en Tarragona (1643), iba,
a partir de entonces, a lanzarse por una peligrosa pendiente.
Su enfrentamiento con la orden no se
ha aclarado del todo. Sabemos que las desavenencias comenzaron en
Valencia a causa de un sermón harto contradictorio. Obligado a
retractarse, se vengó literariamente de esta afrenta en una
violenta diatriba contenida en El Criticón. Entre los años 1645-50
publicó El Discreto (1646), El Oráculo Manual y Arte de prudencia
(1647), y refundió el Arte de Ingenio, que en versión definitiva
tituló Agudeza y Arte de Ingenio (1648). En Zaragoza, donde ejercía
una cátedra de Sagrada Escritura, publicó la primera parte de El
Criticón, en 1651, con el seudónimo García de Marlones y, por
supuesto, sin la debida autorización de su orden. El problema no
hubiera trascendido si G., con su temperamento inquieto y enérgico,
no hubiese criticado al canónigo Salinas, autor de un mal drama
titulado La casta Susana, quien, en venganza a las acerbas críticas
de su oponente, le denunció por medio de un amigo y le puso en
entredicho con la Compañía. El Criticón sorprendió por su
audacia y estilo, lo cual vino a agravar su situación. Se le
prohibió escribir, pero G., en un acto de rebeldía, publicó,
ayudado por sus amigos Lastanosa y Uztarroz, la segunda parte de
esta obra (1653), El Comulgatorio (1655), y en 1657 apareció en
Madrid la tercera parte de El Criticón. G. fue reprendido públicamente,
se le impusieron severos castigos y fue trasladado al colegio de
Graus. Pidió autorización para abandonar la Compañía e ingresar
en una orden mendicante y no obtuvo respuesta. A partir de entonces
su vida fue empeorando. El provincial quiso distraerle en parte enviándole
a una misión, pero el general le recluyó definitivamente en el
colegio de Tarazona, donde le sorprendió la muerte.
Estudio de su producción literaria.
El Héroe, su primera obra, fue dedicada al rey y a Lastanosa.
Significó un hermoso intento de crear un prototipo perfecto,
suprema encarnación de lo político, lo filosófico y lo militar;
de la prudencia, astucia y cortesanía. Es en el fondo una obra política
castizamente española y de honda raigambre en esta tradición
literaria, y está salpicada de sentencias tomadas de Plutarco,
Erasmo 'y Botero. Completan esta obrita dos tratados, El Político
Don Fernando el Católico y El Discreto. G. no se propuso hacer
historia, sino la filosofía histórica de un reinado y deducir una
serie de consecuencias y rasgos aplicables a cualquier monarca que
se preciara de serlo. Tan importante consideró esto último que El
Discreto constituye el núcleo doctrinal formador del hombre de
grandes empresas. La obrita fue dedicada al príncipe Baltasar
Carlos y se caracteriza por su vivacidad e ingenio. El Oráculo
Manual es un conjunto de máximas sacadas de los escritos de G.,
publicados e inéditos, ordenadas por Lastanosa y con algo de su
propia cosecha. El estilo, muy logrado, demuestra hasta qué punto
se compenetraron el mecenas y el artista.
La obra clave del pensamiento
gracianesco fue El Criticón, exposición pesimista de la vida
humana simbolizada en dos personajes, Critilo y Andrenio. El primero
representa la sensatez y experiencia, el hombre maduro que siempre
llevamos con nosotros y que aflora en los momentos difíciles del
discernimiento, el hombre conocedor del mundo y que es capaz, con su
prudencia y recomendaciones, de acallar el yo pasional, impulsivo e
inexperto, sintetizado en el salvaje Andrenio, el solitario de la
isla feliz e incauto desconocedor de la maldad del mundo. La
ordenadora razón de Critilo guiará, a través de las luchas simbólicas
de la vida, el apetito desordenado de Andrenio, nuestro otro yo, que
vivirá en nosotros como un sello de la inexperiencia vencida con
lentitud en la lucha cruel de la supervivencia. Con El Comulgatorio
abordó G. el tema sagrado, la empresa religiosa, en forma de
meditaciones conceptistas que quedan muy por bajo de sus
posibilidades. G. es, en suma, el gran constructor de alegorías.
La doctrina de Gracián. Dos aspectos
de su obra llaman poderosamente la atención. La doctrina y el
estilo. G. parte de un concepto exagerado de la individualidad. El
hombre, en cuanto persona diferenciada, es susceptible de
enaltecerse y agrandarse. Posee recursos para destacar su propio yo.
G. mismo fue un hombre con una poderosa individualidad, que quizá
fue en el fondo la causa de todas sus desgracias. La conciencia de
su propia superioridad la aplicó al hombre como ser concreto. Más
específicamente, al hombre barroco. Pensemos en Critilo, el sabio y
el prudente. El que dotado de un buen sentido para discernir lo
bueno de lo malo, para conocer la verdad, sería un guía básico en
la vida de cualquier individuo. Critilo personifica la razón humana
como antaño la personificó Virgilio para Dante. Andrenio será el
hombre natural y sencillo, abierto y sin falsedades. Necesitará de
la razón para abrirse camino en la vida de los hombres. En el fondo,
El Criticón no es más que una singular exposición de la
trayectoria vital humana con sus dificultades y luchas. La obra no
podía ser lírica aunque haya momentos que lo parezca. La poesía
no es condición esencial de la vida. El discernimiento, sí. Por
eso la novela se mueve en un dinámico mundo alegórico al estilo de
las grandes construcciones medievales, donde en animada panorámica
se expone la realidad de la vida.
A otra figura fundamental dedica el
autor tres de sus libros. El Héroe, El Discreto y El Político son
facetas de una misma personalidad, el hombre con dominio de mando.
Las posibilidades de las tres obras son inmensas. Late en ellas toda
una teoría del Estado, un sistema infalible de virtudes y valores,
un comportamiento ejemplar para todo aquel que tenga capacidad de
modelar y moldear al pueblo.
El estilo de Gracián. La segunda
nota diferenciadora radica en su estilo. El conceptismo puro llevado
a lo breve esencial se decanta en su obra con una serie de recursos
inimaginables. Esos recursos se van enriqueciendo paulatinamente
hasta llegar a la exagerada precisión conceptual de El Criticón.
G. llega al barroquismo más depurado por un procedimiento inverso
al gongorino, por la sintetización de la frase corta. La síntesis
es producto de meditación y de reposadas lecturas. G. no
improvisaba; el dominio del lenguaje, que se observa progresivo, le
supuso un ímprobo trabajo, pues si bien había una tendencia
general a la oscuridad, lo difícil de este escritor no radica sólo
en eso, sino que a la dificultad formal unió una compleja ideología
conceptual. Por tanto, ver en su obra sólo el doble juego de
palabras, los atrevidos neologismos, las simples asociaciones o el
ingenio, es tener una visión parcial de un hombre que definió el
concepto como «un acto del entendimiento, que exprime la
correspondencia que se halla entre los objetos», y ese acto mira más
al intelecto, a la actitud de un sujeto pensante que al halago de
los sentidos.
La originalidad de su estilo y la
profundidad de su pensamiento hicieron de G. el hombre más admirado
y leído de sus contemporáneos. Su obra representaba la culminación
de una época, la estilización de los motivos quevedescos, pero con
un valor universal. Prueba de ello es el éxito que alcanzaron las
traducciones de sus obras en Francia y Bélgica. Se admiró El
Criticón, y aún más si cabe El Discreto, a través de la versión
de Amelot. Fue el s. xvill el que más se entusiasmó con sus obras
hasta el punto de que las ediciones alemanas se multiplicaron y
mantuvieron el interés hacia su creación, interés del que es
buena muestra el juicio de Schopenhauer (v.) que consideró El
Criticón como una de las más grandes creaciones universales. El
filósofo alemán tradujo y comentó el Oráculo Manual y en sus
propias obras, llenas de citas gracianescas, se percibe una profunda
huella de su pensamiento. Es probable que a través de Schopenhauer,
Nietzsche (v.) recogiera la idea del superhombre, latente en el
mundo del español. Pero no debemos olvidar que el pesimismo
negativo y desesperanzador de los filósofos germanos nada tiene que
ver con el sentido cristiano de la vida, presente siempre en el
pensamiento de G. La época barroca española se cierra dignamente
con una obra maciza y cimera, hermana en espíritu del auto
sacramental (v.) calderoniano.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Feijóo,
Fray Benito Jerónimo (1676-1764)
N. en Casdemiro (Orense) el 8 oct. 1676. En 1688 ingresó en la
Orden Benedictina en el Monasterio de Samos (Orense). En 1726,
llegado a la plena madurez de su pensamiento, empezó a publicar los
discursos de Teatro crítico y no interrumpió su obra publicista
hasta 1760, en que apareció el último tomo de las Cartas eruditas.
Sus escritos, abiertamente polémicos desde el primer momento,
representan uno de los aspectos más importantes de la Ilustración
en España. M. en Oviedo el 26 dic. 1764.
F. ejerció sobre la nación un
magisterio no por discutido menos real. Habiendo desempeñado la cátedra
de Teología en el Colegio de Oviedo y en su Universidad, y obtenido
en aquél y ésta sucesivamente todas las cátedras, «desde la ínfima
hasta la suprema», se levanta en plena madurez de su edad y de su
pensamiento para discrepar abiertamente de la España de su tiempo y
de su enseñanza en el triple aspecto del contenido, los métodos y
la orientación.
Temática de esta Pedagogía. El
dualismo antagónico autoridad-razón extiende visiblemente sus raíces
hasta tocar todas las cuestiones agitadas por la revisión general
que acomete este periodo. Tanto el pensamiento del racionalismo como
el de la Ilustración tenían que reelaborar sus posiciones con
relación a este par de conceptos. Es el problema capital de la época.
La lucha de la razón contra la
autoridad se libró en tres etapas sucesivas: 1) contra la falsa
autoridad del error y la superstición. Fue muy beneficiosa para el
creyente, que en lo sucesivo se vería desembarazado de la no escasa
ganga que oscurecía la pureza de su fe; 2) contra las autoridades
tradicionales de la costumbre o el uso universalmente admitido. El
deseo de ordenación racional de la sociedad que inspiró las
revoluciones debe encuadrarse aquí, y también todo el
individualismo naturalista de la educación; 3) contra la autoridad
de la Iglesia. La educación jansenista es tributaria de este
movimiento.
El dualismo aludido fue también uno
de los temas más favorecidos por la atención de F. Rompió lanzas
meritísimamente en defensa del primer postulado. Participó de la
lucha por el segundo, y acaso preparó el tercero tal como tuvo
lugar en sus continuadores del último tercio de este siglo. Sin
contar otras ocasiones, abordó este tema más de propósito en el
discurso que titula Regla matemática de la fe humana. El tema le
seduce y -excluido por definición cualquier contacto o roce con la
revelación- se mueve en él con entera libertad. Toda la exposición
no tiene más objeto que establecer cortapisas a la autoridad
ejercida en el terreno científico. Es una discusión sobre la
verosimilitud, una especie de pedagogía de la certeza. Comparando
la irregularidad del dato aducido con la fidedignidad del sujeto,
establece las que él llama Reglas de verosimilitud. En un acertado
esbozo de psicología de las multitudes rechaza como más digno de
fe el testimonio de varios y aun de muchos, sometiéndolo
detenidamente a los finos dientes de su cuidadosa crítica. Esto le
da ocasión para exponer una vez más su apartamiento de las mayorías,
que siempre llama vulgo, incluyendo en esta denominación a todo el
que no hace uso de su razón propia. F., por su parte, muy lejos de
estar enfeudado en ningún sistema, antiguo ni moderno, deja bien
patente su eclecticismo que, como el de Séneca, no se desdeña de
aliena castra transire, porque le bastaba para sentirse seguro el
culto indomeñable de la razón, según expresa en la frase que a
Menéndez Pelayo tanto entusiasmaba: «Yo, ciudadano libre de la República
de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos,
escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada, lo que
me dictaren la experiencia y la razón».
El gran magisterio de la experiencia.
F. acusa poderosamente el influjo del desarrollo de las ciencias
naturales en la filosofía moderna. Comprendió que nuevas formas
del saber estaban alcanzando la autonomía científica, y que zonas
hasta entonces despreciadas por una cultura humanístico-retórica
estaban llamadas a ocupar el puesto de honor en el realismo, ya
triunfante. Sobre todo, vio que problemas considerados hasta
entonces como teóricos ofrecían ahora un aspecto práctico,
incitante y prometedor. Pero quizá por esto mismo no percibió con
bastante claridad que la evolución de los métodos científicos,
que él hacía arrancar de Bacon, no se identifica con la filosofía.
El programa de F. en este punto se concreta en una refutación del
razonamiento silogístico y la correspondiente exaltación de los métodos
experimentales. Apresurémonos a decir que las críticas dirigidas
por los pensadores modernos contra el razonamiento silogístico no
se refieren a su corrección, sino a su eficacia.
F. no sólo acepta el silogismo, sino
que lo utiliza, tanto para probar como para refutar verdades ya poseídas.
Lo rehúsa, en cambio, como método de investigación. De acuerdo
con esto tiene una interesante exposición apologética de la
intuición sensible, que debe tenerse por la primera defensa de la
intuición en el pensamiento pedagógico contemporáneo, por lo que
a España se refiere. Está concebida en el sentido estrictamente
visual propio de la corriente pedagógica de la Ilustración: «Son
los ojos el órgano común del desengaño, y los oídos del embuste...
Si todos los objetos fuesen visibles y estuviesen en proporcionada
distancia, deberíamos apelar continuamente del informe de los oídos
al de los ojos. Ver y creer, dice el adagio, y dice bien en cuanto
es posible la práctica».
Si bien toda su obra es una llamada a
la experiencia, el asunto se halla particularmente desenvuelto en
sus discursos sobre Lo que sobra y falta en la Física, Lo que sobra
y falta en la enseñanza de la Medicina y El gran magisterio de la
experiencia. Puede decirse que recoge las ya clásicas cautelas de
Bacon contra los idola, que estorban la recta interpretación de la
experiencia. El equipo conceptual con que se pertrecha no es, sin
embargo, muy complicado, y mejor diríamos que peca de simplista. En
cambio, es muy interesante el valor pedagógico que reconoce a la
experiencia. Porque ésta exige, y por tanto desarrolla, la
sagacidad para atinar en la elección y planteo del experimento;
perspicacia para captar todas las circunstancias que pueden influir
en él; constancia para realizarlo el número de veces necesario
hasta obtener unos resultados válidos; precaución para
desenmascarar cualquier factor aleatorio; raciocinio para comparar
unos experimientos con otros, y diligencia para no concluir
superficialmente una afirmación engañosa.
F. fue, pues, uno de los primeros que
destacó entre nosotros que el recto ejercicio de la experiencia
requiere advertencia, reflexión, juicio y discurso; a veces en
tanto grado, que todos los esfuerzos de la inteligencia no bastan
para examinar completamente un solo fenómeno. Y en comprobación
del aserto aduce lo ocurrido en la teoría de la luz, propuesta por
Newton e impugnada por el italiano Rizetti sin que llegaran a un
acuerdo, aunque confiese que por lo común no son las dificultades
tan invencibles que no pueda superarlas el discurso, pues diligencia
e ingenio, o si se quiere técnica y entendimiento, deben aliarse
indefectiblemente para que cualquier experiencia sea aprovechable.
Un rasgo típico de la pedagogía de la Ilustración, exaltadora de
la razón por encima de la autoridad, es el desprecio de la memoria,
supervalorada en la enseñanza anterior, y el aprecio del
entendimiento. Naturalmente, también F. se pronunció contra la
memoria.
El método de la Naturaleza. Hemos
aludido antes a la crítica de F. contra el silogismo. Ni ella, ni
su decidida postura en pro de la experiencia, implican en modo
alguno repudio del razonamiento. Significan más bien una inversión
en el modo de investigar y exponer la verdad. Y acaso sea éste uno
de los campos en que mejor se acusa la vena inglesa del pensamiento
de F. Que el sabio benedictino se había apartado de las
argumentaciones escolásticas de entonces, es indiscutible. Que sus
construcciones le parecen vanas y quiméricas, no hay duda de ello,
y lo manifiesta siempre que encuentra ocasión oportuna. Tal ocasión
se le presenta con frecuencia. Pero no es su discrepancia con el
aristotelismo lo que nos ayuda a situarle dentro de la corriente
innovadora; para ello precisamos definirle en función de los
modernos. A este fin son sus discrepancias con Descartes un dato de
particular relieve. Para que no haya lugar a dudas, el mismo F.
cuida de advertir cuando interpreta la fábula: «Colócase Cartesio
entre los oyentes de Idearia porque no menos, antes más que los
peripatéticos, quiso reglar toda la física, por imaginaciones e
ideas». Con esto no hace más que sumarse a la repulsa general que
la prueba empírica hizo sufrir al proyecto de física cartesiana.
Sabíamos que el nuevo método que se buscaba no era la lógica de
los escolásticos, ahora hemos de añadir que no es tampoco la suya
la lógica cartesiana del concepto puro. Es otra lógica que se
apoya en la evidencia experimental como punto de partida para todo
ulterior razonamiento. Ahora bien: este camino tenía una amplia
base de contacto con el Novum Organum de Bacon, que quiere se
investigue según las leyes de la naturaleza y no del discurso.
A. GALINO CARRILLO.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Forner, Juan
Pablo (1756-1797)
Escritor español, n. en Mérida en 23 feb. 1756 y m. en Madrid el
27 mar. 1797. Formidable satírico y afamado polemista, pasará a la
historia literaria como el brillante defensor de la cultura
tradicional hispánica tan desprestigiada en el neoclásico s. XVIII.
Recibió una esmerada educación familiar en casa de su tío el
polifacético médico Piquer y la completó con estudios de Filosofía
y Derecho en la Univ. de Salamanca. Dotado de claro ingenio y
poseedor de una vasta cultura, se reveló como un espíritu incisivo
e hiriente desde muy temprana edad: de su época estudiantil es la Sátira
contra los abusos introducidos en la poesía castellana (premiada
por la Academia en 1782), pequeña obra que marcaría el comienzo de
una fulgurante carrera literaria cuajada de incidentes, algunos
lamentables, pero significativos del carácter agrio y retorcido de
este escritor. La Sátira era un violento ataque al teatro nacional,
género incomprendido y sobre el que pesó el anatema de los
eruditos dieciochescos.
Ejerció la abogacía en Madrid, fue
fiscal de la Audiencia de Sevilla y del Consejo de Castilla y se le
nombró presidente de la Academia de jurisprudencia, sin tomar
posesión de este último cargo por impedirlo su muerte.
Aparte de sus actividades
profesionales, F. polemizó con otros compañeros de letras; atacó
despiadamente a Iriarte (v.) y le ridiculizó en El asno erudito; a
García de la Huerta (v.) le hizo blanco de sus iras, escribiendo en
contra suya el soneto El ídolo del vulgo, sátira sarcástica y
panfletaria. No se libraron de sus invectivas ni el dramaturgo Cándido
M. Trigueros ni el erudito Tomás A. Sánchez. El propio F. se
definió a sí mismo como «un joven adusto, flaco, alto, cejijunto,
de condición insufrible, y de carácter mordaz» cuya misión fue
darse «el gustazo de ajar la vanidad y bajar el toldo a cualquiera».
Por esta y otras razones, racialmente hispánicas, escribió dos
libros polémicos, Oración apologética por la España y su mérito
literario (1786), digna respuesta a las insidiosas preguntas «¿Qué
se debe a España? Desde hace dos siglos, cuatro o diez, ¿qué ha
hecho por Europa?», formuladas por el enciclopedista Masson, y
Exequias de la lengua castellana (1782), ditirambo al pasado
esplendoroso de la lengua literaria, reconocimiento de su actual
decadencia y convicción plena en un futuro glorioso. Ambas obras,
salvando las alusiones mordaces, más apasionadas que ecuánimes,
constituyen dos loables intentos del empeño erudito del s. xvlil;
en ellas se dan la mano un sincero criticismo y el clasicismo de la
época.
Gran parte de la obra de F. ha
envejecido, pero queda como un documento interesante de las
discusiones de camarilla literaria en las que intervino tan
activamente. F. no posee ni la ligereza y espiritualidad de L. Fernández
de Moratín, ni el mordiente de Cadalso, ni la universalidad de
Feijoo, aunque su estilo se revele a ratos castizo y vibrante. Abusa
del detalle y la cita, siempre con gran honradez profesional, y esto
le hace ser prolijo y seco. Por formación y carácter, no gustó de
los preciosismos, ni existe concesión en él a lo estético y a lo
delicado. El exagerado culto a la ciencia le hizo caer en frecuentes
prosaísmos y en esto se muestra como un producto típico de su
tiempo. A su favor habría que anotar un extenso conocimiento del
pasado literario español, un exaltado amor a la lengua y una serie
de aciertos técnicos parciales, como p. ej., el llamar «estado
latente» a la situación del castellano literario, bastante
empobrecido, de su época, y la firme convicción de la superioridad
creadora del s. xvi sobre el xvll.
F. fue un gran crítico y un mediano
pensador. Como poeta se resiente de unas ideas preconcebidas, «el
arte no es más que la naturaleza reducida a preceptos», «el que
no sea filósofo no se tome el trabajo de ser poeta»; de este modo
subordinaba el genio a la razón, y ése fue su defecto literario.
Odas, sonetos, epístolas, romances y letrillas están llenos de
lugares comunes, tópicos, ripios y versos facilones y desvaídos.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Juan Andrés
(1740-1817) Erudito y polígrafo español.
Miembro de la Compañía de Jesús, hubo de expatriarse al ser
expulsada de España esta Orden. Fue bibliotecario real en Nápoles.
De sus obras, redactadas en italiano y traducidas al español por su
hermano Carlos, destacan: Del origen, progreso y estado actual de
toda la literatura (1784), cuadro interpretativo y sintético de la
historia literaria en general, y unas Cartas sobre la música de los
árabes (1787), muy documentadas y con atisbos originales sobre el
tema.
(Indice)
Hervás
y Panduro, Lorenzo (1735-1809)
Polígrafo español n. en Horcajo de Santiago (Cuenca) el 20 mayo
1735 y m. en Roma el 24 ag. 1809. Máxima figura del enciclopedismo
cultural de la España dieciochesca. Precursor de dos disciplinas
científicas, la Antropología y la Lingüística Comparada.
Vida y obra. Comenzó sus estudios
eclesiásticos en Madrid y los completó en Alcalá de Henares.
Ordenado en la Compañía de Jesús, desarrolló cursos de Filosofía
en Madrid y Murcia. Residió algunos años en América, donde ejerció
una benéfica labor como misionero. Espíritu apacible y reflexivo,
entregado al estudio, acogió resignadamente la expulsión de la
Compañía y marchó a Italia, donde vivió alejado de toda polémica.
La investigación y la ciencia iban a ser sus únicas preocupaciones.
Se estableció en Forli con la provincia jesuítica de Toledo y allí
vivió hasta 1773 en que un breve pontificio suprimió la Compañía.
Acogido a la hospitalidad de la familia Ghini, radicada en Cesena,
se dedicó a estructurar sus grandes construcciones enciclopédicas.
Tras once años de estancia en la Romaña, pasó a Roma para
completar sus trabajos. Investigó a fondo en la Biblioteca Vaticana.
La vida política italiana, bastante insegura, le hizo volver a España
entre 1798-1801. Vivió algún tiempo en Barcelona, estancia que
aprovechó para investigar en el Archivo de la Corona de Aragón, y
se retiró n descansar a su pueblo natal. Revocada la amnistía
concedida por Carlos IV a los jesuitas, se vio en la necesidad de
volver a Italia. Desde 1801 hasta su muerte fue bibliotecario del
Palacio del Quirinal y en él trabajó incansablemente hasta poner
en orden sus escritos.
Labor enciclopédica y varia. Su obra
fundamental es Idea dell'universo. La comenzó en Cesena (1778), y a
lo largo de diez años fueron apareciendo hasta 21 tomos divididos
en cuatro secciones. La primera es antropológica, la segunda cosmológica,
la tercera físico-natural y la cuarta lingüística. En 1792 publicó
un apéndice, el tomo 22, de índole sobrenatural, que lleva por título
Análisis filosófico-teológico de la caridad, o sea, del amor de
Dios. En 1789 comenzó una edición española mucho mejor
estructurada. Dividió la enciclopedia en cuatro obras
independientes: Historia de la vida del hombre, Viaje estático al
mundo planetario, El hombre físico y Catálogo de las lenguas. Su
labor erudita no se detuvo en esta obra monumental. Preocupado por
los problemas de sutiempo y admirador de la cultura enciclopedista
de los franceses, aunque disintiera de sus ideas, expuso sus propias
opiniones en un ensayo: Causas de la Revolución de Francia en el año
1789. Completan su inmensa producción, la Descripción del Archivo
de la Corona de Aragón, La primitiva población de América y
explicación de insignes pinturas mejicanas, la Biblioteca jesuítico-española
y el valiosísimo Catálogo de manuscritos españoles y portugueses
en Roma.
No puede hablarse de un estilo
peculiar de H. y P. Su obra no se prestaba a la recreación ni al
cuidado exquisito de la forma. La aridez de la materia fue un gran
obstáculo a salvar y el escritor sale airoso con la incrustación
de capítulos pintorescos y movidos, llenos de anécdotas y
curiosidades.
Hervás y Panduro, lingüista. De
todos sus trabajos destacaremos, por su modernidad y audacia, el Catálogo
de las lenguas de las naciones conocidas (1800-1805), verdadero
monumento de la ciencia del lenguaje, por el que merece el
sobrenombre de padre de la lingüística comparada. Encomió su
labor W. von Humboldt, cuya teoría romántica tanto debe al ingrato
trabajo de H. y P. Lo moderno de su mentalidad filosófico-lingüística
lo demuestra su perduración, como lejana huella, en los
neoidealistas alemanes del s. xx. Pocos lingüistas del s. xvin
logran este alcance. Una frase del polígrafo compendia una verdad
discutida, pero muy acertada: «las lenguas no son sólo códigos de
hablar, sino también métodos para hablar y pensar». Este axioma
lo refrendó con el estudio de cerca de 300 lenguas y dialectos.
Supera su visión y profundidad a las famosas enciclopedias Pallas y
Mitrídates de Adelung-Vaten, las otras dos construcciones enciclopédicas
de las lenguas.
Veinticinco años antes de que F.
Bopp demostrara científicamente la existencia de la familia aria,
estableció por primera vez en Europa el parentesco entre griego y sánscrito.
Frente a los lingüistas franceses, demostró que el hebreo no fue
la lengua del Paraíso ni la primigenia; dejó sentado
definitivamente su parentesco con otras lenguas semitas, tales como
el arameo, árabe y siriaco. Sostuvo la teoría del vasco-iberismo y
la demostró con procedimientos científicos. Estableció dos nuevas
familias de lenguas, la malayo-polinesia y la fino-ugria. Su mayor
timbre de gloria consiste en haber sido citado elogiosamente por
lingüistas de la talla de O. Jespersen y W. von Humboldt. Fue el
primero en reconocer la superior importancia de la gramática para
decidir el parentesco de las lenguas (en esto sigue las huellas del
filósofo Leibniz, v.). Hasta entonces lo que se comparaba era el léxico
y así lo hicieron los recopiladores de la Pallas y los
comparatistas Adelung-Vaten. Como hombre de visión universal, H. y
P. no se limitó al estrecho marco de las lenguas europeas, trabajo
hecho en parte por J. J. Escalígero, sino que abarcó lenguas de
todo el mundo. Se valió de datos directos o a través de
intermediarios, casi siempre misioneros, que le prestaron una
valiosa colaboración en lo referente a lenguas americanas y de
Insulindia. Es lamentable que H. y P. no se propusiera un fin lingüístico.
Las lenguas fueron un camino seguro para establecer familias étnicas.
Ésa fue la finalidad de todos sus trabajos. Una obra titánica,
producto de años de esfuerzo, patentiza su silencioso laborar,
modelo de estudiosos y eruditos.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
Se le ha calificado
como 'el último humanista y el primer filólogo del mundo'.
(Indice)
Jovellanos (1744-1811)
Miembro de una familia noble, inició la carrera eclesiástica en
el Colegio Mayor de San Ildefonso en Alcalá, donde obtuvo una beca
como canonista. Una vez en Madrid sus familiares y su mentor le
orientaron a la carrera judicial, siendo nombrado en 1768 alcalde
del crimen en la Audiencia de Sevilla. Durante este tiempo se puso
en contacto con las ideas ilustradas manifestadas por Olavide,
interesándose por las teorías de economía política que imperaban
en Europa. Adam
Smith será uno de los autores más influyentes en su
pensamiento. Paralelamente inició su actividad literaria y en 1774
estrenaba su obra "El delincuente honrado". Continuó la
carrera judicial con el nombramiento de alcalde de casa y corte en
1778, instalándose en Madrid. En la capital contactó con los
ilustrados que manejaban el poder, concretamente con Floridablanca
y Cabarrús, convirtiéndose en miembro de la Real Sociedad Económica
de Amigos del País y también de la Academia de la Historia. La
llegada al trono de Carlos
IV y el meteórico ascenso de Godoy
provocarían el inicio de una etapa contraria al ideario ilustrado
por lo que Jovellanos se dedicó a la organización del Real
Instituto de Gijón -especializado en náutica y mineralogía- y a
la redacción de su "Informe sobre la Ley Agraria"
encargado por la Sociedad Económica de Madrid, informe en el que se
mostraba partidario de la desamortización de algunas tierras al
tiempo que planteaba la abolición de aduanas interiores y de la
tasa de los cereales. Sus ideas avanzadas motivarían la persecución
inquisitorial, iniciada en 1796. Curiosamente al año siguiente era
nombrado ministro de Gracia y Justicia, manteniéndose en el cargo
durante nueve meses, tiempo en el que esbozó un plan de reforma
educativa. Godoy le relevó del cargo y reavivó el proceso
inquisitorial contra Jovellanos, lo que le valió el destierro y la
prisión en el mallorquín Castillo de Bellver en 1802. Durante su
prisión escribió la "Memoria sobre educación pública".
El Motín de Aranjuez -marzo de 1808- y la abdicación de Carlos IV
le permitieron alcanzar la libertad. Los "afrancesados"
colaboradores de José
Bonaparte le ofrecieron el cargo de ministro de lo Interior pero
Jovellanos declinó el ofrecimiento y se unió a la causa anti-napoleónica.
Fue elegido representante de la Junta de Asturias y formó parte de
la constitución de la Junta Central en septiembre de 1808.
Jovellanos se manifestó como defensor de unas Cortes bicamerales
pero los convocantes de las Cortes de Cádiz no hicieron caso al político
ilustrado en estos planteamientos, aunque sí asumieron buena parte
de su legado en política económica y educativa. En enero de 1810
la Junta Central era disuelta y Jovellanos escribiría su "Memoria
en defensa de la Junta Central", publicada en el año de su
fallecimiento.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
Gallardo,
Bartolomé José (1776-1852)
Erudito y crítico. De espíritu liberal e
influido por la Enciclopedia, fue bibliotecario de las Cortes de Cádiz.
Con la venida de Fernando VII tuvo que emigrar a Inglaterra. Volvió
en 1820, pero la reimposición del absolutismo en 1823 le privó del
cargo de bibliotecario que no recuperó hasta 1834. Su obra incluye
'Diccionario crítico burlesco' (1811) que manifiesta su tarea de
libelista, y el 'Ensayo de una biblioteca española de libros raros
y curiosos', fuente importantísima de consulta erudita. Se reúnen
en ésta obra todas sus papeletas bibliográficas, que en conjunto
representan uno de los trabajos más importantes realizados en el
terreno de la crítica literaria del pasado siglo. Como poeta
compuso la canción romantica 'Blanca Flor' (1828)
(Indice)
Francisco Suárez

- Gómez Pereira:
-
- Gómez Pereira: Precursores españoles de Bacon y Descartes:
-
- Gómez Pereira y la "Antoniana Margarita":
-
- Gómez Pereira:
-
- Gómez Pereira: Referencias y estudios:
-
- Antonio de Guevara (con enlaces a sus obras):
-
- Feijóo (con enlaces a sus obras):
-
Índice
general de Hispánica


 

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