Índice general de Hispánica

"General y Natural Historia de las Indias",

de Fernández de Oviedo.

 

 

Pulgar, Hernando del (1436-1493)
Bartolomé de las Casas (1474-1564)
Fernández de Oviedo, Gonzalo (1478-1557)
Díaz del Castillo, Bernal (1496-1584)
Landa, Fray Diego de (1524-1579)
Hurtado de Mendoza, Diego (1503-1575)
Mariana, Juan de (1536-1623)
Acosta, José de (1539?-1600)
Inca Garcilaso (1539-1616)
López de Gómara (1511-1562)
Jerónimo de Zurita (1512-1580)
Ambrosio de Morales (1513-1591)
Fray José de Sigüenza (1544-1600)
Solórzano Pereira
Nicolás Antonio (1617-1684)
Flórez, Enrique (1702-1773)



Pulgar, Hernando del (1436-1493)
Humanista e historiador. Es el historiador más importante del Reino de los Reyes Católicos, el verdadero cronista oficial de estos años. Participó también en la vida política, siendo secretario y embajador. En su 'Crónica' se reflejan los hechos históricos que se produjeron en su tiempo y de muchos de los cuales fue testigo ocular. Su obra más celebrada, sin embargo, es 'Claros varones de Castilla', impresa en Toledo en 1486, y que reúne 24 semblanzas de personajes influyentes de las Cortes de Juan II y Enrique IV, entre los que destacan los mismos reyes, el marqués de Santillana, Rodrigo Manrique, el duque de Alba, el arzobispo Carrillo, el almirante don Fadrique, el duque del Infantado, etc. No todos los retratos tienen el mismo valor literario y psicológico, pero sí posee un sentido muy moderno del análisis de las personalidades, a las que procura describir su mundo interno de creencias, sentimientos y pasiones. Otros escritos interesantes son sus 'Letras', dirigidas a altos personajes de la corte, en las que descuellan el humor, la agudeza de ingenio, la perspicacia, y la severidad y serenidad que tenían ciertos grandes hombres de aquella corte y época.
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Fernández de Oviedo, Gonzalo (1478-1557)
Cronista oficial de Indias, cargo que recibió en 1532. N. en Madrid, que entonces era una villa de ca. 3.000 vecinos, en agosto de 1478, de familia hidalga procedente de Asturias. El pueril engreimiento cortesano de F. de O. se refleja en su obra. Según J. de la Peña, era judío converso (Contribuciones documentales y críticas para una biografía de Gonzalo Fernández de Oviedo, «Rev. de Indias» 69-70, Madrid 1957, 603-705). Fueron sus padres Miguel de Sobrepeña y Juana de Oviedo. M. el 26 jun. 1557 en Santo Domingo, donde era regidor perpetuo desde 1556 y poesía algunas propiedades. Realizó seis viajes a Indias en 43 años (1514-56), residiendo principalmente en Santo Domingo. También conoció Nicaragua, Panamá y el litoral atlántico de Colombia; conocimiento que le sirvió para informar de la fauna, la flora (siguiendo en botánica el elemental modelo de Plinio) y la geografía americanas, y sobre las costumbres de los indígenas de estos países en su principal obra Historia general y natural de las Indias, en la que recopila datos incluso contradictorios y que fue publicada incompleta en Sevilla (1535). La primera edición completa se debe a J. Amador de los Ríos (4 vol., Madrid 1851-55), en el que se han basado muchos de los estudios sobre F. de O., hasta la edición de la BAE (1959), prologada por J. Pérez de Tudela.
      F. de O. fue un autodidacta, un comprometido de su tiempo, inteligente pero no genial, que se formó sirviendo a los nobles de España e Italia, y en sus viajes a Indias, en contacto directo con las personas y la Naturaleza que describió. Comenzó siendo mozo de cámara, en 1491, cuando sólo tenía 13 años de edad, del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos. M. el príncipe en 1497, entró al servicio, en tierras de Italia, del duque de Milán, del marqués Francisco de Gonzaga y de los reyes de Nápoles Fadrique y Juana. Regresando a España en 1502, fue gentilhombre del duque de Calabria. En 1506 figuraba como «notario apostólico y secretario del Consejo de la Santa Inquisición» (1506). En 1507 era escribano en Madrid. En 1513, un año antes de marcharse a Indias como funcionario real, en la expedición de Pedrarias Dávila (v.), había sido nombrado veedor de las fundiciones del oro. De vuelta a España en 1515, recibió el nombramiento de procurador en Tierra Firme. En 1523 era teniente de gobernador en Santa María la Antigua. De la capitulación para poblar y rescatar en Cartagena de Indias (1525) no sacó ningún beneficio. Hasta 1532, año en que fue nombrado cronista, no renunció al cargo de veedor de las fundiciones. Al año siguiente era alcaide de fortaleza en Santo Domingo, titulándose capitán, aunque no ejerciera como tal. Contrajo matrimonio con españolas tres veces, la última en Darién.
      Era contrario al mestizaje (pero el contradictorio F. de O. se unió a una india), partidario del trabajo obligatorio de los indios, con quienes traficó para sacar provecho económico y a los que consideraba inferiores y esclavos, aunque no dudaba que pudieran llegar a ser buenos cristianos. Esta actitud, que se refleja en el Sumario de la Natural Historia de las Indias (Toledo 1526), le enfrentó a Las Casas (v.). F. de O. carecía del criterio de selección como recopilador y como historiador, a causa quizá de su doble condición de escritor y escribano, denunció los excesos de los capitanes de la conquista, no por amor a los indios, sino por enemistad personal, aunque también se aprecia su interés por reflejar la verdad. En el caso de Pedrarias, consiguió su destitución. También expuso la corrupción administrativa y el mal comportamiento de algunos clérigos. Sin embargo, justificó y razonó la presencia española en Indias, y se complacía en la descripción de los defectos y vicios de los indios. Tenía un sentido autoritario de la vida, un concepto del honor muy de su época y un criterio caballeresco, a tono con su novela de caballerías Libro del muy esforzado e invencible caballero de fortuna propiamente llamado Don Claribalde (Valencia 1519).
      Además de las obras citadas, tradujo otras y escribió en castellano, en un estilo coloquial descuidado, de narrador, pero de relato minucioso y lleno de colorido: Relación de lo sucedido en la prisión del rey de Francia (inédita), Libro de la cámara real del príncipe (Madrid 1870), Catálogo real (inédito), Batallas y Quincuagenas (inéditas), Libro de linajes y armas (inédito), etc.
      La personalidad de F. de O. (una extraña mezcla de religiosidad y desdén hacia el prójimo) ha merecido juicios muy contradictorios. El mismo J. Pérez de Tudela, que tan a fondo ha estudiado su figura, le considera contradictorio en sí mismo, rudo y delicado, medieval, rigorista, partidario del castigo duro a los indios, y con un ideal de caballero andante. («Rev. de Indias» 69-70, Madrid 1957, 391-443). Piensa este autor que hay que tener en cuenta su condición de veedor de las fundiciones, para la que era elemental subestimar a los indios. Tampoco puede olvidarse que estaba encargado del «oficio del hierro de los esclavos e indios», que le reportaba 11 maravedís por «pieza» señalada. E. Otte le juzga como «un atrabiliario resentido ansioso de dinero» (Aspiraciones y actividades heterogéneas de Fernández de Oviedo, «Rev. de Indias» 71, Madrid 1958, 9-31). En este y otros juicios parecidos, como el de L. Hanke («un propagandista de las ideas contrarias a los indios») y el de M. Giménez Fernández («un intrigante más de la pandilla del obispo Fonseca»), se aprecia la influencia de B. de Las Casas, que no perdonó a F. de O. su distinta posición ante el hecho indiano. F. Esteve Barba, aunque reconoce que F. de O. no sintió simpatía por los indios, le atribuye objetividad como etnógrafo.

CARLOS R. EGUÍA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Bartolomé de las Casas (1474-1564)
Sacerdote sevillano, después religioso dominico, defensor de la libertad de los indios americanos, propugnador con las Leyes Nuevas de Indias de la institucionalización de un régimen político cristiano y de la predicación pacífica del Evangelio; obispo de Chiapas, polemista y tratadista.
      l. Vida. Primeros años. En 1474 y en Sevilla, probablemente en agosto, n. L. C., hijo de Pedro de Las Casas, natural de Tarifa, de linaje de conversos, segoviano el paterno y sevillano el materno, y de Isabel de Sosa, sevillana de cristianos viejos avecindados en la calle de la Fruta y dueños de una tahona. En 1485, ingresa en la escuela catedralicia de los seises, dirigida por su tío paterno el canónigo Luis de Peñalosa, donde estudia primeras letras para ser cantor en el coro. En abril de 1493 presencia el regreso de Colón de su primer viaje; en julio y agosto, asiste a los preparativos del segundo viaje y al solemne juramento de obediencia de los expedicionarios, entre los que se hallan su padre y los hermanos de éste: Francisco, Diego y Gabriel de Peñalosa. Queda L. C. en Sevilla, donde un año después frecuenta la academia latina catedralicia que dirigía Antonio de Nebrija.
      En 1497, incorporado a las milicias concejiles sevillanas, marcha a Granada. En 1498, su padre, de regreso de las Indias, le regala un joven indio, donado por Colón como esclavo, que le acompaña como paje poco más de un año, hasta ser devuelto a las Indias por Francisco de Bobadilla, en cumplimiento de la Real Cédula de 20 jun. 1500. En 1501, para poder aspirar a una plaza de doctrinero de indios, recibe en Sevilla la primera tonsura y tal vez órdenes menores, y embarca con su padre, arruinado, en la expedición de Nicolás de Ovando. El 13 feb. 1502 sale de Sanlúcar, y llega a Santo Domingo de La Española el 15 de abril, sorprendiéndole el contento de los colonos por haberse encontrado una gruesa pepita de oro, y estar los indios alzados, lo que facilitaba su esclavización. Hasta 1505, L. C. actúa como soldado en las campañas de Ovando en Bainua e Higüey, cuyas incidencias relata, y al final de las cuales Pedro de Las Casas y Gabriel de Peñalosa obtienen un repartimiento de indios en Higüey que conservaron hasta 1515.
      En octubre de 1506, L. C. embarca para Sevilla, y pasan después a Roma. Recibe, más tarde, las órdenes mayores y regresa a Indias en 1508, obteniendo a la llegada del nuevo virrey Diego Colón un repartimiento de indios en Cibao, donde tiene plantaciones de cazabe y logra sacar oro. En 1512, predicaba y evangelizaba a los indios de La Concepción, corte virreinal, y allí escucha el sermón de fray Pedro de Córdoba. En 1513, celebra su primera Misa, y, poco después, pasa como capellán castrense a Cuba con Pánfilo de Narváez, ayudando a pacificar a los indios hasta que se separa de aquél después de la matanza de Caonao. Obtiene luego del gobernador Diego Velázquez un repartimiento cerca de Xagua, a orillas del Arimao, que con su consocio Pedro de Rentería hace prosperar, consiguiendo pingües ganancias hasta que, en junio de 1514, después de meditar el texto del Eclesiastés sobre la limpieza de las ofrendas al Señor, renuncia ante Diego Velázquez a aquél; predica en Sancti-Spiritus y, en compañía de cuatro misioneros dominicos, marcha a La Española, visitando a fray Pedro de Córdoba en junio de 1515 y recibiendo de éste ánimo y consejos para marchar a la corte a defender ante el rey Fernando el Católico los derechos de los indios, a cuyo efecto le da cartas de recomendación para fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla.
      Gestiones en las cortes de Fernando el Católico y Carlos I. En 1515 desembarca en Sevilla con fray Ambrosio de Montesinos, visita a Deza, quien le envía a fray Tomás de Matienzo, confesor del rey, y en Plasencia es recibido por éste, que, muy enfermo, aplaza su contestación hasta llegar a Sevilla. En ésta, le reciben el obispo Fonseca, encargado por el rey de los asuntos de Indias, que le despide abruptamente tratándole de necio, y el secretario Lope Conchillos, que intenta hacerle desistir de su campaña en favor de los indios, ofreciéndole mercedes (23 a 29 de diciembre). En febrero de 1516, se entera en Sevilla, donde esperaba al rey, de la muerte de éste y, decidido a visitar en Flandes a su heredero el príncipe Carlos, marcha a Madrid, donde encuentra a los dos gobernadores del reino, el card. Cisneros, arzobispo de Toledo, y Adriano de Utrecht, maestro y embajador de Carlos; presenta a este último su primer Memorial latino hoy perdido y, ante su buena acogida, tres Memoriales en castellano dirigidos a ambos sobre los agravios (marzo) que sufrían los indios,los remedios (abril) para evitarlos y las denuncias (mayo) de los funcionarios reales en Castilla e Indias.
      Desde junio a septiembre, colabora activamente en la preparación del plan para la reforma de las Indias, formando parte de la comisión encargada de ello por Cisneros, redactando la ponencia, interviniendo en su discusión (julio), gestionando el nombramiento de los comisarios jerónimos (agosto), y recibiendo, por los regentes, el nombramiento de procurador y protector de los indios (Real Cédula de 17 sept. 1516). Tras perder dos meses en Sevilla por la mala voluntad de los oficiales de la casa de Contratación Juan de Recalde y Sancho de Matienzo, cómplices de los encomenderos que le indispusieron con los comisarios Figueroa, Manzanedo y Santo Domingo y le impidieron embarcar con ellos en la San Juan, zarpó en la Trinidad desde Sanlúcar (11 de noviembre) no llegando a Santo Domingo (2 en. 1517), sino nueve días después de aquéllos, cuando estaban ya de acuerdo con los funcionarios prevaricadores.
      En 1517, durante los, primeros cinco meses, L. C. eficazmente ayudado por el juez de residencia Alonso de Zuazo, los dominicos y los franciscanos reformados picardos, luchó denodadamente para evitar las maniobras de los jerónimos tendentes a que continuara aquel estado de cosas, ya que los explotadores de los indios siguieron impunes; para ello los jerónimos redactaron el Interrogatorio jeronimita (abril), donde algunos colonos testificaron la imposibilidad de favorecer a los indios. Al fracasar L. C. en su empeño salió el 28 de mayo para reclamar el auxilio de Cisneros y, si preciso fuera, el del rey. Pero al llegar a Aranda de Duero (julio) encontró a aquél muy enfermo. Desprovisto del favor real, se trasladó a Valladolid, en cuyo Colegio dominico de S. Gregorio se dedicó al estudio de los problemas jurídicos planteados por la triste situación de los indios, lo que le permitió una vez llegado el rey, que su colaborador fray Reginaldo Montesinos presentara y leyera, en la sesión real del pleno solemne del Consejo de las Indias y como procurador de los indios, un Memorial (13 de diciembre) que, acogido excelentemente por el canciller flamenco lean Le Sauvage y sus amigos humanistas, le abrió el acceso a la corte y le permitió replicar victoriosamente a los tendenciosos informes del contador Recalde, del obispo Fonseca y de los indianos encabezados por Gil González Dávila (enero de 1518).
      Sauvagz (20 de marzo) le encargó que redactara un proyecto de reforma de la legislación vigente que, por haber caído enfermo en Aranda, no pudo presentar al canciller sino en Calatayud (mayo), siguiendo con la corte a Zaragoza, donde nuevamente se frustraron sus esperanzas por la muerte del canciller. Tras su muerte (7 de junio) recuperaron el poder, cohechando a Xebres, Fonseca y sus amigos, y L. C. pasó el resto del año de 1518 en Zaragoza, instando en vano diversos proyectos de reforma, obteniendo al fin (septiembre) que le autorizaran la recluta de campesinos castellanos para emigrar a Indias donde se asociarían con los indios; pero iniciada la recluta con éxito fracasó por la traición del auxiliar Luis de Berrio, hechura de Cobos, y la oposición radical de algunos nobles castellanos como el condestable Velasco, que no querían verse privados de explotar a sus vasallos labriegos (diciembre).
      Nuevas gestiones. Apoyo de Gattinara. En 1519, L. C. fue a Barcelona con la corte, y logró el apoyo de los predicadores reales (Salamanca, La Fuente, los hermanos Coronel, Garcés, Vázquez) para sus proyectos en favor de los indígenas americanos, a lo que se opusieron Fonseca y Cobos, pero que favoreció el nuevo canciller Gattinara. Una primera propuesta (junio), en colaboración con los hermanos Diego y Hernando Colón, fracasó por las ambiciones políticas de éste, que reclamaba en feudo toda la costa de Tierra Firme; pero otro, limitada a la costa de Venezuela y Colombia, logró, en ausencia de Fonseca (octubre), y gracias a Gattinara, la aprobación de García de Padilla, sustituto de aquél (noviembre), aunque no llegó a formularse por el viaje de la corte hacia Castilla.
      En 1520, L. C. se unió a la corte en Valladolid, donde (marzo) contempló los tesoros enviados por Cortés y presenció el motín que hizo huir al rey hacia Simancas; siguió a éste hasta Santiago de Compostela, en cuya población asistió a las Cortes (abril), y después a La Coruña, donde eficazmente apoyado por Adriano y Gattinara obtuvo, en vísperas de partir el rey para Flandes (20 de mayo), el asiento y capitulación para la población pacífica de la costa de Cumaná, cuyos decretos instrumentales fueron firmados por el gobernador-regente Adriano en Valladolid (agosto). Se trasladó seguidamente a Sevilla, agitada por la sublevación de Juan de Figueroa (19 de septiembre), lo que le impidió encontrar los 50 socios, pacíficos pobladores, que esperaba reunir. Por ello, quienes embarcaron con él eran rebeldes fugitivos, que desertaron en Sanlúcar (noviembre) antes de zarpar (diciembre).
      En 1521, al llegar a Puerto Rico, desertó el resto de los fugitivos que habían embarcado para las Indias; L. C., combatido por las autoridades americanas (marzo), se vio obligado a concluir, en Santo Domingo, un acuerdo (junio) que implicaba la captura y esclavización de los indios rebelados en Cumaná. Marchó luego a esta última población donde fue muy bien recibido por los misioneros franciscanos, pero sañudamente combatido por los soldados dé Ocampo y los perleros de Cubagua (noviembre). Por ello tuvo que embarcar para Santo Domingo, y entonces su segundo, Francisco de Soto, se dedicó a la captura de esclavos, indisponiéndose con los indios. En 1522, L. C., perdido en el camino entre Yáquimo y Santo Domingo (marzo), supo que su expedición en Cumaná había sido atacada y destruida por los caribes con muerte de cuatro de sus componentes; desengañado y arrepentido, y animado por los dominicos Betanzos y Berlanga, decidió entrar en el convento de Santo Domingo (diciembre), donde tras un año de noviciado y restituir los fondos que le quedaban, profesó. De 1524 a 1527, estudió teología y cánones en la casa matriz dominicana en La Española, hasta que sus instancias en contra de las armadas para capturar indios movieron a las autoridades a imponer a los superiores que le enviaran a Puerto de Plata.
      La Historia de las Indias. De 1527 a 1530 fundó el convento de Puerto de Plata, predicó a indios y cristianos y se dedicó a escribir su Historia de las Indias, donde relata el descubrimiento, describe la isla Española y narra los acontecimientos que presenciara desde 1502 en adelante, aun cuando no la terminó como hoy la conocemos.
      En 1530, la Audiencia, a uno de cuyos oidores había privado de su herencia presunta por la conversión de un tío suyo, le hizo prender recluyéndole en el convento de Santo Domingo desde donde dirigió una carta al Consejo de Indias en 1531, censurando los abusos de aquélla. En 1532, marchó con Berlanga a México, siendo apresado por los dominicos de este convento, y debiendo volver a Santo Domingo, donde logró en marzo de 1534 traer en paz al sublevado cacique Enriquillo, lo que, aplaudido por todos, relató en carta al Consejo (30 de abril). En septiembre salió para Panamá como acompañante de su nuevo obispo fray Tomás de Berlanga, encargado de mediar entre Pizarro y Almagro. Pero la nao en que L. C. partió para Perú fue empujada por una tempestad, tras larga calma, a la costa de Nicaragua, trasladándose L. C. a su capital Granada desde donde escribió al consejero Bernal Díaz de
      Luco (15 oct. 1535), denunciando los horrores que había presenciado. En 1536, entró en conflicto con el gobernador Rodrigo de Contreras, que quería organizar la conquista del Desaguadero, y con el obispo Diego Alvarez Ossorio, quienes formularon informaciones contra 61 (julio), por lo que con sus compañeros Ladrada y Angulo abandonó Nicaragua, dirigiéndose a Guatemala; pero llamado por el obispo de Tlascala Garcés pasó a Oaxaca donde redactó su De unico vocationes modo, base doctrinal con la que fray Bernardino de Minaya, con cartas de la Emperatriz (5 de octubre) logradas por Díaz de Luco, obtuvo en Roma del papa Paulo III la bula Sublimis Deus (2 jun. 1537).
      En 1537, L. C. fue bien acogido en Guatemala por el obispo Marroquín, que le nombró su vicario, y por el juez de residencia Alonso Maldonado con él que firmó un convenio (2 de mayo) para la reducción pacífica de los indios de Tuzulutlan, aprobado por el virrey de México (6 feb. 1539) y por el Consejo de Indias (14 nov. 1540). Los tratos con los indios se iniciaron desde Sacapulas, tratos que prosiguieron Cáncer y Angulo, mientras L. C. y Ladradas marchaban a España con cartas comendaticias de Marroquín (22 nov. 1539), Maldonado (16 de octubre), Alvarado (18 de noviembre) y fray Juan de Zumárraga, obispo de México (17 abr. 1540), para reclutar nuevos misioneros a los cuales envió, desde Sevilla, en enero de 1541, regresando a Madrid donde esperó la contestación del Emperador a la carta que le enviara con fray Jacobo de Testera (15 dic. 1540).
      En 1542, llegado Carlos V, L. C. le informó detenidamente de los abusos contra los indios y de los cohechos de los consejeros de Indias y jerarcas en ellas, logrando que tras la visita inspectora de aquél, se prendiera al Dr. Beltrán, se destituyera al obispo de Lugo Carvajal y se apartara al presidente card. Loaysa, nombrándose nuevos visitadores para Indias encargados de hacer cumplir las Nuevas Leyes dictadas en Barcelona (20 de noviembre), complementadas, por sugestión de L. C., con las de Valladolid (4 jun. 1543).
      Obispo de Chiapas. Actuación en México. En 1544, L. C., que había rechazado el riquísimo obispado de Cuzco ofrecido por Cobos, aceptó el de Chiapas para favorecer la evangelización de Tuzulutlan; y después de ser consagrado en Sevilla (30 de marzo), marchó con 44 jóvenes misioneros dominicos a Indias; a causa de atribuírsele las Nuevas Leyes, fue muy mal recibido en Santo Domingo, donde en diciembre embarcó para Honduras, camino de Chiapas. En 1545, tras una agitada estancia en Yucatán y un accidentado viaje por Tabasco, llegó a Chiapas, donde el 20 de marzo publicó una pastoral ordenando la restitución de los bienes extorsionados a los indios, disposición que sublevó a sus diocesanos, por lo que L. C. hubo de refugiarse en las misiones dominicas de Verapaz (junio), marchando a la Audiencia de los Confines en Gracias a Dios para pedir auxilio contra los revoltosos, sin conseguirlo (octubre), por lo que tuvo que transigir dulcificando su pastoral. Ante la adversa actitud del oidor Rogel y del visitador Tello de Sandoval (noviembre), salió hacia México.
      En 1546, partido en marzo de Chiapas y mal recibido en Oaxaca (abril), llegó a México (junio), donde logró la reunión de los obispos de Nueva España que se aceptaran unas conclusiones en favor de los indios, con gran indignación del cabildo de México y de los burócratas; decidido a renunciar a su sede, vista la imposibilidad de aplicar su doctrina en ella, delegó sus poderes episcopales en el vicario Juan de Parera (noviembre) y marchó a Veracruz (diciembre) con los dominicos Ladrada, Cáncer y Ferrer.
      En 1547, habiendo salido de Indias en enero, se quedó en las Azores y de allí pasó a Lisboa hasta conocer la disposición del príncipe Felipe hacia él (abril) y, al saberla favorable, entró por Salamanca dirigiéndose a la corte, a la sazón en Aranda de Duero, prosiguiendo en ella sus gestiones en pro de los indígenas americanos.
      Desde 1549, influyó notablemente en la política del Consejo de Indias, logrando se proveyesen con personas partidarias de sus ideas muchas sedes indianas (Pedro de Angulo, Juan del Valle, Tomás de S. Martín, etc.) y, finalmente, la de Chiapas (fray Tomás Casillas), una vez aceptada por el Papa la renuncia presentada el año anterior. En 1550, se inició la gran controversia con Juan Ginés de Sepúlveda, defensor subvencionado de los encomenderos mexicanos y autor del Democrates secundas, con una primera sesión (julio a septiembre), donde L. C. refutó en su extensa Apología las tesis contrarias, nombrando relator la comisión a Domingo de Soto, quien resumió el debate; presentada la ponencia en una segunda reunión (abril de 1551), se dio la razón a L. C., ateniéndose a sus tesis las sucesivas medidas legislativas del Consejo de Indias (octubre). En mayo, obtuvo L. C. del Capítulo General dominico reunido en Salamanca la erección de la nueva provincia de San Vicente de Chiapas para aplicar sus tesis.
      En 1552, ayudado por fray Vicente de Las Casas, reclutó muchos misioneros para las Indias, y fue a Sevilla (febrero) para preparar su despacho, aprovechando su estancia en el convento dominico de S. Pablo, donde estaba depositada la biblioteca de Hernando Colón, para completar su Historia, y para imprimir sus ocho tratados, llevando en septiembre a Sanlúcar ejemplares de los seis primeros (Brevissima, Controversia, 30 Proposiciones, Esclavitud, Encomiendas, Confesonario) para repartirlos entre los misioneros, muchos de los cuales desertaron por el retraso, desorden y abusos en la organización de la Armada. En 1553, regresó a Sevilla e hizo imprimir (enero) el Tratado comprobatorio y los Principia quaedam, resumen de su doctrina política. En 1555, envió una larga CartaTratado para ayudar al arzobispo Carranza en su lucha contra la perpetuidad de las encomiendas. Entre 1556 y 1563, siguió defendiendo a los indios; redactó sus últimos tratados sobre los Tesoros del Perú y, en 1564, su testamento, dejando sus libros y papeles al Colegio de S. Gregorio. En 1564 envió su memorial a Pío V (marzo), y m. en la mañana del 18 de julio, protestando de su buena fe en la defensa de los indios.
      2. Doctrina y significación. En las obras de L. C. antes citadas no existe cuerpo sistemático de doctrina, sino que ésta la formula en distintas ocasiones, está retocada no pocas veces y es de carácter predominantemente monográfico. Pero espigando en ellas se puede afirmar que su base la constituían las siguientes afirmaciones cuya fecha mencionamos: valor supremo de la ley divina (1539); autoridad interpretativa de S. Pablo (1539); universalidad de la Iglesia (1529); primado de lo espiritual (1553); finalidad del poder espiritual (1553); racionalidad, libertad y sociabilidad del hombre (1553); perfectibilidad del género humano (1530); igualdad de todos los pueblos (1530); intangibilidad y tutela debida a los derechos personales (1552); origen de la jurisdicción y su fundamentación en el bien común (1553), en la justicia y en la paz (1552); título del poder político, despotismo y tiranía (1564); función activa de la caridad (1531); deberes misioneros de los castellanos en Indias (1532) y requisitos precisos en los evangelizadores (1529); obligación de restituir lo extorsionado por los encomenderos, conquistadores (1517) y gobernantes, incluidos los consejeros de Indias (1531) y los eclesiásticos enriquecidos, mientras los indios permanecen en la pobreza (1566).
      Los últimos estudios críticos y las nuevas aportaciones documentales han fallado a favor de L. C. la polémica provocada por mal entendidos triunfalismos y nacionalismos, favorecidos por el difícil enfoque del periodo histórico entre el Renacimiento y la Contrarreforma en que le tocó vivir, cuyas implicaciones le valieron opuestas calificaciones desde la de teócrata medieval a revolucionario modernista. Hoy todos (Hanke, Bataillon, Chaunun, Friede, O'Gorman, Comas, Salas y Madariaga) coinciden en que L. C. no fue sólo creyente como sus contemporáneos, sino también practicante de la doctrina cristiana, aplicó la formulación aristotélico-tomista, con criterio renacentista, a los hechos y problemas nuevos planteados por el descubrimiento e institucionalización de la sociedad hispanoindiana, abrazó la causa justa de los colonizados y dio un ejemplo inmarcesible de cuál debe de ser la actitud del intelectual sinceramente cristiano abrumado por circunstancias históricas adversas a la realización de su ideal sobre la justa convivencia social con sus prójimos de toda índole.

M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


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Díaz del Castillo, Bernal (1496-1584)
Cronista, soldado de Cortés y autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. N. en Medina del Campo (1495), y m. en Guatemala (1584). Hijo de Francisco Díaz del Castillo, regidor de Medina, y de María Díez Rejón. Pasa a Indias con Pedrarias Dávila (1514). Participa en las expediciones de Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518). Soldado de Cortés en la conquista de México (1519), toma parte en la «Noche triste», en el asedio de Tenochtitlán, y es malherido en Tlascala. Más tarde, casa con Teresa Becerra; deja familia. Hacia 1539 visita España. Retorna con mercedes reales a Guatemala. Asiste, en calidad de antiguo conquistador, a la junta sobre Indias de Valladolid (1550), donde defiende el parecer de los viejos conquistadores: perpetuidad de la encomienda de indios. En Guatemala otra vez, es regidor perpetuo del Ayuntamiento, encomendero y vecino respetado.
     
      A los 72 años se decide a escribir su Historia. Escrita ya alguna parte, llegan a sus manos los libros de Paulo Jovio, Gonzalo de Illescas y la crónica de F. López de Gómara (v.). Viva impresión le causa la versión procortesiana de Gómara. Plan, disposición, argumento, todo tiende a la exaltación del héroe, su protector. Aparece allí como figura excepcional. Su presencia reduce a plano subalterno la de sus colaboradores. La participación de la masa de soldados queda casi desvanecida. «En todas las batallas o reencuentros éramos los que sosteníamos al Cortés, dice Bernal, y ahora nos aniquila este cronista». La lectura de Gómara le incita a continuar su narración. Y aún más, a poner de relieve el esfuerzo decisivo de los soldados de la conquista. No subestima las dotes de Cortés; al contrario, las encomia tanto como Gómara. Pretende subrayar un empeño conjuntado. Sin resentimiento, la conquista aparece allí como obra de caudillo y soldados a la vez. Impreciso en la cronología, pese a su portentosa memoria. Acentúa la descripción de hechos vividos. Testigo de vista de muchos capítulos; recurre a nueva información en otros. Destaca la sinceridad del relato; una prosa llana y espontánea. Fuente histórica muy importante; obra literaria de categoría singular. Primera ed. por fray Alonso Remón en 1623.

M. MATICORENA ESTRADA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Hurtado de Mendoza, Diego (1503-1575)
Escritor, diplomático y militar. N. en Granada, en 1503, hijo del Marqués de Mondéjar y de Francisca Pacheco, que habían de ver encumbrados a todos sus hijos: «cinco hermanos en un mismo tiempo gobernando la República con universal alabanza» (Ginés de Sepúlveda). Su educación fue esmerada y universal. En Italia escuchó lecciones de los doctos teólogos y juristas Montesdoca, sevillano, y Nifo, calabrés, probablemente en Padua (1523-25) y en Pisa (1519-21), que despertarían en H. de M. el gusto por la filosofía aristotélica.
     
      Característica familiar de los Mendoza, fue la acción, que para este autor iba a concretarse en los campos diplomático y militar, donde sirvió al Emperador con gran fidelidad y energía. No es verosímil que estuviese en Pavía, pero sí en la empresa de Túnez. En 1538 forma parte de una embajada a Inglaterra. En 1539 obtiene su cargo más importante: la embajada en Venecia. Vivió en San Bernabé, cerca del Canal Grande, muy de acuerdo con el espíritu veneciano, entonces cifra y emporio del Renacimiento en Italia; allí desarrolló una extraordinaria actividad política y cultural. Tuvo contactos con Pietro Aretino (v.). Inició su amistad con el secretario imperial Francisco de los Cobos y asimismo con poetas y humanistas italianos (D'Avalos, Sadoleto, Bembo, Accolti, Giovio, Varchi). En la espléndida ciudad fue retratado por Tiziano y frecuentó artistas, cortesanas y damas ilustres (Leonor Gonzaga, Marina de Aragón, inspiradora de sus versos, etc.). También incrementó su biblioteca, célebre desde 1543. En 1545 es nombrado embajador en el Conc. de Trento y en 1546 en Roma. Fracasado en una misión diplomático-militar en Siena (1552) vio truncada su brillante carrera. Vuelto a España, sus relaciones con la corte no fueron buenas, agravándose bajo Felipe Il por un incidente en palacio con Diego de Leyva, que le ocasionó el destierro a Granada. Perdonado al fin, m. en Madrid en 1575. Antes, por su testamento, había legado al rey su biblioteca, muy rica (hoy, parte de la del Escorial). «Hombre verdaderamente grande», en palabras de Menéndez Pelayo, supo aunar, como otros renacentistas, el ideal de las armas y las letras.
     
      Ocupa, cronológicamente, el primer puesto entre los introductores de la nueva poesía, después de Boscán y Garcilaso. Sus Sonetos no siguen el modelo común petrarquista, sino que se parecen más a los antiguos, ensayados en el s. xv por Santillana (v.). Las Canciones tienen gran libertad esquemática, mientras que sus Odas imitan las formas de Bernardo Tasso (1493-1569), como Garcilaso hacía. No dejó de cultivar los metros tradicionales, aunque con savia nueva (ovidiana). Su poesía amorosa, dedicada especialmente a Marina de Aragón (Marfira), sigue esquemas petrarquistas, mas su tono dominante, melancólico y lleno de imágenes de muerte, recuerda a Ausiás March (v.), al que pudo conocer por medio de Boscán. Pero la poesía característica de H. de M. se halla en sus Elegías y Epístolas, que, a veces, son verdaderos capitoli. Su espíritu se expansiona, como buen humanista, estimulado por el recuerdo y la imitación clásica. Menéndez ya señaló «el plácido epicureísmo y el familiar abandono (horaciano) de estas composiciones, a las que daba, además, la expresión franca y desembarazada de hombre de mundo».
     
      La Fábula de Adonis, Hipomenes y Atalanta (Venecia 1533), publicada en la ed. veneciana de las obras de Boscán y Garcilaso, está fuertemente influida por Ovidio (v.). Tibulo (v.), Virgilio (v.), Lucrecio (v.), Claudiano (v.), Homero (v.) y Píndaro (v.), han sido señalados como sus inspiradores, sin que falten tampoco ecos de los versos de la Antología griega ni de los modernos poetas neolatinos M. Marullo (m. 1500) y Celio Calcagnini (1479-1541). H. de M. se muestra en sus poesías, ya sigan la pauta amorosa o satírica o bien sean comentarios al margen de las variadas y diversas experiencias de su vivir, como un perfecto poeta renacentista (v. RENACIMIENTO). La imitación de los antiguos es siempre guía de las emociones y los recuerdos. Lo mismo cuando parafrasea algún pensamiento de Horacio (Elegía II dedicada a Boscán), que cuando habla de la fundación de Venecia (Elegía VI), tiene presente, como verdadero humanista (v. HUMANISMO), el círculo de los amigos, con los que comparte la visión del mundo, intensa y serena, en la que no falta la nota mordaz, aunque muchas poesías de este tipo (A la pulga, A la zanahoria) posiblemente no son suyas. En las Sátiras y poesías auténticas de tipo burlesco, sin perder nunca de vista los clásicos, se muestra buen discípulo de los italianos como Berni (1498-1535) y Don¡ (1513-74), siendo su motejar incisivo un claro recuerdo de su vida italiana.
     
      Como prosista ha sido ya convincentemente despojado de obras que se le atribuyeron durante mucho tiempo. No se puede olvidar su traducción de la Mecánica de Aristóteles (ya traducida por Leónico Tomeo, aristotélico paduano), muy importante para situar a H. de M. dentro del último aristotelismo humanista y obra realizada, probablemente, durante su estancia veneciana. También de estos ambientes es la versión del Syrus, comedia elegiaca de Ramnusio, que Foulché-Delbosc le atribuye.
     
      Pero su obra fundamental, la que le coloca en lugar inamovible en la historia de la prosa clásica es la Guerra de Granada (Lisboa 1627). Debió componerse entre 1568 y 1574, pues L. Mármol (1520?-1600), que publica su Historia de la rebelión de los moriscos en 1600, ya la conocía, así como otros historiadores granadinos. H. de M., si no testigo ocular, sí muy próximo a los hechos y, sobre todo, conocedor apasionado de los móviles internos de la rebelión (que sus cartas al cardenal Espinosa aclaran y completan), escribe ya en su vejez y en el destierro. No es obra escrita para una minoría de íntimos, como pensaba Foulché-Delbosc, sino para sus posibles lectores extranjeros y, sobre todo, para la posteridad. Con ella, según Menéndez Pidal, termina la crónica medieval y comienza la historia moderna. H. de M. no olvida, sin embargo, al calor de la lucha de moriscos, la visión retrospectiva de la guerra de la Reconquista, donde su familia.tanto sobresalió.
     
      El estilo de la Guerra de Granada es sabroso y lleno de encanto, pese a que ya Capmany en el s. xvitl, y después Morel-Fatio, con más detenimiento, destacaron sus defectos (pobreza de vocabulario, afectación demasiado pretenciosa, desorden, laconismo, los cuales delataban la obsesión de los modelos clásicos, en especial Salustio (v.) y Tácito (v.), al que imita en el prólogo. Su fama comenzó en el s. xvii y en la época de la gran historiografía (s. xx) continúa inmarcesible.

ANDRÉS SORIA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Landa, Fray Diego de (1524-1579)

Fray Diego de Landa Calderón nació en Cifuentes (en la Alcarria de Guadalajara) el 12 de noviembre de 1524. Poco se sabe de su infancia. A los 16 o 17 años llega al convento de San Juán de los Reyes de Toledo y profesa en la orden franciscana . Posiblemente allí se convirtió en un obstinado defensor de la fe católica. En 1547 acompaña con otros cinco sacerdotes a Nicolás de Albalate cuando éste regresa a Yucatán. En 1549 llega a Yucatán y es nombrado ayudante del guardián de Izamál. En 1552 es nombrado guardián y se le encarga construir un convento que sustituya a las chozas en que habitaban los franciscanos. En 1556 era custorio del Yucatán y primer definidor de la Provincia dentro de la orden franciscana. Cuando Yucatán y Guatemala formaron una sola provincia, fray Diego fue nombrado Provincial de la misma en 1561. Se le tenía por hombre virtuoso y prudente.
Los frailes educaban a los indígenas e intentaban evitar su maltrato. Los encomenderos se quejaban de que por aprender la doctrina cristiana, los indios tenían desatendido su trabajo. Hubo conflicto y los españoles dejaron de asistir a los oficios sagrados y quemaron pos dos veces el templo y cenobio de Valladolid. Para solucionar el conflicto fue enviado en 1552 Tomás López Medel (natural de Tendilla y a quien podemos encontrar entre los alcarreños ilustres, autor de un Tratado de los tres elementos, aire, agua y tierra) . No hubo demasiado éxito y en 1560 llegaría otro visitador. Incorporado en 1560 el Yucatán a la Audiencia de México, llegaría nuevo Alcalde y Justicia Mayor, y, en 1562, fray Francisco Toral, primer obispo en el Yucatán.
A pesar de las campañas de conversión la antigua religión de los mayas no había desaparecido, solo estaba escondida y Landa ya citaba (y reprobaba) en 1558 esta situación que se desataría en 1562 cuando Landa llega a Maní y constituye un tribunal religioso al que pronto convierte en Inquisición ordinaria. Los interrogatorios a los indios condujeron al decomiso de sus imágenes y piedras sagradas. Al menos seis indios huyeron a la selva y allí se ahorcaron antes que confesar la localización de las imágenes que ellos protegían. Tras el interrogatorio y tortura se realizó un gran Auto de Fé en Maní el 12 de julio de 1562 en que Landa hizo quemar unos 5000 ídolos y objetos sagrados. Algunos indios (por su cultura) no pudieron soportar el serles cortado el pelo y vestida la coroza y se suicidaron posteriormente. Quien luego escribiría la obra más importante sobre la cultura maya, fue el principal artífice de la destrucción de parte de ella.
Estos hechos así como la animadversión anterior hacia el provincial franciscano hieron que se le empezara proceso, apelando Landa a la Audiencia de Nueva España (México). Como el obispo Toral escribiera a Felipe II, Landa cretó conveniente para su defensa marchar a España en 1563. Tras visitar en Barcelona al General de los Franciscanos, y apoyándose en unas Breves papales que permitían a los provinciales en América actuar como inquisidores, Landa sería absuelto a pesar que el obispo Toral dijera respecto a su actuación con los indígenas que "en lugar de darles a conocer a Dios les han hecho desesperar".
Marchó a Guadalajara, luego a Toledo siendo maestro de novicios en San Juan de Dios. Parece que allií escribiera en 1566 su Relación de Cosas Notables de Yucatán para ser empleada en su defensa. Estuvo una temporada en Cifuentes en 1568, y estando en el monasterio de San Juan de la Cabrera fue nombrado Obispo de Mérida en el Yucatán sustituyendo a Toral. Embarca en 1572 en Sevilla y se lleva una copia de su manuscrito. Aunque indígenas y españoles tenían cierta prevencion de su llegada, no tuvo nuevos encontronazos ni con los encomenderos ni con los indígenas, aunque llegara a excomulgar el gobernador de Mérida por un conflicto de jurisdicción. Escribe una doctrina cristiana en lengua maya que hace imprimir en la ciudad de México en 1575, de la que no queda copia alguna. Muere en Mérida en 1579 y allí es enterrado. Sus restos volvieron a Cifuentes siglo y medio después. Juan Catalina García halla sus huesos en un pequeño sepulcro de la Iglesia parroquial del Salvador y allí serían destruidos al empezar en 1936 la Guerra Civil española.
La Relación de Fray Diego es importante pues no sólo cuenta el origen del nombre Yucatán, el descubrimiento y conquista por los españoles de esta península en el siglo XVI, sino que se detiene extensamente en la historia y leyendas de las tribus mayas que la habitan. Cuenta las primeras noticias de la gran civilización maya, extinguida en el siglo XV, a través de los relatos recogidos de los indígenas y da un panorama completo de lo que era el Yucatán y sus habitantes hacia 1560. Es una pena que la descripción de los símbolos de la escritura maya hecha por fray Diego no sea mas extensa, pues (aunque de gran ayuda a los estudiosos de la mayística) no ha permitido el desciframiento de la misma.
Se perdieron todos los originales o las copias completad de la Relación, y sólo quedó una copia parcial en la Academia de la Historia de Madrid, descubierta y publicada en 1864. En nuestros tiempos con un pensamiento tan alejado del que había en el siglo XVI carece de sentido tanto denostar como excesivo el celo represor del paganismo de Fray Diego como el elevar a portento único la Relacion de las Cosas del Yucatán por él escrita. Es uno de los pocos españoles que cuentan con una estátua en México, en la plaza mayor de Izamal.
Este texto es deudor de la Introducción escrita por D. Miguel Rivera Dorado a la edición que de la obra de Landa hizo Historia 16 en 1992 y que se regalaba a los lectores de esta publicación gracias al patrocinio de Caja de Madrid.

J.L. García de Paz

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Mariana, Juan de (1536-1623)
Historiador español del s. XVI, autor de una Historia general de España, obra de gran estilo y fama relevante entre todas las de su género; como tratadista de temas teológicos y políticos es una de las glorias intelectuales de la Compañía de Jesús y una de las mentes más lúcidas del pensamiento español de la época. N. en Talavera en 1536 y estudió en Alcalá de Henares, dedicándose con especial vocación a las humanidades. En sus años universitarios conoció al P. Jerónimo de Nadal, colaborador de S. Ignacio. De esa amistad nació su decisión de ingresar en la recién creada Compañía de Jesús, cuando tenía 17 años. Pasó por importantes centros de formación y tuvo grandes maestros, como Francisco de Borja y el P. Laínez, general de la Compañía, quien le escogió como profesor para el colegio de Roma (1561). Desde allí, y tras dos años de magisterio en Sicilia, pasó a París, donde se doctoró en Teología.
      Vuelto a España, residió en Toledo desde 1574, en la casa profesa de los jesuitas. Desempeñó varios cargos, como examinador sinodal, consejero del Santo Oficio y censor de obras teológicas y escriturísticas, revisando, entre otras, la famosa Biblia Políglota de Amberes, que había dirigido el gran hebraísta Arias Montano.
      La obra del P. M. es muy extensa y abarca una amplia temática. En 1581 colaboró en la redacción del Manual para la administración de sacramentos del Dr. García de Loaysa, que se publicó en Toledo. Un año más tarde redactaba las Actas del concilio diocesano de Toledo, y en 1584 dirigía la composición del índice de libros prohibidos. Su obra más extensa, Historia general de España, fue compuesta y publicada en 1592 y 1601. En ese mismo periodo publicaba en Toledo (1598) su tratado De rege et regis institutione, obra muy ciceroniana en su estilo y cuya tesis estriba en definir la potestad real, que M. limita, en cuanto hace residir el poder en la comunidad, que lo trasmite al príncipe, quien, por su parte, está supeditado a la ley natural y a la positiva, tesis original e incluso revolucionaria dentro de la concepción monárquica de la época.
      Su teoría del tiranicidio, justificable como último extremo cuando el príncipe no sirve al fin ético del Estado, el bien común, ha sido frecuentemente desenfocada e incluso tratadistas políticos del xix han visto en M. un precedente del liberalismo (v. TIRANRÍA). Para M. existe una perfecta distinción entre el rey y el tirano, cuya muerte nunca puede ser obra de justicia individual, sino última decisión de toda la comunidad. Los Siete tratados, publicados en Colonia en 1609, son también obra polémica. El cuarto de ellos, De mutatione monetae, en que ataca la devaluación monetaria ordenada por Felipe III, sin previo asentimiento del pueblo, le valió un proceso inquisitorial instigado por el duque de Lerma y año y medio de prisión en el convento de S. Francisco de Madrid.
      Gran latinista, buscó para su obra maestra, Historia general de España, una base historiográfica romana, producto de sus lecturas de Salustio y Tácito. Elaborada sobre crónicas e historias anteriores, carece ésta de una labor crítica depuradora de las fuentes que manejó, tal como lo había hecho, p. ej., su coetáneo Zurita (v.); de ahí que adolezca de falta de criterio científico. Tampoco fue éste, por cierto, el objetivo de P. M., «sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido». Se desentiende de la procedencia de los datos y noticias que maneja y se dirige a crear, con estilo a veces muy oratorio, una gran panorámica histórica. En realidad, es una obra de valoración de España, escrita hacia las otras naciones, donde se puede resaltar el factor patriótico, claro indicio de una motivación política. Comienza la obra con las consabidas alabanzas de España, iniciadas por S. Isidoro, cuyas obras había editado M. por deseo del rey (1595-99). El relato sigue un plan cronológico, aun en periodos tan confusos como la Reconquista, y llega hasta 1516. Compuesta primero en latín, su éxito le llevó a redactarla y publicarla también en castellano en 1601. El P. M. m. el 16 feb. 1623, en la casa profesa de Toledo.

M. ESPADAS BURGOS

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Acosta, José de (1539?-1600)

A José de Acosta se le ha denominado "Plinio del Nuevo Mundo" y "fundador de la biogeografía". 
 
1. JOSÉ DE ACOSTA, "FUNDADOR DE LA BIOGEOGRAFÍA"
 
José de Acosta fue un misionero en América Hispana en el siglo XVI y que mereció ser llamado por el gran científico y viajero alemán Alexander von Humboldt "el Plinio del Nuevo Mundo". Como reconocía hace ya un siglo uno de sus biógrafos, José Rodríguez Carracido (1899), "en la historia de la ciencia española descuellan, como figuras cuya magnitud no fue superada por las más eminentes de sus contemporáneos extranjeros, las de los tratadistas que se ocuparon de los asuntos de América; y de este aserto son testimonio irrecusable la universal notoriedad, y su persistencia al través de los siglos, de las obras de Fernández de Oviedo y del P. José de Acosta, de Álvaro Alonso Barba y del P. Bernabé Cobo, entre otros muchos".
Se compara aquí la obra de Acosta con la de otros tres grandes geógrafos y naturalistas: Fernández de Oviedo, Alonso Barba y Bernabé Cobo. Gonzalo Fernández de Oviedo y Cortés (1478-1557) fue autor de la monumental Historia general y natural de las Indias (Sevilla. Salamanca, 1535-1537); Álvaro Alonso Barba (1569-1662), "andaluz de Lepe", fue autor de El Arte de los Metales (publicado en 1640); Bernabé Cobo (1572-1657) publicó la Historia del Nuevo Mundo en Lima en 1553 (Vernet, 1975).
De las obras del P. Acosta, este trabajo hará referencia preferente a la Historia Natural y Moral de las Indias, por su importancia y, sobre todo, por contener una interpretación transida de modernidad. En ella se plantea la interacción entre naturaleza y sociedad en la América del siglo XVI, postulando la posibilidad de una interpretación tímida pero evolutiva de la realidad animal, vegetal y cultural.
José de Acosta nació en 1540 en la ciudad castellana de Medina del Campo (Alcina Franch, 1987; Moreyra, 1940; O´Gorman, 1962). Muy joven entró en la Compañía de Jesús y en 1571, cuando contaba 31 años de edad, Acosta es destinado a las misiones de los Andes (Lopetegui, 1940, 1942). Un año más tarde, el 28 de abril de 1572, llegaba por fin a Lima (del Pino, 1978, 1982).
Siendo provincial de los jesuitas en el Perú, realizó al menos tres largos viajes por el interior del país visitando las misiones allí establecidas, lo que le permitió un conocimiento real y exacto de la naturaleza y de la vida social de los indígenas. Enfermo y cansado por los viajes y los enfrentamientos con los poderes políticos españoles, pide volver a la metrópoli. A principios de julio de 1586, José de Acosta llega a Nueva España, residiendo en la capital, México. Allí, su hermano Bernardino, también jesuita, era Rector del Colegio de Oaxaca. Durante su estancia en México, Acosta procuró documentarse lo más posible para la redacción de la Historia Natural y Moral de las Indias que había iniciando años antes. Después de haber pasado casi un año en México, el P. Acosta embarcó el 18 de marzo de 1587 camino de España.
En septiembre de ese año llegaban a Sanlúcar, al puerto del que partió diecisiete años antes. En España y en esta época (1588-1592) la actividad editora del P. Acosta fue muy intensa. En 1588 salía editado en Salamanca su primer libro, que reunía el De Procuranda Indorum Salute precedido del tratado De Natura Novi Orbis. En 1590, salía de las prensas de Sevilla el libro más famoso de cuantos escribió: la Historia Natural y Moral de las Indias.
Han sido muchos los investigadores que han comentado la obra más conocida de Acosta (Beddall, 1977). Este no pretendió hacer en su Historia una revisión exhaustiva de los fenómenos y seres naturales de América, sino razonar sobre su significado apoyándose en una selección de ellos (Templado, 1974).
LAS IDEAS BIOGEOGRÁFICAS DE ACOSTA
José de Acosta se pregunta en su Historia Natural y Moral de las Indias, publicada por vez primera en Sevilla en 1590, "Cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra parte del mundo". El profesor Emiliano Aguirre, hace ya más de cuarenta años publicó un documentado trabajo sobre este problema (Aguirre, 1957). Muchos capítulos de la Historia de Acosta se dedican a la descripción de los animales y plantas americanos. Cómo llegaron hasta allí parece poder tener una solución fácil para Acosta, aunque revolucionaria para su época:
"Halláronse, pues, animales de la misma especie que en Europa, sin haber sido llevadas de españoles. Hay leones, tigres, osos, jabalíes, zorras y otras fieras y animales silvestres, de los cuales hicimos en el primer libro argumento fuerte, que no siendo verosímil que por mar pasasen en Indias, pues pasar a nado el océano es imposible, y embarcarlos consigo hombres es locura, síguese que por alguna parte donde el orbe de continúa y avecina al otro, hayan penetrado, y poco a poco poblado aquel mundo nuevo. Pues conforme a la Divina Escritura, todos estos animales se salvaron en el Arca de Noé, y de allí se han propagado en el mundo" (J. de Acosta, opus.cit., Libro IV, capítulo XXXIV).
Pero el problema más difícil de resolver es cómo explicar la existencia en América de animales y plantas diferentes a los de Europa. Acosta lo formula así en este texto, muy citado por los ecólogos actuales:
"Mayor dificultad hace averiguar qué principio tuvieron diversos animales que se hallan en las Indias y no se hallan en el mundo de acá. Porque si allá los produjo el Criador, no hay que recurrir al Arca de Noé, ni aún hubiera para qué salvar entonces todas las especies de aves y animales si habían de criarse de nuevo; ni tampoco parece que con la creación de los seis días dejara Dios el mundo acabado y perfecto, si restaban nuevas especies de animales por formar, mayormente animales perfectos, y de no menor excelencia que esotros conocidos" ( J. de Acosta, opus cit., Libro IV, cap. XXXVI).
 
 
BIOGEOGRAFÍA Y "EVOLUCIÓN" EN JOSÉ DE ACOSTA
 
Acosta propone tres soluciones posibles a estos problemas biogeográficos observados. En ellas intervienen argumentos naturalistas y filosóficos. De estas soluciones, una se resuelve en el campo de la Teología, pero no despeja la incógnita. Otra de las posibles soluciones tiene un presupuesto teológico, y combina factores biológicos, geográficos y religiosos. Esta es la solución preferida por él. La tercera solución al problema, que no la evade, es sorprendentemente evolucionista, aunque le deja perplejo.
 
1. Primera solución: "Allá los produjo el Creador": la solución teológica
El P. José de Acosta formula de dos modos diferentes y complementarios la solución teológica: "Allá los produjo el Creador" e "hizo Dios nueva formación de animales". Esta es la solución que exige la creencia en una nueva creación diferente a la original.
Sin embargo, Acosta no está muy de acuerdo con esta solución. Aduce para ello dos razones: la primera, que esto equivale a suponer que no había quedado perfecto el mundo con la creación relatada en el primer capítulo del Génesis; y la segunda razón, es ésta: si se acepta una creación postdiluviana, no habría hecho falta salvar las especies en el arca de Noé. Evidentemente, estos argumentos se entienden perfectamente dentro del paradigma diluvista imperante en el siglo XVI y que se prolonga hasta el siglo XIX (Pelayo, 1995; Capel, 1985; Young, 1998).
 
2. Segunda solución: "Se conservaron en el Arca de Noé...y se fueron a distintas regiones": la solución teológico- geográfica
Textualmente dice Acosta: "Se conservaron en el Arca de Noé", y "por instinto natural y Providencia de cielo, diversos géneros se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se hallaron tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si salieron no se conservaron...".
Esta es la solución aceptada por Acosta. Tiene un carácter teológico-creacionista, pero que se enriquece con la primera formulación histórica de la teoría de la dispersión geográfica y la adaptación biológica de las especies a medios ambientes diversos. Con toda razón se considera a Acosta fundador de la Paleobiogeografía histórica.
Los argumentos del Padre Acosta se fundamentan en la hipótesis creacionista y diluvista como paradigma explicativo de la diversidad biológica del planeta. Está persuadido de la creación por Dios de todos los seres vivos al inicio de los tiempos y de la existencia de un Diluvio exterminador para hombres pecadores y animales impuros. De este acontecimiento divino solo se salvan los humanos y los animales protegidos por el Arca de Noé.
El autor de la Historia Natural y Moral de las Indias se pregunta sobre lo que ocurrió después del Diluvio. La opinión del P. Acosta puede ser considerada revolucionaria para su época:
"...Por instinto natural y Providencial del Cielo, diversos géneros se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se hallaron tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si salieron no se conservaron, o por tiempo vinieron a fenecer, como sucede en muchas cosas. Y si bien se mira, esto no es caso propio de Indias, sino general de otras muchas regiones y provincias de Asia, Europa y África: de las cuales se lee haber en ellas castas de animales que no se hallan en otras; y si se hallan, se sabe haber sido llevadas de allí. Pues como estos animales salieron del Arca: verbi gratia, elefantes, que solo se hallan en la India oriental, y de allá se han comunicado a otras partes, del mismo modo diremos de estos animales del Perú, y de los demás de Indias, que no se hallan en otras partes del mundo" (J. de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Libro IV, cap.XXXVI).
Esta hipótesis excluye toda posibilidad de evolución o cambio biológico: la migración y adaptación de los animales a nuevos nichos ecológicos implica sólo para Acosta supervivencia pero no cambio biológico. Por ello, los animales de América tuvieron en otro tiempo una distribución más amplia y de han extinguido quedando solo confinados al Nuevo Mundo. No es necesario acudir a otras hipótesis como las de las creaciones diferentes en cada continente.
Por lo demás, Acosta sabe que la adaptación y confinamiento en lo que hoy los ecólogos llaman un nicho ecológico no es un caso único de América. Tiene la intuición de extender el paradigma paleobiogeográfico a otras regiones convirtiéndolo en una ley general biológica: "y si bien se mira, esto no es un caso propio de Indias, sino general de otras regiones y provincias de Asia, Europa y África". Pero Acosta va más allá en su interpretación. No solo registra el factum -la evidencia naturalística y el mecanismo inmediato- sino que aborda la cuestión de los factores profundos, cualitativos: sin dudar, proporciona una respuesta doble, biológica y a la vez religiosa: "por instinto natural y Providencia del Cielo".
Por otra parte, se ha de destacar que Acosta, a finales del siglo XVI, al hablar del hombre americano afirma que pudo pasar "caminando por tierra". De este modo, intuye la existencia del estrecho de Behring, que no fue descubierto hasta 1741.
 
3. Tercera solución: "Reducirlos a los de Europa": la solución evolucionista
La hipótesis evolucionista entra en el pensamiento de Acosta con toda espontaneidad, con plena franqueza y honradez no mediatizada ni forzada por solución preconcebida. Para nuestro autor, todos los animales de América no serían otra cosa que una modificación de los originales de Europa. Ello supondría aceptar un cierto "transformismo": la diferencia en distintos caracteres de los animales pudo ser causada por diversos accidentes. Es decir: por un cambio accidental de sus caracteres y que éstos luego pasan modificados a los descendientes. El capítulo XXXVI (Libro IV) de su Historia ha sido citado en muchas ocasiones, pese a su brevedad, como uno de los texto más lúcidos y que intuyeron (aunque sin aceptarla) la posibilidad evolutiva que Darwin (1859) describe y acepta dos siglos más tarde. El texto siguiente considera abiertamente esta posibilidad:
"También es de considerar, si los tales animales difieren específica y esencialmente de todos los otros, o si su diferencia accidental, que pudo ser causada de diversos accidentes, como en el linaje de los hombres, ser unos blancos y otros negros, unos gigantes y otros enanos. Así, verbi gratia, en el linaje de los simios ser unos sin cola y otros con cola, y en el linaje de los carneros ser unos rasos y otros lanudos: unos grandes y recios, y de cuello muy largo, como los del Perú; otros pequeños y de pocas fuerzas, y de cuellos cortos, como los de Castilla" ( J. de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Libro IV, cap.XXXVI).
Pero las ideas biológicas de su época así como el peso indudable de la Teología escolástica, impiden dar el paso definitivo. El mérito de Acosta es haber intuido la posibilidad de un cambio morfológico que se prolonga en la descendencia biológica. Sin embargo, sus naturales y comprensibles prejuicios heredados de la filosofía escolástica, le impiden aceptar el hecho de la evolución. El principio "nadie da lo que no posee", obliga a Acosta a aceptar la fijeza de las especies biológicas. Las "especies" en filosofía difieren por algo esencial y son, por tanto, irreductibles: de una especie no puede salir aquello que constituye diferencialmente la otra especie (Álvarez López, 1943). Su contexto cultural e intelectual le impiden avanzar más: las diferencias no le permiten aceptar la descendencia, por la que se define la evolución orgánica:
"Quien por esta vía de poner sólo diferencias accidentales pretendiere salvar la propagación de los animales de Indias, y reducirlos a las de Europa, tomará carga, que mal podrá salir con ella. Porque si hemos de juzgar a las especies de los animales por sus propiedades, son tan diversas que quererlas reducir a especies conocidas de Europa, será llamar al huevo, castaña"(J. de Acosta, opus cit., Libro IV, cap. XXXVI).
El P. Acosta zanja la cuestión con este comentario irónico, que ha de interpretarse -según Aguirre (1957)- como expresión de la perplejidad de Acosta ante una solución que le era muy difícil de aceptar. Pero será necesario
avanzar casi un siglo para encontrarnos un pensamiento similar sobre los aspectos de la biogeografía: el pensamiento de Athanasius Kircher.

(http://www.jesuitas.info/documentos/Leandro_Sequeiros/jose_de_acosta.htm)

En inglés: http://www.faculty.fairfield.edu/jmac/sj/scientists/acosta.htm

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Inca Garcilaso (1539-1616)
Escritor peruano. N. en el Cuzco el 12 abr. 1539. Fueron sus padres el conquistador español capitán Garcilaso de la Vega y la princesa Chimpu Ocllo, de la familia imperial de los Incas. Bautizado con el nombre familiar de Gómez Suárez de Figueroa, vivió en Perú hasta 1560, cuando viajó a España con el dinero que le dejó su padre en el testamento y con el doble propósito de estudiar y de alcanzar las mercedes que le correspondían. En 1563 intentó regresar al Perú; pero, por razones aún no precisadas, desistió de su viaje. Con el apoyo de su tío Alonso de Vargas se estableció en Montilla. Por breve tiempo participó en la lucha contra los moriscos sublevados en las Alpujarras de Granada. Pero, orientado definitivamente por el camino de las letras y en fecundo contacto con los humanistas andaluces, hacia 1591 se radicó en Córdoba, cambió su nombre inicial de Gómez Suárez por el de Garcilaso de la Vega, al que añadió después el título de Inca, y dedicó el resto de su vida a componer su obra histórica. De su preocupación religiosa son pruebas el haber vestido el hábito de clérigo y la compra de una capilla en la mezquita-catedral, a la que dotó para su entierro. M. en Córdoba el 22 ó 23 abr. 1616.
     
      El primer libro del I. G. (y también el primero de un escritor americano) fue su versión al castellano de los neoplatónicos Diálogos de Amor de León Hebreo, que él tituló La traduzión del Indio (Madrid 1590). Su primera obra histórica fue La Florida del Ynca (Lisboa 1605). Basada en la versión oral de un veterano soldado español, Gonzalo Silvestre, y reforzada por el cotejo con fuentes escritas, pero sobre hazañas realizadas en una tierra que G. no conoció (el sudeste de los actuales Estados Unidos) y bajo un capitán al que no alcanzó (Hernando de Soto), La Florida del Ynca une la veracidad del relato histórico con una bella labor literaria. «Araucana en prosa» se le ha llamado con acierto; y en ella se reúnen modelos de historia clásica y de los historiadores italianos del Renacimiento, retratos morales aprendidos en los cronistas españoles de la Edad Media, episodios y adornos de las novelas de caballerías, y valor concedido a lo visto y oído por los protagonistas de la historia, característico de las crónicas de Indias.
     
      Cuatro años después se publicó la obra maestra y fundamental de G.: la Primera parte de los Commentarios Reales, que tratan... de los Yncas, Reyes que fueron del Perú (Lisboa 1609). Obra de reconstrucción del Imperio de los Incas, homenaje a su tierra nativa y a su sangre indígena materna, los Comentarios alternan la narración de las conquistas con la presentación de leyes, instituciones y costumbres y la descripción de los productos de los tres reinos naturales. Llegado tarde al campo de las crónicas de Indias, el I. G. utiliza las historias escritas antes que él (inclusive los papeles truncos de su compatriota el jesuita chachapoyano Blas Valera), pero las acompaña de «comento y de glosa», precisa la cronología, rectifica la ubicación de los lugares, aclara el significado de muchos vocablos mal interpretados por quienes no conocían como él la lengua quechua o runa simi. En un estilo limpio y terso, envueltos en la doble nostalgia de la lejanía en el tiempo y el espacio, los Comentarios Reales constituyen el cuadro más completo e idealizador del Imperio de los Incas, y en sus páginas empieza a perfilarse la fisonomía espiritual del Perú. Prohibidos a fines del s. XVIII por su capacidad de exaltación de los valores autóctonos de América, su difusión actual es inmensa y se les considera, con Menéndez Pelayo, «el libro más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito».
     
      La segunda parte de los Comentarios Reales se publicó después de la muerte del Inca (Córdoba 1617), con el título (modificado por los impresores) de Historia General del Perú. Si la primera parte fue el relato elogioso de los incas, en la segunda G. rindió tributo a la sangre de su padre, a las hazañas españolas en el descubrimiento y la conquista, y a la incorporación del mundo indígena a la cultura cristiana occidental. G. vuelve a aprovechar la fuente escrita de las crónicas de Indias; pero por la cercanía de los sucesos, y por su propia reacción personal, el comentario cede el paso a menudo a la rectificación y la polémica. Menos valiosa, con un criterio estrictamente histórico, la relación se complementa con lo que G. vio y oyó en el Perú, con los episodios en que pudo participar en su niñez, con sus evocaciones expresivas y confidencias llenas de calor y vida. La obra termina con la muerte dada al Inca Túpac Amaru, durante el gobierno del virrey Toledo; y está dedicada significativamente a los «indios, mestizos y criollos» del Perú.

A. MIRÓ QUESADA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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López de Gómara (1511-1562)

N. en Gómara (Soria) en 1511. Recibió una educación humanística ejercitándose en el cultivo del latín. Dictó la cátedra de Retórica en Alcalá de Henares, profesó en 1540 y se fue a Roma. Estuvo en Argel en la empresa de Carlos V. En 1540 se encontraba en Venecia con el séquito de Hurtado de Mendoza. Regresado a España, entró como capellán al servicio de H. Cortés y luego de su hijo Martín, al morir el conquistador en 1547. Hacia 1558 se hallaba en Amberes, retirándose después a Gómara, donde murió probablemente en 1562, cuatro años antes que Las Casas y cinco después que Oviedo.
      Aunque al decir del cronista Oviedo, no se podía escribir de América sin moverse de Europa, G. publica en Zaragoza su Historia Vitrix o Historia General de las Indias (1552), sin haber estado nunca allí. La obra, dividida en dos partes, acusa una desproporción manifiesta al ocupar más espacio el tema concreto, conquista de México, que el general. Consciente de ello, G. escribe en su prólogo: «he tenido en esta mi obra dos estilos, soy breve en la historia y prolijo en la conquista de México». Dentro de la brevedad de su Historia da una visión de conjunto que no lograron Fernández de Oviedo (v.) y Las Casas (v.). A lo largo del relato se fija en Colón, en los viajes andaluces, en la conquista del Perú y Chile, en las exploraciones de América Central, analizando, al mismo tiempo que los hechos, la Historia natural indiana, que le resulta curiosa. Pero el gran valor de G. reside en la segunda parte de su obra, íntegramente dedicada a Cortés y su hazaña. Al escribirla con un sentido renacentista, más que una Historia, hace una biografía de Cortés, relatando la conquista de México más bien como obra personal de un solo caudillo que como resultado del esfuerzo de todo un ejército. Y esto molestó tanto, según el Inca Garcilaso, al soldado cronista Bernal Díaz del Castillo (v.) y algunos conquistadores, que éste escribió su Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España deformando la historia en su apasionamiento contra G., al cual afirma que «le untaron las manos» para que la escribiera concentrándola en Cortés. Nada de esto es cierto. No recibió dinero para escribirla. Observó hacia Cortés la natural simpatía de quien fue su capellán, le trató y admiró. Las Casas también le atacó llamándole «criado de Cortés». Sea por su matiz filocortesiano, sea porque el libro fue estimado como «libre» y el Consejo de las Indias ordenó recoger todos los ejemplares, lo cierto es que desde mediados del s. xvi la obra fue olvidándose, sacándola a la luz en el s. XVII González Barcia en su colección de historiadores primitivos de las Indias orientales. Aunque nada tiene que ver con América, completa su figura como escritor sus Anales de Carlos V, que escribió como cronista del reinado, y la crónica titulada De los hechos de los Barbarrojas.

F. MORALES PADRÓN.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

 

 

Jerónimo de Zurita y Castro (1512-1580)

Historiador aragonés del s. XVI. Su monumental obra Anales de la Corona de Aragón constituye una de las más claras muestras de la historiografía española del siglo de Oro. N. en Zaragoza en 1512, miembro de una familia de origen hidalgo. Hizo sus estudios en Alcalá de Henares, donde adquirió una honda formación humanística, dedicando también su atención al aprendizaje de las lenguas vivas. Allegada su familia a los servicios de la corte -su padre había sido médico en el real alcázar- Carlos I le nombró gentilhombre de cámara y le confió varios cargos de la administración del reino de Aragón, en Barbastro, Almudévar y Huesca. Posteriormente fue secretario del tribunal del Santo Oficio en Madrid, cargo que desempeñó hasta 1547, en que le sucedió D. Fernando de Valdés. Felipe II le nombraría secretario de su Consejo y Cámara.
      Pero su fama viene unida esencialmente a su labor historiográfica. Las Cortes aragonesas reunidas en Monzón en 1547 dieron carta de naturaleza al cargo de cronista del reino, basándose en que «por falta de escripturas, los hechos y cosas antiguas del Reyno de Aragón están olvidadas». Este cargo estuvo vigente hasta el s. XVIII en que quedaron abolidos los fueros aragoneses. En 1548, y por designación de las Cortes, Z. comenzó 'a desempeñar su oficio de cronista del reino.
      Acometió su tarea con singular ímpetu y método científico. Antes de entrar en la redacción de tan amplia obra, viajó mucho por España y por Europa -Nápoles, Sicilia, Roma, Países Bajos-, visitó archivos de palacios y monasterios, consultó bibliotecas y se puso en contacto con las tierras y los paisajes donde acaecieron los hechos que iba a narrar. Fue un auténtico historiador científico en cuanto buscó la base documental. Su temperamento de investigador y de bibliófilo le llevó a comprar muchos libros. Formó una selecta biblioteca, que al final de su vida legó a los cartujos de la Casa de Dios, cercana a Zaragoza, y que en su mayor parte pasó al Escorial en 1626. Por encargo expreso de Felipe II fue también un gran descubridor y coleccionista de manuscritos, que irían a engrosar los fondos del Archivo de Simancas, que a la sazón se estaba formando, también a instancias del propio rey.
      Durante 30 años trabajó en la redacción de los Anales, donde, siguiendo un orden cronológico, desarrolla la crónica de los reinos aragoneses. Dedica su primer capítulo a «La entrada de los moros en España». Su obra abat:ca hasta el reinado de Fernando el Católico. Concede a cada año gran amplitud, pues no se ciñe sólo a lo propiamente aragonés, sino que establece relaciones con lo acaecido en los demás reinos peninsulares o incluso de Europa. La gran cantidad de fuentes utilizadas para la confección de su historia hace que, junto a documentos de indudable valor historiológico, entren leyendas o relatos cuyo único valor pueda -ser el literario; pero ello disminuye en poco la importancia de la obra de Z, en cuanto a número y selección de fuentes se refiere. Menos elevado es su valor artístico y literario. Le faltó capacidad de síntesis, pues aun tratándose de un relato ordenado por años, la yuxtaposición de varias fuentes originales que se suceden en el texto, sin haber sido comprendidas, contribuye a que la lectura sea farragosa y abunde.en reiteraciones o sufra saltos bruscos.
      Los Anales tuvieron un gran éxito en su época, como lo prueba la serie de ediciones que pronto se sucedieron. En Zaragoza fueron impresos en 1562, 1579 y 1585. En el s. XVII aparecieron tres ediciones desde 1610. Pero no le faltaron a Z. aceradas críticas de sus contemporáneos, en especial de Alonso de Santa Cruz, que revisó su obra antes de que se imprimiera. Se atacó su excesivo aragonesismo, su prolijidad y hasta su pedantería. La gran cantidad de nombres propios que se agolpaban en el texto hizo conveniente la confección de unos índices, tarea que llevó a cabo, entre otros jesuitas de Zaragoza, el P. Rafael Oller. Z. es también autor de una Historia de D. Fernando el Católico y revisó varias crónicas cast.ellanas y aragonesas. M. en Zaragoza en 1580 en el convento de jerónimos de S. Engracia.

M. ESPADAS BURGOS.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Ambrosio de Morales (1513-1591)
Nació Ambrosio de Morales en Córdoba en el año de 1513. Sobrino de Fernán Pérez de Oliva, profesor humanista, viajero incansable que iba de una universidad a otra, aprendiendo y enseñando. 

Estudió Ambrosio de Morales gramática en Córdoba, en Alcalá y luego en Salamanca con su tio Fernán Pérez de Oliva. En 1553 profesó como fraile en el convento de San Jerónimo de Valparaíso. Fue expulsado del convento marchándose a Alcalá donde ganó la cátedra de rétorica. Felipe II, en 1566 lo nombra cronista real. Falleció en Córdoba el 21 de septiembre de 1591.

Su obra literaria están dentro del genero de la erudición y la historia. Rescató del olvido los escritos de los mozárabes cordobeses. Cabe también destacar La Corónica General de España; Las antigüedades de las Ciudades de España, y sobre todo por su valor documental el Viage de Ambrosio de Morales por orden del Rey D. Phelipe II a los Reynos de León y Galicia y Principado de Asturias, editado en 1765.

Trata en sus obras de dignificar la lengua española, para poder tratar la historia adecuadamente, y un interés científico en recuperar las fuentes y los datos e interpretarlos con veracidad.

 

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Fray José de Sigüenza (1544-1606)

El propio Fray José en su proceso inquisitorial afirma llamarse José de Espinosa, hijo natural de la viuda Francisca de Espinosa y el clérigo Asensio Martínez. Nace en Sigüenza en 1544 y estudia en la universidad que allí había aunque finalmente no obtuviera grado alguno al no poder costearse los exámenes. Cambió su nombre al profesar como fraile en la Orden de los Jerónimos en 1567. Esta orden había nacido en España y tenía cierta predominancia en la Corte:  Carlos V escogería un Monasterio Jerónimo para su retiro (Yuste) y Felipe II escogería a la Orden Jerónima para proveer de frailes para la aacheción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Asimismo los jerónimos habían sido protegidos de los Mendoza alcarreños y tenían su centro en el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana.

Desde muy joven se distinguió José como predicador sabio y elocuente. Bataillon le describe como "un admirable prosista formado en el ejercicio de la predicación". Fue estimado por Felipe II y pasaría pronto a El Escorial, cuya primera piedra se pondría en 1563. Su trabajo se centraría en la catalogación de los fondos de la Biblioteca que el Rey creara y que llegaría a constar en su vida de cerca de 10000 volúmenes. El encargado por Felipe II de esa labor fue el modesto y sabio Benito Arias Montano, ayudado por Fray Juan de San Jerónimo y Fray José de Sigüenza. Fray José sucedió a Arias Montano como catalogador de los libros de la Biblioteca y fue el primer Bibliotecario de la misma. La Sala de la Biblioteca estuvo preparada en 1593 y Sigüenza colocó en la Sala Principal los impresos y en una sala lateral los manuscritos, ocupando casi toda la fachada del Patio de los Reyes que mira al Norte. En las filas altas de la estantería de nogal colocó los libros prohibidos (provenientes de la Inquisición) y los duplicados, por su menor uso.

Asimismo inventó la temática y las alegorías de los frescos del techo de la bóveda de la Biblioteca (la cual tiene 54 metros de largo) y que realizaría el italiano Peregrín Tibaldi ayudado por algunos discípulos. Hizo representar las siete materias objeto de estudio en las universidades de entonces y que también se estudiaban en el seminario que los jerónimos tenían en el Monasterio: Filosofía y Teología en los dos testeros, y en la bóveda las siete artes liberales: Gramática, Dialéctica, Retórica, Música (tan apreciada por los jerónimos), Aritmética, Geometría y Astronomía. Su amplio saber incluía "todo género de letras, dominó varias lenguas, fue poeta, matemático, músico ... e insigne historiador".

Siguiendo a Arias Montano, Fray José en 1589 reemplaza el modo de predicar que hasta entonces tenía por un mayor seguimiento del texto de los Evangelios con afán de edificar las almas, frente a las florituras y alusiones a temas paganos o del Antiguo Testamento de muchos otros predicadores como el prior del propio Monasterio de San Lorenzo. Envidiado por el fervor que sus nuevos sermones obtenían de Felipe II y por el nombramiento como Bibliotecario, los visitadores de la orden obtienen numerosos testimonios hostiles a Sigüenza en abril de 1592. Su actitud de oponer la predicación del "Evangelio desnudo" frente a los sermones esmaltados de "fábulas y poesías" (siguiendo a su admirado maestro Arias Montano) le hace sospechoso de la Inquisición.

Informado, Fray José de presenta el 3 de abril de 1592 ante el Tribunal de Toledo voluntariamente solicitando personalmente el juicio. Es encarcelado en el Monasterio de la Sisla, pero se le trató con cierto miramiento, quizá tanto por gozar del favor del Rey como su deferencia al presentarse al tribunal. Su proceso acaba el 22 de octubre con un perdón unánime confirmado el 25 de julio de 1593. Fray José sería Rector del Colegio de San Lorenzo y dos veces prior del Monasterio del Escorial, amén de Cronista Oficial de la Orden. El proceso y la cárcel sufrida agriarían su carácter, lo que se acrecentó al tener que convivir en el monasterio lorenzino con algunos de los envidiosos que le habían acusado.

En vida dejó publicadas una "Vida de San Gerónimo, doctor máximo de la Iglesia" (1595) y la "Historia de la Orden de San Jerónimo" (1600-1605). No se sorprendan por la grafía, se usaba a veces J y a veces G. Respecto a su "Historia", incluye la primera crónica escrita sobre el Monasterio de El Escorial, dónde moriría en 1606. De ella han "bebido" todos los autores posteriores, afirmando Federico Carlos Sainz de Robles que "es la que trajo las gallinas" que siguen poniendo huevos para alimento de eruditos, ensayistas y poetas posteriores. Dejó sin publicar una inconclusa "Historia del Rey de los Reyes" (llega sólo hasta la adoración de los pastores al Niño Jesús) que no sería editada hasta 1916. Es probable que esta obra, en la que según Bataillón lleva en alto la "antorcha del biblismo" por el que fuera procesado, fuera dirigida más a sus discípulos y amigos que al gran público, pues incluye una crítica a la religión puramente ceremonial y a la escolástica.

Menéndez Pelayo le considera uno de los más grandes estilistas después de Juan de Valdés y Cervantes. Bataillon dice que en su relato campean "una unción y una naturalidad" exquisitas. Sigüenza escribió: "la Verdad ama mucho la claridad y la desnudez, y la que no es así no es verdad". Yo destacaría cómo en su crónica sobre El Escorial describe los bosques y arbolados entonces existentes en la provincia de Madrid, y cómo cuenta la vida de los obreros que dejaban el trabajo en noviembre y volvían en abril invadiendo la entonces pequeña aldea de El Escorial de Abajo y, entre cenizas de carboneo y escoria (de ahí quizá el nombre de Escorial), se metían en casas miserables con una puerta por sola abertura por la que entraba la luz, salía el humo y transitaban hombres y animales. Los obreros talaban los bosques, creando el claro, hacían desmontes, desraizaban zarzas, edificaban fraguas y casamatas, y comenzaban la colosal obra. Respecto al lugar dice que "era el mejor que en el contorno de la comarca de Madrid se podía hallar".

Cuenta cómo de la idea inicial de un convento de unos 50 frailes, una residencia anexa para el Rey, para la familia real y una parte de la corte, y una iglesia entremedio se pasó a la grandiosa obra final. Habla de las obras escogidas para adornar sus paredes e incluye una crítica de los artistas, admirando a El Bosco y diciendo que presentaba "una sátira pintada de los pecados del hombre". No muestra tanta admiración por El Greco (postergado por desgracia por Felipe II) aunque dice "en eso hay muchas opiniones y gustos, aunque dicen que es de mucho arte y que su autor sabe mucho y se ve en cosas excelentes de su mano".

Su retrato en actitud de escribir y que ha sido atribuido a  Alonso Sánchez Coello, retratista de la Corte de Felipe II, ahora se atribuye a Bartolomé Carducho, y esta situado en la Biblioteca de El Escorial junto al de Benito Arias Montano y Fray Juan de San Jerónimo. Bien merece su labor esta posición de privilegio.

José Luis García de Paz

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Solórzano Pereira
Autor de Política Indiana. Ningún hombre culto pasará un par de días en hojearlo sin que se le enderezca en sentido histórico de España. Es toda un enciclopedia de nuestro sistema colonial, escrita por un hombre de saber más que enciclopédico, porque no orientan e iluminan la fe y el patriotismo... El libro está hecho por una cabeza nacida expresamente para el trabajo intelectual. Buena parte de la fama de sabio de Montaigne se debe a las dos mil citas de clásicos que hay en sus 'Ensayos'. Las que hace Solórzano en los cinco volúmenes de su obra no bajarán de 20.000. Y estas citas no son alarde vano de personal erudición, sino el método mismo de la obra... Es imposible leer la 'Política Indiana' sin estremecerse ante la fuerza intelectual y la energía moral que revela, no sólo en el autor, sino en el pueblo y en el régimen de que es intérprete oficial...Al tropezarse con Solórzano han de sentir los hombres cultos que también por los pueblos hispánicos ha soplado el espíritu; y no sólo en las cabezas privilegiadas, sino en su régimen, en sus instituciones, en su obra colectiva. (Ramiro de Maeztu)

Inició sus estudios de derecho en la Universidad de Salamanca, cursando durante doce años, y a temprana edad será nombrado catedrático de Prima y en 1607, de vísperas de leyes. En 1609 es nombrado oidor de la Audiencia de Lima por Felipe III, permaneciendo en el cargo hasta 1627. En 1616 será nombrado gobernador y visitador de las minas de Huancavélica y a su regreso, dos años después, tenía preparado el primer libro y el índice de los cinco restantes de una recopilación de cédulas y ordenanzas del gobierno de la región. Solicitó el regreso a la península al conde-duque de Olivares en 1627 debido a la dificultad de promoción. En febrero del año siguiente era designado fiscal del Consejo de Hacienda , poco después del de Indias, pasando a ser miembro de este último consejo en octubre de 1629. En 1640 el rey Felipe IV le concede el hábito de caballero de la Orden de Santiago y el título de Consejero del Supremo de Castilla. Entre sus numerosos trabajos jurídicos destaca la exposición doctrinal de conjunto, escrita en latín y dividida en dos partes: "Disputatio de Indiarum iure sive de iusta Indiarum occidentalium inquisitions, adquisitione et retentione" y "De Indiarum iure sive de iusta Undiarum occidentalium gobenatione", tratando en la primera de la descripción y descubrimiento de las Indias y en la segunda de la organización política de los territorios americanos. En 1653 publicó "Emblemata regio Politica" sobre la teoría del Estado

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Nicolás Antonio (1617-1684)
Erudito español, creador y máximo representante de la bibliografía hispánica. N. en Sevilla (7 ag. 1617), donde cursó sus primeros estudios con un religioso dominico, prosiguiéndolos en la Univ. de Salamanca hasta graduarse de doctor en Derecho. Felipe IV le concedió un hábito de Santiago (1645) y el cargo de agente general ante la corte pontificio (1659), pasando a serlo también del Consejo de la Inquisición un año después y, más tarde, de Nápoles, Milán y Sicilia, misiones diplomáticas que le obligaron a residir en Roma por espacio de 20 años. Aunque el Papa le concedió una canonjía en Sevilla, logró ser eximido del deber de residencia, y no volvió a España hasta que en 1679 fue nombrado fiscal del Tribunal de la Santa Cruzada, teniendo que avecindarse en Madrid hasta su muerte, ocurrida el 13 abr. 1684.
      Se dice que la frustración de un trabajo jurídico iniciado en su época universitaria, al descubrir otro análogo anterior de Antonio Agustín, le persuadió de la necesidad de recopilar toda la información posible sobre las obras existentes, tarea que inició en las bibliotecas sevillanas con miras universales, pero que luego restringió al campo nacional. Le sirvió de base una espléndida biblioteca particular que llegó a contar con 30.000 vol.; consultó otras muchas y, además, realizó multitud d consultas a los hombres más doctos de su tiempo, coservándose una pequeña parte del epistolario que nací con tal motivo. En 1672 apareció en Roma la Blbliothec Hispana, en dos volúmenes dedicados a los autores d los s. XVI y XVII, en tanto que la parte anterior, que arrancaba del tiempo de Augusto, iba a quedar inédita y vería la luz en aquella ciudad en 1696, gracias al carden Aguirre que la dedicó a Inocencio XII. Después, Pérez Bayer revisó y reeditó la Vetus (Madrid 1788) y Juan d Santander, Tomás Antonio Sánchez, Juan Antonio Pellicer y Rafael Casalbón la Nova (Madrid 1783-88), incorporando las numerosas adiciones dejadas por el autor varios índices de gran utilidad.
      La Bibliotheca Hispana es, por su fecha y por su con tenido, una de las primeras y mejores bibliografías nacionales europeas y de la magnitud del esfuerzo que representa da buena idea el hecho de que, a pesar de las numerosas tentativas realizadas, nadie ha sido capaz de continuaría ni de superarla. Desde el punto de vista científico actual, el valor de la Vetus es meramente arqueológico casi nulo, en tanto que la Nova contiene numerosos dato que no se hallan en otro lugar y referencias a multitud d libros perdidos. El prólogo de esta parte, traducido en u par de ocasiones, da a conocer los ideales del autor constituye una de las primeras apologías de las letras hispánicas.
      El retraso en la aparición de la Vetus se debió al escrupuloso examen que hubo de realizar de las numerosas crónicas medievales en circulación, que llegó a convertirse en un libro aparte, la Censura de historias fabulosas, publicado por Mayans y Sisear en 1742 ataque contra los falsos cronicones que había contribuido en parte a divulgar por sus gestiones a favor de los que se creían descubiertos en el Sacromonte de Granada. La principal de sus obras jurídicas es el tratado De Exilio (Amberes 1659). Su ejemplar laboriosidad le llevaba a lamentar la pérdida de las horas nocturnas, «que son las exentas de toda diversión e inquietud», a sostener «que tienen tiempo todos, los que le quieren tener» y que «el ocio es la sepultura del hombre en la vida». Como rasgos de su carácter se han destacado la voluntad, la sencillez, el catolicismo sincero y el realismo político.

J. SIMÓN DÍAZ.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Flórez, Enrique (1702-1773)
Figura máxima de la historiografía eclesiástica española de la que puede llamársele con razón padre y fundador.
      N. en Villadiego (Burgos) el 21 jul. 1702. Ingresó en los agustinos de Salamanca, tomando el hábito el 5 en. 1718 y profesando al año siguiente. Este mismo año es enviado a Valladolid a cursar Artes y Filosofía, regresando tres años después a Salamanca para hacer los estudios de Teología, Cánones y Escritura. Obtuvo los grados académicos de Bachiller y Licenciado en la Universidad de Santo Tomás de Ávila, y el de Doctor en Alcalá de Henares. La gran afición y disposición que mostraba para los estudios eclesiásticos movió a los superiores de la Orden a afiliarle al Colegio Mayor que ésta tenía en dicha ciudad para sus religiosos. Desde este momento, F. no vive más que para los estudios y para la pluma. Sus escritos por orden de publicación son los siguientes: In S. Joannem a Cruce Labyrinthum, 1727; Theologiae Scholasticae Cursus, 5 vol. 1732-38; Vindicias de la Virtud, del P. Mro. Francisco de la Anunciación (trad. del portugués), 1742; Clave Historial, 1743; Obras de la M. Maria do Ceo (trad. del portugués), 2 vol. 1744; Mapa de todos los sitios de las batallas que tuvieron los romanos en España, 1745; Elogios del Santo Rey Don Fernando en su sepulcro, 1754; Modo práctico de tener oración mental, 1754; Medallas de las Colonias, Municipios y pueblos antiguos de España, 2 vol. 1757-58; Memorias de las Reinas Católicas de Castilla y León 2 vol. 1761; Viaje de Ambrosio de Morales, 1765; De formando theologiae studio a Laurentio de Villavicentio, 1768; Delación de la doctrina de los intitulados Jesuitas, 1768; Clave Geográfica, 1769; Sancti Beati Liebanensis Apocalipsis, 1770; Trabajos de Jesús (trad. del portugués), 1773; Medallas de las Colonias, Municipios y pueblos antiguos de España hasta ahora no publicadas, 1773. A éstos deben añadirse, Las Cartas y Escritos de Álvaro (v.) de Córdoba, aunque están formando parte de la España Sagrada y Las Sentencias de Tajón que dejó ultimadas, y publicó M. Risco, así como la Historia Compostelana. Quedan sin reseñar las obras manuscritas que dejó, así como su gran colección de Cartas, de las que se han publicado una mínima parte.
      Pero la obra monumental de F. es la España Sagrada, la cual le ha dado renombre universal y fama imperecedera. Admira sobremanera hoy cómo pudo adquirir tal cúmulo de conocimientos. Tuvo la idea genial de planear primero la obra, y luego dividirla en partes perfectamente independientes, yendo primero por las Metrópolis y lue-, go por cada diócesis, y por un orden geográfico. La España Sagrada está hecha además con un criterio ecuánime, ni excesivamente crítico, ni excesivamente indulgente; pero siempre documentado y razonado. Gracias a esto, después de dos siglos, aún conserva su valor sustancial y se hace preciso tenerla presente, en todo tema por ella tratado, F. no llegó más que hasta el tomo 30; los demás son debidos: 31-42, a M. Risco; 43-45, a A. Merino y J. de la Canal; 46-48 a P. Sainz de Baranda; 49-50, a V. de la Fuente; 51, a C. Font; 52 a E. Josué; 53-54 a A. C. Vega. Aún quedan por hacer los tomos dedicados a Huesca, laca y Urgel, y a las tres diócesis baleáricas, Mallorca, Menorca e Ibiza.
      Cubierto de gloria, de títulos honoríficos y de la admiración de toda España, m. el 5 mayo 1773, en su celda de San Felipe el Real de Madrid (Puerta del Sol), dejando además de sus escritos, una Biblioteca riquísima, un Monetario, el mejor entonces de España, y un Museo de Historia Natural, de importancia considerable.

ÁNGEL CUSTODIO VEGA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Inca Garcilaso

 

ESPAÑA.Reyes Católicos.
López de Gómara:
El Inca Garcilaso:

 

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