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Índice
general de Hispánica

"General y Natural Historia de las Indias",
de Fernández de Oviedo.


- Pulgar, Hernando del
(1436-1493)
Bartolomé de las Casas (1474-1564)
Fernández de Oviedo, Gonzalo
(1478-1557)
Díaz del Castillo, Bernal (1496-1584)
Landa, Fray Diego de (1524-1579)
Hurtado de Mendoza, Diego (1503-1575)
Mariana, Juan de (1536-1623)
Acosta, José de (1539?-1600)
Inca Garcilaso (1539-1616)
- López de Gómara
(1511-1562)
- Jerónimo de Zurita
(1512-1580)
- Ambrosio de Morales
(1513-1591)
- Fray José de
Sigüenza (1544-1600)
Solórzano Pereira
Nicolás Antonio (1617-1684)
Flórez, Enrique (1702-1773)
Pulgar, Hernando del
(1436-1493)
Humanista e historiador. Es el historiador más importante
del Reino de los Reyes Católicos, el verdadero cronista oficial de
estos años. Participó también en la vida política, siendo
secretario y embajador. En su 'Crónica' se reflejan los
hechos históricos que se produjeron en su tiempo y de muchos de los
cuales fue testigo ocular. Su obra más celebrada, sin embargo, es 'Claros
varones de Castilla', impresa en Toledo en 1486, y que reúne 24
semblanzas de personajes influyentes de las Cortes de Juan II y
Enrique IV, entre los que destacan los mismos reyes, el marqués de
Santillana, Rodrigo Manrique, el duque de Alba, el arzobispo
Carrillo, el almirante don Fadrique, el duque del Infantado, etc. No
todos los retratos tienen el mismo valor literario y psicológico,
pero sí posee un sentido muy moderno del análisis de las
personalidades, a las que procura describir su mundo interno de
creencias, sentimientos y pasiones. Otros escritos interesantes son
sus 'Letras', dirigidas a altos personajes de la corte, en las que
descuellan el humor, la agudeza de ingenio, la perspicacia, y la
severidad y serenidad que tenían ciertos grandes hombres de aquella
corte y época.
(Indice)
Fernández de
Oviedo, Gonzalo (1478-1557)
Cronista oficial de Indias, cargo que recibió en 1532. N. en
Madrid, que entonces era una villa de ca. 3.000 vecinos, en agosto
de 1478, de familia hidalga procedente de Asturias. El pueril
engreimiento cortesano de F. de O. se refleja en su obra. Según J.
de la Peña, era judío converso (Contribuciones documentales y críticas
para una biografía de Gonzalo Fernández de Oviedo, «Rev. de
Indias» 69-70, Madrid 1957, 603-705). Fueron sus padres Miguel de
Sobrepeña y Juana de Oviedo. M. el 26 jun. 1557 en Santo Domingo,
donde era regidor perpetuo desde 1556 y poesía algunas propiedades.
Realizó seis viajes a Indias en 43 años (1514-56), residiendo
principalmente en Santo Domingo. También conoció Nicaragua, Panamá
y el litoral atlántico de Colombia; conocimiento que le sirvió
para informar de la fauna, la flora (siguiendo en botánica el
elemental modelo de Plinio) y la geografía americanas, y sobre las
costumbres de los indígenas de estos países en su principal obra
Historia general y natural de las Indias, en la que recopila datos
incluso contradictorios y que fue publicada incompleta en Sevilla
(1535). La primera edición completa se debe a J. Amador de los Ríos
(4 vol., Madrid 1851-55), en el que se han basado muchos de los
estudios sobre F. de O., hasta la edición de la BAE (1959),
prologada por J. Pérez de Tudela.
F. de O. fue un autodidacta, un
comprometido de su tiempo, inteligente pero no genial, que se formó
sirviendo a los nobles de España e Italia, y en sus viajes a Indias,
en contacto directo con las personas y la Naturaleza que describió.
Comenzó siendo mozo de cámara, en 1491, cuando sólo tenía 13 años
de edad, del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos. M. el príncipe
en 1497, entró al servicio, en tierras de Italia, del duque de Milán,
del marqués Francisco de Gonzaga y de los reyes de Nápoles
Fadrique y Juana. Regresando a España en 1502, fue gentilhombre del
duque de Calabria. En 1506 figuraba como «notario apostólico y
secretario del Consejo de la Santa Inquisición» (1506). En 1507
era escribano en Madrid. En 1513, un año antes de marcharse a
Indias como funcionario real, en la expedición de Pedrarias Dávila
(v.), había sido nombrado veedor de las fundiciones del oro. De
vuelta a España en 1515, recibió el nombramiento de procurador en
Tierra Firme. En 1523 era teniente de gobernador en Santa María la
Antigua. De la capitulación para poblar y rescatar en Cartagena de
Indias (1525) no sacó ningún beneficio. Hasta 1532, año en que
fue nombrado cronista, no renunció al cargo de veedor de las
fundiciones. Al año siguiente era alcaide de fortaleza en Santo
Domingo, titulándose capitán, aunque no ejerciera como tal.
Contrajo matrimonio con españolas tres veces, la última en Darién.
Era contrario al mestizaje (pero el
contradictorio F. de O. se unió a una india), partidario del
trabajo obligatorio de los indios, con quienes traficó para sacar
provecho económico y a los que consideraba inferiores y esclavos,
aunque no dudaba que pudieran llegar a ser buenos cristianos. Esta
actitud, que se refleja en el Sumario de la Natural Historia de las
Indias (Toledo 1526), le enfrentó a Las Casas (v.). F. de O. carecía
del criterio de selección como recopilador y como historiador, a
causa quizá de su doble condición de escritor y escribano, denunció
los excesos de los capitanes de la conquista, no por amor a los
indios, sino por enemistad personal, aunque también se aprecia su
interés por reflejar la verdad. En el caso de Pedrarias, consiguió
su destitución. También expuso la corrupción administrativa y el
mal comportamiento de algunos clérigos. Sin embargo, justificó y
razonó la presencia española en Indias, y se complacía en la
descripción de los defectos y vicios de los indios. Tenía un
sentido autoritario de la vida, un concepto del honor muy de su época
y un criterio caballeresco, a tono con su novela de caballerías
Libro del muy esforzado e invencible caballero de fortuna
propiamente llamado Don Claribalde (Valencia 1519).
Además de las obras citadas, tradujo
otras y escribió en castellano, en un estilo coloquial descuidado,
de narrador, pero de relato minucioso y lleno de colorido: Relación
de lo sucedido en la prisión del rey de Francia (inédita), Libro
de la cámara real del príncipe (Madrid 1870), Catálogo real (inédito),
Batallas y Quincuagenas (inéditas), Libro de linajes y armas (inédito),
etc.
La personalidad de F. de O. (una
extraña mezcla de religiosidad y desdén hacia el prójimo) ha
merecido juicios muy contradictorios. El mismo J. Pérez de Tudela,
que tan a fondo ha estudiado su figura, le considera contradictorio
en sí mismo, rudo y delicado, medieval, rigorista, partidario del
castigo duro a los indios, y con un ideal de caballero andante. («Rev.
de Indias» 69-70, Madrid 1957, 391-443). Piensa este autor que hay
que tener en cuenta su condición de veedor de las fundiciones, para
la que era elemental subestimar a los indios. Tampoco puede
olvidarse que estaba encargado del «oficio del hierro de los
esclavos e indios», que le reportaba 11 maravedís por «pieza» señalada.
E. Otte le juzga como «un atrabiliario resentido ansioso de dinero»
(Aspiraciones y actividades heterogéneas de Fernández de Oviedo,
«Rev. de Indias» 71, Madrid 1958, 9-31). En este y otros juicios
parecidos, como el de L. Hanke («un propagandista de las ideas
contrarias a los indios») y el de M. Giménez Fernández («un
intrigante más de la pandilla del obispo Fonseca»), se aprecia la
influencia de B. de Las Casas, que no perdonó a F. de O. su
distinta posición ante el hecho indiano. F. Esteve Barba, aunque
reconoce que F. de O. no sintió simpatía por los indios, le
atribuye objetividad como etnógrafo.
CARLOS R. EGUÍA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Bartolomé de
las Casas (1474-1564)
Sacerdote sevillano, después religioso dominico, defensor de
la libertad de los indios americanos, propugnador con las Leyes
Nuevas de Indias de la institucionalización de un régimen político
cristiano y de la predicación pacífica del Evangelio; obispo de
Chiapas, polemista y tratadista.
l. Vida. Primeros años. En 1474 y en
Sevilla, probablemente en agosto, n. L. C., hijo de Pedro de Las
Casas, natural de Tarifa, de linaje de conversos, segoviano el
paterno y sevillano el materno, y de Isabel de Sosa, sevillana de
cristianos viejos avecindados en la calle de la Fruta y dueños de
una tahona. En 1485, ingresa en la escuela catedralicia de los
seises, dirigida por su tío paterno el canónigo Luis de Peñalosa,
donde estudia primeras letras para ser cantor en el coro. En abril
de 1493 presencia el regreso de Colón de su primer viaje; en julio
y agosto, asiste a los preparativos del segundo viaje y al solemne
juramento de obediencia de los expedicionarios, entre los que se
hallan su padre y los hermanos de éste: Francisco, Diego y Gabriel
de Peñalosa. Queda L. C. en Sevilla, donde un año después
frecuenta la academia latina catedralicia que dirigía Antonio de
Nebrija.
En 1497, incorporado a las milicias
concejiles sevillanas, marcha a Granada. En 1498, su padre, de
regreso de las Indias, le regala un joven indio, donado por Colón
como esclavo, que le acompaña como paje poco más de un año, hasta
ser devuelto a las Indias por Francisco de Bobadilla, en
cumplimiento de la Real Cédula de 20 jun. 1500. En 1501, para poder
aspirar a una plaza de doctrinero de indios, recibe en Sevilla la
primera tonsura y tal vez órdenes menores, y embarca con su padre,
arruinado, en la expedición de Nicolás de Ovando. El 13 feb. 1502
sale de Sanlúcar, y llega a Santo Domingo de La Española el 15 de
abril, sorprendiéndole el contento de los colonos por haberse
encontrado una gruesa pepita de oro, y estar los indios alzados, lo
que facilitaba su esclavización. Hasta 1505, L. C. actúa como
soldado en las campañas de Ovando en Bainua e Higüey, cuyas
incidencias relata, y al final de las cuales Pedro de Las Casas y
Gabriel de Peñalosa obtienen un repartimiento de indios en Higüey
que conservaron hasta 1515.
En octubre de 1506, L. C. embarca
para Sevilla, y pasan después a Roma. Recibe, más tarde, las órdenes
mayores y regresa a Indias en 1508, obteniendo a la llegada del
nuevo virrey Diego Colón un repartimiento de indios en Cibao, donde
tiene plantaciones de cazabe y logra sacar oro. En 1512, predicaba y
evangelizaba a los indios de La Concepción, corte virreinal, y allí
escucha el sermón de fray Pedro de Córdoba. En 1513, celebra su
primera Misa, y, poco después, pasa como capellán castrense a Cuba
con Pánfilo de Narváez, ayudando a pacificar a los indios hasta
que se separa de aquél después de la matanza de Caonao. Obtiene
luego del gobernador Diego Velázquez un repartimiento cerca de
Xagua, a orillas del Arimao, que con su consocio Pedro de Rentería
hace prosperar, consiguiendo pingües ganancias hasta que, en junio
de 1514, después de meditar el texto del Eclesiastés sobre la
limpieza de las ofrendas al Señor, renuncia ante Diego Velázquez a
aquél; predica en Sancti-Spiritus y, en compañía de cuatro
misioneros dominicos, marcha a La Española, visitando a fray Pedro
de Córdoba en junio de 1515 y recibiendo de éste ánimo y consejos
para marchar a la corte a defender ante el rey Fernando el Católico
los derechos de los indios, a cuyo efecto le da cartas de
recomendación para fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla.
Gestiones en las cortes de Fernando
el Católico y Carlos I. En 1515 desembarca en Sevilla con fray
Ambrosio de Montesinos, visita a Deza, quien le envía a fray Tomás
de Matienzo, confesor del rey, y en Plasencia es recibido por éste,
que, muy enfermo, aplaza su contestación hasta llegar a Sevilla. En
ésta, le reciben el obispo Fonseca, encargado por el rey de los
asuntos de Indias, que le despide abruptamente tratándole de necio,
y el secretario Lope Conchillos, que intenta hacerle desistir de su
campaña en favor de los indios, ofreciéndole mercedes (23 a 29 de
diciembre). En febrero de 1516, se entera en Sevilla, donde esperaba
al rey, de la muerte de éste y, decidido a visitar en Flandes a su
heredero el príncipe Carlos, marcha a Madrid, donde encuentra a los
dos gobernadores del reino, el card. Cisneros, arzobispo de Toledo,
y Adriano de Utrecht, maestro y embajador de Carlos; presenta a este
último su primer Memorial latino hoy perdido y, ante su buena
acogida, tres Memoriales en castellano dirigidos a ambos sobre los
agravios (marzo) que sufrían los indios,los remedios (abril) para
evitarlos y las denuncias (mayo) de los funcionarios reales en
Castilla e Indias.
Desde junio a septiembre, colabora
activamente en la preparación del plan para la reforma de las
Indias, formando parte de la comisión encargada de ello por
Cisneros, redactando la ponencia, interviniendo en su discusión (julio),
gestionando el nombramiento de los comisarios jerónimos (agosto), y
recibiendo, por los regentes, el nombramiento de procurador y
protector de los indios (Real Cédula de 17 sept. 1516). Tras perder
dos meses en Sevilla por la mala voluntad de los oficiales de la
casa de Contratación Juan de Recalde y Sancho de Matienzo, cómplices
de los encomenderos que le indispusieron con los comisarios
Figueroa, Manzanedo y Santo Domingo y le impidieron embarcar con
ellos en la San Juan, zarpó en la Trinidad desde Sanlúcar (11 de
noviembre) no llegando a Santo Domingo (2 en. 1517), sino nueve días
después de aquéllos, cuando estaban ya de acuerdo con los
funcionarios prevaricadores.
En 1517, durante los, primeros cinco
meses, L. C. eficazmente ayudado por el juez de residencia Alonso de
Zuazo, los dominicos y los franciscanos reformados picardos, luchó
denodadamente para evitar las maniobras de los jerónimos tendentes
a que continuara aquel estado de cosas, ya que los explotadores de
los indios siguieron impunes; para ello los jerónimos redactaron el
Interrogatorio jeronimita (abril), donde algunos colonos
testificaron la imposibilidad de favorecer a los indios. Al fracasar
L. C. en su empeño salió el 28 de mayo para reclamar el auxilio de
Cisneros y, si preciso fuera, el del rey. Pero al llegar a Aranda de
Duero (julio) encontró a aquél muy enfermo. Desprovisto del favor
real, se trasladó a Valladolid, en cuyo Colegio dominico de S.
Gregorio se dedicó al estudio de los problemas jurídicos
planteados por la triste situación de los indios, lo que le permitió
una vez llegado el rey, que su colaborador fray Reginaldo Montesinos
presentara y leyera, en la sesión real del pleno solemne del
Consejo de las Indias y como procurador de los indios, un Memorial
(13 de diciembre) que, acogido excelentemente por el canciller
flamenco lean Le Sauvage y sus amigos humanistas, le abrió el
acceso a la corte y le permitió replicar victoriosamente a los
tendenciosos informes del contador Recalde, del obispo Fonseca y de
los indianos encabezados por Gil González Dávila (enero de 1518).
Sauvagz (20 de marzo) le encargó que
redactara un proyecto de reforma de la legislación vigente que, por
haber caído enfermo en Aranda, no pudo presentar al canciller sino
en Calatayud (mayo), siguiendo con la corte a Zaragoza, donde
nuevamente se frustraron sus esperanzas por la muerte del canciller.
Tras su muerte (7 de junio) recuperaron el poder, cohechando a
Xebres, Fonseca y sus amigos, y L. C. pasó el resto del año de
1518 en Zaragoza, instando en vano diversos proyectos de reforma,
obteniendo al fin (septiembre) que le autorizaran la recluta de
campesinos castellanos para emigrar a Indias donde se asociarían
con los indios; pero iniciada la recluta con éxito fracasó por la
traición del auxiliar Luis de Berrio, hechura de Cobos, y la
oposición radical de algunos nobles castellanos como el condestable
Velasco, que no querían verse privados de explotar a sus vasallos
labriegos (diciembre).
Nuevas gestiones. Apoyo de Gattinara.
En 1519, L. C. fue a Barcelona con la corte, y logró el apoyo de
los predicadores reales (Salamanca, La Fuente, los hermanos Coronel,
Garcés, Vázquez) para sus proyectos en favor de los indígenas
americanos, a lo que se opusieron Fonseca y Cobos, pero que favoreció
el nuevo canciller Gattinara. Una primera propuesta (junio), en
colaboración con los hermanos Diego y Hernando Colón, fracasó por
las ambiciones políticas de éste, que reclamaba en feudo toda la
costa de Tierra Firme; pero otro, limitada a la costa de Venezuela y
Colombia, logró, en ausencia de Fonseca (octubre), y gracias a
Gattinara, la aprobación de García de Padilla, sustituto de aquél
(noviembre), aunque no llegó a formularse por el viaje de la corte
hacia Castilla.
En 1520, L. C. se unió a la corte en
Valladolid, donde (marzo) contempló los tesoros enviados por Cortés
y presenció el motín que hizo huir al rey hacia Simancas; siguió
a éste hasta Santiago de Compostela, en cuya población asistió a
las Cortes (abril), y después a La Coruña, donde eficazmente
apoyado por Adriano y Gattinara obtuvo, en vísperas de partir el
rey para Flandes (20 de mayo), el asiento y capitulación para la
población pacífica de la costa de Cumaná, cuyos decretos
instrumentales fueron firmados por el gobernador-regente Adriano en
Valladolid (agosto). Se trasladó seguidamente a Sevilla, agitada
por la sublevación de Juan de Figueroa (19 de septiembre), lo que
le impidió encontrar los 50 socios, pacíficos pobladores, que
esperaba reunir. Por ello, quienes embarcaron con él eran rebeldes
fugitivos, que desertaron en Sanlúcar (noviembre) antes de zarpar (diciembre).
En 1521, al llegar a Puerto Rico,
desertó el resto de los fugitivos que habían embarcado para las
Indias; L. C., combatido por las autoridades americanas (marzo), se
vio obligado a concluir, en Santo Domingo, un acuerdo (junio) que
implicaba la captura y esclavización de los indios rebelados en
Cumaná. Marchó luego a esta última población donde fue muy bien
recibido por los misioneros franciscanos, pero sañudamente
combatido por los soldados dé Ocampo y los perleros de Cubagua (noviembre).
Por ello tuvo que embarcar para Santo Domingo, y entonces su segundo,
Francisco de Soto, se dedicó a la captura de esclavos, indisponiéndose
con los indios. En 1522, L. C., perdido en el camino entre Yáquimo
y Santo Domingo (marzo), supo que su expedición en Cumaná había
sido atacada y destruida por los caribes con muerte de cuatro de sus
componentes; desengañado y arrepentido, y animado por los dominicos
Betanzos y Berlanga, decidió entrar en el convento de Santo Domingo
(diciembre), donde tras un año de noviciado y restituir los fondos
que le quedaban, profesó. De 1524 a 1527, estudió teología y cánones
en la casa matriz dominicana en La Española, hasta que sus
instancias en contra de las armadas para capturar indios movieron a
las autoridades a imponer a los superiores que le enviaran a Puerto
de Plata.
La Historia de las Indias. De 1527 a
1530 fundó el convento de Puerto de Plata, predicó a indios y
cristianos y se dedicó a escribir su Historia de las Indias, donde
relata el descubrimiento, describe la isla Española y narra los
acontecimientos que presenciara desde 1502 en adelante, aun cuando
no la terminó como hoy la conocemos.
En 1530, la Audiencia, a uno de cuyos
oidores había privado de su herencia presunta por la conversión de
un tío suyo, le hizo prender recluyéndole en el convento de Santo
Domingo desde donde dirigió una carta al Consejo de Indias en 1531,
censurando los abusos de aquélla. En 1532, marchó con Berlanga a México,
siendo apresado por los dominicos de este convento, y debiendo
volver a Santo Domingo, donde logró en marzo de 1534 traer en paz
al sublevado cacique Enriquillo, lo que, aplaudido por todos, relató
en carta al Consejo (30 de abril). En septiembre salió para Panamá
como acompañante de su nuevo obispo fray Tomás de Berlanga,
encargado de mediar entre Pizarro y Almagro. Pero la nao en que L.
C. partió para Perú fue empujada por una tempestad, tras larga
calma, a la costa de Nicaragua, trasladándose L. C. a su capital
Granada desde donde escribió al consejero Bernal Díaz de
Luco (15 oct. 1535), denunciando los
horrores que había presenciado. En 1536, entró en conflicto con el
gobernador Rodrigo de Contreras, que quería organizar la conquista
del Desaguadero, y con el obispo Diego Alvarez Ossorio, quienes
formularon informaciones contra 61 (julio), por lo que con sus compañeros
Ladrada y Angulo abandonó Nicaragua, dirigiéndose a Guatemala;
pero llamado por el obispo de Tlascala Garcés pasó a Oaxaca donde
redactó su De unico vocationes modo, base doctrinal con la que fray
Bernardino de Minaya, con cartas de la Emperatriz (5 de octubre)
logradas por Díaz de Luco, obtuvo en Roma del papa Paulo III la
bula Sublimis Deus (2 jun. 1537).
En 1537, L. C. fue bien acogido en
Guatemala por el obispo Marroquín, que le nombró su vicario, y por
el juez de residencia Alonso Maldonado con él que firmó un
convenio (2 de mayo) para la reducción pacífica de los indios de
Tuzulutlan, aprobado por el virrey de México (6 feb. 1539) y por el
Consejo de Indias (14 nov. 1540). Los tratos con los indios se
iniciaron desde Sacapulas, tratos que prosiguieron Cáncer y Angulo,
mientras L. C. y Ladradas marchaban a España con cartas
comendaticias de Marroquín (22 nov. 1539), Maldonado (16 de octubre),
Alvarado (18 de noviembre) y fray Juan de Zumárraga, obispo de México
(17 abr. 1540), para reclutar nuevos misioneros a los cuales envió,
desde Sevilla, en enero de 1541, regresando a Madrid donde esperó
la contestación del Emperador a la carta que le enviara con fray
Jacobo de Testera (15 dic. 1540).
En 1542, llegado Carlos V, L. C. le
informó detenidamente de los abusos contra los indios y de los
cohechos de los consejeros de Indias y jerarcas en ellas, logrando
que tras la visita inspectora de aquél, se prendiera al Dr. Beltrán,
se destituyera al obispo de Lugo Carvajal y se apartara al
presidente card. Loaysa, nombrándose nuevos visitadores para Indias
encargados de hacer cumplir las Nuevas Leyes dictadas en Barcelona
(20 de noviembre), complementadas, por sugestión de L. C., con las
de Valladolid (4 jun. 1543).
Obispo de Chiapas. Actuación en México.
En 1544, L. C., que había rechazado el riquísimo obispado de Cuzco
ofrecido por Cobos, aceptó el de Chiapas para favorecer la
evangelización de Tuzulutlan; y después de ser consagrado en
Sevilla (30 de marzo), marchó con 44 jóvenes misioneros dominicos
a Indias; a causa de atribuírsele las Nuevas Leyes, fue muy mal
recibido en Santo Domingo, donde en diciembre embarcó para
Honduras, camino de Chiapas. En 1545, tras una agitada estancia en
Yucatán y un accidentado viaje por Tabasco, llegó a Chiapas, donde
el 20 de marzo publicó una pastoral ordenando la restitución de
los bienes extorsionados a los indios, disposición que sublevó a
sus diocesanos, por lo que L. C. hubo de refugiarse en las misiones
dominicas de Verapaz (junio), marchando a la Audiencia de los
Confines en Gracias a Dios para pedir auxilio contra los revoltosos,
sin conseguirlo (octubre), por lo que tuvo que transigir
dulcificando su pastoral. Ante la adversa actitud del oidor Rogel y
del visitador Tello de Sandoval (noviembre), salió hacia México.
En 1546, partido en marzo de Chiapas
y mal recibido en Oaxaca (abril), llegó a México (junio), donde
logró la reunión de los obispos de Nueva España que se aceptaran
unas conclusiones en favor de los indios, con gran indignación del
cabildo de México y de los burócratas; decidido a renunciar a su
sede, vista la imposibilidad de aplicar su doctrina en ella, delegó
sus poderes episcopales en el vicario Juan de Parera (noviembre) y
marchó a Veracruz (diciembre) con los dominicos Ladrada, Cáncer y
Ferrer.
En 1547, habiendo salido de Indias en
enero, se quedó en las Azores y de allí pasó a Lisboa hasta
conocer la disposición del príncipe Felipe hacia él (abril) y, al
saberla favorable, entró por Salamanca dirigiéndose a la corte, a
la sazón en Aranda de Duero, prosiguiendo en ella sus gestiones en
pro de los indígenas americanos.
Desde 1549, influyó notablemente en
la política del Consejo de Indias, logrando se proveyesen con
personas partidarias de sus ideas muchas sedes indianas (Pedro de
Angulo, Juan del Valle, Tomás de S. Martín, etc.) y, finalmente,
la de Chiapas (fray Tomás Casillas), una vez aceptada por el Papa
la renuncia presentada el año anterior. En 1550, se inició la gran
controversia con Juan Ginés de Sepúlveda, defensor subvencionado
de los encomenderos mexicanos y autor del Democrates secundas, con
una primera sesión (julio a septiembre), donde L. C. refutó en su
extensa Apología las tesis contrarias, nombrando relator la comisión
a Domingo de Soto, quien resumió el debate; presentada la ponencia
en una segunda reunión (abril de 1551), se dio la razón a L. C.,
ateniéndose a sus tesis las sucesivas medidas legislativas del
Consejo de Indias (octubre). En mayo, obtuvo L. C. del Capítulo
General dominico reunido en Salamanca la erección de la nueva
provincia de San Vicente de Chiapas para aplicar sus tesis.
En 1552, ayudado por fray Vicente de
Las Casas, reclutó muchos misioneros para las Indias, y fue a
Sevilla (febrero) para preparar su despacho, aprovechando su
estancia en el convento dominico de S. Pablo, donde estaba
depositada la biblioteca de Hernando Colón, para completar su
Historia, y para imprimir sus ocho tratados, llevando en septiembre
a Sanlúcar ejemplares de los seis primeros (Brevissima,
Controversia, 30 Proposiciones, Esclavitud, Encomiendas,
Confesonario) para repartirlos entre los misioneros, muchos de los
cuales desertaron por el retraso, desorden y abusos en la organización
de la Armada. En 1553, regresó a Sevilla e hizo imprimir (enero) el
Tratado comprobatorio y los Principia quaedam, resumen de su
doctrina política. En 1555, envió una larga CartaTratado para
ayudar al arzobispo Carranza en su lucha contra la perpetuidad de
las encomiendas. Entre 1556 y 1563, siguió defendiendo a los indios;
redactó sus últimos tratados sobre los Tesoros del Perú y, en
1564, su testamento, dejando sus libros y papeles al Colegio de S.
Gregorio. En 1564 envió su memorial a Pío V (marzo), y m. en la mañana
del 18 de julio, protestando de su buena fe en la defensa de los
indios.
2. Doctrina y significación. En las
obras de L. C. antes citadas no existe cuerpo sistemático de
doctrina, sino que ésta la formula en distintas ocasiones, está
retocada no pocas veces y es de carácter predominantemente monográfico.
Pero espigando en ellas se puede afirmar que su base la constituían
las siguientes afirmaciones cuya fecha mencionamos: valor supremo de
la ley divina (1539); autoridad interpretativa de S. Pablo (1539);
universalidad de la Iglesia (1529); primado de lo espiritual (1553);
finalidad del poder espiritual (1553); racionalidad, libertad y
sociabilidad del hombre (1553); perfectibilidad del género humano
(1530); igualdad de todos los pueblos (1530); intangibilidad y
tutela debida a los derechos personales (1552); origen de la
jurisdicción y su fundamentación en el bien común (1553), en la
justicia y en la paz (1552); título del poder político, despotismo
y tiranía (1564); función activa de la caridad (1531); deberes
misioneros de los castellanos en Indias (1532) y requisitos precisos
en los evangelizadores (1529); obligación de restituir lo
extorsionado por los encomenderos, conquistadores (1517) y
gobernantes, incluidos los consejeros de Indias (1531) y los eclesiásticos
enriquecidos, mientras los indios permanecen en la pobreza (1566).
Los últimos estudios críticos y las
nuevas aportaciones documentales han fallado a favor de L. C. la polémica
provocada por mal entendidos triunfalismos y nacionalismos,
favorecidos por el difícil enfoque del periodo histórico entre el
Renacimiento y la Contrarreforma en que le tocó vivir, cuyas
implicaciones le valieron opuestas calificaciones desde la de teócrata
medieval a revolucionario modernista. Hoy todos (Hanke, Bataillon,
Chaunun, Friede, O'Gorman, Comas, Salas y Madariaga) coinciden en
que L. C. no fue sólo creyente como sus contemporáneos, sino también
practicante de la doctrina cristiana, aplicó la formulación
aristotélico-tomista, con criterio renacentista, a los hechos y
problemas nuevos planteados por el descubrimiento e
institucionalización de la sociedad hispanoindiana, abrazó la
causa justa de los colonizados y dio un ejemplo inmarcesible de cuál
debe de ser la actitud del intelectual sinceramente cristiano
abrumado por circunstancias históricas adversas a la realización
de su ideal sobre la justa convivencia social con sus prójimos de
toda índole.
M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Díaz del Castillo,
Bernal (1496-1584)
Cronista, soldado de Cortés y autor de la Historia verdadera
de la conquista de la Nueva España. N. en Medina del Campo (1495),
y m. en Guatemala (1584). Hijo de Francisco Díaz del Castillo,
regidor de Medina, y de María Díez Rejón. Pasa a Indias con
Pedrarias Dávila (1514). Participa en las expediciones de Hernández
de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518). Soldado de Cortés en
la conquista de México (1519), toma parte en la «Noche triste»,
en el asedio de Tenochtitlán, y es malherido en Tlascala. Más
tarde, casa con Teresa Becerra; deja familia. Hacia 1539 visita España.
Retorna con mercedes reales a Guatemala. Asiste, en calidad de
antiguo conquistador, a la junta sobre Indias de Valladolid (1550),
donde defiende el parecer de los viejos conquistadores: perpetuidad
de la encomienda de indios. En Guatemala otra vez, es regidor
perpetuo del Ayuntamiento, encomendero y vecino respetado.
A los 72 años se decide a escribir
su Historia. Escrita ya alguna parte, llegan a sus manos los libros
de Paulo Jovio, Gonzalo de Illescas y la crónica de F. López de Gómara
(v.). Viva impresión le causa la versión procortesiana de Gómara.
Plan, disposición, argumento, todo tiende a la exaltación del héroe,
su protector. Aparece allí como figura excepcional. Su presencia
reduce a plano subalterno la de sus colaboradores. La participación
de la masa de soldados queda casi desvanecida. «En todas las
batallas o reencuentros éramos los que sosteníamos al Cortés,
dice Bernal, y ahora nos aniquila este cronista». La lectura de Gómara
le incita a continuar su narración. Y aún más, a poner de relieve
el esfuerzo decisivo de los soldados de la conquista. No subestima
las dotes de Cortés; al contrario, las encomia tanto como Gómara.
Pretende subrayar un empeño conjuntado. Sin resentimiento, la
conquista aparece allí como obra de caudillo y soldados a la vez.
Impreciso en la cronología, pese a su portentosa memoria. Acentúa
la descripción de hechos vividos. Testigo de vista de muchos capítulos;
recurre a nueva información en otros. Destaca la sinceridad del
relato; una prosa llana y espontánea. Fuente histórica muy
importante; obra literaria de categoría singular. Primera ed. por
fray Alonso Remón en 1623.
M. MATICORENA ESTRADA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Hurtado de Mendoza,
Diego (1503-1575)
Escritor, diplomático y militar. N. en Granada, en 1503,
hijo del Marqués de Mondéjar y de Francisca Pacheco, que habían
de ver encumbrados a todos sus hijos: «cinco hermanos en un mismo
tiempo gobernando la República con universal alabanza» (Ginés de
Sepúlveda). Su educación fue esmerada y universal. En Italia
escuchó lecciones de los doctos teólogos y juristas Montesdoca,
sevillano, y Nifo, calabrés, probablemente en Padua (1523-25) y en
Pisa (1519-21), que despertarían en H. de M. el gusto por la
filosofía aristotélica.
Característica familiar de los
Mendoza, fue la acción, que para este autor iba a concretarse en
los campos diplomático y militar, donde sirvió al Emperador con
gran fidelidad y energía. No es verosímil que estuviese en Pavía,
pero sí en la empresa de Túnez. En 1538 forma parte de una
embajada a Inglaterra. En 1539 obtiene su cargo más importante: la
embajada en Venecia. Vivió en San Bernabé, cerca del Canal Grande,
muy de acuerdo con el espíritu veneciano, entonces cifra y emporio
del Renacimiento en Italia; allí desarrolló una extraordinaria
actividad política y cultural. Tuvo contactos con Pietro Aretino
(v.). Inició su amistad con el secretario imperial Francisco de los
Cobos y asimismo con poetas y humanistas italianos (D'Avalos,
Sadoleto, Bembo, Accolti, Giovio, Varchi). En la espléndida ciudad
fue retratado por Tiziano y frecuentó artistas, cortesanas y damas
ilustres (Leonor Gonzaga, Marina de Aragón, inspiradora de sus
versos, etc.). También incrementó su biblioteca, célebre desde
1543. En 1545 es nombrado embajador en el Conc. de Trento y en 1546
en Roma. Fracasado en una misión diplomático-militar en Siena
(1552) vio truncada su brillante carrera. Vuelto a España, sus
relaciones con la corte no fueron buenas, agravándose bajo Felipe
Il por un incidente en palacio con Diego de Leyva, que le ocasionó
el destierro a Granada. Perdonado al fin, m. en Madrid en 1575.
Antes, por su testamento, había legado al rey su biblioteca, muy
rica (hoy, parte de la del Escorial). «Hombre verdaderamente grande»,
en palabras de Menéndez Pelayo, supo aunar, como otros
renacentistas, el ideal de las armas y las letras.
Ocupa, cronológicamente, el primer
puesto entre los introductores de la nueva poesía, después de Boscán
y Garcilaso. Sus Sonetos no siguen el modelo común petrarquista,
sino que se parecen más a los antiguos, ensayados en el s. xv por
Santillana (v.). Las Canciones tienen gran libertad esquemática,
mientras que sus Odas imitan las formas de Bernardo Tasso
(1493-1569), como Garcilaso hacía. No dejó de cultivar los metros
tradicionales, aunque con savia nueva (ovidiana). Su poesía amorosa,
dedicada especialmente a Marina de Aragón (Marfira), sigue esquemas
petrarquistas, mas su tono dominante, melancólico y lleno de imágenes
de muerte, recuerda a Ausiás March (v.), al que pudo conocer por
medio de Boscán. Pero la poesía característica de H. de M. se
halla en sus Elegías y Epístolas, que, a veces, son verdaderos
capitoli. Su espíritu se expansiona, como buen humanista,
estimulado por el recuerdo y la imitación clásica. Menéndez ya señaló
«el plácido epicureísmo y el familiar abandono (horaciano) de
estas composiciones, a las que daba, además, la expresión franca y
desembarazada de hombre de mundo».
La Fábula de Adonis, Hipomenes y
Atalanta (Venecia 1533), publicada en la ed. veneciana de las obras
de Boscán y Garcilaso, está fuertemente influida por Ovidio (v.).
Tibulo (v.), Virgilio (v.), Lucrecio (v.), Claudiano (v.), Homero
(v.) y Píndaro (v.), han sido señalados como sus inspiradores, sin
que falten tampoco ecos de los versos de la Antología griega ni de
los modernos poetas neolatinos M. Marullo (m. 1500) y Celio
Calcagnini (1479-1541). H. de M. se muestra en sus poesías, ya
sigan la pauta amorosa o satírica o bien sean comentarios al margen
de las variadas y diversas experiencias de su vivir, como un
perfecto poeta renacentista (v. RENACIMIENTO). La imitación de los
antiguos es siempre guía de las emociones y los recuerdos. Lo mismo
cuando parafrasea algún pensamiento de Horacio (Elegía II dedicada
a Boscán), que cuando habla de la fundación de Venecia (Elegía
VI), tiene presente, como verdadero humanista (v. HUMANISMO), el círculo
de los amigos, con los que comparte la visión del mundo, intensa y
serena, en la que no falta la nota mordaz, aunque muchas poesías de
este tipo (A la pulga, A la zanahoria) posiblemente no son suyas. En
las Sátiras y poesías auténticas de tipo burlesco, sin perder
nunca de vista los clásicos, se muestra buen discípulo de los
italianos como Berni (1498-1535) y Don¡ (1513-74), siendo su
motejar incisivo un claro recuerdo de su vida italiana.
Como prosista ha sido ya
convincentemente despojado de obras que se le atribuyeron durante
mucho tiempo. No se puede olvidar su traducción de la Mecánica de
Aristóteles (ya traducida por Leónico Tomeo, aristotélico paduano),
muy importante para situar a H. de M. dentro del último
aristotelismo humanista y obra realizada, probablemente, durante su
estancia veneciana. También de estos ambientes es la versión del
Syrus, comedia elegiaca de Ramnusio, que Foulché-Delbosc le
atribuye.
Pero su obra fundamental, la que le
coloca en lugar inamovible en la historia de la prosa clásica es la
Guerra de Granada (Lisboa 1627). Debió componerse entre 1568 y
1574, pues L. Mármol (1520?-1600), que publica su Historia de la
rebelión de los moriscos en 1600, ya la conocía, así como otros
historiadores granadinos. H. de M., si no testigo ocular, sí muy próximo
a los hechos y, sobre todo, conocedor apasionado de los móviles
internos de la rebelión (que sus cartas al cardenal Espinosa
aclaran y completan), escribe ya en su vejez y en el destierro. No
es obra escrita para una minoría de íntimos, como pensaba Foulché-Delbosc,
sino para sus posibles lectores extranjeros y, sobre todo, para la
posteridad. Con ella, según Menéndez Pidal, termina la crónica
medieval y comienza la historia moderna. H. de M. no olvida, sin
embargo, al calor de la lucha de moriscos, la visión retrospectiva
de la guerra de la Reconquista, donde su familia.tanto sobresalió.
El estilo de la Guerra de Granada es
sabroso y lleno de encanto, pese a que ya Capmany en el s. xvitl, y
después Morel-Fatio, con más detenimiento, destacaron sus defectos
(pobreza de vocabulario, afectación demasiado pretenciosa, desorden,
laconismo, los cuales delataban la obsesión de los modelos clásicos,
en especial Salustio (v.) y Tácito (v.), al que imita en el prólogo.
Su fama comenzó en el s. xvii y en la época de la gran
historiografía (s. xx) continúa inmarcesible.
ANDRÉS SORIA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Landa, Fray
Diego de (1524-1579)
Fray Diego de Landa Calderón
nació en Cifuentes
(en la Alcarria de
Guadalajara) el 12 de noviembre de 1524. Poco se sabe de su infancia.
A los 16 o 17 años llega al convento de San Juán de los Reyes de
Toledo y profesa en la orden franciscana . Posiblemente allí se
convirtió en un obstinado defensor de la fe católica. En 1547
acompaña con otros cinco sacerdotes a Nicolás de Albalate cuando
éste regresa a Yucatán. En 1549 llega a Yucatán y es nombrado
ayudante del guardián de Izamál. En 1552 es nombrado guardián y
se le encarga construir un convento que sustituya a las chozas en
que habitaban los franciscanos. En 1556 era custorio del Yucatán y
primer definidor de la Provincia dentro de la orden franciscana.
Cuando Yucatán y Guatemala formaron una sola provincia, fray Diego
fue nombrado Provincial de la misma en 1561. Se le tenía por hombre
virtuoso y prudente.
Los frailes educaban a los indígenas e intentaban evitar su
maltrato. Los encomenderos se quejaban de que por aprender la
doctrina cristiana, los indios tenían desatendido su trabajo. Hubo
conflicto y los españoles dejaron de asistir a los oficios sagrados
y quemaron pos dos veces el templo y cenobio de Valladolid. Para
solucionar el conflicto fue enviado en 1552 Tomás López Medel
(natural de Tendilla y a quien podemos encontrar entre los alcarreños
ilustres, autor de un Tratado de los tres
elementos, aire, agua y tierra) . No hubo demasiado éxito y
en 1560 llegaría otro visitador. Incorporado en 1560 el Yucatán a
la Audiencia de México, llegaría nuevo Alcalde y Justicia Mayor,
y, en 1562, fray Francisco Toral, primer obispo en el Yucatán.
A pesar de las campañas de conversión la antigua religión de los
mayas no había desaparecido, solo estaba escondida y Landa ya
citaba (y reprobaba) en 1558 esta situación que se desataría en
1562 cuando Landa llega a Maní y constituye un tribunal religioso
al que pronto convierte en Inquisición ordinaria. Los
interrogatorios a los indios condujeron al decomiso de sus imágenes
y piedras sagradas. Al menos seis indios huyeron a la selva y allí
se ahorcaron antes que confesar la localización de las imágenes
que ellos protegían. Tras el interrogatorio y tortura se realizó
un gran Auto de Fé en Maní el 12 de julio de 1562 en que Landa
hizo quemar unos 5000 ídolos y objetos sagrados. Algunos indios (por
su cultura) no pudieron soportar el serles cortado el pelo y vestida
la coroza y se suicidaron posteriormente. Quien luego escribiría la
obra más importante sobre la cultura maya, fue el principal artífice
de la destrucción de parte de ella.
Estos hechos así como la animadversión anterior hacia el
provincial franciscano hieron que se le empezara proceso, apelando
Landa a la Audiencia de Nueva España (México). Como el obispo
Toral escribiera a Felipe II, Landa cretó conveniente para su
defensa marchar a España en 1563. Tras visitar en Barcelona al
General de los Franciscanos, y apoyándose en unas Breves papales
que permitían a los provinciales en América actuar como
inquisidores, Landa sería absuelto a pesar que el obispo Toral
dijera respecto a su actuación con los indígenas que "en
lugar de darles a conocer a Dios les han hecho desesperar".
Marchó a Guadalajara, luego a Toledo siendo maestro de novicios en
San Juan de Dios. Parece que allií escribiera en 1566 su Relación
de Cosas Notables de Yucatán para ser empleada en su defensa.
Estuvo una temporada en Cifuentes en 1568, y estando en el
monasterio de San Juan de la Cabrera fue nombrado Obispo de Mérida
en el Yucatán sustituyendo a Toral. Embarca en 1572 en Sevilla y se
lleva una copia de su manuscrito. Aunque indígenas y españoles tenían
cierta prevencion de su llegada, no tuvo nuevos encontronazos ni con
los encomenderos ni con los indígenas, aunque llegara a excomulgar
el gobernador de Mérida por un conflicto de jurisdicción. Escribe
una doctrina cristiana en lengua maya que hace imprimir en la ciudad
de México en 1575, de la que no queda copia alguna. Muere en Mérida
en 1579 y allí es enterrado. Sus restos volvieron a Cifuentes siglo
y medio después. Juan Catalina García halla sus huesos en un pequeño
sepulcro de la Iglesia parroquial del Salvador y allí serían
destruidos al empezar en 1936 la Guerra Civil española.
La Relación de Fray Diego es importante pues no sólo cuenta el
origen del nombre Yucatán, el descubrimiento y conquista por los
españoles de esta península en el siglo XVI, sino que se detiene
extensamente en la historia y leyendas de las tribus mayas que la
habitan. Cuenta las primeras noticias de la gran civilización maya,
extinguida en el siglo XV, a través de los relatos recogidos de los
indígenas y da un panorama completo de lo que era el Yucatán y sus
habitantes hacia 1560. Es una pena que la descripción de los símbolos
de la escritura maya hecha por fray Diego no sea mas extensa, pues (aunque
de gran ayuda a los estudiosos de la mayística) no ha permitido el
desciframiento de la misma.
Se perdieron todos los originales o las copias completad de la
Relación, y sólo quedó una copia parcial en la Academia de la
Historia de Madrid, descubierta y publicada en 1864. En nuestros
tiempos con un pensamiento tan alejado del que había en el siglo
XVI carece de sentido tanto denostar como excesivo el celo represor
del paganismo de Fray Diego como el elevar a portento único la
Relacion de las Cosas del Yucatán por él escrita. Es uno de los
pocos españoles que cuentan con una estátua en México, en la
plaza mayor de Izamal.
Este texto es deudor de la Introducción escrita por D. Miguel
Rivera Dorado a la edición que de la obra de Landa hizo
Historia 16 en 1992 y que se regalaba a los lectores de esta
publicación gracias al patrocinio de Caja de Madrid.
J.L. García de Paz
(Indice)
Mariana, Juan de
(1536-1623)
Historiador español del s. XVI, autor de una Historia
general de España, obra de gran estilo y fama relevante entre todas
las de su género; como tratadista de temas teológicos y políticos
es una de las glorias intelectuales de la Compañía de Jesús y una
de las mentes más lúcidas del pensamiento español de la época.
N. en Talavera en 1536 y estudió en Alcalá de Henares, dedicándose
con especial vocación a las humanidades. En sus años
universitarios conoció al P. Jerónimo de Nadal, colaborador de S.
Ignacio. De esa amistad nació su decisión de ingresar en la recién
creada Compañía de Jesús, cuando tenía 17 años. Pasó por
importantes centros de formación y tuvo grandes maestros, como
Francisco de Borja y el P. Laínez, general de la Compañía, quien
le escogió como profesor para el colegio de Roma (1561). Desde allí,
y tras dos años de magisterio en Sicilia, pasó a París, donde se
doctoró en Teología.
Vuelto a España, residió en Toledo
desde 1574, en la casa profesa de los jesuitas. Desempeñó varios
cargos, como examinador sinodal, consejero del Santo Oficio y censor
de obras teológicas y escriturísticas, revisando, entre otras, la
famosa Biblia Políglota de Amberes, que había dirigido el gran
hebraísta Arias Montano.
La obra del P. M. es muy extensa y
abarca una amplia temática. En 1581 colaboró en la redacción del
Manual para la administración de sacramentos del Dr. García de
Loaysa, que se publicó en Toledo. Un año más tarde redactaba las
Actas del concilio diocesano de Toledo, y en 1584 dirigía la
composición del índice de libros prohibidos. Su obra más extensa,
Historia general de España, fue compuesta y publicada en 1592 y
1601. En ese mismo periodo publicaba en Toledo (1598) su tratado De
rege et regis institutione, obra muy ciceroniana en su estilo y cuya
tesis estriba en definir la potestad real, que M. limita, en cuanto
hace residir el poder en la comunidad, que lo trasmite al príncipe,
quien, por su parte, está supeditado a la ley natural y a la
positiva, tesis original e incluso revolucionaria dentro de la
concepción monárquica de la época.
Su teoría del tiranicidio,
justificable como último extremo cuando el príncipe no sirve al
fin ético del Estado, el bien común, ha sido frecuentemente
desenfocada e incluso tratadistas políticos del xix han visto en M.
un precedente del liberalismo (v. TIRANRÍA). Para M. existe una
perfecta distinción entre el rey y el tirano, cuya muerte nunca
puede ser obra de justicia individual, sino última decisión de
toda la comunidad. Los Siete tratados, publicados en Colonia en
1609, son también obra polémica. El cuarto de ellos, De mutatione
monetae, en que ataca la devaluación monetaria ordenada por Felipe
III, sin previo asentimiento del pueblo, le valió un proceso
inquisitorial instigado por el duque de Lerma y año y medio de
prisión en el convento de S. Francisco de Madrid.
Gran latinista, buscó para su obra
maestra, Historia general de España, una base historiográfica
romana, producto de sus lecturas de Salustio y Tácito. Elaborada
sobre crónicas e historias anteriores, carece ésta de una labor crítica
depuradora de las fuentes que manejó, tal como lo había hecho, p.
ej., su coetáneo Zurita (v.); de ahí que adolezca de falta de
criterio científico. Tampoco fue éste, por cierto, el objetivo de
P. M., «sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido».
Se desentiende de la procedencia de los datos y noticias que maneja
y se dirige a crear, con estilo a veces muy oratorio, una gran panorámica
histórica. En realidad, es una obra de valoración de España,
escrita hacia las otras naciones, donde se puede resaltar el factor
patriótico, claro indicio de una motivación política. Comienza la
obra con las consabidas alabanzas de España, iniciadas por S.
Isidoro, cuyas obras había editado M. por deseo del rey (1595-99).
El relato sigue un plan cronológico, aun en periodos tan confusos
como la Reconquista, y llega hasta 1516. Compuesta primero en latín,
su éxito le llevó a redactarla y publicarla también en castellano
en 1601. El P. M. m. el 16 feb. 1623, en la casa profesa de Toledo.
M. ESPADAS BURGOS
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Acosta, José de
(1539?-1600)
- A José
de Acosta se le ha denominado "Plinio del Nuevo Mundo"
y "fundador de la biogeografía".
-
- 1. JOSÉ
DE ACOSTA, "FUNDADOR DE LA BIOGEOGRAFÍA"
-
- José
de Acosta fue un misionero en América Hispana en el siglo XVI
y que mereció ser llamado por el gran científico y viajero
alemán Alexander von Humboldt "el Plinio del Nuevo
Mundo". Como reconocía hace ya un siglo uno de sus
biógrafos, José Rodríguez Carracido (1899), "en la
historia de la ciencia española descuellan, como figuras cuya
magnitud no fue superada por las más eminentes de sus
contemporáneos extranjeros, las de los tratadistas que se
ocuparon de los asuntos de América; y de este aserto son
testimonio irrecusable la universal notoriedad, y su
persistencia al través de los siglos, de las obras de Fernández
de Oviedo y del P. José de Acosta, de Álvaro Alonso Barba y
del P. Bernabé Cobo, entre otros muchos".
- Se
compara aquí la obra de Acosta con la de otros tres grandes geógrafos
y naturalistas: Fernández de Oviedo, Alonso Barba y Bernabé
Cobo. Gonzalo Fernández de Oviedo y Cortés (1478-1557) fue
autor de la monumental Historia general y natural de las
Indias (Sevilla. Salamanca, 1535-1537); Álvaro Alonso Barba
(1569-1662), "andaluz de Lepe", fue autor de El
Arte de los Metales (publicado en 1640); Bernabé Cobo
(1572-1657) publicó la Historia del Nuevo Mundo en Lima
en 1553 (Vernet, 1975).
- De las
obras del P. Acosta, este trabajo hará referencia preferente a
la Historia Natural y Moral de las Indias, por su
importancia y, sobre todo, por contener una interpretación
transida de modernidad. En ella se plantea la interacción entre
naturaleza y sociedad en la América del siglo XVI, postulando
la posibilidad de una interpretación tímida pero evolutiva de
la realidad animal, vegetal y cultural.
- José de
Acosta nació en 1540 en la ciudad castellana de Medina del
Campo (Alcina Franch, 1987; Moreyra, 1940; O´Gorman, 1962). Muy
joven entró en la Compañía de Jesús y en 1571, cuando
contaba 31 años de edad, Acosta es destinado a las misiones de
los Andes (Lopetegui, 1940, 1942). Un año más tarde, el 28 de
abril de 1572, llegaba por fin a Lima (del Pino, 1978, 1982).
- Siendo
provincial de los jesuitas en el Perú, realizó al menos tres
largos viajes por el interior del país visitando las misiones
allí establecidas, lo que le permitió un conocimiento real y
exacto de la naturaleza y de la vida social de los indígenas.
Enfermo y cansado por los viajes y los enfrentamientos con los
poderes políticos españoles, pide volver a la metrópoli. A
principios de julio de 1586, José de Acosta llega a Nueva España,
residiendo en la capital, México. Allí, su hermano Bernardino,
también jesuita, era Rector del Colegio de Oaxaca. Durante su
estancia en México, Acosta procuró documentarse lo más
posible para la redacción de la Historia Natural y Moral de
las Indias que había iniciando años antes. Después de
haber pasado casi un año en México, el P. Acosta embarcó el
18 de marzo de 1587 camino de España.
- En
septiembre de ese año llegaban a Sanlúcar, al puerto del que
partió diecisiete años antes. En España y en esta época
(1588-1592) la actividad editora del P. Acosta fue muy intensa.
En 1588 salía editado en Salamanca su primer libro, que reunía
el De Procuranda Indorum Salute precedido del tratado De
Natura Novi Orbis. En 1590, salía de las prensas de Sevilla
el libro más famoso de cuantos escribió: la Historia
Natural y Moral de las Indias.
- Han sido
muchos los investigadores que han comentado la obra más
conocida de Acosta (Beddall, 1977). Este no pretendió hacer en
su Historia una revisión exhaustiva de los fenómenos y
seres naturales de América, sino razonar sobre su significado
apoyándose en una selección de ellos (Templado, 1974).
- LAS
IDEAS BIOGEOGRÁFICAS DE ACOSTA
- José de
Acosta se pregunta en su Historia Natural y Moral de las
Indias, publicada por vez primera en Sevilla en 1590, "Cómo
sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra
parte del mundo". El profesor Emiliano Aguirre, hace ya más
de cuarenta años publicó un documentado trabajo sobre este
problema (Aguirre, 1957). Muchos capítulos de la Historia
de Acosta se dedican a la descripción de los animales y plantas
americanos. Cómo llegaron hasta allí parece poder tener una
solución fácil para Acosta, aunque revolucionaria para su época:
- "Halláronse,
pues, animales de la misma especie que en Europa, sin
haber sido llevadas de españoles. Hay leones, tigres,
osos, jabalíes, zorras y otras fieras y animales
silvestres, de los cuales hicimos en el primer libro
argumento fuerte, que no siendo verosímil que por mar
pasasen en Indias, pues pasar a nado el océano es
imposible, y embarcarlos consigo hombres es locura, síguese
que por alguna parte donde el orbe de continúa y avecina
al otro, hayan penetrado, y poco a poco poblado aquel
mundo nuevo. Pues conforme a la Divina Escritura, todos
estos animales se salvaron en el Arca de Noé, y de allí
se han propagado en el mundo" (J. de Acosta, opus.cit.,
Libro IV, capítulo XXXIV).
- Pero
el problema más difícil de resolver es cómo explicar la
existencia en América de animales y plantas diferentes a los
de Europa. Acosta lo formula así en este texto, muy citado
por los ecólogos actuales:
- "Mayor
dificultad hace averiguar qué principio tuvieron diversos
animales que se hallan en las Indias y no se hallan en el
mundo de acá. Porque si allá los produjo el Criador, no
hay que recurrir al Arca de Noé, ni aún hubiera para qué
salvar entonces todas las especies de aves y animales si
habían de criarse de nuevo; ni tampoco parece que con la
creación de los seis días dejara Dios el mundo acabado y
perfecto, si restaban nuevas especies de animales por
formar, mayormente animales perfectos, y de no menor
excelencia que esotros conocidos" ( J. de Acosta, opus
cit., Libro IV, cap. XXXVI).
-
-
- BIOGEOGRAFÍA
Y "EVOLUCIÓN" EN JOSÉ DE ACOSTA
Acosta
propone tres soluciones posibles a estos problemas biogeográficos
observados. En ellas intervienen argumentos naturalistas y filosóficos.
De estas soluciones, una se resuelve en el campo de la Teología,
pero no despeja la incógnita. Otra de las posibles soluciones
tiene un presupuesto teológico, y combina factores biológicos,
geográficos y religiosos. Esta es la solución preferida por él.
La tercera solución al problema, que no la evade, es
sorprendentemente evolucionista, aunque le deja perplejo.
1.
Primera solución: "Allá los produjo el Creador": la
solución teológica
El P.
José de Acosta formula de dos modos diferentes y
complementarios la solución teológica: "Allá los produjo
el Creador" e "hizo Dios nueva formación de animales".
Esta es la solución que exige la creencia en una nueva creación
diferente a la original.
Sin
embargo, Acosta no está muy de acuerdo con esta solución.
Aduce para ello dos razones: la primera, que esto equivale a
suponer que no había quedado perfecto el mundo con la creación
relatada en el primer capítulo del Génesis; y la segunda razón,
es ésta: si se acepta una creación postdiluviana, no habría
hecho falta salvar las especies en el arca de Noé.
Evidentemente, estos argumentos se entienden perfectamente
dentro del paradigma diluvista imperante en el siglo XVI y que
se prolonga hasta el siglo XIX (Pelayo, 1995; Capel, 1985;
Young, 1998).
2.
Segunda solución: "Se conservaron en el Arca de Noé...y
se fueron a distintas regiones": la solución teológico-
geográfica
Textualmente
dice Acosta: "Se conservaron en el Arca de Noé", y
"por instinto natural y Providencia de cielo, diversos géneros
se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se hallaron
tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si salieron no se
conservaron...".
Esta es
la solución aceptada por Acosta. Tiene un carácter teológico-creacionista,
pero que se enriquece con la primera formulación histórica de
la teoría de la dispersión geográfica y la adaptación biológica
de las especies a medios ambientes diversos. Con toda razón se
considera a Acosta fundador de la Paleobiogeografía histórica.
Los
argumentos del Padre Acosta se fundamentan en la hipótesis
creacionista y diluvista como paradigma explicativo de la
diversidad biológica del planeta. Está persuadido de la creación
por Dios de todos los seres vivos al inicio de los tiempos y de
la existencia de un Diluvio exterminador para hombres pecadores
y animales impuros. De este acontecimiento divino solo se salvan
los humanos y los animales protegidos por el Arca de Noé.
El autor
de la Historia Natural y Moral de las Indias se pregunta
sobre lo que ocurrió después del Diluvio. La opinión del P.
Acosta puede ser considerada revolucionaria para su época:
- "...Por
instinto natural y Providencial del Cielo, diversos géneros
se fueron a diversas regiones, y en algunas de ellas se
hallaron tan bien, que no quisieron salir de ellas, o si
salieron no se conservaron, o por tiempo vinieron a
fenecer, como sucede en muchas cosas. Y si bien se mira,
esto no es caso propio de Indias, sino general de otras
muchas regiones y provincias de Asia, Europa y África: de
las cuales se lee haber en ellas castas de animales que no
se hallan en otras; y si se hallan, se sabe haber sido
llevadas de allí. Pues como estos animales salieron del
Arca: verbi gratia, elefantes, que solo se hallan
en la India oriental, y de allá se han comunicado a otras
partes, del mismo modo diremos de estos animales del Perú,
y de los demás de Indias, que no se hallan en otras
partes del mundo" (J. de Acosta, Historia natural
y moral de las Indias, Libro IV, cap.XXXVI).
- Esta
hipótesis excluye toda posibilidad de evolución o cambio
biológico: la migración y adaptación de los animales a
nuevos nichos ecológicos implica sólo para Acosta
supervivencia pero no cambio biológico. Por ello, los
animales de América tuvieron en otro tiempo una distribución
más amplia y de han extinguido quedando solo confinados al
Nuevo Mundo. No es necesario acudir a otras hipótesis como
las de las creaciones diferentes en cada continente.
- Por lo
demás, Acosta sabe que la adaptación y confinamiento en lo
que hoy los ecólogos llaman un nicho ecológico no es un caso
único de América. Tiene la intuición de extender el
paradigma paleobiogeográfico a otras regiones convirtiéndolo
en una ley general biológica: "y si bien se mira,
esto no es un caso propio de Indias, sino general de otras
regiones y provincias de Asia, Europa y África". Pero
Acosta va más allá en su interpretación. No solo registra
el factum -la evidencia naturalística y el mecanismo
inmediato- sino que aborda la cuestión de los factores
profundos, cualitativos: sin dudar, proporciona una respuesta
doble, biológica y a la vez religiosa: "por instinto
natural y Providencia del Cielo".
- Por
otra parte, se ha de destacar que Acosta, a finales del siglo
XVI, al hablar del hombre americano afirma que pudo pasar
"caminando por tierra". De este modo, intuye la
existencia del estrecho de Behring, que no fue descubierto
hasta 1741.
-
- 3.
Tercera solución: "Reducirlos a los de Europa": la
solución evolucionista
- La hipótesis
evolucionista entra en el pensamiento de Acosta con toda
espontaneidad, con plena franqueza y honradez no mediatizada
ni forzada por solución preconcebida. Para nuestro autor,
todos los animales de América no serían otra cosa que una
modificación de los originales de Europa. Ello supondría
aceptar un cierto "transformismo": la diferencia en
distintos caracteres de los animales pudo ser causada por
diversos accidentes. Es decir: por un cambio accidental de sus
caracteres y que éstos luego pasan modificados a los
descendientes. El capítulo XXXVI (Libro IV) de su Historia
ha sido citado en muchas ocasiones, pese a su brevedad, como
uno de los texto más lúcidos y que intuyeron (aunque sin
aceptarla) la posibilidad evolutiva que Darwin (1859) describe
y acepta dos siglos más tarde. El texto siguiente considera
abiertamente esta posibilidad:
- "También
es de considerar, si los tales animales difieren específica
y esencialmente de todos los otros, o si su diferencia
accidental, que pudo ser causada de diversos accidentes,
como en el linaje de los hombres, ser unos blancos y otros
negros, unos gigantes y otros enanos. Así, verbi
gratia, en el linaje de los simios ser unos sin cola y
otros con cola, y en el linaje de los carneros ser unos
rasos y otros lanudos: unos grandes y recios, y de cuello
muy largo, como los del Perú; otros pequeños y de pocas
fuerzas, y de cuellos cortos, como los de Castilla" (
J. de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Libro
IV, cap.XXXVI).
- Pero
las ideas biológicas de su época así como el peso indudable
de la Teología escolástica, impiden dar el paso definitivo.
El mérito de Acosta es haber intuido la posibilidad de un
cambio morfológico que se prolonga en la descendencia biológica.
Sin embargo, sus naturales y comprensibles prejuicios
heredados de la filosofía escolástica, le impiden aceptar el
hecho de la evolución. El principio "nadie da lo que no
posee", obliga a Acosta a aceptar la fijeza de las
especies biológicas. Las "especies" en filosofía
difieren por algo esencial y son, por tanto,
irreductibles: de una especie no puede salir aquello que
constituye diferencialmente la otra especie (Álvarez López,
1943). Su contexto cultural e intelectual le impiden avanzar más:
las diferencias no le permiten aceptar la descendencia,
por la que se define la evolución orgánica:
- "Quien
por esta vía de poner sólo diferencias accidentales
pretendiere salvar la propagación de los animales de
Indias, y reducirlos a las de Europa, tomará carga, que
mal podrá salir con ella. Porque si hemos de juzgar a las
especies de los animales por sus propiedades, son tan
diversas que quererlas reducir a especies conocidas de
Europa, será llamar al huevo, castaña"(J. de
Acosta, opus cit., Libro IV, cap. XXXVI).
- El P.
Acosta zanja la cuestión con este comentario irónico, que ha
de interpretarse -según Aguirre (1957)- como expresión de la
perplejidad de Acosta ante una solución que le era muy difícil
de aceptar. Pero será necesario
- avanzar
casi un siglo para encontrarnos un pensamiento similar sobre
los aspectos de la biogeografía: el pensamiento de Athanasius
Kircher.
(http://www.jesuitas.info/documentos/Leandro_Sequeiros/jose_de_acosta.htm)
En inglés: http://www.faculty.fairfield.edu/jmac/sj/scientists/acosta.htm
(Indice)
Inca Garcilaso
(1539-1616)
Escritor peruano. N. en el Cuzco el 12 abr. 1539. Fueron sus padres
el conquistador español capitán Garcilaso de la Vega y la princesa
Chimpu Ocllo, de la familia imperial de los Incas. Bautizado con el
nombre familiar de Gómez Suárez de Figueroa, vivió en Perú hasta
1560, cuando viajó a España con el dinero que le dejó su padre en
el testamento y con el doble propósito de estudiar y de alcanzar
las mercedes que le correspondían. En 1563 intentó regresar al Perú;
pero, por razones aún no precisadas, desistió de su viaje. Con el
apoyo de su tío Alonso de Vargas se estableció en Montilla. Por
breve tiempo participó en la lucha contra los moriscos sublevados
en las Alpujarras de Granada. Pero, orientado definitivamente por el
camino de las letras y en fecundo contacto con los humanistas
andaluces, hacia 1591 se radicó en Córdoba, cambió su nombre
inicial de Gómez Suárez por el de Garcilaso de la Vega, al que añadió
después el título de Inca, y dedicó el resto de su vida a
componer su obra histórica. De su preocupación religiosa son
pruebas el haber vestido el hábito de clérigo y la compra de una
capilla en la mezquita-catedral, a la que dotó para su entierro. M.
en Córdoba el 22 ó 23 abr. 1616.
El primer libro del I. G. (y también
el primero de un escritor americano) fue su versión al castellano
de los neoplatónicos Diálogos de Amor de León Hebreo, que él
tituló La traduzión del Indio (Madrid 1590). Su primera obra histórica
fue La Florida del Ynca (Lisboa 1605). Basada en la versión oral de
un veterano soldado español, Gonzalo Silvestre, y reforzada por el
cotejo con fuentes escritas, pero sobre hazañas realizadas en una
tierra que G. no conoció (el sudeste de los actuales Estados Unidos)
y bajo un capitán al que no alcanzó (Hernando de Soto), La Florida
del Ynca une la veracidad del relato histórico con una bella labor
literaria. «Araucana en prosa» se le ha llamado con acierto; y en
ella se reúnen modelos de historia clásica y de los historiadores
italianos del Renacimiento, retratos morales aprendidos en los
cronistas españoles de la Edad Media, episodios y adornos de las
novelas de caballerías, y valor concedido a lo visto y oído por
los protagonistas de la historia, característico de las crónicas
de Indias.
Cuatro años después se publicó la
obra maestra y fundamental de G.: la Primera parte de los
Commentarios Reales, que tratan... de los Yncas, Reyes que fueron
del Perú (Lisboa 1609). Obra de reconstrucción del Imperio de los
Incas, homenaje a su tierra nativa y a su sangre indígena materna,
los Comentarios alternan la narración de las conquistas con la
presentación de leyes, instituciones y costumbres y la descripción
de los productos de los tres reinos naturales. Llegado tarde al
campo de las crónicas de Indias, el I. G. utiliza las historias
escritas antes que él (inclusive los papeles truncos de su
compatriota el jesuita chachapoyano Blas Valera), pero las acompaña
de «comento y de glosa», precisa la cronología, rectifica la
ubicación de los lugares, aclara el significado de muchos vocablos
mal interpretados por quienes no conocían como él la lengua
quechua o runa simi. En un estilo limpio y terso, envueltos en la
doble nostalgia de la lejanía en el tiempo y el espacio, los
Comentarios Reales constituyen el cuadro más completo e idealizador
del Imperio de los Incas, y en sus páginas empieza a perfilarse la
fisonomía espiritual del Perú. Prohibidos a fines del s. XVIII por
su capacidad de exaltación de los valores autóctonos de América,
su difusión actual es inmensa y se les considera, con Menéndez
Pelayo, «el libro más genuinamente americano que en tiempo alguno
se ha escrito».
La segunda parte de los Comentarios
Reales se publicó después de la muerte del Inca (Córdoba 1617),
con el título (modificado por los impresores) de Historia General
del Perú. Si la primera parte fue el relato elogioso de los incas,
en la segunda G. rindió tributo a la sangre de su padre, a las hazañas
españolas en el descubrimiento y la conquista, y a la incorporación
del mundo indígena a la cultura cristiana occidental. G. vuelve a
aprovechar la fuente escrita de las crónicas de Indias; pero por la
cercanía de los sucesos, y por su propia reacción personal, el
comentario cede el paso a menudo a la rectificación y la polémica.
Menos valiosa, con un criterio estrictamente histórico, la relación
se complementa con lo que G. vio y oyó en el Perú, con los
episodios en que pudo participar en su niñez, con sus evocaciones
expresivas y confidencias llenas de calor y vida. La obra termina
con la muerte dada al Inca Túpac Amaru, durante el gobierno del
virrey Toledo; y está dedicada significativamente a los «indios,
mestizos y criollos» del Perú.
A. MIRÓ QUESADA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
López de Gómara
(1511-1562)
N. en Gómara (Soria) en 1511. Recibió una educación humanística
ejercitándose en el cultivo del latín. Dictó la cátedra de Retórica
en Alcalá de Henares, profesó en 1540 y se fue a Roma. Estuvo en
Argel en la empresa de Carlos V. En 1540 se encontraba en Venecia
con el séquito de Hurtado de Mendoza. Regresado a España, entró
como capellán al servicio de H. Cortés y luego de su hijo Martín,
al morir el conquistador en 1547. Hacia 1558 se hallaba en Amberes,
retirándose después a Gómara, donde murió probablemente en 1562,
cuatro años antes que Las Casas y cinco después que Oviedo.
Aunque al decir del cronista Oviedo,
no se podía escribir de América sin moverse de Europa, G. publica
en Zaragoza su Historia Vitrix o Historia General de las Indias
(1552), sin haber estado nunca allí. La obra, dividida en dos
partes, acusa una desproporción manifiesta al ocupar más espacio
el tema concreto, conquista de México, que el general. Consciente
de ello, G. escribe en su prólogo: «he tenido en esta mi obra dos
estilos, soy breve en la historia y prolijo en la conquista de México».
Dentro de la brevedad de su Historia da una visión de conjunto que
no lograron Fernández de Oviedo (v.) y Las Casas (v.). A lo largo
del relato se fija en Colón, en los viajes andaluces, en la
conquista del Perú y Chile, en las exploraciones de América
Central, analizando, al mismo tiempo que los hechos, la Historia
natural indiana, que le resulta curiosa. Pero el gran valor de G.
reside en la segunda parte de su obra, íntegramente dedicada a Cortés
y su hazaña. Al escribirla con un sentido renacentista, más que
una Historia, hace una biografía de Cortés, relatando la conquista
de México más bien como obra personal de un solo caudillo que como
resultado del esfuerzo de todo un ejército. Y esto molestó tanto,
según el Inca Garcilaso, al soldado cronista Bernal Díaz del
Castillo (v.) y algunos conquistadores, que éste escribió su
Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España deformando la
historia en su apasionamiento contra G., al cual afirma que «le
untaron las manos» para que la escribiera concentrándola en Cortés.
Nada de esto es cierto. No recibió dinero para escribirla. Observó
hacia Cortés la natural simpatía de quien fue su capellán, le
trató y admiró. Las Casas también le atacó llamándole «criado
de Cortés». Sea por su matiz filocortesiano, sea porque el libro
fue estimado como «libre» y el Consejo de las Indias ordenó
recoger todos los ejemplares, lo cierto es que desde mediados del s.
xvi la obra fue olvidándose, sacándola a la luz en el s. XVII González
Barcia en su colección de historiadores primitivos de las Indias
orientales. Aunque nada tiene que ver con América, completa su
figura como escritor sus Anales de Carlos V, que escribió como
cronista del reinado, y la crónica titulada De los hechos de los
Barbarrojas.
F. MORALES PADRÓN.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
Jerónimo de Zurita y
Castro (1512-1580)
Historiador aragonés del s. XVI. Su monumental obra Anales de la
Corona de Aragón constituye una de las más claras muestras de la
historiografía española del siglo de Oro. N. en Zaragoza en 1512,
miembro de una familia de origen hidalgo. Hizo sus estudios en Alcalá
de Henares, donde adquirió una honda formación humanística,
dedicando también su atención al aprendizaje de las lenguas vivas.
Allegada su familia a los servicios de la corte -su padre había
sido médico en el real alcázar- Carlos I le nombró gentilhombre
de cámara y le confió varios cargos de la administración del
reino de Aragón, en Barbastro, Almudévar y Huesca. Posteriormente
fue secretario del tribunal del Santo Oficio en Madrid, cargo que
desempeñó hasta 1547, en que le sucedió D. Fernando de Valdés.
Felipe II le nombraría secretario de su Consejo y Cámara.
Pero su fama viene unida
esencialmente a su labor historiográfica. Las Cortes aragonesas
reunidas en Monzón en 1547 dieron carta de naturaleza al cargo de
cronista del reino, basándose en que «por falta de escripturas,
los hechos y cosas antiguas del Reyno de Aragón están olvidadas».
Este cargo estuvo vigente hasta el s. XVIII en que quedaron abolidos
los fueros aragoneses. En 1548, y por designación de las Cortes, Z.
comenzó 'a desempeñar su oficio de cronista del reino.
Acometió su tarea con singular ímpetu
y método científico. Antes de entrar en la redacción de tan
amplia obra, viajó mucho por España y por Europa -Nápoles,
Sicilia, Roma, Países Bajos-, visitó archivos de palacios y
monasterios, consultó bibliotecas y se puso en contacto con las
tierras y los paisajes donde acaecieron los hechos que iba a narrar.
Fue un auténtico historiador científico en cuanto buscó la base
documental. Su temperamento de investigador y de bibliófilo le llevó
a comprar muchos libros. Formó una selecta biblioteca, que al final
de su vida legó a los cartujos de la Casa de Dios, cercana a
Zaragoza, y que en su mayor parte pasó al Escorial en 1626. Por
encargo expreso de Felipe II fue también un gran descubridor y
coleccionista de manuscritos, que irían a engrosar los fondos del
Archivo de Simancas, que a la sazón se estaba formando, también a
instancias del propio rey.
Durante 30 años trabajó en la
redacción de los Anales, donde, siguiendo un orden cronológico,
desarrolla la crónica de los reinos aragoneses. Dedica su primer
capítulo a «La entrada de los moros en España». Su obra abat:ca
hasta el reinado de Fernando el Católico. Concede a cada año gran
amplitud, pues no se ciñe sólo a lo propiamente aragonés, sino
que establece relaciones con lo acaecido en los demás reinos
peninsulares o incluso de Europa. La gran cantidad de fuentes
utilizadas para la confección de su historia hace que, junto a
documentos de indudable valor historiológico, entren leyendas o
relatos cuyo único valor pueda -ser el literario; pero ello
disminuye en poco la importancia de la obra de Z, en cuanto a número
y selección de fuentes se refiere. Menos elevado es su valor artístico
y literario. Le faltó capacidad de síntesis, pues aun tratándose
de un relato ordenado por años, la yuxtaposición de varias fuentes
originales que se suceden en el texto, sin haber sido comprendidas,
contribuye a que la lectura sea farragosa y abunde.en reiteraciones
o sufra saltos bruscos.
Los Anales tuvieron un gran éxito en
su época, como lo prueba la serie de ediciones que pronto se
sucedieron. En Zaragoza fueron impresos en 1562, 1579 y 1585. En el
s. XVII aparecieron tres ediciones desde 1610. Pero no le faltaron a
Z. aceradas críticas de sus contemporáneos, en especial de Alonso
de Santa Cruz, que revisó su obra antes de que se imprimiera. Se
atacó su excesivo aragonesismo, su prolijidad y hasta su pedantería.
La gran cantidad de nombres propios que se agolpaban en el texto
hizo conveniente la confección de unos índices, tarea que llevó a
cabo, entre otros jesuitas de Zaragoza, el P. Rafael Oller. Z. es
también autor de una Historia de D. Fernando el Católico y revisó
varias crónicas cast.ellanas y aragonesas. M. en Zaragoza en 1580
en el convento de jerónimos de S. Engracia.
M. ESPADAS BURGOS.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Ambrosio
de Morales (1513-1591)
Nació Ambrosio de Morales en Córdoba en el año de 1513. Sobrino
de Fernán Pérez de Oliva, profesor humanista, viajero incansable
que iba de una universidad a otra, aprendiendo y enseñando.
Estudió Ambrosio de Morales gramática en Córdoba, en Alcalá y
luego en Salamanca con su tio Fernán Pérez de Oliva. En 1553
profesó como fraile en el convento de San Jerónimo de Valparaíso.
Fue expulsado del convento marchándose a Alcalá donde ganó la cátedra
de rétorica. Felipe II, en 1566 lo nombra cronista real. Falleció
en Córdoba el 21 de septiembre de 1591.
Su obra literaria están dentro del genero de la erudición y la
historia. Rescató del olvido los escritos de los mozárabes
cordobeses. Cabe también destacar La Corónica General de España;
Las antigüedades de las Ciudades de España, y sobre todo por su
valor documental el Viage de Ambrosio de Morales por orden del Rey
D. Phelipe II a los Reynos de León y Galicia y Principado de
Asturias, editado en 1765.
Trata en sus obras de dignificar la lengua española, para poder
tratar la historia adecuadamente, y un interés científico en
recuperar las fuentes y los datos e interpretarlos con veracidad.
(Indice)
Fray José de
Sigüenza (1544-1606)
El propio Fray José en su
proceso inquisitorial afirma llamarse José de Espinosa, hijo
natural de la viuda Francisca de Espinosa y el clérigo Asensio Martínez.
Nace en Sigüenza en 1544 y estudia en la universidad que allí
había aunque finalmente no obtuviera grado alguno al no poder
costearse los exámenes. Cambió su nombre al profesar como fraile
en la Orden de los Jerónimos en 1567. Esta orden había nacido en
España y tenía cierta predominancia en la Corte: Carlos V
escogería un Monasterio Jerónimo para su retiro (Yuste) y Felipe
II escogería a la Orden Jerónima para proveer de frailes para la
aacheción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Asimismo
los jerónimos habían sido protegidos de los Mendoza alcarreños y
tenían su centro en el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana.
Desde muy joven se
distinguió José como predicador sabio y elocuente. Bataillon le
describe como "un admirable prosista formado en el ejercicio de
la predicación". Fue estimado por Felipe II y pasaría pronto
a El Escorial, cuya primera piedra se pondría en 1563. Su trabajo
se centraría en la catalogación de los fondos de la Biblioteca que
el Rey creara y que llegaría a constar en su vida de cerca de 10000
volúmenes. El encargado por Felipe II de esa labor fue el modesto y
sabio Benito Arias Montano, ayudado por Fray Juan de San Jerónimo y
Fray José de Sigüenza. Fray José sucedió a Arias Montano como catalogador
de los libros de la Biblioteca y fue el primer Bibliotecario de
la misma. La Sala de la Biblioteca estuvo preparada en 1593 y Sigüenza
colocó en la Sala Principal los impresos y en una sala lateral los
manuscritos, ocupando casi toda la fachada del Patio de los Reyes
que mira al Norte. En las filas altas de la estantería de nogal
colocó los libros prohibidos (provenientes de la Inquisición) y
los duplicados, por su menor uso.
Asimismo inventó la temática
y las alegorías de los frescos del techo de la bóveda de la
Biblioteca (la cual tiene 54 metros de largo) y que realizaría el
italiano Peregrín Tibaldi ayudado por algunos discípulos. Hizo
representar las siete materias objeto de estudio en las
universidades de entonces y que también se estudiaban en el
seminario que los jerónimos tenían en el Monasterio: Filosofía y
Teología en los dos testeros, y en la bóveda las siete artes
liberales: Gramática, Dialéctica, Retórica, Música (tan
apreciada por los jerónimos), Aritmética, Geometría y Astronomía.
Su amplio saber incluía "todo género de letras, dominó
varias lenguas, fue poeta, matemático, músico ... e insigne
historiador".
Siguiendo a Arias Montano,
Fray José en 1589 reemplaza el modo de predicar que hasta entonces
tenía por un mayor seguimiento del texto de los Evangelios con afán
de edificar las almas, frente a las florituras y alusiones a temas
paganos o del Antiguo Testamento de muchos otros predicadores como
el prior del propio Monasterio de San Lorenzo. Envidiado por el
fervor que sus nuevos sermones obtenían de Felipe II y por el
nombramiento como Bibliotecario, los visitadores de la orden
obtienen numerosos testimonios hostiles a Sigüenza en abril de
1592. Su actitud de oponer la predicación del "Evangelio
desnudo" frente a los sermones esmaltados de "fábulas
y poesías" (siguiendo a su admirado maestro Arias Montano) le
hace sospechoso de la Inquisición.
Informado, Fray José de
presenta el 3 de abril de 1592 ante el Tribunal de Toledo
voluntariamente solicitando personalmente el juicio. Es encarcelado
en el Monasterio de la Sisla, pero se le trató con cierto
miramiento, quizá tanto por gozar del favor del Rey como su
deferencia al presentarse al tribunal. Su proceso acaba el 22 de
octubre con un perdón unánime confirmado el 25 de julio de 1593.
Fray José sería Rector del Colegio de San Lorenzo y dos veces
prior del Monasterio del Escorial, amén de Cronista Oficial de la
Orden. El proceso y la cárcel sufrida agriarían su carácter, lo
que se acrecentó al tener que convivir en el monasterio lorenzino
con algunos de los envidiosos que le habían acusado.
En vida dejó publicadas
una "Vida de San Gerónimo, doctor máximo de la Iglesia"
(1595) y la "Historia de la Orden de San Jerónimo"
(1600-1605). No se sorprendan por la grafía, se usaba a veces J y a
veces G. Respecto a su "Historia", incluye la primera
crónica escrita sobre el Monasterio de El Escorial, dónde
moriría en 1606. De ella han "bebido" todos los
autores posteriores, afirmando Federico Carlos Sainz de Robles que
"es la que trajo las gallinas" que siguen poniendo huevos
para alimento de eruditos, ensayistas y poetas posteriores. Dejó
sin publicar una inconclusa "Historia del Rey de los
Reyes" (llega sólo hasta la adoración de los pastores al Niño
Jesús) que no sería editada hasta 1916. Es probable que esta obra,
en la que según Bataillón lleva en alto la "antorcha del
biblismo" por el que fuera procesado, fuera dirigida más a sus
discípulos y amigos que al gran público, pues incluye una crítica
a la religión puramente ceremonial y a la escolástica.
Menéndez Pelayo le
considera uno de los más grandes estilistas después de Juan de
Valdés y Cervantes. Bataillon dice que en su relato campean "una
unción y una naturalidad" exquisitas. Sigüenza escribió: "la
Verdad ama mucho la claridad y la desnudez, y la que no es así no
es verdad". Yo destacaría cómo en su crónica sobre El
Escorial describe los bosques y arbolados entonces existentes en la
provincia de Madrid, y cómo cuenta la vida de los obreros que
dejaban el trabajo en noviembre y volvían en abril invadiendo la
entonces pequeña aldea de El Escorial de Abajo y, entre cenizas de
carboneo y escoria (de ahí quizá el nombre de Escorial), se metían
en casas miserables con una puerta por sola abertura por la que
entraba la luz, salía el humo y transitaban hombres y animales. Los
obreros talaban los bosques, creando el claro, hacían desmontes,
desraizaban zarzas, edificaban fraguas y casamatas, y comenzaban la
colosal obra. Respecto al lugar dice que "era el mejor que en
el contorno de la comarca de Madrid se podía hallar".
Cuenta cómo de la idea
inicial de un convento de unos 50 frailes, una residencia anexa para
el Rey, para la familia real y una parte de la corte, y una iglesia
entremedio se pasó a la grandiosa obra final. Habla de las obras
escogidas para adornar sus paredes e incluye una crítica de los
artistas, admirando a El Bosco y diciendo que presentaba "una sátira
pintada de los pecados del hombre". No muestra tanta admiración
por El Greco (postergado por desgracia por Felipe II) aunque dice
"en eso hay muchas opiniones y gustos, aunque dicen que es de
mucho arte y que su autor sabe mucho y se ve en cosas excelentes de
su mano".
Su retrato en
actitud de escribir y que ha sido atribuido a Alonso Sánchez
Coello, retratista de la Corte de Felipe II, ahora se atribuye a
Bartolomé Carducho, y esta situado en la Biblioteca de El Escorial
junto al de Benito Arias Montano y Fray Juan de San Jerónimo. Bien
merece su labor esta posición de privilegio.
José Luis García de Paz
(Indice)
Solórzano Pereira
Autor de Política Indiana. Ningún hombre culto pasará un
par de días en hojearlo sin que se le enderezca en sentido histórico
de España. Es toda un enciclopedia de nuestro sistema colonial,
escrita por un hombre de saber más que enciclopédico, porque no
orientan e iluminan la fe y el patriotismo... El libro está hecho
por una cabeza nacida expresamente para el trabajo intelectual.
Buena parte de la fama de sabio de Montaigne se debe a las dos mil
citas de clásicos que hay en sus 'Ensayos'. Las que hace Solórzano
en los cinco volúmenes de su obra no bajarán de 20.000. Y estas
citas no son alarde vano de personal erudición, sino el método
mismo de la obra... Es imposible leer la 'Política Indiana' sin
estremecerse ante la fuerza intelectual y la energía moral que
revela, no sólo en el autor, sino en el pueblo y en el régimen de
que es intérprete oficial...Al tropezarse con Solórzano han de
sentir los hombres cultos que también por los pueblos hispánicos
ha soplado el espíritu; y no sólo en las cabezas privilegiadas,
sino en su régimen, en sus instituciones, en su obra colectiva.
(Ramiro de Maeztu)
Inició sus estudios de derecho en la Universidad de Salamanca,
cursando durante doce años, y a temprana edad será nombrado catedrático
de Prima y en 1607, de vísperas de leyes. En 1609 es nombrado oidor
de la Audiencia de Lima
por Felipe
III, permaneciendo en el cargo hasta 1627. En 1616 será
nombrado gobernador y visitador de las minas de Huancavélica y a su
regreso, dos años después, tenía preparado el primer libro y el
índice de los cinco restantes de una recopilación de cédulas y
ordenanzas del gobierno de la región. Solicitó el regreso a la península
al conde-duque de Olivares en 1627 debido a la dificultad de promoción.
En febrero del año siguiente era designado fiscal del Consejo de
Hacienda , poco después del de Indias, pasando a ser miembro de
este último consejo en octubre de 1629. En 1640 el rey Felipe
IV le concede el hábito de caballero de la Orden de Santiago y
el título de Consejero del Supremo de Castilla. Entre sus numerosos
trabajos jurídicos destaca la exposición doctrinal de conjunto,
escrita en latín y dividida en dos partes: "Disputatio de
Indiarum iure sive de iusta Indiarum occidentalium inquisitions,
adquisitione et retentione" y "De Indiarum iure sive de
iusta Undiarum occidentalium gobenatione", tratando en la
primera de la descripción y descubrimiento de las Indias y en la
segunda de la organización política de los territorios americanos.
En 1653 publicó "Emblemata regio Politica" sobre la teoría
del Estado
(www.artehistoria.com)
(Indice)
Nicolás Antonio
(1617-1684)
Erudito español, creador y máximo representante de la bibliografía
hispánica. N. en Sevilla (7 ag. 1617), donde cursó sus primeros
estudios con un religioso dominico, prosiguiéndolos en la Univ. de
Salamanca hasta graduarse de doctor en Derecho. Felipe IV le concedió
un hábito de Santiago (1645) y el cargo de agente general ante la
corte pontificio (1659), pasando a serlo también del Consejo de la
Inquisición un año después y, más tarde, de Nápoles, Milán y
Sicilia, misiones diplomáticas que le obligaron a residir en Roma
por espacio de 20 años. Aunque el Papa le concedió una canonjía
en Sevilla, logró ser eximido del deber de residencia, y no volvió
a España hasta que en 1679 fue nombrado fiscal del Tribunal de la
Santa Cruzada, teniendo que avecindarse en Madrid hasta su muerte,
ocurrida el 13 abr. 1684.
Se dice que la frustración de un
trabajo jurídico iniciado en su época universitaria, al descubrir
otro análogo anterior de Antonio Agustín, le persuadió de la
necesidad de recopilar toda la información posible sobre las obras
existentes, tarea que inició en las bibliotecas sevillanas con
miras universales, pero que luego restringió al campo nacional. Le
sirvió de base una espléndida biblioteca particular que llegó a
contar con 30.000 vol.; consultó otras muchas y, además, realizó
multitud d consultas a los hombres más doctos de su tiempo, coservándose
una pequeña parte del epistolario que nací con tal motivo. En 1672
apareció en Roma la Blbliothec Hispana, en dos volúmenes dedicados
a los autores d los s. XVI y XVII, en tanto que la parte anterior,
que arrancaba del tiempo de Augusto, iba a quedar inédita y vería
la luz en aquella ciudad en 1696, gracias al carden Aguirre que la
dedicó a Inocencio XII. Después, Pérez Bayer revisó y reeditó
la Vetus (Madrid 1788) y Juan d Santander, Tomás Antonio Sánchez,
Juan Antonio Pellicer y Rafael Casalbón la Nova (Madrid 1783-88),
incorporando las numerosas adiciones dejadas por el autor varios índices
de gran utilidad.
La Bibliotheca Hispana es, por su
fecha y por su con tenido, una de las primeras y mejores bibliografías
nacionales europeas y de la magnitud del esfuerzo que representa da
buena idea el hecho de que, a pesar de las numerosas tentativas
realizadas, nadie ha sido capaz de continuaría ni de superarla.
Desde el punto de vista científico actual, el valor de la Vetus es
meramente arqueológico casi nulo, en tanto que la Nova contiene
numerosos dato que no se hallan en otro lugar y referencias a
multitud d libros perdidos. El prólogo de esta parte, traducido en
u par de ocasiones, da a conocer los ideales del autor constituye
una de las primeras apologías de las letras hispánicas.
El retraso en la aparición de la
Vetus se debió al escrupuloso examen que hubo de realizar de las
numerosas crónicas medievales en circulación, que llegó a
convertirse en un libro aparte, la Censura de historias fabulosas,
publicado por Mayans y Sisear en 1742 ataque contra los falsos
cronicones que había contribuido en parte a divulgar por sus
gestiones a favor de los que se creían descubiertos en el
Sacromonte de Granada. La principal de sus obras jurídicas es el
tratado De Exilio (Amberes 1659). Su ejemplar laboriosidad le
llevaba a lamentar la pérdida de las horas nocturnas, «que son las
exentas de toda diversión e inquietud», a sostener «que tienen
tiempo todos, los que le quieren tener» y que «el ocio es la
sepultura del hombre en la vida». Como rasgos de su carácter se
han destacado la voluntad, la sencillez, el catolicismo sincero y el
realismo político.
J. SIMÓN DÍAZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Flórez, Enrique
(1702-1773)
Figura máxima de la historiografía eclesiástica española de la
que puede llamársele con razón padre y fundador.
N. en Villadiego (Burgos) el 21 jul.
1702. Ingresó en los agustinos de Salamanca, tomando el hábito el
5 en. 1718 y profesando al año siguiente. Este mismo año es
enviado a Valladolid a cursar Artes y Filosofía, regresando tres años
después a Salamanca para hacer los estudios de Teología, Cánones
y Escritura. Obtuvo los grados académicos de Bachiller y Licenciado
en la Universidad de Santo Tomás de Ávila, y el de Doctor en Alcalá
de Henares. La gran afición y disposición que mostraba para los
estudios eclesiásticos movió a los superiores de la Orden a
afiliarle al Colegio Mayor que ésta tenía en dicha ciudad para sus
religiosos. Desde este momento, F. no vive más que para los
estudios y para la pluma. Sus escritos por orden de publicación son
los siguientes: In S. Joannem a Cruce Labyrinthum, 1727; Theologiae
Scholasticae Cursus, 5 vol. 1732-38; Vindicias de la Virtud, del P.
Mro. Francisco de la Anunciación (trad. del portugués), 1742;
Clave Historial, 1743; Obras de la M. Maria do Ceo (trad. del
portugués), 2 vol. 1744; Mapa de todos los sitios de las batallas
que tuvieron los romanos en España, 1745; Elogios del Santo Rey Don
Fernando en su sepulcro, 1754; Modo práctico de tener oración
mental, 1754; Medallas de las Colonias, Municipios y pueblos
antiguos de España, 2 vol. 1757-58; Memorias de las Reinas Católicas
de Castilla y León 2 vol. 1761; Viaje de Ambrosio de Morales, 1765;
De formando theologiae studio a Laurentio de Villavicentio, 1768;
Delación de la doctrina de los intitulados Jesuitas, 1768; Clave
Geográfica, 1769; Sancti Beati Liebanensis Apocalipsis, 1770;
Trabajos de Jesús (trad. del portugués), 1773; Medallas de las
Colonias, Municipios y pueblos antiguos de España hasta ahora no
publicadas, 1773. A éstos deben añadirse, Las Cartas y Escritos de
Álvaro (v.) de Córdoba, aunque están formando parte de la España
Sagrada y Las Sentencias de Tajón que dejó ultimadas, y publicó
M. Risco, así como la Historia Compostelana. Quedan sin reseñar
las obras manuscritas que dejó, así como su gran colección de
Cartas, de las que se han publicado una mínima parte.
Pero la obra monumental de F. es la
España Sagrada, la cual le ha dado renombre universal y fama
imperecedera. Admira sobremanera hoy cómo pudo adquirir tal cúmulo
de conocimientos. Tuvo la idea genial de planear primero la obra, y
luego dividirla en partes perfectamente independientes, yendo
primero por las Metrópolis y lue-, go por cada diócesis, y por un
orden geográfico. La España Sagrada está hecha además con un
criterio ecuánime, ni excesivamente crítico, ni excesivamente
indulgente; pero siempre documentado y razonado. Gracias a esto,
después de dos siglos, aún conserva su valor sustancial y se hace
preciso tenerla presente, en todo tema por ella tratado, F. no llegó
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