Índice general de Hispánica

San Esteban, Salamana. Foco teológico del siglo XVI

 

 

Martín Pérez de Ayala
Andrés de Cuesta
Pedro de Soto
Diego Laínez
Alfonso Salmerón
Andrés de Vega

Diego de Deza (1443-1523)

En 1470 ingresa en el Convento de San Ildefonso de Toro, perteneciente a la Orden Dominica. Cursará estudios en la Universidad de Salamanca donde años después se dedicará a la enseñanza como catedrático de filosofía natural, prima de teología y vísperas de teología. En 1486 abandona sus actividades académicas para ocuparse de la educación del príncipe Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Al año siguiente es nombrado por Alejandro VI obispo de Zamora y en 1494 recibe la cátedra episcopal de Salamanca. Durante tres años el príncipe reside con él en el palacio obispal siendo Deza quien comunique a los monarcas la enfermedad de don Juan. En octubre de 1497 fallece el príncipe y el obispo será su testamentario. En la corte de don Juan, Deza había conocido a Colón, estableciendo muy buenas relaciones con el descubridor. En 1498 será nombrado obispo de Jaén y el general Torquemada le propone como inquisidor de Castilla y León, cargo que desempeñara junto al de inquisidor de Aragón desde 1499. Al año siguiente es nombrado obispo de Palencia y en 1504 ocupa la archidiócesis de Sevilla. Como Capellán mayor y Gran Canciller de Castilla será nombrado testamentario de la fallecida Isabel junto a don Fernando y Cisneros. Su intransigente postura respecto a los conversos motivará que acuse a fray Hernando de Talavera como judaizante. Cuando Talavera fue declarado inocente la posición de Deza quedó bastante dañada y en junio de 1506 debe subdelegar sus poderes, acudiendo a la corte para responder ante Felipe el Hermoso por algunas acusaciones. La muerte del esposo de Juana la Loca motivará que Deza ocupe de nuevo sus cargos, siendo sustituido por Cisneros al frente del Santo Oficio al año siguiente (1507). Su último nombramiento será el de Arzobispo de Toledo por parte del papa Adriano VI aunque Deza no pudo ocupar su cargo ya que falleció en el Convento de San Jerónimo de Buenavista en 9 de junio de 1523.

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Vitoria, Francisco de (1483-1546)
Teólogo y jurista español del s. XVI. 1. Vida y obras. N. en Burgos, de padre alavés y madre leonesa, en 1483 o en 1492. Ingresó en 1504 en el convento dominico burgalés. En 1509 fue a estudiar Humanidades y Teología a la Univ. de París, doctorándose en 1523, año en el que regresó a España para explicar la Summa aquiniana en el Colegio de S. Gregorio de Valladolid. En 7 sept. 1526 ganó, por oposición, la cátedra de Prima Teología de la Univ. de. Salamanca, enseñando también en la escuela de misioneros que era su convento de S. Esteban. En 1544 un ataque de gota le dejó medio paralítico, y por ello se excusó de asistir al Conc. de Trento. M. el 12 ag. 1546, en su celda salmantina. Con su extraordinaria doctrina y sus nuevos métodos pedagógicos, formó una pléyade de discípulos. No sólo renovó los estudios teológicos, con una orientación humanística, sino los del Derecho Público, siendo el creador de la ciencia del Derecho Internacional y fundador de la Escuela española del XVI. Durante la vida de V. no se imprimió ninguna de sus obras, dejó no obstante numerosos manuscritos y apuntes de clase que luego han sido publicados. Pueden distribuirse en dos grupos: explicación de la obra de s. Tomás de Aquino y relectiones. Las lecciones sobre las obras de S. Tomás fueron dictadas en el siguiente orden: 1526-29, comentario a la 2-2 de la Summa; 1529-31, comentario a la la parte; t533-34, comentario a la 1-2; 1534-37, nuevo comentario a la 2-2; 1537-38, comentario a la 3a parte; 1538-39, comentario al IV Sententiarum: 1539-40, nuevo comentario a la 1 a parte de la Summa. De ellas se conservan varios códices. Los comentarios a la 2-2 de la Summa han sido publicados por Beltrán de Heredia (6 vol., Salamanca-Madrid 1932- 36); el comentario a las cuestiones De sacra doctrina, lo ha publicado C. Pozo en «Archivo Teológico Granadino» 20 (1957) 307-426.
      Las relectiones son una especie de lecciones que resumían toda la materia del año académico o trataban algún tema de actualidad en el momento concreto. Eran desarrolladas ante todo el alumnado de la Facultad o incluso de la entera Universidad; de ahí que obligaran a una esmerada preparación, constituyendo tal vez la parte más importante de la obra de V. de entre ellas mencionemos: De potestafe civile (desarrollada en la Navidad de 1528); De matrimonio (epero 1531); De potestate Ecclesiae prior (comienzos de 1532), De potestate Ecclesiae posterior (mayo o junio 1533), De pofestate Papae et Concilii (abril-junio 1534), De Indis prior (junio 1539), De Indis posterior sive de iure belli (junio 1539). Se conservan en total 13 relectiones; han sido objeto de diversas ediciones (Lyon 1557; Salamanca 1565, Ingolstadt 1580, etc.). Modernamente han sido reeditadas por A. Getino (3 vol., Madrid 1933-35) y T. Urdanoz (Madrid 1960).
      2. Obra teológica. a) Su empresa renovadora. M. Pelayo afirmó «De Vitoria data la verdadera restauración de los estudios teológicos en España». En la actualidad este aserto ha sido documentalmente comprobado, y se ha puesto en claro la significación de V. en el desarrollo de la Teología. Su temple renovador encontró, durante sus estudios en París, el ambiente que le hizo sentir la urgencia de la restauración de la Teología y le proporcionó los medios para llevarla a cabo. Allí, frente a la escolástica decadente del nominalismo, sus maestros Crockaert y Juan de Fenario iniciaban la restauración tomista, a la que V. se incorporó con entusiasmo. Al mismo tiempo, fue sensible a las aspiraciones del renacimiento humanista, que alcanzaban también a la Teología, trayendo consigo su renovación metodológica. Al regresar a España se enfrentó a una Teología de pocos vuelos, carente de la vida y ajena al humanismo cultural. Ante ella, buscará la revisión del método teológico, la correcta utilización de las fuentes y la preocupación por aquellos temas que interesaban especialmente a los hombres de su época. La argumentación teológica -piensa- debe ensanchar su base positiva estudiando el dato escriturístico, con ayuda de los hallazgos de la ciencia bíblica, e interpretando a la luz de los antiguos Concilios, decretos pontificios y enseñanzas patrísticas. La autoridad tiene, en Teología, la primacía ya que expresa la palabra de Dios; sobre ella, y bajo su guía, se edifica el discurso racional, que tiene una función imprescindible en la elaboración de la ciencia teológica. Con ello se opone a los excesos dialécticos del nominalismo, al abuso del recurso al magister dixit, que ahogaba antes de nacer cualquier progreso de la Teología, y al exclusivismo escriturístico de los reformadores protestantes.
      Del interés humanista del Renacimiento, V. asume el empeño de acercarse a las cuestiones humanas, desarrollando la parte práctica de la Teología. Sale al encuentro de los hechos concretos y de las situaciones históricas de la sociedad, para examinarlos desde los principios sapienciales.
      Con él se renuevan también los procedimientos de enseñanza: utiliza un lenguaje sobrio y claro, que contrasta con las complicaciones de la escolástica decadente. Contra las costumbres académicas en vigor, implantó el uso de la Suma reológica de S. Tomás como texto base de las explicaciones escolares, sustituyendo al libro de las Sentencias. Este hecho significó una positÍva reforma por las ventajas que la sustitución, puso orden y claridad, rigurosa trabazón sistemática y seguridad doctrinal. También a partir de su enseñanza, y por el interés que suscitó, se hizo común la costumbre de copiar en el aula las explicaciones del profesor. Con ello sus lecciones se perpetuaban y difundían, dando lugar a la formación de una numerosa escuela de discípulos, que hicieron suyas las enseñanzas del maestro. Estos continúan, sobre todo, su espíritu, ya que dan pruebas de una sana independencia de juicio, y en ocasiones retocan posiciones del maestro o formulan explícitamente lo que en él no había pasado de ser una intuición. No menos de 31 discípulos suyos ocuparán' cátedras en la Universidad de Salamanca, siendo también muy numerosos en los demás centros de la península y en los que surgen en América. Figuras de primera magnitud: Soto, Cano, Vega. Chávez, Ledesma, Báñez, etc., continuaron y desarrollaron la obra renovadora iniciada por Vitoria.
      b) Doctrina. Más que referirnos a puntos concretos, lo que no tendría mucho interés, ya que la importancia de V. está n,o tanto en la tesis que sostuvo, cuanto en el movimiento al que dio lugar, preferimos subrayar las constantes fundamentales de su pensamiento. S. Tomás, interpretado por Cayetano, será su inspirador y fuente principal, dentro de una flexibilidad que le permite admitir aportaciones posteriores de Escoto e incluso del nominalismo. Su espíritu abierto le hace a veces correr el riesgo de cierta indecisión y hasta de cierto eclecticismo doctrinal en cuestiones especulativas, a las que dedicó menos atención, ya que imprimió una orientación práctica a su enseñanza, centrándose en los problemas de tipo moral. El contacto con la realidad humana va a ser, en su concepción teológica, una constante que guía la selección de temas y, en ocasiones, condiciona su solución, incluso a costa del rigor lógico en ciertas cuestiones dogmáticas; como las referentes a la atrición, al aumento de la caridad, a la necesidad de la fe, etc., en que será corregido por sus discípulos. La consideración de la dignidad del hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, dotado de dominio sobre las cosas y de connatural sociabilidad, gobierna muchas de sus enseñanzas características, en especial la de doctrina jurídica.
      En la percepción del orden natural, debidamente discernido del sobrenatural, y con consistencia propia, se cifra el segundo principio inspirador de su teología: evitar la confusión de ambos órdenes y las consecuencias de ello dimanantes, p. ej., en lo referente a la sociedad civil y eclesiástica ya su respectiva autoridad. Al reconocer el valor de lo temporal, se opone a las tendencias teocráticas propias de algunos sectQres de la cristiandad medieval y anticipa y prepara muchos de los planteamientos posteriores.
      Digamos, finalmente, qt\e la figura de V. no quedaría bien perfilada si olvidamos que, en su condición de teólogo de máximo prestigio, ejerció notable inftujo en la vida pública de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Hubo de dictaminar en importantes consultas: Carlos V requirió varias veces su parecer e iniciativa, intervino en la censura de los escritos de Erasmo; promovió la tarea renovadora de la Iglesia, contribuyendo a la obra del Conc. de Trento, donde la actuación de sus discípulos suplió su personal ausencia, etc.
      3. Obra jurídica. a) Su concepción del Derecho Internacional. V. concibió la idea del totus orbis O comunidad universal de todos los pueblos organizados políticamente, fundada en el Derecho natural y basada en el ius societatis et communicationis. Expresó los principios fundamentales del Derecho llamado a regir la comunidad internacional. Fue el primero en definir el moderno Derecho de Gentes: «quod naturalis ratio inter omnes gentes constituit vocatur ius gentium» (lo que la razón natural constituye entre todas las gentes, se llama derecho de gentes) .Cambiando el homines de Gaio por gentes o naciones, abre la vía al Derecho internacional, que no podía ser el que la razón natural estableció entre todos los hombres considerados individualmente, sino agrupados en naciones. El Derecho inter omnes gentes vitoriano es un Derecho universal pero mutable, aunque bastante fijo. Se configura como Derecho positivo, ex communi consensu omnium gentium et nationum; es obligatorio, porque sin él no podría cumplirse debidamente el Derecho natural; su autoridad dimana del «convenio virtual de todo el Orbe» : «El Derecho de gentes no sólo tiene fuerza por el pacto y convenio de los hombres, sino que tiene verdadera fuerza de ley. El Orbe todo, que en cierta manera es una república, tiene poder para dar leyes justas ya todos convenientes, como son las del Derecho de gentes». Esta «autoridad de todo el Orbe» afirmada por V. es la autoridad internacional deseada e intentada en el s. XX, la «autoridad pública universal, reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos» , de que habla el Conc. Vaticano II (Const. Gaudium et spes).
      He aquí la gran modernidad del pensamiento jurídico de V ., que no se limitó a concebir un sistema de Estados soberanos sometidos a las normas de un Derecho internacional de coordinación, sino que atisbó la instauración de un orden mundial al que se subordinen las soberanías estatales, y que afirmó un ius inter gentes amparador de los derechos humanos.
      b) Su teoría sobre el Derecho de la guerra. En su relección segunda De lndis sive de Jure Belli (1539), y analizando si es lícito para los cristianos el hacer la guerra, mantuvo que su declaración pertenece al Estado, pero sólo cuando tenga justa causa: "La única y sola justa causa para hacer la guerra es la injuria recibida". Ha de ser una iniuria grave y culpable, que sea el único y último medio para reprimirla, con tal que la guerra no signifique un mal mayor para la nación y el universo entero (Relección De potestate civili). En todo caso, el príncipe ha de tener en cuenta tres reglas áureas: 1) No debe buscar ocasión ni pretextos para la guerra, sino que, en cuanto pueda, debe guardar la paz con todos los hombres; 2) Una vez estallada la guerra por alguna justa causa, se debe hacer no para ruina y perdición de la nación a quien se hace, sino para la consecución de su derecho y para defensa de la patria y con el fin de lograr la paz y la seguridad; 3) Obtenida la victoria, debe usar del triunfo con moderación, considerándose como juez entre los ofendidos y los que injuriaron; para satisfacer a los primeros con el menor daño y perjuicio para los segundos.
      c) Su doctrina sobre la conquista del Nuevo Mundo. Desde la Junta de Hurgos de 1512 se venía debatiendo en España la licitud de la dominación española en América. Sobre tan magna cuestión habría de pronunciarse V ., sin intervenir directamente en la polémica lascasiana, en sus relecciones De temperantia (1537) y De lndis (1539). En esta última, tras rechazar la usucapión como título justificativo de dominio, afirma que los indios eran verdaderos dueños antes de la llegada de los españoles. Considera también títulos ilegítimos para justificar la soberanía castellana la autoridad universal del emperador, la autoridad temporal del Papa, el descubrimiento, el no recibir los indígenas el Evangelio, los pecados de los indios, la adquisición por enajenación contractual y la ordenación divina. Menciona en cambio siete títulos que justificarían la conquista española: la sociedad y comunicación natural, que comprende el derecho de peregrinación y comercio, la propagación de la religión cristiana, el impedir que los convertidos sean vueltos a la idolatría, dar un príncipe cristiano a los convertidos, evitar la tiranía y las leyes vejatorias, la elección verdadera y voluntaria y la amistad y alianza.
      Tal es el esquema, crítico y equilibrado, de la construcción vitoriana. No consideró ilegítima la acción española en América, sino que la depuró, rechazando títulos falsos de dominio, dejando sentado el principio de la libertad e igualdad jurídica de todos los pueblos, y advirtió que aun en el supuesto de que no hubiera habido deficiencias en los títulos que originariamente movieron a la ocupación, los españoles no debían abandonar las Indias: «después que se han convertido allí muchos bárbaros, ni sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar por completo la administración de aquellas Provincias» .Esta conclusión fue de gran importancia histórica. Cuando en 1542, ante las alegaciones de Las Casas y otros frailes, que no sólo condenaban ciertos abusos cometidos en el Nuevo Mundo, sino que opinaban que el rey no tenía derecho alguno a conquistar aquellos países y debía restituir el Perú al Inca, la doctrina vitoriana contribuyó a que Carlos V no abandonara la acción indiana.

L. GARCIA ARIAS.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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Martín de Azpilcueta (1492-1586)

Teólogo moralista y célebre canonista español del s. XVI; llamado el Doctor Navarro, por su origen. N. el 13 dic. 1492, en Barasoain (Navarra); pariente de S. Francisco Javier, con quien mantuvo relaciones epistolares; estudió Filosofía en Alcalá (1503-1510) y Derecho en Tolosa; fue profesor de Derecho con gran brillantez en Tolosa, Cahors, Salamanca (donde ingresa en 1524 y en donde ocupa, en 1537, la cátedra de Prima de Derecho), y Coimbra (1538-1555, donde tiene como alumno a Covarrubias). De 1555 a 1567 fue consejero de Derecho canónico en la corte de Felipe II. A. defendió a Carranza en Valladolid y en Roma, a donde se dirigió en 1567; este hecho le enemistó con el rey. En Roma, su talento, su piedad y sus virtudes le merecieron el favor de los papas Pío V, Gregorio XIII y Sixto V. Fue nombrado consultor de la Sagrada Penitenciaría, y aunque no pudo recibir la púrpura cardenalicia por oposición de Felipe II (cfr. J. Goñi Gaztambide, Por qué el Dr. Navarro no fue nombrado cardenal, «Príncipe de Viana», 111, 1942, 419-455), no dejó de ser una de las personalidades más célebres de la Ciudad Eterna, donde m. el 21 jun. 1586.
      Como canonista, A. ha dejado innumerables obras de Derecho. Es famosa De reditibus beneficiorum ecclesiasticorum (Sobre los réditos de los beneficios eclesiásticos), Roma 1568, 1574 (la 1ª. ed. española en Valladolid 1566), en la que sostiene la opinión de que es obligación de justicia para todos los beneficiados emplear los bienes superfluos en obras pías. Todas las obras canónicas fueron publicadas en edición completa en Roma (3 vol., 1590), en Lyon (1589-91), en Venecia (5 vol., 1602); pero la mejor es la de Colonia (5 vol. in-folio, 1606). El método de A., en sus clases y en sus obras de Derecho, es la unión del Derecho civil y el canónico con un fin al mismo tiempo pastoral.
      A. es conocido sobre todo por su obra de Moral, el Enchiridion si ve Manuale confessariorum et paenitentium (Enchiridion o Manual de confesores y penitentes). Apareció primero en castellano (Coimbra, 1553; Salamanca 1557), siendo después refundido en latín (Amberes, 1575). Es un libro que ha tenido más de 50 ediciones y ha sido publicado en diversas lenguas: castellano, portugués, italiano, latín. Varios autores han hecho de él síntesis escolares. Es una obra clásica, que coloca a A. entre los más eminentes casuistas y autores de pastoral penitencial. De esta Teología moral práctica, sobre todo de la Universidad de Salamanca, y de las Sumas de confesores han de nacer las Instituciones morales postridentinas, que han prevalecido hasta nuestros días en la enseñanza de la moral en los seminarios.
      La Suma de moral de A. procede con el siguiente orden: 1) alma humana; 2) confesión; 3) diez mandamientos; 4) cinco preceptos de la Iglesia; 5) siete sacramentos; 6) soberbia y pecados capitales; 7) obras de misericordia; 8) pecados de los diversos estados; 9) censuras y excomuniones. Este esquema está inspirado en la práctica penitencial. A. fue un moralista que juntó el Derecho con la moral en orden a la práctica del sacramento de la Penitencia, al estilo de S. Alfonso María de Ligorio, de Noldin o de Vermeersch. Introdujo, en cierta medida la especulación jurídica en la moral, aunque descuidó la fundamentación dogmática y filosófica de las soluciones morales prácticas. A. se preocupó también de la moral económica, si bien de un modo práctico y casuístico. Su estudio sobre cambios y usura denota en él un conocimiento grande de la vida económica de su tiempo. Fue ensanchando el campo lícito de las operaciones, a pesar de su restricción inicial.

MARCIANO VIDAL.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Alfonso de Castro (1492-1558)

Vida. Teólogo, jurisconsulto, escriturista y predicador español, n. en Zamora en 1492. A los 15 años tomó hábito de S. Francisco, en cuya Orden llegó a desempeñar cargos de gobierno. Estudió Teología y Filosofía en la recién fundada Univ. de Alcalá, de donde pasó a enseñar Teología en su convento de Salamanca, tarea a la que dedicó 30 años. Si no enseñó en la Univ. de Salamanca, ni en sus obras ostenta títulos de doctor o maestro (rigurosas normas de los franciscanos observantes), con todo, su nombre hay que colocarlo junto a Carvajal y Vitoria (v.), con quienes contribuyó al renacimiento de la Teología. Consejero de Carlos V, viaja con él a la coronación y a los Países Bajos, donde predica a los mercaderes españoles, disputa con los luteranos y prepara su obra más conocida, Adversus omnes haereses, publicada en 1534. La defensa de la fe, necesidad del momento, ocupa su vida y sus escritos más difundidos. De regreso a Salamanca brilla como predicador, denunciando fogosamente los abusos que, tanto en el clero como en el pueblo, favorecen la herejía. Como maestro, destaca por su independencia de pensamiento frente a los grandes teólogos a quienes venera y de quienes disiente, cuando lo cree oportuno, con gran libertad intelectual. Asiste al conc. de Trento (1545-47, como teólogo del card. Pacheco, de Jaén, y 1551-52, enviado por el Emperador): interviene enérgicamente en las discusiones y prepara material sobre el canon de la S. E., la inspiración, la justificación, la Misa, etc.; son aducidas por los Padres algunas de sus doctrinas escritas. En 1553 pasa al servicio de Felipe II, acompañándole en su viaje y boda en Inglaterra; es consultado en los asuntos importantes del Imperio y dicta su parecer, según lo cree justo, sea contra el rey o contra el Papa. Pasa a Amberes, donde continúa su labor de predicador apasionado con católicos y protestantes. Nombrado por Felipe II arzobispo de Santiago, en Bruselas m. el 3 feb. 1558. Una vida tan agitada deja espacio a su ágil pluma para escribir sobre todas las ciencias sagradas libros continuamente enriquecidos y salpicados de experiencia.
      Obras. Adversus omnes haereses libri 14, especie de enciclopedia de herejías (más de 400), expuestas y refutadas no por orden cronológico o sistemático, sino en cuanto se oponen a conceptos cristianos (130 voces) recogidos por orden alfabético. Se editó más de 10 veces en sólo 22 años: Francia, Alemania e Italia vieron las sucesivas ed. corregidas por el autor; Hermant en 1712 la tradujo al francés y Andrés de Olmos la puso en verso castellano. Es su obra más difundida, por la que se le llamó «azote de herejes». De fusta hereticorum punitione 1.3, Salamanca 1547, en que con principios teológicos y jurídicos define el justo medio entre la condena farisaica y la cobarde blandura con el hereje: modo de devolverlo a la fe, penas del contumaz y causas socioreligiosas de las herejías. De potestate legis poenalis, Salamanca 1550; numerosas veces reeditada, es un estudio científico de extraordinaria importancia por el que ha sido llamado por penalistas civiles «padre y fundador del Derecho Penal» (v.); la reedición de Murcia 1931 muestra la validez actual de sus conceptos: trata sistemáticamente todo lo referente a la naturaleza y fin de la pena y sus relaciones con el delito en orden al tema de las leyes penales (v.) patrias que, sostiene, obligan en conciencia y esto antes de la sentencia del juez. 25 Sermones sobre el salmo 50 y 24 sobre el salmo 31. A estas obras, recogidas en la última ed. de Madrid 1773, hay que añadir otras menos difundidas: De validitate matrimonii Henriqui VIII el Catharinae y un comentario al profeta Isaías, no publicado. Sus libros teológicos, de muy buen leer, revelan una personalidad vibrante y audaz; siempre en la ortodoXIa, no están exentos de imprecisiones señaladas por la crítica.

A. DE MIER VÉLEZ.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Bartolomé Carranza (1503-1576)

Dominico español, arzobispo de Toledo, n. en Miranda de Arga (Navarra) ca. 1503, y m. en Roma el 2 mayo 1576. Aunque la celebridad de que goza en la historia va ligada a su proceso inquisitorial, que duró 17 años, sin embargo, posee méritos para destacar como una de las grandes figuras de la historia espiritual de España en el s. XVI: teólogo notable, fervoroso dominico, autor de numerosas obras teológicas, bíblicas y espirituales, gran predicador, reformador celoso y obispo ejemplar.
      Hizo sus estudios de latinidad y Artes en Alcalá, a la sombra de su tío Sancho Carranza de Miranda. A los 16 años ingresó en la Orden de Santo Domingo, en Benalaque, completando su formación en S. Gregorio de Valladolid (1525). Encargado de un curso de Artes (1530), pasa luego a explicar Teología (1533), sucediendo al maestro Astudillo en la Regencia del Colegio. Alcanza el magisterio en Teología (Roma 1539), y prosigue en Valladolid sus cursos sobre S. Tomás y la Biblia, hasta 1545. Afecto al erasmismo (v. ERASMO), muestra gran inclinación a la Teología positiva, enderezándola a la oración y a la vida cristiana. Compartió la enseñanza con otras actividades: consultor de Inquisición, director de conciencias, predicador, obras de caridad. Rechazó la mitra de Cuzco (Perú) y asistió como teólogo imperial al conc. de Trento (v.) (1545), mereciendo el aprecio general por su ciencia teológica y su celo reformista, reflejado también en las obras que entonces publicó. Vuelto a España (1548), fue elegido Provincial de Castilla (1550); rechazó la mitra de Canarias y el cargo de confesor del príncipe. De nuevo asistió a Trento (1551); a la vuelta renunció al provincialato y se retiró a San Gregorio. Felipe II lo llevó consigo a Inglaterra, donde desplegó una extraordinaria actividad en la restauración católica inglesa, interviniendo en los asuntos más graves y gozando de la estima del rey, la reina María y el card. Pole. Llamado por Felipe II, pasó a Flandes (1557) donde trabajó activamente en el descubrimiento de la infiltración protestante en España y publicó su Catecismo (Amberes 1558). Felipe II le forzó a aceptar el arzobispado de Toledo. Consagrado por Granvela el 27 feb. 1558, vino a España, llegando a Valladolid el 14 ag. 1558. Pasó por Yuste, asistiendo a la muerte de Carlos V, y entró en Toledo el 13 oct. 1558. En seis meses desarrolló una gran actividad pastoral en la ciudad y dio alto ejemplo de vida. Cuando se hallaba en plena visita pastoral, fue preso por la Inquisición en Torrelaguna (22 ag. 1559), cerrándose con ello el ciclo público de una vida que prometía ser muy fecunda.
      El proceso. La prisión tuvo lugar mediante facultades especiales concedidas por Paulo IV al inquisidor general Valdés para proceder inclusive contra arzobispos. C. conoció previamente la persecución que se preparaba contra él, y puso todos los medios para evitar una acción que le inutilizara como pastor. Sus disposiciones y la convicción personal de su inocencia no encontraron ningún eco en el inquisidor general, D. Fernando Valdés, arzobispo de Sevilla, quien se apoyaría en las declaraciones de los protestantes de Valladolid y en las censuras de Melchor Cano (v.) y Domingo de Soto (v.) sobre el Catecismo de C., la primera de ellas de tono muy duro y severo. Iniciado el proceso, el arzobispo de Toledo recusó a Valdés como juez notoriamente parcial. Un tribunal de árbitros estimó justa su recusación (23 feb. 1560), y hubo de asumir la responsabilidad el arzobispo de Santiago.
      D. Gaspar Zúñiga de Avellaneda. A las declaraciones de unos 100 testigos se sumaron las censuras hechas sobre todos los escritos recogidos de C. En años sucesivos, el fiscal llegó a presentar 16 veces sus cargos, acumulando millares de proposiciones censuradas. Entre sus abogados defensores descuella Martín de Azpilcueta (v.), conocido como el Doctor Navarro, quien más tarde pasó con C. a Roma, donde murió (1586). En junio de 1562 C. presentaba su defensa con el interrogatorio de abonos, indirectas y tachas, para cuya verificación invoca el testimonio de numerosos testigos, que no defraudaron sus esperanzas, ya que hicieron los mayores elogios del arzobispo. Ausente C. de la tercera fase del conc. de Trento, la comisión del índice aprobó su Catecismo (1562) y un grupo de Padres conciliares suplicó a Pío IV interviniera personalmente en la causa. Fracasada la legación del card. Buoncompagni a España, Pío V ordenó el paso a Roma del proceso, llegando C. a dicha ciudad en mayo de 1567. Se inició la fase definitiva del proceso.
      El criterio de los jueces romanos se reveló diverso y condujo la causa hacia la absolución, encontrándose esa sentencia con la resistencia del rey y de la Inquisición. A la muerte de Pío V, se inició un nuevo ataque de envergadura contra la ortodoxia de C., presentando contra él no menos de 1.567 nuevas proposiciones, tachadas la mayoría de luteranas. Gregorio XIII sentenció la causa el 14 abr. 1576, declarando al arzobispo vehementer suspectus de haeresi. Se le obligó a una abjuración, pero no se le desposeyó del arzobispado de Toledo. Pocos días después moría pacíficamente C. en Roma. El mismo Gregorio XIII dispuso el epitafio para su tumba: «D. O. M. Bartholomaeo Carranza... viro genere, mira contione atque elemosynis claro... animo in prosperis modesto et in adversis aequo...»
      En su causa inmensa (los documentos superan las 40.000 páginas) se entremezclan las más severas acusaciones con los más sorprendentes elogios. Mientras unos descubren luteranismo por doquier, hasta en sus escritos de juventud o en apuntes de Santos Padres considerados como obra suya, otros elogian su gran virtud, su sencillez y humildad, su austeridad y limosnas, su piedad y celo pastoral, y hasta su inquina contra el protestantismo. C. fue un hombre de temperamento espiritual, de marcado cristocentrismo y de honda inspiración paulina. Se expresa en un lenguaje vital, lo que le conduce a formulaciones que ofrecen flanco a la crítica. Sólo una visión integral de su obra entera (doctrina y vida, toda la doctrina y toda la vida) permite descubrir la dimensión auténtica (le su personalidad.
      Sus principales obras son: Summa Conciliorum y Quattuor Controversiae (Venecia 1546); De necessaria residentia episcoporum (Venecia 1547); Catechismo Christianno (Amberes 1558). Preparó la edición de sus obras, en su mayoría inéditas.

J. I. TELLECHEA IDíGORAS.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Servet, Miguel (1511-1553)
El suplicio de Servet, ya lo dijo Voltaire, es mil veces más censurable que todas las hogueras de la Inquisición española, porque éstas no abrasaron a un solo sabio. (Men. y Pelayo)

Ni en la vida ni en la muerte tuvo fortuna Miguel Servet. En su breve y agitado paso por el mundo fue perseguido por la intolerancia que, a costa de la Reforma religiosa, ensangrentó Europa. A su muerte, tampoco gozó de la consideración que suele guardarse a los sabios, porque no había muerto en la hoguera católica, sino en la protestante, y tampoco su país dejó de tenerlo por lo que era, un heterodoxo al que resultaba difícil no llamar hereje.

Hoy, ni católicos ni protestantes gustan de recordar a quienes quemaron, pero tampoco los ateos guardan mucha consideración por quienes dedicaron lo mejor de su tiempo a la teología. Es un personaje incómodo, un marginal hasta del margen mismo. Tan sólo quiso ser un hombre libre y en semejante empeño gastó y perdió su vida. A comienzos de este siglo, unos devotos de su memoria quisieron erigirle un monumento en la muy civilizada ciudad de Ginebra. No lo consintieron las autoridades, que mantienen en un airoso pedestal la estatua de su verdugo Calvino. El monumento tuvo que levantarse en las afueras del lugar de su ejecución. Como si un destino trágico siquiera persiguiendo, cuatro siglos después de la muerte física, la simple pervivencia de su memoria.

Nació Servet en una familia de la pequeña nobleza aragonesa, que usaba los apellidos Servet, Serveto y también Revés. El primero lo utilizó nuestro personaje en lengua romance, el segundo en latín y el tercero como alias (hoy es más común en Huesca el apellido Serbeto y en Lleida el de Cerveto). Su padre era infanzón y ejercía como notario en Villanueva de Sigena. En esta villa de Huesca vino al mundo Miguel un día de 1511. A los 13 años dejó su pueblo natal. A los 15, tras pasar por Lleida, fue enviado por su padre a Barcelona y para entonces sabía ya latín, griego y hebreo. Allí conoció a una importante personalidad política y religiosa de Aragón, fray José de Quintana, un erasmista que lo acogió con simpatía y lo incorporó a su servicio. A los 17 años partió para Toulouse, ciudad entonces de gran prestigio académico. A los 18, viajó a Roma como paje de Quintana para asistir a la coronación de Carlos V por Clemente VII. La carrera de Quintana, que llegó a confesor del Emperador y luego a abad favorecía extraordinariamente el porvenir de su pupilo, pero Servet sólo abrigaba inquietudes intelectuales.

Una malformación inguinal le privó de las expansiones carnales que, a despecho de hábitos y prédicas, cultivaban los estudiantes. Nunca pareció echar en falta estas aptitudes hasta que, en uno de los pocos momentos tranquilos de su vida, le buscaron esposa, pero él prefirió renunciar a la boda por no poder asegurarle sucesión. Fue uno de sus muchos gestos de nobleza.

En Francia y en Italia conoció de primera mano el ambiente intelectual que alentaba la Reforma protestante y que en España -y en Servet- tuvo un desarrollo muy particular. Baste recordar que Erasmo fue invitado a residir y enseñar en nuestro país por Cisneros cuando todavía vivían los Reyes Católicos y que éstos se adelantaron en la reforma de las órdenes religiosas corrompidas, privando de base social al movimiento luterano. Sin embargo, la época de Servet, que coincide con el reinado de Carlos I de España, vivió como cosa natural las disputas teológicas y en un temperamento tan independiente y obstinado como el del joven aragonés, este fermento de libertad germinó de forma perdurable. La libertad se acompasaba con su carácter, independiente y arisco, pero la época se compadecía poco con el pensamiento libre. A los 19 años, Servet ya fue denunciado por Ecolampadio como hereje, lo cual, incluso en aquellos tiempos de celo teológico, constituye un alarde de precocidad. Pero lo que mejor retrata a Servet es que en aquel entonces vivía precisamente en casa de Ecolampadio, en Basilea, uno de los principales núcleos protestantes. No dudó en discutir con su patrón a cuenta de la divinidad de Jesucrito y del dogma de la Trinidad, que no convencía al ilustrado y litigante pupilo. Ahí empezó su mala fama entre los protestantes. De Basilea pasó a Estrasburgo, donde mandaba Bucero y reinaba la tolerancia. No para Servet, que discutió con Bucero y obtuvo el dudoso honor de ser considerado por éste merecedor de que «le arrancasen las entrañas y lo descuartizasen». La charcutería a sus expensas no arrendró a Servet, que eses mismo año de 1531 dio a la imprenta su De Trinitatis Erroribus negando la divinidad de Cristo al mismo nivel que el padre. Decía también en ese su primer libro que «no deben imponerse como verdades conceptos sobre los que existen dudas», pero esto, por bien fundado que estuviera en sus conocimientos de hebreo, no era muy compatible ni con la fe revelada ni con la Iglesia que la custodiaba. Serbvet, sin embargo, defendía sus ideas sin importarle las consecuencias. Mandó su obra a amigos y enemigos y la cosecha de denuestos fue muy similar. A Erasmo no le gustó. Melanchton lo denunció a las autoridades de Venecia, por si aparecía por allí. Su protector, Quintana, la consideró «pestilente». El nuncio del Papa escribió a España para que la Inquisición prohibiera la obra y quemara en efigie a Servet. La Inquisición, obediente, comenzó a perseguirlo en mayor de 1532, Nunca más pudo volver a su tierra, a pesar de que en la primera edición de su libro, bajo su retrato, escribiera orgullosamente así su nombre: Michaelem Servetus, Hispaniarum de Aragonia. Desde entonces, aquel español de Aragón tuvo bastante con salvar su vida.

Lo hizo, primero, apelando a la bondad de sus antagonistas. A Ecolampadio le escribió: «Si debe condenarse a todo el que yerre en algo particular, habría que quemar a todos los mortales un millar de veces». Y defendía su derecho a pensar y escribir libremente: «si he tomado la palabra, por la razón que fuere, ha si do para proclamar que me parece grave matar a los hombres bajo pretexto de que se equivocan en la interpretación de un punto, ya que conocemos que ni siquiera los elegidos están exentos de caer en el error». Y Ecolampadio, pese a todo, consiguió que fuera admitido en Basilea. Pero ya en 1532 estaba en tierra alemana, donde rechazó el ofrecimiento de su hermano Juan para volver a España, barruntando que se trataba de una trampa de la Inquisición, como así era. Tras huir de Alemania, según en él era ya costumbre, llegó a París, donde conoció a Juan Calvino, su antagonista, su opuesto, su perseguidor y, finalmente, su verdugo. Servet no supo ver en Calvino la faz del odio. Discutió con él como con todo el mundo. Y tras su enésima huida, de París a Lyon, lo olvidó.

En Lyon entró a trabajar en una imprenta y se hizo amigo del médico Champier. Además de una edición anotada de la Biblia, Servet trabajó textos médicos y pronto su talento le hizo docto en aquella para entonces misteriosa ciencia. Trocó el recuerdo de su pueblo natal, y se hizo francés, para sobrevivir, en 1548. Pasó en el anonimato de Charlieu sus únicos años de paz. Su último refugio fue el servicio médico del arzobispo de Viena del Delfinado, donde volvió a la teología escribiendo su obra más importante: Restitución del Cristianismo. En ella, y como simple digresión, Servet expone, basándose en su propia experiencia como médico e investigador, una doctrina sobre la circulación de la sangre tan original como exacta. Sólo por ella, su nombre merece ya el reconocimiento universal.

Pero la teología, la gran pasión de Servet, se le daba peor que la medicina. Es descubierta su identidad, y debe huir disfrazado de la Inquisición francesa, que lo quema en efigie mientras lo busca. Decide huir a Italia pero, incomprensiblemente pasa por Ginebra, donde es descubierto mientras escuchaba un sermón de Calvino. El teócrata, dueño de la ciudad, no se atreve a discutir abiertamente con Servet, pero, a través de hombres suyos, lo hace prisionero. Después lo descubre a los inquisidores de Viena del delfinado. Y cuando Servet le pide de rodillas que no lo entregue, accede, pero sólo para acabar condenándolo él mismo a lahoguera.

En el juicio, Servet se da cuenta de la perfidia de Calvino y lo insulta, pero luego le pide noblemente disculpas. De nada le sirve. Se le niega incluso la posibilidad de un abogado y, pese a que en Ginebra nada había hecho, tras una horrorosa estancia en la cárcel, se le condena a morir quemado con leña verde, para que su suplicio dure más. Tiene lugar el martirio el 27 de octubre de 1553, el mismo año de la publicación de la Christianismi Restitutio, que le dará universal fama póstuma. Calvino defiende, tras ser enterrado Servet, el derecho a asesinarlo. Señal de que en cierta opinión había calado hondo el crimen de Ginebra. Quizá porque compartía el lema que Servet o Serveto, alias Revés, había puesto en su edición de la Biblia de Pagnino: Libertatem meam mecum porto. En el grabado, un hombre con barbas, como Servet, lleva a cuestas dos maderos con esas palabras. Son su testamento. Cada cual lleva consigo su propia libertad.

Federico Jiménez Losantos
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Covarrubias y Leyva, Diego de (1512-1577)
Jurisconsulto castellano. N. en Toledo en 1512; tras aprender el latín con Almofara y el griego con Clenardo, marchó en 1527 a Salamanca, donde entre otros maestros, tuvo a Martín de Azpilcueta. En 1538 obtuvo una plaza en el colegio del Salvador de Oviedo y el título de bachiller en cánones; al año siguiente, el de doctor; en 1540, una cátedra que desempeñó durante ocho años. De 1548 a 1559 ejerció el cargo de oidor en Granada. En 1560 visitó y reformó la Univ. de Salamanca. En el mismo año, como obispo de Ciudad Rodrigo, asistió alconc. de Trento (v. TRENTO, CONCILIO DE) con activa participación en la sección XX, de organización y disciplina. En 1571 fue nombrado presidente del Consejo de Castilla, siendo sucesor del card. Espinosa, y se acreditó como hombre de gobierno. M. en 1577.
      Su producción jurídica está ligada a su carrera académica. Comprende un tratado de esponsales y matrimonio que terminó en 1545; otro de testamentos y sucesión intestada, de 1547. De las relecciones universitarias procede una serie de escritos sobre juramento, excomunión, prescripción adquisitiva, restitución y homicidio. Su dictamen sobre la moneda sintetiza el tratamiento numismático, político, jurídico y moral. En 1552 compiló un volumen de sus Varias Resoluciones, y en 1556, otro de Cuestiones Prácticas. Canonista y civilista insigne, hasta merecer el apelativo de Bártolo español (v. BARTOLO DE SASSOFERRATO), fue el prototipo de jurista del rey, bajo Felipe 11. Sus obras completas, reunidas en 1558 y reimpresas muchas veces hasta 1762, gozaron de una amplia vigencia. Alguna colaboración recibió de su hermano Antonio (15141602), también jurisconsulto y teólogo, y destacado helenista, que le acompañó a Trento y en el Consejo de Castilla; su ayuda fue especialmente notable al preparar una edición de la Lex Visigothorum, contemporánea a la de Pithou (1579).
     

RAFAEL GIBERT.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


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Domingo Báñez (1528-1604)

Dominico español, una de las figuras más precIaras de la Teología del s. XVI, también cultivó la Filosofía y el Derecho.

1. Datos biográficos. Aunque se le creyó nacido en Mondragón (él mismo se intitula Mondragonensis en algunas portadas de sus obras) o en Medina del Campo (así decía el acta de profesión religiosa y la del doctorado por la Univ. de Sigüenza), documentos fehacientes prueban que n. en Valladolid, el 29 feb. 1528. Estudió Artes en Salamanca, en cuyo convento dominicano profesó el 3 mayo 1547. Allí conoció a los grandes teólogos Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, teniendo por Maestros a Diego de Chaves, Melchor Cano, Pedro de Sotomayor, Domingo Cuevas, Barrón, etc., y por condiscípulo a B. de Medina. A petición de Domingo de Soto comenzó a enseñar Artes y Teología en el Convento de S. Esteban, en 1552, profesorado que duró nueve años. En el curso 1561-62 figura como catedrático de Teología en la Univ. de Avila, donde enseñó hasta terminar el curso 1566-67. Pasó a Alcalá, mas no parece que fuese catedrático de la Univ. Complutense, sino del Colegio dominicano, y quizá sustituyese alguna vez en la Universidad a Pedro Portocarrero, O. P. En mayo 1569 figura como regente de Sto. Tomás de Avila. Vuelve a Salamanca en 1570, y en 1573 va a regentar S. Gregorio de Valladolid, hasta 1577. Regresa a Salamanca para opositar a la cátedra de Durando, que obtiene en abril de 1577. Cuatro años desempeñó esa cátedra, pues en 1581 oposita a la de Prima, vacante por muerte de Medina, ganándosela al agustino Juan de Guevara. En 1601 obtuvo la jubilación, aunque no llevaba al frente de su cátedra los veinte años requeridos para ello, mas su precaria salud no le permitía seguir enseñando. Se retiró a Medina del Campo, muriendo santamente en el Convento de S. Andrés de dicha villa el 22 oct. 1604.

Además de su dedicación a la enseñanza, por encargo de la Universidad trabajó en la reforma gregoriana del Calendario; fue vicerrector; intervino en la revisión del índice de libros prohibidos. También fue hombre de confianza de Felipe II, ante quien solventó graves problemas de la Universidad y que le encomendó serios negocios.

2. Obras de Báñez: Scholastica commentaria in Primam Partem Angelici doctoris D. Thomae (qq. 1-64), Salamanca 1584, última ed. de L. Urbano, Valencia 1934; Scholastica commentaria super caeteras primae partis quaestiones, Salamanca 1588, cuatro ed. más en Venecia 1588, 1591, 1602 (Zenario) y 1602 (Bertano), y Duaci 1614; Scholastica commentaria in IIam. IIae. quibus quae ad fidem, spem et charitatem spectant, clarissime explicantur usque ad XLVI quaestionem, Salamanca 1584 y 1586, Roma 1586, Venecia 1586 y 1602, Lyon 1588, Douai 1615; Scholastica commentaria in Ilam. IIae. a quaestione LVII ad LXVIII de jure et justitia decisiones, Salamanca 1584, Venecia 1595, Douai 1615, Colonia 1615; Relectio de merito et augmento charitatis, Salamanca 1590 y 1627; Instituciones minoris Dialecticae, Salamanca 1599, Colonia 1618, Bolonia 1631; Commentaria in libros de generatione et corruptione, Salamanca 1585, Venecia 1587 y 1596, Colonia 1616; Apologia fratrum praedicatorum in provincia Bispaniae sacrae theologiae professorum, adversus novas quasdam assertiones cujusdam doctoris Ludovici Molina nuncupati, Madrid 1595, ed. V. Beltrán de Heredia, O. P., en Domingo Báñez y las controversias sobre la gracia (Textos y Documentos), Madrid 1968, p. 115-380 (recoge el libro otros muchos documentos bañecianos); Libellus supplex Clementi VIII oblatus, quo totius apologiae summa paucis exponitur, 28 OCt. 1955, ed. Teodoro Eleuterio, en Bistoria controversiarum de divinae gratiae auxiliis, 1715, t. I; Responsio ad quinque quaestiones de efficacia divinae gratiae, a. 1599, en V. B. de Heredia, o. c., p. 638- 642; Respuesta contra una relación compuesta por los Padres de la Compañía de Jesús de Valladolid, Medina del Campo 1602 (Biblioteca Angélica, Ms. R. 1.9, fol. 272); De efficacia praevenientis auxilii gratiae, an sit intrinsece et a se vel a libero hominis arbitrio (Disputatio inter Patres Societatis Jesus et magistrum Báñez, ca. 1599-1600), ed. B. de Heredia, o. c., p. 613-638; Comentarios inéditos a la Prima Secundae de Santo Tomás, ed. V. B. de Heredia, t. l, De fine ultimo, de actibus humanis, Madrid 1942, Salamanca 1944; t. 11, De vitiis et peccatis, Salamanca 1944; t. III. De gratia Dei et de vera et legitima concordia liberi arbitrii cum auxiliis gratiae, Madrid 1948; Comentarios inéditos a la tercera parte de Santo Tomás, ed. V. B. de Heredia, 2 vol., Salamanca 1951 y 1953.

3. Las disputas sobre la gracia. En las disputas que se suscitaron en el s. XVI en torno a la gracia tomó parte muy activa B. El problema estriba en concordar la acción de la gracia con la libertad humana. S. Agustín y Sto. Tomás afirmaban que toda acción buena tiene como causa eficiente a Dios, quien mueve al hombre a realizarla, y éste, secundando esa moción, coopera a la acción con causalidad subordinada a la de Dios. El hombre es libre, porque libremente acepta secundar a Dios, y si la moción divina es eficaz, puede rechazarla, aunque de hecho no lo hará. Esto es, en síntesis, lo mantenido por la teología tradicional de las escuelas. Por reacción contra la doctrina luterano-calvinista que negaba toda acción libre del hombre, los nuevos teólogos del XVI intentan salir por los fueros de la libertad en el acto de fe y en la justificación, y afirman que tanto Dios como el hombre concurren, como causas eficientes coordenadas; dependiendo de la libertad humana el que la moción divina consiga o no el efecto intentado. La predestinación, según esta explicación, se realiza en previsión de los méritos. Fueron precursores de estas nuevas doctrinas J. Sadoleto (1534), A. Pighio y A. Catarino (1541, v.). En España las defendió el P. Deza S. J. en Alcalá y M. Marcos S. J. en Salamanca.

En 1582 chocaron violentamente las dos tendencias. El 20 de enero de ese año tuvo lugar un acto académico en la Univ. salmantina, presidido por el mercedario F. Zumel. El jesuita Prudencio de Montemayor defendió la tesis: si Cristo recibió del Padre el precepto de morir no murió libremente y, por tanto, no hubo mérito en ello. Zumel le arguyó diciendo que esa doctrina no podía defenderse, «porque, aunque sea en el sentido compuesto, e instante el precepto que tenía del Padre de morir por los hombres, era libre y libremente moría» (F. Blanco García, Segundo proceso instruido por la Inquisición de Valladolid contra Fr. Luis de León, «La Ciudad de Dios» 41, 1896, 187-188). Ante la objeción, Montemayor hizo concesiones de sabor pelagiano. En la disputa intervinieron fr. Luis de León en favor de Montemayor, y B. secundando a Zumel. Luis de León tildó de luterana la doctrina de B. Los ánimos se volvieron a excitar el 27 de enero, agravándose la división de pareceres, «pues comenzando a tocarse en un argumento si conferente Veo aequalia auxilia sufficientia duobus hominibus, absque novo superaddito, poterit alter illorum converti, alter renuere (si dando Dios iguales auxilios suficientes a dos hombres, sin añadir más, podría el uno convertirse, y el otro rechazarlos), respondió el sustentante que sí» (ib.).B. se opuso tenazmente a esta afirmación aduciendo la autoridad de S. Agustín y de Sto. Tomás, la del conc. II de Orange, pasajes de la Escritura y razones teológicas. El asunto pasó al Santo Oficio por denuncia del jerónimo Juan de Santa Cruz, que extractó en 16 proposiciones las doctrinas de Montemayor y de Luis de León, a quienes se les prohibió enseñarlas.

Contra la doctrina tradicional sobre la eficacia de la gracia ab intrinseco, el jesuita Molina en su famosa obra Concordia defiende la eficacia de la gracia ab extrinseco, pues de la libertad del hombre depende el que la gracia suficiente llegue o no a ser eficaz de hecho. La acción de Dios queda, por eso, determinada, subordinada y como en suspenso, por el libre albedrío. Se salva éste, pero se atenta contra los atributos divinos. «Según esa doctrina, decía B., la providencia del hombre y su elección va un paso adelante de la divina cooperación». Para atenuar esos inconvenientes Suárez y S. Roberto Belarmino propondrán el congruismo.

Mientras los consultores del Santo Oficio se ocupaban en dictaminar sobre el contenido de la Concordia, los jesuitas de Valladolid, por iniciativa de A. de Padilla, organizaron un acto público del 5 mar. 1594, defendiendo las tesis molinistas. Arguyeron eficazmente los dominicos Muño, Yanguas y Alvarez. Además pasaron a la ofensiva organizando un acto en el que defendieron las tesis tomistas el 17 de mayo. Los jesuitas denunciaron al Santo Oficio a los PP. Zumel y B., como luteranos, mas obtuvieron sentencia absolutoria. Los dominicos pensaron en la redacción de un memorándum, en el que se refutasen cumplidamente las nuevas doctrinas y se defendiese lo tradicional. Se encomendó a B. la realización del proyecto; es lo que constituye la Apología (cfr. supra, Obras). En 1597 B. compuso el Libellus supplex en el que se pedía a Clemente VIII desligase a los dominicos de la ley del silencio impuesta por el Nuncio a las partes litigantes; el Papa accedió a ello. B. no interviene directamente en las Congregaciones de auxiliis habidas en Roma de 1598 a 1607.

4. Teología de Báñez. No se puede afirmar que B. tenga una teología propia; él no innova nada, sino que expone de manera personal la doctrina comúnmente aceptada hasta entonces. Lo que se ha dado en llamar bañecianismo no es más, como decía N. del Prado, que pura comedia bañeciana (De gratiae et libero arbitrio, Friburgo 1907, p. 497 ss.). Es verdad que, para aclarar y precisar la doctrina emplea términos nuevos: «premoción física», «concurso físico», «gracia eficaz físicamente determinante», etcétera. Mas al decir «premoción», «predeterminación» indica simplemente la prioridad de la acción de Dios y de la gracia, y la independencia de la ciencia y providencia divinas. El adjetivo y adverbio «físico», «físicamente» los contrapone a «moral», «moralmente». Premoción física significa, en B., anterioridad de la causalidad divina, a la que concurre subordinadamente la libertad creada, contra el concurso simultáneo de causalidades coordenadas del molinismo. Así lo entendía el card. Madruzzi, presidente de las Congregaciones de auxiliis. (Serry, Historia Congreg. de Auxiliis, Venecia 1740, App. col. 89). Notemos que, posteriormente a B., otros autores tomistas, guardando los principios básicos, han dado otras explicaciones sobre esas cuestiones.

Al lector libre de prejuicios, B. se le presenta como uno de los genios más preclaros que ha conocido la historia de la Teología. Brillan en él la claridad y la profundidad, el decir sencillo y la metafísica más honda, el discurrir lógico, la fuerza persuasiva del silogismo y la erudición nada común. Su genio metafísico y teológico supera ciertamente el de sus maestros. Diego de Chaves al censurar los Comentarios de B. escribía: «D. Thomas Angelicus Doctor, mihi videtur dignum se nactus interpretem. Maximus Doctor Maximum quoque commentatorem est nactus» (Me parece que al Angélico doctor Tomás de Aquino le ha nacido un intérprete digno de él. Un doctor máximo ha conseguido también un máximo comentador).

5. Báñez y S. Teresa de Jesús.Uno de los capítulos más interesantes de la vida de B. es el de sus relaciones con la reformadora del Carmelo. Llegó B. a Avila cuan- do se discutía la obra de S. Teresa (1561-62), tomando inmediatamente la defensa de la Santa y de su reforma. A él se debe, en parte, el que fuese adelante. Desde entonces fue su confesor y director espiritual, personalmente o por carta. La influencia de B., como afirma la Santa en sus escritos, fue extraordinaria; frecuentemente recuerda a su Maestro en sus obras. La correspondencia fue abundante, aunque, por desgracia, sólo se conservan cuatro cartas de la Santa a B. y una de éste a aquélla. El director correspondió a esas muestras de afecto y confianza, defendiendo siempre la reforma y dirigiendo su alma con la sabiduría y tino que sólo un teólogo de su talla podía hacer.

C. GARCÍA EXTREMEÑO
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Suárez, Francisco (1548-1617)
Teólogo y filósofo, nacido en Granada. Estudió en Salamanca, e ingresó en la Compañía de Jesús en 1564. En un principio, fue rechazado por considerársele poco inteligente.
Enseñó Filosofía de 1572 a 1574 en los Colegios de Salamanca y Segovia. Hasta 1597 fue profesor de los Colegios de Avila, Valladolid, Colegio Romano en Roma, Alcalá y Salamanca. Desde 1597 hasta 1615 ocupó la cátedra de Prima en la Universidad de Coimbra.
Entre sus obras de Filosofía y Teología destacan los dos grandes volúmenes de Disputationes metaphysicae, impresos en 1597; la gran obra jurídica De legibus ac Deo Legislatore, De Deo uno et Trino. Contra el rey Jacobo I de Inglaterra escribió Defensio fidei adversus Anglicanae sectae errores. También el tratado De Anima.
Suárez es el más destacado representante de la escolástica en el siglo XVI, el único gran filósofo escolástico después de Ockam. Su labor más importante es la sistematización de la metafísica y su filosofía jurídica y política.
Aunque se mantuvo en general dentro del tomismo, sin embargo no se vió limitado por este sistema, sino que adoptó posturas independientes y aun en contra cuando su investigación y penamiento así lo requerían. Profundizó con una claridad y un rigor extraordinarios. No fue sólo un comentarista, sino un filósofo y un teólogo auténtico, original, que influyó activamente en el desarrollo de importantes aspectos de la Filosofía y Teología. Durante los siglos XVI y XVII sus obras eran estudiadas y analizadas en las más importantes universidades europeas. No cabe duda que Descartes y Grocio fueron influidos por Suárez, como lo fue la metafísica de Leibniz. Lo mismo puede afirmarse de los idealistas alemanes.
En el ambiente del pensamiento político, Suárez analizó, entre otros, el tema importantísimo del origen del poder. En este sentido es contrario a la teoría del origen divino de los reyes que con tanto ardor se defendió en los países protestantes. El poder real no viene inmediatamente de Dios, sino, como afirmaron muchos otros juristas españoles de la época, el poder real tiene que fundamentarse en el consentimiento del pueblo. Es el pueblo quien tiene el poder, la soberanía, derivada directamente de Dios. Por eso el pueblo puede retirar legítimamente su consentimiento a los soberanos indignos de ejercer el poder que él ha depositado en sus manos. Es esta teoría un claro desarrollo de la soberanía popular que más tarde se desarrollaría y adquiriría nuevas fundamentaciones religiosas y laicas.
Las obras completas de Suárez alcanzan 26 volúmenes, y con toda justicia se le conoce como el Doctor Eximio.
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Luis de Molina (1535-1600)
"El Molinismo es uno de los mayores esfuerzos que el pensamiento católico ha hecho para explicarse a sí mismo; es, al mismo tiempo, un esfuerzo metafísico enorme". (Alberto Bonet)

Nace en Cuenca, de familia noble. A los 18 años entra en la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares. Estudia Filosofía y Teología en Coimbra y es profesor en la Universidad de Evora. Muere en Madrid, el 12 de octubre de 1600.

En su libro "De Justitia et jure" (Cuenca, 1593)  Molina desarrolla una teoría general del Derecho prestando especial atención a los problemas jurídico-económicos de su tiempo, tales como la política monetaria, "la ley de cambio", la regulación de los precios, las relaciones iglesia-estado, problemas fiscales y libertad de mercado.

Sus opiniones sobre la esclavitud son interesantes. Molina considera que la esclavitud es justificable en ciertas circunstancias. Por ejemplo, los condenados a muerte pueden solicitar la conmutación de la pena por la esclavitud perpetua; los enemigos conquistados en una guerra justa pueden ser sometidos a esclavitud como compensación a las pérdidas  de los vencedores; los adultos conscientes y libres pueden decidir venderse a sí mismos como esclavos.  En cambio, su análisis del comercio de esclavos africanos, que pudo conocer directamente en el puerto de Lisboa, le lleva a la conclusión de que el tráfico de esclavos tal como estaba siendo llevado por los portugueses, era injusto y malvado y aquellos que se dedicaran a dicho negocio, vendedores y compradores, estaban posiblemente destinados a la condenación eterna.

(http://www.eumed.net/cursecon/economistas/molina.htm)

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Melchor Cano
"La gloria de haber creado la Lógica de la Teología corresponde indiscutiblemente a Melchor Cano. Antes de que él escribiera, y desde el siglo XIII, por lo menos, la Teología estaba totalmente organizada y poseía carácter plenamente científico. Pero hasta que apareció el tratado 'De locis theologicis', no había existido nadie que intentara siquiera hacer una crítica científica del valor de las fuentes del conocimiento teológico". (Marcial Solana) "La obra 'De Locis' bastaría para inmortalizar la memoria de un hombre". (Javier Lamprillas) "Esta famosa obra presenta una verdadera metodología de la ciencia divina y un modelo acabado de Teología fundamental, en el que alcanzan su mejor realización los anhelos de Vitoria por armonizar del mejor modo posible el Humanismo y la Escolástica". (Martin Grabbmann) "España jamás trocará al solo escolástico Cano, no ya por todos los iluminados e irrefragables de la edad pasada, pero ni tal vez por ninguno de estos poderados prefabricadores de mundos de la presente". (Juan Pablo Forner)

 

Teólogo dominico español del s. XVI y obispo de Canarias, famoso por su intervención en el conc.de Trento y por ser uno de los iniciadores de la Teología fundamental. N. en Pastrana (Guadalajara) el 6 en. 1509 y m. en Toledo el 30 sept. 1566.
      Primeros años. La infancia de C. transcurrió en la villa de Pastrana, que por aquellos años atravesaba momentos de esplendor desde que la familia de los Mendoza la convirtiera en centro de sus actividades. Allí acudió desde Tarancón (Cuenca) el licenciado Herrando Cano y allí casó con Luisa López, que le dio dos hijos, Melchor y Luis. Habiendo quedado viudo contrajo nuevo matrimonio con María del Valle Delgado, de la que tuvo otro hijo, Francisco, que murió poco después. Muertos también su esposa y su hijo Luis y habiendo entrado en los dominicos Melchor, el hijo mayor, D. Hernando entró en los franciscanos, distinguiéndose por su piedad, prudencia y ciencia. Estas motivaron que en 1539 fuese nombrado confesor de las hijas de Carlos V, María y Juana. Cuando la primera casó con Maximiliano II lo llevó consigo a Alemania; Hernando m. en Viena en 1553.
      En 1523, después de recibir la primera enseñanza en Pastrana, Melchor C. entró en los dominicos de Salamanca, donde tuvo como profesores a Diego de Astudillo y Francisco de Vitoria, por quien siempre conservó gran admiración. Ordenado presbítero en 1531 fue trasladado a S. Gregorio de Valladolid donde volvió a coincidir con Astudillo y donde, en 1533, comenzó a enseñar; tuvo por compañeros a Fray Luis de Granada y Bartolomé de Carranza. Con este último inició entonces una rivalidad que más tarde se convirtió en enemistad honda y duradera. En 1536 y 1542 respectivamente, obtuvo en Roma los grados de bachiller y Maestro en Teología por la Univ. de Bolonia. Para entonces se había acreditado C. como hombre de singular energía, vehemencia de carácter, fuerte voluntad en el obrar, que no siempre acompañó de un espíritu moderado y que le ocasionaron contiendas y disgustos.
      Catedrático de Alcalá. El 19 mar. 1543, por cese de Pedro de Castro, fue provista la cátedra de Prima de Teología de la Univ. de Alcalá en favor de C. Un día después, con una lección magistral, tomó posesión de la misma. Aunque se conservan pocos datos del paso de C. por Alcalá, se sabe que comentó el libro IV de las Sentencias de Pedro Lombardo y la 2-2 de la Sum.Th.de S.Tomás. Por aquel entonces la Univ. de Alcalá alcanzaba la cumbre de su esplendor, equiparándose a la de Salamanca, por obra de alguno de sus más ilustres profesores entre los que cabe destacar, además de C., a Juan de Medina, Alvar Gómez, Dionisio Vázquez, Mancio de Corpus Christi, Domingo de Soto y otros.
      Cuando C. llegó a Alcalá se había impuesto el tomismo, pero aún persistían las tendencias nominalistas que habían presidido poco antes el desarrollo filosófico de las aulas complutenses. C. «no está del todo exento de ciertas tendencias nominalistas en algún aspecto de su doctrina; y no parecería des acertada la explicación de quien atribuyese esa orientación a su permanencia en la Univ. de Alcalá» (J. Sanz, o. c. 179). También en Alcalá, donde la Inquisición había procesado a S. Ignacio de Loyola, comenzó la aversión de C. hacia la naciente Compañía, aversión que más tarde desembocaría en declarada oposición.
      Catedrático de Salamanca. El 12 ag. 1546 muere en Salamanca Francisco de Vitoria, a la sazón titular en aquella Universidad de la cátedra de Prima de Teología. Para cubrir su vacante se convocó oposición, a la que se presentó Juan Gil de Nava, titular de la misma disciplina en la cátedra de Vísperas. Los dominicos, que venían regentando ininterrumpidamente dicha cátedra desde que la ocupara el maestro Deza (y que siguieron en ella hasta el Maestro Herrera, en tiempos de Felipe III), designaron como candidato a C., por el enorme prestigio que ya entonces había alcanzado. Ganada la cátedra el 23 oct. 1546, C. se incorporó oficialmente como Maestro a la Univ. Salmantina el 18 dic. 1546.
     
      En el curso 1546-47 comentó C. el IV libro de las Sentencias y la Tertia pars de la Sum.Th, comenzando por la q60, y compuso la Relectio de sacramentis in genere. En 1547-48 continuó el comentario de las Sentencias (IV) y compuso la Relectio de poenitentiae sacramento. En años sucesivos comentó la Sum. Th: 1 ql-39 (1548-49); 1 q50-64 (1549-50); 1-2 q53-56 y q71-74 (1550-51). Aparte de esta actividad docente sostuvo C. en estos años una abundantísima correspondencia con lo más destacado de la intelectualidad española; una muestra la constituye la controversia epistolar con Juan Ginés de Sepúlveda en torno a las causas de la guerra justa.
      Melchor Cano en Trento. Si ya entonces C. era uno de los teólogos de más prestigio, éste alcanzaría mayor altura con su designación por Carlos V, orden de 30 dic. 1550, para formar parte de los teólogos que debían asistir en representación suya a la segunda convocatoria del conc. de Trento (1551-52). En esta designación influyó sin duda el padre de C., confesor de la familia real; se conservan dos cartas del mismo a Felipe II, entonces príncipe regente, recomendándole el envío de su hijo a Trento. Aparte de C. asistían, enviados por Carlos V: Bartolomé de Carranza, por entonces provincial de los dominicos, Alfonso de Castro y J. de Ortega, franciscanos, el Maestro Gallo, catedrático de Biblia de Salamanca y el Dr. Arze, canónigo de Palencia. Además de otros numerosos españoles no enviados por el Emperador, entre los que destacaban los entonces jóvenes jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón, teólogos pontificios. C. llevaba como compañero y secretario al dominico Diego de Chaves.
      En el desarrollo de las sesiones del concilio se distinguió C. por su prudencia, haciendo de mediador entre las diversas escuelas allí representadas y resolviendo numerosas consultas de procedimiento que le hacían los presidentes del concilio. Un biógrafo antiguo dice que fue muy estimado por los Padres del concilio «porque allende de la sutileza de su ingenio y erudición escolástica, fue muy versado en las escrituras Sagradas, y en la lición de los sagrados Concilios y doctores antiguos: y juntamente fue muy eloquente y poderoso para declarar y persuadir sus conceptos» (J. de la Cruz, Corónica de la Orden de Predicadores, Lisboa 1567, libro 5, cap. 19, 246). El mismo C. enjuicia su labor en Trento con estas palabras: «No fue un simple juego de niños, sino una verdadera lucha, la que ante la expectación del orbe, sostuvimos en el Concilio de Trento, en donde servimos de gran luz a los Padres, disipamos las tinieblas de los adversarios, y fuimos considerados como teólogos» (De Locis theologicis, Madrid 1791, libro XII, cap. XII, 321). En la sesión XIII, actuó en defensa de la transustanciación, de la Comunión bajo una sola especie y de la necesidad de la confesión antes de recibir la Sagrada Comunión (cfr. A. Theiner, Acta genuina Concilii Tridentini, Agram 1874, 493 ss.). En la sesión XIV pronunció un discurso sobre la Penitencia, siguiendo la línea de sus Relectiones de poenitentiae Sacramento, que causó impresión (cfr. ib. 534 ss.). En la sesión XV tuvo C. su más brillante actuación con el discurso que pronunció el 9 dic. 1551 y que se recoge con pocas variantes en De Locis (libro XII, cap. XI, 247-321). En él desarrolla la noción de sacrificio según la doctrina católica y refuta a la vez los falsos conceptos de Lutero, haciendo gala de sus conocimientos teológicos, filosóficos, dialécticos y gramaticales.
      Últimos años. A la vuelta de Trento y como recompensa a su actuación, Julio III, a propuesta de Carlos V, nombró a C. obispo de Canarias. Para incorporarse a la diócesis hubo de renunciar a su cátedra de Salamanca en la que le sucedió Domingo de Soto. En 1553 renunció a su obispado y se retiró al convento de Piedra- hita (Avila), donde terminó su obra magna De Locis theologicis libri 'XII. Pero al año siguiente volvió a la actividad pública. Nombrado rector del Colegio de S. Gregorio de Valladolid, actuó como consejero de la política religiosa de Felipe II, lo que le ocasionó luchas y enemistades, en especial la del mismo papa Paulo IV. Nombrado en 1557 prior de S. Esteban de Salamanca, poco después, en el Capítulo de Plasencia, fue elegido provincial de Castilla, elección que el Papa rehusó con- firmar.
      En 1558 estalló el famoso proceso contra Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo desde 1557, iniciado por el gran Inquisidor Fernando de Valdés, que nombró a C. entre los calificadores. Este procedió con dureza y rigor en la Censura que hizo de los Comentarios al Catecismo Cristiano de Carranza. También por entonces se hizo más viva la oposición de C. a los jesuitas, a los que, desde 1548, prodigaba sus ataques, colocándolos, junto a calvinistas y luteranos, como «precursores del Anticristo».
      El Capítulo de Segovia de 1559 eligió de nuevo a C. provincial, pero el Papa volvió a no confirmar la elección. A la muerte de Paulo IV, C. se trasladó a Roma para conseguir de su sucesor Pío IV la confirmación. Obtenida ésta regresó a España, donde poco después, el 30 sept. 1560, m. en Toledo en el Convento de S. Pedro Mártir.
      «De Locis Theologicis». Es la obra cumbre de C. que le coloca entre los Padres de la Teología fundamental. A su influjo se debe en gran parte la orientación prevalentemente positiva de la teología moderna. Escrita Con elegancia de frase y pureza de estilo, de un clasicismo modelo entre las producciones del Renacimiento, destaca por su profundidad de pensamiento teológico y una amplitud de erudición prodigiosa. Trata sucesivamente de las 10 fuentes de la demostración teológica: S. E., Tradición oral, autoridad de la Iglesia católica, de los concilios, de la Iglesia romana, de los Padres, de los teólogos escolásticos, de la razón natural, de los filósofos y de la historia. El libro XII (incompleto) trata del uso de estos loci en la controversia teológica. Estaban previstos dos libros más: uno sobre el empleo de los lugares en el estudio de la S. E. y otro sobre su aplicación en las disputas contra paganos, judíos y musulmanes.
      Se inspira en los Tópicos de Aristóteles y más directamente en algunos autores contemporáneos, especial- mente en Juan de Vergara (Ocho cuestiones del templo} , Luis de Carvajal (De restituta Theologia} , Rodolfo Agrícola (De inventione dialectica} y Martín Pérez de Ayala ( De divinis, apostolicis atque ecclesiasticis traditionibus} , a los que hay que agregar la influencia de Francisco de Vitoria y Luis Vives . No obstante, la obra es eminentemente original, ya que C. «Con ciertas nociones de otros autores, llevó por sus propias fuerzas esas ideas al terreno teológico, fertilizándolo tan abundantemente, que lo que hoy llamamos Teología fundamental brotó Con casi toda su frondosidad actual debido al trabajo y esfuerzo del genial teólogo alcarreño» (J. Sanz, o. c. 290).

JOSEMARÍA REVUELTA.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


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Juan de Maldonado
"Los comentarios de los Evangelios son tan admirables, que el cardenal Du Perron y Mgr. Coeffeteau, obispo de Marsella, ambos adversarios de la herejía y de los secuaces de Calvino, aseguran que, a su juicio, no ha habido en la Iglesia ningún otro doctor que haya entendido el sentido literal del texto evangélico mejor que el Padre Maldonado". (De la Vie) "Maldonado para los Evangelios y Escio para San Pablo, suplen todos los demás". (Bossuet) "Después de infligir grandes derrotas a los herejes con sus lecciones y escritos, proporcionó a los católicos un gran esfuerzo y una ayuda extraordinaria...Por otra parte tenemos muchos y preclaros testimonios, tanto de amigos como de adversarios, que acreditan a Maldonado como doctísimo y ejemplar sodado y pregonero de Cristo". (De Saussey) "Este hombre admirable compuso sus sapientísimos 'Comentarios' en los que aparece conciso, como conviene a un intérprete, pero claro, luminoso, elegante, profundo y enérgico, tan a propósito para convencer como para combatir a los herejes". (Albert Le Mire) "El Comentario de Maldonado, sobrio y concienzudo, aventajó con mucho a todos los demás intérpretes de las parábolas, tanto por su asombrosa erudición, como por su gusto literario y acertado juicio". (P. Vosté) "Apenas hay otro que haya explicado el sentido literal de los Evangelios con tanto esmero y acierto".(R. Simon) "Muchos católicos hay en nuestros días, doctos en todas las materias a quienes nos honramos de tener por maestros, pero ninguno nos es más querido que Maldonado". (Francisco Sausen) "Hay que estudiar los mejores autores de los antiguos. Al frente de todos brilla espléndidamente Maldonado, a quien no falta ninguna cualidad propia del buen intérprete...Nada tiene de extraño que haya prestado tan relevantes servicios a la exégesis. Así como cuando enseñaba en París afluían tantos discípulos que no cabían en ningún local, así hoy, después de tres siglos, sus Comentarios son admirados en toda la Iglesia como el monumento más digno de los mejores tiempos, y no dudo que gozarán siempre de semejante estima en todos los tiempos y lugares". (Conrado Martín)

 

«Príncipe y maestro de la moderna exégesis católica», para que en él se cumpliera lo del profeta en su tierra, no ha sido conocido en España como merecía su talento. Sólo contadas referencias en los archivos y dos ediciones de sus Comentarios a los Evangelios: la de Barcelona (1881-82) y la edición castellana de la BAC (Madrid 1950-54). Poca cosa si tenemos en cuenta que de tales Comentarios se conocen más de 30 ediciones.
     
      Datos biográficos. Los apelativos de teólogo andaluz o «sepharensis» (de Zafra), que aparecen en ediciones de sus obras y las palabras del P. Ribadeneyra en el Catálogo de hombres ilustres de la Compañía de Jesús, motivaron dudas sobre el lugar de su nacimiento. Pero las inscripciones de matrícula en Salamanca y las actas de ingreso en la Compañía (Roma, ag. 1562) señalan que nació en Casas de la Reina, cerca de Llerena (Badajoz). La fecha más probable es el a. 1533, si bien el P. Galdós propone el 1536 o el 1537.
      Podemos seguir la carrera de M. en Salamanca, gracias a las investigaciones del P. Iturrioz. Terminó sus estudios de Letras en 1554. A falta de los libros de matrícula de los a. 1547-50, M. aparece en los cursos 1551-54 matriculado entre los alumnos de Gramática, v en 1554-57 entre los de Filosofía. Su' título de bachiller en Artes y Filosofía está firmado el 10 jul. 1557. Estudió Teología en 1557-62. Tenía la intención de hacer la carrera de Derecho, pero cambió de opinión y, en contra del parecer de sus familiares, fue recibido como novicio de la Compañía de Jesús en Roma el 10 ag. 1562.
      Ordenado sacerdote un año más tarde fue designado para explicar Teología en el Colegio Romano, de reciente fundación. Poco después marchó a París para enseñar Filosofía en el Colegio Clermont, durante dos cursos; en octubre de 1565 inició sus clases de Teología que tan justa fama le granjearon; por dos veces explicó toda la Teología. En el primer ciclo (1565-69) se atuvo al método tradicional, explicando las sentencias de Pedro Lombardo (v.); en el segundo (1570-76), hizo una exposición nueva por la selección de temas y el procedimiento metodológico. En 1576 sé retiró de la enseñanza obligado por la oposición y la celotipia de sus émulos. Permaneció en Francia hasta que en 1581 volvió a Roma, donde trabajó en la redacción de sus obras y en la edición de la Biblia con una comisión pontificia. Murió el 5 en. 1583.
     
      Su obra. Con las tareas de la cátedra alternaba la redacción de sus obras. Tomó parte con los PP. Roberto Belarmino (v.), Torres y Francisco Toledo (v.) en la redacción de la Ratio Studiorurn de la Compañía y compuso una obra titulada De ratione Theologiae et Sacrae Scripturae tradendae. Además de sus obras teológicas, muchas inéditas, figuran como estrictamente escriturísticas: 1) Los Comentarios a los cuatro Evangelios;
      2) Comentarios a los cuatro profetas Jeremías, Baruc, Ezequiel y Daniel (París 1610); 3) Explicación del Salmo 109 y Carta sobre los Coloquios de Sedán con los calvinistas (Maguncia 1611); 4) Comentarios al A. T. (París 1643); 5) Comentario a la Epístola a los Romanos. Otras obras, perdidas quizá, sobre los Salmos, la lengua hebrea, etc., son citadas por él en sus Comentarios.
      En la primera de sus lecciones inaugurales en París decía Maldonado: «El verdadero método consiste en unir el método escolástico a la explicación de los libros sagrados»; así abrió nuevos caminos a la Teología positiva. «Su inteligencia privilegiada, su vastísima y escogida erudición, su formación solidísima, el orden y claridad en la exposición, la fluidez y clasicismo de su lenguaje, el espontáneo gracejo» (J. Caballero) explican la admiración que suscitaron sus clases y que provocan sus escritos. Historia Antigua, Arqueología, Geografía, Filología unidas a su ciencia de los idiomas originales de la Biblia se dan cita en sus obras. Y es que todos sus estudios tenían para él, como punto de convergencia, la S. E.

G. DEL CERRO CALDERÓN.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Concilio de Trento

 

Parecer de Melchor Cano al Emperador Carlos V:
Miguel Servet:
La Iglesia española en tiempos de Carlos V:
Concilio de Trento:
Debate de los teólogos españoles en el siglo XVI:


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