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Índice
general de Hispánica

San Esteban, Salamana. Foco teológico del siglo
XVI


- Martín Pérez de Ayala
- Andrés de Cuesta
- Pedro de Soto
- Diego Laínez
- Alfonso Salmerón
- Andrés de Vega

Diego
de Deza (1443-1523)
En 1470 ingresa en el Convento de San Ildefonso de Toro,
perteneciente a la Orden Dominica. Cursará estudios en la
Universidad de Salamanca donde años después se dedicará a la enseñanza
como catedrático de filosofía natural, prima de teología y vísperas
de teología. En 1486 abandona sus actividades académicas para
ocuparse de la educación del príncipe Juan, el único hijo varón
de los Reyes
Católicos. Al año siguiente es nombrado por Alejandro
VI obispo de Zamora y en 1494 recibe la cátedra episcopal de
Salamanca. Durante tres años el príncipe reside con él en el
palacio obispal siendo Deza quien comunique a los monarcas la
enfermedad de don Juan. En octubre de 1497 fallece el príncipe y el
obispo será su testamentario. En la corte de don Juan, Deza había
conocido a Colón, estableciendo muy buenas relaciones con el
descubridor. En 1498 será nombrado obispo de Jaén y el general Torquemada
le propone como inquisidor de Castilla y León, cargo que desempeñara
junto al de inquisidor de Aragón desde 1499. Al año siguiente es
nombrado obispo de Palencia y en 1504 ocupa la archidiócesis de
Sevilla. Como Capellán mayor y Gran Canciller de Castilla será
nombrado testamentario de la fallecida Isabel
junto a don
Fernando y Cisneros.
Su intransigente postura respecto a los conversos motivará que
acuse a fray
Hernando de Talavera como judaizante. Cuando Talavera fue
declarado inocente la posición de Deza quedó bastante dañada y en
junio de 1506 debe subdelegar sus poderes, acudiendo a la corte para
responder ante Felipe
el Hermoso por algunas acusaciones. La muerte del esposo de Juana
la Loca motivará que Deza ocupe de nuevo sus cargos, siendo
sustituido por Cisneros al frente del Santo Oficio al año siguiente
(1507). Su último nombramiento será el de Arzobispo de Toledo por
parte del papa Adriano
VI aunque Deza no pudo ocupar su cargo ya que falleció en el
Convento de San Jerónimo de Buenavista en 9 de junio de 1523.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
Vitoria, Francisco
de (1483-1546)
Teólogo y jurista español del s. XVI. 1. Vida y obras. N.
en Burgos, de padre alavés y madre leonesa, en 1483 o en 1492.
Ingresó en 1504 en el convento dominico burgalés. En 1509 fue a
estudiar Humanidades y Teología a la Univ. de París, doctorándose
en 1523, año en el que regresó a España para explicar la Summa
aquiniana en el Colegio de S. Gregorio de Valladolid. En 7 sept.
1526 ganó, por oposición, la cátedra de Prima Teología de la
Univ. de. Salamanca, enseñando también en la escuela de misioneros
que era su convento de S. Esteban. En 1544 un ataque de gota le dejó
medio paralítico, y por ello se excusó de asistir al Conc. de
Trento. M. el 12 ag. 1546, en su celda salmantina. Con su
extraordinaria doctrina y sus nuevos métodos pedagógicos, formó
una pléyade de discípulos. No sólo renovó los estudios teológicos,
con una orientación humanística, sino los del Derecho Público,
siendo el creador de la ciencia del Derecho Internacional y fundador
de la Escuela española del XVI. Durante la vida de V. no se imprimió
ninguna de sus obras, dejó no obstante numerosos manuscritos y
apuntes de clase que luego han sido publicados. Pueden distribuirse
en dos grupos: explicación de la obra de s. Tomás de Aquino y
relectiones. Las lecciones sobre las obras de S. Tomás fueron
dictadas en el siguiente orden: 1526-29, comentario a la 2-2 de la
Summa; 1529-31, comentario a la la parte; t533-34, comentario a la
1-2; 1534-37, nuevo comentario a la 2-2; 1537-38, comentario a la 3a
parte; 1538-39, comentario al IV Sententiarum: 1539-40, nuevo
comentario a la 1 a parte de la Summa. De ellas se conservan varios
códices. Los comentarios a la 2-2 de la Summa han sido publicados
por Beltrán de Heredia (6 vol., Salamanca-Madrid 1932- 36); el
comentario a las cuestiones De sacra doctrina, lo ha publicado C.
Pozo en «Archivo Teológico Granadino» 20 (1957) 307-426.
Las relectiones son una especie de
lecciones que resumían toda la materia del año académico o
trataban algún tema de actualidad en el momento concreto. Eran
desarrolladas ante todo el alumnado de la Facultad o incluso de la
entera Universidad; de ahí que obligaran a una esmerada preparación,
constituyendo tal vez la parte más importante de la obra de V. de
entre ellas mencionemos: De potestafe civile (desarrollada en la
Navidad de 1528); De matrimonio (epero 1531); De potestate Ecclesiae
prior (comienzos de 1532), De potestate Ecclesiae posterior (mayo o
junio 1533), De pofestate Papae et Concilii (abril-junio 1534), De
Indis prior (junio 1539), De Indis posterior sive de iure belli (junio
1539). Se conservan en total 13 relectiones; han sido objeto de
diversas ediciones (Lyon 1557; Salamanca 1565, Ingolstadt 1580,
etc.). Modernamente han sido reeditadas por A. Getino (3 vol.,
Madrid 1933-35) y T. Urdanoz (Madrid 1960).
2. Obra teológica. a) Su empresa
renovadora. M. Pelayo afirmó «De Vitoria data la verdadera
restauración de los estudios teológicos en España». En la
actualidad este aserto ha sido documentalmente comprobado, y se ha
puesto en claro la significación de V. en el desarrollo de la
Teología. Su temple renovador encontró, durante sus estudios en
París, el ambiente que le hizo sentir la urgencia de la restauración
de la Teología y le proporcionó los medios para llevarla a cabo.
Allí, frente a la escolástica decadente del nominalismo, sus
maestros Crockaert y Juan de Fenario iniciaban la restauración
tomista, a la que V. se incorporó con entusiasmo. Al mismo tiempo,
fue sensible a las aspiraciones del renacimiento humanista, que
alcanzaban también a la Teología, trayendo consigo su renovación
metodológica. Al regresar a España se enfrentó a una Teología de
pocos vuelos, carente de la vida y ajena al humanismo cultural. Ante
ella, buscará la revisión del método teológico, la correcta
utilización de las fuentes y la preocupación por aquellos temas
que interesaban especialmente a los hombres de su época. La
argumentación teológica -piensa- debe ensanchar su base positiva
estudiando el dato escriturístico, con ayuda de los hallazgos de la
ciencia bíblica, e interpretando a la luz de los antiguos Concilios,
decretos pontificios y enseñanzas patrísticas. La autoridad tiene,
en Teología, la primacía ya que expresa la palabra de Dios; sobre
ella, y bajo su guía, se edifica el discurso racional, que tiene
una función imprescindible en la elaboración de la ciencia teológica.
Con ello se opone a los excesos dialécticos del nominalismo, al
abuso del recurso al magister dixit, que ahogaba antes de nacer
cualquier progreso de la Teología, y al exclusivismo escriturístico
de los reformadores protestantes.
Del interés humanista del
Renacimiento, V. asume el empeño de acercarse a las cuestiones
humanas, desarrollando la parte práctica de la Teología. Sale al
encuentro de los hechos concretos y de las situaciones históricas
de la sociedad, para examinarlos desde los principios sapienciales.
Con él se renuevan también los
procedimientos de enseñanza: utiliza un lenguaje sobrio y claro,
que contrasta con las complicaciones de la escolástica decadente.
Contra las costumbres académicas en vigor, implantó el uso de la
Suma reológica de S. Tomás como texto base de las explicaciones
escolares, sustituyendo al libro de las Sentencias. Este hecho
significó una positÍva reforma por las ventajas que la sustitución,
puso orden y claridad, rigurosa trabazón sistemática y seguridad
doctrinal. También a partir de su enseñanza, y por el interés que
suscitó, se hizo común la costumbre de copiar en el aula las
explicaciones del profesor. Con ello sus lecciones se perpetuaban y
difundían, dando lugar a la formación de una numerosa escuela de
discípulos, que hicieron suyas las enseñanzas del maestro. Estos
continúan, sobre todo, su espíritu, ya que dan pruebas de una sana
independencia de juicio, y en ocasiones retocan posiciones del
maestro o formulan explícitamente lo que en él no había pasado de
ser una intuición. No menos de 31 discípulos suyos ocuparán' cátedras
en la Universidad de Salamanca, siendo también muy numerosos en los
demás centros de la península y en los que surgen en América.
Figuras de primera magnitud: Soto, Cano, Vega. Chávez, Ledesma, Báñez,
etc., continuaron y desarrollaron la obra renovadora iniciada por
Vitoria.
b) Doctrina. Más que referirnos a
puntos concretos, lo que no tendría mucho interés, ya que la
importancia de V. está n,o tanto en la tesis que sostuvo, cuanto en
el movimiento al que dio lugar, preferimos subrayar las constantes
fundamentales de su pensamiento. S. Tomás, interpretado por
Cayetano, será su inspirador y fuente principal, dentro de una
flexibilidad que le permite admitir aportaciones posteriores de
Escoto e incluso del nominalismo. Su espíritu abierto le hace a
veces correr el riesgo de cierta indecisión y hasta de cierto
eclecticismo doctrinal en cuestiones especulativas, a las que dedicó
menos atención, ya que imprimió una orientación práctica a su
enseñanza, centrándose en los problemas de tipo moral. El contacto
con la realidad humana va a ser, en su concepción teológica, una
constante que guía la selección de temas y, en ocasiones,
condiciona su solución, incluso a costa del rigor lógico en
ciertas cuestiones dogmáticas; como las referentes a la atrición,
al aumento de la caridad, a la necesidad de la fe, etc., en que será
corregido por sus discípulos. La consideración de la dignidad del
hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, dotado de dominio sobre
las cosas y de connatural sociabilidad, gobierna muchas de sus enseñanzas
características, en especial la de doctrina jurídica.
En la percepción del orden natural,
debidamente discernido del sobrenatural, y con consistencia propia,
se cifra el segundo principio inspirador de su teología: evitar la
confusión de ambos órdenes y las consecuencias de ello dimanantes,
p. ej., en lo referente a la sociedad civil y eclesiástica ya su
respectiva autoridad. Al reconocer el valor de lo temporal, se opone
a las tendencias teocráticas propias de algunos sectQres de la
cristiandad medieval y anticipa y prepara muchos de los
planteamientos posteriores.
Digamos, finalmente, qt\e la figura
de V. no quedaría bien perfilada si olvidamos que, en su condición
de teólogo de máximo prestigio, ejerció notable inftujo en la
vida pública de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Hubo de
dictaminar en importantes consultas: Carlos V requirió varias veces
su parecer e iniciativa, intervino en la censura de los escritos de
Erasmo; promovió la tarea renovadora de la Iglesia, contribuyendo a
la obra del Conc. de Trento, donde la actuación de sus discípulos
suplió su personal ausencia, etc.
3. Obra jurídica. a) Su concepción
del Derecho Internacional. V. concibió la idea del totus orbis O
comunidad universal de todos los pueblos organizados políticamente,
fundada en el Derecho natural y basada en el ius societatis et
communicationis. Expresó los principios fundamentales del Derecho
llamado a regir la comunidad internacional. Fue el primero en
definir el moderno Derecho de Gentes: «quod naturalis ratio inter
omnes gentes constituit vocatur ius gentium» (lo que la razón
natural constituye entre todas las gentes, se llama derecho de
gentes) .Cambiando el homines de Gaio por gentes o naciones, abre la
vía al Derecho internacional, que no podía ser el que la razón
natural estableció entre todos los hombres considerados
individualmente, sino agrupados en naciones. El Derecho inter omnes
gentes vitoriano es un Derecho universal pero mutable, aunque
bastante fijo. Se configura como Derecho positivo, ex communi
consensu omnium gentium et nationum; es obligatorio, porque sin él
no podría cumplirse debidamente el Derecho natural; su autoridad
dimana del «convenio virtual de todo el Orbe» : «El Derecho de
gentes no sólo tiene fuerza por el pacto y convenio de los hombres,
sino que tiene verdadera fuerza de ley. El Orbe todo, que en cierta
manera es una república, tiene poder para dar leyes justas ya todos
convenientes, como son las del Derecho de gentes». Esta «autoridad
de todo el Orbe» afirmada por V. es la autoridad internacional
deseada e intentada en el s. XX, la «autoridad pública universal,
reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad,
el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos» , de
que habla el Conc. Vaticano II (Const. Gaudium et spes).
He aquí la gran modernidad del
pensamiento jurídico de V ., que no se limitó a concebir un
sistema de Estados soberanos sometidos a las normas de un Derecho
internacional de coordinación, sino que atisbó la instauración de
un orden mundial al que se subordinen las soberanías estatales, y
que afirmó un ius inter gentes amparador de los derechos humanos.
b) Su teoría sobre el Derecho de la
guerra. En su relección segunda De lndis sive de Jure Belli (1539),
y analizando si es lícito para los cristianos el hacer la guerra,
mantuvo que su declaración pertenece al Estado, pero sólo cuando
tenga justa causa: "La única y sola justa causa para hacer la
guerra es la injuria recibida". Ha de ser una iniuria grave y
culpable, que sea el único y último medio para reprimirla, con tal
que la guerra no signifique un mal mayor para la nación y el
universo entero (Relección De potestate civili). En todo caso, el
príncipe ha de tener en cuenta tres reglas áureas: 1) No debe
buscar ocasión ni pretextos para la guerra, sino que, en cuanto
pueda, debe guardar la paz con todos los hombres; 2) Una vez
estallada la guerra por alguna justa causa, se debe hacer no para
ruina y perdición de la nación a quien se hace, sino para la
consecución de su derecho y para defensa de la patria y con el fin
de lograr la paz y la seguridad; 3) Obtenida la victoria, debe usar
del triunfo con moderación, considerándose como juez entre los
ofendidos y los que injuriaron; para satisfacer a los primeros con
el menor daño y perjuicio para los segundos.
c) Su doctrina sobre la conquista del
Nuevo Mundo. Desde la Junta de Hurgos de 1512 se venía debatiendo
en España la licitud de la dominación española en América. Sobre
tan magna cuestión habría de pronunciarse V ., sin intervenir
directamente en la polémica lascasiana, en sus relecciones De
temperantia (1537) y De lndis (1539). En esta última, tras rechazar
la usucapión como título justificativo de dominio, afirma que los
indios eran verdaderos dueños antes de la llegada de los españoles.
Considera también títulos ilegítimos para justificar la soberanía
castellana la autoridad universal del emperador, la autoridad
temporal del Papa, el descubrimiento, el no recibir los indígenas
el Evangelio, los pecados de los indios, la adquisición por
enajenación contractual y la ordenación divina. Menciona en cambio
siete títulos que justificarían la conquista española: la
sociedad y comunicación natural, que comprende el derecho de
peregrinación y comercio, la propagación de la religión cristiana,
el impedir que los convertidos sean vueltos a la idolatría, dar un
príncipe cristiano a los convertidos, evitar la tiranía y las
leyes vejatorias, la elección verdadera y voluntaria y la amistad y
alianza.
Tal es el esquema, crítico y
equilibrado, de la construcción vitoriana. No consideró ilegítima
la acción española en América, sino que la depuró, rechazando títulos
falsos de dominio, dejando sentado el principio de la libertad e
igualdad jurídica de todos los pueblos, y advirtió que aun en el
supuesto de que no hubiera habido deficiencias en los títulos que
originariamente movieron a la ocupación, los españoles no debían
abandonar las Indias: «después que se han convertido allí muchos
bárbaros, ni sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar
por completo la administración de aquellas Provincias» .Esta
conclusión fue de gran importancia histórica. Cuando en 1542, ante
las alegaciones de Las Casas y otros frailes, que no sólo
condenaban ciertos abusos cometidos en el Nuevo Mundo, sino que
opinaban que el rey no tenía derecho alguno a conquistar aquellos
países y debía restituir el Perú al Inca, la doctrina vitoriana
contribuyó a que Carlos V no abandonara la acción indiana.
L. GARCIA ARIAS.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Martín de Azpilcueta
(1492-1586)
Teólogo moralista y célebre canonista español del
s. XVI; llamado el Doctor Navarro, por su origen. N. el 13 dic.
1492, en Barasoain (Navarra); pariente de S. Francisco Javier, con
quien mantuvo relaciones epistolares; estudió Filosofía en Alcalá
(1503-1510) y Derecho en Tolosa; fue profesor de Derecho con gran
brillantez en Tolosa, Cahors, Salamanca (donde ingresa en 1524 y en
donde ocupa, en 1537, la cátedra de Prima de Derecho), y Coimbra
(1538-1555, donde tiene como alumno a Covarrubias). De 1555 a 1567
fue consejero de Derecho canónico en la corte de Felipe II. A.
defendió a Carranza en Valladolid y en Roma, a donde se dirigió en
1567; este hecho le enemistó con el rey. En Roma, su talento, su
piedad y sus virtudes le merecieron el favor de los papas Pío V,
Gregorio XIII y Sixto V. Fue nombrado consultor de la Sagrada
Penitenciaría, y aunque no pudo recibir la púrpura cardenalicia
por oposición de Felipe II (cfr. J. Goñi Gaztambide, Por qué el
Dr. Navarro no fue nombrado cardenal, «Príncipe de Viana», 111,
1942, 419-455), no dejó de ser una de las personalidades más célebres
de la Ciudad Eterna, donde m. el 21 jun. 1586.
Como canonista, A. ha dejado
innumerables obras de Derecho. Es famosa De reditibus beneficiorum
ecclesiasticorum (Sobre los réditos de los beneficios eclesiásticos),
Roma 1568, 1574 (la 1ª. ed. española en Valladolid 1566), en la
que sostiene la opinión de que es obligación de justicia para
todos los beneficiados emplear los bienes superfluos en obras pías.
Todas las obras canónicas fueron publicadas en edición completa en
Roma (3 vol., 1590), en Lyon (1589-91), en Venecia (5 vol., 1602);
pero la mejor es la de Colonia (5 vol. in-folio, 1606). El método
de A., en sus clases y en sus obras de Derecho, es la unión del
Derecho civil y el canónico con un fin al mismo tiempo pastoral.
A. es conocido sobre todo por su obra
de Moral, el Enchiridion si ve Manuale confessariorum et
paenitentium (Enchiridion o Manual de confesores y penitentes).
Apareció primero en castellano (Coimbra, 1553; Salamanca 1557),
siendo después refundido en latín (Amberes, 1575). Es un libro que
ha tenido más de 50 ediciones y ha sido publicado en diversas
lenguas: castellano, portugués, italiano, latín. Varios autores
han hecho de él síntesis escolares. Es una obra clásica, que
coloca a A. entre los más eminentes casuistas y autores de pastoral
penitencial. De esta Teología moral práctica, sobre todo de la
Universidad de Salamanca, y de las Sumas de confesores han de nacer
las Instituciones morales postridentinas, que han prevalecido hasta
nuestros días en la enseñanza de la moral en los seminarios.
La Suma de moral de A. procede con el
siguiente orden: 1) alma humana; 2) confesión; 3) diez mandamientos;
4) cinco preceptos de la Iglesia; 5) siete sacramentos; 6) soberbia
y pecados capitales; 7) obras de misericordia; 8) pecados de los
diversos estados; 9) censuras y excomuniones. Este esquema está
inspirado en la práctica penitencial. A. fue un moralista que juntó
el Derecho con la moral en orden a la práctica del sacramento de la
Penitencia, al estilo de S. Alfonso María de Ligorio, de Noldin o
de Vermeersch. Introdujo, en cierta medida la especulación jurídica
en la moral, aunque descuidó la fundamentación dogmática y filosófica
de las soluciones morales prácticas. A. se preocupó también de la
moral económica, si bien de un modo práctico y casuístico. Su
estudio sobre cambios y usura denota en él un conocimiento grande
de la vida económica de su tiempo. Fue ensanchando el campo lícito
de las operaciones, a pesar de su restricción inicial.
MARCIANO VIDAL.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Alfonso de Castro
(1492-1558)
Vida. Teólogo, jurisconsulto, escriturista y
predicador español, n. en Zamora en 1492. A los 15 años tomó hábito
de S. Francisco, en cuya Orden llegó a desempeñar cargos de
gobierno. Estudió Teología y Filosofía en la recién fundada
Univ. de Alcalá, de donde pasó a enseñar Teología en su convento
de Salamanca, tarea a la que dedicó 30 años. Si no enseñó en la
Univ. de Salamanca, ni en sus obras ostenta títulos de doctor o
maestro (rigurosas normas de los franciscanos observantes), con todo,
su nombre hay que colocarlo junto a Carvajal y Vitoria (v.), con
quienes contribuyó al renacimiento de la Teología. Consejero de
Carlos V, viaja con él a la coronación y a los Países Bajos,
donde predica a los mercaderes españoles, disputa con los luteranos
y prepara su obra más conocida, Adversus omnes haereses, publicada
en 1534. La defensa de la fe, necesidad del momento, ocupa su vida y
sus escritos más difundidos. De regreso a Salamanca brilla como
predicador, denunciando fogosamente los abusos que, tanto en el
clero como en el pueblo, favorecen la herejía. Como maestro,
destaca por su independencia de pensamiento frente a los grandes teólogos
a quienes venera y de quienes disiente, cuando lo cree oportuno, con
gran libertad intelectual. Asiste al conc. de Trento (1545-47, como
teólogo del card. Pacheco, de Jaén, y 1551-52, enviado por el
Emperador): interviene enérgicamente en las discusiones y prepara
material sobre el canon de la S. E., la inspiración, la justificación,
la Misa, etc.; son aducidas por los Padres algunas de sus doctrinas
escritas. En 1553 pasa al servicio de Felipe II, acompañándole en
su viaje y boda en Inglaterra; es consultado en los asuntos
importantes del Imperio y dicta su parecer, según lo cree justo,
sea contra el rey o contra el Papa. Pasa a Amberes, donde continúa
su labor de predicador apasionado con católicos y protestantes.
Nombrado por Felipe II arzobispo de Santiago, en Bruselas m. el 3
feb. 1558. Una vida tan agitada deja espacio a su ágil pluma para
escribir sobre todas las ciencias sagradas libros continuamente
enriquecidos y salpicados de experiencia.
Obras. Adversus omnes haereses libri
14, especie de enciclopedia de herejías (más de 400), expuestas y
refutadas no por orden cronológico o sistemático, sino en cuanto
se oponen a conceptos cristianos (130 voces) recogidos por orden
alfabético. Se editó más de 10 veces en sólo 22 años: Francia,
Alemania e Italia vieron las sucesivas ed. corregidas por el autor;
Hermant en 1712 la tradujo al francés y Andrés de Olmos la puso en
verso castellano. Es su obra más difundida, por la que se le llamó
«azote de herejes». De fusta hereticorum punitione 1.3, Salamanca
1547, en que con principios teológicos y jurídicos define el justo
medio entre la condena farisaica y la cobarde blandura con el hereje:
modo de devolverlo a la fe, penas del contumaz y causas
socioreligiosas de las herejías. De potestate legis poenalis,
Salamanca 1550; numerosas veces reeditada, es un estudio científico
de extraordinaria importancia por el que ha sido llamado por
penalistas civiles «padre y fundador del Derecho Penal» (v.); la
reedición de Murcia 1931 muestra la validez actual de sus conceptos:
trata sistemáticamente todo lo referente a la naturaleza y fin de
la pena y sus relaciones con el delito en orden al tema de las leyes
penales (v.) patrias que, sostiene, obligan en conciencia y esto
antes de la sentencia del juez. 25 Sermones sobre el salmo 50 y 24
sobre el salmo 31. A estas obras, recogidas en la última ed. de
Madrid 1773, hay que añadir otras menos difundidas: De validitate
matrimonii Henriqui VIII el Catharinae y un comentario al profeta
Isaías, no publicado. Sus libros teológicos, de muy buen leer,
revelan una personalidad vibrante y audaz; siempre en la ortodoXIa,
no están exentos de imprecisiones señaladas por la crítica.
A. DE MIER VÉLEZ.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Bartolomé
Carranza (1503-1576)
Dominico español, arzobispo de Toledo, n. en
Miranda de Arga (Navarra) ca. 1503, y m. en Roma el 2 mayo 1576.
Aunque la celebridad de que goza en la historia va ligada a su
proceso inquisitorial, que duró 17 años, sin embargo, posee méritos
para destacar como una de las grandes figuras de la historia
espiritual de España en el s. XVI: teólogo notable, fervoroso
dominico, autor de numerosas obras teológicas, bíblicas y
espirituales, gran predicador, reformador celoso y obispo ejemplar.
Hizo sus estudios de latinidad y
Artes en Alcalá, a la sombra de su tío Sancho Carranza de Miranda.
A los 16 años ingresó en la Orden de Santo Domingo, en Benalaque,
completando su formación en S. Gregorio de Valladolid (1525).
Encargado de un curso de Artes (1530), pasa luego a explicar Teología
(1533), sucediendo al maestro Astudillo en la Regencia del Colegio.
Alcanza el magisterio en Teología (Roma 1539), y prosigue en
Valladolid sus cursos sobre S. Tomás y la Biblia, hasta 1545.
Afecto al erasmismo (v. ERASMO), muestra gran inclinación a la
Teología positiva, enderezándola a la oración y a la vida
cristiana. Compartió la enseñanza con otras actividades: consultor
de Inquisición, director de conciencias, predicador, obras de
caridad. Rechazó la mitra de Cuzco (Perú) y asistió como teólogo
imperial al conc. de Trento (v.) (1545), mereciendo el aprecio
general por su ciencia teológica y su celo reformista, reflejado
también en las obras que entonces publicó. Vuelto a España
(1548), fue elegido Provincial de Castilla (1550); rechazó la mitra
de Canarias y el cargo de confesor del príncipe. De nuevo asistió
a Trento (1551); a la vuelta renunció al provincialato y se retiró
a San Gregorio. Felipe II lo llevó consigo a Inglaterra, donde
desplegó una extraordinaria actividad en la restauración católica
inglesa, interviniendo en los asuntos más graves y gozando de la
estima del rey, la reina María y el card. Pole. Llamado por Felipe
II, pasó a Flandes (1557) donde trabajó activamente en el
descubrimiento de la infiltración protestante en España y publicó
su Catecismo (Amberes 1558). Felipe II le forzó a aceptar el
arzobispado de Toledo. Consagrado por Granvela el 27 feb. 1558, vino
a España, llegando a Valladolid el 14 ag. 1558. Pasó por Yuste,
asistiendo a la muerte de Carlos V, y entró en Toledo el 13 oct.
1558. En seis meses desarrolló una gran actividad pastoral en la
ciudad y dio alto ejemplo de vida. Cuando se hallaba en plena visita
pastoral, fue preso por la Inquisición en Torrelaguna (22 ag.
1559), cerrándose con ello el ciclo público de una vida que prometía
ser muy fecunda.
El proceso. La prisión tuvo lugar
mediante facultades especiales concedidas por Paulo IV al inquisidor
general Valdés para proceder inclusive contra arzobispos. C. conoció
previamente la persecución que se preparaba contra él, y puso
todos los medios para evitar una acción que le inutilizara como
pastor. Sus disposiciones y la convicción personal de su inocencia
no encontraron ningún eco en el inquisidor general, D. Fernando
Valdés, arzobispo de Sevilla, quien se apoyaría en las
declaraciones de los protestantes de Valladolid y en las censuras de
Melchor Cano (v.) y Domingo de Soto (v.) sobre el Catecismo de C.,
la primera de ellas de tono muy duro y severo. Iniciado el proceso,
el arzobispo de Toledo recusó a Valdés como juez notoriamente
parcial. Un tribunal de árbitros estimó justa su recusación (23
feb. 1560), y hubo de asumir la responsabilidad el arzobispo de
Santiago.
D. Gaspar Zúñiga de Avellaneda. A
las declaraciones de unos 100 testigos se sumaron las censuras
hechas sobre todos los escritos recogidos de C. En años sucesivos,
el fiscal llegó a presentar 16 veces sus cargos, acumulando
millares de proposiciones censuradas. Entre sus abogados defensores
descuella Martín de Azpilcueta (v.), conocido como el Doctor
Navarro, quien más tarde pasó con C. a Roma, donde murió (1586).
En junio de 1562 C. presentaba su defensa con el interrogatorio de
abonos, indirectas y tachas, para cuya verificación invoca el
testimonio de numerosos testigos, que no defraudaron sus esperanzas,
ya que hicieron los mayores elogios del arzobispo. Ausente C. de la
tercera fase del conc. de Trento, la comisión del índice aprobó
su Catecismo (1562) y un grupo de Padres conciliares suplicó a Pío
IV interviniera personalmente en la causa. Fracasada la legación
del card. Buoncompagni a España, Pío V ordenó el paso a Roma del
proceso, llegando C. a dicha ciudad en mayo de 1567. Se inició la
fase definitiva del proceso.
El criterio de los jueces romanos se
reveló diverso y condujo la causa hacia la absolución, encontrándose
esa sentencia con la resistencia del rey y de la Inquisición. A la
muerte de Pío V, se inició un nuevo ataque de envergadura contra
la ortodoxia de C., presentando contra él no menos de 1.567 nuevas
proposiciones, tachadas la mayoría de luteranas. Gregorio XIII
sentenció la causa el 14 abr. 1576, declarando al arzobispo
vehementer suspectus de haeresi. Se le obligó a una abjuración,
pero no se le desposeyó del arzobispado de Toledo. Pocos días
después moría pacíficamente C. en Roma. El mismo Gregorio XIII
dispuso el epitafio para su tumba: «D. O. M. Bartholomaeo Carranza...
viro genere, mira contione atque elemosynis claro... animo in
prosperis modesto et in adversis aequo...»
En su causa inmensa (los documentos
superan las 40.000 páginas) se entremezclan las más severas
acusaciones con los más sorprendentes elogios. Mientras unos
descubren luteranismo por doquier, hasta en sus escritos de juventud
o en apuntes de Santos Padres considerados como obra suya, otros
elogian su gran virtud, su sencillez y humildad, su austeridad y
limosnas, su piedad y celo pastoral, y hasta su inquina contra el
protestantismo. C. fue un hombre de temperamento espiritual, de
marcado cristocentrismo y de honda inspiración paulina. Se expresa
en un lenguaje vital, lo que le conduce a formulaciones que ofrecen
flanco a la crítica. Sólo una visión integral de su obra entera (doctrina
y vida, toda la doctrina y toda la vida) permite descubrir la
dimensión auténtica (le su personalidad.
Sus principales obras son: Summa
Conciliorum y Quattuor Controversiae (Venecia 1546); De necessaria
residentia episcoporum (Venecia 1547); Catechismo Christianno (Amberes
1558). Preparó la edición de sus obras, en su mayoría inéditas.
J. I. TELLECHEA IDíGORAS.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Servet, Miguel (1511-1553)
El suplicio de Servet, ya lo dijo Voltaire, es mil veces más
censurable que todas las hogueras de la Inquisición española,
porque éstas no abrasaron a un solo sabio. (Men. y Pelayo)
Ni en la vida ni en la muerte tuvo fortuna Miguel Servet. En su
breve y agitado paso por el mundo fue perseguido por la intolerancia
que, a costa de la Reforma religiosa, ensangrentó Europa. A su
muerte, tampoco gozó de la consideración que suele guardarse a los
sabios, porque no había muerto en la hoguera católica, sino en la
protestante, y tampoco su país dejó de tenerlo por lo que era, un
heterodoxo al que resultaba difícil no llamar hereje.
Hoy, ni católicos ni protestantes gustan de recordar a quienes
quemaron, pero tampoco los ateos guardan mucha consideración por
quienes dedicaron lo mejor de su tiempo a la teología. Es un
personaje incómodo, un marginal hasta del margen mismo. Tan sólo
quiso ser un hombre libre y en semejante empeño gastó y perdió su
vida. A comienzos de este siglo, unos devotos de su memoria
quisieron erigirle un monumento en la muy civilizada ciudad de
Ginebra. No lo consintieron las autoridades, que mantienen en un
airoso pedestal la estatua de su verdugo Calvino. El monumento tuvo
que levantarse en las afueras del lugar de su ejecución. Como si un
destino trágico siquiera persiguiendo, cuatro siglos después de la
muerte física, la simple pervivencia de su memoria.
Nació Servet en una familia de la pequeña nobleza aragonesa,
que usaba los apellidos Servet, Serveto y también Revés. El
primero lo utilizó nuestro personaje en lengua romance, el segundo
en latín y el tercero como alias (hoy es más común en Huesca el
apellido Serbeto y en Lleida el de Cerveto). Su padre era infanzón
y ejercía como notario en Villanueva de Sigena. En esta villa de
Huesca vino al mundo Miguel un día de 1511. A los 13 años dejó su
pueblo natal. A los 15, tras pasar por Lleida, fue enviado por su
padre a Barcelona y para entonces sabía ya latín, griego y hebreo.
Allí conoció a una importante personalidad política y religiosa
de Aragón, fray José de Quintana, un erasmista que lo acogió con
simpatía y lo incorporó a su servicio. A los 17 años partió para
Toulouse, ciudad entonces de gran prestigio académico. A los 18,
viajó a Roma como paje de Quintana para asistir a la coronación de
Carlos V por Clemente VII. La carrera de Quintana, que llegó a
confesor del Emperador y luego a abad favorecía extraordinariamente
el porvenir de su pupilo, pero Servet sólo abrigaba inquietudes
intelectuales.
Una malformación inguinal le privó de las expansiones carnales
que, a despecho de hábitos y prédicas, cultivaban los estudiantes.
Nunca pareció echar en falta estas aptitudes hasta que, en uno de
los pocos momentos tranquilos de su vida, le buscaron esposa, pero
él prefirió renunciar a la boda por no poder asegurarle sucesión.
Fue uno de sus muchos gestos de nobleza.
En Francia y en Italia conoció de primera mano el ambiente
intelectual que alentaba la Reforma protestante y que en España -y
en Servet- tuvo un desarrollo muy particular. Baste recordar que
Erasmo fue invitado a residir y enseñar en nuestro país por
Cisneros cuando todavía vivían los Reyes Católicos y que éstos
se adelantaron en la reforma de las órdenes religiosas corrompidas,
privando de base social al movimiento luterano. Sin embargo, la época
de Servet, que coincide con el reinado de Carlos I de España, vivió
como cosa natural las disputas teológicas y en un temperamento tan
independiente y obstinado como el del joven aragonés, este fermento
de libertad germinó de forma perdurable. La libertad se acompasaba
con su carácter, independiente y arisco, pero la época se compadecía
poco con el pensamiento libre. A los 19 años, Servet ya fue
denunciado por Ecolampadio como hereje, lo cual, incluso en aquellos
tiempos de celo teológico, constituye un alarde de precocidad. Pero
lo que mejor retrata a Servet es que en aquel entonces vivía
precisamente en casa de Ecolampadio, en Basilea, uno de los
principales núcleos protestantes. No dudó en discutir con su patrón
a cuenta de la divinidad de Jesucrito y del dogma de la Trinidad,
que no convencía al ilustrado y litigante pupilo. Ahí empezó su
mala fama entre los protestantes. De Basilea pasó a Estrasburgo,
donde mandaba Bucero y reinaba la tolerancia. No para Servet, que
discutió con Bucero y obtuvo el dudoso honor de ser considerado por
éste merecedor de que «le arrancasen las entrañas y lo
descuartizasen». La charcutería a sus expensas no arrendró a
Servet, que eses mismo año de 1531 dio a la imprenta su De
Trinitatis Erroribus negando la divinidad de Cristo al mismo
nivel que el padre. Decía también en ese su primer libro que «no
deben imponerse como verdades conceptos sobre los que existen dudas»,
pero esto, por bien fundado que estuviera en sus conocimientos de
hebreo, no era muy compatible ni con la fe revelada ni con la
Iglesia que la custodiaba. Serbvet, sin embargo, defendía sus ideas
sin importarle las consecuencias. Mandó su obra a amigos y enemigos
y la cosecha de denuestos fue muy similar. A Erasmo no le gustó.
Melanchton lo denunció a las autoridades de Venecia, por si aparecía
por allí. Su protector, Quintana, la consideró «pestilente». El
nuncio del Papa escribió a España para que la Inquisición
prohibiera la obra y quemara en efigie a Servet. La Inquisición,
obediente, comenzó a perseguirlo en mayor de 1532, Nunca más pudo
volver a su tierra, a pesar de que en la primera edición de su
libro, bajo su retrato, escribiera orgullosamente así su nombre:
Michaelem Servetus, Hispaniarum de Aragonia. Desde entonces, aquel
español de Aragón tuvo bastante con salvar su vida.
Lo hizo, primero, apelando a la bondad de sus antagonistas. A
Ecolampadio le escribió: «Si debe condenarse a todo el que yerre
en algo particular, habría que quemar a todos los mortales un
millar de veces». Y defendía su derecho a pensar y escribir
libremente: «si he tomado la palabra, por la razón que fuere, ha
si do para proclamar que me parece grave matar a los hombres bajo
pretexto de que se equivocan en la interpretación de un punto, ya
que conocemos que ni siquiera los elegidos están exentos de caer en
el error». Y Ecolampadio, pese a todo, consiguió que fuera
admitido en Basilea. Pero ya en 1532 estaba en tierra alemana, donde
rechazó el ofrecimiento de su hermano Juan para volver a España,
barruntando que se trataba de una trampa de la Inquisición, como así
era. Tras huir de Alemania, según en él era ya costumbre, llegó a
París, donde conoció a Juan Calvino, su antagonista, su opuesto,
su perseguidor y, finalmente, su verdugo. Servet no supo ver en
Calvino la faz del odio. Discutió con él como con todo el mundo. Y
tras su enésima huida, de París a Lyon, lo olvidó.
En Lyon entró a trabajar en una imprenta y se hizo amigo del médico
Champier. Además de una edición anotada de la Biblia, Servet
trabajó textos médicos y pronto su talento le hizo docto en
aquella para entonces misteriosa ciencia. Trocó el recuerdo de su
pueblo natal, y se hizo francés, para sobrevivir, en 1548. Pasó en
el anonimato de Charlieu sus únicos años de paz. Su último
refugio fue el servicio médico del arzobispo de Viena del Delfinado,
donde volvió a la teología escribiendo su obra más importante: Restitución
del Cristianismo. En ella, y como simple digresión, Servet
expone, basándose en su propia experiencia como médico e
investigador, una doctrina sobre la circulación de la sangre tan
original como exacta. Sólo por ella, su nombre merece ya el
reconocimiento universal.
Pero la teología, la gran pasión de Servet, se le daba peor que
la medicina. Es descubierta su identidad, y debe huir disfrazado de
la Inquisición francesa, que lo quema en efigie mientras lo busca.
Decide huir a Italia pero, incomprensiblemente pasa por Ginebra,
donde es descubierto mientras escuchaba un sermón de Calvino. El teócrata,
dueño de la ciudad, no se atreve a discutir abiertamente con Servet,
pero, a través de hombres suyos, lo hace prisionero. Después lo
descubre a los inquisidores de Viena del delfinado. Y cuando Servet
le pide de rodillas que no lo entregue, accede, pero sólo para
acabar condenándolo él mismo a lahoguera.
En el juicio, Servet se da cuenta de la perfidia de Calvino y lo
insulta, pero luego le pide noblemente disculpas. De nada le sirve.
Se le niega incluso la posibilidad de un abogado y, pese a que en
Ginebra nada había hecho, tras una horrorosa estancia en la cárcel,
se le condena a morir quemado con leña verde, para que su suplicio
dure más. Tiene lugar el martirio el 27 de octubre de 1553, el
mismo año de la publicación de la Christianismi Restitutio,
que le dará universal fama póstuma. Calvino defiende, tras ser
enterrado Servet, el derecho a asesinarlo. Señal de que en cierta
opinión había calado hondo el crimen de Ginebra. Quizá porque
compartía el lema que Servet o Serveto, alias Revés, había puesto
en su edición de la Biblia de Pagnino: Libertatem meam mecum
porto. En el grabado, un hombre con barbas, como Servet, lleva a
cuestas dos maderos con esas palabras. Son su testamento. Cada cual
lleva consigo su propia libertad.
Federico Jiménez Losantos
(Indice)
Covarrubias y Leyva,
Diego de (1512-1577)
Jurisconsulto castellano. N. en Toledo en 1512; tras aprender
el latín con Almofara y el griego con Clenardo, marchó en 1527 a
Salamanca, donde entre otros maestros, tuvo a Martín de Azpilcueta.
En 1538 obtuvo una plaza en el colegio del Salvador de Oviedo y el título
de bachiller en cánones; al año siguiente, el de doctor; en 1540,
una cátedra que desempeñó durante ocho años. De 1548 a 1559
ejerció el cargo de oidor en Granada. En 1560 visitó y reformó la
Univ. de Salamanca. En el mismo año, como obispo de Ciudad Rodrigo,
asistió alconc. de Trento (v. TRENTO, CONCILIO DE) con activa
participación en la sección XX, de organización y disciplina. En
1571 fue nombrado presidente del Consejo de Castilla, siendo sucesor
del card. Espinosa, y se acreditó como hombre de gobierno. M. en
1577.
Su producción jurídica está ligada
a su carrera académica. Comprende un tratado de esponsales y
matrimonio que terminó en 1545; otro de testamentos y sucesión
intestada, de 1547. De las relecciones universitarias procede una
serie de escritos sobre juramento, excomunión, prescripción
adquisitiva, restitución y homicidio. Su dictamen sobre la moneda
sintetiza el tratamiento numismático, político, jurídico y moral.
En 1552 compiló un volumen de sus Varias Resoluciones, y en 1556,
otro de Cuestiones Prácticas. Canonista y civilista insigne, hasta
merecer el apelativo de Bártolo español (v. BARTOLO DE
SASSOFERRATO), fue el prototipo de jurista del rey, bajo Felipe 11.
Sus obras completas, reunidas en 1558 y reimpresas muchas veces
hasta 1762, gozaron de una amplia vigencia. Alguna colaboración
recibió de su hermano Antonio (15141602), también jurisconsulto y
teólogo, y destacado helenista, que le acompañó a Trento y en el
Consejo de Castilla; su ayuda fue especialmente notable al preparar
una edición de la Lex Visigothorum, contemporánea a la de Pithou
(1579).
RAFAEL GIBERT.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Domingo Báñez
(1528-1604)
Dominico español, una de
las figuras más precIaras de la Teología del s. XVI, también
cultivó la Filosofía y el Derecho.
1. Datos biográficos.
Aunque se le creyó nacido en Mondragón (él mismo se intitula Mondragonensis
en algunas portadas de sus obras) o en Medina del Campo (así
decía el acta de profesión religiosa y la del doctorado por la
Univ. de Sigüenza), documentos fehacientes prueban que n. en
Valladolid, el 29 feb. 1528. Estudió Artes en Salamanca, en cuyo
convento dominicano profesó el 3 mayo 1547. Allí conoció a los
grandes teólogos Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, teniendo
por Maestros a Diego de Chaves, Melchor Cano, Pedro de Sotomayor,
Domingo Cuevas, Barrón, etc., y por condiscípulo a B. de Medina. A
petición de Domingo de Soto comenzó a enseñar Artes y Teología
en el Convento de S. Esteban, en 1552, profesorado que duró nueve años.
En el curso 1561-62 figura como catedrático de Teología en la
Univ. de Avila, donde enseñó hasta terminar el curso 1566-67. Pasó
a Alcalá, mas no parece que fuese catedrático de la Univ.
Complutense, sino del Colegio dominicano, y quizá sustituyese
alguna vez en la Universidad a Pedro Portocarrero, O. P. En mayo
1569 figura como regente de Sto. Tomás de Avila. Vuelve a Salamanca
en 1570, y en 1573 va a regentar S. Gregorio de Valladolid, hasta
1577. Regresa a Salamanca para opositar a la cátedra de Durando,
que obtiene en abril de 1577. Cuatro años desempeñó esa cátedra,
pues en 1581 oposita a la de Prima, vacante por muerte de Medina,
ganándosela al agustino Juan de Guevara. En 1601 obtuvo la jubilación,
aunque no llevaba al frente de su cátedra los veinte años
requeridos para ello, mas su precaria salud no le permitía seguir
enseñando. Se retiró a Medina del Campo, muriendo santamente en el
Convento de S. Andrés de dicha villa el 22 oct. 1604.
Además de su dedicación a
la enseñanza, por encargo de la Universidad trabajó en la reforma
gregoriana del Calendario; fue vicerrector; intervino en la revisión
del índice de libros prohibidos. También fue hombre de confianza
de Felipe II, ante quien solventó graves problemas de la
Universidad y que le encomendó serios negocios.
2. Obras de Báñez:
Scholastica commentaria in Primam Partem Angelici doctoris D.
Thomae (qq. 1-64), Salamanca 1584, última ed. de L. Urbano,
Valencia 1934; Scholastica commentaria super caeteras primae
partis quaestiones, Salamanca 1588, cuatro ed. más en Venecia
1588, 1591, 1602 (Zenario) y 1602 (Bertano), y Duaci 1614; Scholastica
commentaria in IIam. IIae. quibus quae ad fidem, spem et charitatem
spectant, clarissime explicantur usque ad XLVI quaestionem, Salamanca
1584 y 1586, Roma 1586, Venecia 1586 y 1602, Lyon 1588, Douai 1615; Scholastica
commentaria in Ilam. IIae. a quaestione LVII ad LXVIII de jure et
justitia decisiones, Salamanca 1584, Venecia 1595, Douai 1615,
Colonia 1615; Relectio de merito et augmento charitatis, Salamanca
1590 y 1627; Instituciones minoris Dialecticae, Salamanca
1599, Colonia 1618, Bolonia 1631; Commentaria in libros de
generatione et corruptione, Salamanca 1585, Venecia 1587 y 1596,
Colonia 1616; Apologia fratrum praedicatorum in provincia
Bispaniae sacrae theologiae professorum, adversus novas quasdam
assertiones cujusdam doctoris Ludovici Molina nuncupati, Madrid
1595, ed. V. Beltrán de Heredia, O. P., en Domingo Báñez y
las controversias sobre la gracia (Textos y Documentos),
Madrid 1968, p. 115-380 (recoge el libro otros muchos documentos bañecianos);
Libellus supplex Clementi VIII oblatus, quo totius apologiae
summa paucis exponitur, 28 OCt. 1955, ed. Teodoro Eleuterio, en Bistoria
controversiarum de divinae gratiae auxiliis, 1715, t. I; Responsio
ad quinque quaestiones de efficacia divinae gratiae, a. 1599, en
V. B. de Heredia, o. c., p. 638- 642; Respuesta contra una
relación compuesta por los Padres de la Compañía de Jesús de
Valladolid, Medina del Campo 1602 (Biblioteca Angélica, Ms. R.
1.9, fol. 272); De efficacia praevenientis auxilii gratiae, an
sit intrinsece et a se vel a libero hominis arbitrio (Disputatio
inter Patres Societatis Jesus et magistrum Báñez, ca.
1599-1600), ed. B. de Heredia, o. c., p. 613-638; Comentarios
inéditos a la Prima Secundae de Santo Tomás, ed. V. B. de
Heredia, t. l, De fine ultimo, de actibus humanis, Madrid
1942, Salamanca 1944; t. 11, De vitiis et peccatis, Salamanca
1944; t. III. De gratia Dei et de vera et legitima concordia
liberi arbitrii cum auxiliis gratiae, Madrid 1948; Comentarios
inéditos a la tercera parte de Santo Tomás, ed. V. B. de
Heredia, 2 vol., Salamanca 1951 y 1953.
3. Las disputas sobre la
gracia. En las disputas que se suscitaron en el s. XVI en torno
a la gracia tomó parte muy activa B. El problema estriba en
concordar la acción de la gracia con la libertad humana. S. Agustín
y Sto. Tomás afirmaban que toda acción buena tiene como causa
eficiente a Dios, quien mueve al hombre a realizarla, y éste,
secundando esa moción, coopera a la acción con causalidad
subordinada a la de Dios. El hombre es libre, porque libremente
acepta secundar a Dios, y si la moción divina es eficaz, puede rechazarla,
aunque de hecho no lo hará. Esto es, en síntesis, lo
mantenido por la teología tradicional de las escuelas. Por reacción
contra la doctrina luterano-calvinista que negaba toda acción libre
del hombre, los nuevos teólogos del XVI intentan salir por los
fueros de la libertad en el acto de fe y en la justificación, y
afirman que tanto Dios como el hombre concurren, como causas
eficientes coordenadas; dependiendo de la libertad humana el que la
moción divina consiga o no el efecto intentado. La predestinación,
según esta explicación, se realiza en previsión de los méritos.
Fueron precursores de estas nuevas doctrinas J. Sadoleto (1534), A.
Pighio y A. Catarino (1541, v.). En España las defendió el P. Deza
S. J. en Alcalá y M. Marcos S. J. en Salamanca.
En 1582 chocaron
violentamente las dos tendencias. El 20 de enero de ese año tuvo
lugar un acto académico en la Univ. salmantina, presidido por el
mercedario F. Zumel. El jesuita Prudencio de Montemayor defendió la
tesis: si Cristo recibió del Padre el precepto de morir no murió
libremente y, por tanto, no hubo mérito en ello. Zumel le arguyó
diciendo que esa doctrina no podía defenderse, «porque, aunque sea
en el sentido compuesto, e instante el precepto que tenía
del Padre de morir por los hombres, era libre y libremente moría»
(F. Blanco García, Segundo proceso instruido por la Inquisición
de Valladolid contra Fr. Luis de León, «La Ciudad de Dios»
41, 1896, 187-188). Ante la objeción, Montemayor hizo concesiones
de sabor pelagiano. En la disputa intervinieron fr. Luis de León en
favor de Montemayor, y B. secundando a Zumel. Luis de León tildó
de luterana la doctrina de B. Los ánimos se volvieron a excitar el
27 de enero, agravándose la división de pareceres, «pues
comenzando a tocarse en un argumento si conferente Veo aequalia
auxilia sufficientia duobus hominibus, absque novo superaddito,
poterit alter illorum converti, alter renuere (si dando Dios
iguales auxilios suficientes a dos hombres, sin añadir más, podría
el uno convertirse, y el otro rechazarlos), respondió el
sustentante que sí» (ib.).B. se opuso tenazmente a esta
afirmación aduciendo la autoridad de S. Agustín y de Sto. Tomás,
la del conc. II de Orange, pasajes de la Escritura y razones
teológicas. El asunto pasó al Santo Oficio por denuncia del jerónimo
Juan de Santa Cruz, que extractó en 16 proposiciones las doctrinas
de Montemayor y de Luis de León, a quienes se les prohibió enseñarlas.
Contra la doctrina
tradicional sobre la eficacia de la gracia ab intrinseco, el
jesuita Molina en su famosa obra Concordia defiende la
eficacia de la gracia ab extrinseco, pues de la libertad del
hombre depende el que la gracia suficiente llegue o no a ser eficaz
de hecho. La acción de Dios queda, por eso, determinada,
subordinada y como en suspenso, por el libre albedrío. Se salva éste,
pero se atenta contra los atributos divinos. «Según esa doctrina,
decía B., la providencia del hombre y su elección va un paso
adelante de la divina cooperación». Para atenuar esos
inconvenientes Suárez y S. Roberto Belarmino propondrán el congruismo.
Mientras los consultores
del Santo Oficio se ocupaban en dictaminar sobre el contenido de la Concordia,
los jesuitas de Valladolid, por iniciativa de A. de Padilla,
organizaron un acto público del 5 mar. 1594, defendiendo las tesis
molinistas. Arguyeron eficazmente los dominicos Muño, Yanguas y
Alvarez. Además pasaron a la ofensiva organizando un acto en el que
defendieron las tesis tomistas el 17 de mayo. Los jesuitas
denunciaron al Santo Oficio a los PP. Zumel y B., como luteranos,
mas obtuvieron sentencia absolutoria. Los dominicos pensaron en la
redacción de un memorándum, en el que se refutasen cumplidamente
las nuevas doctrinas y se defendiese lo tradicional. Se encomendó a
B. la realización del proyecto; es lo que constituye la Apología
(cfr. supra, Obras). En 1597 B. compuso el Libellus
supplex en el que se pedía a Clemente VIII desligase a los
dominicos de la ley del silencio impuesta por el Nuncio a las partes
litigantes; el Papa accedió a ello. B. no interviene directamente
en las Congregaciones de auxiliis habidas en Roma de 1598 a
1607.
4. Teología de Báñez.
No se puede afirmar que B. tenga una teología propia; él no innova
nada, sino que expone de manera personal la doctrina comúnmente
aceptada hasta entonces. Lo que se ha dado en llamar bañecianismo
no es más, como decía N. del Prado, que pura comedia bañeciana
(De gratiae et libero arbitrio, Friburgo 1907, p. 497 ss.). Es
verdad que, para aclarar y precisar la doctrina emplea términos
nuevos: «premoción física», «concurso físico», «gracia
eficaz físicamente determinante», etcétera. Mas al decir «premoción»,
«predeterminación» indica simplemente la prioridad de la acción
de Dios y de la gracia, y la independencia de la ciencia y
providencia divinas. El adjetivo y adverbio «físico», «físicamente»
los contrapone a «moral», «moralmente». Premoción física
significa, en B., anterioridad de la causalidad divina, a la que
concurre subordinadamente la libertad creada, contra el
concurso simultáneo de causalidades coordenadas del
molinismo. Así lo entendía el card. Madruzzi, presidente de las
Congregaciones de auxiliis. (Serry, Historia Congreg. de
Auxiliis, Venecia 1740, App. col. 89). Notemos que,
posteriormente a B., otros autores tomistas, guardando los
principios básicos, han dado otras explicaciones sobre esas
cuestiones.
Al lector libre de
prejuicios, B. se le presenta como uno de los genios más preclaros
que ha conocido la historia de la Teología. Brillan en él la
claridad y la profundidad, el decir sencillo y la metafísica más
honda, el discurrir lógico, la fuerza persuasiva del silogismo y la
erudición nada común. Su genio metafísico y teológico supera
ciertamente el de sus maestros. Diego de Chaves al censurar los Comentarios
de B. escribía: «D. Thomas Angelicus Doctor, mihi videtur
dignum se nactus interpretem. Maximus Doctor Maximum quoque
commentatorem est nactus» (Me parece que al Angélico doctor
Tomás de Aquino le ha nacido un intérprete digno de él. Un doctor
máximo ha conseguido también un máximo comentador).
5. Báñez y S. Teresa
de Jesús.Uno de los capítulos más interesantes de la vida de
B. es el de sus relaciones con la reformadora del Carmelo. Llegó B.
a Avila cuan- do se discutía la obra de S. Teresa (1561-62),
tomando inmediatamente la defensa de la Santa y de su reforma. A él
se debe, en parte, el que fuese adelante. Desde entonces fue su
confesor y director espiritual, personalmente o por carta. La
influencia de B., como afirma la Santa en sus escritos, fue
extraordinaria; frecuentemente recuerda a su Maestro en sus obras.
La correspondencia fue abundante, aunque, por desgracia, sólo se
conservan cuatro cartas de la Santa a B. y una de éste a aquélla.
El director correspondió a esas muestras de afecto y confianza,
defendiendo siempre la reforma y dirigiendo su alma con la sabiduría
y tino que sólo un teólogo de su talla podía hacer.
C. GARCÍA EXTREMEÑO
(Indice)
Suárez, Francisco
(1548-1617)
Teólogo y filósofo, nacido en Granada. Estudió en
Salamanca, e ingresó en la Compañía de Jesús en 1564. En un
principio, fue rechazado por considerársele poco inteligente.
Enseñó Filosofía de 1572 a 1574 en los Colegios de Salamanca y
Segovia. Hasta 1597 fue profesor de los Colegios de Avila,
Valladolid, Colegio Romano en Roma, Alcalá y Salamanca. Desde 1597
hasta 1615 ocupó la cátedra de Prima en la Universidad de Coimbra.
Entre sus obras de Filosofía y Teología destacan los dos grandes
volúmenes de Disputationes metaphysicae, impresos en 1597; la gran
obra jurídica De legibus ac Deo Legislatore, De Deo uno et Trino.
Contra el rey Jacobo I de Inglaterra escribió Defensio fidei
adversus Anglicanae sectae errores. También el tratado De Anima.
Suárez es el más destacado representante de la escolástica en el
siglo XVI, el único gran filósofo escolástico después de Ockam.
Su labor más importante es la sistematización de la metafísica y
su filosofía jurídica y política.
Aunque se mantuvo en general dentro del tomismo, sin embargo no se
vió limitado por este sistema, sino que adoptó posturas
independientes y aun en contra cuando su investigación y penamiento
así lo requerían. Profundizó con una claridad y un rigor
extraordinarios. No fue sólo un comentarista, sino un filósofo y
un teólogo auténtico, original, que influyó activamente en el
desarrollo de importantes aspectos de la Filosofía y Teología.
Durante los siglos XVI y XVII sus obras eran estudiadas y analizadas
en las más importantes universidades europeas. No cabe duda que
Descartes y Grocio fueron influidos por Suárez, como lo fue la
metafísica de Leibniz. Lo mismo puede afirmarse de los idealistas
alemanes.
En el ambiente del pensamiento político, Suárez analizó, entre
otros, el tema importantísimo del origen del poder. En este sentido
es contrario a la teoría del origen divino de los reyes que con
tanto ardor se defendió en los países protestantes. El poder real
no viene inmediatamente de Dios, sino, como afirmaron muchos otros
juristas españoles de la época, el poder real tiene que
fundamentarse en el consentimiento del pueblo. Es el pueblo quien
tiene el poder, la soberanía, derivada directamente de Dios. Por
eso el pueblo puede retirar legítimamente su consentimiento a los
soberanos indignos de ejercer el poder que él ha depositado en sus
manos. Es esta teoría un claro desarrollo de la soberanía popular
que más tarde se desarrollaría y adquiriría nuevas
fundamentaciones religiosas y laicas.
Las obras completas de Suárez alcanzan 26 volúmenes, y con toda
justicia se le conoce como el Doctor Eximio.
(Indice)
Luis de Molina
(1535-1600)
"El Molinismo es uno de los mayores esfuerzos que el
pensamiento católico ha hecho para explicarse a sí mismo; es, al
mismo tiempo, un esfuerzo metafísico enorme". (Alberto Bonet)
Nace en Cuenca, de familia
noble. A los 18 años entra en la Compañía de Jesús en Alcalá de
Henares. Estudia Filosofía y Teología en Coimbra y es profesor en
la Universidad de Evora. Muere en Madrid, el 12 de octubre de 1600.
En su libro "De
Justitia et jure" (Cuenca, 1593) Molina desarrolla una
teoría general del Derecho prestando especial atención a los
problemas jurídico-económicos de su tiempo, tales como la política
monetaria, "la ley de cambio", la regulación de los
precios, las relaciones iglesia-estado, problemas fiscales y
libertad de mercado.
Sus opiniones sobre la
esclavitud son interesantes. Molina considera que la esclavitud es
justificable en ciertas circunstancias. Por ejemplo, los condenados
a muerte pueden solicitar la conmutación de la pena por la
esclavitud perpetua; los enemigos conquistados en una guerra justa
pueden ser sometidos a esclavitud como compensación a las pérdidas
de los vencedores; los adultos conscientes y libres pueden decidir
venderse a sí mismos como esclavos. En cambio, su análisis
del comercio de esclavos africanos, que pudo conocer directamente en
el puerto de Lisboa, le lleva a la conclusión de que el tráfico de
esclavos tal como estaba siendo llevado por los portugueses, era
injusto y malvado y aquellos que se dedicaran a dicho negocio,
vendedores y compradores, estaban posiblemente destinados a la
condenación eterna.
(http://www.eumed.net/cursecon/economistas/molina.htm)
(Indice)
Melchor Cano
"La gloria de haber creado la Lógica de la Teología
corresponde indiscutiblemente a Melchor Cano. Antes de que él
escribiera, y desde el siglo XIII, por lo menos, la Teología estaba
totalmente organizada y poseía carácter plenamente científico.
Pero hasta que apareció el tratado 'De locis theologicis', no había
existido nadie que intentara siquiera hacer una crítica científica
del valor de las fuentes del conocimiento teológico". (Marcial
Solana) "La obra 'De Locis' bastaría para inmortalizar la
memoria de un hombre". (Javier Lamprillas) "Esta famosa
obra presenta una verdadera metodología de la ciencia divina y un
modelo acabado de Teología fundamental, en el que alcanzan su mejor
realización los anhelos de Vitoria por armonizar del mejor modo
posible el Humanismo y la Escolástica". (Martin Grabbmann)
"España jamás trocará al solo escolástico Cano, no ya por
todos los iluminados e irrefragables de la edad pasada, pero ni tal
vez por ninguno de estos poderados prefabricadores de mundos de la
presente". (Juan Pablo Forner)
Teólogo dominico español del s. XVI y obispo de
Canarias, famoso por su intervención en el conc.de Trento y por ser
uno de los iniciadores de la Teología fundamental. N. en Pastrana
(Guadalajara) el 6 en. 1509 y m. en Toledo el 30 sept. 1566.
Primeros años. La infancia de C.
transcurrió en la villa de Pastrana, que por aquellos años
atravesaba momentos de esplendor desde que la familia de los Mendoza
la convirtiera en centro de sus actividades. Allí acudió desde
Tarancón (Cuenca) el licenciado Herrando Cano y allí casó con
Luisa López, que le dio dos hijos, Melchor y Luis. Habiendo quedado
viudo contrajo nuevo matrimonio con María del Valle Delgado, de la
que tuvo otro hijo, Francisco, que murió poco después. Muertos
también su esposa y su hijo Luis y habiendo entrado en los
dominicos Melchor, el hijo mayor, D. Hernando entró en los
franciscanos, distinguiéndose por su piedad, prudencia y ciencia.
Estas motivaron que en 1539 fuese nombrado confesor de las hijas de
Carlos V, María y Juana. Cuando la primera casó con Maximiliano II
lo llevó consigo a Alemania; Hernando m. en Viena en 1553.
En 1523, después de recibir la
primera enseñanza en Pastrana, Melchor C. entró en los dominicos
de Salamanca, donde tuvo como profesores a Diego de Astudillo y
Francisco de Vitoria, por quien siempre conservó gran admiración.
Ordenado presbítero en 1531 fue trasladado a S. Gregorio de
Valladolid donde volvió a coincidir con Astudillo y donde, en 1533,
comenzó a enseñar; tuvo por compañeros a Fray Luis de Granada y
Bartolomé de Carranza. Con este último inició entonces una
rivalidad que más tarde se convirtió en enemistad honda y duradera.
En 1536 y 1542 respectivamente, obtuvo en Roma los grados de
bachiller y Maestro en Teología por la Univ. de Bolonia. Para
entonces se había acreditado C. como hombre de singular energía,
vehemencia de carácter, fuerte voluntad en el obrar, que no siempre
acompañó de un espíritu moderado y que le ocasionaron contiendas
y disgustos.
Catedrático de Alcalá. El 19 mar.
1543, por cese de Pedro de Castro, fue provista la cátedra de Prima
de Teología de la Univ. de Alcalá en favor de C. Un día después,
con una lección magistral, tomó posesión de la misma. Aunque se
conservan pocos datos del paso de C. por Alcalá, se sabe que comentó
el libro IV de las Sentencias de Pedro Lombardo y la 2-2 de la
Sum.Th.de S.Tomás. Por aquel entonces la Univ. de Alcalá alcanzaba
la cumbre de su esplendor, equiparándose a la de Salamanca, por
obra de alguno de sus más ilustres profesores entre los que cabe
destacar, además de C., a Juan de Medina, Alvar Gómez, Dionisio Vázquez,
Mancio de Corpus Christi, Domingo de Soto y otros.
Cuando C. llegó a Alcalá se había
impuesto el tomismo, pero aún persistían las tendencias
nominalistas que habían presidido poco antes el desarrollo filosófico
de las aulas complutenses. C. «no está del todo exento de ciertas
tendencias nominalistas en algún aspecto de su doctrina; y no
parecería des acertada la explicación de quien atribuyese esa
orientación a su permanencia en la Univ. de Alcalá» (J. Sanz, o.
c. 179). También en Alcalá, donde la Inquisición había procesado
a S. Ignacio de Loyola, comenzó la aversión de C. hacia la
naciente Compañía, aversión que más tarde desembocaría en
declarada oposición.
Catedrático de Salamanca. El 12 ag.
1546 muere en Salamanca Francisco de Vitoria, a la sazón titular en
aquella Universidad de la cátedra de Prima de Teología. Para
cubrir su vacante se convocó oposición, a la que se presentó Juan
Gil de Nava, titular de la misma disciplina en la cátedra de Vísperas.
Los dominicos, que venían regentando ininterrumpidamente dicha cátedra
desde que la ocupara el maestro Deza (y que siguieron en ella hasta
el Maestro Herrera, en tiempos de Felipe III), designaron como
candidato a C., por el enorme prestigio que ya entonces había
alcanzado. Ganada la cátedra el 23 oct. 1546, C. se incorporó
oficialmente como Maestro a la Univ. Salmantina el 18 dic. 1546.
En el curso 1546-47 comentó C. el IV
libro de las Sentencias y la Tertia pars de la Sum.Th, comenzando
por la q60, y compuso la Relectio de sacramentis in genere. En
1547-48 continuó el comentario de las Sentencias (IV) y compuso la
Relectio de poenitentiae sacramento. En años sucesivos comentó la
Sum. Th: 1 ql-39 (1548-49); 1 q50-64 (1549-50); 1-2 q53-56 y q71-74
(1550-51). Aparte de esta actividad docente sostuvo C. en estos años
una abundantísima correspondencia con lo más destacado de la
intelectualidad española; una muestra la constituye la controversia
epistolar con Juan Ginés de Sepúlveda en torno a las causas de la
guerra justa.
Melchor Cano en Trento. Si ya
entonces C. era uno de los teólogos de más prestigio, éste
alcanzaría mayor altura con su designación por Carlos V, orden de
30 dic. 1550, para formar parte de los teólogos que debían asistir
en representación suya a la segunda convocatoria del conc. de
Trento (1551-52). En esta designación influyó sin duda el padre de
C., confesor de la familia real; se conservan dos cartas del mismo a
Felipe II, entonces príncipe regente, recomendándole el envío de
su hijo a Trento. Aparte de C. asistían, enviados por Carlos V:
Bartolomé de Carranza, por entonces provincial de los dominicos,
Alfonso de Castro y J. de Ortega, franciscanos, el Maestro Gallo,
catedrático de Biblia de Salamanca y el Dr. Arze, canónigo de
Palencia. Además de otros numerosos españoles no enviados por el
Emperador, entre los que destacaban los entonces jóvenes jesuitas
Diego Laínez y Alfonso Salmerón, teólogos pontificios. C. llevaba
como compañero y secretario al dominico Diego de Chaves.
En el desarrollo de las sesiones del
concilio se distinguió C. por su prudencia, haciendo de mediador
entre las diversas escuelas allí representadas y resolviendo
numerosas consultas de procedimiento que le hacían los presidentes
del concilio. Un biógrafo antiguo dice que fue muy estimado por los
Padres del concilio «porque allende de la sutileza de su ingenio y
erudición escolástica, fue muy versado en las escrituras Sagradas,
y en la lición de los sagrados Concilios y doctores antiguos: y
juntamente fue muy eloquente y poderoso para declarar y persuadir
sus conceptos» (J. de la Cruz, Corónica de la Orden de
Predicadores, Lisboa 1567, libro 5, cap. 19, 246). El mismo C.
enjuicia su labor en Trento con estas palabras: «No fue un simple
juego de niños, sino una verdadera lucha, la que ante la expectación
del orbe, sostuvimos en el Concilio de Trento, en donde servimos de
gran luz a los Padres, disipamos las tinieblas de los adversarios, y
fuimos considerados como teólogos» (De Locis theologicis, Madrid
1791, libro XII, cap. XII, 321). En la sesión XIII, actuó en
defensa de la transustanciación, de la Comunión bajo una sola
especie y de la necesidad de la confesión antes de recibir la
Sagrada Comunión (cfr. A. Theiner, Acta genuina Concilii Tridentini,
Agram 1874, 493 ss.). En la sesión XIV pronunció un discurso sobre
la Penitencia, siguiendo la línea de sus Relectiones de
poenitentiae Sacramento, que causó impresión (cfr. ib. 534 ss.).
En la sesión XV tuvo C. su más brillante actuación con el
discurso que pronunció el 9 dic. 1551 y que se recoge con pocas
variantes en De Locis (libro XII, cap. XI, 247-321). En él
desarrolla la noción de sacrificio según la doctrina católica y
refuta a la vez los falsos conceptos de Lutero, haciendo gala de sus
conocimientos teológicos, filosóficos, dialécticos y gramaticales.
Últimos años. A la vuelta de Trento
y como recompensa a su actuación, Julio III, a propuesta de Carlos
V, nombró a C. obispo de Canarias. Para incorporarse a la diócesis
hubo de renunciar a su cátedra de Salamanca en la que le sucedió
Domingo de Soto. En 1553 renunció a su obispado y se retiró al
convento de Piedra- hita (Avila), donde terminó su obra magna De
Locis theologicis libri 'XII. Pero al año siguiente volvió a la
actividad pública. Nombrado rector del Colegio de S. Gregorio de
Valladolid, actuó como consejero de la política religiosa de
Felipe II, lo que le ocasionó luchas y enemistades, en especial la
del mismo papa Paulo IV. Nombrado en 1557 prior de S. Esteban de
Salamanca, poco después, en el Capítulo de Plasencia, fue elegido
provincial de Castilla, elección que el Papa rehusó con- firmar.
En 1558 estalló el famoso proceso
contra Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo desde 1557, iniciado
por el gran Inquisidor Fernando de Valdés, que nombró a C. entre
los calificadores. Este procedió con dureza y rigor en la Censura
que hizo de los Comentarios al Catecismo Cristiano de Carranza.
También por entonces se hizo más viva la oposición de C. a los
jesuitas, a los que, desde 1548, prodigaba sus ataques, colocándolos,
junto a calvinistas y luteranos, como «precursores del Anticristo».
El Capítulo de Segovia de 1559 eligió
de nuevo a C. provincial, pero el Papa volvió a no confirmar la
elección. A la muerte de Paulo IV, C. se trasladó a Roma para
conseguir de su sucesor Pío IV la confirmación. Obtenida ésta
regresó a España, donde poco después, el 30 sept. 1560, m. en
Toledo en el Convento de S. Pedro Mártir.
«De Locis Theologicis». Es la obra
cumbre de C. que le coloca entre los Padres de la Teología
fundamental. A su influjo se debe en gran parte la orientación
prevalentemente positiva de la teología moderna. Escrita Con
elegancia de frase y pureza de estilo, de un clasicismo modelo entre
las producciones del Renacimiento, destaca por su profundidad de
pensamiento teológico y una amplitud de erudición prodigiosa.
Trata sucesivamente de las 10 fuentes de la demostración teológica:
S. E., Tradición oral, autoridad de la Iglesia católica, de los
concilios, de la Iglesia romana, de los Padres, de los teólogos
escolásticos, de la razón natural, de los filósofos y de la
historia. El libro XII (incompleto) trata del uso de estos loci en
la controversia teológica. Estaban previstos dos libros más: uno
sobre el empleo de los lugares en el estudio de la S. E. y otro
sobre su aplicación en las disputas contra paganos, judíos y
musulmanes.
Se inspira en los Tópicos de Aristóteles
y más directamente en algunos autores contemporáneos, especial-
mente en Juan de Vergara (Ocho cuestiones del templo} , Luis de
Carvajal (De restituta Theologia} , Rodolfo Agrícola (De inventione
dialectica} y Martín Pérez de Ayala ( De divinis, apostolicis
atque ecclesiasticis traditionibus} , a los que hay que agregar la
influencia de Francisco de Vitoria y Luis Vives . No obstante, la
obra es eminentemente original, ya que C. «Con ciertas nociones de
otros autores, llevó por sus propias fuerzas esas ideas al terreno
teológico, fertilizándolo tan abundantemente, que lo que hoy
llamamos Teología fundamental brotó Con casi toda su frondosidad
actual debido al trabajo y esfuerzo del genial teólogo alcarreño»
(J. Sanz, o. c. 290).
JOSEMARÍA REVUELTA.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Juan de
Maldonado
"Los comentarios de los Evangelios son tan admirables, que el
cardenal Du Perron y Mgr. Coeffeteau, obispo de Marsella, ambos
adversarios de la herejía y de los secuaces de Calvino, aseguran
que, a su juicio, no ha habido en la Iglesia ningún otro doctor que
haya entendido el sentido literal del texto evangélico mejor que el
Padre Maldonado". (De la Vie) "Maldonado para los
Evangelios y Escio para San Pablo, suplen todos los demás". (Bossuet)
"Después de infligir grandes derrotas a los herejes con sus
lecciones y escritos, proporcionó a los católicos un gran esfuerzo
y una ayuda extraordinaria...Por otra parte tenemos muchos y
preclaros testimonios, tanto de amigos como de adversarios, que
acreditan a Maldonado como doctísimo y ejemplar sodado y pregonero
de Cristo". (De Saussey) "Este hombre admirable compuso
sus sapientísimos 'Comentarios' en los que aparece conciso, como
conviene a un intérprete, pero claro, luminoso, elegante, profundo
y enérgico, tan a propósito para convencer como para combatir a
los herejes". (Albert Le Mire) "El Comentario de
Maldonado, sobrio y concienzudo, aventajó con mucho a todos los demás
intérpretes de las parábolas, tanto por su asombrosa erudición,
como por su gusto literario y acertado juicio". (P. Vosté)
"Apenas hay otro que haya explicado el sentido literal de los
Evangelios con tanto esmero y acierto".(R. Simon) "Muchos
católicos hay en nuestros días, doctos en todas las materias a
quienes nos honramos de tener por maestros, pero ninguno nos es más
querido que Maldonado". (Francisco Sausen) "Hay que
estudiar los mejores autores de los antiguos. Al frente de todos
brilla espléndidamente Maldonado, a quien no falta ninguna cualidad
propia del buen intérprete...Nada tiene de extraño que haya
prestado tan relevantes servicios a la exégesis. Así como cuando
enseñaba en París afluían tantos discípulos que no cabían en
ningún local, así hoy, después de tres siglos, sus Comentarios
son admirados en toda la Iglesia como el monumento más digno de los
mejores tiempos, y no dudo que gozarán siempre de semejante estima
en todos los tiempos y lugares". (Conrado Martín)
«Príncipe y maestro de la moderna exégesis católica»,
para que en él se cumpliera lo del profeta en su tierra, no ha sido
conocido en España como merecía su talento. Sólo contadas
referencias en los archivos y dos ediciones de sus Comentarios a los
Evangelios: la de Barcelona (1881-82) y la edición castellana de la
BAC (Madrid 1950-54). Poca cosa si tenemos en cuenta que de tales
Comentarios se conocen más de 30 ediciones.
Datos biográficos. Los apelativos de
teólogo andaluz o «sepharensis» (de Zafra), que aparecen en
ediciones de sus obras y las palabras del P. Ribadeneyra en el Catálogo
de hombres ilustres de la Compañía de Jesús, motivaron dudas
sobre el lugar de su nacimiento. Pero las inscripciones de matrícula
en Salamanca y las actas de ingreso en la Compañía (Roma, ag.
1562) señalan que nació en Casas de la Reina, cerca de Llerena (Badajoz).
La fecha más probable es el a. 1533, si bien el P. Galdós propone
el 1536 o el 1537.
Podemos seguir la carrera de M. en
Salamanca, gracias a las investigaciones del P. Iturrioz. Terminó
sus estudios de Letras en 1554. A falta de los libros de matrícula
de los a. 1547-50, M. aparece en los cursos 1551-54 matriculado
entre los alumnos de Gramática, v en 1554-57 entre los de Filosofía.
Su' título de bachiller en Artes y Filosofía está firmado el 10
jul. 1557. Estudió Teología en 1557-62. Tenía la intención de
hacer la carrera de Derecho, pero cambió de opinión y, en contra
del parecer de sus familiares, fue recibido como novicio de la Compañía
de Jesús en Roma el 10 ag. 1562.
Ordenado sacerdote un año más tarde
fue designado para explicar Teología en el Colegio Romano, de
reciente fundación. Poco después marchó a París para enseñar
Filosofía en el Colegio Clermont, durante dos cursos; en octubre de
1565 inició sus clases de Teología que tan justa fama le
granjearon; por dos veces explicó toda la Teología. En el primer
ciclo (1565-69) se atuvo al método tradicional, explicando las
sentencias de Pedro Lombardo (v.); en el segundo (1570-76), hizo una
exposición nueva por la selección de temas y el procedimiento
metodológico. En 1576 sé retiró de la enseñanza obligado por la
oposición y la celotipia de sus émulos. Permaneció en Francia
hasta que en 1581 volvió a Roma, donde trabajó en la redacción de
sus obras y en la edición de la Biblia con una comisión pontificia.
Murió el 5 en. 1583.
Su obra. Con las tareas de la cátedra
alternaba la redacción de sus obras. Tomó parte con los PP.
Roberto Belarmino (v.), Torres y Francisco Toledo (v.) en la redacción
de la Ratio Studiorurn de la Compañía y compuso una obra titulada
De ratione Theologiae et Sacrae Scripturae tradendae. Además de sus
obras teológicas, muchas inéditas, figuran como estrictamente
escriturísticas: 1) Los Comentarios a los cuatro Evangelios;
2) Comentarios a los cuatro profetas
Jeremías, Baruc, Ezequiel y Daniel (París 1610); 3) Explicación
del Salmo 109 y Carta sobre los Coloquios de Sedán con los
calvinistas (Maguncia 1611); 4) Comentarios al A. T. (París 1643);
5) Comentario a la Epístola a los Romanos. Otras obras, perdidas
quizá, sobre los Salmos, la lengua hebrea, etc., son citadas por él
en sus Comentarios.
En la primera de sus lecciones
inaugurales en París decía Maldonado: «El verdadero método
consiste en unir el método escolástico a la explicación de los
libros sagrados»; así abrió nuevos caminos a la Teología
positiva. «Su inteligencia privilegiada, su vastísima y escogida
erudición, su formación solidísima, el orden y claridad en la
exposición, la fluidez y clasicismo de su lenguaje, el espontáneo
gracejo» (J. Caballero) explican la admiración que suscitaron sus
clases y que provocan sus escritos. Historia Antigua, Arqueología,
Geografía, Filología unidas a su ciencia de los idiomas originales
de la Biblia se dan cita en sus obras. Y es que todos sus estudios
tenían para él, como punto de convergencia, la S. E.
G. DEL CERRO CALDERÓN.
Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Concilio de Trento

-
Parecer de Melchor Cano al Emperador Carlos V:
- Miguel Servet:
- La Iglesia española en tiempos de Carlos V:
- Concilio de Trento:
- Debate de los teólogos españoles en el siglo XVI:
Índice
general de Hispánica


 

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