Índice general de Hispánica

"El Cristo de San Juan", de Salvador Dalí

 

La mística española tuvo su momento de mayor esplendor en el siglo XVI, aunque otras grandes luminarias brillaron en épocas anteriores y posteriores.

En ningún otro país o en ninguna otra época han surgido tantos y tan excelentes escritores místicos como en aquel siglo. Sus obras, desde el punto de vista del pensamiento religioso, se sitúan a un nivel que no ha sido superado; y desde el punto de vista literario, ocupan un lugar de preeminencia en la Literatura Española. Desde el punto de vista poético, los versos de San Juan de la Cruz están entre las aportaciones más elevadas del espíritu humano.

El misticismo es la manifestación más eleveda de la espiritualidad religiosa, que busca la comunicación directa con Dios. Sin embargo, los místicos españoles tienen una misión social en la tierra, dedicada al servicio de Dios. El místico español, por lo general, no se encierra en su celda ajeno a la realidad que le rodea, sino que vive inmerso en ella. Prueba de esto son las vidas verdaderamente activas de sus dos representantes principales, San Juan de la Cruz y Santa Teresa, cuya actividad incesante viajando, fundando conventos, reformando los ya existentes, etc no disminuyó en absoluto su dedicación a la vida contemplativa.

El ascetismo pueder ser considerado, al menos para el propósito de esta obra, como una variante del misticismo. El ascetismo español es en parte una filosofía moral derivada del estoicismo senequista. El asceta medita sobre la brevedad de la vida, la seguridad de la muerte y la vanidad de las cosas humanas. La vida, según los ascetas, es una comedia humana pasajera que sólo sirve de preparación para la muerte, que es la verdadera vida, mediante la penitencia y la mortificación. Este espíritu permeó otros segmentos de la vida española, como puede verse en las producciones artísticas de la época, por ejemplo, los cuadros de El Greco, Zurbarán, Ribera, etc

Una nota curiosa: Así como los dominicos destacaron en las ramas de Teología y Derecho, los franciscanos destacaron en la mística. Los dos autores más importantes, sin embargo, fueron carmelitas.

 

 

Bernardino de Laredo (1482-1545)
San Ignacio de Loyola (1491-1556)
San Juan de Avila (1499-1569)
Fray Luis de Granada (1504-1588)
Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
Luis de León, Fray (1527-1591)
Juan de los Angeles (1536-1609)
San Juan de la Cruz (1542-1591) 
Francisco de Osuna (1492-1540)
Antonio de Guevara (1480-1545)
Malón de Chaide (1530-1589)
Diego de Estella (1524-1578)

Los siguientes serán añadidos:

Alonso de Madrid
Alonso de Orozco
Francisco de Osuna
Miguel de Medina
Nicolás Factor
Juan de Pineda
Melchor de Cetina
Santo Tomás de Villanueva
Padre Luis La Puente
Juan Bautista de Madrigal

 

Laredo, Bernardino de (1482-1545)
Místico franciscano de gran renombre en el s. XVI y precursor de la escuela carmelitana. N. en Sevilla el 1482, ingresa en la Provincia franciscana de los Angeles (1510) en calidad de hermano lego y dedica su vida entera al cuidado de los enfermos. Su ciencia de curar y su bondad de vida le granjearon fama y la amistad de obispos y grandes personajes. No se puede afirmar que poseyera el título de Medicina o de Farmacia, pero consiguió un perfecto dominio teórico-práctico de las mismas; no habiendo cursado estudios regulares de Teología demuestra asimismo conocer bien sus fundamentos. M. en Villaverde del Río en 1540 y en olor de santidad.
      Escribió dos obras de Medicina en castellano, con los títulos en latín: Metaphora medicinae (Sevilla 1522 y 1524) y Modus faciendi cum ordine medicandi (Sevilla 1527, 1534, 1542, 1627). Su obra principal es la Subida al Monte Sión (Sevilla 1535), refundida y - con la tercera parte, que trata de la contemplación-, completamente cambiada en la edición de 1538 (reimpresa en Sevilla 1542, Valencia 1590, Alcalá 1617). Junto a ella se editó siempre el tratadito Josephina, sobre las glorias y patrocinio de S. José, que tanto influyó en S. Teresa, más dos opúsculos eucarísticos, uno en la ed. 1535 y otro en la de 1538. Encontramos en B. todas las características de la piedad franciscana: amor a la naturaleza (lleno de poesía, de un lirismo hondo y penetrante, apenas superable, especialmente en el libro III de la 2 ed.), devoción a la humanidad de Cristo, sobre todo en su Pasión, Dios contemplado cual sumo bien, primado de la voluntad, teología afectiva, etc. Dotado de espíritu metódico, su estilo es más bien didáctico; su cualidad de médico le comunica dotes de observación, de curiosidad científica, que le convierten en uno de los precursores de la mística descriptiva.
      La Subida fue escrita primero como compilación de respuestas a consultas espirituales y dividida en tres libros según las tres fases de la vida espiritual: la purgativa, que se logra mediante el conocimiento y desprecio de sí (socratismo pesimista); la iluminativa, por la imitación de Jesucristo, y la unitiva en la contemplación. La teoría acerca de ésta en la 1 ed. depende sobre todo de la mística intelectualista de Ricardo de S. Víctor, con fuerte influjo de Osuna: la oración de quietud (culmen de la contemplación) equivale al recogimiento de éste y se realiza en un acto de amor mezclado de conocimiento oscuro e inefable. La 2 ed. se halla, en cambio, grandemente influida por el Pseudo-Dionisio, Harpio y Hugo de Balma, debiendo a la mística de los Países Bajos su tonalidad general. B. admite en ella una escala para llegar a la contemplación perfecta: la meditación, que se realiza con la razón discursiva; la contemplación viva, que es obra de la pura inteligencia (mirada quieta del entendimiento); y la contemplación perfecta, que encierra varios grados; el más alto requiere una gracia especial de Dios por ser de carácter infuso, tiene por objeto la pura divinidad y consiste en una unión de la voluntad con Dios en amor, sin mezcla de conocimiento intelectual precedente o concomitante. En este punto se distingue de Osuna, aun cuando en ambas ediciones coincida sustancialmente con él por lo que respecta al papel de la humanidad de Cristo en la contemplación y al juicio sobre los gustos espirituales, hacia los cuales B. se muestra en la segunda algo más reservado. El método para llegar a esta contemplación es el de las aspiraciones afectivas, si bien presupone haber pasado las vías purgativa e iluminativa, más una perfecta pureza de conciencia. Es neta la distinción entre vía unitiva y contemplativa.
      B. fue guía de S. Teresa en la oración de unión; en él se halla gran parte de la doctrina de la Noche oscura de s. Juan de la Cruz; influyó mucho en Juan de los Angeles, Baltasar Alvarez, etc.

PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Ignacio de Loyola (1491-1556)
El fundador de la Compañía de Jesús y autor de los Ejercicios espirituales n. en 1491 en la casa solariega de Loyola, parroquia de Azpeitia (Guipúzcoa), y m. en Roma en 1556. Su niñez pertenece al s. xv, es decir, al otoño medieval con restos feudales y luces nuevas de Humanismo y de Renacimiento; su juventud y madurez, al s. xvi, a la época de Lutero (v.), de Carlos V (v.) y del Concilio de Trento (v.) en sus primeras etapas. Nacido en un periodo histórico de transición, no es de extrañar que algo medieval palpite en su corazón, aunque su espíritu será siempre moderno, hasta el punto de ser tenido por uno de los principales forjadores de la moderna catolicidad, ardientemente apostólica, sabiamente organizada y con un romanismo bien definido. La universalidad del apostolado y el servicio al Vicario de Cristo serán las notas más típicas de la Orden por -él fundada (V. JESUITAS).
     
      En el risueño valle de Loyola, entre Azpeitia y Azcoitia, corrieron los primeros pasos de aquel niño de cara redonda y sonrosada, pequeño de estatura (en su edad madura no pasaba de 1,58 m.), que al ser bautizado recibió el nombre de Iñigo. En adelante se llamará Iñigo de Loyola, o también Iñigo López de Loyola (no López de Recalde, como erróneamente afirman algunos historiadores). Al entrar en la Univ. de París en 1528 latinizará el nombre de Iñigo en Ignatius y por varios años alternará el Iñigo y el l., hasta que por fin prevalecerá el último. Pronto m. su madre, agotada quizá por una fecunda maternidad de 12 hijos, el último de los cuales fue I. Crióse a los pechos de una nodriza campesina, cuyo marido trabajaba en las herrerías del señor de Loyola. Allí se familiarizaría con la misteriosa lengua vasca, de la que siendo mayor, no pudo hacer mucho uso, y allí aprendería las costumbres tradicionales del país, las fiestas populares con cantos y danzas. Sabemos que siempre fue aficionado a la música, que «le hacía bien al alma y a la salud corporal». Siendo de 40 años, no tuvo reparo en bailar un aire de su tierra para consolar a un melancólico discípulo espiritual, que se lo pedía. Y siendo viejo y enfermo, rogaba a algún hermano que le cantase un cántico devoto, o al P. Frusio que tocase el clavicordio, porque eso le daba alivio. La educación que recibió en su casa fue profundamente religiosa, si bien alguna vez llegarían a su conocimiento ciertos extravíos morales de sus parientes. Quería su padre enderezarlo hacia la carrera eclesiástica, pero al niño le fascinaba mucho más la vida caballeresca y aventurera de sus hermanos mayores. Dos de ellos habían seguido las banderas del Gran Capitán en las guerras de Nápoles (v. FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, GONZALO). Un tercero se embarcó para América, siendo ya comendador de la Orden de Calatrava. Otro se estableció en un pueblo de Toledo, después de participar, como capitán de compañía, en la lucha contra los moriscos de Granada. Y otro, por nombre Martín, siendo señor de la casa de Loyola, acaudilló tropas guipuzcoanas al servicio del Duque de Alba contra los franceses invasores. Poco antes de morir su padre, quizá en 1506, I. fue enviado al palacio de Don Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor (algo así como ministro de hacienda) del Rey Católico, y presidente en Arévalo (Ávila), aunque frecuentemente se trasladaba a Medina del Campo, Valladolid, Tordesillas, Segovia, Madrid, y adondequiera que se hallase la Corte. Toda la inmensa llanura de la vieja Castilla la pasearía 1. a caballo, acostumbrando sus ojos a este panorama, tan distinto del de su tierra. La educación que recibió en palacio fue exquisitamente cortesana y caballeresca, dejando huella imborrable en sus modales y en la configuración de su espíritu, según atestiguan sus coetáneos. Ejercitábase en la caza, en los torneos, en tañer la viola, en correr toros, en servir y participar en los opíparos banquetes, que su pariente Doña María de Velasco, esposa de Don Juan Velázquez, preparaba a la reina Doña Germana de Foix, segunda mujer del rey Fernando. Leía con avidez las novelas de caballerías, especialmente el Amadís de Gaula, y las poesías eróticas de los Cancioneros. «Aunque era aficionado a la fe (nos dirá más tarde su secretario), no vivió nada conforme a ella, ni se guardaba de pecados; antes era especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres y en revueltas y cosas de armas»; pero añadirá a continuación, que «era animoso para acometer grandes cosas» y «nunca tuvo odio a persona ninguna, ni blasfemó contra Dios...; también dio muestra en muchas cosas de ser ingenioso y prudente en las cosas del mundo y de saber tratar los ánimos de los hombres, especialmente en acordar diferencias o discordias». Más tarde Íñigo llorará amargas lágrimas de penitencia por sus extravíos juveniles y se mirará «como una llaga y postema, de donde han salido tantos pecados y ponzoña tan turpísima». Platónica y caballerescamente se enamoró de una alta dama, que «no era de vulgar nobleza; no condesa ni duquesa, mas era su estado más alto», según propia confesión (¿la reina Doña Germana, o más bien, la infantita Doña Catalina, hermana de Carlos V?). A la muerte de Don luan Velázquez en 1517, I., que había pasado en Arévalo más de diez años, se acogió al duque de Nájera, Antonio Manrique, Virrey de Navarra y algo pariente suyo. Sirviendo al duque, participó en sosegar los tumultos durante la revolución de los Comuneros (espada en mano en el asalto de Nájera, diplomáticamente en la pacificación de Guipúzcoa), y peleó animosamente en el castillo de Pamplona contra los franceses, hasta caer herido en ambas piernas por una bala de cañón (20 mayo 1521). Impropiamente se le llama «soldado» o «capitán»; era un gentilhombre de la casa del duque y luchaba por lealtad a su señor, como era costumbre de todos los caballeros. Mientras en Loyola le curaban la herida, se hizo aserrar un hueso encabalgado sobre otro, sólo porque le afeaba un poco, impidiéndole llevar una media elegante, y sufrió estoicamente que le estirasen la pierna con instrumentos torturadores, a fin de no perder la gallardía en el mundo de la Corte.
     
      Durante la convalecencia, no hallando las novelas de caballerías que él deseaba, se puso a leer la Vidas de los Santos (Legenda aurea) de Jacobo de Varágine, y la Vida de Cristo, de Ludolfo el Cartujano, con lo que se encendió en deseos de imitar las hazañas de aquellos héroes, más admirables que los de las fantásticas novelas, y de militar al servicio no de un «Rey temporal», aunque se llamase Carlos V, sino del «Rey eterno y universal que es Cristo Nuestro Señor». Reflexionando sobre las consolaciones y desolaciones espirituales que entonces experimentaba, aprendió a discernir el buen espíritu del malo, con fina psicología sobrenatural. Su conversión y entrega a Dios fue total y perfecta (otoño 1521). Desde aquel momento todas sus acciones y operaciones serán ordenadas a la mayor glorificación de Dios: Ad maiorem Dei gloriam. En febrero de 1522 sale de Loyola con propósito de ir peregrinando hasta Jerusalén. Detiénese tres o cuatro días en el monasterio de Montserrat, donde cambia sus lujosas ropas por las de un pobre, hace confesión general con un monje benedictino, de quien recibe las primeras instrucciones espirituales, entrega su caballo al monasterio y deja espada y puñal, como exvoto, en el altar de Nuestra Señora. Y como tenía el pensamiento lleno de ideas caballerescas, determinó velar sus armas ante la Virgen del Santuario, durante la noche, según el rito de los que se armaban caballeros. Por circunstancias imprevistas tuvo que retrasar su viaje a Palestina, deteniéndose casi un año en Manresa, donde llevó al principio vida de soledad y oración (siete horas al día de rodillas) y de ásperas penitencias; después, vida de apostolado y asistencia a los hospitales. En una cueva de los contornos escribió sus primeras experiencias en las vías del espíritu, normas, consejos y meditaciones, que andando los años formarán, con añadiduras y retoques, el librito inmortal de los Ejercicios espirituales, «el código más sabio y universal de la dirección de las almas», como dijo Pío XI, pero que no es para ser leído, sino practicado. «El que lo tomase como libro de lectura cometería el mismo error que el que quisiera juzgar de la belleza y vida de un hombre contemplando su esqueleto» (Papini).
     
      Ya en Manresa el Espíritu Santo lo transformó en uno de los místicos más auténticos que recuerda la historia. Como fruto de sus contemplaciones se puso a escribir un libro sobre la Santísima Trinidad, que no continuó, pero cuyo misterio le quedó grabado a fuego en el alma, como aparece en su futuro Diario espiritual. La ilustración más alta que entonces tuvo, y que le iluminó aun los problemas de orden natural, fue junto al río Cardoner. Prosiguiendo su peregrinación, se embarca en Barcelona para Italia. De Roma sube a Venecia, siempre mendigando. De balde es admitido en una nave que, pasando por Chipre, le deja en la costa de Palestina. Visita con íntima devoción los santos lugares de Jerusalén, Belén, el Jordán, el Monte Calvario, el Olivete. No le permiten quedarse allí, desahogando su devoción a Cristo y «ayudando a las almas». A su vuelta, persuadido de que para la vida apostólica son necesarios los estudios, comienza a los 33 años a aprender la gramática latina en Barcelona, pasa luego a la Univ. de Alcalá y es procesado, no por la Inquisición, sino por el Vicario general de la diócesis, como si fuera un erasmista o «alumbrado».
     
      Buscando campo más apto y universal para su apostolado, se dirige a la Univ. de París, donde transcurre siete años (febrero 1528-abril 1535), estudiando filosofía y teología, y poniéndose en contacto con las corrientes culturales y religiosas del tiempo. Reúne en torno de sí algunos universitarios, que serán los pilares de la Compañía de Jesús: Fabro, Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues, Bobadilla, con quienes hace voto de pobreza, castidad y vida apostólica, a ser posible en Palestina, y si no en donde les ordenase el Vicario de Cristo (Montmartre 15 ag. 1534). Como el viaje a Palestina resulta imposible, desde Venecia va I. con sus compañeros a Roma, a ofrecerse al Sumo Pontífice. Poco antes de entrar en la ciudad, una maravillosa experiencia mística (La Storta, nov. 1537) le confirma en la idea de fundar una Compañía, o grupo de apóstoles, que llevará el nombre de Jesús. Paulo III, el mismo que abrirá el Conc. de Trento, aprueba, a instancias del card. Contarini, el instituto de clérigos regulares de la Compañía de Jesús (27 sept. 1540). Mientras los compañeros de 1. y sus primeros discípulos salen con misiones pontificias a diversas partes de Italia, a Trento, Alemania, Irlanda, India, Japón, Etiopía, Congo, Brasil, el fundador permanece fijo en Roma, recibiendo órdenes inmediatas del Papa y comunicándolas a sus hijos en innumerables cartas (hoy conservamos 6.795). No por eso deja de predicar, dar ejercicios, enseñar el catecismo en las plazas, remediar las plagas sociales, fundando instituciones y patronatos para pobres, enfermos, huérfanos, judíos, mujeres perdidas o en peligro, etc., mereciendo el nombre de «apóstol de Roma». No contento con regenerar moralmente la Ciudad Eterna, intenta hacer de ella un centro de ciencia eclesiástica, con. un plantel de doctores, de los que pueda disponer cuando quiera el Sumo Pontífice. Con este fin crea el Colegio Romano (1551), futura Univ. Gregoriana, a cuyo lado surge el Colegio Germánico (1552), que tenía por finalidad educar a los jóvenes sacerdotes alemanes que habían de reconquistar a su patria para la Iglesia. A los jesuitas esparcidos por todo el mundo los exhorta y amonesta a dar los ejercicios espirituales; a enseñar el catecismo a los ignorantes; a visitar los hospitales; a tratar con los pobres y también a tratar con los príncipes para moverlos a una conducta moral y a una política cristiana. Su mirada apostólica se extiende a todas las naciones. Los últimos años de su vida despliega increíble actividad, fundando colegios y universidades para la formación de la juventud y del clero, en donde se enseña gratuitamente desde los elementos de la gramática y el catecismo hasta la teología. Con la ayuda de su secretario Juan de Polanco, escribe las Constituciones de la Compañía de Jesús, obra maestra de legislación, cuya cuarta parte será el germen de la Ratio studiorum Societatis Iesu, que surgirá a fines de siglo. Dicta además sabias normas de táctica misional para los que evangelizan tierras de infieles, y no menos prudentes reglas propone a S. Pedro Canisio (v.) para la restauración católica en Alemania y Austria. Entre las grandes figuras de la Contrarreforma (v.) descuella como pocas; son los historiadores protestantes los primeros en proclamarlo después de L. Ranke y W. Maurenbrecher, especialmente Heinrich Bóhmer, Everard Gothein y Paul van Dyke, que le han dedicado sendas biografías, muy estimables. Al vasto movimiento de la Reforma católica él le dio dos elementos fundamentales: una espiritualidad recia y segura, la de los ejercicios, y la enseñanza cristiana de la juventud, descuidada hasta entonces. Su devoción al Vicario de Cristo y a «Nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica» brota naturalmente de su apasionado amor al Redentor, «nuestro común Señor Jesús», «nuestro Sumo Pontífice», «Cabeza y Esposo de la Iglesia». Reduciendo a esquemas simplistas su doctrina espiritual, sobre todo, en los ejercicios, muchos la falsearon, presentándola como un asceticismo demasiado voluntarista y casi antimístico. Hoy día tales prejuicios se han disipado con el estudio serio de las fuentes. Basta leer algunas de sus cartas y especialmente su Diario espiritual (sólo se conservan sus notas de un año, de 1544-45), donde con palabras entrecortadas y realistas, no destinadas al público (ni siquiera. a su confesor), descubre las intimidades de su corazón y las altas experiencias místicas de cada día, para persuadirnos que estamos ante una de las almas más privilegiadas con dones y carismas divinos. También hay que reaccionar contra ciertos retratos literarios y artísticos que nos lo pintan como una figura del Greco y de carácter sombrío. Ya hemos dicho que era corto de estatura y carirredondo. Queriendo un día un hombre de Padua describirlo, se expresó así: «es un españolito, pequeño, que cojea un poco y tiene los ojos alegres». Sus coetáneos nos lo pintan risueño, sereno y afectuoso, con extraordinaria propensión a las lágrimas. Todos cuantos trataban con él se dejaban prender de un sentimiento que no era solamente admiración, sino también cariño. «El padre Ignacio -decía G. Loarte- es una fuente de óleo». Y según él, la suavidad del aceite debía ser dote propia de todos los superiores.
     
      Falleció en Roma humilde y calladamente, sin que casi se dieran cuenta sus compañeros, el 31 jul. 1556. El card.
      B. de la Cueva exclamó: «La Cristiandad ha perdido una de las cabezas señaladas que en ella había». Beatificado en 1609, fue solemnemente canonizado el 12 marzo 1622. Su fiesta se celebra el 31 de julio.
R. GARCÍA-VILLOSLADA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Juan de Avila (1499-1569)

Vida y actividades. N. en 1499 en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Fue hijo único de Alonso de Ávila, descendiente de judíos, y de Catalina Xixón. De 1513 a 1517 estudia en Salamanca las «negras leyes». Allí sufre una verdadera conversión a una vida mejor. De 1517 a 1520 vive retirado en Almodóvar. De 1520 a 1523 estudia Artes en Alcalá, alcanzando el título de bachiller, y del 1523 a 1526 estudia Teología. Vive en un clima efervescente de renacentismo e iluminismo (v.). Las prensas complutenses editan por entonces los libros de Erasmo (v.). La mayoría de los profesores y alumnos son sus partidarios. J. de A., más tarde, recomendará su lectura (Cartas 5 y 225).
      Se ordena sacerdote en 1526 y celebra en Almodóvar su primera Misa, para marchar en seguida a Sevilla con ánimo de pasar a las Indias. Antes repartió entre los pobres su patrimonio. Pero en Sevilla le conoce el buen sacerdote Fernando de Contreras y éste consigue que el arzobispo Manrique le retenga allí. Quizá su sangre «no limpia» impidiera el embarque. Trabaja en Sevilla, Écija, Alcalá de Guadaira, Lebrija... Pero pronto, en 1531, es denunciado a la Inquisición (ciertas frases borrosas, las clásicas reuniones de grupitos para hacer oración, etc.). En 1531 se dicta contra él la orden de prisión. Durante la misma su espíritu madura y piensa planes de acción. Traduce el Kempis (v.) y comienza a escribir el Audi Filia. El 5 jul. 1533 es absuelto. Marcha a Córdoba, cuya diócesis será, en adelante, el epicentro de su vida inquieta. Luego a Granada, donde debió de hacerse maestro en Teología. También Baeza, Jerez de la Frontera, Sevilla, Zafra, Priego, Montilla, etc., serán escenario de su apostolado multiforme. Porque J. de A. predica, confiesa, dirige, escribe, reúne discípulos, funda colegios, aconseja a obispos, crea un movimiento de renovación pastoral que pronto le hará célebre en toda España. Su predicación impresiona y las conversiones que provoca son a veces llamativas: Sancha Carrillo, Juan de Dios (v.), María de Hoces, Francisco de Borja (v.)... En seguida reúne un crecido número de discípulos y dirigidos de todas las clases y condiciones. Entre los que le consultan ocasionalmente figura Teresa de Jesús. Algunos clérigos forman un grupo de hijos espirituales que le obedecen, trabajan a sus órdenes, y constituyen casi una congregación. Algunos tienen vida común con él. Son misioneros, catequistas, maestros en colegios, y desde sus oficios y beneficios viven una vida apostólica y ejemplar, aquella que Trento legislaba por esos mismos días.
      La fundación de colegios fue una de las grandes preocupaciones y realizaciones de J. de A. En esto, como en otras iniciativas pastorales, fue su maestro F. de Contreras. Pero él amplió los horizontes: Colegios para formación de clérigos como en Granada, Córdoba, etc. Colegios «de la doctrina» para niños pobres. Colegios de estudios para clérigos, y seglares de distintas categorías: de letras, de artes, de teología, de escritura. En el Colegio de Baeza (fundado por el notario papal Rodrigo López en 1538) es procurador y gestor; en él pondrá sus mejores empeños y colocará a los mejores de sus discípulos, hasta convertirlo en la universidad más importante de toda Andalucía (año 1542 y ss.). Más de quince colegios de una u otra clase fundó a lo largo de su vida. En la de otros muchos intervino indirectamente por medio de sus discípulos.
      El movimiento sacerdotal y apostólico de J. de Q. se encontró con otro similar que penetra en España hacia 1546: la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola (v.). Pronto surgieron los contactos. El resultado fue que el grupo de J. de A. quedó frenado sin llegar a organizarse y muchos de sus discípulos pasaron a la Compañía. Él mismo estuvo en pasamientos y tratos para incorporarse a ella y S. Ignacio lo deseó grandemente, pero sus años y achaques, su condición de «cristiano nuevo», su estilo espiritual, lo impidieron. J. de A. siguió cultivando a los discípulos que quedan en el siglo, o en otras instituciones, y siendo el consultor de media España que busca en él consejos e iniciativas espirituales.
      Los grandes prelados, como Gaspar de Ávalos, Cristóbal de Rojas, Juan de Ribera, Pedro Guerrero..., le escriben y consultan. A Pedro Guerrero, su gran amigo, dedica el Tratado de la reformación del estado eclesiástico, y su escrito De lo que se debe avisar a los obispos, obras que aquél llevará a Trento, ya que no pudo llevar al maestro. Para Cristóbal de Rojas redactará las Advertencias al Concilio de Toledo (1565-66), que aquél presidió, y que fue uno de los Concilios provinciales convocados para aplicar el de Trento.
      Los últimos 16 años de su vida los pasa retirado en Montilla. Graves enfermedades le postran y debilitan. Vive con dos de sus discípulos, Juan Díaz y Juan de Villarás. Desde allí atiende a todos, escribe y reza. Dirige a Ana Ponce de León, condesa viuda de Feria, monja en el monasterio de Clara de aquella ciudad. Trata mucho con los jesuitas que han fundado un Colegio en Montilla. Sufre con la inclusión de su Audi Filia en el drástico catálogo de libros prohibidos del inquisidor Valdés en 1559 (se había editado su libro en Alcalá en 1556 sin que él lo supiera) y porque varios de sus discípulos se ven más o menos implicados en asuntos inquisitoriales: son cristianos nuevos, y tienden hacia un iluminismo (v.) que no es el sereno y equilibrado del Maestro. Sus dolencias son cada vez más graves y muere santamente en su casita de Montilla el 10 mayo 1569. Quiso ser enterrado en la iglesia de la Compañía de Jesús. Fue beatificado por León XIII en 1894 y declarado patrono del clero secular español en 1946 por Pío XII. Canonizado en 1970 por Paulo VI.
      Significado de su obra. J. de A. es el exponente principal en España de la reforma religiosa en la hora del Renacimiento. Todas las inquietudes y deseos que desde el s. xv venían pululando, y que a lo largo del xvi cristalizarán en mil realizaciones más o menos logradas, él las centra en cierta manera. Su misma condición de clérigo secular sin más aditamentos le hace más universalmente representativo. En sus relaciones humanas hay personas de todas las edades y todas las clases sociales, cuenta con discípulos de muy variada condición: prelados, clérigos, religiosos (Fray Luis de Granada será de los más afectados por él y que más le veneren), nobles, gentes humildes. Pero lo más interesante es el equilibrio doctrinal y de acción que él significa. Los afanes de reforma del s. xv y primera mitad del xvi son imprecisos, vacilantes muchas veces. Se buscan soluciones, con generosidad casi siempre, pero en ocasiones sin acierto. El clima general es, por eso mismo, de libertad, de irenismo, de iniciativas audaces. Se vuelve la mirada al Evangelio y... a los clásicos paganos. Ese ambiente es el que ha respirado J. de Á. en Alcalá. Su alma recta y auténticamente cristiana le ha hecho asimilar lo mejor de aquel clima, e instintivamente le ha librado de ciertos escollos.
      Pero los tiempos fueron cambiando. Y la libertad de movimientos de los hombres también. Las tensiones se definen y precisan, y las actitudes encontradas se fueron recortando y se levantaron frente a frente. Trento (v.) es la gran línea divisoria. Todo esto se registra muy bien en la vida y en la obra de J. de Á. Basta confrontar las dos redacciones del Audi Filia, la de 1556 y la de 1574. En la primera el tono es más optimista y de mayor confianza, amplio, «irénico», se insiste en el beneficio de Cristo, tema tan valdesiano y erasmiano; hay más pasividad en la vida espiritual que se presenta, y más frescura, más libertad en la expresión, hay gotas de nominalismo (v.) en el fondo. La segunda edición aparece después del Conc. de Trento. Su tono es distinto. Lo esencial permanece pero depurado, precisado, anotado con explicaciones y atenuantes.
      Permanece lo que hubo siempre en él de la S. E. (sobre todo de S. Pablo), de fervor patrístico y tomismo, de espiritualidad de S. Bernardo y S. Buenaventura, de influencias de la devotio moderna (v.), de escondido erasmismo y humanismo renacentista. Permanece el tema clave de su vida y de su doctrina: el misterio de Cristo, del Cristo total, pero mejor matizado a la luz del Conc. de Trento. Ignacio de Loyola, la otra cumbre de la reforma en España, fue siempre más igual a sí mismo, más cauto, en cierto modo más sencillo y más anclado en lo seguro y recibido. El mismo amor empujó a estos dos hombres y les hizo en gran parte afines, pero su psicología era distinta. En J. de Á. hay más teología y peso doctrinal. Y también más cultivo de la vida de oración, que llevará a desviarse a algunos de sus discípulos, haciéndoles incidir en un iluminismo peligroso, que supo evitar la gran personalidad del maestro. Esa tendencia se dio también en no pocos jesuitas españoles, y dio quehacer a los superiores de la Orden a lo largo de todo el s. xv1. La espiritualidad de ambos es eminentemente apostólica, volcada a la acción, que en Ignacio aún es más relevante. En cuanto a realizaciones prácticas J. de Á. e Ignacio fueron clarividentes y eficaces, pero Ignacio dio con la fórmula institucional, la Compañía, de proyección universal. J. de Á. no pasó de crear un movimiento fecundo pero que -no institucionalizado- se extinguió en seguida. Hay algo de grandioso fracaso en su obra y en su vida que acabó humildemente en el rincón de Montilla.
      En resumen, J. de A. recoge lo mejor de las corrientes espirituales anteriores, y nos ofrece una doctrina ecléctica pero genial, y en él muy completa y lograda: cristocéntrico y eclesial, asceta firme y prudente, abierto a la mística sin exaltaciones sentimentales. Su preocupación por la reforma eclesial tuvo consecuencias preciosas, sobre todo en lo que a la visión y formación del estado clerical se refiere. Sus advertencias a Trento en ese sentido fueron penetrantes y exactas. Hombre de vuelo sublime y de sentido práctico a la par, que vivió toda la maravillosa evolución espiritual de su tiempo. Tradicional y, a la vez, intelectualmente al día. Contemplativo, austero, celoso y trabajador. Su historia refleja la historia de la España espiritual del s. XVI.
      Escritos. El Audi Filia, antes citado. La 2a ed., cuidadosamente limada y ampliada por él, se publicó ya después de su muerte, en 1574. Los Sermones, que recogen algo de lo que fue su ardiente predicación. Las Cartas, lo mejor de J. y de las que varias constituyen pequeños tratados. El Tratado sobre el sacerdocio, de donde se tomaron las pláticas sobre el mismo tema. El Tratado sobre el amor de Dios, sencillamente delicioso. La traducción del Kempis, ya aludida. Y otras obras menores (avisos, pequeños trataditos, versos...). La influencia de sus escritos, aun durante su vida, fue inmensa. Se editan y traducen mucho después de su muerte y casi todos los autores espirituales posteriores le citan. En la misma escuela beruliana (v. BERULLE) influirá por su doctrina y afanes por el sacerdocio, sobre todo a través de A. de Molina, que depende de él. J. de A. no es un pensador hondo y genial, como p. ej. S. Juan de la Cruz. Por eso, como ocurre con todos los activistas y culturalistas, su influencia actual es más por su recuerdo histórico y ejemplar que por su real magisterio doctrinal, sin que éste pueda negarse a una selección de sus escritos, por su sana y elaborada espiritualidad, por su realismo, por su estilo sereno y vigencia actual.

 

B. JIMÉNEZ DUQUE.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Fray Luis de Granada (1504-1588)
Uno de los grandes escritores españoles, también notable predicador, dominico, de nombre en el mundo Luis de Sarria.
     
      Biografía. N. en Granada, en 1504, en el seno de una familia sencillá: «siendo yo hijo de una mujer tan pobre, que vivía de la limosna que le daban a la puerta de un monasterio» (Obras XIV,459), en Santa Cruz la Real, fundación de los Reyes Católicos, a raíz de la toma de Granada. Huérfano, el conde de Tendilla, alcaide de la Alhambra, le apadrina y educa junto con sus hijos: «me crió desde poca edad con sus migajas, dándome de su mismo plato en la mesa de lo que ella misma comía», dice refiriéndose a la condesa (Obras, XIV,511). En 1524 pide el hábito dominicano en Santa Cruz la Real. En 1529 jura los estatutos del Colegio de San Gregorio de Valladolid, escuela de teólogos. Allí convive con Bartolomé Carranza (v.) y Melchor Cano (v.). Edita, con prosas y versos propios del más exigente humanista, los comentarios de Astudillo, rector del Colegio, a Aristóteles (1534).
     
      Le atrae la vocación misionera en el Nuevo Mundo y se va a Sevilla para preparar el viaje; a punto de zarpar, fray Miguel de los Arcos, que rige entonces en Andalucía, le cambia el rumbo y le manda a Escalaceli (Córdoba), con una misión dé restaurador. Conoce e intima con S. Juan de Ávila (v.). En esos años (1534-45) se consagra como predicador. Andalucía es el campo de su apostolado. En 1551 pasa de Badajoz a Évora, como capellán, confesor y predicador del arzobispo, el card. infante D. Enrique, y con él va a Lisboa, donde fija su residencia. Es provincial de los dominicos lusos (1556-60) y también consejero de la corte, predicador, escritor. Se le presentan problemas: Valdés, Inquisidor General, asesorado por M. Cano, lanza el Catálogo de libros prohibidos, en el que se incluyen los de fray Luis; la anexión de Portugal a España deshace la provincia y le pone en una encrucijada, de la que sale airoso con la ayuda de su hijo espiritual el duque de Alba; y finalmente, el proceso inquisitorial de «la monja de Lisboa», cuando está ya «muy viejo y enfermo», según testifica J. Gracián (Peregrinación de Anastasio: Obras, Burgos 1933, 100). El 31 dic. 1588, en Lisboa, se «fue a tener los buenos años en el cielo». Admirado de todos, el nuncio dio la noticia a Roma, y añadió que la muerte de fray Luis representaba una «gran pérdida» para el mundo cristiano. Fue, según Araujo Costa, el «escritor» espiritual del Imperio, y de la cristiandad, como refrendó el papa Gregorio XIII, a sugerencia de S. Carlos Borromeo.
     
      Obras. La vocación literaria de fray Luis aparece tempranamente en los prólogos a Astudillo (1534). Algunas epístolas de la época de Escalaceli (1534-45) testimonian su extraordinaria sensibilidad estilística. Pero el escritor se revela al publicar el Libro de la oración y meditación (1554), que conmueve a España entera, agotándose sucesivas ediciones y traducciones. A partir de tal éxito, fray Luis continúa escribiendo. El escollo originado por el Catálogo (1559) frena sólo momentáneamente el impulso literario de fray Luis.
     
      Su producción es muy abundante. Un ensayo de clasificación temática distingue seis o siete series; las más importantes son, dentro de las obras mayores, los libros de predicación, redactados en latín, y que abarcan toda la gama, desde la retórica a los sermones, pasando por las fuentes o silvas de lugares comunes (un lote de 20 t. aprox.); y los libros espirituales, en purísimo español, en los que se extiende a los varios problemas que entraña la vida cristiana. En este grupo figuran sus obras maestras: Libro de la oración y meditación (Salamanca 1554), Guía de pecadores (texto definitivo, Salamanca 1574) e Introducción del símbolo de la fe (Salamanca 1583). Y una interesantísima serie de biografías de «espirituales» contemporáneos suyos, como testigos de encarnación de la vida cristiana en los diversos estados: el predicador Juan de Ávila, el arzobispo Bartolomé de los Mártires, el cardenal-rey Don Enrique, la criada Melicia, etc.
     
      Para captar el ritmo con que fray Luis va fraguando estas obras es imprescindible oír su propia «confesión», y no limitarse a los episodios doctrinales o históricos que le obligaron a revisar sus libros. La revisión obedece al imperativo de la génesis dinámica de un escritor que conoce y ama su oficio, tanto como artista que como teólogo. El servir al pueblo de Dios con los libros le acentúa la responsabilidad y, por otro lado, la conciencia responsable se alía a su personal temperamento artístico. Las variantes que introduce, p. ej., en el Libro de la oración no alteran la estructura de la obra. Los primeros esbozos datan de 1539. Correcciones y añadiduras se advierten en las ediciones de 1554 a 1559; la edición «castigada» (Salamanca 1566) respeta al máximo el texto «prohibido».
     
      La Guía de pecadores nació como «tercera parte» del Libro, sin pretensiones, pese a su extensión (Lisboa 155657); es un conjunto de temas, ejercicios y oraciones. Ya en la primitiva edición confiesa: «Mi intención es, si el Señor fuere servido, tratar este mismo argumento más copiosamente en otro libro» (Obras, X,6), lo cual se materializó en la Guía de 1567. El episodio inquisitorial puso en tensión su capacidad creadora, agudeza psicológica y su dominio de la teología. Pero el libro estaba concebido ya al redactar y editar el primer bosquejo.
     
      Lo mismo sucede con el Memorial: en 1561, apenas rehecho del quebranto de la prohibición inquisitorial, publicó unos opúsculos nuevos. El Memorial «pequeñito, el cual se acrecentó y mudó en el grande». El proceso de gestación dinámica del Memorial no acaba ahí: «si el Señor alargase un poco los plazos de la vida -que tan apresuradamente corre por la posta-, podríanse tratar algunas partes de esta doctrina más copiosamente, en especial el Tratado del amor de Dios con el de la Vida de Cristo» (Obras, II1,8). Ahí está el proyecto; y después, los dos tomos de Adiciones, complemento del Memorial y exquisita novedad. La Introducción del símbolo es «cuasi tanto (en extensión) como todos los otros libros que tengo escritos en nuestra lengua» (Obras, XIV,13). Libro de plenitud, de ancianidad, rebosa juventud y frescura literaria.
     
      Doctrina. Fray Luis es, ante todo, un catequista. En primer lugar con la palabra, que es «espada espiritual que corta los vicios»; reflexiona con hondura en el misterio y en el ministerio de la palabra de Dios. En segundo lugar, con los libros; son «armas de la caballería cristiana», que vencen los «libros torpes y profanos de la caballería del diablo», donde hace alusión a los libros de caballerías (v.) Pero lo que a fray Luis importa es instruir al cristiano y, más aún, ayudarle a serlo verdaderamente. Otros escritores, advierte el autor, abordan temas concretos; él se propone explicar la doctrina cristiana íntegra, pues «es la facultad propia de nuestra profesión, la cual nos enseña lo que habemos de creer, y lo que habemos de obrar, y los medios por donde alcanzaremos gracia para lo uno y para lo otro, que es la virtud de la oración y de los sacramentos» (Obras, X111,3). Y pone particular empeño en que la doctrina haga vibrar la vida; lamenta que algunos cristianos ignoren la doctrina cristiana; y también que si la saben, sea «como picazas, sin gusto, sin sentimiento» (ib., 11), sin vivirla.
     
      Tal es el esquema y los fines de sus obras. El Libro de la oración desarrolla un punto concreto, fundamental; la Guía es un formidable sermón que enseña a vivir virtuosamente; de objetivo más amplio es el Compendio de doctrina cristiana, escrito en portugués (Lisboa 1559); la catequesis de altura se aprecia en el Memorial y las Adiciones, que contienen la quintaesencia de su mensaje espiritual. Pretende «formar un perfecto cristiano, llevándolo por todos los pasos y ejercicios de esta vida» (Obras, III,6). En el desarrollo de un programa tan amplio, dos temas le parecen, por su primordial valor, dignos de más detenido comentario: el tema del amor, ya que la caridad es amor y en ella consiste la perfección cristiana; y el tema de Cristo, causa y fuente de toda la vida cristiana. Las Adiciones señalan doctrinalmente la línea más alta de su espiritualidad, que en el resto de los libros toca aspectos comunes. Los dos tratados, que hoy día parecen tan modernos, responden a una auténtica concepción de la vida cristiana. Por lo demás, como su maestro Juan de Ávila, es un perenne «enamorado del misterio de la Redención». Fray Luis, profundamente imbuido de S. Tomás, expone con maestría la fusión «caridad-perfección cristiana», tesis muy enraizada en la tradición del pensamiento tomista.
     
      La Introducción del símbolo de la fe es una obra única en su género. De carácter esencialmente apologético, responde también a una intención catequética, o mejor aún: misionera, vocación que fray Luis no perdió nunca, en el fuero de su intimidad. Una de sus últimas obras es un Catecismo o Breve tratado sobre la manera de «proponer la doctrina de la fe cristiana a los infieles». El prólogo es conmovedor: «Viendo yo, dice, que en esta edad se abren tantas puertas entre los gentiles para la dilatación de la fe, porque me cupiese alguna partecilla en esta obra..., quise servir con mi cornadillo, escribiendo este tratado» (Obras, IX,430). La Introducción es, pues, un libro misionero; un libro de diálogo con gentiles y cristianos separados. El análisis atento, minucioso, asombrado de las «obras de naturaleza» (el libro del mundo) es preámbulo para un sereno diálogo sobre las «obras de gracia». Inteligencia, fe, amor son los componentes de este segundo diálogo, que es el más extenso y al que se ordena el primero. En realidad, hoy pocos lectores pasan de la primera parte, que fray Luis escribió «por cebar a los hombres del mundo con el gusto de esta filosofía natural para levantarlos después a la sobrenatural, que se trata de las otras tres partes que se siguen» (Obras, XIV,494). Esa filosofía natural, tan honda, descriptiva y enamorada, es «un bellísimo manadero literario de la íntima avidez contemplativa e intelectiva que hay en el alma cristiana de fray Luis» (P. Laín Entralgo, o. c. en bibl.). Así, en las tres partes restantes, las nucleares en su intención, se explaya demostrando que la obra de la creación lleva a una religión, la única verdadera: la cristiana, porque sólo en ella y para ella se realiza la obra de la redención. La luz de la fe ilumina zonas oscuras a las que no llega la luz de la razón, que a veces se encalla en crasos errores (Obras, V1,33: el cántico a la fe viva). La Introducción del símbolo de la fe remata en 11 espléndidos diálogos entre un «catecúmeno recién convertido de la ley de Moisés a la gracia del Evangelio» y un «maestro en santa teología» (Obras, VI1I,184). Sus destinatarios son todos los fieles en general y, en particular, «los que de otra religión vinieron a la nuestra» (Obras, V,16-17; VIII,11).
     
      A los 80 años escribe la Historia de la salvación; con un poco de pesimismo compara los «dos estados de la Iglesia», es decir, el que «tuvo en sus principios», siempre ejemplar, y el «que agora tiene en el tiempo presente», triste y desgarrado (Obras, VIII,352), pues «la fe católica y la navecica de San Pedro ha padecido tantas tempestades cuantas todo el mundo conoce y llora» (Obras, V,6); en cierto modo, la Introducción del símbolo de la f e es un examen de conciencia, lúcido, amoroso, y una autocrítica sin miedo al s. XVI, que vivió casi entero. Con sensibilidad y responsabilidad vivió también los problemas eclesiales; le duelen el desvío y la falsa doctrina: el caso luterano (Obras, V,6-8); las almas irredentas: los infieles; las medidas de recelo contra los conversos, que tantos «hombres señalados en fe, letras y virtudes» (Obras, VIII,11) dieron a la Iglesia española; el problema, en fin, de la instrucción cristiana del pueblo, que algunos desquician con pareceres absurdos. Fray Luis, en el ocaso de su vida, hace la apología de los libros en romance (Obras, VI,26), que lo es a la vez de su vida; una vida de predicador y escritor. Las dos formaciones de base (la humanística y la teológica) le prepararon, ayudándose de una sed insaciable de lecturas (Santos Padres y autores coetáneos), a un gran servicio en pro de la Iglesia y de las letras.
     
      Influjo y valoración literaria. Su magisterio oral asombró a muchas almas; el escrito se puede apreciar aún. Las características de su prosa (sólo en su juventud, en 1534, publicó algunos versos académicos) son: la solidez y riqueza doctrinales; la untuosidad afectiva; la limpidez de un romance espontáneo, sonoro, limado, puro. Creó un estilo nuevo, de enorme carga estética. El idioma español alcanza con fray Luis una plenitud inusitada. Azorín era un admirador de fray Luis. Sus libros ejercieron hondo y fecundo influjo en la piedad cristiana; las ediciones y traducciones (aprox. 6.000) son un testimonio irreversible. Nicolás Antonio le admira, entre los príncipes del castellano, como «al primero o igual al primero» (Bibliotheca Hispana Nova, II,31); y concluye: «nuestra nación no tuvo ni quizá volverá a tener un escritor de más estatura y de más utilidad» (ib. II,34).

A. HUERGA TERUELO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de 1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue el tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda esposa, doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la santa tenía catorce años de edad. Teresa fue criada por su piadoso padre, que era amante de libros serios, y por una tierna y piadosa madre. Después de su muerte y del matrimonio de su hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho meses, debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años con su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes. En una de estas ocasiones, su tío la relacionó con las Cartas de San Jerónimo, las que hicieron se decida por la vida religiosa, pero no tanto debido a una atracción hacia ella, sino por el deseo de escoger el camino más seguro. Al no obtener el consentimiento de su padre, en noviembre de 1535, abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el Convento Carmelita de la Encarnación, en Ávila, el cual contaba en ese entonces con 140 monjas. El dejar a su familia la causó gran dolor, el cual comparaba luego con el que se siente por la muerte. Sin embargo, finalmente su padre cedió y Teresa tomó el hábito.

Después de su profesión —al año siguiente—, ella enfermó gravemente, teniendo que soportar una larga convalecencia, la cual, unida a los torpes tratamientos médicos, la dejaron reducida a un estado más calamitoso, e incluso, después de su parcial recuperación, gracias a la intercesión de San José, su salud siempre fue pobre. Durante estos años de sufrimientos empezó la práctica de la oración mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas mundanos que realizaba con algunos parientes que visitaban con frecuencia el convento la hicieran indigna de las gracias que Dios le concedía por medio de la oración, abandonó esta práctica, hasta que fue influenciada primero por los dominicos y luego por los jesuitas. Entretanto, Dios había empezado a visitarla con "visiones intelectuales y locuciones", en las que sus sentidos no eran para nada afectados, pues veía las imágenes y escuchaba las palabras en su mente, también la alentaba y fortalecía para poder sobrellevar sus pruebas, reprendía por su falta de fe, y consolaba en sus problema. Incapaz de reconciliar estas gracias recibidas con sus defectos, los cuales su delicada conciencia le hacía ver como grandes faltas, recurrió no sólo a los confesores más espirituales que encontraba, sino también a algunos santos laicos, los cuales, al no saber que los relatos que ella les hacia de sus pecados eran bastante exagerados, creyeron que eran obra del maligno. Cuanto más ella luchaba por rechazarlos, tanto más Dios obraba maravillosamente en su alma. Toda la ciudad de Ávila vivía inquieta a causa de los informes acerca de las visiones de esta monja. Se le pidió a San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, y después a varios dominicos (particularmente a Pedro Ibáñez y a Domingo Bañez), jesuitas, y a otros religiosos y sacerdotes seculares, discernir la obra de Dios y guiarla por un camino seguro.

Los relatos contenidos en su "Autobiografía" (terminada en 1565, una versión más temprana se ha perdido), en las "Relaciones", y en el "Castillo Interior" acerca de su vida espiritual conforman una de las biografías espirituales más importantes, comparadas sólo con las "Confesiones de San Agustín". A este periodo también pertenecen las extraordinarias manifestaciones, como la transverberación del corazón que experimentó, sus desposorios espirituales, y su matrimonio místico. Una visión en la que vio el lugar en el infierno que le era destinado si no fuera fiel a las gracias recibidas, hizo que se determinara a llevar una vida más perfecta. Después de muchos problemas y oposiciones, Santa Teresa fundó el convento de Monjas de Carmelitas Descalzas de la Antigua Observancia de la Regla de San José de Ávila (24 de agosto de 1562), y, después de seis meses, obtuvo el permiso para poder residir en él. Cuatro años después, recibió la visita de Juan Bautista Rubeo (Rossi), el General de los Carmelitas, quién no sólo aprobó lo que ella había hecho, sino que además le dio licencia para fundar otros conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi de inmediato, fundó un convento de monjas en Medina del Campo (1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), y Caravaca (1576). En el "Libro de las Fundaciones", ella relata la historia de estos conventos, los cuales, en su mayoría, fueron fundados a pesar de existir grandes oposiciones, pero con la ayuda manifiesta del cielo. Por todas partes ella encontraba almas generosas que querían abrazar las austeridades de la regla primitiva del Carmelo. Luego de conocer a Antonio de Heredia, prior de Medina, y a San Juan de la Cruz (q.v.), empezó su reforma de los frailes (28 de noviembre de 1568), los primeros conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana (1569), Mancera, y Alcalá de Henares (1570).

Una nueva época se dio inicio con la entrada en religión de Jerónimo Gracián, ya que a este importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo de Visitador Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la estricta observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con el derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y el capítulo general. A la muerte del nuncio y con la llegada de su sucesor, empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su obra, la que duró cuatro años y pareció sería el final de la naciente reforma. Los hechos de esta persecución están bien descritos en sus cartas. La tormenta al fin pasó y la provincia de carmelitas descalzos, contando con el apoyo de Felipe II, fue aprobada y canónicamente establecida el 22 de junio de 1580. Santa Teresa, estando ya anciana y con la salud resquebrajada, realizó más fundaciones, en Villanueva del la Jara y Palencia (1580), Soria (1581), Granada (a través de su asistenta la Beata Ana de Jesús), y Burgos (1582). Ella abandonó este último lugar a finales de julio, y, deteniéndose en Palencia, Valladolid, y en Medina del Campo, llegó a Alba de Tormes en septiembre, soportando grandes sufrimientos corporales. Al poco tiempo tuvo que guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de 1582. El día siguiente, debido a la reforma del calendario, debía de ser considerado 15 de octubre. Después de algunos años su cuerpo fue trasladado a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado Alba, en donde todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual muestra las marcas de la transverberación, está también expuesto para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada en 1614, y canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta fue fijada en el día 15 octubre.

El lugar de Santa Teresa entre los escritores de teología mística no tiene comparación. En sus escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales, las cuales, gracias a una visión profunda y a un don analítico, explica con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la influencia de sus confesores y directores, muchos de los cuales pertenecían a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención de fundar una escuela, en el sentido literal del término, y no existe vestigio alguno en sus escritos de algún tipo de influencia del Areopagita, ni de las escuelas de mística patrística o escolástica, como se puede ver entre otros, en los místicos dominicos alemanes. Ella es intensamente personal, su sistema va exactamente hasta donde sus experiencias llegan, no dando un paso más allá.

Una última palabra debe ser agregada sobre la ortografía de su nombre. Últimamente se ha puesto de moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin "h", no sólo en español e italiano, en los que la "h" no tiene sentido, sino también en francés, alemán, y latín, los cuales deberían conservar la ortografía etimológica. Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de San Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia, y Thérèse, en francés.

BENEDICT ZIMMERMAN

 

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Luis de León, Fray (1527-1591)
l. Biografía. Ilustre poeta y escritor español del s. XVl, n. el 15 ag. (?) de 1527 en Belmonte (Cuenca), en la Mancha aragonesa. Hijo de Lope de León y de Inés Varela. Su sangre judía, por línea principalmente materna, influirá en su personalidad y en su obra (criticismo, tendencias exegéticas, amor por el detalle, capacidad de abstracción, predilección por la música...).
      En 1543, ingresa en la Orden de los agustinos. Más tarde obtiene en Salamanca su licenciatura en Teología, que enseña como lector en Soria, de donde luego es desterrado. Son los primeros choques con su Orden, que se repetirán en 1556, en Alcalá, donde estudia hebreo. En 1558, es Maestro en Teología, pero no consigue la cátedra de Biblia a que aspiraba. Hacia 1560 empieza a trabajar sobre el Cantar de los Cantares, poniendo de manifiesto sus teorías acerca del estudio de textos bíblicos, preludio de su enfrentamiento futuro con la Inquisición.
      También en esta época interviene en las discordias que agitaban la Universidad salmantina: fray Luis, de espíritu libre y sincero, resulta a veces intrigante y hasta egoísta, cayendo en los mismos defectos que condena. En su curso De Fide, insiste en sus ideas sobre la exégesis bíblica recurriendo a los textos hebreos y eliminando las versiones intermedias de los Santos Padres. Por ello, en la polémica de la Biblia de Vatablo, fray Luis y los
      profesores hebraístas se enfrentan a los escolásticos (dominicos y jerónimos) que les acusan de herejía ante la Inquisición. En 1572, fray Luis es encarcelado, más por las intrigas de aquéllos que porque el tribunal tuviese la convicción de su herejía. En 1576, sale absuelto, volviendo a la Universidad entre un entusiasmo apoteósico. Renuncia a su cátedra de Durando; pero consigue otra de Teología y su carrera universitaria será rápida y segura: gana las cátedras de Filosofía y Biblia (1578 y 1579), es nombrado Maestro de las Artes, y salva un nuevo expediente que sus detractores levantan a la Inquisición (1582).
      En 1586, después de un viaje a París, se establece en Madrid. El Consejo Real le encarga la recensión de las obras de S. Teresa. Defiende la reforma de la Santa y trabaja en la de su propia Orden. Por ello no acude a las repetidas llamadas de la Universidad, hasta que resuelve renunciar a su cátedra. Es nombrado vicario general de Castilla y luego provincial. Muere el 25 ag. 1591 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).
     
      2. El aspecto renacentista de fray Luis de León. Desde Italia, las características renacentistas (independencia de la razón frente a toda autoridad tradicional, individualismo, criticismo, sentido antropocéntrico, veneración de lo clásico, estudio de la naturaleza, ruptura con la tradición) se extendieron por los restantes países europeos. En unos se aceptó el renacimiento «integral», es decir, la imitación del arte, vida y costumbres de los antiguos. Otros modificaron el renacimiento en un sentido «moderado», vivificándolo con un espíritu de tradición cristiana, al que no se muestran dispuestos a renunciar. El renacimiento (v. RENACIMIENTO IV) español, tiene este carácter ecléctico del cual es figura representativa fray Luis de León.
      Producción en latín. Consta principalmente de traducciones de poetas clásicos, comentarios bíblicos, tratados teológicos (v. 5) y la versión (realizada por orden de sus superiores) de sus comentarios al Cantar de los Cantares, de 1580.
     
      3. Creación literaria en prosa castellana. Entre sus obras en castellano, la primera es el Cantar de los Cantares, traducción literal del libro de Salomón con los comentarios correspondientes a cada capítulo. «Pretendí que respondiese esa interpretación con el original no sólo en las sentencias y palabras, sino aun en el concierto y aire dellas». Con arreglo a sus ideas sobre la Biblia, no busca en el libro ninguna clase de alegoría, huye del tópico y habla puramente de amor humano: «el amor sólo el amor le habla y le entiende y le merece»; tratando este amor como símbolo del Amor entre el Alma y el Esposo.
      Al Cantar de los Cantares le sigue cronológicamente La perfecta casada, comentario del último capítulo del libro de Los Proverbios. Trata de «cuanto las Escrituras exponen del sacramento del matrimonio». Tiene como influjo más directo El jardín de las nobles doncellas, de Martín de Córdoba (s. XV), y De Institutione f eminae christianae de Vives (v.). Obra que no se limita a dar sus ideas sobre la armonía matrimonial, sino que expresa un pensamiento acerca del carácter de cada oficio del hombre en la sociedad. El orden vigente entre el cielo y la naturaleza es base de la moral y la convivencia: «el casado agrada a Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso el fraile, y el mercader en hacer debidamente su oficio...». Aunque desarrolla el concepto de «mujer fuerte» del libro de Los Proverbios, no tiene reparos en recurrir a escritores paganos para corroborar sus afirmaciones.
      Con De los nombres de Cristo se llega a su obra más compacta e importante. Es la versión cristiana de las doctrinas de Platón (v.), centrada armónica y directamente en la figura de Cristo. Los personajes (Sabino, Marcelo y Juliano) discuten sobre los nombres que se dan a Cristo en las Escrituras, en escenarios que denotan el sentimiento de la naturaleza que palpita en el autor. La obra consta de tres libros. En el primero, encontramos los nombres de «Pimpollo, Faces de Dios, Camino, Monte, Padre del siglo futuro, Pastor». En el segundo, «Brazo de Dios, Rey de Dios, Príncipe de la Paz y Esposo», y el libro tercero contiene los de «Hijo de Dios, Amado, Jesús y Cordero». Las disquisiciones teológicas alternan con toda clase de citas clásicas y opiniones personales.
      En cuanto al estilo, viene definido por el mismo fray Luis en la dedicatoria del libro tercero «...y destos son los que dizen que no hablo en romance, porque piensan que hablar en romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conoscen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juyzio, ansí en lo que se dize como en la manera como se dize; y negocio que de las palabras... elige las que convienen... y las pesa y las mide... Quise escrivir en diálogo, siguiendo en ello el exemplo de los escriptores antiguos, ansí sagrados como profanos, que más grave y elocuentemente escrivieron». En esta dedicatoria, expone fray Luis de León las cualidades del estilo retórico clásico que debe seguir un escritor renacentista: orden (presente en toda su obra), claridad, belleza (la prosa artística en De los Nombres de Cristo aparece engalanada con toda clase de figuras literarias usadas por los antiguos, lo que él llama f igurae verborum, paralelismo, antítesis, quiasmo, hipérbaton...).
      Siguiendo su tendencia al clasicismo, usa de los tres estilos que había diferenciado Quintiliano (v.): llano, templado y sublime. El estilo llano, para exponer las Escrituras, de manera clara y concisa, es sencillo y sin adornos. El templado es elegante y moderado, con suaves ornatos que gustan y deleitan; es el estilo que predomina en la obra. El sublime se utiliza en los momentos de gran emoción; «el estilo sublime difiere del templado sobre todo en que no aparece tan engalanado de figuras de palabras cuanto violento por las emociones del alma. Puede recibir ciertamente todas estas figuras, pero, si no le vienen naturalmente no las busca» (De Doctrina Christiana, libro cuarto).
      También a la manera clásica, vuelve a la estructura periódica de la frase, olvidada en favor de la ecclesiastica consuetudo, «y si acaso dixeren que es novedad, yo confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriven en esta lengua poner en ella número, levantándola del decaimiento ordinario». Hallamos cuatro tipos de movimiento de la frase: el ritmo llano, de dos o tres cola; el ritmo lírico, de hasta cinco cola; el ritmo argumentario, cuando desarrolla ideas por medio de razonamientos y comparaciones aristotélicos, y el movimiento áspero de la frase, en que se abandona la estructura periódica para acudir a la ecclesiastica consuetudo de su época. De los Nombres de Cristo es una gran obra en la que se revela tanto como humanista cuanto como teólogo, mezclando los estilos: oratorio clásico, por una parte, y estilo de predicación cristiana, por otra.
      Entre sus escritos en prosa, El libro de lob recorre la mayor parte de su vida, con varias interrupciones y recaudaciones en su elaboración. Traduce directamente del hebreo, comenta en lentas paráfrasis el sentido del texto y, al final de cada capítulo, añade como glosas composiciones en tercetos. El autor se siente identificado con Job (es muy significativo que la primera parte se escribiera en la cárcel). El tema de Job le sirve para expresar su tremenda lucha interior, en la que se hacen presentes todos los interrogantes de la vida del hombre. El libro está cargado de melancolía, la cual no es otra cosa que un estado de absoluto abandono donde no hay ni esperanza, «tiniebla más tiniebla», de una melancolía rayana en el existencialismo, del que sólo se salvará con la confianza en el perdón de Dios: «¿No veis cuál de la muerte me ha librado,/y cómo ha reducido el alma mía/al viso dulce deste sol dorado?» (XXXIII).
     
      4. Producción poética. Para tratar de fray Luis como poeta, hay que tener en cuenta su personalidad ascéticomística. Fray Luis es un asceta de hecho, un asceta que actúa; pero su obra no va dirigida a dar nuevas teorías sobre el ascetismo; él lleva una vida según las normas cristianas e intenta enseñarla. Lo que no se puede negar es el misticismo que se refleja en su poesía, aunque no consiga las esferas más elevadas, como S. Juan de la Cruz. En él la unión es un deseo, no un hecho, no importa que le muevan razones intelectuales, ni que sea más platónico que teresiano: «¿Cuándo será que pueda/libre de esta prisión volar al cielo,/Felipe, y en la rueda/que huye más del suelo/contemplar la verdad pura, sin velo?» (Oda A Felipe Ruiz).
      Fray Luis dejará de dar la tradicional importancia a la palabra del español (que parece crear de nuevo el objeto al nombrarlo), en favor de otra pasión superior, que intenta sublimar todas las experiencias humanas, la nostalgia de lo eterno. Las palabras sólo serán un medio de evasión hacia el sosiego, la paz, la divinidad (cuyos símbolos son la música, el campo, el sueño, la muerte, etc.).
      De todo esto surge un poeta solitario, de lírica sosegada, a pesar de lo que significa el que en él se den cita todos los motivos que, de algún modo, conmueven la vida espiritual de la España de su tiempo. A su soledad íntima se añade el sentimiento solitario en el aspecto exterior de su obra, ya que nunca pensó en publicarla. De esta última característica se deriva el aparente desaliño y descuido de sus composiciones. Fray Luis se pasa toda su vida luchando por un ideal; aunque pertenezca «a una clase de espíritus heroicos, dice Cernuda, divididos entre un ideal inasequible y una urgente realidad» y en los que lo verdaderamente importante es la lucha.
     
      División cronológica de sus «Odas». El primero, antes de la cárcel, incluye temas objetivos, descriptivos y morales. Utiliza ejemplos clásicos y citas reelaboradas sólo como instrumento para cristianizar o afirmar sus tesis. A veces los nacionaliza, como en La profecía del Tajo. En otras trata de la pasión amorosa (Las sirenas, en donde recomienda seguir el camino de Ulises con respecto al sexo femenino: «huye, que sólo aquel que huye escapa»). En De la Magdalena no esquiva nada material, porque el cuerpo es también herido por el Amor, y transforma la pasión mundana de aquélla en amor a Dios: «...las llamas apagó del fuego ardiente/las llamas del malvado/amor con otro amor más encendido...».
      Al segundo periodo, en la cárcel, corresponde la oda Noche serena: «Cuando contemplo el cielo,/de innumerables luces adornado/y miro hacia el suelo/de noche rodeado...» Si fray Luis se vale del mundo es para elevarse a la Divinidad, es decir: del abandono de lo corporal en que está su alma encarcelada, como en «Cuándo será que pueda...»; en esta oda el medio de la contemplación divina es el cielo estrellado. Su canto de dolor se basa en la antítesis tierra-cielo y en la descripción del cielo como morada de la Divinidad. En las odas
      A todos los santos y A Santiago se encuentra también una clara potenciación a lo divino; pero no como destrucción o mitificación de lo real, sino con una sustitución miembro a miembro de todas las potencias y divinidades clásicas por otras de la teología cristiana (Orfeo por David, Júpiter por Cristo, etc.). En «A una esperanza que salió vana» y en «¿Y dejas, Pastor Santo...» vuelve a embargarle la soledad, tanto que ninguna clase de alegría puede morar en él: «Huid, contentos de mi triste pecho/¿Qué engaño os vuelve a do nunca pudisteis/tener reposo ni hacer provecho?...». La sensación de soledad abrumadora recuerda sus errores y sufre, se mezcla el daño causado con el recibido, y esto produce la violencia de su impulso hacia la fuga definitiva, eliminando toda clase de detalles idílicos, como los que aparecen en su primera oda «Qué descansada vida... ». En la oda A Juan de Grial expresa la desolada tristeza del prisionero con descripciones de base horaciana al principio, para volver luego a su oscuridad y desolación.
      Escribe en esta segunda época odas místicas (A la ascensión, A todos los santos y Noche serena) y fuera de la cárcel la oda A Salinas (Francisco Salinas, v., era profesor de música de la Univ. de Salamanca), A Felipe Ruiz y Altna, región luciente... Las odas místicas surgen en él uniendo a su técnica clásica, la angustia existencial y la voluntad de salvación. La oda A la Virgen está escrita en los momentos más amargos de su vida; la justicia, le ha fallado, el amor y la amistad se han quedado a la otra parte de las rejas. Sólo le queda la esperanza en la Virgen: «Atiende a mi bajeza/mira mi abatimiento, de mi pena/contempla la graveza/con mano de amor llena/rompe de mis pecados la cadena». La misma relación entre el hombre abandonado que implora, y el ser trascendente se encuentra en la oda A la Ascensión del Señor. El poeta representa como real el recuerdo evangélico de la Ascensión, y teme que con la marcha de Cristo la tierra se quede sumisa en un caos inarmónico y terrible.
      La tercera etapa, después de la cárcel, muestra su evolución a la oda moral. Ya en la primera etapa, en su «En vano el mar fatiga...» (A Felipe Ruiz), trata de la avaricia. De ésta, enteramente horaciana, pasa, en la época de cárcel, a «Aunque en ricos montones...» contra un juez avaro, donde los materiales horacianos se unen al grito solitario del poeta encarcelado. Cuando se ve en libertad, el poeta, en «Qué vale cuanto ve...?», a pesar de que empieza con la avaricia, aísla la figura del tirano. De aquí se desencadenan las antítesis de tiranía y libertad, prisión y cielo. También en esta época vuelve al tema de la soledad: «Oh, ya seguro puerto...», que debe ser muy poco posterior a la liberación. El tema heroicomoral aparece en la oda A Portocarrero («No siempre es poderosa...») en la que el inocente resulta vencedor.
      En resumen: Fray Luis de León es, además de político, orador, moralista, teólogo y filósofo, un gran poeta. En él se funden armoniosamente las corrientes cristiana, judaica, y pagana que predominan en su tiempo. Es tanto su amor por la cultura hebraica que en las versiones bíblicas, sus laudes parecen obra de un poeta judío. Su espíritu rebelde y a la vez conservador y restaurador de la tradición, da nueva vida a la lengua castellana, y a partir de él se multiplican las variaciones de la lírica española.

JENARO TALÉNS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Juan de los Angeles (1536-1609)
Místico franciscano español. En sus 'Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios (1595) expone metódicamente una doctrina mística emparentada con la escuela de San Bernardo y San Buenaventura e influída también por los místicos Tauler y Ruysbroeck. Su concepto del amor es de origen platónico y de él trata en sus 'Triunfos del amor de Dios (1590)    

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San Juan de la Cruz (1542-1591)
Religioso y escritor místico español del Siglo de Oro. Su padre, Gonzalo de Yepes, mercader toledano, casó en Fontiveros con Catalina Álvarez, pobre huérfana que trabajaba en un telar. Ello supuso la extrañación de la familia paterna, y siguió una vida precaria, trabajosa. Nació el primer hijo, Francisco, en 1530. El segundo, Luis, poco después. El tercero, tardío, Juan, en 1542. El padre enfermó poco después y moría tras dos años de dolencia. La joven viuda, con tres niños y malquista de los parientes del difunto, acudió a uno de éstos, el Arcediano de Torrijos, que se desentendió. Recurrió a otro, médico en Gálvez; éste recogió al mayor, no más de un año. Catalina, de nuevo con los tres, decidió abandonar Fontiveros y buscar trabajo en Arévalo, donde estuvo tres años, hasta 1551, en que se trasladaron a Medina en busca de nuevas posibilidades. En Arévalo había muerto Luis y casado Francisco con Ana Izquierdo, tan pobre como ellos, que se agregó a la familia. Juan, de nueve años, quería ayudar también y probó varios oficios, «carpintero, sastre, entallador y pintor... A ninguno de ellos asentó ni pudo aprenderle, dice su hermano, aunque él deseaba aplicarse a ganar de comer. Visto esto por su madre procuró de ponerle en el colegio de los niños de la Doctrina, donde aprendió en pocos días a leer y escribir» (Bibl. Nac. Ms. 12.738, f. 611). Él ayudaba a las misas «casi toda la mañana en el convento de la Magdalena de monjas agustinas», captó su benevolencia y el interés del administrador del Hospital de la Concepción, D. Alonso Alvarez de Toledo, que decidió patrocinarlo y lo vinculó al servicio de su hospital, y «así le dieron licencia para que fuese a oír liciones de Gramática en el Colegio de la Compañía de Jesús» (1. c. f. 613). Entre sus maestros destacó Juan Bonifacio, que en 1557 comenzó a dar la 3,1 clase de Gramática y en 1561 la de Retórica. J. cursó probablemente los años 1557 a 1561. Decían de él que «tenía el juicio de un viejo». Las Humanidades centraron su afición. Pero sobrepasó las fuentes aprendidas y creó un estilo original, irisado de Biblia. Su mecenas lo invitó a hacer la carrera eclesiástica, para nombrarlo luego capellán del hospital. Parece que luego estudió dos años de Artes o Filosofía, quizá en el Carmen, donde se daban clases (Crisógono, o. c. en bibl. 3). Pero desdeñando la capellanía, en 1563 pedía el hábito del Carmen allí mismo e iniciaba su noviciado. Se llamó entonces fray Juan de Santo Matía, y profesó en el verano de 1564. Este mismo año fue enviado a la Univ. de Salamanca y se matriculó en Artes, renovándola los dos años siguientes. En 1567 su matrícula era de «presbítero teólogo», aunque esto no impide que los años anteriores hubiese cursado Teología en el Carmen, mientras seguía Artes en la Universidad. La Teología era según las Sentencias de Pedro Lombardo.
      En 1567 acababa de ordenarse sacerdote, a sus 25 años, y fue la ocasión de coincidir en Medina con S. Teresa (v.). Aunque él llevaba el propósito de retirarse a la Cartuja de El Paular (Segovia), ella lo persuadió que si era para mejorarse sería más ventajoso hacerlo en servicio de la Virgen dentro de su Orden. Accedió, con tal que no lo demorase. Regresó a Salamanca a llenar su matrícula, y en 1568, inauguró la reforma de los descalzos teresianos en Duruelo (Ávila) el 28 de noviembre, con el nombre de -J. de la C., y se trasladó a Mancera en 1570. Fue el primer Maestro de Novicios, y en 1571 el primer Rector de estudiantes descalzos de Alcalá. En 1572 fue invocado por S. Teresa para vicario y confesor de las monjas de la Encarnación (Ávila) donde a la sazón era priora, y lo fue hasta el 3 dic. 1577. Por conflictos surgidos entre los carmelitas descalzos y calzados (v. CARMELITAS 1, 5), esa noche fue raptado y conducido sigilosamente a la cárcel del convento de Toledo, donde sufrió tanto rigor y penuria, que dándose por muerto después de ocho meses, decidió fugarse, descolgándose de noche por la ventana con una soguilla que había labrado deshilachando a escondidas una mantilla de su uso. Era la noche del 17 ag. 1578, de madrugada acudió a las descalzas, y desde allí le condujeron los amigos a Andalucía en las soledades del Calvario (Jaén). En la cárcel había pergeñado su Cántico espiritual. Sus estrofas fascinantes eran tema de pláticas a las descalzas, en particular las de Beas, cuya priora, Ana de Jesús, fue alumna preclara. Allí comenzó la Subida del monte Carmelo, comentando un «dibujo del Monte», que daba en mano a sus dirigidos.
      En 1579 inauguró el colegio de los Descalzos de Baeza y fue primer rector. En 1582, después de intentar llevarse a Granada a S. Teresa, llevó en su lugar a Ana de Jesús a aquella fundación. Por entonces escribió la Noche oscura y la primera redacción del Cántico espiritual. También la primera redacción de la Llama de amor viva, a instancia de Da Ana de Peñalosa. En 1583 acudió al capítulo de Almodóvar, donde se airearon las líneas de la Descalcez y pronunció su veredicto, como también el año 1585 en Lisboa sobre las misiones, y fue nombrado Vicario provincial de Andalucía. Cesaba así del priorato de Granada, que regentaba desde fin de enero de 1582. Visitó toda Andalucía, Sevilla, Málaga, Córdoba, Caravaca, Écija y Guadalcázar.
      El 15 oct. 1586 instaura la fundación de La Manchuela. El 18 abr. 1587 cesa de Vicario y es nombrado otra vez prior de Granada. En junio de 1588 acude a Madrid donde el P. Doria implanta la Consulta, de la que es nombrado Consiliario y prior de Segovia. Allí escribe la segunda redacción del Cántico espiritual. En el capítulo general de 1590 se muestra contrario a las innovaciones de Doria y cae en desgracia. Tratan de anularlo. En julio de 1591 es destinado a México; se le conmuta por Andalucía, por causa de su enfermedad. Se retira a La Peñuela (La Carolina). Allí escribe la segunda redacción de la Llama de amor viva. El 28 de septiembre va a Úbeda, «a curar de unas calenturillas». Es su última enfermedad. Unas llagas malignas en el empeine del pie lo acaban. Y la desolación total. Anuncia el punto exacto de su tránsito «a cantar maitines al cielo», sonando las doce y comenzar el día 14 dic. 1591, a sus 49 años de edad, y día de sábado. En mayo de 1593 su cuerpo fue raptado y llevado a Segovia. Fue beatificado por Clemente X, el 25 en. 1675, y canonizado por Benedicto XIII el 27 dic. 1726. Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia el 24 ag. 1926. Se celebra su fiesta el 14 de diciembre (hasta 1969, el 24 de noviembre).

EFRÉN J. M. MONTALVA, DE LA MADRE DE DIOS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Francisco de Osuna (1492-1540)

Escritor místico franciscano de extraordinario influjo en la mística española del S. XVI. N. en Osuna (Sevilla) ca. 1492. Toma el hábito franciscano en la Provincia de Castilla ca. 1513 y cursa sus estudios en casas de la Orden y en Alcalá. Ordenado sacerdote ca. 1520 es destinado al convento de la Salceda, donde mantiene relaciones con los alumbrados (v. ILUMINISMO), pero sin contagiarse de sus errores. En 1528-29 es nombrado Comisario General de Indias en Sevilla, donde publica algunas de sus obras. Entre 1532 y 1537 reside en Francia y Países Bajos y publica sus obras latinas. Vuelto a España, m. ca. 1540.
     
      Es considerable su producción literaria: Tercer Abecedario, Toledo 1527 (su obra maestra, sobre el recogimiento); Primero, Sevilla 1528 (sobre la Pasión); Segundo, ib. 1530 (ejercicios ascéticos); Cuarto o Ley de amor, ib. 1530 (sobre el amor divino); Gracioso convite, ib. 1530 (sobre la comunión, incluso frecuente); Norte de estados, ib. 1531 (espiritualidad seglar); Sanctuarium biblicum: Pars septentrionalis, Toulouse 1533 (sermones latinos); Pars meridionalis, París 1533; Missus est (sobre la Encarnación) con la Pars orientalis, Amberes 1536; Pars occidentalis, ib. 1536; Quinto Abecedario, Burgos 1542 (póstumo, sobre riqueza y pobreza); Sexto, Medina 1554 (sobre las cinco Llagas). Las obras españolas tuvieron más de 40 ediciones con traducciones diversas, las latinas más de 23.
     
      Su síntesis doctrinal -intelectual afectiva- aunque no sistemática y carente de precisiones, que son fruto de la mística posterior, es original y completa. Carece de plan lógico en la exposición (agrupa arbitrariamente las doctrinas según las letras del alfabeto) y su estilo es directo, elocuente, matizado, de vocabulario riquísimo y abundante en metáforas, pecando a veces de prolijidad oratoria e incluso de preciosismo. Tiene el gran mérito de haber sido el primero en escribir de mística en castellano, dejando así la lengua preparada para la obra de los místicos carmelitas, de los cuales es predecesor y maestro. A pesar de vivir en pleno renacimiento, su mentalidad es netamente escolástica. Escotista, sigue en muchas cosas a S. Tomás y al nominalismo (v.; G. Biel). Su doctrina mística depende mucho de S. Bernardo (y apócrifos) ysobre todo de Ricardo de S. Víctor y Gerson (v.). Emplea a S. Bernardino de Siena, S. Vicente Ferrer, Ubertino de Casale, el Cartujano, etc.
     
      Encontramos en O. toda la temática de la escuela y espiritualidad franciscana, pero su principal característica es la de haber estructurado y divulgado la doctrina spbre la oración de recogimiento que se practicaba en los conventos franciscanos en la época y es luego recogida por la mística posterior (S. Teresa). Este recogimiento consiste en una simple y purísima mirada a Dios, en lo íntimo del alma y sin ayuda de conceptos o imágenes (pobreza espiritual), para allegarse con amor «al incogitable Dios, que con sólo amor se deja tocar» (4° Abecedario, cap. 26), hasta llegar a la unión transformante. Se llega a él pasado un largo proceso de ascetismo y ejercicio de la oración discursiva. Dicha mirada a Dios es compatible en los perfectísimos con la representación de la humanidad de Cristo, pero conviene a los que no lo son, y a causa de su imperfección misma, prescindir a veces de ella para poderse fijar en Dios desnudamente. O. valora la consolación espiritual (desconfiando de los fenómenos extraordinarios), que deriva naturalmente de la presencia amorosa de Dios, quien sólo la retira para probar al alma. Doctrinas éstas que, aunque hayan sido a veces mal interpretadas, se mantienen dentro de la rigurosa ortodoxia como se desprende de una lectura atenta de sus obras. O. ha influido grandemente en los místicos españoles del S. XVI, especialmente en los carmelitas; en los franciscanos, Bernardino de Laredo (v.), Juan de los Ángeles, S. Pedro de Alcántara (v.); en fray Luis de Granada (v.), Baltasar Alvarez, Bartolomé de los Mártires, etc.

PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Fr. Antonio de Guevara: (1480-1545)

El mismo habló de su familia oriunda de las Asturias de Santillana, pero nada precisó respecto a su pueblo natal. Deducimos la fecha de nacimiento, porque siendo niño pasó a la corte como paje del príncipe Juan y es probable que recibiera lecciones del humanista Pedro Mártir de Anglería (v.). Desde entonces, Antonio de Guevara y de Noroña comienza su carrera de cortesano y hombre de mundo no abandonada hasta los últimos años de su vida. Una crisis de conciencia, agudizada después de la muerte del Príncipe, le indujo a ingresar en la Orden franciscana. Hombre dotado de una gran facilidad de palabra, se impuso por sus condiciones naturales de orador; la fama de sus sermones le llevó de nuevo a la corte, donde consiguió el honroso cargo de predicador oficial y algo más tarde el de cronista del reino. Durante los primeros años de vida religiosa también vivió con intensidad la política y los negocios públicos, desde su cargo de consejero privado de Gonzalo de Córdoba. EJ momento más decisivo de la política española, la guerra de las Comunidades, lo salvó con decoro y habilidad. Triunfante eJ partido imperial, atacó sin piedad a los comuneros. Carlos V recompensó con creces eJ decidido apoyo prestado por G. a su causa y le nombró inquisidor de Toledo; en distintos momentos le propuso, también, como obispo de Guadix y Mondoñedo. Hombre emprendedor y belicoso, no se conformó con la vida brillante de la corte, sino que siguió al Emperador en varias de sus salidas por las tierras del Imperio. Participó en la expedición militar de castigo a Túnez y en la entrevista Carlos I-Francisco I. Cuando se cansó del ajetreo de la vida diplomática y política, se retiró a su sede de Mondoñedo, tal vez para justificar la doctrina expuesta en Menosprecio de corte y alabanza de aldea.
     
      Creación literaria. Pero lo que le dio más gloria fueron sus obras, tan variadas en temática y tan ricas en recursos expresivos. Los trabajos literarios de G. corrían manuscritos entre los cortesanos y eran admirados por su estilo pulido y retórico, por la variedad y ciencia que encerraban; hasta tal punto se aficionaron a ellos que el escritor no tuvo más remedio que imprimirlos, con objeto de fijar el texto, bastante alterado en las copias. La primera obra impresa fue el Libro llamado Relox de príncipes o Libro áureo del Emperador Marco Aurelio (1529). Es una novela miscelánea, fruto de su tiempo. Hay en ella abundante erudición, reflejada en incontables citas sacadas de autores clásicos, sabrosas disquisiciones, artificios de todas clases, anécdotas picantes, sentencias al estilo tradicional y renacentista, una novela pseudohistórica y una teoría educacional y del estado. En principio G. sólo quiso hacer una obra pedagógica donde se expondrían todas las enseñanzas necesarias a un príncipe para ser buen cristiano, mejor gobernante y excelente padre de familia. Más tarde quiso demostrar la viabilidad de su teoría e insertó una historia sacada de los antiguos, aderezada con las excelencias de su estilo y en la que proponía a Marco Aurelio como modelo doctrinario. El episodio más logrado es el de El villano del Danubio, canto exaltado a las excelencias de la vida natural, en contraste violento con el decadentismo vital y ético de la sociedad romana. La dinámica descripción de la actitud del salvaje es digna de figurar en las páginas de cualquier escritor barroco de valía. Tanto interés despertó la fuerza plástica de este tipo que inspiró a La Fontaine (v.) una de sus más conseguidas composiciones, y a Hoz y Mota (1622-1714) una comedia barroca (El villano del Danubio). De 1539 datan tres obras y el comienzo de una cuarta. Menosprecio de corte y alabanza de aldea es un libro lleno de tópicos y lugares comunes, y de contrastes intelectuales entre la vida cortesana, tan amada por G., y la vida natural que hubiera, si es posible creerle, deseado llevar. La obrita se desarrolla en un tono discreto, monótono a ratos, pero reflejo fiel de su estilo y arte. Avisos de privados y doctrina de cortesanos es una obrita pedante sobre esa etiqueta cortesana tan bien conocida por el autor, llena de observaciones minuciosas, empedrada de citas y que encaja a la perfección con su vida. De los inventores del marear y de muchos trabajos que se pasan en las galeras es uno más de los innumerables tratados de navegación escritos en aquel tiempo y que revela la afición de los españoles por el arte de marear. No aporta novedad de ninguna clase como no sea la plasticidad con que describe la terminología marinera. Comienza por aquel entonces otra obra de gran éxito, las Epístolas familiares, que durante siete años deleitó a los cortesanos, y que apreció el público culto de toda Europa. Son un documento inapreciable para conocer a su autor y, más aún, para adentrarnos en los secretos de la vida cortesana de su tiempo. Están llenas de anécdotas interesantes, de cuentos tradicionales como la historia de las tres enamoradas, y como el de Androcles y el león, extraído de un relato de Aulio Gelio y adaptado y comentado con eJ título de Andrónico; de rasgos autobiográficos interesantes, de la chismografía cortesana, y todo ello con un estilo bastante lineal dentro de la exuberancia que le caracterizaba. Para hacer honor a su condición de religioso ha dejado dos muestras de prosa ascética, El monte Calvario y el Oratorio de religiosos y Exercicio de virtuosos.
     
      La obra de Guevara inserta en su época. G. fue el escritor cortesano por excelencia, el hombre más loado por sus obras y tal vez el español más leído en Europa. Aún hoy no acertamos a explicarnos el porqué. Quizá la clave de su éxito se encuentre en su estilo. Frente al clasicismo sencillo y casi horizontal de la prosa renacentista (pensemos en los Valdés y en el Lazarillo), hay un marcado regusto por lo desorbitado, ampuloso y dinámico. G. no se propuso formar escuela y no tuvo conciencia de su barroquismo: era en él una condición innata, fomentada por la oratoria, en la que fue un maestro. Es curioso constatar que G. no fue un caso aislado; también Feliciano de Silva y en menor medida Luis Milán y Pedro Mexía abusaron de los retorcimientos expresivos de la lengua. Fue, pues, un gusto de época afortunadamente desaparecido. Aparte estos recursos, G. tuvo el gran acierto de ser un escritor variado y ameno. Sus obras abarcaron una amplia gama de temas, y dentro de una misma obra, la variación afloraba también. Tuvo el don de la oportunidad.
     
      También se le admiró por su vasta cultura. Como buen cortesano y alto dignatario eclesiástico fue hombre de muchas lecturas, profanas y ascéticas, y dentro de ellas, políticas, retóricas, literarias, históricas, científicas, piadosas y clásicas. Leyó mucho, pero demasiado de prisa. Muestra más erudición que ciencia. Él solía quejarse de la falta de tiempo; verdaderamente, vivió acuciado por cuantiosos quehaceres y si no los tenía, se los inventaba. Tal vez ésa sea la causa por la que numerosas citas suelen estar equivocadas. Ahora bien, esas referencias demuestran que por lo menos echó una ojeada a los libros, y que éstos fueron bastantes. La acumulación de notas hace prolija y monótona, fatigosa, la lectura de sus obras, pero era gusto de la época y él fue hombre de su tiempo. Su prisa de cortesano y hombre de mundo le llevó a improvisar demasiado, no corregía sus escritos una vez impresos y se vanagloriaba de que corrieran copias manuscritas de ellos. He aquí una perfecta autodefinición: «a la corte me truxeron, aflojo en los ayunos, quebranto las fiestas, olvido las disciplinas, no hago limosnas, rezo poco, predico raro, hablo mucho, sufro poco, rezo con tibieza, presumo mucho, celebro con pereza y como demasiado». Presumir mucho es un rasgo que encaja a la perfección con su estilo literario.
     
      Facilidad y dominio del léxico, amplio conocimiento de la retórica clásica, aguda observación de la realidad circundante, contraste entre lo culto y lo popular, asonancias y consonancia verbales, acumulación de sinónimos, paralelismos sin cuento, juegos conceptuales en muchas ocasiones pueriles, pensamientos opuestos, desmesurada fantasía y humor socarrón. Todo esto es símbolo de una época. Hay cierta afinidad entre esta prosa abundante y la vital alegría desenfrenada de la España imperial. Con el Imperio pudo viajar por Europa y fue admirado en Francia, Italia, Flandes e Inglaterra, donde parece haber influido en el primer barroco. Fue casi tan admirado como Cervantes.

P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Malón de Chaide. (1530-1589)

Religioso agustino, uno de los autores místicos más famosos del s. XVI. Brillante predicador, exegeta, prosista clásico de frase limpia y dicción elegante, inspirado poeta. Su obra La Conversión de la Magdalena es una de las más notables de la literatura mística castellana de su época.
     
      Vida. N. en Cascante (Navarra) hacia 1530, hijo de Juan Malón y Graciana Zapata. Juan, notario de Cascante, firmaba sus documentos: Johan de Malón Echayde. No poseemos datos de los primeros años de la vida de Pedro; es de sospechar que siguió la carrera eclesiástica. En 1557 se encuentra en Salamanca con deseos de cursar estudios literarios; el 27 de octubre del mismo año, profesa de religioso en el convento de Salamanca de la Orden de Ermitaños de S. Agustín (v. AGUSTINOS). Entre sus maestros de esta época se cuenta fray Luis de León (v.), que marcará espiritual, doctrinal y literariamente a M. Terminados sus cursos, marcha a Burgos en 1569, donde desempeña el cargo de lector en el convento de la Orden hasta 1572; en esta fecha pasa a la Provincia de Aragón. En julio de este año, el Capítulo General de la Provincia de Castilla le designa para defender una tesis De Incarnatione, que, por complicaciones con la Inquisición, no se llega a publicar. De 1575 a 1577, ocupa el cargo de prior en el convento de Zaragoza; en 1578 desempeña el mismo oficio en Huesca. De 1580 a 1582 es profesor de la Universidad de esta ciudad y regenta la cátedra de Exégesis bíblica: «Leyó la Cátedra de Escritura» (Diego de Aínsa). Por estas fechas, simultanea sus tareas de catedrático con el ministerio de la predicación, que ejerce con extraordinaria brillantez; en un documento de aquel tiempo se le llama concinator celeberrimus. Él mismo, en su dedicatoria del libro La Conversión de la Magdalena, recordará años más tarde: «Habiendo tenido por tiempo de algunos años tan continuos ejercicios así de lectura de la Sagrada Escritura como de sermones en muchos púlpitos y, con la misericordia de Dios, con algún aplauso y aceptación...». Por estos años es nombrado Definidor de la Provincia.
      En 1583 es designado catedrático del Estudio de la Universidad de Zaragoza, llamado por el prior de La Seo, Pedro Cerbuna, cuando éste se propone dar un nuevo impulso a la Universidad y reunir los profesores más eminentes. M. forma parte del cuadro de Teología junto a los Maestros Javierre, Maldonado, Gayán y Monreal. En 1586 se le encomienda el cargo de prior del Convento de Barcelona. En esta última etapa de su vida, da los últimos retoques a su trabajo sobre La Conversión de la Magdalena, comenzado unos años antes en Huesca, y se publica en 1588. Al año siguiente (1 sept. 1589) m. en Barcelona, sin llegar a conocer el éxito y la difusión de su obra.
     
      Escritos. La única obra impresa de M. que ha llegado a nosotros es el Libro de la Conversión de la Magdalena en que se exponen los tres estados que tuvo de pecadora, i de penitente, i de gracia, Barcelona 1588. Sabemos, sin embargo, por la dedicatoria de este libro, que preparó otros escritos. Entre ellos, el Tratado de S. Pedro y S. Juan, del cual dice: «Tuve intención de imprimir junto con éste otro que tengo hecho de S. Pedro y de S. Juan, que aunque es menor no es menos dulce.» Basados en la crítica interna, algunos autores modernos piensan que es el texto publicado en Barcelona, unos años después de la muerte de M., con el nombre de P. Jerónimo de Saona, bajo el título Discursos predicables literales y morales de la Sagrada Scriptura y questiones positivas y Escolásticas sobre qual fue más amado del Señor, Sant Pedro o Sant loan Euangelista.
      M. hace referencia igualmente, en sus escritos, a una tercera obra titulada Libro de todos los Santos, que ha desaparecido. De ella habla en dos ocasiones «... de las penas del infierno, a su tiempo en el libro de Todos los Santos que saldrá deste, digo harto». Y: «... y yo lo he explicado en el Libro de todos los Santos».
      Por otra parte, consta igualmente que compuso también una tesis De Incarnatione, que no se atrevió a publicar por miedo a la Inquisición. Esta tesis, desconocida para nosotros, fue desafortunada. Iba a ser defendida por M. en el Capítulo Provincial de la Orden Agustina convocado en Valladolid en julio de 1572. Pero el Presidente del Capítulo, Alonso Gudiel, fue encarcelado por los inquisidores. Y hubo que desistir del proyecto.
      M. además era un hábil versificador, inspirado y lírico, fuertemente influido por el arte de su maestro fray Luis de León. No conocemos, sin embargo, sus composiciones sino de un modo muy fragmentario e incompleto, a través de las páginas de La Conversión.
      Así, pues, la única obra que ha llegado a nosotros es La Conversión. En ella pretende M. mostrar la evolución espiritual que se da en el hombre desde el pecado hasta la unión perfecta con Dios, pasando por el arrepentimiento, la expiación y la penitencia. El relato evangélico de Lucas 7,36-50 le sirve de fundamento.
      A la primera ed. (Barcelona 1588) siguieron otras: Alcalá 1592 (considerada por muchos como la primera), Madrid 1593, Alcalá 1593, Valencia 1600, Alcalá 1602, Valencia 1794, Barcelona 1881, Zurich 1933, Madrid 1957, etc.
     
      Doctrina. Fuentes. Estilo. El tema central de la obra de M. lo constituye el problema de la conversión. Parte de un principio fundamentalmente agustiniano: la tendencia ineludible de las criaturas hacia el Creador, como Sumo bien y suprema bienaventuranza. En Él alcanzan todas ellas su perfección y su última felicidad. «Hasta llegar a este punto, ninguna de todas ellas tiene perfección, y, por el mismo caso, ni reposo, ni bienaventuranza.» Dios es el último y definitivo objeto de la voluntad y de la razón humana. El hombre encuentra en sí mismo una atracción, una tendencia innata hacia su fin. La respuesta perfecta es la donación de sí mismo en el amor. Pero no debe engañarse al depositar el amor en un objeto: «En acertar o entablar bien la voluntad y el amor consiste todo el juego de la vida.» El drama de la conversión parte de este problema: situar el amor en su auténtico camino. Una vez enclavado en el centro de su diana, la felicidad es saciativa, la serenidad del corazón imperturbable. El hombre llega a la meta de Dios, recorriendo, dentro de la órbita del amor, tres estadios: pecador, penitente, amante. M. ha sabido describir este estado con acentos de un sabroso lirismo místico pocas veces igualado.
      A la hora de analizar los autores que han influido en la obra de M., hemos de destacar a fray Luis de León, su maestro. Sobre todo, sus traducciones del Cantar de los Cantares y del Libro de lob. Como a todos los autores de su época, se nota también la influencia de Platón en su concepto del amor; no tiene inconveniente en reconocer que ha bebido en él muchos detalles. El Tratado del amor de Dios de Fonseca también lo debe de haber tenido entre sus manos. Se puede encontrar la huella de otros autores ascéticos: Osuna, Guevara, Díaz de Luco, Dueñas, y de los Ejercicios de S. Ignacio. Su doctrina mística acusa la influencia de los grandes místicos de su tiempo: S. Juan de la Cruz, Ágreda, Arbiol, S. Juan de Ávila, Orozco. Tampoco es difícil descubrir la influencia literaria de Herrera y la de fray Luis de Granada. Su estilo es clásico, perfecto, lleno de sentimiento y de imágenes, aunque carece de la fluidez y elevación literaria de su maestro.

 

CARLOS MARÍA LÓPEZ..
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Diego de Estella (1524-1578)

Predicador y escritor ascético de gran influjo en España y Europa durante los s. xvi-xvlt, especialmente alabado y utilizado por S. Francisco de Sales (v.) y Fenelón (v.). N. en Estella (Navarra) el 13 abr. 1524. Estudia en Salamanca, donde toma el hábito franciscano (1541), y luego de residir en la corte de Portugal viene a Madrid (ca. 1560) como predicador de la corte de Felipe 11. De 1565 a 1569 se ve envuelto en algunos procesos dentro de la Orden a causa de sus diferencias con el P. Fresneda, obispo y confesor del rey. Ello le obliga a retirarse a Salamanca e incluso a un confinamiento en Toro. Rehabilitado vuelve a Salamanca y desarrolla gran actividad apostólico-literaria (1573), siendo procesado por la Inquisición a causa de uno de sus libros, las Enarrationes sobre el Evangelio de S. Lucas (Salamanca 1574-75), donde se encuentran expresiones imprecisas y reprende audazmente los vicios de la época. M. en la segunda mitad del a. 1578.
     
      Durante su estancia en Portugal escribió una Vida del Apóstol S. Juan (Lisboa 1554), y en 1576 publica en Salamanca un tratado de oratoria, el Modus concionandi (1570, 3 ed. Madrid 1951), al que van anejas unas predicaciones cuaresmales (Explanatio in Ps 136); pero las obras que le ganaron universal renombre, con numerosísimas ediciones y traducciones, y que contienen el núcleo de su doctrina, son el Libro de la Vanidad del mundo (Toledo 1562, 2 ed. aumentada Salamanca 1574) y las Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca 1576).
     
      De buena formación teológica y humanista (dominaba el griego y el hebreo), se revela óptimo escritor, mereciendo ser enumerado entre los mejores clásicos de la lengua. Su estilo -de periodos breves en la Vanidad, más abundoso en las Meditaciones- es de gran plasticidad, realismo y viveza, transparentando al predicador, de lo que muchas veces le viene la carencia de precisión conceptual que le originó varias censuras inquisitoriales. Dentro de la corriente ascética cristiana tradicional, hemos de situar a D. de E. en el marco del pensamiento ascéticoteológico franciscano (simplicidad, voluntarismo afectivo, espíritu renovador, tierna devoción al Verbo encarnado y a su Madre, teología del bien y de la caridad, etc.), matizado por el senequismo español y dentro del ambiente contrarreformista de la época. Las fuentes de su doctrina son la Biblia y los Padres (sobre todo Agustín y Gregorio); con ellos, S. Bernardo (v.), Inocencio 111 (v.), Tomás de Kempis (v.) y Raimundo Sabunde son sus inspiradores más directos, siendo muy parco en citas explícitas. No elaboró un sistema acabado de pensamiento, pero en él se distinguen netamente dos polos: el negativo de renuncia a lo creado (predominante en la Vanidad) y el positivo de puro amor a Dios (propio de las Meditaciones). No describe este amor como transformante, desinteresado, exclusivista, motivando una renuncia radical a todo otro amor creado. Si en el fondo su doctrina es equilibrada, no puede negarse que bien sea por acentuar tal exclusividad, bien por su estilo oratorio, bien por su temperamento un tanto extremista, bien por un cierto pesimismo en la estima de los bienes creados y del hombre mismo, tiende fuertemente a presentar la renuncia cristiana como un desprecio y aborrecimiento, tanto del yo, pecador y miserable, cuanto de las demás criaturas, ignorando sus cualidades positivas con exageración evidente; nota personal que lo aparta de la espiritualidad franciscana y lo emparenta más bien con los místicos flamencos.
     
      Los libros de D. de E. fueron considerados entre los clásicos de la piedad cristiana en su tiempo y es notable su influjo difuso en toda Europa. Fue traducido incluso al árabe, sirio, eslavo, polaco, azteca.

 
PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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