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general de Hispánica

"El Cristo de San Juan", de Salvador
Dalí

La mística española tuvo su momento de mayor
esplendor en el siglo XVI, aunque otras grandes luminarias brillaron
en épocas anteriores y posteriores.
En ningún otro país o en ninguna otra época
han surgido tantos y tan excelentes escritores místicos como en
aquel siglo. Sus obras, desde el punto de vista del pensamiento
religioso, se sitúan a un nivel que no ha sido superado; y desde el
punto de vista literario, ocupan un lugar de preeminencia en la
Literatura Española. Desde el punto de vista poético, los versos
de San Juan de la Cruz están entre las aportaciones más elevadas
del espíritu humano.
El misticismo es la manifestación más eleveda
de la espiritualidad religiosa, que busca la comunicación directa
con Dios. Sin embargo, los místicos españoles tienen una misión
social en la tierra, dedicada al servicio de Dios. El místico español,
por lo general, no se encierra en su celda ajeno a la realidad que
le rodea, sino que vive inmerso en ella. Prueba de esto son las
vidas verdaderamente activas de sus dos representantes principales,
San Juan de la Cruz y Santa Teresa, cuya actividad incesante
viajando, fundando conventos, reformando los ya existentes, etc no
disminuyó en absoluto su dedicación a la vida contemplativa.
El ascetismo pueder ser considerado, al menos
para el propósito de esta obra, como una variante del misticismo.
El ascetismo español es en parte una filosofía moral derivada del
estoicismo senequista. El asceta medita sobre la brevedad de la vida,
la seguridad de la muerte y la vanidad de las cosas humanas. La vida,
según los ascetas, es una comedia humana pasajera que sólo sirve
de preparación para la muerte, que es la verdadera vida, mediante
la penitencia y la mortificación. Este espíritu permeó otros
segmentos de la vida española, como puede verse en las producciones
artísticas de la época, por ejemplo, los cuadros de El Greco,
Zurbarán, Ribera, etc
Una nota curiosa: Así como los dominicos
destacaron en las ramas de Teología y Derecho, los franciscanos
destacaron en la mística. Los dos autores más importantes, sin
embargo, fueron carmelitas.

- Bernardino de
Laredo (1482-1545)
San Ignacio de Loyola (1491-1556)
San Juan de Avila (1499-1569)
Fray Luis de Granada (1504-1588)
Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
Luis de León, Fray (1527-1591)
Juan de los Angeles (1536-1609)
San Juan de la Cruz (1542-1591)
- Francisco de Osuna
(1492-1540)
- Antonio de Guevara
(1480-1545)
- Malón de Chaide
(1530-1589)
- Diego de Estella
(1524-1578)
Los siguientes serán añadidos:
- Alonso de Madrid
- Alonso de Orozco
- Francisco de Osuna
-
Miguel de Medina
Nicolás Factor
Juan de Pineda
Melchor de Cetina
Santo Tomás de Villanueva
Padre Luis La Puente
Juan Bautista de Madrigal
Laredo, Bernardino de (1482-1545)
Místico franciscano de gran renombre en el s. XVI y
precursor de la escuela carmelitana. N. en Sevilla el 1482, ingresa
en la Provincia franciscana de los Angeles (1510) en calidad de
hermano lego y dedica su vida entera al cuidado de los enfermos. Su
ciencia de curar y su bondad de vida le granjearon fama y la amistad
de obispos y grandes personajes. No se puede afirmar que poseyera el
título de Medicina o de Farmacia, pero consiguió un perfecto
dominio teórico-práctico de las mismas; no habiendo cursado
estudios regulares de Teología demuestra asimismo conocer bien sus
fundamentos. M. en Villaverde del Río en 1540 y en olor de santidad.
Escribió dos obras de Medicina en
castellano, con los títulos en latín: Metaphora medicinae (Sevilla
1522 y 1524) y Modus faciendi cum ordine medicandi (Sevilla 1527,
1534, 1542, 1627). Su obra principal es la Subida al Monte Sión (Sevilla
1535), refundida y - con la tercera parte, que trata de la
contemplación-, completamente cambiada en la edición de 1538 (reimpresa
en Sevilla 1542, Valencia 1590, Alcalá 1617). Junto a ella se editó
siempre el tratadito Josephina, sobre las glorias y patrocinio de S.
José, que tanto influyó en S. Teresa, más dos opúsculos eucarísticos,
uno en la ed. 1535 y otro en la de 1538. Encontramos en B. todas las
características de la piedad franciscana: amor a la naturaleza (lleno
de poesía, de un lirismo hondo y penetrante, apenas superable,
especialmente en el libro III de la 2 ed.), devoción a la humanidad
de Cristo, sobre todo en su Pasión, Dios contemplado cual sumo bien,
primado de la voluntad, teología afectiva, etc. Dotado de espíritu
metódico, su estilo es más bien didáctico; su cualidad de médico
le comunica dotes de observación, de curiosidad científica, que le
convierten en uno de los precursores de la mística descriptiva.
La Subida fue escrita primero como
compilación de respuestas a consultas espirituales y dividida en
tres libros según las tres fases de la vida espiritual: la
purgativa, que se logra mediante el conocimiento y desprecio de sí
(socratismo pesimista); la iluminativa, por la imitación de
Jesucristo, y la unitiva en la contemplación. La teoría acerca de
ésta en la 1 ed. depende sobre todo de la mística intelectualista
de Ricardo de S. Víctor, con fuerte influjo de Osuna: la oración
de quietud (culmen de la contemplación) equivale al recogimiento de
éste y se realiza en un acto de amor mezclado de conocimiento
oscuro e inefable. La 2 ed. se halla, en cambio, grandemente
influida por el Pseudo-Dionisio, Harpio y Hugo de Balma, debiendo a
la mística de los Países Bajos su tonalidad general. B. admite en
ella una escala para llegar a la contemplación perfecta: la
meditación, que se realiza con la razón discursiva; la contemplación
viva, que es obra de la pura inteligencia (mirada quieta del
entendimiento); y la contemplación perfecta, que encierra varios
grados; el más alto requiere una gracia especial de Dios por ser de
carácter infuso, tiene por objeto la pura divinidad y consiste en
una unión de la voluntad con Dios en amor, sin mezcla de
conocimiento intelectual precedente o concomitante. En este punto se
distingue de Osuna, aun cuando en ambas ediciones coincida
sustancialmente con él por lo que respecta al papel de la humanidad
de Cristo en la contemplación y al juicio sobre los gustos
espirituales, hacia los cuales B. se muestra en la segunda algo más
reservado. El método para llegar a esta contemplación es el de las
aspiraciones afectivas, si bien presupone haber pasado las vías
purgativa e iluminativa, más una perfecta pureza de conciencia. Es
neta la distinción entre vía unitiva y contemplativa.
B. fue guía de S. Teresa en la oración
de unión; en él se halla gran parte de la doctrina de la Noche
oscura de s. Juan de la Cruz; influyó mucho en Juan de los Angeles,
Baltasar Alvarez, etc.
- PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
San Ignacio de Loyola (1491-1556)
El fundador de la Compañía de Jesús
y autor de los Ejercicios espirituales n. en 1491 en la casa
solariega de Loyola, parroquia de Azpeitia (Guipúzcoa), y m.
en Roma en 1556. Su niñez pertenece al s. xv, es decir, al
otoño medieval con restos feudales y luces nuevas de
Humanismo y de Renacimiento; su juventud y madurez, al s. xvi,
a la época de Lutero (v.), de Carlos V (v.) y del Concilio de
Trento (v.) en sus primeras etapas. Nacido en un periodo histórico
de transición, no es de extrañar que algo medieval palpite
en su corazón, aunque su espíritu será siempre moderno,
hasta el punto de ser tenido por uno de los principales
forjadores de la moderna catolicidad, ardientemente apostólica,
sabiamente organizada y con un romanismo bien definido. La
universalidad del apostolado y el servicio al Vicario de
Cristo serán las notas más típicas de la Orden por -él
fundada (V. JESUITAS).
En el risueño valle de Loyola,
entre Azpeitia y Azcoitia, corrieron los primeros pasos de
aquel niño de cara redonda y sonrosada, pequeño de estatura
(en su edad madura no pasaba de 1,58 m.), que al ser bautizado
recibió el nombre de Iñigo. En adelante se llamará Iñigo
de Loyola, o también Iñigo López de Loyola (no López de
Recalde, como erróneamente afirman algunos historiadores). Al
entrar en la Univ. de París en 1528 latinizará el nombre de
Iñigo en Ignatius y por varios años alternará el Iñigo y
el l., hasta que por fin prevalecerá el último. Pronto m. su
madre, agotada quizá por una fecunda maternidad de 12 hijos,
el último de los cuales fue I. Crióse a los pechos de una
nodriza campesina, cuyo marido trabajaba en las herrerías del
señor de Loyola. Allí se familiarizaría con la misteriosa
lengua vasca, de la que siendo mayor, no pudo hacer mucho uso,
y allí aprendería las costumbres tradicionales del país,
las fiestas populares con cantos y danzas. Sabemos que siempre
fue aficionado a la música, que «le hacía bien al alma y a
la salud corporal». Siendo de 40 años, no tuvo reparo en
bailar un aire de su tierra para consolar a un melancólico
discípulo espiritual, que se lo pedía. Y siendo viejo y
enfermo, rogaba a algún hermano que le cantase un cántico
devoto, o al P. Frusio que tocase el clavicordio, porque eso
le daba alivio. La educación que recibió en su casa fue
profundamente religiosa, si bien alguna vez llegarían a su
conocimiento ciertos extravíos morales de sus parientes. Quería
su padre enderezarlo hacia la carrera eclesiástica, pero al
niño le fascinaba mucho más la vida caballeresca y
aventurera de sus hermanos mayores. Dos de ellos habían
seguido las banderas del Gran Capitán en las guerras de Nápoles
(v. FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, GONZALO). Un tercero se embarcó
para América, siendo ya comendador de la Orden de Calatrava.
Otro se estableció en un pueblo de Toledo, después de
participar, como capitán de compañía, en la lucha contra
los moriscos de Granada. Y otro, por nombre Martín, siendo señor
de la casa de Loyola, acaudilló tropas guipuzcoanas al
servicio del Duque de Alba contra los franceses invasores.
Poco antes de morir su padre, quizá en 1506, I. fue enviado
al palacio de Don Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor
(algo así como ministro de hacienda) del Rey Católico, y
presidente en Arévalo (Ávila), aunque frecuentemente se
trasladaba a Medina del Campo, Valladolid, Tordesillas,
Segovia, Madrid, y adondequiera que se hallase la Corte. Toda
la inmensa llanura de la vieja Castilla la pasearía 1. a
caballo, acostumbrando sus ojos a este panorama, tan distinto
del de su tierra. La educación que recibió en palacio fue
exquisitamente cortesana y caballeresca, dejando huella
imborrable en sus modales y en la configuración de su espíritu,
según atestiguan sus coetáneos. Ejercitábase en la caza, en
los torneos, en tañer la viola, en correr toros, en servir y
participar en los opíparos banquetes, que su pariente Doña
María de Velasco, esposa de Don Juan Velázquez, preparaba a
la reina Doña Germana de Foix, segunda mujer del rey
Fernando. Leía con avidez las novelas de caballerías,
especialmente el Amadís de Gaula, y las poesías eróticas de
los Cancioneros. «Aunque era aficionado a la fe (nos dirá más
tarde su secretario), no vivió nada conforme a ella, ni se
guardaba de pecados; antes era especialmente travieso en
juegos y cosas de mujeres y en revueltas y cosas de armas»;
pero añadirá a continuación, que «era animoso para
acometer grandes cosas» y «nunca tuvo odio a persona ninguna,
ni blasfemó contra Dios...; también dio muestra en muchas
cosas de ser ingenioso y prudente en las cosas del mundo y de
saber tratar los ánimos de los hombres, especialmente en
acordar diferencias o discordias». Más tarde Íñigo llorará
amargas lágrimas de penitencia por sus extravíos juveniles y
se mirará «como una llaga y postema, de donde han salido
tantos pecados y ponzoña tan turpísima». Platónica y
caballerescamente se enamoró de una alta dama, que «no era
de vulgar nobleza; no condesa ni duquesa, mas era su estado más
alto», según propia confesión (¿la reina Doña Germana, o
más bien, la infantita Doña Catalina, hermana de Carlos V?).
A la muerte de Don luan Velázquez en 1517, I., que había
pasado en Arévalo más de diez años, se acogió al duque de
Nájera, Antonio Manrique, Virrey de Navarra y algo pariente
suyo. Sirviendo al duque, participó en sosegar los tumultos
durante la revolución de los Comuneros (espada en mano en el
asalto de Nájera, diplomáticamente en la pacificación de
Guipúzcoa), y peleó animosamente en el castillo de Pamplona
contra los franceses, hasta caer herido en ambas piernas por
una bala de cañón (20 mayo 1521). Impropiamente se le llama
«soldado» o «capitán»; era un gentilhombre de la casa del
duque y luchaba por lealtad a su señor, como era costumbre de
todos los caballeros. Mientras en Loyola le curaban la herida,
se hizo aserrar un hueso encabalgado sobre otro, sólo porque
le afeaba un poco, impidiéndole llevar una media elegante, y
sufrió estoicamente que le estirasen la pierna con
instrumentos torturadores, a fin de no perder la gallardía en
el mundo de la Corte.
Durante la convalecencia, no
hallando las novelas de caballerías que él deseaba, se puso
a leer la Vidas de los Santos (Legenda aurea) de Jacobo de Varágine,
y la Vida de Cristo, de Ludolfo el Cartujano, con lo que se
encendió en deseos de imitar las hazañas de aquellos héroes,
más admirables que los de las fantásticas novelas, y de
militar al servicio no de un «Rey temporal», aunque se
llamase Carlos V, sino del «Rey eterno y universal que es
Cristo Nuestro Señor». Reflexionando sobre las consolaciones
y desolaciones espirituales que entonces experimentaba,
aprendió a discernir el buen espíritu del malo, con fina
psicología sobrenatural. Su conversión y entrega a Dios fue
total y perfecta (otoño 1521). Desde aquel momento todas sus
acciones y operaciones serán ordenadas a la mayor glorificación
de Dios: Ad maiorem Dei gloriam. En febrero de 1522 sale de
Loyola con propósito de ir peregrinando hasta Jerusalén.
Detiénese tres o cuatro días en el monasterio de Montserrat,
donde cambia sus lujosas ropas por las de un pobre, hace
confesión general con un monje benedictino, de quien recibe
las primeras instrucciones espirituales, entrega su caballo al
monasterio y deja espada y puñal, como exvoto, en el altar de
Nuestra Señora. Y como tenía el pensamiento lleno de ideas
caballerescas, determinó velar sus armas ante la Virgen del
Santuario, durante la noche, según el rito de los que se
armaban caballeros. Por circunstancias imprevistas tuvo que
retrasar su viaje a Palestina, deteniéndose casi un año en
Manresa, donde llevó al principio vida de soledad y oración
(siete horas al día de rodillas) y de ásperas penitencias;
después, vida de apostolado y asistencia a los hospitales. En
una cueva de los contornos escribió sus primeras experiencias
en las vías del espíritu, normas, consejos y meditaciones,
que andando los años formarán, con añadiduras y retoques,
el librito inmortal de los Ejercicios espirituales, «el código
más sabio y universal de la dirección de las almas», como
dijo Pío XI, pero que no es para ser leído, sino practicado.
«El que lo tomase como libro de lectura cometería el mismo
error que el que quisiera juzgar de la belleza y vida de un
hombre contemplando su esqueleto» (Papini).
Ya en Manresa el Espíritu
Santo lo transformó en uno de los místicos más auténticos
que recuerda la historia. Como fruto de sus contemplaciones se
puso a escribir un libro sobre la Santísima Trinidad, que no
continuó, pero cuyo misterio le quedó grabado a fuego en el
alma, como aparece en su futuro Diario espiritual. La
ilustración más alta que entonces tuvo, y que le iluminó
aun los problemas de orden natural, fue junto al río Cardoner.
Prosiguiendo su peregrinación, se embarca en Barcelona para
Italia. De Roma sube a Venecia, siempre mendigando. De balde
es admitido en una nave que, pasando por Chipre, le deja en la
costa de Palestina. Visita con íntima devoción los santos
lugares de Jerusalén, Belén, el Jordán, el Monte Calvario,
el Olivete. No le permiten quedarse allí, desahogando su
devoción a Cristo y «ayudando a las almas». A su vuelta,
persuadido de que para la vida apostólica son necesarios los
estudios, comienza a los 33 años a aprender la gramática
latina en Barcelona, pasa luego a la Univ. de Alcalá y es
procesado, no por la Inquisición, sino por el Vicario general
de la diócesis, como si fuera un erasmista o «alumbrado».
Buscando campo más apto y
universal para su apostolado, se dirige a la Univ. de París,
donde transcurre siete años (febrero 1528-abril 1535),
estudiando filosofía y teología, y poniéndose en contacto
con las corrientes culturales y religiosas del tiempo. Reúne
en torno de sí algunos universitarios, que serán los pilares
de la Compañía de Jesús: Fabro, Javier, Laínez, Salmerón,
Rodrigues, Bobadilla, con quienes hace voto de pobreza,
castidad y vida apostólica, a ser posible en Palestina, y si
no en donde les ordenase el Vicario de Cristo (Montmartre 15
ag. 1534). Como el viaje a Palestina resulta imposible, desde
Venecia va I. con sus compañeros a Roma, a ofrecerse al Sumo
Pontífice. Poco antes de entrar en la ciudad, una maravillosa
experiencia mística (La Storta, nov. 1537) le confirma en la
idea de fundar una Compañía, o grupo de apóstoles, que
llevará el nombre de Jesús. Paulo III, el mismo que abrirá
el Conc. de Trento, aprueba, a instancias del card. Contarini,
el instituto de clérigos regulares de la Compañía de Jesús
(27 sept. 1540). Mientras los compañeros de 1. y sus primeros
discípulos salen con misiones pontificias a diversas partes
de Italia, a Trento, Alemania, Irlanda, India, Japón, Etiopía,
Congo, Brasil, el fundador permanece fijo en Roma, recibiendo
órdenes inmediatas del Papa y comunicándolas a sus hijos en
innumerables cartas (hoy conservamos 6.795). No por eso deja
de predicar, dar ejercicios, enseñar el catecismo en las
plazas, remediar las plagas sociales, fundando instituciones y
patronatos para pobres, enfermos, huérfanos, judíos, mujeres
perdidas o en peligro, etc., mereciendo el nombre de «apóstol
de Roma». No contento con regenerar moralmente la Ciudad
Eterna, intenta hacer de ella un centro de ciencia eclesiástica,
con. un plantel de doctores, de los que pueda disponer cuando
quiera el Sumo Pontífice. Con este fin crea el Colegio Romano
(1551), futura Univ. Gregoriana, a cuyo lado surge el Colegio
Germánico (1552), que tenía por finalidad educar a los jóvenes
sacerdotes alemanes que habían de reconquistar a su patria
para la Iglesia. A los jesuitas esparcidos por todo el mundo
los exhorta y amonesta a dar los ejercicios espirituales; a
enseñar el catecismo a los ignorantes; a visitar los
hospitales; a tratar con los pobres y también a tratar con
los príncipes para moverlos a una conducta moral y a una política
cristiana. Su mirada apostólica se extiende a todas las
naciones. Los últimos años de su vida despliega increíble
actividad, fundando colegios y universidades para la formación
de la juventud y del clero, en donde se enseña gratuitamente
desde los elementos de la gramática y el catecismo hasta la
teología. Con la ayuda de su secretario Juan de Polanco,
escribe las Constituciones de la Compañía de Jesús, obra
maestra de legislación, cuya cuarta parte será el germen de
la Ratio studiorum Societatis Iesu, que surgirá a fines de
siglo. Dicta además sabias normas de táctica misional para
los que evangelizan tierras de infieles, y no menos prudentes
reglas propone a S. Pedro Canisio (v.) para la restauración
católica en Alemania y Austria. Entre las grandes figuras de
la Contrarreforma (v.) descuella como pocas; son los
historiadores protestantes los primeros en proclamarlo después
de L. Ranke y W. Maurenbrecher, especialmente Heinrich Bóhmer,
Everard Gothein y Paul van Dyke, que le han dedicado sendas
biografías, muy estimables. Al vasto movimiento de la Reforma
católica él le dio dos elementos fundamentales: una
espiritualidad recia y segura, la de los ejercicios, y la enseñanza
cristiana de la juventud, descuidada hasta entonces. Su devoción
al Vicario de Cristo y a «Nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica»
brota naturalmente de su apasionado amor al Redentor, «nuestro
común Señor Jesús», «nuestro Sumo Pontífice», «Cabeza
y Esposo de la Iglesia». Reduciendo a esquemas simplistas su
doctrina espiritual, sobre todo, en los ejercicios, muchos la
falsearon, presentándola como un asceticismo demasiado
voluntarista y casi antimístico. Hoy día tales prejuicios se
han disipado con el estudio serio de las fuentes. Basta leer
algunas de sus cartas y especialmente su Diario espiritual (sólo
se conservan sus notas de un año, de 1544-45), donde con
palabras entrecortadas y realistas, no destinadas al público
(ni siquiera. a su confesor), descubre las intimidades de su
corazón y las altas experiencias místicas de cada día, para
persuadirnos que estamos ante una de las almas más
privilegiadas con dones y carismas divinos. También hay que
reaccionar contra ciertos retratos literarios y artísticos
que nos lo pintan como una figura del Greco y de carácter
sombrío. Ya hemos dicho que era corto de estatura y
carirredondo. Queriendo un día un hombre de Padua describirlo,
se expresó así: «es un españolito, pequeño, que cojea un
poco y tiene los ojos alegres». Sus coetáneos nos lo pintan
risueño, sereno y afectuoso, con extraordinaria propensión a
las lágrimas. Todos cuantos trataban con él se dejaban
prender de un sentimiento que no era solamente admiración,
sino también cariño. «El padre Ignacio -decía G. Loarte-
es una fuente de óleo». Y según él, la suavidad del aceite
debía ser dote propia de todos los superiores.
Falleció en Roma humilde y
calladamente, sin que casi se dieran cuenta sus compañeros,
el 31 jul. 1556. El card.
B. de la Cueva exclamó: «La
Cristiandad ha perdido una de las cabezas señaladas que en
ella había». Beatificado en 1609, fue solemnemente
canonizado el 12 marzo 1622. Su fiesta se celebra el 31 de
julio.
- R. GARCÍA-VILLOSLADA.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
San Juan de Avila
(1499-1569)
Vida
y actividades. N. en 1499 en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Fue
hijo único de Alonso de Ávila, descendiente de judíos, y de
Catalina Xixón. De 1513 a 1517 estudia en Salamanca las «negras
leyes». Allí sufre una verdadera conversión a una vida mejor. De
1517 a 1520 vive retirado en Almodóvar. De 1520 a 1523 estudia
Artes en Alcalá, alcanzando el título de bachiller, y del 1523 a
1526 estudia Teología. Vive en un clima efervescente de
renacentismo e iluminismo (v.). Las prensas complutenses editan por
entonces los libros de Erasmo (v.). La mayoría de los profesores y
alumnos son sus partidarios. J. de A., más tarde, recomendará su
lectura (Cartas 5 y 225).
Se ordena sacerdote en 1526 y celebra
en Almodóvar su primera Misa, para marchar en seguida a Sevilla con
ánimo de pasar a las Indias. Antes repartió entre los pobres su
patrimonio. Pero en Sevilla le conoce el buen sacerdote Fernando de
Contreras y éste consigue que el arzobispo Manrique le retenga allí.
Quizá su sangre «no limpia» impidiera el embarque. Trabaja en
Sevilla, Écija, Alcalá de Guadaira, Lebrija... Pero pronto, en
1531, es denunciado a la Inquisición (ciertas frases borrosas, las
clásicas reuniones de grupitos para hacer oración, etc.). En 1531
se dicta contra él la orden de prisión. Durante la misma su espíritu
madura y piensa planes de acción. Traduce el Kempis (v.) y comienza
a escribir el Audi Filia. El 5 jul. 1533 es absuelto. Marcha a Córdoba,
cuya diócesis será, en adelante, el epicentro de su vida inquieta.
Luego a Granada, donde debió de hacerse maestro en Teología. También
Baeza, Jerez de la Frontera, Sevilla, Zafra, Priego, Montilla, etc.,
serán escenario de su apostolado multiforme. Porque J. de A.
predica, confiesa, dirige, escribe, reúne discípulos, funda
colegios, aconseja a obispos, crea un movimiento de renovación
pastoral que pronto le hará célebre en toda España. Su predicación
impresiona y las conversiones que provoca son a veces llamativas:
Sancha Carrillo, Juan de Dios (v.), María de Hoces, Francisco de
Borja (v.)... En seguida reúne un crecido número de discípulos y
dirigidos de todas las clases y condiciones. Entre los que le
consultan ocasionalmente figura Teresa de Jesús. Algunos clérigos
forman un grupo de hijos espirituales que le obedecen, trabajan a
sus órdenes, y constituyen casi una congregación. Algunos tienen
vida común con él. Son misioneros, catequistas, maestros en
colegios, y desde sus oficios y beneficios viven una vida apostólica
y ejemplar, aquella que Trento legislaba por esos mismos días.
La fundación de colegios fue una de
las grandes preocupaciones y realizaciones de J. de A. En esto, como
en otras iniciativas pastorales, fue su maestro F. de Contreras.
Pero él amplió los horizontes: Colegios para formación de clérigos
como en Granada, Córdoba, etc. Colegios «de la doctrina» para niños
pobres. Colegios de estudios para clérigos, y seglares de distintas
categorías: de letras, de artes, de teología, de escritura. En el
Colegio de Baeza (fundado por el notario papal Rodrigo López en
1538) es procurador y gestor; en él pondrá sus mejores empeños y
colocará a los mejores de sus discípulos, hasta convertirlo en la
universidad más importante de toda Andalucía (año 1542 y ss.). Más
de quince colegios de una u otra clase fundó a lo largo de su vida.
En la de otros muchos intervino indirectamente por medio de sus discípulos.
El movimiento sacerdotal y apostólico
de J. de Q. se encontró con otro similar que penetra en España
hacia 1546: la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola (v.).
Pronto surgieron los contactos. El resultado fue que el grupo de J.
de A. quedó frenado sin llegar a organizarse y muchos de sus discípulos
pasaron a la Compañía. Él mismo estuvo en pasamientos y tratos
para incorporarse a ella y S. Ignacio lo deseó grandemente, pero
sus años y achaques, su condición de «cristiano nuevo», su
estilo espiritual, lo impidieron. J. de A. siguió cultivando a los
discípulos que quedan en el siglo, o en otras instituciones, y
siendo el consultor de media España que busca en él consejos e
iniciativas espirituales.
Los grandes prelados, como Gaspar de
Ávalos, Cristóbal de Rojas, Juan de Ribera, Pedro Guerrero..., le
escriben y consultan. A Pedro Guerrero, su gran amigo, dedica el
Tratado de la reformación del estado eclesiástico, y su escrito De
lo que se debe avisar a los obispos, obras que aquél llevará a
Trento, ya que no pudo llevar al maestro. Para Cristóbal de Rojas
redactará las Advertencias al Concilio de Toledo (1565-66), que aquél
presidió, y que fue uno de los Concilios provinciales convocados
para aplicar el de Trento.
Los últimos 16 años de su vida los
pasa retirado en Montilla. Graves enfermedades le postran y
debilitan. Vive con dos de sus discípulos, Juan Díaz y Juan de
Villarás. Desde allí atiende a todos, escribe y reza. Dirige a Ana
Ponce de León, condesa viuda de Feria, monja en el monasterio de
Clara de aquella ciudad. Trata mucho con los jesuitas que han
fundado un Colegio en Montilla. Sufre con la inclusión de su Audi
Filia en el drástico catálogo de libros prohibidos del inquisidor
Valdés en 1559 (se había editado su libro en Alcalá en 1556 sin
que él lo supiera) y porque varios de sus discípulos se ven más o
menos implicados en asuntos inquisitoriales: son cristianos nuevos,
y tienden hacia un iluminismo (v.) que no es el sereno y equilibrado
del Maestro. Sus dolencias son cada vez más graves y muere
santamente en su casita de Montilla el 10 mayo 1569. Quiso ser
enterrado en la iglesia de la Compañía de Jesús. Fue beatificado
por León XIII en 1894 y declarado patrono del clero secular español
en 1946 por Pío XII. Canonizado en 1970 por Paulo VI.
Significado de su obra. J. de A. es
el exponente principal en España de la reforma religiosa en la hora
del Renacimiento. Todas las inquietudes y deseos que desde el s. xv
venían pululando, y que a lo largo del xvi cristalizarán en mil
realizaciones más o menos logradas, él las centra en cierta manera.
Su misma condición de clérigo secular sin más aditamentos le hace
más universalmente representativo. En sus relaciones humanas hay
personas de todas las edades y todas las clases sociales, cuenta con
discípulos de muy variada condición: prelados, clérigos,
religiosos (Fray Luis de Granada será de los más afectados por él
y que más le veneren), nobles, gentes humildes. Pero lo más
interesante es el equilibrio doctrinal y de acción que él
significa. Los afanes de reforma del s. xv y primera mitad del xvi
son imprecisos, vacilantes muchas veces. Se buscan soluciones, con
generosidad casi siempre, pero en ocasiones sin acierto. El clima
general es, por eso mismo, de libertad, de irenismo, de iniciativas
audaces. Se vuelve la mirada al Evangelio y... a los clásicos
paganos. Ese ambiente es el que ha respirado J. de Á. en Alcalá.
Su alma recta y auténticamente cristiana le ha hecho asimilar lo
mejor de aquel clima, e instintivamente le ha librado de ciertos
escollos.
Pero los tiempos fueron cambiando. Y
la libertad de movimientos de los hombres también. Las tensiones se
definen y precisan, y las actitudes encontradas se fueron recortando
y se levantaron frente a frente. Trento (v.) es la gran línea
divisoria. Todo esto se registra muy bien en la vida y en la obra de
J. de Á. Basta confrontar las dos redacciones del Audi Filia, la de
1556 y la de 1574. En la primera el tono es más optimista y de
mayor confianza, amplio, «irénico», se insiste en el beneficio de
Cristo, tema tan valdesiano y erasmiano; hay más pasividad en la
vida espiritual que se presenta, y más frescura, más libertad en
la expresión, hay gotas de nominalismo (v.) en el fondo. La segunda
edición aparece después del Conc. de Trento. Su tono es distinto.
Lo esencial permanece pero depurado, precisado, anotado con
explicaciones y atenuantes.
Permanece lo que hubo siempre en él
de la S. E. (sobre todo de S. Pablo), de fervor patrístico y
tomismo, de espiritualidad de S. Bernardo y S. Buenaventura, de
influencias de la devotio moderna (v.), de escondido erasmismo y
humanismo renacentista. Permanece el tema clave de su vida y de su
doctrina: el misterio de Cristo, del Cristo total, pero mejor
matizado a la luz del Conc. de Trento. Ignacio de Loyola, la otra
cumbre de la reforma en España, fue siempre más igual a sí mismo,
más cauto, en cierto modo más sencillo y más anclado en lo seguro
y recibido. El mismo amor empujó a estos dos hombres y les hizo en
gran parte afines, pero su psicología era distinta. En J. de Á.
hay más teología y peso doctrinal. Y también más cultivo de la
vida de oración, que llevará a desviarse a algunos de sus discípulos,
haciéndoles incidir en un iluminismo peligroso, que supo evitar la
gran personalidad del maestro. Esa tendencia se dio también en no
pocos jesuitas españoles, y dio quehacer a los superiores de la
Orden a lo largo de todo el s. xv1. La espiritualidad de ambos es
eminentemente apostólica, volcada a la acción, que en Ignacio aún
es más relevante. En cuanto a realizaciones prácticas J. de Á. e
Ignacio fueron clarividentes y eficaces, pero Ignacio dio con la fórmula
institucional, la Compañía, de proyección universal. J. de Á. no
pasó de crear un movimiento fecundo pero que -no institucionalizado-
se extinguió en seguida. Hay algo de grandioso fracaso en su obra y
en su vida que acabó humildemente en el rincón de Montilla.
En resumen, J. de A. recoge lo mejor
de las corrientes espirituales anteriores, y nos ofrece una doctrina
ecléctica pero genial, y en él muy completa y lograda: cristocéntrico
y eclesial, asceta firme y prudente, abierto a la mística sin
exaltaciones sentimentales. Su preocupación por la reforma eclesial
tuvo consecuencias preciosas, sobre todo en lo que a la visión y
formación del estado clerical se refiere. Sus advertencias a Trento
en ese sentido fueron penetrantes y exactas. Hombre de vuelo sublime
y de sentido práctico a la par, que vivió toda la maravillosa
evolución espiritual de su tiempo. Tradicional y, a la vez,
intelectualmente al día. Contemplativo, austero, celoso y
trabajador. Su historia refleja la historia de la España espiritual
del s. XVI.
Escritos. El Audi Filia, antes citado.
La 2a ed., cuidadosamente limada y ampliada por él, se publicó ya
después de su muerte, en 1574. Los Sermones, que recogen algo de lo
que fue su ardiente predicación. Las Cartas, lo mejor de J. y de
las que varias constituyen pequeños tratados. El Tratado sobre el
sacerdocio, de donde se tomaron las pláticas sobre el mismo tema.
El Tratado sobre el amor de Dios, sencillamente delicioso. La
traducción del Kempis, ya aludida. Y otras obras menores (avisos,
pequeños trataditos, versos...). La influencia de sus escritos, aun
durante su vida, fue inmensa. Se editan y traducen mucho después de
su muerte y casi todos los autores espirituales posteriores le citan.
En la misma escuela beruliana (v. BERULLE) influirá por su doctrina
y afanes por el sacerdocio, sobre todo a través de A. de Molina,
que depende de él. J. de A. no es un pensador hondo y genial, como
p. ej. S. Juan de la Cruz. Por eso, como ocurre con todos los
activistas y culturalistas, su influencia actual es más por su
recuerdo histórico y ejemplar que por su real magisterio doctrinal,
sin que éste pueda negarse a una selección de sus escritos, por su
sana y elaborada espiritualidad, por su realismo, por su estilo
sereno y vigencia actual.
- B. JIMÉNEZ DUQUE.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Fray Luis de Granada
(1504-1588)
Uno de los grandes escritores españoles, también notable
predicador, dominico, de nombre en el mundo Luis de Sarria.
Biografía. N. en Granada, en 1504,
en el seno de una familia sencillá: «siendo yo hijo de una mujer
tan pobre, que vivía de la limosna que le daban a la puerta de un
monasterio» (Obras XIV,459), en Santa Cruz la Real, fundación de
los Reyes Católicos, a raíz de la toma de Granada. Huérfano, el
conde de Tendilla, alcaide de la Alhambra, le apadrina y educa junto
con sus hijos: «me crió desde poca edad con sus migajas, dándome
de su mismo plato en la mesa de lo que ella misma comía», dice
refiriéndose a la condesa (Obras, XIV,511). En 1524 pide el hábito
dominicano en Santa Cruz la Real. En 1529 jura los estatutos del
Colegio de San Gregorio de Valladolid, escuela de teólogos. Allí
convive con Bartolomé Carranza (v.) y Melchor Cano (v.). Edita, con
prosas y versos propios del más exigente humanista, los comentarios
de Astudillo, rector del Colegio, a Aristóteles (1534).
Le atrae la vocación misionera en el
Nuevo Mundo y se va a Sevilla para preparar el viaje; a punto de
zarpar, fray Miguel de los Arcos, que rige entonces en Andalucía,
le cambia el rumbo y le manda a Escalaceli (Córdoba), con una misión
dé restaurador. Conoce e intima con S. Juan de Ávila (v.). En esos
años (1534-45) se consagra como predicador. Andalucía es el campo
de su apostolado. En 1551 pasa de Badajoz a Évora, como capellán,
confesor y predicador del arzobispo, el card. infante D. Enrique, y
con él va a Lisboa, donde fija su residencia. Es provincial de los
dominicos lusos (1556-60) y también consejero de la corte,
predicador, escritor. Se le presentan problemas: Valdés, Inquisidor
General, asesorado por M. Cano, lanza el Catálogo de libros
prohibidos, en el que se incluyen los de fray Luis; la anexión de
Portugal a España deshace la provincia y le pone en una encrucijada,
de la que sale airoso con la ayuda de su hijo espiritual el duque de
Alba; y finalmente, el proceso inquisitorial de «la monja de Lisboa»,
cuando está ya «muy viejo y enfermo», según testifica J. Gracián
(Peregrinación de Anastasio: Obras, Burgos 1933, 100). El 31 dic.
1588, en Lisboa, se «fue a tener los buenos años en el cielo».
Admirado de todos, el nuncio dio la noticia a Roma, y añadió que
la muerte de fray Luis representaba una «gran pérdida» para el
mundo cristiano. Fue, según Araujo Costa, el «escritor»
espiritual del Imperio, y de la cristiandad, como refrendó el papa
Gregorio XIII, a sugerencia de S. Carlos Borromeo.
Obras. La vocación literaria de fray
Luis aparece tempranamente en los prólogos a Astudillo (1534).
Algunas epístolas de la época de Escalaceli (1534-45) testimonian
su extraordinaria sensibilidad estilística. Pero el escritor se
revela al publicar el Libro de la oración y meditación (1554), que
conmueve a España entera, agotándose sucesivas ediciones y
traducciones. A partir de tal éxito, fray Luis continúa
escribiendo. El escollo originado por el Catálogo (1559) frena sólo
momentáneamente el impulso literario de fray Luis.
Su producción es muy abundante. Un
ensayo de clasificación temática distingue seis o siete series;
las más importantes son, dentro de las obras mayores, los libros de
predicación, redactados en latín, y que abarcan toda la gama,
desde la retórica a los sermones, pasando por las fuentes o silvas
de lugares comunes (un lote de 20 t. aprox.); y los libros
espirituales, en purísimo español, en los que se extiende a los
varios problemas que entraña la vida cristiana. En este grupo
figuran sus obras maestras: Libro de la oración y meditación
(Salamanca 1554), Guía de pecadores (texto definitivo, Salamanca
1574) e Introducción del símbolo de la fe (Salamanca 1583). Y una
interesantísima serie de biografías de «espirituales» contemporáneos
suyos, como testigos de encarnación de la vida cristiana en los
diversos estados: el predicador Juan de Ávila, el arzobispo
Bartolomé de los Mártires, el cardenal-rey Don Enrique, la criada
Melicia, etc.
Para captar el ritmo con que fray
Luis va fraguando estas obras es imprescindible oír su propia «confesión»,
y no limitarse a los episodios doctrinales o históricos que le
obligaron a revisar sus libros. La revisión obedece al imperativo
de la génesis dinámica de un escritor que conoce y ama su oficio,
tanto como artista que como teólogo. El servir al pueblo de Dios
con los libros le acentúa la responsabilidad y, por otro lado, la
conciencia responsable se alía a su personal temperamento artístico.
Las variantes que introduce, p. ej., en el Libro de la oración no
alteran la estructura de la obra. Los primeros esbozos datan de
1539. Correcciones y añadiduras se advierten en las ediciones de
1554 a 1559; la edición «castigada» (Salamanca 1566) respeta al máximo
el texto «prohibido».
La Guía de pecadores nació como «tercera
parte» del Libro, sin pretensiones, pese a su extensión (Lisboa
155657); es un conjunto de temas, ejercicios y oraciones. Ya en la
primitiva edición confiesa: «Mi intención es, si el Señor fuere
servido, tratar este mismo argumento más copiosamente en otro libro»
(Obras, X,6), lo cual se materializó en la Guía de 1567. El
episodio inquisitorial puso en tensión su capacidad creadora,
agudeza psicológica y su dominio de la teología. Pero el libro
estaba concebido ya al redactar y editar el primer bosquejo.
Lo mismo sucede con el Memorial: en
1561, apenas rehecho del quebranto de la prohibición inquisitorial,
publicó unos opúsculos nuevos. El Memorial «pequeñito, el cual
se acrecentó y mudó en el grande». El proceso de gestación dinámica
del Memorial no acaba ahí: «si el Señor alargase un poco los
plazos de la vida -que tan apresuradamente corre por la posta-, podríanse
tratar algunas partes de esta doctrina más copiosamente, en
especial el Tratado del amor de Dios con el de la Vida de Cristo» (Obras,
II1,8). Ahí está el proyecto; y después, los dos tomos de
Adiciones, complemento del Memorial y exquisita novedad. La
Introducción del símbolo es «cuasi tanto (en extensión) como
todos los otros libros que tengo escritos en nuestra lengua» (Obras,
XIV,13). Libro de plenitud, de ancianidad, rebosa juventud y
frescura literaria.
Doctrina. Fray Luis es, ante todo, un
catequista. En primer lugar con la palabra, que es «espada
espiritual que corta los vicios»; reflexiona con hondura en el
misterio y en el ministerio de la palabra de Dios. En segundo lugar,
con los libros; son «armas de la caballería cristiana», que
vencen los «libros torpes y profanos de la caballería del diablo»,
donde hace alusión a los libros de caballerías (v.) Pero lo que a
fray Luis importa es instruir al cristiano y, más aún, ayudarle a
serlo verdaderamente. Otros escritores, advierte el autor, abordan
temas concretos; él se propone explicar la doctrina cristiana íntegra,
pues «es la facultad propia de nuestra profesión, la cual nos enseña
lo que habemos de creer, y lo que habemos de obrar, y los medios por
donde alcanzaremos gracia para lo uno y para lo otro, que es la
virtud de la oración y de los sacramentos» (Obras, X111,3). Y pone
particular empeño en que la doctrina haga vibrar la vida; lamenta
que algunos cristianos ignoren la doctrina cristiana; y también que
si la saben, sea «como picazas, sin gusto, sin sentimiento» (ib.,
11), sin vivirla.
Tal es el esquema y los fines de sus
obras. El Libro de la oración desarrolla un punto concreto,
fundamental; la Guía es un formidable sermón que enseña a vivir
virtuosamente; de objetivo más amplio es el Compendio de doctrina
cristiana, escrito en portugués (Lisboa 1559); la catequesis de
altura se aprecia en el Memorial y las Adiciones, que contienen la
quintaesencia de su mensaje espiritual. Pretende «formar un
perfecto cristiano, llevándolo por todos los pasos y ejercicios de
esta vida» (Obras, III,6). En el desarrollo de un programa tan
amplio, dos temas le parecen, por su primordial valor, dignos de más
detenido comentario: el tema del amor, ya que la caridad es amor y
en ella consiste la perfección cristiana; y el tema de Cristo,
causa y fuente de toda la vida cristiana. Las Adiciones señalan
doctrinalmente la línea más alta de su espiritualidad, que en el
resto de los libros toca aspectos comunes. Los dos tratados, que hoy
día parecen tan modernos, responden a una auténtica concepción de
la vida cristiana. Por lo demás, como su maestro Juan de Ávila, es
un perenne «enamorado del misterio de la Redención». Fray Luis,
profundamente imbuido de S. Tomás, expone con maestría la fusión
«caridad-perfección cristiana», tesis muy enraizada en la tradición
del pensamiento tomista.
La Introducción del símbolo de la
fe es una obra única en su género. De carácter esencialmente
apologético, responde también a una intención catequética, o
mejor aún: misionera, vocación que fray Luis no perdió nunca, en
el fuero de su intimidad. Una de sus últimas obras es un Catecismo
o Breve tratado sobre la manera de «proponer la doctrina de la fe
cristiana a los infieles». El prólogo es conmovedor: «Viendo yo,
dice, que en esta edad se abren tantas puertas entre los gentiles
para la dilatación de la fe, porque me cupiese alguna partecilla en
esta obra..., quise servir con mi cornadillo, escribiendo este
tratado» (Obras, IX,430). La Introducción es, pues, un libro
misionero; un libro de diálogo con gentiles y cristianos separados.
El análisis atento, minucioso, asombrado de las «obras de
naturaleza» (el libro del mundo) es preámbulo para un sereno diálogo
sobre las «obras de gracia». Inteligencia, fe, amor son los
componentes de este segundo diálogo, que es el más extenso y al
que se ordena el primero. En realidad, hoy pocos lectores pasan de
la primera parte, que fray Luis escribió «por cebar a los hombres
del mundo con el gusto de esta filosofía natural para levantarlos
después a la sobrenatural, que se trata de las otras tres partes
que se siguen» (Obras, XIV,494). Esa filosofía natural, tan honda,
descriptiva y enamorada, es «un bellísimo manadero literario de la
íntima avidez contemplativa e intelectiva que hay en el alma
cristiana de fray Luis» (P. Laín Entralgo, o. c. en bibl.). Así,
en las tres partes restantes, las nucleares en su intención, se
explaya demostrando que la obra de la creación lleva a una religión,
la única verdadera: la cristiana, porque sólo en ella y para ella
se realiza la obra de la redención. La luz de la fe ilumina zonas
oscuras a las que no llega la luz de la razón, que a veces se
encalla en crasos errores (Obras, V1,33: el cántico a la fe viva).
La Introducción del símbolo de la fe remata en 11 espléndidos diálogos
entre un «catecúmeno recién convertido de la ley de Moisés a la
gracia del Evangelio» y un «maestro en santa teología» (Obras,
VI1I,184). Sus destinatarios son todos los fieles en general y, en
particular, «los que de otra religión vinieron a la nuestra» (Obras,
V,16-17; VIII,11).
A los 80 años escribe la Historia de
la salvación; con un poco de pesimismo compara los «dos estados de
la Iglesia», es decir, el que «tuvo en sus principios», siempre
ejemplar, y el «que agora tiene en el tiempo presente», triste y
desgarrado (Obras, VIII,352), pues «la fe católica y la navecica
de San Pedro ha padecido tantas tempestades cuantas todo el mundo
conoce y llora» (Obras, V,6); en cierto modo, la Introducción del
símbolo de la f e es un examen de conciencia, lúcido, amoroso, y
una autocrítica sin miedo al s. XVI, que vivió casi entero. Con
sensibilidad y responsabilidad vivió también los problemas
eclesiales; le duelen el desvío y la falsa doctrina: el caso
luterano (Obras, V,6-8); las almas irredentas: los infieles; las
medidas de recelo contra los conversos, que tantos «hombres señalados
en fe, letras y virtudes» (Obras, VIII,11) dieron a la Iglesia española;
el problema, en fin, de la instrucción cristiana del pueblo, que
algunos desquician con pareceres absurdos. Fray Luis, en el ocaso de
su vida, hace la apología de los libros en romance (Obras, VI,26),
que lo es a la vez de su vida; una vida de predicador y escritor.
Las dos formaciones de base (la humanística y la teológica) le
prepararon, ayudándose de una sed insaciable de lecturas (Santos
Padres y autores coetáneos), a un gran servicio en pro de la
Iglesia y de las letras.
Influjo y valoración literaria. Su
magisterio oral asombró a muchas almas; el escrito se puede
apreciar aún. Las características de su prosa (sólo en su
juventud, en 1534, publicó algunos versos académicos) son: la
solidez y riqueza doctrinales; la untuosidad afectiva; la limpidez
de un romance espontáneo, sonoro, limado, puro. Creó un estilo
nuevo, de enorme carga estética. El idioma español alcanza con
fray Luis una plenitud inusitada. Azorín era un admirador de fray
Luis. Sus libros ejercieron hondo y fecundo influjo en la piedad
cristiana; las ediciones y traducciones (aprox. 6.000) son un
testimonio irreversible. Nicolás Antonio le admira, entre los príncipes
del castellano, como «al primero o igual al primero» (Bibliotheca
Hispana Nova, II,31); y concluye: «nuestra nación no tuvo ni quizá
volverá a tener un escritor de más estatura y de más utilidad» (ib.
II,34).
- A. HUERGA TERUELO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)
Teresa Sánchez Cepeda Dávila
y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de
1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue el
tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda esposa,
doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la santa tenía
catorce años de edad. Teresa fue criada por su piadoso padre, que
era amante de libros serios, y por una tierna y piadosa madre. Después
de su muerte y del matrimonio de su hermana mayor, Teresa fue
enviada a las monjas Agustinas en Ávila para ser educada, teniendo
que abandonarlas luego de dieciocho meses, debido a una enfermedad,
permaneciendo durante unos años con su padre, y en algunas
ocasiones, con otros parientes. En una de estas ocasiones, su tío
la relacionó con las Cartas de San Jerónimo, las que hicieron se
decida por la vida religiosa, pero no tanto debido a una atracción
hacia ella, sino por el deseo de escoger el camino más seguro. Al
no obtener el consentimiento de su padre, en noviembre de 1535,
abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el Convento
Carmelita de la Encarnación, en Ávila, el cual contaba en ese
entonces con 140 monjas. El dejar a su familia la causó gran dolor,
el cual comparaba luego con el que se siente por la muerte. Sin
embargo, finalmente su padre cedió y Teresa tomó el hábito.
Después de su profesión
—al año siguiente—, ella enfermó gravemente, teniendo que
soportar una larga convalecencia, la cual, unida a los torpes
tratamientos médicos, la dejaron reducida a un estado más
calamitoso, e incluso, después de su parcial recuperación, gracias
a la intercesión de San José, su salud siempre fue pobre. Durante
estos años de sufrimientos empezó la práctica de la oración
mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas mundanos
que realizaba con algunos parientes que visitaban con frecuencia el
convento la hicieran indigna de las gracias que Dios le concedía
por medio de la oración, abandonó esta práctica, hasta que fue
influenciada primero por los dominicos y luego por los jesuitas.
Entretanto, Dios había empezado a visitarla con "visiones
intelectuales y locuciones", en las que sus sentidos no eran
para nada afectados, pues veía las imágenes y escuchaba las
palabras en su mente, también la alentaba y fortalecía para poder
sobrellevar sus pruebas, reprendía por su falta de fe, y consolaba
en sus problema. Incapaz de reconciliar estas gracias recibidas con
sus defectos, los cuales su delicada conciencia le hacía ver como
grandes faltas, recurrió no sólo a los confesores más
espirituales que encontraba, sino también a algunos santos laicos,
los cuales, al no saber que los relatos que ella les hacia de sus
pecados eran bastante exagerados, creyeron que eran obra del maligno.
Cuanto más ella luchaba por rechazarlos, tanto más Dios obraba
maravillosamente en su alma. Toda la ciudad de Ávila vivía
inquieta a causa de los informes acerca de las visiones de esta
monja. Se le pidió a San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara,
y después a varios dominicos (particularmente a Pedro Ibáñez y a
Domingo Bañez), jesuitas, y a otros religiosos y sacerdotes
seculares, discernir la obra de Dios y guiarla por un camino seguro.
Los relatos contenidos en
su "Autobiografía" (terminada en 1565, una versión más
temprana se ha perdido), en las "Relaciones", y en el
"Castillo Interior" acerca de su vida espiritual conforman
una de las biografías espirituales más importantes, comparadas sólo
con las "Confesiones de San Agustín". A este periodo
también pertenecen las extraordinarias manifestaciones, como la
transverberación del corazón que experimentó, sus desposorios
espirituales, y su matrimonio místico. Una visión en la que vio el
lugar en el infierno que le era destinado si no fuera fiel a las
gracias recibidas, hizo que se determinara a llevar una vida más
perfecta. Después de muchos problemas y oposiciones, Santa Teresa
fundó el convento de Monjas de Carmelitas Descalzas de la Antigua
Observancia de la Regla de San José de Ávila (24 de agosto de
1562), y, después de seis meses, obtuvo el permiso para poder
residir en él. Cuatro años después, recibió la visita de Juan
Bautista Rubeo (Rossi), el General de los Carmelitas, quién no sólo
aprobó lo que ella había hecho, sino que además le dio licencia
para fundar otros conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi
de inmediato, fundó un convento de monjas en Medina del Campo
(1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569),
Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y
Sevilla (1575), y Caravaca (1576). En el "Libro de las
Fundaciones", ella relata la historia de estos conventos, los
cuales, en su mayoría, fueron fundados a pesar de existir grandes
oposiciones, pero con la ayuda manifiesta del cielo. Por todas
partes ella encontraba almas generosas que querían abrazar las
austeridades de la regla primitiva del Carmelo. Luego de conocer a
Antonio de Heredia, prior de Medina, y a San Juan de la Cruz (q.v.),
empezó su reforma de los frailes (28 de noviembre de 1568), los
primeros conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana (1569),
Mancera, y Alcalá de Henares (1570).
Una nueva época se dio
inicio con la entrada en religión de Jerónimo Gracián, ya que a
este importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo
de Visitador Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la
estricta observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con el
derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y el capítulo
general. A la muerte del nuncio y con la llegada de su sucesor,
empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su obra, la que duró
cuatro años y pareció sería el final de la naciente reforma. Los
hechos de esta persecución están bien descritos en sus cartas. La
tormenta al fin pasó y la provincia de carmelitas descalzos,
contando con el apoyo de Felipe II, fue aprobada y canónicamente
establecida el 22 de junio de 1580. Santa Teresa, estando ya anciana
y con la salud resquebrajada, realizó más fundaciones, en
Villanueva del la Jara y Palencia (1580), Soria (1581), Granada (a
través de su asistenta la Beata Ana de Jesús), y Burgos (1582).
Ella abandonó este último lugar a finales de julio, y, deteniéndose
en Palencia, Valladolid, y en Medina del Campo, llegó a Alba de
Tormes en septiembre, soportando grandes sufrimientos corporales. Al
poco tiempo tuvo que guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de
1582. El día siguiente, debido a la reforma del calendario, debía
de ser considerado 15 de octubre. Después de algunos años su
cuerpo fue trasladado a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado
Alba, en donde todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual
muestra las marcas de la transverberación, está también expuesto
para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada en 1614, y
canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta fue fijada en
el día 15 octubre.
El lugar de Santa Teresa
entre los escritores de teología mística no tiene comparación. En
sus escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales, las
cuales, gracias a una visión profunda y a un don analítico,
explica con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la
influencia de sus confesores y directores, muchos de los cuales
pertenecían a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención de
fundar una escuela, en el sentido literal del término, y no existe
vestigio alguno en sus escritos de algún tipo de influencia del
Areopagita, ni de las escuelas de mística patrística o escolástica,
como se puede ver entre otros, en los místicos dominicos alemanes.
Ella es intensamente personal, su sistema va exactamente hasta donde
sus experiencias llegan, no dando un paso más allá.
Una última palabra debe
ser agregada sobre la ortografía de su nombre. Últimamente se ha
puesto de moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin
"h", no sólo en español e italiano, en los que la
"h" no tiene sentido, sino también en francés, alemán,
y latín, los cuales deberían conservar la ortografía etimológica.
Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de San
Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia, y Thérèse,
en francés.
BENEDICT ZIMMERMAN
(Indice)
Luis de León, Fray
(1527-1591)
l. Biografía. Ilustre poeta y escritor español del s.
XVl, n. el 15 ag. (?) de 1527 en Belmonte (Cuenca), en la Mancha
aragonesa. Hijo de Lope de León y de Inés Varela. Su sangre judía,
por línea principalmente materna, influirá en su personalidad y en
su obra (criticismo, tendencias exegéticas, amor por el detalle,
capacidad de abstracción, predilección por la música...).
En 1543, ingresa en la Orden de los
agustinos. Más tarde obtiene en Salamanca su licenciatura en Teología,
que enseña como lector en Soria, de donde luego es desterrado. Son
los primeros choques con su Orden, que se repetirán en 1556, en
Alcalá, donde estudia hebreo. En 1558, es Maestro en Teología,
pero no consigue la cátedra de Biblia a que aspiraba. Hacia 1560
empieza a trabajar sobre el Cantar de los Cantares, poniendo de
manifiesto sus teorías acerca del estudio de textos bíblicos,
preludio de su enfrentamiento futuro con la Inquisición.
También en esta época interviene en
las discordias que agitaban la Universidad salmantina: fray Luis, de
espíritu libre y sincero, resulta a veces intrigante y hasta egoísta,
cayendo en los mismos defectos que condena. En su curso De Fide,
insiste en sus ideas sobre la exégesis bíblica recurriendo a los
textos hebreos y eliminando las versiones intermedias de los Santos
Padres. Por ello, en la polémica de la Biblia de Vatablo, fray Luis
y los
profesores hebraístas se enfrentan a
los escolásticos (dominicos y jerónimos) que les acusan de herejía
ante la Inquisición. En 1572, fray Luis es encarcelado, más por
las intrigas de aquéllos que porque el tribunal tuviese la convicción
de su herejía. En 1576, sale absuelto, volviendo a la Universidad
entre un entusiasmo apoteósico. Renuncia a su cátedra de Durando;
pero consigue otra de Teología y su carrera universitaria será rápida
y segura: gana las cátedras de Filosofía y Biblia (1578 y 1579),
es nombrado Maestro de las Artes, y salva un nuevo expediente que
sus detractores levantan a la Inquisición (1582).
En 1586, después de un viaje a París,
se establece en Madrid. El Consejo Real le encarga la recensión de
las obras de S. Teresa. Defiende la reforma de la Santa y trabaja en
la de su propia Orden. Por ello no acude a las repetidas llamadas de
la Universidad, hasta que resuelve renunciar a su cátedra. Es
nombrado vicario general de Castilla y luego provincial. Muere el 25
ag. 1591 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).
2. El aspecto renacentista de fray
Luis de León. Desde Italia, las características renacentistas (independencia
de la razón frente a toda autoridad tradicional, individualismo,
criticismo, sentido antropocéntrico, veneración de lo clásico,
estudio de la naturaleza, ruptura con la tradición) se extendieron
por los restantes países europeos. En unos se aceptó el
renacimiento «integral», es decir, la imitación del arte, vida y
costumbres de los antiguos. Otros modificaron el renacimiento en un
sentido «moderado», vivificándolo con un espíritu de tradición
cristiana, al que no se muestran dispuestos a renunciar. El
renacimiento (v. RENACIMIENTO IV) español, tiene este carácter ecléctico
del cual es figura representativa fray Luis de León.
Producción en latín. Consta
principalmente de traducciones de poetas clásicos, comentarios bíblicos,
tratados teológicos (v. 5) y la versión (realizada por orden de
sus superiores) de sus comentarios al Cantar de los Cantares, de
1580.
3. Creación literaria en prosa
castellana. Entre sus obras en castellano, la primera es el Cantar
de los Cantares, traducción literal del libro de Salomón con los
comentarios correspondientes a cada capítulo. «Pretendí que
respondiese esa interpretación con el original no sólo en las
sentencias y palabras, sino aun en el concierto y aire dellas». Con
arreglo a sus ideas sobre la Biblia, no busca en el libro ninguna
clase de alegoría, huye del tópico y habla puramente de amor
humano: «el amor sólo el amor le habla y le entiende y le merece»;
tratando este amor como símbolo del Amor entre el Alma y el Esposo.
Al Cantar de los Cantares le sigue
cronológicamente La perfecta casada, comentario del último capítulo
del libro de Los Proverbios. Trata de «cuanto las Escrituras
exponen del sacramento del matrimonio». Tiene como influjo más
directo El jardín de las nobles doncellas, de Martín de Córdoba
(s. XV), y De Institutione f eminae christianae de Vives (v.). Obra
que no se limita a dar sus ideas sobre la armonía matrimonial, sino
que expresa un pensamiento acerca del carácter de cada oficio del
hombre en la sociedad. El orden vigente entre el cielo y la
naturaleza es base de la moral y la convivencia: «el casado agrada
a Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso el fraile, y el
mercader en hacer debidamente su oficio...». Aunque desarrolla el
concepto de «mujer fuerte» del libro de Los Proverbios, no tiene
reparos en recurrir a escritores paganos para corroborar sus
afirmaciones.
Con De los nombres de Cristo se llega
a su obra más compacta e importante. Es la versión cristiana de
las doctrinas de Platón (v.), centrada armónica y directamente en
la figura de Cristo. Los personajes (Sabino, Marcelo y Juliano)
discuten sobre los nombres que se dan a Cristo en las Escrituras, en
escenarios que denotan el sentimiento de la naturaleza que palpita
en el autor. La obra consta de tres libros. En el primero,
encontramos los nombres de «Pimpollo, Faces de Dios, Camino, Monte,
Padre del siglo futuro, Pastor». En el segundo, «Brazo de Dios,
Rey de Dios, Príncipe de la Paz y Esposo», y el libro tercero
contiene los de «Hijo de Dios, Amado, Jesús y Cordero». Las
disquisiciones teológicas alternan con toda clase de citas clásicas
y opiniones personales.
En cuanto al estilo, viene definido
por el mismo fray Luis en la dedicatoria del libro tercero «...y
destos son los que dizen que no hablo en romance, porque piensan que
hablar en romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conoscen
que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juyzio,
ansí en lo que se dize como en la manera como se dize; y negocio
que de las palabras... elige las que convienen... y las pesa y las
mide... Quise escrivir en diálogo, siguiendo en ello el exemplo de
los escriptores antiguos, ansí sagrados como profanos, que más
grave y elocuentemente escrivieron». En esta dedicatoria, expone
fray Luis de León las cualidades del estilo retórico clásico que
debe seguir un escritor renacentista: orden (presente en toda su
obra), claridad, belleza (la prosa artística en De los Nombres de
Cristo aparece engalanada con toda clase de figuras literarias
usadas por los antiguos, lo que él llama f igurae verborum,
paralelismo, antítesis, quiasmo, hipérbaton...).
Siguiendo su tendencia al clasicismo,
usa de los tres estilos que había diferenciado Quintiliano (v.):
llano, templado y sublime. El estilo llano, para exponer las
Escrituras, de manera clara y concisa, es sencillo y sin adornos. El
templado es elegante y moderado, con suaves ornatos que gustan y
deleitan; es el estilo que predomina en la obra. El sublime se
utiliza en los momentos de gran emoción; «el estilo sublime
difiere del templado sobre todo en que no aparece tan engalanado de
figuras de palabras cuanto violento por las emociones del alma.
Puede recibir ciertamente todas estas figuras, pero, si no le vienen
naturalmente no las busca» (De Doctrina Christiana, libro cuarto).
También a la manera clásica, vuelve
a la estructura periódica de la frase, olvidada en favor de la
ecclesiastica consuetudo, «y si acaso dixeren que es novedad, yo
confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriven en esta
lengua poner en ella número, levantándola del decaimiento
ordinario». Hallamos cuatro tipos de movimiento de la frase: el
ritmo llano, de dos o tres cola; el ritmo lírico, de hasta cinco
cola; el ritmo argumentario, cuando desarrolla ideas por medio de
razonamientos y comparaciones aristotélicos, y el movimiento áspero
de la frase, en que se abandona la estructura periódica para acudir
a la ecclesiastica consuetudo de su época. De los Nombres de Cristo
es una gran obra en la que se revela tanto como humanista cuanto
como teólogo, mezclando los estilos: oratorio clásico, por una
parte, y estilo de predicación cristiana, por otra.
Entre sus escritos en prosa, El libro
de lob recorre la mayor parte de su vida, con varias interrupciones
y recaudaciones en su elaboración. Traduce directamente del hebreo,
comenta en lentas paráfrasis el sentido del texto y, al final de
cada capítulo, añade como glosas composiciones en tercetos. El
autor se siente identificado con Job (es muy significativo que la
primera parte se escribiera en la cárcel). El tema de Job le sirve
para expresar su tremenda lucha interior, en la que se hacen
presentes todos los interrogantes de la vida del hombre. El libro
está cargado de melancolía, la cual no es otra cosa que un estado
de absoluto abandono donde no hay ni esperanza, «tiniebla más
tiniebla», de una melancolía rayana en el existencialismo, del que
sólo se salvará con la confianza en el perdón de Dios: «¿No
veis cuál de la muerte me ha librado,/y cómo ha reducido el alma mía/al
viso dulce deste sol dorado?» (XXXIII).
4. Producción poética. Para tratar
de fray Luis como poeta, hay que tener en cuenta su personalidad ascéticomística.
Fray Luis es un asceta de hecho, un asceta que actúa; pero su obra
no va dirigida a dar nuevas teorías sobre el ascetismo; él lleva
una vida según las normas cristianas e intenta enseñarla. Lo que
no se puede negar es el misticismo que se refleja en su poesía,
aunque no consiga las esferas más elevadas, como S. Juan de la
Cruz. En él la unión es un deseo, no un hecho, no importa que le
muevan razones intelectuales, ni que sea más platónico que
teresiano: «¿Cuándo será que pueda/libre de esta prisión volar
al cielo,/Felipe, y en la rueda/que huye más del suelo/contemplar
la verdad pura, sin velo?» (Oda A Felipe Ruiz).
Fray Luis dejará de dar la
tradicional importancia a la palabra del español (que parece crear
de nuevo el objeto al nombrarlo), en favor de otra pasión superior,
que intenta sublimar todas las experiencias humanas, la nostalgia de
lo eterno. Las palabras sólo serán un medio de evasión hacia el
sosiego, la paz, la divinidad (cuyos símbolos son la música, el
campo, el sueño, la muerte, etc.).
De todo esto surge un poeta solitario,
de lírica sosegada, a pesar de lo que significa el que en él se
den cita todos los motivos que, de algún modo, conmueven la vida
espiritual de la España de su tiempo. A su soledad íntima se añade
el sentimiento solitario en el aspecto exterior de su obra, ya que
nunca pensó en publicarla. De esta última característica se
deriva el aparente desaliño y descuido de sus composiciones. Fray
Luis se pasa toda su vida luchando por un ideal; aunque pertenezca
«a una clase de espíritus heroicos, dice Cernuda, divididos entre
un ideal inasequible y una urgente realidad» y en los que lo
verdaderamente importante es la lucha.
División cronológica de sus «Odas».
El primero, antes de la cárcel, incluye temas objetivos,
descriptivos y morales. Utiliza ejemplos clásicos y citas
reelaboradas sólo como instrumento para cristianizar o afirmar sus
tesis. A veces los nacionaliza, como en La profecía del Tajo. En
otras trata de la pasión amorosa (Las sirenas, en donde recomienda
seguir el camino de Ulises con respecto al sexo femenino: «huye,
que sólo aquel que huye escapa»). En De la Magdalena no esquiva
nada material, porque el cuerpo es también herido por el Amor, y
transforma la pasión mundana de aquélla en amor a Dios: «...las
llamas apagó del fuego ardiente/las llamas del malvado/amor con
otro amor más encendido...».
Al segundo periodo, en la cárcel,
corresponde la oda Noche serena: «Cuando contemplo el cielo,/de
innumerables luces adornado/y miro hacia el suelo/de noche rodeado...»
Si fray Luis se vale del mundo es para elevarse a la Divinidad, es
decir: del abandono de lo corporal en que está su alma encarcelada,
como en «Cuándo será que pueda...»; en esta oda el medio de la
contemplación divina es el cielo estrellado. Su canto de dolor se
basa en la antítesis tierra-cielo y en la descripción del cielo
como morada de la Divinidad. En las odas
A todos los santos y A Santiago se
encuentra también una clara potenciación a lo divino; pero no como
destrucción o mitificación de lo real, sino con una sustitución
miembro a miembro de todas las potencias y divinidades clásicas por
otras de la teología cristiana (Orfeo por David, Júpiter por
Cristo, etc.). En «A una esperanza que salió vana» y en «¿Y
dejas, Pastor Santo...» vuelve a embargarle la soledad, tanto que
ninguna clase de alegría puede morar en él: «Huid, contentos de
mi triste pecho/¿Qué engaño os vuelve a do nunca pudisteis/tener
reposo ni hacer provecho?...». La sensación de soledad abrumadora
recuerda sus errores y sufre, se mezcla el daño causado con el
recibido, y esto produce la violencia de su impulso hacia la fuga
definitiva, eliminando toda clase de detalles idílicos, como los
que aparecen en su primera oda «Qué descansada vida... ». En la
oda A Juan de Grial expresa la desolada tristeza del prisionero con
descripciones de base horaciana al principio, para volver luego a su
oscuridad y desolación.
Escribe en esta segunda época odas místicas
(A la ascensión, A todos los santos y Noche serena) y fuera de la cárcel
la oda A Salinas (Francisco Salinas, v., era profesor de música de
la Univ. de Salamanca), A Felipe Ruiz y Altna, región luciente...
Las odas místicas surgen en él uniendo a su técnica clásica, la
angustia existencial y la voluntad de salvación. La oda A la Virgen
está escrita en los momentos más amargos de su vida; la justicia,
le ha fallado, el amor y la amistad se han quedado a la otra parte
de las rejas. Sólo le queda la esperanza en la Virgen: «Atiende a
mi bajeza/mira mi abatimiento, de mi pena/contempla la graveza/con
mano de amor llena/rompe de mis pecados la cadena». La misma relación
entre el hombre abandonado que implora, y el ser trascendente se
encuentra en la oda A la Ascensión del Señor. El poeta representa
como real el recuerdo evangélico de la Ascensión, y teme que con
la marcha de Cristo la tierra se quede sumisa en un caos inarmónico
y terrible.
La tercera etapa, después de la cárcel,
muestra su evolución a la oda moral. Ya en la primera etapa, en su
«En vano el mar fatiga...» (A Felipe Ruiz), trata de la avaricia.
De ésta, enteramente horaciana, pasa, en la época de cárcel, a «Aunque
en ricos montones...» contra un juez avaro, donde los materiales
horacianos se unen al grito solitario del poeta encarcelado. Cuando
se ve en libertad, el poeta, en «Qué vale cuanto ve...?», a pesar
de que empieza con la avaricia, aísla la figura del tirano. De aquí
se desencadenan las antítesis de tiranía y libertad, prisión y
cielo. También en esta época vuelve al tema de la soledad: «Oh,
ya seguro puerto...», que debe ser muy poco posterior a la liberación.
El tema heroicomoral aparece en la oda A Portocarrero («No siempre
es poderosa...») en la que el inocente resulta vencedor.
En resumen: Fray Luis de León es,
además de político, orador, moralista, teólogo y filósofo, un
gran poeta. En él se funden armoniosamente las corrientes cristiana,
judaica, y pagana que predominan en su tiempo. Es tanto su amor por
la cultura hebraica que en las versiones bíblicas, sus laudes
parecen obra de un poeta judío. Su espíritu rebelde y a la vez
conservador y restaurador de la tradición, da nueva vida a la
lengua castellana, y a partir de él se multiplican las variaciones
de la lírica española.
- JENARO TALÉNS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Juan de los Angeles
(1536-1609)
Místico franciscano español. En sus 'Diálogos
de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios (1595) expone
metódicamente una doctrina mística emparentada con la escuela de
San Bernardo y San Buenaventura e influída también por los místicos
Tauler y Ruysbroeck. Su concepto del amor es de origen platónico y
de él trata en sus 'Triunfos del amor de Dios (1590)
(Indice)
San Juan de la Cruz
(1542-1591)
Religioso y escritor místico español del
Siglo de Oro. Su padre, Gonzalo de Yepes, mercader toledano, casó
en Fontiveros con Catalina Álvarez, pobre huérfana que trabajaba
en un telar. Ello supuso la extrañación de la familia paterna, y
siguió una vida precaria, trabajosa. Nació el primer hijo,
Francisco, en 1530. El segundo, Luis, poco después. El tercero,
tardío, Juan, en 1542. El padre enfermó poco después y moría
tras dos años de dolencia. La joven viuda, con tres niños y
malquista de los parientes del difunto, acudió a uno de éstos, el
Arcediano de Torrijos, que se desentendió. Recurrió a otro, médico
en Gálvez; éste recogió al mayor, no más de un año. Catalina,
de nuevo con los tres, decidió abandonar Fontiveros y buscar
trabajo en Arévalo, donde estuvo tres años, hasta 1551, en que se
trasladaron a Medina en busca de nuevas posibilidades. En Arévalo
había muerto Luis y casado Francisco con Ana Izquierdo, tan pobre
como ellos, que se agregó a la familia. Juan, de nueve años, quería
ayudar también y probó varios oficios, «carpintero, sastre,
entallador y pintor... A ninguno de ellos asentó ni pudo aprenderle,
dice su hermano, aunque él deseaba aplicarse a ganar de comer.
Visto esto por su madre procuró de ponerle en el colegio de los niños
de la Doctrina, donde aprendió en pocos días a leer y escribir»
(Bibl. Nac. Ms. 12.738, f. 611). Él ayudaba a las misas «casi toda
la mañana en el convento de la Magdalena de monjas agustinas»,
captó su benevolencia y el interés del administrador del Hospital
de la Concepción, D. Alonso Alvarez de Toledo, que decidió
patrocinarlo y lo vinculó al servicio de su hospital, y «así le
dieron licencia para que fuese a oír liciones de Gramática en el
Colegio de la Compañía de Jesús» (1. c. f. 613). Entre sus
maestros destacó Juan Bonifacio, que en 1557 comenzó a dar la 3,1
clase de Gramática y en 1561 la de Retórica. J. cursó
probablemente los años 1557 a 1561. Decían de él que «tenía el
juicio de un viejo». Las Humanidades centraron su afición. Pero
sobrepasó las fuentes aprendidas y creó un estilo original,
irisado de Biblia. Su mecenas lo invitó a hacer la carrera eclesiástica,
para nombrarlo luego capellán del hospital. Parece que luego estudió
dos años de Artes o Filosofía, quizá en el Carmen, donde se daban
clases (Crisógono, o. c. en bibl. 3). Pero desdeñando la capellanía,
en 1563 pedía el hábito del Carmen allí mismo e iniciaba su
noviciado. Se llamó entonces fray Juan de Santo Matía, y profesó
en el verano de 1564. Este mismo año fue enviado a la Univ. de
Salamanca y se matriculó en Artes, renovándola los dos años
siguientes. En 1567 su matrícula era de «presbítero teólogo»,
aunque esto no impide que los años anteriores hubiese cursado
Teología en el Carmen, mientras seguía Artes en la Universidad. La
Teología era según las Sentencias de Pedro Lombardo.
En 1567 acababa de ordenarse
sacerdote, a sus 25 años, y fue la ocasión de coincidir en Medina
con S. Teresa (v.). Aunque él llevaba el propósito de retirarse a
la Cartuja de El Paular (Segovia), ella lo persuadió que si era
para mejorarse sería más ventajoso hacerlo en servicio de la
Virgen dentro de su Orden. Accedió, con tal que no lo demorase.
Regresó a Salamanca a llenar su matrícula, y en 1568, inauguró la
reforma de los descalzos teresianos en Duruelo (Ávila) el 28 de
noviembre, con el nombre de -J. de la C., y se trasladó a Mancera
en 1570. Fue el primer Maestro de Novicios, y en 1571 el primer
Rector de estudiantes descalzos de Alcalá. En 1572 fue invocado por
S. Teresa para vicario y confesor de las monjas de la Encarnación (Ávila)
donde a la sazón era priora, y lo fue hasta el 3 dic. 1577. Por
conflictos surgidos entre los carmelitas descalzos y calzados (v.
CARMELITAS 1, 5), esa noche fue raptado y conducido sigilosamente a
la cárcel del convento de Toledo, donde sufrió tanto rigor y
penuria, que dándose por muerto después de ocho meses, decidió
fugarse, descolgándose de noche por la ventana con una soguilla que
había labrado deshilachando a escondidas una mantilla de su uso.
Era la noche del 17 ag. 1578, de madrugada acudió a las descalzas,
y desde allí le condujeron los amigos a Andalucía en las soledades
del Calvario (Jaén). En la cárcel había pergeñado su Cántico
espiritual. Sus estrofas fascinantes eran tema de pláticas a las
descalzas, en particular las de Beas, cuya priora, Ana de Jesús,
fue alumna preclara. Allí comenzó la Subida del monte Carmelo,
comentando un «dibujo del Monte», que daba en mano a sus dirigidos.
En 1579 inauguró el colegio de los
Descalzos de Baeza y fue primer rector. En 1582, después de
intentar llevarse a Granada a S. Teresa, llevó en su lugar a Ana de
Jesús a aquella fundación. Por entonces escribió la Noche oscura
y la primera redacción del Cántico espiritual. También la primera
redacción de la Llama de amor viva, a instancia de Da Ana de Peñalosa.
En 1583 acudió al capítulo de Almodóvar, donde se airearon las líneas
de la Descalcez y pronunció su veredicto, como también el año
1585 en Lisboa sobre las misiones, y fue nombrado Vicario provincial
de Andalucía. Cesaba así del priorato de Granada, que regentaba
desde fin de enero de 1582. Visitó toda Andalucía, Sevilla, Málaga,
Córdoba, Caravaca, Écija y Guadalcázar.
El 15 oct. 1586 instaura la fundación
de La Manchuela. El 18 abr. 1587 cesa de Vicario y es nombrado otra
vez prior de Granada. En junio de 1588 acude a Madrid donde el P.
Doria implanta la Consulta, de la que es nombrado Consiliario y
prior de Segovia. Allí escribe la segunda redacción del Cántico
espiritual. En el capítulo general de 1590 se muestra contrario a
las innovaciones de Doria y cae en desgracia. Tratan de anularlo. En
julio de 1591 es destinado a México; se le conmuta por Andalucía,
por causa de su enfermedad. Se retira a La Peñuela (La Carolina).
Allí escribe la segunda redacción de la Llama de amor viva. El 28
de septiembre va a Úbeda, «a curar de unas calenturillas». Es su
última enfermedad. Unas llagas malignas en el empeine del pie lo
acaban. Y la desolación total. Anuncia el punto exacto de su tránsito
«a cantar maitines al cielo», sonando las doce y comenzar el día
14 dic. 1591, a sus 49 años de edad, y día de sábado. En mayo de
1593 su cuerpo fue raptado y llevado a Segovia. Fue beatificado por
Clemente X, el 25 en. 1675, y canonizado por Benedicto XIII el 27
dic. 1726. Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia el 24 ag. 1926.
Se celebra su fiesta el 14 de diciembre (hasta 1969, el 24 de
noviembre).
- EFRÉN J. M. MONTALVA, DE LA MADRE DE
DIOS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Francisco de Osuna
(1492-1540)
Escritor místico franciscano de
extraordinario influjo en la mística española del S. XVI. N. en
Osuna (Sevilla) ca. 1492. Toma el hábito franciscano en la
Provincia de Castilla ca. 1513 y cursa sus estudios en casas de la
Orden y en Alcalá. Ordenado sacerdote ca. 1520 es destinado al
convento de la Salceda, donde mantiene relaciones con los alumbrados
(v. ILUMINISMO), pero sin contagiarse de sus errores. En 1528-29 es
nombrado Comisario General de Indias en Sevilla, donde publica
algunas de sus obras. Entre 1532 y 1537 reside en Francia y Países
Bajos y publica sus obras latinas. Vuelto a España, m. ca. 1540.
Es considerable su producción
literaria: Tercer Abecedario, Toledo 1527 (su obra maestra, sobre el
recogimiento); Primero, Sevilla 1528 (sobre la Pasión); Segundo, ib.
1530 (ejercicios ascéticos); Cuarto o Ley de amor, ib. 1530 (sobre
el amor divino); Gracioso convite, ib. 1530 (sobre la comunión,
incluso frecuente); Norte de estados, ib. 1531 (espiritualidad
seglar); Sanctuarium biblicum: Pars septentrionalis, Toulouse 1533 (sermones
latinos); Pars meridionalis, París 1533; Missus est (sobre la
Encarnación) con la Pars orientalis, Amberes 1536; Pars
occidentalis, ib. 1536; Quinto Abecedario, Burgos 1542 (póstumo,
sobre riqueza y pobreza); Sexto, Medina 1554 (sobre las cinco Llagas).
Las obras españolas tuvieron más de 40 ediciones con traducciones
diversas, las latinas más de 23.
Su síntesis doctrinal -intelectual
afectiva- aunque no sistemática y carente de precisiones, que son
fruto de la mística posterior, es original y completa. Carece de
plan lógico en la exposición (agrupa arbitrariamente las doctrinas
según las letras del alfabeto) y su estilo es directo, elocuente,
matizado, de vocabulario riquísimo y abundante en metáforas,
pecando a veces de prolijidad oratoria e incluso de preciosismo.
Tiene el gran mérito de haber sido el primero en escribir de mística
en castellano, dejando así la lengua preparada para la obra de los
místicos carmelitas, de los cuales es predecesor y maestro. A pesar
de vivir en pleno renacimiento, su mentalidad es netamente escolástica.
Escotista, sigue en muchas cosas a S. Tomás y al nominalismo (v.;
G. Biel). Su doctrina mística depende mucho de S. Bernardo (y apócrifos)
ysobre todo de Ricardo de S. Víctor y Gerson (v.). Emplea a S.
Bernardino de Siena, S. Vicente Ferrer, Ubertino de Casale, el
Cartujano, etc.
Encontramos en O. toda la temática
de la escuela y espiritualidad franciscana, pero su principal
característica es la de haber estructurado y divulgado la doctrina
spbre la oración de recogimiento que se practicaba en los conventos
franciscanos en la época y es luego recogida por la mística
posterior (S. Teresa). Este recogimiento consiste en una simple y
purísima mirada a Dios, en lo íntimo del alma y sin ayuda de
conceptos o imágenes (pobreza espiritual), para allegarse con amor
«al incogitable Dios, que con sólo amor se deja tocar» (4°
Abecedario, cap. 26), hasta llegar a la unión transformante. Se
llega a él pasado un largo proceso de ascetismo y ejercicio de la
oración discursiva. Dicha mirada a Dios es compatible en los
perfectísimos con la representación de la humanidad de Cristo,
pero conviene a los que no lo son, y a causa de su imperfección
misma, prescindir a veces de ella para poderse fijar en Dios
desnudamente. O. valora la consolación espiritual (desconfiando de
los fenómenos extraordinarios), que deriva naturalmente de la
presencia amorosa de Dios, quien sólo la retira para probar al
alma. Doctrinas éstas que, aunque hayan sido a veces mal
interpretadas, se mantienen dentro de la rigurosa ortodoxia como se
desprende de una lectura atenta de sus obras. O. ha influido
grandemente en los místicos españoles del S. XVI, especialmente en
los carmelitas; en los franciscanos, Bernardino de Laredo (v.), Juan
de los Ángeles, S. Pedro de Alcántara (v.); en fray Luis de
Granada (v.), Baltasar Alvarez, Bartolomé de los Mártires, etc.
- PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Fr. Antonio de
Guevara: (1480-1545)
El mismo habló de su
familia oriunda de las Asturias de Santillana, pero nada precisó
respecto a su pueblo natal. Deducimos la fecha de nacimiento, porque
siendo niño pasó a la corte como paje del príncipe Juan y es
probable que recibiera lecciones del humanista Pedro Mártir de
Anglería (v.). Desde entonces, Antonio de Guevara y de Noroña
comienza su carrera de cortesano y hombre de mundo no abandonada
hasta los últimos años de su vida. Una crisis de conciencia,
agudizada después de la muerte del Príncipe, le indujo a ingresar
en la Orden franciscana. Hombre dotado de una gran facilidad de
palabra, se impuso por sus condiciones naturales de orador; la fama
de sus sermones le llevó de nuevo a la corte, donde consiguió el
honroso cargo de predicador oficial y algo más tarde el de cronista
del reino. Durante los primeros años de vida religiosa también
vivió con intensidad la política y los negocios públicos, desde
su cargo de consejero privado de Gonzalo de Córdoba. EJ momento más
decisivo de la política española, la guerra de las Comunidades, lo
salvó con decoro y habilidad. Triunfante eJ partido imperial, atacó
sin piedad a los comuneros. Carlos V recompensó con creces eJ
decidido apoyo prestado por G. a su causa y le nombró inquisidor de
Toledo; en distintos momentos le propuso, también, como obispo de
Guadix y Mondoñedo. Hombre emprendedor y belicoso, no se conformó
con la vida brillante de la corte, sino que siguió al Emperador en
varias de sus salidas por las tierras del Imperio. Participó en la
expedición militar de castigo a Túnez y en la entrevista Carlos
I-Francisco I. Cuando se cansó del ajetreo de la vida diplomática
y política, se retiró a su sede de Mondoñedo, tal vez para
justificar la doctrina expuesta en Menosprecio de corte y alabanza
de aldea.
Creación literaria. Pero lo que le
dio más gloria fueron sus obras, tan variadas en temática y tan
ricas en recursos expresivos. Los trabajos literarios de G. corrían
manuscritos entre los cortesanos y eran admirados por su estilo
pulido y retórico, por la variedad y ciencia que encerraban; hasta
tal punto se aficionaron a ellos que el escritor no tuvo más
remedio que imprimirlos, con objeto de fijar el texto, bastante
alterado en las copias. La primera obra impresa fue el Libro llamado
Relox de príncipes o Libro áureo del Emperador Marco Aurelio
(1529). Es una novela miscelánea, fruto de su tiempo. Hay en ella
abundante erudición, reflejada en incontables citas sacadas de
autores clásicos, sabrosas disquisiciones, artificios de todas
clases, anécdotas picantes, sentencias al estilo tradicional y
renacentista, una novela pseudohistórica y una teoría educacional
y del estado. En principio G. sólo quiso hacer una obra pedagógica
donde se expondrían todas las enseñanzas necesarias a un príncipe
para ser buen cristiano, mejor gobernante y excelente padre de
familia. Más tarde quiso demostrar la viabilidad de su teoría e
insertó una historia sacada de los antiguos, aderezada con las
excelencias de su estilo y en la que proponía a Marco Aurelio como
modelo doctrinario. El episodio más logrado es el de El villano del
Danubio, canto exaltado a las excelencias de la vida natural, en
contraste violento con el decadentismo vital y ético de la sociedad
romana. La dinámica descripción de la actitud del salvaje es digna
de figurar en las páginas de cualquier escritor barroco de valía.
Tanto interés despertó la fuerza plástica de este tipo que inspiró
a La Fontaine (v.) una de sus más conseguidas composiciones, y a
Hoz y Mota (1622-1714) una comedia barroca (El villano del Danubio).
De 1539 datan tres obras y el comienzo de una cuarta. Menosprecio de
corte y alabanza de aldea es un libro lleno de tópicos y lugares
comunes, y de contrastes intelectuales entre la vida cortesana, tan
amada por G., y la vida natural que hubiera, si es posible creerle,
deseado llevar. La obrita se desarrolla en un tono discreto, monótono
a ratos, pero reflejo fiel de su estilo y arte. Avisos de privados y
doctrina de cortesanos es una obrita pedante sobre esa etiqueta
cortesana tan bien conocida por el autor, llena de observaciones
minuciosas, empedrada de citas y que encaja a la perfección con su
vida. De los inventores del marear y de muchos trabajos que se pasan
en las galeras es uno más de los innumerables tratados de navegación
escritos en aquel tiempo y que revela la afición de los españoles
por el arte de marear. No aporta novedad de ninguna clase como no
sea la plasticidad con que describe la terminología marinera.
Comienza por aquel entonces otra obra de gran éxito, las Epístolas
familiares, que durante siete años deleitó a los cortesanos, y que
apreció el público culto de toda Europa. Son un documento
inapreciable para conocer a su autor y, más aún, para adentrarnos
en los secretos de la vida cortesana de su tiempo. Están llenas de
anécdotas interesantes, de cuentos tradicionales como la historia
de las tres enamoradas, y como el de Androcles y el león, extraído
de un relato de Aulio Gelio y adaptado y comentado con eJ título de
Andrónico; de rasgos autobiográficos interesantes, de la
chismografía cortesana, y todo ello con un estilo bastante lineal
dentro de la exuberancia que le caracterizaba. Para hacer honor a su
condición de religioso ha dejado dos muestras de prosa ascética,
El monte Calvario y el Oratorio de religiosos y Exercicio de
virtuosos.
La obra de Guevara inserta en su época.
G. fue el escritor cortesano por excelencia, el hombre más loado
por sus obras y tal vez el español más leído en Europa. Aún hoy
no acertamos a explicarnos el porqué. Quizá la clave de su éxito
se encuentre en su estilo. Frente al clasicismo sencillo y casi
horizontal de la prosa renacentista (pensemos en los Valdés y en el
Lazarillo), hay un marcado regusto por lo desorbitado, ampuloso y
dinámico. G. no se propuso formar escuela y no tuvo conciencia de
su barroquismo: era en él una condición innata, fomentada por la
oratoria, en la que fue un maestro. Es curioso constatar que G. no
fue un caso aislado; también Feliciano de Silva y en menor medida
Luis Milán y Pedro Mexía abusaron de los retorcimientos expresivos
de la lengua. Fue, pues, un gusto de época afortunadamente
desaparecido. Aparte estos recursos, G. tuvo el gran acierto de ser
un escritor variado y ameno. Sus obras abarcaron una amplia gama de
temas, y dentro de una misma obra, la variación afloraba también.
Tuvo el don de la oportunidad.
También se le admiró por su vasta
cultura. Como buen cortesano y alto dignatario eclesiástico fue
hombre de muchas lecturas, profanas y ascéticas, y dentro de ellas,
políticas, retóricas, literarias, históricas, científicas,
piadosas y clásicas. Leyó mucho, pero demasiado de prisa. Muestra
más erudición que ciencia. Él solía quejarse de la falta de
tiempo; verdaderamente, vivió acuciado por cuantiosos quehaceres y
si no los tenía, se los inventaba. Tal vez ésa sea la causa por la
que numerosas citas suelen estar equivocadas. Ahora bien, esas
referencias demuestran que por lo menos echó una ojeada a los
libros, y que éstos fueron bastantes. La acumulación de notas hace
prolija y monótona, fatigosa, la lectura de sus obras, pero era
gusto de la época y él fue hombre de su tiempo. Su prisa de
cortesano y hombre de mundo le llevó a improvisar demasiado, no
corregía sus escritos una vez impresos y se vanagloriaba de que
corrieran copias manuscritas de ellos. He aquí una perfecta
autodefinición: «a la corte me truxeron, aflojo en los ayunos,
quebranto las fiestas, olvido las disciplinas, no hago limosnas,
rezo poco, predico raro, hablo mucho, sufro poco, rezo con tibieza,
presumo mucho, celebro con pereza y como demasiado». Presumir mucho
es un rasgo que encaja a la perfección con su estilo literario.
Facilidad y dominio del léxico,
amplio conocimiento de la retórica clásica, aguda observación de
la realidad circundante, contraste entre lo culto y lo popular,
asonancias y consonancia verbales, acumulación de sinónimos,
paralelismos sin cuento, juegos conceptuales en muchas ocasiones
pueriles, pensamientos opuestos, desmesurada fantasía y humor
socarrón. Todo esto es símbolo de una época. Hay cierta afinidad
entre esta prosa abundante y la vital alegría desenfrenada de la
España imperial. Con el Imperio pudo viajar por Europa y fue
admirado en Francia, Italia, Flandes e Inglaterra, donde parece
haber influido en el primer barroco. Fue casi tan admirado como
Cervantes.
- P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Malón de Chaide.
(1530-1589)
Religioso agustino, uno de
los autores místicos más famosos del s. XVI. Brillante predicador,
exegeta, prosista clásico de frase limpia y dicción elegante,
inspirado poeta. Su obra La Conversión de la Magdalena es una de
las más notables de la literatura mística castellana de su época.
Vida. N. en Cascante (Navarra) hacia
1530, hijo de Juan Malón y Graciana Zapata. Juan, notario de
Cascante, firmaba sus documentos: Johan de Malón Echayde. No
poseemos datos de los primeros años de la vida de Pedro; es de
sospechar que siguió la carrera eclesiástica. En 1557 se encuentra
en Salamanca con deseos de cursar estudios literarios; el 27 de
octubre del mismo año, profesa de religioso en el convento de
Salamanca de la Orden de Ermitaños de S. Agustín (v. AGUSTINOS).
Entre sus maestros de esta época se cuenta fray Luis de León (v.),
que marcará espiritual, doctrinal y literariamente a M. Terminados
sus cursos, marcha a Burgos en 1569, donde desempeña el cargo de
lector en el convento de la Orden hasta 1572; en esta fecha pasa a
la Provincia de Aragón. En julio de este año, el Capítulo General
de la Provincia de Castilla le designa para defender una tesis De
Incarnatione, que, por complicaciones con la Inquisición, no se
llega a publicar. De 1575 a 1577, ocupa el cargo de prior en el
convento de Zaragoza; en 1578 desempeña el mismo oficio en Huesca.
De 1580 a 1582 es profesor de la Universidad de esta ciudad y
regenta la cátedra de Exégesis bíblica: «Leyó la Cátedra de
Escritura» (Diego de Aínsa). Por estas fechas, simultanea sus
tareas de catedrático con el ministerio de la predicación, que
ejerce con extraordinaria brillantez; en un documento de aquel
tiempo se le llama concinator celeberrimus. Él mismo, en su
dedicatoria del libro La Conversión de la Magdalena, recordará años
más tarde: «Habiendo tenido por tiempo de algunos años tan
continuos ejercicios así de lectura de la Sagrada Escritura como de
sermones en muchos púlpitos y, con la misericordia de Dios, con algún
aplauso y aceptación...». Por estos años es nombrado Definidor de
la Provincia.
En 1583 es designado catedrático del
Estudio de la Universidad de Zaragoza, llamado por el prior de La
Seo, Pedro Cerbuna, cuando éste se propone dar un nuevo impulso a
la Universidad y reunir los profesores más eminentes. M. forma
parte del cuadro de Teología junto a los Maestros Javierre,
Maldonado, Gayán y Monreal. En 1586 se le encomienda el cargo de
prior del Convento de Barcelona. En esta última etapa de su vida,
da los últimos retoques a su trabajo sobre La Conversión de la
Magdalena, comenzado unos años antes en Huesca, y se publica en
1588. Al año siguiente (1 sept. 1589) m. en Barcelona, sin llegar a
conocer el éxito y la difusión de su obra.
Escritos. La única obra impresa de
M. que ha llegado a nosotros es el Libro de la Conversión de la
Magdalena en que se exponen los tres estados que tuvo de pecadora, i
de penitente, i de gracia, Barcelona 1588. Sabemos, sin embargo, por
la dedicatoria de este libro, que preparó otros escritos. Entre
ellos, el Tratado de S. Pedro y S. Juan, del cual dice: «Tuve
intención de imprimir junto con éste otro que tengo hecho de S.
Pedro y de S. Juan, que aunque es menor no es menos dulce.» Basados
en la crítica interna, algunos autores modernos piensan que es el
texto publicado en Barcelona, unos años después de la muerte de
M., con el nombre de P. Jerónimo de Saona, bajo el título
Discursos predicables literales y morales de la Sagrada Scriptura y
questiones positivas y Escolásticas sobre qual fue más amado del
Señor, Sant Pedro o Sant loan Euangelista.
M. hace referencia igualmente, en sus
escritos, a una tercera obra titulada Libro de todos los Santos, que
ha desaparecido. De ella habla en dos ocasiones «... de las penas
del infierno, a su tiempo en el libro de Todos los Santos que saldrá
deste, digo harto». Y: «... y yo lo he explicado en el Libro de
todos los Santos».
Por otra parte, consta igualmente que
compuso también una tesis De Incarnatione, que no se atrevió a
publicar por miedo a la Inquisición. Esta tesis, desconocida para
nosotros, fue desafortunada. Iba a ser defendida por M. en el Capítulo
Provincial de la Orden Agustina convocado en Valladolid en julio de
1572. Pero el Presidente del Capítulo, Alonso Gudiel, fue
encarcelado por los inquisidores. Y hubo que desistir del proyecto.
M. además era un hábil versificador,
inspirado y lírico, fuertemente influido por el arte de su maestro
fray Luis de León. No conocemos, sin embargo, sus composiciones
sino de un modo muy fragmentario e incompleto, a través de las páginas
de La Conversión.
Así, pues, la única obra que ha
llegado a nosotros es La Conversión. En ella pretende M. mostrar la
evolución espiritual que se da en el hombre desde el pecado hasta
la unión perfecta con Dios, pasando por el arrepentimiento, la
expiación y la penitencia. El relato evangélico de Lucas 7,36-50
le sirve de fundamento.
A la primera ed. (Barcelona 1588)
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