Índice general de Hispánica

San Francisco Javier

 

 

 

 

San Ignacio de Loyola (1491-1556)

El fundador de la Compañía de Jesús y autor de los Ejercicios espirituales n. en 1491 en la casa solariega de Loyola, parroquia de Azpeitia (Guipúzcoa), y m. en Roma en 1556. Su niñez pertenece al s. xv, es decir, al otoño medieval con restos feudales y luces nuevas de Humanismo y de Renacimiento; su juventud y madurez, al s. xvi, a la época de Lutero (v.), de Carlos V (v.) y del Concilio de Trento (v.) en sus primeras etapas. Nacido en un periodo histórico de transición, no es de extrañar que algo medieval palpite en su corazón, aunque su espíritu será siempre moderno, hasta el punto de ser tenido por uno de los principales forjadores de la moderna catolicidad, ardientemente apostólica, sabiamente organizada y con un romanismo bien definido. La universalidad del apostolado y el servicio al Vicario de Cristo serán las notas más típicas de la Orden por -él fundada (V. JESUITAS).
     
      En el risueño valle de Loyola, entre Azpeitia y Azcoitia, corrieron los primeros pasos de aquel niño de cara redonda y sonrosada, pequeño de estatura (en su edad madura no pasaba de 1,58 m.), que al ser bautizado recibió el nombre de Iñigo. En adelante se llamará Iñigo de Loyola, o también Iñigo López de Loyola (no López de Recalde, como erróneamente afirman algunos historiadores). Al entrar en la Univ. de París en 1528 latinizará el nombre de Iñigo en Ignatius y por varios años alternará el Iñigo y el l., hasta que por fin prevalecerá el último. Pronto m. su madre, agotada quizá por una fecunda maternidad de 12 hijos, el último de los cuales fue I. Crióse a los pechos de una nodriza campesina, cuyo marido trabajaba en las herrerías del señor de Loyola. Allí se familiarizaría con la misteriosa lengua vasca, de la que siendo mayor, no pudo hacer mucho uso, y allí aprendería las costumbres tradicionales del país, las fiestas populares con cantos y danzas. Sabemos que siempre fue aficionado a la música, que «le hacía bien al alma y a la salud corporal». Siendo de 40 años, no tuvo reparo en bailar un aire de su tierra para consolar a un melancólico discípulo espiritual, que se lo pedía. Y siendo viejo y enfermo, rogaba a algún hermano que le cantase un cántico devoto, o al P. Frusio que tocase el clavicordio, porque eso le daba alivio. La educación que recibió en su casa fue profundamente religiosa, si bien alguna vez llegarían a su conocimiento ciertos extravíos morales de sus parientes. Quería su padre enderezarlo hacia la carrera eclesiástica, pero al niño le fascinaba mucho más la vida caballeresca y aventurera de sus hermanos mayores. Dos de ellos habían seguido las banderas del Gran Capitán en las guerras de Nápoles (v. FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, GONZALO). Un tercero se embarcó para América, siendo ya comendador de la Orden de Calatrava. Otro se estableció en un pueblo de Toledo, después de participar, como capitán de compañía, en la lucha contra los moriscos de Granada. Y otro, por nombre Martín, siendo señor de la casa de Loyola, acaudilló tropas guipuzcoanas al servicio del Duque de Alba contra los franceses invasores. Poco antes de morir su padre, quizá en 1506, I. fue enviado al palacio de Don Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor (algo así como ministro de hacienda) del Rey Católico, y presidente en Arévalo (Ávila), aunque frecuentemente se trasladaba a Medina del Campo, Valladolid, Tordesillas, Segovia, Madrid, y adondequiera que se hallase la Corte. Toda la inmensa llanura de la vieja Castilla la pasearía 1. a caballo, acostumbrando sus ojos a este panorama, tan distinto del de su tierra. La educación que recibió en palacio fue exquisitamente cortesana y caballeresca, dejando huella imborrable en sus modales y en la configuración de su espíritu, según atestiguan sus coetáneos. Ejercitábase en la caza, en los torneos, en tañer la viola, en correr toros, en servir y participar en los opíparos banquetes, que su pariente Doña María de Velasco, esposa de Don Juan Velázquez, preparaba a la reina Doña Germana de Foix, segunda mujer del rey Fernando. Leía con avidez las novelas de caballerías, especialmente el Amadís de Gaula, y las poesías eróticas de los Cancioneros. «Aunque era aficionado a la fe (nos dirá más tarde su secretario), no vivió nada conforme a ella, ni se guardaba de pecados; antes era especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres y en revueltas y cosas de armas»; pero añadirá a continuación, que «era animoso para acometer grandes cosas» y «nunca tuvo odio a persona ninguna, ni blasfemó contra Dios...; también dio muestra en muchas cosas de ser ingenioso y prudente en las cosas del mundo y de saber tratar los ánimos de los hombres, especialmente en acordar diferencias o discordias». Más tarde Íñigo llorará amargas lágrimas de penitencia por sus extravíos juveniles y se mirará «como una llaga y postema, de donde han salido tantos pecados y ponzoña tan turpísima». Platónica y caballerescamente se enamoró de una alta dama, que «no era de vulgar nobleza; no condesa ni duquesa, mas era su estado más alto», según propia confesión (¿la reina Doña Germana, o más bien, la infantita Doña Catalina, hermana de Carlos V?). A la muerte de Don luan Velázquez en 1517, I., que había pasado en Arévalo más de diez años, se acogió al duque de Nájera, Antonio Manrique, Virrey de Navarra y algo pariente suyo. Sirviendo al duque, participó en sosegar los tumultos durante la revolución de los Comuneros (espada en mano en el asalto de Nájera, diplomáticamente en la pacificación de Guipúzcoa), y peleó animosamente en el castillo de Pamplona contra los franceses, hasta caer herido en ambas piernas por una bala de cañón (20 mayo 1521). Impropiamente se le llama «soldado» o «capitán»; era un gentilhombre de la casa del duque y luchaba por lealtad a su señor, como era costumbre de todos los caballeros. Mientras en Loyola le curaban la herida, se hizo aserrar un hueso encabalgado sobre otro, sólo porque le afeaba un poco, impidiéndole llevar una media elegante, y sufrió estoicamente que le estirasen la pierna con instrumentos torturadores, a fin de no perder la gallardía en el mundo de la Corte.
     
      Durante la convalecencia, no hallando las novelas de caballerías que él deseaba, se puso a leer la Vidas de los Santos (Legenda aurea) de Jacobo de Varágine, y la Vida de Cristo, de Ludolfo el Cartujano, con lo que se encendió en deseos de imitar las hazañas de aquellos héroes, más admirables que los de las fantásticas novelas, y de militar al servicio no de un «Rey temporal», aunque se llamase Carlos V, sino del «Rey eterno y universal que es Cristo Nuestro Señor». Reflexionando sobre las consolaciones y desolaciones espirituales que entonces experimentaba, aprendió a discernir el buen espíritu del malo, con fina psicología sobrenatural. Su conversión y entrega a Dios fue total y perfecta (otoño 1521). Desde aquel momento todas sus acciones y operaciones serán ordenadas a la mayor glorificación de Dios: Ad maiorem Dei gloriam. En febrero de 1522 sale de Loyola con propósito de ir peregrinando hasta Jerusalén. Detiénese tres o cuatro días en el monasterio de Montserrat, donde cambia sus lujosas ropas por las de un pobre, hace confesión general con un monje benedictino, de quien recibe las primeras instrucciones espirituales, entrega su caballo al monasterio y deja espada y puñal, como exvoto, en el altar de Nuestra Señora. Y como tenía el pensamiento lleno de ideas caballerescas, determinó velar sus armas ante la Virgen del Santuario, durante la noche, según el rito de los que se armaban caballeros. Por circunstancias imprevistas tuvo que retrasar su viaje a Palestina, deteniéndose casi un año en Manresa, donde llevó al principio vida de soledad y oración (siete horas al día de rodillas) y de ásperas penitencias; después, vida de apostolado y asistencia a los hospitales. En una cueva de los contornos escribió sus primeras experiencias en las vías del espíritu, normas, consejos y meditaciones, que andando los años formarán, con añadiduras y retoques, el librito inmortal de los Ejercicios espirituales, «el código más sabio y universal de la dirección de las almas», como dijo Pío XI, pero que no es para ser leído, sino practicado. «El que lo tomase como libro de lectura cometería el mismo error que el que quisiera juzgar de la belleza y vida de un hombre contemplando su esqueleto» (Papini).
     
      Ya en Manresa el Espíritu Santo lo transformó en uno de los místicos más auténticos que recuerda la historia. Como fruto de sus contemplaciones se puso a escribir un libro sobre la Santísima Trinidad, que no continuó, pero cuyo misterio le quedó grabado a fuego en el alma, como aparece en su futuro Diario espiritual. La ilustración más alta que entonces tuvo, y que le iluminó aun los problemas de orden natural, fue junto al río Cardoner. Prosiguiendo su peregrinación, se embarca en Barcelona para Italia. De Roma sube a Venecia, siempre mendigando. De balde es admitido en una nave que, pasando por Chipre, le deja en la costa de Palestina. Visita con íntima devoción los santos lugares de Jerusalén, Belén, el Jordán, el Monte Calvario, el Olivete. No le permiten quedarse allí, desahogando su devoción a Cristo y «ayudando a las almas». A su vuelta, persuadido de que para la vida apostólica son necesarios los estudios, comienza a los 33 años a aprender la gramática latina en Barcelona, pasa luego a la Univ. de Alcalá y es procesado, no por la Inquisición, sino por el Vicario general de la diócesis, como si fuera un erasmista o «alumbrado».
     
      Buscando campo más apto y universal para su apostolado, se dirige a la Univ. de París, donde transcurre siete años (febrero 1528-abril 1535), estudiando filosofía y teología, y poniéndose en contacto con las corrientes culturales y religiosas del tiempo. Reúne en torno de sí algunos universitarios, que serán los pilares de la Compañía de Jesús: Fabro, Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues, Bobadilla, con quienes hace voto de pobreza, castidad y vida apostólica, a ser posible en Palestina, y si no en donde les ordenase el Vicario de Cristo (Montmartre 15 ag. 1534). Como el viaje a Palestina resulta imposible, desde Venecia va I. con sus compañeros a Roma, a ofrecerse al Sumo Pontífice. Poco antes de entrar en la ciudad, una maravillosa experiencia mística (La Storta, nov. 1537) le confirma en la idea de fundar una Compañía, o grupo de apóstoles, que llevará el nombre de Jesús. Paulo III, el mismo que abrirá el Conc. de Trento, aprueba, a instancias del card. Contarini, el instituto de clérigos regulares de la Compañía de Jesús (27 sept. 1540). Mientras los compañeros de 1. y sus primeros discípulos salen con misiones pontificias a diversas partes de Italia, a Trento, Alemania, Irlanda, India, Japón, Etiopía, Congo, Brasil, el fundador permanece fijo en Roma, recibiendo órdenes inmediatas del Papa y comunicándolas a sus hijos en innumerables cartas (hoy conservamos 6.795). No por eso deja de predicar, dar ejercicios, enseñar el catecismo en las plazas, remediar las plagas sociales, fundando instituciones y patronatos para pobres, enfermos, huérfanos, judíos, mujeres perdidas o en peligro, etc., mereciendo el nombre de «apóstol de Roma». No contento con regenerar moralmente la Ciudad Eterna, intenta hacer de ella un centro de ciencia eclesiástica, con. un plantel de doctores, de los que pueda disponer cuando quiera el Sumo Pontífice. Con este fin crea el Colegio Romano (1551), futura Univ. Gregoriana, a cuyo lado surge el Colegio Germánico (1552), que tenía por finalidad educar a los jóvenes sacerdotes alemanes que habían de reconquistar a su patria para la Iglesia. A los jesuitas esparcidos por todo el mundo los exhorta y amonesta a dar los ejercicios espirituales; a enseñar el catecismo a los ignorantes; a visitar los hospitales; a tratar con los pobres y también a tratar con los príncipes para moverlos a una conducta moral y a una política cristiana. Su mirada apostólica se extiende a todas las naciones. Los últimos años de su vida despliega increíble actividad, fundando colegios y universidades para la formación de la juventud y del clero, en donde se enseña gratuitamente desde los elementos de la gramática y el catecismo hasta la teología. Con la ayuda de su secretario Juan de Polanco, escribe las Constituciones de la Compañía de Jesús, obra maestra de legislación, cuya cuarta parte será el germen de la Ratio studiorum Societatis Iesu, que surgirá a fines de siglo. Dicta además sabias normas de táctica misional para los que evangelizan tierras de infieles, y no menos prudentes reglas propone a S. Pedro Canisio (v.) para la restauración católica en Alemania y Austria. Entre las grandes figuras de la Contrarreforma (v.) descuella como pocas; son los historiadores protestantes los primeros en proclamarlo después de L. Ranke y W. Maurenbrecher, especialmente Heinrich Bóhmer, Everard Gothein y Paul van Dyke, que le han dedicado sendas biografías, muy estimables. Al vasto movimiento de la Reforma católica él le dio dos elementos fundamentales: una espiritualidad recia y segura, la de los ejercicios, y la enseñanza cristiana de la juventud, descuidada hasta entonces. Su devoción al Vicario de Cristo y a «Nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica» brota naturalmente de su apasionado amor al Redentor, «nuestro común Señor Jesús», «nuestro Sumo Pontífice», «Cabeza y Esposo de la Iglesia». Reduciendo a esquemas simplistas su doctrina espiritual, sobre todo, en los ejercicios, muchos la falsearon, presentándola como un asceticismo demasiado voluntarista y casi antimístico. Hoy día tales prejuicios se han disipado con el estudio serio de las fuentes. Basta leer algunas de sus cartas y especialmente su Diario espiritual (sólo se conservan sus notas de un año, de 1544-45), donde con palabras entrecortadas y realistas, no destinadas al público (ni siquiera. a su confesor), descubre las intimidades de su corazón y las altas experiencias místicas de cada día, para persuadirnos que estamos ante una de las almas más privilegiadas con dones y carismas divinos. También hay que reaccionar contra ciertos retratos literarios y artísticos que nos lo pintan como una figura del Greco y de carácter sombrío. Ya hemos dicho que era corto de estatura y carirredondo. Queriendo un día un hombre de Padua describirlo, se expresó así: «es un españolito, pequeño, que cojea un poco y tiene los ojos alegres». Sus coetáneos nos lo pintan risueño, sereno y afectuoso, con extraordinaria propensión a las lágrimas. Todos cuantos trataban con él se dejaban prender de un sentimiento que no era solamente admiración, sino también cariño. «El padre Ignacio -decía G. Loarte- es una fuente de óleo». Y según él, la suavidad del aceite debía ser dote propia de todos los superiores.
     
      Falleció en Roma humilde y calladamente, sin que casi se dieran cuenta sus compañeros, el 31 jul. 1556. El card.
      B. de la Cueva exclamó: «La Cristiandad ha perdido una de las cabezas señaladas que en ella había». Beatificado en 1609, fue solemnemente canonizado el 12 marzo 1622. Su fiesta se celebra el 31 de julio.
R. GARCÍA-VILLOSLADA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Pedro de Alcántara (1499-1562)

Reformador franciscano y escritor ascético del s. xvi. Vida. N. en 1499 en la villa de Alcántara (Cáceres), cuna y cabeza del maestrazgo de la Orden de Caballería, de Alonso Garabito y Da María Villela de Sanabria y Maldonado. Tomó el nombre bautismal de Juan, como su abuelo materno, que cambió al entrar en la Orden franciscana por el de Pedro, con el sobrenombre del pueblo que le vio nacer.
      Huérfano de padre a los siete años, Juan de Sanabria recibió esmerada instrucción, primero en Alcántara con el bachifler sacerdote Diego Durán (m. 1533) y más tarde en la Universidad de Salamanca (1511-15) juntamente con otros familiares y paisanos, con la intención de seguir la carrera sacerdotal. Su madre, que no tardó en contraer segundas nupcias con el también viudo Alonso Barrantes (a. 1508), no se despreocupó de la educación de los tres hijos del primer matrimonio, García, Juan y María. Alonso Barrantes (m. 1529) aportó al nuevo matrimonio cinco hijos más, tenidos de su primera mujer Da María de Campofrío, que, unidos a los dos nuevos frutos de las segundas nupcias, formaban una numerosa familia socialmente bien relacionada, influyente y principal. Tres parientes del joven Juan pertenecían a la Orden Franciscana, lo que debió de influir en la decisión de seguir su ejemplo. Juan, en efecto, a los 16 años (1515) recibió el hábito franciscano de manos de fr. Miguel Roco y Campofrío, Superior del convento de los Majaretes (Valencia de Alcántara). Ya con eJ nombre de fray Pedro de Alcántara, durante nueve años recibió una abundante cultura religiosa, que le hizo sobresalir en sus futuras actuaciones humanas y que le constituyó, por reconocimiento de la Provincia descalza de S. Gabriel (la más rigurosa de la Orden), en modelo de superiores, fundador de conventos, director de almas y portento de oración y penitencia.
      Ordenado sacerdote a los 25 años, fue Superior de los conventos de Sta. Ma de los Ángeles de Robledillo (Sierra de Gata) y de S. Onofre de La Lapa (Zafra); definidor provincial en tres ocasiones (a. 1535, 1544 y 1551), Ministro de la Provincia de S. Gabriel en el trienio de 1538-41; custodio para el Capítulo general de Salamanca (1553). En todos estos oficios sobresalió fr. Pedro por su dedicación al servicio de la Orden. No se limitó su acción a Extremadura, región a la que correspondía la provincia franciscana de S. Gabriel; para reafirmar la pobreza de las provincias descalzas, pasó distintas veces a tierras de Portugal (a. 1542 y 1548), defendiendo y confirmando los rigores, soledad y vida reformada de la custodia de Sta. Ma de la Arrábida; se relacionó con los reyes de Portugal, la nobleza y el pueblo: han llegado hasta nosotros algunos testimonios de correspondencia epistolar cruzada entre fr. P. y los reyes D. Juan III y Da Catalina (1540), los infantes D. Luis, Da María y Da Isabel y el conde de Vimioso D. Alfonso de Portugal (1551), que proclaman por sí mismos la eficaz influencia y notable preponderancia de la espiritualidad alcantarina sobre el sentimiento religioso del ambiente popular portugués.
      Después de 1554, citando se vio libre de los oficios y dignidades de la Provincia de S. Gabriel, fr. P. sintió deseos de llevar vida eremítica (v. EREMITISMO) y se dedicó, con consejo y anuencia de sus superiores, a la soledad, penitencia y oración. Dos fueron los lugares escogidos por fr. P. para retirarse del mundo: Sta. Cruz de Paniagua (Cáceres), en los años del 1555-57, y N. Sra. de la Concepción del Palancar, «en la dehesa que se dice del Berrocal, a la fuente del Palancar», desde mayo de 1557 en adelante. En ambos sitios construyó inicial y rudimentariamente la capilla para el Señor y dos minúsculas habitaciones, una a cada lado de la capilla, para sus solitarios moradores. Famosa y proverbial era la medida de su celda en el Palancar, según atestigua S. Teresa de Jesús: «su celda, como se sabe, no era más larga de cuatro pies y medio». (Vida, cap. 27). Todo el conventito, que construyó en 1559-60, que aún se conserva hoy, tenía 28 pies de largo por 30 de ancho, según informan el guardián y el presidente del convento en el Proceso de beatificación de 1618.
      La fama de la santidad de P. de A. se extendió desde su retiro por toda España, de modo que el eremita empezó a ser buscado cada vez por mayor número de personas que deseaban su consejo y dirección espiritual: sus discípulos D. Rodrigo de Chaves y su mujer, D. Fernando Enríquez y D. Diego Suárez y algunos caballeros más trasladaron su residencia habitual al vecino pueblo del Pedroso, para beneficiarse de la compañía y consejos de fr. Pedro. Acudieron igualmente al Palancar S. Francisco de Borja, los condes de Osorno y duques de Galisteo, los condes de Oropesa y Deleitosa, los marqueses de Mirabel, el obispo de Coria, y otras muchas personas. También el emperador Carlos V, retirado voluntariamente en el monasterio de Yuste, llamó a su presencia a P. de A., con la petición de que fuese su confesor, lo que fr. P. no aceptó; tampoco quiso serlo de la princesa Da Juana, fundadora de las Descalzas reales. Estas tareas habían de apartarle de su soledad, y él procuraba conservar ésta según su personal plan de vida.
      No pudo, sin embargo, evitar ser elegido, por los franciscanos de la Custodia de Galicia, su comisario general de los conventuales reformados de España (1559), y este cargo lo desempeñó ya hasta su muerte. Fundó -en elejercicio de sus funciones- la provincia de S. José (1561), primero bajo la dependencia del Maestro general de los Conventuales y después (1563) sujeta al Ministro general de los Observantes (v. FRANCISCANOS I, 1) y constituyó numerosos conventos, poniendo de relieve su antigua preocupación por multiplicar las fundaciones franciscanas. Al morir fr. P. de A. la provincia de S. José contaba con tres Custodias: la de S. Simón de Galicia, la de S. José de Elche (Valencia) y la de Extremadura, con 15 conventos extendidos por toda la geografía española.
      Como director de incontables almas tuvo el privilegio de serlo de dos especialmente privilegiadas: Maridíaz del Vivar (m. 1572) y S. Teresa de Jesús (v.), discípulas aventajadas de fr. P.; la reformadora del Carmelo es la mejor panegirista en su Vida (cap. 27 en adelante) del hombre «hecho de raíces de árboles», cuya penitencia, santidad y ciencia experimental en la dirección de almas destaca la doctora abulense de manera elocuente.
      Escritos. Fr. P. no sólo influyó espiritualmente en las personas con quienes trataba, sino que nos ha dejado vacíos tesoros literarios de su espiritualidad. Perdido y desconocido hasta ahora su primitivo Tratado, que escribió y «que venía en solos cinco pliegos» publicados, se conoce y ha llegado a nosotros el Tratado de la Oración y Meditación recopilado por el R. P. F. Pedro de Alcántara Frayle menor de la orden del B. S. Francisco..., Lisboa, 1557-58. Sin duda, esta edición del Tratado, hecha por Blavio de Colonia con el nombre de fr. P., está compuesta y redactada teniendo a la vista el Libro de la oración de fr. Luis de Granada (v.), publicado en Salamanca por Andrés de Portonariis en 1554; lo confiesa y declara con toda lealtad el propio fr. P. en la Dedicatoria a su discípulo Rodrigo de Chaves; sin embargo, es una recopilación y resumen del Libro del granadino de forma muy personal y sucinta, con aportación de documentos nuevos completamente óriginales del alcantarino, tomados de la mística franciscana entonces preponderante, que hacen del Tratado un libro peculiarmente suyo, aunque a veces extracte casi a la letra el Libro del P. Granada (hay una ed. del Tratado en ed. Rialp, Madrid 1962).
      También compuso las Constituciones de las Provincias de S. Gabriel y de S. José (1540, 1561 y 1562), tres códigos legislativos por los que reglaron sus vidas durante mucho tiempo los franciscanos descalzos.
      Tradujo los Soliloquios de S. Buenaventura (v.), precioso librito ms., conservado en el archivo franciscano de Pastrana, atestiguando su autenticidad el obispo de Huesca D. Juan Moriz de Salazar en 1617.
      Suyo igualmente es el Dictamen en 33 puntos que escribió a una de las primeras Relaciones de conciencia de S. Teresa de Jesús; lo manifiesta la misma santa: «Como le di cuenta en suma de mi vida y manera de proceder de oración con la mayor claridad que yo supe...; así que sin doblez ni encubierta le traté mi alma... Él me dio grandísima luz, porque al menos en las visiones que no eran imaginarias no podía yo entender qué podía ser aquello... Este santo hombre -prosigue S. Teresa- me dio luz en todo y me lo declaró y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo que, sino era la fe, cosa más verdadera no podía haber ni que tanto pudiese creer». También declara que «no había en esta ciudad (de Ávila) quien me entendiese; más que él hablaría a quien me confesaba (P. Baltasar Alvarez, SJ) y a uno de los que me daban más pena (D. Francisco de Salcedo)... Y así lo hizo el santo varón que los habló a entrambos y les dio causas y razones para que se asegurasen y no me inquietasen más» (Vida, cap. 30).
      Es tajante y definitiva en el ánimo de Teresa de Ahumada la Carta de 14 mayo 1562 de fr. P. sobre la pobreza absoluta, así como la que envió al obispo de Ávila (sin fecha, pero escrita en agosto de 1562), ambas relacionadas y decisivas para la fundación e inauguración del convento de S. José de Ávila; las dos cartas se han conservado en un relicario como documentos fundacionales de la reforma teresiana. Se conocen igualmente dos Cartas de Hermandad y ocho más escritas a varias personas nobles de Portugal y Castilla que están recogidas y publicadas por cronistas y biógrafos.
      Por último, Sala Balust descubrió en la bibliofeca de la R. A. de la Historia un breve Comentario sobre el salmo Miserere que atribuye a P. de A.; se trata de unos fragmentos inimitablemente comentados (son sólo los cinco primeros versículos del Miserere) que fluyen valientes y arrebatados del fogoso corazón del asceta y contemplativo fr. Pedro; están editados en la revista «Salmanticensis» 2 (1955) 154 ss.
      Culto. M. el santo en la villa de Arenas de S. Pedro (Ávila) en la madrugada del domingo 18 oct. 1562, a los 63 años de edad y 47 de hábito, siendo enterrado en S. Andrés del Monte, futuro convento franciscano; la pequeña capilla de S. Andrés, se convirtió muy pronto en santuario de peregrinaciones y ex-votos por los numerosos milagros que Dios obraba en el sepulcro de P. de A. Fue beatificado por Gregorio XV eJ 18 abr. 1622 y canonizado por Clemente IX el 28 abr. 1669. Se celebra su fiesta el 19 octubre.
      La villa de Arenas y su comarca lo eligieron por Patrón en 1622 y al año siguiente fundaron la Cofradía de S. Pedro de Alcántara; asimismo en Alcántara se comenzó a construir en 1629 una capilla -que conservaen la casa donde nació eJ santo alcantarino; la diócesis de Coria le eligió por su Patrón en 1674. También en el Brasil le nombraron «in praecipiuum totius imperii Patronum» el 31 mayo 1826; y Juan XXIII, por breve del 22 febr. 1962, eligió y declaró su patronato sobre toda la región extremeña juntamente con el de Nuestra Señora de Guadalupe.

A. BARRADO MANZANO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Juan de Avila (1499-1569)

Vida y actividades. N. en 1499 en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Fue hijo único de Alonso de Ávila, descendiente de judíos, y de Catalina Xixón. De 1513 a 1517 estudia en Salamanca las «negras leyes». Allí sufre una verdadera conversión a una vida mejor. De 1517 a 1520 vive retirado en Almodóvar. De 1520 a 1523 estudia Artes en Alcalá, alcanzando el título de bachiller, y del 1523 a 1526 estudia Teología. Vive en un clima efervescente de renacentismo e iluminismo (v.). Las prensas complutenses editan por entonces los libros de Erasmo (v.). La mayoría de los profesores y alumnos son sus partidarios. J. de A., más tarde, recomendará su lectura (Cartas 5 y 225).
      Se ordena sacerdote en 1526 y celebra en Almodóvar su primera Misa, para marchar en seguida a Sevilla con ánimo de pasar a las Indias. Antes repartió entre los pobres su patrimonio. Pero en Sevilla le conoce el buen sacerdote Fernando de Contreras y éste consigue que el arzobispo Manrique le retenga allí. Quizá su sangre «no limpia» impidiera el embarque. Trabaja en Sevilla, Écija, Alcalá de Guadaira, Lebrija... Pero pronto, en 1531, es denunciado a la Inquisición (ciertas frases borrosas, las clásicas reuniones de grupitos para hacer oración, etc.). En 1531 se dicta contra él la orden de prisión. Durante la misma su espíritu madura y piensa planes de acción. Traduce el Kempis (v.) y comienza a escribir el Audi Filia. El 5 jul. 1533 es absuelto. Marcha a Córdoba, cuya diócesis será, en adelante, el epicentro de su vida inquieta. Luego a Granada, donde debió de hacerse maestro en Teología. También Baeza, Jerez de la Frontera, Sevilla, Zafra, Priego, Montilla, etc., serán escenario de su apostolado multiforme. Porque J. de A. predica, confiesa, dirige, escribe, reúne discípulos, funda colegios, aconseja a obispos, crea un movimiento de renovación pastoral que pronto le hará célebre en toda España. Su predicación impresiona y las conversiones que provoca son a veces llamativas: Sancha Carrillo, Juan de Dios (v.), María de Hoces, Francisco de Borja (v.)... En seguida reúne un crecido número de discípulos y dirigidos de todas las clases y condiciones. Entre los que le consultan ocasionalmente figura Teresa de Jesús. Algunos clérigos forman un grupo de hijos espirituales que le obedecen, trabajan a sus órdenes, y constituyen casi una congregación. Algunos tienen vida común con él. Son misioneros, catequistas, maestros en colegios, y desde sus oficios y beneficios viven una vida apostólica y ejemplar, aquella que Trento legislaba por esos mismos días.
      La fundación de colegios fue una de las grandes preocupaciones y realizaciones de J. de A. En esto, como en otras iniciativas pastorales, fue su maestro F. de Contreras. Pero él amplió los horizontes: Colegios para formación de clérigos como en Granada, Córdoba, etc. Colegios «de la doctrina» para niños pobres. Colegios de estudios para clérigos, y seglares de distintas categorías: de letras, de artes, de teología, de escritura. En el Colegio de Baeza (fundado por el notario papal Rodrigo López en 1538) es procurador y gestor; en él pondrá sus mejores empeños y colocará a los mejores de sus discípulos, hasta convertirlo en la universidad más importante de toda Andalucía (año 1542 y ss.). Más de quince colegios de una u otra clase fundó a lo largo de su vida. En la de otros muchos intervino indirectamente por medio de sus discípulos.
      El movimiento sacerdotal y apostólico de J. de Q. se encontró con otro similar que penetra en España hacia 1546: la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola (v.). Pronto surgieron los contactos. El resultado fue que el grupo de J. de A. quedó frenado sin llegar a organizarse y muchos de sus discípulos pasaron a la Compañía. Él mismo estuvo en pasamientos y tratos para incorporarse a ella y S. Ignacio lo deseó grandemente, pero sus años y achaques, su condición de «cristiano nuevo», su estilo espiritual, lo impidieron. J. de A. siguió cultivando a los discípulos que quedan en el siglo, o en otras instituciones, y siendo el consultor de media España que busca en él consejos e iniciativas espirituales.
      Los grandes prelados, como Gaspar de Ávalos, Cristóbal de Rojas, Juan de Ribera, Pedro Guerrero..., le escriben y consultan. A Pedro Guerrero, su gran amigo, dedica el Tratado de la reformación del estado eclesiástico, y su escrito De lo que se debe avisar a los obispos, obras que aquél llevará a Trento, ya que no pudo llevar al maestro. Para Cristóbal de Rojas redactará las Advertencias al Concilio de Toledo (1565-66), que aquél presidió, y que fue uno de los Concilios provinciales convocados para aplicar el de Trento.
      Los últimos 16 años de su vida los pasa retirado en Montilla. Graves enfermedades le postran y debilitan. Vive con dos de sus discípulos, Juan Díaz y Juan de Villarás. Desde allí atiende a todos, escribe y reza. Dirige a Ana Ponce de León, condesa viuda de Feria, monja en el monasterio de Clara de aquella ciudad. Trata mucho con los jesuitas que han fundado un Colegio en Montilla. Sufre con la inclusión de su Audi Filia en el drástico catálogo de libros prohibidos del inquisidor Valdés en 1559 (se había editado su libro en Alcalá en 1556 sin que él lo supiera) y porque varios de sus discípulos se ven más o menos implicados en asuntos inquisitoriales: son cristianos nuevos, y tienden hacia un iluminismo (v.) que no es el sereno y equilibrado del Maestro. Sus dolencias son cada vez más graves y muere santamente en su casita de Montilla el 10 mayo 1569. Quiso ser enterrado en la iglesia de la Compañía de Jesús. Fue beatificado por León XIII en 1894 y declarado patrono del clero secular español en 1946 por Pío XII. Canonizado en 1970 por Paulo VI.
      Significado de su obra. J. de A. es el exponente principal en España de la reforma religiosa en la hora del Renacimiento. Todas las inquietudes y deseos que desde el s. xv venían pululando, y que a lo largo del xvi cristalizarán en mil realizaciones más o menos logradas, él las centra en cierta manera. Su misma condición de clérigo secular sin más aditamentos le hace más universalmente representativo. En sus relaciones humanas hay personas de todas las edades y todas las clases sociales, cuenta con discípulos de muy variada condición: prelados, clérigos, religiosos (Fray Luis de Granada será de los más afectados por él y que más le veneren), nobles, gentes humildes. Pero lo más interesante es el equilibrio doctrinal y de acción que él significa. Los afanes de reforma del s. xv y primera mitad del xvi son imprecisos, vacilantes muchas veces. Se buscan soluciones, con generosidad casi siempre, pero en ocasiones sin acierto. El clima general es, por eso mismo, de libertad, de irenismo, de iniciativas audaces. Se vuelve la mirada al Evangelio y... a los clásicos paganos. Ese ambiente es el que ha respirado J. de Á. en Alcalá. Su alma recta y auténticamente cristiana le ha hecho asimilar lo mejor de aquel clima, e instintivamente le ha librado de ciertos escollos.
      Pero los tiempos fueron cambiando. Y la libertad de movimientos de los hombres también. Las tensiones se definen y precisan, y las actitudes encontradas se fueron recortando y se levantaron frente a frente. Trento (v.) es la gran línea divisoria. Todo esto se registra muy bien en la vida y en la obra de J. de Á. Basta confrontar las dos redacciones del Audi Filia, la de 1556 y la de 1574. En la primera el tono es más optimista y de mayor confianza, amplio, «irénico», se insiste en el beneficio de Cristo, tema tan valdesiano y erasmiano; hay más pasividad en la vida espiritual que se presenta, y más frescura, más libertad en la expresión, hay gotas de nominalismo (v.) en el fondo. La segunda edición aparece después del Conc. de Trento. Su tono es distinto. Lo esencial permanece pero depurado, precisado, anotado con explicaciones y atenuantes.
      Permanece lo que hubo siempre en él de la S. E. (sobre todo de S. Pablo), de fervor patrístico y tomismo, de espiritualidad de S. Bernardo y S. Buenaventura, de influencias de la devotio moderna (v.), de escondido erasmismo y humanismo renacentista. Permanece el tema clave de su vida y de su doctrina: el misterio de Cristo, del Cristo total, pero mejor matizado a la luz del Conc. de Trento. Ignacio de Loyola, la otra cumbre de la reforma en España, fue siempre más igual a sí mismo, más cauto, en cierto modo más sencillo y más anclado en lo seguro y recibido. El mismo amor empujó a estos dos hombres y les hizo en gran parte afines, pero su psicología era distinta. En J. de Á. hay más teología y peso doctrinal. Y también más cultivo de la vida de oración, que llevará a desviarse a algunos de sus discípulos, haciéndoles incidir en un iluminismo peligroso, que supo evitar la gran personalidad del maestro. Esa tendencia se dio también en no pocos jesuitas españoles, y dio quehacer a los superiores de la Orden a lo largo de todo el s. xv1. La espiritualidad de ambos es eminentemente apostólica, volcada a la acción, que en Ignacio aún es más relevante. En cuanto a realizaciones prácticas J. de Á. e Ignacio fueron clarividentes y eficaces, pero Ignacio dio con la fórmula institucional, la Compañía, de proyección universal. J. de Á. no pasó de crear un movimiento fecundo pero que -no institucionalizado- se extinguió en seguida. Hay algo de grandioso fracaso en su obra y en su vida que acabó humildemente en el rincón de Montilla.
      En resumen, J. de A. recoge lo mejor de las corrientes espirituales anteriores, y nos ofrece una doctrina ecléctica pero genial, y en él muy completa y lograda: cristocéntrico y eclesial, asceta firme y prudente, abierto a la mística sin exaltaciones sentimentales. Su preocupación por la reforma eclesial tuvo consecuencias preciosas, sobre todo en lo que a la visión y formación del estado clerical se refiere. Sus advertencias a Trento en ese sentido fueron penetrantes y exactas. Hombre de vuelo sublime y de sentido práctico a la par, que vivió toda la maravillosa evolución espiritual de su tiempo. Tradicional y, a la vez, intelectualmente al día. Contemplativo, austero, celoso y trabajador. Su historia refleja la historia de la España espiritual del s. XVI.
      Escritos. El Audi Filia, antes citado. La 2a ed., cuidadosamente limada y ampliada por él, se publicó ya después de su muerte, en 1574. Los Sermones, que recogen algo de lo que fue su ardiente predicación. Las Cartas, lo mejor de J. y de las que varias constituyen pequeños tratados. El Tratado sobre el sacerdocio, de donde se tomaron las pláticas sobre el mismo tema. El Tratado sobre el amor de Dios, sencillamente delicioso. La traducción del Kempis, ya aludida. Y otras obras menores (avisos, pequeños trataditos, versos...). La influencia de sus escritos, aun durante su vida, fue inmensa. Se editan y traducen mucho después de su muerte y casi todos los autores espirituales posteriores le citan. En la misma escuela beruliana (v. BERULLE) influirá por su doctrina y afanes por el sacerdocio, sobre todo a través de A. de Molina, que depende de él. J. de A. no es un pensador hondo y genial, como p. ej. S. Juan de la Cruz. Por eso, como ocurre con todos los activistas y culturalistas, su influencia actual es más por su recuerdo histórico y ejemplar que por su real magisterio doctrinal, sin que éste pueda negarse a una selección de sus escritos, por su sana y elaborada espiritualidad, por su realismo, por su estilo sereno y vigencia actual.

 

B. JIMÉNEZ DUQUE.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Juan de Dios (1495-1550)

Fundador de la Orden de los Hospitalarios .
      Juan Ciudad (o Cidade) n. en 1495 en Montemayor Nuevo (Alentejo) en el seno de una piadosa y modesta familia. A los ocho años, por motivos desconocidos, marchó de casa en compañía de un sacerdote, quien le dejó en Oropesa al cuidado de Francisco Cid, mayoral del conde de Oropesa, el cual le trató como un miembro más de su familia, procurándole instrucción elemental y ocupándole en diversas faenas agrícolas y ganaderas. Más adelante se alistó en el ejército de Carlos V y participó en la reconquista de Fuenterrabía que había caído en poder de Francisco I de Francia. Siendo robado del botín que se le había entregado como custodia, fue condenado a muerte, aunque después fue dejado en libertad y expulsado del ejército (1523). Tras nueve años de nuevo en Oropesa, volvió a enrolarse, tomando parte esta vez en la defensa de Viena contra Solimán I I (1532). De regreso en España, en 1533 peregrina a Compostela, visita a su tierra natal y se traslada a Sevilla donde ejerce el oficio de pastor. En 1535 pasa a África y en Ceuta permanece cerca de tres años trabajando en las fortificaciones de aquella plaza fuerte. En 1537 regresa a la península y en Gibraltar desempeña oficios diversos hasta que, cuando ha reunido cierta cantidad de dinero, compra estampas y libros piadosos y se dedica a venderlos por las calles. Poco después, parece que por inspiración divina, fija su residencia en Granada donde instala una pequeña tienda de libros y estampas junto a la Puerta de Elvira.
      Oyendo predicar un día (20 en. 1539) a S. Juan de Ávila (v.), su interior se siente removido por una conversión que le impulsa a dar muestras públicas de arrepentimiento y penitencia, hasta el punto de ser tomado por loco e internado en el Hospital Real, donde experimenta en su carne las deficiencias del sistema hospitalario de aquellos tiempos, especialmente con los enfermos mentales. Deseando entonces dedicar su vida al cuidado de los enfermos, tras una peregrinación a Guadalupe (v.), comienza a recoger pobres por las noches en el atrio de un palacio y, poco después, alquila una casa en la calle Lucena (1540) con ayuda de las limosnas que iba mendigando por la ciudad. En este local comienza la organización de su sistema hospitalario, perfeccionada en 1547 al trasladarse a un local más amplio que le proporcionó el arzobispo Pedro Guerrero en la cuesta de los Gomeles.
      El obispo de Tuy y presidente de la Cancillería de Granada, Sebastián Ramírez, le dio el nombre de Juan de Dios, que J. aceptó y que usó desde entonces. Ya en 1546 comenzaron a agregársele discípulos (Antón Martín, el primero) aunque durante su vida no constituyeron ningún tipo de organización estable.
      En 1548 funda otro hospital en Toledo y viaja a Valladolid en demanda de subvenciones al regente del reino, Felipe 11, quien le ánima en su tarea. En ocasiones tuvo necesidad de dar testimonio de su caridad heroica: con motivo del incendio del Hospital Real (3 jul. 1549), entrando solo entre las llamas sacó numerosos enfermos y salvó gran parte de los enseres, aunque su salud quedó muy quebrantada; casi un año después se arrojó al Genil para salvar la vida de un niño que se ahogaba. El enfriamiento subsiguiente acabó con su ya débil naturaleza: m. el 8 mar. 1550 de rodillas y con el crucifijo entre las manos, mientras recitaba la jaculatoria «Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu».
      El significado de su labor ha sido exaltado por varios Papas: «con la penetrante visión de su fe llegó hasta el fondo del misterio que se esconde en los enfermos, en los débiles y en los afligidos; y consolándolos, de día y de noche, con su presencia, con sus palabras, con el alivio de las medicinas, estaba convencido de prestar ese piadoso servicio a los miembros dolientes del Redentor» (Pío XI; en el IV centenario de la fundación de la Orden); «Además de constituir un ejemplo esplendoroso de extraordinaria penitencia y desprecio de sí, de contemplación de las cosas divinas y continua oración, de pobreza extrema y perfecta obediencia, fue espejo limpísimo de caridad tanto hacia las almas como hacia los cuerpos enfermos» (Pío XII; en el IV centenario de la muerte del santo).
      La obra social del santo con las clases necesitadas estaba presidida por el lema «vale más un alma que todos los tesoros del mundo». Muchas de sus iniciativas lo colocan entre los precursores de la asistencia social y del progreso hospitalario. El campo específico de su caridad fue el cuidado de los enfermos, pero se extendía a todos: pobres, niños abandonados, jóvenes y viudas necesitadas, muchachos sin medios para estudiar, obreros sin trabajo, gente sin techo, mujeres perdidas sacadas por él del fango y devueltas a la honestidad y a la virtud. La organización y el tratamiento higiénico-sanitario adoptado por él y después por sus discípulos, son sorprendentes: la caridad le hacía intuir el progreso actual en la asistencia a los enfermos. En su hospital, el santo comenzó a separar los pacientes según las diversas enfermedades y en cada cama ponía un solo enfermo. Para los enfermos mentales tenía atención y cuidados particulares. Algunos estudiosos especializados han reconocido que «en cuanto al trato con los enfermos J. fue un reformador» y «el creador del hospital moderno» (C. Lombroso), y que «en la historia de la Medicina, y más concretamente en la de la asistencia hospitalaria, merece un puesto que no podrá borrarse con el transcurso de los siglos» (A. Pazzini).
      Beatificado por Urbano VIII el 21 sept. 1630, fue declarado santo por Alejandro VIII el 16 oct. 1690, aunque la bula de canonización fue publicada por su sucesor, Inocencio XII, el 15 jul. 1691, fijándose la celebración de su fiesta el 8 de marzo. León XIII (22 jun. 1886) le declaró, junto con S. Camilo de Lelis (v.), patrón de los hospitales y de los enfermos, incluyendo su nombre en las letanías de los agonizantes. Pío XI (28 ag. 1930) le nombró patrón de las enfermeras y de sus asociaciones. Pío XII le declaró en 1940 copatrono de Granada (junto a N. S. de las Angustias) y en 1953 patrón de los vigilantes de incendios. En algunos lugares se le invoca como patrón de los libreros. En 1737 la ciudad de Granada le edificó un suntuoso templo (elevado en 1916 a la categoría de Basílica menor por Benedicto XV) donde se conservan sus restos en una rica urna de plata obra del orfebre Miguel Guzmán.
      La iconografía de J. es rica y variada, tanto en Europa como en Ibero-América y Filipinas. Se le representa de diversas maneras: con o sin hábito; con el esportillo que usaba para recoger las limosnas; transportando enfermos con ayuda de S. Rafael; entre las llamas del Hospital Real; lavando los pies a Cristo transfigurado; con el Niño Jesús; con Jesús farmacéutico (M. Vajda, hospital de Viena); con la Virgen de Guadalupe; etc. Entre los artistas que lo han representado destacan los pintores Murillo, Zurbarán, Ribera, Moratta y Jordán y los escultores Alonso Cano, Mora y Risueño.

 

JOSEMARÍA REVUELTA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de 1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue el tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda esposa, doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la santa tenía catorce años de edad. Teresa fue criada por su piadoso padre, que era amante de libros serios, y por una tierna y piadosa madre. Después de su muerte y del matrimonio de su hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho meses, debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años con su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes. En una de estas ocasiones, su tío la relacionó con las Cartas de San Jerónimo, las que hicieron se decida por la vida religiosa, pero no tanto debido a una atracción hacia ella, sino por el deseo de escoger el camino más seguro. Al no obtener el consentimiento de su padre, en noviembre de 1535, abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el Convento Carmelita de la Encarnación, en Ávila, el cual contaba en ese entonces con 140 monjas. El dejar a su familia la causó gran dolor, el cual comparaba luego con el que se siente por la muerte. Sin embargo, finalmente su padre cedió y Teresa tomó el hábito.

Después de su profesión —al año siguiente—, ella enfermó gravemente, teniendo que soportar una larga convalecencia, la cual, unida a los torpes tratamientos médicos, la dejaron reducida a un estado más calamitoso, e incluso, después de su parcial recuperación, gracias a la intercesión de San José, su salud siempre fue pobre. Durante estos años de sufrimientos empezó la práctica de la oración mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas mundanos que realizaba con algunos parientes que visitaban con frecuencia el convento la hicieran indigna de las gracias que Dios le concedía por medio de la oración, abandonó esta práctica, hasta que fue influenciada primero por los dominicos y luego por los jesuitas. Entretanto, Dios había empezado a visitarla con "visiones intelectuales y locuciones", en las que sus sentidos no eran para nada afectados, pues veía las imágenes y escuchaba las palabras en su mente, también la alentaba y fortalecía para poder sobrellevar sus pruebas, reprendía por su falta de fe, y consolaba en sus problema. Incapaz de reconciliar estas gracias recibidas con sus defectos, los cuales su delicada conciencia le hacía ver como grandes faltas, recurrió no sólo a los confesores más espirituales que encontraba, sino también a algunos santos laicos, los cuales, al no saber que los relatos que ella les hacia de sus pecados eran bastante exagerados, creyeron que eran obra del maligno. Cuanto más ella luchaba por rechazarlos, tanto más Dios obraba maravillosamente en su alma. Toda la ciudad de Ávila vivía inquieta a causa de los informes acerca de las visiones de esta monja. Se le pidió a San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, y después a varios dominicos (particularmente a Pedro Ibáñez y a Domingo Bañez), jesuitas, y a otros religiosos y sacerdotes seculares, discernir la obra de Dios y guiarla por un camino seguro.

Los relatos contenidos en su "Autobiografía" (terminada en 1565, una versión más temprana se ha perdido), en las "Relaciones", y en el "Castillo Interior" acerca de su vida espiritual conforman una de las biografías espirituales más importantes, comparadas sólo con las "Confesiones de San Agustín". A este periodo también pertenecen las extraordinarias manifestaciones, como la transverberación del corazón que experimentó, sus desposorios espirituales, y su matrimonio místico. Una visión en la que vio el lugar en el infierno que le era destinado si no fuera fiel a las gracias recibidas, hizo que se determinara a llevar una vida más perfecta. Después de muchos problemas y oposiciones, Santa Teresa fundó el convento de Monjas de Carmelitas Descalzas de la Antigua Observancia de la Regla de San José de Ávila (24 de agosto de 1562), y, después de seis meses, obtuvo el permiso para poder residir en él. Cuatro años después, recibió la visita de Juan Bautista Rubeo (Rossi), el General de los Carmelitas, quién no sólo aprobó lo que ella había hecho, sino que además le dio licencia para fundar otros conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi de inmediato, fundó un convento de monjas en Medina del Campo (1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), y Caravaca (1576). En el "Libro de las Fundaciones", ella relata la historia de estos conventos, los cuales, en su mayoría, fueron fundados a pesar de existir grandes oposiciones, pero con la ayuda manifiesta del cielo. Por todas partes ella encontraba almas generosas que querían abrazar las austeridades de la regla primitiva del Carmelo. Luego de conocer a Antonio de Heredia, prior de Medina, y a San Juan de la Cruz (q.v.), empezó su reforma de los frailes (28 de noviembre de 1568), los primeros conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana (1569), Mancera, y Alcalá de Henares (1570).

Una nueva época se dio inicio con la entrada en religión de Jerónimo Gracián, ya que a este importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo de Visitador Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la estricta observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con el derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y el capítulo general. A la muerte del nuncio y con la llegada de su sucesor, empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su obra, la que duró cuatro años y pareció sería el final de la naciente reforma. Los hechos de esta persecución están bien descritos en sus cartas. La tormenta al fin pasó y la provincia de carmelitas descalzos, contando con el apoyo de Felipe II, fue aprobada y canónicamente establecida el 22 de junio de 1580. Santa Teresa, estando ya anciana y con la salud resquebrajada, realizó más fundaciones, en Villanueva del la Jara y Palencia (1580), Soria (1581), Granada (a través de su asistenta la Beata Ana de Jesús), y Burgos (1582). Ella abandonó este último lugar a finales de julio, y, deteniéndose en Palencia, Valladolid, y en Medina del Campo, llegó a Alba de Tormes en septiembre, soportando grandes sufrimientos corporales. Al poco tiempo tuvo que guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de 1582. El día siguiente, debido a la reforma del calendario, debía de ser considerado 15 de octubre. Después de algunos años su cuerpo fue trasladado a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado Alba, en donde todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual muestra las marcas de la transverberación, está también expuesto para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada en 1614, y canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta fue fijada en el día 15 octubre.

El lugar de Santa Teresa entre los escritores de teología mística no tiene comparación. En sus escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales, las cuales, gracias a una visión profunda y a un don analítico, explica con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la influencia de sus confesores y directores, muchos de los cuales pertenecían a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención de fundar una escuela, en el sentido literal del término, y no existe vestigio alguno en sus escritos de algún tipo de influencia del Areopagita, ni de las escuelas de mística patrística o escolástica, como se puede ver entre otros, en los místicos dominicos alemanes. Ella es intensamente personal, su sistema va exactamente hasta donde sus experiencias llegan, no dando un paso más allá.

Una última palabra debe ser agregada sobre la ortografía de su nombre. Últimamente se ha puesto de moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin "h", no sólo en español e italiano, en los que la "h" no tiene sentido, sino también en francés, alemán, y latín, los cuales deberían conservar la ortografía etimológica. Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de San Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia, y Thérèse, en francés.

BENEDICT ZIMMERMAN

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San Juan de la Cruz (1542-1591)

Religioso y escritor místico español del Siglo de Oro. Su padre, Gonzalo de Yepes, mercader toledano, casó en Fontiveros con Catalina Álvarez, pobre huérfana que trabajaba en un telar. Ello supuso la extrañación de la familia paterna, y siguió una vida precaria, trabajosa. Nació el primer hijo, Francisco, en 1530. El segundo, Luis, poco después. El tercero, tardío, Juan, en 1542. El padre enfermó poco después y moría tras dos años de dolencia. La joven viuda, con tres niños y malquista de los parientes del difunto, acudió a uno de éstos, el Arcediano de Torrijos, que se desentendió. Recurrió a otro, médico en Gálvez; éste recogió al mayor, no más de un año. Catalina, de nuevo con los tres, decidió abandonar Fontiveros y buscar trabajo en Arévalo, donde estuvo tres años, hasta 1551, en que se trasladaron a Medina en busca de nuevas posibilidades. En Arévalo había muerto Luis y casado Francisco con Ana Izquierdo, tan pobre como ellos, que se agregó a la familia. Juan, de nueve años, quería ayudar también y probó varios oficios, «carpintero, sastre, entallador y pintor... A ninguno de ellos asentó ni pudo aprenderle, dice su hermano, aunque él deseaba aplicarse a ganar de comer. Visto esto por su madre procuró de ponerle en el colegio de los niños de la Doctrina, donde aprendió en pocos días a leer y escribir» (Bibl. Nac. Ms. 12.738, f. 611). Él ayudaba a las misas «casi toda la mañana en el convento de la Magdalena de monjas agustinas», captó su benevolencia y el interés del administrador del Hospital de la Concepción, D. Alonso Alvarez de Toledo, que decidió patrocinarlo y lo vinculó al servicio de su hospital, y «así le dieron licencia para que fuese a oír liciones de Gramática en el Colegio de la Compañía de Jesús» (1. c. f. 613). Entre sus maestros destacó Juan Bonifacio, que en 1557 comenzó a dar la 3,1 clase de Gramática y en 1561 la de Retórica. J. cursó probablemente los años 1557 a 1561. Decían de él que «tenía el juicio de un viejo». Las Humanidades centraron su afición. Pero sobrepasó las fuentes aprendidas y creó un estilo original, irisado de Biblia. Su mecenas lo invitó a hacer la carrera eclesiástica, para nombrarlo luego capellán del hospital. Parece que luego estudió dos años de Artes o Filosofía, quizá en el Carmen, donde se daban clases (Crisógono, o. c. en bibl. 3). Pero desdeñando la capellanía, en 1563 pedía el hábito del Carmen allí mismo e iniciaba su noviciado. Se llamó entonces fray Juan de Santo Matía, y profesó en el verano de 1564. Este mismo año fue enviado a la Univ. de Salamanca y se matriculó en Artes, renovándola los dos años siguientes. En 1567 su matrícula era de «presbítero teólogo», aunque esto no impide que los años anteriores hubiese cursado Teología en el Carmen, mientras seguía Artes en la Universidad. La Teología era según las Sentencias de Pedro Lombardo.
      En 1567 acababa de ordenarse sacerdote, a sus 25 años, y fue la ocasión de coincidir en Medina con S. Teresa (v.). Aunque él llevaba el propósito de retirarse a la Cartuja de El Paular (Segovia), ella lo persuadió que si era para mejorarse sería más ventajoso hacerlo en servicio de la Virgen dentro de su Orden. Accedió, con tal que no lo demorase. Regresó a Salamanca a llenar su matrícula, y en 1568, inauguró la reforma de los descalzos teresianos en Duruelo (Ávila) el 28 de noviembre, con el nombre de -J. de la C., y se trasladó a Mancera en 1570. Fue el primer Maestro de Novicios, y en 1571 el primer Rector de estudiantes descalzos de Alcalá. En 1572 fue invocado por S. Teresa para vicario y confesor de las monjas de la Encarnación (Ávila) donde a la sazón era priora, y lo fue hasta el 3 dic. 1577. Por conflictos surgidos entre los carmelitas descalzos y calzados (v. CARMELITAS 1, 5), esa noche fue raptado y conducido sigilosamente a la cárcel del convento de Toledo, donde sufrió tanto rigor y penuria, que dándose por muerto después de ocho meses, decidió fugarse, descolgándose de noche por la ventana con una soguilla que había labrado deshilachando a escondidas una mantilla de su uso. Era la noche del 17 ag. 1578, de madrugada acudió a las descalzas, y desde allí le condujeron los amigos a Andalucía en las soledades del Calvario (Jaén). En la cárcel había pergeñado su Cántico espiritual. Sus estrofas fascinantes eran tema de pláticas a las descalzas, en particular las de Beas, cuya priora, Ana de Jesús, fue alumna preclara. Allí comenzó la Subida del monte Carmelo, comentando un «dibujo del Monte», que daba en mano a sus dirigidos.
      En 1579 inauguró el colegio de los Descalzos de Baeza y fue primer rector. En 1582, después de intentar llevarse a Granada a S. Teresa, llevó en su lugar a Ana de Jesús a aquella fundación. Por entonces escribió la Noche oscura y la primera redacción del Cántico espiritual. También la primera redacción de la Llama de amor viva, a instancia de Da Ana de Peñalosa. En 1583 acudió al capítulo de Almodóvar, donde se airearon las líneas de la Descalcez y pronunció su veredicto, como también el año 1585 en Lisboa sobre las misiones, y fue nombrado Vicario provincial de Andalucía. Cesaba así del priorato de Granada, que regentaba desde fin de enero de 1582. Visitó toda Andalucía, Sevilla, Málaga, Córdoba, Caravaca, Écija y Guadalcázar.
      El 15 oct. 1586 instaura la fundación de La Manchuela. El 18 abr. 1587 cesa de Vicario y es nombrado otra vez prior de Granada. En junio de 1588 acude a Madrid donde el P. Doria implanta la Consulta, de la que es nombrado Consiliario y prior de Segovia. Allí escribe la segunda redacción del Cántico espiritual. En el capítulo general de 1590 se muestra contrario a las innovaciones de Doria y cae en desgracia. Tratan de anularlo. En julio de 1591 es destinado a México; se le conmuta por Andalucía, por causa de su enfermedad. Se retira a La Peñuela (La Carolina). Allí escribe la segunda redacción de la Llama de amor viva. El 28 de septiembre va a Úbeda, «a curar de unas calenturillas». Es su última enfermedad. Unas llagas malignas en el empeine del pie lo acaban. Y la desolación total. Anuncia el punto exacto de su tránsito «a cantar maitines al cielo», sonando las doce y comenzar el día 14 dic. 1591, a sus 49 años de edad, y día de sábado. En mayo de 1593 su cuerpo fue raptado y llevado a Segovia. Fue beatificado por Clemente X, el 25 en. 1675, y canonizado por Benedicto XIII el 27 dic. 1726. Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia el 24 ag. 1926. Se celebra su fiesta el 14 de diciembre (hasta 1969, el 24 de noviembre).

EFRÉN J. M. MONTALVA, DE LA MADRE DE DIOS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Francisco Javier (1506-1552)

Misionero jesuita, uno de los primeros miembros de la Compañía de Jesús. Patrono y protector de las misiones católicas.
      N. en el castillo de Javier, donde vivía su familia con unos pocos servidores, en la provincia española de Navarra, el 7 ag. 1506, hijo de Juan de Jasu y de María de Azpilcueta. M. en la isla de Sancián, a las puertas de China, el 3 dic. 1552, a los 46 años de edad. Después de sus primeros estudios, marchó a la Univ. de París en 1525 para cursar estudios de Filosofía. Se alojó en el Colegio de S. Bárbara, donde conoció y entabló amistad con Ignacio de Loyola (v.), que le enroló entre los compañeros con los que había de fundar la futura Compañía de Jesús. F. se le entregó totalmente, sobre todo después del mes de ejercicios espirituales que le dio el mismo Ignacio y con los demás compañeros hizo los votos en privado en la misma ciudad del Sena en 1534 (v. JESUITAS). El acto de los votos tuvo lugar en la capilla de los mártires de Montmartre. Se comprometían a hacer una peregrinación a Tierra Santa y a consagrarse a la vida apostólica en pobreza y en castidad.
      De París marcharon a Italia, y F. J. estuvo en Venecia en 1537; mientras esperaban las naves para el viaje a Palestina, se dedicó al servicio de los enfermos en los hospitales de la ciudad. El 24 jun. 1537 recibía la ordenación sacerdotal, y celebraba en Vicenza su primera Misa. Luego una temporada en Bolonia dedicado al ministerio sacerdotal, y en Roma, donde en 1539 toma parte con los demás compañeros en la fundación de la Compañía de Jesús. Por entonces, el rey de Portugal, Juan III, conocedor de los planes y compañeros de Ignacio, pedía al fundador que le concediera seis de sus religiosos para sus misiones de la India. Fueron designados dos, Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodríguez. Pero encontrándose enfermo Bobadilla, fue sustituido por F. J. Llegaron a Lisboa en junio de 1540, y después de un año de permanencia en Portugal salió él solo hacia la India el 7 abr. 1541, sin su compañero Simón Rodríguez, que quedó en Lisboa por mandato del rey. Llevaba el nombramiento de legado pontificio para todas las tierras situadas al E del cabo de las Tormentas, luego llamado de Buena Esperanza.
      Más de un año duró la circunnavegación a lo largo de las costas africanas, en las que pudo ejercer algunos ministerios sacerdotales en sus puntos de arribada, particularmente en la isla de Madagascar y en Mombasa; luego fueron ya directamente a Goa, capital portuguesa de las posesiones lusitanas de Ultramar, y llegaron a ella el 5 mayo 1542. F. J. se dedicó sobre todo, después de haber presentado sus credenciales y sus servicios al obispo de la ciudad, al cuidado espiritual de la colonia portuguesa, sin abandonar por ello el ministerio con los paganos, que se intentaba convertir. Sobresalió por su dedicación a los enfermos en los hospitales, y a los prisioneros de guerra y encarcelados; y muy, particularmente por sus catequesis a los niños, a los que reunía por las calles al sonido de una campanilla, para enseñarles la doctrina cristiana (V. CATECÚMENO I, 2). Ya en septiembre del mismo año hizo un primer viaje a la zona sur de la península, por sugerencia del gobernador, pues se esperaba, con razón, un abundante fruto de conversiones, sobre todo en la llamada costa de la Pesquería. Los bautismos se habían conferido a no pocos nativos, sin la debida preparación. Era una laguna que ahora le tocaba llenar al propio F. J., aunque él por su parte también se dejara llevar de una prisa prematura ante el número ingente de paganos que pedían su entrada en el cristianismo. Con la ayuda de intérpretes consiguió traducir a su lengua las principales oraciones cristianas, con los artículos más indispensables de la fe. Aquí ejercitó las auténticas cualidades y virtudes del misionero, corriendo de pueblo en pueblo, siempre a pie, haciendo el oficio de predicador, de maestro, de juez en los altercados de la gente, de defensor de la justicia frente a las injusticias de unos y otros, sobre todo de los colonos y de los reyezuelos. Allí comenzó justamente su bien merecida fama de santo y de taumaturgo. Dos años se detuvo en la costa de la Pesquería trabajando entre sus queridos paravas; hasta hizo una visita a la cercana isla de Manar, en las costas de Ceilán, donde habían tenido lugar los primeros martirios de cristianos. Luego regresó al continente, a la Pesquería y Travancore, donde multiplicaba los bautismos, hasta el punto de que, como escribía él mismo, se le cansaban los brazos de tanto bautizar, y se le resecaba la lengua de tanto proferir las palabras rituales del Sacramento.
      Regresa a Goa y comienza sus viajes ya ininterrumpidos, buscando siempre nuevos campos de apostolado para sí y para los compañeros que S. Ignacio iba enviándole ininterrumpidamente desde Europa. Se detuvo cuatro meses en Malaca, ciudad clave en la región de los estrechos, y emporio comercial y político portugués; de allí pasó a las llamadas islas Molucas, en la Indonesia actual, visitando en concreto la isla de Amboino y Ternate, posesión extrema del dominio colonial portugués, en las cercanías ya de la gran isla de Nueva Guinea. En esta ocasión hay que colocar su visita a las célebres islas del Moro, con peligro de la propia vida, a causa de la ferocidad de sus habitantes: eran las actuales islas de Halmahera, Rau y Morotai. Tres meses se detuvo con ellos, con poco fruto desde el punto de vista de la conversión, pero con tal abundancia de consuelos espirituales internos, que le traían continuamente anegado en lágrimas. Regresa a Ternate, y de allí nuevamente a Malaca, en diciembre de 1547, donde se entera de las favorables condiciones del Japón para ser evangelizado. A Malaca llegaban japoneses en plan de comercio; y en la ciudad se aglomeraban mercaderes portugueses que habían tocado ya con sus naves las costas del país del Sol Naciente. Entró particularmente en contacto con un joven japonés, de nombre Anjiro, al que pudo conferir muy poco después el bautismo. En 1548 salía de Malaca camino del Japón, y el 15 ag. 1549, desembarcaba en Kagoshima, la patria chica de Anjiro. Le acompañaban el coadjutor Juan Fernández y el P. Cosme de Torres, español, recientemente recibido en la Compañía de Jesús por el santo, en la misma India.
      Comenzó con la evangelización de los paisanos de Kagoshima; pero sus planes apostólicos eran mucho más ambiciosos: ponerse en contacto con los daymios o gobernadores de los diversos Estados japoneses, y con el mismo emperador del Japón. Es de notar que en su apostolado era ayudado por los mercaderes portugueses, que le colmaban de honores, con el fin de llamar así la atención del mundo japonés, en favor del misionero. Bajo su dirección y su entrega total comenzaban a florecer las primeras cristiandades japonesas. Lástima que asuntos urgentes de la India reclamaran su presencia en Goa, viéndose obligado a abandonar el Japón en el invierno de 1551. Y como había oído a los japoneses que su cultura provenía propiamente de China, comenzaba ahora a madurar un nuevo plan, la evangelización de la propia China. Existía la dificultad de que estaba rigurosamente prohibida la entrada a todo extranjero. No obstante, F. J. se puso en camino; pero había llegado el tiempo de la recompensa definitiva, y enfermo de pulmonía, m. en la isla de Sancián, a las puertas mismas de la ciudad china de Cantón, en la mañana del 3 dic. 1552. Sus restos mortales fueron trasladados poco después a Goa, donde desde un principio comenzó su culto y veneración. Beatificado por Paulo V el 25 oct. 1619, y canonizado por Gregorio XV el 12 mar. 1622, año de la fundación de Propaganda Fide. De ella sería declarado más adelante patrono principal, así como de todas las misiones de la Iglesia.
A. SANTOS HERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Francisco de Borja (1510-1572)

General de la Compañía de Jesús, fue ejemplo sublime de renuncia a las grandezas humanas y hombre providencial para el afianzamiento definitivo de los jesuitas.
      Primeros años. N. en Gandía el 28 oct. 1510, descendía por su padre, como biznieto, de Alejandro VI, y por su madre, de Fernando el Católico. Contando sólo 10 años, perdió a su madre; pasó luego algún tiempo en el palacio de su tío, el arzobispo de Zaragoza y dos años como paje (1523-25) en la corte de Da Juana la Loca, madre de Carlos V, y en 1527 entró al servicio del Emperador y de su esposa Isabel de Portugal. Su formación, bajo todos los conceptos, era completa. F. era una de las figuras más brillantes de la alta nobleza española. Bien adiestrado en todas las artes de su estado, era especialista en diversos tipos de juego, gran entusiasta de la caza y sumamente diestro en el manejo de las armas. Por otro lado, era muy aficionado a la música, con sus conatos de compositor y, además, la pureza de su alma y sus nobles sentimientos cristianos trascendían de tal manera que le ganaron una simpatía general. Así se explica que el joven emperador Carlos V (v.) le honrara con su más íntima amistad y confianza, y procurara, cuando F. contaba 19 a., su unión matrimonial con Da Leonor de Castro, dama favorita de la emperatriz Isabel.
      Desde entonces quedó F. íntimamente vinculado al Emperador, de quien, tanto él, como su esposa Da Leonor, recibieron altos cargos y distinciones. Durante los años siguientes (1530-39) acompañó frecuentemente al Emperador en sus más célebres expediciones. Contribuyó eficazmente a la preparación de la campaña contra los corsarios del África e intervino personalmente en 1538 en la tercera guerra de Carlos V contra Francisco I de Francia. Pero la muerte de la emperatriz Isabel, ocurrida el año siguiente, 1539, significa para F. el punto de partida de una nueva vida.
      Transformación interior. Como camarero del emperador, recibió F. el encargo de dirigir el cortejo fúnebre en el traslado del cadáver de Toledo a Granada, donde debía ser sepultado en la tumba real. Según atestiguan fuentes fidedignas, cuando, en el momento del sepelio, siguiendo la costumbre tradicional, tuvo que prestar juramento de que aquél era el cuerpo de la emperatriz Isabel de Portugal, la vista del cadáver completamente desfigurado de la que tanto se había distinguido por su extraordinaria hermosura, le produjo un sentimiento tan profundo de la caducidad de las glorias y grandezas humanas, que fue el origen de una transformación sustancial de su vida. Así, pues, ya desde entonces, suplicó con insistencia el permiso para retirarse de la corte a la vida privada. Pero Carlos V, no sólo no se lo concedió, sino que acumuló sobre él nuevos cargos y distinciones. Nombrado caballero de Santiago y virrey de Cataluña (153943), se vio forzado a vivir todavía en medio del mundo, agobiado de las más angustiosas responsabilidades.
      Pero la muerte de su padre, duque de Gandía, ocurrida en 1543, y ciertos desengaños, le movieron a realizar sus ansias de retiro, para lo cual obtuvo finalmente el consentimiento imperial. Durante los años siguientes Dios produce en el interior de F. resultados maravillosos. Durante su virreinato de Cataluña había comenzado a conocer a los jesuitas. Allí estuvo en contacto con los padres Araoz y Fabro e hizo por vez primera los Ejercicios de S. Ignacio. Ya entonces quedó prendado de la gran idea de los Ejercicios sobre el reino de Cristo, y se decidió a entrar de lleno en él. Una vez retirado en Gandía, intensificó su contacto con los jesuitas. De nuevo hizo los Ejercicios, esta vez bajo la dirección del insigne maestro de espíritu, Pedro Fabro, primer compañero de Ignacio. El mismo Fabro puso poco después la primera piedra del colegio de los jesuitas, con cuyo rector, P. Oviedo, se mantuvo en íntima comunicación. De gran importancia para el rumbo que fue tomando su espíritu fue la comunicación epistolar sostenida desde entonces con S. Ignacio, quien le infundió un espíritu apostólico y varonil.
      Ingreso en la Compañía de Jesús. Con la muerte de su esposa, ocurrida en 1546, abrió Dios nuevos horizontes a su vida de consagración. Decidióse entonces a entrar en la Compañía de Jesús y pidió formalmente a Ignacio de Loyola su admisión, que éste le concedió el mismo año 1546. Sin embargo, debía mantenerlo oculto mientras se solucionaban los asuntos familiares. Entretanto debía hacer en privado los estudios de Teología y demás preparativos necesarios. Con especial dispensa pontificia, hizo en 1548 la profesión religiosa y continuó viviendo ocultamente como religioso. Al mismo tiempo, con el prestigio de que gozaba, prestó importantes servicios a S. Ignacio, como fue el obtener en 1548 de Paulo III la bula Pastoralis officii cura en favor de los Ejercicios.
      En 1550, obtenido el grado de Teología, y resueltos los asuntos temporales, se juzgó llegado el momento de hacer pública la decisión del duque de Gandía. Dirigióse a Roma, donde fue exteriormente recibido con gran pompa, pero al mismo tiempo se puso ya bajo la obediencia, de S. Ignacio. F. comunicó entonces oficialmente a Carlos V sus propósitos y le pidió permiso para renunciar a sus dignidades temporales. Aunque asombrado por la noticia, el Emperador accedió a los ruegos de F. La transformación de éste en humilde religioso de la Compañía de Jesús despertó en toda Europa una admiración extraordinaria.
      Pero entonces se presentó un nuevo peligro, que Ignacio resolvió rápidamente. Ante la noticia de los planes de Paulo III de elevar a F. al cardenalato, lo envió inmediatamente a España con el fin de que desapareciera por algún tiempo de la escena de Roma. Volvió, pues, a España en 1555 y en mayo recibió en Oñate la ordenación sacerdotal, siendo en todas partes la admiración de la gente. A esto siguieron varios años en que F. desarrolló en España una intensa actividad apostólica. El ejemplo viviente de su renuncia y de su humildad producían efectos maravillosos. S. Ignacio lo colocó en una situación especial. Durante los primeros años dependía directamente de él, y en 1554 lo nombró comisario suyo para España y Portugal, y durante los seis años que desempeñó este cargo contribuyó eficazmente al progreso de los jesuitas en, la península y en Ultramar. Seis veces visitó a Carlos V en su retiro de Yuste, y ya en su primera visita logró desarraigar de él el prejuicio que tenía contra Ignacio y su fundación. Una de sus instituciones favoritas fue el noviciado de Simancas, a donde se retiraba con cierta frecuencia.
      General de la Compañía. La última etapa de su vida nos muestra a F. en la plenitud de su actividad. Después de la muerte de Ignacio (1556), durante el gobierno del segundo general de los jesuitas, Diego Laínez, continuó F. como comisario de España ejerciendo un influjo cada vez más decisivo en el progreso y afianzamiento general de la Compañía de Jesús. Pero en medio de tan intensa y eficaz actividad no podían faltar las contradicciones y los desengaños. Aparte algunos descontentos entre sus mismos hermanos en religión, se logró despertar en Felipe II cierta aversión contra F., suscitando incluso ciertas sospechas contra la fe. Esto se fundaba principalmente en algunos escritos ascéticos que, siendo duque de Gandía, había publicado. Ahora, que su nombre sonaba en todas partes, los libreros los publicaron de nuevo juntamente con otros de diversos autores con el título Obras de... D. Francisco de Borja. Algunos de estos autores difundían ideas peligrosas, y como se atribuyeron éstas a F., por haber sido publicado el libro bajo su nombre, se dio una situación difícil y hubo de retirarse primero a Portugal y luego a Roma, hasta que se apaciguaron definitivamente los ánimos. Estando en Roma, fue nombrado por Laínez vicario general suyo, mientras él se encontraba en Trento (v.) durante la última etapa del concilio (1562-63). En 1564 fue nombrado asistente general para las provincias españolas y, finalmente, elegido general de la Compañía de Jesús (1'565-72). Como cabeza de los jesuitas, desarrolló tal actividad y realizó tales obras, que ha podido ser considerado como un segundo fundador de la Compañía de Jesús. Ante todo, con el prestigio de su persona, contribuyó eficazmente a darle también a ella el influjo y prestigio que la naciente congregación necesitaba en las altas esferas de la curia pontificia y de la sociedad católica. Por otra parte, fue providencial su actuación para la organización interna de la Compañía. Procuró una nueva edición de las Constituciones, y la simplificación de las reglas, incluso las de los diversos cargos. Pero en lo que más se muestra su capacidad organizadora, es en el orden establecido en las casas de estudio. A él se deben, finalmente, la estabilización definitiva de los colegios y la organización de los noviciados.
      Primero Pío IV y luego S. Pío V, le dieron las más expresivas muestras de confianza, gracias a la cual durante su gobierno se intensificó en todas partes el trabajo apostólico entre el pueblo cristiano con misiones populares, dirección de almas y, sobre todo, con los Ejercicios de S. Ignacio, así como también la actividad científica en los más célebres centros de estudio. Pero donde el nuevo general se empleó más a fondo fue en la obra de las misiones, logrando colocar a la Compañía de Jesús entre las grandes órdenes misioneras. De este modo, de las tres nuevas provincias, que durante su generalato se añadieron a las 18 existentes, dos estaban en América. M. en Roma el 30 sept. 1572. Fue beatificado en 1624 y canonizado por Clemente X el 12 abr. 1671. Se celebra su fiesta el 10 octubre.

B. LLORCA VIVES.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Juan de Ribera (1532-1611)

Patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia. N. en Sevilla (27 dic. 1532) y m. en Valencia (6 en. 1611).
      Primeros años. Hijo de D. Pedro Enríquez y Afán de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares, marqués de Tarifa y duque de Alcalá, y de doña Teresa de los Pinelos, de noble familia sevillana, de quien lo tuvo fuera de matrimonio. Destinado a la Iglesia, recibe a los diez años la clerical tonsura en Sevilla. En 1544 marcha a la Univ. de Salamanca, donde cursa cuatro años de Leyes y luego se matricula en Teología. Fue alumno de Pedro de Sotomayor, Domingo de Soto (v.) y Melchor Cano (v.). Tuvo ilustres amigos en la Compañía de Jesús. Se licenció en Teología en 1557, año en que llegaba al sacerdocio. Gran lector, conoció las corrientes erasmista y valdesiana y aspiró a una cátedra en aquella Universidad, donde tuvo la fortuna de vivir los preliminares y la accidentada historia del Conc. de Trento (v.) en sus dos primeras etapas.
      Nombrado su padre virrey de Cataluña y luego de Nápoles, acertó a ganarse el agradecimiento y favor de Pío IV y de los Borromeo. Felipe lI le presentó para el obispado de Badajoz (11 abr. 1562) y el Papa accedió, otorgándole previamente las dispensas canónicas del defectus natalium y de la edad, pues aún no había cumplido los 30 años. Sin tardanza, marchó a residir a Badajoz, donde visita canónicamente su diócesis (1563), publica el Conc. de Trento (1564), convoca sínodo diocesano (1565) y asiste al Conc. Provincial Compostelano (Salamanca 1565), donde traza un enérgico programa de reforma episcopal y pide aclaraciones sobre el Tridentino. Cuenta entre sus consejeros a S. Juan de Ávila y a fray Luis de Granada; combate a los alumbrados; manda hacer inventario de sus bienes patrimoniales; cuanto le rentase la mitra se destinaría a los pobres.
      Patriarca de Valencia. Su fama se hizo notoria. S. Pío V le ensalza en consistorio, llamándole «lumbrera de toda España... dechado de gloriosas costumbres y santidad... » y le promueve entonces patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia, siendo de 36 años. Las nuevas perspectivas pastorales abatieron su ánimo y a los cuatro meses (julio 1569) pidió licencia para renunciar al arzobispado, pero no le fue concedida, mereciendo de S. Pío V una hermosa carta de aliento. Trató sin demora de reformar los estudios sagrados en la Universidad, pero tropezó con la oposición cerrada de muchos, que interpretaron mal sus intenciones. La reforma tuvo efectividad, si bien el santo no vio los frutos.
      El conocimiento directo de sus sacerdotes y su elevación moral fue el mayor anhelo de su espíritu: en determinadas ocasiones los reunía para predicarles; les escribía regularmente cartas pastorales; aprovechaba la oportunidad de la visita canónica a las parroquias y los sínodos diocesanos (1578, 1584, 1590, 1594, 1599, 1607), breves en su legislación y de un gran sentido práctico. Deseando perpetuar la reforma del clero, fundó un espléndido edificio, la Capilla del Corpus Christi, para el mayor decoro y majestad de los divinos oficios y un Colegio-Seminario para satisfacer el mandato tridentino, dotando ambas instituciones de su peculio y con estructura original. Todavía subsisten.
      Salía cada año por espacio de tres o cuatro meses a visitar la diócesis (500 lugares, 290 parroquias rurales) predicando en todas las iglesias. El P. Granada le considera «perfecta imagen del predicador evangélico». Exegeta notable, comentó toda la Biblia. A petición de Felipe 111 aceptó el cargo de virrey de Valencia y capitán general (1602-04), liquidando en su jurisdicción el bandidaje, plaga general e inveterada en la cuenca mediterránea. El punto más discutido de su actuación como pastor y consejero de los monarcas Felipe II y Felipe 111 es, sin duda, el relacionado con los moriscos y su expulsión de la península (1609), después del fracaso general por atraerlos a la convivencia nacional y a la fe cristiana, en lo que J. trabajó lo indecible a lo largo de 40 años. Fue comisionado para intervenir en la reforma de mercedarios, mínimos, cistercienses, dominicos y servitas. Favor singular dispensó a los capuchinos, siendo fundador de la Provincia de la Sangre de Cristo. También fundó las Agustinas Descalzas y ayudó a todos los religiosos, viendo en ellos importantes elementos de revitalización espiritual de donde saldrían los grandes brazos para llevar la reforma.
      Espiritualidad. Tuvo trato personal con un gran número de santos de su época: fueron sus amigos S. Pío V, S. Carlos Borromeo, S. Francisco de Borja, S. Lorenzo de Brindis¡, S. Pascual Bailón. Tuvo noble discrepancia con S. Teresa de Jesús. Por la gran entereza de su carácter, huye de la adulación y protesta virilmente ante la injusticia. En contraste, sabe ser tierno y espléndido, alargando la mano con un sentido social que entonces se desconocía: al terminar las obras de su Colegio-Seminario, jubiló al maestro de obras con una pensión vitalicia; a los demás operarios les costeó los derechos para conseguir el magisterio en su propio arte. Educado siempre con grandeza, usaba para su persona modesta vajilla y pobre cama. Las bases de su espiritualidad eran en suma las virtudes pastorales, la oración, la penitencia corporal y los estudios bíblicos hasta en su extrema vejez. Pero su característica más peculiar fue una encendida devoción a Jesús Sacramentado. Falleció en su Colegio, donde se venera su cuerpo. A las pocas semanas se iniciaron las diligencias con vistas a su glorificación. Lo beatificó Pío VI (30 ag. 1796); Juan XXIII le canonizó (12 jun. 1960). Le retrataron El Greco, Morales y Ribalta. Falta la edición de sus obras.

R. ROBRES LLUCH.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San José de Calasanz (1557-1648)

Sacerdote español, fundador de la Orden de las Escuelas Pías y de la primera escuela popular europea. Patrono Universal de todas las escuelas populares cristianas del mundo. Destacado personaje de la Contrarreforma concebida como educación cristiana de niños y jóvenes, base de la reforma de la sociedad.
      Vida. N. en Peralta de la Sal (Huesca), hacia mitad de 1557. Cursó sus estudios primarios en Peralta, los medios en Estadilla y el bienio de Artes o Filosofía y cuadrienio de Leyes (1571-77) en la Univ. de Lérida. Para evitar una grave tentación interrumpió la Teología en Valencia, continuándola en Alcalá. Muerto Pedro, su hermano mayor, el padre lo reclama como heredero de la casa a lo que se opone y sigue la carrera eclesiástica. Bachiller y profesor, se doctoró en Teología, probablemente en Lérida en 1583, y el 17 dic. de ese año se ordenó sacerdote en Santlhuja (Lérida). Su apostolado sacerdotal comienza en Barbastro junto al obispo Felipe de Urries y lo continúa como secretario y confesor del de Albarracín, Gaspar Juan de la Figuera, con quien acude a las Cortes de Monzón que preside Felipe II. Allí actúa como secretario de la junta de Reforma de los Agustinos de la Corona de Aragón y después va a Montserrat como confesor y examinador de su obispo, Visitador del Monasterio. Muerto éste allí envenenado, desempeña los cargos de secretario y maestro de ceremonias del Cabildo de Urgel y después el de familiar del obispo Andrés Capilla. En marzo de 1589 es Rector de Ortoneda, Plebán (párroco) de Claverol y Oficial de Tremp.
      A fines de 1592 está ya en Roma pretendiendo un canonicato; pleiteó, pero fracasó en su intento. Allí vive en el palacio Colonna hasta 1602. El desengaño de las canonjías fue quizá el punto de arranque para una vida más entregadamente sacerdotal: se consagró por completo a las obras de caridad. Entre el Calasanz español, sacerdote de curia, y el romano, sacerdote de acción apostólica y caritativa, media un cambio, no brusco pero real, sin que olvidemos el precedente de su actuación apostólica en tierras pirenaicas. No existe conversión fulminante, ni hay lugar a tal, pero en su correspondencia a España se aprecia un progresivo desinterés por la prebenda pretendida y en su vida romana una entrega caritativa cada vez mayor. Su actividad está ligada a formas organizadas de apostolado: a la Archicofradía de los Doce Apóstoles, como visitador de enfermos necesitados de los barrios pobres, escribiendo más de 40 años después «haber visitado... por seis o siete años todos los barrios de Roma» (Carta 185); a la de la Llagas de S. Francisco con objetivos de penitencia corporal por las almas del purgatorio; a la de la Trinidad de los Peregrinos y Convalecientes, cuyo Diario hace constar la ayuda de sus cofrades a la iglesia de S. Dorotea del Trastevere enseñando el catecismo a los peregrinos y entre cuyos catequistas figura J. de C. que en dic. 1599 presidía su escuela; la del Sacramento; la del Oratorio de S. Teresa de los Carmelitas de la Scala, donde residía su confesor el ven. Domingo Ruzola y a la de la Doctrina Cristiana. Entre sus devociones particulares figuraban la de la Madonna dei Monti y la visita a las siete Basílicas frecuentemente realizada; entre sus obras, la ayuda a los apestados con S. Camilo de Lelis (v.) y entre sus amistades la de S. Juan Leonardi (v.). Un hecho de relevante misticismo corona este sendero de caridad: las dos visiones de S. Francisco de Asís: una desposándole con tres doncellas que representaban los tres votos religiosos y otra mostrándole la grandísima dificultad de ganar la indulgencia plenaria de la Porciúncula el 2 ag. 1599.
      La miseria de los barrios romanos le lleva a fundar las Escuelas Pías (v. ESCOLAPIOS), que gobernó primero como Prefecto y después como General hasta su deposición en 1646. Murió aparentemente fracasado en Roma, donde se conserva su sepulcro, el 25 ag. 1648; lo beatificó Benedicto XIV el 18 ag. 1748 y fue canonizado por Clemente XIII el 16 jul. 1767. Se celebra su fiesta el 25 de agosto (hasta 1969, el 27 de agosto).
      Pedagogía. Su aportación a la historia de la educación ha sido muy notable: creó y organizó por primera vez la escuela primaria (cfr. Pastor, XXIV,68) dividiéndola en tres clases: leer, escribir y ábaco o matemáticas elementales; la de leer se subdividía en dos y hasta en tres y cuatro clases: Escuela de la S. Cruz, de leer deletreando o de pequeñines; Escuela del Salterio, de leerlo corriendo y oraciones necesarias; Escuela de leer de corrido libros en lengua vulgar. Una organización tan actual no se encuentra en ningún pedagogo ni escritor de la época. El objetivo principal de esta escuela de leer era el aprendizaje de una buena lectura; los secundarios, estabilización de la piedad y enseñanza de la lengua vulgar; el método, intuitivo y simultáneo. De la clase de leer de corrido se pasaba a la Escuela de escribir, donde en 3-4 meses se aprendía una suficiente forma de letra; entonces se dividía en dos: práctica, para los que ejercían después algún arte, en que por la mañana se enseñaba el ábaco y por la tarde la escritura, llamándose Escuela de ábaco; y literaria, para los que seguirían después las letras, en que por la mañana se enseñaban los nominativos y por la tarde la escritura, como en la práctica. El objetivo principal de la Esc. de escribir era conseguir una escritura ligera, disciplinada, casi caligráfica y una ortografía perfecta y los secundarios, idénticos a los de la de leer; además de las muestras de los maestros cada alumno tenía su libro de escribir con muestras de la forma de letra adoptada; la altura, inclinación y espaciamiento de las mesas de esta clase eran cuidadosamente estudiadas. La caligrafía rayaba a veces el dibujo artístico en sus rasgueos, exhibiéndose después en exposiciones escolares. En este aspecto J. de C. fue insuperado e insuperable, en frase del arzobispo de Upsala Gramay, su coetáneo. La Esc. de ábaco era de las principales; su programa comprendía las cuatro operaciones fundamentales, con enteros y fraccionarios y especialmente la aritmética comercial y frecuentemente militar. La de escribir era la de selección y orientación en que el profesor, de acuerdo con los padres del alumno, la capacidad de éste y posibilidades económicas decidía su oficio o profesión. En cada clase elemental había generalmente dos maestros, principal y ayudante; sólo se admitían 50 alumnos, excepcionalmente 60 y se empleaba el método simultáneo.
      Hizo también la primera tentativa de una escuela media en el sentido actual de la palabra (Esc. de gramática); tenía por objeto el aprendizaje de la lengua y literatura latinas. Además de los elementos de gramática (clase 4a), conjugaciones, concordancias y Diálogos de Vives y Epístolas familiares de Cicerón (clase 3a), tiempos del verbo, sintaxis y comentarios de las Epístolas familiares por la mañana y Églogas de Virgilio por la tarde (clase 2a), y toda la sintaxis, reglas estilísticas y prosodia con la explicación por la mañana del De of f icüs o Epístolas familiares de Cicerón y Eneida por la tarde (clase la), se estudiaba el Catecismo en todas las clases. A quienes abandonaban los estudios les bastaba un conocimiento técnico del latín del que pudieran servirse para los diversos oficios (copistas, secretarios, drogueros...); para los demás, con las Humanidades, Retórica y Poética añadidas a la Gramática, se igualaba el programa de los jesuitas; la explicación e interpretación de los autores precedía a su lectura, siguiendo después la exposición filológica, sintáctica, histórica y estética; los sábados se tenían disputas semanales sobre las materias dadas, con sus respectivos premios.
      Toda la educación intelectual calasancia tiene una orientación positiva, práctica, codiciosa de brevedad, sencillez y claridad; pero estuvo realizada en la oscuridad de la escuela primaria, exceptuadas las Escuelas Superiores de Matemáticas y de Nobles de Florencia, Colegios Nazareno de Roma, Nikolsburg, Podolin y Cagliari; sin embargo, las corrientes positivas modernas de la Orden (influencias directas de Galileo, Scioppius, Campanella) superaron cualquier enseñanza de la época, incluida la de los jesuitas y tienen un valor frente a los métodos teóricos del tiempo: estuvieron no sólo sobre el papel sino ejecutadas en la práctica.
      Educación moral y religiosa. Comienza con la confesión general que los alumnos hacen antes de ingresar definitivamente en las escuelas que les distancia de su mundo de ocio; pecado y malos compañeros; después se insiste en las reglas de la buena crianza y en el santo temor de Dios, traducción de la «piedad» característica de la Orden, esto es, de la consideración de Dios como Padre; los ideales propuestos son: Cristo, especialmente en la Eucaristía, la Virgen María a la que se dirigen las prácticas piadosas (letanías, Rosario, Corona de las Doce Estrellas, Angelus, ofrecimiento en la oración continua, Oficio Parvo de los alumnos mayores y Congregaciones marianas en todos los colegios); un tercer ideal es la imitación y devoción de los S. niños Justo y Pastor, y Alfio, Filadelfio y Cirino, otros protectores, y especialmente S. Tomás de Aquino. Los medios empleados para alcanzarlos son: examen de conciencia, educación de la fe, oración vocal y mental, pero «el todo» (Carta 471) y el «medio principal del Instituto» (Carta 871) son los sacramentos, sobre todo la confesión y comunión y la misa diaria y obligatoria; todo ello constituye el quicio de la educación calasancia y fin de la Orden; es el objetivo principal de la enseñanza de la Doctrina cristiana que debe ser regular y paralela a las demás asignaturas, pero con metodología diversa por diferenciarse también la finalidad: convicción y obrar conforme a las verdades enseñadas (v. CATEQUEsIs Iv, 4).
      Las conquistas de J. de C. en favor de los pobres pueden resumirse en: la afirmación, de hecho y de derecho, de su libre acceso a la cultura (gratuidad y obligatoriedad); la educación social de todos sin distinción, de ricos y pobres; y la mejor capacitación laboral insistiendo en el aprendizaie del latín. Entre sus realizaciones figuran: la creación y organización de la escuela elemental; la confección de un programa completo de formación de maestros escolapios, el Doposcuola o permanencias de los alumnos; el acompañamiento en filas escolares a casa; el estudio de la Aritmética, siguiendo las nuevas corrientes galileanas e innovadoras.
      Iconografía. Es múltiple y valiosa: al no dejarse retratar en vida, aún caliente su cuerpo se le hizo una mascarilla de sus facciones que se conserva en Roma; son famosos los lienzos de Luca Giordano y A. Sacchi (Roma); La última comunión de S. José de C. (Madrid) y su boceto (Bayona), S. José de C. y orantes ante el Crucifijo (Barcelona), Visión (Madrid) y Oración extática (Onteniente) de Francisco de Goya (v.); El juicio Final de J. Benlliure y S. José de C. de Stolz (Valencia); Aparición de la Virgen a S. José de C. y niños de José Segrelles (Valencia); la colección de acuarelas (Barcelona) y diversos apuntes (Valencia) de la vida del santo del mismo Segrelles; los frescos de Bayéu (Zaragoza), de A. Vila Arrufat (Sabadell); las estatuas de Rubio y Vergara (Valencia), Juventeny (Montserrat, Sabadell); las tallas de autor desconocido (S. Roque, Zaragoza) y Ballester (Madrid). Su figura ha sido llevada al teatro (R. Castelltort, premio Piquer de la R. A. Española de la Lenguá; L. Portolés).

 
VICENTE FAUBELL.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Pedro Claver (1580-1654)

Misionero jesuita español del s. XVII. N. en Verdú (Lérida) en junio de 1580, m. en Cartagena (Colombia), el 8 sept. 1654.
      Vida y estudios. Recibió el bautismo el 26 jun. 1580, en la parroquia de Santa María y se le impusieron los nombres de Juan Pedro; dejaría el de Juan para no confundirse con el de su hermano primogénito. Fue el último de los seis hijos del matrimonio de Pedro Claver y Minguella y Ana Corberó Claver, labradores con buena hacienda. En la parroquia de la villa recibió la tonsura (8 dic. 1595) de manos del obispo de Vich, Pedro Jacobo. En la orientación del niño influyeron, sin duda, entre otras circunstancias, el fallecimiento de su madre en 1593 y la nueva situación doméstica al contraer su padre segundas y terceras nupcias; los Claver tenían fundado un beneficio en Verdú; un tío, Juan Claver, era beneficiado en la próxima villa de Tárrega. Por los años 159697 P. marcha al Estudio general de Barcelona, donde cursa tres años de Gramática y Retórica. Asiste como alumno al Colegio de Belén de los jesuitas, fundado por S. Francisco de Borja. El obispo de aquella diócesis le admite a las órdenes menores. En 1602 ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús de Tarragona y pronuncia los votos el 8 ag. 1604. Al terminar el noviciado, pasa a Mallorca a estudiar Filosofía en el Colegio de Montesión. A su llegada (1605) era portero S. Alonso o Alfonso Rodríguez (v.) quien reafirmó en su vocación a la Compañía, inflamando su espíritu de ardor misionero. Fueron maestros de P. C. los padres Vaylo y Arcaina. Pero el más alto e inolvidable magisterio lo recibió de la comunicación diaria con el hermano Alonso, que, en frase de León XIII, supo lanzar a su 8iscípulo «a una admirable santidad». Retorna a Barcelona para estudiar Teología (1608). Un acontecimiento confirmó aún la vida religiosa de P. C.: la beatificación de Ignacio de Loyola por Paulo V (1609), celebrada con grandes fiestas en todo el principado catalán.
      Antes de concluir sus estudios, vio cumplido su anhelo de entregarse a las misiones (v.) del Nuevo Mundo. En 1610, con licencia del Provincial, se encamina a Sevilla. A los requerimientos de sus superiores para que se ordene de subdiácono antes de embarcar, hubo de responder que todavía no se hallaba suficientemente preparado, ni decidido aún a ser sacerdote. Partió con la pequeña expedición jesuítica, en el galeón S. Pedro, llevando en su hatillo dos manuscritos que le diera el hermano Alonso: un pequeño oficio de la Inmaculada y unos avisos espirituales que habían de ser su más firme guía. Es probable que el clima tropical y malsano de Cartagena de Indias (ciudad de grandes calores y de grandes humedades) hiciesen mella en su salud. Lo cierto es que permaneció allí poco tiempo. Él deseaba, más bien que sacerdote profeso, ser hermano coadjutor, mas se le ordenó terminar la Teología en el Colegio de Santa Fe de Bogotá, donde a su llegada (fines de 1610 o principios de 1611), no se explicaba aún esta materia, hasta la venida del padre Antonio Agustín, año y medio más tarde. De nuevo (fines de 1614), por razones de salud, le enviaron a Tunja. Hecho el tercer año de probación, tomó el camino de Cartagena, su residencia definitiva durante 38 años y en torno a cuyo puerto giraría el resto de su existencia. En aquella catedral se ordenó, finalmente, de subdiácono y diácono, y le confirió el sacerdocio (19 mar. 1616) el obispo dominico Pedro de la Vega. Al profesar los cuatro votos (1622) suscribía la entrega: «Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre».
      Apostolado. Procedentes de todas las regiones tropicales llegaban a Cartagena cada año unos 30.000 esclavos negros para las plantaciones y las minas de metales preciosos (V. ESCLAVITUD). Alonso Rodríguez había revelado a P. C. que pasaría a las Indias, al Nuevo Reino, a la ciudad de Cartagena. Pero los superiores determinaron más en concreto el campo de actividades del fervoroso catalán: el mundo de los esclavos negros. Se inició ayudando al padre Alonso de Sandoval, verdadero maestro que publicaría un tratado valioso («Naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres, disciplina y catechismo evangélico de todos los etíopes», Sevilla 1627), siendo rector del Colegio de Cartagena de Indias. Aquellas masas de esclavos constituían una pequeña Babel y era necesario valerse de intérpretes, ya que procedían de países muy diversos. En un principio Sandoval pedía prestados a sus dueños estos intérpretes auxiliares, pero la colaboración resultaba difícil (los esclavos perdían horas de trabajo) y se vio la conveniencia -aparente contradicción- de comprar el Colegio esclavos para instruirlos y servirse de ellos en la catequesis. A ruegos de P. C. el general Vitelleschi le autorizaba (Roma 1628) a retener «los ocho o nueve intérpretes negritos tan necesarios para este ministerio». P. C., por su parte, llegó a hablar el angolés.
      Cuando se acercaba el tiempo de la llegada de un buque negrero, el santo ofrecía obsequios espirituales al primero que le notificase la noticia. Acudía presuroso a los navíos y si no habían atracado, iba en una barquilla con sus intérpretes y se acercaba a aquellos infelices dándoles señales de amistad: «Nos mostraba rostro amable con mucha risa», declara uno de aquéllos. Visitaba primeramente el alojamiento de los enfermos; luego el local de los sanos, aliviando a todos con alimentos, frutas, tabaco, medicinas y caricias. Reunidos en un local espacioso, iniciaba su original catequesis: levantaba un altar y encima unos cuadros para darles intuitivamentelas nociones fundamentales: Trinidad, Encarnación, Muerte y Pasión, Resurrección, Juicio final, Gloria eterna. A cada grupo de diez les ponía el mismo nombre en el bautismo, a fin de que entre sí lo recordasen. Uno de los Rectores, al escuchar las explicaciones de P. C., las consideró demasiado superficiales, y peligrosa la utilización de aquellas pinturas recargadas de imaginación. Mas al ver los frutos, cesaron las objeciones. Tarea grande resultaba disponer para el cumplimiento pascual a los que por vez primera lo hacían y más en particular a los hijos de los esclavos de los contornos. Pero el apóstol extendía incansable su radio de acción hasta las poblaciones de Turbana, Turbaco, Santa Rosa de Alipaya, Villanueva o Timiriguaco, Bayunca, Ponedera, Las Caras, Manglar, Malagana, San Pablo, Palenque... se alojaba entonces en las chozas de los negros. Nada escapaba a su perspicacia. Había esclavos comprados por pilotos y marineros que por no satisfacer la gabela real desembarcaban la mercancía humana fuera del puerto y la introducían en la ciudad. Cuando se enteraba P. C. mandaba a sus más astutos intérpretes y manteniendo el secreto de la procedencia, ejercía su ministerio. Los esfuerzos no eran estériles y ponían de manifiesto el fondo noble de la raza negra: «Hay que ver la alegría que sienten después de haberse bautizado... No son bestias, son hombres adultos y como a tales se les ha de dar el bautismo, precediendo de su parte voluntad y los demás actos necesarios», escribía Sandoval. P. C: bautizó, según propia confesión, más de 300.000 negros.
      Desplegó también una actividad admirable en servicio de los hospitales: el de S. Sebastián y el de los lazarinos. Como en 1624 la modesta fábrica del hospital de los leprosos amenazase ruina, P. C. con la aprobación de los superiores, se dedicó a levantar la capilla nueva: «Durante 30 años, él se constituyó en su procurador, cura y patrono, administraba los sacramentos y lo abastecía todo». En contacto inmediato con tanta miseria, sentía la natural repugnancia y más de una vez consta que hubo de sobreponerse con energía el espíritu a la carne, hasta lamer, para vencerse a sí mismo, las llagas de sus negros y leprosos. Fuera de este ámbito que le fue peculiar, llegó a todas las esferas: la justicia, los escribanos, los comerciantes y especieros, los amos, los sentenciados a muerte, los cuarteles y los alojamientos, los artesanos, los niños; sin olvidar a los turcos y moros que remaban en las galeras españolas. Para todos fue padre y guía, logrando una verdadera proyección social de sus tareas apostólicas.
      De parte de sus hermanos en religión hubo de sobrellevar graves humillaciones y afrentas, pues más atentos en ocasiones a otros tipos de apostolado, no siempre supieron apreciar la prodigiosa labor del santo, que más tarde, en su proceso de beatificación, fue comparado con S. Francisco Javier, S. Juan Berchmans y S. Alonso Rodríguez. Sin embargo, a veces hasta sus superiores jesuitas parece que lo tuvieron en poco aprecio. El catálogo secreto, remitido a Roma desde la Provincia del Nuevo Mundo, contiene un juicio desconcertante. En 1616: «P. Pedro Claver: ingenio mediano; juicio, menos que mediano; prudencia, corta; experiencia de los negocios, corta; aprovechamiento en las letras, mediano; talento, sirve para predicar y tratar con los indios». En años posteriores (1642, 1649, 1651) se le califica «insigne en el ministerio de catequizar a los negros; adelantamiento espiritual, óptimo».
      No dejó escritos ascéticos ni de metodología catequística. Pero ambas cosas traslucían en su ejemplo: cinco horas de oración cada noche, tres disciplinas, tres horas de sueño, misa sosegada, interminables horas de acción pastoral. Desde 1651 quedó inválido hasta su muerte. No se conoce ningún retrato auténtico del «Apóstol de Cartagena». Beatificado por Pío IX el 21 sept. 1851; canonizado por León XIII el 15 en. 1888, en compañía de su maestro Alonso Rodríguez; declarado patrono de las misiones africanas el 7 jul. 1896; se celebra su fiesta el 9 de septiembre. La condesa María-Teresa Ledochowska fundó (1894) el «Sodalicio de S. Pedro Claver» para ayudar a las misiones de África. La república de Colombia le honró (1955) como padre de la nación.

R. ROBRES LLUCH.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Pablo de la Cruz (1694-1775)

Fundador de los Pasionistas (v.), misionero, director de almas y apóstol del Crucificado que, por su espiritualidad de la Pasión, es considerado como el místico italiano más esclarecido del siglo XVIII.
     
      Primeros años. Las vicisitudes de su época -n. en Ovada (Italia), 3 en. 1694, m. en Roma, 18 oct. 1775de la que, como escribe él mismo, «la pobre Italia estaba en gran desolación y ruina» (Lettere, 1,438; así citaremos sus cartas, indicando Vol. y p.), y aún más las precedentes, produjeron la ruina económica de su familia, antes noble, distinguida y acomodada. En su infancia y juventud P. sigue a su familia en su continuo cambiar de lugar y aunque frecuenta las escuelas locales y se dedica al estudio en Génova, aprovecha su estancia en este centro comercial para colaborar en los negocios de su padre «sabiendo industriarse para afrontar riesgos, soportar desastres, habituándose a tratar, discutir, convencer y ganarse las simpatías de todos» (E. Zoffoli C. P., S. P. della C. Storia critica, L120).
     
      Recientemente (6-13 jul. 1967) se han obtenido nuevos datos sobre su constitución física y moral, al ser sometidos a examen médico-legal sus restos, conservados en la basílica de los SS. Juan y Pablo de Roma. El Dr. Zacchi, de la Comisión Médica de la S. C. de Ritos, examinando el esqueleto, que «presenta buenas condiciones de conservación..., lo que permite un buen estudio antropométrico», deduce los datos relativos al índice cránico, ángulo facial -no inferior a 76,5°-, estatura -1,71 m.-, edad, etc. De todo esto resulta que «el santo debía ser de constitución robusta y sana. Lo demuestran los huesos bien desarrollados. El cráneo es perfecto; la frente amplia indica un tipo inteligente; la mandíbula, en ángulo recto, testimonia un carácter volitivo. Los huesos tarso y metatársicos, muy bien desarrollados, revelan un gran caminador, que desde su juventud debió estar en continuo movimiento. No hay duda que debía ser un temperamento fuerte física y moralmente» (Acta Congregationis a SS. Cruce et Passione D.N.J.C., vol. 24, 1967, 2a parte, 28-34).
     
      Entre los años 1713-14 oyó un «discurso familiar del párroco» que le hizo cambiar de orientación. Evocando aquellos días hablará siempre de su conversión, que no debe entenderse en sentido verdadero y propio, ya que hasta entonces había «vivido siempre ejemplarmente». Quiso retirarse a la soledad de una ermita (hacia 1715); quiso ser militar «sin paga alguna», para combatir a los turcos y se alistó como voluntario, pero por inspiración divina desistió de ello. Volvió a los negocios y obligado a ayudar a su familia no pudo realizar su deseo de «llevar una pobre túnica negra», «andar descalzo, vivir en absoluta pobreza», «hacer vida penitente», «reunir compañeros para después, junto con ellos, promover entre los fieles el santo temor de Dios» (Lettere IV,217). Su destino se va poco a poco delineando, y en el verano de 1720, «me vi en espíritu vestido de negro hasta los pies, con una cruz blanca en el pecho y bajo la cruz estaba escrito el nombre santísimo de Jesús en letras blancas» (IV,218). A ésta siguieron otras visiones intelectuales hasta aquella de la Virgen que disipó toda duda acerca de su vocación de fundador (v. PASIONISTAS).
     
      Una de las etapas más transcendentales de su vida son los 40 días de retiro en la iglesia de S. Carlos de Castellazzo. En ellos escribe su Diario Espiritual (23 nov. 1720-1 en. 1721) y las Reglas (2-7 dic. 1720).
     
      Misionero. Contemporáneo de Alfonso de Ligorio y de Leonardo de Puerto Mauricio, en la época de mayor esplendor misional de Italia, imprimió un sello especial a su labor apostólica. Lo espectacular de estas misiones es suficientemente conocido y también él lo practicó en un principio, si bien fue desterrando todo este montaje exterior que «más que a otra cosa contribuye a disipar a las gentes y las distrae de la meditación de las máximas eternas que han oÍDo predicar» (Summ., 1,520,183).
     
      La característica dominante de su vida fue el Misterium Crucis. Lo vivió y lo predicó. Con todo derecho se le puede llamar el Apóstol de Jesús Crucificado, «dotado de singular caridad para predicarlo». En sus misiones la meditación de la Pasión es «el fruto principal» y «cosa que jamás debemos dejar» (Lettere, 11,847) porque «en la Pasión está todo» (1,558), siendo «medio eficacísimo para la conversión de los pecadores y la perseverancia de los justos» (IV,203), «el medio más eficaz para extirpar los vicios y plantar la verdadera piedad» (11,213), «para destruir la iniquidad y encaminar las almas a gran santidad» (11,270), ya que «en el gran mar de la Pasión se recogen las perlas de todas las virtudes» (11,725), conduciendo, por tanto, al alma «a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la más sublime contemplación» (1,582). P. no trata sólo de convertir, sino de llevar a la perfección más alta y por eso interesa de sus discípulos, adoctrinados y religiosos la promesa de que meditarán diariamente en la Pasión. Si desde su juventud se sintió abrasado por el amor a las almas y «el continuo deseo de la conversión de todos los pecadores no se aleja de mí», como anotó en su Diario (15-18 dic. 1720), a lo largo de los años la experiencia le hace ver que no existe medio mejor que predicar y meditar sobre Cristo Crucificado.
     
      Antes del 7 jun. 1727, fecha de su ordenación sacerdotal en San Pedro de Roma, recibida de manos de Benedicto XIII, se ocupó asiduamente en el apostolado. El 1 abr. 1731 obtiene del obispo de Soana y Pitigliano autorización para dar misiones cuantas veces fuese llamado y el 18 jul. del mismo año, por un Breve de Clemente XII, la facultad de impartir la bendición apostólica y la indulgencia plenaria al final de las mismas. Dicha facultad se limitaba a estas dos diócesis y por sólo siete años. Por un Breve del 22 en. 1738 obtiene del mismo Pontífice estas facultades para toda Italia y se le confiere el título de Misionero Apostólico.
     
      Su carrera apostólica propiamente dicha comienza en 1731 y termina en sept. 1769, cuando predicó su última misión en S. María in Trastevere de Roma. Misionó más de 30 diócesis y casi siempre daba, al mismo tiempo o inmediatamente después, cursos de Ejercicios al clero y a los monasterios de los lugares misionados.
     
      Se conservan 87 sermones suyos en dos votúmenes de518 páginas que él, en su humildad, confiesa que «esto poco que he escrito lo he sacado de otros libros aquí y allá, principalmente del Svegliarino» (Lettere, 11,754-55; se refiere al libro Svegliarino cristiano, Milán 1719, traducción italiana de El Despertador cristiano de Mons. José de Barcia y Zambrana, Obispo de Cádiz.
     
      Director de almas. Durante su vida escribió muchísimas cartas y los destinatarios de las conservadas pertenecen a las más diversas clases sociales. Como director de almas van dirigidas en su mayoría a laicos, siguiéndole los religiosos. Sus dirigidos llegan rápidamente a la vida mística y la razón hay que ponerla en el camino seguido: el Misterium Crucis. Este ministerio era contrario a sus inclinaciones y a sus múltiples actividades de misionero y fundador, aparte de considerarse desprovisto de las cualidades que deben adornar a los directores. «Tiemblo con sólo pensar en dirigir almas puesto que carezco de habilidad para ello» (Lettere 1,382). «He rehusado siempre hacerlo, a no ser cuando he visto que así lo quería Dios (1,380). «Lo he hecho al cabo de larga oración» (1,381). «Además de ser muy docto, el director deberá ser hombre de altísima contemplación, ya que sin experiencia, no se entienden las altísimas y estupendas maravillas que Dios realiza en el alma» (11,496). Sin embargo, «tenía una experiencia tan profunda y vasta..., es tan clarividente, amable y acogedor que resulta el más alentador de los directores y el más abierto de los maestros..., dirige con mano segura a cuantos se encomiendan a él» (M. Viller, S. J., La volonté de Dieu... 134; v. bibl. en PASIONISTAS).
     
      Vida interior. Hacia la época de su conversión -19 años- había ya pasado por las purgaciones activas y pasivas; se había corregido de sus defectos -si es que alguna vez los tuvo-, y se había consagrado a una vida de perfección. Desde los 19 a los 30 (1713-25) tuvo consuelos mezclados con grandes pruebas. Para todos los grados de oración ordinaria y contemplativa. Hacia los 28 ó 29 años (1722-23) recibe el desposorio místico. De 1725 a 1770 -de los 31 a los 76 años-, transcurren 45 años de arideces y desolaciones, endulzadas por algunos consuelos y algunos favores místicos. De los 76 a los 81 (1770-75) transcurre un último periodo en el que no se sabe si la mayor parte la ocupan los consuelos o las desolaciones, si bien los primeros aumentan al aproximarse la muerte.
     
      Por eso no sorprende que su dirección fuese y sea considerada carismática, basada en los grandes autores -Taulero, S. Juan de la Cruz, S. Teresa de Jesús, S. Francisco de Sales, a quienes leía asiduamente-, y en la práctica de tantos años de ministerio.
     
      Rodeado de sus hijos espirituales -entre ellos S. Vicente Ma Strambi y Mons. Struzzieri, primer obispo de la Congregación-, expiró en el retiro de los SS. Juan y Pablo de Roma, donde había sido visitado por sus admiradores y amigos Clemente XIV y Pío VI. Pío IX lo beatificó el 1 mayo 1853 y lo canonizó el 29 jun. 1867. Su fiesta se celebra el 28 de abril.

M. BARRA RODRIGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Antonio María Claret (1807-1870)

Fundador de los claretianos. N. en Sallent (Barcelona), diócesis de Vich, el 23 dic. 1807. Su infancia se caracterizó por un precoz y profundo pensamiento de la eternidad, de sentido genuinamente apostólico, y por una madura compasión hacia los pecadores, así como por un tierno amor a la Eucaristía y a la Virgen.
      Todavía niño comienza los estudios eclesiásticos, que por falta de recursos se ve precisado a interrumpir, entrando en un taller de tejedor. Realiza tales progresos, primero como simple obrero, y luego como técnico textil, que llega a verse solicitado por no pocos empresarios que le proponen para director de sus fábricas. Sus éxitos laborales no apagan su vocación sacerdotal. A los 23 años entra en el Seminario de Vich (Barcelona), no sin haber hecho antes una tentativa de ingresar en la cartuja de Miraflores. El obispo de Vich le honra anticipándole, contra su costumbre, la ordenación sacerdotal (13 jun. 1835) tres años antes de terminar la carrera, y le manda como vicario primero y luego ecónomo a Sallent, su pueblo natal, mientras terminaba los estudios. Su vocación apostólica halla estrecho el campo de una parroquia, y se dirige a Roma en otoño de 1839 con la intención de trabajar en las misiones encomendadas a Propaganda Fide «porque tengo sed, dijo abrazando a un compañero, tengo sed de derramar mi sangre por Jesucristo», pero no logra ver realizados sus deseos. Cree poder satisfacer los impulsos de apostolado y las ansias de vida religiosa con el ingreso en la Compañía de Jesús, pero una enfermedad inesperada le obliga a regresar a España. De retorno a la patria, es enviado como regente al pueblo montañés de Viladrau (Barcelona), donde ejerce heroicamente la caridad, aliviando, incluso físicamente, a los enfermos.
      Comienza a predicar las primeras misiones por toda la comarca. No hallándose apagadas aún las pasiones de la guerra civil y los recelos mutuos, se ve precisado a retirarse al pueblecito de Pruit, en los montes de Collsacabra, para entregarse a la oración y a la penitencia, en espera de que el horizonte político español se esclareciese.
      Misionero Apostólico. Afianzó esta confianza el hecho de que por estos días, 9 jul. 1841, obtenía de la Santa Sede el título oficial de «Misionero Apostólico». Reanudaba ya las predicaciones cuando nuevamente se vio frenado por el servicio de la parroquia de San Juan de 016, que le fue encomendada. Planeaba el sueño, largo tiempo acariciado, de acrecentar, formando y asociándose compañeros, la fuerza e irradiación de su apostolado. Acomodaba ya los locales de la casa rectoral, donde despertaría en ellos el espíritu evangelizador. Sucedía esto en 1842. Dos meses más tarde era definitivamente exonerado de cargos parroquiales. En 1844 comienza a expandir su celo por toda Cataluña. Al de la palabra añade ahora el apostolado de la prensa, con la publicación de los primeros de una serie de libros, opúsculos y hojas, que se irá alargando extraordinariamente con el correr de los años. Para ellos, junto con los que reimprimiese de otros autores, necesita una editorial o librería. En colaboración con su amigo Caixal, futuro obispo de Urgel, funda la «Librería Religiosa». De día predica y de noche escribe y ora, sin casi tomar descanso y alimento.
      Por esta época el horizonte político se tornó de nuevo sombrío. Esto le obligó a limitar sus actividades a la composición de libros, formación de los clérigos, establecimiento de la archicofradía del Corazón de María en Vich, organización de la mencionada Librería, fundación de la Hermandad del Santísimo e' Inmaculado Corazón de María o Religiosas en sus casas, y particularmente el plan de su obra preferida: la Congregación de Misioneros. En 1847, a petición de su amigo el Ilmo. Codina, recién nombrado obispo de Canarias, fue al archipiélago, encontrando allí a su celo un nuevo campo de acción.
      Fundador, arzobispo y confesor real. A instancias de sus amigos, regresó a la Península en mayo de 1849. Había sonado ya la hora tan anhelada de realizar un antiguo y constante ideal: su «Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María», que fundó en Vich el 16 jul. 1849. Nombrado arzobispo de Santiago de Cuba en 1849 y consagrado el 6 de octubre del mismo año, partía para su archidiócesis el día 28 dic. 1850. Amén de incontables y casi increíbles actividades pastorales y sociales, una vez más ejercía su vocación de fundador, ahora de una rama femenina: Instituto de María Inmaculada de la Enseñanza o Misioneras Claretianas, ayudando a la fundadora, Madre Antonia París. Conocedora la reina de las extraordinarias dotes y santidad del arzobispo de Santiago de Cuba, le nombró su confesor en 18 mar. 1857. Claret alternaba sus tareas habituales de confesor, escritor, predicador en Madrid y durante los viajes de la reina, con las de presidente de El Escorial, que restableció como foco de formación científica y sacerdotal. Concibió también la idea y proyectó una catedral más digna de Madrid. No pocos artistas de España entera los tenía asociados en otra de sus grandes realizaciones: la «Academia de San Miguel». Esta intensa actividad del confesor regio, absolutamente apartado de la política, atrajo sin embargo las iras de las sectas, que maquinaron de mil formas contra su honor y su vida, con atroces calumnias, la menor de las cuales era la de intrigante político.
      En 1868 marchó al destierro al ser destronada Isabel 11. Descolló en el conc. Vaticano 1 su intervención a favor de la infalibilidad pontificio y es el primer padre del mismo elevado al honor de los altares. De Roma regresó a Francia, donde con sus hijos los misioneros, también ellos desterrados, vivió en Prades los últimos años de su vida. Acosado, incluso en el destierro, por los revolucionarios, m. en su postrer refugio del monasterio cisterciense de Fonfroide, diócesis de Carcasona, el 24 oct. 1870.
      El día 4 dic. 1899 fue declarado Venerable por León XIII, beatificado por Pío XI en 24 febr. 1934 y canonizado por Pío Xll el 7 mayo 1950. Su gran y polifacética personalidad ha dado origen a no pocos patronatos que se le han asignado sobre institutos religiosos, diócesis, sindicatos (como el de la rama textil), prensa, Acción Católica, etc. De esta última Pío XI le declaró «gran precursor, casi como está hoy».
DESIDERiO HERNANDO C. M. F.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Ignacio de Loyola

 


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