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Índice
general de Hispánica

- Fray Bernardino de Sahagún,
- padre de la antropología americana


- Toribio
de Benavente (1524-1569)
- Bernardino
de Sahagún (1499-1590)
- Juan
de Zumárraga (1475-1548)
- Bartolomé
de Las Casas (1474-1564)
- Vasco de Quiroga
(1478-1565)
- San
Francisco Javier (1506-1552)
- Diego
de Landa (1524-1579)
- José
de Anchieta (1533-1597)
- Luis
de Bolaños (1539-1629)
- Acosta,
José de (1539?-1600)
- San
Pedro Claver (1580-1654)
- San
Francisco Solano (1549-1610)
- Santo
Toribio de Mogrovejo (1538-1606)
- Juan
de Palafox y Mendoza (1600-1659)
- Serra,
Junípero (1713-1784)
Toribio
de Benavente (1524-1569)
Franciscano español, uno de los 12 miembros de la
Orden que pasaron a México en 1524. Había nacido en Benavente,
actual provincia de Zamora. De su vida hasta entonces solamente
conocemos que profesó en la provincia de Santiago y fue trasladado
a la de San Gabriel de Extremadura al ser designado como uno de los
expedicionarios que marcharían a las tierras indianas. Embarcó con
sus compañeros en Sanlúcar el 25 en. 1524. Fray Martín de
Valencia iba como vicario. Llegados a San Juan de Ulúa y habiendo
emprendido el camino de la capital, en Tlaxcala fr. Toribio tomó el
nombre de Motolinía, al oír la palabra de boca de los indios y
enterarse que en su lengua significaba pobre. En 17 de junio entró
la pequeña comunidad en la capital de México, siendo recibida con
alborozo por Hernán Cortés, que la presentó a los indios públicamente.
Durante los primeros quince días estuvieron los frailes en retiro
espiritual y seguidamente se reunieron en capítulo para deliberar
sobre los planes a seguir. Acordaron dividirse en grupos para
iniciar la predicación. Se distribuyeron entre las principales
ciudades de cuatro en cuatro, puesto que a los 12 se unieron cinco
franciscanos que habian llegado antes. Mientras fr. Martín y cuatro
más quedaron en México, los otros marcharon a Texcoco, Tlaxcala y
Huexotzingo. Desconocemos a dónde fue de momento fr. Toribio, si
bien poco después lo encontramos de guardián en el convento de la
capital, haciendo presentación ante el Cabildo de la ciudad de las
bulas y provisiones que autorizaban a los frailes para ejercer
jurisdicción eclesiástica de carácter episcopal. No obstante, los
regidores se opusieron a su reconocimiento, posiblemente disgustados
por el parecer que los religiosos defendían sobre la política a
seguir con los indios; y quizá también por la lealtad que
guardaban a Cortés, caído en desgracia ante los gobernantes de la
ciudad.
En 1529, fr. Toribio era guardián
del convento de Huexotzingo, donde dio asilo a unos caciques indios
huidos de la persecución de la primera Audiencia, por lo que se le
acusó de conspirador. Posiblemente esto lo llevó a misionar por
tierras de Guatemala y Nicaragua. De regreso, en 1531 participó en
la fundación de la ciudad de Puebla y dos años más tarde estaba
en Tehuantepec, de donde partió de nuevo hacia Guatemala.
De 1535 a 1541 comenzó la redacción
de su Historia de los Indios de la Nueva España en el convento de
Tlaxcala. Luego, una vez más, fue a Guatemala a fundar la Custodia
de su Orden; sabemos que él mismo era custodio en 1544 y, como tal,
participó en la polémica con los dominicos sobre la administración
de los sacramentos a los indios, mostrándose en sus escritos al
Emperador como enemigo de las ideas de Las Casas. En 1548 se le
encargó recoger el Confesionario del obispo dominico, siendo quizá
ya superior de la Provincia del Santo Evangelio de México
(1448-1555), tras un breve periodo en que fue viceprovincial. Desde
1555, en que estaba de guardián en el convento de Atlixco, del que
había sido fundador, sólo sabemos que m. en la capital mexicana en
9 ag. 1569, después de 45 años de labor apostólica. Brilló por
su ardiente caridad y amor a los naturales, de quienes fue un
verdadero padre y defensor.
Escribió su Historia de los indios
de la Nueva España obligado por la obediencia. Su estilo tiene toda
la naturalidad y sencillez del espíritu franciscano. Es de gran
utilidad para el conocimiento de los primeros años del proceso de
la evangelización y del choque de culturas en México. Narra los
sucesos del apostolado, con sus éxitos y obstáculos. Pero no sigue
un plan preconcebido, sino que los hechos y comentarios van
surgiendo con espontánea ingenuidad. No obstante, el haber sido su
autor testigo de los sucesos que narra da a la obra un valor
incalculable como fuente de primera mano.
- F. DE ARMAS MEDINA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Bernardino
de Sahagún (1499-1590)
Fray Bernardino nació en Sahagún,
Reino de León, España, entre 1499 y 1500; murió en la Ciudad de México
(Nueva España) en 1590. Su apellido era Ribeira y lo trocó por el
de su villa natal. Estudió en Salamanca y llegó a la Nueva España
en 1529 con el fraile Antonio de Ciudad Rodrigo y 19 hermanos más
de la Orden de San Francisco.
Tenía muy buena presencia, según
lo afirmaba fray Juan de Torquemada que cuenta que «lo escondían
los religiosos ancianos a la vista de las mujeres».
Los primeros años de su
residencia los pasó en Tlalmanalco (1530-1532) y luego fue guardián
del convento de Xochimilco y, por lo que se conjetura, también su
fundador (1535).
Enseñó latinidad en el Colegio
de la Santa Cruz de Tlatelolco durante cinco años a partir de su
fundación, el 6 de enero de 1536; y en 1539 era lector en el
convento anexo a la escuela. Entregado a varios menesteres de su
Orden anduvo por el Valle de Puebla y la región de los volcanes
(1540-1545). Vuelto a Tlatelolco, permaneció en el convento de 1545
a 1550. Estuvo en Tula en 1550 y 1557. Fue definidor provincial
(1552) y visitador de la custodia del Santo Evangelio, en Michoacán
(1558). Trasladado al pueblo de Tepepulco en 1558, permaneció allí
hasta 1560, pasando en 1561 de nueva cuenta a Tlatelolco. Allí duró
hasta 1565, año en que fue a residir al convento Grande de San
Francisco de la ciudad de México, donde permaneció hasta 1571,
para regresar otra vez a Tlatelolco. En 1573 predicó en Tlalmanalco.
Fue de nuevo definidor provincial de 1585 a 1589. Falleció a los 90
o poco más años, en el convento Grande de San Francisco de México.
Sahagún y su método de
investigación
Con fama de hombre sano, fuerte,
gran trabajador, sobrio, prudente y amoroso con los indios, dos
notas parecen esenciales en su carácter: la tenacidad, demostrada
en 12 lustros de pródigo esfuerzo en favor de sus ideas y de su
obra; y el pesimismo, que ensombrece con amargas reflexiones el
fondo de su escenario histórico.
Vivió en una época de transición
de dos culturas, y pudo percatarse de que la mexica iba a
desaparecer absorbida por la europea. Se adentró con singular tesón,
comedimiento e inteligencia en las complejidades del mundo indígena.
Movíale en ello su celo de evangelizador, pues en posesión de ese
conocimiento pretendía combatir mejor la religión pagana autóctona
y convertir más fácilmente a los indígenas a la fe de Cristo. A
sus trabajos escritos como evangelizador, historiador y lingüista,
les dio diversas formas, corrigiéndolos, ampliándolos y redactándolos
como libros distintos. Escribió en náhuatl, idioma que poseyó a
la perfección, y en castellano, agregándole latín. Desde 1547
empezó a investigar y recopilar datos acerca de la cultura,
creencias, artes y costumbres de los antiguos mexicanos. Para llevar
a cabo su tarea con éxito, inventó y puso en marcha un método
moderno de investigación, a saber:
a) Hizo cuestionarios en náhuatl,
valiéndose para elaborarlos de los estudiantes del Colegio de la
Santa Cruz de Tlatelolco avanzados en «romance», esto es, en latín
y castellano, al tiempo que eran peritos en náhuatl, su lengua
materna.
b) Estos cuestionarios los leyó
a los indios que encabezaban los barrios o parcialidades, quienes le
mandaron indígenas ancianos que le prestaron inapreciable ayuda y
se les conoce como los Informantes de Sahagún.
Éstos informantes eran de tres
lugares: Tepepulco (1558-1560), donde elaboraron los Primeros
memoriales; Tlatelolco (1564-1565), donde hicieron los Memoriales
con escolios (a ambas versiones se les identifica con los
llamados Códices matritenses); y la Ciudad de México
(1566-1571), en donde realizó Sahagún una nueva versión, mucho más
completa que las anteriores, ayudado siempre por su equipo de
estudiantes de Tlatelolco. Este tercer texto definitivo es la Historia
general de las cosas de Nueva España.
Los curiosos destinos de
su obra
En 1570, por razones económicas,
paralizó su obra, viéndose obligado a redactar un sumario de su Historia,
que envió al Consejo de Indias. Este texto está perdido. Otra síntesis
se envió al papa Pío V, y se conserva en el Archivo Secreto
Vaticano. Se intitula Breve compendio de los soles idolátricos
que los indios desta Nueva España usaban en tiempos de su
infidelidad.
Por intrigas de los frailes de su
misma Orden, el rey Felipe II mandó recoger, en 1577, todas las
versiones y copias de la obra de Sahagún, ante el temor de que los
indígenas siguiesen apegados a sus creencias si éstas se
conservaban en su lengua. Cumpliendo esta orden terminante, Sahagún
entregó a su superior, fray Rodrigo de Sequera, una versión en
lengua castellana y mexicana. Esta versión la llevó a Europa el
padre Sequera en 1580, la que se conoce con el nombre de Manuscrito
o Copia de Sequera y se identifica con el Códice
florentino.
Su equipo de estudiantes trilingües
(latín, castellano y náhuatl) lo formaron Antonio Valeriano, de
Azcapotzalco; Martín Jacobita, del barrio de Santa Ana o de
Tlatelolco; Pedro de San Buenaventura, de Cuautitlán; y Andrés
Leonardo.
Sus copistas o pendolistas fueron
Diego de Grado, del barrio de San Martín; Mateo Severino, del
barrio de Utlac, Xochimilco; y Bonifacio Maximiliano, de Tlatelolco,
y quizá otros más, cuyos nombres se han perdido.
Fue Sahagún creador de un método
riguroso de investigación científica, si no el primero, puesto que
fray Andrés de Olmos se le adelantó en tiempo de sus indagaciones,
sí el más científico, por lo que se le considera el padre de la
investigación etnohistórica y social americana, anticipándose dos
siglos y medio al padre Lafitan, generalmente considerado por su
estudio de los iroqueses como el primer gran etnólogo. Logró
reunir un extraordinario arsenal de noticias de boca de sus
informantes, relativas a la cultura mexica.
Las tres categorías: lo divino,
lo humano y lo mundano, de honda tradición medieval dentro de la
concepción histórica, están todos en la obra de Sahagún. De ahí
que exista una estrecha relación en el modo de concebir y escribir
su Historia con la obra de, por ejemplo, Bartholomeus
Anglicus intitulada De propietatibus rerum... en romance
(Toledo, 1529), libro muy en boga en su época, lo mismo que con las
obras de Plinio el Viejo y Alberto el Magno.
Su Historia, que es una
enciclopedia de tipo medieval, modificada por los conocimientos
renacentistas y los de la cultura náhuatl, presenta la labor de
varias manos y varios estilos, ya que intervino en ella su equipo de
estudiantes desde 1558, por lo menos, hasta 1585. En ella se percibe
con claridad meridiana su filiación, con tendencia pictográfica, a
la llamada Escuela de México-Tenochtitlan, de mediados del siglo
XVI, con el estilo «azteca revivido».
Toda esta abundante y magnífica
información permanecía en el olvido, hasta que Francisco del Paso
y Troncoso -profundo conocedor del náhuatl y gran historiador-
publicó los originales conservados en Madrid y en Florencia con el
título de Historia general de las cosas de Nueva España.
Edición parcial en facsímile de los Códices matritenses
(5 vols., Madrid, 1905-1907). El tomo quinto, primero de la serie,
trae las 157 láminas de los 12 libros del Códice florentino
que se conserva en la Biblioteca Laurentiana de Florencia.
De una copia de la Historia
de Sahagún, que se encontraba en el convento de San Francisco de
Tolosa, España, proceden las ediciones que hicieron Carlos María
de Bustamante (3 vols., 1825-1839), Irineo Paz (4 vols., 1890-1895)
y Joaquín Ramírez Cabañas (5 vols., 1938).
La edición más cumplida en
castellano es la del padre Ángel María Garibay K., con el título Historia
General de las cosas de la Nueva España, escrita por
Bernardino de Sahagún y fundada en la documentación en lengua
mexicana recogida por los naturales (5 vols., 1956).
Fray Bernardino de Sahagún puede
considerarse como el máximo investigador de todo lo que atañe a la
cultura nahua, dedicando toda su vida a la recopilación y posterior
escritura de las costumbres, modos, lugares, maneras, dioses,
lenguaje, ciencia, arte, alimentación, organización social, etc.,
de los llamados mexicas.
Quizá el valor más importante
de su obra es que las fuentes de su información fueron directas, es
decir, de la propia boca de los indígenas que, tanto a él como a
sus alumnos, relataron y confirmaron todo lo referente a su cultura.
El método de Fray Bernardino fue totalmente científico, además de
haber escrito su obra en tres lenguas: latín, castellano y náhuatl.
Sin las investigaciones de Sahagún
habríamos perdido gran parte de nuestra herencia cultural.
Enciclopedia Franciscana
(Indice)
Juan
de Zumárraga (1475-1548)
Fray Juan de Zumárraga nació en
Durango (Vizcaya, España) en 1475/76, y murió en Méjico en 1548.
Primer obispo de Méjico. Ingresó en la Orden franciscana, y,
siendo guardián del convento del Abrojo (Valladolid), conoció a
Carlos I en 1527, quien, impresionado por su rigidez y caridad, le
envió de inquisidor al país vasco para unos procesos de brujería,
con fray Andrés de Olmos, que luego le acompañó a Méjico. Para
atender a las crecientes necesidades religiosas de Nueva España se
fundó el obispado de la capital (ya existía desde 1519, en teoría,
el de Santa María de los Remedios de Yucatán, establecido en 1526
en Tlaxcala y después en la Puebla de los Angeles). Presentó
Carlos I para el nuevo obispado a Zumárraga (diciembre 1527), quien
aceptó tras resistirlo; siendo también nombrado protector de los
indios. Sin consagrarse partió a su sede, adonde llegó a fines de
1528. Cortés estaba entonces en España. Llegó con la primera
Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán, cuyo régimen fue el
colmo del desorden, la tiranía, abusos de todo género, concusiones,
robos y crímenes.
Los primeros tiempos de la prelacía
de Zumárraga fueron amargos para él y duros de sobrellevar, pues
estuvo en conflicto casi permanente con los tiranuelos de la
Audiencia, que contaban con la autoridad legal, la fuerza y el apoyo
de los dominios, en tanto que Zumárraga, aunque apoyado por su
Orden, no era más que obispo electo, y la vaguedad de su cargo de
protector le impedía actuar con eficacia en favor de los oprimidos
indios. Abundaron los incidentes, por la violencia de los oidores y
la resistencia de Zumárraga, que, sin embargo, procuró no extremar
la severidad. En 1529, burlando la vigilancia de la Audiencia, logró
enviar a España una dura requisitoria.
Ante la noticia del regreso de
Cortés, triunfante en la corte, de quien eran enemigos acérrimos
los oidores, se ausentó Guzmán a Nueva Galicia; pero los otros
continuaron sus abusos hasta la llegada de la segunda Audiencia
(1531), presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, que había de
ser totalmente contraria a la primera, por su virtud y rectitud. En
1530 había tenido Zumárraga un choque más fuerte con la primera,
a consecuencia del cual puso en entredicho a Méjico y excomulgó a
los oidores, que no se sometieron, sin embargo. En 1532 una junta de
autoridades superiores convocada por Fuenleal, a que asistió Zumárraga,
acordó poner en vigor las medidas favorables a los indios y las
relativas a su conversión. Zumárraga por su tenaz celo frente a la
primera Audiencia, sufrió, no obstante, una reprensión del
Gobierno español, que sufrió humildemente, disponiéndose que
obedeciera a la Audiencia y no suscitara conflictos, y recibió
orden de comparecer en la Península, donde el ex oidor Delgadillo
intentó acusarle. Su tarea había sido muy difícil: establecer una
nueva Iglesia a base de dos razas distintas en todo; proteger y
convertir a la una y contener a la otra; evitar la rivalidad entre
las órdenes religiosas; formar un clero secular y no tropezar con
el poder civil, lo que no pudo conseguir y no por culpa suya,
dimanando su actitud y persecuciones de su celo y del afán de
proteger a los indios, y de poner un freno a los abusos, con lo que
evitó rebeliones de aquéllos o de los españoles.
Bulas de 1530 erigieron canónicamente
el obispado y Zumárraga se consagró en Valladolid (1533). Publicó
una exhortación para que acudieran misioneros a Méjico y pidió al
Consejo el envío de religiosos, sin conseguir ninguno; en cambio,
llevó a su regreso (1534), en tres buques, familias de artesanos y
maestras para las niñas indias. Consiguió la confirmación de la cédula
de 1530 que prohibía terminantemente toda esclavitud de los indios
y medidas para la moderación de sus tributos. Siendo inútil el
cargo de protector, por la rectitud de la segunda Audiencia y
carencia de contenido definido, se suprimió, pasando a ésta
(1534).
En adelante, en paz con el poder
civil, se consagró Zumárraga íntegramente a su labor apostólica,
paralela a la gubernamental efectuada por el primer virrey Antonio
de Mendoza (1535-1550). La validez de los bautismos colectivos, que
realizaban los frailes, fue reconocida por el papa Paulo III en
1537, pero ordenando que, en lo sucesivo, se guardasen todas las
ceremonias, lo que fue regulado en una junta de prelados de 1539 (ya
existían, además, los de Oajaca, Michoacán y Guatemala), con
medidas restrictivas, que ocasionaron descontento en los
franciscanos, partidarios de facilitar el bautismo, y el padre
Motolinía prescindió de trabas; también reguló la junta la
cuestión de los matrimonios indios, al suprimirse la poligamia,
resolviendo el Papa que, en general, fuera conservada la primera
mujer. Problema que nunca pudo resolver Zumárraga fue el de la
creación del clero secular, pues tenía que apoyarse necesariamente
en las órdenes religiosas, dotadas de un celo excepcional para la
conversión, pero muy exentas de su autoridad por los enormes
privilegios que les había concedido Adriano VI en la bula llamada Omnimoda
(1521), confirmada por Paulo III (1535), que les traspasaba casi íntegra
la autoridad apostólica para facilitar la labor evangélica,
privilegios e independencia a que no querían renunciar. En 1537 se
había verificado otra junta, de la que salió una carta a Carlos V,
en que le pedían ayuda para reducir a los indios a vivir en pueblos
y evitar su dispersión; el envío de clérigos virtuosos y de
frailes, pero disminuyendo sus privilegios; mayor autoridad
episcopal; construcción de la catedral; fomento de la colonización
blanca, y enseñanza de artes y oficios a los indios, peticiones que
atendió Carlos en su mayoría. En la junta de 1539 se acordó
permitir la colación de órdenes menores a indios aventajados, pero
siguió por entonces su rigurosa exclusión del sacerdocio y aún
del monacato. La Iglesia mejicana era pobre, y de los diezmos
estaban exentos los indios, apoyados en esto por los frailes; Zumárraga
se esforzó en extenderlos discretamente.
En 1535 fue nombrado inquisidor
con plenas facultades, pero no llegó a organizar entonces el
tribunal ni a usar de tal jurisdicción, aunque actuó contra Carlos
Ometochtzin, señor de Texcoco, por idolatría y, al parecer,
sacrificios humanos, procesándole y haciéndole quemar, pero fue
reprendido por el inquisidor general, por ser los indios nuevos en
la fe. Se ha acusado a Zumárraga de vandalismo y de haber hecho
destruir los monumentos y documentos de la antigua cultura mejicana,
en especial los archivos reales de Texcoco, y esta mala fama pesa
sobre él, a partir del padre Torquemada (1615), y el historiador
indio Ixtlilxochitl (siglo XVII), enconada por autores modernos que
le atribuyen gigantescos autos de fe de bibliotecas aztecas; le ha
vindicado J. García Icazbalceta (Biografía de D. Fr. Juan de
Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de Méjico, Méjico,
1881; Madrid, 1929), demostrando que los archivos de Texcoco fueron
destruidos por los tlaxcaltecas al tomar con Cortés la ciudad, en
1520; que la destrucción de templos e ídolos fue llevada siempre
con empeño por los religiosos y conquistadores e impulsada por
orden de Carlos V (1538), para acabar con la idolatría, en lo que
participó, más o menos, Zumárraga, movido por su celo, y que no
hay pruebas de un sistemático vandalismo en él contra los
manuscritos, muchos ya víctimas de lo dicho y de las guerras.
En 1544, con hostil ambiente,
llegó el visitador e inquisidor Francisco Tello de Sandoval, para
poner en ejecución las Nuevas Leyes de 1542, que suprimían las
encomiendas hereditarias y se anulaban en lo sucesivo y se quitaban
a las corporaciones, funcionarios y a otros muchos. El descontento
entre los pobladores españoles fue enorme, y, asesorado por Mendoza
y Zumárraga, acordó Sandoval suspenderlas en parte, en tanto se
hacían gestiones en la corte; ante los inconvenientes que se oponían
a la plena libertad de los indios, accedió Carlos V, en 1546, a que
fueran hereditarias las encomiendas y a que se hiciera un
repartimiento general, no llevado a cabo por órdenes reservadas.
Convocó Sandoval otra junta de prelados, jefes de órdenes y
varones piadosos (1546), a la que asistió Las Casas, a la sazón
obispo de Chiapa, quien impuso su parecer de reconocer a los reyes y
señores indígenas su pleno derecho a su soberanía, aunque fueran
paganos, la injusticia de toda guerra hecha a los indios, la
evangelización como única justificación de los reyes españoles
para la acción americana, pero sin derecho a conquista y con todas
las obligaciones inherentes a la conversión; hubo de tolerar el
virrey otra junta privada de Las Casas, sin los obispos, en que
condenó la esclavitud y el servicio personal de los indios. Las
conclusiones fueron teóricas e ineficaces, pues equivalían a
condenar la conquista, a anular la colonización española y a
exponer un ideal de reinos indígenas independientes regidos por los
misioneros. Lo único eficaz fue el encargo hecho a Zumárraga de la
redacción de un catecismo para los indios, al que se dedicó
activamente, a pesar de su edad.
En 1546, Paulo III elevó a
metropolitana la sede de Méjico y nombró a Zumárraga por su
primer arzobispo (8 de julio de 1548), bula que no le llegó ya,
aunque la humildad le había hecho vacilar en aceptar el nuevo
cargo, pues murió el 3 de junio de 1548. El primer prelado de Méjico
fue un pastor ejemplar por su celo, su ardiente amor a los indios,
sus esfuerzos por la propagación de la fe entre ellos, su caridad,
manifestada durante la terrible epidemia de 1545, su afán por el
bienestar del país, el aumento de la inmigración, la introducción
de nuevos cultivos, la difusión de la seda y la traída de
artesanos, habiendo demostrado superiores dotes de estadista, a
pesar de su formación claustral. Es una de las figuras más
eminentes de la historia mejicana. Fundó un hospital para
enfermedades contagiosas, y el célebre colegio de Santa Cruz de
Tlatelolco (1536) para niños indios dotados, donde hubo un magnífico
elenco de profesores -franciscanos-, y que dio, durante algún
tiempo, excelentes resultados, demostrativos de la capacidad de los
indios para adquirir la cultura europea y clásica, contra los
enemigos de que se les educara; por desgracia, luego decayó el
interés, y reducido a simple escuela, languideció hasta fines del
siglo XVIII.
Por iniciativa suya se introdujo
la imprenta, trayendo al impresor Juan Cromberger, que se estrenó
en 1539 con la Breve y más compendiosa doctrina christiana en
lengua mexicana y castellana. En 1544 publicó Zumárraga como
suya la Doctrina breve, muy provechosa de las cosas que
pertenecen a la fe católica..., que luego fue prohibida
temporalmente, porque, no obstante su ortodoxia, era, en realidad,
una plagio de la Summa de doctrina christiana del
protestante Constantino Ponce de la Fuente, no conocido entonces
todavía por tal. Publicó otra Doctrina cristiana (1545), Regla
christiana (1547), e hizo publicar catecismos en nahua para los
indios (cf. P. Mariano Cuevas, Historia de la Iglesia en México,
I, México, 1921, y Robert Ricard, La "Conquête
Spirituelle" de Mexique, París, 1933).
Ramón Esquerra
(Indice)
Bartolomé
de Las Casas (1474-1564)
- Sacerdote sevillano, después religioso dominico, defensor
de la libertad de los indios americanos, propugnador con las
Leyes Nuevas de Indias de la institucionalización de un régimen
político cristiano y de la predicación pacífica del
Evangelio; obispo de Chiapas, polemista y tratadista.
l. Vida. Primeros años. En
1474 y en Sevilla, probablemente en agosto, n. L. C., hijo de
Pedro de Las Casas, natural de Tarifa, de linaje de conversos,
segoviano el paterno y sevillano el materno, y de Isabel de
Sosa, sevillana de cristianos viejos avecindados en la calle
de la Fruta y dueños de una tahona. En 1485, ingresa en la
escuela catedralicia de los seises, dirigida por su tío
paterno el canónigo Luis de Peñalosa, donde estudia primeras
letras para ser cantor en el coro. En abril de 1493 presencia
el regreso de Colón de su primer viaje; en julio y agosto,
asiste a los preparativos del segundo viaje y al solemne
juramento de obediencia de los expedicionarios, entre los que
se hallan su padre y los hermanos de éste: Francisco, Diego y
Gabriel de Peñalosa. Queda L. C. en Sevilla, donde un año
después frecuenta la academia latina catedralicia que dirigía
Antonio de Nebrija.
En 1497, incorporado a las
milicias concejiles sevillanas, marcha a Granada. En 1498, su
padre, de regreso de las Indias, le regala un joven indio,
donado por Colón como esclavo, que le acompaña como paje
poco más de un año, hasta ser devuelto a las Indias por
Francisco de Bobadilla, en cumplimiento de la Real Cédula de
20 jun. 1500. En 1501, para poder aspirar a una plaza de
doctrinero de indios, recibe en Sevilla la primera tonsura y
tal vez órdenes menores, y embarca con su padre, arruinado,
en la expedición de Nicolás de Ovando. El 13 feb. 1502 sale
de Sanlúcar, y llega a Santo Domingo de La Española el 15 de
abril, sorprendiéndole el contento de los colonos por haberse
encontrado una gruesa pepita de oro, y estar los indios
alzados, lo que facilitaba su esclavización. Hasta 1505, L.
C. actúa como soldado en las campañas de Ovando en Bainua e
Higüey, cuyas incidencias relata, y al final de las cuales
Pedro de Las Casas y Gabriel de Peñalosa obtienen un
repartimiento de indios en Higüey que conservaron hasta 1515.
En octubre de 1506, L. C.
embarca para Sevilla, y pasan después a Roma. Recibe, más
tarde, las órdenes mayores y regresa a Indias en 1508,
obteniendo a la llegada del nuevo virrey Diego Colón un
repartimiento de indios en Cibao, donde tiene plantaciones de
cazabe y logra sacar oro. En 1512, predicaba y evangelizaba a
los indios de La Concepción, corte virreinal, y allí escucha
el sermón de fray Pedro de Córdoba. En 1513, celebra su
primera Misa, y, poco después, pasa como capellán castrense
a Cuba con Pánfilo de Narváez, ayudando a pacificar a los
indios hasta que se separa de aquél después de la matanza de
Caonao. Obtiene luego del gobernador Diego Velázquez un
repartimiento cerca de Xagua, a orillas del Arimao, que con su
consocio Pedro de Rentería hace prosperar, consiguiendo pingües
ganancias hasta que, en junio de 1514, después de meditar el
texto del Eclesiastés sobre la limpieza de las ofrendas al Señor,
renuncia ante Diego Velázquez a aquél; predica en
Sancti-Spiritus y, en compañía de cuatro misioneros
dominicos, marcha a La Española, visitando a fray Pedro de Córdoba
en junio de 1515 y recibiendo de éste ánimo y consejos para
marchar a la corte a defender ante el rey Fernando el Católico
los derechos de los indios, a cuyo efecto le da cartas de
recomendación para fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla.
Gestiones en las cortes de
Fernando el Católico y Carlos I. En 1515 desembarca en
Sevilla con fray Ambrosio de Montesinos, visita a Deza, quien
le envía a fray Tomás de Matienzo, confesor del rey, y en
Plasencia es recibido por éste, que, muy enfermo, aplaza su
contestación hasta llegar a Sevilla. En ésta, le reciben el
obispo Fonseca, encargado por el rey de los asuntos de Indias,
que le despide abruptamente tratándole de necio, y el
secretario Lope Conchillos, que intenta hacerle desistir de su
campaña en favor de los indios, ofreciéndole mercedes (23 a
29 de diciembre). En febrero de 1516, se entera en Sevilla,
donde esperaba al rey, de la muerte de éste y, decidido a
visitar en Flandes a su heredero el príncipe Carlos, marcha a
Madrid, donde encuentra a los dos gobernadores del reino, el
card. Cisneros, arzobispo de Toledo, y Adriano de Utrecht,
maestro y embajador de Carlos; presenta a este último su
primer Memorial latino hoy perdido y, ante su buena acogida,
tres Memoriales en castellano dirigidos a ambos sobre los
agravios (marzo) que sufrían los indios,los remedios (abril)
para evitarlos y las denuncias (mayo) de los funcionarios
reales en Castilla e Indias.
Desde junio a septiembre,
colabora activamente en la preparación del plan para la
reforma de las Indias, formando parte de la comisión
encargada de ello por Cisneros, redactando la ponencia,
interviniendo en su discusión (julio), gestionando el
nombramiento de los comisarios jerónimos (agosto), y
recibiendo, por los regentes, el nombramiento de procurador y
protector de los indios (Real Cédula de 17 sept. 1516). Tras
perder dos meses en Sevilla por la mala voluntad de los
oficiales de la casa de Contratación Juan de Recalde y Sancho
de Matienzo, cómplices de los encomenderos que le
indispusieron con los comisarios Figueroa, Manzanedo y Santo
Domingo y le impidieron embarcar con ellos en la San Juan,
zarpó en la Trinidad desde Sanlúcar (11 de noviembre) no
llegando a Santo Domingo (2 en. 1517), sino nueve días después
de aquéllos, cuando estaban ya de acuerdo con los
funcionarios prevaricadores.
En 1517, durante los, primeros
cinco meses, L. C. eficazmente ayudado por el juez de
residencia Alonso de Zuazo, los dominicos y los franciscanos
reformados picardos, luchó denodadamente para evitar las
maniobras de los jerónimos tendentes a que continuara aquel
estado de cosas, ya que los explotadores de los indios
siguieron impunes; para ello los jerónimos redactaron el
Interrogatorio jeronimita (abril), donde algunos colonos
testificaron la imposibilidad de favorecer a los indios. Al
fracasar L. C. en su empeño salió el 28 de mayo para
reclamar el auxilio de Cisneros y, si preciso fuera, el del
rey. Pero al llegar a Aranda de Duero (julio) encontró a aquél
muy enfermo. Desprovisto del favor real, se trasladó a
Valladolid, en cuyo Colegio dominico de S. Gregorio se dedicó
al estudio de los problemas jurídicos planteados por la
triste situación de los indios, lo que le permitió una vez
llegado el rey, que su colaborador fray Reginaldo Montesinos
presentara y leyera, en la sesión real del pleno solemne del
Consejo de las Indias y como procurador de los indios, un
Memorial (13 de diciembre) que, acogido excelentemente por el
canciller flamenco lean Le Sauvage y sus amigos humanistas, le
abrió el acceso a la corte y le permitió replicar
victoriosamente a los tendenciosos informes del contador
Recalde, del obispo Fonseca y de los indianos encabezados por
Gil González Dávila (enero de 1518).
Sauvagz (20 de marzo) le encargó
que redactara un proyecto de reforma de la legislación
vigente que, por haber caído enfermo en Aranda, no pudo
presentar al canciller sino en Calatayud (mayo), siguiendo con
la corte a Zaragoza, donde nuevamente se frustraron sus
esperanzas por la muerte del canciller. Tras su muerte (7 de
junio) recuperaron el poder, cohechando a Xebres, Fonseca y
sus amigos, y L. C. pasó el resto del año de 1518 en
Zaragoza, instando en vano diversos proyectos de reforma,
obteniendo al fin (septiembre) que le autorizaran la recluta
de campesinos castellanos para emigrar a Indias donde se
asociarían con los indios; pero iniciada la recluta con éxito
fracasó por la traición del auxiliar Luis de Berrio, hechura
de Cobos, y la oposición radical de algunos nobles
castellanos como el condestable Velasco, que no querían verse
privados de explotar a sus vasallos labriegos (diciembre).
Nuevas gestiones. Apoyo de
Gattinara. En 1519, L. C. fue a Barcelona con la corte, y logró
el apoyo de los predicadores reales (Salamanca, La Fuente, los
hermanos Coronel, Garcés, Vázquez) para sus proyectos en
favor de los indígenas americanos, a lo que se opusieron
Fonseca y Cobos, pero que favoreció el nuevo canciller
Gattinara. Una primera propuesta (junio), en colaboración con
los hermanos Diego y Hernando Colón, fracasó por las
ambiciones políticas de éste, que reclamaba en feudo toda la
costa de Tierra Firme; pero otro, limitada a la costa de
Venezuela y Colombia, logró, en ausencia de Fonseca (octubre),
y gracias a Gattinara, la aprobación de García de Padilla,
sustituto de aquél (noviembre), aunque no llegó a formularse
por el viaje de la corte hacia Castilla.
En 1520, L. C. se unió a la
corte en Valladolid, donde (marzo) contempló los tesoros
enviados por Cortés y presenció el motín que hizo huir al
rey hacia Simancas; siguió a éste hasta Santiago de
Compostela, en cuya población asistió a las Cortes (abril),
y después a La Coruña, donde eficazmente apoyado por Adriano
y Gattinara obtuvo, en vísperas de partir el rey para Flandes
(20 de mayo), el asiento y capitulación para la población
pacífica de la costa de Cumaná, cuyos decretos
instrumentales fueron firmados por el gobernador-regente
Adriano en Valladolid (agosto). Se trasladó seguidamente a
Sevilla, agitada por la sublevación de Juan de Figueroa (19
de septiembre), lo que le impidió encontrar los 50 socios,
pacíficos pobladores, que esperaba reunir. Por ello, quienes
embarcaron con él eran rebeldes fugitivos, que desertaron en
Sanlúcar (noviembre) antes de zarpar (diciembre).
En 1521, al llegar a Puerto
Rico, desertó el resto de los fugitivos que habían embarcado
para las Indias; L. C., combatido por las autoridades
americanas (marzo), se vio obligado a concluir, en Santo
Domingo, un acuerdo (junio) que implicaba la captura y
esclavización de los indios rebelados en Cumaná. Marchó
luego a esta última población donde fue muy bien recibido
por los misioneros franciscanos, pero sañudamente combatido
por los soldados dé Ocampo y los perleros de Cubagua (noviembre).
Por ello tuvo que embarcar para Santo Domingo, y entonces su
segundo, Francisco de Soto, se dedicó a la captura de
esclavos, indisponiéndose con los indios. En 1522, L. C.,
perdido en el camino entre Yáquimo y Santo Domingo (marzo),
supo que su expedición en Cumaná había sido atacada y
destruida por los caribes con muerte de cuatro de sus
componentes; desengañado y arrepentido, y animado por los
dominicos Betanzos y Berlanga, decidió entrar en el convento
de Santo Domingo (diciembre), donde tras un año de noviciado
y restituir los fondos que le quedaban, profesó. De 1524 a
1527, estudió teología y cánones en la casa matriz
dominicana en La Española, hasta que sus instancias en contra
de las armadas para capturar indios movieron a las autoridades
a imponer a los superiores que le enviaran a Puerto de Plata.
La Historia de las Indias. De
1527 a 1530 fundó el convento de Puerto de Plata, predicó a
indios y cristianos y se dedicó a escribir su Historia de las
Indias, donde relata el descubrimiento, describe la isla Española
y narra los acontecimientos que presenciara desde 1502 en
adelante, aun cuando no la terminó como hoy la conocemos.
En 1530, la Audiencia, a uno de
cuyos oidores había privado de su herencia presunta por la
conversión de un tío suyo, le hizo prender recluyéndole en
el convento de Santo Domingo desde donde dirigió una carta al
Consejo de Indias en 1531, censurando los abusos de aquélla.
En 1532, marchó con Berlanga a México, siendo apresado por
los dominicos de este convento, y debiendo volver a Santo
Domingo, donde logró en marzo de 1534 traer en paz al
sublevado cacique Enriquillo, lo que, aplaudido por todos,
relató en carta al Consejo (30 de abril). En septiembre salió
para Panamá como acompañante de su nuevo obispo fray Tomás
de Berlanga, encargado de mediar entre Pizarro y Almagro. Pero
la nao en que L. C. partió para Perú fue empujada por una
tempestad, tras larga calma, a la costa de Nicaragua, trasladándose
L. C. a su capital Granada desde donde escribió al consejero
Bernal Díaz de
Luco (15 oct. 1535),
denunciando los horrores que había presenciado. En 1536, entró
en conflicto con el gobernador Rodrigo de Contreras, que quería
organizar la conquista del Desaguadero, y con el obispo Diego
Alvarez Ossorio, quienes formularon informaciones contra 61 (julio),
por lo que con sus compañeros Ladrada y Angulo abandonó
Nicaragua, dirigiéndose a Guatemala; pero llamado por el
obispo de Tlascala Garcés pasó a Oaxaca donde redactó su De
unico vocationes modo, base doctrinal con la que fray
Bernardino de Minaya, con cartas de la Emperatriz (5 de
octubre) logradas por Díaz de Luco, obtuvo en Roma del papa
Paulo III la bula Sublimis Deus (2 jun. 1537).
En 1537, L. C. fue bien acogido
en Guatemala por el obispo Marroquín, que le nombró su
vicario, y por el juez de residencia Alonso Maldonado con él
que firmó un convenio (2 de mayo) para la reducción pacífica
de los indios de Tuzulutlan, aprobado por el virrey de México
(6 feb. 1539) y por el Consejo de Indias (14 nov. 1540). Los
tratos con los indios se iniciaron desde Sacapulas, tratos que
prosiguieron Cáncer y Angulo, mientras L. C. y Ladradas
marchaban a España con cartas comendaticias de Marroquín (22
nov. 1539), Maldonado (16 de octubre), Alvarado (18 de
noviembre) y fray Juan de Zumárraga, obispo de México (17
abr. 1540), para reclutar nuevos misioneros a los cuales envió,
desde Sevilla, en enero de 1541, regresando a Madrid donde
esperó la contestación del Emperador a la carta que le
enviara con fray Jacobo de Testera (15 dic. 1540).
En 1542, llegado Carlos V, L.
C. le informó detenidamente de los abusos contra los indios y
de los cohechos de los consejeros de Indias y jerarcas en
ellas, logrando que tras la visita inspectora de aquél, se
prendiera al Dr. Beltrán, se destituyera al obispo de Lugo
Carvajal y se apartara al presidente card. Loaysa, nombrándose
nuevos visitadores para Indias encargados de hacer cumplir las
Nuevas Leyes dictadas en Barcelona (20 de noviembre),
complementadas, por sugestión de L. C., con las de Valladolid
(4 jun. 1543).
Obispo de Chiapas. Actuación
en México. En 1544, L. C., que había rechazado el riquísimo
obispado de Cuzco ofrecido por Cobos, aceptó el de Chiapas
para favorecer la evangelización de Tuzulutlan; y después de
ser consagrado en Sevilla (30 de marzo), marchó con 44 jóvenes
misioneros dominicos a Indias; a causa de atribuírsele las
Nuevas Leyes, fue muy mal recibido en Santo Domingo, donde en
diciembre embarcó para Honduras, camino de Chiapas. En 1545,
tras una agitada estancia en Yucatán y un accidentado viaje
por Tabasco, llegó a Chiapas, donde el 20 de marzo publicó
una pastoral ordenando la restitución de los bienes
extorsionados a los indios, disposición que sublevó a sus
diocesanos, por lo que L. C. hubo de refugiarse en las
misiones dominicas de Verapaz (junio), marchando a la
Audiencia de los Confines en Gracias a Dios para pedir auxilio
contra los revoltosos, sin conseguirlo (octubre), por lo que
tuvo que transigir dulcificando su pastoral. Ante la adversa
actitud del oidor Rogel y del visitador Tello de Sandoval (noviembre),
salió hacia México.
En 1546, partido en marzo de
Chiapas y mal recibido en Oaxaca (abril), llegó a México (junio),
donde logró la reunión de los obispos de Nueva España que
se aceptaran unas conclusiones en favor de los indios, con
gran indignación del cabildo de México y de los burócratas;
decidido a renunciar a su sede, vista la imposibilidad de
aplicar su doctrina en ella, delegó sus poderes episcopales
en el vicario Juan de Parera (noviembre) y marchó a Veracruz
(diciembre) con los dominicos Ladrada, Cáncer y Ferrer.
En 1547, habiendo salido de
Indias en enero, se quedó en las Azores y de allí pasó a
Lisboa hasta conocer la disposición del príncipe Felipe
hacia él (abril) y, al saberla favorable, entró por
Salamanca dirigiéndose a la corte, a la sazón en Aranda de
Duero, prosiguiendo en ella sus gestiones en pro de los indígenas
americanos.
Desde 1549, influyó
notablemente en la política del Consejo de Indias, logrando
se proveyesen con personas partidarias de sus ideas muchas
sedes indianas (Pedro de Angulo, Juan del Valle, Tomás de S.
Martín, etc.) y, finalmente, la de Chiapas (fray Tomás
Casillas), una vez aceptada por el Papa la renuncia presentada
el año anterior. En 1550, se inició la gran controversia con
Juan Ginés de Sepúlveda, defensor subvencionado de los
encomenderos mexicanos y autor del Democrates secundas, con
una primera sesión (julio a septiembre), donde L. C. refutó
en su extensa Apología las tesis contrarias, nombrando
relator la comisión a Domingo de Soto, quien resumió el
debate; presentada la ponencia en una segunda reunión (abril
de 1551), se dio la razón a L. C., ateniéndose a sus tesis
las sucesivas medidas legislativas del Consejo de Indias (octubre).
En mayo, obtuvo L. C. del Capítulo General dominico reunido
en Salamanca la erección de la nueva provincia de San Vicente
de Chiapas para aplicar sus tesis.
En 1552, ayudado por fray
Vicente de Las Casas, reclutó muchos misioneros para las
Indias, y fue a Sevilla (febrero) para preparar su despacho,
aprovechando su estancia en el convento dominico de S. Pablo,
donde estaba depositada la biblioteca de Hernando Colón, para
completar su Historia, y para imprimir sus ocho tratados,
llevando en septiembre a Sanlúcar ejemplares de los seis
primeros (Brevissima, Controversia, 30 Proposiciones,
Esclavitud, Encomiendas, Confesonario) para repartirlos entre
los misioneros, muchos de los cuales desertaron por el retraso,
desorden y abusos en la organización de la Armada. En 1553,
regresó a Sevilla e hizo imprimir (enero) el Tratado
comprobatorio y los Principia quaedam, resumen de su doctrina
política. En 1555, envió una larga CartaTratado para ayudar
al arzobispo Carranza en su lucha contra la perpetuidad de las
encomiendas. Entre 1556 y 1563, siguió defendiendo a los
indios; redactó sus últimos tratados sobre los Tesoros del
Perú y, en 1564, su testamento, dejando sus libros y papeles
al Colegio de S. Gregorio. En 1564 envió su memorial a Pío V
(marzo), y m. en la mañana del 18 de julio, protestando de su
buena fe en la defensa de los indios.
2. Doctrina y significación.
En las obras de L. C. antes citadas no existe cuerpo sistemático
de doctrina, sino que ésta la formula en distintas ocasiones,
está retocada no pocas veces y es de carácter
predominantemente monográfico. Pero espigando en ellas se
puede afirmar que su base la constituían las siguientes
afirmaciones cuya fecha mencionamos: valor supremo de la ley
divina (1539); autoridad interpretativa de S. Pablo (1539);
universalidad de la Iglesia (1529); primado de lo espiritual
(1553); finalidad del poder espiritual (1553); racionalidad,
libertad y sociabilidad del hombre (1553); perfectibilidad del
género humano (1530); igualdad de todos los pueblos (1530);
intangibilidad y tutela debida a los derechos personales
(1552); origen de la jurisdicción y su fundamentación en el
bien común (1553), en la justicia y en la paz (1552); título
del poder político, despotismo y tiranía (1564); función
activa de la caridad (1531); deberes misioneros de los
castellanos en Indias (1532) y requisitos precisos en los
evangelizadores (1529); obligación de restituir lo
extorsionado por los encomenderos, conquistadores (1517) y
gobernantes, incluidos los consejeros de Indias (1531) y los
eclesiásticos enriquecidos, mientras los indios permanecen en
la pobreza (1566).
Los últimos estudios críticos
y las nuevas aportaciones documentales han fallado a favor de
L. C. la polémica provocada por mal entendidos triunfalismos
y nacionalismos, favorecidos por el difícil enfoque del
periodo histórico entre el Renacimiento y la Contrarreforma
en que le tocó vivir, cuyas implicaciones le valieron
opuestas calificaciones desde la de teócrata medieval a
revolucionario modernista. Hoy todos (Hanke, Bataillon,
Chaunun, Friede, O'Gorman, Comas, Salas y Madariaga) coinciden
en que L. C. no fue sólo creyente como sus contemporáneos,
sino también practicante de la doctrina cristiana, aplicó la
formulación aristotélico-tomista, con criterio renacentista,
a los hechos y problemas nuevos planteados por el
descubrimiento e institucionalización de la sociedad
hispanoindiana, abrazó la causa justa de los colonizados y
dio un ejemplo inmarcesible de cuál debe de ser la actitud
del intelectual sinceramente cristiano abrumado por
circunstancias históricas adversas a la realización de su
ideal sobre la justa convivencia social con sus prójimos de
toda índole.
- M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Vasco de
Quiroga (1478-1565)
Entre las figuras más importantes del periodo colonial en el
virreinato de Nueva
España destaca Vasco de Quiroga. En 1530 será nombrado por
Carlos I oidor de la audiencia de México donde tomó conciencia de
los sufrimientos a los que se estaba sometiendo a la población indígena.
Pronto reaccionó y planteó una solución: la fundación de los
pueblos-hospitales, donde se asistiera a los enfermos y necesitados,
se pusiera en marcha la educación de los indígenas y la
evangelización, realizándose el trabajo en común y repartiéndose
equitativamente los bienes. Esta idea fue rápidamente planteada a don
Carlos y aceptada. Dos años más tarde se fundaba el Hospital
de Santa Fe, junto a la ciudad de México. La siguiente misión de
Quiroga será la pacificación de los indios tarascos en Michoacán,
donde fundaría el hospital de Santa Fe de la Laguna en 1533. La
Real Cédula de 1534 por la que se permitía la esclavitud de los
indios será impugnada un año después al publicar su "Información
en derecho", obra fundamental en la búsqueda de la justicia en
América. En 1536 Quiroga era nombrado obispo de Michoacán,
fundando el colegio de San Nicolás en Pázcuaro, lugar en el que
los jóvenes indios y españoles convivirían, aprenderían latín y
las lenguas nativas, siendo la enseñanza gratuita y la vida
comunitaria. Este foco de enseñanza permitió que los sacerdotes y
religiosos salidos de San Nicolás evangelizaran en lengua indígena.
Esta importante labor -junto a la fundación de curatos y pueblos de
indios- le valió a Vasco de Quiroga el sobrenombre de "Tata
Vasco" entre los indígenas. Falleció mientras hacía su
visita canóniga.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
San
Francisco Javier (1506-1552)
- Misionero jesuita, uno de los primeros
miembros de la Compañía de Jesús. Patrono y protector de
las misiones católicas.
N. en el castillo de Javier,
donde vivía su familia con unos pocos servidores, en la
provincia española de Navarra, el 7 ag. 1506, hijo de Juan de
Jasu y de María de Azpilcueta. M. en la isla de Sancián, a
las puertas de China, el 3 dic. 1552, a los 46 años de edad.
Después de sus primeros estudios, marchó a la Univ. de París
en 1525 para cursar estudios de Filosofía. Se alojó en el
Colegio de S. Bárbara, donde conoció y entabló amistad con
Ignacio de Loyola (v.), que le enroló entre los compañeros
con los que había de fundar la futura Compañía de Jesús.
F. se le entregó totalmente, sobre todo después del mes de
ejercicios espirituales que le dio el mismo Ignacio y con los
demás compañeros hizo los votos en privado en la misma
ciudad del Sena en 1534 (v. JESUITAS). El acto de los votos
tuvo lugar en la capilla de los mártires de Montmartre. Se
comprometían a hacer una peregrinación a Tierra Santa y a
consagrarse a la vida apostólica en pobreza y en castidad.
De París marcharon a Italia, y
F. J. estuvo en Venecia en 1537; mientras esperaban las naves
para el viaje a Palestina, se dedicó al servicio de los
enfermos en los hospitales de la ciudad. El 24 jun. 1537 recibía
la ordenación sacerdotal, y celebraba en Vicenza su primera
Misa. Luego una temporada en Bolonia dedicado al ministerio
sacerdotal, y en Roma, donde en 1539 toma parte con los demás
compañeros en la fundación de la Compañía de Jesús. Por
entonces, el rey de Portugal, Juan III, conocedor de los
planes y compañeros de Ignacio, pedía al fundador que le
concediera seis de sus religiosos para sus misiones de la
India. Fueron designados dos, Nicolás de Bobadilla y el
portugués Simón Rodríguez. Pero encontrándose enfermo
Bobadilla, fue sustituido por F. J. Llegaron a Lisboa en junio
de 1540, y después de un año de permanencia en Portugal salió
él solo hacia la India el 7 abr. 1541, sin su compañero Simón
Rodríguez, que quedó en Lisboa por mandato del rey. Llevaba
el nombramiento de legado pontificio para todas las tierras
situadas al E del cabo de las Tormentas, luego llamado de
Buena Esperanza.
Más de un año duró la
circunnavegación a lo largo de las costas africanas, en las
que pudo ejercer algunos ministerios sacerdotales en sus
puntos de arribada, particularmente en la isla de Madagascar y
en Mombasa; luego fueron ya directamente a Goa, capital
portuguesa de las posesiones lusitanas de Ultramar, y llegaron
a ella el 5 mayo 1542. F. J. se dedicó sobre todo, después
de haber presentado sus credenciales y sus servicios al obispo
de la ciudad, al cuidado espiritual de la colonia portuguesa,
sin abandonar por ello el ministerio con los paganos, que se
intentaba convertir. Sobresalió por su dedicación a los
enfermos en los hospitales, y a los prisioneros de guerra y
encarcelados; y muy, particularmente por sus catequesis a los
niños, a los que reunía por las calles al sonido de una
campanilla, para enseñarles la doctrina cristiana (V. CATECÚMENO
I, 2). Ya en septiembre del mismo año hizo un primer viaje a
la zona sur de la península, por sugerencia del gobernador,
pues se esperaba, con razón, un abundante fruto de
conversiones, sobre todo en la llamada costa de la Pesquería.
Los bautismos se habían conferido a no pocos nativos, sin la
debida preparación. Era una laguna que ahora le tocaba llenar
al propio F. J., aunque él por su parte también se dejara
llevar de una prisa prematura ante el número ingente de
paganos que pedían su entrada en el cristianismo. Con la
ayuda de intérpretes consiguió traducir a su lengua las
principales oraciones cristianas, con los artículos más
indispensables de la fe. Aquí ejercitó las auténticas
cualidades y virtudes del misionero, corriendo de pueblo en
pueblo, siempre a pie, haciendo el oficio de predicador, de
maestro, de juez en los altercados de la gente, de defensor de
la justicia frente a las injusticias de unos y otros, sobre
todo de los colonos y de los reyezuelos. Allí comenzó
justamente su bien merecida fama de santo y de taumaturgo. Dos
años se detuvo en la costa de la Pesquería trabajando entre
sus queridos paravas; hasta hizo una visita a la cercana isla
de Manar, en las costas de Ceilán, donde habían tenido lugar
los primeros martirios de cristianos. Luego regresó al
continente, a la Pesquería y Travancore, donde multiplicaba
los bautismos, hasta el punto de que, como escribía él mismo,
se le cansaban los brazos de tanto bautizar, y se le resecaba
la lengua de tanto proferir las palabras rituales del
Sacramento.
Regresa a Goa y comienza sus
viajes ya ininterrumpidos, buscando siempre nuevos campos de
apostolado para sí y para los compañeros que S. Ignacio iba
enviándole ininterrumpidamente desde Europa. Se detuvo cuatro
meses en Malaca, ciudad clave en la región de los estrechos,
y emporio comercial y político portugués; de allí pasó a
las llamadas islas Molucas, en la Indonesia actual, visitando
en concreto la isla de Amboino y Ternate, posesión extrema
del dominio colonial portugués, en las cercanías ya de la
gran isla de Nueva Guinea. En esta ocasión hay que colocar su
visita a las célebres islas del Moro, con peligro de la
propia vida, a causa de la ferocidad de sus habitantes: eran
las actuales islas de Halmahera, Rau y Morotai. Tres meses se
detuvo con ellos, con poco fruto desde el punto de vista de la
conversión, pero con tal abundancia de consuelos espirituales
internos, que le traían continuamente anegado en lágrimas.
Regresa a Ternate, y de allí nuevamente a Malaca, en
diciembre de 1547, donde se entera de las favorables
condiciones del Japón para ser evangelizado. A Malaca
llegaban japoneses en plan de comercio; y en la ciudad se
aglomeraban mercaderes portugueses que habían tocado ya con
sus naves las costas del país del Sol Naciente. Entró
particularmente en contacto con un joven japonés, de nombre
Anjiro, al que pudo conferir muy poco después el bautismo. En
1548 salía de Malaca camino del Japón, y el 15 ag. 1549,
desembarcaba en Kagoshima, la patria chica de Anjiro. Le
acompañaban el coadjutor Juan Fernández y el P. Cosme de
Torres, español, recientemente recibido en la Compañía de
Jesús por el santo, en la misma India.
Comenzó con la evangelización
de los paisanos de Kagoshima; pero sus planes apostólicos
eran mucho más ambiciosos: ponerse en contacto con los
daymios o gobernadores de los diversos Estados japoneses, y
con el mismo emperador del Japón. Es de notar que en su
apostolado era ayudado por los mercaderes portugueses, que le
colmaban de honores, con el fin de llamar así la atención
del mundo japonés, en favor del misionero. Bajo su dirección
y su entrega total comenzaban a florecer las primeras
cristiandades japonesas. Lástima que asuntos urgentes de la
India reclamaran su presencia en Goa, viéndose obligado a
abandonar el Japón en el invierno de 1551. Y como había oído
a los japoneses que su cultura provenía propiamente de China,
comenzaba ahora a madurar un nuevo plan, la evangelización de
la propia China. Existía la dificultad de que estaba
rigurosamente prohibida la entrada a todo extranjero. No
obstante, F. J. se puso en camino; pero había llegado el
tiempo de la recompensa definitiva, y enfermo de pulmonía, m.
en la isla de Sancián, a las puertas mismas de la ciudad
china de Cantón, en la mañana del 3 dic. 1552. Sus restos
mortales fueron trasladados poco después a Goa, donde desde
un principio comenzó su culto y veneración. Beatificado por
Paulo V el 25 oct. 1619, y canonizado por Gregorio XV el 12
mar. 1622, año de la fundación de Propaganda Fide. De ella
sería declarado más adelante patrono principal, así como de
todas las misiones de la Iglesia.
- A. SANTOS HERNÁNDEZ.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Diego
de Landa (1524-1579)
Fray Diego de Landa Calderón
nació en Cifuentes
(en la Alcarria de
Guadalajara) el 12 de noviembre de 1524. Poco se sabe de su infancia.
A los 16 o 17 años llega al convento de San Juán de los Reyes de
Toledo y profesa en la orden franciscana . Posiblemente allí se
convirtió en un obstinado defensor de la fe católica. En 1547
acompaña con otros cinco sacerdotes a Nicolás de Albalate cuando
éste regresa a Yucatán. En 1549 llega a Yucatán y es nombrado
ayudante del guardián de Izamál. En 1552 es nombrado guardián y
se le encarga construir un convento que sustituya a las chozas en
que habitaban los franciscanos. En 1556 era custorio del Yucatán y
primer definidor de la Provincia dentro de la orden franciscana.
Cuando Yucatán y Guatemala formaron una sola provincia, fray Diego
fue nombrado Provincial de la misma en 1561. Se le tenía por hombre
virtuoso y prudente.
Los frailes educaban a los indígenas e intentaban evitar su
maltrato. Los encomenderos se quejaban de que por aprender la
doctrina cristiana, los indios tenían desatendido su trabajo. Hubo
conflicto y los españoles dejaron de asistir a los oficios sagrados
y quemaron pos dos veces el templo y cenobio de Valladolid. Para
solucionar el conflicto fue enviado en 1552 Tomás López Medel
(natural de Tendilla y a quien podemos encontrar entre los alcarreños
ilustres, autor de un Tratado de los tres
elementos, aire, agua y tierra) . No hubo demasiado éxito y
en 1560 llegaría otro visitador. Incorporado en 1560 el Yucatán a
la Audiencia de México, llegaría nuevo Alcalde y Justicia Mayor,
y, en 1562, fray Francisco Toral, primer obispo en el Yucatán.
A pesar de las campañas de conversión la antigua religión de los
mayas no había desaparecido, solo estaba escondida y Landa ya
citaba (y reprobaba) en 1558 esta situación que se desataría en
1562 cuando Landa llega a Maní y constituye un tribunal religioso
al que pronto convierte en Inquisición ordinaria. Los
interrogatorios a los indios condujeron al decomiso de sus imágenes
y piedras sagradas. Al menos seis indios huyeron a la selva y allí
se ahorcaron antes que confesar la localización de las imágenes
que ellos protegían. Tras el interrogatorio y tortura se realizó
un gran Auto de Fé en Maní el 12 de julio de 1562 en que Landa
hizo quemar unos 5000 ídolos y objetos sagrados. Algunos indios (por
su cultura) no pudieron soportar el serles cortado el pelo y vestida
la coroza y se suicidaron posteriormente. Quien luego escribiría la
obra más importante sobre la cultura maya, fue el principal artífice
de la destrucción de parte de ella.
Estos hechos así como la animadversión anterior hacia el
provincial franciscano hieron que se le empezara proceso, apelando
Landa a la Audiencia de Nueva España (México). Como el obispo
Toral escribiera a Felipe II, Landa cretó conveniente para su
defensa marchar a España en 1563. Tras visitar en Barcelona al
General de los Franciscanos, y apoyándose en unas Breves papales
que permitían a los provinciales en América actuar como
inquisidores, Landa sería absuelto a pesar que el obispo Toral
dijera respecto a su actuación con los indígenas que "en
lugar de darles a conocer a Dios les han hecho desesperar".
Marchó a Guadalajara, luego a Toledo siendo maestro de novicios en
San Juan de Dios. Parece que allií escribiera en 1566 su Relación
de Cosas Notables de Yucatán para ser empleada en su defensa.
Estuvo una temporada en Cifuentes en 1568, y estando en el
monasterio de San Juan de la Cabrera fue nombrado Obispo de Mérida
en el Yucatán sustituyendo a Toral. Embarca en 1572 en Sevilla y se
lleva una copia de su manuscrito. Aunque indígenas y españoles tenían
cierta prevencion de su llegada, no tuvo nuevos encontronazos ni con
los encomenderos ni con los indígenas, aunque llegara a excomulgar
el gobernador de Mérida por un conflicto de jurisdicción. Escribe
una doctrina cristiana en lengua maya que hace imprimir en la ciudad
de México en 1575, de la que no queda copia alguna. Muere en Mérida
en 1579 y allí es enterrado. Sus restos volvieron a Cifuentes siglo
y medio después. Juan Catalina García halla sus huesos en un pequeño
sepulcro de la Iglesia parroquial del Salvador y allí serían
destruidos al empezar en 1936 la Guerra Civil española.
La Relación de Fray Diego es importante pues no sólo cuenta el
origen del nombre Yucatán, el descubrimiento y conquista por los
españoles de esta península en el siglo XVI, sino que se detiene
extensamente en la historia y leyendas de las tribus mayas que la
habitan. Cuenta las primeras noticias de la gran civilización maya,
extinguida en el siglo XV, a través de los relatos recogidos de los
indígenas y da un panorama completo de lo que era el Yucatán y sus
habitantes hacia 1560. Es una pena que la descripción de los símbolos
de la escritura maya hecha por fray Diego no sea mas extensa, pues (aunque
de gran ayuda a los estudiosos de la mayística) no ha permitido el
desciframiento de la misma.
Se perdieron todos los originales o las copias completad de la
Relación, y sólo quedó una copia parcial en la Academia de la
Historia de Madrid, descubierta y publicada en 1864. En nuestros
tiempos con un pensamiento tan alejado del que había en el siglo
XVI carece de sentido tanto denostar como excesivo el celo represor
del paganismo de Fray Diego como el elevar a portento único la
Relacion de las Cosas del Yucatán por él escrita. Es uno de los
pocos españoles que cuentan con una estátua en México, en la
plaza mayor de Izamal.
Este texto es deudor de la Introducción escrita por D. Miguel
Rivera Dorado a la edición que de la obra de Landa hizo
Historia 16 en 1992 y que se regalaba a los lectores de esta
publicación gracias al patrocinio de Caja de Madrid.
J.L. García de Paz
(Indice)
José
de Anchieta (1533-1597)
Misionero jesuita español, llamado el Apóstol del Brasil.
Consagrado a la evangelización de los indios, y al cuidad
espiritual de los emigrados portugueses, tradujo a la lengua
tupiguaraní el catecismo y otras obras doctrinales, así como un Arte
de Gramática da lingua mais usada na costa do Brasil (1595),
para facilitar su aprendizaje, y una recopilación de Cartas,
informacoes, fragmentos históricos e sermoes (1554-1594)
En 1554 fundó la ciudad de Sao Paolo.
Apóstolo no
Brasil, também conhecido como Beato Anchieta. Estuda em Coimbra a
partir de 1548 e ali se torna jesuíta em 1551. Em Maio de 1553 é
enviado para o Brasil, onde começa por ensinar Latim no Colégio de
Piratininga. Este Colégio é mudado em Janeiro de 1554 para um novo
local, com o nome de Colégio de S. Paulo, o qual vem a ser
considerado o núcleo da actual cidade de S. Paulo. Neste local,
hoje designado como Pátio do Colégio, encontra-se também a Capela
de Anchieta, igreja erguida não só pelo Pe. Anchieta mas também
pelo Pe. Manuel da Nóbrega, igreja esta que vem a desabar em 1896.
Entretanto, uma réplica desta igreja é construída. Ali, pode hoje
admirar-se esta nova igreja, assim como a Casa de Anchieta com
objectos e imagens que, supõe-se, são pertença do beato. Os
alunos do Colégio são os filhos dos portugueses e os jovens
religiosos da sua ordem, mas também os índios. O Pe. Anchieta começa
a estudar a língua indígena, compõe uma gramática e um vocabulário
tupi, escreve também em tupi um opúsculo para os confessores e
outro para assistir aos moribundos. Para além destas obras, dedica-se
também a escrever cantos piedosos, diálogos e autos segundo o
estilo de Gil Vicente, e, por isso, é considerado o iniciador do
teatro (Mysterios da Fe, dispostos a modo de diálogo em benefício
dos índios é um exemplo das 12 peças de que há testemunho) e da
poesia (De Beata Virgine Dei Matre Maria) no Brasil. De destacar
também as suas cartas para Portugal e Roma, importantes pelas
informações que contêm sobre a fauna, a flora e a ictiologia
brasileira. Com Manuel da Nóbrega, contribui para a paz entre os
portugueses e várias tribos índias, nomeadamente a mais feroz: a
dos Tamoios. Em Março de 1565 entra na Baía de Guanabara com o
capitão-mor Estácio de Sá, onde estabelecem os fundamentos do que
viria a ser a cidade de S. Sebastião do Rio de Janeiro. Recebe as
ordens sacras no final desse mês de Março na Baía, hoje cidade de
Salvador. De novo no Rio, em 1567 vai para S. Vicente como superior
das casas da capitania, a de S. Vicente e a de S. Paulo, onde
permanece até 1577, data em que é nomeado provincial do Brasil. Em
1589 é já superior de Espírito Santo, onde fica até morrer. O Pe.
Anchieta acaba beatificado em Junho de 1980 pelo papa João Paulo
II, beatificação esta, ao que parece, que a perseguição do marquês
de Pombal aos jesuítas impede até então.
(http://www.vidaslusofonas.pt/padre_jose_de_anchieta.htm)
(Indice)
Luis
de Bolaños (1539-1629)
Fray Luis de Bolaños es la
figura que ha quedado en la historia paraguaya como el prototipo del
evangelizador franciscano. Nacido en Marchena, provincia de Sevilla,
en 1549, muy joven ingresó en la Orden franciscana cerca de su
pueblo natal. Allí profesó y realizó sus estudios eclesiásticos
y recibió las órdenes sagradas hasta el diaconado. Cuando pasó
por su convento fray Alonso de San Buenaventura en busca de
misioneros para América, fray Luis decidió unirse a su grupo; llegó
a Asunción en 1575. Durante diez años trabajó incansablemente al
lado del padre Alonso de San Buenaventura, y finalmente fue ordenado
sacerdote en 1585 por el obispo dominico Alonso Guerra.
Desde ese momento, su actividad
apostólica se acrecentó aún más, y así, durante más de
cincuenta años, fray Luis de Bolaños se consagró a la
evangelización entre los guaraníes. Desempeñó diversos cargos en
la Orden franciscana y fue superior mayor de la Custodia de
Paraguay. Finalmente, murió santamente en el convento de San
Francisco de Buenos Aires el 11 [según otros, el 12] de octubre de
1629. La fama de santidad de que gozó en vida, así como los
acontecimientos que acompañaron a su muerte movieron a las
autoridades eclesiásticas a iniciar su proceso de beatificación.
El hecho más notable en la
actuación misionera del padre Bolaños fue la creación de las «reducciones»,
que tan famosos habrían de hacer después a los jesuitas. Una de
las muchas dificultades que se presentaban a los misioneros de
Paraguay (como para el resto de América Latina) en la catequesis
era la vida nómada de sus pobladores. Para superar esta dificultad
el padre Bolaños concibió la idea de «reducirles» en poblaciones
fijas y estables, primer paso para la civilización. Allí se les
enseñaba, junto con la doctrina cristiana, a leer y escribir y los
primeros rudimentos de los conocimientos humanos, a cultivar la
tierra, a domesticar animales y, sobre todo, diversas artesanías.
De ahí nació la aportación artística indígena en la construcción
de iglesias y capillas, retablos e imágenes, que todavía hoy día
podemos contemplar y admirar.
Otra de las dificultades con que
tropezaban los misioneros en el Paraguay era el idioma de los aborígenes.
Fray Luis escribió la primera gramática guaraní y un vocabulario,
que fueron de suma utilidad para los posteriores misioneros de
Paraguay. El catecismo aprobado por el Concilio de Lima en 1583 y
por santo Toribio de Mogrovejo para la enseñanza de la doctrina
cristiana fue vertido al guaraní por este misionero; esta traducción
fue aprobada por el Sínodo de Asunción en 1603 y se ordenó que
fuera utilizada en la enseñanza de la doctrina cristiana.
El padre Bolaños, además de
enseñar él personalmente, se dedicó a preparar algunos indios más
capaces para que, a su vez, ellos enseñaran a los otros indios. Sólo
así pudo preparar y enseñar indirectamente a tantos miles de aborígenes,
que de otra forma no hubiera podido atender. Es un buen ejemplo de
lo que se puede hacer con catequistas bien preparados también en
nuestros días; es otra de las lecciones que debemos aprender de
este insigne misionero franciscano.
Cuando los jesuitas se hicieron
cargo más tarde de estas reducciones de Paraguay, contaron con la
larga experiencia de fray Luis de Bolaños entre los guaraníes.
Julián Heras, OFM
(Indice)
Acosta,
José de (1539?-1600)
Misionero
en América Hispana en el siglo XVI y que mereció ser llamado
por el gran científico y viajero alemán Alexander von Humboldt
"el Plinio del Nuevo Mundo". Como reconocía hace ya
un siglo uno de sus biógrafos, José Rodríguez Carracido
(1899), "en la historia de la ciencia española descuellan,
como figuras cuya magnitud no fue superada por las más
eminentes de sus contemporáneos extranjeros, las de los
tratadistas que se ocuparon de los asuntos de América; y de
este aserto son testimonio irrecusable la universal notoriedad,
y su persistencia al través de los siglos, de las obras de Fernández
de Oviedo y del P. José de Acosta, de Álvaro Alonso Barba y
del P. Bernabé Cobo, entre otros muchos".
- Se
compara aquí la obra de Acosta con la de otros tres grandes geógrafos
y naturalistas: Fernández de Oviedo, Alonso Barba y Bernabé
Cobo. Gonzalo Fernández de Oviedo y Cortés (1478-1557) fue
autor de la monumental Historia general y natural de las Indias
(Sevilla. Salamanca, 1535-1537); Álvaro Alonso Barba
(1569-1662), "andaluz de Lepe", fue autor de El Arte
de los Metales (publicado en 1640); Bernabé Cobo (1572-1657)
publicó la Historia del Nuevo Mundo en Lima en 1553 (Vernet,
1975).
- De las
obras del P. Acosta, este trabajo hará referencia preferente a
la Historia Natural y Moral de las Indias, por su importancia y,
sobre todo, por contener una interpretación transida de
modernidad. En ella se plantea la interacción entre naturaleza
y sociedad en la América del siglo XVI, postulando la
posibilidad de una interpretación tímida pero evolutiva de la
realidad animal, vegetal y cultural.
- José de
Acosta nació en 1540 en la ciudad castellana de Medina del
Campo (Alcina Franch, 1987; Moreyra, 1940; O´Gorman, 1962). Muy
joven entró en la Compañía de Jesús y en 1571, cuando
contaba 31 años de edad, Acosta es destinado a las misiones de
los Andes (Lopetegui, 1940, 1942). Un año más tarde, el 28 de
abril de 1572, llegaba por fin a Lima (del Pino, 1978, 1982)
- Siendo
provincial de los jesuitas en el Perú, realizó al menos tres
largos viajes por el interior del país visitando las misiones
allí establecidas, lo que le permitió un conocimiento real y
exacto de la naturaleza y de la vida social de los indígenas.
Enfermo y cansado por los viajes y los enfrentamientos con los
poderes políticos españoles, pide volver a la metrópoli. A
principios de julio de 1586, José de Acosta llega a Nueva España,
residiendo en la capital, México. Allí, su hermano Bernardino,
también jesuita, era Rector del Colegio de Oaxaca. Durante su
estancia en México, Acosta procuró documentarse lo más
posible para la redacción de la Historia Natural y Moral de las
Indias que había iniciando años antes. Después de haber
pasado casi un año en México, el P. Acosta embarcó el 18 de
marzo de 1587 camino de España
- En
septiembre de ese año llegaban a Sanlúcar, al puerto del que
partió diecisiete años antes. En España y en esta época
(1588-1592) la actividad editora del P. Acosta fue muy intensa.
En 1588 salía editado en Salamanca su primer libro, que reunía
el De Procuranda Indorum Salute precedido del tratado De Natura
Novi Orbis. En 1590, salía de las prensas de Sevilla el libro más
famoso de cuantos escribió: la Historia Natural y Moral de las
Indias.
-
- Han sido
muchos los investigadores que han comentado la obra más
conocida de Acosta (Beddall, 1977). Este no pretendió hacer en
su Historia una revisión exhaustiva de los fenómenos y seres
naturales de América, sino razonar sobre su significado apoyándose
en una selección de ellos (Templado, 1974).
(Indice)
San Pedro
Claver (1580-1654)
Misionero jesuita español del s. XVII. N. en Verdú
(Lérida) en junio de 1580, m. en Cartagena (Colombia), el 8 sept.
1654.
Vida y estudios. Recibió el bautismo
el 26 jun. 1580, en la parroquia de Santa María y se le impusieron
los nombres de Juan Pedro; dejaría el de Juan para no confundirse
con el de su hermano primogénito. Fue el último de los seis hijos
del matrimonio de Pedro Claver y Minguella y Ana Corberó Claver,
labradores con buena hacienda. En la parroquia de la villa recibió
la tonsura (8 dic. 1595) de manos del obispo de Vich, Pedro Jacobo.
En la orientación del niño influyeron, sin duda, entre otras
circunstancias, el fallecimiento de su madre en 1593 y la nueva
situación doméstica al contraer su padre segundas y terceras
nupcias; los Claver tenían fundado un beneficio en Verdú; un tío,
Juan Claver, era beneficiado en la próxima villa de Tárrega. Por
los años 159697 P. marcha al Estudio general de Barcelona, donde
cursa tres años de Gramática y Retórica. Asiste como alumno al
Colegio de Belén de los jesuitas, fundado por S. Francisco de Borja.
El obispo de aquella diócesis le admite a las órdenes menores. En
1602 ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús de Tarragona
y pronuncia los votos el 8 ag. 1604. Al terminar el noviciado, pasa
a Mallorca a estudiar Filosofía en el Colegio de Montesión. A su
llegada (1605) era portero S. Alonso o Alfonso Rodríguez (v.) quien
reafirmó en su vocación a la Compañía, inflamando su espíritu
de ardor misionero. Fueron maestros de P. C. los padres Vaylo y
Arcaina. Pero el más alto e inolvidable magisterio lo recibió de
la comunicación diaria con el hermano Alonso, que, en frase de León
XIII, supo lanzar a su 8iscípulo «a una admirable santidad».
Retorna a Barcelona para estudiar Teología (1608). Un
acontecimiento confirmó aún la vida religiosa de P. C.: la
beatificación de Ignacio de Loyola por Paulo V (1609), celebrada
con grandes fiestas en todo el principado catalán.
Antes de concluir sus estudios, vio
cumplido su anhelo de entregarse a las misiones (v.) del Nuevo Mundo.
En 1610, con licencia del Provincial, se encamina a Sevilla. A los
requerimientos de sus superiores para que se ordene de subdiácono
antes de embarcar, hubo de responder que todavía no se hallaba
suficientemente preparado, ni decidido aún a ser sacerdote. Partió
con la pequeña expedición jesuítica, en el galeón S. Pedro,
llevando en su hatillo dos manuscritos que le diera el hermano
Alonso: un pequeño oficio de la Inmaculada y unos avisos
espirituales que habían de ser su más firme guía. Es probable que
el clima tropical y malsano de Cartagena de Indias (ciudad de
grandes calores y de grandes humedades) hiciesen mella en su salud.
Lo cierto es que permaneció allí poco tiempo. Él deseaba, más
bien que sacerdote profeso, ser hermano coadjutor, mas se le ordenó
terminar la Teología en el Colegio de Santa Fe de Bogotá, donde a
su llegada (fines de 1610 o principios de 1611), no se explicaba aún
esta materia, hasta la venida del padre Antonio Agustín, año y
medio más tarde. De nuevo (fines de 1614), por razones de salud, le
enviaron a Tunja. Hecho el tercer año de probación, tomó el
camino de Cartagena, su residencia definitiva durante 38 años y en
torno a cuyo puerto giraría el resto de su existencia. En aquella
catedral se ordenó, finalmente, de subdiácono y diácono, y le
confirió el sacerdocio (19 mar. 1616) el obispo dominico Pedro de
la Vega. Al profesar los cuatro votos (1622) suscribía la entrega:
«Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre».
Apostolado. Procedentes de todas las
regiones tropicales llegaban a Cartagena cada año unos 30.000
esclavos negros para las plantaciones y las minas de metales
preciosos (V. ESCLAVITUD). Alonso Rodríguez había revelado a P. C.
que pasaría a las Indias, al Nuevo Reino, a la ciudad de Cartagena.
Pero los superiores determinaron más en concreto el campo de
actividades del fervoroso catalán: el mundo de los esclavos negros.
Se inició ayudando al padre Alonso de Sandoval, verdadero maestro
que publicaría un tratado valioso («Naturaleza, policía sagrada y
profana, costumbres, disciplina y catechismo evangélico de todos
los etíopes», Sevilla 1627), siendo rector del Colegio de
Cartagena de Indias. Aquellas masas de esclavos constituían una
pequeña Babel y era necesario valerse de intérpretes, ya que
procedían de países muy diversos. En un principio Sandoval pedía
prestados a sus dueños estos intérpretes auxiliares, pero la
colaboración resultaba difícil (los esclavos perdían horas de
trabajo) y se vio la conveniencia -aparente contradicción- de
comprar el Colegio esclavos para instruirlos y servirse de ellos en
la catequesis. A ruegos de P. C. el general Vitelleschi le
autorizaba (Roma 1628) a retener «los ocho o nueve intérpretes
negritos tan necesarios para este ministerio». P. C., por su parte,
llegó a hablar el angolés.
Cuando se acercaba el tiempo de la
llegada de un buque negrero, el santo ofrecía obsequios
espirituales al primero que le notificase la noticia. Acudía
presuroso a los navíos y si no habían atracado, iba en una
barquilla con sus intérpretes y se acercaba a aquellos infelices dándoles
señales de amistad: «Nos mostraba rostro amable con mucha risa»,
declara uno de aquéllos. Visitaba primeramente el alojamiento de
los enfermos; luego el local de los sanos, aliviando a todos con
alimentos, frutas, tabaco, medicinas y caricias. Reunidos en un
local espacioso, iniciaba su original catequesis: levantaba un altar
y encima unos cuadros para darles intuitivamentelas nociones
fundamentales: Trinidad, Encarnación, Muerte y Pasión, Resurrección,
Juicio final, Gloria eterna. A cada grupo de diez les ponía el
mismo nombre en el bautismo, a fin de que entre sí lo recordasen.
Uno de los Rectores, al escuchar las explicaciones de P. C., las
consideró demasiado superficiales, y peligrosa la utilización de
aquellas pinturas recargadas de imaginación. Mas al ver los frutos,
cesaron las objeciones. Tarea grande resultaba disponer para el
cumplimiento pascual a los que por vez primera lo hacían y más en
particular a los hijos de los esclavos de los contornos. Pero el apóstol
extendía incansable su radio de acción hasta las poblaciones de
Turbana, Turbaco, Santa Rosa de Alipaya, Villanueva o Timiriguaco,
Bayunca, Ponedera, Las Caras, Manglar, Malagana, San Pablo, Palenque...
se alojaba entonces en las chozas de los negros. Nada escapaba a su
perspicacia. Había esclavos comprados por pilotos y marineros que
por no satisfacer la gabela real desembarcaban la mercancía humana
fuera del puerto y la introducían en la ciudad. Cuando se enteraba
P. C. mandaba a sus más astutos intérpretes y manteniendo el
secreto de la procedencia, ejercía su ministerio. Los esfuerzos no
eran estériles y ponían de manifiesto el fondo noble de la raza
negra: «Hay que ver la alegría que sienten después de haberse
bautizado... No son bestias, son hombres adultos y como a tales se
les ha de dar el bautismo, precediendo de su parte voluntad y los
demás actos necesarios», escribía Sandoval. P. C: bautizó, según
propia confesión, más de 300.000 negros.
Desplegó también una actividad
admirable en servicio de los hospitales: el de S. Sebastián y el de
los lazarinos. Como en 1624 la modesta fábrica del hospital de los
leprosos amenazase ruina, P. C. con la aprobación de los superiores,
se dedicó a levantar la capilla nueva: «Durante 30 años, él se
constituyó en su procurador, cura y patrono, administraba los
sacramentos y lo abastecía todo». En contacto inmediato con tanta
miseria, sentía la natural repugnancia y más de una vez consta que
hubo de sobreponerse con energía el espíritu a la carne, hasta
lamer, para vencerse a sí mismo, las llagas de sus negros y
leprosos. Fuera de este ámbito que le fue peculiar, llegó a todas
las esferas: la justicia, los escribanos, los comerciantes y
especieros, los amos, los sentenciados a muerte, los cuarteles y los
alojamientos, los artesanos, los niños; sin olvidar a los turcos y
moros que remaban en las galeras españolas. Para todos fue padre y
guía, logrando una verdadera proyección social de sus tareas apostólicas.
De parte de sus hermanos en religión
hubo de sobrellevar graves humillaciones y afrentas, pues más
atentos en ocasiones a otros tipos de apostolado, no siempre
supieron apreciar la prodigiosa labor del santo, que más tarde, en
su proceso de beatificación, fue comparado con S. Francisco Javier,
S. Juan Berchmans y S. Alonso Rodríguez. Sin embargo, a veces hasta
sus superiores jesuitas parece que lo tuvieron en poco aprecio. El
catálogo secreto, remitido a Roma desde la Provincia del Nuevo
Mundo, contiene un juicio desconcertante. En 1616: «P. Pedro
Claver: ingenio mediano; juicio, menos que mediano; prudencia, corta;
experiencia de los negocios, corta; aprovechamiento en las letras,
mediano; talento, sirve para predicar y tratar con los indios». En
años posteriores (1642, 1649, 1651) se le califica «insigne en el
ministerio de catequizar a los negros; adelantamiento espiritual, óptimo».
No dejó escritos ascéticos ni de
metodología catequística. Pero ambas cosas traslucían en su
ejemplo: cinco horas de oración cada noche, tres disciplinas, tres
horas de sueño, misa sosegada, interminables horas de acción
pastoral. Desde 1651 quedó inválido hasta su muerte. No se conoce
ningún retrato auténtico del «Apóstol de Cartagena».
Beatificado por Pío IX el 21 sept. 1851; canonizado por León XIII
el 15 en. 1888, en compañía de su maestro Alonso Rodríguez;
declarado patrono de las misiones africanas el 7 jul. 1896; se
celebra su fiesta el 9 de septiembre. La condesa María-Teresa
Ledochowska fundó (1894) el «Sodalicio de S. Pedro Claver» para
ayudar a las misiones de África. La república de Colombia le honró
(1955) como padre de la nación.
- R. ROBRES LLUCH.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
San
Francisco Solano (1549-1610)
Gran apóstol de América del Sur y
especialmente de Perú, en cuya capital, Lima, está enterrado,
San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros
franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por
entero a la evangelización del Nuevo Mundo.
Acabada la conquista del gran imperio incaico,
que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y
el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes
religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos
territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos
y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y
jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en
este apostolado.
Desde Perú se extendió el cristianismo por
todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En
tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se
estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI
se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay.
Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió
el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se
dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena.
Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o
parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo
Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el
aprendizaje de las lenguas indígenas.
Los obispos más celosos, como santo Toribio de
Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años,
sus inmensas diócesis.
En esta primera hora de la evangelización,
estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos
nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura
de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que
trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados.
Perfil biográfico
Verdadero apóstol de América, tanto por la
extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su
paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de
entonces, sino también otros cinco países de América del Sur.
Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba).
Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar,
lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y
sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir
el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su
pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años
más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora
de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos,
es ordenado sacerdote en 1576.
Por su afición a la música, que cultivó toda
su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos
conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su
fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América,
para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de
sus hermanos de hábito.
Durante su largo y accidentado viaje a América,
en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de
Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación;
pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a
Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte
de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo.
Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo
viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar
los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco;
cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar
en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y
finalmente hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como
misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y
del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar
muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus
habitantes aún lo recuerdan con veneración.
En 1595 los superiores de Lima, de quienes dependía,
lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana
(Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras
de la ciudad de Lima. Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose
de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros
quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después,
el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo
(1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la
Recolección de Lima; ese mismo año, en diciembre, abandona su
retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer
penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El
efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo
de ser advertido que en adelante no saliera así.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le
fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería
del convento de San Francisco de Lima, donde tras breve enfermedad,
muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico,
asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo hasta los
más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro
de un santo.
El mismo año de su muerte comenzaron las
informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por
resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto
XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima,
además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de
Porres y san Juan Macías.
Heras, Julián, O.F.M
(Indice)
Santo
Toribio de Mogrovejo (1538-1606)
Nació en Mayorga, España, en
1538.
Los datos acerca de este
Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América,
producen asombro y maravilla.
Los historiadores dicen que
Santo Toribio fue uno de los regalos más valiosos que España le
envió a América. Las gentes lo llamaban un nuevo San
Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que era sumamente
parecido en sus actuaciones a San
Carlos Borromeo, el famoso Arzobispo de Milán.
Toribio era graduado en
derecho, y había sido nombrado Presidente del Tribunal de Granada (España)
cuando el emperador Felipe II al conocer sus grandes cualidades le
propuso al Sumo Pontífice para que lo nombrara Arzobispo de Lima.
Roma aceptó y envió en nombramiento, pero Toribio tenía mucho
temor a aceptar. Después de tres meses de dudas y vacilaciones
aceptó.
El Arzobispo que lo iba a
ordenar de sacerdote le propuso darle todas las órdenes menores en
un solo día, pero él prefirió que le fueran confiriendo una orden
cada semana, para así irse preparando debidamente a recibirlas.
En 1581 llegó Toribio a
Lima como Arzobispo. su arquidiócesis tenía dominio sobre Perú,
Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y parte de Argentina.
Medía cinco mil kilómetros de longitud, y en ella había toda
clase de climas y altitudes. Abarcaba más de seis millones de kilómetros
cuadrados.
Al llegar a Lima Santo
Toribio tenía 42 años y se dedicó con todas sus energías a
lograr el progreso espiritual de sus súbditos. La ciudad estaba en
una grave situación de decadencia espiritual. Los conquistadores
cometían muchos abusos y los sacerdotes no se atrevían a
corregirlos. Muchos para excusarse del mal que estaban haciendo, decían
que esa era la costumbre. El arzobispo les respondió que Cristo es
verdad y no costumbre. Y empezó a atacar fuertemente todos los
vicios y escándalos. A los pecadores públicos los reprendía
fuertemente, aunque estuvieran en altísimos puestos.
Las medidas enérgica que
tomó contra los abusos que se cometían, le atrajeron muchos
persecuciones y atroces calumnias. El callaba y ofrecía todo por
amor a Dios, exclamando, "Al único que es necesario siempre
tener contento es a Nuestro Señor".
Tres veces visitó
completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En la primera vez
gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró cinco años
y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del recorrido
era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables, pasando
de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes para
destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar
a la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro
suelo. Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros,
especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.
Logró la conversión de un
enorme número de indios. Cuando iba de visita pastoral viajaba
siempre rezando. Al llegar a cualquier sitio su primera visita era
al templo. Reunía a los indios y les hablaba por horas y horas en
el idioma de ellos que se había preocupado por aprender muy bien.
Aunque en la mayor parte de los sitios que visitaba no había ni
siquiera las más elementales comodidades, en cada pueblo se quedaba
varios días instruyendo a los nativos, bautizando y confirmando.
Celebraba la misa con gran
fervor, y varias veces vieron los acompañantes que mientras rezaba
se le llenaba el rostro de resplandores.
Santo Toribio recorrió
unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a sus fieles. Pasó por
caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que nunca habían
visto un hombre blanco.
Al final de su vida envió
una relación al rey contándole que había administrado el
sacramento de la confirmación a más de 800,000 personas.
Una vez una tribu muy
guerrera salió a su encuentro en son de batalla, pero al ver al
arzobispo tan venerable y tan amable cayeron todos de rodillas ante
él y le atendieron con gran respeto las enseñanzas que les daba.
Santo Toribio se propuso
reunir a los sacerdotes y obispos de América en Sínodos o
reuniones generales para dar leyes acerca del comportamiento que
deben tener los católicos. Cada dos años reunía a todo el clero
de la diócesis para un Sínodo y cada siete años a los de las diócesis
vecinas. Y en estas reuniones se daban leyes severas y a diferencia
de otras veces en que se hacían leyes pero no se cumplían, en los
Sínodos dirigidos por Santo Toribio, las leyes se hacían y se
cumplían, porque él estaba siempre vigilante para hacerlas cumplir.
Nuestro santo era un gran
trabajador. Desde muy de madrugada ya estaba levantado y repetía
frecuentemente: "Nuestro gran tesoro es el momento presente.
Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna. El Señor
Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado
nuestro tiempo".
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