Índice general de Hispánica

Fray Bernardino de Sahagún,
padre de la antropología americana

 

 

 

Toribio de Benavente (1524-1569)
Bernardino de Sahagún (1499-1590)
Juan de Zumárraga (1475-1548)
Bartolomé de Las Casas (1474-1564)
Vasco de Quiroga (1478-1565)
San Francisco Javier (1506-1552)
Diego de Landa (1524-1579)
José de Anchieta (1533-1597)
Luis de Bolaños (1539-1629)
Acosta, José de (1539?-1600)
San Pedro Claver (1580-1654)
San Francisco Solano (1549-1610)
Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606)
Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659)
Serra, Junípero (1713-1784)

 

Toribio de Benavente (1524-1569)

 

Franciscano español, uno de los 12 miembros de la Orden que pasaron a México en 1524. Había nacido en Benavente, actual provincia de Zamora. De su vida hasta entonces solamente conocemos que profesó en la provincia de Santiago y fue trasladado a la de San Gabriel de Extremadura al ser designado como uno de los expedicionarios que marcharían a las tierras indianas. Embarcó con sus compañeros en Sanlúcar el 25 en. 1524. Fray Martín de Valencia iba como vicario. Llegados a San Juan de Ulúa y habiendo emprendido el camino de la capital, en Tlaxcala fr. Toribio tomó el nombre de Motolinía, al oír la palabra de boca de los indios y enterarse que en su lengua significaba pobre. En 17 de junio entró la pequeña comunidad en la capital de México, siendo recibida con alborozo por Hernán Cortés, que la presentó a los indios públicamente. Durante los primeros quince días estuvieron los frailes en retiro espiritual y seguidamente se reunieron en capítulo para deliberar sobre los planes a seguir. Acordaron dividirse en grupos para iniciar la predicación. Se distribuyeron entre las principales ciudades de cuatro en cuatro, puesto que a los 12 se unieron cinco franciscanos que habian llegado antes. Mientras fr. Martín y cuatro más quedaron en México, los otros marcharon a Texcoco, Tlaxcala y Huexotzingo. Desconocemos a dónde fue de momento fr. Toribio, si bien poco después lo encontramos de guardián en el convento de la capital, haciendo presentación ante el Cabildo de la ciudad de las bulas y provisiones que autorizaban a los frailes para ejercer jurisdicción eclesiástica de carácter episcopal. No obstante, los regidores se opusieron a su reconocimiento, posiblemente disgustados por el parecer que los religiosos defendían sobre la política a seguir con los indios; y quizá también por la lealtad que guardaban a Cortés, caído en desgracia ante los gobernantes de la ciudad.
      En 1529, fr. Toribio era guardián del convento de Huexotzingo, donde dio asilo a unos caciques indios huidos de la persecución de la primera Audiencia, por lo que se le acusó de conspirador. Posiblemente esto lo llevó a misionar por tierras de Guatemala y Nicaragua. De regreso, en 1531 participó en la fundación de la ciudad de Puebla y dos años más tarde estaba en Tehuantepec, de donde partió de nuevo hacia Guatemala.
      De 1535 a 1541 comenzó la redacción de su Historia de los Indios de la Nueva España en el convento de Tlaxcala. Luego, una vez más, fue a Guatemala a fundar la Custodia de su Orden; sabemos que él mismo era custodio en 1544 y, como tal, participó en la polémica con los dominicos sobre la administración de los sacramentos a los indios, mostrándose en sus escritos al Emperador como enemigo de las ideas de Las Casas. En 1548 se le encargó recoger el Confesionario del obispo dominico, siendo quizá ya superior de la Provincia del Santo Evangelio de México (1448-1555), tras un breve periodo en que fue viceprovincial. Desde 1555, en que estaba de guardián en el convento de Atlixco, del que había sido fundador, sólo sabemos que m. en la capital mexicana en 9 ag. 1569, después de 45 años de labor apostólica. Brilló por su ardiente caridad y amor a los naturales, de quienes fue un verdadero padre y defensor.
      Escribió su Historia de los indios de la Nueva España obligado por la obediencia. Su estilo tiene toda la naturalidad y sencillez del espíritu franciscano. Es de gran utilidad para el conocimiento de los primeros años del proceso de la evangelización y del choque de culturas en México. Narra los sucesos del apostolado, con sus éxitos y obstáculos. Pero no sigue un plan preconcebido, sino que los hechos y comentarios van surgiendo con espontánea ingenuidad. No obstante, el haber sido su autor testigo de los sucesos que narra da a la obra un valor incalculable como fuente de primera mano.

F. DE ARMAS MEDINA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Bernardino de Sahagún (1499-1590)

 

Fray Bernardino nació en Sahagún, Reino de León, España, entre 1499 y 1500; murió en la Ciudad de México (Nueva España) en 1590. Su apellido era Ribeira y lo trocó por el de su villa natal. Estudió en Salamanca y llegó a la Nueva España en 1529 con el fraile Antonio de Ciudad Rodrigo y 19 hermanos más de la Orden de San Francisco.

Tenía muy buena presencia, según lo afirmaba fray Juan de Torquemada que cuenta que «lo escondían los religiosos ancianos a la vista de las mujeres».

Los primeros años de su residencia los pasó en Tlalmanalco (1530-1532) y luego fue guardián del convento de Xochimilco y, por lo que se conjetura, también su fundador (1535).

Enseñó latinidad en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco durante cinco años a partir de su fundación, el 6 de enero de 1536; y en 1539 era lector en el convento anexo a la escuela. Entregado a varios menesteres de su Orden anduvo por el Valle de Puebla y la región de los volcanes (1540-1545). Vuelto a Tlatelolco, permaneció en el convento de 1545 a 1550. Estuvo en Tula en 1550 y 1557. Fue definidor provincial (1552) y visitador de la custodia del Santo Evangelio, en Michoacán (1558). Trasladado al pueblo de Tepepulco en 1558, permaneció allí hasta 1560, pasando en 1561 de nueva cuenta a Tlatelolco. Allí duró hasta 1565, año en que fue a residir al convento Grande de San Francisco de la ciudad de México, donde permaneció hasta 1571, para regresar otra vez a Tlatelolco. En 1573 predicó en Tlalmanalco. Fue de nuevo definidor provincial de 1585 a 1589. Falleció a los 90 o poco más años, en el convento Grande de San Francisco de México.

Sahagún y su método de investigación

Con fama de hombre sano, fuerte, gran trabajador, sobrio, prudente y amoroso con los indios, dos notas parecen esenciales en su carácter: la tenacidad, demostrada en 12 lustros de pródigo esfuerzo en favor de sus ideas y de su obra; y el pesimismo, que ensombrece con amargas reflexiones el fondo de su escenario histórico.

Vivió en una época de transición de dos culturas, y pudo percatarse de que la mexica iba a desaparecer absorbida por la europea. Se adentró con singular tesón, comedimiento e inteligencia en las complejidades del mundo indígena. Movíale en ello su celo de evangelizador, pues en posesión de ese conocimiento pretendía combatir mejor la religión pagana autóctona y convertir más fácilmente a los indígenas a la fe de Cristo. A sus trabajos escritos como evangelizador, historiador y lingüista, les dio diversas formas, corrigiéndolos, ampliándolos y redactándolos como libros distintos. Escribió en náhuatl, idioma que poseyó a la perfección, y en castellano, agregándole latín. Desde 1547 empezó a investigar y recopilar datos acerca de la cultura, creencias, artes y costumbres de los antiguos mexicanos. Para llevar a cabo su tarea con éxito, inventó y puso en marcha un método moderno de investigación, a saber:

a) Hizo cuestionarios en náhuatl, valiéndose para elaborarlos de los estudiantes del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco avanzados en «romance», esto es, en latín y castellano, al tiempo que eran peritos en náhuatl, su lengua materna.

b) Estos cuestionarios los leyó a los indios que encabezaban los barrios o parcialidades, quienes le mandaron indígenas ancianos que le prestaron inapreciable ayuda y se les conoce como los Informantes de Sahagún.

Éstos informantes eran de tres lugares: Tepepulco (1558-1560), donde elaboraron los Primeros memoriales; Tlatelolco (1564-1565), donde hicieron los Memoriales con escolios (a ambas versiones se les identifica con los llamados Códices matritenses); y la Ciudad de México (1566-1571), en donde realizó Sahagún una nueva versión, mucho más completa que las anteriores, ayudado siempre por su equipo de estudiantes de Tlatelolco. Este tercer texto definitivo es la Historia general de las cosas de Nueva España.

Los curiosos destinos de su obra

En 1570, por razones económicas, paralizó su obra, viéndose obligado a redactar un sumario de su Historia, que envió al Consejo de Indias. Este texto está perdido. Otra síntesis se envió al papa Pío V, y se conserva en el Archivo Secreto Vaticano. Se intitula Breve compendio de los soles idolátricos que los indios desta Nueva España usaban en tiempos de su infidelidad.

Por intrigas de los frailes de su misma Orden, el rey Felipe II mandó recoger, en 1577, todas las versiones y copias de la obra de Sahagún, ante el temor de que los indígenas siguiesen apegados a sus creencias si éstas se conservaban en su lengua. Cumpliendo esta orden terminante, Sahagún entregó a su superior, fray Rodrigo de Sequera, una versión en lengua castellana y mexicana. Esta versión la llevó a Europa el padre Sequera en 1580, la que se conoce con el nombre de Manuscrito o Copia de Sequera y se identifica con el Códice florentino.

Su equipo de estudiantes trilingües (latín, castellano y náhuatl) lo formaron Antonio Valeriano, de Azcapotzalco; Martín Jacobita, del barrio de Santa Ana o de Tlatelolco; Pedro de San Buenaventura, de Cuautitlán; y Andrés Leonardo.

Sus copistas o pendolistas fueron Diego de Grado, del barrio de San Martín; Mateo Severino, del barrio de Utlac, Xochimilco; y Bonifacio Maximiliano, de Tlatelolco, y quizá otros más, cuyos nombres se han perdido.

Fue Sahagún creador de un método riguroso de investigación científica, si no el primero, puesto que fray Andrés de Olmos se le adelantó en tiempo de sus indagaciones, sí el más científico, por lo que se le considera el padre de la investigación etnohistórica y social americana, anticipándose dos siglos y medio al padre Lafitan, generalmente considerado por su estudio de los iroqueses como el primer gran etnólogo. Logró reunir un extraordinario arsenal de noticias de boca de sus informantes, relativas a la cultura mexica.

Las tres categorías: lo divino, lo humano y lo mundano, de honda tradición medieval dentro de la concepción histórica, están todos en la obra de Sahagún. De ahí que exista una estrecha relación en el modo de concebir y escribir su Historia con la obra de, por ejemplo, Bartholomeus Anglicus intitulada De propietatibus rerum... en romance (Toledo, 1529), libro muy en boga en su época, lo mismo que con las obras de Plinio el Viejo y Alberto el Magno.

Su Historia, que es una enciclopedia de tipo medieval, modificada por los conocimientos renacentistas y los de la cultura náhuatl, presenta la labor de varias manos y varios estilos, ya que intervino en ella su equipo de estudiantes desde 1558, por lo menos, hasta 1585. En ella se percibe con claridad meridiana su filiación, con tendencia pictográfica, a la llamada Escuela de México-Tenochtitlan, de mediados del siglo XVI, con el estilo «azteca revivido».

Toda esta abundante y magnífica información permanecía en el olvido, hasta que Francisco del Paso y Troncoso -profundo conocedor del náhuatl y gran historiador- publicó los originales conservados en Madrid y en Florencia con el título de Historia general de las cosas de Nueva España. Edición parcial en facsímile de los Códices matritenses (5 vols., Madrid, 1905-1907). El tomo quinto, primero de la serie, trae las 157 láminas de los 12 libros del Códice florentino que se conserva en la Biblioteca Laurentiana de Florencia.

De una copia de la Historia de Sahagún, que se encontraba en el convento de San Francisco de Tolosa, España, proceden las ediciones que hicieron Carlos María de Bustamante (3 vols., 1825-1839), Irineo Paz (4 vols., 1890-1895) y Joaquín Ramírez Cabañas (5 vols., 1938).

La edición más cumplida en castellano es la del padre Ángel María Garibay K., con el título Historia General de las cosas de la Nueva España, escrita por Bernardino de Sahagún y fundada en la documentación en lengua mexicana recogida por los naturales (5 vols., 1956).

Fray Bernardino de Sahagún puede considerarse como el máximo investigador de todo lo que atañe a la cultura nahua, dedicando toda su vida a la recopilación y posterior escritura de las costumbres, modos, lugares, maneras, dioses, lenguaje, ciencia, arte, alimentación, organización social, etc., de los llamados mexicas.

Quizá el valor más importante de su obra es que las fuentes de su información fueron directas, es decir, de la propia boca de los indígenas que, tanto a él como a sus alumnos, relataron y confirmaron todo lo referente a su cultura. El método de Fray Bernardino fue totalmente científico, además de haber escrito su obra en tres lenguas: latín, castellano y náhuatl.

Sin las investigaciones de Sahagún habríamos perdido gran parte de nuestra herencia cultural.

Enciclopedia Franciscana

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Juan de Zumárraga (1475-1548)

 

Fray Juan de Zumárraga nació en Durango (Vizcaya, España) en 1475/76, y murió en Méjico en 1548. Primer obispo de Méjico. Ingresó en la Orden franciscana, y, siendo guardián del convento del Abrojo (Valladolid), conoció a Carlos I en 1527, quien, impresionado por su rigidez y caridad, le envió de inquisidor al país vasco para unos procesos de brujería, con fray Andrés de Olmos, que luego le acompañó a Méjico. Para atender a las crecientes necesidades religiosas de Nueva España se fundó el obispado de la capital (ya existía desde 1519, en teoría, el de Santa María de los Remedios de Yucatán, establecido en 1526 en Tlaxcala y después en la Puebla de los Angeles). Presentó Carlos I para el nuevo obispado a Zumárraga (diciembre 1527), quien aceptó tras resistirlo; siendo también nombrado protector de los indios. Sin consagrarse partió a su sede, adonde llegó a fines de 1528. Cortés estaba entonces en España. Llegó con la primera Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán, cuyo régimen fue el colmo del desorden, la tiranía, abusos de todo género, concusiones, robos y crímenes.

Los primeros tiempos de la prelacía de Zumárraga fueron amargos para él y duros de sobrellevar, pues estuvo en conflicto casi permanente con los tiranuelos de la Audiencia, que contaban con la autoridad legal, la fuerza y el apoyo de los dominios, en tanto que Zumárraga, aunque apoyado por su Orden, no era más que obispo electo, y la vaguedad de su cargo de protector le impedía actuar con eficacia en favor de los oprimidos indios. Abundaron los incidentes, por la violencia de los oidores y la resistencia de Zumárraga, que, sin embargo, procuró no extremar la severidad. En 1529, burlando la vigilancia de la Audiencia, logró enviar a España una dura requisitoria.

Ante la noticia del regreso de Cortés, triunfante en la corte, de quien eran enemigos acérrimos los oidores, se ausentó Guzmán a Nueva Galicia; pero los otros continuaron sus abusos hasta la llegada de la segunda Audiencia (1531), presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, que había de ser totalmente contraria a la primera, por su virtud y rectitud. En 1530 había tenido Zumárraga un choque más fuerte con la primera, a consecuencia del cual puso en entredicho a Méjico y excomulgó a los oidores, que no se sometieron, sin embargo. En 1532 una junta de autoridades superiores convocada por Fuenleal, a que asistió Zumárraga, acordó poner en vigor las medidas favorables a los indios y las relativas a su conversión. Zumárraga por su tenaz celo frente a la primera Audiencia, sufrió, no obstante, una reprensión del Gobierno español, que sufrió humildemente, disponiéndose que obedeciera a la Audiencia y no suscitara conflictos, y recibió orden de comparecer en la Península, donde el ex oidor Delgadillo intentó acusarle. Su tarea había sido muy difícil: establecer una nueva Iglesia a base de dos razas distintas en todo; proteger y convertir a la una y contener a la otra; evitar la rivalidad entre las órdenes religiosas; formar un clero secular y no tropezar con el poder civil, lo que no pudo conseguir y no por culpa suya, dimanando su actitud y persecuciones de su celo y del afán de proteger a los indios, y de poner un freno a los abusos, con lo que evitó rebeliones de aquéllos o de los españoles.

Bulas de 1530 erigieron canónicamente el obispado y Zumárraga se consagró en Valladolid (1533). Publicó una exhortación para que acudieran misioneros a Méjico y pidió al Consejo el envío de religiosos, sin conseguir ninguno; en cambio, llevó a su regreso (1534), en tres buques, familias de artesanos y maestras para las niñas indias. Consiguió la confirmación de la cédula de 1530 que prohibía terminantemente toda esclavitud de los indios y medidas para la moderación de sus tributos. Siendo inútil el cargo de protector, por la rectitud de la segunda Audiencia y carencia de contenido definido, se suprimió, pasando a ésta (1534).

En adelante, en paz con el poder civil, se consagró Zumárraga íntegramente a su labor apostólica, paralela a la gubernamental efectuada por el primer virrey Antonio de Mendoza (1535-1550). La validez de los bautismos colectivos, que realizaban los frailes, fue reconocida por el papa Paulo III en 1537, pero ordenando que, en lo sucesivo, se guardasen todas las ceremonias, lo que fue regulado en una junta de prelados de 1539 (ya existían, además, los de Oajaca, Michoacán y Guatemala), con medidas restrictivas, que ocasionaron descontento en los franciscanos, partidarios de facilitar el bautismo, y el padre Motolinía prescindió de trabas; también reguló la junta la cuestión de los matrimonios indios, al suprimirse la poligamia, resolviendo el Papa que, en general, fuera conservada la primera mujer. Problema que nunca pudo resolver Zumárraga fue el de la creación del clero secular, pues tenía que apoyarse necesariamente en las órdenes religiosas, dotadas de un celo excepcional para la conversión, pero muy exentas de su autoridad por los enormes privilegios que les había concedido Adriano VI en la bula llamada Omnimoda (1521), confirmada por Paulo III (1535), que les traspasaba casi íntegra la autoridad apostólica para facilitar la labor evangélica, privilegios e independencia a que no querían renunciar. En 1537 se había verificado otra junta, de la que salió una carta a Carlos V, en que le pedían ayuda para reducir a los indios a vivir en pueblos y evitar su dispersión; el envío de clérigos virtuosos y de frailes, pero disminuyendo sus privilegios; mayor autoridad episcopal; construcción de la catedral; fomento de la colonización blanca, y enseñanza de artes y oficios a los indios, peticiones que atendió Carlos en su mayoría. En la junta de 1539 se acordó permitir la colación de órdenes menores a indios aventajados, pero siguió por entonces su rigurosa exclusión del sacerdocio y aún del monacato. La Iglesia mejicana era pobre, y de los diezmos estaban exentos los indios, apoyados en esto por los frailes; Zumárraga se esforzó en extenderlos discretamente.

En 1535 fue nombrado inquisidor con plenas facultades, pero no llegó a organizar entonces el tribunal ni a usar de tal jurisdicción, aunque actuó contra Carlos Ometochtzin, señor de Texcoco, por idolatría y, al parecer, sacrificios humanos, procesándole y haciéndole quemar, pero fue reprendido por el inquisidor general, por ser los indios nuevos en la fe. Se ha acusado a Zumárraga de vandalismo y de haber hecho destruir los monumentos y documentos de la antigua cultura mejicana, en especial los archivos reales de Texcoco, y esta mala fama pesa sobre él, a partir del padre Torquemada (1615), y el historiador indio Ixtlilxochitl (siglo XVII), enconada por autores modernos que le atribuyen gigantescos autos de fe de bibliotecas aztecas; le ha vindicado J. García Icazbalceta (Biografía de D. Fr. Juan de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de Méjico, Méjico, 1881; Madrid, 1929), demostrando que los archivos de Texcoco fueron destruidos por los tlaxcaltecas al tomar con Cortés la ciudad, en 1520; que la destrucción de templos e ídolos fue llevada siempre con empeño por los religiosos y conquistadores e impulsada por orden de Carlos V (1538), para acabar con la idolatría, en lo que participó, más o menos, Zumárraga, movido por su celo, y que no hay pruebas de un sistemático vandalismo en él contra los manuscritos, muchos ya víctimas de lo dicho y de las guerras.

En 1544, con hostil ambiente, llegó el visitador e inquisidor Francisco Tello de Sandoval, para poner en ejecución las Nuevas Leyes de 1542, que suprimían las encomiendas hereditarias y se anulaban en lo sucesivo y se quitaban a las corporaciones, funcionarios y a otros muchos. El descontento entre los pobladores españoles fue enorme, y, asesorado por Mendoza y Zumárraga, acordó Sandoval suspenderlas en parte, en tanto se hacían gestiones en la corte; ante los inconvenientes que se oponían a la plena libertad de los indios, accedió Carlos V, en 1546, a que fueran hereditarias las encomiendas y a que se hiciera un repartimiento general, no llevado a cabo por órdenes reservadas. Convocó Sandoval otra junta de prelados, jefes de órdenes y varones piadosos (1546), a la que asistió Las Casas, a la sazón obispo de Chiapa, quien impuso su parecer de reconocer a los reyes y señores indígenas su pleno derecho a su soberanía, aunque fueran paganos, la injusticia de toda guerra hecha a los indios, la evangelización como única justificación de los reyes españoles para la acción americana, pero sin derecho a conquista y con todas las obligaciones inherentes a la conversión; hubo de tolerar el virrey otra junta privada de Las Casas, sin los obispos, en que condenó la esclavitud y el servicio personal de los indios. Las conclusiones fueron teóricas e ineficaces, pues equivalían a condenar la conquista, a anular la colonización española y a exponer un ideal de reinos indígenas independientes regidos por los misioneros. Lo único eficaz fue el encargo hecho a Zumárraga de la redacción de un catecismo para los indios, al que se dedicó activamente, a pesar de su edad.

En 1546, Paulo III elevó a metropolitana la sede de Méjico y nombró a Zumárraga por su primer arzobispo (8 de julio de 1548), bula que no le llegó ya, aunque la humildad le había hecho vacilar en aceptar el nuevo cargo, pues murió el 3 de junio de 1548. El primer prelado de Méjico fue un pastor ejemplar por su celo, su ardiente amor a los indios, sus esfuerzos por la propagación de la fe entre ellos, su caridad, manifestada durante la terrible epidemia de 1545, su afán por el bienestar del país, el aumento de la inmigración, la introducción de nuevos cultivos, la difusión de la seda y la traída de artesanos, habiendo demostrado superiores dotes de estadista, a pesar de su formación claustral. Es una de las figuras más eminentes de la historia mejicana. Fundó un hospital para enfermedades contagiosas, y el célebre colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (1536) para niños indios dotados, donde hubo un magnífico elenco de profesores -franciscanos-, y que dio, durante algún tiempo, excelentes resultados, demostrativos de la capacidad de los indios para adquirir la cultura europea y clásica, contra los enemigos de que se les educara; por desgracia, luego decayó el interés, y reducido a simple escuela, languideció hasta fines del siglo XVIII.

Por iniciativa suya se introdujo la imprenta, trayendo al impresor Juan Cromberger, que se estrenó en 1539 con la Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana. En 1544 publicó Zumárraga como suya la Doctrina breve, muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica..., que luego fue prohibida temporalmente, porque, no obstante su ortodoxia, era, en realidad, una plagio de la Summa de doctrina christiana del protestante Constantino Ponce de la Fuente, no conocido entonces todavía por tal. Publicó otra Doctrina cristiana (1545), Regla christiana (1547), e hizo publicar catecismos en nahua para los indios (cf. P. Mariano Cuevas, Historia de la Iglesia en México, I, México, 1921, y Robert Ricard, La "Conquête Spirituelle" de Mexique, París, 1933).

Ramón Esquerra

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Bartolomé de Las Casas (1474-1564)

 

Sacerdote sevillano, después religioso dominico, defensor de la libertad de los indios americanos, propugnador con las Leyes Nuevas de Indias de la institucionalización de un régimen político cristiano y de la predicación pacífica del Evangelio; obispo de Chiapas, polemista y tratadista.
      l. Vida. Primeros años. En 1474 y en Sevilla, probablemente en agosto, n. L. C., hijo de Pedro de Las Casas, natural de Tarifa, de linaje de conversos, segoviano el paterno y sevillano el materno, y de Isabel de Sosa, sevillana de cristianos viejos avecindados en la calle de la Fruta y dueños de una tahona. En 1485, ingresa en la escuela catedralicia de los seises, dirigida por su tío paterno el canónigo Luis de Peñalosa, donde estudia primeras letras para ser cantor en el coro. En abril de 1493 presencia el regreso de Colón de su primer viaje; en julio y agosto, asiste a los preparativos del segundo viaje y al solemne juramento de obediencia de los expedicionarios, entre los que se hallan su padre y los hermanos de éste: Francisco, Diego y Gabriel de Peñalosa. Queda L. C. en Sevilla, donde un año después frecuenta la academia latina catedralicia que dirigía Antonio de Nebrija.
      En 1497, incorporado a las milicias concejiles sevillanas, marcha a Granada. En 1498, su padre, de regreso de las Indias, le regala un joven indio, donado por Colón como esclavo, que le acompaña como paje poco más de un año, hasta ser devuelto a las Indias por Francisco de Bobadilla, en cumplimiento de la Real Cédula de 20 jun. 1500. En 1501, para poder aspirar a una plaza de doctrinero de indios, recibe en Sevilla la primera tonsura y tal vez órdenes menores, y embarca con su padre, arruinado, en la expedición de Nicolás de Ovando. El 13 feb. 1502 sale de Sanlúcar, y llega a Santo Domingo de La Española el 15 de abril, sorprendiéndole el contento de los colonos por haberse encontrado una gruesa pepita de oro, y estar los indios alzados, lo que facilitaba su esclavización. Hasta 1505, L. C. actúa como soldado en las campañas de Ovando en Bainua e Higüey, cuyas incidencias relata, y al final de las cuales Pedro de Las Casas y Gabriel de Peñalosa obtienen un repartimiento de indios en Higüey que conservaron hasta 1515.
      En octubre de 1506, L. C. embarca para Sevilla, y pasan después a Roma. Recibe, más tarde, las órdenes mayores y regresa a Indias en 1508, obteniendo a la llegada del nuevo virrey Diego Colón un repartimiento de indios en Cibao, donde tiene plantaciones de cazabe y logra sacar oro. En 1512, predicaba y evangelizaba a los indios de La Concepción, corte virreinal, y allí escucha el sermón de fray Pedro de Córdoba. En 1513, celebra su primera Misa, y, poco después, pasa como capellán castrense a Cuba con Pánfilo de Narváez, ayudando a pacificar a los indios hasta que se separa de aquél después de la matanza de Caonao. Obtiene luego del gobernador Diego Velázquez un repartimiento cerca de Xagua, a orillas del Arimao, que con su consocio Pedro de Rentería hace prosperar, consiguiendo pingües ganancias hasta que, en junio de 1514, después de meditar el texto del Eclesiastés sobre la limpieza de las ofrendas al Señor, renuncia ante Diego Velázquez a aquél; predica en Sancti-Spiritus y, en compañía de cuatro misioneros dominicos, marcha a La Española, visitando a fray Pedro de Córdoba en junio de 1515 y recibiendo de éste ánimo y consejos para marchar a la corte a defender ante el rey Fernando el Católico los derechos de los indios, a cuyo efecto le da cartas de recomendación para fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla.
      Gestiones en las cortes de Fernando el Católico y Carlos I. En 1515 desembarca en Sevilla con fray Ambrosio de Montesinos, visita a Deza, quien le envía a fray Tomás de Matienzo, confesor del rey, y en Plasencia es recibido por éste, que, muy enfermo, aplaza su contestación hasta llegar a Sevilla. En ésta, le reciben el obispo Fonseca, encargado por el rey de los asuntos de Indias, que le despide abruptamente tratándole de necio, y el secretario Lope Conchillos, que intenta hacerle desistir de su campaña en favor de los indios, ofreciéndole mercedes (23 a 29 de diciembre). En febrero de 1516, se entera en Sevilla, donde esperaba al rey, de la muerte de éste y, decidido a visitar en Flandes a su heredero el príncipe Carlos, marcha a Madrid, donde encuentra a los dos gobernadores del reino, el card. Cisneros, arzobispo de Toledo, y Adriano de Utrecht, maestro y embajador de Carlos; presenta a este último su primer Memorial latino hoy perdido y, ante su buena acogida, tres Memoriales en castellano dirigidos a ambos sobre los agravios (marzo) que sufrían los indios,los remedios (abril) para evitarlos y las denuncias (mayo) de los funcionarios reales en Castilla e Indias.
      Desde junio a septiembre, colabora activamente en la preparación del plan para la reforma de las Indias, formando parte de la comisión encargada de ello por Cisneros, redactando la ponencia, interviniendo en su discusión (julio), gestionando el nombramiento de los comisarios jerónimos (agosto), y recibiendo, por los regentes, el nombramiento de procurador y protector de los indios (Real Cédula de 17 sept. 1516). Tras perder dos meses en Sevilla por la mala voluntad de los oficiales de la casa de Contratación Juan de Recalde y Sancho de Matienzo, cómplices de los encomenderos que le indispusieron con los comisarios Figueroa, Manzanedo y Santo Domingo y le impidieron embarcar con ellos en la San Juan, zarpó en la Trinidad desde Sanlúcar (11 de noviembre) no llegando a Santo Domingo (2 en. 1517), sino nueve días después de aquéllos, cuando estaban ya de acuerdo con los funcionarios prevaricadores.
      En 1517, durante los, primeros cinco meses, L. C. eficazmente ayudado por el juez de residencia Alonso de Zuazo, los dominicos y los franciscanos reformados picardos, luchó denodadamente para evitar las maniobras de los jerónimos tendentes a que continuara aquel estado de cosas, ya que los explotadores de los indios siguieron impunes; para ello los jerónimos redactaron el Interrogatorio jeronimita (abril), donde algunos colonos testificaron la imposibilidad de favorecer a los indios. Al fracasar L. C. en su empeño salió el 28 de mayo para reclamar el auxilio de Cisneros y, si preciso fuera, el del rey. Pero al llegar a Aranda de Duero (julio) encontró a aquél muy enfermo. Desprovisto del favor real, se trasladó a Valladolid, en cuyo Colegio dominico de S. Gregorio se dedicó al estudio de los problemas jurídicos planteados por la triste situación de los indios, lo que le permitió una vez llegado el rey, que su colaborador fray Reginaldo Montesinos presentara y leyera, en la sesión real del pleno solemne del Consejo de las Indias y como procurador de los indios, un Memorial (13 de diciembre) que, acogido excelentemente por el canciller flamenco lean Le Sauvage y sus amigos humanistas, le abrió el acceso a la corte y le permitió replicar victoriosamente a los tendenciosos informes del contador Recalde, del obispo Fonseca y de los indianos encabezados por Gil González Dávila (enero de 1518).
      Sauvagz (20 de marzo) le encargó que redactara un proyecto de reforma de la legislación vigente que, por haber caído enfermo en Aranda, no pudo presentar al canciller sino en Calatayud (mayo), siguiendo con la corte a Zaragoza, donde nuevamente se frustraron sus esperanzas por la muerte del canciller. Tras su muerte (7 de junio) recuperaron el poder, cohechando a Xebres, Fonseca y sus amigos, y L. C. pasó el resto del año de 1518 en Zaragoza, instando en vano diversos proyectos de reforma, obteniendo al fin (septiembre) que le autorizaran la recluta de campesinos castellanos para emigrar a Indias donde se asociarían con los indios; pero iniciada la recluta con éxito fracasó por la traición del auxiliar Luis de Berrio, hechura de Cobos, y la oposición radical de algunos nobles castellanos como el condestable Velasco, que no querían verse privados de explotar a sus vasallos labriegos (diciembre).
      Nuevas gestiones. Apoyo de Gattinara. En 1519, L. C. fue a Barcelona con la corte, y logró el apoyo de los predicadores reales (Salamanca, La Fuente, los hermanos Coronel, Garcés, Vázquez) para sus proyectos en favor de los indígenas americanos, a lo que se opusieron Fonseca y Cobos, pero que favoreció el nuevo canciller Gattinara. Una primera propuesta (junio), en colaboración con los hermanos Diego y Hernando Colón, fracasó por las ambiciones políticas de éste, que reclamaba en feudo toda la costa de Tierra Firme; pero otro, limitada a la costa de Venezuela y Colombia, logró, en ausencia de Fonseca (octubre), y gracias a Gattinara, la aprobación de García de Padilla, sustituto de aquél (noviembre), aunque no llegó a formularse por el viaje de la corte hacia Castilla.
      En 1520, L. C. se unió a la corte en Valladolid, donde (marzo) contempló los tesoros enviados por Cortés y presenció el motín que hizo huir al rey hacia Simancas; siguió a éste hasta Santiago de Compostela, en cuya población asistió a las Cortes (abril), y después a La Coruña, donde eficazmente apoyado por Adriano y Gattinara obtuvo, en vísperas de partir el rey para Flandes (20 de mayo), el asiento y capitulación para la población pacífica de la costa de Cumaná, cuyos decretos instrumentales fueron firmados por el gobernador-regente Adriano en Valladolid (agosto). Se trasladó seguidamente a Sevilla, agitada por la sublevación de Juan de Figueroa (19 de septiembre), lo que le impidió encontrar los 50 socios, pacíficos pobladores, que esperaba reunir. Por ello, quienes embarcaron con él eran rebeldes fugitivos, que desertaron en Sanlúcar (noviembre) antes de zarpar (diciembre).
      En 1521, al llegar a Puerto Rico, desertó el resto de los fugitivos que habían embarcado para las Indias; L. C., combatido por las autoridades americanas (marzo), se vio obligado a concluir, en Santo Domingo, un acuerdo (junio) que implicaba la captura y esclavización de los indios rebelados en Cumaná. Marchó luego a esta última población donde fue muy bien recibido por los misioneros franciscanos, pero sañudamente combatido por los soldados dé Ocampo y los perleros de Cubagua (noviembre). Por ello tuvo que embarcar para Santo Domingo, y entonces su segundo, Francisco de Soto, se dedicó a la captura de esclavos, indisponiéndose con los indios. En 1522, L. C., perdido en el camino entre Yáquimo y Santo Domingo (marzo), supo que su expedición en Cumaná había sido atacada y destruida por los caribes con muerte de cuatro de sus componentes; desengañado y arrepentido, y animado por los dominicos Betanzos y Berlanga, decidió entrar en el convento de Santo Domingo (diciembre), donde tras un año de noviciado y restituir los fondos que le quedaban, profesó. De 1524 a 1527, estudió teología y cánones en la casa matriz dominicana en La Española, hasta que sus instancias en contra de las armadas para capturar indios movieron a las autoridades a imponer a los superiores que le enviaran a Puerto de Plata.
      La Historia de las Indias. De 1527 a 1530 fundó el convento de Puerto de Plata, predicó a indios y cristianos y se dedicó a escribir su Historia de las Indias, donde relata el descubrimiento, describe la isla Española y narra los acontecimientos que presenciara desde 1502 en adelante, aun cuando no la terminó como hoy la conocemos.
      En 1530, la Audiencia, a uno de cuyos oidores había privado de su herencia presunta por la conversión de un tío suyo, le hizo prender recluyéndole en el convento de Santo Domingo desde donde dirigió una carta al Consejo de Indias en 1531, censurando los abusos de aquélla. En 1532, marchó con Berlanga a México, siendo apresado por los dominicos de este convento, y debiendo volver a Santo Domingo, donde logró en marzo de 1534 traer en paz al sublevado cacique Enriquillo, lo que, aplaudido por todos, relató en carta al Consejo (30 de abril). En septiembre salió para Panamá como acompañante de su nuevo obispo fray Tomás de Berlanga, encargado de mediar entre Pizarro y Almagro. Pero la nao en que L. C. partió para Perú fue empujada por una tempestad, tras larga calma, a la costa de Nicaragua, trasladándose L. C. a su capital Granada desde donde escribió al consejero Bernal Díaz de
      Luco (15 oct. 1535), denunciando los horrores que había presenciado. En 1536, entró en conflicto con el gobernador Rodrigo de Contreras, que quería organizar la conquista del Desaguadero, y con el obispo Diego Alvarez Ossorio, quienes formularon informaciones contra 61 (julio), por lo que con sus compañeros Ladrada y Angulo abandonó Nicaragua, dirigiéndose a Guatemala; pero llamado por el obispo de Tlascala Garcés pasó a Oaxaca donde redactó su De unico vocationes modo, base doctrinal con la que fray Bernardino de Minaya, con cartas de la Emperatriz (5 de octubre) logradas por Díaz de Luco, obtuvo en Roma del papa Paulo III la bula Sublimis Deus (2 jun. 1537).
      En 1537, L. C. fue bien acogido en Guatemala por el obispo Marroquín, que le nombró su vicario, y por el juez de residencia Alonso Maldonado con él que firmó un convenio (2 de mayo) para la reducción pacífica de los indios de Tuzulutlan, aprobado por el virrey de México (6 feb. 1539) y por el Consejo de Indias (14 nov. 1540). Los tratos con los indios se iniciaron desde Sacapulas, tratos que prosiguieron Cáncer y Angulo, mientras L. C. y Ladradas marchaban a España con cartas comendaticias de Marroquín (22 nov. 1539), Maldonado (16 de octubre), Alvarado (18 de noviembre) y fray Juan de Zumárraga, obispo de México (17 abr. 1540), para reclutar nuevos misioneros a los cuales envió, desde Sevilla, en enero de 1541, regresando a Madrid donde esperó la contestación del Emperador a la carta que le enviara con fray Jacobo de Testera (15 dic. 1540).
      En 1542, llegado Carlos V, L. C. le informó detenidamente de los abusos contra los indios y de los cohechos de los consejeros de Indias y jerarcas en ellas, logrando que tras la visita inspectora de aquél, se prendiera al Dr. Beltrán, se destituyera al obispo de Lugo Carvajal y se apartara al presidente card. Loaysa, nombrándose nuevos visitadores para Indias encargados de hacer cumplir las Nuevas Leyes dictadas en Barcelona (20 de noviembre), complementadas, por sugestión de L. C., con las de Valladolid (4 jun. 1543).
      Obispo de Chiapas. Actuación en México. En 1544, L. C., que había rechazado el riquísimo obispado de Cuzco ofrecido por Cobos, aceptó el de Chiapas para favorecer la evangelización de Tuzulutlan; y después de ser consagrado en Sevilla (30 de marzo), marchó con 44 jóvenes misioneros dominicos a Indias; a causa de atribuírsele las Nuevas Leyes, fue muy mal recibido en Santo Domingo, donde en diciembre embarcó para Honduras, camino de Chiapas. En 1545, tras una agitada estancia en Yucatán y un accidentado viaje por Tabasco, llegó a Chiapas, donde el 20 de marzo publicó una pastoral ordenando la restitución de los bienes extorsionados a los indios, disposición que sublevó a sus diocesanos, por lo que L. C. hubo de refugiarse en las misiones dominicas de Verapaz (junio), marchando a la Audiencia de los Confines en Gracias a Dios para pedir auxilio contra los revoltosos, sin conseguirlo (octubre), por lo que tuvo que transigir dulcificando su pastoral. Ante la adversa actitud del oidor Rogel y del visitador Tello de Sandoval (noviembre), salió hacia México.
      En 1546, partido en marzo de Chiapas y mal recibido en Oaxaca (abril), llegó a México (junio), donde logró la reunión de los obispos de Nueva España que se aceptaran unas conclusiones en favor de los indios, con gran indignación del cabildo de México y de los burócratas; decidido a renunciar a su sede, vista la imposibilidad de aplicar su doctrina en ella, delegó sus poderes episcopales en el vicario Juan de Parera (noviembre) y marchó a Veracruz (diciembre) con los dominicos Ladrada, Cáncer y Ferrer.
      En 1547, habiendo salido de Indias en enero, se quedó en las Azores y de allí pasó a Lisboa hasta conocer la disposición del príncipe Felipe hacia él (abril) y, al saberla favorable, entró por Salamanca dirigiéndose a la corte, a la sazón en Aranda de Duero, prosiguiendo en ella sus gestiones en pro de los indígenas americanos.
      Desde 1549, influyó notablemente en la política del Consejo de Indias, logrando se proveyesen con personas partidarias de sus ideas muchas sedes indianas (Pedro de Angulo, Juan del Valle, Tomás de S. Martín, etc.) y, finalmente, la de Chiapas (fray Tomás Casillas), una vez aceptada por el Papa la renuncia presentada el año anterior. En 1550, se inició la gran controversia con Juan Ginés de Sepúlveda, defensor subvencionado de los encomenderos mexicanos y autor del Democrates secundas, con una primera sesión (julio a septiembre), donde L. C. refutó en su extensa Apología las tesis contrarias, nombrando relator la comisión a Domingo de Soto, quien resumió el debate; presentada la ponencia en una segunda reunión (abril de 1551), se dio la razón a L. C., ateniéndose a sus tesis las sucesivas medidas legislativas del Consejo de Indias (octubre). En mayo, obtuvo L. C. del Capítulo General dominico reunido en Salamanca la erección de la nueva provincia de San Vicente de Chiapas para aplicar sus tesis.
      En 1552, ayudado por fray Vicente de Las Casas, reclutó muchos misioneros para las Indias, y fue a Sevilla (febrero) para preparar su despacho, aprovechando su estancia en el convento dominico de S. Pablo, donde estaba depositada la biblioteca de Hernando Colón, para completar su Historia, y para imprimir sus ocho tratados, llevando en septiembre a Sanlúcar ejemplares de los seis primeros (Brevissima, Controversia, 30 Proposiciones, Esclavitud, Encomiendas, Confesonario) para repartirlos entre los misioneros, muchos de los cuales desertaron por el retraso, desorden y abusos en la organización de la Armada. En 1553, regresó a Sevilla e hizo imprimir (enero) el Tratado comprobatorio y los Principia quaedam, resumen de su doctrina política. En 1555, envió una larga CartaTratado para ayudar al arzobispo Carranza en su lucha contra la perpetuidad de las encomiendas. Entre 1556 y 1563, siguió defendiendo a los indios; redactó sus últimos tratados sobre los Tesoros del Perú y, en 1564, su testamento, dejando sus libros y papeles al Colegio de S. Gregorio. En 1564 envió su memorial a Pío V (marzo), y m. en la mañana del 18 de julio, protestando de su buena fe en la defensa de los indios.
      2. Doctrina y significación. En las obras de L. C. antes citadas no existe cuerpo sistemático de doctrina, sino que ésta la formula en distintas ocasiones, está retocada no pocas veces y es de carácter predominantemente monográfico. Pero espigando en ellas se puede afirmar que su base la constituían las siguientes afirmaciones cuya fecha mencionamos: valor supremo de la ley divina (1539); autoridad interpretativa de S. Pablo (1539); universalidad de la Iglesia (1529); primado de lo espiritual (1553); finalidad del poder espiritual (1553); racionalidad, libertad y sociabilidad del hombre (1553); perfectibilidad del género humano (1530); igualdad de todos los pueblos (1530); intangibilidad y tutela debida a los derechos personales (1552); origen de la jurisdicción y su fundamentación en el bien común (1553), en la justicia y en la paz (1552); título del poder político, despotismo y tiranía (1564); función activa de la caridad (1531); deberes misioneros de los castellanos en Indias (1532) y requisitos precisos en los evangelizadores (1529); obligación de restituir lo extorsionado por los encomenderos, conquistadores (1517) y gobernantes, incluidos los consejeros de Indias (1531) y los eclesiásticos enriquecidos, mientras los indios permanecen en la pobreza (1566).
      Los últimos estudios críticos y las nuevas aportaciones documentales han fallado a favor de L. C. la polémica provocada por mal entendidos triunfalismos y nacionalismos, favorecidos por el difícil enfoque del periodo histórico entre el Renacimiento y la Contrarreforma en que le tocó vivir, cuyas implicaciones le valieron opuestas calificaciones desde la de teócrata medieval a revolucionario modernista. Hoy todos (Hanke, Bataillon, Chaunun, Friede, O'Gorman, Comas, Salas y Madariaga) coinciden en que L. C. no fue sólo creyente como sus contemporáneos, sino también practicante de la doctrina cristiana, aplicó la formulación aristotélico-tomista, con criterio renacentista, a los hechos y problemas nuevos planteados por el descubrimiento e institucionalización de la sociedad hispanoindiana, abrazó la causa justa de los colonizados y dio un ejemplo inmarcesible de cuál debe de ser la actitud del intelectual sinceramente cristiano abrumado por circunstancias históricas adversas a la realización de su ideal sobre la justa convivencia social con sus prójimos de toda índole.
M. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Vasco de Quiroga (1478-1565)

Entre las figuras más importantes del periodo colonial en el virreinato de Nueva España destaca Vasco de Quiroga. En 1530 será nombrado por Carlos I oidor de la audiencia de México donde tomó conciencia de los sufrimientos a los que se estaba sometiendo a la población indígena. Pronto reaccionó y planteó una solución: la fundación de los pueblos-hospitales, donde se asistiera a los enfermos y necesitados, se pusiera en marcha la educación de los indígenas y la evangelización, realizándose el trabajo en común y repartiéndose equitativamente los bienes. Esta idea fue rápidamente planteada a don Carlos y aceptada. Dos años más tarde se fundaba el Hospital de Santa Fe, junto a la ciudad de México. La siguiente misión de Quiroga será la pacificación de los indios tarascos en Michoacán, donde fundaría el hospital de Santa Fe de la Laguna en 1533. La Real Cédula de 1534 por la que se permitía la esclavitud de los indios será impugnada un año después al publicar su "Información en derecho", obra fundamental en la búsqueda de la justicia en América. En 1536 Quiroga era nombrado obispo de Michoacán, fundando el colegio de San Nicolás en Pázcuaro, lugar en el que los jóvenes indios y españoles convivirían, aprenderían latín y las lenguas nativas, siendo la enseñanza gratuita y la vida comunitaria. Este foco de enseñanza permitió que los sacerdotes y religiosos salidos de San Nicolás evangelizaran en lengua indígena. Esta importante labor -junto a la fundación de curatos y pueblos de indios- le valió a Vasco de Quiroga el sobrenombre de "Tata Vasco" entre los indígenas. Falleció mientras hacía su visita canóniga.

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San Francisco Javier (1506-1552)

Misionero jesuita, uno de los primeros miembros de la Compañía de Jesús. Patrono y protector de las misiones católicas.
      N. en el castillo de Javier, donde vivía su familia con unos pocos servidores, en la provincia española de Navarra, el 7 ag. 1506, hijo de Juan de Jasu y de María de Azpilcueta. M. en la isla de Sancián, a las puertas de China, el 3 dic. 1552, a los 46 años de edad. Después de sus primeros estudios, marchó a la Univ. de París en 1525 para cursar estudios de Filosofía. Se alojó en el Colegio de S. Bárbara, donde conoció y entabló amistad con Ignacio de Loyola (v.), que le enroló entre los compañeros con los que había de fundar la futura Compañía de Jesús. F. se le entregó totalmente, sobre todo después del mes de ejercicios espirituales que le dio el mismo Ignacio y con los demás compañeros hizo los votos en privado en la misma ciudad del Sena en 1534 (v. JESUITAS). El acto de los votos tuvo lugar en la capilla de los mártires de Montmartre. Se comprometían a hacer una peregrinación a Tierra Santa y a consagrarse a la vida apostólica en pobreza y en castidad.
      De París marcharon a Italia, y F. J. estuvo en Venecia en 1537; mientras esperaban las naves para el viaje a Palestina, se dedicó al servicio de los enfermos en los hospitales de la ciudad. El 24 jun. 1537 recibía la ordenación sacerdotal, y celebraba en Vicenza su primera Misa. Luego una temporada en Bolonia dedicado al ministerio sacerdotal, y en Roma, donde en 1539 toma parte con los demás compañeros en la fundación de la Compañía de Jesús. Por entonces, el rey de Portugal, Juan III, conocedor de los planes y compañeros de Ignacio, pedía al fundador que le concediera seis de sus religiosos para sus misiones de la India. Fueron designados dos, Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodríguez. Pero encontrándose enfermo Bobadilla, fue sustituido por F. J. Llegaron a Lisboa en junio de 1540, y después de un año de permanencia en Portugal salió él solo hacia la India el 7 abr. 1541, sin su compañero Simón Rodríguez, que quedó en Lisboa por mandato del rey. Llevaba el nombramiento de legado pontificio para todas las tierras situadas al E del cabo de las Tormentas, luego llamado de Buena Esperanza.
      Más de un año duró la circunnavegación a lo largo de las costas africanas, en las que pudo ejercer algunos ministerios sacerdotales en sus puntos de arribada, particularmente en la isla de Madagascar y en Mombasa; luego fueron ya directamente a Goa, capital portuguesa de las posesiones lusitanas de Ultramar, y llegaron a ella el 5 mayo 1542. F. J. se dedicó sobre todo, después de haber presentado sus credenciales y sus servicios al obispo de la ciudad, al cuidado espiritual de la colonia portuguesa, sin abandonar por ello el ministerio con los paganos, que se intentaba convertir. Sobresalió por su dedicación a los enfermos en los hospitales, y a los prisioneros de guerra y encarcelados; y muy, particularmente por sus catequesis a los niños, a los que reunía por las calles al sonido de una campanilla, para enseñarles la doctrina cristiana (V. CATECÚMENO I, 2). Ya en septiembre del mismo año hizo un primer viaje a la zona sur de la península, por sugerencia del gobernador, pues se esperaba, con razón, un abundante fruto de conversiones, sobre todo en la llamada costa de la Pesquería. Los bautismos se habían conferido a no pocos nativos, sin la debida preparación. Era una laguna que ahora le tocaba llenar al propio F. J., aunque él por su parte también se dejara llevar de una prisa prematura ante el número ingente de paganos que pedían su entrada en el cristianismo. Con la ayuda de intérpretes consiguió traducir a su lengua las principales oraciones cristianas, con los artículos más indispensables de la fe. Aquí ejercitó las auténticas cualidades y virtudes del misionero, corriendo de pueblo en pueblo, siempre a pie, haciendo el oficio de predicador, de maestro, de juez en los altercados de la gente, de defensor de la justicia frente a las injusticias de unos y otros, sobre todo de los colonos y de los reyezuelos. Allí comenzó justamente su bien merecida fama de santo y de taumaturgo. Dos años se detuvo en la costa de la Pesquería trabajando entre sus queridos paravas; hasta hizo una visita a la cercana isla de Manar, en las costas de Ceilán, donde habían tenido lugar los primeros martirios de cristianos. Luego regresó al continente, a la Pesquería y Travancore, donde multiplicaba los bautismos, hasta el punto de que, como escribía él mismo, se le cansaban los brazos de tanto bautizar, y se le resecaba la lengua de tanto proferir las palabras rituales del Sacramento.
      Regresa a Goa y comienza sus viajes ya ininterrumpidos, buscando siempre nuevos campos de apostolado para sí y para los compañeros que S. Ignacio iba enviándole ininterrumpidamente desde Europa. Se detuvo cuatro meses en Malaca, ciudad clave en la región de los estrechos, y emporio comercial y político portugués; de allí pasó a las llamadas islas Molucas, en la Indonesia actual, visitando en concreto la isla de Amboino y Ternate, posesión extrema del dominio colonial portugués, en las cercanías ya de la gran isla de Nueva Guinea. En esta ocasión hay que colocar su visita a las célebres islas del Moro, con peligro de la propia vida, a causa de la ferocidad de sus habitantes: eran las actuales islas de Halmahera, Rau y Morotai. Tres meses se detuvo con ellos, con poco fruto desde el punto de vista de la conversión, pero con tal abundancia de consuelos espirituales internos, que le traían continuamente anegado en lágrimas. Regresa a Ternate, y de allí nuevamente a Malaca, en diciembre de 1547, donde se entera de las favorables condiciones del Japón para ser evangelizado. A Malaca llegaban japoneses en plan de comercio; y en la ciudad se aglomeraban mercaderes portugueses que habían tocado ya con sus naves las costas del país del Sol Naciente. Entró particularmente en contacto con un joven japonés, de nombre Anjiro, al que pudo conferir muy poco después el bautismo. En 1548 salía de Malaca camino del Japón, y el 15 ag. 1549, desembarcaba en Kagoshima, la patria chica de Anjiro. Le acompañaban el coadjutor Juan Fernández y el P. Cosme de Torres, español, recientemente recibido en la Compañía de Jesús por el santo, en la misma India.
      Comenzó con la evangelización de los paisanos de Kagoshima; pero sus planes apostólicos eran mucho más ambiciosos: ponerse en contacto con los daymios o gobernadores de los diversos Estados japoneses, y con el mismo emperador del Japón. Es de notar que en su apostolado era ayudado por los mercaderes portugueses, que le colmaban de honores, con el fin de llamar así la atención del mundo japonés, en favor del misionero. Bajo su dirección y su entrega total comenzaban a florecer las primeras cristiandades japonesas. Lástima que asuntos urgentes de la India reclamaran su presencia en Goa, viéndose obligado a abandonar el Japón en el invierno de 1551. Y como había oído a los japoneses que su cultura provenía propiamente de China, comenzaba ahora a madurar un nuevo plan, la evangelización de la propia China. Existía la dificultad de que estaba rigurosamente prohibida la entrada a todo extranjero. No obstante, F. J. se puso en camino; pero había llegado el tiempo de la recompensa definitiva, y enfermo de pulmonía, m. en la isla de Sancián, a las puertas mismas de la ciudad china de Cantón, en la mañana del 3 dic. 1552. Sus restos mortales fueron trasladados poco después a Goa, donde desde un principio comenzó su culto y veneración. Beatificado por Paulo V el 25 oct. 1619, y canonizado por Gregorio XV el 12 mar. 1622, año de la fundación de Propaganda Fide. De ella sería declarado más adelante patrono principal, así como de todas las misiones de la Iglesia.
A. SANTOS HERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Diego de Landa (1524-1579)

 

Fray Diego de Landa Calderón nació en Cifuentes (en la Alcarria de Guadalajara) el 12 de noviembre de 1524. Poco se sabe de su infancia. A los 16 o 17 años llega al convento de San Juán de los Reyes de Toledo y profesa en la orden franciscana . Posiblemente allí se convirtió en un obstinado defensor de la fe católica. En 1547 acompaña con otros cinco sacerdotes a Nicolás de Albalate cuando éste regresa a Yucatán. En 1549 llega a Yucatán y es nombrado ayudante del guardián de Izamál. En 1552 es nombrado guardián y se le encarga construir un convento que sustituya a las chozas en que habitaban los franciscanos. En 1556 era custorio del Yucatán y primer definidor de la Provincia dentro de la orden franciscana. Cuando Yucatán y Guatemala formaron una sola provincia, fray Diego fue nombrado Provincial de la misma en 1561. Se le tenía por hombre virtuoso y prudente.
Los frailes educaban a los indígenas e intentaban evitar su maltrato. Los encomenderos se quejaban de que por aprender la doctrina cristiana, los indios tenían desatendido su trabajo. Hubo conflicto y los españoles dejaron de asistir a los oficios sagrados y quemaron pos dos veces el templo y cenobio de Valladolid. Para solucionar el conflicto fue enviado en 1552 Tomás López Medel (natural de Tendilla y a quien podemos encontrar entre los alcarreños ilustres, autor de un Tratado de los tres elementos, aire, agua y tierra) . No hubo demasiado éxito y en 1560 llegaría otro visitador. Incorporado en 1560 el Yucatán a la Audiencia de México, llegaría nuevo Alcalde y Justicia Mayor, y, en 1562, fray Francisco Toral, primer obispo en el Yucatán.
A pesar de las campañas de conversión la antigua religión de los mayas no había desaparecido, solo estaba escondida y Landa ya citaba (y reprobaba) en 1558 esta situación que se desataría en 1562 cuando Landa llega a Maní y constituye un tribunal religioso al que pronto convierte en Inquisición ordinaria. Los interrogatorios a los indios condujeron al decomiso de sus imágenes y piedras sagradas. Al menos seis indios huyeron a la selva y allí se ahorcaron antes que confesar la localización de las imágenes que ellos protegían. Tras el interrogatorio y tortura se realizó un gran Auto de Fé en Maní el 12 de julio de 1562 en que Landa hizo quemar unos 5000 ídolos y objetos sagrados. Algunos indios (por su cultura) no pudieron soportar el serles cortado el pelo y vestida la coroza y se suicidaron posteriormente. Quien luego escribiría la obra más importante sobre la cultura maya, fue el principal artífice de la destrucción de parte de ella.
Estos hechos así como la animadversión anterior hacia el provincial franciscano hieron que se le empezara proceso, apelando Landa a la Audiencia de Nueva España (México). Como el obispo Toral escribiera a Felipe II, Landa cretó conveniente para su defensa marchar a España en 1563. Tras visitar en Barcelona al General de los Franciscanos, y apoyándose en unas Breves papales que permitían a los provinciales en América actuar como inquisidores, Landa sería absuelto a pesar que el obispo Toral dijera respecto a su actuación con los indígenas que "en lugar de darles a conocer a Dios les han hecho desesperar".
Marchó a Guadalajara, luego a Toledo siendo maestro de novicios en San Juan de Dios. Parece que allií escribiera en 1566 su Relación de Cosas Notables de Yucatán para ser empleada en su defensa. Estuvo una temporada en Cifuentes en 1568, y estando en el monasterio de San Juan de la Cabrera fue nombrado Obispo de Mérida en el Yucatán sustituyendo a Toral. Embarca en 1572 en Sevilla y se lleva una copia de su manuscrito. Aunque indígenas y españoles tenían cierta prevencion de su llegada, no tuvo nuevos encontronazos ni con los encomenderos ni con los indígenas, aunque llegara a excomulgar el gobernador de Mérida por un conflicto de jurisdicción. Escribe una doctrina cristiana en lengua maya que hace imprimir en la ciudad de México en 1575, de la que no queda copia alguna. Muere en Mérida en 1579 y allí es enterrado. Sus restos volvieron a Cifuentes siglo y medio después. Juan Catalina García halla sus huesos en un pequeño sepulcro de la Iglesia parroquial del Salvador y allí serían destruidos al empezar en 1936 la Guerra Civil española.
La Relación de Fray Diego es importante pues no sólo cuenta el origen del nombre Yucatán, el descubrimiento y conquista por los españoles de esta península en el siglo XVI, sino que se detiene extensamente en la historia y leyendas de las tribus mayas que la habitan. Cuenta las primeras noticias de la gran civilización maya, extinguida en el siglo XV, a través de los relatos recogidos de los indígenas y da un panorama completo de lo que era el Yucatán y sus habitantes hacia 1560. Es una pena que la descripción de los símbolos de la escritura maya hecha por fray Diego no sea mas extensa, pues (aunque de gran ayuda a los estudiosos de la mayística) no ha permitido el desciframiento de la misma.
Se perdieron todos los originales o las copias completad de la Relación, y sólo quedó una copia parcial en la Academia de la Historia de Madrid, descubierta y publicada en 1864. En nuestros tiempos con un pensamiento tan alejado del que había en el siglo XVI carece de sentido tanto denostar como excesivo el celo represor del paganismo de Fray Diego como el elevar a portento único la Relacion de las Cosas del Yucatán por él escrita. Es uno de los pocos españoles que cuentan con una estátua en México, en la plaza mayor de Izamal.
Este texto es deudor de la Introducción escrita por D. Miguel Rivera Dorado a la edición que de la obra de Landa hizo Historia 16 en 1992 y que se regalaba a los lectores de esta publicación gracias al patrocinio de Caja de Madrid.

J.L. García de Paz

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José de Anchieta (1533-1597)


Misionero jesuita español, llamado el Apóstol del Brasil. Consagrado a la evangelización de los indios, y al cuidad espiritual de los emigrados portugueses, tradujo a la lengua tupiguaraní el catecismo y otras obras doctrinales, así como un Arte de Gramática da lingua mais usada na costa do Brasil (1595), para facilitar su aprendizaje, y una recopilación de Cartas, informacoes, fragmentos históricos e sermoes (1554-1594)
En 1554 fundó la ciudad de Sao Paolo.

 

Apóstolo no Brasil, também conhecido como Beato Anchieta. Estuda em Coimbra a partir de 1548 e ali se torna jesuíta em 1551. Em Maio de 1553 é enviado para o Brasil, onde começa por ensinar Latim no Colégio de Piratininga. Este Colégio é mudado em Janeiro de 1554 para um novo local, com o nome de Colégio de S. Paulo, o qual vem a ser considerado o núcleo da actual cidade de S. Paulo. Neste local, hoje designado como Pátio do Colégio, encontra-se também a Capela de Anchieta, igreja erguida não só pelo Pe. Anchieta mas também pelo Pe. Manuel da Nóbrega, igreja esta que vem a desabar em 1896. Entretanto, uma réplica desta igreja é construída. Ali, pode hoje admirar-se esta nova igreja, assim como a Casa de Anchieta com objectos e imagens que, supõe-se, são pertença do beato. Os alunos do Colégio são os filhos dos portugueses e os jovens religiosos da sua ordem, mas também os índios. O Pe. Anchieta começa a estudar a língua indígena, compõe uma gramática e um vocabulário tupi, escreve também em tupi um opúsculo para os confessores e outro para assistir aos moribundos. Para além destas obras, dedica-se também a escrever cantos piedosos, diálogos e autos segundo o estilo de Gil Vicente, e, por isso, é considerado o iniciador do teatro (Mysterios da Fe, dispostos a modo de diálogo em benefício dos índios é um exemplo das 12 peças de que há testemunho) e da poesia (De Beata Virgine Dei Matre Maria) no Brasil. De destacar também as suas cartas para Portugal e Roma, importantes pelas informações que contêm sobre a fauna, a flora e a ictiologia brasileira. Com Manuel da Nóbrega, contribui para a paz entre os portugueses e várias tribos índias, nomeadamente a mais feroz: a dos Tamoios. Em Março de 1565 entra na Baía de Guanabara com o capitão-mor Estácio de Sá, onde estabelecem os fundamentos do que viria a ser a cidade de S. Sebastião do Rio de Janeiro. Recebe as ordens sacras no final desse mês de Março na Baía, hoje cidade de Salvador. De novo no Rio, em 1567 vai para S. Vicente como superior das casas da capitania, a de S. Vicente e a de S. Paulo, onde permanece até 1577, data em que é nomeado provincial do Brasil. Em 1589 é já superior de Espírito Santo, onde fica até morrer. O Pe. Anchieta acaba beatificado em Junho de 1980 pelo papa João Paulo II, beatificação esta, ao que parece, que a perseguição do marquês de Pombal aos jesuítas impede até então.

 

(http://www.vidaslusofonas.pt/padre_jose_de_anchieta.htm)
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Luis de Bolaños (1539-1629)

 

Fray Luis de Bolaños es la figura que ha quedado en la historia paraguaya como el prototipo del evangelizador franciscano. Nacido en Marchena, provincia de Sevilla, en 1549, muy joven ingresó en la Orden franciscana cerca de su pueblo natal. Allí profesó y realizó sus estudios eclesiásticos y recibió las órdenes sagradas hasta el diaconado. Cuando pasó por su convento fray Alonso de San Buenaventura en busca de misioneros para América, fray Luis decidió unirse a su grupo; llegó a Asunción en 1575. Durante diez años trabajó incansablemente al lado del padre Alonso de San Buenaventura, y finalmente fue ordenado sacerdote en 1585 por el obispo dominico Alonso Guerra.

Desde ese momento, su actividad apostólica se acrecentó aún más, y así, durante más de cincuenta años, fray Luis de Bolaños se consagró a la evangelización entre los guaraníes. Desempeñó diversos cargos en la Orden franciscana y fue superior mayor de la Custodia de Paraguay. Finalmente, murió santamente en el convento de San Francisco de Buenos Aires el 11 [según otros, el 12] de octubre de 1629. La fama de santidad de que gozó en vida, así como los acontecimientos que acompañaron a su muerte movieron a las autoridades eclesiásticas a iniciar su proceso de beatificación.

El hecho más notable en la actuación misionera del padre Bolaños fue la creación de las «reducciones», que tan famosos habrían de hacer después a los jesuitas. Una de las muchas dificultades que se presentaban a los misioneros de Paraguay (como para el resto de América Latina) en la catequesis era la vida nómada de sus pobladores. Para superar esta dificultad el padre Bolaños concibió la idea de «reducirles» en poblaciones fijas y estables, primer paso para la civilización. Allí se les enseñaba, junto con la doctrina cristiana, a leer y escribir y los primeros rudimentos de los conocimientos humanos, a cultivar la tierra, a domesticar animales y, sobre todo, diversas artesanías. De ahí nació la aportación artística indígena en la construcción de iglesias y capillas, retablos e imágenes, que todavía hoy día podemos contemplar y admirar.

Otra de las dificultades con que tropezaban los misioneros en el Paraguay era el idioma de los aborígenes. Fray Luis escribió la primera gramática guaraní y un vocabulario, que fueron de suma utilidad para los posteriores misioneros de Paraguay. El catecismo aprobado por el Concilio de Lima en 1583 y por santo Toribio de Mogrovejo para la enseñanza de la doctrina cristiana fue vertido al guaraní por este misionero; esta traducción fue aprobada por el Sínodo de Asunción en 1603 y se ordenó que fuera utilizada en la enseñanza de la doctrina cristiana.

El padre Bolaños, además de enseñar él personalmente, se dedicó a preparar algunos indios más capaces para que, a su vez, ellos enseñaran a los otros indios. Sólo así pudo preparar y enseñar indirectamente a tantos miles de aborígenes, que de otra forma no hubiera podido atender. Es un buen ejemplo de lo que se puede hacer con catequistas bien preparados también en nuestros días; es otra de las lecciones que debemos aprender de este insigne misionero franciscano.

Cuando los jesuitas se hicieron cargo más tarde de estas reducciones de Paraguay, contaron con la larga experiencia de fray Luis de Bolaños entre los guaraníes.

Julián Heras, OFM

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Acosta, José de (1539?-1600)

Misionero en América Hispana en el siglo XVI y que mereció ser llamado por el gran científico y viajero alemán Alexander von Humboldt "el Plinio del Nuevo Mundo". Como reconocía hace ya un siglo uno de sus biógrafos, José Rodríguez Carracido (1899), "en la historia de la ciencia española descuellan, como figuras cuya magnitud no fue superada por las más eminentes de sus contemporáneos extranjeros, las de los tratadistas que se ocuparon de los asuntos de América; y de este aserto son testimonio irrecusable la universal notoriedad, y su persistencia al través de los siglos, de las obras de Fernández de Oviedo y del P. José de Acosta, de Álvaro Alonso Barba y del P. Bernabé Cobo, entre otros muchos".
Se compara aquí la obra de Acosta con la de otros tres grandes geógrafos y naturalistas: Fernández de Oviedo, Alonso Barba y Bernabé Cobo. Gonzalo Fernández de Oviedo y Cortés (1478-1557) fue autor de la monumental Historia general y natural de las Indias (Sevilla. Salamanca, 1535-1537); Álvaro Alonso Barba (1569-1662), "andaluz de Lepe", fue autor de El Arte de los Metales (publicado en 1640); Bernabé Cobo (1572-1657) publicó la Historia del Nuevo Mundo en Lima en 1553 (Vernet, 1975).
De las obras del P. Acosta, este trabajo hará referencia preferente a la Historia Natural y Moral de las Indias, por su importancia y, sobre todo, por contener una interpretación transida de modernidad. En ella se plantea la interacción entre naturaleza y sociedad en la América del siglo XVI, postulando la posibilidad de una interpretación tímida pero evolutiva de la realidad animal, vegetal y cultural.
José de Acosta nació en 1540 en la ciudad castellana de Medina del Campo (Alcina Franch, 1987; Moreyra, 1940; O´Gorman, 1962). Muy joven entró en la Compañía de Jesús y en 1571, cuando contaba 31 años de edad, Acosta es destinado a las misiones de los Andes (Lopetegui, 1940, 1942). Un año más tarde, el 28 de abril de 1572, llegaba por fin a Lima (del Pino, 1978, 1982)
Siendo provincial de los jesuitas en el Perú, realizó al menos tres largos viajes por el interior del país visitando las misiones allí establecidas, lo que le permitió un conocimiento real y exacto de la naturaleza y de la vida social de los indígenas. Enfermo y cansado por los viajes y los enfrentamientos con los poderes políticos españoles, pide volver a la metrópoli. A principios de julio de 1586, José de Acosta llega a Nueva España, residiendo en la capital, México. Allí, su hermano Bernardino, también jesuita, era Rector del Colegio de Oaxaca. Durante su estancia en México, Acosta procuró documentarse lo más posible para la redacción de la Historia Natural y Moral de las Indias que había iniciando años antes. Después de haber pasado casi un año en México, el P. Acosta embarcó el 18 de marzo de 1587 camino de España
En septiembre de ese año llegaban a Sanlúcar, al puerto del que partió diecisiete años antes. En España y en esta época (1588-1592) la actividad editora del P. Acosta fue muy intensa. En 1588 salía editado en Salamanca su primer libro, que reunía el De Procuranda Indorum Salute precedido del tratado De Natura Novi Orbis. En 1590, salía de las prensas de Sevilla el libro más famoso de cuantos escribió: la Historia Natural y Moral de las Indias.
 
Han sido muchos los investigadores que han comentado la obra más conocida de Acosta (Beddall, 1977). Este no pretendió hacer en su Historia una revisión exhaustiva de los fenómenos y seres naturales de América, sino razonar sobre su significado apoyándose en una selección de ellos (Templado, 1974).

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San Pedro Claver (1580-1654)

Misionero jesuita español del s. XVII. N. en Verdú (Lérida) en junio de 1580, m. en Cartagena (Colombia), el 8 sept. 1654.
      Vida y estudios. Recibió el bautismo el 26 jun. 1580, en la parroquia de Santa María y se le impusieron los nombres de Juan Pedro; dejaría el de Juan para no confundirse con el de su hermano primogénito. Fue el último de los seis hijos del matrimonio de Pedro Claver y Minguella y Ana Corberó Claver, labradores con buena hacienda. En la parroquia de la villa recibió la tonsura (8 dic. 1595) de manos del obispo de Vich, Pedro Jacobo. En la orientación del niño influyeron, sin duda, entre otras circunstancias, el fallecimiento de su madre en 1593 y la nueva situación doméstica al contraer su padre segundas y terceras nupcias; los Claver tenían fundado un beneficio en Verdú; un tío, Juan Claver, era beneficiado en la próxima villa de Tárrega. Por los años 159697 P. marcha al Estudio general de Barcelona, donde cursa tres años de Gramática y Retórica. Asiste como alumno al Colegio de Belén de los jesuitas, fundado por S. Francisco de Borja. El obispo de aquella diócesis le admite a las órdenes menores. En 1602 ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús de Tarragona y pronuncia los votos el 8 ag. 1604. Al terminar el noviciado, pasa a Mallorca a estudiar Filosofía en el Colegio de Montesión. A su llegada (1605) era portero S. Alonso o Alfonso Rodríguez (v.) quien reafirmó en su vocación a la Compañía, inflamando su espíritu de ardor misionero. Fueron maestros de P. C. los padres Vaylo y Arcaina. Pero el más alto e inolvidable magisterio lo recibió de la comunicación diaria con el hermano Alonso, que, en frase de León XIII, supo lanzar a su 8iscípulo «a una admirable santidad». Retorna a Barcelona para estudiar Teología (1608). Un acontecimiento confirmó aún la vida religiosa de P. C.: la beatificación de Ignacio de Loyola por Paulo V (1609), celebrada con grandes fiestas en todo el principado catalán.
      Antes de concluir sus estudios, vio cumplido su anhelo de entregarse a las misiones (v.) del Nuevo Mundo. En 1610, con licencia del Provincial, se encamina a Sevilla. A los requerimientos de sus superiores para que se ordene de subdiácono antes de embarcar, hubo de responder que todavía no se hallaba suficientemente preparado, ni decidido aún a ser sacerdote. Partió con la pequeña expedición jesuítica, en el galeón S. Pedro, llevando en su hatillo dos manuscritos que le diera el hermano Alonso: un pequeño oficio de la Inmaculada y unos avisos espirituales que habían de ser su más firme guía. Es probable que el clima tropical y malsano de Cartagena de Indias (ciudad de grandes calores y de grandes humedades) hiciesen mella en su salud. Lo cierto es que permaneció allí poco tiempo. Él deseaba, más bien que sacerdote profeso, ser hermano coadjutor, mas se le ordenó terminar la Teología en el Colegio de Santa Fe de Bogotá, donde a su llegada (fines de 1610 o principios de 1611), no se explicaba aún esta materia, hasta la venida del padre Antonio Agustín, año y medio más tarde. De nuevo (fines de 1614), por razones de salud, le enviaron a Tunja. Hecho el tercer año de probación, tomó el camino de Cartagena, su residencia definitiva durante 38 años y en torno a cuyo puerto giraría el resto de su existencia. En aquella catedral se ordenó, finalmente, de subdiácono y diácono, y le confirió el sacerdocio (19 mar. 1616) el obispo dominico Pedro de la Vega. Al profesar los cuatro votos (1622) suscribía la entrega: «Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre».
      Apostolado. Procedentes de todas las regiones tropicales llegaban a Cartagena cada año unos 30.000 esclavos negros para las plantaciones y las minas de metales preciosos (V. ESCLAVITUD). Alonso Rodríguez había revelado a P. C. que pasaría a las Indias, al Nuevo Reino, a la ciudad de Cartagena. Pero los superiores determinaron más en concreto el campo de actividades del fervoroso catalán: el mundo de los esclavos negros. Se inició ayudando al padre Alonso de Sandoval, verdadero maestro que publicaría un tratado valioso («Naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres, disciplina y catechismo evangélico de todos los etíopes», Sevilla 1627), siendo rector del Colegio de Cartagena de Indias. Aquellas masas de esclavos constituían una pequeña Babel y era necesario valerse de intérpretes, ya que procedían de países muy diversos. En un principio Sandoval pedía prestados a sus dueños estos intérpretes auxiliares, pero la colaboración resultaba difícil (los esclavos perdían horas de trabajo) y se vio la conveniencia -aparente contradicción- de comprar el Colegio esclavos para instruirlos y servirse de ellos en la catequesis. A ruegos de P. C. el general Vitelleschi le autorizaba (Roma 1628) a retener «los ocho o nueve intérpretes negritos tan necesarios para este ministerio». P. C., por su parte, llegó a hablar el angolés.
      Cuando se acercaba el tiempo de la llegada de un buque negrero, el santo ofrecía obsequios espirituales al primero que le notificase la noticia. Acudía presuroso a los navíos y si no habían atracado, iba en una barquilla con sus intérpretes y se acercaba a aquellos infelices dándoles señales de amistad: «Nos mostraba rostro amable con mucha risa», declara uno de aquéllos. Visitaba primeramente el alojamiento de los enfermos; luego el local de los sanos, aliviando a todos con alimentos, frutas, tabaco, medicinas y caricias. Reunidos en un local espacioso, iniciaba su original catequesis: levantaba un altar y encima unos cuadros para darles intuitivamentelas nociones fundamentales: Trinidad, Encarnación, Muerte y Pasión, Resurrección, Juicio final, Gloria eterna. A cada grupo de diez les ponía el mismo nombre en el bautismo, a fin de que entre sí lo recordasen. Uno de los Rectores, al escuchar las explicaciones de P. C., las consideró demasiado superficiales, y peligrosa la utilización de aquellas pinturas recargadas de imaginación. Mas al ver los frutos, cesaron las objeciones. Tarea grande resultaba disponer para el cumplimiento pascual a los que por vez primera lo hacían y más en particular a los hijos de los esclavos de los contornos. Pero el apóstol extendía incansable su radio de acción hasta las poblaciones de Turbana, Turbaco, Santa Rosa de Alipaya, Villanueva o Timiriguaco, Bayunca, Ponedera, Las Caras, Manglar, Malagana, San Pablo, Palenque... se alojaba entonces en las chozas de los negros. Nada escapaba a su perspicacia. Había esclavos comprados por pilotos y marineros que por no satisfacer la gabela real desembarcaban la mercancía humana fuera del puerto y la introducían en la ciudad. Cuando se enteraba P. C. mandaba a sus más astutos intérpretes y manteniendo el secreto de la procedencia, ejercía su ministerio. Los esfuerzos no eran estériles y ponían de manifiesto el fondo noble de la raza negra: «Hay que ver la alegría que sienten después de haberse bautizado... No son bestias, son hombres adultos y como a tales se les ha de dar el bautismo, precediendo de su parte voluntad y los demás actos necesarios», escribía Sandoval. P. C: bautizó, según propia confesión, más de 300.000 negros.
      Desplegó también una actividad admirable en servicio de los hospitales: el de S. Sebastián y el de los lazarinos. Como en 1624 la modesta fábrica del hospital de los leprosos amenazase ruina, P. C. con la aprobación de los superiores, se dedicó a levantar la capilla nueva: «Durante 30 años, él se constituyó en su procurador, cura y patrono, administraba los sacramentos y lo abastecía todo». En contacto inmediato con tanta miseria, sentía la natural repugnancia y más de una vez consta que hubo de sobreponerse con energía el espíritu a la carne, hasta lamer, para vencerse a sí mismo, las llagas de sus negros y leprosos. Fuera de este ámbito que le fue peculiar, llegó a todas las esferas: la justicia, los escribanos, los comerciantes y especieros, los amos, los sentenciados a muerte, los cuarteles y los alojamientos, los artesanos, los niños; sin olvidar a los turcos y moros que remaban en las galeras españolas. Para todos fue padre y guía, logrando una verdadera proyección social de sus tareas apostólicas.
      De parte de sus hermanos en religión hubo de sobrellevar graves humillaciones y afrentas, pues más atentos en ocasiones a otros tipos de apostolado, no siempre supieron apreciar la prodigiosa labor del santo, que más tarde, en su proceso de beatificación, fue comparado con S. Francisco Javier, S. Juan Berchmans y S. Alonso Rodríguez. Sin embargo, a veces hasta sus superiores jesuitas parece que lo tuvieron en poco aprecio. El catálogo secreto, remitido a Roma desde la Provincia del Nuevo Mundo, contiene un juicio desconcertante. En 1616: «P. Pedro Claver: ingenio mediano; juicio, menos que mediano; prudencia, corta; experiencia de los negocios, corta; aprovechamiento en las letras, mediano; talento, sirve para predicar y tratar con los indios». En años posteriores (1642, 1649, 1651) se le califica «insigne en el ministerio de catequizar a los negros; adelantamiento espiritual, óptimo».
      No dejó escritos ascéticos ni de metodología catequística. Pero ambas cosas traslucían en su ejemplo: cinco horas de oración cada noche, tres disciplinas, tres horas de sueño, misa sosegada, interminables horas de acción pastoral. Desde 1651 quedó inválido hasta su muerte. No se conoce ningún retrato auténtico del «Apóstol de Cartagena». Beatificado por Pío IX el 21 sept. 1851; canonizado por León XIII el 15 en. 1888, en compañía de su maestro Alonso Rodríguez; declarado patrono de las misiones africanas el 7 jul. 1896; se celebra su fiesta el 9 de septiembre. La condesa María-Teresa Ledochowska fundó (1894) el «Sodalicio de S. Pedro Claver» para ayudar a las misiones de África. La república de Colombia le honró (1955) como padre de la nación.

R. ROBRES LLUCH.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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San Francisco Solano (1549-1610)

Gran apóstol de América del Sur y especialmente de Perú, en cuya capital, Lima, está enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo.

Acabada la conquista del gran imperio incaico, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en este apostolado.

Desde Perú se extendió el cristianismo por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay.

Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena. Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el aprendizaje de las lenguas indígenas.

Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años, sus inmensas diócesis.

En esta primera hora de la evangelización, estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados.

Perfil biográfico

Verdadero apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de entonces, sino también otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1576.

Por su afición a la música, que cultivó toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito.

Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo.

Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán.

Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración.

En 1595 los superiores de Lima, de quienes dependía, lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima. Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de Lima; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante no saliera así.

Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería del convento de San Francisco de Lima, donde tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo.

El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima, además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías.

 

Heras, Julián, O.F.M

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Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606)

 

Nació en Mayorga, España, en 1538.

Los datos acerca de este Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América, producen asombro y maravilla.

Los historiadores dicen que Santo Toribio fue uno de los regalos más valiosos que España le envió a América. Las gentes lo llamaban un nuevo San Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que era sumamente parecido en sus actuaciones a San Carlos Borromeo, el famoso Arzobispo de Milán.

Toribio era graduado en derecho, y había sido nombrado Presidente del Tribunal de Granada (España) cuando el emperador Felipe II al conocer sus grandes cualidades le propuso al Sumo Pontífice para que lo nombrara Arzobispo de Lima. Roma aceptó y envió en nombramiento, pero Toribio tenía mucho temor a aceptar. Después de tres meses de dudas y vacilaciones aceptó.

El Arzobispo que lo iba a ordenar de sacerdote le propuso darle todas las órdenes menores en un solo día, pero él prefirió que le fueran confiriendo una orden cada semana, para así irse preparando debidamente a recibirlas.

En 1581 llegó Toribio a Lima como Arzobispo. su arquidiócesis tenía dominio sobre Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y parte de Argentina. Medía cinco mil kilómetros de longitud, y en ella había toda clase de climas y altitudes. Abarcaba más de seis millones de kilómetros cuadrados.

Al llegar a Lima Santo Toribio tenía 42 años y se dedicó con todas sus energías a lograr el progreso espiritual de sus súbditos. La ciudad estaba en una grave situación de decadencia espiritual. Los conquistadores cometían muchos abusos y los sacerdotes no se atrevían a corregirlos. Muchos para excusarse del mal que estaban haciendo, decían que esa era la costumbre. El arzobispo les respondió que Cristo es verdad y no costumbre. Y empezó a atacar fuertemente todos los vicios y escándalos. A los pecadores públicos los reprendía fuertemente, aunque estuvieran en altísimos puestos.

Las medidas enérgica que tomó contra los abusos que se cometían, le atrajeron muchos persecuciones y atroces calumnias. El callaba y ofrecía todo por amor a Dios, exclamando, "Al único que es necesario siempre tener contento es a Nuestro Señor".

Tres veces visitó completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En la primera vez gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró cinco años y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del recorrido era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables, pasando de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes para destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar a la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro suelo. Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros, especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.

Logró la conversión de un enorme número de indios. Cuando iba de visita pastoral viajaba siempre rezando. Al llegar a cualquier sitio su primera visita era al templo. Reunía a los indios y les hablaba por horas y horas en el idioma de ellos que se había preocupado por aprender muy bien. Aunque en la mayor parte de los sitios que visitaba no había ni siquiera las más elementales comodidades, en cada pueblo se quedaba varios días instruyendo a los nativos, bautizando y confirmando.

Celebraba la misa con gran fervor, y varias veces vieron los acompañantes que mientras rezaba se le llenaba el rostro de resplandores.

Santo Toribio recorrió unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a sus fieles. Pasó por caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que nunca habían visto un hombre blanco.

Al final de su vida envió una relación al rey contándole que había administrado el sacramento de la confirmación a más de 800,000 personas.

Una vez una tribu muy guerrera salió a su encuentro en son de batalla, pero al ver al arzobispo tan venerable y tan amable cayeron todos de rodillas ante él y le atendieron con gran respeto las enseñanzas que les daba.

Santo Toribio se propuso reunir a los sacerdotes y obispos de América en Sínodos o reuniones generales para dar leyes acerca del comportamiento que deben tener los católicos. Cada dos años reunía a todo el clero de la diócesis para un Sínodo y cada siete años a los de las diócesis vecinas. Y en estas reuniones se daban leyes severas y a diferencia de otras veces en que se hacían leyes pero no se cumplían, en los Sínodos dirigidos por Santo Toribio, las leyes se hacían y se cumplían, porque él estaba siempre vigilante para hacerlas cumplir.

Nuestro santo era un gran trabajador. Desde muy de madrugada ya estaba levantado y repetía frecuentemente: "Nuestro gran tesoro es el momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado nuestro tiempo".

Fundó el primer seminario de América. Insistió y obtuvo que los religiosos aceptaran parroquias en sitios supremamente pobres. Casi duplicó el número de parroquias o centros de evangelización en su arquidiócesis. Cuando él llegó había 150 y cuando murió ya existían 250 parroquias en su territorio.

Su generosidad lo llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseía. Un día al regalarle sus camisas a un necesitado le recomendó: "Váyase rapidito, no sea que llegue mi hermana y no permita que Ud. se lleve la ropa que tengo para cambiarme".

Cuando llegó una terrible epidemia gastó sus bienes en socorrer a los enfermos, y él mismo recorrió las calles acompañado de una gran multitud llevando en sus manos un gran crucifijo y rezándole con los ojos fijos en la cruz, pidiendo a Dios misericordia y salud para todos.

El 23 de marzo de 1606, un Jueves Santo, murió en una capillita de los indios, en una lejana región, donde estaba predicando y confirmando a los indígenas.

Estaba a 440 kilómetros de Lima. Cuando se sintió enfermo prometió a sus acompañantes que le daría un premio al primero que le trajera la noticia de que ya se iba a morir. Y repetía aquellas palabras de San Pablo: "Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en libertad para ir a encontrarme con Jesucristo".

Ya moribundo pidió a los que rodeaban su lecho que entonaran el salmo que dice: "De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor".

Las últimas palabras que dijo antes de morir fueron las del salmo 30: "En tus manos encomiendo mi espíritu".

Su cuerpo, cuando fue llevado a Lima, un año después de su muerte, todavía se hallaba incorrupto, como si estuviera recién muerto.

Después de su muerte se consiguieron muchos milagros por su intercesión. Santo Toribio tuvo el gusto de administrarle el sacramento de la confirmación a tres santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres.

El Papa Benedicto XIII lo declaró santo en 1726.

Y toda América del Sur espera que este gran santo e infatigable apóstol, quizás el más grande obispo que ha vivido en este continente, siga rogando para que nuestra santa religión se mantenga fervorosa y creciente en todos estos países.

 

(http://www.churchforum.org/Santoral/Marzo/2303.htm)

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Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659)

Datos biográficos. Obispo español, nacido en Fitero de Navarra, el 24 jun. 1600 y muerto en Burgo de Osma (Soria) a 1 oct. 1659. Su destacada participación en los Consejos Reales; la gran eficacia de las misiones eclesiásticas e incluso civiles realizadas como obispo de Puebla de los Ángeles (:México), arzobispo de México y luego en Osma; y ante todo la labor escrituraria, recogida en catorce gruesos volúmenes de la monumental edición, Obras completas, 1762, patrocinada por Carlos III, le dan un lugar importantísimo y destacado en la historia de España e Hispanoamérica. Como colofón glorioso de tan alta personalidad, sus preclaras virtudes cristianas le abrieron el proceso para su canonización; detenido, tras complicadas incidencias, quedóle como testimonio de ello el apelativo de Venerable, antepuesto al nombre, con el cual se le conoce generalmente. Su recuerdo, algo olvidado a partir del S. XIX, permanece más vivo en México -lugar de apostolado y actividades durante cerca de diez añosque en España en cuya catedral de Burgo de Osma reposan sus venerados restos.
     
      P. y M. nació con el.S. XVII, rodeado de curiosas vicisitudes, propias más bien de un aparente mundo de leyenda, cuya verdad e historia es incuestionable: «siendo hijo del delito -nos dirá en su veraz Autobiografía o Vida Interior- por serlo fuera del matrimonio... procurando su madre (según ha llegado a entender por persona que asistió cerca del mismo suceso) cubrir los delitos de su honor con otro mayor suceso... puesto en una cesta (puede ser que lo tuvieran por muerto) lo dejaron algún tiempo en el campo, escondido entre unas hierbas, hasta que después lo llevaron a arrojar a un río cerca de allí...».
     
      Su padre fue el segundo Marqués de Ariza, Pedro Jaime de Palafox y Rebolledo (ausente en Roma, al natalicio del hijo, como camarero de honor del papa Clemente VIII). El nombre y condiciones de la madre permanecen en el secreto, aunque de origen no menos «noble». El valle de Fitero lo riega el Alhama; de morir ahogado le salvó un honrado y pobre labriego, en cuya humilde mansión vivió aplicado al oficio de pastorcito, hasta los diez años en que le reconoció y legitimó el Marqués, su padre, con la incorporación, como hijo preferido, a la potente casa aragonesa de Ariza, cuyos bienes, poco después, empieza a gobernar.
     
      Estudios primarios con los jesuitas de Tarazona, después en las Universidades de Huesca, Alcalá y Salamanca, hasta doctorarse por la de Sigüenza. Su primer encuentro con la política nacional, donde tanto destacara, tuvo lugar en las cortes de Monzón de 1626, convocadas por Felipe IV. Al finalizar el año es Fiscal del Consejo de Guerra en Madrid. En 1629, ya presbítero, miembro del de Indias y viajero por las cortes de Europa, con el acompañamiento de doña María de Austria, hermana del rey.
     
      En 1640 llega a costas mexicanas, como Obispo de la gran diócesis de Puebla de los Ángeles y Visitador de la Nueva España. Dos años más tarde será su Virrey y Arzobispo de México, cuya dignidad eclesiástica rehúsa, tras de breve administración.
     
      Su labor en América, con tan elevados cargos, es importantísima: construye la admirable catedral de Puebla; erige colegios mayores, seminarios o universidades; dona su gran biblioteca, hoy viva con el apelativo de Palafoxiana, sobrenombre que adopta, también, hasta nuestros días, al Seminario eclesiástico archidiocesano; otorga y redacta numerosas constituciones, unas incluso para la célebre Universidad de la capital mexicana; levanta monasterios, templos y hospitales. Tanta, tan grande y fructífera actividad será «su mayor milagro» en frase acertada del Cardenal Lorenzana, luego Arzobispo de México y de la Primada española de Toledo. Contra ello nada ha podido el eco de sus justas polémicas con las órdenes religiosas de México, especialmente los jesuitas. La razón que asistía a P. la consagró con autoridad suprema, el Pontífice Inocencio X, en Breve del año 1648. No obstante, los reconocidos derechos del obispo de Puebla, Felipe IV le mandó regresar a España; como lo hizo en el verano de 1649, aunque siempre clamase por el regreso a su obispado americano.
     
      Tres años estuvo en Madrid, antes de recibir nueva sede episcopal, la de Osma (Soria), los cuales aprovechó para intensificar su vida interior, que iba en progresión ascendente hacia las más altas cimas espirituales. Lo mismo, durante sus finales años osmenses, entregado, con exclusividad, al cuidado espiritual de su pobre grey, edificada por los continuos y heroicos actos de virtud de tan venerable Pastor. Pobres de la localidad, fueron los testigos de su santa muerte.
     
      Escritos. Numerosísimos fueron sus escritos y de una amplia gama de temas o asuntos. En la esfera religiosa: autobiográficos, místicos, ascéticos, bíblicos, patrísticos, hagiográficos, de devoción, normativos. En la civil: históricos, biográficos, políticos, americanistas y epistolares. Hasta 565 títulos aprobó, con motivo de la pretendida beatificación, la Sagrada Congregación Romana de ritos.
     
      Los más famosos, entre ellos Vida Interior (la ed. 1682, aunque se iniciara durante los años mexicanos). Autobiografía con tono humildoso, apropiado a unas «confesiones y confusiones» -como en realidad las tituló su autor- proporciona y revela datos del más subido interés para una interpretación psicológica de P. en su polifacético y activo quehacer (no existe edición moderna, pero se halla en preparación).
     
      Varón de deseos (la ed. México 1642). Sigue la tradición de la mística carmelita con expresiones al uso del barroco literario. La intención apostólica y de vivencia personal es clara y contundente: «Pido a las almas devotas, que el buen deseo con que les ofrezco este moderado trabajo, lo trabajen con pedir... que sea varón de deseos y obras el que ha escrito este Varón de deseos».
     
      El pastor de la Nochebuena (la ed. México 1644) «Librito de oro» le llamó el primer editor tras de la muerte del Venerable, y como su mismo autor enjuició: «aunque es juguete, enseña mucho para el gobierno de las almas... Y aunque tiene algo de donaire, no es todo aire, ni tiene poco de don». Libro ascético -«Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios»- con total envoltura alegórica que le confiere indudable valor literario.
     
      La Peregrinación de Philotea al templo y santo monte de la Cruz. Perteneciente, también, como el anterior tratado, a la literatura ascética, con sentido metafórico, está entre las últimas obras palafoxianas (la ed. Madrid 1657. No la hay moderna). Su primera parte trata del alma que lucha por acercarse a la Cruz; la segunda, ya en la plenitud mística, del abrazo y transformación en el Amor deificánte. Los símbolos y las expresiones barrocas serán de nuevo su deliciosa cobertura.
     
      De la naturaleza y virtudes del indio. Es una de tantas cartas como escribió P.; ésta, al rey Felipe IV, y de claro contenido histórico. Su preocupación por los indios, la más pobre porción de su grey pastoral americana, le lleva a clamar por las necesidades que les aquejan, con el fin de remediarlas. Pertenece a la amplia literatura española proindianista y se mantiene en un justo medio, frente a la crítica demoledora de la labor de España en Hispanoamérica (la ed. clandestina, según Palau, Puebla, México 1650).

F. SÁNCHEZ-CASTAÑER.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Serra, Junípero (1713-1784)

Nació en la villa de Petra, Mallorca, España, en 1713; murió en San Carlos, Monterey, Cal., en 1784. Estudió latín en el convento de San Bernanrdino, en su lugar natal; pasó luego a Palma de Mallorca, donde cursó filosofía, y 1730 tomó el habito franciscano.

En 1732 se doctoró en teología en la Universidad Luliana. En 1749 se embarcó con destino a Veracruz y se trasladó a pie al convento de San Francisco de México. Fue destinado a las misiones de la sierra Gorda y nombrado presidente de la misión de Jalapan. Consumada la expulsión de los jesuitas (1767), el virrey marqués de Croix, de acuerdo con el visitador José de Gálvez, dispuso que los religiosos franciscanos se encargasen de atender las misiones de Baja California. El Colegio Apostólico de San Fernando de México designó para ese trabajo a 12 frailes, bajo la dirección de Junípero Serra; salieron de la capital del virreinato el 14 de julio de 1767.

En 1769 Serra fundó la misión de San Fernando en Velicatá, y la de San Diego en la Nueva California; en 1770, la de San Carlos; en 1771, las de San Antonio de Padua y San Gabriel; y en 1772, la de San Luis Obispo de Tolosa. En 1773 y 1774 estuvo en México planeando con el virrey Antonio María de Bucareli la extensión de sus actividades. En 1775 creó la misión de San Juan Capistrano; en 1776 supervisó la fundación de la de San Fransico de Asís; y fundó las de Santa Clara (1777) y San Buenaventura (1782). Sus religiosos participaron en las expediciones militares que fundaron San José y Los Ángeles.

El 9 de mayo de 1985, el papa Juan Pablo II lo nombró venerable, primer paso a la canonización; el segundo se dio el 25 de septiembre de 1988, con su solemne beatificación, por el mismo pontífice, en la basílica de San Pedro en Roma. Su biografía fue escrita por su sucesor, Francisco Palóu: Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fray Junípero Serra (1787).

(http://www.cicese.mx/mexico/bc/biografias/junipero_serra.html)
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Diccionario castellano/azteca, por Alonso de Molina

 

José de Acosta:
 
Junípero Serra y las misiones de California:
 
Santo Toribio de Mogrovejo:

 

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