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Índice
general de Hispánica

Isabel la Católica

- Egeria (Siglo IV)
- Gala
Placidia (386-450)
- Brunilda,
Reina de Austrasia (543-613)
Berenguela
(1108-1149)
- Berenguela de
Navarra (1165-1230)
Berenguela de Castilla
(1180-1246)
Blanca de Castilla (1188-1252)
Isabel
de Portugal, santa y reina:
- María
de Molina ( - 1321)
- Blanca de Borbón
(murió en 1361)
Blanca I de Navarra
(1385-1441)
Blanca II de Navarra
(1424-1464)
Isabel la Católica (1451-1504)
Galindo, Beatriz (1475-1534)
Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)
Isabel Clara Eugenia (1566-1633)
- María
de Zayas Sotomayor (1590-1661)
- La monja alférez
(1592-1650)
Sor Juana Inés de la
Cruz (1651-1695)
Fernán Caballero (1796-1877)
Gómez de Avellaneda, Gertrudis
(1814-1873)
Concepción Arenal (1820-1893)
Carolina Coronado (1821-1911)
Rosalía de Castro (1837-1885)
Pardo Bazán, Emilia (1851-1921)
Concha Espina (1879-1955)
Pasionaria, La (1895-1989)
Carmen Conde (1907-)
Medio, Dolores (1917-)
Carmen Laforet (1921-)
Egeria
(Siglo IV):
Es el
nombre con el cual generalmente es conocida una piadosa dama que en
los alrededores del a. 400 peregrinó a los Santos Lugares, dejando
un minucioso relato de su viaje, el Itinerarium. En 1884 el erudito
J. F. Gamurrini descubrió en la biblioteca de Santa María de
Arezzo un manuscrito proveniente de la abadía de Montecasino, el único
conocido que haya conservado el texto del Itinerarium; su estudio
suscita una serie de problemas a los que en su mayor parte no se ha
dado aún una solución plenamente satisfactoria. El texto
conservado se presenta mutilado. Faltan el comienzo y la última
parte; además dentro del mismo texto se notan dos lal7unas. El
defecto de los primeros folios puede ser subsanado en parte por
algunas indicaciones del Liber de locis sanctis de Pedro Diácono.
El manuscrito es del s. xl.
Contenido del «Itinerarium». El
texto se divide en dos partes. La primera es el diario de viaje
propiamente dicho. Perdidas las primeras páginas del manuscrito, el
relato conservado empieza en el momento en que la intrépida viajera,
después de haber visitado ya Jerusalén, Belén, Hebrón y Galilea,
se dispone a subir a la cumbre de la montaña del Sinaí. Visita
luego el monte Horeb, y regresa a Jerusalén por la tierra de Gesén.
Pasado un tiempo va al monte Nebo, en Arabia, y peregrina asimismo
por las tierras de Samaria. De nuevo en Jerusalén, transcurridos ya
tres años desde el día que emprendió su viaje, se decide a
regresar a su patria. Siguiendo la costa mediterránea se dirige
hacia Tarso, con la intención de cruzar el Asia Menor en dirección
de Constantinopla. En Antioquía, sin embargo, sintiendo deseos de
visitar Edesa demora su regreso adentrándose por tierras de Siria y
de Mesopotamia. Finalmente vuelve a Tarso, y por Galacia y Bitinia
llega a Constantinopla. Viajera infatigable concibe entonces el
deseo de visitar Éfeso. En Constantinopla concluye el diario de
viaje.
En la segunda parte se da una
descripción de la liturgia tal como se celebraba en Jerusalén: el
oficio diario, los oficios propios del domingo, las celebraciones en
el curso del año litúrgico, aportando una serie de detalles
relativos a la semana santa y fiestas de Pascua.
Personalidad del autor del «Itinerarium».
Se trata con toda evidencia de una mujer, probablemente una monja,
que escribe su diario de viaje con la intención de informar de todo
lo que ve a sus «hermanas señoras venerables», a sus «amigas de
mi alma» que viven en comunidad en una parte de Occidente. Se ha
discutido mucho en torno de su personalidad. Dejando aparte la
primitiva identificación errónea de ella con una Silvia de
Aquitania (la primera edición del texto a cargo de Gamurrini
llevaba por título Sanctae Silviae Aquitanae peregrinatio ad loca
sancta) su mismo nombre ha sido objeto de controversia. Dando por
justificada su identificación con «la virgen consagrada a Dios en
un monasterio» de que habla con elogio el monje gallego Valerio, a
mediados del s. vi[, en una carta Ad fratres Bergidensis, a los
monjes del Bierzo (cfr. Flórez, XVI, 391-416; PL 87,439-456), la
autora se llama Eteria, Egeria o Echeria; existen aún otras
variantes. A. Lambert ha avanzado una hipótesis según la cual se
trataría de la hermana de Gala, de quien habla S. Jerónimo (Epístola,
133,4,3) y se inclina a adoptar la forma de Egeria.
Por lo que se refiere a la patria de
la peregrina ha habido también diversidad de pareceres. La opinión
más común es la que hace proceder a E. de un monasterio del
noroeste de la península Ibérica. Algunas expresiones del
Itinerarium y de la carta de Valerio que apuntan a la región de
donde E. es oriunda, y algunos indicios que ofrece el latín usado
por la peregrina llevan a creerlo.
Perteneció a un rango social elevado,
por más que provinciano. Disponía indudablemente de bienes económicos
considerables, los que le permitirían realizar el viaje en las
condiciones en que lo hizo. Obispos, monjes y militares la acogen
con honor y 1e dispensan fácilmente protección. Su cultura era
superior a la vulgar. El latín con el que se expresa no es el de la
sociedad culta, pero no por ello carece de una cierta simplicidad y
de cierto encanto.
El rasgo religioso es, en la
personalidad de E., sobresaliente. Es verdad que su curiosidad, como
ella misma confiesa, no tiene límites. El deseo manifiesto que le
impele a emprender su peregrinación es, sin embargo, de carácter
religioso: es el de conocer y venerar los lugares santificados por
Cristo, por los santos del A. T. y por los apóstoles y los mártires.
En los diversos santuarios que visita siente la necesidad de hacer
una plegaria seguida luego por la lectura de un fragmento de la S.
E., recita asimismo un salmo y termina dándose de nuevo a la oración.
Considera que la realización de sus anhelos de peregrinar a los
Santos Lugares constituye un don que Dios le ha otorgado
inmerecidamente, y siente por ello la necesidad ae la acción de
gracias: «Nuestro Dios Jesús, escribe, que no abandona a aquellos
que esperan en Él, se ha dignado permitirme la realización de este
deseo». La gracia de Dios le ha procurado «no solamente la
voluntad de ir sino también la posibilidad de realizar lo que
deseaba».
A través de todo el relato se pone
de manifiesto el carácter ingenuo, el candor y la credulidad de la
viajera. Las narraciones de las Sagradas Escrituras así como las
leyendas que le cuentan las personas que encuentra por el camino y
que le colman de bendiciones y de eulogias, y los más mínimos
detalles la maravillan y la llenan de entusiasmo. Todo es para ella
objeto de edificación. Por más que no falten en sus memorias
algunas observaciones críticas, acepta con gran facilidad que fue
precisamente allí o fue allá, bajo este árbol o junto a este pozo
donde tuvieron lugar determinados episodios narrados por los libros
santos. Se deja asimismo seducir sin dificultad por tradiciones
extrabíblicas, tal como la de la tumba de S. Tomás y la de la
correspondencia habida entre Cristo y el rey Abgar de Edesa.
La autora del «Itinerarium» y la
historia. Se han insinuado ya algunas hipótesis propuestas para la
identificación de la autora del Itinerarium con algún personaje
conocido. Ninguna de ellas deja de ser discutible.
Acerca de la época precisa en que E.
realizó el viaje a Oriente, los eruditos aportan una serie de
argumentos para fijarla en los alrededores del 400. Para unos habría
tenido lugar entre el 393 y 396, mientras que para otros lo fue más
probablemente hacia el 415 6 417.
El Itinerarium de E., para concluir,
constituye un documento de gran interés. Es una fuente importantísima
para el conocimiento de la liturgia tal como se desarrollaba en una
época bastante oscura; los pocos escritores de aquel momento dan
indicaciones muy vagas y muy incompletas, E., en cambio, las da
profusamente. Tiene interés, asimismo, por el hecho de constituir
una prueba de la antigüedad de la tradición relativa a muchos
lugares bíblicos. La filología encuentra también en la obra
locuciones de la latinidad popular tardía. El relato de E. tiene
finalmente el valor de testimonio de primera mano de un sinnúmero
de costumbres populares de la época, y de aspectos de su
espiritualidad.
R.
CIVIL DESVEUS.
Editorial
Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Gala
Placidia (386-450)
Gala Placidia era hija de Teodosio
el Grande, nacida a finales del siglo
IV y muerta 450. En el año 410 fue apresada por Alarico
cuando Roma fue saqueada por los visigodos. Cuatro años más tarde
contrajo matrimonio con Ataulfo,
el rey visigodo, a la muerte de Alarico. Gala y Ataulfo se
trasladaron a Hispania, donde estuvieron hasta la muerte del
visigodo en el año 415. Gala volvió a casarse con Constancio,
general de Honorio,
haciendo de regente durante la minoría de Valentiniano III, su hijo.
Merece lugar honroso
por su talento y valor, todavía se conserva su urna sepulcral, con
la representación de un cordero Pascual, tapado por una cruz en la
que se posan en cada brazo un pájaro, así como los mosaicos y la
iglesia construida por su mandato en Verona.
(Indice)
Brunilda,
Reina de Austrasia (543-613)
También conocida como Brunequilda. Fue una reina
visigoda de Austrasia, esposa de Sigeberto I. Nació en España
alrededor del año 543 y murió en Renéve, cerca de Dijon, en 613.
Luchó con Fredegunda, esposa de Chilperico I, pero cayó en poder
de Clotario II, hijo de su enemiga, quien la mandó matar.
La Reina Brunequilda de Francia es execrada por
casi todos los Escritores, como la peor mujer que tuvo el mundo. Son
innumerables y enormísimas las maldades que la atribuyen: una
lascivia desenfrenada que la acompañó toda la vida hasta la edad
sexagenaria: una ambición furiosa a quien sacrificó siempre todos
los respetos divinos y humanos: una crueldad desaforada que hizo víctimas,
ya de su odio, ya de su ambición, ya por medio del veneno, ya por
el cuchillo a innumerables inocentes, entre ellos algunas Personas
Reales. ¿Quién creerá, que pueda defenderse de algún modo esta
mujer, cuyas atrocidades están vertiendo sangre en todas las
Historias? Sin embargo, parece en su abono un testigo, que si se le
da fe según el mérito de su carácter y autoridad, es capaz de
desvanecer la acusación. Este es el gran Gregorio, el cual en dos
Cartas escritas a aquella Reina, la colma de elogios, hasta llegar
en una de ellas a felicitar a la Nación Francesa sobre la dicha de
ser gobernada por una Reina ilustre en todo género de virtudes: Prae
aliis gentibus gentem Francorum asserimus felicem, quae sic bonis
omnibus praeditam meruit habere Reginam (lib. 11, epist. 8),
donde se debe advertir, que la data de esta Carta es posterior
algunos años a las más de las maldades que se cuentan de
Brunequilda.
(Indice)
Berenguela (1108-1149)
Hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y Provenza, hermana
de Ramón Berenguer IV. Casó con Alfonso VII de Castilla y León en
1128. Tuvo destacada intervención personal en la defensa de Toledo
(1139) frente a los almorávides.
(Indice)
Berenguela
de Navarra (1165-1230)
En la historia de la Edad
Media, encontramos una ironía del destino cuando Berenguela de
Navarra, esposa sufrida del rubio monarca inglés Ricardo I Corazón
de León, figura como una reina apátrida en todo el sentido de la
palabra. Esta bella muchacha fue la única reina de la historia que
nunca pisó el suelo que supuestamente gobernaría junto a su
irresponsable marido.
Berenguela de Navarra nació
a mediados de mayo de 1165 en el reino de Navarra, donde su padre se
llamaba Sancho y su madre Sancha.El padre era apodado el Sabio ya
que se dedicó más a fomentar la educación y la prosperidad que
perder el tiempo en la guerra. Los padres de la chica constituían
una pareja muy bien avenida, y aunque viajaban constantemente entre
Estela y Pamplona, se ocuparon de proveerle buenos tutores a su
prole. Berenguela, quien desde niña mostró ser muy inteligente,
aprendió a escribir versos y a hablar varios idiomas. Cuando ya era
una hermosa niña de unos 10 años de edad, conoció al hombre que
la haría sufrir horrores en toda su vida: Ricardo Plantagenet, más
adelante "Corazón de León".
Ricardo ya era conde de
Anjou cuando a mediados de la década de los 1170 se apareció a un
certamen de caballería que organizaba Sancho jr. el hermano mayor
de Berenguela. Dado que Berenguela aún era una chiquilla, Ricardo
poco se fijó en ella pero Berenguela quedó infatuada con el inglés,
a quien no se le puede negar que era un chele aseado y bien parecido
con musculatura como un Dolph Lundgren. Unos 12 años después de
este encuentro casual, se hablaría de una boda entre Ricardo Corazón
de León y Berenguela, cuando Leonor de Aquitania, la dominante y
erudita madre de Ricardo, llegó con la petición de mano a los
padres de la chavala.
Leonor buscaba esta alianza
matrimonial por razones políticas y no porque le gustara Berenguela
para nuera. El esposo de Leonor, el atribulado rey inglés Enrique
II, había muerto en 1189 y Leonor quería proteger la frontera sur
del vasto imperio dejado por Enrique II a Ricardo, entonces dedujo
que le convenía tener a Navarra de amiga y no de enemiga.
Berenguela ya andaba por los 24 años de edad, y para entonces una
chica de esa edad ya era considerada niña vieja e incasable, así
que los padres de Berenguela se sintieron muy halagados con la
propuesta ya que nadie más había solicitado la mano de la princesa.
Una vez que Leonor obtuvo el sí de los padres de Berenguela, se la
llevó consigo en un largo viaje para depositársela a su
amariconado hijo antes que éste saliera de viaje en una Cruzada y
no honrara la palabra de boda.
Berenguela viajó con su
castrante suegra a través de los Alpes, bajando por Italia y
llegaron al campamente de cruzados en Messina. Ricardo había pasado
unos interludios muy sospechosos con el rey francés Felipe Augusto
y éste estaba partiendo hacia Tierra Santa cuando Leonor arribó
con la muchacha, esperando que la boda se diera de inmediato.
Ricardo, confrontado con la
novia dispuesta, argumentó que siendo Cuaresma no podía ofender a
Dios incurriendo en pecado carnal y pospuso la boda. Leonor enojada
se fue, dejando a Berenguela como huésped de Juana, quien era hija
de Leonor. Juana, quien recientemente había enviudado del rey de
Sicilia, no estaba del mejor humor posible. Ricardo partió hacia
tierra santa dejando atrás a hermana y prometida, quienes acordaron
seguirle, pero el barco en que viajaban ellas perdió contacto con
el de Ricardo en una tormenta. Luego arribaron a Chipre, donde el
emperador Isaac Conmnenus, las retuvo como rehenes.
Ricardo furioso atacó a
Conmnenus y para evitar murmuraciones sobre la reputación de
Berenguela, procedió a casarse con ella en Lymassol, Chipre.
Inmediatamente después de la boda, Ricardo evitó tener primera
noche con su esposa y se enrumbó hacia Tierra Santa.Berenguela y
Juana estuvieron casi un año en un palacio que les acondicionaron
ahí, pero Ricardo al parecer le tenía pavor a la cama nupcial. En
1192 Ricardo firmó una tregua con Saladino, por quien se moría de
pasión, y en septiembre de ese año despachó a su hermana Juana y
a Berenguela rumbo a Francia.Pasarían más de 3 años antes que
Berenguela viera de nuevo a su esposo. Juana y su cuñada se
estuvieron un rato con el papa y luego la escoltó Alfonso II de
Aragón, terminando el viaje en Poitou, donde Juana contrajo
segundas nupcias con el conde de Toulouse.
Cuando Ricardo regresaba a
casa de la Cruzada, temiendo que su hermano Juan le quitara el trono,
tuvo la mala sal de ser secuestrado por Leopoldo de Austria, quien
lo tuvo guardado hasta que Leonor de Aquitania drenó el erario inglés
para juntar la suma del rescate. Finalmente libre, Ricardo fue
coronado por segunda vez en la catedral de Winchester el 16 de abril
de 1194.Su mamá Leonor ocupó el sitio de honor, y no se invitó a
Berenguela a la ceremonia. Ricardo otra vez dejó solo el trono de
Inglaterra para irse a agarrar de las mechas con su ex amigo y
amante el rey francés Felipe Augusto, y no hizo esfuerzos por ver a
su esposa.
Anduvo en tales pleitos y
malos pasos que hasta la Iglesia lo regañó. Cuando cayó enfermo
poco después, Ricardo se arrepintió en público y trató de
reconciliarse con Berenguela, pasando las Navidades juntos. Pero la
reconciliación no cuajó pues Ricardo le huía al tálamo nupcial
Construyó su castillo Gaillard en Normandía y nunca invitó a
Berenguela ahí. En 1196 finalmente le dijo a Berenguela que se
hiciera alcanfor y reconoció como heredero a su hermano menor Juan.
Para colmo trató Ricardo de reclamar como propios dos castillos en
Navarra que formaban parte de la dote de Berenguela.
Berenguela afligida se
retiró a un castillo cerca de Angers. Cuando Ricardo murió a los
42 años de edad un 6 de abril de 1199 como resultado de una
gangrena causada por un flechazo, Berenguela no fue invitada al
funeral. Fue sepultado en la abadía de Fontevrault y a Berenguela
le tocó pelear con su familia política para reclamar su herencia
de viuda. El papa Inocente III y su sucesor Honorio III sacaron la
cara por ella, alegando que la iglesia defendía a viudas, pobres y
huérfanos. La herencia de Berenguela le fue dada tras la muerte de
su cuñado Juan Sin Tierra, y quien se la reconoció fue el hijo de
Juan, Enrique III. Tras estar refugiada en la corte de su hermana
Blanca en Champaña, Berenguela se dedicó a obras de caridad.
Al morir su castrante
suegra Leonor en 1204, Berenguela pudo pasar a vivir a la ciudad de
Le Mans, donde hasta la vez hay una estatua suya. Por 25 años,
Berenguela vivio en Le Mans, haciendo obras sociales y en Epau creó
un monasterio. Berenguela no pudo ver su obra terminada, muriendo un
23 de diciembre de 1230.La estatua de "nuestra dama de Le
Mans"(a como es llamada Berenguela) fue movida del monasterio
hacia la catedral de San Julián en esta bella ciudad francesa. Y
aunque en Inglaterra apenas la mencionan porque fue la esposa desdeñada
de un rey irresponsable y amariposado que solo vio al país como una
alcancía para andar haciendo sus bochinches,
Berenguela
de Navarra, la reina apátrida, es recordada con cariño por todos
los descendientes de huérfanos, viudas y pobres que ella protegió
con sus obras tantos siglos atrás.
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Berenguela
de Castilla (1180-1246)
Reina de Castilla y León (1197-1246). Hija de Alfonnso VIII de
Castilla. Casó con Alfonso IX de León en 1197, pero este
matrimonio fue anulado por la Iglesia por razones de parentesco, y
se disolvió en 1204. Regresó a Castilla, y durante el corto
reinado de su hermano Enrique I tuvo que enfrentarse a una parte de
la nobleza, que le disputaba la regencia. Al morir su hermano (1214)
y quedar heredera de la corona castellana, abdicó en su hijo
Fernando. Continuó interviniendo en la vida política del reino y
logró con gran habilidad que a la muerte de Alfonso IX de León las
hijas de éste, a pesar del testamento, cedieran el reino leonés a
Fernando III, con lo que se consiguió la unión definitiva de León
y Castilla.
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Blanca de
Castilla (1188-1252)
Reina de Francia, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de
Inglaterra. Casó en 1200 con el infante Luis de Francia del que
tuvo al futuro rey Luis IX (San Luis) en 1224. Su esposo, que había
ocupado en 1223 el trono de Francia con el nombre de Luis VIII, murió
en 1226, por lo que Blanca se hizo cargo de la regencia hasta la
mayoría de edad del Luis IX y tuvo que reprimir una sublevación
feudal. Durante el reinado de Luis IX ejerció gran influencia en la
vida del Estado y, al ausentarse aquel con motivo de la séptima
cruzada (1249)) volvió a asumir la regencia.
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María
de Molina ( - 1321)
Hija del infante Alfonso de Molina y de su tercera mujer, casa en
1281 con el segundo hijo de Alfonso
X de Castilla, quien reinará con el nombre de Sancho
IV. El matrimonio no contará con el beneplácito del monarca ni
con la dispensa papal, dados los lazos sanguíneos que unían a
ambos cónyuges. La muerte de Sancho IV en 1295 obligará a la reina
a asumir la regencia durante la minoría de edad de su hijo Fernando
IV, en medio de una situación política complicada. A las
luchas constantes con la nobleza castellana por el control del Reino
se unen las difíciles relaciones internacionales con Aragón,
Portugal y Francia, quienes tratan de aprovechar la situación de
inestabilidad que atraviesa Castilla. Durante su regencia, otorgará
poder a los Concejos como elementos de contrapeso del poder
nobiliario. En 1302, Fernando IV alcanza la mayoría de edad y asume
las tareas de gobierno hasta su muerte, sucedida en 1312. El
fallecimiento además de su esposa Constanza un año más tarde
obliga a María de Molina a retomar las labores de regencia, en
representación de su nieto Alfonso
XI. Los problemas que deberá afrontar durante este nuevo período
serán parecidos a la anterior regencia. Fallecerá en 1321, siendo
todavía Alfonso menor de edad.
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Blanca de Borbón
(murió en 1361)
Reina de Castilla. Casó en 1353 con Pedro I de Castilla. Repudiada
por su esposo a los tres días del casamiento, figuró no obstante
como reina hasta 1354, en que Pedro I casó con Juana de Castro. El
monarca la hizo asesinar después de haberla tenido prisionera
durante varios años.
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Blanca I de
Navarra (1385-1441)
Reina de Navarra, casó con Martín el Joven, rey de Sicilia y a la
muerte de éste (1409) pasó a gobernar la isla hasta que contrajo
segundas nupcias con el infante Juan de Aragón, futuro Juan II.
Heredera del trono de Navarra desde la muerte de su hermana mayor
Juana (1413), lo ocupó en 1425 y lo conservó hasta su muerte. De
su segundo matrimonio nacieron Carlos, príncipe de Viana, y Blanca.
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Blanca II de
Navarra (1424-1464)
Reina titular pero no efectiva de Navarra, hija de Juan de
Aragón y de Blanca I de Navarra. Casó en 1440 con Enrique, príncipe
de Asturias y futuro Enrique IV de Castilla, matrimonio que fue
anulado por causa de impotencia respectiva y a petición del esposo.
Volvió a la corte de su padre, pero fue desheredada por éste al
igual que su hermano Carlos de Viana, guardada como rehén y
entregada más tarde a Juan de Foix.
(Indice)
Santa Isabel de
Portugal (1270-1336)
Hija de Pedro III (v.) de Aragón y de Constanza de Sicilia. N.
ca. el 1270, no se sabe ciertamente si en Zaragoza o Barcelona. A
los 12 años fue pedida en matrimonio por los príncipes herederos
de Inglaterra y de Nápoles y por don Dionís (v.), rey de Portugal,
que fue el aceptado. El 11 feb. 1282 contrajo matrimonio por poderes
en la capilla de Santa María, luego llamada de Santa Águeda, del
palacio real de Barcelona. En junio de este mismo año llegó a
Portugal y en Troncoso, a donde había salido a recibirla, se
encontró con su esposo al que conoció por primera vez.
Los años de reina en la corte
portuguesa. La nieta de Jaime 1 el Conquistador (v,), pese a su
corta edad, aparecía ante todos como una mujer adornada de energía
tenaz y fuerza de alma no comunes. Además, como quiere la leyenda
medieval de su vida, era una mujer dulce y bondadosa, inteligente y
bien educada. No obstante estas excepcionales cualidades, bien
pronto tuvo que sufrir las infidelidades de su marido, que ella supo
disimular con heroico silencio. Nunca quiso enfrentarse con él,
sino que con dulzura y amor quería apartarlo de sus ilícitas
relaciones. Tan heroica fue su paciencia que hasta llegó a ocuparse
con toda solicitud de los hijos bastardos de su esposo. Fuerza para
llevar con resignación estos agravios la encontró la reina en su
trato con Dios. Bajo la dirección de su confesor, el mercedario
fray Pedro Serra, cultivó una intensa vida interior y de entrega a
la voluntad divina, sin perder la naturalidad de esposa y reina.
Nunca quiso rehuir sus obligaciones, aun aquellas que parecían más
mundanas, y siempre, como reina que era, se la halló presente en
las solemnidades, banquetes, recepciones y demás fiestas palaciegas.
Minuciosa atención prestaba a las audiencias y visitas de sus súbditos,
porque, como decía, era responsable de su salvación y bienestar.
Pero no por esta actividad su vida espiritual sufría menoscabo
alguno. Antes al contrario, supo encontrar a Dios y estar unida a Él
en el cotidiano quehacer. Durante toda su vida dedicó largas horas
a la oración y a la lectura piadosa. Su espíritu de mortificación
fue grande, especialmente en ayunos y abstinencias. Otra gran virtud
fue su caridad para con los pobres y enfermos, compensada alguna vez
por Dios con prodigios extraordinarios. Tras seis años sin tener
sucesión le nacieron dos hijos: la princesa Constanza y el príncipe
Alfonso que fue su cruz y el gran amor de su vida. Crecido el futuro
Alfonso IV el Bravo en la Corte portuguesa, no se dejaron sentir en
él sus negativas influencias, antes bien su vida fue limpia,
pudiendo verse aquí el decisivo influjo de su madre a la que tanto
vio sufrir por las infidelidades de su marido. De estos hechos empezó
a nacer, en la conciencia del infante don Alfonso, un fuerte odio
hacia su padre que con el correr de los años traería días de luto
al corazón de Isabel. Ésta hizo cuanto estuvo a su alcance para
que el hijo, pese a todo, obedeciera y respetara al rey su padre.
Llevó a cabo una labor pacificadora
por su intervención delicada en los asuntos de gobierno, tan difícil
en ciertos momentos. Hay que destacar en ella este especial don. Así,
merced a su constante y discreta intervención, contribuyó a
reconciliar a Portugal con el Papa, reconciliación que se confirmó
con la firma de un Concordato y con la fundación de la Univ. de
Coimbra. Una alta visión política, a la par que un gran
desprendimiento, demostró tener la reina, cuando cedió parte de
sus derechos a la dote que le correspondía, en favor de su sobrina
la hija de don Alfonso, hermano de don Dionís. Con ella quedó
apaciguado el intento de guerra civil que para defender los
intereses de su hija se aprestaba a promover don Alfonso. También
afianzó la paz entre castellanos y portugueses, mediante la unión
matrimonial de sus hijos con los del rey de Castilla. En momentos
difíciles para esta paz se entrevistó con la reina castellana María
de Molina (v.), siendo eficaz su intervención para los intereses de
ambos reinos, amenazados por las discordias promovidas en Castilla
por los Infantes de la Cerda, que comprometían no sólo al rey
Fernando, su yerno, sino al mismo rey de Portugal, su marido, y al
de .Aragón, Jaime 11, su hermano. Con el mismo efecto pacificador
medió entre su hermano don Fadrique, rey de Sicilia, y Roberto de Nápoles,
dispuestos a dar solución a sus problemas con las armas.
Si ardua y difícil fue esta labor
pacificadora lo fue mucho más la que tuvo que poner en juego para
evitar o aminorar los enfrentamientos entre don Dionís y su hijo
Alfonso. Vieja era en el ánimo del príncipe heredero la
animadversión hacia su padre que se acrecentó por la envidia que
en él despertaban los favores que el rey dispensaba al mayor de sus
bastardos. Por tres veces se alzó el príncipe en rebeldía. Estas
luchas entre sus dos más grandes amores fueron la gran prueba que
tuvo que sufrir durante largos años la reina I. «Vivo vida muito
amargosa», dice en una carta a su hermano Jaime II de Aragón. A
todos los sacrificios estaba dispuesta con tal de lograr la paz de
su reino y la reconciliación del padre con el hijo. Para
conseguirlo una vez más, así se expresa en una carta dirigida a su
esposo: «No permitáis que se derrame sangre de vuestra generación
que estuvo en mis entrañas. Haced que vuestras armas se paren o
entonces veréis cómo en seguida me muero. Si no lo hacéis, iré a
postrarme delante de vos y del infante, como la leona en el parto si
alguien se aproxima a los cachorros recién nacidos. Y los
ballesteros han de herir mi cuerpo antes de que os toque a vos o al
infante. Por Santa María y por el bendito S. Dionís, os pido que
me respondáis pronto para que Dios os guíe». Hasta el mismo campo
de batalla llegó sola, montando una mula, cuando empezaba en el
llano de Alvalade, cerca de Lisboa, otra lucha parricida entre el
rey y su hijo. Allí mismo consiguió, una vez más, de su esposo el
perdón para el hijo inquieto y rebelde. Un año después enfermó
don Dionís; lo llevan a Santarem y allí su esposa le cuidó con
desvelo y abnegación. M. el 7 en. 1325. Inmediatamente después,,
l. se retiró a su cámara, se vistió el hábito de las clarisas
(v.), cortó por sí misma los cabellos de su cabeza, y volviendo
ante el cadáver de su esposo, dijo a los cortesanos presentes: «Daos
cuenta de que a la vez que al Rey perdisteis a la Reina».
Su entrega al servicio de los demás.
Se ha visto cómo 1. siempre estuvo dispuesta a la ayuda del
necesitado y cómo, en medio de sus deberes de reina, supo estar
unida a Dios. Al enviudar, y heredar el trono su hijo Alfonso IV,
quedó libre para entregarse más por entero a sus devociones y a
sus obras de caridad. Hasta el fin de sus días vivió una vida
retirada, vistiendo siempre el hábito de la Tercera Orden (v.)
franciscana, aunque libre de votos religiosos, pues siempre quiso
mantener su patrimonio, como ella dice, para construir iglesias,
monasterios y hospitales.
Ya de antiguo tenía tomada esta
resolución, que tanto su confesor como su hijo conocían. Liberada,
pues, a los deberes de la Corte, no vive sino para ayudar al
necesitado. Sus riquezas van a parar a los pobres y enfermos en
forma de ropa y alimentos. En los hospitales pasaba largas horas
consolando a los allí acogidos. Construyó iglesias y monasterios:
ella misma dirigió las obras del monasterio de Santa Clara de
Coimbra. No podía faltar en su vida cristiana la peregrinación a
Compostela. Allí ofreció, como prueba de devoción al Apóstol
Santiago, la corona más noble de su tesoro. De vuelta a Portugal
venía con su bordón y esclavina para «aparecer peregrina de
Santiago».
Una vez más, e iba a ser la última,
tuvo que intervenir la anciana reina ante su hijo Alfonso y su nieto
Alfonso XI (v.) de Castilla para evitar la guerra entre ambos. Pese
a sus muchos años se puso en camino hacia Estremoz, con el fin de
parlamentar con su hijo, y disuadirle de aquella empresa. Aquel
viaje agitado y presuroso, en medio de los calores veraniegos,
significó su muerte, aunque la causa próxima fue
una herida en el brazo, acompañada de fuerte dolor y fiebre.
Reconociendo que se acercaba el fin de su vida confesó, oyó
misa y «con gran devoción y muchas lágrimas recibió el cuerpo de
Dios». Puede decirse que desde aquel momento no dejó de rezar. Su
lengua, cada vez más débil, recitaba salmos y los versos latinos
de himnos litúrgicos, como el Maria, mater gratiae. Junto a su
lecho, según ella siempre deseó, estaba su hijo por el que tanto
había sufrido. M. el 4 jul. 1336, en el castillo de Estremoz. Su
cuerpo fue trasladado hasta el monasterio de Santa Clara de Coimbra,
donde recibió el último homenaje y adiós de sus súbditos. Allí
reposa envuelto en una aureola de milagros. El pueblo cristiano ha
rodeado, a través de los siglos, de una gloria inmortal a esta
santa medieval. Fue canonizada por Urbano VIII el 25 mayo 1625. Su
fiesta se celebra el 4 de julio.
- FIDEL G. CUÉLLAR.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
Isabel La Católica
(1451-1504)
Hija de Juan II, rey de Castilla y de su segunda esposa, Isabel
de Portugal, n. el 22 abr. 1451 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).
M. en Medina del Campo (Valladolid) el 26 nov. 1504 y reinó 30 años
(1474-1504) en Castilla. Pasó en Arévalo sus primeros años al
lado de su madre que, habiendo enviudado, se había refugiado en un
convento en donde no tardó en manifestar síntomas de locura. Se
pensó en casarla, siendo aún muy niña, con uno de los hijos de su
tío abuelo, Fernando -que fue efectivamente su marido muchos años
más tarde-, y con Carlos, príncipe de Viana, que murió
prematuramente. En 1462 fue llevada a la corte de Enrique IV (v.
ENRIQUE w DE CASTILLA) que ella misma calificó, años más tarde,
de escuela de malas costumbres, y sirvió de madrina a la discutida
princesa Juana, que luego fue su rival. Mientras crecía se le iban
señalando maridos, Alfonso V de Portugal (v.), ya viudo, y el
maestre de Calatrava, Pedro Girón, de reputación moral detestable.
Isabel explicaba más tarde que estaba tan asustada que rezaba a
Dios para que le enviase la muerte en lugar de tal marido. Quien
murió fue el maestre (20 abr. 1466). La revuelta de su hermano más
joven, Alfonso, contra el mayor, Enrique IV, la colocó en situación
difícil. Los nobles que apoyaban al primero la sacaron de Segovia
porque necesitaban disponer de todas las oportunidades de sucesión;
pero ella exigió juramento de que nadie trataría de forzar su
voluntad.
La sucesión y el matrimonio. Cuando
el joven Alfonso murió (5 jul. 1468) los nobles de su partido
quisieron proclamar a I. reina. Pero ella se opuso obligándoles a
buscar un acuerdo con Enrique IV que reconocía a éste como
soberano legítimo y a I. como sucesora después de su muerte (pacto
de los Toros de Guisando, 19 sept. 1468). Aceptó entonces la
princesa ciertas condiciones para su matrimonio, pero cuando el
marqués de Villena y los suyos trataron de imponerle la boda con el
rey Alfonso V de Portugal ella hizo prevalecer su voluntad
escogiendo a Fernando de Aragón, el más antiguo de los candidatos
a su mano. Fernando hizo el viaje a Castilla disfrazado y celebró
su boda en Valladolid el 18 oct. 1469, sin tener la dispensa
pontificia necesaria. Un moderno investigador, Rodríguez Valencia,
supone que I. fue tranquilizada por el nuncio Antonio de Veneris.
Inmediatamente después de la ceremonia los jóvenes príncipes, que
usaban ya el título de reyes de Sicilia, tuvieron que refugiarse en
Dueñas. No se trataba de un matrimonio de amor; sin embargo,
durante toda su vida I. dio un altísimo ejemplo de fidelidad,
entrega y amor; en su testamento dispuso que su cuerpo fuese
enterrado junto al de su marido.
La actuación histórica. Aunque la
obra de Isabel es prácticamente inseparable de la de su esposo (v.
REYES CATóLICOS), todos los historiadores modernos están de
acuerdo en señalar algunas líneas de conducta que fueron
preferentemente suyas: la preocupación religiosa visible en el
establecimiento de la Inquisición (v.), la selección de buenos
obispos, el papel que jugaron fray Hernando de Talavera (v.) y
Francisco Ximénez de Cisneros (v.); la amistad cada vez más
estrecha con Portugal, cuyos reyes eran sus parientes próximos; la
decisión de anteponer la guerra de Granada (v.) a la recuperación
del Rosellón (v.); el deseo de que la expansión ultramarina hacia
Canarias y América, así como por el norte de África, tuviese más
sentido misional que económico; y la voluntad de acelerar la
conversión de los musulmanes, figuran entre las más importantes.
En el reinado de I. se aprecian tres
fases, una de crisis que se abre con su renocimiento y se cierra con
las Cortes de Toledo de 1480, otra de crecimiento que culmina con
las grandes realizaciones de la conquista de Granada, el recobro del
Rosellón, la consecución de la unidad religiosa, el descubrimiento
de América y la estabilidad económica, y una tercera de doloroso
sufrimiento iniciado en 1497 con la muerte del único hijo varón,
el príncipe D. Juan y concluida con su propia desaparición siete años
más tarde. A través de estas etapas es posible atisbar además la
evolución de un carácter fortísimo que fue profundizando en la
conciencia de un deber apostólico. El testamento, firmado el 12 de
octubre y su codicilo redactado un mes más tarde (23 nov. 1504),
han sido considerados como la síntesis de su pensamiento.
En los años de crisis, el
pensamiento dominante de la reina parece haber sido el logro de la
paz interior y exterior. Tuvo parte muy directa en la reconciliación
con la nobleza, a la cual aplicó el principio de la más amplia
generosidad respetando el status económico de cada linaje. Llevó a
cabo una gran tarea pacificadora en Andalucía, a veces con rigor, y
tuvo intervención personal y muy directa en las negociaciones con
el Papa y con Portugal. Durante la segunda etapa, que es aquella en
que resulta más difícil saber qué cosas hizo el rey y cuáles la
reina, sabemos indudablemente que ella puso mayor empeño en rematar
rápidamente la guerra islámica, apoyó con más énfasis la
Inquisición y fue, a través de sus oficiales, la decidida
protectora de Colón (v.). En estos años efectúa sobre todo una
depuración en la corte para rodearse de personas honestas. El
atentado que sufrió Fernando en Barcelona (7 dic. 1492), a manos de
un payés loco, causó enorme impresión en la reina y fue como el
anuncio de sus futuras amarguras. La marcha de sus hijas, casadas
con príncipes extranjeros, fueron la primera prueba; en 1496 acompañó
a Juana a Laredo y permaneció a bordo del buque dos días para
tranquilizarla.
La muerte de Isabel. En 1497 murió
el príncipe D. Juan y su viuda Margarita sufrió un aborto. I.
pronunció las palabras «Dios me lo dio y El me lo quitó», que
enterraban para siempre la casa de Trastámara, la más española de
las dinastías. Casi al mismo tiempo tuvo noticia de que las
relaciones entre Juana (v. JUANA DE CASTILLA, LA LOCA) y su esposo
Felipe (V. FELIPE I DE CASTILLA, EL HERMOSO) eran malas. Antes de un
año, el 24 ag. 1497 murió también Isabel, la primera de sus hijas,
la más bella y la más querida. Todo el amor de esta madre doliente
se volcó ahora sobre el nieto, Miguel, que falleció también el 20
jul.- 1500. Y de Flandes, la tierra de los nuevos herederos,
llegaban noticias tristes: lo que en principio se creyera frialdad
religiosa aparecía como primeros síntomas de un trastorno mental.
La breve estancia de Felipe el
Hermoso en España (1502) no hizo sino aumentar sus dolores. 1. y
Fernando querían que Juana permaneciese en Castilla o, al menos,
que el mayor de sus hijos, Carlos, a quien ni siquiera se enseñaba
la lengua de sus futuros súbditos, fuese educado en Castilla. Juana
creyó que había un plan para separarla de su marido y tuvo un
choque violento con su madre (18 jun. 1503). I. enfermó. Las cosas
fueron más lejos. En noviembre de este año, estando en Medina,
Juana sufrió un ataque tan fuerte que, en adelante, no pudo
ocultarse la verdad de su irremediable locura. 1. arrastró los últimos
meses de su vida con grandes dudas acerca de su conducta; el derecho
le obligaba a entregar la corona a Juana y a Felipe, cuyos actos
diplomáticos bordeaban la traición, y así lo escribió en su
testamento. Pero en el codicilo del 23 de noviembre dispuso, de
acuerdo con las peticiones de Cortes, que en ausencia de Felipe -muy
previsible- tuviese Fernando el gobierno de Castilla (V. FERNANDO II
DE ARAGÓN, EL CATóLICO).
Semblanza de Isabel. La gran reina
fue una mujer menuda y graciosa, blanca y rubia, como casi todos los
Trastámaras (v.), con ojos claros entre azules y verdes y expresión
serena, como de gran paz interior. Profundamente introvertida,
escuchaba, sin embargo, los consejos que se le daban. Su
inteligencia era juvenil y despierta, con capacidad para el asombro.
Fue muy aficionada a libros y poseyó una biblioteca abundante y
variada. Piadosa en extremo se rodeó de hombres del tipo de fray
Hernando de Talavera, que no pueden ser reputados como fanáticos.
Con Cisneros era más capaz de sentir respeto y confianza hacia su
valer que afecto a su persona. Tenía un sentido de la justicia como
del deber fundamental de los reyes, que a veces ejercía con rigor
y, desde luego, sin dejarse doblegar por dinero o influencias. El
remate de su carácter le constituye, sin embargo, cierto ánimo
alegre y caritativo que, sin desmentir la solemnidad de la autoridad
real, le permitía usar de chanzas como aquella famosa frase en que
decía que si tuviese tres hijos haría al uno rey, al otro
arzobispo de Toledo y al tercero «escribano de Medina del Campo»,
o de frases llenas de amor como la conocida posdata a Gómez
Manrique para que viniese a cuidar a su mujer. Todas las
generaciones castellanas han manifestado unánimes, a pesar de sus
opiniones políticas, la admiración por la gran reina.
Es paradójico que Isabel, la mejor reina que ha tenido España,
fuera hija de Isabel de Portugal, que murió loca, y madre de Juana
I, que también fue loca. Esta hija y madre de locas gobernó a España
con más cordura y sabiduría que ningún otro rey. Ella fue la
fuerza dirigente en la empresa de Granada, y en el Descubrimiento de
América. El ilustre escritor del Renacimiento italiano, Baltasar de
Castiglione, escribía en 1507: "Afirman todos cuantos la
conocieron haber hallado en ella una tan divina manera de gobernar
que parecía casi bastase solamente su voluntad para que, sin más
ruido, cada uno hiciese lo que debía; a tal punto que apenas nadie
osaba, ni en su propia casa y secretamente, hacer cosa que creyese
que a ella habría de desagradar... Ella supo juntar tan
admirablemente el rigor de la justicia con la blandura de la
clemencia y con la liberalidad, que en sus días no hubo ningún
bueno que se quejase de ser poco remunerado, ni ningún malo de ser
demasiadamente castigado. Y de esto nació tener los pueblos hacia
ella una suma reverencia mezclada de amor y de temor, la cual está
todavía tan arraigada en el ánimo de todos que parece como si
pensasen que ella desde el cielo les mira, y desde allí les deba
enviar alabanzas o reprensión". El éxito de su reinado se
debe tanto a su enérgica actividad como a la selección de
excelentes colaboradores, tales como el Cardenal Cisneros y el Gran
Capitán. Durante su reinado la corte estaba en constante movimiento,
con todos sus hijos nacidos en lugares diferentes, de acuerdo con
las necesidades del momento. Tampoco fue ajena a la inquietud
intelectual de la época, como lo demuestra el hecho de comenzar a
estudiar latín con la famosa maestra Beatriz Galindo, conocida como
La Latina. Antonio de Nebrija, el príncipe de los humanistas
castellanos, presentó su famosa Gramática a Isabel en la
Universidad de Salamanca en 1492, al tiempo que Colón la exponía
su fantástico proyecto. Su protección a los indios de las recién
descubiertas tierras americanas fue admirable. Cuando Colón regreso
con algunos indígenas, la reina reaccionó con autoridad:"¿Quién
le ha dado al Almirante permiso para esclavizar a mis súbditos?"
- L. SUÁREZ FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
- Galindo,
Beatriz (1475-1534)
Humanista española conocida con el sobrenombre de La Latina.
N. en Salamanca en 1475 y m. en Madrid el 23 nov. 1534; dice
su epitafio: «Aquí yace Beatriz Galindo, la cual, después
de la muerte de la reina católica, se retrujo en este
monasterio y en el de la Concepción Francisca, de esta villa,
y vivió haciendo buenas obras hasta el año 1534, en que
falleció.» Consejera y camarista de la reina Isabel,
contribuyó con sus enseñanzas a la difusión de la lengua
latina entre las personas reales. Su recuerdo está hoy mucho
más unido a su condición de preceptora que a cualquiera de
los tratados que se le atribuyen, Comentarios a Aristóteles y
Notas sabias sobre los antiguos, o bien a las Poesías latinas,
puestas bajo su nombre y que, en realidad, ninguna gloria le
añaden. Poco sabemos de su formación, extensión de su
cultura y razones que le impulsaron a imponerse en estudios
clásicos. Al parecer estuvo destinada al claustro, pero se
decidió por el estudio. Casó con Francisco Ramírez de
Madrid, el Artillero, secretario de Fernando V, con quien
participó activamente en las guerras de Granada. M. en 1501,
y su viuda se recogió al amparo del convento de la
Concepción Jerónima, dedicada por entero a la caridad. Como
su figura no es aislada, hemos de suponer un cierto gusto por
la cultura humanista en determinadas casas y familias
detentadoras de una buena formación. Recordemos los nombres
de Juana Contreras, la condesa de Monteagudo, María Pacheco,
Mencía de Mendoza, Isabel de Vergara, la marquesa de Zenete,
la famosa Lucía Medrano y tantas otras que contribuyeron al
gusto por los estudios clásicos, bien en la corte, bien en
sus palacios y casas. La éultura de estas mujeres eruditas no
debió ser desdeñable, pues sus nombres figuran junto a los
de hombres famosos no sólo españoles, sino también
italianos; Lucio Marineo Sículo recordará en sus cartas
algunos de estos nombres, entre los que no falta el de B. G.,
citada también, y elogiosamente, por Nicolás Antonio en su
Gynecaeum Hispaniae Minervae.
La labor educativa de B. G. fue
decisiva y admirada sin reservas por sus contemporáneos. El
rey Católico sabía latín desde su juventud; el traductor
Francisco Vidal de Nova había sido su maestro. Ante la
creciente importancia del humanismo (v.) y los humanistas, la
reina Isabel sintió deseos de aprender latín en su edad
madura, tal vez empujada por las circunstancias, y contó con
el apoyo de su camarera, y tanto debió aprender o tanto
gustó de él, que lo hizo aprender a todos sus hijos. Juan de
Lucena, en su Epístola exhortatoria a las letras, dice: «La
muy clara ninfa Carmenta letras latinas nos dio: perdidas en
nuestra Castilla, esta diva serena las anda buscando... ¿Non
vedes quantos comienzan aprehender mirando su realeza? Lo que
los reyes facen bueno o malo, todos ensayamos de lo facer.
Jugaba el rey, eramos todos tahures; estudia la reina, somos
agora estudiantes» (A. Paz y Meliá, Opúsculos literarios de
los siglos XIV a XVI, Madrid 1892, 216). El humanista Luis
Vives recoge muy bien el espíritu culto de la corte
castellana: «La edad nuestra vio aquellas cuatro hijas de la
reina doña Isabel que arriba nombré tener muy buenas letras.
De todas partes me cuentan en esta tierra, y esto con grandes
loores y admiración, la reina doña Juana... haber respondido
de presto en latín... Lo mismo dicen los ingleses de su reina
Doña Catalina de España... y también de las otras dos que
murieron reinas de Portugal» (Instrucción de la mujer
cristiana, Buenos Aires 1940, 26-27).
Hay que aclarar que la cultura
latina aprendida por los infantes debió mucho a las
enseñanzas de los humanistas italianos Alejandro y Antonio
Geraldino. Pero la fama de la preceptora española fue tal que
mereció figurar junto a Antonio de Nebrija (v.) y otros
ingenios en algún poema. Tras haber sido consejera de la
reina Isabel y aprovechado también su experiencia Cisneros y
Carlos V, B. G. se retiró de la corte a raíz de la muerte de
su marido, fundó el hospital de la Concepción, llamado
después de La Latina, y dos conventos a los que entregó su
hacienda y su vida.
- P. CORREA RODRÍGUEZ.
- Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Santa Teresa
de Jesús (1515-1582)
Teresa Sánchez Cepeda Dávila
y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de
1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue el
tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda
esposa, doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la
santa tenía catorce años de edad. Teresa fue criada por su
piadoso padre, que era amante de libros serios, y por una tierna y
piadosa madre. Después de su muerte y del matrimonio de su
hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila
para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho
meses, debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años
con su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes. En una
de estas ocasiones, su tío la relacionó con las Cartas de San
Jerónimo, las que hicieron se decida por la vida religiosa, pero
no tanto debido a una atracción hacia ella, sino por el deseo de
escoger el camino más seguro. Al no obtener el consentimiento de
su padre, en noviembre de 1535, abandona en secreto la casa
paterna, ingresando en el Convento Carmelita de la Encarnación,
en Ávila, el cual contaba en ese entonces con 140 monjas. El
dejar a su familia la causó gran dolor, el cual comparaba luego
con el que se siente por la muerte. Sin embargo, finalmente su
padre cedió y Teresa tomó el hábito.
Después de su profesión
—al año siguiente—, ella enfermó gravemente, teniendo que
soportar una larga convalecencia, la cual, unida a los torpes
tratamientos médicos, la dejaron reducida a un estado más
calamitoso, e incluso, después de su parcial recuperación,
gracias a la intercesión de San José, su salud siempre fue pobre.
Durante estos años de sufrimientos empezó la práctica de la
oración mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas
mundanos que realizaba con algunos parientes que visitaban con
frecuencia el convento la hicieran indigna de las gracias que Dios
le concedía por medio de la oración, abandonó esta práctica,
hasta que fue influenciada primero por los dominicos y luego por
los jesuitas. Entretanto, Dios había empezado a visitarla con
"visiones intelectuales y locuciones", en las que sus
sentidos no eran para nada afectados, pues veía las imágenes y
escuchaba las palabras en su mente, también la alentaba y
fortalecía para poder sobrellevar sus pruebas, reprendía por su
falta de fe, y consolaba en sus problema. Incapaz de reconciliar
estas gracias recibidas con sus defectos, los cuales su delicada
conciencia le hacía ver como grandes faltas, recurrió no sólo a
los confesores más espirituales que encontraba, sino también a
algunos santos laicos, los cuales, al no saber que los relatos que
ella les hacia de sus pecados eran bastante exagerados, creyeron
que eran obra del maligno. Cuanto más ella luchaba por
rechazarlos, tanto más Dios obraba maravillosamente en su alma.
Toda la ciudad de Ávila vivía inquieta a causa de los informes
acerca de las visiones de esta monja. Se le pidió a San Francisco
de Borja y San Pedro de Alcántara, y después a varios dominicos
(particularmente a Pedro Ibáñez y a Domingo Bañez), jesuitas, y
a otros religiosos y sacerdotes seculares, discernir la obra de
Dios y guiarla por un camino seguro.
Los relatos contenidos en
su "Autobiografía" (terminada en 1565, una versión más
temprana se ha perdido), en las "Relaciones", y en el
"Castillo Interior" acerca de su vida espiritual
conforman una de las biografías espirituales más importantes,
comparadas sólo con las "Confesiones de San Agustín".
A este periodo también pertenecen las extraordinarias
manifestaciones, como la transverberación del corazón que
experimentó, sus desposorios espirituales, y su matrimonio místico.
Una visión en la que vio el lugar en el infierno que le era
destinado si no fuera fiel a las gracias recibidas, hizo que se
determinara a llevar una vida más perfecta. Después de muchos
problemas y oposiciones, Santa Teresa fundó el convento de Monjas
de Carmelitas Descalzas de la Antigua Observancia de la Regla de
San José de Ávila (24 de agosto de 1562), y, después de seis
meses, obtuvo el permiso para poder residir en él. Cuatro años
después, recibió la visita de Juan Bautista Rubeo (Rossi), el
General de los Carmelitas, quién no sólo aprobó lo que ella había
hecho, sino que además le dio licencia para fundar otros
conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi de inmediato,
fundó un convento de monjas en Medina del Campo (1567), Malagón
y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570),
Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), y
Caravaca (1576). En el "Libro de las Fundaciones", ella
relata la historia de estos conventos, los cuales, en su mayoría,
fueron fundados a pesar de existir grandes oposiciones, pero con
la ayuda manifiesta del cielo. Por todas partes ella encontraba
almas generosas que querían abrazar las austeridades de la regla
primitiva del Carmelo. Luego de conocer a Antonio de Heredia,
prior de Medina, y a San Juan de la Cruz (q.v.), empezó su
reforma de los frailes (28 de noviembre de 1568), los primeros
conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana (1569), Mancera,
y Alcalá de Henares (1570).
Una nueva época se dio
inicio con la entrada en religión de Jerónimo Gracián, ya que a
este importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo
de Visitador Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la
estricta observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con
el derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y
el capítulo general. A la muerte del nuncio y con la llegada de
su sucesor, empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su obra,
la que duró cuatro años y pareció sería el final de la
naciente reforma. Los hechos de esta persecución están bien
descritos en sus cartas. La tormenta al fin pasó y la provincia
de carmelitas descalzos, contando con el apoyo de Felipe II, fue
aprobada y canónicamente establecida el 22 de junio de 1580.
Santa Teresa, estando ya anciana y con la salud resquebrajada,
realizó más fundaciones, en Villanueva del la Jara y Palencia
(1580), Soria (1581), Granada (a través de su asistenta la Beata
Ana de Jesús), y Burgos (1582). Ella abandonó este último lugar
a finales de julio, y, deteniéndose en Palencia, Valladolid, y en
Medina del Campo, llegó a Alba de Tormes en septiembre,
soportando grandes sufrimientos corporales. Al poco tiempo tuvo
que guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de 1582. El día
siguiente, debido a la reforma del calendario, debía de ser
considerado 15 de octubre. Después de algunos años su cuerpo fue
trasladado a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado Alba, en
donde todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual
muestra las marcas de la transverberación, está también
expuesto para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada
en 1614, y canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta
fue fijada en el día 15 octubre.
El lugar de Santa Teresa
entre los escritores de teología mística no tiene comparación.
En sus escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales,
las cuales, gracias a una visión profunda y a un don analítico,
explica con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la
influencia de sus confesores y directores, muchos de los cuales
pertenecían a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención
de fundar una escuela, en el sentido literal del término, y no
existe vestigio alguno en sus escritos de algún tipo de
influencia del Areopagita, ni de las escuelas de mística patrística
o escolástica, como se puede ver entre otros, en los místicos
dominicos alemanes. Ella es intensamente personal, su sistema va
exactamente hasta donde sus experiencias llegan, no dando un paso
más allá.
Una última palabra debe
ser agregada sobre la ortografía de su nombre. Últimamente se ha
puesto de moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin
"h", no sólo en español e italiano, en los que la
"h" no tiene sentido, sino también en francés, alemán,
y latín, los cuales deberían conservar la ortografía etimológica.
Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de
San Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia,
y Thérèse, en francés.
BENEDICT
ZIMMERMAN
(Indice)
Isabel Clara
Eugenia (1566-1633)
El 12 de agosto de 1566 nacía la primera hija de Isabel
de Valois y Felipe
II. Recibió los nombres de Isabel Clara Eugenia; Isabel en
honor a su madre, Clara por el día que nació y Eugenia en honor
a san Eugenio que tanto había hecho por este alumbramiento. Doña
Isabel comentó tras dar a luz: "Gracias a Dios el parir no
es tan trabajoso como yo creía". El embajador francés nos
cuenta que "Felipe se portó muy bien, como el mejor y más
cariñoso marido que se pudiera desear, puesto que en la noche del
parto estuvo cogiéndole todo el tiempo la mano, y dándole valor
lo mejor que podía y sabía". La infanta sería bautizada el
25 de agosto de ese año. Dos años después moría su madre.
Pronto Felipe pensó en casar a su pequeña hija, algo habitual en
las cortes renacentistas, eligiendo como candidatos a don
Sebastián de Portugal y don
Juan de Austria, pero ambos fallecieron en 1578. Tras el
fallecimiento de Anna
de Austria, Isabel se convierte en la persona de máxima
confianza del rey, iniciándose en los asuntos de Estado. Los
planes de Felipe para con su hija eran tremendamente ambiciosos ya
que intentó colocar en sus sienes la corona de Francia, involucrándose
directamente en los conflictos existentes en el país galo. Isabel
era nieta de Enrique
II y el monarca francés Enrique
III no tenía sucesión. Los planes de Felipe se vinieron
abajo al ser nombrado rey de Francia Enrique
IV por lo que en 1598 decidió nombrar a su hija soberana de
los Países Bajos, con determinadas condiciones entre las que
destaca la devolución del territorio a la corona española si no
tenían descendencia, como ocurrió. Ese año se concertó su
matrimonio con el archiduque Alberto de Austria, realizado al año
siguiente. La corte de Bruselas se convirtió en una de las más
importantes de Europa, realizando una importante labor de
mecenazgo. Tras el fallecimiento del archiduque en 1621, y al no
haber nacido hijos en el seno matrimonial, los Países Bajos
revirtieron a España, confirmando Felipe
IV a su tía como gobernadora hasta su fallecimiento en 1633.
En todo momento defendió Isabel los intereses españoles,
recibiendo el cariño unánime de sus súbditos.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
María
de Zayas Sotomayor (1590-1661)
Novelista española, su género se basó en la novela corta
italiana, de estilo imaginativo, gran viveza imaginativa y corte
erótico-sentimental. En sus relatos son fundamentales los personajes
femeninos, dotados de gran personalidad pasional. Todas sus
narraciones las agrupó en dos colecciones: "Novelas amorosas
y ejemplares", publicadas en 1637, y "Parte segunda del
sarao y entretenimiento honestos", de 1647.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
Monja
Alférez, Catalina de Erauso (1592-1650)
Uno de los personajes más fascinantes y curiosos del siglo de
oro español es Catalina Erauso, apodada La Monja Alférez, cuya
vida está plagada de peripecias y aventuras. Nacida en San
Sebastián en 1592, era hija de un militar, Miguel de Erauso, y de
María Pérez de Gallárraga y Arce. A los cuatro años fue
internada en el convento de San Sebastián el Antiguo, del que una
tía suya era la priora, por lo que tanto su niñez como su
adolescencia las pasó entre rezos y crucifijos, llevando una
austera vida monacal. Sin embargo, parece ser que su carácter,
inquieto y rebelde, no iba en consonancia con la tranquila forma
de vida de intramuros. Por si fuera poco, una discusión en el
claustro con una robusta novicia, en la que nuestra protagonista
recibió varios golpes, motivó que se decidiera a marchar del
convento. Fue así como, en 1607, cuando apenas contaba quince años
de edad, colgó los hábitos y, disfrazada de labriego, cruzó las
puertas del convento para no regresar nunca. Pasó entonces a
vivir en los bosques y a alimentarse de hierbas, a viajar de
pueblo en pueblo, temerosa de ser reconocida. Siempre vestida como
un hombre y con el pelo cortado a manera masculina, adoptó
nombres diferentes, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola,
Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso. Algunos
autores afirman que su aspecto físico le ayudó a ocultar su
condición femenina: se la describe como de gran estatura para su
sexo, más bien fea y sin unos caracteres sexuales femeninos muy
marcados. Pedro de la Valle nos dice de ella que "no tiene
pechos, que desde muchacha me dijo haber hecho no sé que remedios
para secarlos y dejarla llana como le quedaron...". También
se dice que nunca se bañaba, y que debió adoptar comportamientos
masculinos para así poder ocultar su verdadera identidad. Bajo
alguno de estos nombres logró llegar a Sanlúcar de Barrameda,
embarcando más tarde en una nave hacia el Nuevo Mundo. En tierras
americanas desempeñó diversos oficios, recalando en el Perú. En
1619 viajó a Chile, donde, al servicio del rey de España,
participó en diversas guerras de conquista. Destacada en el
combate, rápidamente adquirió fama de valiente y diestra en el
manejo de las armas, lo que le valió alcanzar el grado de alférez
sin desvelar nunca su autentica condición de mujer. Amante de las
riñas, del juego, los caballos y el galanteo con mujeres, como
corresponde a los soldados
españoles de la época, fueron varias las veces en que se vio
envuelta en pendencias y peleas. En una de ellas, en 1615, en la
ciudad de Concepción, actuó como padrino de un amigo durante un
duelo. Como quiera que su amigo y su contrincante cayeron heridos
al mismo tiempo, Catalina tomó su arma y se enfrentó al padrino
rival, hiriéndole de gravedad. Moribundo, éste dio a conocer su
nombre, sabiendo entonces Catalina que se trataba de su hermano
Miguel. En otra ocasión, estando en la ciudad peruana de Huamanga
en 1623, fue detenida a causa de una disputa. Para evitar ser
ajusticiada, se vio obligada a pedir clemencia al obispo Agustín
de Carvajal, contándole además que era mujer y que había
escapado hacía ya bastantes años de un convento. Asombrado, el
obispo determinó que un grupo de matronas la examinarían,
comprobando que no sólo era mujer, sino virgen. Tras este examen,
recibió el apoyo del eclesiástico, quien la puso bajo su tutela
y la envió a España. Conocedores de su caso en la corte, fue
recibida con honores por el rey Felipe
IV, quien le confirmó su graduación y empleo militar y la
llamó "monja alférez", autorizándola además a
emplear un nombre masculino. Algo más tarde, mientras su nombre y
aventuras corrían de boca en boca por toda Europa, Catalina viajó
a Roma y fue recibida por el papa Urbano
VIII, quien le dio permiso para continuar vistiendo como
hombre. Durante esta tranquila etapa, ella misma escribió o dictó
sus propias memorias, la "Historia de la monja alférez",
publicadas en París mucho más tarde, en 1829, y traducidas a
varios idiomas. Del libro, en el que en mucho de cuanto se cuenta
es difícil distinguir la realidad de la ficción, surgieron también
adaptaciones, como la de Thomas de Quincey, así como obras de
teatro y películas. Pero su espíritu inquieto y aventurero no
conoce reposo. En 1630, la monja alférez viaja de nuevo a América
y se instala en México, donde regenta un negocio de arriería o
transporte de mercancías entre la capital mexicana y Veracruz. A
partir de 1635 poco se sabe de su vida, salvo que murió en
Cuitlaxtla, localidad cercana a Puebla, quince años más tarde.
Sin embargo, tampoco se conocen las causas de su fallecimiento,
pues unos dijeron que había muerto asesinada, otros que en un
naufragio y otros, los más dados a la fantasía, que se la había
llevado el diablo.
(www.artehistoria.com)
(Indice)
Sor
Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
Figura egregia como poetisa y prosista, su compleja personalidad ha
despertado las más contradictorias opiniones.
Biografía. N. en San Miguel de
Nepantla el 12 sept. 1651; m. en México el 17 abr. 1695. Hija
natural del capitán Pedro Manuel de Asbaje y de Isabel Ramírez de
Cantillana, fue de gran precocidad, y puso pronto de relieve su
firme vocación intelectual. Ella misma cuenta cómo a los tres
años aprendió a leer, cómo siendo muy niña se privaba de comer
queso, pues hacía rudas las inteligencias, cómo se cortaba el
cabello si no lograba aprender algo, y cómo entre seis y siete
años pretendió ir a la Universidad disfrazada de hombre. A los 13
años está en la capital al servicio de la virreina, marquesa de
Mancera (la Laura de sus poesías). Tras una vida cortesana en el «virreinato
de filigrana» sorprende con su ingreso en las carmelitas descalzas
(1667). Meses después, motivos de salud la obligan a abandonar el
convento, pero no la firme decisión de ser religiosa y, al año
siguiente, entra de novicia con las monjas jerónimas. En el
claustro, se transforma en eje de la vida religiosa y social
mexicana, convirtiendo el convento en atractiva academia literaria.
Los condes de Paredes, nuevos virreyes, la distinguen con su trato y
sor Juana canta a la Condesa (Lysi) en rebuscadas poesías. Los
últimos años de la poetisa son de interiorización e intensa
dedicación a la vida conventual. Por los pobres vende su biblioteca,
que contaba con 4.000 volúmenes, y al declararse una peste en
México se niega a abandonar el convento, cuidando celosamente de
sus hermanas de religión. Ello le acarrea el contagio y la muerte.
Llamada la décima musa, fue, sin duda, la mejor poetisa de la
época colonial, y la figura literaria más notable del reinado de
Carlos II.
Obra literaria. Abarca todas las
tendencias y géneros literarios de la época, y se distingue
siempre por una nota personal, por el fondo vivo en el que vierte su
propia experiencia, su peculiaridad psicológica.
Poesía. Su poesía lírica se plasma
en multitud de sonetos, romances, endechas, redondillas, liras,
décimas, ovillejos, etc., y en todos ellos hay una acusada
perfección formal y habilidad poética. Intentó nuevas formas,
como su célebre romance decasílabo Lámina sirva el cielo al
retrato. Sus temas abarcan una gran pluralidad: amatorios,
filosóficos, alegóricos, religiosos y alguna vez satíricos, pero
la mayor parte de su producción poética es cortesana, laudatoria,
de ofrendas, regalos y homenajes. Al lado de esta obra de
circunstancia, destacan sus auténticas joyas líricas, las
composiciones amorosas. Juana de Asbaje en estas composiciones, como
en casi todas las suyas, sabe unir magistralmente lo sentimental y
lo intelectual, matizar intelectualmente los puros sentimientos.
Versos amorosos que constituyen una honda penetración en la esencia
del amor, llevada a cabo mediante originales antítesis y contrastes
y una dialéctica argumentación, o bien como experiencia viva de
ausencias y celos. Su «ciclo Fabio» es, sin duda, el más
interesante de esta poesía, en la que se funden las opuestas
tendencias de su temperamento apasionado y racionalista.
Sus sonetos filosoficomorales, fieles
a la temática de su tiempo, muestran las rosas, o el propio retrato
de la poetisa como esencial enseñanza de la vanidad de la
existencia humana. Su poesía popular (villancicos, décimas, cantos
de negros) tiene una graciosa espontaneidad, con la que sor Juana
sigue la vena sencilla y clara de la poesía del s. XVII, de la
misma manera que había seguido las tendencias culterana y
conceptista (V. BARROCO IV). Es curioso que a pesar de su vocación
no alcanzara grandes cimas en poesía religiosa. Tema constante en
su obra es la tendencia feminista, patente en sus célebres
redondillas en defensa de la mujer. El más ambicioso poema y el que
mejor revela la tendencia intelectual de su alma es Primero Sueño,
silva de intenso barroquismo gongorino en lo externo.
Obra dramática. Su escasa
producción nace a impulsos de exigencias cortesanas. Los personajes
son símbolos o están llenos de los convencionalismos de las
comedias de capa y espada. Escribió dos comedias, Los empeños de
una casa y Amor es más laberinto. Cultivó el auto sacramental: El
mártir del Sacramento, El Cetro de José y, el más bello de todos,
El divino Narciso, en el que introduce elementos indígenas de gran
originalidad. Compuso además loas destinadas a reyes o virreyes u
otros personajes. Como autora dramática pertenece a la escuela
calderoniana, pero por el brillo de sus versos su producción se
libera de ser teatro de escuela.
Prosa. Su obra más lograda es la
Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, escrita para contestar al obispo
de Puebla que la amonesta por haber criticado un sermón del jesuita
Antonio de Vieyra. La Respuesta es una valiente confesión de su
personalidad, escrita en el estilo de la época, pero con gran
originalidad de ideas. Obra de ánimo ensayístico, defiende el
derecho de la mujer a pensar, y afirma rotunda y valientemente su
condición de mujer intelectual, a la vez que abre el camino a la
autobiografía en la literatura hipanoamericana. Antes de la
Respuesta había escrito (también en prosa) su Crisis en un sermón
o Carta Atenagórica, obra de época en la que rebate las teorías
de Vieyra, empleando un pensamiento escolástico que muestra la
firmeza lógica de su autora. Sor Juana supo escapar al
encasillamiento de la época, aportando como nota original la de su
propia personalidad vital y compleja.
- L. ORTEGA GALINDO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Fernán Caballero
(1796-1877)
Vida y obra. Escritora española n. en Morges (Suiza) el 24 dic.
1796 y m. en Sevilla el 7 abr. 1877. Fue hija del erudito Nicolás
Bbhl de Faber, cónsul alemán en Cádiz, que reivindicó el teatro
nacional español a través de los artículos publicados en el
Diario Mercantil gaditano. Fue la iniciadora de la novela realista
española (v. REALISMO iii). Recibió una esmerada educación en un
liceo francés y en 1816 se estableció en España al contraer
matrimonio con A. Planells, oficial de artillería. Tras una breve
estancia en Puerto Rico, muerto su primer marido, regresó a España.
Vivió algún tiempo en Hamburgo y contrajo nuevas nupcias con el
marqués de Arco Hermoso. Una vida fastuosa, a caballo entre Sevilla
y París, la colmaría de felicidad. A esta época dichosa
pertenecen las primeras obras escritas en francés y alemán, pues
la escritora nunca llegó a dominar por completo la lengua
castellana. Enviudó de nuevo en 1835 y volvió a casarse con A.
Arrom de Ayala, mucho más joven que ella. Un fatal accidente, el
suicidio de su esposo motivado por quiebra económica, dejó una
huella profunda en su ánimo. Recluida voluntariamente en Sevilla,
se dio de lleno a la literatura, a la práctica intensa de la vida
religiosa y a la caridad, en la medida de sus fuerzas. Vivió con
gran pobreza y a duras penas pudo sostenerse con el trabajo y el
producto de sus libros.
F. C. escribió cuentos, escenas
costumbristas y novelas. En 1849 se dio a conocer con la mejor de
estas últimas, La Gaviota, evocación colorista y trágica de los
amores fracasados de una aldeana, Marisalda, esposa de un romántico
cirujano alemán, Stein, trasladados por capricho de la autora al
mundo sensual y brillante de la Sevilla romántica. Mero pretexto
para enfrentar dos maneras distintas de enfocar la vida y dar al
mismo tiempo una visión panorámica de las costumbres andaluzas. No
falta el ambiente marinero, ni las veleidades de una cantante, ni la
nota trágica de la tarde de toros, ni el falso oropel de una
aristocracia decadente. Todos los tópicos de la España de
pandereta. Novelas como Clemencia (1852), La familia de Alvareda
(1856) y Un verano en Bornos (1858) fueron intentos loables, pero no
plenamente conseguidos, de aclimatar el realismo en España. Un
noble empeño de aproximación al mundo andaluz lo encontramos en
Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852). Destacaríamos
también alguna lograda narración humorista, como Un servilón y un
liberalito (1857), la romántica Lágrimas (1853) y El alcázar de
Sevilla y La corruptora, que significaron un descenso en su labor de
creación.
Fernán Caballero y la novela
realista en España. F. C. no es una novelista excepcional, pero
paradójicamente no se podría trazar una historia de la novela
española moderna sin ella. Tuvo el don de la oportunidad. En
España no existió una auténtica novela romántica; hubo, sí,
honrosas y escasas excepciones, tal el caso de E. Gil y Carrasco
(v.), creador de una novela histórica que no tenía continuidad
posible; el resto de los novelistas fueron figuras de relleno sin
calidad literaria ni dominio de la técnica descriptivo-narrativa.
Se imponía una renovación por la senda del realismo, movimiento
imperante en Europa; a F. C. le cupo en suerte y gloria ser punto de
arranque del realismo español y cumplió su cometido sin
estridencias, de una manera amable pero digna. Su entronque con el
romanticismo (v.) es evidente: nació de él; sus tipos, paisaje y
ambiente tienen una deuda incuestionable con dicho movimiento.
Afincada en Sevilla, conoció las estampas costumbristas de Serafín
Estébanez Calderón (1799-1867) y probablemente las de Mesonero
Romanos (v.). Ahí estaba el decorado: había que darle vida y forma
novelesca y en ello puso todo su empeño. Dio el paso, decisivo y
difícil, desde la mera escenografía folklórica y local a la
novela de costumbres. El carácter transicional de su producción no
le resta méritos; había que hacerla así, y lo hizo.
Romanticismo y realismo se dan la
mano tanto en sus cuentos como en sus obras extensas. Andalucismo y
técnica a lo Balzac se armonizaron en F. C., difícil armonía en
quien, por condición y cultura, estuvo tan alejada de la entraña
tradicional española. Las dos notas dominantes del novelista
francés, monarquía y religión, serán elementos esenciales en la
escritora. El respeto a un sistema consolidado le acercó al
mundillo aristocrático, que puso de moda como centro de la acción
literaria. Señalemos que ese mundo aristocrático fue vivido por F.
C., pero no de la manera dulzona y sentimental como aparece, p. ej.,
en La Gaviota. Los rasgos idealizantes como nobleza de intenciones,
religiosidad, visiones acuareladas del paisaje y análisis
superficial de lo sentimentaloide, constituyen el elemento
romántico, no sólo de F. C., sino también de alguna de las
novelas alarconianas. La visión detallista, la preocupación por
los problemas humanos y la verosimilitud de numerosos hechos, tal
vez nacidos de la propia experiencia, modelan el entramado realista
de sus obras más avanzadas como, p. ej., Un verano en Bornos, que
la crítica ha señalado como posible fuente de Pepita Jiménez de
Valera (v.). Los rasgos andaluces dominantes en la escritora no
apuntan a lo esencial andaluz, captan sólo la piel de tal
idiosincrasia. Es posible que Marisalda, apodada La Gaviota, fuera
un esbozo de la Carmen española; en cualquier caso, su tipo no
llegó a la hondura del trazado por el francés Mérimée. La
admiración por la religiosidad hispánica, hecha realidad en su
propia vida, le condujo a sentirse catequista y moralizadora; una
cierta conformidad con las decisiones divinas empapó de candor e
ingenuidad las posibles tesis confesionales que tantas polémicas y
quebraderos de cabeza causarían a los novelistas españoles en el
último tercio del siglo. Pese a haber sido tachada de reaccionaria,
mojigata y pobre de espíritu, esa misma ingenuidad matizará de una
suave y femenina delicadeza el mundo, a veces apasionado, de sus
sencillos personajes.
- P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Gómez de Avellaneda,
Gertrudis (1814-1873)
Autora dramática, poetisa y novelista cubana. Hija de un comandante
de marina español y de madre cubana, G. Gómez de Avellaneda y
Arteaga n. en Puerto Príncipe (Camagüey), el 23 mar. 1814. Desde
niña se aficionó a las letras y a la dramaturgia. El 9 abr. 1836
salió con su padrastro y su madre de Santiago de Cuba hacia Europa,
escribiendo en esa ocasión su soneto Al partir. Después de una
corta estancia en Burdeos, reside un año en La Coruña y más tarde
en Sevilla, conoce a Ignacio de Cepeda, con el que tiene amores
frustrados, publica versos con el seudónimo de La Peregrina y
estrena su drama Leoncia (1840). Muy estimada por los principales
escritores españoles, se traslada a Madrid, donde en 1841 aparecen
sus Poesías, con un prólogo de Juan Nicasio Gallego (v.) que la
consagra, y su novela Sab. En 1844 publica otras dos novelas: La
Baronesa de foux y Espatolino, y estrena dos obras dramáticas:
Alfonso Munio (después Munio Alfonso), con gran éxito, y El
Príncipe de Viana. Sus amores con el poeta Gabriel García Tassara
terminan trágicamente, después de la muerte de la hija de ambos.
En 1846 se casa con Pedro Sabater, diputado a Cortes y jefe
político de Madrid, estrena Egilona y muere su esposo en Burdeos.
En 1849 presenta con éxito la
tragedia Saúl, en 1851 Flavio Recaredo y en 1852 La verdad vence
apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo y La hija
de las flores. El 26 abr. 1855 se desposa con el coronel Domingo
Verdugo, ayudante del rey y diputado a Cortes, en boda apadrinada
por los reyes. En 1858 fracasa su comedia Tres amores por un
incidente provocado en el público y, en cambio, su drama Baltasar
alcanza 60 representaciones consecutivas. Su esposo es víctima de
un atentado, al que ella, en carta pública a Isabel II, atribuye
motivos políticos. El 24 nov. 1859 regresa con su esposo a Cuba,
donde es coronada por Luisa Pérez de Zambrana, el 27 en. 1860, en
el Teatro Tacón de La Habana; dirige el Álbum cubano de lo bueno y
de lo bello y realiza un recorrido triunfal por la isla, publicando
en 1861 su novela El artista barquero. El 28 oct. 1863 muere Verdugo
en Pinar del Río. En plena crisis religiosa parte hacia Estados
Unidos, pasa por Londres y París y regresa a Madrid en octubre de
1864. Desde 1865 reside cuatro años en Sevilla, donde edita su
Devocionario (1867). Entre 1869 y 1871 publica los cinco vol. de sus
Obras literarias.
M. en Madrid el 2 feb. 1873. Sus
restos fueron trasladados, con los de su esposo, al cementerio de S.
Fernando en Sevilla. Después de su muerte aparecieron. su
autobiografía y sus cartas, con prólogo de Lorenzo Cruz de Fuentes
y necrología de Ignacio de Cepeda (Huelva 1907), reimpresos por
Cuba contemporánea en La Habana (1914); Memorias inéditas,
anotadas por Domingo Figarola-Caneda (1914); la edición nacional de
sus Obras en seis vol. (1914); Diario de amor, publicado por Alberto
Ghiraldo (Madrid 1928), y una antología con prólogo de Ramón
Gómez de la Serna (Buenos Aires 1945).
Como lírica, dentro de la escuela de
M. J. Quintana (v.) y Gallego, su rasgo más personal es la fuerza
de la pasión o el fervor religioso, siempre con entonación robusta
y elocuente. Su vasta producción dramática cuenta con piezas de
primer orden y con una obra maestra del teatro romántico: Baltasar.
Menos valor tienen sus novelas, entre las que destacan Sab y
Guatimozín. Son también notables sus cartas y algunas de sus
leyendas. Su obra pertenece tanto a Cuba como a España, cuyos más
altos críticos (Menéndez Pelayo, Valera) la elogiaron ampliamente.
- CINTIO VITIER.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Concepción Arenal
(1820-1893)
Vida. Penalista y sociólogo. Destacada pensadora española de
orientación católica social y precursora de la actual democracia
cristiana. Fue reformadora social y realizó una importante acción
en favor de los desvalidos de toda clase. Como penalista defendió
un correccionalismo inspirado en el Evangelio.
N. en El Ferrol el 31 en. 1820.
Estudió en Madrid y se dice asistía a clases en la Facultad de
Derecho haciéndose pasar por varón, pero nunca realizó estudios
oficiales. La lectura de los libros que dejó su padre, despertaron
en ella muy pronto el interés por la delincuencia, el Derecho y
problemas sociales en general. En 1847 casó en Madrid con Fernando
García Carrasco. En 1851 publicó el libro Fábulas y romances. Al
enviudar en 1855 abandonó Madrid, acompañada de sus hijos, para
dirigirse a Armaño (Santander), lugar de nacimiento de su padre.
Aquí en 1858 comenzó su actividad caritativa. Por entonces
escribió los libros ¿De dónde venimos, adonde vamos? y Dios y
libertad que nunca publicará. En 1860 fundó en Potes, con Masarnau,
músico prestigioso y cristiano ferviente, la primera Conferencia de
S. Vicente de Paúl en España. Y este mismo año escribió con
destino a las Conferencias, su libro El visitador del pobre,
traducido a cinco idiomas en pocos años. Nombrada Visitadora de
prisiones de mujeres de Galicia en 1863, e Inspectora de Casas de
Corrección de Mujeres en toda España en 1868, desempeñó este
último cargo durante cinco años. En 1870 fundó la revista La voz
de la caridad, que se publicaría durante 14 años. En Madrid
continuó su actividad caritativa y de asistencia social amplísima,
unida con la duquesa de la Caridad y condesa de Mina, Juana de Vega,
y con la vizcondesa de Jorbalán, posteriormente venerada como S.
María Micaela del Santísimo Sacramento. En la guerra Carlista de
1874, siendo secretaria general de la Cruz Roja Española y hermana
de la Caridad, dirigió hospitales de sangre en el norte de España.
De 1875 a 1889 vivió en Gijón, donde escribió sus mejores libros.
Vivió sus últimos años en Vigo, donde m. el 4 feb. 1893.
En lo fundamental la obra de A.
continúa teniendo valor. En lo que se refiere a feminismo y
asistencia social, en parte tiene nada más interés histórico,
pues muchas de las reivindicaciones de la pensadora son en nuestros
días venturosa realidad. Verdadera precursora del catolicismo
social, en sus obras se contiene un ideario político demócrata
cristiano. Hizo importantes formulaciones teóricas en el dominio de
la Sociología y se anticipó en unos años al solidarismo de
Bourgeois. Como reformadora social formuló numerosas iniciativas y
propuso diversas leyes. Pidió la cogestión y concibió ya un
sistema de seguridad social. Acometió la tarea (¡e levantar
viviendas para pobres con su constructora benéfica. Entre las leyes
que propuso, redactando ella misma proyectos, podemos mencionar:
Proyecto de ley de beneficencia, Ley de dementes y delito de
abandono de familia. Pidió la creación del Cuerpo de4 Prisiones,
congresos de pauperismo y medalla del trabajo. Enjuició con
severidad las costumbres y el deficiente funcionamiento de diversas
instituciones. Defensora rotunda del pacifismo. Su ferviente
catolicismo se muestra a lo largo de toda su vida y en hechos
singulares como su enérgico alegato en defensa de los capellanes de
prisiones cuando un ministro quiso suprimirlos, postura en la que
triunfó. Entre sus altos valores humanos podemos ensalzar su
modestia, tal que como se pretendiese levantarle un movimiento en
vida, estudió la forma de oponerse por vía judicial.
Obras más importantes: Cartas a un
obrero (1880). Cartas a un señor (1880); La beneficencia, la
filantropía y la caridad (1861); La mujer del porvenir (1869); La
mujer de su casa (1883); La igualdad (1898); El pauperismo (1897);
El visitador del preso (1893); Cartas a los delincuentes (1865); El
delito colectivo (1893); Cuadros la de la guerra (1880). En 1894 se
comenzó en Madrid edición de sus Obras Completas, publicándose 23
tomos hasta 1924.
- J. TOBÍO FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Carolina Coronado
(1821-1911)
Poetisa, novelista y autora dramática del Romanticismo, n. en
Almendralejo (Badajoz), el 12 dic. 1821. Lectora y escritora precoz,
compone sus primeros versos a los 10 años: A una tórtola. Un
misterioso Alberto, muerto en naufragio, es su primer amor, y a él
dedica muchos de sus versos. En 1852, en Madrid, casa con Horacio
Perry, diplomático norteamericano. Son famosas sus tertulias
literarias, a las que asisten los más conocidos escritores de
entonces. Muere, ya viuda, en el palacio de La Mitra, cerca de
Lisboa, el 15 en. 1911.
Dotada de agudísima sensibilidad,
casi hiperestésica, era tierna, familiar, hogareña, refinada y
culta, virtuosa del piano y del arpa, llena de piedad ante el dolor
ajeno, y de un amor de raigambre franciscana por las flores y los
pájaros. Su producción literaria es amplia y variada. Tiene
novelas, como La rueda de la desgracia (1873) y Parrilla, la mejor,
publicada en 1850, auténtico poema en prosa. En su dramaturgia
destacan Alfonso IV de León, El divino Figueroa, El cuadro de la
esperanza (1846), etc., de escasa importancia.
Lo más valioso de su obra es la
lírica. Espontánea, de grandes calidades técnicas, multiforme y
amplia, toca todos los temas: la naturaleza (A la palma), el
sentimiento religioso (El amor de los amores, su obra maestra), la
patria (¡Oh, mi España!), el amor (Yo tengo mis amores en el mar,
¡Oh, cuál te adoro!), e incluso los temas jocosos y satíricos.
Ramón Gómez de la Serna llamó a esta poesía «de lanzamiento»,
por la valentía con que acomete los asuntos más dispares, Su
lírica es ardiente, sentimental, candorosa, melancólica, natural y
espontánea, plena de sinceridad y hondamente femenina. Juan Valera
dijo de ella que era la poetisa que representaba en su obra más «distinta
y exclusivamente el `eterno femenino' goetheano».
- C. CUEVAS GARCÍA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Rosalía de Castro
(1837-1885)
Biografía. La creadora de la moderna poesía gallega n. en Santiago
de Compostela el 24 feb. 1837, y es bautizada, inmediatamente, con
los nombres de María Rosalía Rita. Pasa primero al cuidado de su
madrina, María Francisca Martínez, hasta el momento de volver al
lado de su madre, Teresa de Castro (ocho o nueve años más tarde),
en el caserío de La Matanza (Padrón), lugar en el que buscaría
refugio a lo largo de su vida. Su salud precaria agudizaba la
melancolía de carácter y sufrió varias crisis durante la juventud,
tal vez alguna de ellas provocada al conocer su origen. Era de trato
agradable y dulce, de extrema sensibilidad, aunque de temperamento
fuerte. Estudia dibujo, música e idiomas, y a los 21 años se casa
con el que más tarde sería célebre historiador, Manuel Murguía
(1833-1923), y que era ya por entonces afamado periodista. La vida
de Rosalía gira en torno a dos ejes: la familia y el dolor; y con
ellos muere, en la misma finca de Padrón, de cáncer, el 15 jul.
1885.
Su lirismo. En sus versos se acusa un
halo de tristeza, saudade y amor a la patria chica. Es un lirismo
puro que, como dice Azorín, da impresión «de suavidad, de dulzura,
de sentimentalidad íntima y efusiva», que sabe plasmar en el verso
su turbulento mundo interior, con autenticidad y acierto. Escribe la
mayor parte de su obra en gallego, sabiendo domeñar el lenguaje del
pueblo para expresar sus sentimientos en formas nuevas. En aquel
despertar de las fuerzas intelectuales de la región escribe
Rosalía los Cantares gallegos (1863). No ha favorecido a la fama
póstuma de Rosalía, como bien dice Varela (Poesía y restauración
cultural de Galicia en el siglo XII, Madrid 1958) el titularla «cantora
de su país»; aunque en esta obra el paisaje, la vida rural y el
alma gallega, teñidos de melancolía, forman el gran núcleo que
intenta su reivindicación humana y regional.
Distinguimos claramente en Rosalía
tres tipos de tristeza: la universal, difusa y obsesionante; la
regional, motivada por las desgracias personales de las gentes
gallegas; y la personal, nacida de su origen, carácter y
circunstancias. En Cantares gallegos predomina la segunda, por lo
que se ha llamado a la autora «poeta social». En ellos trata de
reproducir y rehabilitar el espíritu del pueblo, en glosas de
cantares populares (que tienen su precedente español en Trueba,
Selgas, Ferrán, etc.) con los ingredientes de optimismo, armonía e
inocencia natural, que ya señaló 1. L. Varela.
Su obra literaria. Se había
convertido en tópico hablar de la influencia de Heine (v.) en
Rosalía y Bécquer, pero ya ha quedado demostrado que, en realidad,
se trata de un parentesco espiritual, más que de influencia.
Escribe Rosalía, en 1880, Follas novas, con una mayor densidad y
profundidad lírica. Aquí se demuestra, dice Carballo Calero (Historia
da literatura galega contemporanea, Vigo 1963) que Rosalía acepta
la saudade como forma sustancial de la existencia humana y que su
propia intimidad no está justificada por una fe viva, al tiempo que
muestra una visión del mundo plenamente negativa y pesimista. Al
lado de este libro, el de Cantares gallegos parece una explosión de
optimismo. Los poemas de Follas novas, según palabras de la propia
autora, fueron escritos 16 años antes de su publicación, en
épocas de dolencia y desengaños, lo que explica su tono pesimista
tan marcado. Es un libro de vida interior, de tristeza, de dolor que
nace del misterio y limitación humana, dice García Martí. En este
libro, Galicia aparece como un telón de fondo, y no protagonista,
de la mezcla de ternura y de dolor, de misterio y de verdad, con que
canta, como dice Castelar, esos abismos insondables donde concluye
el frenesí de nuestra vida, toda llena de sombra; de esa «sombra
que asombra», que la lleva a la indiferencia y escepticismo, a
veces, y siempre a un sentimiento angustioso de lo infinito. Desde
Vaguedás a Padrón, Padrón... y desde Silencio hasta A desgracia
se vuelca el dolor de Rosalía como difuminado en la añoranza, con
frecuentes referencias a su pasado, y fundiendo la realidad con el
sueño, al igual que Bécquer (v.) y más tarde A. Machado (v.), con
ese «perfume agreste que nos trae consigo algo de aquella poesía
que nace en las vastas soledades, en las campiñas de nuestra tierra
y en las playas, siempre hermosas, de nuestros mares...», como dice
ella misma.
En 1884 se publica En las orillas del
Sar, en castellano, con un pesimismo más acusado y dolorido aún, y
obsesionado por la muerte. Es un libro de recuerdos, del dolor que
produce el paso del tiempo en las cosas. En él todo es desolación,
desengaño, meditación y ansia de muerte. Y todo ello nace de un
dolor vital que parte de un escepticismo exacerbado. La
heterogeneidad de temas y el desorden de la composición total se
compensa con la sencillez y se justifica con el carácter del libro.
En algunos poemas hace gala de un realismo (v.) descriptivo y de un
fuerte popularismo. Hay imprecisión en la forma del verso, pero la
ausencia de rigidez le presta espontaneidad en ritmos nuevos, con
acentos inusitados. Aparece aquí el verso de 18 sílabas, con dos
hemistiquios iguales, el de 16 con semejante fragmentación y , el
alejandrino asonantado, al que dota de una extraordinaria
musicalidad. Rosalía, un espíritu apasionado, con un misticismo
escéptico, fluctuando entre la tristeza, la resignación y la
desesperación, deja ver en esta obra una inquietud por algo vago y
presentido: es la angustia por lo infinito.
Completa la obra en verso de Rosalía
una composición juvenil muy suave, La Flor (1857) y A mi madre
(1863), junto a su obra en prosa, menos estudiada e inferior. La
hija del mar (1859) se desarrolla en Mugía, al N de Galicia, en un
ambiente extraño de piratas y borrascas, y está escrita con un
estilo descuidado. La novela Flavio (1863) tiene el mismo tono
fantástico e ingenuamente romántico. El Cadiceño (1866) y Ruinas
(1864) mezclan la fantasía y una intención semifilosófica. Lo
mejor de su prosa es El caballero de las botas azules (1867), un
cuento extraño que mantiene al lector en tensión dentro de un
clima de humor burlesco. En El primer loco (1881) juega con los dos
planos, realista e idealista, y la naturaleza toma vida como
personaje interlocutor. En conjunto, el estilo de Rosalía se
caracteriza por su sencillez de expresión, y por su delicadeza,
alternando con acentos fuertemente dramáticos y tonos sombríos. El
paisaje se describe dinámicamente (amaba, sobre todo, el mar). Usa
con tacto el diminutivo, tan eufónico en gallego, domina la
aliteración y obtiene de ella una gran riqueza sensorial. Pocas
veces se evade de lo puramente lírico, y nunca se libera de esa
sombra congénita y omnipresente que la abruma. Como dijo Curros
Enríquez (v.), «Rosalía es Galicia que pasa rumiando su tristeza
de siglos, llevando una estrella en la frente y un cantar en la boca».
- M. PELLICER CATALÁN.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
(Indice)
Pardo Bazán, Emilia
(1851-1921)
Vida y obra. Una de las personalidades más vigorosas de la
novelística española del S. XlX. N. en La Coruña el 16 sept.
1851, y m. en Madrid el 12 mayo 1921. Intentó aclimatar en España
el naturalismo francés y fue un espíritu como el de su paisano
Feijoo, abierto a todas las corrientes e innovaciones culturales de
Europa, sin renegar de su solera española. Recibió una educación
superior a la de cualquier mujer de su época. Galicia y Madrid
contribuyeron a proporcionarle una cultura hispánica y, al mismo
tiempo, europea. La autora confiesa que los inviernos los pasaba en
la corte y los veranos en Galicia. Los años de juventud madrileña,
incluso después de su casamiento, fueron un vértigo de diversiones
y viajes que le abrieron unas posibilidades y perspectivas no
poseÍDas en su tiempo más que por Valera. Su estancia en Francia y
posteriormente en Italia le puso en contacto con dos literaturas
decisivas para su formación, aparte de la alemana, que conoció
más tarde, y la española.
Su afición por la crítica le llevó
a esbozar algunos ensayos primerizos, El darvinismo y Los poetas
épicocristianos, que ni con mucho dan una idea de su capacidad
intelectual y espíritu comprensivo. Auténticos valores son San
Francisco de Asís (1882), La cuestión palpitante (1883), teoría
muy personal de la novela; La literatura francesa moderna (1910), La
revolución y la novela en Rusia (1887), De siglo a siglo y su libro
de viajes Por la católica Europa (1902). Conoció profundamente las
corrientes literarias de su tiempo y ello le valió ser nombrada
consejero de |