Índice general de Hispánica

Isabel la Católica

 

 

 

Egeria (Siglo IV)
Gala Placidia (386-450)
Brunilda, Reina de Austrasia (543-613)
Berenguela (1108-1149)
Berenguela de Navarra (1165-1230)
Berenguela de Castilla (1180-1246)
Blanca de Castilla (1188-1252)
Isabel de Portugal, santa y reina:   
María de Molina ( - 1321)                                  
Blanca de Borbón (murió en 1361)
Blanca I de Navarra (1385-1441)
Blanca II de Navarra (1424-1464)
Isabel la Católica (1451-1504)
Galindo, Beatriz (1475-1534)
Santa Teresa de Jesús (1515-1582)           
Isabel Clara Eugenia (1566-1633)
María de Zayas Sotomayor (1590-1661)
La monja alférez (1592-1650)
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
Fernán Caballero (1796-1877)
Gómez de Avellaneda, Gertrudis (1814-1873)
Concepción Arenal (1820-1893)
Carolina Coronado (1821-1911)
Rosalía de Castro (1837-1885)
Pardo Bazán, Emilia (1851-1921)
Concha Espina (1879-1955)
Pasionaria, La (1895-1989)
Carmen Conde (1907-)
Medio, Dolores (1917-)
Carmen Laforet (1921-)

Egeria (Siglo IV):

Es el nombre con el cual generalmente es conocida una piadosa dama que en los alrededores del a. 400 peregrinó a los Santos Lugares, dejando un minucioso relato de su viaje, el Itinerarium. En 1884 el erudito J. F. Gamurrini descubrió en la biblioteca de Santa María de Arezzo un manuscrito proveniente de la abadía de Montecasino, el único conocido que haya conservado el texto del Itinerarium; su estudio suscita una serie de problemas a los que en su mayor parte no se ha dado aún una solución plenamente satisfactoria. El texto conservado se presenta mutilado. Faltan el comienzo y la última parte; además dentro del mismo texto se notan dos lal7unas. El defecto de los primeros folios puede ser subsanado en parte por algunas indicaciones del Liber de locis sanctis de Pedro Diácono. El manuscrito es del s. xl.
     
      Contenido del «Itinerarium». El texto se divide en dos partes. La primera es el diario de viaje propiamente dicho. Perdidas las primeras páginas del manuscrito, el relato conservado empieza en el momento en que la intrépida viajera, después de haber visitado ya Jerusalén, Belén, Hebrón y Galilea, se dispone a subir a la cumbre de la montaña del Sinaí. Visita luego el monte Horeb, y regresa a Jerusalén por la tierra de Gesén. Pasado un tiempo va al monte Nebo, en Arabia, y peregrina asimismo por las tierras de Samaria. De nuevo en Jerusalén, transcurridos ya tres años desde el día que emprendió su viaje, se decide a regresar a su patria. Siguiendo la costa mediterránea se dirige hacia Tarso, con la intención de cruzar el Asia Menor en dirección de Constantinopla. En Antioquía, sin embargo, sintiendo deseos de visitar Edesa demora su regreso adentrándose por tierras de Siria y de Mesopotamia. Finalmente vuelve a Tarso, y por Galacia y Bitinia llega a Constantinopla. Viajera infatigable concibe entonces el deseo de visitar Éfeso. En Constantinopla concluye el diario de viaje.
     
      En la segunda parte se da una descripción de la liturgia tal como se celebraba en Jerusalén: el oficio diario, los oficios propios del domingo, las celebraciones en el curso del año litúrgico, aportando una serie de detalles relativos a la semana santa y fiestas de Pascua.
     
      Personalidad del autor del «Itinerarium». Se trata con toda evidencia de una mujer, probablemente una monja, que escribe su diario de viaje con la intención de informar de todo lo que ve a sus «hermanas señoras venerables», a sus «amigas de mi alma» que viven en comunidad en una parte de Occidente. Se ha discutido mucho en torno de su personalidad. Dejando aparte la primitiva identificación errónea de ella con una Silvia de Aquitania (la primera edición del texto a cargo de Gamurrini llevaba por título Sanctae Silviae Aquitanae peregrinatio ad loca sancta) su mismo nombre ha sido objeto de controversia. Dando por justificada su identificación con «la virgen consagrada a Dios en un monasterio» de que habla con elogio el monje gallego Valerio, a mediados del s. vi[, en una carta Ad fratres Bergidensis, a los monjes del Bierzo (cfr. Flórez, XVI, 391-416; PL 87,439-456), la autora se llama Eteria, Egeria o Echeria; existen aún otras variantes. A. Lambert ha avanzado una hipótesis según la cual se trataría de la hermana de Gala, de quien habla S. Jerónimo (Epístola, 133,4,3) y se inclina a adoptar la forma de Egeria.
     
      Por lo que se refiere a la patria de la peregrina ha habido también diversidad de pareceres. La opinión más común es la que hace proceder a E. de un monasterio del noroeste de la península Ibérica. Algunas expresiones del Itinerarium y de la carta de Valerio que apuntan a la región de donde E. es oriunda, y algunos indicios que ofrece el latín usado por la peregrina llevan a creerlo.
     
      Perteneció a un rango social elevado, por más que provinciano. Disponía indudablemente de bienes económicos considerables, los que le permitirían realizar el viaje en las condiciones en que lo hizo. Obispos, monjes y militares la acogen con honor y 1e dispensan fácilmente protección. Su cultura era superior a la vulgar. El latín con el que se expresa no es el de la sociedad culta, pero no por ello carece de una cierta simplicidad y de cierto encanto.
     
      El rasgo religioso es, en la personalidad de E., sobresaliente. Es verdad que su curiosidad, como ella misma confiesa, no tiene límites. El deseo manifiesto que le impele a emprender su peregrinación es, sin embargo, de carácter religioso: es el de conocer y venerar los lugares santificados por Cristo, por los santos del A. T. y por los apóstoles y los mártires. En los diversos santuarios que visita siente la necesidad de hacer una plegaria seguida luego por la lectura de un fragmento de la S. E., recita asimismo un salmo y termina dándose de nuevo a la oración. Considera que la realización de sus anhelos de peregrinar a los Santos Lugares constituye un don que Dios le ha otorgado inmerecidamente, y siente por ello la necesidad ae la acción de gracias: «Nuestro Dios Jesús, escribe, que no abandona a aquellos que esperan en Él, se ha dignado permitirme la realización de este deseo». La gracia de Dios le ha procurado «no solamente la voluntad de ir sino también la posibilidad de realizar lo que deseaba».
     
      A través de todo el relato se pone de manifiesto el carácter ingenuo, el candor y la credulidad de la viajera. Las narraciones de las Sagradas Escrituras así como las leyendas que le cuentan las personas que encuentra por el camino y que le colman de bendiciones y de eulogias, y los más mínimos detalles la maravillan y la llenan de entusiasmo. Todo es para ella objeto de edificación. Por más que no falten en sus memorias algunas observaciones críticas, acepta con gran facilidad que fue precisamente allí o fue allá, bajo este árbol o junto a este pozo donde tuvieron lugar determinados episodios narrados por los libros santos. Se deja asimismo seducir sin dificultad por tradiciones extrabíblicas, tal como la de la tumba de S. Tomás y la de la correspondencia habida entre Cristo y el rey Abgar de Edesa.
     
      La autora del «Itinerarium» y la historia. Se han insinuado ya algunas hipótesis propuestas para la identificación de la autora del Itinerarium con algún personaje conocido. Ninguna de ellas deja de ser discutible.
     
      Acerca de la época precisa en que E. realizó el viaje a Oriente, los eruditos aportan una serie de argumentos para fijarla en los alrededores del 400. Para unos habría tenido lugar entre el 393 y 396, mientras que para otros lo fue más probablemente hacia el 415 6 417.
     
      El Itinerarium de E., para concluir, constituye un documento de gran interés. Es una fuente importantísima para el conocimiento de la liturgia tal como se desarrollaba en una época bastante oscura; los pocos escritores de aquel momento dan indicaciones muy vagas y muy incompletas, E., en cambio, las da profusamente. Tiene interés, asimismo, por el hecho de constituir una prueba de la antigüedad de la tradición relativa a muchos lugares bíblicos. La filología encuentra también en la obra locuciones de la latinidad popular tardía. El relato de E. tiene finalmente el valor de testimonio de primera mano de un sinnúmero de costumbres populares de la época, y de aspectos de su espiritualidad.

R. CIVIL DESVEUS.

Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Gala Placidia (386-450)

Gala Placidia era hija de Teodosio el Grande, nacida a finales del siglo IV y muerta 450. En el año 410 fue apresada por Alarico cuando Roma fue saqueada por los visigodos. Cuatro años más tarde contrajo matrimonio con Ataulfo, el rey visigodo, a la muerte de Alarico. Gala y Ataulfo se trasladaron a Hispania, donde estuvieron hasta la muerte del visigodo en el año 415. Gala volvió a casarse con Constancio, general de Honorio, haciendo de regente durante la minoría de Valentiniano III, su hijo.

Merece lugar honroso por su talento y valor, todavía se conserva su urna sepulcral, con la representación de un cordero Pascual, tapado por una cruz en la que se posan en cada brazo un pájaro, así como los mosaicos y la iglesia construida por su mandato en Verona.

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Brunilda, Reina de Austrasia (543-613)
         También conocida como Brunequilda. Fue una reina visigoda de Austrasia, esposa de Sigeberto I. Nació en España alrededor del año 543 y murió en Renéve, cerca de Dijon, en 613. Luchó con Fredegunda, esposa de Chilperico I, pero cayó en poder de Clotario II, hijo de su enemiga, quien la mandó matar.

La Reina Brunequilda de Francia es execrada por casi todos los Escritores, como la peor mujer que tuvo el mundo. Son innumerables y enormísimas las maldades que la atribuyen: una lascivia desenfrenada que la acompañó toda la vida hasta la edad sexagenaria: una ambición furiosa a quien sacrificó siempre todos los respetos divinos y humanos: una crueldad desaforada que hizo víctimas, ya de su odio, ya de su ambición, ya por medio del veneno, ya por el cuchillo a innumerables inocentes, entre ellos algunas Personas Reales. ¿Quién creerá, que pueda defenderse de algún modo esta mujer, cuyas atrocidades están vertiendo sangre en todas las Historias? Sin embargo, parece en su abono un testigo, que si se le da fe según el mérito de su carácter y autoridad, es capaz de desvanecer la acusación. Este es el gran Gregorio, el cual en dos Cartas escritas a aquella Reina, la colma de elogios, hasta llegar en una de ellas a felicitar a la Nación Francesa sobre la dicha de ser gobernada por una Reina ilustre en todo género de virtudes: Prae aliis gentibus gentem Francorum asserimus felicem, quae sic bonis omnibus praeditam meruit habere Reginam (lib. 11, epist. 8), donde se debe advertir, que la data de esta Carta es posterior algunos años a las más de las maldades que se cuentan de Brunequilda.

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Berenguela (1108-1149)
Hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y Provenza, hermana de Ramón Berenguer IV. Casó con Alfonso VII de Castilla y León en 1128. Tuvo destacada intervención personal en la defensa de Toledo (1139) frente a los almorávides.
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Berenguela de Navarra (1165-1230) 

En la historia de la Edad Media, encontramos una ironía del destino cuando Berenguela de Navarra, esposa sufrida del rubio monarca inglés Ricardo I Corazón de León, figura como una reina apátrida en todo el sentido de la palabra. Esta bella muchacha fue la única reina de la historia que nunca pisó el suelo que supuestamente gobernaría junto a su irresponsable marido.

Berenguela de Navarra nació a mediados de mayo de 1165 en el reino de Navarra, donde su padre se llamaba Sancho y su madre Sancha.El padre era apodado el Sabio ya que se dedicó más a fomentar la educación y la prosperidad que perder el tiempo en la guerra. Los padres de la chica constituían una pareja muy bien avenida, y aunque viajaban constantemente entre Estela y Pamplona, se ocuparon de proveerle buenos tutores a su prole. Berenguela, quien desde niña mostró ser muy inteligente, aprendió a escribir versos y a hablar varios idiomas. Cuando ya era una hermosa niña de unos 10 años de edad, conoció al hombre que la haría sufrir horrores en toda su vida: Ricardo Plantagenet, más adelante "Corazón de León".

Ricardo ya era conde de Anjou cuando a mediados de la década de los 1170 se apareció a un certamen de caballería que organizaba Sancho jr. el hermano mayor de Berenguela. Dado que Berenguela aún era una chiquilla, Ricardo poco se fijó en ella pero Berenguela quedó infatuada con el inglés, a quien no se le puede negar que era un chele aseado y bien parecido con musculatura como un Dolph Lundgren. Unos 12 años después de este encuentro casual, se hablaría de una boda entre Ricardo Corazón de León y Berenguela, cuando Leonor de Aquitania, la dominante y erudita madre de Ricardo, llegó con la petición de mano a los padres de la chavala.

Leonor buscaba esta alianza matrimonial por razones políticas y no porque le gustara Berenguela para nuera. El esposo de Leonor, el atribulado rey inglés Enrique II, había muerto en 1189 y Leonor quería proteger la frontera sur del vasto imperio dejado por Enrique II a Ricardo, entonces dedujo que le convenía tener a Navarra de amiga y no de enemiga. Berenguela ya andaba por los 24 años de edad, y para entonces una chica de esa edad ya era considerada niña vieja e incasable, así que los padres de Berenguela se sintieron muy halagados con la propuesta ya que nadie más había solicitado la mano de la princesa. Una vez que Leonor obtuvo el sí de los padres de Berenguela, se la llevó consigo en un largo viaje para depositársela a su amariconado hijo antes que éste saliera de viaje en una Cruzada y no honrara la palabra de boda.

Berenguela viajó con su castrante suegra a través de los Alpes, bajando por Italia y llegaron al campamente de cruzados en Messina. Ricardo había pasado unos interludios muy sospechosos con el rey francés Felipe Augusto y éste estaba partiendo hacia Tierra Santa cuando Leonor arribó con la muchacha, esperando que la boda se diera de inmediato.

Ricardo, confrontado con la novia dispuesta, argumentó que siendo Cuaresma no podía ofender a Dios incurriendo en pecado carnal y pospuso la boda. Leonor enojada se fue, dejando a Berenguela como huésped de Juana, quien era hija de Leonor. Juana, quien recientemente había enviudado del rey de Sicilia, no estaba del mejor humor posible. Ricardo partió hacia tierra santa dejando atrás a hermana y prometida, quienes acordaron seguirle, pero el barco en que viajaban ellas perdió contacto con el de Ricardo en una tormenta. Luego arribaron a Chipre, donde el emperador Isaac Conmnenus, las retuvo como rehenes.

Ricardo furioso atacó a Conmnenus y para evitar murmuraciones sobre la reputación de Berenguela, procedió a casarse con ella en Lymassol, Chipre. Inmediatamente después de la boda, Ricardo evitó tener primera noche con su esposa y se enrumbó hacia Tierra Santa.Berenguela y Juana estuvieron casi un año en un palacio que les acondicionaron ahí, pero Ricardo al parecer le tenía pavor a la cama nupcial. En 1192 Ricardo firmó una tregua con Saladino, por quien se moría de pasión, y en septiembre de ese año despachó a su hermana Juana y a Berenguela rumbo a Francia.Pasarían más de 3 años antes que Berenguela viera de nuevo a su esposo. Juana y su cuñada se estuvieron un rato con el papa y luego la escoltó Alfonso II de Aragón, terminando el viaje en Poitou, donde Juana contrajo segundas nupcias con el conde de Toulouse.

Cuando Ricardo regresaba a casa de la Cruzada, temiendo que su hermano Juan le quitara el trono, tuvo la mala sal de ser secuestrado por Leopoldo de Austria, quien lo tuvo guardado hasta que Leonor de Aquitania drenó el erario inglés para juntar la suma del rescate. Finalmente libre, Ricardo fue coronado por segunda vez en la catedral de Winchester el 16 de abril de 1194.Su mamá Leonor ocupó el sitio de honor, y no se invitó a Berenguela a la ceremonia. Ricardo otra vez dejó solo el trono de Inglaterra para irse a agarrar de las mechas con su ex amigo y amante el rey francés Felipe Augusto, y no hizo esfuerzos por ver a su esposa.

Anduvo en tales pleitos y malos pasos que hasta la Iglesia lo regañó. Cuando cayó enfermo poco después, Ricardo se arrepintió en público y trató de reconciliarse con Berenguela, pasando las Navidades juntos. Pero la reconciliación no cuajó pues Ricardo le huía al tálamo nupcial Construyó su castillo Gaillard en Normandía y nunca invitó a Berenguela ahí. En 1196 finalmente le dijo a Berenguela que se hiciera alcanfor y reconoció como heredero a su hermano menor Juan. Para colmo trató Ricardo de reclamar como propios dos castillos en Navarra que formaban parte de la dote de Berenguela.

Berenguela afligida se retiró a un castillo cerca de Angers. Cuando Ricardo murió a los 42 años de edad un 6 de abril de 1199 como resultado de una gangrena causada por un flechazo, Berenguela no fue invitada al funeral. Fue sepultado en la abadía de Fontevrault y a Berenguela le tocó pelear con su familia política para reclamar su herencia de viuda. El papa Inocente III y su sucesor Honorio III sacaron la cara por ella, alegando que la iglesia defendía a viudas, pobres y huérfanos. La herencia de Berenguela le fue dada tras la muerte de su cuñado Juan Sin Tierra, y quien se la reconoció fue el hijo de Juan, Enrique III. Tras estar refugiada en la corte de su hermana Blanca en Champaña, Berenguela se dedicó a obras de caridad.

Al morir su castrante suegra Leonor en 1204, Berenguela pudo pasar a vivir a la ciudad de Le Mans, donde hasta la vez hay una estatua suya. Por 25 años, Berenguela vivio en Le Mans, haciendo obras sociales y en Epau creó un monasterio. Berenguela no pudo ver su obra terminada, muriendo un 23 de diciembre de 1230.La estatua de "nuestra dama de Le Mans"(a como es llamada Berenguela) fue movida del monasterio hacia la catedral de San Julián en esta bella ciudad francesa. Y aunque en Inglaterra apenas la mencionan porque fue la esposa desdeñada de un rey irresponsable y amariposado que solo vio al país como una alcancía para andar haciendo sus bochinches,

Berenguela de Navarra, la reina apátrida, es recordada con cariño por todos los descendientes de huérfanos, viudas y pobres que ella protegió con sus obras tantos siglos atrás. 

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Berenguela de Castilla (1180-1246)
Reina de Castilla y León (1197-1246). Hija de Alfonnso VIII de Castilla. Casó con Alfonso IX de León en 1197, pero este matrimonio fue anulado por la Iglesia por razones de parentesco, y se disolvió en 1204. Regresó a Castilla, y durante el corto reinado de su hermano Enrique I tuvo que enfrentarse a una parte de la nobleza, que le disputaba la regencia. Al morir su hermano (1214) y quedar heredera de la corona castellana, abdicó en su hijo Fernando. Continuó interviniendo en la vida política del reino y logró con gran habilidad que a la muerte de Alfonso IX de León las hijas de éste, a pesar del testamento, cedieran el reino leonés a Fernando III, con lo que se consiguió la unión definitiva de León y Castilla.
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Blanca de Castilla (1188-1252)
Reina de Francia, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra. Casó en 1200 con el infante Luis de Francia del que tuvo al futuro rey Luis IX (San Luis) en 1224. Su esposo, que había ocupado en 1223 el trono de Francia con el nombre de Luis VIII, murió en 1226, por lo que Blanca se hizo cargo de la regencia hasta la mayoría de edad del Luis IX y tuvo que reprimir una sublevación feudal. Durante el reinado de Luis IX ejerció gran influencia en la vida del Estado y, al ausentarse aquel con motivo de la séptima cruzada (1249)) volvió a asumir la regencia.
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María de Molina ( - 1321)

Hija del infante Alfonso de Molina y de su tercera mujer, casa en 1281 con el segundo hijo de Alfonso X de Castilla, quien reinará con el nombre de Sancho IV. El matrimonio no contará con el beneplácito del monarca ni con la dispensa papal, dados los lazos sanguíneos que unían a ambos cónyuges. La muerte de Sancho IV en 1295 obligará a la reina a asumir la regencia durante la minoría de edad de su hijo Fernando IV, en medio de una situación política complicada. A las luchas constantes con la nobleza castellana por el control del Reino se unen las difíciles relaciones internacionales con Aragón, Portugal y Francia, quienes tratan de aprovechar la situación de inestabilidad que atraviesa Castilla. Durante su regencia, otorgará poder a los Concejos como elementos de contrapeso del poder nobiliario. En 1302, Fernando IV alcanza la mayoría de edad y asume las tareas de gobierno hasta su muerte, sucedida en 1312. El fallecimiento además de su esposa Constanza un año más tarde obliga a María de Molina a retomar las labores de regencia, en representación de su nieto Alfonso XI. Los problemas que deberá afrontar durante este nuevo período serán parecidos a la anterior regencia. Fallecerá en 1321, siendo todavía Alfonso menor de edad.

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Blanca de Borbón (murió en 1361)
Reina de Castilla. Casó en 1353 con Pedro I de Castilla. Repudiada por su esposo a los tres días del casamiento, figuró no obstante como reina hasta 1354, en que Pedro I casó con Juana de Castro. El monarca la hizo asesinar después de haberla tenido prisionera durante varios años.
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Blanca I de Navarra (1385-1441)
Reina de Navarra, casó con Martín el Joven, rey de Sicilia y a la muerte de éste (1409) pasó a gobernar la isla hasta que contrajo segundas nupcias con el infante Juan de Aragón, futuro Juan II. Heredera del trono de Navarra desde la muerte de su hermana mayor Juana (1413), lo ocupó en 1425 y lo conservó hasta su muerte. De su segundo matrimonio nacieron Carlos, príncipe de Viana, y Blanca.
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Blanca II de Navarra (1424-1464)
Reina titular pero no efectiva de Navarra, hija de Juan de Aragón y de Blanca I de Navarra. Casó en 1440 con Enrique, príncipe de Asturias y futuro Enrique IV de Castilla, matrimonio que fue anulado por causa de impotencia respectiva y a petición del esposo. Volvió a la corte de su padre, pero fue desheredada por éste al igual que su hermano Carlos de Viana, guardada como rehén y entregada más tarde a Juan de Foix.
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Santa Isabel de Portugal (1270-1336)

Hija de Pedro III (v.) de Aragón y de Constanza de Sicilia. N. ca. el 1270, no se sabe ciertamente si en Zaragoza o Barcelona. A los 12 años fue pedida en matrimonio por los príncipes herederos de Inglaterra y de Nápoles y por don Dionís (v.), rey de Portugal, que fue el aceptado. El 11 feb. 1282 contrajo matrimonio por poderes en la capilla de Santa María, luego llamada de Santa Águeda, del palacio real de Barcelona. En junio de este mismo año llegó a Portugal y en Troncoso, a donde había salido a recibirla, se encontró con su esposo al que conoció por primera vez.
      Los años de reina en la corte portuguesa. La nieta de Jaime 1 el Conquistador (v,), pese a su corta edad, aparecía ante todos como una mujer adornada de energía tenaz y fuerza de alma no comunes. Además, como quiere la leyenda medieval de su vida, era una mujer dulce y bondadosa, inteligente y bien educada. No obstante estas excepcionales cualidades, bien pronto tuvo que sufrir las infidelidades de su marido, que ella supo disimular con heroico silencio. Nunca quiso enfrentarse con él, sino que con dulzura y amor quería apartarlo de sus ilícitas relaciones. Tan heroica fue su paciencia que hasta llegó a ocuparse con toda solicitud de los hijos bastardos de su esposo. Fuerza para llevar con resignación estos agravios la encontró la reina en su trato con Dios. Bajo la dirección de su confesor, el mercedario fray Pedro Serra, cultivó una intensa vida interior y de entrega a la voluntad divina, sin perder la naturalidad de esposa y reina. Nunca quiso rehuir sus obligaciones, aun aquellas que parecían más mundanas, y siempre, como reina que era, se la halló presente en las solemnidades, banquetes, recepciones y demás fiestas palaciegas. Minuciosa atención prestaba a las audiencias y visitas de sus súbditos, porque, como decía, era responsable de su salvación y bienestar. Pero no por esta actividad su vida espiritual sufría menoscabo alguno. Antes al contrario, supo encontrar a Dios y estar unida a Él en el cotidiano quehacer. Durante toda su vida dedicó largas horas a la oración y a la lectura piadosa. Su espíritu de mortificación fue grande, especialmente en ayunos y abstinencias. Otra gran virtud fue su caridad para con los pobres y enfermos, compensada alguna vez por Dios con prodigios extraordinarios. Tras seis años sin tener sucesión le nacieron dos hijos: la princesa Constanza y el príncipe Alfonso que fue su cruz y el gran amor de su vida. Crecido el futuro Alfonso IV el Bravo en la Corte portuguesa, no se dejaron sentir en él sus negativas influencias, antes bien su vida fue limpia, pudiendo verse aquí el decisivo influjo de su madre a la que tanto vio sufrir por las infidelidades de su marido. De estos hechos empezó a nacer, en la conciencia del infante don Alfonso, un fuerte odio hacia su padre que con el correr de los años traería días de luto al corazón de Isabel. Ésta hizo cuanto estuvo a su alcance para que el hijo, pese a todo, obedeciera y respetara al rey su padre.
      Llevó a cabo una labor pacificadora por su intervención delicada en los asuntos de gobierno, tan difícil en ciertos momentos. Hay que destacar en ella este especial don. Así, merced a su constante y discreta intervención, contribuyó a reconciliar a Portugal con el Papa, reconciliación que se confirmó con la firma de un Concordato y con la fundación de la Univ. de Coimbra. Una alta visión política, a la par que un gran desprendimiento, demostró tener la reina, cuando cedió parte de sus derechos a la dote que le correspondía, en favor de su sobrina la hija de don Alfonso, hermano de don Dionís. Con ella quedó apaciguado el intento de guerra civil que para defender los intereses de su hija se aprestaba a promover don Alfonso. También afianzó la paz entre castellanos y portugueses, mediante la unión matrimonial de sus hijos con los del rey de Castilla. En momentos difíciles para esta paz se entrevistó con la reina castellana María de Molina (v.), siendo eficaz su intervención para los intereses de ambos reinos, amenazados por las discordias promovidas en Castilla por los Infantes de la Cerda, que comprometían no sólo al rey Fernando, su yerno, sino al mismo rey de Portugal, su marido, y al de .Aragón, Jaime 11, su hermano. Con el mismo efecto pacificador medió entre su hermano don Fadrique, rey de Sicilia, y Roberto de Nápoles, dispuestos a dar solución a sus problemas con las armas.
      Si ardua y difícil fue esta labor pacificadora lo fue mucho más la que tuvo que poner en juego para evitar o aminorar los enfrentamientos entre don Dionís y su hijo Alfonso. Vieja era en el ánimo del príncipe heredero la animadversión hacia su padre que se acrecentó por la envidia que en él despertaban los favores que el rey dispensaba al mayor de sus bastardos. Por tres veces se alzó el príncipe en rebeldía. Estas luchas entre sus dos más grandes amores fueron la gran prueba que tuvo que sufrir durante largos años la reina I. «Vivo vida muito amargosa», dice en una carta a su hermano Jaime II de Aragón. A todos los sacrificios estaba dispuesta con tal de lograr la paz de su reino y la reconciliación del padre con el hijo. Para conseguirlo una vez más, así se expresa en una carta dirigida a su esposo: «No permitáis que se derrame sangre de vuestra generación que estuvo en mis entrañas. Haced que vuestras armas se paren o entonces veréis cómo en seguida me muero. Si no lo hacéis, iré a postrarme delante de vos y del infante, como la leona en el parto si alguien se aproxima a los cachorros recién nacidos. Y los ballesteros han de herir mi cuerpo antes de que os toque a vos o al infante. Por Santa María y por el bendito S. Dionís, os pido que me respondáis pronto para que Dios os guíe». Hasta el mismo campo de batalla llegó sola, montando una mula, cuando empezaba en el llano de Alvalade, cerca de Lisboa, otra lucha parricida entre el rey y su hijo. Allí mismo consiguió, una vez más, de su esposo el perdón para el hijo inquieto y rebelde. Un año después enfermó don Dionís; lo llevan a Santarem y allí su esposa le cuidó con desvelo y abnegación. M. el 7 en. 1325. Inmediatamente después,, l. se retiró a su cámara, se vistió el hábito de las clarisas (v.), cortó por sí misma los cabellos de su cabeza, y volviendo ante el cadáver de su esposo, dijo a los cortesanos presentes: «Daos cuenta de que a la vez que al Rey perdisteis a la Reina».
      Su entrega al servicio de los demás. Se ha visto cómo 1. siempre estuvo dispuesta a la ayuda del necesitado y cómo, en medio de sus deberes de reina, supo estar unida a Dios. Al enviudar, y heredar el trono su hijo Alfonso IV, quedó libre para entregarse más por entero a sus devociones y a sus obras de caridad. Hasta el fin de sus días vivió una vida retirada, vistiendo siempre el hábito de la Tercera Orden (v.) franciscana, aunque libre de votos religiosos, pues siempre quiso mantener su patrimonio, como ella dice, para construir iglesias, monasterios y hospitales.
      Ya de antiguo tenía tomada esta resolución, que tanto su confesor como su hijo conocían. Liberada, pues, a los deberes de la Corte, no vive sino para ayudar al necesitado. Sus riquezas van a parar a los pobres y enfermos en forma de ropa y alimentos. En los hospitales pasaba largas horas consolando a los allí acogidos. Construyó iglesias y monasterios: ella misma dirigió las obras del monasterio de Santa Clara de Coimbra. No podía faltar en su vida cristiana la peregrinación a Compostela. Allí ofreció, como prueba de devoción al Apóstol Santiago, la corona más noble de su tesoro. De vuelta a Portugal venía con su bordón y esclavina para «aparecer peregrina de Santiago».
      Una vez más, e iba a ser la última, tuvo que intervenir la anciana reina ante su hijo Alfonso y su nieto Alfonso XI (v.) de Castilla para evitar la guerra entre ambos. Pese a sus muchos años se puso en camino hacia Estremoz, con el fin de parlamentar con su hijo, y disuadirle de aquella empresa. Aquel viaje agitado y presuroso, en medio de los calores veraniegos, significó su muerte, aunque la causa próxima fue una herida en el brazo, acompañada de fuerte dolor y fiebre. Reconociendo que se acercaba el fin de su vida confesó, oyó misa y «con gran devoción y muchas lágrimas recibió el cuerpo de Dios». Puede decirse que desde aquel momento no dejó de rezar. Su lengua, cada vez más débil, recitaba salmos y los versos latinos de himnos litúrgicos, como el Maria, mater gratiae. Junto a su lecho, según ella siempre deseó, estaba su hijo por el que tanto había sufrido. M. el 4 jul. 1336, en el castillo de Estremoz. Su cuerpo fue trasladado hasta el monasterio de Santa Clara de Coimbra, donde recibió el último homenaje y adiós de sus súbditos. Allí reposa envuelto en una aureola de milagros. El pueblo cristiano ha rodeado, a través de los siglos, de una gloria inmortal a esta santa medieval. Fue canonizada por Urbano VIII el 25 mayo 1625. Su fiesta se celebra el 4 de julio.

FIDEL G. CUÉLLAR.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

 

 

Isabel La Católica (1451-1504)

Hija de Juan II, rey de Castilla y de su segunda esposa, Isabel de Portugal, n. el 22 abr. 1451 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). M. en Medina del Campo (Valladolid) el 26 nov. 1504 y reinó 30 años (1474-1504) en Castilla. Pasó en Arévalo sus primeros años al lado de su madre que, habiendo enviudado, se había refugiado en un convento en donde no tardó en manifestar síntomas de locura. Se pensó en casarla, siendo aún muy niña, con uno de los hijos de su tío abuelo, Fernando -que fue efectivamente su marido muchos años más tarde-, y con Carlos, príncipe de Viana, que murió prematuramente. En 1462 fue llevada a la corte de Enrique IV (v. ENRIQUE w DE CASTILLA) que ella misma calificó, años más tarde, de escuela de malas costumbres, y sirvió de madrina a la discutida princesa Juana, que luego fue su rival. Mientras crecía se le iban señalando maridos, Alfonso V de Portugal (v.), ya viudo, y el maestre de Calatrava, Pedro Girón, de reputación moral detestable. Isabel explicaba más tarde que estaba tan asustada que rezaba a Dios para que le enviase la muerte en lugar de tal marido. Quien murió fue el maestre (20 abr. 1466). La revuelta de su hermano más joven, Alfonso, contra el mayor, Enrique IV, la colocó en situación difícil. Los nobles que apoyaban al primero la sacaron de Segovia porque necesitaban disponer de todas las oportunidades de sucesión; pero ella exigió juramento de que nadie trataría de forzar su voluntad.
      La sucesión y el matrimonio. Cuando el joven Alfonso murió (5 jul. 1468) los nobles de su partido quisieron proclamar a I. reina. Pero ella se opuso obligándoles a buscar un acuerdo con Enrique IV que reconocía a éste como soberano legítimo y a I. como sucesora después de su muerte (pacto de los Toros de Guisando, 19 sept. 1468). Aceptó entonces la princesa ciertas condiciones para su matrimonio, pero cuando el marqués de Villena y los suyos trataron de imponerle la boda con el rey Alfonso V de Portugal ella hizo prevalecer su voluntad escogiendo a Fernando de Aragón, el más antiguo de los candidatos a su mano. Fernando hizo el viaje a Castilla disfrazado y celebró su boda en Valladolid el 18 oct. 1469, sin tener la dispensa pontificia necesaria. Un moderno investigador, Rodríguez Valencia, supone que I. fue tranquilizada por el nuncio Antonio de Veneris. Inmediatamente después de la ceremonia los jóvenes príncipes, que usaban ya el título de reyes de Sicilia, tuvieron que refugiarse en Dueñas. No se trataba de un matrimonio de amor; sin embargo, durante toda su vida I. dio un altísimo ejemplo de fidelidad, entrega y amor; en su testamento dispuso que su cuerpo fuese enterrado junto al de su marido.
      La actuación histórica. Aunque la obra de Isabel es prácticamente inseparable de la de su esposo (v. REYES CATóLICOS), todos los historiadores modernos están de acuerdo en señalar algunas líneas de conducta que fueron preferentemente suyas: la preocupación religiosa visible en el establecimiento de la Inquisición (v.), la selección de buenos obispos, el papel que jugaron fray Hernando de Talavera (v.) y Francisco Ximénez de Cisneros (v.); la amistad cada vez más estrecha con Portugal, cuyos reyes eran sus parientes próximos; la decisión de anteponer la guerra de Granada (v.) a la recuperación del Rosellón (v.); el deseo de que la expansión ultramarina hacia Canarias y América, así como por el norte de África, tuviese más sentido misional que económico; y la voluntad de acelerar la conversión de los musulmanes, figuran entre las más importantes.
      En el reinado de I. se aprecian tres fases, una de crisis que se abre con su renocimiento y se cierra con las Cortes de Toledo de 1480, otra de crecimiento que culmina con las grandes realizaciones de la conquista de Granada, el recobro del Rosellón, la consecución de la unidad religiosa, el descubrimiento de América y la estabilidad económica, y una tercera de doloroso sufrimiento iniciado en 1497 con la muerte del único hijo varón, el príncipe D. Juan y concluida con su propia desaparición siete años más tarde. A través de estas etapas es posible atisbar además la evolución de un carácter fortísimo que fue profundizando en la conciencia de un deber apostólico. El testamento, firmado el 12 de octubre y su codicilo redactado un mes más tarde (23 nov. 1504), han sido considerados como la síntesis de su pensamiento.
      En los años de crisis, el pensamiento dominante de la reina parece haber sido el logro de la paz interior y exterior. Tuvo parte muy directa en la reconciliación con la nobleza, a la cual aplicó el principio de la más amplia generosidad respetando el status económico de cada linaje. Llevó a cabo una gran tarea pacificadora en Andalucía, a veces con rigor, y tuvo intervención personal y muy directa en las negociaciones con el Papa y con Portugal. Durante la segunda etapa, que es aquella en que resulta más difícil saber qué cosas hizo el rey y cuáles la reina, sabemos indudablemente que ella puso mayor empeño en rematar rápidamente la guerra islámica, apoyó con más énfasis la Inquisición y fue, a través de sus oficiales, la decidida protectora de Colón (v.). En estos años efectúa sobre todo una depuración en la corte para rodearse de personas honestas. El atentado que sufrió Fernando en Barcelona (7 dic. 1492), a manos de un payés loco, causó enorme impresión en la reina y fue como el anuncio de sus futuras amarguras. La marcha de sus hijas, casadas con príncipes extranjeros, fueron la primera prueba; en 1496 acompañó a Juana a Laredo y permaneció a bordo del buque dos días para tranquilizarla.
      La muerte de Isabel. En 1497 murió el príncipe D. Juan y su viuda Margarita sufrió un aborto. I. pronunció las palabras «Dios me lo dio y El me lo quitó», que enterraban para siempre la casa de Trastámara, la más española de las dinastías. Casi al mismo tiempo tuvo noticia de que las relaciones entre Juana (v. JUANA DE CASTILLA, LA LOCA) y su esposo Felipe (V. FELIPE I DE CASTILLA, EL HERMOSO) eran malas. Antes de un año, el 24 ag. 1497 murió también Isabel, la primera de sus hijas, la más bella y la más querida. Todo el amor de esta madre doliente se volcó ahora sobre el nieto, Miguel, que falleció también el 20 jul.- 1500. Y de Flandes, la tierra de los nuevos herederos, llegaban noticias tristes: lo que en principio se creyera frialdad religiosa aparecía como primeros síntomas de un trastorno mental.
      La breve estancia de Felipe el Hermoso en España (1502) no hizo sino aumentar sus dolores. 1. y Fernando querían que Juana permaneciese en Castilla o, al menos, que el mayor de sus hijos, Carlos, a quien ni siquiera se enseñaba la lengua de sus futuros súbditos, fuese educado en Castilla. Juana creyó que había un plan para separarla de su marido y tuvo un choque violento con su madre (18 jun. 1503). I. enfermó. Las cosas fueron más lejos. En noviembre de este año, estando en Medina, Juana sufrió un ataque tan fuerte que, en adelante, no pudo ocultarse la verdad de su irremediable locura. 1. arrastró los últimos meses de su vida con grandes dudas acerca de su conducta; el derecho le obligaba a entregar la corona a Juana y a Felipe, cuyos actos diplomáticos bordeaban la traición, y así lo escribió en su testamento. Pero en el codicilo del 23 de noviembre dispuso, de acuerdo con las peticiones de Cortes, que en ausencia de Felipe -muy previsible- tuviese Fernando el gobierno de Castilla (V. FERNANDO II DE ARAGÓN, EL CATóLICO).
      Semblanza de Isabel. La gran reina fue una mujer menuda y graciosa, blanca y rubia, como casi todos los Trastámaras (v.), con ojos claros entre azules y verdes y expresión serena, como de gran paz interior. Profundamente introvertida, escuchaba, sin embargo, los consejos que se le daban. Su inteligencia era juvenil y despierta, con capacidad para el asombro. Fue muy aficionada a libros y poseyó una biblioteca abundante y variada. Piadosa en extremo se rodeó de hombres del tipo de fray Hernando de Talavera, que no pueden ser reputados como fanáticos. Con Cisneros era más capaz de sentir respeto y confianza hacia su valer que afecto a su persona. Tenía un sentido de la justicia como del deber fundamental de los reyes, que a veces ejercía con rigor y, desde luego, sin dejarse doblegar por dinero o influencias. El remate de su carácter le constituye, sin embargo, cierto ánimo alegre y caritativo que, sin desmentir la solemnidad de la autoridad real, le permitía usar de chanzas como aquella famosa frase en que decía que si tuviese tres hijos haría al uno rey, al otro arzobispo de Toledo y al tercero «escribano de Medina del Campo», o de frases llenas de amor como la conocida posdata a Gómez Manrique para que viniese a cuidar a su mujer. Todas las generaciones castellanas han manifestado unánimes, a pesar de sus opiniones políticas, la admiración por la gran reina.

Es paradójico que Isabel, la mejor reina que ha tenido España, fuera hija de Isabel de Portugal, que murió loca, y madre de Juana I, que también fue loca. Esta hija y madre de locas gobernó a España con más cordura y sabiduría que ningún otro rey. Ella fue la fuerza dirigente en la empresa de Granada, y en el Descubrimiento de América. El ilustre escritor del Renacimiento italiano, Baltasar de Castiglione, escribía en 1507: "Afirman todos cuantos la conocieron haber hallado en ella una tan divina manera de gobernar que parecía casi bastase solamente su voluntad para que, sin más ruido, cada uno hiciese lo que debía; a tal punto que apenas nadie osaba, ni en su propia casa y secretamente, hacer cosa que creyese que a ella habría de desagradar... Ella supo juntar tan admirablemente el rigor de la justicia con la blandura de la clemencia y con la liberalidad, que en sus días no hubo ningún bueno que se quejase de ser poco remunerado, ni ningún malo de ser demasiadamente castigado. Y de esto nació tener los pueblos hacia ella una suma reverencia mezclada de amor y de temor, la cual está todavía tan arraigada en el ánimo de todos que parece como si pensasen que ella desde el cielo les mira, y desde allí les deba enviar alabanzas o reprensión". El éxito de su reinado se debe tanto a su enérgica actividad como a la selección de excelentes colaboradores, tales como el Cardenal Cisneros y el Gran Capitán. Durante su reinado la corte estaba en constante movimiento, con todos sus hijos nacidos en lugares diferentes, de acuerdo con las necesidades del momento. Tampoco fue ajena a la inquietud intelectual de la época, como lo demuestra el hecho de comenzar a estudiar latín con la famosa maestra Beatriz Galindo, conocida como La Latina. Antonio de Nebrija, el príncipe de los humanistas castellanos, presentó su famosa Gramática a Isabel en la Universidad de Salamanca en 1492, al tiempo que Colón la exponía su fantástico proyecto. Su protección a los indios de las recién descubiertas tierras americanas fue admirable. Cuando Colón regreso con algunos indígenas, la reina reaccionó con autoridad:"¿Quién le ha dado al Almirante permiso para esclavizar a mis súbditos?"

L. SUÁREZ FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Galindo, Beatriz (1475-1534)
Humanista española conocida con el sobrenombre de La Latina. N. en Salamanca en 1475 y m. en Madrid el 23 nov. 1534; dice su epitafio: «Aquí yace Beatriz Galindo, la cual, después de la muerte de la reina católica, se retrujo en este monasterio y en el de la Concepción Francisca, de esta villa, y vivió haciendo buenas obras hasta el año 1534, en que falleció.» Consejera y camarista de la reina Isabel, contribuyó con sus enseñanzas a la difusión de la lengua latina entre las personas reales. Su recuerdo está hoy mucho más unido a su condición de preceptora que a cualquiera de los tratados que se le atribuyen, Comentarios a Aristóteles y Notas sabias sobre los antiguos, o bien a las Poesías latinas, puestas bajo su nombre y que, en realidad, ninguna gloria le añaden. Poco sabemos de su formación, extensión de su cultura y razones que le impulsaron a imponerse en estudios clásicos. Al parecer estuvo destinada al claustro, pero se decidió por el estudio. Casó con Francisco Ramírez de Madrid, el Artillero, secretario de Fernando V, con quien participó activamente en las guerras de Granada. M. en 1501, y su viuda se recogió al amparo del convento de la Concepción Jerónima, dedicada por entero a la caridad. Como su figura no es aislada, hemos de suponer un cierto gusto por la cultura humanista en determinadas casas y familias detentadoras de una buena formación. Recordemos los nombres de Juana Contreras, la condesa de Monteagudo, María Pacheco, Mencía de Mendoza, Isabel de Vergara, la marquesa de Zenete, la famosa Lucía Medrano y tantas otras que contribuyeron al gusto por los estudios clásicos, bien en la corte, bien en sus palacios y casas. La éultura de estas mujeres eruditas no debió ser desdeñable, pues sus nombres figuran junto a los de hombres famosos no sólo españoles, sino también italianos; Lucio Marineo Sículo recordará en sus cartas algunos de estos nombres, entre los que no falta el de B. G., citada también, y elogiosamente, por Nicolás Antonio en su Gynecaeum Hispaniae Minervae.
      La labor educativa de B. G. fue decisiva y admirada sin reservas por sus contemporáneos. El rey Católico sabía latín desde su juventud; el traductor Francisco Vidal de Nova había sido su maestro. Ante la creciente importancia del humanismo (v.) y los humanistas, la reina Isabel sintió deseos de aprender latín en su edad madura, tal vez empujada por las circunstancias, y contó con el apoyo de su camarera, y tanto debió aprender o tanto gustó de él, que lo hizo aprender a todos sus hijos. Juan de Lucena, en su Epístola exhortatoria a las letras, dice: «La muy clara ninfa Carmenta letras latinas nos dio: perdidas en nuestra Castilla, esta diva serena las anda buscando... ¿Non vedes quantos comienzan aprehender mirando su realeza? Lo que los reyes facen bueno o malo, todos ensayamos de lo facer. Jugaba el rey, eramos todos tahures; estudia la reina, somos agora estudiantes» (A. Paz y Meliá, Opúsculos literarios de los siglos XIV a XVI, Madrid 1892, 216). El humanista Luis Vives recoge muy bien el espíritu culto de la corte castellana: «La edad nuestra vio aquellas cuatro hijas de la reina doña Isabel que arriba nombré tener muy buenas letras. De todas partes me cuentan en esta tierra, y esto con grandes loores y admiración, la reina doña Juana... haber respondido de presto en latín... Lo mismo dicen los ingleses de su reina Doña Catalina de España... y también de las otras dos que murieron reinas de Portugal» (Instrucción de la mujer cristiana, Buenos Aires 1940, 26-27).
      Hay que aclarar que la cultura latina aprendida por los infantes debió mucho a las enseñanzas de los humanistas italianos Alejandro y Antonio Geraldino. Pero la fama de la preceptora española fue tal que mereció figurar junto a Antonio de Nebrija (v.) y otros ingenios en algún poema. Tras haber sido consejera de la reina Isabel y aprovechado también su experiencia Cisneros y Carlos V, B. G. se retiró de la corte a raíz de la muerte de su marido, fundó el hospital de la Concepción, llamado después de La Latina, y dos conventos a los que entregó su hacienda y su vida.
P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de 1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue el tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda esposa, doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la santa tenía catorce años de edad. Teresa fue criada por su piadoso padre, que era amante de libros serios, y por una tierna y piadosa madre. Después de su muerte y del matrimonio de su hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho meses, debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años con su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes. En una de estas ocasiones, su tío la relacionó con las Cartas de San Jerónimo, las que hicieron se decida por la vida religiosa, pero no tanto debido a una atracción hacia ella, sino por el deseo de escoger el camino más seguro. Al no obtener el consentimiento de su padre, en noviembre de 1535, abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el Convento Carmelita de la Encarnación, en Ávila, el cual contaba en ese entonces con 140 monjas. El dejar a su familia la causó gran dolor, el cual comparaba luego con el que se siente por la muerte. Sin embargo, finalmente su padre cedió y Teresa tomó el hábito.

Después de su profesión —al año siguiente—, ella enfermó gravemente, teniendo que soportar una larga convalecencia, la cual, unida a los torpes tratamientos médicos, la dejaron reducida a un estado más calamitoso, e incluso, después de su parcial recuperación, gracias a la intercesión de San José, su salud siempre fue pobre. Durante estos años de sufrimientos empezó la práctica de la oración mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas mundanos que realizaba con algunos parientes que visitaban con frecuencia el convento la hicieran indigna de las gracias que Dios le concedía por medio de la oración, abandonó esta práctica, hasta que fue influenciada primero por los dominicos y luego por los jesuitas. Entretanto, Dios había empezado a visitarla con "visiones intelectuales y locuciones", en las que sus sentidos no eran para nada afectados, pues veía las imágenes y escuchaba las palabras en su mente, también la alentaba y fortalecía para poder sobrellevar sus pruebas, reprendía por su falta de fe, y consolaba en sus problema. Incapaz de reconciliar estas gracias recibidas con sus defectos, los cuales su delicada conciencia le hacía ver como grandes faltas, recurrió no sólo a los confesores más espirituales que encontraba, sino también a algunos santos laicos, los cuales, al no saber que los relatos que ella les hacia de sus pecados eran bastante exagerados, creyeron que eran obra del maligno. Cuanto más ella luchaba por rechazarlos, tanto más Dios obraba maravillosamente en su alma. Toda la ciudad de Ávila vivía inquieta a causa de los informes acerca de las visiones de esta monja. Se le pidió a San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, y después a varios dominicos (particularmente a Pedro Ibáñez y a Domingo Bañez), jesuitas, y a otros religiosos y sacerdotes seculares, discernir la obra de Dios y guiarla por un camino seguro.

Los relatos contenidos en su "Autobiografía" (terminada en 1565, una versión más temprana se ha perdido), en las "Relaciones", y en el "Castillo Interior" acerca de su vida espiritual conforman una de las biografías espirituales más importantes, comparadas sólo con las "Confesiones de San Agustín". A este periodo también pertenecen las extraordinarias manifestaciones, como la transverberación del corazón que experimentó, sus desposorios espirituales, y su matrimonio místico. Una visión en la que vio el lugar en el infierno que le era destinado si no fuera fiel a las gracias recibidas, hizo que se determinara a llevar una vida más perfecta. Después de muchos problemas y oposiciones, Santa Teresa fundó el convento de Monjas de Carmelitas Descalzas de la Antigua Observancia de la Regla de San José de Ávila (24 de agosto de 1562), y, después de seis meses, obtuvo el permiso para poder residir en él. Cuatro años después, recibió la visita de Juan Bautista Rubeo (Rossi), el General de los Carmelitas, quién no sólo aprobó lo que ella había hecho, sino que además le dio licencia para fundar otros conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi de inmediato, fundó un convento de monjas en Medina del Campo (1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), y Caravaca (1576). En el "Libro de las Fundaciones", ella relata la historia de estos conventos, los cuales, en su mayoría, fueron fundados a pesar de existir grandes oposiciones, pero con la ayuda manifiesta del cielo. Por todas partes ella encontraba almas generosas que querían abrazar las austeridades de la regla primitiva del Carmelo. Luego de conocer a Antonio de Heredia, prior de Medina, y a San Juan de la Cruz (q.v.), empezó su reforma de los frailes (28 de noviembre de 1568), los primeros conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana (1569), Mancera, y Alcalá de Henares (1570).

Una nueva época se dio inicio con la entrada en religión de Jerónimo Gracián, ya que a este importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo de Visitador Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la estricta observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con el derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y el capítulo general. A la muerte del nuncio y con la llegada de su sucesor, empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su obra, la que duró cuatro años y pareció sería el final de la naciente reforma. Los hechos de esta persecución están bien descritos en sus cartas. La tormenta al fin pasó y la provincia de carmelitas descalzos, contando con el apoyo de Felipe II, fue aprobada y canónicamente establecida el 22 de junio de 1580. Santa Teresa, estando ya anciana y con la salud resquebrajada, realizó más fundaciones, en Villanueva del la Jara y Palencia (1580), Soria (1581), Granada (a través de su asistenta la Beata Ana de Jesús), y Burgos (1582). Ella abandonó este último lugar a finales de julio, y, deteniéndose en Palencia, Valladolid, y en Medina del Campo, llegó a Alba de Tormes en septiembre, soportando grandes sufrimientos corporales. Al poco tiempo tuvo que guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de 1582. El día siguiente, debido a la reforma del calendario, debía de ser considerado 15 de octubre. Después de algunos años su cuerpo fue trasladado a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado Alba, en donde todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual muestra las marcas de la transverberación, está también expuesto para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada en 1614, y canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta fue fijada en el día 15 octubre.

El lugar de Santa Teresa entre los escritores de teología mística no tiene comparación. En sus escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales, las cuales, gracias a una visión profunda y a un don analítico, explica con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la influencia de sus confesores y directores, muchos de los cuales pertenecían a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención de fundar una escuela, en el sentido literal del término, y no existe vestigio alguno en sus escritos de algún tipo de influencia del Areopagita, ni de las escuelas de mística patrística o escolástica, como se puede ver entre otros, en los místicos dominicos alemanes. Ella es intensamente personal, su sistema va exactamente hasta donde sus experiencias llegan, no dando un paso más allá.

Una última palabra debe ser agregada sobre la ortografía de su nombre. Últimamente se ha puesto de moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin "h", no sólo en español e italiano, en los que la "h" no tiene sentido, sino también en francés, alemán, y latín, los cuales deberían conservar la ortografía etimológica. Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de San Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia, y Thérèse, en francés.

BENEDICT ZIMMERMAN


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Isabel Clara Eugenia (1566-1633)

El 12 de agosto de 1566 nacía la primera hija de Isabel de Valois y Felipe II. Recibió los nombres de Isabel Clara Eugenia; Isabel en honor a su madre, Clara por el día que nació y Eugenia en honor a san Eugenio que tanto había hecho por este alumbramiento. Doña Isabel comentó tras dar a luz: "Gracias a Dios el parir no es tan trabajoso como yo creía". El embajador francés nos cuenta que "Felipe se portó muy bien, como el mejor y más cariñoso marido que se pudiera desear, puesto que en la noche del parto estuvo cogiéndole todo el tiempo la mano, y dándole valor lo mejor que podía y sabía". La infanta sería bautizada el 25 de agosto de ese año. Dos años después moría su madre. Pronto Felipe pensó en casar a su pequeña hija, algo habitual en las cortes renacentistas, eligiendo como candidatos a don Sebastián de Portugal y don Juan de Austria, pero ambos fallecieron en 1578. Tras el fallecimiento de Anna de Austria, Isabel se convierte en la persona de máxima confianza del rey, iniciándose en los asuntos de Estado. Los planes de Felipe para con su hija eran tremendamente ambiciosos ya que intentó colocar en sus sienes la corona de Francia, involucrándose directamente en los conflictos existentes en el país galo. Isabel era nieta de Enrique II y el monarca francés Enrique III no tenía sucesión. Los planes de Felipe se vinieron abajo al ser nombrado rey de Francia Enrique IV por lo que en 1598 decidió nombrar a su hija soberana de los Países Bajos, con determinadas condiciones entre las que destaca la devolución del territorio a la corona española si no tenían descendencia, como ocurrió. Ese año se concertó su matrimonio con el archiduque Alberto de Austria, realizado al año siguiente. La corte de Bruselas se convirtió en una de las más importantes de Europa, realizando una importante labor de mecenazgo. Tras el fallecimiento del archiduque en 1621, y al no haber nacido hijos en el seno matrimonial, los Países Bajos revirtieron a España, confirmando Felipe IV a su tía como gobernadora hasta su fallecimiento en 1633. En todo momento defendió Isabel los intereses españoles, recibiendo el cariño unánime de sus súbditos.

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María de Zayas Sotomayor (1590-1661)

Novelista española, su género se basó en la novela corta italiana, de estilo imaginativo, gran viveza imaginativa y corte erótico-sentimental. En sus relatos son fundamentales los personajes femeninos, dotados de gran personalidad pasional. Todas sus narraciones las agrupó en dos colecciones: "Novelas amorosas y ejemplares", publicadas en 1637, y "Parte segunda del sarao y entretenimiento honestos", de 1647.

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Monja Alférez, Catalina de Erauso (1592-1650)

Uno de los personajes más fascinantes y curiosos del siglo de oro español es Catalina Erauso, apodada La Monja Alférez, cuya vida está plagada de peripecias y aventuras. Nacida en San Sebastián en 1592, era hija de un militar, Miguel de Erauso, y de María Pérez de Gallárraga y Arce. A los cuatro años fue internada en el convento de San Sebastián el Antiguo, del que una tía suya era la priora, por lo que tanto su niñez como su adolescencia las pasó entre rezos y crucifijos, llevando una austera vida monacal. Sin embargo, parece ser que su carácter, inquieto y rebelde, no iba en consonancia con la tranquila forma de vida de intramuros. Por si fuera poco, una discusión en el claustro con una robusta novicia, en la que nuestra protagonista recibió varios golpes, motivó que se decidiera a marchar del convento. Fue así como, en 1607, cuando apenas contaba quince años de edad, colgó los hábitos y, disfrazada de labriego, cruzó las puertas del convento para no regresar nunca. Pasó entonces a vivir en los bosques y a alimentarse de hierbas, a viajar de pueblo en pueblo, temerosa de ser reconocida. Siempre vestida como un hombre y con el pelo cortado a manera masculina, adoptó nombres diferentes, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso. Algunos autores afirman que su aspecto físico le ayudó a ocultar su condición femenina: se la describe como de gran estatura para su sexo, más bien fea y sin unos caracteres sexuales femeninos muy marcados. Pedro de la Valle nos dice de ella que "no tiene pechos, que desde muchacha me dijo haber hecho no sé que remedios para secarlos y dejarla llana como le quedaron...". También se dice que nunca se bañaba, y que debió adoptar comportamientos masculinos para así poder ocultar su verdadera identidad. Bajo alguno de estos nombres logró llegar a Sanlúcar de Barrameda, embarcando más tarde en una nave hacia el Nuevo Mundo. En tierras americanas desempeñó diversos oficios, recalando en el Perú. En 1619 viajó a Chile, donde, al servicio del rey de España, participó en diversas guerras de conquista. Destacada en el combate, rápidamente adquirió fama de valiente y diestra en el manejo de las armas, lo que le valió alcanzar el grado de alférez sin desvelar nunca su autentica condición de mujer. Amante de las riñas, del juego, los caballos y el galanteo con mujeres, como corresponde a los soldados españoles de la época, fueron varias las veces en que se vio envuelta en pendencias y peleas. En una de ellas, en 1615, en la ciudad de Concepción, actuó como padrino de un amigo durante un duelo. Como quiera que su amigo y su contrincante cayeron heridos al mismo tiempo, Catalina tomó su arma y se enfrentó al padrino rival, hiriéndole de gravedad. Moribundo, éste dio a conocer su nombre, sabiendo entonces Catalina que se trataba de su hermano Miguel. En otra ocasión, estando en la ciudad peruana de Huamanga en 1623, fue detenida a causa de una disputa. Para evitar ser ajusticiada, se vio obligada a pedir clemencia al obispo Agustín de Carvajal, contándole además que era mujer y que había escapado hacía ya bastantes años de un convento. Asombrado, el obispo determinó que un grupo de matronas la examinarían, comprobando que no sólo era mujer, sino virgen. Tras este examen, recibió el apoyo del eclesiástico, quien la puso bajo su tutela y la envió a España. Conocedores de su caso en la corte, fue recibida con honores por el rey Felipe IV, quien le confirmó su graduación y empleo militar y la llamó "monja alférez", autorizándola además a emplear un nombre masculino. Algo más tarde, mientras su nombre y aventuras corrían de boca en boca por toda Europa, Catalina viajó a Roma y fue recibida por el papa Urbano VIII, quien le dio permiso para continuar vistiendo como hombre. Durante esta tranquila etapa, ella misma escribió o dictó sus propias memorias, la "Historia de la monja alférez", publicadas en París mucho más tarde, en 1829, y traducidas a varios idiomas. Del libro, en el que en mucho de cuanto se cuenta es difícil distinguir la realidad de la ficción, surgieron también adaptaciones, como la de Thomas de Quincey, así como obras de teatro y películas. Pero su espíritu inquieto y aventurero no conoce reposo. En 1630, la monja alférez viaja de nuevo a América y se instala en México, donde regenta un negocio de arriería o transporte de mercancías entre la capital mexicana y Veracruz. A partir de 1635 poco se sabe de su vida, salvo que murió en Cuitlaxtla, localidad cercana a Puebla, quince años más tarde. Sin embargo, tampoco se conocen las causas de su fallecimiento, pues unos dijeron que había muerto asesinada, otros que en un naufragio y otros, los más dados a la fantasía, que se la había llevado el diablo.

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Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
Figura egregia como poetisa y prosista, su compleja personalidad ha despertado las más contradictorias opiniones.
      Biografía. N. en San Miguel de Nepantla el 12 sept. 1651; m. en México el 17 abr. 1695. Hija natural del capitán Pedro Manuel de Asbaje y de Isabel Ramírez de Cantillana, fue de gran precocidad, y puso pronto de relieve su firme vocación intelectual. Ella misma cuenta cómo a los tres años aprendió a leer, cómo siendo muy niña se privaba de comer queso, pues hacía rudas las inteligencias, cómo se cortaba el cabello si no lograba aprender algo, y cómo entre seis y siete años pretendió ir a la Universidad disfrazada de hombre. A los 13 años está en la capital al servicio de la virreina, marquesa de Mancera (la Laura de sus poesías). Tras una vida cortesana en el «virreinato de filigrana» sorprende con su ingreso en las carmelitas descalzas (1667). Meses después, motivos de salud la obligan a abandonar el convento, pero no la firme decisión de ser religiosa y, al año siguiente, entra de novicia con las monjas jerónimas. En el claustro, se transforma en eje de la vida religiosa y social mexicana, convirtiendo el convento en atractiva academia literaria. Los condes de Paredes, nuevos virreyes, la distinguen con su trato y sor Juana canta a la Condesa (Lysi) en rebuscadas poesías. Los últimos años de la poetisa son de interiorización e intensa dedicación a la vida conventual. Por los pobres vende su biblioteca, que contaba con 4.000 volúmenes, y al declararse una peste en México se niega a abandonar el convento, cuidando celosamente de sus hermanas de religión. Ello le acarrea el contagio y la muerte. Llamada la décima musa, fue, sin duda, la mejor poetisa de la época colonial, y la figura literaria más notable del reinado de Carlos II.
      Obra literaria. Abarca todas las tendencias y géneros literarios de la época, y se distingue siempre por una nota personal, por el fondo vivo en el que vierte su propia experiencia, su peculiaridad psicológica.
      Poesía. Su poesía lírica se plasma en multitud de sonetos, romances, endechas, redondillas, liras, décimas, ovillejos, etc., y en todos ellos hay una acusada perfección formal y habilidad poética. Intentó nuevas formas, como su célebre romance decasílabo Lámina sirva el cielo al retrato. Sus temas abarcan una gran pluralidad: amatorios, filosóficos, alegóricos, religiosos y alguna vez satíricos, pero la mayor parte de su producción poética es cortesana, laudatoria, de ofrendas, regalos y homenajes. Al lado de esta obra de circunstancia, destacan sus auténticas joyas líricas, las composiciones amorosas. Juana de Asbaje en estas composiciones, como en casi todas las suyas, sabe unir magistralmente lo sentimental y lo intelectual, matizar intelectualmente los puros sentimientos. Versos amorosos que constituyen una honda penetración en la esencia del amor, llevada a cabo mediante originales antítesis y contrastes y una dialéctica argumentación, o bien como experiencia viva de ausencias y celos. Su «ciclo Fabio» es, sin duda, el más interesante de esta poesía, en la que se funden las opuestas tendencias de su temperamento apasionado y racionalista.
      Sus sonetos filosoficomorales, fieles a la temática de su tiempo, muestran las rosas, o el propio retrato de la poetisa como esencial enseñanza de la vanidad de la existencia humana. Su poesía popular (villancicos, décimas, cantos de negros) tiene una graciosa espontaneidad, con la que sor Juana sigue la vena sencilla y clara de la poesía del s. XVII, de la misma manera que había seguido las tendencias culterana y conceptista (V. BARROCO IV). Es curioso que a pesar de su vocación no alcanzara grandes cimas en poesía religiosa. Tema constante en su obra es la tendencia feminista, patente en sus célebres redondillas en defensa de la mujer. El más ambicioso poema y el que mejor revela la tendencia intelectual de su alma es Primero Sueño, silva de intenso barroquismo gongorino en lo externo.
      Obra dramática. Su escasa producción nace a impulsos de exigencias cortesanas. Los personajes son símbolos o están llenos de los convencionalismos de las comedias de capa y espada. Escribió dos comedias, Los empeños de una casa y Amor es más laberinto. Cultivó el auto sacramental: El mártir del Sacramento, El Cetro de José y, el más bello de todos, El divino Narciso, en el que introduce elementos indígenas de gran originalidad. Compuso además loas destinadas a reyes o virreyes u otros personajes. Como autora dramática pertenece a la escuela calderoniana, pero por el brillo de sus versos su producción se libera de ser teatro de escuela.
      Prosa. Su obra más lograda es la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, escrita para contestar al obispo de Puebla que la amonesta por haber criticado un sermón del jesuita Antonio de Vieyra. La Respuesta es una valiente confesión de su personalidad, escrita en el estilo de la época, pero con gran originalidad de ideas. Obra de ánimo ensayístico, defiende el derecho de la mujer a pensar, y afirma rotunda y valientemente su condición de mujer intelectual, a la vez que abre el camino a la autobiografía en la literatura hipanoamericana. Antes de la Respuesta había escrito (también en prosa) su Crisis en un sermón o Carta Atenagórica, obra de época en la que rebate las teorías de Vieyra, empleando un pensamiento escolástico que muestra la firmeza lógica de su autora. Sor Juana supo escapar al encasillamiento de la época, aportando como nota original la de su propia personalidad vital y compleja.

L. ORTEGA GALINDO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Fernán Caballero (1796-1877)
Vida y obra. Escritora española n. en Morges (Suiza) el 24 dic. 1796 y m. en Sevilla el 7 abr. 1877. Fue hija del erudito Nicolás Bbhl de Faber, cónsul alemán en Cádiz, que reivindicó el teatro nacional español a través de los artículos publicados en el Diario Mercantil gaditano. Fue la iniciadora de la novela realista española (v. REALISMO iii). Recibió una esmerada educación en un liceo francés y en 1816 se estableció en España al contraer matrimonio con A. Planells, oficial de artillería. Tras una breve estancia en Puerto Rico, muerto su primer marido, regresó a España. Vivió algún tiempo en Hamburgo y contrajo nuevas nupcias con el marqués de Arco Hermoso. Una vida fastuosa, a caballo entre Sevilla y París, la colmaría de felicidad. A esta época dichosa pertenecen las primeras obras escritas en francés y alemán, pues la escritora nunca llegó a dominar por completo la lengua castellana. Enviudó de nuevo en 1835 y volvió a casarse con A. Arrom de Ayala, mucho más joven que ella. Un fatal accidente, el suicidio de su esposo motivado por quiebra económica, dejó una huella profunda en su ánimo. Recluida voluntariamente en Sevilla, se dio de lleno a la literatura, a la práctica intensa de la vida religiosa y a la caridad, en la medida de sus fuerzas. Vivió con gran pobreza y a duras penas pudo sostenerse con el trabajo y el producto de sus libros.
      F. C. escribió cuentos, escenas costumbristas y novelas. En 1849 se dio a conocer con la mejor de estas últimas, La Gaviota, evocación colorista y trágica de los amores fracasados de una aldeana, Marisalda, esposa de un romántico cirujano alemán, Stein, trasladados por capricho de la autora al mundo sensual y brillante de la Sevilla romántica. Mero pretexto para enfrentar dos maneras distintas de enfocar la vida y dar al mismo tiempo una visión panorámica de las costumbres andaluzas. No falta el ambiente marinero, ni las veleidades de una cantante, ni la nota trágica de la tarde de toros, ni el falso oropel de una aristocracia decadente. Todos los tópicos de la España de pandereta. Novelas como Clemencia (1852), La familia de Alvareda (1856) y Un verano en Bornos (1858) fueron intentos loables, pero no plenamente conseguidos, de aclimatar el realismo en España. Un noble empeño de aproximación al mundo andaluz lo encontramos en Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852). Destacaríamos también alguna lograda narración humorista, como Un servilón y un liberalito (1857), la romántica Lágrimas (1853) y El alcázar de Sevilla y La corruptora, que significaron un descenso en su labor de creación.
      Fernán Caballero y la novela realista en España. F. C. no es una novelista excepcional, pero paradójicamente no se podría trazar una historia de la novela española moderna sin ella. Tuvo el don de la oportunidad. En España no existió una auténtica novela romántica; hubo, sí, honrosas y escasas excepciones, tal el caso de E. Gil y Carrasco (v.), creador de una novela histórica que no tenía continuidad posible; el resto de los novelistas fueron figuras de relleno sin calidad literaria ni dominio de la técnica descriptivo-narrativa. Se imponía una renovación por la senda del realismo, movimiento imperante en Europa; a F. C. le cupo en suerte y gloria ser punto de arranque del realismo español y cumplió su cometido sin estridencias, de una manera amable pero digna. Su entronque con el romanticismo (v.) es evidente: nació de él; sus tipos, paisaje y ambiente tienen una deuda incuestionable con dicho movimiento. Afincada en Sevilla, conoció las estampas costumbristas de Serafín Estébanez Calderón (1799-1867) y probablemente las de Mesonero Romanos (v.). Ahí estaba el decorado: había que darle vida y forma novelesca y en ello puso todo su empeño. Dio el paso, decisivo y difícil, desde la mera escenografía folklórica y local a la novela de costumbres. El carácter transicional de su producción no le resta méritos; había que hacerla así, y lo hizo.
      Romanticismo y realismo se dan la mano tanto en sus cuentos como en sus obras extensas. Andalucismo y técnica a lo Balzac se armonizaron en F. C., difícil armonía en quien, por condición y cultura, estuvo tan alejada de la entraña tradicional española. Las dos notas dominantes del novelista francés, monarquía y religión, serán elementos esenciales en la escritora. El respeto a un sistema consolidado le acercó al mundillo aristocrático, que puso de moda como centro de la acción literaria. Señalemos que ese mundo aristocrático fue vivido por F. C., pero no de la manera dulzona y sentimental como aparece, p. ej., en La Gaviota. Los rasgos idealizantes como nobleza de intenciones, religiosidad, visiones acuareladas del paisaje y análisis superficial de lo sentimentaloide, constituyen el elemento romántico, no sólo de F. C., sino también de alguna de las novelas alarconianas. La visión detallista, la preocupación por los problemas humanos y la verosimilitud de numerosos hechos, tal vez nacidos de la propia experiencia, modelan el entramado realista de sus obras más avanzadas como, p. ej., Un verano en Bornos, que la crítica ha señalado como posible fuente de Pepita Jiménez de Valera (v.). Los rasgos andaluces dominantes en la escritora no apuntan a lo esencial andaluz, captan sólo la piel de tal idiosincrasia. Es posible que Marisalda, apodada La Gaviota, fuera un esbozo de la Carmen española; en cualquier caso, su tipo no llegó a la hondura del trazado por el francés Mérimée. La admiración por la religiosidad hispánica, hecha realidad en su propia vida, le condujo a sentirse catequista y moralizadora; una cierta conformidad con las decisiones divinas empapó de candor e ingenuidad las posibles tesis confesionales que tantas polémicas y quebraderos de cabeza causarían a los novelistas españoles en el último tercio del siglo. Pese a haber sido tachada de reaccionaria, mojigata y pobre de espíritu, esa misma ingenuidad matizará de una suave y femenina delicadeza el mundo, a veces apasionado, de sus sencillos personajes.

P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Gómez de Avellaneda, Gertrudis (1814-1873)
Autora dramática, poetisa y novelista cubana. Hija de un comandante de marina español y de madre cubana, G. Gómez de Avellaneda y Arteaga n. en Puerto Príncipe (Camagüey), el 23 mar. 1814. Desde niña se aficionó a las letras y a la dramaturgia. El 9 abr. 1836 salió con su padrastro y su madre de Santiago de Cuba hacia Europa, escribiendo en esa ocasión su soneto Al partir. Después de una corta estancia en Burdeos, reside un año en La Coruña y más tarde en Sevilla, conoce a Ignacio de Cepeda, con el que tiene amores frustrados, publica versos con el seudónimo de La Peregrina y estrena su drama Leoncia (1840). Muy estimada por los principales escritores españoles, se traslada a Madrid, donde en 1841 aparecen sus Poesías, con un prólogo de Juan Nicasio Gallego (v.) que la consagra, y su novela Sab. En 1844 publica otras dos novelas: La Baronesa de foux y Espatolino, y estrena dos obras dramáticas: Alfonso Munio (después Munio Alfonso), con gran éxito, y El Príncipe de Viana. Sus amores con el poeta Gabriel García Tassara terminan trágicamente, después de la muerte de la hija de ambos. En 1846 se casa con Pedro Sabater, diputado a Cortes y jefe político de Madrid, estrena Egilona y muere su esposo en Burdeos.
     
      En 1849 presenta con éxito la tragedia Saúl, en 1851 Flavio Recaredo y en 1852 La verdad vence apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo y La hija de las flores. El 26 abr. 1855 se desposa con el coronel Domingo Verdugo, ayudante del rey y diputado a Cortes, en boda apadrinada por los reyes. En 1858 fracasa su comedia Tres amores por un incidente provocado en el público y, en cambio, su drama Baltasar alcanza 60 representaciones consecutivas. Su esposo es víctima de un atentado, al que ella, en carta pública a Isabel II, atribuye motivos políticos. El 24 nov. 1859 regresa con su esposo a Cuba, donde es coronada por Luisa Pérez de Zambrana, el 27 en. 1860, en el Teatro Tacón de La Habana; dirige el Álbum cubano de lo bueno y de lo bello y realiza un recorrido triunfal por la isla, publicando en 1861 su novela El artista barquero. El 28 oct. 1863 muere Verdugo en Pinar del Río. En plena crisis religiosa parte hacia Estados Unidos, pasa por Londres y París y regresa a Madrid en octubre de 1864. Desde 1865 reside cuatro años en Sevilla, donde edita su Devocionario (1867). Entre 1869 y 1871 publica los cinco vol. de sus Obras literarias.
     
      M. en Madrid el 2 feb. 1873. Sus restos fueron trasladados, con los de su esposo, al cementerio de S. Fernando en Sevilla. Después de su muerte aparecieron. su autobiografía y sus cartas, con prólogo de Lorenzo Cruz de Fuentes y necrología de Ignacio de Cepeda (Huelva 1907), reimpresos por Cuba contemporánea en La Habana (1914); Memorias inéditas, anotadas por Domingo Figarola-Caneda (1914); la edición nacional de sus Obras en seis vol. (1914); Diario de amor, publicado por Alberto Ghiraldo (Madrid 1928), y una antología con prólogo de Ramón Gómez de la Serna (Buenos Aires 1945).
     
      Como lírica, dentro de la escuela de M. J. Quintana (v.) y Gallego, su rasgo más personal es la fuerza de la pasión o el fervor religioso, siempre con entonación robusta y elocuente. Su vasta producción dramática cuenta con piezas de primer orden y con una obra maestra del teatro romántico: Baltasar. Menos valor tienen sus novelas, entre las que destacan Sab y Guatimozín. Son también notables sus cartas y algunas de sus leyendas. Su obra pertenece tanto a Cuba como a España, cuyos más altos críticos (Menéndez Pelayo, Valera) la elogiaron ampliamente.

CINTIO VITIER.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991


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Concepción Arenal (1820-1893)
Vida. Penalista y sociólogo. Destacada pensadora española de orientación católica social y precursora de la actual democracia cristiana. Fue reformadora social y realizó una importante acción en favor de los desvalidos de toda clase. Como penalista defendió un correccionalismo inspirado en el Evangelio.
      N. en El Ferrol el 31 en. 1820. Estudió en Madrid y se dice asistía a clases en la Facultad de Derecho haciéndose pasar por varón, pero nunca realizó estudios oficiales. La lectura de los libros que dejó su padre, despertaron en ella muy pronto el interés por la delincuencia, el Derecho y problemas sociales en general. En 1847 casó en Madrid con Fernando García Carrasco. En 1851 publicó el libro Fábulas y romances. Al enviudar en 1855 abandonó Madrid, acompañada de sus hijos, para dirigirse a Armaño (Santander), lugar de nacimiento de su padre. Aquí en 1858 comenzó su actividad caritativa. Por entonces escribió los libros ¿De dónde venimos, adonde vamos? y Dios y libertad que nunca publicará. En 1860 fundó en Potes, con Masarnau, músico prestigioso y cristiano ferviente, la primera Conferencia de S. Vicente de Paúl en España. Y este mismo año escribió con destino a las Conferencias, su libro El visitador del pobre, traducido a cinco idiomas en pocos años. Nombrada Visitadora de prisiones de mujeres de Galicia en 1863, e Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres en toda España en 1868, desempeñó este último cargo durante cinco años. En 1870 fundó la revista La voz de la caridad, que se publicaría durante 14 años. En Madrid continuó su actividad caritativa y de asistencia social amplísima, unida con la duquesa de la Caridad y condesa de Mina, Juana de Vega, y con la vizcondesa de Jorbalán, posteriormente venerada como S. María Micaela del Santísimo Sacramento. En la guerra Carlista de 1874, siendo secretaria general de la Cruz Roja Española y hermana de la Caridad, dirigió hospitales de sangre en el norte de España. De 1875 a 1889 vivió en Gijón, donde escribió sus mejores libros. Vivió sus últimos años en Vigo, donde m. el 4 feb. 1893.
      En lo fundamental la obra de A. continúa teniendo valor. En lo que se refiere a feminismo y asistencia social, en parte tiene nada más interés histórico, pues muchas de las reivindicaciones de la pensadora son en nuestros días venturosa realidad. Verdadera precursora del catolicismo social, en sus obras se contiene un ideario político demócrata cristiano. Hizo importantes formulaciones teóricas en el dominio de la Sociología y se anticipó en unos años al solidarismo de Bourgeois. Como reformadora social formuló numerosas iniciativas y propuso diversas leyes. Pidió la cogestión y concibió ya un sistema de seguridad social. Acometió la tarea (¡e levantar viviendas para pobres con su constructora benéfica. Entre las leyes que propuso, redactando ella misma proyectos, podemos mencionar: Proyecto de ley de beneficencia, Ley de dementes y delito de abandono de familia. Pidió la creación del Cuerpo de4 Prisiones, congresos de pauperismo y medalla del trabajo. Enjuició con severidad las costumbres y el deficiente funcionamiento de diversas instituciones. Defensora rotunda del pacifismo. Su ferviente catolicismo se muestra a lo largo de toda su vida y en hechos singulares como su enérgico alegato en defensa de los capellanes de prisiones cuando un ministro quiso suprimirlos, postura en la que triunfó. Entre sus altos valores humanos podemos ensalzar su modestia, tal que como se pretendiese levantarle un movimiento en vida, estudió la forma de oponerse por vía judicial.
      Obras más importantes: Cartas a un obrero (1880). Cartas a un señor (1880); La beneficencia, la filantropía y la caridad (1861); La mujer del porvenir (1869); La mujer de su casa (1883); La igualdad (1898); El pauperismo (1897); El visitador del preso (1893); Cartas a los delincuentes (1865); El delito colectivo (1893); Cuadros la de la guerra (1880). En 1894 se comenzó en Madrid edición de sus Obras Completas, publicándose 23 tomos hasta 1924.

J. TOBÍO FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Carolina Coronado (1821-1911)
Poetisa, novelista y autora dramática del Romanticismo, n. en Almendralejo (Badajoz), el 12 dic. 1821. Lectora y escritora precoz, compone sus primeros versos a los 10 años: A una tórtola. Un misterioso Alberto, muerto en naufragio, es su primer amor, y a él dedica muchos de sus versos. En 1852, en Madrid, casa con Horacio Perry, diplomático norteamericano. Son famosas sus tertulias literarias, a las que asisten los más conocidos escritores de entonces. Muere, ya viuda, en el palacio de La Mitra, cerca de Lisboa, el 15 en. 1911.
      Dotada de agudísima sensibilidad, casi hiperestésica, era tierna, familiar, hogareña, refinada y culta, virtuosa del piano y del arpa, llena de piedad ante el dolor ajeno, y de un amor de raigambre franciscana por las flores y los pájaros. Su producción literaria es amplia y variada. Tiene novelas, como La rueda de la desgracia (1873) y Parrilla, la mejor, publicada en 1850, auténtico poema en prosa. En su dramaturgia destacan Alfonso IV de León, El divino Figueroa, El cuadro de la esperanza (1846), etc., de escasa importancia.
      Lo más valioso de su obra es la lírica. Espontánea, de grandes calidades técnicas, multiforme y amplia, toca todos los temas: la naturaleza (A la palma), el sentimiento religioso (El amor de los amores, su obra maestra), la patria (¡Oh, mi España!), el amor (Yo tengo mis amores en el mar, ¡Oh, cuál te adoro!), e incluso los temas jocosos y satíricos. Ramón Gómez de la Serna llamó a esta poesía «de lanzamiento», por la valentía con que acomete los asuntos más dispares, Su lírica es ardiente, sentimental, candorosa, melancólica, natural y espontánea, plena de sinceridad y hondamente femenina. Juan Valera dijo de ella que era la poetisa que representaba en su obra más «distinta y exclusivamente el `eterno femenino' goetheano».

C. CUEVAS GARCÍA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Rosalía de Castro (1837-1885)
Biografía. La creadora de la moderna poesía gallega n. en Santiago de Compostela el 24 feb. 1837, y es bautizada, inmediatamente, con los nombres de María Rosalía Rita. Pasa primero al cuidado de su madrina, María Francisca Martínez, hasta el momento de volver al lado de su madre, Teresa de Castro (ocho o nueve años más tarde), en el caserío de La Matanza (Padrón), lugar en el que buscaría refugio a lo largo de su vida. Su salud precaria agudizaba la melancolía de carácter y sufrió varias crisis durante la juventud, tal vez alguna de ellas provocada al conocer su origen. Era de trato agradable y dulce, de extrema sensibilidad, aunque de temperamento fuerte. Estudia dibujo, música e idiomas, y a los 21 años se casa con el que más tarde sería célebre historiador, Manuel Murguía (1833-1923), y que era ya por entonces afamado periodista. La vida de Rosalía gira en torno a dos ejes: la familia y el dolor; y con ellos muere, en la misma finca de Padrón, de cáncer, el 15 jul. 1885.
      Su lirismo. En sus versos se acusa un halo de tristeza, saudade y amor a la patria chica. Es un lirismo puro que, como dice Azorín, da impresión «de suavidad, de dulzura, de sentimentalidad íntima y efusiva», que sabe plasmar en el verso su turbulento mundo interior, con autenticidad y acierto. Escribe la mayor parte de su obra en gallego, sabiendo domeñar el lenguaje del pueblo para expresar sus sentimientos en formas nuevas. En aquel despertar de las fuerzas intelectuales de la región escribe Rosalía los Cantares gallegos (1863). No ha favorecido a la fama póstuma de Rosalía, como bien dice Varela (Poesía y restauración cultural de Galicia en el siglo XII, Madrid 1958) el titularla «cantora de su país»; aunque en esta obra el paisaje, la vida rural y el alma gallega, teñidos de melancolía, forman el gran núcleo que intenta su reivindicación humana y regional.
      Distinguimos claramente en Rosalía tres tipos de tristeza: la universal, difusa y obsesionante; la regional, motivada por las desgracias personales de las gentes gallegas; y la personal, nacida de su origen, carácter y circunstancias. En Cantares gallegos predomina la segunda, por lo que se ha llamado a la autora «poeta social». En ellos trata de reproducir y rehabilitar el espíritu del pueblo, en glosas de cantares populares (que tienen su precedente español en Trueba, Selgas, Ferrán, etc.) con los ingredientes de optimismo, armonía e inocencia natural, que ya señaló 1. L. Varela.
      Su obra literaria. Se había convertido en tópico hablar de la influencia de Heine (v.) en Rosalía y Bécquer, pero ya ha quedado demostrado que, en realidad, se trata de un parentesco espiritual, más que de influencia. Escribe Rosalía, en 1880, Follas novas, con una mayor densidad y profundidad lírica. Aquí se demuestra, dice Carballo Calero (Historia da literatura galega contemporanea, Vigo 1963) que Rosalía acepta la saudade como forma sustancial de la existencia humana y que su propia intimidad no está justificada por una fe viva, al tiempo que muestra una visión del mundo plenamente negativa y pesimista. Al lado de este libro, el de Cantares gallegos parece una explosión de optimismo. Los poemas de Follas novas, según palabras de la propia autora, fueron escritos 16 años antes de su publicación, en épocas de dolencia y desengaños, lo que explica su tono pesimista tan marcado. Es un libro de vida interior, de tristeza, de dolor que nace del misterio y limitación humana, dice García Martí. En este libro, Galicia aparece como un telón de fondo, y no protagonista, de la mezcla de ternura y de dolor, de misterio y de verdad, con que canta, como dice Castelar, esos abismos insondables donde concluye el frenesí de nuestra vida, toda llena de sombra; de esa «sombra que asombra», que la lleva a la indiferencia y escepticismo, a veces, y siempre a un sentimiento angustioso de lo infinito. Desde Vaguedás a Padrón, Padrón... y desde Silencio hasta A desgracia se vuelca el dolor de Rosalía como difuminado en la añoranza, con frecuentes referencias a su pasado, y fundiendo la realidad con el sueño, al igual que Bécquer (v.) y más tarde A. Machado (v.), con ese «perfume agreste que nos trae consigo algo de aquella poesía que nace en las vastas soledades, en las campiñas de nuestra tierra y en las playas, siempre hermosas, de nuestros mares...», como dice ella misma.
      En 1884 se publica En las orillas del Sar, en castellano, con un pesimismo más acusado y dolorido aún, y obsesionado por la muerte. Es un libro de recuerdos, del dolor que produce el paso del tiempo en las cosas. En él todo es desolación, desengaño, meditación y ansia de muerte. Y todo ello nace de un dolor vital que parte de un escepticismo exacerbado. La heterogeneidad de temas y el desorden de la composición total se compensa con la sencillez y se justifica con el carácter del libro. En algunos poemas hace gala de un realismo (v.) descriptivo y de un fuerte popularismo. Hay imprecisión en la forma del verso, pero la ausencia de rigidez le presta espontaneidad en ritmos nuevos, con acentos inusitados. Aparece aquí el verso de 18 sílabas, con dos hemistiquios iguales, el de 16 con semejante fragmentación y , el alejandrino asonantado, al que dota de una extraordinaria musicalidad. Rosalía, un espíritu apasionado, con un misticismo escéptico, fluctuando entre la tristeza, la resignación y la desesperación, deja ver en esta obra una inquietud por algo vago y presentido: es la angustia por lo infinito.
      Completa la obra en verso de Rosalía una composición juvenil muy suave, La Flor (1857) y A mi madre (1863), junto a su obra en prosa, menos estudiada e inferior. La hija del mar (1859) se desarrolla en Mugía, al N de Galicia, en un ambiente extraño de piratas y borrascas, y está escrita con un estilo descuidado. La novela Flavio (1863) tiene el mismo tono fantástico e ingenuamente romántico. El Cadiceño (1866) y Ruinas (1864) mezclan la fantasía y una intención semifilosófica. Lo mejor de su prosa es El caballero de las botas azules (1867), un cuento extraño que mantiene al lector en tensión dentro de un clima de humor burlesco. En El primer loco (1881) juega con los dos planos, realista e idealista, y la naturaleza toma vida como personaje interlocutor. En conjunto, el estilo de Rosalía se caracteriza por su sencillez de expresión, y por su delicadeza, alternando con acentos fuertemente dramáticos y tonos sombríos. El paisaje se describe dinámicamente (amaba, sobre todo, el mar). Usa con tacto el diminutivo, tan eufónico en gallego, domina la aliteración y obtiene de ella una gran riqueza sensorial. Pocas veces se evade de lo puramente lírico, y nunca se libera de esa sombra congénita y omnipresente que la abruma. Como dijo Curros Enríquez (v.), «Rosalía es Galicia que pasa rumiando su tristeza de siglos, llevando una estrella en la frente y un cantar en la boca».

M. PELLICER CATALÁN.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Pardo Bazán, Emilia (1851-1921)
Vida y obra. Una de las personalidades más vigorosas de la novelística española del S. XlX. N. en La Coruña el 16 sept. 1851, y m. en Madrid el 12 mayo 1921. Intentó aclimatar en España el naturalismo francés y fue un espíritu como el de su paisano Feijoo, abierto a todas las corrientes e innovaciones culturales de Europa, sin renegar de su solera española. Recibió una educación superior a la de cualquier mujer de su época. Galicia y Madrid contribuyeron a proporcionarle una cultura hispánica y, al mismo tiempo, europea. La autora confiesa que los inviernos los pasaba en la corte y los veranos en Galicia. Los años de juventud madrileña, incluso después de su casamiento, fueron un vértigo de diversiones y viajes que le abrieron unas posibilidades y perspectivas no poseÍDas en su tiempo más que por Valera. Su estancia en Francia y posteriormente en Italia le puso en contacto con dos literaturas decisivas para su formación, aparte de la alemana, que conoció más tarde, y la española.
     
      Su afición por la crítica le llevó a esbozar algunos ensayos primerizos, El darvinismo y Los poetas épicocristianos, que ni con mucho dan una idea de su capacidad intelectual y espíritu comprensivo. Auténticos valores son San Francisco de Asís (1882), La cuestión palpitante (1883), teoría muy personal de la novela; La literatura francesa moderna (1910), La revolución y la novela en Rusia (1887), De siglo a siglo y su libro de viajes Por la católica Europa (1902). Conoció profundamente las corrientes literarias de su tiempo y ello le valió ser nombrada consejero de Instrucción Pública y, en 1916, catedrático de Literaturas Contemporáneas de la Univ. Central. Como novelista se dio a conocer con Pascual López (1879), autobiografía de un estudiante de medicina. A partir de la publicación de El viaje de novios (1881) comienza el difícil equilibrio entre el naturalismo y el realismo, que iban a ser una de las características de sus novelas. Típicamente naturalista es La Tribuna (1883), y mucho más personales y acabadas fueron Los Pazos de Ulloa (1886), La madre Naturaleza (1887), Insolación (1889) y Morriña (1889). Aparte estas grandes novelas de ambiente gallego y la extraña historia contada en La sirena negra (1908), los cuentos y piezas cortas constituyen obras maestras de la narrativa. Bucólica, Los cuentos de Marineda, Cuentos trágicos y Belcebú pueden parangonarse en calidad de estilo con las novelas más renombradas de la autora.
     
      Realismo y naturalismo de E. Pardo Bazán. Su gran formación cultural y el profundo conocimiento de la literatura europea le abrieron unas inmensas posibilidadescreadoras que la escritora no quiso aprovechar, limitando voluntariamente la temática y estilo de su obra. Esa limitación le vino impuesta por razones muy complejas. Sabemos que admiró a Zola (v.) y conoció bastante bien el naturalismo (v.) francés; le atraía profundamente pero, al mismo tiempo, sentía una extraña repulsión, una especie de recato hacia la crudeza de los temas y los procedimientos directivos empleados por los naturalistas. Ella reafirmó su decidido entronque con el realismo (v.), pero en honor a la verdad hemos de reconocer que la deuda con el naturalismo fue grande y persistente. Por otra parte, gustó inspirarse en el ambiente gallego; hay cierto provincianismo en sus mejores novelas. Ella reservó su amplio conocimiento de la vida para el ensayo crítico, el artículo o el libro de arte.
     
      Se le ha acusado de falta de emotividad, de poca capacidad de sensibilización, lo cual sólo es cierto en parte. En varias de sus novelas podemos espigar notas afectivas, maternales. Nucha, la protagonista de Los Pazos de Ulloa, pese al depresivo ambiente en que vive, irradia bondad y delicadeza, y el bullente mundillo popular, lleno de colorido y encanto, sensibiliza un tanto la monótona vida provinciana. Esa «observación franca y sincera», de la que tanto alardeó, tuvo un efecto decisivo en la visión del paisaje. La historia natural de Galicia no ha sido descrita nunca con tanta fuerza y belleza como en Los Pazos de Ulloa, La madre Naturaleza y Morriña, que son un canto exaltado de amor hacia el verde de los valles galaicos. El rígido sistema del naturalismo plasmado en los personajes y en el ambiente se quiebra ante la nota bellísima de humana comprensión hacia la tierra; ella vivió «prendada del gris de las nubes, del olor de los castaños, de los ríos espumantes presos en las hoces, de los prados húmedos». Por ese paisaje discurren los aldeanos; reviven en él las costumbres de antaño; santos, romerías, gaiteros y folklore son la creación suprema de la novelista.
     
      Las otras creaciones se han de considerar como un complemento necesario a su condición de mujer culta. En ellas están sus experiencias de la corte; ahora bien, ni siquiera La sirena negra se acerca a la perfección de su entrañable mundo gallego. Contribuyeron a enriquecerlo sus cuentos y narraciones breves, que poseen calidad dramática y, en ciertos momentos, una delicadeza tal que pueden parangonarse con los de Valera, Alarcón y Clarín. Analizadas objetivamente sus grandes obras, se observa en ellas un exceso de elaboración en los personajes centrales, mucho intelectualismo y rigidez, poco diálogo y éste en una prosa no muy correcta, prolijidad en las descripciones y falta de ternura.
      En algunos momentos se consideró portavoz de reivindicaciones sociales e influyó en el ambiente con alguna obra de tono apasionado. La Tribuna produjo un efecto más pernicioso que benéfico por lo descarnado de su naturalismo y lo virulento de su tesis. No llegó a los extremos panfletarios de V. Blasco Ibáñez (v.), ni tampoco se propuso ser apóstol de la causa obrera. La inteligente y aguda escritora vivirá en las letras españolas como brillante paisajista y como audaz adelantada a su época social y literaria, por su amplia concepción de la vida, por el interés mostrado en el campo de la crítica literaria y estética, y por el empeño de hermanar dos tendencias tan antagónicas como fueron el naturalismo francés y el concepto tradicional e hispánico de la vida.

P. CORREA RODRÍGUEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Concha Espina (1879-1955)
Novelista y poetisa española. N. en Santander el 15 abr. 1879 y m. en Madrid el 18 mayo 1955. Hija de Víctor Espina y Asunción Tagle y de la Vega. Contrae matrimonio en Mazcuerras, pueblo de la provincia de Santander que actualmente se llama Luzmela, como el título de una novela de Concha E. Reside algún tiempo en Valparaíso (Chile) y, al regresar a España, en Santander y Madrid.
     
      A su formación contribuyó más la vida que los libros. No puede decirse que su obra refleje la influencia directa de autor alguno. Por sus novelas, realistas y emotivas, no se la puede clasificar en ninguna escuela o movimiento literario. Es el caso de una autodidacta de fuerte personalidad, muy femenina. A una gran fluidez de lenguaje, de difícil comprensión a veces, une brillantez de estilo, capacidad de creación, revalorización del sentimiento y preocupación por el paisaje y las gentes de España. Se la sitúa entre la llamada generación del 98 (v.) y el modernismo (v.). Hay quien la considera un epígono de la novela decimonónica y quien, como Benavente, una de las figuras más interesantes de la literatura universal. La internacionalidad de la obra de Concha E. es indiscutible: trece de sus obras están traducidas al inglés, al alemán, al sueco, al italiano, al polaco y al ruso (C. Espina, Concha Espina. De su vida. De su obra literaria a través de la crítica universal, Madrid 1928). Posteriormente a 1928 se han traducido más obras suyas.
     
      Hay en su realismo un espíritu universal, que templa y vitaliza los extremismos localistas decimonónicos. Algunas intuiciones de la temática naederna la constituyen en antecedente de las novelistas de hoy día, como Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga. Por la riqueza lingüística y la estilística es un clásico de la literatura española. El paisaje en Concha E. tiene categoría de personaje literario y acompaña siempre a la acción, pero su obra no es regionalista. Algunas de sus novelas merecen el calificativo de psicológicas por la magistral descripción de los caracteres, particularmente los femeninos. Inmersa en su tiempo, en las preocupaciones del mundo del trabajo, penetra en el alma individual y colectiva sin matizaciones sociales ni políticas, y al margen del costumbrismo de la época.
     
      Publica versos, niña aún, en el diario montañés El Atlántico; en Chile, en El Porteño; en Buenos Aires, en El Correo Español. En el diario bonaerense comienza a darse a conocer como prosista. La primera colección de poesías se publica en Valladolid con el título de Mis flores (1904) y tres años después reúne cuentos y poesías bajo el título Trozos de vida. La niña de Luzmela (1909) la hace famosa; La esfinge maragata (1914), una de sus mejores obras, recibe el premio Fastenrath. En El metal. de los muertos (1920), otra de sus obras maestras, trata la lucha colectiva e individual en las minas. Para escribir esta novela recorre las cuencas mineras de Asturias, Santander, Vizcaya y Andalucía. En su narración hay amor cristiano hacia los humildes. Obtiene el premio nacional de literatura con Altar mayor (1926), novela en la que exalta a Covadonga. El impacto de la guerra española de 1936-39 lo acusa en Retaguardia (1938). Con Un valle en el mar obtiene el premio Miguel de Cervantes (1940). Entre sus novelas largas destacan además Despertar para morir (1910); Agua de nieve (1911); La rosa de los vientos (1915); El cáliz rojo (1923); La flor de ayer (1932); Victoria en América (1945); El más fuerte (1947), etc. En sus Obras completas se incluyen también novelas cortas, cuentos, poesía, estudios, biografías y obras dramáticas.
     
      El drama en tres actos El fayón se estrena en Madrid el 9 dic. 1918.
     
      En 1923 es propuesta para el premio Nobel de Literatura. Por sus méritos literarios recibe diversos galardones y honores. La Hispanic Society de Nueva York le otorga el título de miembro honorario (1925) y medalla de plata del arte. Alfonso XIII le concede la banda de damas nobles de María Luisa. En 1949 recibe la cruz de Alfonso X el Sabio; en 1950, la medalla de oro del trabajo; y en 1954, la medalla de oro del mérito provincial, de Santander. Una escultura suya, obra de Victorio Macho, fue colocada en los jardines del paseo de Pereda. en Santander, cuando aún vivía la escritora.

CARLOS R. EGUíA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Pasionaria, La (1895-1989)
Dirigente política española, de nombre Dolores Ibárruri. Su familia, compuesta de mineros, tenía arraigadas creencias religiosas. En 1915 casó con Julián Ruiz, minero de afiliación socialista, y esta unión suposo un cambio radical en su mentalidad. Tuvieron seis hijos, uno de los cuales murió luchando contra los alemanes en la defensa de Stalingrado. Su actividad política comenzó en 1917 al publicar un artículo en el periódico 'Minero Vizcaíno', durante las huelgas del País Vasco. El tema era la hipocresía religiosa. El 1920 milita en el Partido Comunista. En 1930 fue elegida miembro del Comité Central, y se traslada a Madrid, separándose de su marido. Adquirió relieve nacional durante la revolución de Asturias en 1934, a causa de su oratoria política, apasionada y fácil. Detenida como agitadora, pasó varios meses en la cárcel. Obtuvo un escaño en el Congreso en 1936, por Asturias, y su primera actuación fue liberar a todos los presos de Oviedo. Al estallar la Guerra Civil Española recorrió los frentes y ciudades, enardeciendo a las muchedumbres con su oratoria. Al tenerse como inminente la caída de Madrid, inspiró la evacuación de mujeres y niños. En 1939, ante la inminencia de la victoria de Franco, abandonó España, y tras breves estancias en Francia y Rumania, se dirigió a Moscú, donde la sorprendió el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se convirtió en la Secretaria General del Partido. Tras la liberación marchó a París y regreso a la Unión Soviética en 1948. Allí fue nombrada vicepresidenta de la Federación Democrática Internacional de Mujeres. El período de mayor influencia de la Pasionaria en el Partido Comunista español coincide con el de mayor exaltación del stalinismo. En el VI Congreso (1960) fue sustituida por Santiago Carrillo, conservando ella la presidencia. A partir de entonces comenzó a abandonar cargos y responsabilidades, aunque sin retirarse nunca por completo. En Moscú fue proclamada ciudadana soviética de honor y publicó su obra 'El único camino' (1960) por la que recibió la Orden de Lenin. Regresó a España en 1977, y obtuvo un escaño como diputada, obteniendo la vicepresidencia de las primeras Cortes. La Pasionaria, defensora a ultranza de sus ideas políticas, con las que siempre fue secuente, es un símbolo de la trayectoria del Partido Comunista español.
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Carmen Conde (1907- )
Poeta y novelista española. A los 15 años comenzó a publicar artículos en la prensa. En 1929 publicó su primer libro de poemas Brocal, al que siguieron Júbilos y Empezando la vida. La Guerra Civil le inspiró obras de angustia y dolor, como Mientras los hombres mueren y el Arcángel (1939).. Gana el premio Elisenda de Moncada con Las oscuras raíces, el premio Simón Bolívar con Vivientes de los siglos, y el premio Doncel de teatro con A la estrella por la cometa. En 1967 obtiene el premio Nacional de Literatura por su libro Obra Poética, que recoge una gran parte de su producción. Entre sus obras más recientes están Del obligado dolor (1884), Por el camino viendo las estrellas (1985) y La calle de los balcones azules.
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Medio, Dolores (1917-) Novelista. Obtuvo el Premio Nadal en 19552 con su novela 'Nosotros, los Rivero'. Ejerció de maestra en su juventud, y su experiencia en este campo se refleja en su narrativa, particularmente en 'Diario de una maestra' (1951). Obtuvo una serie de premios como el Concha Espina, por su novela 'Nina'. Fue subvencionada por varias instituciones para la realización de obras de carácter nacional, como la 'Biografía de Isabel II de España' (1964). La crítca reconoce que la obra de Dolores Medio se distingue por la elección de temas profundamente humanos y de gran actualidad, así como por la forma de tratarlos con un estilo sencillo, poético y lleno de humor. Otra novelas: 'Bibiana'(1963), 'El señor García' (1966), 'Bachando' (1974).
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Carmen Laforet (1921-)
Novelista española. Obtuvo el Premio Nadal en 1946 por su novela Nada. La sinceridad e ingenuidad con la que se pone al descubierto un ambiente vulgar y sórdido le hicieron acreedora de los máximos calificativos. Tras un largo período de silencio, apareció La isla y los demonios, menos profunda que la anterior. Obtuvo otro gran éxito con La mujer nueva, de fondo autobiográfico, en que narra la vuelta a la fe de una mujer casada de la clase burguesa. Otras de sus novelas son: El piano (1952), Un noviazgo (1953), La insolación (1963) y Paralelo 35 (1967)
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Santa Teresa de Avila

 


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