Pérez Galdós

En Trafalgar nació el peregrinaje:
Los héroes muertos, la victoria ajena;
Luego guerras e intrigas en la escena
Que arrastró por el siglo tu viaje.

Vino el francés y cometió el ultraje,
y el león, sacudiendo la melena,
rugió feroz rompiendo la cadena,
y le rindió tu pluma el homenaje.

Luego tus Episodios son reflejos
De revueltas y luchas fratricidas,
Noveladas con fondo de verdad.

Pero también nos diste unos espejos
En que ver los amores y las vidas
Que pululaban en tu sociedad.

Los Angeles, 13 de Noviembre de 1997
 


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 De: Galdós

“Soñemos, alma, soñemos” (1903)

Aprendamos, con lento estudio, a conocer lo que está muerto y lo que está vivo en el alma nuestra, en el alma española. Aprendámoslo aplicando el oído al palpitar de estos enojos que reclaman justicia, equidad, orden, medios de existencia. Apliquemos todos los sentidos a la observación de los estímulos que apenas nacen se convierten en fuerzas, de los desconsuelos que derivan lentamente hacia la esperanza, de la gestación que actúa en los senos del arte, de la industria, de la ciencia... Observemos cómo el pensamiento trata de buscar los resortes rudimentarios de la acción, y cómo la acción tantea su primer gesto, su primer paso.

Al examinar lo que caducó y lo que germina en el alma nuestra, observemos la triste ventaja que da la tradición a las ideas y formas de la vieja España. Las diputamos muertas, y vemos que no acaban de morirse. Las enterramos y se escapan de sus mal cerradas tumbas. Cuando menos se piensa, salen por ahí cadáveres que nos increpan con voz estertorosa, y arremeten con brío y dureza de huesos sin carne contra todo lo que vive, contra lo que quiere vivir: defendámonos. Respetando lo que la tradición tenga de respetable, rechacemos el espíritu mortuorio que en buena parte de la Nación prevalece aún, «dilettantismo» del morir y de toda destrucción. Tengamos propósito firme de adquirir vida robusta y de creer con todo el vigor y salud que podamos. Declaremos que es innoble y fea cosa el vivir con media vida, y procuremos arrojar del alma todo resabio ascético. Ninguna falta nos hacen sufrimientos ni martirios que no vengan de la Naturaleza por ley superior a nuestra voluntad. Lo primero que tiene que hacer el alma remozada es penetrarse bien de la necesidad de evitar a su cuerpo los enflaquecimientos y desmayos producidos por ayunos voluntarios o forzosos. Detestamos el frío y la desnudez; anhelamos el bienestar, el cómodo arreglo de todas nuestras horas, así las de faena como las de descanso. Creemos que la pobreza es un mal y una injusticia, y la combatiremos dentro de la estricta ley del «tuyo y mío». Trabajaremos metódicamente con el despabilado pensamiento, o con las manos hábiles, atentos siempre a que esta pacienzuda labor nos lleve a poseer cuanto es necesario para una vida modesta y feliz, con todo lo que la sostiene y vigoriza, con todo lo que la recrea y embellece. Opongamos briosamente este propósito al furor de los ministros de la muerte nacional, y declaremos que no nos matarán aunque descarguen sobre nuestras cabezas los más fieros golpes; que no nos acabará tampoco el desprecio asfixiante; que no habrá malicia que nos inutilice no rayo que nos parta. De todas las especies de muerte que traiga contra nosotros el amojamado esperpento de las viejas rutinas, resucitaremos.

El pesimismo que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal bajón ni cosa que lo valga. Mirando un poco hacia lo pasado, veremos que, con catástrofe o sin ella, los últimos cincuenta años del siglo anterior marcan un progreso de incalculable significación, progreso puramente espiritual escondido en la vaguedad de las costumbres.
Después del 54 y del 68, consumadas las revoluciones que sólo alteraban la superficie de las cosas, el ser doméstico, digámoslo así, de nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política internacional, se caracterizaba por la delegación de toda vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la existencia general. La sociedad descansaba en él para el sostenimiento de su consistencia orgánica, y el individuo le pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz. Las clases más ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la juventud dorada, la plateada y la de cobre... Pues de entonces acá, en el lento correr de los días de la Revolución de Septiembre, del reinado de D. Amadeo, de la efímera República, de la Restauración y Regencia, se ha determinado una transformación radical, que ya vieron los despabilados, y ahora empiezan a ver los ciegos. Va siendo general la idea de que se puede vivir sin abonarse por medio de una credencial a los comederos del Estado: de éste se espera muy poco en el sentido de abrir caminos anchos y nuevos a los negocios, a la industria y a las artes. El país se ha mirado en el espejo de su conciencia, horrorizándose de verse compuesto de un rebaño de analfabetos conducido a la miseria por otro rebaño de abogados. Del Estado se espera cada día menos; cada día más del esfuerzo de las colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo. Detrás, o más bien debajo de la vida entera del Estado, alienta otra vida que remusga y crece, y adquiere savia en las capas internas. En cincuenta años, es incalculable el número de los que han aprendido a subsistir sin acercar sus labios a las que un tiempo fueron lozanas ubres, y hoy cuelgan flácidas: los españoles han crecido; comen, ya no maman. Aceptamos al Estado como administrador de lo nuestro, como regulador de la vida de relación; ya no lo queremos como principio vital, ni como fondista y posadero, ni menos como nodriza. ¿No es esto un gran progreso, el mayor que puede imaginarse?

 


 

Benito Pérez Galdós
1834-1920
Escritor español. Nace en Las Palmas de Gran Canaria, donde inicia sus estudios y luego se traslada a La Laguna, Tenerife, para terminarlos. En Madrid estudia derecho, carrera que no concluye. Al lado de su educación formal desarrolla habilidades en pintura y música. Como pintor ilustra la primera edición de sus Episodios nacionales, obra de 46 novelas que conforman un cuadro de la historia española desde la guerra de la independencia hasta las luchas civiles y los conflictos políticos del siglo XIX. Conoce Europa e incursiona en el mundo político de su país como diputado en varias ocasiones. La constante en su producción novelística es el hecho histórico junto con el cuestionamiento de las realidades sociales y el elemento costumbrista urbano. Periodista desde muy temprana edad y en sus novelas se destaca el estilo ágil de este género literario. Su abundante producción es objetiva y realista. Su poder de imaginativo y de observador le permiten crear innumerables personajes y situaciones llenas de calidez humana en obras como Miau, Doña Perfecta, Fortunata y Jacinta, La de Brigas, Misericordia. La primera novela publicada es La fortuna de oro y a partir de ese momento su producción ha sido constante. La familia de León Roch, El amigo manso, Nazarín, Marianela, Tormento, Bailén, Angel Guerra, El 2 de mayo, Zaragoza son algunas de sus obras. Incurciona en el teatrocon La de San Quintín, Sor Simona, El abuelo, La loca de la casa, Electra. Realidad y otras. Se le nombra miembro vitalicio de la Academia de la Lengua. Muere ciego en Madrid.
 

 


 
 








         El poema titular de esta página es original de
        Francisco Alvarez

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