Miguel de Unamuno

"...se puede intentar la santa cruzada
de ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote
del poder de los bachilleres,
curas, barberos, duques..."

Don Miguel de la angustia y de la duda,
de la ansiedad y de la paradoja,
de la inmortalidad y la congoja,
de la verdad incómoda y desnuda.

La misma espina dolorosa, aguda,
que salpicó tu vida en sangre roja,
esa inquietud febril, es hoy la hoja
del bisturí que hiere y nos ayuda.

Hermano espiritual de Don Quijote,
ambos luchando monstruos de la mente,
ambos con ansias de una vida eterna.

Cada palabra tuya fue un azote
que despertó a la juventud durmiente
y la impulsó con fuerza de galerna.

  Los Angeles, 13 de Agosto de 1997




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Miguel de Unamuno
 
El sepulcro de Don Quijote

(De la "Vida de Don Quijote y Sancho")

   Sí, creo que se puede intentar la santa cruzada  de ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.
   Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.
   A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones, estás perdido.
   Si te preguntan, como acostumbran, ¿con qué derecho reclamas el sepulcro?, no les contestes nada, que ya lo verán luego. Luego..., tal vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por los menos en este mundo de las apariencias.
   Y allí donde está el sepulcro, allí está la cuna, allí está el nido. Y de allí volverá a surgir la estrella refulgente y sonora, camino del cielo.
[...]
   Y, ¿no  será, -me dices en tus horas de desaliento cuando te vas de tí mismo-,  no será que creyendo al ponernos en marcha caminar por campos y tierras, estemos dando vueltas en torno al mismo sitio? Entonces la estrella estará fija, quieta sobre nuestras cabezas, y el sepulcro en nosotros; y entonces la estrella caerá, pero caerá para venir a enterrarse en nuestras almas. Y nuestras almas se convertirán en luz, y fundidas todas en la estrella refulgente y sonora subirá ésta, más refulgente aún, convertida en un sol, en un sol de eterna melodía, a alumbrar el cielo de la patria redimida.
   En marcha, pues. Y ten cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen del programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el supulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora, y aquí lo de aquí.
   ¡Poneos en marcha!  ¿Que a dónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! Luchar, y ¿cómo? ¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y adelante. ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y adelante. ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una mucheedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y adelante, adelante siempre.
[...]
   Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera  sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón, cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora, y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza, no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con  él!, que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.
[...]
   Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue ocasión en que se deban aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él!, ¡fuera el ingeniero!. Los ríos de pasarán vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.
[...]
   Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro  del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed  de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.
   Ponte en marcha, solo. Todos lo los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado: el batallón de la santa e inacabable cruzada.
 
 


 
 


 
Miguel de Unamuno nació en Bilbao en 1864. Estudió Filosofía y Letras en Madrid y, tras varios fracasos, ganó en 1891 la cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca, de la que sería elegido rector en 1901. Estableció su residencia permanente en esta ciudad, salvo de 1924 a 1930, años de su destierro en Fuerteventura y en Francia, como consecuencia de su oposición a la dictadura del general Primo de Rivera. Tras la caída de éste, vuelve a España. Fue diputado durante la República, pero su postura definitiva ante las fuerzas de Franco (con su famosa frase "Venceréis pero no convenceréis"), le valió ser destituido y confinado en su domicilio, donde murió repentinamente el último día de 1936.
Su obra es consecuente con los rasgos de su personalidad. Tras varias crisis juveniles, Unamuno pierde la fe. En 1892 se acerca al socialismo y estará afiliado al PSOE de 1894 a 1897, pero una nueva crisis le hace abandonar su militancia política. Su interés principal se centrará en los problemas existenciales y espirituales, aunque sin abandonar nunca su preocupación por España.
Unamuno fue una persona de intensa actividad intelectual en lucha constante entre la razón y la fe.En lucha consigo mismo, principalmente, pero también con los demás; trabajando por sacudir las conciencias, por inquietarlas, por sacarlas de cualquier rutina. Y quizá lo que al final quede de su obra sea precisamente eso: su capacidad de hacer pensar, de sorprender, de preocupar y de levantar pasión.
Su estilo es vehemente, incitante, despegado de viejas retóricas, un estilo desnudo, frente a los estilistas que lo visten de galas y a quienes llama "sastres de la literatura". Busca la exactitud plástica; no la elegancia. De ahí, su también permanente lucha con el idioma, para plegarlo a su pensamiento, hasta conseguir ­como decía­ una lengua "seca, precisa, rápida..., caliente".
Apoyándose en sus conocimientos de filólogo, da nuevos sentidos a las palabras; utiliza un lenguaje rústico, popular, castizo, recogido en los pueblos o rescatado de la literatura antigua.
Toda su obra gira en torno a dos temas: el problema de España y el sentido de la vida humana. Y estos son los temas que tratará, sobre todo, en sus ensayos, pero también en sus novelas, sus dramas y su poesía.
La preocupación y el amor por España y su historia, le llevó a recorrer y describir sus tierras, a denunciar sus males. De Unamuno es el grito "¡Me duele España!".
El otro tema citado ­el sentido de la vida humana­ cobra en Unamuno acentos muy personales, dentro de su generación, y le sitúa en la primera línea de la filosofía española contemporánea. Advirtamos que no es Unamuno un pensador sistemático y científico: su quehacer filosófico está dentro de un vitalismo (influido por el danés Kierkegaard), precursor del existencialismo moderno. Para Unamuno, el gran tema de la filosofía es "el hombre de carne y hueso", con sus angustias. Pero, sobre todo, es el problema de Dios y de la inmortalidad lo que constituye, para él, el gran tema que da ­o quita­ sentido a nuestra vida. Y en torno a él se dabatió sin cesar. De un lado, su razón, que le niega la esperanza; de otro, su corazón, que necesita a Dios desesperadamente.
Muchos otros son los temas de sus ensayos: no dejó de comentar Unamuno cualquier asunto que viera a su alrededor. Un título, Contra esto y aquello, lo revela. Además de muchos libros del género, escribió cientos de artículos en periódicos y revistas de España, de otros países de Europa y de Hispanoamérica.
Su narrativa comenzó con Paz en la guerra (1897), en la que trasciende la novela histórica con un enfoque "intrahistórico" de la última guerra carlista. Entre sus restantes novelas, destaca Niebla (1914), en la que intentó renovar la técnica narrativa (de ahí que la llamara, no "novela", sino... "nivola"). Otros títulos: Amor y pedagogía, Abel Sánchez, La tía Tula...
Sus incontables poesías, fruto de una permanente dedicación, constituyen una biografía de su espíritu, con sus anhelos, sus andanzas, sus tormentas. Así es desde las Poesías de 1907 hasta el Cancionero póstumo, pasando por El Cristo de Velázquez (1920), en donde vierte su pasión por Jesús. Su lírica está hecha de ritmos ásperos y robustos, al margen de cualquier moda del momento, por lo que no fue apreciada hasta años más tarde.
Con menor éxito cultivó el teatro, dando obras como Fedra, Sombras de Sueño, El hermano Juan o El otro (1927).
Es, en fin, Unamuno una figura apasionante siempre de leer, irritante para algunos, ambigua no pocas veces, pero ­en cualquier caso­ uno de los más grandes forjadores de la lengua contemporánea.

 


 
 








         El poema titular de esta página es original de
        Francisco Alvarez

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