Soneto escrito por mi amo pensando en mí,
Si quieres ver más de su poesía hazle "click" a su nombre.
 

 

E
 
El día 17 de diciembre de 1999, mi fiel compañero Argos
durmió el definitivo sueño.
Unas semanas antes tuvo una operación para extirparle un tumor canceroso.
Pero al parecer la enfermedad ya se había extendido,
aunque no daba muchas señales.
Su decadencia fue rápida, y a pesar de todo, imprevista.
En menos de 24 horas alcanzó un estado que consideramos insostenible.
Se fue, pero está y siempre permanerá en nuestro corazón
y en nuestro recuerdo.

 

 
 
 

Argos

 

Hay hombres que los años no envejecen,
cuya niñez los lleva de la mano,
y hay perros que a sus amos se parecen,
revelando un carácter casi humano.

Oh, mi cachorro, que jamás creciste,
juvenil en estilo y en el juego,
presto siempre al afecto, nunca triste,
más inclinado a dádivas que a ruego.

Flota en la oscuridad de tu mirada
hondo misterio y claridad de espejo,
que en silenciosa voz alborozada
me responde a través de su reflejo.

Tanto impulso en los nervios anudado,
en otra época libre y explosivo,
hoy gesto por la edad debilitado,
si más frágil, no menos afectivo.

No hay rosa que no llegue a marchitarse,
fortaleza que el tiempo no destruya,
fuego que un día no logre apagarse,
vida imperecedera, mía o tuya.

Ambos seguimos juntos un camino
que nos imprime idéntica fatiga,
que nos conduce a idéntico destino,
que a idéntica tortura nos castiga.

El silencio te abraza, rechazando
los rumores que acuden a tu oído,
cerrado a toda voz, sólo escuchando
la incisiva señal de mi silbido.

Ya tendido a mis pies, ya la cabeza
reclinada gentil en mi rodilla,
cuánta dulzura y singular belleza
al fondo negro de tus ojos brilla.

Qué difícil resulta incorporarse
cuando la agilidad se nos repliega,
sin perder el deseo de entregarse,
aún conociendo lo arduo de la entrega

Oh, mi leal amigo y compañero,
alerta sobre mí, ajeno al quejido,
con aspecto bravío de guerrero,
y ternura de niño adormecido.

Cómo se acerca el fin, y no sabemos
ni cómo irás, ni cuándo; pero al irte
tu recuerdo en el alma guardaremos,
y allí jamás, jamás has de morirte.

Ven a mi lado manso, silencioso,
yace a mis pies, cachorro envejecido,
que no turbará nada tu reposo;
quédate, amigo, junto a mí dormido.

Los Angeles, 13 de noviembre de 1999
 

 

 

Los últimos momentos

 

Una red invisible ha descendido
filtrándose en mi cuerpo,
red de debilidad y de dolores,
agarrotando músculos y nervios,
red que reduce, que imposibilita
mi libre movimiento.
Nunca emergió el fantasma de los años
lóbrego, amenazante y al acecho;
fui siempre un cachorrillo
con predisposición perenne al juego.
Pero hoy se cierne sobre mí una sombra,
frente a mí se abre un túnel de silencio,
y las voces amigas
quedan atrás, lejanas, como un eco.
Yo pensé caminar hacia el ocaso
en marcha sosegada, paso lento,
y me encontré, cansado peregrino,
de repente al final de mi trayecto.
 

Hay rumor de motores a la puerta,
pero esta vez no tengo
el vigor para alzarme,
e inmóvil en el suelo permanezco.
Ah, la manta fatídica, elevando
mi dolorido cuerpo,
como a mi dulce compañera Gipsy
llevara en otro tiempo;
cálida manta, suave, redentora,
en cuyos pliegues me abandono envuelto,
la carroza del último viaje
emprendido sin miedo.
 

Sobre la mesa estoy. Este recinto
no es extraño, aunque sí lo es el momento.
Tantas veces estuve
en este lugar mismo, que no tengo
ni temores a lo desconocido,
ni hay en mi corazón desasosiego.
Sé que es la hora de cruzar el puente,
que ha llegado el momento
de la definitiva despedida,
y estoy en paz, sin dudas y dispuesto.
Veo en torno de mí a quienes me amaron,
sus manos en mi piel, los ojos llenos
de lágrimas inmensamente tristes,
y quisiera gritar cuánto los quiero.
Pero sólo mis ojos hoy les hablan,
y ellos lo entienden, siempre lo entendieron.
Sé que su decisión no ha sido fácil,
mas no hay alternativa, lo comprendo,
para romper los lazos que me tienen
a la miseria del dolor sujeto.

Llega el doctor. Es como un viejo amigo
de palabra cordial, de manso gesto.
Y como siempre me acaricia afable,
y en quietud lo contemplo.
Siento el picor ligero de la aguja,
pero no me estremezco.
Parece que una niebla me rodea,
y la serenidad me invade el cuerpo.
Ya sólo veo tenues siluetas,
y lentamente sin dolor me duermo.

Vosotros, los que tanto amor me disteis
a lo largo del tiempo,
no me lloréis, que tengo nueva vida,
y además viviré en vuestros recuerdos.

Los Angeles, 18 de diciembre de 1999
 

 


 

 

 

Adiós, mi compañero

 

Si me pregunta el rayo de la luna
dónde están tus profundos ojos negros,
responderé que hay dos estrellas nuevas:
Adiós, mi compañero.

El trueno explotará en las soledades
de las lluviosas noches del invierno
sin hallar tu ladrido por respuesta:
Adiós, mi compañero.

Las cuevas de tu oído se cerraron
a los sonidos, y te amó el silencio,
y el silencio final hoy te arrebata:
Adiós, mi compañero.

Se derramó mi gozo en tu alegría
convirtiendo mis juegos en tu juego,
y mi caricia leve en tu lamida:
Adiós, mi compañero.

Y cuando la serpiente del dolor
enroscó los anillos en tu cuerpo,
mi sufrimiento fue al compás del tuyo:
Adiós, mi compañero.

Aunque te hice partir, no hubo abandono,
mi mano en tí hasta el último momento,
y aún hoy mi llanto como aquel instante:
Adiós, mi compañero.

Sé que en las tardes buscaré tu espalda,
y a mis pies sólo habrá un soplo de viento
que me dirá que pasas de visita:
Adiós, mi compañero.

Y sé también que libremente corres
por un mundo mejor, campos abiertos,
con aquellos que se te adelantaron:
Adiós, mi compañero.
 
Desde las altas torres de la aurora
hasta las ruinas del ocaso en sueños,
trotarás las estepas de las nubes:
Adiós, mi compañero.

Y en ocasiones detendrás el paso
como si oyeras un rumor de lejos;
no es más que mi recuerdo que te añora:
Adiós, mi fiel, mi alegre compañero.

Los Angeles, 17 de diciembre de 1999
 

El día que Argos se durmió para siempre.
 

 

 

 

Mi padre fue un pastor escocés (Sheltie, o Shetland sheepdog) y mi madre un ‘golden retriever’. Vivo en la ciudad de Glendora, que es parte del Gran Los Angeles, en California. En la actualidad tengo 14 años, y voy dando señales de vejez. El sentido del oído lo he perdido en gran parte, aunque todavía oigo a mi amo cuando me silba. Pero sigo aún con una vista de lince.

Casi toda mi vida fui como un cachorrillo, el mismo carácter alegre, juguetón, juvenil. Me decían que nunca crecí. Pero a partir de la muerte de mi compañera Gipsy, que fue para mí como una madre y hermana al mismo tiempo, creo que mi infancia empezó a parecer más y más lejana.

Fui siempre un líder: Si hubiera tenido que tirar de un trineo, no hubiera aceptado ningún otro puesto que al frente del pelotón. Cuando mi amo me llevaba de paseo con Gipsy, yo tenía que ir siempre un poco más avanzado. Y si no me dejaban, hacía notar mi protesta hasta que se me daba un poquito más de correa.

Sabía qué casas tenían perro, y antes de llegar y que me ladraran ellos, ya empezaba yo. Claro que sólo lo hacía con los perros grandes. A los pequeños los dejaba en paz, y si los encontraba en el camino siempre los saludaba afectuosamente.

Nunca me gustó mucho que la gente, sobre todo si llevaban perros, pasaran por la acera en frente de mi casa, porque esa acera es mía. Así que siempre hacía notar mi protesta a todos los transeúntes.

Siempre me han gustado los gatos. En casa tenemos dos, uno es Frisky, y otro es Logan. Este es más casero, y es mi mejor amigo. Me habla mucho, aunque ya no puedo oirlo, pero noto como maulla como diciéndome cosas. Y pasa a mi lado, rozándose contra mi. Eso me gusta mucho.

Hace poco tanto Logan como yo tuvimos una operación. El tuvo un quiste, que fue benigno. Y yo tuve otro en la boca y me lo extirparon. Este quiste mío no era tan benigno, por eso mis amos están muy preocupados por mí, aunque yo me lo tomo con un cierto estoicismo. Uno no puede vivir eternamente, ¿verdad?

Otro problema que tengo estos días es una gran debilidad en mis caderas. Dicen que he perdido el 85% de la masa musculosa en esa zona, y mis patas traseras son muy débiles. Tanto que debo de hacer un gran esfuerzo para levantarme del suelo. Será por eso que he desarrollado una gran fuerza en el pecho y las patas delanteras. Ahora me sacan más de paseo, para ver si puedo robustecer las patas traseras un poquito, pero los paseos no son muy largos. Empiezo con mucho entusiasmo, yendo un poquito más adelante que mi amo, aunque sé que un perro con buenos modales debe llevar su cabeza junto a la rodilla del amo. Pero hacia el final del trayecto, ya me voy retrasando un poco. Y en alguna ocasión me he caído al suelo. En esas ocasiones, alzo los ojos a mi amo como diciéndole: “Qué le vamos a hacer! Mis patitas me abandonan”. Pero él, que me quiere mucho y comprende mi problema, me ayuda a levantarme, y completamos el paseo.

Mi compañera, Lady, es muy energética. Debe tener como cinco años. Es demasiado impulsiva, y demasiado posesiva, y creo que al principio intentaba ser la mandamás, pero yo la puse en su sitio. En cierto sentido me respeta. Pero por otra parte no tiene consideración a mi inestabilidad, y a veces pasa a mi lado arrollándolo todo y hasta haciéndome tambalear. Estos jóvenes....

Bueno, no sé cuánto tiempo me queda de vida. Quizá un año. Y no hay nada que nadie pueda hacer para detener la marcha del tiempo. Yo no lo siento por mí, sino por mis dueños, porque están tan encariñados conmigo, que cuando deba partir, van a llorar mucho, como lo hicieron a la partida de Gipsy, en 1995. Pero no hablemos del futuro. Disfrutemos el presente, y recordemos el pasado.
 

 

 
 

 

 

Mi amo es y fue siempre muy aficionado a la cultura clásica, y por eso me dio un nombre de origen griego. Y tiene una historia enternecedora.

Argos fue el perro de Ulises, que lo dejó en su palacio de Itaca al partir a la guerra de Troya. Esta guerra duró diez años, y durante otros diez estuvo perdido por el Mediterráneo acosado por la ira de los dioses, y más dulcemente acosado por los amores de las ninfas.
Así que Argos tenía más de veinte años, y estaba ciego y sordo, e incapaz de moverse mucho, cuando un desconocido con apariencias de mendigo llego a las puertas de palacio. Argos, mediante su olfato, que nunca había perdido, reconoció a su amo, y expresó su alegría de la única forma que podía: Moviendo la cola. Y murió en aquel momento. Yo creo que la esperanza de volver a ver a su amo lo había sostenido la vida durante tanto tiempo. Y ahora se podía ir ya feliz.

También fue Argos un gigante de cien ojos, siempre vigilante, pues dormía sólo con dos ojos  Sólo Hermes, con una música deliciosa, lo durmió por completo, y así pudo matarlo. La diosa Hera trasladó sus ojos a la cola del pavo real.

Argos también se llamó el constructor del buque ‘Argo’, en el que se embarcaron los Argonautas en su expedición en busca del vellocino de oro.

Y Argos soy, no menos importante de cada uno de ellos. Pero estoy orgulloso de todos esos ‘antepasados’ míos.

 

 


 

 

Cuando vine a vivir en esta casa ya me esperaba una perrita de un año. Yo sólo tenía tres meses, y ella me adoptó como si fuera su hijo, y me acompañaba constantemente, como si tuviera miedo de que fuera a dar un traspiés. Ya sabeis cómo son las madres.
Ella era ‘golden retriever’ de pura raza. Fue una compañera maravillosa, muy tranquila, muy dulce, con un gran amor hacia las personas, los gatos, y los pájaros.

Ambos fuimos varias veces de ‘camping’ con la familia, y dormíamos a la puerta de la tienda.

Mi amo se empeñó en hacernos casas muy sofisticadas con puertas, y ventanas, buhardillas, chimeneas, torres...Creo que mi amo es un poco peculiar...El dice que es porque le gusta la carpintería, pero yo sé que el principal motivo es que nos quiere mucho y desea que seamos los perros mejor atendidos del planeta.

Mi compañera Gipsy murió de cáncer en Noviembre del 95, y durante mucho tiempo me sentí muy sólo, aunque me daban mucho cariño en la familia, y me dejaban estar en la sala familiar con mucha más frecuencia, lo que me encanta.

Mi amo hizo una lápida de cemento con el nombre de Gipsy, y sus fechas de nacimiento y muerte, y la puso en el jardín. Y es curioso que Logan yace dormido con frecuencia en esa lápida. ¿Será que el condenado sabe leer?

Os voy a copiar aquí una especie de poema de autor desconocido que mi amo encontró un día en internet. Se titula “Mensaje desde Valhalla”. (El Valhalla era el paraíso de la mitología nórdica donde las Walkirias se llevaban a los héroes muertos en las batallas). Mi amo dice que quizá fue escrito por Gipsy. Tanto es así que mientras lo traducía del inglés no podía contener las lágrimas.

 

 

Mensaje desde el Valhalla

 

Estuvisteis conmigo hasta el momento final,
y aún después de mi partida vuestras manos me sostuvieron.
Y cuando mi alma salió de mi cuerpo y miré hacia abajo y os vi llorando,
no sabeis cuánto deseé deciros que lo comprendía todo,
que sabía que habíais hecho esto por mí.
Intenté deciros a mi manera que ya era mi hora de partir,
y os agracecí que lo comprendiérais.
Nadie ocupará mi lugar,
pero quien permanece ahí  todavía
necesitará vuestro cariño como yo lo necesité.

Continuareis pensando en mí,
y habrá momentos en que tratareis de ocultar
las lágrimas de vuestros ojos, pero por favor,
sed felices, y no os dejeis dominar por la tristeza.
Pensad más bien en la felicidad que os proporcioné,
y en las ocasiones en que os hice reir
con tantas cosas divertidas e inteligentes como hice.

No hay muros ni vallas en Valhalla,
porque nadie tiene el deseo de escaparse.
No hay tormentas, por tanto no hay miedo.
No hay peleas en Valhalla. Todos nos llevamos bien.
No hay hambre, ni sed.
Hay mucho que explorar.
Muchos de entre nosotros que somos mayores
nos ocupamos de los pequeños y los acompañamos.
Es muy divertido contemplarlos corriendo,
agitando las orejas y moviendo sus colitas enroscadas.

Tenemos cuatro estaciones en Valhalla,
y la mayoría estamos de acuerdo de que la favorita es el invierno.
Así que, ya veis, mis queridos amos, que soy muy feliz.
Cuando llegue el momento de la partida para mis amigos,
saldré a su encuentro a las puertas del Valhalla,
y les daré a conocer este paraíso tan bello y tan sereno,
y los cuidaré como vosotros lo haríais.
Gracias por el amor que me disteis,
por los cuidados que me ofrecisteis,
y por haber tenido el valor de dejarme partir con dignidad.

 

(Anónimo)


 

(Los poemas que siguen trazan el origen mitológico de mi nombre.
El autor es mi dueño, Francisco Alvarez. El se cree un tanto poeta.
Yo prefiero no expresar mis opiniones sobre el particular)

 

 I- El Gigante

  Las cumbres nevadas desgarran las nubes,
  y el soplo del cálido viento de mayo
  desata los hilos de plata que vierten
  rumor y destellos al borde del lago.
  En la fresca hierba, olorosa y húmeda,
  quedo y soñoliento reposa el ganado.
  Cien ojos alerta, cien controladores,
  fijan los linderos, surcan los atajos,
  mantienen confines, y en silencio exploran
  la roca y el césped, el río y el árbol.
  Vigía gigante, persiste en su oficio,
  impasible al sueño y ajeno al descanso.
  La aurora sorprende su atenta mirada,
  el día prolonga su marcado paso,
  la noche lo envuelve, pero no lo gasta,
  la luna lo arropa en su claro regazo.
  La muerte violenta le dió el primer sueño,
  pero los cien ojos abrieron sus párpados
  en el abanico de plumas airosas
  que el ave de Juno despliega en el campo.
 

 II- Los Argonautas

  Alcese la vela al favorable viento,
  y zarpe la nave sobre el agua clara.
  Las estrellas guían nuestra ruta incierta,
  los dioses protegen la empresa iniciada,
  pero sólo el brazo y la mente consiguen;
  sin ellos, estrellas y dioses fracasan.
  La esencia de Grecia navega en el Argo:
  La lira de Orfeo que transporta el alma;
  el valor gemelo de Cástor y Pólux;
  la fuerza de Heracles, de Néstor la sabia
  discreción; Teseo, la experiencia viva;
  y Jasón plasmando la idea forjada.
  Lluvia de aventuras sobre el agua negra,
  canciones y luchas, monstruos y fantasmas,
  y un sueño lejano de constelaciones
  inmortalizando la triunfal hazaña.
  La quilla del Argo surcará las nubes
  en un firmamento de estrellas de plata.
 

  III - Ulises

  Trompetas de bronce despiertan los valles
  y Ulises apresta sus armas de guerra.
  Febril alboroto bulle en el palacio,
  los niños envidian, los viejos recuerdan.
  Tras la caravana de altivos guerreros
  que al brote del alba marciales se alejan,
  siguen los ladridos tristes, insistentes,
  de Argos, el cachorro que sin amo queda.
  Se pierde el camino, se esfuman los pasos
  en el seno de una parda polvoreda.
  Orejas erectas, intensa mirada,
  la cola descansa, los ladridos cesan.
  Nada en la distancia sino el aire tenue
  peinando la mieses, danzando en las eras.
  Y en cansado trote regresa a palacio,
  y en silencio aguarda, y en silencio sueña.
  La melancolía de sus negros ojos
  puebla de fantasmas la noche serena,
  sombras de guerreros que van y no vuelven,
  nombres olvidados, ciudades desiertas.
  No atiende a las voces y risas confusas,
  ignora las gentes que pasan de cerca.
  Sólo tiene un amo, y el amo está ausente;
  pero Argos espera de Ulises la vuelta.

  Diez años pasaron, lentos y sombríos,
  y una noche el monte repitió la hoguera:
  ¡El fin de la guerra!¡Troya ha sucumbido!
  Sin duda los héroes al hogar regresan.
  Un escalofrío sacudió la espalda
  de Argos, reavivando la esperanza muerta.
  Reanudó sus trotes al recodo, atento
  a lejanas formas y canciones viejas,
  y volvía solo, lento y taciturno,
  a su esquina oscura detrás de la puerta.

  Los dioses no fueron benignos a Ulises,
  llevando sus naves a lejanas tierras.
  Las ninfas le dieron su amor, alargando
  su estancia en las islas claras y serenas.
  Pero un día Ulises dejó la mirada
  resbalar ansiosa sobre el agua tersa,
  y oyó la llamada del hogar lejano,
  besos y ladridos, juegos y palestras.
  Diez años de lucha y diez de incertidumbre
  pesan en sus hombros como roca inmensa.

  Argos, viejo y débil, ya no va al recodo.
  Inmóvil y ciego reposa en la estera.
  Llega un peregrino que nadie conoce,
  la barba crecida, la mirada recia.
  Polvo de mil sendas cubre sus andrajos,
  y con manos firmes el báculo aprieta.
  Un temblor extraño recorre los miembros
  frágiles, inertes, de Argos que intenta
  saludar al amo, ya reconocido,
  y al fin a su lado tras la larga espera.
  Mas sólo consigue menear la cola,
  y su último aliento la muerte se lleva.

  De los ojos tristes del duro guerrero
  dos lágrimas brotan, furtivas estrellas.

 Glendora, Enero 1997