La Muerte en la poesía

Inevitablemente, la muerte, con su traje de luto ha sido un tema en el cual se han inspirado los grandes.

Todos los poetas en todos los tiempos le han cantado, acaso intentando conjurarla. Y en la imposibilidad de su propósito , la hacen obsesión. La muerte impone su presencia y sus modales, su sonrisa.

Así escribieron:
¡Ay, que larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero por que no muero
 
Acaba ya de dejarme
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero.
Santa Teresa de Jesús

Cómo de entre mis manos te resbalas!

Oh, cómo te deslizas, edad mía!

Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,

pues con callado pie todo lo igualas!

Feroz, de tierra el débil muro escalas,

en quien lozana juventud se fía;

mas ya mi corazón del postrer día

atiende el vuelo, sin mirar las alas.

 Francisco de Quevedo

 
Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando,
como se pasa la vida,
como se viene la muerte
tan callando:
cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo a nuestro parecer
cualquier tiempo pasado
fue mejor.
Jorge Manrique
 
 
"Sólo, queridos hijos, os suplico
que en mi entierro llevéis esta mortaja
en que el mortal engaño significo
del que ambicioso por subir trabaja:
El más gallardo, poderoso y rico
cabe después en una humilde caja;
vivo no cupe en Asia, y hoy me encierra
en este lienzo y siete pies de tierra
Lope de Vega
 
Cerraron sus ojos,
que aún tenia abiertos;
taparon su cara
con un blanco lienzo;
y unos sollozando,
y otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
Gustavo Adolfo Bécquer
 
Esta noche
solo: el alma
llena de infinitas amarguras
y agonías de la muerte
separado por ti misma por el tiempo,
por la tumba y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
mudo y solo,
por la senda caminaba...
y se oían los ladridos de los perros a la luna
a la luna pálida
y el chillido de las ranas.
José Asunción Silva