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Hermano (I) 
 

A Jaime Alvarez Hidalgo, 
en lugar y fecha inciertos: 1937


Murió tal vez al apagarse el día,
en un rincón oscuro,
doble noche abrazando su agonía,
y el corazón sin estrenar, tan puro.
No sé dónde murió, ni cómo o cuándo,
ni tampoco por qué. Muchos murieron
defendiendo una idea en cada bando,
bando que les fue impuesto o escogieron.
Morir por una causa, una doctrina,
justa o falaz, puede tener sentido;
hay una meta que alcanzar, genuina,
aunque todo el que muere es un vencido.
Pero siempre, en el último momento, 
quien se desangra adquiere el sentimiento
de que su muerte no habrá sido en vano;
y aquél que muere solo, sin razones, 
es como si una banda de ladrones
le sustrajera el alma. Ay, hermano…
Tantas veces te he visto, tantas veces,
nunca te conocí, pero apareces,
sombra insistente que a partir se niega;
he recreado tantos escenarios
de tus últimos días que me llega,
como si fuera mía, tu congoja.
Cuando el otoño opaco se deshoja,
cuando el invierno se arreboza en nieve, 
la primavera a florecer se atreve, 
o se abrasan las rocas en verano, 
tú llegas a mi lado, pobre hermano, 
con el brazo tendido,
y no sé si requieres asistencia,
no sé si tu rumor es un gemido, 
o si en esta presencia
me envuelve el regocijo del abrazo
que nunca recibí, que me usurparon
aún no sé si el cuchillo o el balazo.
Muerto sobre la tierra. Galoparon
tus recuerdos al ver la última hora
serpear hacia ti; llegó la aurora, 
pero ya no hubo luz, no hubo rumores, 
era la noche larga,
la noche que destierra los temores, 
la noche ya ni lúgubre ni amarga, 
la noche de la paz interminable.
Ay, hermano entrañable,
ay, hermano, perdido
antes de conocerte;
ni disculpo a la vida, que te ha huído,
ni condono a la muerte,
que descendió tus párpados distantes
antes de ver mi rostro en tus retinas;
ni perdono las manos asesinas
amarradas a mentes ignorantes.
Tal vez el sol tus restos entibiara, 
tal vez la madre, compasiva tierra,
te cubriera la cara,
y al abrazo de Dios tu alma se aferra.

Los Angeles, 3 de octubre de 2004 

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