Ataviada de huecas sensaciones,
cuerpo desnudo de alma, casi muerto,
era ola pertinaz, repetitiva,
avanzando y rompiendo
en los acantilados de los hombres,
transformada en espuma de deseos.
Algas y arena sólo
bajo la piel azul y verde; el suelo
no retuvo las huellas de ninguno,
ruedas dentadas, émbolos de acero,
poleas y montaje
de su ambiciosa máquina de sexo.
Pisoteaba mutiladas vidas,
después de haber sorbido sus alientos,
y encongiéndose de hombros,
no miraba hacia atrás, sus ojos ciegos.
Máscara sobre el rostro,
sus amantes la vieron
no por quien era, mas por quien se dijo,
o por la antorcha de sus propios sueños.
Convenció a cada uno
de su exclusividad y privilegio,
y si la duda alzaba su cabeza,
la subyugaba experta sobre el lecho.
Vieron sus lágrimas, sus desencantos,
lo mismo por doquier, y lo creyeron;
comulgaron con ruedas de molino,
y cavaron su propio cementerio.
Nadie se preguntó: ¿Dónde el latido?
¿Qué rincones del alma no están muertos?
¿Qué vida hay en el llanto, en la palabra,
en el roce, en el beso?
Sólo sus músculos tenían vida,
lo demás eran sombras y silencio.
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Los Angeles, 30 de marzo de 2004
Poema de
Francisco Alvarez Hidalgo
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