Qué prisa llevan tus manos,
estando inmóvil tu cuerpo;
qué destructor de esperanzas,
con indiferente gesto;
cuanto nos diste, nos quitas,
y nos queda sólo un eco
de la copla que cantamos,
inaudible balbuceo.
Vino con el optimismo
de espontáneo ofrecimiento,
ataviada de sonrisas,
coronada de silencio,
y un rubor de rosas rojas
al sentarse sobre el lecho.
Miré de cerca sus ojos,
y los entornó un momento;
y al punto alzó la mirada
hacia mí sin titubeos.
Tímida, pero resuelta,
y conteniendo el aliento,
a la espera de mi avance,
con serenidad, sin miedo.
Miré al reloj, inflexible,
en perpetuo movimiento,
y lo hubiera detenido
si hubiera podido hacerlo.
Todos los fieros impulsos
de mi espíritu bohemio
replegaron la ofensiva,
y quedaron en suspenso.
Ni indeciso ni cobarde,
sólo advirtiendo el misterio
de un temblor indefinible
en las yemas de los dedos.
Tenía el aura inmutable
de una figura en el lienzo,
dejando el cabello oscuro
derramado en torno al cuello.
Detén, reloj, tu engranaje
inmovilizando el tiempo,
que he de mirarme en sus ojos
tal como me miran ellos.
Cómo se me va el instante
sin hacerlo prisionero;
cómo se me escapa el día,
y poco a poco anochezco,
cómo me envuelve la bruma,
y cómo me acecha el sueño,
y cómo estoy a su lado,
sólo por ella despierto.
Quiero, reloj, detenerte,
y quiero dejarte ciego,
arrancando tu ojo alerta,
cíclope imperecedero.
Porque este momento es mío,
y nadie me hará perderlo.
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