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Contigo de la mano
cada día visito
la dorada ciudad por donde nunca 
de la mano hemos ido.
Y sin embargo, cada callejuela,
cada rincón dormido,
cada plaza en jolgorio de estudiantes,
cada abierto balcón, cada postigo,
recuerdan nuestros pasos, nuestros gestos,
nuestras palabras, nuestros apellidos.
Nunca estuvimos, nunca,
y tantas, tantas veces estuvimos.

¿Recuerdas la mañana dominguera,
a la vera del río,
retrazando los pasos
del viejo ciego y joven lazarillo?
Compartimos la historia picaresca
desgranando entre risas un racimo,
de dos en dos, de tres en tres, o cuatro,
y entre besos, después, de cinco en cinco.

La Casa de las Conchas,
al avanzar la tarde, cien cuchillos
de sombras alargándose
sobre la rubia piel del edificio.
Y extendías la mano,
cinco rayos de luz sobre mí mismo.

En la Plaza Mayor, mar de terrazas
en flujo torrencial de aperitivos
a la serena sombra de los arcos,
o bajo el sol de la mañana tibio,
frente a frente en la mesa,
como mejor se escuchan los latidos.

Patio de las Escuelas, filigrana
de plateresca arquitectura, archivo
del saber de Fray Luis y de Unamuno,
y en el aula, silencio reflexivo;
sobre las mesas rústicas, los nombres
de mujer que el amor dejara escritos.
Tu mano acariciante resbalaba
sobre Olalla, Leonor, Teresa…Siglos
separando y uniendo
dedos enamorados y suspiros.

Las catedrales, de ámbito solemne,
cumbres de piedra, puente levadizo
hacia un mundo de arcángeles
desde un mundo de místicos,

de columnas alzándose hacia el techo
con el múltiple impulso irreprimido
de palmeras abriéndose
en arqueados brazos de granito.
Callaba el órgano y el sol cantaba
rasgando las vidrieras a cuchillo.

En este oasis de silencio y sombra,
toma el jarro de vino,
siéntate al pie de la palmera y bebe,
bebe y ama conmigo;
tal vez mañana tenderás la mano
y el tiempo será un cántaro vacío
por cuyas grietas se hayan derramado
los cantos del amor envejecido.

Esta ciudad de pícaros y amantes,
de monjes y de sabios, cruz y libro,
nos ha visto pasar, y nos espera;
las piedras guardan el sabor antiguo
de espaldas reclinadas en la tarde,
en gestación del beso subrepticio.
Esta ciudad, por la que tanto vamos,
en la que tan a fondo nos hundimos,
ambos entre sus calles, uno en otro,
que fuera de ella estamos en exilio,
esta ciudad en la que somos libres,
con piel de adultos y candor de niños,
que tantas veces hemos visitado,
donde nunca estuvimos,
por donde voy, mi brazo en tu cintura,
por donde vas, tus ojos en los míos,
donde el futuro se ha hecho ya pasado,
donde el presente es un futuro vivo…
 
Te espero en Salamanca,
para vivir cuanto hemos ya vivido.

 

Los Angeles, 2 de julio de 2005



 

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