Con el dolor de la ventana abierta
que deja entrar la luz no anticipada,
como quien cierra a pasador la puerta,
pero le roba el alma la alborada;
sobre el lecho revuelto, se despierta
la prisa de partir, enmascarada
de inevitable carga de deberes;
ay, soledad de mis amaneceres.
Brevería Nº 1112
Amanecer
La luz golpea, ruda, repentina,
mis ojos soñolientos. La mañana
llega con precisión de cortesana
que el término del plazo determina.
Tu mano en tierna languidez camina
sobre mi pecho; la canción lejana
del labrador taladra la ventana,
y se reviste de oro la colina.
Es hora de partir. Aletargada,
ni abres los ojos ni te mueves. Nada
logra alterar la paz de tus sentidos.
Sin atreverme a fracturar la calma
tan frágil que te abraza en cuerpo y alma,
quedamos ambos otra vez dormidos.
Los Angeles, 5 de febrero de 2006