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Ni
yo te elegí un día, ni tú me has elegido,
aunque
tu acequia en todos los campos he buscado;
esos
campos hoy yertos donde el viento ha esgrimido
su
látigo de ruina, su ráfaga de enfado.
Peregrino
sediento, me llegué a tantas fuentes,
y
hallé las aguas turbias, o el canal cenagoso;
sólo
tu arroyo fluye con aguas transparentes,
sólo
a tu fresca sombra mi afán logró reposo.
Y
peregrina fuiste, rodando otros caminos
que
abocaron a ciegas fronteras sin salida;
y
a través del cansancio, y el yermo, y los espinos,
a
mi lado surgiste, sólo de ti vestida.
Tal
vez estaba escrito que tu senda y mi senda
se
cruzaran al eco de tu pie y de mi pie;
pero
sé que hoy marchamos sin tener otra agenda
que
amar y ser amados. Y en eso está mi fe.


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