|

Original de
- Qué desmedido espacio tiene el lecho
- al despertar sin tí; qué inevitable
- la orfandad de tus brazos y tu pecho,
- cómo se hace tu ausencia insoportable.
|
 |
- Antes
del alba ni los perros
ladran,
- ni
serpentea el tráfico, y la
luna,
- obstinada
noctámbula, dormita
- en
la callada claridad difusa.
- Son
horas de silencios subterráneos,
- y
de inmovilidad de sepultura,
- a
la espalda del sueño,
reclinado
- sobre
la intimidad de la penumbra.
- Y
yo salgo de mí, mas no te
encuentro,
- tan
sola en esta habitación
oscura,
- tan
frío el otro lado de mi
lecho,
- tan
lejos de tu cuerpo, tan
desnuda...
- Y
consiento a mis manos
- seguir
sobre mi piel la misma ruta,
- ingenua
y atrevida,
- que
siguieron las tuyas.
- Qué
soledad de amaneceres
tristes,
- viajera
sin tí en la noche en fuga,
- sólo
con la caricia imaginada
- que
en mis trémulos dedos se
refugia.
- Me
asalta tu presencia
ineludible
- y
en abrazo incorpóreo me
arrulla,
- se
me arquea la espalda,
- y
me siento flotar como la
espuma.
- Oh,
mi mar, mi marea inagotable,
- llévame
una vez más. Tanta renuncia
- me
tritura los huesos del
recuerdo,
- y
todo en mí sin fuerza se
derrumba.
- Cómo
se acerca el alba, y tú no
vienes,
- continuidad
de deserción nocturna,
- siguiendo
las semanas a los días,
- luego
meses tal vez, y quizá
nunca;
- con
sed de tí, con hambre que
desgarra,
- con
desesperación y con
angustia...
- Negra
es la noche de tu ausencia,
negra,
- y
el despertar sin ti, qué
desventura...
|
|
|

| | | | | | |