Original de 

 

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En cada ausencia, viva está la muerte
a la espera de la resurrección;
pasan los meses, y este corazón
se morirá de tanto renacerte.






 

 
Sólo soy dueña de mi pensamiento;
el corazón sazona, o languidece,
o corre desbocado, y no obedece,
vagabundo en perenne ofrecimiento.
 
Dueña soy de conceptos e intenciones,
no de sentir, sintiendo aunque no quiera;
llevo dentro de mí tal primavera
que evapora las otras estaciones.
 
Si me esforzara un día en no quererte,
rendiría mi afán tan malogrado,
como si pretendiera haber dejado
maniatadas las manos de la muerte.
 
No hay mérito en mi amor, no es voluntario,
es fuerza inevitable que se impone;
la mente es dúctil, ve, piensa y expone,
el corazón es siempre autoritario.
 
Por eso te recuerdo libremente,
pero te amo en impulso inevitable;
y así, aunque no te vea o no te hable,
conmigo estás, irremediablemente.

 

 




Persiste día a día ante mi espejo
el sueño de que me abra tu ventana,
y ver, al clarear de la mañana,
tu despertar desnudo en su reflejo.
 
Y tal vez logre, al extender la mano,
acariciar tu piel semidormida,
sintiéndola de nuevo estremecida
cual la sentí en un tiempo ya lejano.

 

 

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