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Me llegaron tus rosas, no tus brazos,  
y no saben sus pétalos besarme;
¿me dejarás como ellas marchitarme,
con la esperanza rota en mil pedazos?

Resuena como un eco mi gemido
por las hondas cavernas del recuerdo;
contigo amé y reí; y hoy que te has ido,
el pan amargo de tu ausencia muerdo.

 

Vendrá, vendrá, no puede haberse ido
definitivamente;
sólo el río prosigue el recorrido
sin regresar jamás hacia la fuente.
 
El estará al llegar; no se ha ausentado;
emergerá en la curva del sendero,
y de nuevo a mi lado,
volverá a ser amante y compañero.

 

 
Ella
 
Vendrá, tal vez, trayendo perspectivas
que tuve y olvidé, gocé y perdí;
y lucharé por mantenerlas vivas,
y me daré como jamás me di.
 
Y mi horizonte, que hoy desvanecido,
se perfila en silueta nebulosa,
en su presencia cobrará sentido,
con su línea quebrada luminosa.
 
Volverá mi paisaje a ser completo,
en mí, y en derredor, y en lejanía,
colgada de su cuello, su amuleto,
muerta la sombra de la noche fría.

 
Él
 
No más en tierra extraña peregrino,
agorero de rostros y lenguajes,
desentrañando apenas los mensajes
cruzados a mi paso en el camino.
 
Dentro de mí persiste cristalino
el más espléndido de los paisajes;
¿quién precisa de exóticos viajes,
si el punto de partida es su destino?
 
Esculpida en mi propia roca viva
quedaste un día, y yo fui a la deriva,
intentando suplirte u olvidarte.
 
Y en la banalidad de cada encuentro,
llegué a saber que lo que llevo dentro
es de mi realidad la mejor parte.

 

 

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