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Agosto
1998

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239
Esta
noche, mujer, invadiré tu espacio;
y
si le hallara estrecho,
me
dejaré dormir sobre tu pecho;
mas
si amplitud tuviera de palacio,
me
lo imaginaría muy pequeño,
para
abrazarme a tí durante el sueño.
240
Bajo
la piel de tu mano
se
esconde la mano mía,
y
en tu sueño azul desgrano
sueños
de mi fantasía.
Acaríciate,
mujer,
sin
timidez ni prejuicio,
sólo
yo te puedo ver,
pues
soy yo quien te acaricio.
241
El
cielo está desnudo, el mar en calma,
y
en el azul mi blanca nube flota,
soñándote
nostálgica y remota,
con
ansias vivas de robarte el alma.
242
Te
vas, me voy, qué fría es la
distancia,
qué
largo es el camino que divide:
Que
tu amor permanezca en vigilancia,
me
sueñe cada noche, y no me olvide.
243
Penélope
del alma, teje un sueño
de
alcance ilimitado,
que
me mantenga el corazón risueño,
y
vuelva el mundo entero tan pequeño
que
aunque lejos yo esté, esté a tu lado.
244
Si
no comprendes el mensaje breve
flotando
en la mirada,
aunque
una larga explicación te lleve,
no
habrás de entender nada.
245
Dos
errores, no más, han sido míos,
uno
nació en el pecho, otro en la frente:
De
sentimiento se embriagó la mente,
y
el corazón de pensamientos fríos.
246
Qué
actitud deprimente y deplorable
la
del celoso que en su propia pena
prepara
su comida, la envenena,
y
ávido la devora, e insaciable.
247
Me
has llevado a tu sueño, amada ausente,
y
en tí perdido me encontró la aurora.
No
despiertes, que aún no llegó tu hora:
Suéñame,
amor, interminablemente.
248
La
oí decir un día: “Me has creado
a
tu imagen, y te has entrado en mí”.
“No
te he creado yo”, la respondí.
“Tú
eres tú misma, sólo he despertado
la
mujercita que dormía en tí”.
249
Y
el príncipe depositó su beso,
y
la bella durmiente, reavivada,
le
clavó fijamente la mirada:
“¡A
cuántas más les habrás hecho eso!”
Y
el príncipe no supo decir nada.
250
Razones
hay que yo podría darte
para
olvidar un nombre o una cara.
Dame,
mujer, una razón bien clara,
una,
por la que yo no deba amarte.
251
Desertora
de mis noches solitarias,
ocultándote
entre sábanas ajenas,
abandona
las caricias rutinarias,
y
el olvido a que tú misma te condenas,
y
haz mis manos en tu cuerpo necesarias.
252
Sientes
mariposillas multicolores
rozándote
la espalda durante el sueño:
¿Pétalos
desgajados de suaves flores,
o
besos de quien sólo yo soy el dueño?
253
Ah
los senos abiertos añorantes de manos,
y
añorantes de labios los rígidos
pezones…
Recónditos
deseos, pensamientos arcanos,
soledadades
vacías y sin celebraciones.
(Indice)


“…y
recibió una carta dirigida a otra…”
Visita
inesperada del engaño:
Llegó
de noche con disfraz de rosas,
arrastrando
la angustia en el silencio,
víbora
deslizándose en la sombra;
y
la clavó en los ojos el veneno
paralizando
su alma de amapola.
Bancos
de hielo trágicos avanzan
flotando
sobre el mar de la memoria,
frío
paisaje, solitario y muerto,
corazón
apagado en la derrota.
¿Qué
hacer cuando se va de entre las manos
la
propia vida? ¿Y qué si se desploma
el
castillo de arena en nuestra playa
a
la irrupción de la primera ola?
Qué
fortaleza nos mantiene enhiestos
mientras
la tempestad ruge remota,
y
cómo sucumbimos, extinguidos,
al
descargar la nube borrascosa.
Cuánto
dolor y lágrimas rodaron,
rindiéndose
la risa a la congoja,
al
abandono el dulce sentimiento,
y
a una idea fatal todas las otras.
Vio
el pasado perderse en la distancia,
y
el presente en sombría nebulosa,
y
un futuro vacío de ilusiones,
vida
sin luz, sin cantos, sin aromas.
Sólo
un foso insondable en torno suyo,
que
los ojos anegan cuando llora.
Roto
el frágil cristal de los ensueños,
rota
la seducción, y el alma rota.
Pero
ella alzó el espíritu galante,
y
reavivó la llama de la antorcha,
se
despojó del pánico sangriento,
y
desplegó el abrazo que perdona.
Clavó
la puerta de las decepciones,
y
negó a los temores la victoria.
Qué
magnífica rosa, perfumando
la
mano bárbara que la deshoja.
Ella
conoce sus limitaciones,
aún
en la paz que la circunda ahora;
sabe
del látigo que la amenaza,
y
de la ráfaga que el rostro azota;
del
grito oculto en eco repetido,
de
la armonía que al cantar solloza.
Y
él reconoce sus contradicciones,
fácil
palabra, pero firme en obras.
Y
al levantarse el temeroso espectro
de
las dudas, los celos, la zozobra,
ella
ha de hallar refugio entre los brazos
de
quien nunca aprendió a dejarla sola.
Los
Angeles, 28 de Julio de 1998
Avanzaré
profundo y silencioso
rasgando
el agua oscura de tus mares,
haciendo
tropicales tus glaciares,
y
explorando tu abismo misterioso.
Tendrá
en las algas roce voluptuoso
mi
piel de acero en toques circulares,
y
en explosiones espectaculares
te
horadará un torpedo en fiero acoso.
O
quizá serás tú el acorazado
balanceándose
en la superficie,
con
doble proa en el azul flotando;
y
quedaré a tu vientre emparejado,
dejando
al periscopio que acaricie
tu
timón, y tu quilla, y cada bando.
Los
Angeles, 3 de Agosto de 1998
Oh
lluvia, taciturna y persistente,
mensajera
arribada a mis cristales
sollozando
actitudes desleales
de
un sentimiento agonizando ausente.
Diseminé
en su campo la simiente
de
ingenuidad y amor primaverales,
y
llegas de improviso a mis umbrales
con
la noticia fría, indiferente.
No
es tu llorar auténtico lamento
de
quien pierde la sangre por la herida,
son
lágrimas monótonas, cansadas.
Pero
a mí se me pierde hasta el aliento,
en
esta soledad que llamo vida,
y
con el alma muerta a puñaladas.
Los
Angeles, 4 de Agosto de 1998
Tanto
tiempo en el aire te he tenido
sin
conseguir ni verte ni tocarte,
que
eres mas una idea de pensarte
que
realidad de haberte conocido.
Ni
tus palabras suenan en mi oído,
ni
en tus caricias puedes derramarte,
y
solos cada noche, ambos aparte,
dormimos
sin mirar a otro dormido.
Ni
percibo el calor de tu mejilla,
ni
el brillo de tus ojos tan travieso,
sólo
un frío alfabeto en mi pantalla.
Pero
si un día llegas a mi orilla,
me
cerrarás la boca con un beso,
y
me dirás: “Hazme el amor, y
calla”.
Los
Angeles, 4 de Agosto de 1998
Estas
olas que rompen en mi arena,
¿nacen
en alta mar, desconocidas,
o
vienen de tu playa a unir dos vidas,
haciendo
tuya la que ha sido ajena?
Este
rumor que sin cesar resuena
reventando
en las rocas sumergidas,
¿es
un cantar de tristes despedidas,
o
una pasión bajo la luna llena?
Esa
luz que me abrasa y que me ciega,
resbalando
en las aguas azuladas
¿de
dónde viene y qué me dice a mí?
Y
esta brisa que el cuerpo me navega,
¿será
el suspiro envuelto en las miradas
de
quien me espera y a quien nunca ví?
Los
Angeles, 4 de Agosto de 1998
En
la mano extendida
hay
cinco dedos, cinco direcciones
a
meta indefinida,
y
cinco disensiones,
y
otros tantos anhelos sin razones.
En
la mano cerrada
hay
unidad de fuerza y de destino,
afirmación
lograda,
vigor
de torbellino,
fieros
impulsos y un sólo camino.
Pero
mi mano abierta
avanzará
su múltiple programa,
decidida
y experta,
sobre
tu piel, que llama
a
mi piel junto a tí sobre la cama.
Y
en mi puño crispado,
por
mágico artilugio reducido,
guardaré
aprisionado
tu
cuerpo estremecido,
y
no caerás jamás en el olvido.
Los
Angeles, 6 de Agosto de 1998
En
el año 401 a.d.J.C., tras la batalla
de Cunaxa,
Jenofonte
dirigió la retirada de los diez mil
griegos
a
través de toda Asia Menor, en un
recorrido de
unos
2.500 kms. “Thalassa,
thalassa”,
fue
el grito unánime al divisar el
Mediterráneo.
¡El
mar, el mar!, diez mil voces alzadas
sobre
la piedra gris del promontorio,
trocando
la fiereza del guerrero
en
explosión de irresistible gozo.
En
incesante marcha,
con
los pies enterrados en el polvo
de
la desierta estepa,
por
los desfiladeros donde el lobo
acecha
al rezagado,
en
los campos lluviosos
con
el agua colgada de la barba
y
el brazo del amigo sobre el hombro,
por
las cumbres nevadas y dormidas
al
tibio sol de otoño…
Y
la idea, el estímulo, el deseo
de
sentir en el rostro
la
caricia salobre de la brisa
cabalgando
las olas como potros…
El
mar, el mar, qué mágica llanura,
qué
beso verdiazul sobre los ojos,
qué
sonrisa de espumas y qué abrazo
de
rumores remotos.
En
los sangrientos campos de batalla,
tierra
adentro, entre muertos y despojos,
y
ruinas humeantes
en
un paisaje desolado y roto,
percibía
el guerrero el mar distante,
pleamar
en el alma de sollozos.
Nacido
junto al agua y para el agua,
y
al mar atado como fiel esposo,
soñador
de nereidas
en
palacios de mármol en el fondo.
Qué
nostalgia del mar en tierra extraña,
sin
los amaneceres luminosos,
avanzando
a la sombra
de
largas nubes de color de plomo.
Añoranza
de islotes y de playas,
lunas
de fría plata, soles de oro,
en
horizonte de alma estremecida
poblada
de pegasos y unicornios.
Y
al fin se abrió a la costa
la
desembocadura del retorno.
¡El
mar, el mar!, diez mil voces alzadas
sobre
la piedra gris del promontorio,
trocando
la fiereza del guerrero
en
explosión de irresistible gozo.
Los
Angeles, 12 de Agosto de 1998
Para
tratar contigo, he decidido
crear
un monstruo de apariencia fiera,
fuerte
como el león enfurecido
y
con la agilidad de la pantera.
Con
múltiples anillos de serpiente
para
estrechar tu cuerpo en tenso abrazo,
y
la garra de un tigre adolescente
para
atacarte con gentil zarpazo.
Quizá
el zorro me dé sus artimañas
para
contrarrestar tu picardía,
y
como el oso hiberna en las montañas,
yo
hibernaré en tu sola compañía.
Y
el perro fiel, el perro siempre amigo,
me
ha de prestar su lengua inagotable,
pero
no he de ladrar, ni hablar contigo,
porque
preferirás que no te hable.
Los
Angeles, 12 de Agosto de 1998
El
odio, y el amor, y la avaricia,
cada
pasión que el corazón azota,
sabrá
de la victoria y la derrota,
conocerá
la herida y la caricia.
Y
hoy, o mañana, o en cualquier momento
ante
la realidad desnuda y clara,
ha
de mirar los hechos a la cara,
aceptándolos
con o sin lamento.
Mas
no los celos, que en su intransigencia,
se
opondrán a la lógica evidente,
contemplarán
la realidad de frente,
y
acabarán negando su existencia.
Los
Angeles, 13 de Agosto de 1998
La
ví escalar las cumbres de la euforia
y
rodar al barranco del gemido,
y
al murmurar palabras en su oído
volvió
a cantar un himno de victoria.
Mas
era una alegría transitoria
ocultando
el acento dolorido,
sobrenadando
el corazón herido,
abrumada
del peso en la memoria.
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