Original de 

 



Desnuda junto al mar, sobre la roca,
mujer, estatua, ensoñación, sirena,
sobre los senos pende la melena,
tiembla sonrisa mágica en la boca.
 
Extendida mi mano, no te toca,
mis pies no estampan huellas en la arena,
quiere mi voz gritarte, y se refrena,
y sólo el alma al suspirar te invoca.


Noviembre de 1998  


 

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301
Si has llegado al recodo de la vida
donde murió un amor, no lo lamentes;
tras la noche vendrá la amanecida,
como vendrán tras cada despedida
nuevos amores aún más sorprendentes.
 
 
302
Hay un riesgo inevitable
de sufrir en el amor;
pero es más insoportable
no amar por ese temor.
 
 
303
El vientre azul del cielo se desnuda
abriéndose a la nube acariciante;
pero la fina lluvia fecundante
descenderá sobre la tierra muda,
más receptiva, y superior amante.
 
 
304
No hay principios ni fines absolutos,
lo que hoy empieza, acabará mañana,
y volverá a nacer con nuevos frutos;
somos sólo eslabones diminutos
en la cadena de la vida humana.
 
Si tu amor se deshace en el vacío,
no escuches el susurro de la muerte,
ni trates de aspirar su aliento frío,
que tu huerto no ha de quedar baldío,
y otro amor brotará, vibrante y fuerte,
 
 
305
Al soplar en la vida vientos contrarios,
no te hundas en la queja del pesimista;
ni seas excesivamente optimista
anticipando cambios extraordinarios,
sino ajusta las velas de tu velero
y sigue inalterable tu derrotero.
 
 
306
La regué el cuello de besos
y no quiso abrir los ojos;
luego, entre sus labios rojos
dejé mis labios impresos.
 
 
307
Aún percibo en la mano la fragancia
arrancada a tu piel por mi caricia,
perfume seductor, cuya delicia
ni el tiempo borrará ni la distancia.
 
 
308
Fui temeroso del amor un día,
por su dolor, quizá, y sus desengaños;
pero en el tiempo aquel no comprendía
lo que aprendí al correr de tantos años:
Miedo al amor es miedo a la alegría,
miedo a la vida en todos sus  peldaños;
y quienes tienen miedo de la vida,
la consideran ya medio perdida.
 
 
309
¿No oyes, mujer, los dolorosos gritos
de mi silencio anclado en tu ribera?
¿Y no ves los claveles ya marchitos
antes de florecer en primavera?
En los muros del alma llevo inscritos
rojos en sangre anhelos a la espera
de que un día me puedas ver de frente
como alguien destacando entre la gente.
 
 
310
Voy a cerrar con llave todos mis pensamientos,
ocultarán mis ojos los párpados caídos,
y una espada de olvido contra los cuatro vientos
esgrimirá mi brazo mutilando los ruidos.
 
Y yo estaré contigo, contigo emparedado,
apeado de un mundo decepcionante y frío,
colgada de mi cuello, de tu cuello colgado,
íntimas plenitudes cercadas de vacío.
 

311
Es la luz un abrazo de colores
que al circundar tu cuerpo lo matiza;
te lleva el agua espumas y rumores
y húmeda entre tus piernas se desliza;
vibra en el viento un beso de temblores
que sacude tu piel y la suaviza;
y al mirarte a mi lado, yo presiento
que para tí seré luz, agua y viento.
 
 
312
Es mi amor como el acero,
y el tuyo como la cera;
en el crisol de la hoguera
uno es imperecedero.
 

(Indice)

 

 

 

 

 
Esa mujer, sentada a la ventana,
con la mirada errática a lo lejos,
escudriñando un horizonte en brumas
al final de un paisaje soñoliento;
 
esa mujer, nostálgica de amores
sembrados a la luz de otro hemisferio,
con un temblor de besos en los labios,
y un temblor de caricias en los dedos;
 
esa mujer, cuyas palabras mudas
vuelven a sus oídos como un eco,
monólogo o diálogo, ¿quién sabe?,
¿quién sabe si luz vívida o reflejos?
 
Y las horas transcurren, y los días,
viendo las nubes navegando el cielo
en lento rumbo a insólitas riberas,
cargadas de ilusiones y de sueños.
 
Calma aparente neutraliza el rostro,
mientras la tempestad se agita dentro.
 
Unos la ven esfinge misteriosa,
máscara gris de indiferente gesto;
otros como indolente soñadora,
encallada en la incógnita del tedio;
yo la veo en los fieros remolinos
y en las tormentas de su mar interno;
la rítmica explosión de sus latidos,
el violento rugir de sus deseos.
Lo escucho todo porque estoy colgado
en invisible abrazo de su cuello.
 
Los Angeles, 26 de octubre de 1998
 
Esta mañana el viento me ha azotado la cara
con el látigo helado , trenzado de gemidos,
de una queja de amante que nunca anticipara,
hiriéndome los ojos con voces sin sonidos.
 
Los mensajes escritos son tan impersonales…
Carecen de sonrisas, de lágrimas, de euforia,
ni hay tonos de ternura, ni cadencias sensuales,
sólo palabras frías que hablan a la memoria.
 
Si entre tantas palabras resalta el abandono,
o el temor, o el olvido, ¿serán sus emociones
resignación o angustia? Porque faltando el tono
se multiplican siempre las interpretaciones.
 
Y al entregar mis dedos la respuesta al teclado
desfilarán las letras con paso indiferente,
mientras el sentimiento se queda bloqueado,
y le llega incompleto el mensaje al alma ausente.
 
Aún la palabra hablada tiene sentidos varios,
perdiéndose la esencia de la lengua al oído,
y en la escrita habrá a veces resultados contrarios,
interpretando el llanto como áspero alarido.
 
¿Y mi amante? Si teme que el final se aproxima,
¿será que lo presiente o será que lo desea?
Quién pudiera aplicarle al lenguaje una lima
para que nadie altere lo escrito cuando lea.
 
Los Angeles, 28 de octubre de 1998
 
Ha muerto una sonrisa en mi ventana;
¿no has visto a su alma levantar el vuelo?
Murió por tí, tendida sobre el hielo,
Cansada de esperar cada mañana.
 
Qué calidez, qué calidad humana
Exhibió en la antesala del recelo,
Sin permitir que el hondo desconsuelo
Oscureciera su ilusión temprana.
 
Asomóse a la noche hora tras hora
Con su visión de tí  esperanzadora,
Y a la luz de la aurora se asomó.
 
Pero en la paz del campo mudo y triste
No se oyó tu pisada, no viniste,
Y dulcemente se desvaneció.
 
Los Angeles, 29 de octubre de 1998
 
No soy un hijo de la fantasía
Aunque mi piel ignore tu contacto,
O desconozcas mi perfil exacto,
O permanezcas en la lejanía.
 
¿Por qué exiges que mi fisonomía
deba imprimir tan singular impacto,
si quizá entre los dos nunca habrá un acto
que una ambos cuerpos en audaz orgía?
 
Deja libres fluir los sentimientos,
Con naturalidad, sin aspavientos,
Y sin considerar rostro ni edad.
 
Ama con furia insólita y salvaje,
Siendo mi compañera de viaje,
Aunque sea un viaje en soledad.
 
Los Angeles, 29 de octubre de 1998
 
I
Hambrientos y desnudos,
van mis brazos en busca de un abrazo,
arrastrando abandono,
y abiertos en silencio en doble arco.
En las mieses maduras del gentío,
separan las espigas cuando avanzo.
Qué insípida igualdad de multitudes,
sin destacarse variedad ni encanto.
Roja de sangre, tímida amapola,
¿dónde te ocultas, bajo el sol de mayo?
Mira que vengo ahogado de infortunio,
y te quiero adherir a mi costado.
 
II
Sentada en mis rodillas, desprovista
de palabras, ideas y reclamos,
recoge mi hombro el rostro,
leve sonrisa y ojos entornados.
Flota en el aire la quietud dormida,
con auras místicas de epitalamio,
y la mente vacía se columpia
en la sombra de un mundo imaginario.
Nada se mueve en torno,
como el agua tranquila del remanso;
detenida la arena en la clepsidra,
dormido el viento, inmóviles los pájaros…
Qué abrazo interminablemente dulce;
no te muevas, mujer, de mi regazo.
 
 
III
Este abrazo, mujer, viste mi cuerpo
de la túnica azul de tu arrebato,
marea de tu mar, contra las rocas
firmes y erectas de mi acantilado.
Cúbreme de tí misma, que al ceñirme,
tus labios con los míos amordazo,
y sólo el alma me hablará en tus ojos,
y me transmitirá tus sobresaltos.
Estrecha el cerco, que aún no somos uno,
que dos es casi tanto como varios…
Desliza la rodilla entre mis piernas,
que a mi tigre despierta como un látigo,
y en ímpetu salvaje se abalanza
hacia tí incontrolable, incontrolado.
Abrazo vertical, exhuberante,
nudo incondicional, íntimo abrazo.
 
 
IV
Se alejaron las aguas torrenciales
que el paisaje arrasaron a su paso;
desanudóse la atadura firme
y la pasión degeneró en letargo.
Mi cómplice, mi amante,
yace exhausta a mi lado.,
y los brazos que fueran energía,
se hallan ahora en descanso.
Se despierta la brisa junto al río,
coqueteando inquieta entre los álamos,
y se percibe el agridulce aroma
de almendros, limoneros y naranjos.
El sol naciente besará tu espalda,
y se adormecerá en ella mi mano,
y tamborilearán sobre mi pecho
tus finos dedos largos.
Lentas las horas van, y silenciosas,
seco el sudor, y el ímpetu apagado,
sueña despierta junto a mí, y sonríe
al sentir en tus párpados mis labios.
 
Los Angeles, 3 de noviembre de 1998