Original de 

 



Cerré los párpados, quedé dormido,
y un medio sueño concibió mi mente;
el otro medio tú lo has concebido;
dos a soñar, y un solo sueño ardiente.


Diciembre 1998 

 

 

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313
Bajo los pliegues semitransparentes
de la bata adivino tu figura;
deslizando mi mano en la abertura
florecerán deseos inminentes
al rodear mi brazo tu cintura.
 
 
314
Ni esclavo soy ni libertad poseo,
ni estoy solo ni estoy acompañado,
me siento confundido, atormentado,
cada vez que te miro y no te veo.
 
 
315
En sumisión me esperas, y no quiero
ser señor a quien prestes vasallaje;
recórranme tus manos en viaje
que no decuide campo ni sendero.
 
 
316
Me llegaron tus rosas, no tus brazos,  
y no saben sus pétalos besarme;
¿me dejarás como ellas marchitarme,
con la esperanza rota en mil pedazos?
 
 
317
Qué salvaje tendencia hacia tí siento
que ni puedo frenarla ni lo intento.
 
Sobre tí he de caer, como si fuera
desgarradora furia de pantera;
 
pero también en suaves, olorosas
lluvias ligeras, pétalos de rosas.
 
Tierna violencia, interminable asedio,
que nunca conocí término medio.
 

318
En las profundidades de mi sueño
sumergidas están tus ansiedades;
y vive mi deseo en el empeño
de penetrar en tus profundidades.
 
 
319
Yo soy el  río que, aunque manso y lento,
su curso entre las rocas acelera,
y rápido deviene, y turbulento,
hasta desembocar en la ribera
de tu lago, en sereno ofrecimiento.
 
 
320
En la cascada, el agua cristalina,
en salto retozón de roca en roca,
tiene prisa en llegar..., y así mi boca
en busca de tu boca se encamina,
cuando mi mano tu mejilla toca.
 
 
321
En la pantalla fría, iluminada,
podemos ver una conversación;
quizá pueda escucharse una mirada;
mas languidece triste el corazón
porque la mano no acaricia nada.
 
 
322
Ante el inesperado advenimiento
de lágrimas de intenso desaliento,
retenidas en tímido temblor;
con tenue toque dibujé su cara,
y al sugerirme que me aproximara,
me quedé reclinado en su dolor.
 
 
323
Te arrastró por el suelo la tristeza,
rasgándote la piel de la memoria,
quedando ensangrentada nuestra historia;
¿será, quizá, que nuestro amor tropieza
en invisible linea divisoria?
 

324
Cómo quisiera apuñalar la sombra
de esta noche sin tí, desbaratando
la muralla que has ido edificando;
y haciéndote rodar sobre una alfombra
de auroras que se vienen despertando.
 
 
325
Viví en la realidad sin ilusiones,
y recorrí el camino más trillado
mordiendo el polvo de las decepciones,
a través de un paisaje desolado.
Y un día me evadí de mis prisiones,
para entrar en un sueño improvisado
con que desbaraté mi realismo,
sueño esperanzador, que eres tú mismo.
 

(Indice)

 

 

 

 

 
Pablo, y Teresa, y Pedro.
Y ¿ahora tú?
 
Combatiente incapaz contra el olvido
de una mujer amada, equidistante
del  amor de su esposo y de su amante,
te apartas a un silencio dolorido.
 
Hermético triángulo  prohibido,
arropado en sonrisa insinuante,
impenetrable al fin, y tan distante
como si no lo hubieras conocido.
 
Si ella es feliz con ambos complementos,
¿podrá entreabrirse a los atrevimientos
de un extraño en asedio inexorable?
 
Nada en amor está garantizado;
amó a su esposo y al amante ha amado,
su fortaleza no es inexpugnable.
 
Los Angeles, 22 de noviembre de 1998
 
De noche vengo a tí, y enmascarado,
porque en la oscuridad y con careta
puede mi lengua ser más indiscreta,
sin verme en timidez amordazado.
 
Quizá pareceré desenfrenado,
como corcel que el freno no respeta,
pero eres tú quien con espuela inquieta
a mi corcel habrás espoleado.
 
Y al lanzarme hacia tí en plena carrera,
ni obstáculo veré, ni habrá barrera
que me detenga el paso o me amenace.
 
Te asaltaré con sofocante furia,
uniendo mi lujuria a tu lujuria,
y no habrá nada en tí que me rechace.
 
Los Angeles, 23 de noviembre de 1998
 
Saltó la primavera engalanada
de dalias, de claveles y de rosas,
y a la caza de inquietas mariposas  
conmigo te viniste alborozada.
 
Firme sobre la tierra calcinada
dejó el verano huellas luminosas,
y sobre mí tus manos temblorosas
dejaron su caricia inesperada.
 
El otoño llegó ebrio de racimos,
y tu pasión, difuminada en mimos,
en mí descubrió el hombre dulce y tierno.
 
Y en diciembre vendrá tu paso leve
a un ritmo lento junto a mí en la nieve,
y ambos abrazaremos nuestro invierno.
 
Los Angeles, 24 de noviembre de 1998
 
Remolino de faldas
levanta el viento,
con seductora astucia
y atrevimiento.
 
Su mano airosa
se desliza invisible
bajo tu rosa.
 
Introduce en los pliegues
de tu vestido
intento revoltoso,
juego prohibido.
 
Déjale, niña,
orear los racimos
que hay en tu viña.
 
Deja que te acaricie
su blanda mano,
con fervorosa entrega
y ardor pagano.
 
Que así yo mismo
arroparte quisiera
con mi erotismo.
 
Los Angeles, 24 de noviembre de 1998
 
En la mitología escandinava, cada una de las divinidades femeninas ue en los combates designaban a los héroes que debían morir,
a los cuales conducían después hasta el cielo, donde les servían.
 
El guerrero feroz, muerto en combate,
no necesitará espada ni lanza,
porque al lúbrico paso de tu danza
su inmóvil corazón de nuevo late,
esta vez  por amor, no por venganza.
 
Y cabalgando en el azul del cielo
a la grupa de tu corcel le llevas,
y más te estrecha cuanto más te elevas,
y las ondulaciones de tu pelo
sobre su rostro son caricias nuevas.
 
Serena suavidad, placeres hondos,
son de su nueva vida el objetivo,
y ha de dormir a veces afectivo
sobre tus senos duros y redondos,
y ha de surgir a veces explosivo.
 
Deja que el toque de su mano ruda
como marea cálida se extienda
sobre tu litoral, y hazle la ofrenda
de tu canción y de tu piel desnuda,
que serán su camino y su vivienda.
 
Los Angeles, 26 de noviembre de 1998
 
“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el oro,
mi única patria la mar”.   (Espronceda)
 
Pertenezco a otra edad: Soy un corsario
que repudia la ley moral o escrita;
inquieto espíritu cosmopolita,
insumiso a principio autoritario.
 
No soy, aunque parezca, un solitario
retirado a la sombra de una ermita;
soy capitán de un barco que no evita
puerto, ni escala, ni bajel contrario.
 
Surco mares en busca de aventura,
y es mi botín a veces la amargura,
y una doncella a veces mi trofeo.
 
Pero ya esté en el Mar de los Sargazos,
o en el Trópico en calma, son tus brazos
el sólo mar que navegar deseo.
 
Los Angeles, 29 de noviembre de 1998
 
Desnuda al pie de la vetusta encina
alza los brazos en ofrecimiento,
y el arroyo se acerca, claro y lento,
roba sus formas y se arremolina.
 
Desierto está el paisaje. En la colina
rompe el amanecer, y en un momento
invisibles tentáculos de viento
la  envuelven en espira clandestina.
 
Oh, libertad del cuerpo despojado
de vestimenta inútil, que ha logrado
revestirse de luz y de color.
 
Belleza de los senos descubiertos,
de temblorosos muslos entreabiertos,
y en los ojos azules el candor.
 
Los Angeles, 29 de noviembre de 1998
 
La oscuridad me saturó de frío
dejándome en letargo a tu partida,
con silencio de piedra adormecida
en el fondo sin fondo del vacío.
 
Luz diminuta, tenue escalofrío,