| Poesía
del momento, Nº 109 d |
Cuarta
de agosto de 2005 |







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Todo lo diera, el mar azul, el cielo,
mi vestido de gloria y luz, las rosas,
el contrato a que aspiran las esposas,
la libertad de la gaviota en vuelo,
por alcanzarte un mes, una semana,
y entre mis manos exprimir tu vida;
aunque me asesinara tu partida
al clarear de la última mañana.
Brevería Nº 1391
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Breverías
1386
¿Te prefiero en la noche, o el sendero
por donde nadie va?, ¿la muchedumbre?,
¿en el balcón sin luz?, ¿junto a la lumbre…?
Sólo puedo decir que te prefiero.
1387
Estoy aquí, fluyendo de mí mismo,
transferible, sedoso borboteo;
no soy el agua pura del bautismo,
sino las aguas turbias del deseo.
No necesitas ánfora ni vaso,
tan sólo sumergirte en la corriente;
tal vez en levedad de paso a paso,
o de una vez, desesperadamente.
1388
Tibia como la mano del cariño,
trémula y breve como el colibrí,
con el reclamo pícaro del guiño,
y la tendencia a responder que sí,
con la rotunda voluntad del niño,
que lo exige ahora mismo, todo, aquí.
No le hubiera negado cosa alguna,
pero, feliz, se contentó con una.
1389
Ríe conmigo, canta, tiembla, llora,
anúdate a mi abrazo, desenreda
las palabras más íntimas, e ignora
cuanto prejuicio o tradición te veda.
1390
Hay en el fondo de tus ojos tanto
que nunca he visto en sueños ni viajes;
de cada imagen, niño, me amamanto,
sean angelicales o salvajes.
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Poemas
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1333 - Cumpleaños
Son los años serpiente retorcida,
anaconda, espiral trituradora
que lenta, lentamente nos devora;
pero eso son lo años, no la vida.
La vida es grácil lámpara encendida
que se nos dio en nuestra primera hora,
puede ser el objeto que decora,
y puede ser constante amanecida.
Pasen los años como pasa el viento,
con su inútil, absurdo cargamento
de prejuicios, desvelos e inquietud.
La vida, aunque dinámica, no pasa;
es luz y llama que ilumina, abrasa,
invitando a vivirla en plenitud.
Los Angeles, 23 de agosto de 2005
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1334 - Te espero
Deja que se deslice tu sendero
por el lado salvaje de mi vida,
y adéntrate en la lúbrica guarida
de mi complicidad; allí te espero.
He dejado de ser apeadero,
y ahora soy, a mi edad reverdecida,
estación terminal, sin despedida,
en la que no me siento forastero.
Me veo como el hombre que regresa
a sus orígenes, y al fin se expresa
con claridad que otros dirán maldita.
Soy quien soy, quien debí haber siempre sido
y a su albergue sensual se ha recogido;
te espero allí, no faltes a la cita.
Los Angeles, 26 de agosto de 2005
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1335 - Estela
Me hice a la mar y desplegué la vela,
radiante al sol, sobre el azul marino;
viento del litoral me abrió camino,
y tú me acompañaste, blanca estela.
Aún no sé adónde voy; no es la cautela
mi programa de vida; determino
mi hacer en cada instante, peregrino
cuya meta al andar se le revela.
Tú me sigues, abierta en dos ramales,
interminables muslos, que en cristales
de agua salobre al fin se desvanecen.
¿Qué importan arribadas y objetivos?
Andar, andar, saber que estamos vivos,
y amar las almas que nos pertenecen.
Los Angeles, 27 de agosto de 2005

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1337 - Todo lo diera
Quisiera despertar una mañana
como despiertan pájaros y flores,
sintiendo suyos los alrededores
que presunción no altera ni profana.
Irrumpiendo en tropel por la ventana
la claridad, fragancias y rumores
del alba, el canto de los segadores,
la pompa con que el día se engalana.
Pero mi soledad todo lo diera
por ver entre mis sábanas la fiera
de mi sueño febril, domesticada.
Y después de explorado su paisaje,
verla otra vez, frenética y salvaje,
y de nuevo sensible y sosegada.
Los Angeles, 27 de agosto de 2005
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1338 - Gritos
Llevo el silencio a cuestas, y mis gritos
se me van por las puntas de los dedos,
indómitos, fatídicos torpedos
hacia un blanco espectral, cantos malditos.
Ignoro a dónde van; los llevo adscritos
a mi propio tinglado, a mis enredos,
son parte de mis gozos, de mis miedos,
y de mi fe también, y de mis mitos.
Mas no sé a quién lanzarlos, no hay oído
que no esté ya inundado por el ruido
de tanta voz insustancial y vana.
Y golpean mis dedos el teclado
con la esperanza de que al otro lado
tal vez un alma escuchará mañana.
Los Angeles, 28 de agosto de 2005

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1339 - Me apresuro
Por no saber el tiempo que me queda,
me apresuro estos días a quererte;
un momento en que logre retenerte
no será un árbol, sino la arboleda.
Tantos años sin ti, falsa moneda
que el alma en humo y oropel convierte,
y estos valores cerca de la muerte
que sabrían vestirte de oro y seda…
Hoy es un siglo, y a vivirte vengo;
no sé si un día, si diez años tengo,
no importa tanto el tiempo como el modo.
Sólo pretendo en esta primavera
de mi invierno, besarte a mi manera,
y sobretodo amarte sobre todo.
Los Angeles, 30 de agosto de 2005

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